Creo sin ver, amo sin ver

Bienaventurados los que creen sin haber visto. Una persona muy cercana a mi me pregunta con frecuencia cuestiones relativas a la fe, la moral, la vida religiosa, los sacramentos con esta cuestión «¿y qué dice la Iglesia sobre esto?» Y trato de contestar desde la sencillez. Para mi lo más importante de mi vida cristiana es la fe: amar sin haber visto; en Él, sin haberlo visto, pones tu fe. Esta es nuestra condición como discípulos y amigos de Jesús: cree sin ver… amar sin ver… ¡porque la fe y el amor son inseparables!
Si miro la historia de mi vida de fe he tenido que superar momentos de duda e incerteza y me he planteado numerosas preguntas que he superado antes de saborear las palabras pronunciadas por el Señor: Bienaventurados los que creer sin haberlo visto. Es a través del crisol de la duda que surge la luz, y tal vez debemos aprender a reconciliarnos con nuestras dudas y nuestras preguntas, descubriendo los servicios que pueden prestar a nuestra fe…
Incluso he observado que muchas de mis dudas han evitado que mi fe degenerara en una fe orgullosa, con el gatillo fácil para juzgar y condenar a aquellos que no creen o aquellos que no comparten mi fe en Cristo. He notado que muchas de mis propias preguntas despertaron mi fe del proceso adormilado en el que se encontraba para ponerme de nuevo en el camino de una búsqueda más ardiente de Dios. Esas dudas y esas preguntas supusieron un estímulo vivificante para mi fe y es probable que llegara en verdad a la dicha prometida por el Resucitado: Bienaventurados los que creen sin haber visto. Con esto comprendes que tu fe no es una posesión pacífica sino un regalo para recibir y pedir de manera constante y con un enorme deseo de ser atendido.

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¡Señor, aumenta mi fe y mi esperanza! ¡Envía tu Espíritu sobre mi para que sea la luz y la inspiración que derramada en mi corazón fortalezca de mi fe, disipe mis dudes y crea sin ver! ¡Señor, es a ti a quien deseo amar por encima de todo, es a ti quien quiero por encima de las cosas mundanas porque tu fuiste el primero en amarme y me amaste hasta el extremo que diste tu vida por mi en la cruz! ¡Señor, aumenta mi fe y ayúdame a perseverar en mi camino hacia el cielo prometido y seguir en el camino del don filial y en el servicio fraternal hacia el prójimo! ¡Señor, tu fuiste quien nos has abierto el camino de la reconciliación y el perdón, enséñame siempre a perdonar y amar! ¡Señor, tu has sido quien nos has mostrado con claridad el rostro misericordioso de Dios y eres el camino que con dirige hacia Él; no permitas, Señor, que me aparte del camino y te siga siempre sin dudar! ¡Señor, tu eres el amigo que acompaña y el maestro que guía, muéstrame siempre la verdad que libera de las ataduras del mundo y hazme siempre libre para seguirte sin miedos, dudas o complejos! ¡Señor, con tu muerte en la cruz venciste a la muerte y al pecado, no dejes que mi empeño en alcanzar la vida eterna se estropee por menudencias mundanas y como me has dado la dicha de creer en ti sin haberte visto aumenta mi fe, mi esperanza y mi amor por ti!

¿Me pides a mí ser luz de las naciones?

Días de desconcierto ante el coronavirus que asola el mundo arrasando esperanzas y vidas humanas. Abro aleatoriamente la Biblia para buscar una palabra que oriente mi oración de la mañana. Y surge, brillante y sanadora, esta frase de Isaías: «Te hago luz de las naciones». Es la palabra que Dios quiere para mí en este despertar cuaresmal.
Y le doy gracias, porque siendo tan frágil y pequeño, sentir que Dios te considera luz de las naciones insufla esperanza a mi corazón cristiano. ¡Luz de las naciones!
Luz de las naciones es ser luz en tu pequeño entorno: en la familia, en la vida social, en el ámbito profesional, parroquial, en la vida apostólica, en el servicio del voluntariado.
Luz para ser testimonio de Cristo, luz para ser testigo de Dios, para manifestar su amor salvador. Luz para ser testigo vivo de la bondad divina. Luz para ser transmisor de su amor, para iluminar a toda persona con la que te cruzas.
Pero es que la frase va más allá: «Te he puesto para ser luz de las naciones, para que mi salvación alcance hasta los extremos de la tierra». Luz para llevar la luz allí donde camine con mi pequeñez, mi fragilidad y mis miserias. Pero Dios que me conoce, sabe como soy, lee mi interior, sabe de mis virtudes y dones y de mis flaquezas y debilidades, así lo quiere. Espera de mi que sea luz. Luz para caminar con claridad por la vida y ser canal de bendición en todos mis entornos para que su salvación prometida a los hombres les alcance a través mío —de cada uno—.
¡Luz que ilumine por medio de la oración a tantos que sufren, a tantos enfermos contagiados, a tantos que en estos días han perdido la esperanza, que tienen angustia por su futuro! ¡Seamos en nuestro entorno luz que ilumine!
Que Dios me escoja —nos escoja— para ser luz de las naciones es un desafío porque lo que pretende es hablar a través mío —nuestro— a la pareja, a los hijos, a los amigos, a los compañeros de trabajo, a los vecinos de la comunidad, a los miembros de tu comunidad parroquial, a los grupos de oración… Ser luz para ser transmisor de Su luz. ¡Qué reto tan enorme y tan estimulante!

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¡Gracias, Padre, por este enorme reto! ¡Gracias, porque me escoges en mi pequeñez para ser luz de las naciones! ¡Gracias, Padre, porque con ello reconoces la confianza en el ser humano! ¡Y asumo el reto, Padre, porque quiero dar a conocer al mundo la verdad de Tu Hijo, la verdadera luz que ilumina a la humanidad entera! ¡Y voy a tratar de ser cada día mejor para que mi corazón irradie tu luz, la luz de tu amor, de tu misericordia, de tu ternura, de tu bondad, de tu generosidad, de tu gracia! ¡Gracias, Padre, porque haciéndome luz también sanas mi vida, mi corazón, mis heridas, mis penas y mis sufrimientos; las sanas y me lanzas al mundo a proclamar tu amor y la Buena Nueva del Evangelio mostrado por Jesús! ¡Gracias, Padre, porque actúas cada día en la pequeñez de mi vida y enciendes en mi pequeño ser la luz luminosa de tu presencia! ¡Gracias, Padre, porque actúas siempre en mi vida! ¡Y en este tiempo de preparación a la Cuaresma, en la que mi corazón se estremece en el desierto de la introspección para orientar mi vida, te doy gracias porque entiendo que en la cruz es la luz que ilumina la vida del cristiano; que no tenga miedo a cargarla en el día a día de mi vida; que sepa llevarla irradiando luz al prójimo para que todos vean que camino por la vida al lado de Jesús, Tu Hijo, con amor y con esperanza! ¡Envía tu Espíritu sobre mi, Padre, para irradiar la luz que surge de recibir tus dones y que todos sin distinción puedan reconocerte a través de mí!

En mi debilidad, la gracia me sostiene

A la luz de la oración me siento cada vez más alguien pequeño y débil. Me siento así porque mi debilidad la siento también como mi fortaleza porque ella me coloca ante la grandeza misericordiosa de la gracia.
Mi vida es una lucha incesante contra mis miserias, mi debilidades, mis caídas, mi falta de caridad, mi orgullo… Pero esta batalla tiene su contrapeso con la gracia que viene de Dios. Porque nada, absolutamente nada, pese a la oposición del mal, puede superar a la gracia divina. Es por esta gracia que viene la salvación, el soportar las cruces cotidianas, el vencer los obstáculos que se nos presentan en el camino, la dificultades a las que hay que hacer frente. La gracia es el gran regalo que Dios hace a cada uno con independencia de cuál sea su comportamiento.
En mi pequeñez y mi debilidad siento que la gracia me sostiene. Siento así que mi debilidad deviene en mi fortaleza porque sentirse acompañado de la gracia te permite hacer más llevadero el sufrimiento, la dificultad, la tribulación o el desasosiego. Es en mi pequeñez y en mi debilidad donde siento como el poder de Dios se manifiesta en mi vida y cómo éste, de manera hermosa y bella, se va perfeccionando cada día. Dios bendice mi vida y con mis imperfecciones la va moldeando a su imagen y semejanza. Utiliza la pequeñez de mi vida para hacer su obra a su tiempo y a su hora.
Esto me emociona y me permite darle gracias y bendecirle porque en mi pequeñez y en mi debilidad soy consciente de que Dios necesita de mis cansancios y flaquezas para derramar toda su gracia, para iluminarme, para convertirme, para consolarme, para vivificarme, para fortalecerme y para ensalzarme.
Me maravillo porque es en mi debilidad y flaqueza donde el poder de Dios, amoroso y misericordioso, se va perfeccionando día a día.
Y, entonces, comprendo que no importa lo débil y pequeño que sea, lo importante es que debo aprender a acoger su gracia que todo lo llena y todo lo desborda.

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¡Señor, te doy gracias por tu gracia que sostiene mi debilidad y mis flaquezas! ¡Te doy gracias, Señor, porque es la fuerza de tu gracia lo que llena mi corazón y me permite avanzar en el camino de la vida! ¡Gracias, Señor, porque es tu mano la que me sostiene ayer, hoy y siempre! ¡Gracias, Señor, porque es por tu gracia y tu perdón por lo que puedo convertirme en un pequeño instrumento de tu amor infinito! ¡Señor, todo lo que soy y lo que tengo te lo debo a ti que lo revistes de tu gracia! ¡Mi vida, mis dones, mis talentos, mi pequeñez te pertenece enteramente a ti que la revistes con tu poder! ¡Señor, nada puedo ofrecerte más que mi debilidad porque todo lo mío es tuyo! ¡Te ofrezco mi amor incondicional, mi entrega confiada, la firmeza de mi fe, la alegría de ser miembro de tu Iglesia santa, la fidelidad a tu amor, la constancia de mi vida espiritual y el sí condicional de mi amistad contigo! ¡Señor, tu sabes que en mi vida no han faltado pruebas y dificultades, aunque también los momentos revestidos de alegrías y felicidad, tu los has hecho propios y los has revestido con el poder tu gracia! ¡Gracias, Señor! ¡Gracias porque tu gracia se derrama sobre mi con un amor que no merezco, especialmente al recibirte cada día en la Eucaristía que me permite subir contigo al Calvario cargando la cruz, en el abrazo misericordioso al recibir la absolución en el sacramento de la Penitencia o en la participación alegre en cualquier otro sacramento en el que participe como espectador! ¡Gracias, Señor, porque tu gracia es la que sostiene mi pequeñez y es a través de los dones del Espíritu que tu envías sobre mi que mi debilidad se transforma en mi fortaleza por la grandeza de tu amor!

 

Educarse en la libertad

Tercer sábado de diciembre con María, Señora del Adviento, en el corazón. El tiempo de Adviento es un tiempo muy mariano. Es Ella la que lleva en su seno al Niño Dios. Es gracias a su entrega absoluta que María se convierten en la liberadora del ser humano. Su «hágase» humilde y entregado a la voluntad del Padre tuvo como consecuencia el nacimiento de Jesús. ¿Qué pensaría María los días previos al nacimiento del Salvador? ¿Sería consciente de lo que suponía ser la Madre de Dios?
Esta pregunta me lleva a plantearme una cuestión fundamental en la vida de María. Su libertad. La libertad de María le permite liberarse de cualquier egoísmo; ella asume desde la concepción de Jesús que su vida estará marcada por el dolor, por las renuncias, por la persecución, por la incomprensión y por el desgarro del corazón.
Esta es una de las grandes misiones de cualquier cristiano, hijo de María. La defensa de su propia libertad. Una libertad que exige la lucha contra uno mismo, para liberarse del egoísmo que llena el corazón; que derrote las pasiones, que venza las debilidades y que luche contra los instintos. Es imposible alcanzar la libertad cuando te encuentras atado a las personas o lo material de la vida. Ser como María, libre en el corazón, instrumento útil para el servicio a los demás.
La figura de María te permite comprender que la fe y el amor son los dos pilares en los que se sustenta la libertad.
Hoy le pido a María que me eduque en la libertad, a su imagen y semejanza, para actuar siempre como un ser libre, abierto al mundo, disponible a la voluntad de Dios y al servicio del prójimo. Y en base a esa libertad, que me haga un instrumento eficaz de liberación en mi entorno familiar, profesional, social, comunitario y parroquial.

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¡María, quiero ser libre como lo fuiste tu, que diste el Sí más relevante de la historia! ¡Quiero ser libre para sentirme liberado por Tu Hijo! ¡Anhelo parecerme a Ti, manteniéndome siempre firme en mi libertad de hijo de Dios e hijo tuyo! ¡Tómame de la mano, María, para que no ceda ni un ápice en esta libertad! ¡Para no que me oprima en el yugo de la esclavitud que me lleva el pecado o las tentaciones del demonio! ¡Tómame de la mano para que no me deje llevar por el individualismo, ni por el espíritu mercantilista, ni por el consumismo desenfrenado, ni por la pereza, ni por el creerse una buena persona, ni por llenarme de orgullo y egoísmo, ni por vivir alejado de las enseñanza de tu Hijo, ni por hacer caso omiso a las leyes que puedo leer en el Evangelio! ¡Tómame de la mano, María, para que sepa apreciar la verdadera libertad, la que nace de Dios, la que te permite seguir Su voluntad y aceptar sus caminos! ¡Tómame de la mano, María, para buscar mi salvación caminando hacia Cristo y su verdad! ¡Tómame de la mano, Madre, porque es contigo como puedo llegar al corazón de Jesús, a vivir la vida en plenitud, a gozar de la auténtica libertad, a vivir con alegría cristiana, a ser semilla, luz, sal de la tierra, fruto abundante, sarmiento! ¡Tómame de la mano, Madre santa y buena, porque quiero enraizarme en la fe, en la esperanza, en la confianza y en el amor, semillas de la verdadera libertad! ¡Tómame de la mano, María, porque quiero ser libre en Cristo, Tu Hijo, que es quien nos ha liberado del pecado! ¡Edúcame en la libertad, Madre, para estar siempre disponible a la llamada de Dios!

Sentir la protección de Dios

Leo en el Salmo, con el que medito esta mañana, una frase que te sumerge en la esperanza: «Protégeme como a la pupila de tus ojos; escóndeme a la sombra de tus alas».
Y pienso como, tantas veces, los miedos, las incertidumbres y los temores se te presentan en la oscuridad de la noche. En estos momentos te vuelves vulnerable, desprotegido, más consciente de tus debilidades. De ahí que, en estos instantes de inseguridad, sientas la imperiosa necesidad de sentirte amparado. ¡Cuánto sentido tiene entonces el «Protégeme como a la pupila de tus ojos; escóndeme a la sombra de tus alas»!
El «escóndeme a la sombra de tus alas» es tomar conciencia de que bajo el cobijo de Dios —«a la sombra de tus alas»— nada hay que temer porque en Dios que es amor, se asienta la confianza y la esperanza… Dios no es un Dios de temor, ni de turbación ni, por supuesto, de miedo.
El «escóndeme a la sombra de tus alas» implica sentir la protección de Dios, es comprender como su manto protector te resguarda de las debilidades, de los miedos y las incertidumbres.
Dios conoce la debilidad del hombre. Conoce las dudas que le embargan. Los miedos que le paralizan. Las limitaciones que le impiden avanzar. Las carencias que no le permiten crecer. Las mediocridades que le imposibilitan valorar la razón de su existencia, su fe absoluta y su confianza. Y aún así, extiende sobre el hombre todo su amor y cubriéndole con «la sombra de sus alas» le otorga la serenidad del descanso, el sosiego necesario para cerrar los ojos en la oscuridad de la noche y velar para que a su corazón le llegue la serenidad que tanto anhela.
El «escóndeme a la sombra de tus alas» es un canto a la confianza. ¡Y hoy se lo lanzo a Dios para que borre de mi interior aquello que me impide sentirme cobijado bajo el manto de su misericordia!

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¡Señor, hay ocasiones que mi garganta se seca de tanto clamar, de tantos gritos de angustia que te piden que escuches mi plegaria! ¡Señor, hay ocasiones que mis ojos se hinchan por las la cantidad de lágrimas derramadas a la espera que atiendas mi llamada! ¡Señor, hay noches que me resulta imposible conciliar el sueño porque los miedos y las inseguridades me atenazan! ¡Señor, tu me observas en la oscuridad de la noche y contemplas mi soledad, mi tristeza y mi dolor por eso te pido que me cobijes con la sombra de tus alas! ¡Señor, alzo mi mirada al cielo y te suplico que me mires con ternura y amor y atiendas mis súplicas! ¡No permitas, Señor, que mi corazón se aparte de Ti y que en la oscuridad de la noche piense que me has fallado porque las cosas no salen como las tenía previstas! ¡Señor, escóndeme a la sombra de tus alas y escucha mi clamor pues hay veces que los miedos me embargan y los problemas que me acechan crean ante mi un desierto de desconcierto y soledad! ¡Señor, soy consciente de que Tú estás presente en mi debilidad y en mis dudas por esto te pido que me escondas a la sombra de tus alas! ¡Dame, Señor, por medio de tu Santo Espíritu la gracia de la paciencia, de la fortaleza interior, de la alegría de la esperanza! ¡Solo espero de Ti, Señor, que escuches mi clamor y mi llamada! ¡Basta con que me escondas en la sombra de tus alas para abrazar tu amor y tu misericordia!

Jaculatoria a la Virgen en el mes de mayo:  ¡María, Madre de la Divina Gracia!, enséñame el camino hacia el Cielo; Tú, llena de Gracia, conviértete en mi  Salvación. Amén.

Y lo que meditamos, también lo cantamos:

¡Que mis debilidades sean vencidas por la fuerza del Espíritu!

Mis pasos se dirigen emocionados hacia Pentecostés recordando sin embargo la cobardía de los apóstoles, que representa tantas veces mi propia cobardía. La noche del Jueves Santo, el día de la institución de la Eucaristía, huyeron despavoridos en cuanto vinieron mal dadas. Dejaron solo al Señor. Uno lo traicionó y otro, que le había jurado lealtad, le negó hasta tres veces. De los otros nada dicen los Evangelios.
Algo cambió el día de Pentecostés. Aquella noche el fuego del Espíritu se derramó sobre ellos. El miedo y el temor desapareció de su corazón, no temían ser perseguidos ni ser reconocidos seguidores de Cristo. Se convirtieron en testimonios de fe y de las enseñanzas de Jesús, del mismo que habían abandonado dejándolo morir en la Cruz.
Cuando uno canta el himno Veni Creator Spiritus, compuesto en el siglo IX y con el que el papa León XIII consagró el siglo XX al Espíritu Santo, comprende lo que les sucedió a los apóstoles: «Enciende con tu luz nuestros sentidos; infunde tu amor en nuestros corazones; y con tu perpetuo auxilio, fortalece nuestra débil carne». Es la enseñanza viva de la fuerza que el Espíritu Santo tiene en la vida del ser humano. Ilumina tu camino, la razón de tu existencia, llena de voluntad el corazón y fortalece nuestra existencia. Se pide que el amor llene el corazón, que el cuerpo sane y que las debilidades sean vencidas con la fortaleza del Espíritu.
Los apóstoles —todos nosotros, en definitiva, seguidores de Cristo— combatieron con sus flaquezas y sus miedos. La actitud de los apóstoles certifica que con la compañía del Espíritu es más factible avanzar en los caminos tortuosos de la vida. Con el apoyo del Espíritu es más fácil seguir a Cristo, seguir la voluntad de Cristo, ser amigo de Cristo.
Este tiempo de Pascua es muy propicio para estar más sensibilizado con la presencia del Espíritu Santo en mi corazón, para ser consciente de mis flaquezas y debilidades y de cómo Dios, en su infinita misericordia, me sostiene con su amor.
Si Pentecostés es ese momento en que el Espíritu Santo nos fortalece para avanzar y proclamar el amor de Dios en el mundo, la Pascua a la luz del resucitado es este tiempo propicio para adentrarme en mi propio interior y vislumbrar aquello que debo transformar de mi interior para hacer más santa mi vida.

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¡Espíritu Santo, te presentante ante María y los apóstoles como unas llamas de fuego, calienta mi existencia con el calor tu amor! ¡Espíritu Santo, que eres viento que ruge en mi corazón, dirige mis pasos hacia la santidad y hacia donde tus deseos quieran! ¡Espíritu Santo, que te presentas tantas veces como una brisa suave, dame la ocasión de respirar tus dones y tus gracias para renovarme interiormente! ¡Espíritu Santo, que vuelas con la libertad de una paloma conviérteme en una persona libre sin las ataduras del pecado! ¡Espíritu Santo, que en el bautismo me rociaste con el agua viva y me introdujiste a la Iglesia Santa de Dios, lávame de mi inmundicia interior para ir siempre con limpieza de corazón y de alma! ¡Espíritu Santo, cuyas llamaradas son luz que iluminan mis pasos, guíame siempre mis pasos! ¡Espíritu Santo que eres fuerza que sostiene, ayúdame a levantarme cada vez que caigo! ¡Espíritu Santo, que alimentas mi corazón y mi alma con tus siete dones no permitas que tu savia se seque en mi interior para darle siempre un sí decidido al Padre! ¡Espíritu Santo, que eres don y vida, dame la alegría de vivir acorde con las enseñanzas de Jesús! ¡Dame, Espíritu Santo, un corazón abierto a la verdad que está en Dios y no permitas que instale en mi propia verdad, en mi propia voluntad y en mis propias comodidades! ¡Dame siempre luz, Espíritu divino, para saber escuchar tus susurros de amor!

Veni Creator Spiritus, inspirador de esta meditación:

Vivir de apariencias

En la sociedad actual vivimos de apariencias, «son ¿necesarias?» en las relaciones sociales, profesionales, etc. En esta circunstancia, la humildad camina a nuestro lado como un viajero desconocido. Al olvidarnos de ella nos convierte en seres anónimos, incluso entre aquellos que nos resultan más próximos. Sin embargo, cuando la humildad se ejerce se convierte en un espacio de encuentro con otras personas, fundamentalmente con los que más queremos.
En este entramado de apariencias juzgamos a los demás por lo exterior y no nos resulta sencillo reconocer lo valioso que atesoran. Cegados por esos defectos enemigos de la humildad —vanidad, orgullo, soberbia…— nos resulta complicado conocernos a nosotros mismos y conocer a los demás pues retenemos lo más superficial, lo menos importante y trascendente llevándonos una impresión errónea y equivocada del otro.
Entre los elementos sustanciales de la humildad un pilar fundamental es la verdad. Humilde es aquel que camina en la verdad y la autenticidad. Desde estos dos elementos resulta más sencillo conocer y valorar al prójimo. La humildad une vínculos estrechos  con la aceptación de nuestros dones, valores y debilidades lo que conlleva a aceptar de los dones, valores y debilidades de los demás.
Ocurre con relativa frecuencia que nos exasperen o incomoden actitudes y aspectos de gentes cercanas. Aceptarlas como son se convierte en una ardua tarea; en estos casos vemos solo lo negativo que les envuelve pero no recaemos en las grandezas y virtudes que atesoran. Sacamos puntilla y criticamos con vehemecia ese defecto que les identifica sin reparar que mucho de lo que criticamos a los demás es intrínseco a nosotros.
El camino seguro para vivir auténticamente en cristiano es la humildad, virtud que hay que pedir con intensidad al Espíritu Santo para que ilumine con la luz de Cristo la verdad de nuestra vida. Cuando uno, a la luz del Señor, acepta su fragilidad y se conoce realmente, puede aprender a aceptar y valorar a los demás. Un corazón humilde es aquel que busca el encuentro con el hermano desde la sinceridad del corazón; esa es la máxima esencia de la libertad y el amor.
¡Cuánto camino tengo por delante, Señor!

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¡Señor, envía tu Santo Espíritu sobre mí para que me enseñe a ser humilde! ¡Señor, de esas cosas de la vida que tanto amo, despréndeme si es tu voluntad! ¡Ayúdame a vivir siempre en la humildad y la caridad, pensando en el bien de los demás y no criticando ni juzgando nunca! ¡Señor, cada vez que me coloque por encima de alguien, lo juzgue, lo critique o lo minusvalore, envíame una humillación y colócame en mi debido lugar! ¡Sana, Señor, por medio de tu Santo Espíritu mi alma orgullosa! ¡Señor, Tu que eres la esencia de la humildad y la caridad, tu que eres humilde y manso de corazón, te ruego que conviertas mi corazón en un corazón semejante al tuyo! ¡Concédeme la gracia de vivir siempre con una actitud de humildad para poder escuchar tu voz y poderla transmitir a los demás! ¡Espíritu Santo, ayúdame a encontrarme cada día con Cristo y conocerlo mejor para que, transformada mi vida, sea capaz de vivir con una actitud de humildad permanente! ¡Necesito ser humilde, Señor, para permanecer cerca de Ti, haciendo vida tu Evangelio! ¡Señor, ayúdame comprender que Tú eres la única fuente de santidad y que sin Ti no soy nada, y nada alcanzaré al margen de tu voluntad!

Rey de la Humildad, cantamos hoy acompañando a la meditación:

Abrir el corazón para entregar las fragilidades del alma

Una de las maravillas de la oración: acercarse a Dios. Abrir el corazón para que pueda reinar en mi alma. Abrir el corazón y presentarle una a una todas mis debilidades con sinceridad, rectitud de intención, escrutando hasta el más recóndito de los rincones para enfrentar a la luz del Espíritu Santo la propia realidad ante los ojos de Dios. En el abismo de su misericordia podré luego ir a confesarme y comulgar en paz.Abrir el corazón para entregar las fragilidades del alma y no caminar con una apariencia de virtud sino con la auténtica belleza de estar limpiamente unido al Señor.
Abro una página del Evangelio. Allí surge la figura del leproso. Su lepra es corporal no del alma. Siente la cercanía del Señor que se aproxima a él. Ha visto en su mirada el amor misericordioso del Dios vivo. Y se postra a los pies de Jesús. Pone su cabeza a ras de suelo, mordiendo el polvo del camino. Es una imagen tremenda, demoledora. El leproso sufría por la condena de sus llagas. Así tiene que ser mi sentimiento por mis pecados. Orar ante Dios con el corazón abierto, con el rostro mordiendo el polvo del suelo, consciente de mi fragilidad y mi indigencia moral para presentar como el enfermo de lepra mi indignidad ante los ojos de Dios.
Y pronunciar, como el leproso: “No soy digno”. No soy digno pero por la gracia, Cristo puede sanarme. “Si quieres, puedes sanarme”, dice el leproso con fe y esperanza. Es una oración sencilla; profunda en su contenido, bellísima en su forma. No le dice a Cristo, el que todo lo puede: “Cúrame esta lepra”. Es más humilde la petición, más delicada, muy consciente de quien tiene delante: “Si quieres… puedes curarme”.
Soy consciente de que tantas veces acudo al Señor con clamores imperativos. No es eso lo que quiere Jesús de mí. Quiere que primero ponga mis faltas, todo mi corazón y toda mi alma y hacerlo con confianza bajo su divina persona para humildemente exclamar: “No soy digno, Señor, pero si quieres puedes curarme”. Lograré así, seguramente, que Cristo reine de verdad en un corazón tan pobre como el mío.
¡Señor, acudo hoy a ti con el corazón abierto a tu misericordia, a tu amor, reconociendo que no soy digno pero necesito que me cures mi parálisis y todo aquello que me aleja de Ti y de los demás!

¡Señor, si quieres puedes curarme porque necesito que me liberes de mis fracasos y de mis caídas, de mis cegueras y mis fragilidades, porque todo eso me impide verte a ti como el auténtico Señor de mi vida y a los demás como las personas a las que debo servir como un cristiano que vive la verdad del Evangelio! ¡Ayúdame, Señor, a abrirme a tu amor para no esconder mi realidad y ser consciente de que necesito de tu misericordia! ¡Hazme consciente, Señor, de que si ti no puedo caminar seguro! ¡Señor, hay cosas que me ciegan, es la lepra del orgullo y la soberbia, el pensar que si ti todo lo puedo, me autoengaño, no me permita ver la realidad! ¡Enciende mi fe, Señor, fortalece mi esperanza, da luz a mi camino para que pueda postrarme a tus pies como aquel leproso que se sentía indigno para que tus manos sane todo aquello de mi interior que deba ser sanado! ¡Sí, Señor, vengo a ti como el leproso del Evangelio porque estoy profundamente necesitado de tu gracia! ¡Te amo, Señor, si quieres puedes curarme! ¡Porque te amo, Señor, quiero amarte también en cada uno de las personas que se crucen a mi lado! ¡Sagrado Corazón de Jesús, en vos confío!

Adoration, la música de hoy:

El gusto espiritual

Las personas estamos sometidas a un permanente combate espiritual. Cada uno conocemos nuestras flaquezas y debilidades. Yo me sorprendo muchas veces de la mías. La mejor forma de caminar hacia Dios es tener las armas para discernir el bien del mal. Es necesario, en el fragor de nuestras luchas cotidianas, que nuestro espíritu conserve la paz y la serenidad con el fin de que la mente sea capaz de asumir con claridad los pensamientos que proceden de Dios y arrojar al vertedero del mundo aquellos pensamientos negativos que envía el demonio para minar nuestro crecer como cristianos.
Tener la llama del Espíritu permanentemente encendida facilita al hombre caminar a la luz del conocimiento y la verdad. Sin embargo, para conocer la verdad y vivirla plenamente es necesario aprender a discernir, hacerle un hueco al Santo Espíritu. Un interior iluminado por Él ayuda a crecer en santidad y aparta con arrojo cualquier influencia negativa del príncipe del mal. Hay momentos que siento gran consternación interior, cuando consciente de mis faltas y mi pecado, un sentimiento de tristeza me abate por la pérdida de la gracia. En estos momentos le pido al Espíritu iluminación interior, gusto espiritual, sensibilidad para ser receptivo a los dones de su gracia. Que mi amor crezca y mi gusto espiritual se acreciente para que sea la bondad la que lo impregne y no la realidad de mi pecado la que se asiente.
Por eso es tan importante hacer uso del sacramento de la Penitencia, para congraciarme con Dios y para purificar mi alma tan entregada a satisfacer lo mundano y apegada a las falsas alegrías de este mundo.
Pero donde se adquiere el gusto interior es, sobre todo, en la oración frecuente ese diálogo a corazón abierto con Dios en el que participa por entero el alma, la voluntad y la imaginación para dar valor sobrenatural a la fragilidad de nuestra vida cotidiana. Y en la comunión diaria, la unión íntima con el Señor que se hace uno con nosotros.
Esto es lo que le pido hoy al Señor, que a través del Espíritu, me otorgue mayor sensibilidad por el gusto espiritual para, desde la sensibilidad interior, luchar con humildad, confianza y perseverancia para vencer los obstáculos que me alejan de Dios.

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¡Señor, tú sabes que hay momentos en que parece que mi espíritu y mi corazón se endurecen! ¡Reclamo la presencia de tu Santo Espíritu para deleitarme con tu presencia y sentirla vivificante en mi corazón! ¡Te pido, Señor, que me hagas muy humilde porque cuanto más lo sea más fácilmente podré ser sensible a las cosas de Dios! ¡Ayúdame a ser perseverante en la oración y encontrarte cada día en la comunión diaria para no perder el gusto por lo espiritual! ¡Ayúdame Espíritu Santo a no perder el gusto por lo espiritual porque es la forma de que mi espíritu se comunique con Dios y crezca mi fe! ¡Espíritu Santo, cuando al no rezar no sienta el deseo de entregarme a Dios, sea incapaz de abrir mi corazón o me despiste, cuando no pronuncie palabras a conciencia sino meras repeticiones, cuando al adorar a Dios mi corazón no se quebrante, cuando al servir a los demás mi espíritu no se inquiete, cuando el pecado no me genere sensación de culpa, cuando no sienta necesidad de entregarme a los necesitados de la sociedad, cuando mi corazón solo vea los errores y las faltas ajenos y no la gracia y la misericordia de Dios, cuando esté siempre a la defensiva, cuando, cuando, cuando… hazte presente en mi alma para coger gusto por lo espiritual! ¡No permitas que me convierta en alguien insensible a todo lo que tiene que ver con lo espiritual! ¡No permitas que lo mundano prevalezca en mi vida! ¡Concédeme mucha sensibilidad espiritual para gozar de una vida cristiana plena!

El Salmo 1 nos sirve hoy para meditar cantando:

A la luz del Espíritu

Un nutrido grupo de personas nos reuníamos hace poco en torno a una mesa para poner fin a un curso Alpha. Impresiona ver como hay muchos corazones abiertos a la llamada del Espíritu, reforzados por la gracia y honrados por el amor de Cristo. Impresiona y emociona. Pero hay muchos que nos desean oír hablar de espiritualidad porque ignoran lo que se esconde detrás de esta palabra. Desconocen que va más allá de la religiosidad y de la piedad. Vivir espiritualmente es vivir unido al Espíritu de Dios pero sólo ocurre cuando a Dios se le da acceso en cada una de las experiencias de la propia vida.
Cada mañana cuando invoco al Espíritu Santo para que llene mi vida siento como Él se ocupa de despertar en mi corazón el amor por la vida y a la vida. Cómo a pesar de mi pequeñez, de mis caídas, de mis debilidades, mis angustias y mis incoherencias el Espíritu Santo me da la fortaleza para que mi corazón vibre ante la expectativa de la gracia que me deparará ese día. Me enseña a no tener miedos y si estos llegan, a atemperarlos. A vivir sin la armadura de la desesperanza. Me hace comprender que mi anhelada vida de santidad –de la que estoy tan lejos– la puedo vivir desde la experiencia del Espíritu Santo. Me ayuda a comprender que debo amar la vida como la ama Dios, ver la vida como la ve Dios, sentir la vida como la siente Dios: desde la belleza, la bondad, la dignidad, el amor y siempre abierta a la felicidad eterna. Me permite entender que mi fe es un don que viene de lo alto, que todos los dones que voy a recibir hoy son un regalo del Dios del Amor; que mi vida es finita pero abierta al infinito y debo aprovecharla al máximo intentando hacer el bien aunque muchas veces no lo consiga. Que todos mis afanes y mis deseos deben estar supeditados a la voluntad de Dios. Poner la vida en manos del Espíritu es una garantía de ir a mejor, por eso no quiero dejar nunca de invocarlo porque es Él quien me renueva, me transforma, me purifica y me llena de la luz divina.

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¡Señor, envía tu Espíritu Santo para completa en mi la gran obra del Padre, para perfeccionar mi alma y llenarla de tu gracia y de tu amor! ¡Espíritu Santo, concédeme el don de la sabiduría para aspirar siempre a las cosas eternas y dejar de lado lo mundano de esta vida! ¡Concédeme también el don de entendimiento para que ilumine siempre mis pensamientos y mi mente con el fin de ver siempre la luz de Dios en mi vida! ¡Concédeme, Espíritu de Dios, el don de consejo para escoger siempre el camino correcto y que todas mis acciones agraden siempre a Dios! ¡Mi objetivo es el cielo y allí quiero llegar con mis buenos actos! ¡Concédeme el don de fortaleza para que sepa siempre llevar mi cruz junto a Jesús con entereza y confianza y saber sobrellevar todos los problemas con capacidad de superación! ¡Concédeme, Espíritu divino, el don de conocimiento para que en mi oración tenga una mayor cercanía con el Señor, para conocerlo mejor y conocerme también a mi mismo para ir creciendo cada día en perfección! ¡Concédeme el espíritu de piedad para que, a través de mi oración, lleve a los demás ternura, amor, consuelo y paz y que mi servicio sea siempre por amor a Dios, un servicio amable y generoso! ¡Concédeme, Espíritu Santo, el don de temor de Dios para amar siempre al Padre con respeto y reverencia y sea muy consciente de cuáles son los actos que pueden molestarle! ¡Dame la alegría cristiana, Espíritu divino, para que allí donde vaya me reconozcan como un verdadero discípulo de Jesús!

Una canción dedicada al Espíritu Santo: