Con el bastón de peregrino y el rollo del Evangelio

Durante más de mil años hombres y mujeres de todo el mundo realizan en peregrinación el camino de Santiago. Unos amigos lo han comenzado hace unos días en bicicleta, otros lo harán en una semana caminando desde Roncesavalles, y así el camino que lleva a la tumba del apóstol atrae cada vez más a personas que buscan una experiencia personal diferente. El denominador es descubrirse a uno mismo. Quien pasa hojas deja atrás su pasado y se distancia del presente con el propósito de encontrar lo que le da valor real a su existencia. Un cuñado mío que lo ha realizado recientemente considera que es como una profesión de fe: ¡nada vuelve a ser como antes! Cualquier peregrino atestigua los efectos de esta experiencia en estos términos: la soledad y las dificultades encontradas en el camino te obligan a pensar; caminas con un objetivo y cada día encuentras su significado.
Regresar a uno mismo es un objetivo que muchos se plantean durante sus vacaciones anuales. Las vacaciones no deberían ser un tiempo vacío sino de reorientación, de unificación del centro de gravedad de la propia vida. Este centro no tiene que ser nuestro propio yo. Los cristianos estamos invitados a dejarnos acompañar por Otro. En multitud de ocasiones, Santiago, el hijo de Zebedeo, atendió este mensaje de Jesús: fue uno de los primeros cuatro discípulos llamados por Él; uno de los tres apóstoles elegidos  para acompañarle al monte de la Transfiguración y fue, también, uno de los tres a quien Jesús pidió que le acompañara al huerto de la agonía, en Getsemaní. En cada ocasión Santiago aceptó con prontitud la invitación de Jesús. Así puede ser también mi vida, cuando Jesús me llama y me pide que deje la barca de mis seguridades humanas para seguirle por los caminos que Él tiene pensados para mí y estar disponible para testimoniarlo con valentía, sin miedo a las consecuencias de esta adhesión.
Santiago apóstol te enseña que todos andamos por un camino de fe. Que toda la vida humana es una peregrinación. Toda vida humana experimenta altibajos, peregrinaciones, pasos en falso, pecado, caídas… pero cada uno de nosotros escucha de vez en cuando esa invitación para dar media vuelta y convertirse de nuevo. Santiago te permite comprender que lo que da sentido a nuestras vidas es que somos de barro pero sostenidos por Cristo. Esta fragilidad no debe asustarnos, porque Dios es la fuerza que lleva nuestra vida.
Santiago apóstol también te enseña que ser apóstol de Cristo —ser cristiano— es participar decididamente en la vocación del servicio gratuito, que seguir a Cristo exige madurar la propia fe porque seguir al Mesías no implica vivir solo rodeado de honor y de gloria sino también de sufrimientos y de debilidad pues la gloria de Cristo se materializa en la cruz desde donde Él acoge cada uno de nuestros sufrimientos.
Como Santiago apóstol deseo ser un ejemplo elocuente de viva adhesión Jesús. Y peregrinar por la vida recorriendo no solo el camino exterior sino sobre todo el interior, sabiendo hacerlo entre las dificultades de la vida, con el bastón de peregrino y con el rollo del Evangelio, pues estos son los valores que representan la autenticidad de la vida cristiana.

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Cada año, en este día rezo  la oración que el Papa san Juan Pablo II pronunció  ante la tumba del Apóstol en la Jornada Mundial de la Juventud que tuvo lugar en Santiago de Compostela el 19 de agosto de 1989 y a la que tuve el honor de asistir. Esta oración sustituye de Juan Pablo II sustituye hoy a la que habitualmente acompaña la meditación

¡Señor Santiago!
Heme aquí, de nuevo, junto a tu sepulcro
al que me acerco hoy, peregrino de todos los caminos del mundo,
para honrar tu memoria e implorar tu protección.
Vengo de la Roma luminosa y perenne,
hasta ti que te hiciste romero tras las huellas de Cristo
y trajiste su nombre y su voz hasta este confín del universo.
Vengo de la cercanía de Pedro, y, como Sucesor suyo,
te traigo, a ti que eres con él columna de la Iglesia,
el abrazo fraterno que viene de los siglos
y el canto que resuena firme y apostólico en la catolicidad.
Viene conmigo, Señor Santiago, una inmensa riada juvenil
nacida en las fuentes de todos los países de la tierra.
Aquí la tienes, unida y remansada ahora en tu presencia,
ansiosa de refrescar su fe en el ejemplo vibrante de tu vida.
Venimos hasta estos benditos umbrales en animosa peregrinación.
Venimos inmersos en este copioso tropel que desde la entraña de los siglos
ha venido trayendo a las gentes hasta esta Compostela
donde tú eres peregrino y hospedero, apóstol y patrón.
Y venimos hoy a tu vera porque vamos juntos de camino.
Caminamos hacia el final de un milenio que queremos sellar con el sello de Cristo.
Caminamos, más allá, hacia el arranque de un milenio nuevo
que queremos abrir en el nombre de Dios. Señor Santiago,
necesitamos para nuestra peregrinación de tu ardor y de tu intrepidez.
Por eso, venimos a pedírtelos hasta este «finisterrae>> de tus andanzas apostólicas.
Enséñanos, Apóstol y amigo del Señor,
el CAMINO que conduce hacia El.
Ábrenos, predicador de las Espadas,
a la VERDAD que aprendiste de los labios del Maestro.
Danos, testigo del Evangelio, la fuerza de amar siempre la VIDA.
Ponte tú, Patrón de los peregrinos,
al frente de nuestra peregrinación cristiana y juvenil.
Y que así como los pueblos caminaron antaño hasta ti,
peregrines tú con nosotros al encuentro de todos los pueblos.
Contigo, Santiago Apóstol y Peregrino,
queremos enseñar a las gentes de Europa y del mundo
que Cristo es-hoy y siempre- el Camino, la Verdad y la Vida.

Felicidades a todos los Jaimes y Santiagos.

Del compositor Alonso de Mondéjar presento hoy el romance Camino de Santiago, cuyas estrofas repiten este hermoso texto:

Camino de Santiago
con más fe que devoción.
Mi cuerpo solo se parte
dejando su corazón.
Mi cuerpo solo se parte
con más fe que devoción.
Suspiros lágrimas tristes
llevo por consolación.

Mi límite es el infinito

Regreso ayer de un viaje relámpago en avión con una compañía low-cost invitado por una empresa. Mientras descendemos hacia el aeropuerto comienza una fuerte tormenta. Vamos poco a poco taladrando los densos nubarrones. El ambiente es gris y perturbador. Si observas por las pequeñas ventanas del avión, en un permanente balanceo, la catarata de agua de lluvia se une con las olas de mar bravío a poca distancia ya del avión. El martilleo del agua cayendo sobre la estructura del aeroplano con la luz resplandeciente de los rayos iluminando el camino hacia el aeropuerto no es una situación muy aleccionadora. Uno tiene ganas de llegar al destino, y mientras el avión penetra tierra firme miras por la ventana y vas viendo como las minúsculas casas que conforman aldeas, pueblos y la gran ciudad se van haciendo cada vez más grandes. Los predios agrícolas son a la vez más claros. A mayor cercanía, mayor es la seguridad. Hay que viajar en avión en momentos de turbulencia para ser claramente consciente de nuestra pequeñez y fragilidad. Visualizar objetivamente la miseria de nuestra nada.
El hombre está hecho para la seguridad perfecta, para los espacios grandes e inmensos, para los horizontes que no tienen fin porque su límite es el infinito. Ese es el destino del hombre. El Infinito, escrito en mayúsculas porque es el viaje lleno de turbulencias que uno debe realizar para alcanzar la felicidad eterna.

¡Señor, aspiro con mi pobreza y mi pequeñez a la vida eterna! ¡Eso me exige cambiar, Señor! ¡Me exige, Señor, tener un corazón limpio, comprensivo, servicial, generoso, desprendido, humilde, solidario, magnánimo, paciente, amoroso, sencillo, caritativo, humilde y misericordioso! ¡Un corazón que ame como tu amaste! ¡Aspiro a conocerte mejor y que te conozcan a ti que has resucitado para darme la vida! ¡Espíritu Santo, ayúdame a salir de mi mismo y empezar a ser otro! ¡Concédeme la gracia de vaciar de mi interior lo viejo para que nazca en mi el hombre nuevo que siente del fuego tu gracia y los bienes que tu otorgas! ¡Ayúdame a que mueran mis ideas «siempre estupendas», mis yoes innegociables, mis proyectos, mis normas establecidas, mis principios «inviolables» para dejar que entren en mi los auténticos de Cristo! ¡Señor, transforma y cambia mi corazón intoxicado por el pecado, contaminado por las tentaciones, turbado por los ruidos exteriores y límpialo con la Gracia del Espíritu Santo! ¡A los pocos días de haberme alegrado por tu Resurrección ayúdame, Señor, a resucitar como tu a la luz de tu verdad y aspirar a la vida eterna!

Anima Christi, sanctifica me, bello canto para acompañar hoy nuestra oración:

La cruz que yo mismo me construyo

Las cosas no salen siempre como uno las tiene previstas. Y, entonces, se vislumbra en el horizonte como un profundo desierto. Cuando te sientes abatido por los problemas, cuando te abate de manera dura la enfermedad, cuando un fracaso te llena de desazón y desconcierto, cuando alguien te juega una mala pasada y te hiere, cuando un juicio malicioso te daña el corazón… circunstancias todas ellas habituales en nuestra vida es cuando hay que ver con mayor claridad la mano de Dios que interviene en esos acontecimientos.
Me sorprendo porque aun sabiendo que la fe sostiene la vida son muchas las veces que no soy capaz de ver como las costuras de Dios van tejiendo el vestido de mi vida, hasta el más insignificante de los detalles que nadie aprecia pero que Dios ha diseñado cuidadosamente porque forma parte de su gran obra. Todo lo permite Dios. Y lo permite desde la grandeza de su amor infinito. Y lo hace con el único fin de lograr que me desprenda de mis oyes y de la mundanalidad de la vida para acercarme más a Él. ¡Pero qué difícil es esto, Dios mío!
Esta falta auténtica de confianza, de fe, de abandono y de esperanza provoca mucho sufrimiento interior. En este momento, la cruz que Dios me envía no es la suya ni no la hago mía porque es una cruz que construyo a mi justa medida. Cuando cargas esta cruz las penas son más pesadas, los disgustos más profundos, las pruebas más dolorosas, las inquietudes más atormentadas y la imaginación te lleva a realidades poco realistas… tal vez para nada porque en muchas ocasiones lo que prevés que sucederá nunca sucede por la intercesión misericordiosa del Padre que se compadece de la fragilidad humana.
El aprendizaje en este camino de Cuaresma es que no puedo crucificarme a mi mismo con mi propia Cruz. Dios lo único que desea es que acompañe a Cristo en el camino hacia el Calvario abandonando el cuidado de mi corazón y de mi alma a la acción redentora de su Hijo para mirar las cosas a la luz de la fe y de la confianza.

orar con el corazon abierto

¡Señor, cuánto me cuesta acostumbrarme a que tu me acompañas siempre, que caminas a mi lado, que no me abandonas nunca! ¡Cuántas veces me olvido, Señor, que mis sufrimientos y mis temores son también los tuyos que sufres junto a mí y haces tuyos mis pesares! ¡Señor, olvido con frecuencia que tu no me abandonas nunca! ¡Concédeme la gracia de confiar siempre en Ti! ¡Concédeme la gracia de verte en cada acontecimiento de mi vida! ¡Enséñame, Señor, como en el silencio de la vida y de los acontecimientos en los que no soy capaz de verte por mi ceguera tu te haces presente y cual es el sentido profundo y certero de lo que quieres para mí y es tu voluntad santa! ¡Ayúdame a dejar de lado esa cruz fabricada a mi medida y llevar la cruz verdadera! ¡Ayúdame a no preocuparme excesivamente por las cosas materiales y abrir más mi alma al cielo! ¡Espíritu Santo, dador de vida y de esperanza, a ti te confío también mis incertidumbres para que me ayudes a que mi alma se libere de todas las preocupaciones materiales y me hagas más fuerte espiritualmente! ¡Concédeme la gracia de ser más confiado, de tener una fe más firme y entregarme sin miedo a las manos extendidas de este Cristo clavado en la cruz que me abraza con amor eterno!

Victoria, tu reinarás, oh Cruz tu me salvarás:

Dar gloria a Dios con la propia vida

Cada vez que conservo la paciencia con alguien por amor a Dios; cada vez que, postrado en el banco de la iglesia o en un rincón del salón para hacer oración y beneficiarme de la ternura de Dios; cada vez que, con amor, santifico mi trabajo cotidiano; cada vez que tengo una palabra amable con alguien; cada vez que practico cualquier buena acción siguiendo el consejo de quienes procuran mi salvación; cada vez que cumplo con una norma de obediencia; cada vez que en mi camino se hace presente el afecto o el cariño de alguien o a alguien; cada vez que me marginan o me desprecian; cada vez que perdono; cada vez que doy gracias por mi sufrimiento o mi enfermedad; cada vez que mi corazón se alegra; cada vez que mis sueños se quedan pequeños por lo que siento o tengo; cada vez que tengo que callarme porque me he equivocado o no quieren escucharme; cada vez que ejerzo mi libertad; cada vez que disfruto de los pequeños detalles de la vida; cada vez que doy como limosna lo que a mi me falta; cada vez que doy gracias en la oración; cada vez que no abuso de lo que recibo o lo empleo sólo para el bien común y para que se cumpla la voluntad de Dios; cada vez que aprendo a estar satisfecho de cualquier situación por muy dura que esta sea; cada vez que no me preocupo de mi presente ni de mi futuro porque Dios proveerá aunque aplique el dicho a Dios rogando y con el mazo dando; cada vez que confío en la fuerza de Dios en lugar de mis propias fuerzas; cada vez que sirvo desinteresadamente a los demás; cada vez que demuestro mansedumbre, benignidad, bondad, paz, paciencia, fidelidad, gozo, amor en mi vida; cada vez que asumo mi fragilidad y mi pequeñez y lo pongo en las manos de Dios; cada vez que entrego mi corazón a Cristo y soy consciente de que mi condición de pecador y de que solo no puedo alcanzar la vida eterna; cada vez que… estoy elevando a Dios una incesante oración; estoy dando gloria a Dios con mi propia vida. ¿Qué más puedo hacer para seguir dándole gloria? ¿Qué sensación experimento al tener conciencia del infinito amor que Dios siente por mí?

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¡Padre bueno, te glorifico con mi pequeña vida! ¡Te glorifico con el gran amor que siento por Ti! ¡Padre, tu nos das la libertad de amarte y yo quiero hacerlo cada día con mi entrega generosa, con mi acción de gracias, con mi obediencia ciega, con mi fidelidad cotidiana, con mi servicio a los demás, con el despojo de mi mismo, con la aceptación de tu voluntad en mi vida! ¡Gracias, Padre, por todo lo que me das que no merezco! ¡Gracias, Padre, porque gozas con nuestro bien, porque deseas mi felicidad y porque me ofreces la vida en abundancia que es tu Hijo Jesucristo para que lo siga con su Palabra y lo vivifique diariamente en la Eucaristía! ¡Gracias, Espíritu Santo, porque iluminas mi vida y me haces tomar conciencia de lo que soy y de que todo lo que tengo es recibido de las manos generosas de Dios no para mi propio provecho, no para abusar de ello y emplearlo mal sino para dar gloria, para desde mi beneficio darlo a los demás, para que se cumpla siempre la voluntad en mi vida y para el bien común! ¡Quiero, Padre, glorificarte con mi propia vida! ¡Que mi relación contigo, Padre, este presidida por el amor, por la experiencia personal, por el gustar de tu presencia y beber de tu Espíritu! ¡Que mi alabanza no sean solo conceptos y palabras sino sentir en mi vida la emoción y el asombro de tu presencia, tu amor y tu misericordia! ¡Configurarme, contigo Padre, con Jesús tu Hijo, y con el Espíritu Santo, pues en esta Trinidad está el camino, la verdad y la vida!

A Dios sea la gloria, le cantamos hoy al Dios bueno y misericordioso que nos ha dado la vida y todo cuanto tenemos:

Tejedores de nuestra alma

A mi mujer le gusta el punto de cruz. Observo como mueve sus manos para ir creando por medio de los hilos hermosas figuras y palabras con diferentes motivos. El tejer exige habilidad, obra de nuestras manos. Contemplo como ella lo desarrolla en silencio, con esmero, con un mimo delicado.
Nuestra vida es también así, una obra que se va tejiendo y destejiendo para lograr vínculos enraizados y firmes. En muchas ocasiones con esa sensación de que el esfuerzo ha sido baldío, una tarea inútil, que debe ser desbrozada de nuevo porque los puntos no han quedado bien unidos. Y hay que comenzar otra vez poniendo toda la atención para no volver a equivocarse y no unir con precarias ataduras.
Observo como enhebra una aguja y asegura el hilo con un nudo. Es el primer paso para cualquier proyecto de costura que se realiza a mano. Es un acto sencillo pero delicado, como esos pequeños actos de amor cotidianos que dan belleza a nuestro servicio. Y entonces da la vuelta al hilo de colores para darle forma al dibujo. Y lo une con otros. Son como los diversos hilos de nuestra vida, algunos alegres y otros dolorosos, unos esperanzadores y otros tristes. En ocasiones destrabar es empezar de nuevo porque hay que eliminar los nudos equivocados que son dañinos como algunos de los pasos de nuestra vida.
La vida nos llama a convertirnos en tejedores de nuestra alma. A tomar las agujas y enhebrar los hilos de nuestra vida. A combinar bien los colores —las virtudes— para crear una obra de arte —el vivir dándose a los demás por amor y con amor—.
La perseverancia es otro de los aspectos del arte del punto de cruz. Conocer cuál es el objetivo y trabajar sobre ello. Así también es la vida, un caminar hacia un destino aceptando los desafíos y aceptándolos con alegría interior y con confianza. Como lo es también la paciencia. El tejer necesita su tiempo y los resultados del trabajo tardarán en vislumbrarse porque es un esfuerzo artesanal, hecho a base de horas en las que se pone toda la atención y el silencio. Es la misma paciencia que se requiere en el trato con los demás, en la aceptación de las dificultades, en la vida profesional, en la consecución de los objetivos, en la vida de oración, en la espera de la voluntad de Dios. Todo fruto tarda en madurar y hay que aprender a sembrar, a esperar y a recolectar.

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¡Señor, mi vida es un tejido de tus manos; no puedo escoger los colores que Tu labras cada día! ¡Señor, tu sabes que soy como un telar inquieto con muchos hilos oscuros que sólo tu puedes cambiar por otros de colores más alegres! ¡Diseña mi vida, Señor, como tú mejor creas! ¡Diseña mi vida, Señor, y hazme a tu medida para que mis pasos, mis palabras, mis acciones, mis pensamientos… sean siempre de tu agrado! ¡Te acepto Jesús como mi Señor y mi salvador! ¡Me postro ante Tu presencia, Señor, ante tu Santidad que me permite comprender cuál es mi realidad! ¡Me postro tal y como soy, Señor, sin reservas, completamente al descubierto porque Tú me conoces perfectamente! ¡Quiero ir donde tu estés, Señor, porque sólo en Ti está la vida verdadera! ¡Envíame a Tú Espíritu para que me ayude caminar en la luz! ¡Toma mi vida, Señor, para adorarte, alabarte y darte gracias siempre! ¡Toma mi corazón, Señor, es lo único que te puedo ofrecer! ¡Y en el centro del corazón con tus manos misericordiosas teje con hilo de oro y plata estas palabras, Señor: «Padre mío, me abandono a Ti. Haz de mí lo que quieras. Lo que hagas de mí te lo agradezco, estoy dispuesto a todo, lo acepto todo con tal que Tu voluntad se haga en mí»!

Cada mañana es una canción del disco Tengo fe de Roberto Orellano que nos acompaña en el día de hoy: