¡Sálvame, Señor, que me hundo!

Cuando lees el Evangelio te vas encontrando con los hombres y mujeres que acompañaron a Jesús durante sus años de vida oculta y durante los tres años que recorrió de un lado a otro la que hoy denominamos Tierra Santa. Nos encontramos con discípulos que caminaron con Jesús, con personas que escucharon sus palabras y fueron testigos visuales o físicos de sus milagros de sanación. Nos encontramos hoy, transcurridos más de dos mil años, con las referencias escritas de la vida de Jesús. Y eso te permite comprender que la fe va mucho mas allá de lo que es físico, de lo que los discípulos, los protomártires, y los que le siguieron sin haberle conocido testimonian porque los únicos que pudieron tocar a Jesus y compartir horas de intimidad fueron los discípulos. Y, aún así, su fe era tan quebradiza, delicada y frágil como la que más. 

Para mi el ejemplo más clarificador es el que se produjo aquel día en que Jesús se encuentra con ellos en medio de un gran tempestad. Todos, sin excepción, mientras Jesús descansa gritan queriéndole hacer ver al Señor que la barca se hunde. Y claman por su salvación. Este ejemplo muestra que nuestra debilidad no está justificada porque no podamos ver a Jesús. La fe va mas allá de ver o de tocar, es una cuestión que surge del corazón, del pensamiento que va ligado a la sabiduría del Padre. Hay algo muy clarificador: no todo lo que es palpable o demostrable nos otorga la seguridad, no todo lo que está alejado ha de ser capaz de proporcionarnos la fe. Es el grito de «¡sálvanos que nos hundimos!» Y Jesús replica, sereno y tranquilo, confiado: «¿Por qué os asustáis?». Y lanza un mensaje demoledor: «¡Qué poca fe tenéis!». 

Me lo aplico a mi mismo. Acudo muchas veces al Señor con una frase similar a la de «¡sálvame que me hundo!». La fe en lo que se basa todo lo que creemos es tan débil, tan condicionada a nuestra debilidad, que no nos damos cuenta de que Jesus siempre navega con nosotros en la misma barca, de que Dios siempre está en nosotros, que aunque no podamos tocarlo, verlo u olerlo vive en nosotros, así lo hemos de sentir en nuestro corazón. 

Nuestra vida está en manos de Dios, de Cristo, bajo la gracia inspiradora del Espíritu Santo. Estamos siempre en manos del Padre, no hemos de tener miedo cuando nuestra barca parece que hace aguas por todas partes, cuando nuestra vida se zarandea, cuando nuestra historia personal se sacude, cuando nuestra existencia se derrumba… por eso nuestra fe, obtenida por gracia de Dios, hay que alimentarla, vivificarla, hacerla crecer, para que en estos momentos en que parece que nos hundimos, cuando parece que no hay soluciones, cuando nos embarga el miedo, ser capaces de acudir al que tiene la solución en si misma misma: Dios. Y hacer que esa unión entre Dios y nosotros que se realiza a través de la presencia de Cristo en nuestra vida acreciente nuestra fe. Esta fe pequeña que tan ligada va a la oración de cada día y a la interioridad de nuestro corazón.

Seguir a Cristo en la fe es caminar con Él en la comunión de la Iglesia, por eso anhelo que mi fe consista en una relación íntima con Cristo, con quien es el Amor que me ha amado primero hasta su entrega total en la cruz, que sea una fe vivida como relación de amor con Él siendo capaz de renunciar a mi mismo; una fe fuerte que supere todas las pruebas y me haga crecer cada día; una fe que se convierta en camino de iluminación, que no ahogue el amor sino que lo haga más sano y libre y se convierta en un camino de conversión y seguimiento a Jesús, como manera de crecer y perfeccionarme en mi camino de santidad.

¡Señor, tu sabes que hay muchas cosas que suceden en mi vida que no las comprendo, me es difícil explicar algunos problemas que me acontecen, que no acierto a entender porque me surgen tantas dificultades! ¡Pero, Señor, cuando pienso que mi barca se hunde ahí estás Tu, durmiendo en la barca de mi corazón manteniéndote fiel; por eso te doy gracias, Señor, porque mantienes mi fe firme! ¡Te pido, Señor, confiar más en Ti, creer en Ti! ¡Señor, ya sé que todo cuanto me ocurre lo conoces, pero muchas veces siento que estás dormido mientras mi barca se hunde; acrecienta mi fe! ¡Señor, Tu eres el dueño de cuanto sucede, cuando sientas que los problemas me zarandean, acrecienta mi fe! ¡Señor, cuando las tentaciones me golpeen y pierda la calma, acrecienta mi fe! ¡Cuando no sea capaz de ver más allá de los inconvenientes y dificultades, acrecienta mi fe! ¡Cuando la incertidumbre me embargue, acrecienta mi fe! ¡Cuando tenga miedo al mañana, acrecienta mi fe! ¡Señor, como tu lo permites todo y lo haces por mi bien, acrecienta mi fe! ¡Cuando no sea capaz de ver o entender el por qué de las cosas, acrecienta mi fe! ¡Cuando mi oración sea timorata y tibia, acrecienta mi fe! ¡Solo te pido, Señor, el gran regalo de confiar plenamente en ti, vivir más allá de lo que soy capaz de ver en mi pequeñez! ¡Dame, Señor, la fe necesaria y la voluntad firme para resistir en el barco aunque las tormentas de la vida lo zarandeen y tema hundirme! ¡Señor, acrecienta mi fe y que aprenda a decir cada día hágase hoy tu voluntad porque Tu aplacarás la tormenta, los vientos y las olas pues todo obedece a la primera a tu infinito amor! ¡Y a ti, María, Madre de la Esperanza y de la Confianza, también acudo para que acrecientes mi fe y la confianza en tu Hijo Jesús!

Por el camino de Emaús

La aparición de Cristo a los discípulos de Emaús es uno de los textos más hermosos y sobrecogedores del Evangelio de san Lucas. Por circunstancias personales es un texto al que estoy profundamente unido. Como el discípulo sin nombre tantas veces camino por la vida desconfiado, abatido, triste, desanimado, sin esperanza. Como él he perdido la alegría, sintiendo el vacío de la ausencia del que se ama. Esperando. Esperando con un caminar entristecido olvidando que Cristo nunca abandona, que camina junto a mí como un compañero de viaje más, escuchando pacientemente mis rogativas y mis lamentos. Paso a paso, Jesús me escucha con atención y en la oración y en la Eucaristía cambia interiormente mi corazón que arde con el fuego intenso de su amor.
En mi fuero interno confieso que mi corazón arde cuando Jesús está cerca, por eso le pido que se quede conmigo porque atardece y el día decae. A cada llamada, Jesús no desaprovecha la ocasión para sentarse en mi mesa para partir el pan, para partir conmigo mi propia vida, su propia vida.
Emaús es para mí caminar hacia un proceso interior. Un camino interior que te permite crecer y cambiar; un camino que te permite transitar entre la desesperanza y la desilusión a la alegría del encuentro. Un camino que lo centra todo en lo interior.
Emáus es tomar conciencia de que me encuentro en esta vida en un viaje de peregrinación espiritual, en un proceso de fe en constante crecimiento. Un viaje en el que tengo que reconocer a Cristo a mi lado pero que tiene en el Espíritu Santo el guía que despliega sobre mi una incesante maduración personal.
Emaús es ese camino que te permite crecer, madurar, renovarte, sanarte, purificarte, transformar la vida interior, restituir el ánimo y sanar todo dolor. Emaús es ese camino que te permite avanzar y no dejarse vencer por los peligros, las desilusiones y los obstáculos que se presentan.
Emaús es ese proceso que te hace entender que no puedes transitar por la vida sin cambiar nada, sin que nada suceda en tu interior, sin aprovechar la oportunidad para abrirse a la novedad que es Jesús. Quien nunca parte, nunca se descubre a sí mismo en el vivir cotidiano.
Emaús es el caminar para ir mucho más lejos de mi propio yo. Es ponerme en marcha para salir de mi mismo e ir al encuentro de la verdad.
¡Qué gran enseñanza la del encuentro de Emaús! ¡Qué maravilla ese encuentro con el Resucitado! ¡Qué necesidad de urgir con más frecuencia estos encuentros íntimos y personales con el Señor, sentir viva y profundamente el pan que gratuitamente nos da, sentir el vino que fortalece nuestro vivir!

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¡Quédate conmigo, Señor! ¡Quédate y conviértete para siempre en mi acompañante en el camino de la vida! ¡Sé, Señor, mi maestro, mi amigo, mi compañero, mi huésped, mi protector porque la noche va decayendo y está repleta de oscuridades, de incertidumbres, de soledades, de desalientos, de turbaciones, de sufrimientos, de tristezas, de problemas que parecen no tener fin! ¡Siéntate, Señor, a mi lado reparte tu pan de vida! ¡Quédate conmigo, Señor, y no permitas que dude nunca, que me venza el desaliento, que me deje derrotar por las inseguridades y los miedos, que me sacuda el dolor, que me traspase el desencanto! ¡Quédate, Señor, conmigo para crecer firme contigo, para regresar siempre siendo testimonio tuyo, para decirle al mundo que has resucitado y caminas a nuestro lado! ¡Quédate, Señor, conmigo y hazte cada día el encontradizo conmigo cuando me surjan los temores o tome caminos erróneos! ¡Quédate conmigo, Señor, que tengo necesidad de escuchar Tu Palabra, de sentir como arde mi corazón y se fortalece cada día mi fe cuando el sacerdote parte el pan en la Eucaristía! ¡Quédate, Señor, conmigo porque necesito compartir contigo mi vida y la de los míos, no me dejes solo, no permitas que haga el camino por mi cuenta! ¡Quédate, Señor, conmigo para guiarme y ser mi compañero de peregrinaje hacia el cielo! ¡María, quédate Tú también conmigo ya que eres la Madre de los caminantes, la que nunca nos nos abandonas y la que da luz a nuestra vida cuando atardece!

Por el camino de Emaús:

Vivir en la desconfianza

El sentimiento de desconfianza crece a pasos agigantados. Surge de manera irremediable por ese temor a no saber cómo defenderse, por esa sensación a sentirse indefenso ante las amenazas —a veces reales y otras imaginadas— de los demás. Observo que cada vez nos fiamos menos del prójimo. Y esa falta de confianza afecta a nuestras relaciones personales, a los comportamientos cotidianos e, incluso, a los sentimientos. Ese en quien habías puesto tu confianza, te defrauda. Aquel que pensabas que nunca te haría daño, te falla; al que le mostraste tu fidelidad en momentos difíciles, te abandona; ese al que le diste todo, cuando lo necesitas no aparece… Cuando la desconfianza vence paraliza al hombre, afecta a su capacidad de ser y de hacer y, por tanto, limita su libertad individual. La desconfianza cierra muchas puertas a nivel familiar, profesional y social.
La confianza en alguien es una cuestión de libertad. Es una apuesta sobre el otro. Y esa libertad puede quebrase por tu propia conducta o por la del prójimo pues hay una gran variedad de elementos que pueden desencajar y desquebrajarlo todo.
Sin embargo, como cristiano tengo que ser generoso en la confianza. No puedo caminar con el signo de la cruz sin confiar en los que me rodean, respetando su singularidad, sus cualidades, sus particularidades, descubriendo la grandeza de sus virtudes y corrigiendo sus defectos fraternalmente. Al prójimo tengo que abrirle siempre las puertas del corazón para que entre en él aire fresco de la alegría cristiana. Cuando desconfío de la bondad del prójimo y de sus intenciones pongo también freno a la confianza en la bondad de Dios. Lo corrobora con meridiana claridad el Evangelio: «¿Cómo puede amar a Dios, a quien no ve, el que no ama a su hermano, a quien ve?»

orar con el corazon abierto

¡Señor, no permitas que me vida se impregne de la desconfianza! ¡Que mi corazón sea generoso para comprender al prójimo con sus virtudes y sus defectos! ¡Que cuando alguien me falle vea en su actitud también la imperfección que jalona mi vida! ¡Que en estos momentos en los que me siente defraudado lleve mi tristeza y mi desolación a los pies de la cruz donde encontraré tu amor y tu misericordia! ¡Hazme ver cada día mis limitaciones; que sea capaz de entender cuáles son mis imperfecciones, que también he fallado y fallaré a muchos que me rodean! ¡Concédeme la gracia de tener un corazón generoso, puro y sencillo, abierto al perdón y al amor que rechaza el rencor, el odio y la resentimiento! ¡Que el amor al prójimo sea también un camino para encontrarte a Ti y que cuando cierre los ojos al prójimo sea consciente de que me estoy convirtiendo en un ciego ante Ti! ¡Ayúdame a ver siempre al prójimo en Ti y contigo; concédeme la gracia de amar a la persona que no me agrada o me genera desconfianza! ¡Concédeme la gracia de mirar siempre a los demás no con mis ojos y mis sentimientos sino desde la perspectiva de tu amor!

Del compositor Eric Whitacre presento hoy este bellísimo Aleluya que llega al corazón:

Los enemigos de la paz interior

Los principales enemigos de la paz interior tienen nombre y apellidos: pensamiento negativo y sentimiento destructivo. Ambos inoculan el corazón y el alma provocando confusión y agitación interior. Sin paz en el corazón el hombre no es feliz y, por tanto, no puede amar. Las consecuencias son múltiples y variadas: miedo, tristeza, abatimiento, insatisfacción, cansancio, contrariedades, desasosiego, recelo, turbación, impaciencia, inquietud, autocompasión, desconfianza…
La paz del corazón nada tiene que ver con cuestiones humanas. Se basa en la certeza de la fe que se sustenta en la Palabra que proviene de Dios. Jesucristo nos los dejó muy claro: «La paz os dejo, mi paz os doy». ¡Qué hermosas estas palabras que impiden que nuestro corazón se turbe!
Cualquier razón para perder la paz interior es una razón negativa y sólo con la ayuda de Dios es posible subsanarla. Es poniéndolo en manos de Dios como se puede vencer el esfuerzo del demonio por arrancar de cuajo la paz en nuestro corazón. Al príncipe del mal sólo le interesa perturbar la paz interior porque sabe que, en aguas revueltas, es más difícil vislumbrar la paz de Dios que mora en nuestro interior.
Cada vez que trato de huir de mis problemas por mi mismo, huyendo de la misericordia de Dios, rompo la serenidad de mi corazón. La medida auténtica de mi paz interior se apoya en mi abandono y mi desprendimiento a la voluntad del Padre. Un desprendimiento absoluto a todo lo mundano e insustancial: deseos, proyectos, iniciativas, afectos, bienes materiales…
Dios nos pide todo, absolutamente todo. Pero nosotros, trampeados por el juego del demonio, pensamos que si se lo entregamos perderemos libertad y nos quedaremos sin nada, especialmente lo material. Pero no es así. Es en el desprendimiento absoluto cuando uno siente de verdad que Dios toma las riendas de su vida y experimenta su misericordia. Siempre pierde el que se muestra triste, abatido, apesadumbrado y derrotado. No es un fracaso suyo es la victoria del demonio.

felices

¡Bendito y alabado seas, Señor, hoy quiero ofrecerte mi vida, ponerme ante el trono de tu gracia, para ofrecerte mi pequeñez y darte mi adoración entera! ¡Te rindo mi vida, Señor, y quiero hablarte con confianza, abrir mi corazón para que lo cojas con tu amor y tu misericordia! ¡Te pido, Señor, que me llenes con Gracia, para que me llenes con tus dones y tus gracias, y que mi oración sea siempre de tu agrado! ¡Señor, también quiero que me acompañe tu Madre, la Virgen, en estos momentos de oración y de alabanza! ¡Te pido, Señor, tú que eres el amor mismo que me ayudes a amar y a seguir tu ejemplo y el de tu madre! ¡Dame el don de temor porque no quiero ofenderte con mis malos comportamientos y mis malas acciones! ¡Ayúdame siempre a cumplir tus mandamientos y tus mandatos y que estos se resuman en amar a los demás y a los que me rodean sin importar su situación personal, económica, física…! ¡Que sólo mirándoles sea capaz de ver tu rostro, valorar su dignidad y reconocer que son hijos tuyos! ¡Ayúdame a no provocar daño a las personas que me rodean porque quiero darte gloria con mis acciones, con mis palabras, con mis pensamientos, con mis comportamientos, incluso, con aquellas emisiones que tantas veces provoca un alejamiento a tu persona! ¡Ayúdame, Señor, a caminar por las sendas de la santidad! ¡Señor, yo seré feliz si vivo temiendo no ofenderte, si vivo siguiendo tu justicia, actuando según tus enseñanzas, brillando según la luz que tú irradias! ¡Ayúdame cada día a cargar la Cruz contigo, hacerlo con alegría, aunque me pese pero sé que tus manos aguantan todas las dificultades! ¡Señor, quiero ser un auténtico discípulo tuyo, quiero llevar a cabo la obra que tú me tienes encomendada por eso te pido, Señor, que me ayudes a renunciar a las cosas mundanas y vivir siempre siguiendo las enseñanzas evangélicas! ¡Señor, gracias por todos los regalos que me haces cada día, por la vida, por mi familia, por mis capacidades, por los vestidos, por los alimentos, por la casa, por la fe…! ¡Bendito y alabado seas, Señor, bendito y alabado seas! ¡Lléname con tu Espíritu, úngeme, libérame, límpiame, sáname, porque aquí estoy yo pequeño para glorificarte y seguir tu camino!

Acompañamos la meditación de hoy con este canto alegre al Señor, Nearer, My God, to Thee: (Más cerca, Señor, de Ti):

 

Mirar con nitidez más allá de las apariencias de la vida

Probablemente durante esta Navidad habrás mirado —contemplado— el pesebre infinidad de ocasiones. Y rezado, meditado y suplicado al Niño Jesús solo o en familia. Fijado la atención en ese Niño Dios que ha venido a salvarnos. Y experimentado en tu corazón su amor. Y comprendido que, para convertirse en un seguidor de Cristo, hay que aprender a mirar con ojos de amor.
Mirar como el sol se pone por la mañana, la sonrisa de tu hijo, el gesto de tu cónyuge, el trabajo bien hecho de tu compañero de oficina, el vuelo de un pájaro, la mano tendida de un mendigo en la esquina de tu casa… pero, sobre todo, mirar aquello que a simple vista es difícil de ver porque las prisas, la aceleración de la vida, el estrés incesante del trabajo o de la vida social, ese «no tengo tiempo para nada», impide que nuestra mirada sea un mirar contemplativo que interiorice lo que la vista observa y el corazón acoge.
Cuando la serenidad no anida en el corazón humano es imposible que el hombre pueda dar amor, ser comprensivo con los demás, mirar con una mirada de entrega. Y, así, surgen las suspicacias, las desconfianzas, los conflictos, las discusiones, las querellas, los malos entendidos… Si nuestra vida avanza tan rápido que es imposible detenerse brevemente a mirar lo que gira a nuestro alrededor, tampoco será posible pararse a mirar a ese Dios que espera cruzarse con nuestra mirada.
De toda mirada surge siempre una experiencia. Una experiencia que puede llevar tras de sí un encuentro con uno mismo o con los demás, con el entorno o con la realidad de un mundo que se abre a nuestro alrededor pero que la ceguera del egoísmo nos impide ver. Sin una mirada serena, alegre pero de quietud, inserta en el corazón, es imposible que germine la semilla de la fe.
Personalmente, la contemplación del Niño Jesús en el pesebre de Belén ha significado una invitación a mirar la realidad de mi vida. A fijar los ojos en ese Dios infante que me permite mirar profundamente lo que anida en mi corazón, para crecer en el amor y en la fe, para detenerme en aquellos detalles que debo mejorar, para mirar con ojos renovados a los demás, para fijar mi mirada en el que sufre y necesita de mi amor y mi perdón, para mirar con dulce compasión al que busca mi consuelo y mi paz, para mirar con firmeza al que necesita de mi ayuda, para mirar con generosidad al que busca mi consejo, para mirar con nitidez más allá de las apariencias de la vida, para acoger con interés lo que nos quieren transmitir, para mirar con sencillez cuando nos tienen que corregir…
Ese Niño Dios es el mismo que años más tarde curará en las aldeas de Galilea los ojos de los ciegos que viven en las tinieblas y la oscuridad. O lo que es lo mismo, mi propia ceguera espiritual. Por eso hoy, a pocos días de que la Navidad llegue a su fin, elevo mi mirada al cielo e invoco al Dios creador para que, viéndole en el pedestal de la gloria, alegre por la presencia de su Hijo en mi corazón, mi mirada se impregne de su luz para que ilumine mi camino y la senda de los que andan junto a mí en ese peregrinaje hermoso que es la vida con Dios en el corazón.

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¡Padre de bondad, cambia mi mirada; convierte mi corazón para que sea capaz de descubrir tu presencia y las huellas del Reino, tan cercanas y cotidianas, y mirar la vida con tus ojos! ¡Cambia mi mirada para vivir la fiesta del encuentro, para sorprenderme cada día con tu caminar a mi lado, Tu que eres Señor mi compañero y protector! ¡Cambia mi mirada, para descubrir a Tu Hijo Jesucristo, que vive en el que sufre, en el que tiene problemas económicos, en el que está enfermo, en el marginado por la sociedad, en el que no tiene esperanza, pero amado y preferido por Ti! ¡Cambia mi mirada para encontrar las semillas de Evangelio, que crecen en mi pobre y sencilla humanidad! ¡Padre de Amor y Misericordia, abre mis ojos y mis oídos, para encontrar la senda correcta y escuchar tus desafíos! ¡Dame Espíritu Santo la mirada del Evangelio que transforma el mundo para convertirlo en sacramento, señal viva de tu presencia y eco fecundo de tu aliento! ¡Ayúdanos, Padre Dios, a buscarte en la vida, a encontrarte en la historia de cada persona que se cruza en mi camino, a localizarte en lo cotidiano, para servir a los demás, trabajar hacer el mundo mejor y contribuir a construir con ello tu Reino!

Nos deleitamos con esta Cantata de Navidad del compositor Alessandro Scarlatti:

Desconfiar de todo y de todos

Trato de huir de las personas que, por principio, desconfían de todo y de todos. Tal vez ese haya sido un gran error en mi vida pero yo siempre he pensado que todas las personas tienen buenas intenciones aunque luego se demuestre lo contrario. La desconfianza y el recelo no ayuda a nadie en ninguna situación de la vida. Prefiero desengañarme a la falta de confianza.
Reconozco que durante mucho tiempo mi segunda naturaleza era esperar lo peor. Un corazón que no está en paz tiende a esto. Cuando eso ocurre es fácil esperar motivaciones negativas en los que te rodean. Pero es razonable considerar que otros son tan bien intencionados como nosotros.
Pero con el tiempo he asumido una enseñanza hermosa. La fe en la naturaleza del hombre fomenta mi fe en mis propias posibilidades. La sospecha, el recelo, la duda y la falta de confianza generalizada hacia los demás hace que surjan enemigos donde no los hay y que todo lo ajeno lo veas mal. ¿Por qué, entonces, tenemos que rendirnos ante esta especie de pensamiento defensivo? ¿No es mejor dar a los que nos rodean el beneficio de la duda?
En la película que Steven Spilberg rodó sobre Lincoln hay una escena que llamó especialmente mi atención. Se le inquiere al padre de la patria americana por qué trata de establecer amistad con sus enemigos, cuando lo razonable sería tratar de destruirlos. Lincoln responde hierático que estaba destruyendo a sus enemigos cuando los convertía en sus amigos. Esta es una verdad a tener siempre en cuenta, para aprender a hacer verdadera la amistad con nosotros mismos. Si uno desea encontrar el bien en si mismo no tiene que buscarlo más que en los que tiene a su alrededor, aunque le hayan producido dolor. Aquellos a quienes vemos como enemigos, e incluso llegas a odiarlos, Dios en su infinita misericordia los aprecia como seres que necesitan ser transformados y no abandona su amor hacia ellos. ¡Menuda ironía! Al final, quien se desgasta odiando y manteniendo vivo el resentimiento en su corazón es uno mismo. El amor hacia quienes nos provocan daño, es imperativo no opcional para quienes profesamos la fe en Dios, padre de amor, bondad y misericordia. Es más, Jesús nos invita a orar por ellos. Hay que preocuparse porque las bendiciones lleguen a todos, pese a que ellos estén anhelando para nosotros cualquier mal.

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¡Señor, dame la confianza de tener fe siempre en Ti y en los demás! ¡Dame, Señor, el firme propósito de ser transformador en mis pensamientos y acciones en relación con quienes no me entiendo y me hacen mal en mi vida familiar, social o profesional! ¡Bendice, Señor, a todos aquellos con los que no me entiendo y yo he podido hacer también daño! ¡Yo también los bendigo y no los maldigo, Señor! ¡Espíritu Santo, divino amor, dame el don del entendimiento para comprender que el bien siempre vence! ¡Y en los momentos de duda con los demás, dame la serenidad para pensar siempre lo mejor! ¡Dame también, Señor, la confianza en mi mismo y una fe fuerte para aprender, corregirme y crecer!

Celebramos este jueves hermoso con esta bella adaptación del Adagio de Albinoni: