Entregar mi carga al Señor para tomar su yugo

Camino por un frondoso bosque realizando una larga caminata. Han sido más de cinco horas intensas en que las fuerzas merman porque se trataba de llegar a un cima y bajar después por un camino estrecho entre árboles centenarios. Al alcanzar el punto final del recorrido me quedo impactado ante lo que se presenta ante mi. Una gran piedra (fotografía que ilustra este texto) con un diminuto crucifijo clavado en ella. Durante el camino hemos rezado el Santo Rosario y la Coronilla de la Divina Misericordia. Hemos conversado también sobre algunas situaciones de nuestra vida y al llegar a este punto es como entrar en meditación profunda con el Señor. 

Impresiona la magnitud de la roca. Impresiona ese crucifijo humilde que constata también la humildad verdadera de Cristo. Es una alegoría de la vida. Entregar nuestra carga al Señor para tomar su yugo. En realidad puede parecer una contradicción pero Cristo, desde el momento en que fue concebido por obra y gracia del Espíritu Santo, asumió su carga por amor eterno. Esta roca inmensa, pesada, recia, firme, fuerte… es como un símbolo que me invita a mi transformación interior: someter mis cargas a Cristo sometiendo también a Él la fragilidad de mi vida.

La pequeñez del crucifijo es también un símbolo. La única forma en que Cristo puede llevar el peso de mi vida es teniendo un control de mi propia pequeñez. Sin embargo, ¡cuántas veces el voluntarismo de querer  tener el control de mis propias circunstancias me otorga una falsa sensación de seguridad! Observando esta mole de piedra con el pequeño crucifijo comprendo que si no le permito a Dios que controle mi vida seré yo quien esté controlado por mis problemas; siempre iré en busca de la solución o el escape más cómodo de lo que me contraria y atormenta.

Entregar el control a Cristo implica que no puedo seguir confiando en mis vacuas técnicas de supervivencia, sino aprender a vivir como hizo Cristo, con un oración confiada, con un entrega auténtica al Padre, con un conocimiento de la Palabra, con un actitud amorosa de servicio. Cuando mis pasos y mi caminar se alinean con los de Él, mi yugo se desplaza sobre sus hombros siempre dispuestos a sobrellevar el peso de lo problemas que me afligen. 

Confiar en Él. En ese Cristo que es Amor desprendido. Si estoy convencido de que tiene un plan para mi vida, para mi existencia, siempre podré confiar en que mis cargas —del tipo que sean: familiares, laborales, personales, económicas, interiores…— serán ligeras. Cristo es tan fiel para llevar nuestro peso que está dispuesto a cargar con la mole de piedra de nuestras cargas. Viendo esta gran piedra en mitad del bosque tengo la certeza de que confiar en el Señor es el mejor antídoto para aliviar mis cargas cotidianas pero también acompañarle a llevar Su yugo, sus cargas, para ser copartícipe con Él de sus sufrimientos y sus afanes por la humanidad, por este mundo que anda descarriado y tan alejado de Él. Llevando su yugo me mantiene cerca de Jesús haciéndole a Él también más ligeras las cargas del dolor por su propio sacrificio.

¡Señor, te doy gracias por tu infinito amor que te llevó a morir en la cruz cargando mis miserias y pecados! ¡Te doy gracias, Señor, porque cargas sobre tus hombres mis problemas! ¡Te pido que llenes mi corazón, mi alma y mi ser de tu claridad, porque haces que mi vida sea un resplandor de esperanza acorde con los valores y principios de tu amor, de tu gracia y de tu misericordia! ¡Permanece, Señor, siempre en mi corazón! ¡Señor, quiero llevar tu yugo, quiero trabajar en tu plan de salvación, quiero ser partícipe contigo de tu sus sufrimientos y tus afanes por la humanidad perdida! ¡Quiero permanecer cerca tuyo, Señor, acompañándote por la vida llevando yugo aunque tu lleves siempre la carga más pesada! ¡Llevando tu yugo, Señor, aprendo a hacer siempre la voluntad del Padre, a poner mi finitud en comunión contigo, a levantar la cruz de cada día, a suprimir mis yoes de mi corazón y aprender a vivir la vida con la humildad de la que tu eres ejemplo supremo! ¡Señor, no puedo seguirte sin llevar tu yugo, sin levantar las cruces cotidianas, sin seguirte con fidelidad! ¡No permitas, Señor, que mi voluntad pase por encima de la voluntad de Dios; haz que mis inclinaciones se aplaquen y mis pisadas sean las tuyas aunque el peso de las cargas sean pesadas! ¡Tu vida, Señor, estuvo plagada de sacrificios y abnegaciones; que sea tu vida la luz que me ilumine! ¡Quiero andar, Señor, como en la caminata por la montaña con alegría, con fe, con esperanza, con ternura y con amor, siguiendo tus pasos y tus pisadas, siempre inspirado por el Espíritu que es luz y por tu vida que es ejemplo! ¡Señor, guía mis acciones y mis palabras, para que mi vida sea de tu agrado y sea para ti, un sembrador de esperanza, sinceridad y alegría!

¿Puedo o no puedo?

De mi depende que mi existencia se convierta en una amalgama de quejas constantes o vivir en el agradecimiento. Puedo comenzar el día alabando y dando gracias como si fuese el último de mi vida o transitar como si fuese uno más en el calendario de mi existencia.
Puedo verlo todo con ojos de agradecimiento, con una mirada de amor y de gracia, con serenidad y esperanza, o ir presuroso sin disfrutar de la esencia.
Puedo sentir que cada día es una desgracia, con una disposición del corazón a la queja y al pesimismo, o pensar que cada traspié u obstáculo que surja es una oportunidad para crecer.
Puedo llenar mi corazón de resentimiento y de dudas, de dolor y de pena, o sentir que todo es un regalo amoroso del Padre, que todo me lo da para mi bien y mi crecimiento personal y espiritual.
Puedo sentarme a esperar que surja la oportunidad o puede lanzarme a buscarla con ahínco.
Puedo recrearme en las decepciones y las pérdidas, en la contrariedad y el fracaso, en el desengaño y la desazón, o elevar la mirada al cielo, tomar la cruz y seguir adelante con esperanza.
Puedo seguir trajeado con mis telas de hombre viejo que solo me atan a mis debilidades, tibieza y faltas o vestirme con el traje del cristiano pulcro y decidido y que me invitan a cambiar de vida.
En la travesía de la Cuaresma los «puedos» pueden verse realizados si pongo mi voluntad firme para transformar mi vida. Otra cosa es que no quiera o no me lo proponga. Lo que tengo claro es que puede haber muchas trabas en el camino pero estos impedimentos no deben ser un motivo para socavar mi crecimiento personal y espiritual. Dificultades surgirán siempre; desdichas aparecerán siempre; desalientos los encontraré siempre; dolor surgirá en algún momento; pero en la medida en que santifique lo negativo estaré haciendo camino.
La Cuaresma es un desafío. Además de interiorización es acción. Es invitación a no dejarme llevar por la indiferencia sino a ser cristiano peregrino, a reconciliarme con el Señor, a unir y no dividir, a ofrecerme, a amar, a orar, a perdonar, a ser compasivo, a no rendirme, a crecer en la esperanza y, sobre todo, dejar que mi corazón se ensanche para dejar entrar a raudales el amor de Dios, la misericordia de la Hijo y la luz del Espíritu. La Cuaresma es un reto… ¿lo asumo?

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¡Concédeme la gracia de vivir con intensidad la cuaresma como un reto para transformar mi vida! ¡Que sea una cuaresma de interiorización y vida que me lleve preparado hasta la Pascua, para vivir con intensidad el gran misterio de tu Resurrección, para te hagas vida en mi vida! ¡Concédeme la gracia de vivir esta Cuaresma como un proceso de cambio, para que tu conviertas en el centro de mi vida, sin subterfugios ni mundanerías! ¡Ayúdame a pensar menos en mis cosas y más en ti y en los que me rodean! ¡Ayúdame a que esta Cuaresma se convierta en un desafío que deje de lado lo que estorba de mi vida y aparque tantos intereses egoístas que me alejan de lo sustancial! ¡Haz, Señor, que resuene interiormente la sabiduría de tu Palabra, que se haga presencia en mi alma, para que a la luz del Espíritu mi vida, mis acciones, mi trabajo, mis experiencias y mis palabras sean testimonio tuyo! ¡No permitas, Señor, que te ponga trabas porque quiero caminar junto a Ti por los caminos de la vida! ¡Necesito, Señor, una conversión profunda porque soy frágil, débil y pecador y sin ti vivo encerrado en mis egoísmos y mis intereses mundanos! ¡En el desierto de la Cuaresma, camina a mi lado, Señor, para que ante las vacilaciones me enderece, para que ante la debilidad me fortalezca, para que ante la oscuridad sea capaz de ver la luz, para que en los problemas vea siempre tu presencia compasiva…! ¡Te alabo, Señor, por todo lo que me ofreces! ¡Que mi vida sea un canto constante a tu misericordia!

¿Soy un proyecto enraizado en el plan de Dios?

Los hombres no somos como islotes en el atolón de la vida. Estamos enraizados en lo esencial que es Cristo. Y hemos sido creados para algo: cada uno tenemos una misión que cumplir en la vida. Cada uno, con sus virtudes y sus defectos, está llamado a ser instrumento inútil de Dios. Él nos llama a tener un proyecto de vida, cuando más santificado mejor. Él quiere que cumplamos su voluntad no la nuestra. El quiere que sigamos nuestro camino trazado y no nos dejamos llevar por nuestros intereses y caprichos. El que quiere que su obra se perfeccione en nosotros porque es un alfarero preciso y minucioso. El quiere que nuestra vida esté llena de dones y de bienes. ¿Pero qué sucede con frecuencia? Sucede que ponemos resistencias. Y en ese momento, cuando pongo trabas al plan de Dios en mi vida se crea un muro entre Él y yo. Se rompe el plan trazado por Dios. Ya no dependo de Él, dependo de mi voluntad, quiero convertirme en un dios en minúsculas, el dueño y señor de mi vida, de mi realidad, de mi historia y de mi verdad. Y es entonces cuando el corazón se marchita, se endurece y se enroca. Un corazón duro, engreído y soberbio no tiene capacidad para escuchar el susurro de Dios, la Buena Nueva del Hijo, los cantos del Espíritu. Y sucede que entonces que Dios endereza nuestra vida con obstáculos y dificultades para que comprendamos que hay que corregir la vida, para volver a la senda perfecta de su obra amorosa. En realidad, Dios no castiga, porque Dios es el Señor del amor, de la paciencia y la compasión.
Por eso cuando camino de espaldas a Dios mi corazón se vuelve engreído y narcisista. Para conmigo, para los míos, para los que me rodean en el trabajo, en la vida social, en la vida de comunidad, en la vida eclesial. Sufro yo y sufren ellos.
Dios y yo somos un todo. A veces me cuesta entenderlo. Si voy por libre, todos se resienten. Si voy unido a Dios, todos los sienten. Porque cuando tengo presente a Dios en todas mis acciones, mi prójimo recibe también las bendiciones que Dios reparte a través mío. Por eso, Él los ha puesto en la senda de mi vida. Si me alejo de Dios, si mi comportamiento no va acorde con el sentir de Dios, todos los que me rodean dejan de disfrutar de esas gracias porque sienten como mi orgullo, mi soberbia y mi autosuficiencia destruye en sus vidas y en la mía la obra magnífica del Creador.
Cuaresma: tiempo de reflexión e interiorización. Así surge una pregunta hoy: ¿Soy un proyecto enraizado en el plan de Dios o un proyecto basado solo en el voluntarismo de mi autosuficiencia personal?

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¡Señor, soy pequeño y frágil, voluntarioso en muchas cosas pero fallón en tantas otras! ¡Quiero abrir mi corazón para convertirme en un instrumento de tu amor infinito! ¡Quiero ser instrumento útil de tu obra, quiero pregonar con mis gestos, palabras y acciones que tu vives en mí, que todo el amor que has colocado en mi corazón llegue a los demás, que me bendices con tu gracia, que te conozco y quiero darte a conocer a lo demás! ¡Concédeme, Señor, ser un instrumento útil de tu obra para ser testimonio en mi pequeño mundo! ¡Quiero, Señor, alabarte y servirte, quiero que mis obras te llenen de alegría, quiero que me llenes de tu luz para ser verdad en la sociedad, para ser testimonio de evangelización! ¡Envía sobre mi a tu Santo Espíritu para que me ayude a seguir y cumplir el plan que tienes pensado para mí sin desviarme del camino! ¡Quiero, Señor, convertirme en un instrumento de tu amor para que los demás te conozcan por mi manera de vivir especialmente en mi familia, con mis amigos, con mis compañeros de trabajo y comunidad eclesial! ¡Haz, Señor, que te sea siempre fiel porque tu eres mi único Señor, mi único Dios, mi única razón para existir!

Me siento vencedor

Las pruebas que se nos presentan evidencian el crecimiento que Dios espera de quienes le aman. La victoria es parte de nuestra herencia e identidad en Cristo pues los cristianos somos vencedores por medio de aquel que nos amó. Uno de los grandes consuelos es saber que Dios pretende obtener lo mejor de ti para que tu vida brille con luz de la victoria. ¡Que importante entonces es permanecer en el Espíritu dejándolo todo en manos de Dios que es quien te entrega las armas para enfrentarte a la lucha cotidiana! En este sentido me siento un vencedor en Cristo.
Me siento vencedor cuando acepto que cada prueba que se me presenta es un camino para mi santificación y mi crecimiento personal. Cuando dejo que Dios moldee mi debilidad para transformarla interiormente por medio de la prueba.
Me siento vencedor cuando cada adversidad la convierto en testimonio para el crecimiento del prójimo no desde el victimismo tristón sino desde la madurez de la fe y la creencia en los valores del Evangelio.
Me siento vencedor cuando callo cuando soy despreciado, reprendido, olvidado, injuriado, humillado, puesto en ridículo, juzgado con malicia, no se me haga caso… me permite unirme a Cristo, el que calló ante el desprecio y la humillación de los hombres y fue exaltado por Dios en la cruz.
Me siento vencedor cuando en medio de las dificultades, obstáculos y contrariedades mi fe se sostiene y no se apacigua porque creo en la promesa de Cristo de mantenerse firme a mi lado.
Me siento vencedor cuando invoco al Espíritu Santo para que me otorgue sus dones santos para crecer ante las adversidades, para encontrar soluciones a los problemas que se me presentan, para dejarle a Él que tome el control de mi vida en medio de las dificultades. 
Me siento vencedor cuando en la oración me desprendo de mis soberbias y orgullos y me abajo para que sea el Señor quien en mi desnudez humana y espiritual me ayude a sostener la cruz cotidiana.
Me siento vencedor cuando no me encierro en mi mismo cuando las dificultades se adentran en mi vida y las descargo fielmente en las manos de Dios que todo lo puede y todo lo sostiene y es el Dios de los imposibles.
Me siento vencedor cuando en los días de prueba y tribulación mi confianza es plena en Cristo que no permite que mi humanidad flojee y me da la fuerza espiritual para llevar las cruces con entereza.
Me siento vencedor cuando soy capaz de ver como Dios se manifiesta en mi vida incluso cuando las pruebas parecen insuperables. No hay cruz que uno no pueda sobrellevar bajo el manto amoroso del Padre.
Ser instrumento inútil de un Dios vivo. Seguir los caminos de Dios y amarlo atado a la obediencia a sus mandatos, caminos y palabra. En medio de todos nuestros problemas, la confianza reside en que Jesucristo, quien nos amó, nos ofrece siempre la victoria total. ¡Qué consuelo y qué esperanza!

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¡Señor, confío en ti y sé que contigo la victoria está asegurada! ¡Me postro ante ti, Señor, porque el mal abruma la realidad del mundo volviéndolo cada vez más oscuro! ¡Concédeme la gracia de ser luz que brille para dar testimonio de tu Verdad! ¡Concédeme la gracia de mantenerme firme, con una fe fuerte para luchar contra las maldades del demonio, para llevar tu palabra y que resuene para anunciar tu victoria! ¡Señor, concédeme siempre la fuerza y la confianza para afrontar las dificultades, para no pararme y seguir dando pasos adelante en tu compañía! ¡Señor, tu eres mi roca y mi refugio, que nada me haga desfallecer ante las dificultades! ¡Tu me consideras un vencedor y lo creo con fe especialmente cuando no soy capaz de ver salida a mis problemas o un final cierto a mis dificultades! ¡Déjame, Señor, descansar en ti y obtener la victoria por la fe de mi corazón! ¡Pongo en tu manos a los que a mi alrededor sufren y no se sostienen en ti, los que no te conocen, los que están alejados de ti, dales buenos planes para sus vidas! ¡Señor, sé victorioso en sus corazones para que conozcan la riqueza y la fuerza que supone confiar en ti! ¡Abro mi corazón, Señor, para que la victoria en nuestras vidas se abra a través de la oración!

¿Qué signos esperamos de Dios?

Hoy es la víspera de la Epifanía del Señor. ¡La gran fiesta de los Reyes Magos! ¡El día que Dios elige para manifestarse, revelarse y darse a conocer!
El día de Navidad celebramos a un Dios escondido en la carne de un bebé recién nacido. Mañana, en la Epifanía, celebraremos a Dios hecho hombre que se nos revela a cada hombre.
Lo que estaba oculto se revela. Lo que era invisible se hace visible.
Cuando te adentras en el Evangelio no hay más que una sucesión de Epifanías, manifestaciones en las que Jesús se da a conocer. Para mí la más espectacular es su Resurrección de Jesús. Los testigos de aquella Pascua lo comprendieron muy bien y, desde ese momento, salieron a anunciar la gran noticia. Que Cristo vive y podemos gozar de su presencia.
Pero, si es cierto que la Epifanía significa manifestación: ¿se sigue Dios manifestando todavía hoy? ¿Qué signos esperamos de Dios? ¿Qué tipo de señal sería lo suficientemente potente como para movilizarnos?
Si hubiéramos estado en Belén junto a los Reyes Magos, ¿observar una estrella centelleante sobre un portal en el que se encuentra un bebé recién nacido habría sido una señal suficiente para nosotros? En las orillas del río Jordán, ¿habría sido suficiente la palabra de Juan el Bautista? En Cana de Galilea, ¿el agua convertida en vino habría sido una señal lo suficientemente clara para creer?
Los signos que ofrece Dios no son habitualmente signos atronadores. Buscamos lo espectacular, lo grandioso, lo llamativo. Dios nunca aparece en los titulares, en la publicidad, en nuevas estrellas que no llevan a ninguna parte. La Epifanía del Señor brilla en la simplicidad, en lo muy simple.
Entonces, ¿dónde está la Epifanía del Señor en la actualidad? La Epifanía es la Iglesia extendida por todo el mundo. Una iglesia pobre y grande al mismo tiempo que, a pesar de su edad, es un buen ejemplo de vitalidad e innovación. Una Iglesia formada por hombres y mujeres creyentes que aguanta tormentas y persecuciones, y que a pesar de la burla siempre testifica que la vida del hombre es la gloria de Dios.
La Epifanía del Señor son los sacramentos, la totalidad de los sacramentos. Un poco de agua, un poco de pan, un poco de aceite, elementos que acompañan una palabra viva, llena de esperanza, de amor, de misericordia, de caridad, de perdón. Sí, es el bautismo lo que siempre da vida a Dios. Es la Eucaristía en la que Cristo siempre se hace presente a la comunidad que ofrece, ora y recibe.
La Epifanía del Señor son los testimonios que nos llegan de tantos lugares donde los creyentes rezan por sus verdugos y mueren por testificar que Dios existe.
La Epifanía del Señor son tantas familias del mundo que pasan dificultades, que tienen una familiar enfermo, que no llegan a fin de mes, en las que las parejas tienen problemas, o que uno de los hijos tiene adicciones y provoca sufrimiento, o que alguno de los miembros no tiene trabajo… pequeños sagrarios en los que pese a las dificultades también se manifiesta la gloria de Dios. Pero donde también hay alegría, servicio, amor, caridad, humildad.
La presencia de Dios siempre se manifiesta de alguna manera. Para poder verlo, no solo debemos abrir los ojos sino también lavarlos con abundante agua. Y abrir el corazón. Si lo hacemos, veremos la gloria de Dios y seremos iluminados.

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¡Señor, que sepa siempre contemplar tu gloria! ¡Concédeme, Señor, un espíritu de adoración para ver como te manifiestas en mi vida y en las de todas las personas del mundo! ¡Que sepa leer en tu palabra y tus acciones la manera de manifestarte en mi vida! ¡Guíame, Señor, por medio de tu Espíritu Santo para una auténtico encuentro contigo, para que desde mi pobreza y mi pequeñez pueda convertirme en un auténtico testimonio del Evangelio! ¡Ilumina, Señor, mi vida para que despojado de máscaras y vanidades pueda ser portados de amor al prójimo, caminando a la luz de tu presencia, con la alegría de saber que vives en nuestra vida, siempre en comunión con Dios y unido a la fuerza del Espíritu! ¡Te pido por tu Iglesia, Señor, para que tantos los sacerdotes como los laicos sepamos mostrarte al mundo desde la sencillez para que las sociedades se transformen! ¡Te pido, Señor, para que nuestras sociedades sean capaces de romper las barreras que las dividen y para que entre personas y familias reine siempre el amor y la fraternidad! ¡Te pido, Señor, por los que buscan y no encuentran, los que no dan sentido a su vida, por los que están en fase de descubrimiento personal, por los que están llenos de desesperanzas y sufrimiento, por los que solo ven en lo material la razón de su existencia, por los que desde la razón no comprenden que tu eres la verdad, hazlos ver que te manifiestas cada día en nuestros corazón si somos capaces de abrirlos a tu acción amorosa y misericordiosa! ¡Señor, que sea capaz de ver en la simplicidad de la Epifanía tu manifestación en mi vida desprendiéndome de las idolatrías del mundo y centrándome en ti, que eres la razón de mi existencia! ¡Que la Epifanía, Señor, sea un motivo para adorarte siempre con el corazón abierto y tu Espíritu me convierta en una persona justa, libre, honrada y alegre que testimonie que soy un auténtico seguidor tuyo!

¡Levántate!

Me gusta pensar que a los ojos de Cristo nadie es anónimo. Es uno de los cimientos de mi confianza en Él. Me sucede como aquella mujer enferma que, habiendo oído hablar de Jesús, sólo desea tocar su manto. Su fe sobrepasa obstáculos y el intentar llegar a Jesús testimonia su perseverancia y su confianza, dos instrumentos inseparables de la esperanza. Jesús le otorga la paz, la salud del corazón al mismo tiempo que la del cuerpo. La multitud presionaba a Jesús para que pasara de largo, pero su fe firme y su confianza ciega logran rozar el manto de Cristo.
¡Cuántas veces no nos decidimos por vivir en la confianza! ¡Si la fe que persevera siempre da frutos! Los muchos obstáculos que encontraba esta mujer enferma no eran muy diferentes a los que nos encontramos en la vida: las dificultades para acercarnos a Jesús son la agitación, la dispersión, las múltiples tensiones externas e internas que sofocan la Palabra y presencia. Otros obstáculos son el desaliento, la desesperanza, el sufrimiento… alimentados por la incerteza. Sin embargo, el obstáculo más difícil de sobrellevar es la desesperación. La desesperanza es el arma suprema del maligno que quiere destruir de nuestro interior la energía vital más fuerte, ¡la del Dios que vive en nosotros!
Pero Jesús te dice cada día ¡Levántate! Lo dice en lo profundo del corazón. Entonces sientes como esta mano te estira para hacerte superar cualquier obstáculo, para aguantar, para sobrellevar las dificultades. Ese ¡Levántate! te hace consciente de que no puedes caminar por ti mismo, que no tienes por ti solo la fuente de la vida, de la sanación interior, del secreto de la alegría. Esto solo lo recibes de la mano de Dios.
¡Hoy tomo con alegría esta mano, que la siento sobre mi, porque es Dios quien la extiende por medio de su Hijo Jesucristo!
¡Kum! ¡Levántate! ¡Camina! ¿Voy a quedarme impasible ante una invitación así!

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¡Señor, me invitas a vencer todos los obstáculos a los que me enfrento con tu compañía! ¡Me invitas a levantarme y caminar y sobrellevar las dificultades con entereza, confianza y esperanza! ¡Me recuerdas con tu amor que hiciste tuyas mis debilidades y cargaste con todos mis dolores y pecados y los clavaste en la cruz para morir por mi, para llenar mi vida de abundancia, de esperanza y de confianza! ¡No quiero defraudar tanto amor, Señor! ¡Quiero darte gracias porque de Ti recibo vida nueva! ¡Tu exclamas que no tenga miedo, que basta con que tenga fe y confianza, que puedo ir en paz, que me levante y camine! ¡Quiero sanar mi corazón para llenarlo de ti, cubrirlo de confianza y esperanza para que nada me aparte del camino de la salvación! ¡Señor, quiero sentir tu sanación interior porque me perdonas, porque me salvas, porque me amas, porque me acompañas! ¡Quiero sentirme sanado porque quitas de mi interior todo aquello que me impedía recibir tu gracia misericordiosa, porque la desconfianza y la desesperanza nos es propia de un seguidor tuyo! ¡Señor, tu hiciste propias todas mis debilidades y carencias y cargaste con todos mis dolores y dudas, te las entrego porque al escuchar el levántate y camina no puedo más que enderezar mi camino y darte gracias! ¡Bendito seas, Señor, por tanto amor y tanta misericordia!

Mi Dios es refugio

Hay momentos que la vida te pone el rostro contra el suelo, oprimido por las dificultades, la caídas o los obstáculos. Te levanta fe. La fe —la certeza de lo que se espera, la convicción de lo que no se ve— te ayuda a alzar la mirada al cielo. La fe te permite despreocuparte de las preocupaciones. Elevas tu rostro al cielo y le ruegas al Padre que está en el cielo que te cubra con su amor, con su misericordia, que te llene profundamente de su paz, que calme tus ansiedades y desconciertos, que serene tu corazón afligido y que nada de lo que te suceda se desmorone a tu alrededor.
Es la fe la que te hace comprender que el Padre, por medio del Espíritu Santo, te da la fuerza para sobreponerte, es el escudo para protegerte, es el abrazo sobre el que descansar el corazón.
Es la fe la que te hace entender que es el Padre el que te envía desde el cielo el consuelo divina y los apoyos celestiales para enfrentar cualquiera de las complejas realidades de tu vida.
Es la fe la que te permite entender que al Padre le puedes entregar todo, especialmente tu pequeñez, porque depositándola en sus manos redentoras todo es gracia y bendición.
Entonces puedes cantar con orgullo aquello que dice el Salmo: «El Señor es mi roca, mi amparo, mi libertador; es mi Dios, el peñasco en que me refugio. Es mi escudo, el poder que me salva, ¡mi más alto escondite! Invoco al Señor, que es digno de alabanza, y quedo a salvo de mis enemigos».
La vida te pone el rostro contra el suelo, oprimido por las dificultades, la caídas o los obstáculos, ¡sí! pero si nunca abandonas la confianza y seguridad en Dios sabes que nunca te rendirás en la desesperanza.

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¡Señor tu eres mi roca, mi amparo, mi libertador; eres mi refugio, el poder que me salva! Eres, Señor mi Dios, quien me ofrece todas la seguridad y la protección! ¡Eres el consuelo de mis penas, el que me libera y me salva de los peligros que me acechan! ¡Contigo, Padre, puedo tejer la esperanza en medio de mis esfuerzos y luchas cotidianas! ¡Contigo, Padre, puedo afrontar con confianza todas las dificultades y adversidades que me acechan! ¡Frente a las dificultades de la vida pongo en ti toda mi esperanza porque tu eres el Dios fiel, amoroso, misericordioso y solidario! ¡Hoy, Señor, con humildad y sencillez, te entrego todas y cada una de las batallas y luchas de mi vida para que me protejas y me cuides! ¡Todo lo pongo en tus manos, Señor, con la alegría de sentirme protegido por Ti que todo lo puedes!

¿Soy capaz de ver las maravillas de Dios?

Los seres humanos no solo somos cuerpo y materia somos también espíritu. Tenemos alma y esa alma, repleta del amor de Dios y de su misericordia, maravilla entre las maravillas, ¿no debería llevarnos a un permanente agradecimiento precisamente por las maravillas que Dios realiza en cada uno de nosotros?
Lo dice la misma Biblia, en el Libro de Job: Dios «hace cosas grandes e insondables, maravillas innumerables». Pero, ¿Cómo cantar las maravillas de Dios con vidas con tanto sufrimiento y dolor, con tantas heridas en los corazones, con tanto padecimiento y tantas penas, con tantas confusiones que agobian el interior de los hombres, con tantas cruces que cargar, con tantos desiertos que transitar…? ¿Cantar sus maravillas cuando no se comprende su voluntad, sus designios, sus caminos, con lo difícil que es el compromiso en la vida, el vivir con pasión el evangelio desde la realidad personal, desde las complicadas tareas que nos trae la vida…?
Es en el misterio escondido de la vida cuando se hacen más presentes las maravillosas grandes cosas que hace Dios en el  interior de cada ser humano. Es en las noches oscuras cuando más potente surge la luz de Dios.
Yo creo en las maravillas que hace Dios. Creo que Dios transforma los corazones. Creo que hace una obra de arte perfecta en cada ser humano. Pero también creo que estas maravillas son posibles si te dejas amar por Él. Por eso hoy le pido a Dios que abra mis ojos sean para que sean capaces de ver cada día las grandes maravillas que hace en mi.

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¡Padre, dame ojos cristalinos que me permitan ver con claridad las grandes maravillas que haces cada día en mí! ¡Unos ojos claros y nítidos que vean más allá de lo visible, que no se queden en lo racional, sino que me permitan observar más allá de lo que se ve! ¡Pero, sobre todo, Padre, concédeme la gracia de ver desde el corazón para ser capaz de observar todo aquello que se escapa a mi visión! ¡Quiero ver, Padre, cada una de tus maravillas que son parte de las promesas que nos haces, que comprender que cada palabra, cada encuentro cotidiano, cada mirada, cada gesto de amor, es una maravilla que me regalas tu! ¡Te pido, Padre, que toques mis ojos con dulzura para sanarme de la ceguera que tantas veces me imposibilita ver lo que es importante y lo que merece la pena ser vivido! ¡Concédeme la gracia, Padre de bondad, de tomar conciencia en cada momento que tus maravillas se hacen presente en todos los momentos de mi vida, en los detalles de los cotidiano, en las pequeñas cosas de cada día, en los acontecimientos importantes de la jornada! ¡Concédeme, Señor, la gracia para saber ver en lo que pones en mi camino! ¡Dame también, Señor, la sabiduría y el discernimiento para abrir mi corazón y comprender que yo, hijo tuyo, creación tuya, soy una maravilla tuya, que todos los hombres lo somos, por eso te pido que me hagas humilde, pequeño y sencillo para admirar con mayor grandeza la gran obra que has hecho en cada uno de nosotros! ¡Padre, gracias por las grandes maravillas que realizas cada día, gracias por las cosas buenas que nos regalas, gracias por las oportunidades que nos ofreces, gracias por la maravilla de la vida, de la fe, de la esperanza, de la confianza en ti! ¡Gracias, Padre, porque la gran maravilla eres tu, es Jesús, es el Espíritu Santo, es María, maravillas que me empujar a seguir, a avanzar y a ser eterna y profundamente feliz!

Aroma a nueva oportunidad

Cada despertar, cada mañana que sale el sol, tiene aroma a nueva oportunidad. Es el perfume de la vida. Cuando tienes la ocasión de sentir este hecho extraordinario te puedes sentir un gran afortunado.
Cada día es una ocasión magnifica para dar gracias a Dios por la vida, para decirle a Dios que es maravilloso como obra en ti, como te protege de la manera más asombrosa.
Cada nuevo amanecer es la oportunidad magnífica para sentir la presencia poderosa del Padre y experimentar como te libera, te sana, te cuida y, como por medio del Espíritu Santo, te llena de paz, de amor y de fortaleza para ir venciendo todas y cada una de las pequeñas -o grandes- batallas cotidianas.
Cada día es la ocasión perfecta para dejarse moldear por las manos amorosas y misericordiosas del Padre, para dejarse maravillar por sus obras poderosas y por sus encantos.
Cada jornada que comienza es la oportunidad para sentir como su presencia susurrante e invisible pero tan presente puede irradiar tu vida y llenarla de bendiciones.
Hoy, mañana y siempre Dios nos ofrece la paz interior para vivir serenamente los caminos de la vida, tener la fuerza para afrontar las dificultades, para tener esperanza cuando el dolor avanza.
¡Yo me confío, Padre, a tu gracia y abro mi corazón a Ti porque quiero llenar mi vida de la alegría por este nuevo día que nace que es un regalo producto de tu generosidad infinita!

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¡Bendito y alabado seas por siempre, Dio mío, por darme la vida, por amarme, porque me permites cada día sentir el bálsamo de tu presencia y el perfume de tu amor infinito! ¡Tú eres mi Padre y, por medio de mi maestro, Jesús, y con la presencia de mi inspirador, el Espíritu Santo, lo tengo todo! ¡Padre, no te alejes de mí porque mi anhelo es servirte y amarte y disfrutar de la vida! ¡En tu presencia, Padre, me despojo de todas mis preocupaciones, de mis miedos, de mis desconfianzas y mis ansiedades! ¡Te lo entrego todo, Padre, para que mis preocupaciones no sean más que un pasajero capítulo de mi vida! ¡Tú, Padre, me ofreces vivir confiado, alegre, lleno de Tu infinito amor, confiado en tu misericordia, con la libertad de las aves del cielo y disfrutando de la belleza de la vida! ¡Que la preocupaciones de la vida no sean un impedimento para desocuparme de mis familiares y amigos o para desocuparme de aquellos que lo necesitan! ¡En ti confío, Padre, porque nadie más me ofrecer la promesa de que te haces cargo de todo! ¡Tu me pides, Padre, que sea como niño, hazme ver la vida desde los ojos de un niño, siempre alegre y confiado en la bondad de su Padre! ¡Padre, gracias por la vida que me ofreces, por tus dones y tus gracias, y no puedo más que orarte, glorificarte y alabarte día y noche!  

Miradas de amor

Tercer sábado de agosto con María, la mujer de la mirada pura y sencilla, en el corazón. Hoy le pido a María que me preste su mirada para ser capaz de mirar las dificultades de la vida con ojos de serenidad, para observar los conflictos con paciencia, para mirar a los que tengo cerca con ojos de amor, para no desviar la mirada por los problemas de los demás, para visualizar la vida con mirada de eternidad.
Los problemas y dificultades acompañaron también a María a lo largo de la vida. Su humanidad no le hacía ajena a las tribulaciones de la vida. Su camino de vida no fue sencillo. Nada de lo que le sucedió —y la mayoría de gran trascendencia— no le fue en absoluto intranscendente. No permaneció callada ni en silencio sino que lo puso todo en oración, en manos del Padre, sabedora que todo era voluntad de Dios incluso en ocasiones con un poso de interrogación. Con su mirada de amor, supo María descubrir la sonrisa de Dios que se complace cuando uno acepta sus planes de amor y de misericordia, aunque en ocasiones sean motivo de contradicción interior.
Mi propósito en este día es mirarlo todo con una mirada de asombro y de adoración, mirar el mundo con los ojos de María. Una mirada que no se aparte nunca de Jesús. Le pido a María una mirada nueva para reconocer que todo pasa por Cristo, su Hijo, que está siempre acompañándome en mi historia personal.

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¡María, dame unos ojos nuevos para mirar el mundo con una mirada de amor, de compasión, de misericordia y de perdón! ¡Muéstrame, María, a no pasar de largo por las dificultades que se me presentan en la vida y que cada conflicto y problema sea un reto para mí llevado de tu mano y de la de Jesús! ¡Enséñame, María, a comprender que cada dificultad de la vida me ayuda a llevar con entereza la cruz! ¡Hazme, María, humilde como lo fuiste Tu para aceptar la voluntad de Dios en mi vida! ¡Ayúdame a conservarlo todo en el corazón para desde dentro mirar el mundo con ojos de amor! ¡Ayúdame siempre a recurrir a la gracia para que sea capaz de profesar mi fe y anunciar con alegría y esperanza las maravillas del amor de Dios en mi vida! ¡Ayúdame a no apartar nunca mi mirada de Jesús! ¡Concédeme la gracia de mirar el mundo como lo hiciste Tu percibiendo las necesidades de los demás, interrogándome sobre las cuestiones esenciales de la vida, sabiendo acoger el dolor ajeno, con una mirada radiante por la resurrección de Jesús, con una mirada llena de gozo por la efusión que el Espíritu Santo derrama sobre mi! ¡Ayúdame a mirar siempre a tu Hijo con amor, a saber verlo en el sagrario o en la cruz con mirada de agradecimiento constante! ¡Dame ojos nuevos, María, para reconocer que Cristo vive siempre en mi! ¡Gracias, Dios mío, porque me has dado a María como Madre, ejemplo de humildad, de entrega, de compasión, de generosidad, cuyo Sí comportó el regalo más grande que he recibido: a Jesús! ¡Gracias, Dios mío, porque mirando a la Virgen puedo descubrir la gran belleza de tu infinito amor!

Jean Mouton, compositor francés, director de música de la colegiata de san Andrés de Grenoble, compuso este bello motete Ave Maria virgo serena que dedicamos a María: