Mirado y amado por Jesús

«Jesús lo miró y lo amó». Este versículo de san Marcos me llena siempre de mucha esperanza. Otorga a mi corazón una profunda alegría. Me genera mucha paz interior. Mucha confianza. Sentir la mirada de Cristo y su amor. Jesús nos mira, a cada uno, como miró a aquel hombre. Y para Jesús, mirar es amar. Jesús nos ama y da su vida por nosotros, para que pasemos de la Ley a la fe: seguir a Jesús, caminar con Él, aunque caigamos. La única riqueza es vivir como Dios, hacer los actos de Dios: rezar, orar, meditar, demandar sabiduría. Orar es dejar que Dios nos ame.

En la confirmación, recibimos el Espíritu Santo, el don de Dios. La oración de la imposición de manos evoca los siete dones del Espíritu Santo, entre los que se encuentra el Espíritu de sabiduría.

La sabiduría en la Biblia no es una cuestión de experiencia, de edad o de las canas de quienes son protagonistas de los diferentes libros. Es un regalo del Espíritu. El Espíritu Santo nos enseña y nos ofrece la sabiduría que consiste en ver con los ojos de Dios, en oír con los oídos de Dios, en amar con el corazón de Dios, en juzgar las cosas con el juicio de Dios, hablar con las palabras de Dios.

¡Invocar al Espíritu Santo al comienzo de nuestra oración, de nuestro día, es el primer paso en la oración! Debemos hacer espacio para el Espíritu, para que nos pueda aconsejar. Hacer espacio es rezar: rezar para que Él venga a ayudarnos en todo momento.

Dios no sabe dar en pequeñas cantidades. Esto es lo que exclama la Virgen María en el Magnificat: colma de bienes a los hambrientos, despide a los ricos con las manos vacías.

Los mandamientos de la vida he vivirlos en relación con el Dios viviente. Jesús no viene a llamar a lo perfecto, sino a realizar, fortalecer, confirmar, sanar nuestro corazón para que podamos vivir plenamente. ¡Cuantas veces buscamos “vivir” y luego lo destruimos todo corriendo detrás de cosas efímeras! 

Orar es entrar en este diálogo con Dios que nos quiere bien, quiere nuestra felicidad. No nos impone nada, nos ama con ternura. Nos mira con amor. ¡Con cuánto amor nos mira Jesús! ¡Cuán amorosamente sana nuestros corazones pecadores! Él nunca tiene miedo de nuestros pecados.

Y ese amor consolida en nosotros el trabajo de nuestras manos. Aquí tenemos el camino de la fe, la lucha de la fe. ¡Cuanto deseo de Dios! ¡Cuanto deseo de encontrarlo, de hablar con él, de sentir su mirada de amor y de recibir Su amor! Entonces tengo que elegir.

Jesús, el Hijo de Dios, nos regala un amor verdadero que puede hacernos elegir dar toda nuestra vida, como Pedro y los apóstoles. Dios es Amor, Dios es nuestra riqueza… cuando te encuentras con la mirada amorosa de Jesús, entonces toda tu vida se conmueve, toda tu vida se llena.

Hoy mi corazón se llena de confianza porque Jesús me espera en la Eucaristía, añoranza de cada día, tesoro de la Iglesia, para entregarse a mi, para amarme y para difundir su amor a través de cada uno en este mundo que, en el fondo, tanto anhela el Amor.  

«Jesús lo miró y lo amó». Así es como se siento yo. Mirado y amado por Jesús.

¡Señor, gracias, porque me siento mirado y amado por Ti! ¡Te entrego, Señor, con el corazón abierto toda mi existencia, reconociendo que eres la luz que guía mi caminar tantas veces incierto! ¡Concédeme la gracia de llenar mi corazón de tu amor y de tu ternura para sentir en cada instante de mi vida tu amor divino! ¡Mírame, Señor, para que deposite en tu mirada mi existencia, mi futuro, para que el amor que sientes por mi se impregne en mi corazón soberbio y egoísta, para que los transformes, los renueves y lo purifiques! ¡Mírame, Señor, y hazme sentir tu amor porque quiero aprender a amar conforme a tu estilo, para que mi existencia esté llena de este amor fiel e incondicional, para que sea capaz de cumplir siempre tu santa voluntad! ¡Mírame, Señor, porque quiere mirar como miras tu, amar como amas tu, sentir como amas tu; que mis pensamientos sean los tuyos, mis sentidos los tuyos, mis emociones las tuyas, mis palabras las tuyas…! ¡Mírame y enséñame a amar, Señor, para que sea capaz de llevar esa mirada tierna y amorosa a los demás! ¡Concédeme la gracia de la sabiduría para reflejar tu verdad, para mostrar el verdadero amor que viene de Ti, para romper las cadenas que me alejan del bien, para arraigar en mi ser auténticos sentimientos de amor! ¡Mírame, Señor, y muéstrame la misericordia que nace del amor de tu gloria, que transforma! ¡Lléname, Señor, de tu sabiduría que es la clave esencia para amar al prójimo! ¡Mírame, Señor, porque cada día quiero parecerme más a Ti, amar conforme a tu manera de amar, para limpiar mi corazón y llenarlo de tu verdad! ¡Mírame, Señor, y aleja de mi vida todo aquello que me aleje de la luz de tu Verdad, de tu Buena Nueva, de tus Palabras, de tu Amor! ¡Haz, Señor, que el Espíritu Santo sea mi director y me muestre cada día el camino del amor!

¡Dame tu amor para amar!

Hoy es domingo. Y cada domingo es una fiesta. Es la fiesta de la entrega de Cristo. Es la fiesta del Amor hecho Eucaristía. Cuando amas a Dios, ya se ocupa Él de que todo contribuya al bien. El principal y más hermoso objetivo de la vida cristiana es amar a Dios y, desde Dios, a los demás. Es lo que le pido hoy al Señor: ¡Dame tu amor para amar! Si amamos a Jesús, entonces guardamos su Palabra, la Santísima Trinidad viene a vivir en nosotros y a transformarnos. Dios obra a través de nosotros, por nosotros, para su gloria y la salvación del mundo.

¡Dame tu amor para amar! El reino de los cielos es Dios en su misterio, en su vida de amor, alegría y santidad. Solo podemos acercarnos a Dios con respeto. Dios está presente, es este tesoro escondido. Es el Amor en mayúsculas. El mundo, nuestras vidas, nuestras relaciones, nuestros talentos, nuestros sufrimientos, la Iglesia… es incomprensible sin la presencia vida de Dios. Su amor, Su vida, Su Ley perece por la violencia. Los bautizados tenemos la gracia de saber no solo que Dios existe, sino que podemos buscarlo. En Jesús, Dios se acercó para que pudiéramos vivir de Él y por Él. Ésta es la gran riqueza de la Sagrada Eucaristía. Dios entre nosotros Dios por nosotros, Dios en nosotros. Es emocionante, vivificante, profundamente esperanzador. Es lo que me enraiza con mi ser cristiano.

Así como tenemos que vender todo para comprar el tesoro, tenemos todo para hacer para que la Eucaristía, la Misa, sea el corazón y la cumbre de nuestra semana, de nuestro día. En la Sagrada Eucaristía, Jesús nos pregunta en cada momento de la ceremonia: ¿Qué quieres que te dé? ¡Porque te regalo es amor !

¡Qué gran riqueza la de Dios! ¡Que humildad hacerse presente en un trozo de pan! ¡La Santa Misa dominical, como todas las misas, es el el reino de los cielos en la tierra. Es la presencia viva de Dios que actúa, que prosigue su obra de santificación por el Espíritu Santo

Hoy a la Santa Misa dominical voy a acudir especialmente con el corazón abierto al encuentro de ese Dios amoroso, tierno, misericordioso, paciente, que no cesa de echar la red y que espera que quede atrapado por ella. A Dios no le falta nada, pero Su amor es dado y Él sabe que le necesito. Y lo sabe porque Él es el poder de la vida. Es el que da crecimiento humano, vital, espiritual. Acudiré con el corazón abierto para que Dios continúe su obra en mi. Para que sea capaz de difundir la vida y el amor del Señor a través de ser cristiano, para seguirle desde mi fragilidad camino hacia la santidad, para seguirle como amigo de Dios, testigo de Jesús, apóstol de la Iglesia. Aspiro al cielo y llegar a él tiene mucho que ver con poner en práctica el amor.

¡Señor, te doy gracias por la Eucaristía porque es el gran regalo de tu presencia amorosa! ¡Te doy gracias porque hoy especialmente, como cada día, podré saciar mi hambre de Ti acogiéndote en mi interior, abriendo el corazón! ¡Gracia, Señor, por este amor tan grande que te hace entregar la vida rememorando tu sacrificio y tu Pasión! ¡Gracias por el Amor eterno, por tu entrega vivificante, por tu enseñanza de morir por amor al que amas! ¡Gracias, Señor, porque en cada Eucaristía me enseñas que el amor es lo importante, que la vida tiene sentido desde la apertura del corazón, desde el amor entregado, desde la caridad sincera! ¡Gracias, Señor, porque tu presencia en la Eucaristía es un regalo de amistad muy valioso, es el encuentro unificador contigo, es la invitación a acogerte para darse a los demás! ¡Gracias, Señor, porque en cada Eucaristía me transformas, me renuevas, me santificas! ¡Gracias, Señor, porque puedo buscarte cada día! ¡Creo firmemente en Ti, Señor; creo en tu amor infinito; creo en la Eucaristía como centro de mi vida cristiana; creo en Ti y te adoro en la Sagrada Hostia! ¡Confieso, Señor, que tu amor es una invitación a crecer como persona! ¡Gracias, Señor, porque en cada comunión siento tu amor infinito y misericordioso, tierno y acogedor; siento lo mucho que me amas, como quieres transformar mi interior, mi alma, mi corazón, como buscas mi corazón, como quieres penetrar todo mi ser con tu amor! ¡Y por eso te doy gracias, Señor, y te bendigo, y te adoro y te glorifico! ¡Concédeme, Señor, la gracia para recibirte dignamente y por medio de tu gracia celebrar el recuerdo de tu Pasión, cambiar para ser mejor, amar más, transformar mis pecados, acrecentar mi amor por ti y vivir siempre con el corazón abierto a la entrega, el servicio y la generosidad!  

¿Deseo fervientemente la vida eterna?

Realizaba ayer al atardecer una larga caminata por el campo. Al pasar junto a una Iglesia entré a saludar al Señor. Al salir, el camposanto de la población estaba abierto sin muro alguno y junto al templo se concentraban las tumbas de los fallecidos de aquel lugar. Una me llamó poderosamente la atención (fotografía que ilustra este texto). Una imponente figura de Cristo extendiendo su mano sobre la sepultura, cubriendo con su poder la vida eterna de aquellos que en su momento partieron a la gloria prometida.

Al proseguir mi caminata me acordé de la pregunta de aquel doctor de la ley a Jesús: «¿Qué se necesita para obtener la vida eterna?» En realidad no es solo una pregunta, es una máxima que persigue a todos los humanos desde tiempos inmemoriales. Olvidamos pensar lo que hay después de la muerte; estamos tan enredados en el materialismo que olvidamos que estamos provisionalmente en la tierra pero como cristiano es un acto natural imaginar que hay una hermosa secuela después de esta vida.

Los cristianos creemos en la vida eterna que Jesús anunció. Pero, seamos honestos, como estamos influenciados por la vibraciones mundanas ¿quién piensa en el más allá? ¿Lo pensamos todos los días, varias veces al día? Oramos por infinidad de cosas temporales —cuestiones que nos afectan o afectan a nuestros seres queridos— pero ¿pedimos para alcanzar la vida eterna ya sea para nosotros o para aquellos que amamos? Contemplando esta imagen de Jesús imponiendo su mano en el camposanto, pienso que esta debería ser la primera oración que pronuncien nuestros labios surgida del corazón. En la tierra —llena de fatigas, dolores, cansancios, tensiones, con la perspectiva de la muerte— solo estaremos unos años, ¡pero la eternidad es para siempre! Entonces ¿no deberíamos pedirle al Señor lo mejor para nosotros y para los demás, es decir, el cielo prometido? Para querer algo, debes pedirlo: no puedes querer algo que no anhelas. 

Me hago esta pregunta: ¿Deseo fervientemente la vida eterna? Es el corazón de la fe cristiana lo que nos dice: debes pasar por la muerte para resucitar, para volver a otra vida. Gracias a Jesucristo, sabemos que hay un mundo mejor donde el Mal no existe, donde reina la justicia, la libertad y la Verdad. Y la felicidad perpetua. Pero este mundo lo desconocemos porque no es una extensión del actual. Es otra vida de la cual no tenemos experiencia. 

¡Lo principal no es imaginar el cielo sino alcanzarlo! Y el método para llegar a él lo anunció Jesús en una simple frase: «Amarás al Señor tu Dios y al prójimo como a ti mismo». Las tres direcciones de un amor equilibrado fundado en Dios. El Santo Cura de Ars lo tradujo de manera sublime: «En la tierra, uno solo debe hacer lo que puede ofrecer al Buen Señor. Si no podemos ofrecerle algo a Dios, mejor no hacerlo». Este debe ser nuestro programa porque es el programa de Jesucristo. Y debemos seguirlo, porque él mismo dijo: «Yo soy la puerta, el que entre por esta puerta se salvará».

No sabemos mucho sobre la vida eterna, pero viendo en esta fotografía como Jesús extiende su mano amorosa y misericordiosa sobre los que reposan en la vida terrena es suficiente para satisfacer mi razón, alimentar mi fe y elegir mi camino en la tierra para que mi alma alcance cuando Dios así disponga el cielo prometido. ¡Porque en la eternidad quiero vivir bajo el amparo protector del Amor supremo!

¡Jesús, contemplando esta imagen en el camposanto te entrego mi corazón, mi alma y mi ser para que hagas de mi un cristiano comprometido que aspire cada momento de su existencia en la vida eterna! ¡No permitas, Señor, que me aparte del camino que tu has marcado! ¡Sabes, Señor, que me cuesta enderezar muchos aspectos de mi carácter, de mi comportamiento, de mis actitudes, que debo mejorar muchas cosas pero también sabes que mi fe es firme, que quiero estar siempre a tu lado, que mi corazón está predispuesto a estar en tu presencia, que confío en ti, que quiero aprender a amar como tu amas! ¡Señor, quiero que la salvación sea para mi un objetivo claro, aunque también soy consciente de que no todos llegarán a tu Reino ni gozar de tu presencia! ¡No permitas, Señor, que me aparte del camino que lleva al cielo, a la vida eterna! ¡Señor, envía tu Espíritu sobre mi, para que me ayude a tener la sabiduría de seguir siempre tu Palabra y tus promesas! ¡Señor, anhelo fervientemente una vez se ponga fin a los pasos que voy dando en esta vida estar junto a Ti en tu reino celestial! ¡Señor, soy consciente de mis miserias y de mis pecados, reconozco ante ti la imperfección de mi vida, de los constantes errores que cada día cometo; envía sobre mi a tu Santo Espíritu para que me de un corazón humilde, sencillo y pequeño para que acepte mis equivocaciones y enmendar aquello que deba ser corregido! ¡Te pido, Señor, también por las personas que quiero para que todos ellos vivan según tu Palabra y crean firmemente en el cielo prometido; para que sus vidas estén impregnadas de tu presencia y sientan como tu gracia se derrama sobre ellos! ¡Te alabo, Señor, te bendigo, te glorifico y te doy gracias por todos los bienes que derramas sobre mi corazón cada día; ayúdame a ser testimonio de tu amor y de tu misericordia en el mundo en el que me muevo!

Hablar de Dios en la sociedad del cansancio

Ayer lunes realicé un viaje profesional desplazándome de mi ciudad a otra para visitar a varios clientes. Cinco horas de coche acompañado de una persona a la que aprecio y por la que oro cada día. Trabaja conmigo. Es un colaborador muy profesional, honesto, comprometido, sobresaliente en su trabajo, siempre aportando soluciones. Declaradamente agnóstico. Su vida, como la de tantos, no es fácil. Tres matrimonios fallidos y cinco hijos por el camino, tres de ellos jóvenes sin empleo y alguno con adicciones, confirmación que vivimos en una sociedad en la que se escucha el grito atronador de la incerteza y el sufrimiento.
El sufrimiento de este hombre es también el de una sociedad que a voz en grito clama por las desigualdades, la desesperanza, la inseguridad sanitaria, los conflictos sociales, las divergencias políticas insalvables, la falta de humanidad en unos que priman el olor del dinero por encima del bien común de los silenciados, las colas cada vez más dolorosas ante los almacenes de comida ofrecidos por la Iglesia o colectivos sociales, el deterioro de la tierra…
Cada día doy gracias a Dios por la estabilidad de mi vida, por mi trabajo, por mi familia, por mis hijos, por mis amigos, por encontrar el amor en quien me ama, porque mis problemas comparados con los de otros ruborizan… pero me duele ver que formo parte de una sociedad ahogada por el cansancio. No es única y exclusivamente un cansancio físico sino que, por encima de todo —y sobre todo—, es un cansancio que afecta a lo más profundo de lo humano, a lo psíquico y, especialmente, a lo espiritual que es la raíz de la existencia.
Vivimos en una sociedad en la que las personas que están más cansadas son la que tienen ingresos mínimos, que tratan de encontrar desesperadamente un trabajo cada vez más escaso, que no divisan la línea de la esperanza porque ese horizonte se ha borrado de su mirada. Ese cansancio existencial ahoga, agota, desespera y, la consecuencia de todo ello, es una parálisis del espíritu, un decaimiento del ánimo, un desespero que provoca hartazgo, inseguridad, desasosiego y arrinconamiento. Y falta de fe.
Durante una hora éste fue el tema de conversación con esta persona. Pero de esta situación de parálisis hay una palabra mágica, llena de luz y de esperanza: Creer. Tener la certeza de la fe. Y lo digo rugiendo de esperanza. Creo, creo que el Dios de la vida está presente en nuestras sociedades. Que lo hace ahondando en las cruces de la existencia humana. Es necesario proclamar en voz alta que el Dios de la vida existe, nos acompaña y se conmueve ante tanto sufrimiento humano.
Dios es un Dios de vida. No me imagino a un Dios que se deleite con el sufrimiento de sus hijos como tampoco creo en un Dios que se contente con los abusos, las desigualdades, los desórdenes, los atropellos, las arbitrariedades y las injusticias de nuestro mundo porque Su amor misericordioso es consustancial con su justicia.
Creo en el Dios de la vida. Como creo en el Cristo resucitado. Y creer en la resurrección tiene como correspondencia la defensa decidida de la vida de los abandonados de la sociedad, los más vulnerables, lo más frágiles, los menospreciados. Buscar a Jesús en la sociedad en la que vivimos implica el compromiso de unirse en oración y con actos con aquellos que cada día ven maltrecha su existencia y sus derechos vulnerados. Creer en la resurrección es poner la vida por encima de la muerte en cualquiera de sus variantes.
A los pocos días de Pentecostés, la misión que nos traslada Jesús es predicar la Buena Nueva; no es una cuestión de sobrevivir, el tema central es el servicio.
Entonces, ¿como le hablo yo del Dios de la vida a los cansados de este mundo? Haciéndome presente en sus vidas. Estando cerca de ellos. Replegando mis yoes para darme al prójimo. Saliendo a su encuentro. Hablándoles de esperanza. Buscando soluciones a sus necesidades. Implicándome en la caridad del servicio. Cargando sus cruces. Haciendo con mis palabras, actos, gestos, entregas, sentimientos y acciones que Dios se haga presente en sus vidas. Hoy son ellos… mañana podría ser yo. Pero en cada uno está Dios, vivo y presente, con los mismos cansancios. ¿Puedo quedarme impasible y replegado ante este hecho?

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¡Elevo hoy mi súplica hacia Ti, Dios bueno y misericordioso, por todos los que están cansados física, psíquica y espiritualmente! ¡Tu me llamas para acompañar a mi prójimo en el camino de la vida, en sus soledades y sufrimientos, en sus decaimientos y sus desgracias para que unido a Tu Hijo, que sufrió en la cruz, pueda llenar de esperanza su corazón! ¡Tu me invitas, Padre, a orar por ellos, para alimentar su corazón de esperanza y para que por medio de mi intercesión te hagas muy presente en sus vidas! ¡Padre, tu me invitas a consolar, a aliviar, a acoger, a consolar, a alegrar los corazones cansados y desesperados! ¡Pero que no sea yo quien lo haga sino tu por medio mío! ¡Envía tu Espíritu sobre todos ellos, Dios de la vida, para que sientan que son tus preferidos, que los amas y los sostienes, que avives en su corazón tu amor eterno! ¡Te ofrezco mi vida, Padre, para que hagas de ella un instrumento de tu amor en el prójimo; hazme caritativo, servicial, entregado y generoso; un ser amoroso que se entregue por los demás para que sientan tu presencia! 

Alabar en el altar del sacrificio

Me gusta alabar. Me gusta la alabanza. Me gusta porque hemos sido creados para alabar y servir a Dios, no para poner a Dios a nuestro servicio. Me gusta porque la alabanza es fruto del amor desinteresado.
Pero no siempre reúno las fuerzas para alabar. Hay días que, simplemente, me resulta imposible proferir palabras y cantos de alabanza pues de mis labios surgen palabras de lamentación. Son esos días en que los problemas abruman, el dolor invade, la oscuridad se cierne sobre mi vida, las dificultades fragilizan mi existencia. En estos días mi corazón derrama de manera injusta lágrimas furtivas de auto compasión. Y digo injusta porque en lugar de dar gracias, callo ante las grandezas que me regala Dios.
Pero Dios que es Amor y es Misericordia permanece ahí, sentado en el trono de la gloria, esperando de nuevo a que mis labios se abran para realizar cantos de alabanza. Él permanece inmutable, sin que su gloria haya disminuido. Y es cuando te das cuenta que Dios merece siempre mi alabanza por la sencilla razón de que es el único digno de ser alabado, bendecido y glorificado. Y es entonces cuando la alabanza se convierte en sacrificio. Se transforma en alabanza que sacrifica tus yoes, tus egoísmos, tus becerros de barro, tu ingratitud, tu engreimiento, tu desagradecimiento… Implica colocar todo lo mundano que uno ama en el altar del sacrificio para hacer la ofrenda que a Dios más le vale: uno mismo, con sus heridas y sus dolores, con sus sufrimientos y sus incoherencias, con sus pérdidas y sus dudas, con sus dificultades y sus humillaciones. Y ese Dios que es amor y misericordia se remueve en su trono, te toma entre sus brazos y te recuerda que, como su Hijo, la vida es camino en que hay pérdidas y sacrificios pero también resurrección y vida. Y que Él solo espera que en medio de cualquier circunstancia, por dolorosa que sea, todo sea canto, ofrenda y alabanza.

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¡Bendito, alabado y glorificado seas Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo por darme toda bendición espiritual, porque antes de la fundación del mundo ya estaba en tu mente; gracias por haberme adoptado y aceptado como hijo tuyo! ¡Gracias por tanto amor derramado en mi vida! ¡Gracias y toda alabanza a Ti por llamar a la puerta de mi corazón, por acogerme cuando me alejo, por darme la oportunidad de comenzar de nuevo, por la ocasión que me ofrece de que mi vida tenga propósitos de eternidad, por reconstruir cada día la fragilidad de mi vida con el poder de tu Palabra, de tu misericordia y de tu amor! ¡Alabanza a Ti, Señor, que retiras lo que me daña y me hace sufrir, que pules con ternura y compasión cada uno de los recovecos de mi vida, porque restaurar con la fuerza de tu Espíritu, para que cada día me parezca más a ti! ¡Alabanza y gloria a Ti, Padre, que permaneces en el trono celestial, y eres digno de darte honor, honra y gloria cada minuto de mi vida! ¡Alabanza a Ti, Padre, me quiero presentar ante la ofrenda de tu altar para presentar sobre todo sacrificios de alegría y no de pesar, sacrificios que arrojen mis egoísmos y sean cantos de gloria y alabanza a Ti, salmos que ensalcen tu nombre, el bien que haces, el amor que me tienes y la misericordia que derramas sobre mi corazón! ¡Gracias, Padre, por tanto amor! ¡Gracias, Padre, por tanta misericordia! ¡Gracias porque me provees todo cuanto necesito; porque custodias mi vida con un amor grande; porque extiendes tus amorosas manos para colmar mi vida de gracias y bendiciones; porque eso mismo lo haces con los que amo, por los que oro, por los que se relacionan conmigo! ¡Gracias, Padre, porque aunque a veces me ofusco Tu todo lo provees, cumples en mi todas las promesas y haces que mi vida pueda ser un canto de alabanza y gloria a Ti, Señor de la vida!

Con flores a María (Obsequio espiritual a la Santísima Virgen María)
María, Madre: ayúdame a no desanimar a nadie con mis amarguras y a no alejar a nadie con mis críticas. A que mi vida sea un canto de alabanza a Dios.
Te ofrezco: dar gracias a Dios por cada cosa que viva o que me ocurra.

Vivir con gozo

La vida se puede disfrutar y gozar de mil maneras. Basta enunciar algunas: el beso cariñoso de tu pareja al iniciarse el día, la sonrisa de tu hijo, la audición de una canción, la lectura de un buen libro, la satisfacción del trabajo bien hecho, la contemplación de un paisaje, con una conversación amena, con un abrazo de consuelo…
Uno de los elementos que me prueban la existencia de Dios es el gozo. El gozo entendido como alegría, satisfacción, júbilo. El verdadero gozo significa que Dios cambia el mundo a través nuestro porque el gozo es imposible sin la existencia de un Dios Amor.
Imagino los siete días de la Creación y a Dios entonando en el momento de dar forma a cada una de sus bellas y perfectas obras —el agua, las montañas, el sol, las estrellas, las aves, los reptiles, el viento, al ser humano a imagen y semejanza suya— cantos llenos de alegría. Me imagino los cantos serenos de los seis primeros días y el canto lleno de amor, de júbilo y de gran gozo del séptimo, la jornada en la que Dios descansó y lo bendijo y santificó todo.
El amor, la alegría, el regocijo, la esperanza… son parte intrínseca y constitutiva de la esencia de Dios porque Dios es Amor, Dios es Misericordia y Dios es alegría, tres conceptos íntimamente relacionados en el ser de Dios.
Una de las frases que más me gustan de san Pablo es aquella que vincula las obras de la carne y el fruto del Espíritu y las pone en este orden: Amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre, templanza.
En primer lugar, el Amor que lo engloba todo. La segunda palabra es gozo. El gozo es la alegría de ánimo, es el sentimiento de complacencia al recordar o tener algo que gusta; es cualquier acción que genera felicidad en el ser humano.
No es posible, por tanto, ser cristiano y caminar por la vida con cara agriada, amargada o traspuesta. Los cristianos debemos ir con el rostro limpio, con la sonrisa sincera como signo de identidad, como llevando escrito el mensaje de Jesús a sus discípulos: «alegraos de que vuestros nombres estén escritos en el cielo». ¿Es posible ante tan increíble anuncio que alguien permanezca impasible, vaya con el rostro agriado y no se llene de gozo?
Vivir con gozo debería ser un principio esencial en nuestra vida cristiana. Es, además, un mandato que viene del mismo Jesús cuando dijo que buscásemos la paz en Él; que en el mundo tendríamos que sufrir, que tuviéramos valor, pero que como Él ha vencido al mundo confiáramos. Esto implica que, como cristianos, podemos y debemos disfrutar de todas y cada una de las bendiciones que Dios nos brinda cada día. No quiere decir que las dificultades, los problemas, los obstáculos, las dudas, las frustraciones, los sufrimientos no se harán presentes, significa que contamos con una base sólida para sentir el amor, el gozo y paz interior que viene de Dios y que se manifiesta en cualquiera de las situaciones que vamos a vivir en nuestra jornada.
Mi propósito es caminar por el mundo con el rostro gozoso, con el rostro iluminado con la alegría del cielo, un rostro que manifieste que Cristo vencedor de la muerte, vivo y resucitado en esta Pascua, vive en mí como yo, en mi pobreza y pequeñez, vivo con gozo y alegría en Él, que me lo da todo y porque quien yo quiero darlo todo.

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¡Espíritu divino concédeme la gracia de caminar por el mundo anunciando la alegría del Evangelio, el gozo de sentirme cristiano, amado por el Dios Amor, testimonio de la Buena Nueva del Señor! ¡Espíritu Santo, haz que la alegría del Evangelio que llena mi corazón se manifieste en el gozo de mi vida que me libera de tristezas, de vacíos interiores, del pecado! ¡Haz posible mi encuentro cotidiano con el amor de Dios! ¡Señor, yo quiero seguir tus pasos; dame tu Espíritu para vivir en permanente alegría y con gozo para cantar las cosas bellas que haces en mi, para dar testimonio de ellas! ¡Padre, te doy gracias, te doy infinitas gracias por mis ganas de vivir, por mi gozo de sentirme amado por Ti, por tener la oportunidad de descubrir tu presencia en cada uno de los instantes de mi vida; por hacerte presente en la cotidianidad de mi jornada, de mi trabajo, de mi relación con los que quiero, de mis esfuerzos y quehaceres! ¡Dame la capacidad, Padre, de gozar de la vida, de tu presencia, de ser uno con Cristo, de vivir en unión con el Espíritu, para no perder nunca la esperanza, ni la alegría, ni la capacidad de asombro, ni la gratitud de tener un encuentro diario contigo, de construir mi vida sobre la roca firme de la fe recibida el día de mi bautismo! ¡Dame, Padre, tu Espíritu para encontrar en los rostros de mis próximos tu presencia! ¡Ayúdame a ser testigo del Evangelio de la vida e interiorizar el gozo inmenso de saber que solo hay un camino que es el que me conduce al cielo prometido donde me esperas con el gozo de haberme creado!

Con flores a María (Obsequio espiritual a la Santísima Virgen María)
María, Madre, tú eras audaz, emprendedora, siempre llena de gozo, confiada plenamente en el Espíritu que te acompañó a lo largo de tu vida: enséñame a desconfiar de mí mismo y a poner mi esperanza en el Poderoso que quiere hacer obras grandes en mí.
Te ofrezco: encomendarme al Señor antes de cada actividad que haga hoy y ayúdame a manifestar el gozo de sentirme hijo de Dios.

Unirme a la cruz para desclavar a los que están clavados

El de la Cuaresma que ya termina es un camino de interioridad pero también de ser consciente de tantas cosas que te suceden. Una de ellas es que la vida, pequeña y frágil, con sus altos y sus bajos, con sus alegrías y sus penas, son un regalo maravilloso de Dios. De un Dios que es la exaltación del amor, que derrocha a espuertas misericordia.
Me llena de alegría pensar que Dios me ama simplemente por pura bondad porque, habiéndome creado, me ha convertido en una pieza de su amor desbordante y desinteresado. ¡Qué gran regalo el de la vida! ¡Qué gran regalo el de nacer a la vida cristiana con el sacramento del Bautismo! ¡Qué gran regalo el del Padre entregando a Cristo que te permite caminar en una dirección, con un proyecto vital, con una doble seña de identidad: la cruz y el amor!
Cristo, pronto crucificado, integrado en mi vida. Insertado en lo profundo de mi corazón. Vivificado en Él que es todo amor gratuito y generoso, todo gracia, todo don, todo bondad, todo entrega…
En esta Cuaresma, en este camino de interiorización profunda, busco a este Jesús que desprende ese amor gratuito; un amor que, por mis abandonos, faltas, caídas y miserias, no soy digno de recibir pero que Dios me regala por gracia y bondad.
No dejo de contemplar al Cristo crucificado; contemplo ese amor incomprensible para la mirada humana pero tan arraigado a la luz de la fe. Es un amor tan grande, tan profundo, tan lleno de tanta ternura, delicadeza, dulzura y compasión que no puedo más que desconcertarme. Ese amor sin medida del Cristo prendido y colgado en la Cruz es un regalo valiosísimo del Padre, que acojo con el corazón abierto. Y siento una necesidad profunda de abrazar la cruz; y desde ese abrazo romper aquello que me encadena al pecado, que busque el perdón, que acuda al encuentro del prójimo, que me acerque al que me da la espalda, que no juzgue, que prescinda de los convencionalismos que discriminan, que, que, que…
Siento en ese abrazo a la cruz, en ese amor que desborda la cruz, que deseo unirme a ella para desclavar a todos aquellos que están clavados por sus sufrimientos, sus dolores, sus heridas, sus angustias… Y hacerlo por puro amor, el mismo que siento Cristo desborda a raudales en mi pequeño corazón.

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¡Gracias, Señor, porque eres puro amor! ¡Porque me enseñas el sentido profundo del amar! ¡Gracias, Señor, porque me muestras lo importante que es abrazar la cruz para obtener frutos de ella! ¡Gracias, Señor, por morir por nosotros en la cruz! ¡Gracias, Señor, porque tu escuela del amor y de la cruz es pura enseñanza para mí; me muestras a poner amor en mis cruces cotidianas y en mis debilidades, caídas y sufrimientos aprendo a apartar estos obstáculos que me impiden seguirte con alegría y con amor! ¡Gracias, Señor, porque sin merecerlo me invitas a abrazar tu cruz y acompañarte en el camino de la vida, acompañando también a los que tengo cerca y que sufren cruces más grandes que la mía! ¡Gracias, Señor, porque me enseñas lo importante que es amar y que la cruz me lleva siempre hacia el prójimo! ¡Gracias, Señor, porque este camino de Cuaresma me puedo impregnar de tu amor y desde tu amor vivir caminos de paz, reconciliación, de misericordia y de perdón!

¿Soy un proyecto enraizado en el plan de Dios?

Los hombres no somos como islotes en el atolón de la vida. Estamos enraizados en lo esencial que es Cristo. Y hemos sido creados para algo: cada uno tenemos una misión que cumplir en la vida. Cada uno, con sus virtudes y sus defectos, está llamado a ser instrumento inútil de Dios. Él nos llama a tener un proyecto de vida, cuando más santificado mejor. Él quiere que cumplamos su voluntad no la nuestra. El quiere que sigamos nuestro camino trazado y no nos dejamos llevar por nuestros intereses y caprichos. El que quiere que su obra se perfeccione en nosotros porque es un alfarero preciso y minucioso. El quiere que nuestra vida esté llena de dones y de bienes. ¿Pero qué sucede con frecuencia? Sucede que ponemos resistencias. Y en ese momento, cuando pongo trabas al plan de Dios en mi vida se crea un muro entre Él y yo. Se rompe el plan trazado por Dios. Ya no dependo de Él, dependo de mi voluntad, quiero convertirme en un dios en minúsculas, el dueño y señor de mi vida, de mi realidad, de mi historia y de mi verdad. Y es entonces cuando el corazón se marchita, se endurece y se enroca. Un corazón duro, engreído y soberbio no tiene capacidad para escuchar el susurro de Dios, la Buena Nueva del Hijo, los cantos del Espíritu. Y sucede que entonces que Dios endereza nuestra vida con obstáculos y dificultades para que comprendamos que hay que corregir la vida, para volver a la senda perfecta de su obra amorosa. En realidad, Dios no castiga, porque Dios es el Señor del amor, de la paciencia y la compasión.
Por eso cuando camino de espaldas a Dios mi corazón se vuelve engreído y narcisista. Para conmigo, para los míos, para los que me rodean en el trabajo, en la vida social, en la vida de comunidad, en la vida eclesial. Sufro yo y sufren ellos.
Dios y yo somos un todo. A veces me cuesta entenderlo. Si voy por libre, todos se resienten. Si voy unido a Dios, todos los sienten. Porque cuando tengo presente a Dios en todas mis acciones, mi prójimo recibe también las bendiciones que Dios reparte a través mío. Por eso, Él los ha puesto en la senda de mi vida. Si me alejo de Dios, si mi comportamiento no va acorde con el sentir de Dios, todos los que me rodean dejan de disfrutar de esas gracias porque sienten como mi orgullo, mi soberbia y mi autosuficiencia destruye en sus vidas y en la mía la obra magnífica del Creador.
Cuaresma: tiempo de reflexión e interiorización. Así surge una pregunta hoy: ¿Soy un proyecto enraizado en el plan de Dios o un proyecto basado solo en el voluntarismo de mi autosuficiencia personal?

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¡Señor, soy pequeño y frágil, voluntarioso en muchas cosas pero fallón en tantas otras! ¡Quiero abrir mi corazón para convertirme en un instrumento de tu amor infinito! ¡Quiero ser instrumento útil de tu obra, quiero pregonar con mis gestos, palabras y acciones que tu vives en mí, que todo el amor que has colocado en mi corazón llegue a los demás, que me bendices con tu gracia, que te conozco y quiero darte a conocer a lo demás! ¡Concédeme, Señor, ser un instrumento útil de tu obra para ser testimonio en mi pequeño mundo! ¡Quiero, Señor, alabarte y servirte, quiero que mis obras te llenen de alegría, quiero que me llenes de tu luz para ser verdad en la sociedad, para ser testimonio de evangelización! ¡Envía sobre mi a tu Santo Espíritu para que me ayude a seguir y cumplir el plan que tienes pensado para mí sin desviarme del camino! ¡Quiero, Señor, convertirme en un instrumento de tu amor para que los demás te conozcan por mi manera de vivir especialmente en mi familia, con mis amigos, con mis compañeros de trabajo y comunidad eclesial! ¡Haz, Señor, que te sea siempre fiel porque tu eres mi único Señor, mi único Dios, mi única razón para existir!

Orar bajo el canto de la Creación

Me encuentro fuera de mi ciudad por razones laborales. En la puerta de una Iglesia, cercana a mi hotel, se anuncia que un grupo de Gospel universitario de visita en la ciudad ofrecerá un concierto nocturno con entrada gratuita. Y así, a la hora establecida, me encamino expectante desde el hotel al templo en el que se va a ofrecer el concierto. En la fotocopia que nos entregan en la entrada se explica que la palabra gospel proviene del anglosajón godspel, lo que traducido al castellano equivaldría a palabra de Dios. El programa es variado. La primera de las canciones es un canto a la Creación. Solo puedo decir que la de ayer fue una noche hermosa, plácida y bendecida.
Desde el primer momento me recreo en la hermosura de la música, en el ritmo que imponen los integrantes del coro, en la majestuosidad de sus voces pero también mi pensamiento se eleva, en oración, a la extraordinaria obra de Dios que todo lo ha creado con ternura, armonía, gozo, belleza, alegría y bondad. Y recuerdo que en el principio creó Dios los cielos y la tierra y vio Dios la hermosura de su creación.
Mientras el coro canta mis ojos permanecen cerrados. Imagino ese momento mágico en el que Dios, probablemente, levantó un dedo e hizo que hubiera luz y apartó la luz de la oscuridad; e hizo que hubiera un firmamento por en medio de las aguas y secó las aguas para que hubiera tierra para que produjera vegetación, y árboles frutales y semillas, y luceros, y animales y aves y seres marinos hasta crear al ser humano a su imagen y semejanza, dándole el mayor grado de perfección. Y como Dios vio que todo aquello era bueno. ¡Y cómo no lo iba a ser si es obra de su creación, una sinfonía perfecta y delicada creada por amor!
La de este grupo heterogéneo de cantantes enriqueciendo con la alegría de sus voces una música sublime me invita a la oración, a dar gracias a Dios por la vida, por el mero hecho de existir, por la maravilla de la Creación. Por todo lo que es creación de Dios. La vida que Dios nos entrega por puro y desinteresado amor. Un amor que comunica desde la gratuidad.
Es que la vida debe ser canto permanente a las maravillas que nos ofrece y hace Dios; en el pasado, en el presente y en el devenir que nadie conoce pero que será siempre bendecido porque todo lo que viene de Él es gracia santificante.
El concierto concluyó con All Glory to God, un canto bellísimo de alabanza. Y, sí, ¡claro que sí! Toda la gloria a Dios, que nunca cesen las alabanzas, que no se interrumpan los cantos de glorificación al Padre celestial. Y no olvidar, pensar y actuar teniendo como base el amor pues hemos sido creados para preservar la Creación al estar hechos a imagen y semejanza de nuestro Creador, la suma expresión del amor.

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¡Señor, mi alabanza y mi gloria a Ti por tanta hermosura regalada, por tantas cosas bellas ofertadas, por tantas maravillas entregadas! ¡Gracias, Padre, porque todo lo que nos rodea es una obra perfecta tuya, regalo de tu amor bondadoso e infinito! ¡Te doy gracias, por la vida, por la existencia, por toda la Creación, pues sin tu amor infinito no me habrías dado la vida! ¡Te doy gracias, Padre, por tu amor gratuito, que es la fuente inagotable de tantos dones! ¡Te doy gracias por permitirme contemplar cada día todo lo creado, por abrir la mirada a la belleza de las cosas, por darme un corazón agradecido a tu gran obra! ¡Abro mi boca y mis labios te alaban, Padre, por tu amor, por permitirme gozar de tantas cosas bellas pero también por las cruces cotidianas! ¡Concédeme la gracia, Padre, de ser sensible para preservar tu obra, para ser sembrador de gracia, para proteger el medio ambiente, para ser servidor de los que sufren, para no dañar a mi prójimo, para ser consciente del valor que tienen las cosas, para sentir tu presencia en todo lo que ocurre y sucede! ¡Te doy gracias, Padre, por todas y cada una de las criaturas de la tierra; bendícelas a todas y llena de amor a todos aquellos que pasan por dificultades!

Orgulloso de ser seguidor del Dios amor

En un viaje que estoy realizando por razones laborales en Irán tengo asignado un traductor que, lógicamente, es musulmán. Las largas horas que pasamos juntos me permite dialogar con él sobre diferentes temas y también sobre nuestras creencias. Los hermanos musulmanes creen en Dios pero tienen una visión diferente a la nuestra.
Existen muchos obstáculos entre la religión musulmana y la católica, especialmente en relación a la persona de Jesús, que para ellos es uno de los numerosos profetas musulmanes —como lo pudo ser Moisés o Noé— que Dios ha enviado en su pacto con la creación; Jesús es un profeta que porta consigo un libro, el Evangelio, que nos identifica a los cristianos pero que los hemos tergiversado a nuestra conveniencia.
Fundamental es el dogma de la Trinidad.  Los musulmanes se consideran los únicos y verdaderos monoteístas. Como el Corán prohíbe relacionar otros dioses a Dios, los cristianos somos considerados politeístas que en el islam es un pecado que no se acepta ni se perdona.
Otra diferencia es el de la Revelación. Para ellos la Revelación es el Corán que fue dictado de manera sobrenatural y es el resumen de todos los Libros anteriores, en especial el de Moisés (la Torá judía) y el de Jesús (el Evangelio cristiano). Es decir que El Corán es Dios hecho libro. Para nosotros, la Biblia también es un libro inspirado pero que nos permite conocer en profundidad la figura de Dios hecho hombre, es decir, a Jesucristo.
Podría mencionar otras muchísimas diferencias como el sentido de la oración, de la libertad religiosa, de la razón y de la fe, de la encarnación de Dios en Jesucristo, de la salvación, de los signos de Dios, de la figura de María, de los sacramentos, de la condición de la mujer y un largo etcétera.
Pero para mí la diferencia abismal, y que me llevó ayer a largas disquisiciones con este traductor y, luego, con algunas de las personas que compartimos un ágape es que desde el prisma cristiano Dios es amor, y desde ese amor grande, perfecto, misericordioso, generoso, humilde incluso, busca la salvación del ser humano que Él ha creado. Y eso no se percibe así en el Islam que concibe el amor de Dios circunscrito solo para quienes creen y actúan de manera correcta.
No hay nada más maravilloso sentir en tu vida al Dios que es Amor. Es lo que nos diferencia de las otras religiones. Yo me siento lleno de ese amor de Dios porque es un amor incondicional, sin fronteras, que perdona, que te une a El como Padre. Y que por muy pecador que seas, por muy miserable que sea tu vida, por muy duro que tengas el corazón, nada puede separarte de ese amor incondicional que El entrega a espuertas. Y la mayor demostración de todo ello, es que nos dio a Jesucristo, su Hijo amado, para que muera por nosotros en la cruz para la redención del género humano. Pero hay algo todavía más hermoso, es que hay unos estrechos lazos de amor entre el Padre Creador y el Hijo Redentor antes incluso de la Creación del Universo.
Creo en Dios Padre, en Dios Hijo y en Dios Espíritu Santo y estas tres figuras unidas en una Santísima Trinidad remueven de lleno mi corazón. ¿Por qué? Porque no hay nada más sublime, reconfortante y hermoso que el regalo del Amor divino que un ser humano, pequeño y frágil como puedo ser yo, recibe sin merecerlo cada milésima de segundo de su vida de manera gratuita de esta Trinidad. Me ofrece seguridad, confianza, entereza, esperanza, alegría y gozo y me invita a orar con el corazón abierto para exclamar: ¡Gracias, gracias, gracias por tanto amor desbordado inmerecidamente sobre mí!

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Señor, ¡gracias por darme la fe! ¡Quiero llenarme más de Ti! ¡Quiero dejarme llenar de tu misericordia y de tu infinito amor! ¡Déjame sentirme acariciado por Ti, contarte mis cosas con confianza y con amor! ¡Cuánto me cuesta a veces concienciarme de que Tú eres mi esperanza, mi paz y mi vida, que eres todo Amor! ¡Señor, te ruego que no permita que me olvide de que me acompañas en todo momento! ¡Gracias, Señor, por tu amor infinito, porque me fortalece cuando me faltan las fuerzas, porque aumenta mi fe cuando las dudas me embargan, me consuela cuando me invade la tristeza, me levanta cuando caigo y peco, me escucha cuando te llamo, me serena cuando me siento intranquilo, me guía cuando estoy perdido, me endereza cuando tomo la senda equivocada, me ilumina cuando la oscuridad me invade, mi alienta cuando desespero, se alegra conmigo cuando las cosas funcionan! ¡Gracias, Señor, por estas siempre a mi lado! ¡Envíame tu Santo Espíritu para que me llene con tu presencia y sepa amar como amas Tu, sepa mirar como miras Tú, sepa sentir como sientes Tu!