¡Todo tuyo María para que me enseñes a caminar por la vida!

Primer sábado del año con María, Señora de la Navidad, en lo más profundo del corazón. En un par de días recibirá María junto a su hijo y a san José la visita de los Reyes de Oriente con sus ofrendas y su adoración. Seguramente María pensó en la oscuridad de aquel pobre portal de Belén la necesidad que tenemos de tener una vida santa, esa que proviene de Dios. Una vida profunda e íntimamente humana, trascendente, espiritual y divina. Lo debió pensar porque sin su confiada participación no hubiese sido posible el milagro de la Navidad. Sin su sí humilde previo, su concepción inmaculada por obra del Espíritu Santo, sin su entrega a la voluntad de Dios, sin su virginidad abierta a la vida dada por Dios… ¿qué sería de la Navidad?
¡Qué hermoso es pensar que durante su embarazo María llevó en su interior a Jesús como si de un tabernáculo se tratara! ¡Qué bonito es imaginar aquel instante de júbilo, alegría y amor en que María tomó entre sus brazos al mismo Dios! ¡Qué maravilla es imaginarse ese momento extraordinario en que dos almas puras como las de Jesús y María se entrelazaron de manera amorosa y tierna y se miraron por primera vez! ¿Qué sentimientos más bellos debió experimentar María?
Como María quiero llevar en mi interior a Jesús. Entrelazar mi alma con Él. Unirme espiritual y humanamente a Él. Amarlo y quererlo con el mismo amor de María. Que Ella sea la fuente de inspiración para mi adoración a Cristo. Tener la fe de María para que me permita ver la imagen de Jesús en el prójimo, en el que sufre, en el que padece problemas del tipo que sea, en el que acuda a mí por cualquier motivo. Tener la fe de María, esa fe que se convierte en disponibilidad, que se convierte en don, que se hace vida y, sobre todo, amor. Comprender que María lo es todo por su profunda fe.
Como María quiero ser un discípulo entregado y fiel de Su hijo, poner los ojos en Dios con la pequeñez de mi corazón; ser alguien abierto al servicio al prójimo siendo consciente de que el servicio a los demás es amor y no humillación.
Pero sobre todo quiero enriquecer mi vida y mi corazón con los valores y virtudes que enriquecieron la vida de María. Tener su belleza de espíritu, la pureza de su corazón, la riqueza de sus virtudes, la hondura de sus valores, la firmeza de su fe alimentada de la caridad y la suavidad de su amor. ¡Todo tuyo María para que me enseñes a caminar por la vida y afrontar este año que comienza caminando de tu mano!

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¡Todo tuyo, María! ¡Quiero parecerme a ti en todo, Madre, siempre abierta a la gracia divina, a la escucha serena y profunda de la Palabra, confiada en la voluntad del Padre, predispuesta al sí sin condiciones, entregada a tu Hijo que es la Vida, la Verdad, la Gracia y el Amor! ¡Te doy gracias, María porque tu «Hágase» me muestra el camino a seguir en todo los acontecimientos de la vida! ¡Abro mi corazón a ti y te doy infinitas gracias porque tu manera de vivir me ayudan a crecer humana y espiritualmente! ¡Te doy gracias porque tu vida es una escuela de fidelidad, de caridad, de docilidad, de humildad, de sencillez, de sobriedad, de magnanimidad, de entrega, de escucha, de servicio, de ternura, de bondad, de reverencia, de hondura espiritual, de virtud! ¡Ayúdame a tomar algo de esto para mi vida, Madre! ¡Intercede, María, ante tu Hijo para que me ayude con la fuerza del Espíritu Santo a ser un verdadero testigo de coherencia y verdad! ¡Todo tuyo, María, Madre de Jesús y Madre nuestra!

Hipócrita y alejado de la realidad

En una reciente cena profesional con veinte personas de diferentes nacionalidades y religiones me atreví a preguntarles a los comensales que definieran lo que para ellos es el cristianismo. Dos conceptos se repartieron la categoría ganadora e hirieron profundamente mi corazón: «una hipocresía» y «está alejado de la realidad».¿Carecían de razón al pensar así o les asistía la verdad?
En sus tiempos, el propio Jesucristo expresó una profunda desazón por el comportamiento del hombre y cuestionó: «¿Por qué me llamáis, Señor, y no hacéis lo que yo digo?».
La vida del cristiano es exigente. No puedo vivir como cristiano comportándome como un cristiano de herencia, expresando mi fe en Cristo pero no poniendo en práctica y creyendo en los elementos básicos de su doctrina porque en si mismo todo ello es una contradicción.
Ser cristiano es ser seguidor de Jesús. Seguir su persona, sus enseñanzas, sus mandatos, su Evangelio y vivir alejado de todo ello es una paradoja. Ser cristiano es ser discípulo de Jesús, es decir, su embajador en el mundo. Viéndonos tantas veces actuar no sorprende que la gente se cree una opinión tan limitada de la religión que representamos.
Nadie es perfecto, ni siquiera el que sigue genuinamente a Jesucristo. Las faltas y las caídas personales no desacreditan al cristiano. Es la fe sin obras lo que mata el cristianismo. Uno puede creer en Dios pero esa creencia se debe corresponder con obras, estar atento a Su voluntad, luchar por vivir y cumplir hasta las últimas consecuencias los mandamientos, especialmente el mandamiento del amor, sin importar el costo personal, las consecuencias y los obstáculos que aparezcan en el camino.
Pero hay algo que olvidamos con frecuencia. Un cristiano lo es cuando, con el corazón abierto en la oración, uno es capaz de reconocer sus imperfecciones y acepta su pecaminosidad. ¿Acaso no dijo Jesús que no son los sanos los que tienen necesidad de médico sino los enfermos y que no ha venido a llamar a justos, sino a pecadores? En este sentido, ser cristiano implica mirar en lo más profundo del corazón y reconocer la propia imperfección para saber lo que uno es y no lo que quiere ser. El crecimiento interior es un proceso que exige una vida de perfección interior.
Como cristiano aunque trate de seguir las huellas de un Dios perfecto me equivoco con frecuencia, tengo flaquezas, imperfecciones, tomo decisiones equivocadas, cometo errores que provocan mucho dolor, juzgo implacablemente, caigo en la misma piedra, me dejo vencer por la tentación, pervierto los valores que me han enseñado, tejemanejeo con mis intereses personales… porque mi naturaleza es volátil. Como hay tantas roturas en el corazón rechazo el camino perfecto que propone Dios. Pero a Dios le gusta trabajar con gentes con roturas, dispuestas a reconocer sus problemas y que su corazón debe ser reparado. Un cristiano es como una vasija de barro que puede ser transformada por el poder sanador y reparador del Espíritu Santo.
«Una hipocresía» y «alejado de la realidad». En mi anhelo por ser buen cristiano no quiero aparentar solo tener fe porque mi vida de fe sin obras es como una higuera seca, muerta por ser incapaz de dar frutos, que aparenta lo que no es, que se engaña a sí misma y que engaña a los demás.

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¡Señor, no permitas que mi vida quede enmascarada por la mediocridad, que sea capaz de reconocer siempre mis imperfecciones y crecer conforme a la verdad! ¡Ayúdame a moldear mi carácter, a asumir mis debilidades, a cambiar lo que anida en mi corazón y dejarme transformar por tu Santo Espíritu! ¡Concédeme la gracia de ser testimonio de tu verdad, un auténtico embajador de Tu Reino! ¡Que cuando los demás me vean actuar piensen que soy un cristiano veraz! ¡Que nada me detenga, Señor, en esta tarea, que no me amedrente ni el qué dirán, ni el abandono de los demás ni los obstáculos que se vayan presentando en el camino! ¡Envía, Señor, tu Espíritu sobre mi para que me otorgue la fortaleza de afrontar la vida con plenitud, para mirar en lo más íntimo de corazón y tenga la valentía de cambiarlo por amor a ti y por mi propio bien! ¡Ayúdame a hacer siempre la voluntad de Dios! ¡Que esta vasija frágil que soy, Señor, esté siempre moldeada por tus manos amorosas y tiernas para que nadie pueda decir nunca que vivo en la hipocresía o alejado de la realidad!

¿Por qué quiero ser discípulo de Jesús?

Con la lectura de las páginas del Evangelio se hace difícil olvidar que Jesús siempre es el primero en hacer lo que predica. No solo indica el camino, lo toma prestado.
Jesús, desde el primer día de su vida pública, se pone en camino hacia Jerusalén, donde beberá una copa amarga y recibirá el bautismo en la muerte. Solo Él salva para siempre al mundo por su Pasión y por su muerte; a cambio, nos pide a sus discípulos —todos somos sus alumnos en el camino de la vida— que lo sigamos por la senda del servicio y la vida que Él ofrece para Dios y para los hombres.
Jesús ofrece su vida como un sacrificio por la salvación de todos. Con esto comprendes que como discípulo suyo si deseas obtener un lugar en la luz cerca de Dios tienes que caminar junto a tu Maestro y Señor.
Este es el lugar del discípulo: entrar en un proceso de aprendizaje permanente para vivir la misma vida que Él vivió. La vida de Cristo no es más que la perfecta expresión de la voluntad de Dios.
Y me pregunto: ¿Por qué quiero ser discípulo de Jesús? Por que quiero sentirme cerca de Él, por que quiero compartir su historia de amor, porque no me atemoriza arriesgarme a vivir lo que Él vivió, porque me gusta el reto de ser enviado a predicar y testimoniar con mi vida, mis gestos y mis palabras que soy su seguidor, porque me agrada compartir mi camino con otros discípulos suyos, porque deseo permanecer en Él, hacer de Él mi hogar de modo que todo lo mío habite en Cristo, incluso lo más profundo de mi interior Quiero ser su discípulo porque anhelo que Su Palabra sea parte de mi ser, que permanezca siempre en mí, que se convierta en el alimento que da sentido a mi vida cristiana, porque deseo recibirlo cada día en la Eucaristía, porque quiero ver el mundo desde la mirada de Jesús, porque quiero dar fruto, ser luz y sal, semilla que germina. Quiero ser su discípulo porque quiero practicar la justicia, ser transmisor de paz y de concordia, porque quiero ser misericordioso y compasivo con los demás, porque anhelo caminar con humildad ante Dios, mi Padre Creador, porque quiero imponer en el mundo la fuerza del amor, porque quiero derrocar la soberbia que impera en el mundo y en mi corazón y dar cabida a la humildad, porque quiero servir y no ser servido, porque quiero proponer a mi entorno la verdad del Evangelio sin imponer sino como mi ejemplo de vida, a veces tan poco edificante pero que trata de mejorar con la fuerza del Espíritu Santo. Y sobre todo, porque quiero un mundo libre, alegre, feliz, abierto, solidario, servicial, acogedor, esperanzado, misericordioso y en paz. ¡Y este es el mundo que me ofrece Jesús!

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¡Señor, quiero ser tu discípulo fiel! ¡Quiero llevar el Amor de Dios a todos los rincones del mundo! ¡Quiero tomar mi cruz y seguirte! ¡Quiero, Señor, permanecer fiel a tus enseñanzas! ¡Quiero aprender de tu Palabra, ponerla en práctica, estudiarla, amarla y compartirla! ¡Quiero, Señor, amar como amabas tu! ¡Quiero amar a mi familia, a mis amigos, a mis compañeros de trabajo y, sobre todo, a quienes me quieren mal! ¡Quiero, Señor, dar fruto! ¡Quiero arrepentirme por todo lo que he hecho mal porque quiero dar testimonio de la verdad! ¡Quiero que mi vida esté guiada por el Espíritu Santo! ¡Deseo, Señor, ganar almas para Ti! ¡Quiero, Señor, otorgarte a Ti el primer lugar de mi vida! ¡Deseo, Señor, que Tu te conviertas en mi primera prioridad, que ocupes todo el espacio de mi corazón para luego poder darme a los demás! ¡Quiero, Señor, honrarte como el Señor de mi vida! ¡Quiero, Señor, morir al pecado! ¡Deseo, Señor, morir al mundo y a sus corrupciones! ¡Deseo, Señor, morir a las pasiones y los deseos mundanos! ¡Deseo, Señor, despejar de mi corazón aquello que me aleja de Ti! ¡Señir, vivir comprometido contigo! ¡Concédeme la gracia, Señor, de vivir de manera humilde, apartar el orgullo y la soberbia de mi corazón! ¡Gracias, Señor, por tu amor y tu misericordia! ¡Te amo, Señor, más que a mi propia vida!

¿Qué promesa se cumple en Pentecostés?

¿Qué promesa se cumple en el día de Pentecostés? La promesa de Jesús realizada el día de la Ascensión a los apóstoles de que recibirán una fuerza, la del Espíritu Santo, que descenderá sobre ellos para convertirlos en sus testigos llevándole a Él hasta el último confín de la tierra.
Esta fuerza del Espíritu se manifiesta en sus efectos: las maravillas de Dios son proclamadas y escuchadas por todos. El Espíritu construye así la Iglesia naciente como un lugar donde damos a conocer a Dios. Es esta figura eclesial de comunión, concordia y comunicación la que nos trae el Espíritu Santo.
Los discípulos no guardamos para sí el regalo recibido: cada uno llevamos en nuestra vida el símbolo de la predicación apostólica. El don del Espíritu nos es comunicado a cada uno como a los discípulos en el día de Pentecostés. Este don del Espíritu nos es dado para comunicarlo. La Iglesia es verdaderamente apostólica como cantamos en el Credo: se basa en el testimonio de los Apóstoles. Cada uno de nosotros, en el lugar específico que ocupa como miembro del cuerpo de la Iglesia, está llamado a ser apóstol, a testificar la obra de Dios en su vida, con palabras y obras. Es ser testigos de Cristo hasta lo último confín de la tierra.
Esta fiesta de Pentecostés nos lleva a un comienzo siempre nuevo. Estamos en este mundo para contar las maravillas de Dios. Cuando recibimos el don del Espíritu formamos un solo cuerpo con Cristo porque somos frutos de la cosecha del Reino. Llevar el mensaje de salvación hasta los confines de la tierra implica llevarlo a los que no conocen a Cristo, a los que tienen una fe tibia, a los que están alejados de la Iglesia, a los que creían pero se han abandonado de la fe, a los que se encuentran en la oscuridad y en sombra de muerte… todos ellos y muchos más tienen el derecho de recibir el Evangelio.
El día de Pentecostés, el Espíritu Santo descendió sobre María y los discípulos y permaneció con ellos para siempre. Lo hace hoy también individualmente con cada uno de nosotros como lo hizo el día de nuestro bautismo, para hacernos a la vida de Dios. Las aguas transparentes de nuestro bautismo estaban bendecidas por la gracia de Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo, que quieren darnos su vida eterna. Pero las aguas de nuestro bautismo pueden convertirse en aguas estancadas, las de la rutina y el olvido de Dios, o incluso estar cubiertas de aguas fangosas, la de la mediocridad y el pecado.
Hoy es un día propicio para pedirle al Espíritu Santo que venga y agite las aguas de nuestro bautismo para renovar en el corazón la vida de Dios que recibimos cuando fuimos bautizados. Ningún obstáculo puede detener la obra de Dios porque como seguidores suyos hoy el don del Espíritu Santo viene a nosotros.
Hoy Jesús Resucitado se nos manifiesta, se hace presente en medio de nosotros y nos concede el don de su Espíritu para mantener vivo y activo el recuerdo de su presencia. Hoy, Jesús derrama sobre nosotros su Espíritu en un nuevo Pentecostés y solo por esto es un día de inmensa alegría, bendición, alabanza y motivación para la acción.

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¡Ven, Espíritu Santo, a mi corazón con tu fuerza invencible! ¡Ven, Espíritu de Dios, y derrota mis miedos y mis resistencias! ¡Ven, Espíritu de vida, gobierna mi corazón y hazlo siempre dócil a Cristo! ¡Ven, Espíritu Santo, para que la experiencia de recibirte en mi corazón no se convierta en una experiencia al margen del mundo ni de lo cotidiano sino que sea como una zarza ardiendo que de luz a mi vida! ¡Ven, Espíritu Santo, para hacer viva en mi corazón la experiencia de la Resurrección de Jesús y la experiencia de tu presencia! ¡Ven, Espíritu de paz, para hacer de mi corazón un templo para Dios! ¡Te doy gracias, Espíritu Santo, porque nos concedes una pluralidad de dones que van desde la propia existencia hasta las riquezas personales que cada uno atesora! ¡Gracias, Espíritu Santo, porque vives en mi! ¡Gracias, Espíritu Santo, porque sostienes mi vida, la actualizas, la renuevas, la purificas, la vivificas y la purificas! ¡Gracias, Espíritu Santo, porque mueves todas las cosas, porque eres el alma de los pequeños gestos que nos unen, que nos llevan a servir, amar, ser generosos y entregados, y que nos llevas a vivir como hermanos! ¡Gracias, Espíritu Santo, porque me otorgas la libertad para vivir y seguir la voluntad de Dios!  ¡Ayúdame, Espíritu Santo, a amar a Dios, a darle gracias, a bendecirle y alabarle! ¡Ayúdame, Espíritu Santo, a serte siempre dócil! ¡Ayúdame, Espíritu Santo, a ser un auténtico discípulo de Cristo, a ser un corazón abierto al mundo, a ir más allá de los muros del egoísmo y de la soberbia! ¡Ayúdame, Espíritu Santo, a ser como los ojos de Cristo, las manos de Cristo, el corazón de Cristo! ¡Ayúdame, Espíritu Santo, a ser experiencia de tu presencia, luz que emana de la Luz, amor que mana del Amor, entrega que mana de la misericordia! ¡Ven, Espíritu Santo, llena mi corazón con el fuego de tu amor!

Jaculatoria a la Virgen en el mes de mayo: ¡María, ayúdanos a ser dóciles a la llamada del Espíritu como hiciste Tu en Belén!

Un hermoso canto para Pentecostés:

Ser perfume de Cristo

En un día como hoy Jesús regresa a Betania, «la casa de los pobres», el lugar donde vivían Marta, María y Lázaro, sus amigos amados, el lugar donde su corazón descansaba en paz.
En esta casa, como en mi propio corazón, se da la bienvenida a Jesús. La atmósfera es la misma que se respirará en el Cenáculo con el corazón abierto al amor.
María ha estado sentada a los pies del Maestro, se arrodilla ante Él y derrama sobre sus pies un valioso perfume de nardo. Realiza un acto abrumador, magnánimo, de absoluto respeto; no solo el aroma de aquella fragancia llenó la casa sino que nos invita a que nuestras propias vidas sean tan suaves, preciosas y delicadas como este precioso ungüento vertido a los pies de Cristo.
El momento es de una profunda intensidad. Jesús es consciente de que va a ir al Padre y, desde este momento, cada uno de sus actos va a tener una particular solemnidad prefigurando su Pasión, su muerte y su sepultura.
Un tiempo después de este detalle de María, que anticipa al embalsamamiento del cuerpo de Cristo, Jesús se postrará a los pies de sus discípulos y les lavará los pies en un acto análogo de amor y de humildad.
El misterio de la salvación radica en si soy capaz de aceptar su amor incondicional y permitirle que me abrace por completo. ¿Deseo realmente dar la bienvenida al abrazo del amor divino, acompañar el alma de Jesús, con un «sí» seguro, libre y liberador? ¿Estoy dispuesto a seguirle donde quiera que vaya, en cualquier circunstancia y situación? ¡Estoy dispuesto a ser la fragancia de Cristo al servicio de Dios, un recordatorio de su persona para los demás?
Este lunes santo es una invitación a convertirme en «el buen olor de Cristo», para darle a mi vida la fuerza del amor y la ofrenda más generosa que un perfume valioso, recibiendo en mi vida a Cristo que se extiende como un perfume que impregna todo mi ser.
Hoy lunes santo quiero ser como María, postrado a los pies de Jesús, a los pies del hombre, a los pies de Dios, para descansar sobre Él todo mi amor sin cálculos en mi entrega y permitir que Jesús se arrodille también ante mi por amor y lave mis pies cansados, polvorientos por las manchas de mis faltas y manchados por el barro del pecado. Y atender lo que el Altísimo, que se convierte en Siervo para testimoniar el mandamiento del amor, dirigirá a mi corazón: «Lo que hice por ti, hazlo también por los demás».

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¡Señor, que al caminar contigo deje una fragancia agradable en los demás que te lleven a Ti! ¡Haz, Espíritu Santo, que mi vida sea un olor que atraiga a las personas hacia Dios! ¡Ayúdame a ser el dulce aroma de Cristo para los demás! ¡Que el perfume de mi vida, Señor, lo derrame hasta la última gota en símbolo de mi fe hacia Ti y me total entrega a tu voluntad! ¡Que cada una de mis palabras, sentimientos, gestos y actitudes lo inundan todo con la fragancia de Dios! ¡Que mi testimonio, en este mundo tan envuelto en la inmundicia del pecado, refleje siempre las gracias y el amor que tu mostraste! ¡Concédeme la gracia del servicio para dar y no para recibir! ¡Permíteme ser la fragancia de tu Evangelio para que otros lo lean, ser catecismo para que otros conozcan tu verdad en la Iglesia, ser Iglesia para que otros te encuentren! ¡Te pido sobre todo, Señor, que elimines de mi vida aquello que te resulta desagradable y me bañes con la frescura de tu fragancia porque lo único que deseo es serte agradable a ti y ser agradable a los demás! ¡Ayúdame, Señor, por medio de tu Santo Espíritu a limpiar mi corazón para que descansando en él solo veas mi belleza interior! ¡Gracias, Señor, por lo mucho que has hecho y haces por mi!

Como un perfume a tus pies cantamos hoy con Marcela Gandara:

Tomar a María como modelo

Primer sábado de marzo con María en el corazón. Se prepara la Virgen interiormente para avanzar hacia el Calvario. Sabe lo que le sucederá a Jesús. Está en comunión con Él, antes de la Pasión y a los pies de la Cruz.
Y Jesús, cuando está presto para dar a luz a la Iglesia que brota del amor de su corazón traspasado, asocia a María con este nacimiento otorgándole el título de Madre, título que se asocia a cada uno de nosotros en el poder de Espíritu Santo.
En esta Cuaresma, como discípulo amado que soy —porque el amor de Cristo es desbordante sobre cada persona, sea cual sea su condición—, llevo a María a mi hogar para hacer fecunda gracia que el Señor desea para cada uno de nosotros.
En este día mi oración es para dar frutos. Para tomar de nuevo a María como mi modelo que es lo mismo que aceptar ese corazón abierto a la compasión, al amor y a la misericordia. Tomar a María como modelo para amar al que sufre, al que está solo, al que tiene dificultades, al que me ha hecho daño, al que sufre de cuerpo y de alma… Para dar testimonio de esa fe que me anima, para mostrar en mi mirada la serenidad del que se siente confiado en Dios pese a las dificultades,  del que sabe que al final de la noche surge el sol de Pascua, del que avanza por la vida con la dignidad de sentirse hijo de Dios pese a sus altibajos, del que se siente peregrino y sigue adelante a pesar de las cruces que carga.
La vida es más sencilla cogido de la mano de María. Con el Calvario y en la mañana de Pascua, Ella permanece en la sombra pero está presente; como en la noche de la Ascensión, que se encontraba en oración, rodeada de los primeros discípulos; Ella, que todo lo interiorizaba, también se preparó para su nueva misión: ser la madre de todos los que se convertirán en hijos de Dios y miembros del cuerpo místico de su Hijo.
Y aquella mañana de Pentecostés sentirá la luz poderosa del Espíritu Santo —que ya había experimentado en tantos momentos de su vida— para darle el impulso a su misión.
Cuando llevas en el corazón a María, te la llevas a casa, te estás asociando directamente a la misión que emana del poder del Espíritu Santo para ser testigo de Cristo en tu familia, en tu entorno laboral, entre tus amigos, en tu comunidad parroquial, en todos los ámbitos de tu vida.
¡Que sencilla es la vida cuando está uno siente en ella la amorosa presencia y la compañía de María cuyo ejemplo y oración te arraigan en el amor, en la esperanza, en la fidelidad y en la confianza!

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¡María, se llena mi corazón de amor por tu presencia en mi vida! ¡Te doy gracias, Madre, por todos los bienes que recibo de tu santísima mano! ¡En el momento de tomar decisiones ayúdame, María, a meditarlo todo en el corazón y cuando venga de Dios dar el mismo sí que diste tú el día de la Anunciación! ¡Cuando lleguen, María, los momentos de dificultad y no salgan las cosas como las tenga previstas pon en mi corazón la paciencia necesaria para sobrellevar la situación! ¡Antes de juzgar, de herir con la palabra, de criticar, de no hablar bien dame, María, la palabra humilde y generosa! ¡Cuando el sufrimiento se haga presente en mi vida, Tu que estuviste presente en el Gólgota, concédeme la gracia de permanecer a los pies de la cruz! ¡Cuando me llegue la hora de esperar que se cumplan los planes de Dios, Tú que estuviste en oración esperando en el cenáculo, inspírame mi manera de actuar! ¡Haz, María, que cada día de mi vida sea como la tuya, una vida de servicio, de entrega, de generosidad y de humildad, en la que siempre quepa una sonrisa, una palabra de aliento, un consejo amable, un compañía alegre! ¡Haz que mi corazón lata al unísono con el de Tu Hijo! ¡Ayúdame a acoger siempre la Palabra de Dios y cumplirla, a caminar la senda que me conduce a Jesús y a peregrinar de tu mano hacia la configuración plena con Jesús!

Escuchamos hoy el motete Virga Jesse, WAB 52  del compositor Anton Bruckner con textos del profeta Isaías:

Cerca de Cristo en la Escritura

Le comento a un conocido que si desea conocer a Jesús y las circunstancias que rodearon su vida que lea el Evangelio. Cuando profundice en sus páginas conocerá a Cristo. Y podrá amarlo. Y en ese encuentro personal podrá sentir su corazón, sus miradas, su amor, su generosidad, sus virtudes, su perdón, su belleza, su misericordia, su voluntad, su manera de orar, su poder, su trato con los hombres… todo está resumido en las páginas del Nuevo Testamento. Así que si uno no conoce en profundidad las Escrituras difícilmente puede conocer a Jesús. No se puede penetrar en el sentido vivificador de los milagros de Cristo, de sus mensajes y de su propio misterio y sacar fruto de todo ello si no se busca una unión íntima y estrecha con Él. No se puede ser discípulo eficaz de Cristo sin un conocimiento profundo de su vida.
Las páginas del NT no son como me decía esta persona «una novela de hechos inverosímiles difíciles de creer» porque son inspiración del Espíritu Santo; son el compendio vivo de las enseñanzas de la vida terrena del Hijo de Dios. En cada párrafo de estas páginas sagrada habla el mismo Cristo; así con ellas y desde ellas uno puede hacer oración. Con su lectura uno puede acercarse a su Sagrado Corazón. Profundizando en ellas recibe la luz que ilumina el camino a seguir.
Cuando conoces las escrituras conoces a Cristo y entras en el misterio de su Verdad. Nadie que contemple con fe la verdad revelada puede dejar de vivir en gracia. Cada palabra, cada párrafo y cada página del Evangelio son un modelo de contemplación que nos permite aplicar sus enseñanzas en la vida concreta de cada día.
La pregunta que me surge hoy: ¿En qué medida amo las Escrituras y aplico en mi vida cotidiana la singularidad de sus enseñanzas? ¿Soy consciente de que Cristo se hace presente también en mí en la lectura consciente, sosegada y profunda de las textos sagrados? Porque si no es así algo falla en mi encuentro con el Señor.

Open bible with rosary beads on wooden table

¡Señor, el salmo canta de manera hermosa aquello de que meditaré tus leyes y tendré en cuenta tus caminos, por eso quiero centrar toda mi vida en Ti para seguir tus sendas! ¡En las Escrituras Tu me hablas directamente al corazón por eso te pido que me hagas entender tu camino y tus enseñanzas; concédeme la gracia de saber lo que quieres de mí, lo que me apuntas en cada lectura! ¡Espíritu Santo dame la sabiduría para entender lo que Jesús me comunica a través de Su Palabra! ¡Hazme ser uno contigo, un personaje más de tus Evangelios, Señor, y hazme entender todo lo que brota de tu corazón, de tus palabras, de tu mirada y de tus gestos! ¡Hazme ver también, Señor, todo lo que haces en mi vida; como me has salvado tantas veces, todas las oportunidades que me ofrecen, todas las buenas nuevas que me traes, todo lo que he aprendido de tí y de los demás! ¡Quisiera, Señor, meditar bien cada pasaje para entender y recordar quien eres para mí, para que mi corazón se incline hacia Ti para adorarte! ¡Espíritu Santo de Dios, concédeme la gracia de elevar mi mirada hacia ese Cristo salvador que es dechado de virtudes! ¡No permitas que mi corazón, soberbio y egoísta, se deleite más que en la Palabra de Cristo y haz que le dé siempre el enfoque correcto para crecer humana y espiritualmente! ¡Ayúdame a seguir las enseñanzas de Cristo y hacer conforme a lo que está escrito! ¡Dame la fuerza espiritual para seguir a Jesús con todas las consecuencias, para obedecerle siempre, para abandonar mis pecados y mis faltas y dame la gracia de caminar cada día como auténtico seguidor de Cristo!

Hoy celebramos la advocación de la Virgen del Pilar. María es la columna que sostiene nuestra vida cotidiana y a la vez el pilar que une la tierra con las puertas del cielo. A Ella nos encomendamos hoy para que solidifique nuestra vida y nos convierta en columnas de la Iglesia de Cristo.

Escuchamos hoy el Himno a la Virgen del Pilar:

os en su esfuerzo por edificar el reino de Dios.

¡Tienes que nacer de nuevo!

«Tenéis que nacer de nuevo». Estas palabras que salen de los labios de Jesús tocan profundamente mi corazón. Pero… ¿cómo es posible nacer de nuevo? Profundizas en tu vida, en tus actos, en la manera en que te relacionas con los demás, lo que sientes y como te comportas y comprendes que muchos de tus criterios están dirigidos por un corazón viejo. Cada día es necesaria una transformación interior. ¡Con cuánta frecuencia vivo según los criterios del mundo y no según los criterios de Dios!
¿Y cómo puedo saber si mis criterios son parte del hombre viejo que transita por la vida? Con un profundo examen interior, analizando si detrás de todas las decisiones de mi vida —las más sencillas y las más grandes— están impregnadas de la voluntad de Dios.
Existe un abismo profundo entre esos valores en los que creemos y lo que realmente mueve nuestra vida tan condicionada por el qué dirán, por lo que pensarán de mi, por mis propios intereses y comodidades, por la ambición por tener o poseer, por no perder el prestigio social…
Ser cristiano es vivir como Cristo vivió; es hacer y actuar como Él hizo y actuó; es evitar lo que Él evitó. Ser cristiano es un camino vital. Es ser discípulo verdadero de Cristo, intentar vivir según su ejemplo y su Evangelio. ¡Y tantas veces mi vida se aleja de esta realidad! Cuando esto sucede dejo de ser luz del Evangelio porque mis actos, mis palabras, mis sentimientos y mis pensamientos se alejan de los criterios de Jesús.
«Tenéis que nacer de nuevo». Esta invitación de Jesús es para vivir cada día renovado interiormente, guiado por el Espíritu. Vivir según el Espíritu. Descansar en el Espíritu. Dejarse renovar por el Espíritu. Buscar la voluntad de Dios desde la inspiración del Espíritu. Aprender a morir mi yo desde la gracia del Espíritu. Alejarse de mis autosuficiencias con la sabiduría del Espíritu.
«Tenéis que nacer de nuevo». Esta exhortación de Jesús implica que si me considero seguidor suyo debo tratar de parecerme cada día a Él, en mi manera de pensar y de vivir para ser diferente a como era antes. Y este proceso no es trabajo de un día; es el trabajo de toda una vida para, guiado por el Espíritu, «despojarme del viejo hombre», «revestirme de Cristo» y convertirse en un hombre nuevo.

orar con el corazon abierto

¡Creo en Ti, Señor, y te acepto en lo más profundo de mi corazón! ¡Quiero ser un fiel seguidor tuyo, apóstol del amor, la verdad, la esperanza y la caridad! ¡Quiero ser un cristiano auténtico, imitador activo tuyo, Señor, que has entregado tu vida por mi redención! ¡Anhelo revestirme de Ti, vivir como viviste Tu, Jesús! ¡Quiero, Señor, volver mi corazón al tuyo y creer en todo lo que has hecho por mí! ¡Quiero luchar cada día contras esas faltas y ese pecado que me aleja de Ti, Señor, para parecerme cada día más a Ti! ¡Quiero ser heredero del reino, Señor, y necesito de tu Santo Espíritu para transformar mi corazón! ¡Quiero ser santo, Señor, anhelo serlo de corazón! ¡Concédeme, Señor, la gracia de nacer de nuevo, de vivir de acuerdo con tu ejemplo! ¡Ayúdame, por medio del Espíritu Santo, a encontrarme contigo cada día para ser testimonio de luz en el mundo! ¡Mírame con ternura, Señor y envía tu Espíritu sobre mí, porque soy débil y frágil! ¡Señor, quiero nacer de nuevo y ponerme manos a la obra para, siguiendo el soplo del Espíritu, seguirte en cada momento! ¡Espíritu Santo renuévame, transfórmame, vivifícame, límpiame, sálvame!

Cantamos hoy al Espíritu para que nos vivifique:

Peregrino de la fe, el amor y la esperanza

Celebramos hoy la solemnidad de Santiago Apóstol, patrono de España y de muchas ciudades de América. Santiago el Mayor, discípulo de Jesús, hermano de san Juan Evangelista, hijo de pescadores, misionero en la Hispania romana, asentado en Compostela y primer apóstol mártir tras ser decapitado por Herodes a su regreso a Jerusalén en el año 44. Un personaje de los Evangelios tan lejano en el tiempo como cercano en su espíritu. ¿Qué impronta me deja en mi corazón la figura del santo compostelano?
Primero, aprender a renunciar a lo material que tanto cuesta en el mundo de hoy; él dejó las redes aparcadas en el lago Genesaret para seguir a Cristo, renunció a sus comodidades y se dispuso a acompañar al Señor con la mayor de las generosidades. También muestra el camino para vivir como discípulo de Jesús haciendo de la vida un servicio, a ser testigo de su verdad, dejando atrás todas mis actitudes autocomplacientes y egoístas —su madre pidió para él que se sentase a su derecha o su izquierda en el reino de los cielos—, testimoniando la Cruz en los momentos de tribulación y de fracaso pero también de alegría y felicidad.
La actitud de este discípulo impetuoso e intrépido invita a ser valiente en las convicciones, generoso en la entrega y en la disponibilidad para ser capaz de dar la vida como hizo el mismo Cristo y a transformar la debilidad humana en fortaleza porque parafraseando al apóstol Pablo llevo el tesoro en recipientes de barro para que se vea bien que este poder extraordinario no procede de mi, sino de Dios. Me recuerda que nuestra sociedad y nuestra civilización tienen unos valores cristianos que hay que defender, que las raíces cristianas de nuestra vida se cimientan sobre el amor y que debo alzar la voz para preservarlas ante aquellos que las quieren destruir.
Que estoy llamado a la nueva evangelización, a la construcción de un mundo que tenga como pilar la fe apostólica. Hoy, más que nunca, se hacen realidad aquellas palabras de san Juan Pablo II, exhortando a Europa «a ser tu misma, a descubrir sus orígenes y avivar sus raíces». Soy un peregrino cristiano. Mi camino no se detiene nunca. Nace por una meta que tiene como fin la eternidad. El camino es símbolo de la vida cristiana, de la vida espiritual y humana del creyente. Caminar es no cesar de buscar a Dios en la realidad de la vida. La experiencia de la peregrinación es dar certeza a la fe, claridad a la vida, esperanza a la renovación de la existencia. Ponerse en camino es peregrinar individualmente confiando en la figura de Dios que te asiste, en la persona de Cristo que te acompaña y en la esencia del Espíritu Santo que te guía. Peregrinar es dejar las comodidades, lo superfluo de las cosas y poner encima de todo la esencia de lo que eres. ¿Que sentido tiene para mi vida poseerlo todo si perdido yo mismo no me encuentro con Dios?
En esta fiesta quiero convertirme como el apóstol Santiago en auténtico servidor de Cristo, dar mi vida para dar vida. Aprender a darme cada día en mi camino de fe, de amor, de servicio y de esperanza.

orar con el corazon abierto

¡Jesús mío, tengo en el ejemplo de Santiago apóstol un ejemplo hermoso de seguimiento de tu persona; ayúdame a cumplir tu voluntad! ¡Como Santiago mi compromiso cristiano es amar, y amando servir, sirviendo para testimoniar porque Tu viniste para servir y no ser servido! ¡Señor no es sencillo vivir el cristianismo en el mundo pues la sociedad está cada vez más secularizada, con más crisis de identidad, como mas reacciones ante la verdad de la fe, ayudarme como hizo Santiago Apóstol a permanecer en Ti, a proclamar tu mandamiento del amor, a proclamar la fe viva de Tu Reino, a anunciar las verdades del Evangelio, a obedecer a Dios antes que los hombres, a no tener miedo a la persecución y la crítica porque el tesoro que eres Tú lo conservo en vasija de barro! ¡Te pido en este día, Señor, por todos los cristianos de las diócesis de España y del mundo para que entre nosotros haya respeto y amor, comprensión y ayuda, superación de identidades y que sepamos trabajar unidos para llevar el corazón de la Iglesia a la realidad de nuestro mundo! ¡Te pido que me hagas peregrino de la fe para ir al encuentro del prójimo, testigo de tu amor, señuelo de caridad, testimonio de vida cristiana, constructor de fe! ¡Ayúdame a caminar siempre a tu lado, a dar forma a mi vida cristiana, a peregrinar para cruzar el pórtico de la gloria de mi vida en una plena renovación interior con Dios y en Dios! ¡Ayúdame a no quedarme en la cuenta del camino, que mi experiencia de fe sea en el camino de cada día, que no me deje vencer por las rutinas de lo cotidiano, en los cansancios del alma, en las diferencias con el prójimo! ¡Ayúdame a encontrarte cada día en lo más íntimo y personal de la vida! ¡Y a Ti, Santiago Apóstol, amigo y testigo de Jesús, te encomiendo mi vida y el fruto espiritual de mi peregrinación cotidiana; anima mi fe, alienta mi esperanza y despierta mi caridad para ser capaz de vivir como peregrino de la fe y testigo de Jesucristo resucitado!

La obra que hoy presento es anónima, es un pequeña joya del Códice Calixtino que se conserva en la catedral de Santiago de Compostela. Encargo del papa Calixto la pieza que escuchamos es el himno de peregrinación Dum Pater Familias propuesto para que los peregrinos lo contasen para pedir protección en el camino al santo apóstol:

Simbología de la cruz

De tantas veces que hacemos a lo largo del día la señal de la cruz podemos acabar convirtiéndola en un gesto mecánico, en un ritual rutinario, en algo meramente simbólico. Además, la cruz puede perder toda su esencia cuando la convertimos en un mero objeto de adorno, como complemento de nuestro vestir en forma de pendiente, anillo o collarín, una forma estética más de estar a la moda pero que no indica, en realidad, la fe auténtica que profesamos. Muchos que la llevan encima, además, no pueden explicar lo que implica para ellos esa cruz signo de perdón y redención y desconocen que es el objeto más preciado de amor, entrega, generosidad y fidelidad.
Cuando mis ojos se fijan en una cruz que tengo en casa me invita a pronunciar esta jaculatoria: “Señor, que no me acostumbre a verte crucificado”; la repito también cuando paso frente a una iglesia, la veo en alguna estancia de un hospital, en la encrucijada de un camino rural, en algún dormitorio… Lamentablemente, hay una desaparición progresiva de la cruz en nuestros entornos. Desaparece de la sociedad pero también del corazón del ser humano que menosprecia a un hombre clavado de un madero.
Hago la señal de la cruz varias veces al día. Me reconforta. Al levantarme. Al salir de casa. Al comenzar y finalizar la Eucaristía. Al bendecir la mesa. Al acostarme. Es un gesto que me da paz, consuelo y alegría. Me hace sentirme unido a Cristo, me hace gloriarme en el Señor, que me salva por su muerte en la Cruz. Con este gesto me consagro a Él y el me bendice con su amor y su misericordia.
Pero esta Cruz es algo más profundo. Más personal. Más íntimo. Indica una forma de vida. Un estilo de vida. Una manera de entender la vida. Esta señal de la Cruz repetida quiere ser un compromiso: me muestra quien soy y cuál es mi dignidad. Me guía el camino. Me hace hermano de Cristo. Me hace discípulo suyo. Me muestra la senda del amor. Me predispone a mi destino eterno. Me marca con el sello de la humildad porque no hay frase más categórica para aparcar el orgullo que esa que exclama: “si alguien quiere venir en pos de mi, niéguese a sí mismo, cargue con su cruz y sígame”.
Cada miércoles en la Adoración al Santísimo y cada viernes en el Via Crucis en algún momento entono aquello tan alegre de “victoria, tú reinarás, oh Cruz, tú nos salvarás”. ¡Que sencillo es cantarlo y qué difícil es aceptarlo y ponerlo en práctica!
Sí, en estos días de camino hacia la Pascua quiero sentirme más unido a la Cruz de Cristo. Reconocer su esencia, comprender su verdad. No quiero que se convierta para mí en un símbolo sin contenido. Quiero que sea verdaderamente el signo distintivo de mi fe, de mi reconciliación con Dios, el instrumento que me sostiene, la guía que me dirige, el símbolo que me identifica con el que sufre… Quiero ver en la cruz el trono victorioso donde se sienta Cristo sufriendo por mi y por la humanidad entera. Quiero ver en la cruz la garantía de la victoria sobre el pecado. Quiero reconocer toda su verdad.
Beso la cruz y hago la señal de la Cruz. Con estos dos gestos me resulta más sencillo ofrecer mi vida entera no sólo aquello que me provoca sufrimiento, incertidumbre o dolor y verla como un lugar de purificación, exaltación y glorificación. La Cruz me dignifica. Por eso amo la Cruz.

orar con el corazon abierto

¡Señor, soy consciente de que en mi vida hay y surgirán numerosas cruces y te pido que me ayudes asumirlas con alegría! ¡Señor, son muchas las veces que las cruces son sobrevenidas por las envidias, las calumnias, las soledades no buscadas, los fracasos… pero no pretendo evitarlas sino que quiero que tú me ayudes a ir asumiéndolas cada día! ¡Señor, en mi vida también se presentan muchas cruces que me tienen atrapado en el qué dirán, en la búsqueda por el reconocimiento de los demás, la comodidad, la seguridad económica… ayúdame a no escapar de estas cruces porque me alejan de ti! ¡Señor, me cuesta también llevar las cruces de la enfermedad, de la toma decisiones difíciles, de los pasos que llegado de manera equivocada, de los fracasos que cuestan asumir, de las encrucijadas a la que tengo que enfrentarte, y los compromisos, de los golpes que no esperas… haz señor que sea capaz de contemplar estas cruces con una mirada de amor y que sepa llevarlas junto a ti! ¡Señor, que las cruces por los esfuerzos que no dan resultado, de la sequedad en la oración, en los vacíos de la vida, en el tener que aguantar cosas que no te gustan de unos y de otros y que te duele, de los sufrimientos por las cosas que te disgustan y que ves a tu alrededor… hazme ver estas cruces como algo que me ayuda a crecer y a bajar de mi yo! ¡Señor, que la sencilla cruz de madera que llevo en el pecho no sea un mero adorno en mi vida, sino que tenga un significado de compromiso y que cuando vea tantas cruces en otros muchas veces meramente por adorno ayúdame a pedir por su conversión! ¡Y dame a mi también una fe firme que no se desvanezca nunca!

O Crux ave spes unica, un profundo himno de vigilia para este tiempo de Cuaresma: