Educarse en la libertad

Tercer sábado de diciembre con María, Señora del Adviento, en el corazón. El tiempo de Adviento es un tiempo muy mariano. Es Ella la que lleva en su seno al Niño Dios. Es gracias a su entrega absoluta que María se convierten en la liberadora del ser humano. Su «hágase» humilde y entregado a la voluntad del Padre tuvo como consecuencia el nacimiento de Jesús. ¿Qué pensaría María los días previos al nacimiento del Salvador? ¿Sería consciente de lo que suponía ser la Madre de Dios?
Esta pregunta me lleva a plantearme una cuestión fundamental en la vida de María. Su libertad. La libertad de María le permite liberarse de cualquier egoísmo; ella asume desde la concepción de Jesús que su vida estará marcada por el dolor, por las renuncias, por la persecución, por la incomprensión y por el desgarro del corazón.
Esta es una de las grandes misiones de cualquier cristiano, hijo de María. La defensa de su propia libertad. Una libertad que exige la lucha contra uno mismo, para liberarse del egoísmo que llena el corazón; que derrote las pasiones, que venza las debilidades y que luche contra los instintos. Es imposible alcanzar la libertad cuando te encuentras atado a las personas o lo material de la vida. Ser como María, libre en el corazón, instrumento útil para el servicio a los demás.
La figura de María te permite comprender que la fe y el amor son los dos pilares en los que se sustenta la libertad.
Hoy le pido a María que me eduque en la libertad, a su imagen y semejanza, para actuar siempre como un ser libre, abierto al mundo, disponible a la voluntad de Dios y al servicio del prójimo. Y en base a esa libertad, que me haga un instrumento eficaz de liberación en mi entorno familiar, profesional, social, comunitario y parroquial.

orar con el corazon abierto.jpg

¡María, quiero ser libre como lo fuiste tu, que diste el Sí más relevante de la historia! ¡Quiero ser libre para sentirme liberado por Tu Hijo! ¡Anhelo parecerme a Ti, manteniéndome siempre firme en mi libertad de hijo de Dios e hijo tuyo! ¡Tómame de la mano, María, para que no ceda ni un ápice en esta libertad! ¡Para no que me oprima en el yugo de la esclavitud que me lleva el pecado o las tentaciones del demonio! ¡Tómame de la mano para que no me deje llevar por el individualismo, ni por el espíritu mercantilista, ni por el consumismo desenfrenado, ni por la pereza, ni por el creerse una buena persona, ni por llenarme de orgullo y egoísmo, ni por vivir alejado de las enseñanza de tu Hijo, ni por hacer caso omiso a las leyes que puedo leer en el Evangelio! ¡Tómame de la mano, María, para que sepa apreciar la verdadera libertad, la que nace de Dios, la que te permite seguir Su voluntad y aceptar sus caminos! ¡Tómame de la mano, María, para buscar mi salvación caminando hacia Cristo y su verdad! ¡Tómame de la mano, Madre, porque es contigo como puedo llegar al corazón de Jesús, a vivir la vida en plenitud, a gozar de la auténtica libertad, a vivir con alegría cristiana, a ser semilla, luz, sal de la tierra, fruto abundante, sarmiento! ¡Tómame de la mano, Madre santa y buena, porque quiero enraizarme en la fe, en la esperanza, en la confianza y en el amor, semillas de la verdadera libertad! ¡Tómame de la mano, María, porque quiero ser libre en Cristo, Tu Hijo, que es quien nos ha liberado del pecado! ¡Edúcame en la libertad, Madre, para estar siempre disponible a la llamada de Dios!

Anuncios

¿Quién no ha sido humillado alguna vez?

¿Quién no ha sido humillado alguna vez? La mayoría de las humillaciones te llegan cuando tu alma no está preparada. Y, tal vez por eso, según las circunstancias, esta experiencia provoque tanto desgarro y dolor.
Pero una humillación puedes revertirla para que de frutos. Recibir una humillación cerca del Señor es menos dolorosa que si estás alejado de Él.
Hay una máxima incuestionable. Quien humilla es, habitualmente, alguien con un corazón frío, egoísta, soberbio y mezquino. Es alguien que disfruta menospreciando al prójimo. Al ridiculizar al otro le hace creerse superior. Pero quien así actúa tiene el corazón enfermo y el alma en encefalograma plano porque la amargura, ese cáncer de los corazones soberbios, le aplaca. Además, quien humilla necesita del escenario público para dar mayor realce a la imposición de sus criterios.
Cuando recibes una humillación Dios te invita a volverte humilde. Es Él quien permite las humillaciones porque Dios está siempre detrás de cualquier suceso feliz o triste que acontece en la vida del hombre.
Al recibir una humillación no puedes mirar más que la figura de Cristo, el que siendo Dios se humilló por amor hasta la muerte en cruz; el que, pudiendo cambiar los acontecimientos, acepto todas y una de las humillaciones recibidas para cumplir con la voluntad del Padre. PEñ que a pesar las crueldades recibidas no se amargó ni envenenó su espíritu y lo transformó todo en amor, ternura y serenidad interior! Pero también, mirar la figura de María, la que se humilló para ser enaltecida ante los ojos de Dios.
La reacción, nunca sencilla, ante una humillación es la humildad, la sencillez y la caridad. Tratar de ser consciente de que en la humillación recibes la bendición de Dios. Toda humillación debe verse desde el prisma de la voluntad del Padre que es quien, en definitiva, permite que tengan lugar para el bien del alma humana. Entenderlo es difícil pero también lo es comprender la muerte humillante de Cristo en la Cruz, símbolo de amor y de reconciliación. ¡Y cuántos frutos han supuesto para la humanidad!

orar con el corazon abierto.jpg

¡Señor, por encima de todo enséñame a transformar cualquier humillación o desprecio en un acto de amor, de serenidad interior y de ternura! ¡Señor, tu has cargado con nuestras dolencias y dolores a pesar de que te hemos castigado y humillado y de que nuestras faltas y pecados te han aplastado, sin embargo tus llagas, tus heridas y tu muerte en cruz, humillante a los ojos humanos, nos han sanado del pecado! ¡Hoy te pido, Señor, la humildad para aceptar cualquier humillación! ¡Hoy te pido que ninguna humillación me vuelva vulnerable! ¡Te pido, Señor, que con tus llagas sanes mi corazón y destruyas cualquier atadura que provoque en mi interior dolor, sufrimiento, egoísmo, frustración o soberbia! ¡Permite, Señor, que abra mi corazón para que lo llenes con tu amor y que tu gracia ilumine a quienes me han humillado o despreciado! ¡Serena mi corazón, Señor, y hazlo proclive al perdón y al amor! ¡Señor, que cada humillación sea la ocasión para transformar mi alma y no envenenarla, para cambiar mi corazón y hacerlo más constructivo! ¡Concédeme la gracia de entregarme siempre a Ti para entender que mi entrega puede ser transformar cualquier padecimiento en un canto de amor!

Llorar con los que lloran

A un amigo le duele la actitud rebelde de su hija mediana y sufre por ello. A otro la enfermedad de su esposa, un cáncer de piel y sufre por ello. A otra la falta de trabajo de su esposo, y sufre por ello. A otro, el accidente de tráfico de una amiga que está en coma, con su marido invidente y dos niños pequeños, y sufre por ello… A otra, la infidelidad de su marido, y sufre por ello. A otro los problemas económicos de su empresa, y sufre por ello… En todos los casos, visibles o invisibles, de sus almas brotan lágrimas de dolor.
El dolor es un fenómeno general y su espectro cubre lamentablemente todas las edades y las clases sociales. Ningún ser humano transita por esta vida sin ver asomar el dolor: la enfermedad devora el organismo corporal mientras que al mismo tiempo aflige las almas de quienes le rodean; la pobreza y el desempleo provocan perplejidad y desesperación; el odio y la discordia no siembran dulzura en la vida; la calumnia y la injusticia difaman la consideración y perjudican a los inocentes. La vida es como la guitarra que tiene seis cuerdas, tres de ellas agudas como la alegría y tres graves como la tristeza.
El dolor más terrible que el alma puede soportar es, con toda probabilidad, la pérdida de un ser querido. Entonces, existe la necesidad de que los demás se acerquen a nosotros para simpatizar, mostrar su afecto y aliviar nuestro dolor. Además, los seres humanos siempre han expresado sus condolencias de manera filantrópica y fraterna. A veces, algunas personas no saben cómo consolar a los demás. Hacen preguntas suaves que vuelven a abrir las heridas en lugar de aliviarlas.
Creo que fue san Agustín quien dijo que las lágrimas son la sangre del alma. Por eso, en lugar de decir “no llores”, es mejor “llorar con los que lloran”, como recomendaba san Pablo en la Carta a los romanos.
Cuando veo a mis amigos o conocidos sufrir se me encoge el corazón. No basta con rezar por ellos, siento la necesidad de compartir su tristeza y sus lágrimas. Sufrir con el sufrimiento y llorar con el llanto. Las lágrimas de los demás pueden ser lo más sagrado que podemos ofrecer en el altar del amor. La historia del mundo no se detuvo en la cruz del Gólgota; en la tumba vacía es la Resurrección y la vida lo que verdaderamente brota.

orar con el corazon abierto.jpeg

¡Señor, en todos los casos de sufrimiento toma nuestra mano y nuestro corazón, asume nuestro dolor, y danos la fuerza para soportarlo siempre! ¡Apiádate, Señor, del que sufre y guíalo siempre de la tormenta del sufrimiento para conducirlo a una vida de serenidad y de paz interior! ¡Señor, te pido por mi y por los que me rodean para confiar siempre en ti que nunca nos abandonas, porque tu eres el Señor de las sorpresas, que nos amas, que obras maravillas, que nunca nos olvidas, que eres el Señor de los desafíos y de las victorias, el Señor de la esperanza y de los sueños cumplidos, el Señor de los triunfos, el Señor que enjuga las lágrimas del desvalido! ¡Envía tu Espíritu sobre nosotros, Señor, para tener el valor y la lucidez de saber afrontar con serenidad todas las dificultades y sufrimientos, dolores y tristezas! ¡No permitas, Señor, que nuestro ánimo decaiga nunca y que el temor y el miedo nos confunda! ¡Concédenos la gracia de explorar en lo profundo de nosotros mismos para comprender que la Cruz es innato a nuestro caminar de hijos de Dios y que con tu ayuda podemos vencer todos las dificultades y comprender todas las desdichas! ¡Aunque en las situaciones de dolor no es posible verte, sé que estás presente porque tu bondad es infinita, tu amor eterno y no eres indiferente al sufrir del hombre y anhelas en cada momento que el amor triunfe sobre el mal! ¡Señor, en ti confío!

Gratitud

Una persona agradecida es alguien sereno y apacible. Aquellos que son agradecidos no lo son por naturaleza sino que han ido moldeando en su interior este habito. Son gente que saben dar gracias con independencia de las circunstancias en las que se encuentren. Observan para reconocer en lo que viven la presencia silenciosa de Dios, aunque no sean conscientes de ello. Y saben escoger siempre la mejor opción que es la que les lleva a tener una vida interior serena. Me pregunto hoy: ¿En qué medida soy agradecido? ¿Soy capaz de observar para agradecer? ¿Acierto al escoger? ¿Están mis gestos llenos de gratitud?
Pienso en la multitud de escenas que aparecen en los textos de las Escrituras y que hacen referencia al poder de la gratitud. ¿Qué elemento fundamental tenía la oración de Daniel antes de ser devorado por los leones, o el grito de Jonás en el vientre de la ballena, o la recomendación de san Pablo en la carta a los Filipenses por señalar sólo algunos ejemplos? La acción de gracias. Acción de gracias que lleva consigo un elemento crucial. La paz. La serenidad interior. Esa paz que proviene de Dios y que sobrepasa todo entendimiento.
Todo sentimiento de gratitud tiene, a su vez, una enorme capacidad de sanación y de purificación porque gratitud ofrece la gratitud ofrece tanto al que da como al que recibe grandes dosis de afectividad y cordialidad.
La gratitud que se manifiesta a Dios en la oración por lo que vivimos, tenemos y experimentamos genera una paz que sosiega el corazón, una paz que evita que el alma se debilite y se irrite por lo que uno no posee. De ahí que la gratitud acerca al corazón del hombre esa paz que permite sobreponerse a todo tipo de sufrimiento y dolor que proviene de la adversidad, de la contrariedad, de los tropiezos y del fracaso.
La gratitud que se expresa en lo cotidiano de la vida implicar agradecer por todo lo que se posee, lo que se ha tenido y lo que se poseerá en el futuro.
Y de nuevo surgen las preguntas: ¿En qué medida soy agradecido? ¿Soy capaz de observar para agradecer? ¿Acierto al escoger? ¿Están mis gestos llenos de gratitud?

orar con el corazon abierto.jpg

¡Padre de Bondad, ante tu amorosa presencia, quiero darte gracias, quien disponer mi corazón, mi mente y todo mi ser para alabarte, para bendecirte y para glorificarte, para darte gracias! ¡Quiero, Padre, contemplar tu hermosura, tu santidad y tu bondad, quiero darte gracias por siempre, quiero que mis sentimientos hacia Ti sean siempre de gratitud porque tu me acompañas siempre en todos los momentos de mi vida! ¡Gracias, Padre, por aquellas personas que has puesto en mi camino que me han ayudado y me ayudan en momentos importantes de mi vida! ¡Ayúdame, Padre, a ser siempre agradecido! ¡Gracias, por amor, tu fidelidad y tu misericordia que no merezco tantas veces! ¡Gracias, Padre, porque cada día puedo sentir tu cercanía; donde a veces no brilla el sol en mi corazón tu eres la luz, cuando no he sido fiel a tu Palabra, ahí  estás tu para enderezar mi camino! ¡Señor, deseo experimentar tu mirada, sentir la presencia de tu Espíritu en mi corazón, unirme a ti en un solo corazón! ¡Y como en el salmo, Señor, darte gracias, de todo corazón, te cantaré en presencia de los ángeles, me postraré ante tu santo Templo,  y daré gracias a tu Nombre por tu amor y tu fidelidad, porque tu promesa ha superado tu renombre! ¡Gracias, Señor, porque Tu amor es eterno, Señor! ¡No abandones nunca, Señor, la obra de tus manos!

Cantamos dando gracias a Dios:

Mirando al buen ladrón

Hoy en la oración he subido al Calvario para contemplar a Cristo en su cruz. Me he compadecido de sus penas. De sus dolores. De sus llagas. He sentido como por amor aceptó la condena de morir en la Cruz y quiso para sí mismo mi propia cruz.
Pero he girado ligeramente la mirada. Y he contemplado dos cruces más. He fijado mi mirada en la cruz de Dimas, el hombre que Jesús invitó a entrar con Él en el Paraíso. ¡Que honor y qué bendición para aquel malhechor!
Y me he visto a mi mismo —frágil, tibio, orgulloso…— que se siente compañero de Cristo a pesar de su miseria y su pequeñez. He sentido como aquel buen ladrón comprendió el sentido de la cruz desde su propia cruz. He vislumbrado como aquel hombre condenado viendo sufrir a Jesús hizo suyo su propio dolor y abrazó con una fe cierta y una confianza cierta el misterio trascendente de la cercanía de Dios.
Como aquel hombre he sido capaz de abrir el corazón. Considerar mi pequeñez, mi miseria, mis sufrimientos y mis dolores, todo aquello que me ahoga y colocarlo junto a Cristo, con los brazos abiertos abrazando la humanidad, colgado en el madero santo. ¡Que congoja! La grandeza de Dimas es fijar la mirada en Cristo, dejar de mirarse a si mismo, para sentir el abrazo de Dios.
Y me ha ayudado a profundizar en mi camino interior. Sentir como Jesús te mira con compasión, con amor puro e infinita misericordia si te entregas a Él con verdad. Eso es lo que hizo Dimas y lo que a mí me cuesta tanto hacer. Desde la cruz Dimas no tenía ocasión de rehacer el daño causado, reponer lo destruido, coser lo destrenzado de su vida, pero podía tomar los trazos dañados de su existencia y dárselos al Señor para que, en el último momento, pudiera dar sentido a su vivir. Y fue valiente. Un decidido. Un auténtico testimonio de fe, de confianza y de entrega a Jesús. Su «Acuérdate de mi» es una frase inspiracional, es un canto de apertura del corazón, es un desnudar el alma a Jesús, es un acto de entrega del propio ser, es un confiar en la plenitud. Es ir más allá de la Cruz para abrazar la Cruz de Jesús.
He sentido mi cobardía porque he visto las veces que pudiendo acercarme a la Cruz de Cristo he huido de ella; cuando la he podido sostener, he huido de allí; cuando la he podido cargar ha pesado más mi comodidad… pero hoy he comprendido que la Cruz de Dimas, tan cercana a la de Jesús, es también mi cruz. Es ese espacio donde puedo vivir en comunión con el Señor contemplándolo desde mi propia cruz, dirigirme a Él en mi condición de pecador.
Dios es Amor. Es un amor tan grande que me permite asumir como propia su propia cruz a pesar de leer en lo profundo de mi corazón y saber lo que anida en él.

orar con el corazon abierto.jpg

¡Señor, como tantas veces te he fallado me resulta difícil subir a tu cruz pero al menos déjame estar a tu lado en la cruz del buen ladrón! ¡Señor, Tú sabes las veces que caigo, que me cuesta levantarme, que me desmorono, que mis acciones o mis palabras me condenan, que trato de apartar mis sufrimientos; pero ahí estás Tu para mirarme con una mirada de misericordia y de amor! ¡Acuérdate siempre de mí, Señor! ¡Te lo pido con el corazón abierto, con una confianza ciega, con una esperanza cierta! ¡Quiero, Señor, abrirte mi alma, entregártela enteramente a Ti, para que Tu Santo Espíritu la anime con su soplo, para que la llene de su vida, para que la ponga en acción, para que la mantenga en la fe, para que la conduzca hacia el bien, y para que produzca auténticos actos de la santidad! ¡No permitas, Señor, que renuncie a mi cruz! ¡Te doy gracias, Señor, con el corazón abierto porque has hecho tuya mi cruz, me perdonas y quieres que siempre camine por la senda del bien! ¡Me comprometo a ello, Señor, a busca la santidad en cada gestos cotidiano, a vivir en comunión contigo y con los demás!

Acompaña esta meditación la canción El Buen Ladrón:

Solo me queda Dios

Me contaron hace unos días un impresionante testimonio de fe. Una enfermera del turno de noche de un hospital escucha como un compañero enfermero sin complejos le recomienda a un paciente que rece el Padrenuestro.
En un momento de pausa, entre bocadillo y bocadillo, la enfermera le pregunta al joven si es cristiano. Él asiente. Y a partir de ese momento ella le abre el corazón. Su hijo mayor falleció de una sobredosis. Un año más tarde, su hijo menor, deprimido por aquella pérdida que no pudo superar, desesperado, se quitó la vida. El golpe fue brutal. Y tras un duelo dolorosísimo, a su marido —su gran apoyo emocional— le diagnosticaron un cáncer terminal que le arrancó de cuajo la vida en cuestión de meses. Y tras esta perdida, además de su trabajo en el hospital, dedica su tiempo a acompañar en colonias a niños con graves discapacidades.
El enfermero, que es quien cuenta la historia, no sabía cómo consolarla. Pero ella, comprendiendo su silencio, le espetó: «pero sabes qué… ¡me queda Dios!».
¡Qué fe tan grande la de esta mujer! ¡Cuando parece que lo has perdido todo, que estás completamente aislado, que todo se desmorona a tu alrededor, cuando parece que nada tiene sentido porque se te ha arrancado lo que más amas, cuando te han sustraído tu apoyo, cuando piensas que la soledad te embarga, que nada se escucha en torno a ti, cuando todo se tambalea… lo único que le queda a este mujer es Dios!
¡Cuando antes de que la desesperación le inunde el corazón, cuando todo parece que está perdido, cuando las circunstancias del mundo parecen olvidarse de ella… lo único que le queda es Dios!
¡Cuando los zarpazos de la vida parecen hundirla en el cenegal de la tristeza, cuando la vida parece escurrirse entre sus manos… lo único que le queda es Dios!
A esta mujer solo le queda Dios porque la suya es una vida intensa de piedad, de amor y de fe. Ella testimonia el «venid a mí todos los que estáis fatigados y sobrecargados porque yo os daré descanso. […] Aprended de mí que soy manso y humilde de corazón y hallaréis en mi vuestro descanso».
Esta enfermera dignifica el ser cristiano pues sin estar en el Señor el hombre es un ser roto. Nuestro ser de personas rotas tiene numerosas definiciones: pérdidas, exclusiones, olvidos, dependencias, enfermedades, adicciones, rupturas, egos, soberbias… pero ella coloca su vida bajo el signo misericordioso de la bendición, en esa capacidad innata del hombre para decidir vivir como un ser elegido, protegido y amado por Dios.
El «¡me queda Dios!» es el testimonio vivo del entrar en comunión con el Señor si uno se sabe elegido, bendecido, amado, «roto» pero interiormente restaurado por Él y dispuesto a vivir en comunión con Él.

 orar con el corazon abierto.jpg 

¡Padre de bondad, nada quiero pedir para mí; mi corazón se abre para alabarte porque eres el Padre del amor y de la misericordia y por el gran regalo de darnos a Jesús! ¡Padre de bondad, te doy infinitas gracias por la luz que tu Santo Espíritu irradia sobre el corazón del ser humano para comprender tu bondad infinita! ¡Pongo en tus manos, Padre amoroso, a todos los que sufren; de todos ellos conoces sus nombres, su historia y sus tribulaciones! ¡Fija, Padre, tu mirada en ellos para que sientan el consuelo de tu ternura! ¡Padre de misericordia, no es necesario que te supliquen nada porque tu lees en lo más profundo de su alma y de su corazón, sabes lo que necesitan, sabes como sanar las heridas que les dañan! ¡Padre, tu tienes el poder de enviar al Espíritu Santo sanador sobre el corazón de los que sufren para sanar tantas heridas y tanto dolor! ¡Tu puedes, Padre, hacer que brote en su interior los frutos perennes de tu gracia!  ¡Toca, Padre, con tus manos al herido, abraza al desesperado, mira al hundido; hazles ver que les importas porque les amas y les has creado, permite que experimenten tu ternura, dales la fe que supera tantas pruebas, impregna el espíritu de Jesús en su alma! ¡Y, ante la prueba, Padre, no les permitas que se separen de ti sino que experimenten tu presencia y tu amor salvífico, sanador y purificador!

Un precioso canto al Espíritu para llenar nuestro corazón de paz y de amor:

Palabras que hieren, palabras que sanan

¿Con cuánta frecuencia dices algo y luego te cuestionas de dónde han salido esas palabras? En ocasiones es la sabiduría que pronuncian nuestros labios lo que más sorprende. ¡Qué lucidez!, se enorgullece uno. Pero lo que más nos sorprende es el sarcasmo, la crítica o la ira con la que uno se expresa. Entonces surge ese susurro interior que te cuestiona: «Hubiera estado mejor callado» o «¿Por qué dije eso tan inconveniente?» ¡Con cuánta frecuencia justificamos nuestra reacción convencidos de que nuestro interlocutor merecía escuchar esas palabras hirientes!
Cada palabra que pronunciamos tiene un enorme poder. Las palabras que emiten nuestros labios pueden convertirse en fuente de vida o de muerte. Si alguien nos pidiera que recordásemos palabras que nos han herido no nos llevaría demasiado tiempo en reabrir esa cicatriz marcada en el corazón por aquel que dejó la impronta del dolor. Del mismo modo, cualquier palabra benéfica recibida calienta nuestro corazón cuando regresa a nuestra memoria.
He abierto hoy el capítulo 12 del Libro de los Proverbios. Me ha hecho consciente de que las palabras hieren como los golpes de una espada, mientras que el lenguaje de los sabios es como un bálsamo que sana. Y que la muerte y la vida están en el poder del lenguaje, que tienes que contentarte con los frutos que tu lenguaje haya producido. 
Las palabras de la vida nos animan a todos. Pero también es cierto que las palabras irreflexivas pueden terminar con un sueño o demoler la autoestima, ya sea de manera intencional o involuntaria. Toda palabra negativa desalienta a las personas y empeoran las situaciones.
¿Cómo puedo llegar a ser un auténtico discípulo de Cristo que ofrezca palabras de vida cuando me es tan fácil pronunciar palabras de las que luego tengo que arrepentirme? Cuando siga la máxima de ser capaz de sacar la bondad que llevo en mi corazón porque de la abundancia del corazón habla mi boca y cuidando los pensamientos con los que entretengo mi corazón. Esto equivale a invitar al Espíritu Santo a hacerse cargo de todos mis pensamientos para que las actitudes correctas reemplacen aquellas revestidas de negatividad. Así, las palabras de la vida saldrán de manera natural de mi corazón.

orar con el corazon abierto.jpg

¡Señor, cuanto tengo que aprender de Ti que en los momentos de mayor tensión, en el límite de tu paciencia, supiste callar y no responder! ¡Gracias, Padre, por el ejemplo vivo de tu Hijo Jesucristo! ¡Gracias, Jesús, por hacerme comprender que este es el camino y esta es la mejor actitud! ¡No permitas Espíritu Santo que salgan de mi boca palabras hirientes, frases despectivas, respuestas punzantes pues quiero parecerme a Jesús! ¡Espíritu Santo concédeme la gracia de la humildad y la sencillez para callar cuando conviene! ¡Ayúdame a encontrar en Jesús y en la luz del Evangelio las palabras adecuadas para que ser testimonio de verdad y de amor! ¡Ayúdame, Espíritu de Dios, a aprender a callar y vivir en la Palabra de Jesús; ayúdame a hablar y proclamar su Palabra! ¡Concédeme la gracia, si conviene, de hacerlo desde la cruz porque allí es desde donde se perdona de corazón, se construye la paz y se es fiel a la voluntad del Padre! ¡Pero ayúdame a no permanecer callado ante las mentiras que atacan a la Verdad!

Sublime gracia (Amazing grace):

La negación de Pedro, reflejo de mis propias cobardías

Aunque Jesús advierte a Pedro que, en su última noche, le negará tres veces antes de que el gallo cante dos veces, Pedro le insiste en su fidelidad. Resulta sencillo censurar la actitud de Pedro que, en el momento de la verdad, abandona al Señor.
La huida del apóstol es el reflejo de nuestras propias cobardías; los cristianos abandonamos a Jesús cuando la tentación merodea por nuestra alma, cuando los miedos nos embargan, cuando los malos hábitos nos vencen, cuando nos acometen los deseos pecaminosos, cuando faltamos a la caridad con el prójimo…es una paradoja de nuestra debilidad porque, habitualmente, nos preciamos de la fortaleza de nuestras convicciones y nuestros valores.
La lección de Pedro es que, tras su negación, la tristeza le embarga y llega un profundo arrepentimiento. Consciente de su abandono, Pedro llora. Llora desconsolado, en canal, derramando lágrimas que purifican su debilidad. Jesús ya la conocía, como conoce la mía y, aún así —¡que paradoja la de Cristo!— sigue confiando en mi y cuenta conmigo como hizo con el resto de los apóstoles. Incluso esperaba de Judas su arrepentimiento para abrazarlo con amor. Pero Dios otorga al hombre la libertad interior para tomar el camino del bien o de la maldad.
Desde la crucifixión de Jesús los once apóstoles permanecerán agazapados, escondidos, con el peso de la culpa en el alma, con el corazón compungido por su falta de confianza, con el sentimiento de abandono en el interior, con la esperanza nublada. Su debilidad es patente… hasta la llegada del Espíritu Santo.
Dios emplea instrumentos inútiles para su obra santa, elementos quebradizos que puedan ser enderezados, almas débiles que puedan ser fortalecidas… pide que este abandono se restaure con la oración, con la vida de sacramentos, con una vida interior recia que venza las tentaciones y detenga las desviaciones del alma, con una entrega sin límite a Él y al prójimo.
Los once apóstoles prefiguran la imagen de cada hombre. De mi propia vida. Al igual que el fariseo, o el ciego o el paralítico sanados por el Señor, o las hermanas de Lázaro, o la mujer cananea o el centurión romano son imagen de nuestra imagen Jesús quiere obtener de cada situación un bien para nuestra vida.
¿Quién no se ha hecho grandes propósitos, quién no ha prometido fidelidad a Jesús y le ha abandonado a las primeras de cambio, quién no se ha comprometido con su Evangelio y es vencido por las tentaciones del demonio, quién no se ahoga en los miedos y en las incertezas, quién no cae una y otra vez en la misma piedra?
Pero siempre hay un camino de Emaús en nuestra vida. Un alejarse desmotivado por los acontecimientos vividos y un reconocer de repente a Cristo caminando a la vera del camino. Siempre hay una mano de Cristo que salva, una palabra suya que te reconforta, una ayuda para levantarte cuando has caído. A Cristo no le importa que le niegue tres veces, lo que de verdad le importa es que reconozca con tristeza que le he abandonado, que me reconozca pecador arrepentido y retorne a la casa del Padre con el corazón abierto esperando su abrazo lleno de amor y de misericordia con la profunda convicción de cambiar mi corazón y mis actitudes.

orar con el corazon abierto.jpg

¡Señor, no permitas que haga como hizo inicialmente san Pedro que te siguió de lejos sin comprometerse! ¡Hazme entender, Señor, que al igual que san Pedro posteriormente solo es posible seguirte manteniéndome cerca de Ti sin miedo a las consecuencias! ¡No permitas que mi cobardía me aleje de Ti; basta con tu mirada de amor, la misma que lanzaste a Pedro, para rebajar mis miedos y arrepentirme de mis abandonos constantes! ¡Ayúdame, Señor, por medio de tu Espíritu a levantarme cada vez que caigo, a no aislarme en mi yo cuando la culpa y la tristeza me embarguen por mis faltas, a acudir a ti en el sacramento de la reconciliación para limpiar mis culpas, a creer siempre en tu Palabra! ¡Señor, por medio de tu Santo Espíritu, no permitas que me obstine en el gozo del pecado, no permitas que ame más las tinieblas que la luz, no permitas que me acomode en mis faltas; que cada vez que falle mi arrepentimiento vaya unido a la tristeza por haberte ofendido! ¡Dame el firme propósito de no volver a pecar, de dejar lo malo que hay en mi y tratar siempre de hacer el bien, de someter mi voluntad a la voluntad de Dios! ¡Ayúdame a cambiar el corazón, a cambiar mi voluntad, a cambiar mis sentimientos, a cambiar mi actitud hacia el pecado, a que los frutos de mi arrepentimiento me acerquen más a Ti y a los demás!

Domine Exaudie, con Giovanni Gabrielli, en esta obra para la cuaresma:

El encuentro con Jesús y María camino del Calvario

Segundo sábado de marzo con María en el corazón. Un día para unirse al encuentro de María con Cristo, en el camino del Calvario. Jesús se ha levantado de su primera caída. Su cuerpo está cada vez más debilitado. Casi sin fuerzas, Jesús te enseña que la vida del cristiano es levantarse una y otra vez, en una lucha constante por superar la adversidad.
A ambos lados del camino el griterío es ensordecedor. La turba no se contenta con el sufrimiento de Cristo y le escupe, le insulta, le menosprecia. Los soldados romanos le azotan y le conminan a seguir adelante.
Jesús mira a uno y otro lado. Con cada rostro vociferante con el que cruza su mirada es de perdón. A muchos los había sanado de la ceguera, de la lepra, del dolor del alma, otros le habían clamado horas antes en su entrada en Jerusalén… pero Jesús no odia, ama; ama porque carga con los pecados de los pecadores, de la humanidad entera.
Y, entonces, se produce el encuentro con la Madre dolorosa. Con ella están las santas mujeres, con María Magdalena a la cabeza. La Virgen también está rota de dolor. La espada que predijo Simeón le ha traspasado el corazón. Sus ojos derraman lágrimas de amargura. Jesús y María cruzan sus miradas. Esa mirada que apenas dura unos segundos se convierte en un diálogo de amor, de ternura, de comprensión, de aceptación de la voluntad del Padre. Ambos saben que el destino de Jesús es la redención del hombre.
A María le vienen a la memoria los años con Jesús en Nazaret, todo lo que conservaba en el corazón. Y levanta la vista al cielo para dar gracias al Padre por todo lo vivido. Este alzar los ojos al cielo es un nuevo fíat, es pronunciar de nuevo el hágase en mí según tu palabra. María, aunque rota de dolor, no se pregunta la razón de tanto sufrimiento, acepta. No cuestiona, asiente. No objeta nada, consiente.
Que mi vida sea también un encuentro amoroso con Jesús. Que cuando no me queden fuerzas, recuerde esa mirada entre Cristo y María, mirada de dolor pero también de amor y de esperanza. Cuando caiga, recuerde que no solo le infrinjo dolor a Jesús sino también a nuestra Madre, Su Madre. Cuando las incertezas parezcan hacerse presente en mi vida, que permanezca fiel a Jesús como María. En la hora de la cruz y cuando mi fe titubee, que crea como María. Cuando los caminos de la vida se cierren, que la mirada de María me otorgue la misma fuerza que infundió a Jesús en el camino de la Cruz.

orar con el corazon abierto.jpg

¡María, Madre dolorosa, que mi mirada al encontrarme con Jesús en mi vida cotidiana sea una mirada de esperanza, confianza y amor! ¡María, Madre dolorosa, te pido perdón por mis pecados y mis faltas porque con ellos también daño tu corazón como daño el corazón de tu Hijo! ¡Ayúdame, María, Madre dolorosa, a caminar a tu lado para ir hacia Jesús! ¡María, Madre dolorosa, tu eres el camino seguro para mi vida por esto te doy gracias porque me escuchas, me confortas con tu amor maternal, me cuidas y me proteges! ¡María, Madre dolorosa, te doy gracias por que tu silencio en oración en el momento de sufrimiento y dolor es una escuela para mi! ¡María, Madre dolorosa, enséñame a pronunciar un hágase confiado en los momentos de dificultad, un sí complemente unido al grito de Jesús pidiendo a Dios que se haga su voluntad sino la suya! ¡Que no olvide, María, que eres corredentora; ayúdame siempre Madre en mi caminar cotidiano! ¡Ayúdame, María, a abrirme paso entre la multitud para tener con Jesús un encuentro personal; ayúdame a romper mi inconformismo y mi comodidad y ser un auténtico discípulo de Jesús! ¡Ayúdame, María, a que mi mirada al ver el dolor ajeno sea como la tuya llena de compasión, amor y esperanza! ¡Todo tuyo, María!

Salve, Reina de los cielos, Madre del Redentor:

Preguntas ante la tercera caída de Jesús

La tercera caída de Jesús bajo el peso de la cruz en su via crucis es una lección de humildad. Es la constatación de su despojo más absoluto. El Señor les había dicho a los discípulos que no había venido a ser servido sino a servir. Y ahí está, despojado de si mismo, portando la cruz, en obediencia absoluta al Padre por amor a los hijos.
Este hombre magullado, encarnecido, dolorido, humillado, flagelado es el mismo Dios que ha asumido la condición de hombre. Comprendes entonces cuánto te ama Dios en tus debilidades y tus fortalezas, cómo te acompaña Jesús en el camino de la vida, especialmente en las caídas más dolorosas cuando parece que las fuerzas han menguado y no hay esperanza.
Ante esta tercera caída te planteas como te sientes ante las preocupaciones cotidianas cuando el cansancio físico y emocional hace mella en ti al portar las cruces de la jornada y qué reacción has tenido ante cada uno de estos acontecimientos de tu vida que tanto dolor, frustración y angustia han generado. Te preguntas también si has sabido contemplar la presencia continuada de Cristo caminando a tu lado.
Ante cualquier circunstancia marcada por el dolor, por la congoja, el pesar, el abatimiento o la preocupación siempre germina una semilla de esperanza y de paciencia, para esperar y para sufrir, para encontrar esa paz que sólo se encuentra en la Cruz y en las luchas cotidianas.
Cuando contemplas a Jesús bajo el peso de la cruz, caído por tercera vez, comprendes que cualquier experiencia dolorosa es intrínseca a tu crecimiento interior y espiritual, a tu evolución personal, a la necesidad de dejarse ayudar para borrar esa soberbia y ese egoísmo que tantas veces nublan tu existencia e impiden acoger en el corazón la ayuda del Padre, el consuelo del Hijo y las fuerzas del Espíritu Santo.
Cada caída ante el peso de la vida es una ventana que se abre para tu crecimiento personal, una ocasión para reponer fuerzas y levantarse de nuevo y reemprender el camino. Es la oportunidad para exclamar a Cristo que por los méritos de su debilidad, en esta tercer caída, te ofrezca la gracia de levantarte otra vez en el desafallecimiento y seguir el camino con confianza, esperanza,  paciencia y con mucha fe seguido de cerca por su mirada consoladora, con su amor misericordioso y con su protección sanadora.

orar con el corazon abierto.jpg

¡Señor, que el peso de las cruces cotidianas, que mis caídas ante el dolor y el sufrimiento, no me impidan levantarme! ¡No permitas, Señor, que desfallezca ante el peso de mis cruces! ¡Concédeme la gracia de caminar confiando en tu compañía, con la esperanza cierta de que estás a mi lado, con la paciencia para esperar y sufrir y con la fe en tu amor que todo lo sostiene! ¡No permitas que nunca me de por vencido! ¡Permíteme, Señor, que no olvide nunca que he podido avanzar por la vida a la que Dios me ha llamado porque Tu me acompañas y me sostienes! ¡Toma por tanto, Señor, mi voluntad y fortalécela por medio de tu Santo Espíritu, por tu gracia y por tu misericordia! ¡Concédeme la gracia, Señor, de que cada día sea un motivo para levantarme con el propósito firme de corregir mis errores, de enmendar mis faltas y de convertirme interiormente con el corazón abierto! ¡Que como hiciste Tú, Señor, cada vez que caiga me vuelva a poner en pie, que obtenga de tu Santo Espíritu, las fuerzas para alzarme de nuevo y reemprender el plan de Dios en mi vida! ¡Dame claridad, Señor, para que sepa contemplar tu sacrificio llevando la cruz por mi, para que no haga como aquellos que no tenían compasión de tu caída, para evitar clavarte los clavos en la cruz, para evitar lanzarte la lanza a tu costado, para limpiarte la sangre que derramaste por mi y secarte las lágrimas que cayeron por tu amor hacia mi! ¡Señor, te ofrezco mi debilidad, mi pequeñez, mi miseria, mis congojas, mis miedos, mis penas de cada día! ¡No permitas, Señor, que viva anestesiado por las seguridades mundanas que me impiden comprometerme ante ti y ante el prójimo y ayúdame a ponerme en pie para exclamar con el corazón abierto: «Señor, te amo; hazme semejante a ti»!

Laudate dominum, el canto de la Pasión del Señor: