Colaborador de Dios

Todos los seres humanos somos colaboradores de Dios, llamados a cooperar en Su obra de creación, Pero, también, debemos ser creadores. ¿Cómo hacerlo? ¿Podemos, como Él, crear ex nihilo, crear de la nada? Ante esta imposibilidad podemos cooperar con Dios haciendo fructíferos sus dones, llevándolos a su pleno desarrollo.

El gran don de Dios es la gracia del Espíritu Santo. Es un don puro, pero depende de nosotros, colaboradores de Dios, para que dé sus frutos. Dios nos ha creado con amor pero quiere que actuemos en cooperación con Él, en sinergia, para guiarnos hacia Su gran meta: la salvación. En la Iglesia entendemos la salvación como glorificación, como deificación. Es voluntad de Dios que todos los hombres nos salvemos y entremos en la alegría del cielo.

¿Cómo puedo cooperar con Dios y asegurarme de no recibir la gracia de Dios en vano? Guardando los mandamientos de Cristo con amor y luchando contra el pecado que me aleja de Dios y paraliza la obra de la gracia que obra en mi. Actuando con amor por fidelidad a Cristo, siendo constante en las tribulaciones, en la fatiga, en las vigilias, en los ayunos; viviendo con pureza de espíritu, practicando la caridad y la paciencia, la bondad y la entrega, actuando con honor y honestidad y apartando la deshonra; manteniendo siempre la alegría pese a las dificultades, aceptando el sufrimiento con esperanza…, uno puede pensar que todo esto es la exhortación dada a un novicio durante su profesión monástica. Pero no es el caso, es la invitación al propósito de Dios en medio de las debilidades humanas. Dios no requiere de nadie para alcanzar su propósito, pero ha decidido emplear a los seres humanos para el cumplimiento del mismo. Es una muestra más de su infinita misericordia y de la grandeza de su gracia. Y sabedor de la realidad y fragilidad del hombre, Dios ha decidido correr el riesgo de valerse y confiar en nosotros para la transformación y evangelización del mundo y la edificación del cuerpo de Cristo, que es su Iglesia. Pero esto no es posible lograrlo solos, con nuestras propias fuerzas. Se necesita para ello llenarse del Espíritu Santo, dejarse moldear por el quehacer divino, convirtiendo nuestra vida personal, familiar, social, profesional, eclesial en un medio de unión con Cristo; una vida impregnada de amor.

Todo colaborador de Dios tiene un sello especial, una manera de comportarse, de vivir, de ser. La manera de hacerlo es con amor porque esta es la manera con la que actúa y hace las cosas Dios. Sin amor nada es posible. Sin amor no se siguen los caminos de Dios. Sin amor no es posible transformar nada.. Este amor lo cambia todo. Es un amar antes de esperar ser amado. Esta es la razón por la cual el amor de Dios es tan perfecto, porque Dios no ama por lo que soy, lo que hago o dejo de hacer sino porque ya decidió amarme antes de mi propia creación. 

Ser colaborador del Dios Creador es trabajar con Él en la obra de salvación a la que todos estamos llamados.  Es un invitación a impregnarlo todo de amor pues el amor es la manera más natural  para colaborar en la obra de Dios en la vida de los que me rodean. ¡Le pido al Espíritu Santo la capacidad de amar, la capacidad de entregarme, la capacidad de vivir en espíritu con Él para convertirme en un auténtico colaborador de Dios!

¡Espíritu Santo, amor del Padre y del Hijo, me postro ante su presencia y te pido la gracia de amar al prójimo, de amar a Dios, de amar a Cristo, de amarte a Ti, de ser un discípulo del amor para llevar el Evangelio a mi prójimo, a mi familia, a mis amigos, a mis colaboradores en mi trabajo, en mi grupos de oración! ¡Anhelo ser, Espíritu divino, un auténtico colaborador de Dios, con todo lo que soy y lo que tengo, con mis flaquezas y fragilidades, con mis competencias y virtudes! ¡Espíritu de Dios, he sido creado por el Padre para amar, para vivir en santidad, para llegar al cielo; concédeme la gracia de vivir cada día acorde con su voluntad, impregnándolo todo de amor, de entrega y de generosidad! ¡Espíritu de verdad, tomaste posesión de mi el día de mi bautismo y me has convertido en templos vivos donde tu presencia es verdadera, llenas mi corazón junto con el Padre y el Hijo; haz que la plenitud de tus dones me permitan vivir cada día desde la verdad de Hijo de Dios siendo testimonio vivo de coherencia cristiana!  ¡Ayúdame a vivir acorde con las enseñanzas del Evangelio, llenándolo todo de amor! ¡Concédeme la gracia de ser un verdadero colaborador del Dios Creador contribuyendo a la obra de salvación a la que estoy invitado! ¡No te alejes de mi corazón, Espíritu de Verdad, y santifica mis alegrías y endulza mis sufrimientos y dificultades; ilumina siempre mi mente con los dones de sabiduría y entendimiento para actuar según los criterios de Dios; en los momentos de oscuridad, dudas, incerteza y de confusión asísteme con el don del consejo para saber como actuar; no permitas que me abandone en los momentos de debilidad y en el trabajo concédeme la fortaleza que viene de Ti; que mi vida interior y mi vida familiar esté impregnada en cada momento con el espíritu de piedad y de amor; y que cada instante de mi existencia me mueva un temor santo! ¡Moldea mi vida, Espíritu Santo, para convertir mi vida personal, familiar, social, profesional, eclesial en un medio de unión con Cristo, en una vida impregnada de amor!

Acompañando a María en la Visitación y en Pentecostés

Último sábado de mayo, mes de la Virgen, víspera de Pentecostés y fiesta de la Visitación, con María en el corazón. No todos los años estas dos grandes fiestas coinciden en el mismo día. Así que mañana es un día grande. Como el sábado estas meditaciones están centradas en la Virgen, sigamos su camino. Donde está María, allí está Jesús; donde está María, allí se encuentra la Iglesia. Mañana es un día propicio para recordar que en toda la vida de María está la presencia del Espíritu Santo. Como también en la nuestra.
Durante la Anunciación, cuando a la joven de Nazaret se le presentó el ángel y le anunció que iba a ser madre de Dios sin intermediación de varón, recibió el consuelo de que aquel acontecimiento no era una cuestión humana sino parte del proyecto de Dios. María recibió la unción del Espíritu Santo y el anuncio de que la Palabra de Dios se haría carne en ella. Y María, asintiendo, dio la bienvenida al Espíritu Santo en su vida. Es así como María marca el camino. A todos, en algún momento de nuestra vida, Dios nos ha enviado un ángel, con un mensaje para dirigir nuestros pasos. No es un ángel como lo imaginan los pintores, sino una Palabra de Dios que toca el corazón y te impulsa a tomar decisiones, si se está dispuesto a abrir el corazón y seguir esta Palabra.
Después de la Anunciación, aparece el cuadro de la Visitación. María corre al encuentro de Isabel. ¡La virgen que está embarazada cae en los brazos de su prima estéril que también espera un hijo! Dos cosas imposibles que Dios hizo posible. La acción del Espíritu Santo va más allá de los límites, altera lo obvio.
Con aquella visita Isabel se llenó del Espíritu Santo. El niño que habitaba en ella se estremeció de alegría e Isabel, bajo la acción del Espíritu Santo, exaltó a María como la madre de Dios y la verdadera creyente, como tan bellamente cantamos en el Magnificat.
Es este mismo Espíritu Santo el que nos hace verdaderos creyentes: aceptar la palabra de Dios y creer, sin ver, que Dios actúa en la vida. El encuentro de María e Isabel el día de la Visitación es el primer Pentecostés, un Pentecostés doméstico, familiar; es una invitación a reconocer que en cada una de nuestras familias, en cada persona como en cada comunidad, actúa el Espíritu Santo. Porque la acción del Espíritu Santo no está reservada a las grandes figuras del evangelio. Actúa de una manera muy ordinaria, aquí y allá, en el hoy y en el siempre.
Es Él quien pone en el corazón el deseo de darse a su Palabra, una palabra que compromete toda la vida, sin conocer el futuro pero confiando en la fuerza de Dios. Es él quien discierne si una vocación es auténtica y da la fuerza para responder a ella.
En este día de la Visitación, María corre hacia nosotros, portando de la Palabra de Dios. Viene a acompañar el trabajo que Dios comenzó en nosotros, las maravillas que Dios hace en nuestras vidas, esas vidas que tantas veces consideramos mediocres, aburridas y estériles.
Y llega el día de Pentecostés. María reza con los apóstoles reunidos en Jerusalén, donde esperan a aquel a quien Jesús prometió.
Cuando el Espíritu Santo cubre con sus llamas a los Apóstoles, ahí está María. Este espíritu fructífero en Ella llena a los Doce que conforman la Iglesia. Les da el coraje de hablar con determinación mientras la Virgen entra en el silencio contemplativo porque María apoya a la Iglesia con su oración.
La que estaba presente al pie de la cruz, la que recibió en sus brazos el cadáver de su hijo, la que lo introdujo en la tumba, la que esperó con dolor y fe para que él saliera victorioso permanece en el centro, en el corazón de la Iglesia. Su silencio confirma las palabras de los apóstoles. Su presencia sella la comunión que los une.
En este hermoso día de Pentecostés coincidente con el de la Visitación, María nos recuerda que nunca nos abandona, que si invocamos al Espíritu Santo recibimos en abundancia sus santos dones.
Sábado víspera de Pentecostés y de la visitación de María. ¡Qué hermoso día para recordar que en la vida cristiana todo se recibe de estas dos fuentes: de la Iglesia y María. La Iglesia de Pentecostés y María de la Visitación.
¡Gracias, María, por tu ejemplo de amor, por tu confianza en Dios, por abrirte a la gracia del Espíritu clara invitación a seguirte con el corazón abierto! ¡Gracias, Espíritu Santo, dador de vida, gracia de la gracia, por querer entrar en mi corazón!

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¡María, siempre llena del Espíritu Santo, te pido en este día que recuerdo tu Visitación que comprenda que la profundidad de tu testimonio, de tu servicio, de tu entrega, me permita apreciar todo lo que tu presencia en mi vida me trae como don a mi experiencia como cristiano, para poder ser así cada vez mejor hijo tuyo! ¡Gracias, Espíritu Santo, por salir también a mi encuentro, te pido me unjas con tus dones y me ayudes a responderte igual que lo hizo la Virgen! ¡María, Espíritu Santo, os pido que no me aleje nunca de vosotros para que caminando a vuestro lado pueda acercarme cada vez más a Jesús! ¡Espíritu Santo, dame como la Virgen, una mirada de amplios horizontes para no vivir encerrado en mi yo sino siguiendo la voluntad de Dios! ¡Ayúdame a ser capaz, como hizo María, de ver siempre las necesidades del prójimo, para no permanecer impasible a sus sufrimientos! ¡Como a María vierte sobre mi tus santos dones, llena mi vida de paz, alegría, bondad, afabilidad, modestia, paciencia, dominio de mi mismo, fidelidad, entrega, servicio…! ¡Ayúdame a ser como María, Espíritu de Dios, que vivía siempre en referencia al Padre! ¡María, Espíritu Santo, me invitas a transformar mi existencia y convertirla en una liturgia perenne en la que reine siempre la voluntad de Dios! ¡Haced de mi vida fruto abundante! ¡Espíritu Santo, que tu acción santificadora penetre en lo más íntimo de mi ser, en mi sensibilidad, en mi memoria, en mi inteligencia, en mi voluntad! ¡María, quiero ser como tu Hijo, indícame siempre el camino a seguir!

Con flores a Marí­a (Obsequio espiritual a la Santísima Virgen María)
María, Madre, que no te quedaste con la alabanza de tu prima Isabel, sino que la referiste a quien correspondía en verdad, diciendo: «El Señor hizo en mí maravillas»; enséñame a reconocer la mano de Dios en todo y a darle gracias por todo.
Te ofrezco: repetir durante el día esta jaculatoria de la beata Maravillas de Jesús: «Lo que Dios quiera, como Dios quiera, cuando Dios quiera».

Carismas y vida cotidiana

Sigo preparándome para la fiesta de Pentecostés que llegará en unos días. Me introduzco en la escena del derramamiento del Espíritu, en el Cenáculo, como si fuera Matías, el apóstol que reemplazó a Judas después de traicionar a Jesús. Con los once allí diligentemente en oración, con las otras mujeres y con María, la Madre. Todos reunidos, en comunidad. ¡Qué detalle tan importante!
¿Por qué? Porque en aquel día el Espíritu Santo no se manifestó solo a los doce apóstoles que se convertirán en los mensajeros privilegiados del Evangelio. También bajó sobre todo el grupo. Todos estaban llenos del Espíritu Santo: comenzaron a hablar en otras lenguas, y cada uno habló de acuerdo con el don del Espíritu. Es por eso que a menudo observamos iconos donde María aparece en medio de los apóstoles y sobre ella, como sobre ellos, se cierne  una paloma o descienden lenguas de fuego, símbolos del Espíritu Santo.
La acción del Espíritu se manifestó vívidamente en el día de Pentecostés. Y continuó en los siglos siguientes, hasta el día de hoy. Aquel día los apóstoles, como hoy nosotros, fueron bendecidos con diversos dones para su misión. Estas gracias del Espíritu son los carismas, regalos que recibimos, cada uno o de manera colectiva, para edificar la Iglesia. El Espíritu sigue actuando, Él es quien anima, alienta y sigue edificando a la Iglesia. Y con él surge el kerygma o la primera proclamación del Evangelio que es más actual para nosotros.
Mi corazón se abre en esta semana con alegría a la preparación de Pentecostés para ser cada vez más consciente de que la acción del Espíritu Santo, en este tiempo de tantas dificultades y sufrimientos, con tantos corazones rotos y temerosos, está siempre presente en las personas y en la Iglesia. Necesitamos vivir verdaderamente insertados en Él, que los dones y las gracias recibidas del Espíritu se conviertan en fermento para dar sentido a una Iglesia carismática. El mundo lo demanda.
¿Una iglesia carismática? Si, una Iglesia carismática que esté llena de los carismas del Espíritu, corriente de gracia para seguir predicando el Evangelio a todos los hombres; una iglesia que camine permanentemente bajo el influjo del Espíritu Santo, que alabe al Señor sin cesar, que ore junto a los cristianos de las diversas iglesias y comunidades cristianas, que busque la unión, que perdone al prójimo, que ore y adore sin cesar a Dios, que actúe en favor de los más necesitados, que no abandone a los pobres y enfermos, que ponga por encima el amor a la ley… Una Iglesia que posea dones espirituales y que dependa de ellos para ser efectiva. La Iglesia la formamos seres espirituales, débiles, frágiles, sencillos y corrientes pero podemos servirnos unos de otros para dar sentido a la vida y al mundo. Y tenemos el influjo del Espíritu Santo, dador de vida, y sus dones de sabiduría, conocimiento, enseñanza, consejo, fortaleza, libertad, liderazgo, dirección, inteligencia, servicio, consolación, exhortación… Estos dones son tan vitales para la Iglesia como lo eran para los creyentes del primer siglo.
Nuestra vida cotidiana es carismática desde que el día de nuestro bautismo fuimos llenados del Espíritu y como consecuencia de ello tenemos dones con los cuales servir al cuerpo de Cristo. Cada uno tiene los suyos, Dios nos los ha distribuido a cada uno de acuerdo a su voluntad y nuestras capacidades. Por eso nadie sobra, nadie puede considerarse inútil. Cada uno tenemos un papel relevante dentro de la Iglesia. Sin esta contribución el cuerpo se empobrece, porque depende de lo que cada uno aporte para hacerla grande. ¡Le pido a Dios que Pentecostés me haga más consciente de mi misión como cristiano insertado en esta Iglesia pecadora pero carismática que tanto amo y que pueda utilizar mis carismas para ser dar a conocer la Buena Nueva de Jesucristo, servir siempre con amor a mi prójimo, manifestar el amor de Dios por el mundo y el amor misericordioso que tiene por cada uno de los hombres!

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¡Gracias, Padre, porque te amo y amo a tu Santa Iglesia Católica una Iglesia que quiso Jesús fuera Universal, capaz de acoger y abrigar a todos con sus diferencias, sensibilidades, personalidades, gustos, opiniones y riquezas! ¡Gracias porque me permites amarla y sentirme unida a ella por el Amor que siento por ti, por Cristo tu Hijo y por el Espíritu Santo! ¡Doy gracias a mis padres por haberme bautizado e insertado en tu Iglesia! ¡Me siento feliz de formar parte de ella, de ser católico, de los carismas y dones que me has dado, de enviar cada día tu Espíritu sobre mi para transformar mi vida! ¡Gracias por la fe, Espíritu Santo, qué don más grande he recibido de Dios! ¡Gracias por mi catolicidad; gracias por enviarme de misión; gracias por la experiencia personal de tu presencia y de tu poder en mi vida; gracias porque con tus dones cotidianos reavivas en mi corazón las gracias del bautismo! ¡Gracias porque en lo ordinario y sencillo de mi vida te haces presente cada día! ¡Gracias por tu acción santificadora, purificadora, renovadora, sanadora! ¡Gracias porque mi vida es una vida ordinaria y sencilla pero insertada en la Trinidad, en la que siento de una manera amorosa y misericordiosa la presencia y el poder que ejerces en mi vida! ¡Gracias porque reavivas mi vida! ¡Gracias, Espíritu de Dios, porque guías mi vida! ¡En este día te pido que reavives la llama del fuego de tu amor en mi corazón para fortalecer mi fe, para hacer mi servicio más amoroso, más entregado y más servicial; para santificar mi trabajo cotidiano; para buscar siempre el bien; para vivir insertado en Cristo; para perdonar y no juzgar; para llevar al mundo el mensaje de Jesús; para dar a conocer al prójimo la acción de tu gracia! ¡Concédeme la gracia de vivir una vida que en todo momento esté guiada por Ti! ¡Espíritu Santo, regala a tu Iglesia diferentes carismas, para ir plasmando en cada uno nosotros nuestras distintas espiritualidades para enriquecerla y responder a la llamada que Dios nos regala para edificarla cada día! ¡Ayúdame a contribuir a que la Iglesia sea ante los que me rodean la expresión real y cierta de que Dios nos ha amado, nos ama y nos amará eternamente!

Con flores a Marí­a (Obsequio espiritual a la Santí­sima Virgen María)
María, Madre, que conoces mis pensamientos: haz que no sean nunca de venganza, ni de envidia, ni de darme vueltas a mí mismo.
Te ofrezco: tratar de vivir en presencia de Dios.

Reclamar los dones del Espíritu Santo

Comienza la semana que nos lleva a Pentecostés, día glorioso para la Iglesia. Día en que se vierten sobre los hombres y mujeres de la Iglesia los dones del Espíritu. Siete, necesario recordarlos: sabiduría, inteligencia, consejo, fortaleza, ciencia, piedad y temor de Dios. Siete dones que sostienen la vida moral del cristiano y lo hacen dócil y sensible a la voluntad de Dios. ¿Con que medida se los pido?
Los dones del Espíritu, tan necesarios para enriquecer mi vida. Son los que otorgan la fuerza, el compromiso, la energía para actuar con decisión, para comportarse con rectitud, para vivir en clave cristiana. Son los medios que tiene el Espíritu para potenciar en el ser humano todas sus virtudes, para enriquecer su ser humano y divino. Los dones del Espíritu solidifican la vida interior, elevan la vida humana hacia Dios, ayudan a vivir en libertad, unen a Dios para hacerse semejantes de Él. Estos mismos dones te abren el corazón, sensibilizan el ser, comprometen con el prójimo, ensanchan la hondura de la vida interior.
Los dones del Espíritu son como esa lluvia menuda y persistente que penetra de manera imperceptible en lo profundo del alma y hace fecunda la vida del hombre porque lo llena de gracia, de carismas, de aptitudes, de habilidades y conduce hacia la excelencia.
Siete dones que multiplican la capacidad del hombre. Dones recibidos el día mismo del Bautismo al recibir el agua santa del sacramento, que nos hizo templo y sagrario de Dios. Agua que nos limpió del pecado. Aquellos dones recibidos se cubren de polvo si no se ejercitan y necesitan renovarse permanentemente. De ahí, que el Espíritu, dador de vida, alma de la Iglesia, y alma de nuestra alma, necesite nuestra colaboración para actuar en nuestra vida. Sin esa colaboración, su preciosa unción renovadora, purificadora y restauradora queda limitada. Sin un corazón humilde, orante, generoso, amoroso, limpio, servicial, alejado del pecado, libre de esclavitudes mundanas, abierto a la gracia… el Espíritu de Dios no puede actuar.
En los siete dones del Espíritu se hace fecunda la Palabra del Evangelio, la Buena Nueva de Cristo, el anuncio de Jesús, la acción misionera a la que estamos llamados, el ejercicio de nuestro ser cristianos al que estamos invitados.
Siete dones que deben ser reclamados insistentemente en la oración que es donde se fortalecen en nuestra alma. Es desde la experiencia interior, desde la apertura del corazón, como el ser humano puede amar al estilo de Cristo, pone en práctica exterior e interiormente todo lo que Jesucristo nos ha enseñado, es desde ahí que se reciben las fuerzas para seguir la voluntad de Dios, que se siente el impulso de llevar el Evangelio a toda persona.
El mundo más que nunca necesita del Espíritu Santo. Necesita de sus dones para que la sociedad en la que estamos enraizados supere tantos signos preocupantes de desesperanza, de dolor, de sufrimiento, de cansancio, de dudas y de miedos. Por eso en estos días hay que pedir con intensidad y con el corazón abierto a Dios que nos envíe su Espíritu y la gracia de sus dones para renovar la faz de la tierra.

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¡Oh Espíritu Santo, ven a mi vida, ven a mi alma, ven a mi corazón, llénalo todo con la abundancia de tus santos dones y haz que fructifiquen en mi de manera viva! ¡Espíritu Santo, amor infinito y santificador, transforma mi existencia para hacerla dócil a tus santos mandatos! ¡Te pido me llenes de tus santos dones para caminar según los designios de Dios! ¡Envía sobre mí el don de la sabiduría para vivir de acuerdo con los gustos del Padre, para que me aleje de la mundanalidad del mundo y me aparte de lo que me separa de la verdad! ¡Envía sobre mí el don del entendimiento para que sepa vivir en clave cristiana, para fortalecer mi fe, para darle lustre a mi ser de hijo de Dios, para que ilumine mi camino y ahuyente los miedos, incertezas y tibiezas que llenan mi corazón! ¡Envía sobre mí el don del consejo para saber actuar siempre correctamente, para perseverar en mi camino espiritual, para caminar hacia la santificación en mi vida diaria y evitar desviarme de la senda del bien! ¡Envía sobre mí el don de la fortaleza para ir venciendo con decisión todos aquellos obstáculos que se presenten en mi vida, para levantarme cuando caiga, para superar la debilidad, para no tener miedo a luchar, para ser valiente en la defensa de mi fe! ¡Envía sobre mi el don de ciencia con el fin de saber discernir con claridad lo que está bien y lo que está mal, para no dejarme vencer por las acechanzas del demonio, para no dejarme vislumbrar por los influjos mundanos y dar verdadero sentido a lo que tiene auténtico valor en mi vida! ¡Envía sobre mí el don de piedad para amar a Dios por encima de todo y al prójimo como a mi mismo, en una vida en la que el amor lo represente todo, una vida orante en la que no quepa más que el perdón, la compasión, la misericordia, la entrega, el servicio y la caridad! ¡Envía sobre mi el don de temor de Dios para cumplir siempre los mandamientos recibidos de Él y evite convertirme en un dios de barro cubierto de orgullo, soberbia y vanidad! ¡Ven, Espíritu Santo, ven para que guíes mi vida y la dirijas hacia la santidad de la que tan alejado estoy!

Con flores a Marí­a (Obsequio espiritual a la Santí­sima Virgen María)
Tú, que eres Intercesora ante tu Hijo, mantén siempre tu mirada misericordiosa sobre cada uno de los miembros de esta familia y, ya que no percibimos nuestras propias necesidades, acércate a tu Hijo implorando, como en Caná, el milagro del vino que nos falta.
Te ofrezco: rezar un Avemaría por cada persona de mi familia.

¿Qué promesa se cumple en Pentecostés?

¿Qué promesa se cumple en el día de Pentecostés? La promesa de Jesús realizada el día de la Ascensión a los apóstoles de que recibirán una fuerza, la del Espíritu Santo, que descenderá sobre ellos para convertirlos en sus testigos llevándole a Él hasta el último confín de la tierra.
Esta fuerza del Espíritu se manifiesta en sus efectos: las maravillas de Dios son proclamadas y escuchadas por todos. El Espíritu construye así la Iglesia naciente como un lugar donde damos a conocer a Dios. Es esta figura eclesial de comunión, concordia y comunicación la que nos trae el Espíritu Santo.
Los discípulos no guardamos para sí el regalo recibido: cada uno llevamos en nuestra vida el símbolo de la predicación apostólica. El don del Espíritu nos es comunicado a cada uno como a los discípulos en el día de Pentecostés. Este don del Espíritu nos es dado para comunicarlo. La Iglesia es verdaderamente apostólica como cantamos en el Credo: se basa en el testimonio de los Apóstoles. Cada uno de nosotros, en el lugar específico que ocupa como miembro del cuerpo de la Iglesia, está llamado a ser apóstol, a testificar la obra de Dios en su vida, con palabras y obras. Es ser testigos de Cristo hasta lo último confín de la tierra.
Esta fiesta de Pentecostés nos lleva a un comienzo siempre nuevo. Estamos en este mundo para contar las maravillas de Dios. Cuando recibimos el don del Espíritu formamos un solo cuerpo con Cristo porque somos frutos de la cosecha del Reino. Llevar el mensaje de salvación hasta los confines de la tierra implica llevarlo a los que no conocen a Cristo, a los que tienen una fe tibia, a los que están alejados de la Iglesia, a los que creían pero se han abandonado de la fe, a los que se encuentran en la oscuridad y en sombra de muerte… todos ellos y muchos más tienen el derecho de recibir el Evangelio.
El día de Pentecostés, el Espíritu Santo descendió sobre María y los discípulos y permaneció con ellos para siempre. Lo hace hoy también individualmente con cada uno de nosotros como lo hizo el día de nuestro bautismo, para hacernos a la vida de Dios. Las aguas transparentes de nuestro bautismo estaban bendecidas por la gracia de Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo, que quieren darnos su vida eterna. Pero las aguas de nuestro bautismo pueden convertirse en aguas estancadas, las de la rutina y el olvido de Dios, o incluso estar cubiertas de aguas fangosas, la de la mediocridad y el pecado.
Hoy es un día propicio para pedirle al Espíritu Santo que venga y agite las aguas de nuestro bautismo para renovar en el corazón la vida de Dios que recibimos cuando fuimos bautizados. Ningún obstáculo puede detener la obra de Dios porque como seguidores suyos hoy el don del Espíritu Santo viene a nosotros.
Hoy Jesús Resucitado se nos manifiesta, se hace presente en medio de nosotros y nos concede el don de su Espíritu para mantener vivo y activo el recuerdo de su presencia. Hoy, Jesús derrama sobre nosotros su Espíritu en un nuevo Pentecostés y solo por esto es un día de inmensa alegría, bendición, alabanza y motivación para la acción.

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¡Ven, Espíritu Santo, a mi corazón con tu fuerza invencible! ¡Ven, Espíritu de Dios, y derrota mis miedos y mis resistencias! ¡Ven, Espíritu de vida, gobierna mi corazón y hazlo siempre dócil a Cristo! ¡Ven, Espíritu Santo, para que la experiencia de recibirte en mi corazón no se convierta en una experiencia al margen del mundo ni de lo cotidiano sino que sea como una zarza ardiendo que de luz a mi vida! ¡Ven, Espíritu Santo, para hacer viva en mi corazón la experiencia de la Resurrección de Jesús y la experiencia de tu presencia! ¡Ven, Espíritu de paz, para hacer de mi corazón un templo para Dios! ¡Te doy gracias, Espíritu Santo, porque nos concedes una pluralidad de dones que van desde la propia existencia hasta las riquezas personales que cada uno atesora! ¡Gracias, Espíritu Santo, porque vives en mi! ¡Gracias, Espíritu Santo, porque sostienes mi vida, la actualizas, la renuevas, la purificas, la vivificas y la purificas! ¡Gracias, Espíritu Santo, porque mueves todas las cosas, porque eres el alma de los pequeños gestos que nos unen, que nos llevan a servir, amar, ser generosos y entregados, y que nos llevas a vivir como hermanos! ¡Gracias, Espíritu Santo, porque me otorgas la libertad para vivir y seguir la voluntad de Dios!  ¡Ayúdame, Espíritu Santo, a amar a Dios, a darle gracias, a bendecirle y alabarle! ¡Ayúdame, Espíritu Santo, a serte siempre dócil! ¡Ayúdame, Espíritu Santo, a ser un auténtico discípulo de Cristo, a ser un corazón abierto al mundo, a ir más allá de los muros del egoísmo y de la soberbia! ¡Ayúdame, Espíritu Santo, a ser como los ojos de Cristo, las manos de Cristo, el corazón de Cristo! ¡Ayúdame, Espíritu Santo, a ser experiencia de tu presencia, luz que emana de la Luz, amor que mana del Amor, entrega que mana de la misericordia! ¡Ven, Espíritu Santo, llena mi corazón con el fuego de tu amor!

Jaculatoria a la Virgen en el mes de mayo: ¡María, ayúdanos a ser dóciles a la llamada del Espíritu como hiciste Tu en Belén!

Un hermoso canto para Pentecostés:

¿Son realmente necesarios los sacramentos?

Me comenta una de mis hijas que una de sus mejores amigas ─una joven alegre, abierta, simpática, llena de vida, tolerante, generosa, amiga de sus amigas─ le explica que cree en Dios pero que no frecuenta la Iglesia ni los sacramentos. No tiene dudas de que Dios existe. Su planteamiento es que Dios es bueno por naturaleza, le está muy agradecida por ello, reza cuando las cosas van mal dadas… Ella ya trata de hacer el bien a los demás. Le afecta profundamente cuando contempla las cientos de desgracias que ocurren en el mundo y que vemos en tiempo real en los medios de comunicación, le produce gran dolor ver sufrir a la gente pobre que se encuentra por las esquinas, sufre por las personas enfermas, por los necesitados ─a veces, incluso, hace algún voluntariado─, vive una vida coherente sin alcohol, sin drogas, sin sexo fácil… Le gusta dar amor y recibir amor a las personas que quiere. Contagia alegría por su sonrisa fácil y su personalidad arrolladora. Sin embargo, le hastían las ceremonias religiosas, se aburre en la Santa Misa, no le ve sentido a confesarse ni a llevar una vida de sacramentos. Para ella eso es algo un poco retrógrado. Vivir y deja vivir. A mi hija le gustaría que su amiga se confesara y que pudiera recibir al Señor al menos cada domingo.
«¿Tiene novio tu amiga?», le pregunto. Efectivamente, tiene novio. Y le ama. Y necesita estar con él. Y compartir sus experiencias, sus tristezas, sus éxitos y sus fracasos. Necesita verlo cada día y cuando pasan unas horas que no se ven necesitan llamarse. Con él seguramente no hará lo que siempre desea, discutirá, pasará tiempo entre cervezas y discotecas, comentarán las buenas notas de la Universidad o aquel trabajo low cost que anhelaban para pagarse el viaje de fin de curso y uno de ellos no ha conseguido. Juntos compartirán comidas en un restaurante de comida rápida porque sin alimentos ni bebida no es posible sobrevivir. Si así es nuestra vida cotidiana, así es también nuestra vida sacramental. Los sacramentos son para el espíritu del hombre lo que vigoriza el alma. El complemento ideal a la bondad del hombre. A la misma bondad que la amiga de mi hija.
Pero hay algo más, incluso, que vivifica el corazón del creyente. Cada vez que entramos en un templo allí está el Señor que nos espera enamorado. Cada vez que asistimos a un oficio se produce una cita de amor con el Dios que nos ha creado.
Los sacramentos son esos encuentros especiales con Jesús pensados para cada momento de nuestra vida. Y, a través de ellos, Cristo se hace presente en lo más profundo del corazón para transformarnos con su amor.
Si por el bautismo nacemos de nuevo y tenemos el honor de liberarnos del pecado original y ser hijos protegidos del Padre, en la confirmación recibimos la fuerza del Espíritu Santo y fortalecemos los dones del bautismo. Por medio del sacramento de la penitencia recibimos el perdón de nuestros pecados, recuperamos la gracia, nos reconciliamos con Dios y obtenemos el consuelo, la paz, la serenidad espiritual y las fuerzas para luchar contra el pecado. En la Eucaristía —el sacramento por excelencia— nos llenamos de la gracia recibiendo al que por sí mismo es la Gracia. ¡Celebrar la Eucaristía supone que Cristo se nos da a sí mismo, nos entrega su amor, para conformarnos a sí mismo y crear una realidad nueva en nuestro corazón! A través del matrimonio —y en el noviazgo en el caso de la amiga de mi hija— nos convertimos en servidores del amor.
No basta sólo con la fe. Es imprescindible alimentarla con el sello vivo de los sacramentos en los que Dios ha dejado su impronta. Los sacramentos son signos visibles de Dios y no los podemos menospreciar. Y Cristo es el auténtico donante de los sacramentos. Son un regalo tan impresionante que Cristo quiso que fuese Su Iglesia quien los custodiara para ponerlos al servicio de todas las personas. Y la gran eficacia de los sacramentos es que es el mismo Jesús quien hace que tengan un efecto concreto en cada persona porque es Él mismo quien hace que funcionen.
La inquietud de mi hija se ha convertido también en mi inquietud porque me permite darme cuenta que a través de la Palabra y los sacramentos, en toda nuestra vida, Cristo está realmente cercano. Por eso hoy le pido al Señor que esta cercanía me toque en lo más íntimo de mi corazón, para que renazca en mí la alegría, esa sensación de felicidad que nace cuando Jesús se encuentra realmente cerca.

Sacramentos

¡Te doy infinitas gracias, Señor, por los sacramentos de tu Iglesia, fruto de tu amor para nuestra salvación! ¡Te doy gracias, Padre, porque transforman nuestra vida, mi vida! ¡Te doy gracias, Padre, porque a través de ellos puedo descubrir que no hay nada más gratuito que el amor! ¡Te doy gracias, Señor, porque a través de los sacramentos se revela tu amor liberador y creador se manifiesta de manera auténtica y me invitas a la transformación personal! ¡Te doy gracias por los sacramentos del Bautismo y la Confirmación porque a través de ellos me invitas a renacer a la vida y ser parte activa del camino hacia la salvación! ¡Te doy gracias por el sacramento de la Penitencia que me permite reconciliarme contigo! ¡Te doy gracias por el sacramento del matrimonio y de los enfermos en los que puedo vivir la realidad cotidiana del amor y crecer como persona! ¡Te doy gracias por el sacramento del Orden por el que permites que tantos hombres vuelquen su vocación para servirte espiritualmente! ¡Te doy gracias por el gran sacramento de la Eucaristía por el que nos invitas a todos a participar activamente del gran milagro cotidiano de tu presencia entre nosotros y anticipar el gran ágape que nos espera en el Reino del Amor y en el que todos los sacramentos confluyen! ¡Gracias, Jesús, amigo, porque Tú eres el verdadero sacramento, el que da la vida y la esperanza, el perdón y la caridad, y porque todos los sacramentos confluyen en tus manos que tenemos la oportunidad de tocar cada día! ¡Gracias, Señor, por tanto amor y misericordia!

En este días nos regalamos las Laudes a la Virgen María, de Giuseppe Verdi: