Colaborador de Dios

Todos los seres humanos somos colaboradores de Dios, llamados a cooperar en Su obra de creación, Pero, también, debemos ser creadores. ¿Cómo hacerlo? ¿Podemos, como Él, crear ex nihilo, crear de la nada? Ante esta imposibilidad podemos cooperar con Dios haciendo fructíferos sus dones, llevándolos a su pleno desarrollo.

El gran don de Dios es la gracia del Espíritu Santo. Es un don puro, pero depende de nosotros, colaboradores de Dios, para que dé sus frutos. Dios nos ha creado con amor pero quiere que actuemos en cooperación con Él, en sinergia, para guiarnos hacia Su gran meta: la salvación. En la Iglesia entendemos la salvación como glorificación, como deificación. Es voluntad de Dios que todos los hombres nos salvemos y entremos en la alegría del cielo.

¿Cómo puedo cooperar con Dios y asegurarme de no recibir la gracia de Dios en vano? Guardando los mandamientos de Cristo con amor y luchando contra el pecado que me aleja de Dios y paraliza la obra de la gracia que obra en mi. Actuando con amor por fidelidad a Cristo, siendo constante en las tribulaciones, en la fatiga, en las vigilias, en los ayunos; viviendo con pureza de espíritu, practicando la caridad y la paciencia, la bondad y la entrega, actuando con honor y honestidad y apartando la deshonra; manteniendo siempre la alegría pese a las dificultades, aceptando el sufrimiento con esperanza…, uno puede pensar que todo esto es la exhortación dada a un novicio durante su profesión monástica. Pero no es el caso, es la invitación al propósito de Dios en medio de las debilidades humanas. Dios no requiere de nadie para alcanzar su propósito, pero ha decidido emplear a los seres humanos para el cumplimiento del mismo. Es una muestra más de su infinita misericordia y de la grandeza de su gracia. Y sabedor de la realidad y fragilidad del hombre, Dios ha decidido correr el riesgo de valerse y confiar en nosotros para la transformación y evangelización del mundo y la edificación del cuerpo de Cristo, que es su Iglesia. Pero esto no es posible lograrlo solos, con nuestras propias fuerzas. Se necesita para ello llenarse del Espíritu Santo, dejarse moldear por el quehacer divino, convirtiendo nuestra vida personal, familiar, social, profesional, eclesial en un medio de unión con Cristo; una vida impregnada de amor.

Todo colaborador de Dios tiene un sello especial, una manera de comportarse, de vivir, de ser. La manera de hacerlo es con amor porque esta es la manera con la que actúa y hace las cosas Dios. Sin amor nada es posible. Sin amor no se siguen los caminos de Dios. Sin amor no es posible transformar nada.. Este amor lo cambia todo. Es un amar antes de esperar ser amado. Esta es la razón por la cual el amor de Dios es tan perfecto, porque Dios no ama por lo que soy, lo que hago o dejo de hacer sino porque ya decidió amarme antes de mi propia creación. 

Ser colaborador del Dios Creador es trabajar con Él en la obra de salvación a la que todos estamos llamados.  Es un invitación a impregnarlo todo de amor pues el amor es la manera más natural  para colaborar en la obra de Dios en la vida de los que me rodean. ¡Le pido al Espíritu Santo la capacidad de amar, la capacidad de entregarme, la capacidad de vivir en espíritu con Él para convertirme en un auténtico colaborador de Dios!

¡Espíritu Santo, amor del Padre y del Hijo, me postro ante su presencia y te pido la gracia de amar al prójimo, de amar a Dios, de amar a Cristo, de amarte a Ti, de ser un discípulo del amor para llevar el Evangelio a mi prójimo, a mi familia, a mis amigos, a mis colaboradores en mi trabajo, en mi grupos de oración! ¡Anhelo ser, Espíritu divino, un auténtico colaborador de Dios, con todo lo que soy y lo que tengo, con mis flaquezas y fragilidades, con mis competencias y virtudes! ¡Espíritu de Dios, he sido creado por el Padre para amar, para vivir en santidad, para llegar al cielo; concédeme la gracia de vivir cada día acorde con su voluntad, impregnándolo todo de amor, de entrega y de generosidad! ¡Espíritu de verdad, tomaste posesión de mi el día de mi bautismo y me has convertido en templos vivos donde tu presencia es verdadera, llenas mi corazón junto con el Padre y el Hijo; haz que la plenitud de tus dones me permitan vivir cada día desde la verdad de Hijo de Dios siendo testimonio vivo de coherencia cristiana!  ¡Ayúdame a vivir acorde con las enseñanzas del Evangelio, llenándolo todo de amor! ¡Concédeme la gracia de ser un verdadero colaborador del Dios Creador contribuyendo a la obra de salvación a la que estoy invitado! ¡No te alejes de mi corazón, Espíritu de Verdad, y santifica mis alegrías y endulza mis sufrimientos y dificultades; ilumina siempre mi mente con los dones de sabiduría y entendimiento para actuar según los criterios de Dios; en los momentos de oscuridad, dudas, incerteza y de confusión asísteme con el don del consejo para saber como actuar; no permitas que me abandone en los momentos de debilidad y en el trabajo concédeme la fortaleza que viene de Ti; que mi vida interior y mi vida familiar esté impregnada en cada momento con el espíritu de piedad y de amor; y que cada instante de mi existencia me mueva un temor santo! ¡Moldea mi vida, Espíritu Santo, para convertir mi vida personal, familiar, social, profesional, eclesial en un medio de unión con Cristo, en una vida impregnada de amor!

Mirado y amado por Jesús

«Jesús lo miró y lo amó». Este versículo de san Marcos me llena siempre de mucha esperanza. Otorga a mi corazón una profunda alegría. Me genera mucha paz interior. Mucha confianza. Sentir la mirada de Cristo y su amor. Jesús nos mira, a cada uno, como miró a aquel hombre. Y para Jesús, mirar es amar. Jesús nos ama y da su vida por nosotros, para que pasemos de la Ley a la fe: seguir a Jesús, caminar con Él, aunque caigamos. La única riqueza es vivir como Dios, hacer los actos de Dios: rezar, orar, meditar, demandar sabiduría. Orar es dejar que Dios nos ame.

En la confirmación, recibimos el Espíritu Santo, el don de Dios. La oración de la imposición de manos evoca los siete dones del Espíritu Santo, entre los que se encuentra el Espíritu de sabiduría.

La sabiduría en la Biblia no es una cuestión de experiencia, de edad o de las canas de quienes son protagonistas de los diferentes libros. Es un regalo del Espíritu. El Espíritu Santo nos enseña y nos ofrece la sabiduría que consiste en ver con los ojos de Dios, en oír con los oídos de Dios, en amar con el corazón de Dios, en juzgar las cosas con el juicio de Dios, hablar con las palabras de Dios.

¡Invocar al Espíritu Santo al comienzo de nuestra oración, de nuestro día, es el primer paso en la oración! Debemos hacer espacio para el Espíritu, para que nos pueda aconsejar. Hacer espacio es rezar: rezar para que Él venga a ayudarnos en todo momento.

Dios no sabe dar en pequeñas cantidades. Esto es lo que exclama la Virgen María en el Magnificat: colma de bienes a los hambrientos, despide a los ricos con las manos vacías.

Los mandamientos de la vida he vivirlos en relación con el Dios viviente. Jesús no viene a llamar a lo perfecto, sino a realizar, fortalecer, confirmar, sanar nuestro corazón para que podamos vivir plenamente. ¡Cuantas veces buscamos “vivir” y luego lo destruimos todo corriendo detrás de cosas efímeras! 

Orar es entrar en este diálogo con Dios que nos quiere bien, quiere nuestra felicidad. No nos impone nada, nos ama con ternura. Nos mira con amor. ¡Con cuánto amor nos mira Jesús! ¡Cuán amorosamente sana nuestros corazones pecadores! Él nunca tiene miedo de nuestros pecados.

Y ese amor consolida en nosotros el trabajo de nuestras manos. Aquí tenemos el camino de la fe, la lucha de la fe. ¡Cuanto deseo de Dios! ¡Cuanto deseo de encontrarlo, de hablar con él, de sentir su mirada de amor y de recibir Su amor! Entonces tengo que elegir.

Jesús, el Hijo de Dios, nos regala un amor verdadero que puede hacernos elegir dar toda nuestra vida, como Pedro y los apóstoles. Dios es Amor, Dios es nuestra riqueza… cuando te encuentras con la mirada amorosa de Jesús, entonces toda tu vida se conmueve, toda tu vida se llena.

Hoy mi corazón se llena de confianza porque Jesús me espera en la Eucaristía, añoranza de cada día, tesoro de la Iglesia, para entregarse a mi, para amarme y para difundir su amor a través de cada uno en este mundo que, en el fondo, tanto anhela el Amor.  

«Jesús lo miró y lo amó». Así es como se siento yo. Mirado y amado por Jesús.

¡Señor, gracias, porque me siento mirado y amado por Ti! ¡Te entrego, Señor, con el corazón abierto toda mi existencia, reconociendo que eres la luz que guía mi caminar tantas veces incierto! ¡Concédeme la gracia de llenar mi corazón de tu amor y de tu ternura para sentir en cada instante de mi vida tu amor divino! ¡Mírame, Señor, para que deposite en tu mirada mi existencia, mi futuro, para que el amor que sientes por mi se impregne en mi corazón soberbio y egoísta, para que los transformes, los renueves y lo purifiques! ¡Mírame, Señor, y hazme sentir tu amor porque quiero aprender a amar conforme a tu estilo, para que mi existencia esté llena de este amor fiel e incondicional, para que sea capaz de cumplir siempre tu santa voluntad! ¡Mírame, Señor, porque quiere mirar como miras tu, amar como amas tu, sentir como amas tu; que mis pensamientos sean los tuyos, mis sentidos los tuyos, mis emociones las tuyas, mis palabras las tuyas…! ¡Mírame y enséñame a amar, Señor, para que sea capaz de llevar esa mirada tierna y amorosa a los demás! ¡Concédeme la gracia de la sabiduría para reflejar tu verdad, para mostrar el verdadero amor que viene de Ti, para romper las cadenas que me alejan del bien, para arraigar en mi ser auténticos sentimientos de amor! ¡Mírame, Señor, y muéstrame la misericordia que nace del amor de tu gloria, que transforma! ¡Lléname, Señor, de tu sabiduría que es la clave esencia para amar al prójimo! ¡Mírame, Señor, porque cada día quiero parecerme más a Ti, amar conforme a tu manera de amar, para limpiar mi corazón y llenarlo de tu verdad! ¡Mírame, Señor, y aleja de mi vida todo aquello que me aleje de la luz de tu Verdad, de tu Buena Nueva, de tus Palabras, de tu Amor! ¡Haz, Señor, que el Espíritu Santo sea mi director y me muestre cada día el camino del amor!

Iluminado con la sabiduría del Espíritu

Le pido con frecuencia al Señor la sabiduría que viene del Espíritu para discernir el bien del mal en mi vida.

Me cuestiono interiormente: ¿Tengo dentro de mi este amor a la sabiduría, el deseo invencible de saber lo que es bueno y no preferir nunca lo que me aparta del bien? ¿Soy capaz de reconocer que esta sabiduría es un don del Espíritu de Dios y que se funde con la voluntad divina como Jesús nos la reveló y como se manifiesta en la enseñanza de la iglesia?¿Puedo considerarme servidor infatigable de la sabiduría divina cuya recompensa suprema es mi salvación eterna?

El tesoro al que me invita Jesús es el Reino de los Cielos, es decir, la venida de Dios en mi vida hasta la unión definitiva con él en la vida eterna. Se trata de dejar que Dios penetre con todo su vigor en mi vida e ir eliminando todos aquellos obstáculos que impiden esa entrada en mi corazón.

Nada debería interponerse en el camino de la venida del amor de Dios. Mi visión de mi mismo, de los demás y del mundo debe estar imbuida del amor divino. Es decir, verlo todo con los ojos de Jesús y amar todo y comprenderlo todo con el corazón de Cristo.

Se trata de dejar que Dios trabaje en mi y a través mío. Encontrar una alegría profunda en la unión de mi vida con la de Aquel que me la ha regalado como puro don. Contemplar el rostro doloroso y glorioso de Jesús para descubrir allí la presencia y la voluntad salvífica de ese Dios que me ama. Un Dios que es amor y que nos ha creado por puro amor.

Se trata de hacer todo nuevo y dejar que Dios establezca entre todos una nueva hermandad en su Hijo Jesús, a quien el bautismo nos ha unido definitivamente. Jesús se convierte así en el mayor de una multitud de hermanos a los que puede comunicar la gloria que ha recibido de su Padre desde toda la eternidad.

Hay dos signos ineludibles de esta nueva vida, obtenidos en la fe recibida durante nuestro renacimiento bautismal: la oración diaria y el amor fraterno. Si falta una de estas dos señales, algo anda mal con mi vida cristiana. ¡Si fallan, he de ponerme en la tarea de hacer un balance urgente para que la sal siga siendo sal y que la luz siga iluminando! ¿No es este tiempo de vacaciones un buen momento para relanzar mi vida cristiana, en el silencio de un corazón que escucha la Palabra del Señor y la comprende? ¡Le pido al Señor que me ilumine con la sabiduría de su Espíritu!

¡Espíritu Santo, dador de vida, alma de mi alma, luz de luz, dame la sabiduría para saber en cada momento lo que debo hacer y como actuar! ¡Lléname, Espíritu divino, con tu gracia y tu bendición para caminar bajo la luz de tu iluminación! ¡Te invito, Espíritu divino, a que guíes todas las áreas de mi existencia, para que me orientes siempre e ilumines mis pasos! ¡Te entrego, Espíritu de Dios, mi mente, mi corazón, mi alma, mi ser, mi voluntad y mi vida para por medio de tus inspiraciones divina me ajuste siempre a la voluntad del Padre! ¡Te pido, Espíritu de Amor, que me enseñes a caminar siempre siendo fiel a Cristo y a las personas que a lo largo del camino me has ido poniendo, especialmente a mi pareja, a mis hijos, a mis amigos, a mis compañeros de trabajo, a mis compañeros de comunidad eclesial e, incluso, aquellos que me han lastimado o yo he hecho daño! ¡Te pido, Espíritu santificador, que me otorgues tus siete dones y los frutos de tu amor para que los emplee siempre en fortalecer mi vida y defender con ahínco la fe que me regalaste el día del bautizo! Espíritu Santo, inflama con la llama de tu amor mi vida, ábreme a los tesoros de tu gracia, enséñame a orar, a actuar siempre correctamente y a convertirme en un auténtico hijo de Dios!

Contra la falsedad, mucho Espíritu Santo

Cada año en este día se celebra la Jornada Mundial contra la Falsificación y la Piratería, iniciativa fundada en 1988 por el Grupo Mundial de Lucha contra la Falsificación para dar a conocer los daños causados por la violación de la propiedad intelectual, la suplantación de identidad y las amenazas a la privacidad y la reputación online. No es un tema baladí porque encabezan el ranking de violaciones en Internet.
He pensado: ¡que apropiada sería esta jornada vivirla cada día a la luz del Espíritu cuando tantas veces suplantamos nuestra autenticidad para quedar bien, amenazamos la reputación del otro con juicios ajenos y violamos su propiedad intelectual cuando menospreciamos sus valores y socavamos su dignidad!
Las personas, y especialmente los cristianos, somos muchas veces falsos cristos, faltos apóstoles, falsos discípulos, falsos hermanos, falsos cristianos porque nos falta la autenticidad y la verdad en nuestros gestos, palabras, acciones y pensamientos.
El mejor antídoto contra la falsificación de la propia vida como cristianos es recibir la fuerza del Espíritu Santo.
No somos conscientes de que nuestras acciones perjudican el proyecto de Dios, que nuestra falta de caridad y de amor, de ir a la nuestra no andan al proyecto de Dios. Es el Espíritu Santo con sus siete dones el que te otorga la sabiduría para acercarte a la voluntad divina.
Contra nuestra incapacidad para orientar nuestra vida hacia el bien, para tomar las decisiones correctas, para discernir las sendas de las bondad, para distinguir entre lo bueno y lo malo, el don de Consejo.
Contra el juzgar el prójimo, el compararse con él, para el vivir en la soberbia de creerse mejor a todos, al llevar una vida autosuficiente, para aprender a escrutar en la verdad de Dios, para iluminar nuestra vida con las verdades divinas, para abrir nuestro corazón a la verdad y no el pecado, el don de Entendimiento.
Contra la tendencia natural a confundir lo aparente de lo verdadero y ser consciente siempre de cuáles son los pensamientos de Dios para con nosotros, el don de Ciencia.
Contra la tendencia a falsificar nuestra realidad por intereses tacticistas frente a los demás y para estar abierto a la voluntad de Dios en nuestra vida, tratando de obrar, actuar y servir como lo haría el mismo Cristo, llevando a su vez una vida de oración con el corazón abierto, el don de Piedad.
Contra la mentira para hacer creer a los otros lo que no somos o simplemente para contentarlos, para salir del paso, para evitarse conflictos o problemas o para huir de la realidad; para ser valientes y afrontar la realidad de la vida, los problemas y las circunstancias adversas, el don de Fortaleza.
Contra la actitud de enfrentarse al prójimo y no respetarle, a juzgarle y condenarle; al apartarse de los caminos del Señor y no cumplir su voluntad, el don de Temor de Dios.
En este Día Mundial contra la Falsificación y la Piratería, me pregunto: ¿qué falsedades hay en mi corazón que deben ser cambiadas y transformadas a la luz del Espíritu? ¿Soy consciente de que a la luz del Espíritu aborreceré la falsedad y caminaré a la luz de la verdad, de la libertad y de la autenticidad! ¡Hoy voy a celebrar esta jornada, pero lo haré a la luz de la invocación constante al Espíritu de Dios, el que todo lo impregna de verdad!

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¡Señor, que cada paso que yo dé, que cada palabra que pronuncie, que cada pensamiento que tenga, que cada gesto que realice, que cada acción que cometa esté siempre impregnada de veracidad y de amor! ¡Señor, toma mi mente, mi alma, mi corazón, mis sentimientos y mi voluntad y elimina de su interior todo aquello que no te agrada y límpialo de toda falsedad! ¡Padre, por medio de tu Santo Espíritu, toma el control de mi corazón y de mi alma, examíname siempre y guíame para que pueda caminar en el poder de tu Espíritu para convertirme siempre en una persona íntegra, digna de Ti! ¡Concédeme la gracia, Padre, a la luz del Espíritu Santo de buscar siempre lo que es justo y bueno y discernir siempre Tu voluntad! ¡No permitas, Padre, que haga el mal para obtener un bien, que siempre mis acciones con los demás estén presididas por la verdad, que actúe siempre en caridad, con respeto al prójimo y sin herir su conciencia y su persona porque eso es pecar contra Ti! ¡Envía Tu Espíritu Señor, para que me ayude a tener siempre una conciencia recta y veraz! ¡Ilumíname siempre, Señor, con Tu Palabra para que sea luz que guíe mis pasos! ¡Ayúdame, Señor, a asimilarla siempre a la luz de la fe y de la oración! ¡Señor, Tú conoces hasta el más recóndito rincón de mi corazón! ¡Ayúdame a ser cada día mejor!

Respirar el aire fresco de la naturaleza y el aire purificador del Espíritu

Me gusta respirar el aire fresco de la naturaleza. Me gusta la vida de campo. Me da vida. Sustenta mi alma. Me hace participar de manera vivificante de la creación. El lunes, visitando a varios clientes del sector agrario, caminé entre instalaciones ganaderas, entre arboledas, entre campos floridos de la naturaleza… me sentí anclado en el amor de la creación. Respirar naturaleza ensancha mi corazón, serena mi alma… te permite sentirte don de Dios y de ese don fruto de la gracia vives. Te hace sentirte también polvo de la tierra, de ese polvo del que fui creado, de ese polvo frágil que se hizo barro, con su forma, su carácter, su estilo propio… pero moldeado por las manos sublimes, tiernas y amorosas de Dios.
Hace poco hice la fotografía que ilustra el texto. Una cruz en lo alto de la montaña, en plena naturaleza. La cruz que refleja el abandono de Aquel que dio su vida por nosotros, que nos dio su paz y que, con su aliento, nos devolvió a la vida. Junto a la cruz la luz del sol, luz de Dios. Pensé lo impresionante de ese Dios tan humano que nos busca cada día y que se comunica ahora con el soplo íntimo y susurrante del Espíritu. Ese soplo da aire a nuestra existencia, rompe las corazas de nuestro corazón de piedra y lo transforma en un corazón de carne.
El lunes la brisa de la jornada refrescó mi cuerpo mientras visitaba a mis clientes en sus instalaciones ganaderas. También mi corazón y mi alma. Recordé las palabras del Evangelio de san Juan que dice que el viento sopla donde quiere y escuchas su ruido, pero no sabes de dónde viene ni adónde va. Es así todo el que ha nacido del Espíritu.
Me gusta respirar el aire fresco de la naturaleza. Pero también inspirar el aire puro del Espíritu. Vivir de la receptividad de los dones y carismas del Espíritu es abrir el corazón y dejarse conducir por la vida como un niño, frágil pero seguro de la mano de su progenitor. Quiero respirar el soplo del Espíritu porque quiero ser su templo, quiero que de mi corazón brote de manera incesante el agua pura del amor. Quiero que el Espíritu me conduzca por las sendas de la vida y que, por medio de su ternura, diligencia y amor, me tome de la mano, me colme de gracia y me ayude a dar pasos certeros para caminar hacia la santidad. Confiando, respirando su aliento, sin poner resistencia y entregándome en verdad.

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¡Espíritu Santo, ruah, viento que soplas en los corazones humanos, tu te hiciste presente en la anunciación, llevaste a Jesús al desierto, te derramaste sobre Él en el río Jordán, le acompañaste en la oración, hazte también presente en mi vida! ¡Vivo deprisa, Espíritu de Dios, una vida en la que hay muchos ruidos, compromisos, urgencias, necesidades, poco tiempo para descansar… necesito momentos de paz interior, de silencio interior; y tu eres el aire sereno que respiro, sin tu aliento no me sostengo, quiero respirar al unísono contigo para exhalar tu presencia y hacerla pura mi existencia! ¡Soy poca cosa, Espíritu de Amor, soy frágil y quebradizo, pero a través tuyo Dios derrama su infinito amor sobre mi corazón; gracias! ¡Gracias por tu aliento, por tus susurros, por tu presencia, por hacer posible la presencia de la Santísima Trinidad en mi vida; gracias porque siendo pequeño y frágil quieres tomar posesión de mi corazón! ¡Gracias porque a tu lado todo lo puedo! ¡Gracias porque tu presencia me sostiene, tus soplos me dan aliento, porque tus dones me dan coraje, respirarte serena mi alma! ¡Espíritu Santo, eres el Espíritu que todo lo llena, que da vida, que me lleva a Dios para asemejarme a Él y a Cristo para hacerme uno con Él! ¡Ayúdame a entender que la vida consiste en vivir en Cristo, con Cristo y de Cristo! ¡Dame sabia nueva a mi vida, Espíritu de Dios, porque es lo que anhelo con todas mis fuerzas!

Espíritu Santo y misericordia: una mirada a mi pentecostés interior

Vivimos ayer la jornada alegre de la solemnidad de Pentecostés que como cristiano, rompiendo temores, disipando miedos, te implica en el impulso evangelizador. Me siento feliz de formar parte de una iglesia que nace cada año. Es un día en que todos nos maravillamos de la inmensa obra que realiza el Espíritu en los corazones de sus fieles.
La quise vivir ayer como una lectura renovada de mi propio recorrido personal en torno a mi fe, mi relación con la esperanza que viene de Cristo, mi relación con los demás, mi camino de vida. Una mirada profunda en mi propio pentecostés para maravillarme desde la humildad, el amor y la misericordia de lo que el Espíritu ha ido desarrollando en mi vida, para admirarla a los ojos de la gracia, para darle gracias con la seguridad de que como me ilumina, renueva, purifica y sostiene tiene el mismo fundamento que aquellas mismas maravillas que el Espíritu obró en los comienzos de la predicación evangélica.
Vivimos tiempos muy difíciles, sacudidos por vendavales sociales, políticos y económicos de gran dramatismo, por momentos presididos por la incertidumbre, por la inseguridad, por la crispación social y política, por corazones llenos de heridos… por eso se hace tan imprescindible experimentar al Dios misericordioso, ese que lleno de ternura, se vuelve de manera compasiva sobre todos los seres humanos.
Ese Dios amoroso, que ha creado el mundo con sabiduría, y cuya misericordia es eterna es el que se manifestó durante toda su vida a Jesús. Cristo vivió permanentemente acompañado por el aliento de la ruah, que con su fina y entrañable delicadeza, se hizo presente en el anuncio de su concepción, en su nacimiento en aquel portal pobre de Belén, en su predicación a los doctores del templo de Jerusalén siendo adolescente, al comienzo de su vida pública a orillas del río Jordán, en los cuarenta días de preparación en el desierto, en su caminar por tierras de Galilea predicando la Buena Nueva, sanando corazones, curando enfermedades, liberando cadenas interiores, perdonando a pecadores, enseñando en su misión misericordiosa y liberadora el reino de Dios. En Jesús, actuó de manera constante la luz y la fuerza del Espíritu que le reveló con su delicado hacer los rasgos de su amado Padre.
En los postreros días de su vida, Jesús nos dejó que el Espíritu penetrará en nuestros corazones y nos guiará en la verdad plena.
Acojo con amor y esperanza la invitación de hacer fecunda en mi vida esta experiencia pentecostal. Con la lluvia de su amor en la seguía de mi corazón, salgo renovado de mi cenáculo interior para dispersarme y hacer llegar a los que me rodean y a los que se crucen en mi vida la Buena Noticia del Amor. Tengo necesidad de anunciar al Dios rico en misericordia, al Dios que ama, perdona y acoge. A la Trinidad Santa, al Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo, que nos ofrecen de manera tierna, generosa y amorosa la ruah para que seamos auténticos testigos de su infinita y eterna bondad y compasión.
Le pido con el corazón abierto, a la luz de esta experiencia viva, de este regalo de amor, ser capaz de vivir con hondura esta experiencia; que sea capaz de reflejarla en todos los gestos, palabras, acciones y pensamientos de mi vida. Que sea la gracia que viene de la Trinidad la que me de la inspiración para tener con todos los que amo, los que a mi acudan, con los que trabajo, con los que me relaciono, con los que me han hecho mal, gestos profundos y sinceros de amor misericordioso, de cercanía, de perdón, de entrega, de servicio y de generosidad. Ocasiones no me faltarán; soy consciente de que es necesario que abra mi corazón de par en par y no pasar la ocasión de hacer en todo momento el bien.
Hoy comienza el mes de junio, el mes que marca la mitad del año; quisiera que, cuando éste concluya y haga balance de mi vida, pueda constatar que ese Espíritu que ayer se vertió sombre mi me ha renovado, me ha convertido en un ser más amoroso, sensible, entregado, solidario y, sobre todo, más misericordioso como el Padre es misericordioso.

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¡Espíritu Santo, dador de vida, tú conoces mi vida, sabes de mis debilidades y flaquezas, sabes de mis incertezas e infidelidades, haz que crezca en mi la fe, la fortaleza, el amor, la generosidad, la caridad, la esperanza! ¡Saber que estás a mi lado, Espíritu divino, serena mi corazón, me llena de seguridad, me da la fuerza para vivir con más ahínco mi fe! ¡Ven siempre a mi, Espíritu de Dios, conviértete en mi escudo, en mi protector, en mi fortaleza, en la paz que anide en mi corazón! ¡No permitas, Espíritu de luz, que caiga en la misma piedra, que resbale siempre en el mismo peldaño, mantente siempre a mi lado guardándome con tu sombra y enviando tu aliento sobre mi! ¡Haz que sea capaz de percibir tu presencia, Espíritu de Cristo, de oler la suavidad de su ternura y de su amor, de percibirlo cada día en mi vida para ser entonces yo dador de caridad, de amor, de generosidad, de servicio, de mansedumbre, de humildad, de entrega, de servicio, de sencillez, de misericordia! ¡Haz, Espíritu Santo, que vean en mi que anidas en mi corazón, que perciban que soy testigo del Cristo Resucitado! ¡Permanece siempre cerca mío, Espíritu de Verdad, y concédeme la gracia de percibirte siempre y tener además la humildad de reconocerte en las personas con las que me cruzo cada día! ¡Espíritu Santo el trabajo de mi santificación es tuyo, hazme dócil a tu aliento, purifícame, ilumíname, renuévame, haz que Cristo se haga presente en mi corazón; ayúdame a no cerrarle la puerta cuando llame! ¡Espíritu Santo, amor de vida, cuando ame que seas tu quien ama en mi; cuando perdone, que seas tu quien perdone a través mío; cuando sirva, que sea un servicio basado en tu aliento; cuando entregue, que sea una entrega basando en la plenitud de tu existencia en mi corazón! ¡Mueve mi corazón para hacerlo siempre dócil a tu llamada!

En este primer día de junio nos unimos a la intención de oración del Santo Padre Francisco dedicada a la evangelización. Recemos para que aquellos que sufren encuentren caminos de vida, dejándose tocar por el Corazón de Jesús.

¿Cómo reconocer las manifestaciones del Espíritu en mi mismo y en las personas que me rodean? 

Con la fiesta de Pentecostés, que en griego significa el quincuagésimo día, concluimos oficialmente el tiempo de Pascua que hemos dedicado a celebrar y profundizar el misterio pascual, corazón y centro de la fe cristiana.
En este día comienza la misión de la Iglesia que se inició con este evento extraordinario y que prosigue en la actualidad: la proclamación de la buena nueva de la resurrección de Cristo a todas los que conocemos.
Todos somos portadores y testigos de la universalidad del mensaje del Evangelio. Hemos recibido dones especiales para hacerlo. Son los carismas: el de servicio, el de una palabra que consuela, el de una enseñanza que ilumina, etc. San Pablo enumera los principales en su carta a los romanos y da otra lista en la segunda carta a los corintios. No repito estas listas aquí, porque no son exhaustivas. Lo importante es reconocer lo que el Espíritu ha puesto en nosotros para el servicio de nuestras comunidades cristianas y de la Iglesia.
En un día como hoy: ¿Cómo reconocer las manifestaciones del Espíritu en mi mismo y en las personas que me rodean? No es una pregunta sencilla. Rememoro la conversación de Jesús con Nicodemo, donde Jesús le explica que debe nacer de nuevo. La pregunta de Nicodemo es la de todos los discípulos de Jesús: «¿Cómo renacerá el hombre ya viejo? ¿Quién volverá al seno de su madre?». Jesús le contesta: «En verdad te digo: El que no renace del agua y del Espíritu no puede entrar en el Reino de Dios. Lo que nace de la carne es carne, y lo que nace del Espíritu es espíritu».
En esta respuesta, Jesús asume toda la tradición de la Biblia y nos presenta la realidad misma del Espíritu, que se define como un aliento. La raíz hebrea de la palabra Espíritu es «ruah», que significa el aire que anida dentro de nosotros y nos da vida.
Así comprendes que las manifestaciones del Espíritu pueden ubicarse en varios niveles, pero siempre estamos bajo el registro del «aliento», un aliento de vida que hace todas las cosas nuevas, un aliento que llena los corazones de las personas, un aliento que te dirige hacia los demás y da la bienvenida al don de ser hijos de Dios. El Espíritu que hemos recibido no nos hace esclavos, personas llenas de temores o de miedos; es un espíritu que, incitados por este Espíritu, nos hace clamar al Padre: «¡Abba!».
La acción del Espíritu, este «aliento divino», está lleno de sorpresas si soy capaz de abrir el corazón. Oro hoy para que nuestra Iglesia en su conjunto y yo mi mismo en particular sepamos descubrir los signos de la presencia siempre activa del Espíritu en nuestra vida, que su vigorizante presencia nos alimente espiritualmente y nos ayude a vivir con más autenticidad como hijos de Dios, que nos muestre el camino de la vida, abra nuestros oídos para que podamos escuchar la Palabra y entender su consejo, nos ofrezca inspiración y comprensión para saber lo que quiere de nosotros en cada momento y nos ayude a conocer siempre la voluntad del Padre. ¡Ven, Espíritu, derrama tu gracia sobre mi y haz que abra siempre el corazón para llenarme de Ti!

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¡Espíritu Santo, tu que eres el amor infinito, la auténtica caridad, la verdadera luz, llena mi corazón con tu Santo Amor! ¡Tu, Santo Espíritu, que eres dador de vida, llena mi vida de tu sabiduría, de tu entendimiento y de tu fuerza para caminar en pos de la verdad y de la santidad! ¡Espíritu Santo, que iluminas al hombre con tu iluminación, envía a mi pobre corazón la luz celestial para iluminar cada uno de mis actos, pensamientos, acciones y palabras! ¡Espíritu Santo, dador de vida, purifica mi corazón y mi alma, hazme proclive siempre al bien, hazme rechazar el pecado, y llena mi vida de paz y de amor! ¡Espíritu Santo, Amor del Padre y del Hijo, te pido que perdones mis constantes caídas y mis permanentes infidelidades a la Trinidad! ¡Espíritu Santo, amor de vida, luz de luz, acudo a ti en busca de tu protección, de tu luz, de tu amor, de tu misericordia y tu bondad! ¡Espíritu Santo, Señor de la vida, aliento del alma, acudo a ti para que me renueves, me ilumines, me fortalezcas, me guíes y me consueles, para que sanes la inmundicia que haya en mi corazón, para que sanes mi corazón enfermo y tantas veces manchado por el pecado a causa de las acciones pecaminosas, el egoísmo, la soberbia, el rencor, el dolor, la tristeza…! ¡Espíritu Santo, luz de luz, dame la fuerza para sobrellevar con entereza las cruces de cada día, las adversidades de la vida; conviértete en mi sostén que de seguridad a mi existencia! ¡Espíritu Santo, Don del Altísimo, haz que tus santas inspiraciones transformen mi vida vida y dirige cada uno de mis pasos para que no me desvíe del camino de la santidad! ¡Concédeme la gracia de vivir siempre de acuerdo con las enseñanzas de Cristo y la voluntad de Dios Padre! ¡Envíame tus siete dones y por la intercesión de la Santísima Virgen, te pido no vacilar jamás! ¡Y todo lo que pido para mi lo hago extensible a las personas que me rodean, a la Iglesia santa de Dios y al mundo entero!

Con flores a Marí­a (Obsequio espiritual a la Santísima Virgen María)
María, desde esta tierra te saluda un pecador que merece castigos y no gracia, justicia en vez de misericordia. Bien sé que te complaces en ser tanto más benigna cuanto eres más grande; cuando son más pobres lo que a Ti recurren, tanto más te empeñas en protegerlos y salvarlos.
Te ofrezco: unirme a ti en este día de Pentecostés y sacrificarme con algo importante como verdadero dolor de mis pecados.

Acompañando a María en la Visitación y en Pentecostés

Último sábado de mayo, mes de la Virgen, víspera de Pentecostés y fiesta de la Visitación, con María en el corazón. No todos los años estas dos grandes fiestas coinciden en el mismo día. Así que mañana es un día grande. Como el sábado estas meditaciones están centradas en la Virgen, sigamos su camino. Donde está María, allí está Jesús; donde está María, allí se encuentra la Iglesia. Mañana es un día propicio para recordar que en toda la vida de María está la presencia del Espíritu Santo. Como también en la nuestra.
Durante la Anunciación, cuando a la joven de Nazaret se le presentó el ángel y le anunció que iba a ser madre de Dios sin intermediación de varón, recibió el consuelo de que aquel acontecimiento no era una cuestión humana sino parte del proyecto de Dios. María recibió la unción del Espíritu Santo y el anuncio de que la Palabra de Dios se haría carne en ella. Y María, asintiendo, dio la bienvenida al Espíritu Santo en su vida. Es así como María marca el camino. A todos, en algún momento de nuestra vida, Dios nos ha enviado un ángel, con un mensaje para dirigir nuestros pasos. No es un ángel como lo imaginan los pintores, sino una Palabra de Dios que toca el corazón y te impulsa a tomar decisiones, si se está dispuesto a abrir el corazón y seguir esta Palabra.
Después de la Anunciación, aparece el cuadro de la Visitación. María corre al encuentro de Isabel. ¡La virgen que está embarazada cae en los brazos de su prima estéril que también espera un hijo! Dos cosas imposibles que Dios hizo posible. La acción del Espíritu Santo va más allá de los límites, altera lo obvio.
Con aquella visita Isabel se llenó del Espíritu Santo. El niño que habitaba en ella se estremeció de alegría e Isabel, bajo la acción del Espíritu Santo, exaltó a María como la madre de Dios y la verdadera creyente, como tan bellamente cantamos en el Magnificat.
Es este mismo Espíritu Santo el que nos hace verdaderos creyentes: aceptar la palabra de Dios y creer, sin ver, que Dios actúa en la vida. El encuentro de María e Isabel el día de la Visitación es el primer Pentecostés, un Pentecostés doméstico, familiar; es una invitación a reconocer que en cada una de nuestras familias, en cada persona como en cada comunidad, actúa el Espíritu Santo. Porque la acción del Espíritu Santo no está reservada a las grandes figuras del evangelio. Actúa de una manera muy ordinaria, aquí y allá, en el hoy y en el siempre.
Es Él quien pone en el corazón el deseo de darse a su Palabra, una palabra que compromete toda la vida, sin conocer el futuro pero confiando en la fuerza de Dios. Es él quien discierne si una vocación es auténtica y da la fuerza para responder a ella.
En este día de la Visitación, María corre hacia nosotros, portando de la Palabra de Dios. Viene a acompañar el trabajo que Dios comenzó en nosotros, las maravillas que Dios hace en nuestras vidas, esas vidas que tantas veces consideramos mediocres, aburridas y estériles.
Y llega el día de Pentecostés. María reza con los apóstoles reunidos en Jerusalén, donde esperan a aquel a quien Jesús prometió.
Cuando el Espíritu Santo cubre con sus llamas a los Apóstoles, ahí está María. Este espíritu fructífero en Ella llena a los Doce que conforman la Iglesia. Les da el coraje de hablar con determinación mientras la Virgen entra en el silencio contemplativo porque María apoya a la Iglesia con su oración.
La que estaba presente al pie de la cruz, la que recibió en sus brazos el cadáver de su hijo, la que lo introdujo en la tumba, la que esperó con dolor y fe para que él saliera victorioso permanece en el centro, en el corazón de la Iglesia. Su silencio confirma las palabras de los apóstoles. Su presencia sella la comunión que los une.
En este hermoso día de Pentecostés coincidente con el de la Visitación, María nos recuerda que nunca nos abandona, que si invocamos al Espíritu Santo recibimos en abundancia sus santos dones.
Sábado víspera de Pentecostés y de la visitación de María. ¡Qué hermoso día para recordar que en la vida cristiana todo se recibe de estas dos fuentes: de la Iglesia y María. La Iglesia de Pentecostés y María de la Visitación.
¡Gracias, María, por tu ejemplo de amor, por tu confianza en Dios, por abrirte a la gracia del Espíritu clara invitación a seguirte con el corazón abierto! ¡Gracias, Espíritu Santo, dador de vida, gracia de la gracia, por querer entrar en mi corazón!

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¡María, siempre llena del Espíritu Santo, te pido en este día que recuerdo tu Visitación que comprenda que la profundidad de tu testimonio, de tu servicio, de tu entrega, me permita apreciar todo lo que tu presencia en mi vida me trae como don a mi experiencia como cristiano, para poder ser así cada vez mejor hijo tuyo! ¡Gracias, Espíritu Santo, por salir también a mi encuentro, te pido me unjas con tus dones y me ayudes a responderte igual que lo hizo la Virgen! ¡María, Espíritu Santo, os pido que no me aleje nunca de vosotros para que caminando a vuestro lado pueda acercarme cada vez más a Jesús! ¡Espíritu Santo, dame como la Virgen, una mirada de amplios horizontes para no vivir encerrado en mi yo sino siguiendo la voluntad de Dios! ¡Ayúdame a ser capaz, como hizo María, de ver siempre las necesidades del prójimo, para no permanecer impasible a sus sufrimientos! ¡Como a María vierte sobre mi tus santos dones, llena mi vida de paz, alegría, bondad, afabilidad, modestia, paciencia, dominio de mi mismo, fidelidad, entrega, servicio…! ¡Ayúdame a ser como María, Espíritu de Dios, que vivía siempre en referencia al Padre! ¡María, Espíritu Santo, me invitas a transformar mi existencia y convertirla en una liturgia perenne en la que reine siempre la voluntad de Dios! ¡Haced de mi vida fruto abundante! ¡Espíritu Santo, que tu acción santificadora penetre en lo más íntimo de mi ser, en mi sensibilidad, en mi memoria, en mi inteligencia, en mi voluntad! ¡María, quiero ser como tu Hijo, indícame siempre el camino a seguir!

Con flores a Marí­a (Obsequio espiritual a la Santísima Virgen María)
María, Madre, que no te quedaste con la alabanza de tu prima Isabel, sino que la referiste a quien correspondía en verdad, diciendo: «El Señor hizo en mí maravillas»; enséñame a reconocer la mano de Dios en todo y a darle gracias por todo.
Te ofrezco: repetir durante el día esta jaculatoria de la beata Maravillas de Jesús: «Lo que Dios quiera, como Dios quiera, cuando Dios quiera».

Carismas y vida cotidiana

Sigo preparándome para la fiesta de Pentecostés que llegará en unos días. Me introduzco en la escena del derramamiento del Espíritu, en el Cenáculo, como si fuera Matías, el apóstol que reemplazó a Judas después de traicionar a Jesús. Con los once allí diligentemente en oración, con las otras mujeres y con María, la Madre. Todos reunidos, en comunidad. ¡Qué detalle tan importante!
¿Por qué? Porque en aquel día el Espíritu Santo no se manifestó solo a los doce apóstoles que se convertirán en los mensajeros privilegiados del Evangelio. También bajó sobre todo el grupo. Todos estaban llenos del Espíritu Santo: comenzaron a hablar en otras lenguas, y cada uno habló de acuerdo con el don del Espíritu. Es por eso que a menudo observamos iconos donde María aparece en medio de los apóstoles y sobre ella, como sobre ellos, se cierne  una paloma o descienden lenguas de fuego, símbolos del Espíritu Santo.
La acción del Espíritu se manifestó vívidamente en el día de Pentecostés. Y continuó en los siglos siguientes, hasta el día de hoy. Aquel día los apóstoles, como hoy nosotros, fueron bendecidos con diversos dones para su misión. Estas gracias del Espíritu son los carismas, regalos que recibimos, cada uno o de manera colectiva, para edificar la Iglesia. El Espíritu sigue actuando, Él es quien anima, alienta y sigue edificando a la Iglesia. Y con él surge el kerygma o la primera proclamación del Evangelio que es más actual para nosotros.
Mi corazón se abre en esta semana con alegría a la preparación de Pentecostés para ser cada vez más consciente de que la acción del Espíritu Santo, en este tiempo de tantas dificultades y sufrimientos, con tantos corazones rotos y temerosos, está siempre presente en las personas y en la Iglesia. Necesitamos vivir verdaderamente insertados en Él, que los dones y las gracias recibidas del Espíritu se conviertan en fermento para dar sentido a una Iglesia carismática. El mundo lo demanda.
¿Una iglesia carismática? Si, una Iglesia carismática que esté llena de los carismas del Espíritu, corriente de gracia para seguir predicando el Evangelio a todos los hombres; una iglesia que camine permanentemente bajo el influjo del Espíritu Santo, que alabe al Señor sin cesar, que ore junto a los cristianos de las diversas iglesias y comunidades cristianas, que busque la unión, que perdone al prójimo, que ore y adore sin cesar a Dios, que actúe en favor de los más necesitados, que no abandone a los pobres y enfermos, que ponga por encima el amor a la ley… Una Iglesia que posea dones espirituales y que dependa de ellos para ser efectiva. La Iglesia la formamos seres espirituales, débiles, frágiles, sencillos y corrientes pero podemos servirnos unos de otros para dar sentido a la vida y al mundo. Y tenemos el influjo del Espíritu Santo, dador de vida, y sus dones de sabiduría, conocimiento, enseñanza, consejo, fortaleza, libertad, liderazgo, dirección, inteligencia, servicio, consolación, exhortación… Estos dones son tan vitales para la Iglesia como lo eran para los creyentes del primer siglo.
Nuestra vida cotidiana es carismática desde que el día de nuestro bautismo fuimos llenados del Espíritu y como consecuencia de ello tenemos dones con los cuales servir al cuerpo de Cristo. Cada uno tiene los suyos, Dios nos los ha distribuido a cada uno de acuerdo a su voluntad y nuestras capacidades. Por eso nadie sobra, nadie puede considerarse inútil. Cada uno tenemos un papel relevante dentro de la Iglesia. Sin esta contribución el cuerpo se empobrece, porque depende de lo que cada uno aporte para hacerla grande. ¡Le pido a Dios que Pentecostés me haga más consciente de mi misión como cristiano insertado en esta Iglesia pecadora pero carismática que tanto amo y que pueda utilizar mis carismas para ser dar a conocer la Buena Nueva de Jesucristo, servir siempre con amor a mi prójimo, manifestar el amor de Dios por el mundo y el amor misericordioso que tiene por cada uno de los hombres!

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¡Gracias, Padre, porque te amo y amo a tu Santa Iglesia Católica una Iglesia que quiso Jesús fuera Universal, capaz de acoger y abrigar a todos con sus diferencias, sensibilidades, personalidades, gustos, opiniones y riquezas! ¡Gracias porque me permites amarla y sentirme unida a ella por el Amor que siento por ti, por Cristo tu Hijo y por el Espíritu Santo! ¡Doy gracias a mis padres por haberme bautizado e insertado en tu Iglesia! ¡Me siento feliz de formar parte de ella, de ser católico, de los carismas y dones que me has dado, de enviar cada día tu Espíritu sobre mi para transformar mi vida! ¡Gracias por la fe, Espíritu Santo, qué don más grande he recibido de Dios! ¡Gracias por mi catolicidad; gracias por enviarme de misión; gracias por la experiencia personal de tu presencia y de tu poder en mi vida; gracias porque con tus dones cotidianos reavivas en mi corazón las gracias del bautismo! ¡Gracias porque en lo ordinario y sencillo de mi vida te haces presente cada día! ¡Gracias por tu acción santificadora, purificadora, renovadora, sanadora! ¡Gracias porque mi vida es una vida ordinaria y sencilla pero insertada en la Trinidad, en la que siento de una manera amorosa y misericordiosa la presencia y el poder que ejerces en mi vida! ¡Gracias porque reavivas mi vida! ¡Gracias, Espíritu de Dios, porque guías mi vida! ¡En este día te pido que reavives la llama del fuego de tu amor en mi corazón para fortalecer mi fe, para hacer mi servicio más amoroso, más entregado y más servicial; para santificar mi trabajo cotidiano; para buscar siempre el bien; para vivir insertado en Cristo; para perdonar y no juzgar; para llevar al mundo el mensaje de Jesús; para dar a conocer al prójimo la acción de tu gracia! ¡Concédeme la gracia de vivir una vida que en todo momento esté guiada por Ti! ¡Espíritu Santo, regala a tu Iglesia diferentes carismas, para ir plasmando en cada uno nosotros nuestras distintas espiritualidades para enriquecerla y responder a la llamada que Dios nos regala para edificarla cada día! ¡Ayúdame a contribuir a que la Iglesia sea ante los que me rodean la expresión real y cierta de que Dios nos ha amado, nos ama y nos amará eternamente!

Con flores a Marí­a (Obsequio espiritual a la Santí­sima Virgen María)
María, Madre, que conoces mis pensamientos: haz que no sean nunca de venganza, ni de envidia, ni de darme vueltas a mí mismo.
Te ofrezco: tratar de vivir en presencia de Dios.

Reclamar los dones del Espíritu Santo

Comienza la semana que nos lleva a Pentecostés, día glorioso para la Iglesia. Día en que se vierten sobre los hombres y mujeres de la Iglesia los dones del Espíritu. Siete, necesario recordarlos: sabiduría, inteligencia, consejo, fortaleza, ciencia, piedad y temor de Dios. Siete dones que sostienen la vida moral del cristiano y lo hacen dócil y sensible a la voluntad de Dios. ¿Con que medida se los pido?
Los dones del Espíritu, tan necesarios para enriquecer mi vida. Son los que otorgan la fuerza, el compromiso, la energía para actuar con decisión, para comportarse con rectitud, para vivir en clave cristiana. Son los medios que tiene el Espíritu para potenciar en el ser humano todas sus virtudes, para enriquecer su ser humano y divino. Los dones del Espíritu solidifican la vida interior, elevan la vida humana hacia Dios, ayudan a vivir en libertad, unen a Dios para hacerse semejantes de Él. Estos mismos dones te abren el corazón, sensibilizan el ser, comprometen con el prójimo, ensanchan la hondura de la vida interior.
Los dones del Espíritu son como esa lluvia menuda y persistente que penetra de manera imperceptible en lo profundo del alma y hace fecunda la vida del hombre porque lo llena de gracia, de carismas, de aptitudes, de habilidades y conduce hacia la excelencia.
Siete dones que multiplican la capacidad del hombre. Dones recibidos el día mismo del Bautismo al recibir el agua santa del sacramento, que nos hizo templo y sagrario de Dios. Agua que nos limpió del pecado. Aquellos dones recibidos se cubren de polvo si no se ejercitan y necesitan renovarse permanentemente. De ahí, que el Espíritu, dador de vida, alma de la Iglesia, y alma de nuestra alma, necesite nuestra colaboración para actuar en nuestra vida. Sin esa colaboración, su preciosa unción renovadora, purificadora y restauradora queda limitada. Sin un corazón humilde, orante, generoso, amoroso, limpio, servicial, alejado del pecado, libre de esclavitudes mundanas, abierto a la gracia… el Espíritu de Dios no puede actuar.
En los siete dones del Espíritu se hace fecunda la Palabra del Evangelio, la Buena Nueva de Cristo, el anuncio de Jesús, la acción misionera a la que estamos llamados, el ejercicio de nuestro ser cristianos al que estamos invitados.
Siete dones que deben ser reclamados insistentemente en la oración que es donde se fortalecen en nuestra alma. Es desde la experiencia interior, desde la apertura del corazón, como el ser humano puede amar al estilo de Cristo, pone en práctica exterior e interiormente todo lo que Jesucristo nos ha enseñado, es desde ahí que se reciben las fuerzas para seguir la voluntad de Dios, que se siente el impulso de llevar el Evangelio a toda persona.
El mundo más que nunca necesita del Espíritu Santo. Necesita de sus dones para que la sociedad en la que estamos enraizados supere tantos signos preocupantes de desesperanza, de dolor, de sufrimiento, de cansancio, de dudas y de miedos. Por eso en estos días hay que pedir con intensidad y con el corazón abierto a Dios que nos envíe su Espíritu y la gracia de sus dones para renovar la faz de la tierra.

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¡Oh Espíritu Santo, ven a mi vida, ven a mi alma, ven a mi corazón, llénalo todo con la abundancia de tus santos dones y haz que fructifiquen en mi de manera viva! ¡Espíritu Santo, amor infinito y santificador, transforma mi existencia para hacerla dócil a tus santos mandatos! ¡Te pido me llenes de tus santos dones para caminar según los designios de Dios! ¡Envía sobre mí el don de la sabiduría para vivir de acuerdo con los gustos del Padre, para que me aleje de la mundanalidad del mundo y me aparte de lo que me separa de la verdad! ¡Envía sobre mí el don del entendimiento para que sepa vivir en clave cristiana, para fortalecer mi fe, para darle lustre a mi ser de hijo de Dios, para que ilumine mi camino y ahuyente los miedos, incertezas y tibiezas que llenan mi corazón! ¡Envía sobre mí el don del consejo para saber actuar siempre correctamente, para perseverar en mi camino espiritual, para caminar hacia la santificación en mi vida diaria y evitar desviarme de la senda del bien! ¡Envía sobre mí el don de la fortaleza para ir venciendo con decisión todos aquellos obstáculos que se presenten en mi vida, para levantarme cuando caiga, para superar la debilidad, para no tener miedo a luchar, para ser valiente en la defensa de mi fe! ¡Envía sobre mi el don de ciencia con el fin de saber discernir con claridad lo que está bien y lo que está mal, para no dejarme vencer por las acechanzas del demonio, para no dejarme vislumbrar por los influjos mundanos y dar verdadero sentido a lo que tiene auténtico valor en mi vida! ¡Envía sobre mí el don de piedad para amar a Dios por encima de todo y al prójimo como a mi mismo, en una vida en la que el amor lo represente todo, una vida orante en la que no quepa más que el perdón, la compasión, la misericordia, la entrega, el servicio y la caridad! ¡Envía sobre mi el don de temor de Dios para cumplir siempre los mandamientos recibidos de Él y evite convertirme en un dios de barro cubierto de orgullo, soberbia y vanidad! ¡Ven, Espíritu Santo, ven para que guíes mi vida y la dirijas hacia la santidad de la que tan alejado estoy!

Con flores a Marí­a (Obsequio espiritual a la Santí­sima Virgen María)
Tú, que eres Intercesora ante tu Hijo, mantén siempre tu mirada misericordiosa sobre cada uno de los miembros de esta familia y, ya que no percibimos nuestras propias necesidades, acércate a tu Hijo implorando, como en Caná, el milagro del vino que nos falta.
Te ofrezco: rezar un Avemaría por cada persona de mi familia.