Creo sin ver, amo sin ver

Bienaventurados los que creen sin haber visto. Una persona muy cercana a mi me pregunta con frecuencia cuestiones relativas a la fe, la moral, la vida religiosa, los sacramentos con esta cuestión «¿y qué dice la Iglesia sobre esto?» Y trato de contestar desde la sencillez. Para mi lo más importante de mi vida cristiana es la fe: amar sin haber visto; en Él, sin haberlo visto, pones tu fe. Esta es nuestra condición como discípulos y amigos de Jesús: cree sin ver… amar sin ver… ¡porque la fe y el amor son inseparables!
Si miro la historia de mi vida de fe he tenido que superar momentos de duda e incerteza y me he planteado numerosas preguntas que he superado antes de saborear las palabras pronunciadas por el Señor: Bienaventurados los que creer sin haberlo visto. Es a través del crisol de la duda que surge la luz, y tal vez debemos aprender a reconciliarnos con nuestras dudas y nuestras preguntas, descubriendo los servicios que pueden prestar a nuestra fe…
Incluso he observado que muchas de mis dudas han evitado que mi fe degenerara en una fe orgullosa, con el gatillo fácil para juzgar y condenar a aquellos que no creen o aquellos que no comparten mi fe en Cristo. He notado que muchas de mis propias preguntas despertaron mi fe del proceso adormilado en el que se encontraba para ponerme de nuevo en el camino de una búsqueda más ardiente de Dios. Esas dudas y esas preguntas supusieron un estímulo vivificante para mi fe y es probable que llegara en verdad a la dicha prometida por el Resucitado: Bienaventurados los que creen sin haber visto. Con esto comprendes que tu fe no es una posesión pacífica sino un regalo para recibir y pedir de manera constante y con un enorme deseo de ser atendido.

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¡Señor, aumenta mi fe y mi esperanza! ¡Envía tu Espíritu sobre mi para que sea la luz y la inspiración que derramada en mi corazón fortalezca de mi fe, disipe mis dudes y crea sin ver! ¡Señor, es a ti a quien deseo amar por encima de todo, es a ti quien quiero por encima de las cosas mundanas porque tu fuiste el primero en amarme y me amaste hasta el extremo que diste tu vida por mi en la cruz! ¡Señor, aumenta mi fe y ayúdame a perseverar en mi camino hacia el cielo prometido y seguir en el camino del don filial y en el servicio fraternal hacia el prójimo! ¡Señor, tu fuiste quien nos has abierto el camino de la reconciliación y el perdón, enséñame siempre a perdonar y amar! ¡Señor, tu has sido quien nos has mostrado con claridad el rostro misericordioso de Dios y eres el camino que con dirige hacia Él; no permitas, Señor, que me aparte del camino y te siga siempre sin dudar! ¡Señor, tu eres el amigo que acompaña y el maestro que guía, muéstrame siempre la verdad que libera de las ataduras del mundo y hazme siempre libre para seguirte sin miedos, dudas o complejos! ¡Señor, con tu muerte en la cruz venciste a la muerte y al pecado, no dejes que mi empeño en alcanzar la vida eterna se estropee por menudencias mundanas y como me has dado la dicha de creer en ti sin haberte visto aumenta mi fe, mi esperanza y mi amor por ti!

¿Por qué te turbas y se suscitan dudas en tu corazón?

Al final del Evangelio de san Lucas Jesús les pregunta a sus atónitos discípulos cuando se aparece ante ellos poco después del relato de Emaús: «¿Por qué os turbáis y se suscitan dudas en vuestro corazón?»
Los discípulos se hallan recluidos en el Cenáculo, temerosos de los judíos. Cuando Jesús se les apareció en medio de ellos, llenos de temor, creen ver un espíritu. Jesús no ha llamado a la puerta, ni ha aprovechado una ventana abierta para colarse en la casa. Se presenta de incógnito, para ser contemplado a los ojos de todos. No es de extrañar que la incredulidad les asalte: eran testigos de la Resurrección de Cristo. Este suceso me abre en canal el corazón. En la vida hay momentos de gran claridad y otros de oscuridad profunda. Cuando la claridad es muy luminosa, alegre y radiante sorprende. Eso es lo que sucedió aquel día narrado por el evangelista. Cristo estaba allí, era innegable. Con sus manos y sus pies marcados por los clavos de la cruz. Solo les cabía la opción de aceptar lo que veían o rechazarla.
No veían un espíritu. Ni un fantasma. Ni una visión. Ante ellos estaba el Misterio de Cristo, el misterio del amor y de la misericordia. Una situación que no solo impresiona, desmorona.
¿Qué es para mí lo importante de este suceso tan extraordinario? Que Cristo sigue estando presente aquí haciéndome cada día la misma pregunta: «¿Por qué te turbas y dudas?». Cristo es el misterio del amor, del amor profundo que no abandona. Es el misterio de la vida. El misterio de la verdad. Reconocer a Jesús es un acto de fe y no únicamente una verificación sensorial. Para reconocer a Cristo resucitado es imprescindible el testimonio interior del Espíritu Santo que elimina los miedos, las dudas y los desconciertos de los estados anímicos que Jesús desea eliminar de mi vida. Desmoronado, el hombre no da frutos. Para ser instrumento real de Cristo en la sociedad es imprescindible impregnarme del Señor y vivir en la confianza. Y este tiempo de Pascua es un tiempo propicio para caminar de la duda a la confianza. Mirar las manos y los pies de Cristo, palparlo en la oración, en la vida de sacramentos, en la profundización de la Palabra, en el encuentro con el prójimo. Mirar las manos y los pies de Jesús me implica comprender que estoy protegido por manos sanadoras, liberadoras, consoladoras, revitalizadoras, acogedoras, manos que bendicen, curan y perdonan… manos que te permiten entender que la lógica humana no es la lógica de Dios.
Cristo me quiere unido a Él. Anhela que viva junto a Él los afanes cotidianos. Que mi trabajo, las cuestiones familiares, los asuntos profesionales y cualquier ocupación del día debo vivirla a su lado, sin dudas en el corazón. Que mi día no avance sin sentido. ¿Cuántas veces llega el momento de acostarme y siento que no he dado frutos, con un vacío en el corazón? Esa ha sido una jornada en la que he cerrado las puertas a la gracia del Espíritu, un día en que Dios no ha entrado en mi corazón. ¡Señor no permitas que dude, no permitas que se turbe mi corazón!

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¡Señor, contemplando el misterio de tu Resurrección me llevas de la duda a la confianza! ¡Contemplando tu presencia entre nosotros eliminas mis dudas y mis miedos, mis inquietudes y mis desesperanzas! ¡Envíame, Señor, tu Santo Espíritu para adherirme más a Ti, para leer en mi interior la verdad de mi vida, para salir de mi mismo y acercarme a Ti, para acogerte cada día en mi corazón, para ser valiente en las pruebas cotidianas, para eliminar las dudas que surjan en mi corazón, para experimentar la paz que viene de Ti, para destruir la suciedad que hay impregnada en mi corazón, para darme al prójimo con amor y, sobre todo, para acogerte con total confianza! ¡Ven a mi vida, Señor, y tráeme la paz que elimina cualquier duda que surja en mi corazón! ¡Ven a mi vida, Señor, y hazme instrumento de tu amor y concédeme la gracia de tener tus mismos sentimientos, de ser portador de amor, de ser Evangelio vivo en mi entorno familiar, social y profesional, de ser testimonio de tu Palabra, de ser luz para el mundo, de ser semilla que de fruto, de ser misionero de la verdad que eres Tu, de permanecer siempre en Ti que eres el Señor de mi vida!¡Gloria a Ti, Señor, que has resucitado, nos das la paz y transformas nuestro corazón con tu presencia!

Jaculatoria a Maria en el mes de mayo: ¡María, Dulce Consejera! Entrega a Dios mi alma para que se haga santa, para que no dude nunca, no se turbe mi corazón y le abra mis oídos para escuchar su Voluntad!

Disfrutemos hoy de una obra de Johan Christian Bach, el Domine ad adjuvandum me, en Sol Mayor, W E 14 (Señor, date prisa en socorrerme), una obra hermosa que invita a la alegría y la esperanza:

¿Soy consciente de mi propia debilidad? 

Las personas somos débiles. Diría, incluso, que muy débiles. Aparte de que enfermamos fácilmente, nos afecta sobremanera todo cuanto acontece a nuestro alrededor. No son pocas las ocasiones que somos incapaces de controlar nuestros propios instintos. Se nos desboca el carácter. Fallamos y nos equivocamos con relativa frecuencia y ¡cuanto cuesta reconocerlo!, el miedo nos embarga ante lo que nos pueda suceder. Las dudas nos sobrevienen al igual que el sufrimiento. Las circunstancias de nuestra vida nos hacen tropezar una y otra vez. A veces tratamos de ocultar estas debilidades o, simplemente, las postergamos. Incluso odiamos reconocer su existencia… la realidad nos recuerda permanente quienes somos.
Sin embargo, Dios declara que cuando uno le invita a estos espacios donde se hace presente la debilidad, ¡acaban por convertirse en el punto de entrada de ese increíble y sorprendente poder que ejerce en cada uno! ¡Menuda promesa la de Dios!
¿Y cómo debo actuar en la debilidad? No dejándome arrastrar por el temor, más al contrario poniendo toda mi confianza incondicional en Dios, como el mismo Cristo enseñó: «¿Por qué tenéis miedo, hombres de poca fe? Entonces se levantó, increpó a los vientos y al mar, y sobrevino una gran bonanza». ¡Cuánto me cuesta contemplar en mi vida la verdad de esta Palabra y verla hecha realidad! ¿No será que, en mi debilidad, me cuesta realmente creer que Dios me ama de verdad?

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¡Te doy gracias, Padre Celestial, porque tu asombrosa gracia es suficiente para cubrir todas las áreas de debilidad que asoman en mi vida y en mi carácter! ¡Te doy gracias, Dios de bondad, porque todas mis debilidades, aunque me son difíciles de admitir, son el punto de entrada de tu gracia y de tu inmenso y misericordioso poder! ¡Concédeme la gracia, por intercesión del Espíritu Santo, de cambiar la manera en que vislumbro mis debilidades, de reconocerlas sin temor y cómo cambiarlas! ¡No permitas que la incertidumbre, ni el miedo, ni la falta de autenticidad traten de esconderlas o cubrirlas, sino que con la fuerza de tu Santo Espíritu, tome mi debilidad y Tu la llenes con tu poder!! ¡Confía, Señor, que por medio de tu Santo Espíritu trabajarás en mi!

Te alabo en verdad, cantamos hoy:

Todo a su diositiempo

Dificultades siempre encontraremos en nuestro caminar aunque para cada dificultad hay siempre una solución.
Problemas siempre encontraremos aunque cada problema siempre pueda ser resuelto.
Incertidumbres siempre encontraremos en el camino aunque cada incertidumbre siempre puede ser aclarada.
Incomprensión siempre encontraremos aunque cada incomprensión podamos siempre revertirla.
Las dudas siempre existirán aunque cada duda siempre tendrá una respuesta clarificadora.
Las ofensas siempre las encontraremos aunque cada ofensa puede ser mitigada por el perdón.
Los menosprecios siempre existirán aunque cada menosprecio puede ser superado con un chispazo de reconciliación.
Dificultades, problemas, incertidumbres, incomprensión, dudas, ofensas, menosprecios… todas estas situaciones las encontraremos en algún momento en nuestra vida y todas tienen su tiempo y su momento para ser solventadas. Para ello, es muy importante poner a Cristo en el centro porque Él es el único dueño del tiempo. Todo se cumple siempre según el tiempo y la voluntad de Dios. Así que poniéndolo todo en sus manos, en el silencio y en la claridad de la oración, uno encuentra esa respuesta que sólo Él puede ofrecer.
Es la confianza en Dios la que abre horizontes, la que permite vivir en la esperanza, la que nos hace conscientes de que el tiempo está siempre en sus manos y que todo lo que nos ocurra es para nuestro bien.

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¡Señor, sabes que son muchos los momentos en los que la incertidumbre atenaza mi vida, que los problemas se me presentan de manera inesperada, que las dificultades me hacen perder la serenidad, que las dudas me impiden ver con claridad, y que todas estas situaciones no me permiten pensar con claridad y encontrar las soluciones adecuadas! ¡Señor, ayúdame a ponerlo todo siempre en tus manos, en el silencio de la oración, para ganar la calma y vivir estos momentos con la máxima lucidez para que escuchándote a ti en lo más profundo de mi interior sepa tomar las decisiones más acertadas! ¡Envía tu Espíritu, Señor, para gozar de la sabiduría necesaria y saber discernir en cada momento cuál es la decisión más acertada que debo adoptar! ¡Envía tu Espíritu, Señor, para que me otorgue la fortaleza necesaria para no desesperar nunca!  ¡Envía tu Espíritu, Señor, para que sea capaz de comprender que eres el que siempre guía mis pasos y que todo lo que yo haga estará siempre apoyado por ti que me acompañas, me proteges y colocas tu mano poderosa para enderezar mi vida! ¡Envía tu Espíritu, Señor, para que sea capaz de aceptar todas las dificultades clamando siempre «Padre que se haga tu voluntad y no la mía»! ¡María, Madre del Salvador, permíteme ponerme en tu regazo para sentirme protegido por Ti, que eres una Madre que me ama! ¡Señor, gracias te doy por hacerme comprender que todo está en tus manos que calman todas mis angustias y me hacen sentirme en paz!

Hoy nos deleitamos con la Meditación para cuarteto de cuerdas del compositor belga Guilleume Lekeu:

 

¡Señor mío y Dios mío, que nunca dude!

Celebramos la fiesta de santo Tomás, el apóstol incrédulo, el de las dudas, como ha pasado a la historia. El que necesitó ver para creer. Pero también el que hará una de las profesiones de fe más hermosas: «Señor mío y Dios mío», lo primero que resuena en mi interior cada vez que el sacerdote eleva la Hostia en la consagración.
Santo Tomás ha quedado siempre en un mal lugar porque expresó de viva voz lo que otros dudaban en el corazón antes de ver a Cristo resucitado. Nunca —ni antes ni ahora— está bien visto expresar nuestras dudas. Pero él fue honesto consigo mismo. Y sincero. Expresó ante sus amigos sus sentimientos. Y reconoció ante el Señor su gran error para hacer a continuación su bellísima confesión su fe. Al final Cristo quiere en su comunidad personas decididas, valientes, incluso con dudas, que sean capaces de decir lo que piensan, de poner en oración lo que sienten, de no tener miedo a reconocer sus faltas y sus caídas. Gentes decididas a anunciar que ¡Jesucristo ha resucitado! y hacerlo venciendo sus miedos.
Pero olvidamos con frecuencia que en la Santa Cena santo Tomás formuló la pregunta que daría lugar a la respuesta del Señor del «Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida». Ese «Señor: no sabemos a dónde vas, ¿cómo podemos saber el camino?» que recoge el Evangelio de Juan nos hace entender ahora —como en su momento a los apóstoles— que el camino de Cristo era el de la Cruz. Y entre las dudas y la incapacidad de Tomás para entender lo que Jesús les decía surge una de las afirmaciones más impresionantes en la vida de Jesús. Eso me demuestra también que como cristiano no debo avergonzarme de preguntar y buscar respuestas en mi vida de fe, porque en la vida quien busca con ahínco siempre encuentra.
La frase de Jesús del «Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida. Nadie va al Padre sino por mí» es tan profunda, tan emocionante, tan intensa que se haría necesario meditarla diariamente. Marca mi camino hacia la santidad personal. Y, hoy, junto al «¡Señor mío y Dios mío!» me hace junto a santo Tomás reafirmarme en mis creencias cristianas hasta el final y, hacerlo, con todas las consecuencias. ¡Preciosas las dudas de santo Tomás que me sirven para reafirmarme en mi fe!

señor mío y dios mio, que nunca dude

¡Señor mío y Dios mío, hoy proclamo esta bella profesión de fe para decirte Señor que te amo, que quiero serte fiel, quiero proclamar al mundo que verdaderamente has resucitado y que yo lo siento en lo más profundo de mi corazón! ¡Quiero ser siempre tu amigo, Señor, y aunque son muchas las veces que me equivoco y me desvío del camino quiero obedecer tus mandatos y seguir tu ejemplo! ¡Señor mío y Dios mío, Tú eres el Camino, la Verdad y la Vida! ¡Que no olvide nunca esto, Señor! ¡No permitas que me aparte de la gente de mi comunidad, de ir por libre, porque hacerlo así es alejarse de los creyentes y de la fe! ¡Y a ejemplo de santo Tomás, Señor, ayúdame a no experimentar miedo ni temor a seguirte, a proclamarte, a anunciar Tu Palabra, a no avergonzarme ante nadie de ser cristiano! ¡Señor y al igual que con santo Tomás, ten paciencia de mí, ten paciencia de mi pobreza y de mi pequeñez, de mis incredulidades cotidianas, de esa fe que se tambalea tantas veces cuando no salen las cosas como las tengo previstas! ¡Envía tu Espíritu, Señor, para que mi vida esté asentada en la confianza! ¡Me confío, Señor, a tu santa misericordia y me refugio en las llagas de tu amor eterno! ¡Y ayúdame, Señor, con la fuerza de tu Espíritu a que nada ni nadie ni ningún pecado me aleje nunca de Ti! ¡Ayúdame, Señor mío y Dios mío, a creer siempre en Ti con todo mi corazón, con toda mi mente y con toda mi alma para que sanes todas las heridas de mi pobre corazón y me hagas cada día una persona nueva capaz de vivir acorde con el Evangelio y capaz de anunciar la buena nueva al mundo de hoy! ¡Y a Ti María, Madre de los descreídos, ayúdame a esforzarme a cumplir en mi vida los planes de Dios y ser verdadera luz que ilumine el mundo!

No tengo que ver para creer, cantamos hoy al Señor:

¡El miedo me paraliza!

Cada uno tenemos una especie de centinela interior en el corazón. Es aquel responsable de abrir o vedar el paso a la gran mayoría de los miedos y temores que se presentan en nuestra vida. Es esa voz interior que permite que se asiente en el corazón el pesimismo, la tristeza, la desilusión e, incluso, la fatalidad. Es esa voz interior que proclama que se desea lo contrario pero que si uno se atreve a dar el primer paso y no se es correspondido, o no se cumplen las expectativas, o no se consigue el objetivo, uno se sentirá rechazado, desmoralizado o fracasado.
Esa cantinela del miedo se experimenta con cierta frecuencia. Es como una profecía del auto-engaño, el arma poderosa que tiene el demonio para luchar contra la fe del hombre, el arma más vigorosa y eficaz del cristiano. Se trata de cambiar el discurso tristón, negativista, nocivo y autodestructivo por un alegato presidido por la fe y la confianza para dejar de vivir angustiado y atemorizado por todo. Pero eso no siempre resulta sencillo.
La realidad del miedo no es cómo actúa en cada uno sino el daño que provoca en nuestro interior. Vivir con miedo puede provocar la paralización de todos los planes que Dios tiene ideados para nosotros.
La oración se convierte así en el abono del espíritu, un abono que permite que la fertilidad de la semilla de la fe implantada en nuestro corazón emerja como un brote de vida nueva. Cuando una semilla se deja de regar y alimentar acaba muriendo. Comenzaba ayer la lectura del Libro de Job e impresiona sentir aquello que aparece escrito: «lo que determines, se realizará». Cuando uno logra cambiar sus pensamientos negativos, ponerlo todo en manos del Señor, pedir en la oración con fe viva que el miedo desaparezca de su corazón, cambia radicalmente la manera de enfocar su vida.
La dificultad surge con el escepticismo que nos presenta la Palabra. En las Escrituras reposa el valor de la confianza que Dios nos pide y sobre la que todo hombre debe apoyarse. Tal vez uno no sienta que ese puede ser el soporte de su vida. No importa. El abono que se ha esparcido en el corazón absorbe adecuadamente la totalidad de los nutrientes actuando en consecuencia en el interior. Y brotará en el momento oportuno. Conocer las Escrituras ayuda a vencer los miedos que se presentan en la vida y ofrece instrucciones precisas para superar con decidida voluntad los miedos, las dudas, los temores y los sufrimientos en nuestra vida.
Hay que construir la fe cada día, abonarla, confiando plenamente que Dios es quien dice ser y que cumplirá su plan en nuestra vida. ¿O acaso no es cierto eso que exclama el Salmo de que «Dios es mi salvación, a quién temeré»?

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¡Señor, tengo fe, pero a veces dudo y tengo miedo! ¡Señor, tu me animas de dejarme dominar por los temores y los miedos, pero te reconozco que hay momentos de incertidumbre y de turbación! ¡Te pido, Señor, que en estos momentos vengas a mi corazón, ven a mí cuando el sufrimiento y la incomprensión, el dolor y las dudas, cuando los temores y los ruidos interiores me afecten y me bloqueen, me dejen sin fuerzas y sin saber cómo actuar! ¡Envía, Señor, tu Espíritu para ser fuerte ante la adversidad! ¡Ven a mí, Señor, cuando mi cuerpo enferme y mi corazón se quiebre, pero también cuando se enferme mi alma y mi espíritu! ¡Perdóname, Señor, las veces que he pensado que estabas alejado de mí o no me escuchabas, que no te interesaban mis inquietudes y mis problemas! ¡Perdón, Señor! ¡Envía tu Espíritu, Señor, para no perder nunca la calma ni la serenidad! ¡Ven a mí, Señor, porque sin Ti no tengo paz! ¡Ven, Señor a mi vida!

Acompaño hoy esta meditación con la Canción de la luna del compositor checo Antonín Dvorak:

“Papá, ¿verdad que me quieres mucho?”

Mi hijo pequeño, al acostarse y terminar de rezar sus oraciones, me pregunta confiado: “Papá, ¿verdad que me quieres mucho?” La pregunta es coherente después de un día no demasiado atinado. Le doy un beso y se lo confirmo. El amor y la seguridad que ofrece un padre es de gran valor para cualquier hijo.
Cuando yo me acuesto, me hago la misma pregunta pero cambiándole el sentido: “Señor, ¿me amas?” Cierro los ojos, confiado, porque a pesar de mis fragilidades, mis debilidades, mis caídas, mis flaquezas tengo la constancia de que es así. Y con profunda convicción, también le digo: “¡Señor, te amo porque eres el único y verdadero Dios! ¡Ayúdame a que no me pierda en mi debilidad! ¡Confío en ti, Señor, y ayúdame a aceptar con paz todo lo que provenga de Ti! ¡Líbrame de toda actitud egoísta, y dame un poco de ese corazón amoroso que embriaga con sencilla pero ardorosa pasión mi pobre corazón! ¡Nada tengo, Señor, si no es por tu gracia, pues nada bueno hay en mi sin tu misericordia! Amén”.
Hay una evidencia: un padre nunca abandona porque siempre mira el corazón de su hijo. El amor de Dios Padre nunca se agota porque Dios nunca se cansa de nosotros, porque Dios es amor, un Padre bueno que nos ha bendecido y elegido; un Padre que nos ayuda, nos salva y nos sostiene y del que podemos confiar en su perdón y misericordia cuando erramos en el camino. ¡Quién tenga dudas, caídas, problemas, tribulaciones que acuda a Él! ¡Siempre está ahí, nunca falla!

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¡Señor, yo soy poca cosa y un tanto retorcida: espiral de proyectos y esperanzas buenas! ¡Tú ya me conoces, Señor! ¡Alegría de calderilla desparramada por la vida es toda mi fortuna y las alforjas rotas! ¡Qué voy a contarte que no sepas, Señor! ¡Y hoy en la oración, postrado ante tu imagen vivificante, vienes Tú y me dices que soy único a tu mirada, que te encanta mi ser y mi nada y que siga presente en las encrucijadas! ¡Qué desafío para mí, Señor, con tanta debilidad que llevo encima! ¡Y no puedo desdecirte sin engañarme y herirme, porque, por encima de mis palabras, yo sé que Tú me amas! ¡Aquí estoy, Señor, con todo lo que no entiendo de mí y a Ti te encanta, para responder a tu oferta! ¡Gracias, Señor, por esta confianza que no merezco porque mañana caeré de nuevo y tendrás que ayudarme a levantar el ánimo y la esperanza!

Acompañados de Mozart y su Andante del Concierto para piano nº 21 en do mayor Kv. 467.