¡Ven a mi, Espíritu Santo, en esta Pascua!

¡Ven Espíritu Santo y derrámate sobre la humanidad entera en esta Pascua! Caminamos hacia Pentecostés en un camino de cruces mundiales. Yo confío. Confío en la misericordia Dios, confío en la Palabra de Cristo y confío en la fuerza del Espíritu Santo. ¿Acaso no se realizó toda la vida de Jesús en el Espíritu Santo? Fue su compañero inseparable, la evidencia de que debo recurrir a Él en todos los instantes de mi vida.
El Espíritu Santo estuvo presente en la Anunciación a María. Le acompañó en los cuarenta días del desierto. Descendió sobre Él en su bautismo en el Jordán. Cuando hablaba a las gentes, como dice la oración del cardenal Verdier al Espíritu Santo, le inspiraba lo que debía decir, cómo decirlo, lo que debía callar y cómo debía actuar. Por medio del Espíritu Jesús curó enfermos, sanó heridas físicas y del alma, expulsó demonios, perdonó los pecados y resucitó a los muertos. La fuerza del Espíritu le permitió sufrir la Pasión, llevar la Cruz y en el ignominioso final en el Calvario sobrevoló sobre Él en su donación a la humanidad para darle las fuerzas antes de ofrecerse con un Espíritu eterno. Sobre la santa cruz estaba presente la Santísima Trinidad para transformar tanto sufrimiento en amor que redime al hombre. ¡Mi corazón se sobrecoge ante tan sublime donación!
Pero la historia de Cristo no concluye con su muerte, se abre a la gloria con la Pascua que ahora estamos viviendo. Su Resurrección culmina la Encarnación por obra y gracia del Espíritu Santo.
¡Ven Espíritu Santo y derrámate sobre la humanidad entera en esta Pascua! ¡Llena de plenitud mi vida, la vida de los míos, la vida de la Iglesia, la vida de la humanidad entera! ¡Haz fructífera mi misión cristiana para hacer auténtica la misión salvífica de Jesús que es la donación del Espíritu Santo a los hombres para conducirnos al cielo!
Si el Espíritu Santo es amor, paciencia, piedad, sabiduría, justicia, paz, alegría, comprensión, entendimiento, generosidad, fraternidad… yo anhelo asemejarme a Él. Si al Espíritu Santo Dios nos lo ha enviado yo lo quiero recibir en mi corazón. Si Jesús me ha enseñado que la fuerza de su Espíritu es la que me sirve para anunciar la Buena Nueva del Evangelio en todo espacio y todo lugar, superando obstáculos, hostilidades y dificultades, yo quiero estar en primera línea de acción.
Soy un testigo humilde de Cristo. Lo soy porque por el bautismo he recibido el Espíritu Santo, porque su presencia en mi corazón me da la fuerza para proclamar que ¡Jesucristo ha resucitado, en verdad ha resucitado! Y esta verdad, por medio del Espíritu Santo, la quiero proclamar a la humanidad en la Pascua de la vida.

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¡Ven Espíritu Santo y derrámate sobre la humanidad entera en esta Pascua! ¡Llena de plenitud mi vida, la vida de los míos, la vida de la Iglesia, la vida de la humanidad entera! ¡Haz fructífera mi misión cristiana para hacer auténtica la misión salvífica de Jesús que es la donación del Espíritu Santo a los hombres para conducirnos al cielo! ¡Qué alegría, Señor, vivir tu gran obra en tu Pascua gloriosa! ¡Qué alegría sentir la fuerza del Espíritu Santo llenar mi vida y mi corazón! ¡Ven Espíritu Santo a mi corazón en esta Pascua para convertirme en un auténtico discípulo de Jesús, para aprender a sufrir por amor, para lograr convertir mis cruces cotidianas en un camino de luz, de esperanza y de caridad! ¡Ven Espíritu Santo a mi vida para llenar mi corazón de ti y tener los mismos sentimientos hacia el prójimo que tuvo Jesús! ¡Ven Espíritu Santo a mi vida para amar como amó Jesús! ¡Ven Espíritu Santo a mi vida para transformarla más si cabe en esta Pascua de la alegría, para ser donación, para ser entrega, para ser servicio a los demás! ¡Ven Espíritu Santo, para acoger con el corazón abierto la Palabra de Jesús, para hacerla viva en mi vida y llevarla con humildad a los demás! ¡Ven Espíritu Santo, hazte muy presente en mi vida para orar con devoción, con humildad, con entrega, con plenitud y con mucha donación! ¡Ven Espíritu Santo, ven a mi vida, ven a la vida de los míos, ven a la vida de mis amigos, de mis compañeros de trabajo, de mis hermanos de los diferentes grupos de oración, de los que me quieren mal, de los que no creen en ti…! ¡Ven Espíritu Santo, llena mi corazón de ti para hacerme un hombre nuevo, pleno, generoso, entregado, amoroso y fiel! ¡Ven Espíritu Santo para que mi vida se mueva al son de tus susurros y a la luz de tu iluminación espiritual!

Pesebre y cruz

Como cada año la Iglesia nos invita hoy, al día siguiente del Nacimiento de Cristo, a celebrar la festividad de San Esteban, el primer mártir. Una celebración importante que marca la entrada en la vida de los primeros mártires cuyo testimonio siempre ha mantenido un valor ejemplar en la Iglesia.
Ayer estuvimos frente al pesebre, cantando villancico y adorando el Niño Jesús; hoy estamos frente a la cruz. Ayer, celebramos en la Misa de Nochebuena la Encarnación del Salvador; hoy en la persona de San Esteban es su Pasión la que se descubre ante nuestros ojos. En ambos casos, en el centro el mismo de estos dos acontecimientos aparece el misterio de caridad. Esta caridad es la que llevó al Hijo de Dios a bajar del cielo a la tierra para salvar a todos los hombres. Y es la caridad la que elevó a san Esteban de la tierra al cielo, arrastrándolo tras el Hijo en el camino que había reabierto al dar libremente su vida por amor por aquellos a quienes se había hecho a sí mismo.
Es la caridad la que llevó a Esteban a dar su vida por Cristo al interceder por la salvación de sus hermanos. Y es la virtud de la caridad la que le pido en este día a Cristo para que mi corazón se llene de amor, de ese amor desbordante que sale de la cueva de Belén.

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¡Señor, con tu nacimiento has marcado el camino de la escalera de la caridad por la cual todos los cristianos podemos ascender al cielo! ¡En este día que celebramos la festividad del primer mártir de la Iglesia, concédeme la gracia de permanecer valerosamente fiel a la caridad que tu me has enseñado! ¡Señor, en la figura de san Esteban tu me enseñas que ser testigo es ser mártir; concédeme la gracia de comprender que al nacer por el bautismo para convertirme en cristiano mi vida tiene que ser testimonio de caridad, de amor y de entrega! ¡Señor, envía tu Espíritu sobre mí, para convertirme en un hombre con san Esteban, lleno de gracia y del Espíritu Santo, generoso en la caridad y entregado en su amor por ti! ¡Haz que como él sea capaz de dar testimonio incluso en las circunstancias más complicadas y difíciles! ¡Que al igual que la vida de san Esteban que la mí este siempre unida a Dios, conformada a Ti, encomendando todos mis actos y perdonando a los que me hacen daños! ¡Concédeme la gracia de fijar siempre mi mirada en Ti, ser capaz de contemplar en el misterio de tu Encarnación tu gran obra de amor, el precioso don de la fe que me regalas y que puedo alimentar con la vida sacramental y especialmente por la Eucaristía! ¡Y como san Esteban, Señor, ayúdame a abrir mi corazón a ti, para recorrer cada instante de mi vida el camino del bien según los designios del amor de Dios!

En mi vida: ¿qué tienen más relevancia mis sentimientos o mi fe?

Segundo sábado de mayo con María en el corazón. Cada uno de nosotros tiene un plan que Dios, desde el momento mismo de nuestra concepción, ha dejado impreso en nuestro corazón para llevarlo con alegría a término.
Te imaginas a María en aquel día de Nazaret. Sentada junto al zaguán de la ventana se le aparece un ángel que le anuncia que será la Madre de Dios para que, por medio de Jesús, poder entrar en la historia humana. Por medio de la Anunciación a María, Dios se ha hecho hombre para que los hombres podamos participar de su naturaleza divina.
Por sus palabras y pese a su desconcierto inicial—el diálogo debió ser sereno y pausado, repleto de una intensa emoción— considerando que sin varón aquella maternidad era irrealizable creyó en Dios y le dio el fíat que inició la redención del hombre. 
En apariencia Dios había escogido a una sencilla campesina de Galilea alejada de la actualidad de Israel, una débil en la Torá, para convertirla en su Madre, que a los ojos del mundo no estaría preparada para tamaña empresa. Lo hizo porque atesoraba cualidades hermosas que hicieron que se fijara en Ella para llevar a término el gran misterio de la Encarnación de Jesús como su fe, su piedad, su humildad, su predisposición al servicio, su fidelidad y su capacidad para guardar secretos en lo íntimo del corazón.
Toda mujer que goza de la oportunidad de ser madre disfruta de un enorme privilegio. Ser madre implica abrigar a un ser vivo en tu interior, el gran privilegio y honor de dar la vida a otro ser humano como obsequio de Dios. Pero a María se le invita a creer en una maternidad virginal de la que no había precedentes y Ella, fiel en lo mucho y en lo poco, no se dejó llevar por sus sentimientos encontrados. Se fió de Dios pues Dios le pedía que aceptara una verdad nunca antes anunciada y Ella la acogió con audacia, sencillez y amor poniéndose a su disposición y creyendo, por encima de todo, en su Palabra.
Con su fe, libremente expresada, y con sentimientos de profunda gratitud y emoción María aceptó la voluntad de Dios a sabiendas que iba desempeñar un papel decisivo en la realización del misterio de la Encarnación, que da comienzo y sintetiza toda la misión redentora de Jesús.
Adentrado en el cuadro de la Anunciación, me pregunto si en mi vida tienen más relevancias los sentimientos que la fe; me cuestiono si como la Virgen me abandono sin cuestionarme a la gracia de Dios o si en mi vida son más decisivos los interrogantes que me acosan o la confianza que debería tener en el plan que Dios tiene pensado para mí.

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¡Ayúdame, María, a que la casa de mi corazón este siempre preparado como el tuyo para que Dios pueda entrar en él, relevarse y hablare en lo más íntimo! ¡Que los planes de Dios no me desconcierten, Madre, como no lo hicieron contigo pues tenías una vida de profundo oración! ¡Ayúdame como hacías Tu cada día, María, a pedirle a Dios que se cumpla su plan en mi! ¡Ayúdame, María, a estar abierto siempre a la visita de Dios, a lo novedoso de su voluntad! ¡Ayúdame, María, a ser dócil a la invitación del Espíritu Santo para se abran de par en par las puertas de mi casa interior y que nada frene la llamada de Dios! ¡Ayúdame a interiorizar el No temas del ángel para tener siempre confianza en los planes de Dios! ¡Ayúdame, María, a interiorizar en mi corazón la Palabra del Evangelio y adoptar siempre una actitud de predisposición interior para entregarme a la voluntad de Dios! ¡Que como tu, María, se cumpla en mí según la palabra de Dios, para que mis sies estén impregnados de fe, confianza e incondicionalidad, para amar su voluntad, para ser testimonio de mi ser cristiano! ¡Ayúdame, María, a aceptar con autenticidad el plan que Dios tiene pensado para mí con una entrega sencilla pero fiel!

Jaculatoria a María en el mes de mayo: ¡María! Te agradecemos el regalo que nos ha hecho Dios, ponernos en tus manos para hacernos santos. Amén.

Cantamos hoy un Regina Coeli, con un ritmo moderno:

¿Qué me transmite hoy la escena de la Anunciación?

Lo que a lo largo de los siglos ha provocado admiración y fervor espiritual por el arte cristiano hoy no evoca absolutamente nada a la mayoría de nuestros contemporáneos debido a que la cultura postcristiana carece de profundidad espiritual. Hoy celebramos la Solemnidad de la Anunciación del Señor y el arte nos ha dejado bellísimos cuadros que presentan a una joven profundamente conmovida inclinándose ante un ángel para recibir el mensaje de Dios. Estas hermosas imágenes me invitan a una reflexión: ¿Qué me transmite hoy la escena de la Anunciación? ¿A que me invita este poema del amor de Dios, esta pieza armoniosa de la bondad divina?
En primer lugar a creer. A cuestionarme mi propia fe, a tratar de no convertirme en un creyente ingenuo que dude ante la búsqueda de la verdad. A tener una fe alegre, confiada, aceptándolo todo sin preguntar el por qué, una fe que me permita abordar todas las preguntas con el corazón abierto, sin tener miedo a abrirme a la voluntad de Dios. Acaso no preguntó María: «¿Cómo será eso, pues no conozco a varón?», respuesta que le permitió al ángel reforzar el misterio divino: «El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y la fuerza del Altísimo te cubrirá con su sombra… porque para Dios nada hay imposible». ¡Para Dios no hay nada imposible! Y ese imposible se puede hacer real en mi propia vida si acudo con fe a Él.
En segundo lugar que la Anunciación transmite algo totalmente novedoso que sucede en Jesucristo, que hace no más de una semana ¡ha resucitado y vive en nuestro corazón! Que lo más extraordinario, lo más maravilloso, lo más excepcional, es que esta fecundidad espiritual íntima y personal está llamada a ser compartida, a multiplicarse. Porque al igual que la Resurrección es un ¡aleluya! que hay que anunciar la Anunciación es la celebración del amor de Dios que hay que expandir. Un misterio que exige humildad y me invita a decir sí a la voluntad del Señor.
En tercer lugar que este evento me desafía a abrirme a la acción transformadora del Espíritu Creador que me convierte en un nuevo ser que me hace uno con él, y me llena de su vida. Y me invita, con exquisita cortesía, a que de mi consentimiento para que entre en mi corazón con el fin de acoger en mi interior la Palabra de Dios para estar en condiciones de responder a su amor y abrirme al amor por el prójimo.
Y, finalmente, a imitar el recogimiento de María. El activismo me lleva con relativa frecuencia a moverme continuamente y tantas veces me impide escuchar el silencio desde el cual el Señor quiere comunicarme su voluntad. En la Anunciación, la Virgen me muestra la importancia del recogimiento, la apertura del corazón para estar disponible a la escucha de los susurros de Dios.
Hoy la Iglesia celebra la Encarnación del Verbo. Y en el centro de esta gran solemnidad está María que me dice: mira al mundo con mis ojos y así encontrarás a Jesús.

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¡Celebro hoy, Señor, con gran gozo la Solemnidad de tu Encarnación, el sí gozoso de Tu Madre que abrió su corazón a la llamada de Dios; concédeme la gracia de tener un corazón sencillo, humilde, recogido y amoroso como el de Ella! ¡Como Tu Madre, Señor, deseo con todo mi alma recibir Tu Santo Espíritu, llenarme de sus dones y de sus gracias para estar enteramente a tu servicio! ¡María, Madre, enséñame siempre a decir a la voluntad de Dios, que mi hágase sea para aceptar los planes que Dios tiene preparados para mí! ¡Entra en mi corazón, Señor, como entraste en las entrañas de Tu Santísima Madre! ¡Enséñame, María, a abrir el corazón a Jesús, Tu Hijo, para hacerme partícipe en su gran proyecto de amor, de salvación y de esperanza! ¡Enséñame, María a fiarme de la palabra del Padre, a responder esperanzado y confiado un hágase en mí según tu palabra! ¡Enséñame, María, a ser sencillo como lo fuiste Tu, a sentirme pequeño siempre como te sentías Tu, a ser dócil a la llamada de Dios como fuiste Tú porque en mi ánimo está, Señora, que Dios pueda hacer algo nuevo en mi vida, transformarla y renovarla! ¡Dios te Salve María, porque contigo la vida es renovación constante, es un levantarse continuo, es un resplandecer a la alegría, es un sentir permanente la ternura de Dios, es aprender a responder con libertad a Dios dándose por completo, es comprender que con Dios todo se hace nuevo! ¡Que no olvide de repartir con frecuencia que el Señor está contigo porque quiero estar siempre lleno del Espíritu Santo como lo estuviste Tu!

En este día dedicado a María, cantamos este cántico dedicada a Ella:

Yo también puedo ser la cuna de Dios

Segundo sábado de enero con María en el corazón. Resuenan todavía en mi interior los ecos de la Navidad que hemos dejado atrás. Sin embargo, me siguen embargando de emoción los pequeños detalles que nos deja María. Gestos hermosos y simples que tienen su máxima expresión en el nacimiento de Jesús. Lucas lo dice en breves palabras: dio a luz a su hijo primogénito; lo envolvió en pañales y lo puso en un pesebre. Las buenas nuevas son proclamadas a los pastores, los ángeles cantan la gloria de Dios y anuncian la paz en la tierra.
Uno se imagina a María sorprendida por el gran misterio de la Encarnación y, en el silencio de su corazón, cómo acogió aquel acontecimiento extraordinario hasta que dio a luz a Jesús. Uno se imagina su rostro y observa en él la ternura y el consuelo de Dios. Uno piensa en María y ve en Ella la misericordia de Dios, la esperanza que surge de Él. Uno contempla la figura de María y vivifica esa intimidad unida a su Hijo. En el misterio de la maternidad divina de María te embarga la emoción solo de pensar que Dios se hace hijo de la humanidad, sin privilegio alguno, por medio de María; que Dios asume con amor la pobreza del hombre y se entegra con humildad a través de la Virgen.
No dejo de pensar en estos días que Dios tiene una Madre. La Madre de Jesús. Mi propia Madre. La Virgen que es auxilio de los cristianos, que es el consuelo mismo del hombre, que es el pilar vivo de la catolicidad del ser humano, que es el testimonio del sí amoroso y generoso a Dios, que es la compañía incondicional que nunca falla.
Y algo que me llena de emoción profunda. Que ese misterio de amor que es María es algo íntimamente unido a mi. Yo también puedo ser cuna de Dios por medio de María donde repose el amor, el perdón, la generosidad, la paz, el consuelo, la esperanza, la misericordia, la entrega, el servicio, la humildad… Como hizo con Ella dejarle hacer a Él en mi, con la explícita colaboración del Espíritu Santo. ¡Gran misterio de amor que no quiero olvidar en este año que avanza con el aliento de Dios y el cuidado maternal de María!

Jesus Resting on a Manger

¡María, concédeme la gracia de adentrarme cada día en el Misterio de tu Hijo, asomarme a través tuyo a la verdad que encierra su presencia entre nosotros, hacerme cercano a los que me rodean, a ser ternura de Dios en el otro, a ser humilde como lo fuiste tu! ¡Por medio tuyo, María, quisiera ser partícipe de la bondad maternal de Dios, auxilio para el que sufre, consuelo para el desesperado, ayuda para el necesitado! ¡Ayúdame, María, a cultivar el amor con generosidad tal y como hiciste tu con todos los que se cruzaron en tu camino! ¡Concédeme mirar siempre al prójimo con la ternura de tu sonrisa y la esperanza de tu amor! ¡Tu que eres el gran don del amor de Dios hazte muy presente en mi vida y en la vida de todos los hombres y mujeres del mundo! ¡Vela, María, sobre todos nosotros, reina en nuestras familias junto a tu Hijo, protege a todos cuantos necesitan tu consuelo y tu auxilio, especialmente aquellos que sufren dificultades y enfermedades! ¡Ayúdame a ser también el rostro de la ternura y del consuelo de Dios en el prójimo! ¡Permíteme ser tomo tu y vivir íntimamente unido a tu Hijo Jesucristo! ¡Quiero, María, ser cuna de Dios, acogerlo cada día en mi corazón y a no dejar de sorprenderme cada día por lo que representa su nacimiento! ¡Que nunca deje de sorprenderme por la grandeza, la esperanza y las promesas que vienen de Dios! ¡Y como tu, María, durante las horas difíciles, ayúdame a guardarlo todo en el corazón y meditarlo en el silencio de la oración para aceptar con confianza y esperanza los planes que Dios tiene pensados para mí!

El Señor ha hecho en mi maravillas, un hermoso canto a Capella dedicado a la Virgen:

El nuevo año, de la mano de María

Hace apenas ocho días que celebrábamos el nacimiento de Cristo y hoy celebramos que comienza un nuevo año en el que los propósitos se abren camino en nuestro corazón. Mientras, la Iglesia nos ofrece en un día tan señalado meditar sobre la figura de María, la privilegiada Madre de Dios, cuyo misterio fue dar a luz al mismo Dios. Es el solemne día de la Maternidad Divina de María. Si uno lo analiza en su profundidad es maravilloso comprender la gestación de un ser que es al mismo tiempo verdadero Dios y verdadero hombre.
María, esta joven nazarena, humilde y sencilla, contemplativa y generosa, fue un instrumento clave en el plan salvador de Dios para que toda la humanidad comprenda también la realidad humana y divina de Jesús.
El título de Madre de Dios expresa a la perfección la misión de María en la historia de la salvación. En los días pasados hemos contemplado la representación del Nacimiento en cuya escena central estaba la Virgen ofreciendo al Niño Jesús a quienes acudían a adorarlo: los pastores, las gentes sencillas de Belén, los Magos de Oriente, esos personajes en los que nos sentimos representados porque de una manera u otras somos contemporáneos suyos en la adoración del Señor, que ha deseado ser Dios con nosotros con una Madre, que es nuestra misma Madre. El nacimiento de Jesús y la maternidad divina de María conforman así el mismo misterio de la encarnación del Verbo divino.
En este primer día del año que Dios nos regala uno se siente profundamente unido a la figura de María consciente de que puedes abrirle el corazón y, sintiéndola cerca, acudir a Ella para pedir su protección. Es la manera más segura y reconfortante de comenzar el nuevo año, de seguir peregrinando por la vida. Bajo su amparo y protección sientes así la bendición de Dios en este año que hoy da sus primeros pasos. A la vez, puedes ponerte en manos de María para crecer en tu vida personal y espiritual. Acudir a Ella para aprender a orar como Ella le enseñó a Jesús. A recitar los salmos como le enseñó al Señor. A buscar la mejor de los demás como le mostró a Jesús. A crecer en sabiduría y en gracia, como vivenció con Jesús. A desarrollarse humanamente, como formó en Jesús. A adquirir los buenos hábitos como hizo con Jesús. A amar con un Amor grande y especial, como hizo con Jesús.
Dios nos regala un año nuevo, un tiempo nuevo, doce meses que se abren por delante para repartir amor, esperanza, alegría, misericordia y perdón. En mi pobreza personal, lo hago hoy encomendándome a María para que sea Ella, Madre del amor y de la misericordia, la que, confortado por su presencia, guíe cada uno de mis pasos en este tiempo nuevo y me ayude a convertirme en un verdadero discípulo y testigo de Jesús, luz que ilumina mi entorno y grano que da fruto abundante. ¡Todo tuyo, María! ¡Totus tuus, María!

¡Paz y bien a todos los lectores de esta página! ¡Feliz Año abundante de gracias y dones para todos!

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¿Qué te pido yo, Señor, para este año que comienza? ¡Sentimientos nuevos, Señor, para que en las doce ventanas de este 2018 tenga una fe fuerte para nunca dudar de ti; oración para no alejarme de Ti; fortaleza para no dejarme vencer por los problemas y dificultades; trabajo para que no le falte a mi familia el sustento cotidiano; ilusión para afrontar todas las cosas con alegría; coherencia para no desafinar en lo que pienso, en lo que digo, en lo que hago, en lo que creo y en lo que defiendo; humildad para reconocer mis limitaciones, mis miserias y mis pecados y aceptar la crítica ajena y mejorar como persona; caridad para no dejarme dominar por la soberbia y el egoísmo; amor para querer más a los míos y ofrecerme sin nada a cambio para quien más lo necesite; optimismo, para no desalentarme en las luchas cotidianas; verdad para tener fortaleza ante las mentiras interesadas; y salud para estar fuerte para proclamar tu Reino! ¡Te pido, Señor, que cierres también los contrafuertes de las ventanas para que penetren en mi corazón todas aquellas cosas que me dañan, me hacen caer en los errores mediocres de siempre, me alejan de la verdad, me distancian de tu Gracia y me impiden actuar con nitidez, con verdad, con perfección, con sencillez y con magnanimidad!

¿Qué te pido yo, María, para este año que comienza? ¡Imitarte en tu seguimiento y en tu corazón abierto para hacer siempre la voluntad del Padre! ¡María, Señora de los humildes, de los desamparados, de los necesitados de amor, cambia mi mirada, convierte mis puntos de vista, encarna en mi la presencia de tu Hijo, embebe mi corazón, para que en este año que nace, el Año de la Misericordia, mi corazón sea un corazón amoroso y misericordioso que sepa amar y perdonar! ¡María, Virgen fiel a la Palabra, enséñame este año a escuchar más a Dios, a dejarme sorprender más por Él, para ir descubriendo la voluntad en mi! ¡Maria, Señora de la fidelidad y el compromiso, que te entregaste sin condiciones, enséñame a ser fiel en el camino, a no desfallecer nunca, a seguir sin dejar caer los brazos! ¡María, Señora de los Dolores, que nos enseñas que la fidelidad tiene momentos de dolor e incomprensión, ayúdame y permíteme superar hasta lo más difícil! ¡Ayúdame a ser siempre fiel, fiel al amor compartido a mi pareja, entregado a mis hijos, compañero a mis amigos y conocidos, misericordioso con los necesitados y ofrecido al Padre y a tu Hijo, Señor de la Vida! ¡María, Madre de los que buscan, que sepa seguir tu ejemplo para ser fiel a Jesucristo, Tu Hijo! ¡Tu que vives el servicio con Amor, dame el valor para vivir la fidelidad a Tu Hijo en la acción solidaria a los que más lo necesitan, a los que sufren, a los que necesitan paz en el corazón! ¡Y en este Año Santo de la Misericordia, ayúdame a vivir practicando la fe en obras de justicia, de caridad y de amor para crecer en fidelidad y entrega al Reino de Dios que ha nacido en medio de nosotros! ¡Transforma mi corazón, María, para como tu dar mi «Sí» decidido al Padre!

Año nuevo, cantamos hoy ofreciendo este tiempo que comienza al Señor:

De camino con María

¡Cómo termina de bello, dulce y hermoso el mes de mayo, los treinta días dedicados especialmente a María! Lo hace con la festividad de la visitación de Nuestra Señora a su prima santa Isabel. Y con la delicadeza con la que escribe siempre San Lucas nos recuerda que la Virgen, a la llamada interior del ángel que le revela la próxima maternidad de su querida pariente estéril —a los ojos de los hombres porque para Dios nada es imposible—, «se puso en camino y con presteza fue a la montaña». María no viaja sola: el Verbo encarnado, recién concebido por el milagro obrado por Dios, lo hace con ella. Es tan hermosa la imagen que uno toma conciencia de que estamos ante la primera procesión eucarística en la historia de la Iglesia. Jesús va con la Virgen en un viaje agotador a través de montes y colinas al encuentro generoso y caritativo del ser humano y, sobre todo, en busca de las criaturas que ha venido a salvar.
En este viaje María inicia de manera generosa y servicial su misión de acercarnos a Su Hijo.
María es el ejemplo a seguir. No le preocupan en absoluto las dificultades que pueda encontrarse por el camino; nada le retiene, nada le paraliza, nada le impide llevar a Cristo al corazón del ser humano.
Hoy aprendo de María a llevar en mi corazón y en silencio a ese Dios que vive en mí y que quiere también manifestarse abierta y gloriosamente al mundo. Y lo más impresionante es que ahí está muy presente la fuerza del Espíritu Santo, que todo lo puede y todo lo transforma. Y así lo deja plasmado San Lucas: «en cuanto que oyó Isabel el saludo de María, exultó el niño en su seno, e Isabel se llenó del Espíritu Santo».
Esta procesión eucarística de María es también un testimonio de oración sincera y profunda, unida a la voluntad del Padre. Es verdad que la Virgen hubiera podido quedarse, tranquila y serenamente, en su ciudad natal, y allí orar íntimamente para dar gracias a Dios por haberla premiado con la maternidad de Cristo. Pero ella, consciente de la necesidad de que todo cristiano tiene que llevar a Jesús al más cercano, realiza su primer acto de entrega que es abrazar al que más cerca de ella lo necesita.
¡Gracias, María, porque eres de nuevo un ejemplo extraordinario de fe, oración y servicio para mi pobre persona!

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Y hoy, de manera especial, que mejor oración que el Magnificat:
Proclama mi alma la grandeza del Señor, se alegra mi espíritu en Dios mi Salvador, porque ha mirado la humillación de su esclava.
Desde ahora me felicitarán todas las generaciones porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí. Su nombre es Santo y su misericordia llega a sus fieles de generación en generación.
Él hace proezas con su brazo, dispersa a los soberbios de corazón. Derriba del trono a los poderosos y enaltece a los humildes. A los hambrientos los colma de bienes y a los ricos despide vacíos.<
Auxilia a Israel su siervo, acordándose de su santa alianza según lo había prometido a nuestros padres en favor de Abrahán y su descendencia por siempre.
Gloria al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo como era en principio ahora y siempre por los siglos de los siglos.
Amén.

Jaculatoria la Virgen en el mes de mayo: Gózote, gozosa Madre, gozo de la humanidad, templo de la Trinidad, elegida por Dios Padre.

Del compositor inglés John Rutter, escuchamos en este día una de las partes de su hermoso Magnificat dedicado a la Virgen:

¡Qué bellas haces la cosas, Dios mío!

El saludo del Ángel a la Virgen —«¡Alégrate!, Llena de gracia […] El Espíritu Santo te cubrirá con su sombra y el Niño será llamado Hijo de Dios»— me dibuja la manera de cómo debería contemplar el Pesebre hoy. Aunque allí veo a la Virgen y a san José con el Niño recién nacido, en este humilde pesebre se me ofrece un misterio incomprensible para una mente tan racional y humana.
Dios se hace Niño para salvar a los hombres —¡para salvarme! — y elige para Su Encarnación el seno virginal de «la Llena de Gracia», de la «Llena de Santidad y Perfección», de la «Llena del Amor de Dios», de la «Llena del Espíritu Santo» y de la «Llena de Pureza». ¡Qué hermoso es el hacer de Dios!
Emociona comprender que la Virgen se convierte por voluntad de la Santísima Trinidad en un Paraíso Terrenal para Cristo en la tierra, para que la Segunda Persona, en su Encarnación no extrañe el Paraíso Celestial que es el seno inmaculado y puro de Dios. Un Paraíso el de María repleto de amor, de alegrías, de cantos, de alabanzas, de gozos, de júbilo y de gracias. De ahí surge el «¡Alégrate!» del Ángel a la Virgen que no es más que la alegría de ese Dios que iba a encarnarse en el seno virginal de María.
Y el día que Cristo es encarnado en el seno maternal de Nuestra Señora no sentirá diferencia alguna entre la pureza inmaculada de la Virgen y la pureza inmaculada de Dios Padre. Y de aquí surge el canto del ángel: «¡Llena de gracia!».
Y para que Cristo al llegar a este mundo manchado por el pecado y la malicia que surge del corazón del hombre, y en el que los desprecios, la indiferencia, la soberbia, el egoísmo, la aridez… están al orden del día, la Santísima Trinidad nos dio a María, inmaculada desde su Concepción, llena del mismo amor que Dios profesaba por su Hijo desde la eternidad. ¡Qué bellas haces las cosas, Señor! Y para que el Dios hecho Niño no sintiera un abismo entre el amor eterno del Padre en el cielo y el amor de la Madre en la tierra, el Ángel anuncia a María que «el Espíritu Santo te cubrirá con su sombra» para que nada corruptible, profano, impuro, humano, impregnado de pecado, manche una vida tan inmaculada.
Contemplo el pesebre y no puede más que asombrarme por el misterio que encierra el Niño abrazado por su Madre. Sí, Señora: «¡Alégrate! Llena de gracia […] El Espíritu Santo te cubrirá con su sombra y el Niño será llamado Hijo de Dios».

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¡Dios te Salve, Madre de la Vida, Madre digna de amor, madre del Amor Hermoso! ¡Enséñame, María, a amar a Dios y mis hermanos como los amas Tú! ¡Haz, Señora, que mi amor a los demás sea siempre paciente, generoso, benigno y respetuoso! ¡María, Causa de nuestra alegría, ayúdame a captar cada día la alegría cristiana, la alegría de la fe, la aceptación de la renuncia y del dolor, la unión con Tu Hijo! ¡Ayúdame, Señora, a que mi alegría sea siempre plena y auténtica, que sea capaz de comunicarla siempre a los que me rodean! ¡Ayúdame a no quejarme, Señora, imitando tu ejemplo de aceptación y de renuncia! ¡Ayúdame, María, a creer de verdad como creíste Tu y que mi fe en Dios y en Tu Hijo, en la Iglesia y en los hombres, sea una fe valiente y generosa! ¡A pocos días de que des a luz a Tu Hijo, te pido por aquellos niños que no van a nacer, a los que se les va a impedir la vida, a los que tienen dificultades en su día a día, a los que son víctimas de la pobreza, de la persecución, del esclavismo y de la indiferencia!

De la Misa en do menor de Mozart nos deleitamos hoy con el Incarnatus Est: