¿Cuál es la voluntad de Dios?

En la oración de ayer iba manducando el Padrenuestro, la única oración que Jesús nos enseñó. En ella se hace la siguiente petición: «Hágase tu voluntad». Esta frase te permite cuestionarte cuál es la voluntad de Dios: simple y llanamente que todos los hombres se salven y alcancen la verdad. ¡Tenemos aquí, resumidas en pocas palabras, el resumen completo de la Biblia!
¿Cuál es la salvación? ¿Cuál es la verdad? La verdad es que Dios nos ama y quiere llenarnos de este amor. Salvarse es conocer esta verdad, es decir, vivir en ella, dejarse amar y llenarse de Dios. Aprender a entrar en esta relación de amor con Dios. Aprender a poner toda nuestra inteligencia pero también nuestro corazón y nuestro cuerpo al servicio de Dios. ¡Aprender a vivirlo en todos los instantes de la vida!
Para entrar en esta relación de amor con Dios, hay tres dimensiones ineludibles. Una es el conocimiento, el encuentro con Jesús, el verdadero mediador entre Dios y los hombres. Jesús, verdadero Dios y verdadero hombre, dio su vida por amor a nosotros. Jesús pagó con su vida para que conozcamos, vivamos y nos alimentemos del amor de Dios. Aprender a conocer y amar a Jesús es esencial para conocer la verdad y hacer la voluntad de Dios.
La segunda dimensión es la oración. Pedir, interceder y dar gracias no por nuestro pequeño consuelo o interés personal sino por los demás. El objetivo es que la humanidad viva en paz para vivir la voluntad de Dios y conocer la verdad de su amor. Esta oración hace que todo nuestro cuerpo viva alzando las manos en actitud de alabanza y de abandono. Orar con todo nuestro cuerpo y con el corazón abierto nos permite expresar nuestro amor al Señor.
La tercera dimensión es la de la caridad y del servicio. Los bienes que nos ha dado Dios no son solo para nuestra comodidad personal, nos son dados para que podamos beneficiar a otros y especialmente a los más pobres … ¡son ellos los que nos darán la bienvenida al Reino de Dios en la noche de nuestras vidas!
Al aprender a vivir todo esto, sin importar nuestra edad, descubriremos el amor de Dios. Descubriremos la profundidad, la grandeza de la única verdad que es que Dios nos ama en cada momento de nuestras vidas y este amor es nuestra salvación. ¡Sería una pena perdérselo!
¡Amar a Dios, orar con el corazón, ejercer la caridad y el servicio: hermosa misión para que como cristiano sea capaz de llevar al mundo la riqueza de la Verdad!

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¡Señor, hágase en mí siempre tu voluntad! ¡Hágase, Señor, en mi según los planes que tienes pensado para mi! ¡Hágase, Señor, según tu quieras, como tu quieras y de la manera que tu quieras! ¡Hágase, Señor, en mi según tu criterios, de la manera que tu consideres! ¡Hágase, Señor, siempre tu voluntad en mi vida y no permitas que le ponga cortapisas ante tanto amor que sientes por mi! ¡Hágase, Señor, tu voluntad aunque me cueste aceptarlo, aunque me oponga, aunque no estén entre mis planes! ¡Hágase, Señor, tu voluntad siempre porque es lo mejor para mi! ¡Cada vez que rece el Padrenuestro, Señor, al pronunciar el Hágase tu voluntad ayúdame a mirarte a Ti con amor! ¡Permite que tu oración se convierta en la mía propia! ¡Ayúdame a compartir el diálogo que tu tienes con el Padre en algo también mío! ¡Te pido, Señor, por lo único que puede traerme la verdadera felicidad: la voluntad de Dios sea ésta difícil de entender o fácil de aceptar! ¡Ayúdame, Señor, a entender que la verdadera felicidad solo proviene de la sabiduría infinita de nuestro Creador! ¡Hágase siempre, Señor, tu voluntad!

Una Padrenuestro cantado de una manera especial:

¿Ahora estás más contento, papá?

Hay palabras en nuestro tiempo que van volviéndose extrañas pero no dejan de ser profundas: perdón, arrepentimiento, pecado… Todas ellas esconden la realidad exigente del ser humano que Dios ha creado a su imagen y semejanza. Me pregunto muchas veces como verán mis hijos mis actitudes para afrontar esta realidad en mi vida. Ayer, antes de comenzar la Misa, fui a confesarme. Cuando regresé al banco mi hijo pequeño me preguntó: «¿Ahora estás más contento, papá?»
¿Arrepentirme? ¿Perdonar? ¿Pecar? ¿Por qué pedir perdón? Los pequeños perdones cotidianos son algo natural en nosotros, en cierta manera son fáciles de pronunciar. Pero el auténtico perdón, aquel que transforma interiormente y que ofrece un sentido fructífero, ese perdón es una auténtica rareza.
Sin embargo, desde la perspectiva de Dios el perdón es substancial a Él. Y ahí está la parábola del hijo pródigo. En cierta ocasión, alguien me dijo: «¡En realidad el padre no debería perdonarlo!». Pero en realidad, aquella persona olvidaba que el padre no castigaba, sino que «celebraba» con gran gozo el regreso de su hijo.
Esta parábola me invita siempre a un buena preparación para la confesión. Y, sí, me llena de alegría. Me permite reconocer la verdad del Evangelio como fruto de un encuentro personal con Dios. Es en este encuentro íntimo con el Padre el que hace que la Palabra de Vida germine en lo profundo del corazón.
Confesarse es tener una encuentro extraordinario para encontrarse de bruces, cara a cara, con el Señor. Hay quien lo teme, porque debe enfrentarse a su propia realidad y darse cuenta lo poco que ama, porque al final el pecado es consecuencia del egoísmo y la soberbia. Aceptar amar es, en ocasiones, dolorosa. ¡Pero qué alegría recomenzar de nuevo, poder vivir desde cero!
Cada vez que me confieso mi interior se llena de gozo. Participando de este sacramento renuevo mi unión con la Iglesia, con Dios y con los que amo. Siento que he participado en la gran fiesta del amor.
Confesarse es la ocasión de presentar todos aquellos actos negativos que deseo deshacer. Me permite desenmascarme ante el Señor. Cada fallo o error que le presento es una ocasión para sentir el abrazo de Dios. En el momento de la confesión, mi corazón se predispone a que se haga en mí su voluntad.
Confesarse es una experiencia íntima, simple, privada y muy profunda. Te permite unirte al Padre y a los demás porque el pecado lo que hace es separarte del prójimo y también de Dios.
En la confesión, responde a la pregunta que Dios le hizo a Adán: «¿Dónde estás?». Y en ese mismo momento, cuando abres el corazón, es el mismo Cristo el que te recibe abriendo sus brazos y diciendo: «¡Ve, tu fe te ha salvado!». Y escuchas también el susurro de Dios que, como el padre de la parábola del hijo pródigo, exclama: «¡Mi hijo estaba muerto y ha vuelto a la vida!»

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¡Señor, gracias por tu amor infinito que todo lo perdona cuando abres el corazón y sientes arrepentimiento! ¡Ayúdame, Señor, en primer lugar a reconciliarme conmigo mismo para amarte más a Ti y a los demás! ¡Ayúdame, Señor, a vivir con el corazón abierto, con las luces de mi vida y también con mis sombras, con mis alegrías y mis penas, con las rémoras de mi pasado y con las esperanzas de mi futuro! ¡Que mi encuentro contigo en la confesión sea una iniciar de nuevo mi camino, para amar como tu amas y vivir como tu viviste, acogiendo como tu acogiste y entregándose como tu te entregaste! ¡Busco la santidad, Señor, de la que tan alejado estoy pero de tu mano todo es más sencillo! ¡Concédeme la gracia de examinar examinar mi corazón y aprender y ver lo que debe ser cambiado! ¡Concédeme la gracia de arrepentirme como hizo aquella noche en Jerusalén tu amado Pedro, para encontrarme con tu mirada, con tu perdón, con tu cariño, con tu ternura y tu misericordiosa piedad! ¡Concédeme, Señor, la gracia de eliminar de mi corazón el egoísmo y la soberbia para salir de mi mismo y vivir acorde con tu Evangelio! ¡Concédeme, Señor, la capacidad de perdonar desde el amor, de olvidar desde la humildad, de entregarse desde la generosidad! ¡Renueva, Dios mío, en mi interior las maravillas de tu misericordia y envía cada día tu Espíritu Santo sobre mi para que obre en mi corazón para hacerme cada día digno de llamarme hijo tuyo! 

Mírame, Señor, es lo que le pedimos hoy cantando al Señor desde nuestra pequeñez:

¡Estoy siempre contigo!

Ayer, festividad de la Virgen de Fátima, coincidió con un día muy importante en la vida de la Iglesia: la Ascensión del Señor. Tuve la ocasión de vivir el día de ayer celebrando la Primera Comunión de la hija pequeña de unos queridos amigos. Durante la oración, después de comulgar, me vino a la mente una idea recurrente, una voz del Señor que me susurraba: «Yo estoy siempre contigo». Lo siento verdaderamente porque lo puedo experimentar en mi comunión diaria y en mi vida de oración como también lo experimentará Carolina, la niña que ayer recibió con el corazón a Jesús por vez primera.
El «Yo estoy siempre contigo» ha regresado esta mañana a la oración pero con una perspectiva diferente. Jesús ascendió al Cielo, elevó la naturaleza humana a las profundidades de la vida espiritual y del Reino eterno, y ascendió al Cielo como hombre. Este evento tiene un gran relevancia para cualquier cristiano. Todos sabemos que nuestro viaje en esta tierra es breve y que llegará un día en que dejaremos este mundo y todo lo terreno que lo acompaña. Nuestro camino, nuestra Patria, nuestro verdadero lugar no está en la tierra sino donde el Señor ha ido. Dios no creó al hombre para el sufrimiento sino para acceder a la gloria eterna.
Puede parecer que al ascender al Cielo, el Señor abandona a sus discípulos o, lo que es lo mismo, a todos nosotros.Pero en su Ascensión los lazos espirituales permanecieron intactos. Es la constatación del «Yo estoy siempre contigo». Y estos lazos se transfiguraron cuando el Espíritu Santo apareció de nuevo y así lo podremos experimentar el próximo domingo en la jornada de Pentecostés. Y este lazo tiene un nombre que conforma la creación de Cristo: la Iglesia.
La Iglesia de Cristo es el Cuerpo de Cristo y lo más relevante en nuestra vida en la Iglesia es la comunión con la Sangre y el Cuerpo de Cristo, que es lo que experimentó por primera vez ayer Carolina y lo que a mí me emociona cada día al recibirle en la Eucaristía diaria.
La Fiesta de la Ascensión está marcada por la presencia eucarística porque somos testigos del misterio de la Comunión con el Cuerpo de Cristo. Del mismo cuerpo que fue atormentado en la cruz, que sufrió por la salvación del hombre y que ascendió a la gloria del cielo.
Y el «Yo estoy siempre contigo» me lleva a una meta final: mi alma, mi espíritu y mi corazón deben aspirar a ganar este Reino celestial porque allí es donde se encuentra el destino de mi vida.

 

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¡Señor, que siempre nos muestras el camino del cielo ayúdame a buscar los medios para acercarme más a Dios, para dejar de lado mis preocupaciones y mis sufrimientos y confiar plenamente en Ti para levantar los ojos al cielo y confiar plenamente en tu misericordia! ¡Que mi mirada hacia el cielo sea para contemplar la puerta abierta al reino de los cielos que debe ser mi meta como cristiano! ¡Dame la ilusión por luchar siempre, por no dejarme vencer por los problemas; dame el esfuerzo por alcanzar la santidad para llegar algún día al cielo en el que nos tienes preparados a todos un lugar; alimenta mi esperanza para que la fortaleza de mi fe no decaiga! ¡No permitas, Señor, que el temor me venza y haz que siempre sea en cualquier lugar testigo de tu amor infinito! ¡Te doy gracias, Señor, porque Tu estás en el cielo pero cada día puedo relacionarme contigo en la oración y en la Eucaristía; ayúdame a ser testigo de tu amor en el mundo, ser apóstol de tu Evangelio, discípulo de la alegría cristiana! ¡Hazme, Señor, un instrumento inútil de amor y envíame Tu Santo Espíritu para que haga en mí un hombre nuevo! ¡Y te doy gracias, Señor, por todos aquellos que en estos días de Pascua se acercan por primera vez a recibirte en la Eucaristía, haz de ellos templos del Espíritu Santo y guardianes de la fe en estos tiempos en los que Tu eres apartado de la sociedad y del corazón del hombre!

Jaculatoria a la Virgen en el mes de mayo: María, no permitas que me abandone en la lucha de esta vida, acompáñame en mi caminar cotidiano e intercede ante Jesús para que me otorgue la gracia de compartir eternamente el gozo de su victoria.

El se bajó hasta lo hondo, hermosa canción para acompañar la meditación de hoy:

¿Puedo evitar que mi vida cristiana se convierta en algo rutinario?

Con harta frecuencia si uno desea lograr cambios importantes en su vida tiene que dar pequeños pasos. Sin embargo, no es sencillo arriesgarse y cuesta tomar decisiones cuando de lo que se trata es de hacer algo diferente. Nos hemos acostumbrado a vivir con unos patrones que impiden romper la rutina de nuestra vida y emprender cambios profundos. Cuando uno acaba convirtiendo su vida en un simple paseo rutinario es imposible dejarse sorprender por nada.
¡Es habitual que nuestra vida cristiana acaba convirtiéndose en algo rutinario, sin alicientes, con el convencimiento de que todo lo que tenemos y nos sucede es consecuencia de nuestra bondad y santidad, de nuestro corazón generoso, de nuestra perseverancia! ¡Me niego a acostumbrarme a ver a Cristo crucificado! ¡Me niego a acostumbrarme a la bondad de Dios! ¡Quiero que cada día sea una sorpresa para mí! Y lo deseo porque el cansancio de mi mirada tiene que ver como algo nuevo los milagros cotidianos que me suceden cada día y no observarlos como consecuencia del trasiego de mi vida. Quiero que cada suceso que me ocurra —incluso aquello que me ha salido mal, la mayoría de las veces por mi culpa— se convierta en algo trascendente.
Necesito como el aire que respiro sentir cada amanecer que Dios me ama, que su misericordia es infinita y que nuestra fidelidad es mutua. Quiero ser consciente del privilegio que supone ser hijo de Dios. No quiero contemplar a ese Dios que me ha dado la vida desde la lejanía. No quiero que cada susurro suyo, que cada roce, que cada mirada, que cada milagro que hace en mi vida lo contemple como algo anodino y mi corazón y mi alma no se conmuevan por ello. No puedo permitir que mi encuentro cotidiano con el Dios de la vida no agite mi corazón y rompa los muros que lo rodean. No puedo. No puedo porque anhelo el factor sorpresa de Dios. Porque deseo seguirle sin dudar; quiero serle fiel, dejarme seducir por su verdad pues Él es el único capaz de transformar mi corazón y de hacer auténticos milagros en mi vida.
¡Me niego a acostumbrarme a la bondad y misericordia de Dios y hoy y mañana y siempre quiero centrar mi mirada en Él!

El factor sorpresa

¡Padre bueno, pongo toda mi confianza en ti, y te bendigo, y te alabo, y te glorifico y te doy gracias! ¡Gracias por la fe, gracias por tu amor, gracias por tu misericordia, gracias por los milagros que haces cada día en mi vida, gracias por la vida, gracias por las personas que has puesto a mi lado, gracias por mis capacidades, gracias por los problemas que me hacen crecer, tomar la Cruz junto a Tu Hijo y acercarme más a ti! ¡Gracias por transformar mi vida, gracias por centrar tu mirada en mi, gracias por tomar mi debilidad y ayudarme a levantarme cada día, gracias por bendecir mis acciones, bendecir a mi familia, bendecir mi trabajo, bendecir a mis amigos! ¡Gracias, Padre de amor y de misericordia! ¡Gracias, porque conviertes mi vida en un lienzo lleno de luz, de vida, de esperanza, con trazos perfectos llenos de color, de ilusión, de alegría, con pequeños matices de sombras que me enseñan lo que debo cambiar y lo que debo mejorar! ¡Gracias, Padre, porque me has dado a Jesucristo, Tu Hijo, cuyo ejemplo es el espejo en el que mirarme: el camino hacia la santidad personal! ¡Señor, Tú me dices siempre que te llame y me responderás y me enseñarás cosas grandes y ocultas que yo no conozco! ¡Te llamo ahora! ¡Muéstramelas, Padre, y manifiéstate cada día en mi vida! ¡Ayúdame a salir de lo anodino y rutinario de mi vida y dejarme sorprender cada día por Ti para que tu gracia me renueve y tu misericordia me lleve a emprender nuevos caminos de santificación! ¡Padre de bondad, Tú eres el Dios de las cosas imposibles, rompe esta vasija de barro que es mi pobre persona y que Tú has moldeado para derramar el perfume que hay en su interior y que el aroma llegue hasta Ti y desde Ti hasta el prójimo para que yo pueda ser hoy y siempre un auténtico ejemplo de cristiano que se deja cada día sorprender por Ti!

Mi alma tiene sed de ti, Señor

Plantearse la propia vocación

Aparte de la introspección interior, la Cuaresma me invita a salir de mi tierra de confort e ir a la casa del Padre. Subir a la montaña del silencio para dedicar un tiempo a la oración y tener una mayor cercanía con Dios.
La Cuaresma también es un momento adecuado para plantearse la propia vocación cristiana. La vocación es parte del plan que Dios tiene para cada uno. Si es el plan de Dios es también mi plan; la vocación reajusta mis intereses y mis voluntades, la pobreza de mis proyectos y mis grandes veleidades.
La vocación es la aceptación de la voluntad divina en mi propia vida; es una llamada, que puedo aceptar libremente, y desde ese momento mi voluntad queda sometida a la voluntad del Padre.
Como la vocación es un proyecto fundado en el amor divino ningún plan humano es mejor que el plan de Dios, aunque a los ojos de los hombres pueda parecer disparatado o sorprendente. Porque lo que Dios ofrece es siempre lo más conveniente para mi y aceptando su plan, aceptando mi vocación, acepto generosamente un encuentro de amor con Dios. Dándole mi sí, también le ofrezco lo mejor de mi propia existencia. Dándole sentido a mi vocación respondo con amor al amor infinito de Dios.
Mi vocación personal, de esposo, de padre, de empresario, de buscar la santidad personal… forma parte de mi manera de entender y vivir la vida y, sobre todo, de ordenarla como parte de mi servicio para la mejora de la sociedad. Pero la llamada —origen de la vocación— no emana de la persona. Viene de Dios a través de Cristo, que es quien invita. Uno puede recibirla y es libre o no de aceptarla.
Así, mi vocación, comporta una responsabilidad tanto en la sociedad como en la Iglesia, exige de mi una conducta intachable porque vivir la vocación, cualquier que sea, es la respuesta a una llamada divina en la plenitud del amor. Un don de Dios y como tal comprendes que tu vida es una misión en la que vas descubriendo que formas parte del plan divino para el que has sido creado.
¡Ven Espíritu Santo, dame la sabiduría para llevar a cabo mi vocación y las cualidades para llevarla a cabo!

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¡Ven Espíritu Santo, dame la sabiduría para llevar a cabo mi vocación y las cualidades para llevarla a cabo! ¡Espíritu divino, he sido creado en Cristo y para Cristo, concédeme la gracia de responder a la llamada de Dios a la santidad! ¡Ayúdame a comprender que mi vocación forma parte del plan establecido por Dios para mi santidad personal, que forma parte del sentido profundo de mi existencia, la razón de mi ser cristiano! ¡Ayúdame, Espíritu divino, a permanecer siempre en comunión con Dios! ¡Concédeme la sabiduría para saber elegir, libremente, mi vocación para aceptar la elección que Dios ha hecho para mi! ¡Hazme ver que mi vocación tiene una dimensión eterna! ¡Permíteme, Espíritu Santo, entender mi vocación como parte de la llamada amorosa de Dios, estar atento a la llamada de Jesús por medio de su Palabra, mediante terceras personas, por medio de los diferentes acontecimientos de mi vida! ¡Dame, Espíritu Santo, la capacidad de discernimiento para darle autenticidad a mi vocación cristiana! ¡Que sea capaz de leer, Espíritu de Amor, los signos que se me presentan para tener siempre la certeza moral de la llamada del Señor! ¡Hazme ser siempre obediente a la llamada y no permitas que mis obstinación y mi voluntad prevalezcan sobre los planes que Dios tiene pensados para mi! ¡Dame mucha fe, Espíritu consolador, para entregarme a Dios! ¡Concédeme la gracia del sacrificio y del amor para atender la llamada de Jesús y mucha vida interior para ser generoso a esta llamada! ¡Dale relieve y profundidad a mi vida! ¡Dame mucha luz para ver el camino de mi vocación; fortaleza para recorrerlo, gracia para vivirlo, libertad para aceptarlo, carisma para transmitirlo, sencillez y humildad para ejercerlo, certeza para experimentarlo, amor para vivenciarlo, perseverancia para seguirlo, generosidad para compartirlo y fidelidad y compromiso para llevarlo a cabo! ¡Indícame siempre, Espíritu de amor, cuál es la meta a la que me debo dirigir! ¡Ayúdame a ser testimonio de Cristo ante mi prójimo y dirigir todo lo que hago hacia Dios!

Vocación al amor, cantamos hoy:

En la Epifanía, regresar por otro camino

Hoy celebramos la fiesta de la Epifanía, uno de los días más bellos del calendario, inmersos todavía en la alegría de la Navidad. Con las iglesias iluminadas, nos acercamos al pesebre acompañando a los tres Reyes Magos.
Melchor, Gaspar y Baltasar, tres hombres cuyos rostros simbolizan todo el pesebre de Belén, a todos los continentes, a todas las razas y a todos los pueblos. Estos tres hombres sabios de Oriente se dirigieron a Jerusalén y preguntaron: «¿Dónde está el rey de los judíos que acaba de nacer? Vimos su estrella levantarse y nos postramos ante Él». ¿Me hago yo también esta pregunta en lo cotidiano de mi vida?
¿Quiénes eran estos tres personajes? ¿De dónde venían? En los Evangelios no se nos dice nada. No importa. Vimos su estrella levantarse. Estos hombres escudriñan en las estrellas los signos de los tiempos para intentar, sin fuerza y ​​sin armadura, alcanzar la estrella inaccesible de Belén. La gente que caminaba en la oscuridad vio que se alzaba una gran luz, la de un niño recién nacido recostado en un pesebre en Belén.
La epifanía es la manifestación pública de una persona relevante, de un héroe, de un jefe de Estado y, también, de un Dios. Mirando nuestras cunas, leyendo nuevamente el pasaje del evangelio donde se relata la presencia de los Magos, uno no se puede dejar engañar. El rey no es ni Melchor, ni Gaspar ni Baltasar, el rey es Jesús. Señor de señores. Rey de reyes. Un Rey que es más que un rey: es pastor de su pueblo.
Un Dios de amor y misericordia se revela al mundo. ¿Pero quién se lo dirá a los que no lo conocen? Como los Reyes Magos nos corresponde a los bautizados, a los cristianos, a los discípulos de Cristo. ¿No es esta nuestra vocación, nuestra misión?
Los tres magos fueron advertidos en un sueño de no regresar al palacio de Herodes y volvieron a su país por otro camino. Una invitación a no regresar a nuestros propios hogares por el mismo camino sino con un corazón renovado donde impere el amor, el perdón, la generosidad, la esperanza… saliendo de nuestras rutinas, de nuestros hábitos para avanzar por los caminos de la verdad y la autenticidad.
En esta tarea no estoy solo, los magos me preceden, María y José refugiándose en Egipto para salvar a Jesús de la furia de Herodes me preceden, el Espíritu Santo, iluminador de la vida, me precede. Es el momento de regresar por otros caminos, poner toda mi creatividad y mi imaginación al servicio de la proclamación del Evangelio.
Que este día me sirva para imitar a los magos de Oriente, almas humildes que peregrinan hacia Cristo, buscando un encuentro con Dios, viviendo interiormente cerca de Jesús para disfrutar de la bondad de Dios y su amor por los hombres.
¡Feliz fiesta de la Epifanía para todos los lectores de esta página!

MJS Xmas Art Three Kings

¡Queridos Reyes de Oriente, dadme vuestro valor, vuestra fe, vuestra humildad, vuestra valentía para salir al encuentro de Jesús, para arriesgarlo todo por Él, para seguir siempre las indicaciones de Dios, para ir en búsqueda de la verdad, para no cesar en el empeño de mi misión como cristiano! ¡Queridos Reyes de Orienta que a imitación vuestra no me de miedo defender la verdad, ir contra el pensamiento dominante, contradecir los principios equivocados de un mundo que quiere eliminar a Dios! ¡Que no deje nunca de contemplar el misterio del nacimiento de Cristo! ¡Que como vosotros no deje de preguntarme nunca dónde está el rey de los judíos para poder adorarlo! ¡Queridos Reyes Magos que como vosotros sea un hombre en busca de algo más que lo mundano de esta sociedad, que sea capaz de buscar la luz verdadera, la luz que indica el camino de la santidad! ¡Que como vosotros me deje guiar siempre por los signos de Dios! ¡Que siguiendo como vosotros la estrella de Belén encuentre la huella de Dios en mi vida! ¡Que como vosotros sea capaz de ver la grandeza de la creación, la sabiduría de Dios, el amor tan grande que siente por nosotros! ¡Ayudadme a ver la belleza del mundo y su enorme grandeza para que, contemplándola, pueda ver al mismo. Dios! ¡Que como vosotros sea capaz de leer en las Sagradas Escrituras para comprender que la estrella verdadera es la Palabra que viene de Dios que nos trae la verdad! ¡Y a ti, Señor, te pido que imitando a los Reyes Magos pueda acudir cada día a Ti con las manos llenas del oro del amor, el incienso del perdón y la mirra de la misericordia!

De Johann Sebastian Bach escuchamos hoy esta cantata para la solemnidad de la Epifanía: Sie werden aus Saba alle kommen, BWV 65 (Todos vendrán de Saba):

Mi semana en la Santa Misa

La Eucaristía del domingo es una fiesta sagrada, alegre, llena de luz. Aunque uno asista a Misa cada día de la semana, el domingo tiene algo especial. Es el encuentro con la asamblea reunida en comunidad, en la solemnidad del encuentro con el Señor. Me gusta la Misa dominical porque, en este encuentro de amor, de acción de gracias, de adoración, de glorificación, de contricción profunda… te pones en cuerpo y alma ante el altar con la historia personal que has vivido durante la semana que termina y con el compromiso de mejorar y cambiar en la nueva historia de siete días que se presenta. Es una ceremonia que exige entregarse con el corazón abierto y con toda la potencialidad del alma.
A la Misa acudo con la mochila de mis alegría y mis penas, con mis sufrimientos y mis esperanzas, con mi anhelos y mis frustraciones. Acudo con cada uno de los miles de retazos de la semana que he dejado atrás profundamente enraizados en el corazón. Para lo bueno y para lo malo. Las cosas positivas para dar gracias a Dios por ellas, las negativas para ponerlas en manos del Señor y ayudarme a superarlas y mejorar en el caso de tener que cambiar algo.
Esta mochila también esta repleta de imágenes. Es un mosaico de rostros que se han impregnado en mi corazón. Son las personas que se han cruzado conmigo durante la semana. A Dios los entrego durante la Eucaristía y también a María, la gran intercesora. Cada uno tendrá sus intenciones que desconozco pero que el Padre, que está en los cielos y que lee en lo más profundo de sus corazones, sabrá que es lo que más les conviene. Todos ellos me acompañan en la Eucaristía del domingo.
La Eucaristía es un acto de amor de Dios en el que uno puede ser autentico partícipe. ¿Alguien lo duda?

orar con el corazon abierto

¡Señor, te doy infinitas gracias por tu presencia en la Eucaristía! ¡Gracias, Señor, porque en la Santa Cena partiste el pan y el vino para alimentar nuestra alma y nuestra vida, para saciar nuestra hambre y sed de ti! ¡Gracias, Señor, porque ofreces tu Cuerpo bendito y tu Sangre preciosa! ¡Gracias, Señor, por esta entrega tan generosa y amorosa que llena cada día mi vida! ¡Gracias, Señor, porque la Eucaristía es una celebración comunitaria en la que Tú te sientas junto a nosotros para compartir tu amor! ¡Qué hermoso y gratificante para el corazón, Señor! ¡Gracias, porque por esta unión tan íntima contigo cada vez que te recibo en la Comunión, en este encuentro especial con el Amor de los Amores, que serena mi alma y apacigua mi corazón! ¡Señor, tu conoces mis fragilidades, mis debilidades, mis flaquezas, mis miserias, mi necesidad de Ti y aún así quieres quedarte a mi lado todos los días! ¡Solo por esto, gracias Señor! ¡Señor, Tú sabes que en la Eucaristía diaria se fortalece mi ánimo, se acrecienta mi amor por Ti y por los demás, se revitaliza mi entusiasmo, se agranda mi confianza y se hace fuerte mi corazón! ¡Te amo, Jesús, por este gran don de la Eucaristía en el que te das a Ti mismo como el mayor ofrecimiento que nadie puede dar! ¡Gracias, porque cada vez que el sacerdote eleva la Hostia allí estás Tú inmolado sobre la blancura del mantel que cubre el altar! ¡Gracias, Señor, por todos los beneficios que cada día me reporta la Comunión!

Pan de Vida, le cantamos al Señor:

¡Gracias, Jesús Eucaristía!

A Dios tengo que buscarlo en la realidad de lo cotidiano. Y cuando lo buscas siempre se te aparece porque Él es un Dios que sale siempre al encuentro del hombre. En la historia personal y espiritual de cada ser humano Dios se hace habitualmente el encontradizo en las circunstancias y situaciones más insospechadas. Con Dios de nada sirve tratar de tenerlo todo controlado porque, en cuando uno menos lo espera, le envía el vendaval de gracia del Espíritu que desmorona las autosuficiencias y aplaca el orgullo del corazón. Con Dios no tiene sentido preconcebir las situaciones porque con ello solo sellas el corazón y el alma a los dones del Espíritu.
El gran encuentro de Dios con el hombre tiene lugar, fundamentalmente, a través de Cristo. Y tiene en la Eucaristía la forma más potente de dejar su impronta en el hombre. En la Eucaristía, memorial de las maravillas de Dios, sacramento del amor, fuente de vida, brota el camino de fe, de testimonio y de comunión. En la Eucaristía Dios posiciona a cada uno en su dignidad de hijos.
La Eucaristía, memorial y sacrificio ofrecido por el hombre, hay que vivirla en una actitud de fe, esperanza y caridad. Por eso me gusta recibirla diariamente porque da luz y esperanza a mi vida. En los momentos de incertidumbre, dolor, sufrimiento, duda o oscuridad allí está Cristo en la Cruz. Y sobre todo, allí está Dios, en su cercanía y ternura de Padre, contemplándome a través de su Hijo, escuchando y acogiendo mi súplica: «Dios mío, Dios mío…».
Ayer, durante la fracción de pan, tuve un sentimiento hermoso. Sentí la suavidad y ternura de Nuestro Señor descubriéndome su infinita bondad y amor tomando para sí las cosas tristes y penosas de mi vida para aplicarme el fruto provechoso de cada una de ellas. Comprendí que mis contradicciones, mis sufrimientos, mis debilidades, mis miserias, mis caídas son la ocasión que el Padre me ofrece diariamente, en mi fragilidad, para sentir su abrazo lleno de amor y misericordia para hacerlas suyas. Y algo todavía más impresionante. La fuerza de ese abrazo es el alimento de mi corazón que se une al pan de Cristo que me salva, me perdona y me une al Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo. ¡Es tan hermoso que se hace difícil expresarlo con palabras!

orar con el corazon abierto

¡Gracias, Jesús Eucaristía! ¡Deseo, Señor, recibirte cada día en la Eucaristía como te mereces, con un interior perfectamente engalanado, con el corazón limpio y puro, con mi alma refulgente! ¡Gracias, Señor, porque eres el Amor, porque has venido al mundo por amor, porque entras en mi vida por amor, porque has entregado tu vida por mi por amor, porque estás presente cada día bajo las especies de pan y vino por amor! ¡Gracias, Jesús Eucaristía! ¡Gracias, porque me haces comprender que el amor es tu signo de distinción y debe ser también el mío! ¡Gracias, Jesús Eucaristía, porque me haces comprendes que quieres entrar en mi corazón, quieres que goce con tu presencia, que tu amor llene por completo mi corazón, que todos mis sentimientos, mis palabras, mis pensamientos, mis miradas, mis acciones esté movidos por el mismo amor que tu presentas! ¡Gracias, Jesús Eucaristía, porque eres la fuerza que sostiene mi vida, tan frágil y débil! ¡Gracias, Jesús Eucaristía, porque tu presencia me sostiene y me alimenta! ¡Gracias, Jesús Eucaristía, porque tomas todo aquello que me abruma y lo haces tuyo! ¡Gracias, Jesús Eucaristía, porque eres el amor que se entrega hasta el extremo, porque tu amo es infinito, porque tu bondad es misericordiosa y compasiva, porque me buscas para que alcance la felicidad, porque quieres que ame como tu amas, sea fiel en el amor como lo eres tu! ¡Ayúdame, Señor, a olvidarme de mi, de mis apegos y de mis problemas y me entregue por completo a Ti como tu te has entregado hasta el extremo! ¡Gracias, Jesús Eucaristía, porque eres la ternura de Dios presente en las especies santas! ¡Gracias, Jesús Eucaristía, porque a tu lado siento que tu amor me salva, me sostiene, me cura y me conforta!

Jesús Eucaristía, milagro de amor, es el sentimiento que se desprende de esta meditación y que sea aúna en esta canción:

Allí está Él, orando con uno

Ayer domingo, durante una sesión de un curso Alpha, una persona que está en un proceso de caminar pausadamente hacia la fe me decía que no encontraba palabras para hablar con Dios. «¿Sabes rezar el Padrenuestro, el Avemaría, el Gloria? ¿Puedes coger la Biblia y recitar un salmo?»; «Sí», responde con una sonrisa. «Pídele que te enseñe a orar como hizo con los apóstoles e, incluso, puedes lanzar al vuelo una jaculatoria: «Te amo, Señor, con toda mi humildad y mi pequeñez porque no se rezar», cualquier frase que te salga del corazón sirve -le digo-, pero no lo hagas a toda prisa sino poniendo todo tu amor, tu entrega, tu pobreza, tu fragilidad, tu desnudez. Eso lo toma el Señor con la mayor de las alegrías porque esa es la más auténtica de las oraciones».
Se lo digo porque lo pienso. Se lo recomiendo porque lo siento. Una frase sencilla pronunciada desde el corazón abierto es un encuentro íntimo entre uno y el Señor. Y en ese santuario íntimo que es el corazón de cada persona cuando se profiere una jaculatoria dicha con amor Dios fija allí su morada. Allí está Él, orando con uno.
Cristo habita en lo más profundo de nuestro corazón. Solo por eso, nuestra vida debería ser en cada palabra, en cada gesto, en cada pensamiento, en cada sentimiento… una oración auténtica impregnada de amor.

 

orar con el corazon abierto

Y hoy, mi oración, son sucintas jaculatorias al Señor que impregnadas de amor y paz interior y dichas desde el corazón llegan al Corazón de Cristo:
¡Jesús manso y humilde de corazón, haz mi corazón semejante al tuyo! ¡Sagrado Corazón de Jesús, en Ti confío! ¡Sagrado Corazón de Jesús, perdóname y se mi Rey! ¡Corazón de Jesús, que te ame y te haga amar! ¡Corazón divino de Jesús, hazme santo! Dulce corazón de Jesús, haz que te ame siempre más y más! ¡Sagrado Corazón de Jesús, protege mi familia! ¡Sea por siempre bendito y adorado Cristo, Nuestro Señor Sacramentado, Nuestro Rey por los siglos de los siglos! ¡Te alabo y te doy gracias en cada instante y momento, Buen Jesús! ¡Viva Jesús en mi corazón por siempre! ¡Viva Cristo Rey! ¡Te adoro ¡oh Cristo!, y te bendigo porque con tu Santa Cruz redimiste al mundo! ¡Buen Jesús, amigo de los niños, bendice a mis hijos y a los niños de todo el mundo! ¡Buen Jesús, me uno a ti de todo corazón! ¡Señor eres mi pastor, nada me puede faltar! ¡Jesús, manso y humilde de corazón, haz mi corazón semejante al tuyo! ¡Por ti, Jesús, vivo; por ti, Jesús, muero; tuyo soy, Jesús, en vida y en muerte! ¡Señor, auméntame la fe! ¡Señor, Tú lo sabes todo, Tú sabes que te amo! ¡Creo, Señor, pero ayuda mi incredulidad! ¡Jesús Dios mío, te amo sobre todas las cosas! ¡Jesús, ten misericordia de mi que soy un miserable pecador!

Seguimos caminando por la Cuaresma acompañados de música bellísima; hoy con el responsorio Ecce Quomodo Moritur Justus (He aquí como muere el Justo) de Jacob Handl (1550-1591) compuedto para el Sábado Santo:

Santidad y realización personal

La vida de cada uno se mide por la grandeza de sus ideales. No importa que estos sean pequeños. Se trata de imitar al Señor a través de las tareas cotidianas. Ser santo donde Dios me quiere y hacerlo siempre con el mayor de los amores. Pero hay muchos defectos que se convierten en obstáculos para alcanzar la santidad –amor propio, soberbia, orgullo, tibieza, pereza, envidia, falta de caridad, alta de recogimiento, vanidad, poca humildad, juicios, malhumor, susceptibilidad, espíritu de murmuración, temperamento fuerte, negatividad, ver las cosas con la botella medio vacía, desaliento…–.
Sin embargo, a pesar de estos defectos del carácter, mi camino es tratar de ser santo. La perfección se obtiene a base de pequeños retoques. Se trata de trabajar bien e ir tomando decisiones en función de mis defectos para evitar que dominen mi carácter. Trabajar, cueste lo que cueste, intentado ser santo con la gracia de Dios. Hacer mío el programa sublime de san Pablo: «No soy yo, es Cristo quien vive en mí».
Intentar realizar mi vocación eterna aquí en la tierra y convertir mi vida en una permanente entrega a Dios. De su mano tengo la certeza de que siendo pequeño puedo ser capaz de hacer cosas verdaderamente grandes; fe en una creación nueva en mi corazón; fe de que, por muy frágil que sea mi vida, la fuerza del Señor me sostiene y se manifiesta en mi. Y aunque cueste, aunque encuentre mil obstáculos, aunque sea un ideal en apariencia inalcanzable, distante y encomiable, lo digo en voz alta: ¡Quiero ser santo! Quiero ser santo porque esto es a lo que Cristo me llama; a lo que me invita para alcanzar este horizonte pleno e intenso; porque esta es la grandeza de mi vocación; porque este es el camino de plenitud al que Cristo me invita a recorrer para que yo, como cristiano, me realice como persona. Quiero ser santo porque, pese a mis muchas imperfecciones, el santo es aquel abierto siempre al encuentro de Dios.

orar con el corazon abierto

¡Padre nuestro que estás en el Cielo, santificado sea tu nombre, que no olvide que en esta época de arrepentimiento tu misericordia es infinita! ¡Transforma mi vida, Padre, por medio de mi oración, mi ayuno y mis buenas obras! ¡Quiero ser santo, Señor, es mi grito de hoy y de mañana! ¡Convierte mi egoísmo en generosidad, mis enfados en alegría, mis desesperanzas en confianza, mis poca humildad en entrega, mi falta de caridad en servicio generoso, mi espíritu de negatividad en alegre esperanza…! ¡Abre mi pequeño corazón, Señor, a tu Palabra! ¡Transforma, Padre, todo lo que tenga que ser cambiado por mucho que yo me resista continuamente por vanidad, orgullo o tibieza! ¡Solo Tu, Padre, me haces ver en la oración lo que hay dentro de mi corazón! ¡Moldéame, Señor, con tus manos aunque me resista y el dolor por ver mis faltas me haga gritar de tristeza! ¡Señor, Tú conoces perfectamente mis debilidades, renuévame con la gracia de tu Espíritu para que me haga perfecto como eres Tu perfecto, Padre celestial! ¡Transforma mi corazón, mi memoria, mi mente; ábreme los ojos y lávame las manos! ¡Haz mi corazón más sensible a tu llamada pues son muchas las veces que no te permito entrar cuanto me reclamas! ¡Entra cuando quieras, Señor! ¡Anhelo la vida eterna, Señor, por eso te pido que me conviertas rápido porque el tiempo de Cuaresma pasa volando y no habrá tiempo para cambiarme! ¡Gracias, Padre, porque siento que me amas tanto que te has entregado a través de tu Hijo por mí en la cruz! ¡Gracias también a ti, Jesús, porque eres la razón última de mi conversión!

 Lo que me duele eres tu, una profunda canción que invita a la conversión personal: