Invitado a amar al prójimo

¿Cuál es el primero de todos los mandamientos? Esta pregunta es consecuencia de otras preguntas que se le hicieron a Jesús: «Maestro, ¿dónde te alojas?» ¿Se aloja en mi corazón?; «Maestro, ¿qué debo hacer para obtener la vida eterna?», ¿me la formulo y actúo en consecuencia como el joven rico para alcanzar el cielo prometido?; «¿Qué es la verdad?», ¿la busco realmente o se queda en una mera pregunta como Piloto?; «¿Cómo se va a ser esto posible?», ¿creo como María en la Anunciación?; «¿Por qué tus discípulos no se lavan las manos?», ¿pongo por delante el amor sobre las normas?; y así una larga retahíla de preguntas que van conformando mi vida cristiana… 

A todo esto, Jesús enseña y responde con paciencia. Escucha, Israel: el Señor nuestro Dios es el único Señor. Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente y con todas tus fuerzas.

El primer mandamiento es escuchar a Dios que habla, que se revela. En el libro del Éxodo, Dios le entrega la ley a Moisés: se revela en el Decálogo de los mandamientos. ¿Cuál es la diferencia entre un mandamiento y una palabra? El mandamiento es una comunicación que no requiere diálogo. La palabra, en cambio, es el medio esencial de relación como diálogo… Dios se comunica en estas diez Palabras y espera nuestra respuesta.

Puedo leer la Biblia desde este ángulo: Dios habla y espera mi respuesta. Pienso en la Virgen María el hermoso día de la Anunciación. El ángel Gabriel le pide que sea la Madre de su Hijo. Y María responde: «Soy la esclava del Señor». El «Sí» de María hace posible la venida de Dios a nuestro mundo y te descubre que si Dios te impone mandamientos es para mi felicidad porque nos ama.

El Decálogo comienza con la generosidad de Dios. Dios nunca pide sin dar primero. Nunca. Primero salva, primero da, luego pide. ¡Nuestro Padre es así! El amor que Dios espera de nosotros no puede ser solo externo: se trata de amar a Dios más allá de los sacrificios y holocaustos, más allá de los rituales. La vida cristiana, nuestra vida de bautizados, es descubrir el amor infinito del Padre: «Como el Padre me amó, yo os he amado». Jesús no ofrece sustitutos, sino vida real, amor real, riqueza real. Al dar su vida en la Cruz, ¡nos lo dio todo!

Por eso es para mi tan importante la Misa cotidiana, me abre de par en par a esta gratitud. Es acción de gracias, un agradecimiento al Padre por Jesús, el Salvador. Y también es un acto de gracia, es decir, del amor de Dios en nosotros. Es un dejarse amar por Dios, un dejarse transformar por el Espíritu Santo. ¡Y a tu prójimo como a ti mismo!

En el Antiguo Testamento, este segundo mandamiento es el colmo del amor, porque reconozcámoslo, nos amamos, cuidamos de nosotros mismos, de nuestras necesidades, de nuestra comodidad… Durante su última ágape, durante la Eucaristía, Jesús ofrece el nuevo mandamiento: ¡amaos los unos a los otros, como yo los he amado! Amar con el amor de Jesús… ¡este Amor es el Espíritu Santo! Jesús viene a cumplir la ley. Lo perfecciona.

La señal de la cruz nos recuerda estas dos dimensiones del amor, el amor que viene del Padre y el amor por nuestros hermanos. Y Jesús en el centro. ¡Qué invitación tan hermosa a hacerlo siempre con adoración y gratitud!

¡Te pido, Señor, que Tú mismo seas mi santidad!  ¡Que en todo momento, Señor, toda mi vida esté impregnada de amor, de entrega, de servicio, de generosidad, de caridad! ¡Que en cada momento de la jornada sea motivo de entrega al prójimo! ¡Muéstrame, Señor, a mi prójimo para que pueda amarle, dar lo mejor de mi! ¡En mi trabajo, en mis labores cotidianas, en mi oración, en mis momentos de asueto, durante mi tiempo libre, durante la Eucaristía, muéstrame, Señor, a mi prójimo para que pueda amarle! ¡Que mi mirada, Señor, no se aparece de las personas que me rodean, que no ignoren sus llamadas de necesidad o de amor, que no ignore sus necesidades, que no sea indiferente a sus historias personales! ¡Muéstrame, Señor, a mi prójimo en el que tu vives en su interior y enséñame a amarlo con el corazón abierto, amarlos en sus sufrimientos y alegría, en sus angustias y esperanzas, en sus tristezas y gozos, de manera que su dolor y su deleite sean también parte de mi vida! ¡Enséñame, Señor, a amar como tu amas! ¡Que mi vida sea un descubrir permanente el amor infinito que sientes por mi y no permitas que me acostumbre a verte crucificado! ¡Y en la Misa de hoy, permíteme abrirme de par en par a esta gratitud tuya de amor infinito! ¡Concédeme la gracia de sentir plenamente el amor de Dios, el dejarme transformar por el Espíritu Santo y llenar mi vida de amor para irradiarlo a los demás!  

Tomar la palabra

Creo en las personas y en su palabra. Creo como creo en la Palabra de Cristo. No me hace falta nada más. Confiar en la palabra de alguien es la mejor prueba de amor y confianza que cualquiera puede dar; confiar en la palabra del otro es, también, la mejor prueba de amor y confianza que podemos manifestar a nuestro prójimo. Pero sabemos lo difícil que es tomar la palabra, simplemente porque en los tiempos actuales la palabra se ha devaluado, ha quedado muchas veces vacía de contenido, ha perdido lo que debería haber sido su fuerza: su capacidad para actuar.

Tomar la palabra a alguien implica dos cosas: una gran confianza en la persona que nos habla; así la palabra viene antes del signo, antes de la prueba. Pero el problema que tenemos muy a menudo es que los signos, los prodigios y las pruebas son más importantes que las palabras. Creemos en los signos más que en la palabra, creemos más en lo que la persona nos da, en lo que trae, que en la persona misma. Y como consecuencia a esa persona le damos la espalda el día que no nos aporta nada, no nos ofrece nada… Y el otro, por su parte, vive con temor, pensando en el día en que ya no podrá ofrecer, dar, producir. Esto hace que nuestras amistades, nuestros amores e, incluso, nuestra relación con Dios sea con frecuencia frágil, estresante, privativa de esa alegría que trae la felicidad.

Esta situación nos impide vivir en libertad, como esclavos de los signos. Primero porque hay quien piensa que para existir uno debe mostrar algo, hacer algo, mostrar signos,  «comprar» la confianza, el amor o la consideración del otro. Están también aquellos que «compran» esa confianza, ese amor por las señales, las maravillas y los beneficios que reciben.

Jesús nos invita a ser hombres y mujeres libres. La vida cristiana, la vida de fe, es una experiencia de libertad. Es la frase capital que dirige a santo Tomás: «Felices los que crean sin haber visto». Es una forma de decirnos que solo podemos ser felices en una relación si ponemos a la persona antes que a los intereses personales. Y que las relaciones más bellas, más gratificantes, las que duran son las que están desprovistas de cualquier exigencia. En este día, le pido al Señor purifique siempre mis relaciones para que no estén marcadas por la impaciencia, el interés o los signos sino por el amor, la confianza y la entrega. 

¡Señor, elevo mi oración hacia Ti, abro mi corazón a tu presencia, abro mi mente a tu voluntad porque quiero servirte siempre haciendo el bien y pareciéndome a Ti! ¡Concédeme, Señor, la gracia de hacer frente con alegría y voluntad a todo cuanto me ocurra! ¡No permitas, Señor, que me entre la tristeza, al desazón y el descorazonamiento! ¡Envía tu Espíritu sobre mi, Señor, para que me otorgue la sabiduría de vivir entregado a los demás y sostener sus corazones! ¡Ayúdame, Señor, a no perderte nunca de vista, a tenerte como referente, a no permitir que me acostumbre a verte crucificado! ¡Señor, abro mi corazón hacia Ti y te confío mi vida, mis esperanzas, mis dificultades, mis capacidades, mis debilidades, mi ideales, mis principios, mis pensamientos… trato de hacer las cosas de la mejor manera que sé pero necesito de tu presencia para ser cada día mejor! ¡Ayúdame a que en todo lo que haga prevalezca siempre el bien!

¡Un amor que puede hacer que nuestras vidas sean verdaderas y benditas Eucaristías!

Me regocijo cuando leo el Evangelio. Es un canto permanente al amor, a la amistad, a la vida… Pasajes repletos de testimonios de amistad sincera, de renuncias, de encuentros inesperados que transforman corazones. Las lágrimas de Jesús en la tumba de Lázaro, el salto del pequeño Juan en el vientre de su madre cuando ésta se encuentra con la Virgen también encinta; el mismo Juan lleno de alegría en las aguas del río Jordán al escuchar la voz de su primo; en el otro extremo del Evangelio con el “¿Me amas?” de Jesús a san Pedro y la respuesta firme de este: ¡Señor, tu lo sabes todo, tu sabes que te amo!”; los encuentros con el centurión, la mujer samaritana, el encuentro con María Magdalena… Si seguimos el camino de la amistad a lo largo del Evangelio, nos convertiremos en amigos de Jesús y haremos, con Jesús, muchos amigos.

La amistad que Cristo comparte con sus apóstoles me impresiona sobremanera. Esa ternura especial con san Juan, el discípulo amado, al que le encomienda hacerse cargo de su Madre; con la fuerza de una amistad incondicional, incluso podría decirse obstinada, por Judas… en el mismo momento en que el apóstol le traiciona y está a punto de entregarlo, lo llama ¡mi amigo! Y Él, Jesús, va a renunciar a su vida por él y por cada uno de nosotros dejando patente que no hay amor más grande que dar su vida por sus amigos. Incluso en la desesperación Judas, cuando es consciente de la locura de haber traicionado al Amigo, se produce un emotivo testimonio de amistad. ¡Sorprendente!

Las amistades que se nos dan para vivir diariamente y que tratamos de escribir día a día de nuestras vidas son, en general gracias del Evangelio, pero quizás deberíamos evangelizarlas más. ¡Debemos asegurar el sabor del Evangelio en cada una de nuestras amistades! Gratitud, escucha atenta, generosidad, humildad, entrega, servicio, recuerdo del amor en Dios nuestro Padre, corazón universal, un amor de amistad que podemos extraer de cada Eucaristía, que podemos recibir del mismo Corazón de Jesús, nuestro Amigo, amigo de todos. ¡Un amor que puede hacer que nuestras vidas sean verdaderas y benditas Eucaristías!

¡Señor, quiero imitarte en tu relación con tus amigos; abrirles el corazón y llenarme de su amistad! ¡Te pido, Señor, que bendigas a cada una de las personas que quiero, a mis amigos, y revélate en cada uno de ellos con tu amor, tu misericordia y tu poder! ¡Señor, envía sobre ellos tu Santo Espíritu para que se convierta en el guía de su vida! ¡Cuando sufran, Señor, o tengan dificultades del tipo que sea, conviértete tu en el sostén de su vida y dales paz en el corazón! ¡Cuando en sus vidas, las dudas aparezcan y la incerteza se asiente en su corazón, llénalos de confianza y dales mucha fe para que desistan del camino! ¡Cuando el cansancio haga mella en su vida, dales la fuerza para resistir los embates de la vida! ¡Cuando el miedo se presente en su vida, revélales tu cercanía y hazles ver que caminas a su lado y nunca los abandonas! ¡Señor, bendice con tu amor a cada uno de mis amigos, bendice sus esperanzas, sus alegrías, sus penas, sus dudas, sus luchas, sus retos, sus sueños, sus travesías, sus incertezas, su vida espiritual, su vida familiar, sus trabajos! ¡Hazte presente, Señor, en sus vida como hiciste con cada una de las personas con las que te encontraste en cada pasaje del Evangelio! ¡Gracias, Señor, por escuchar mi oración!

Estar entre los elegidos de Cristo

La segunda venida de Cristo se producirá en el momento en que esté en los planes de Dios. Es la promesa de Cristo. Y quiero que me coja preparado. Hacerlo con el corazón abierto a su gracia. Con la humildad suficiente, con la manos rebosantes de esfuerzos, de sacrifico, de entrega hacia el prójimo, de paciencia, lleno de escucha al que lo necesita, de atención al que lo reclame, siendo capaz de comprender al que ahora no comprendo, soportando lo que me corresponda, sabiendo llevar las cruces cotidianas pero sobre todo y, por encima de todo, amando. Con un amor pleno a la mesura de Cristo. Con mi debe y haber bien cuadrados. Habiendo dado lo mejor de mi mismo a los demás, habiendo abierto mi corazón a los que lo necesitan, a los que claman misericordia, justicia y amor.

Pero como soy quebradizo, frágil e inconsistente me embarga cierto temor por no dar la talla, por fallar en lo esencial que es el amar con la medida de Cristo; de no estar a la altura de la Buena Nueva que se predica en el Evangelio, de no tener la fortaleza y el coraje para ser lo que Dios quiere de mi, por no tener la fuerza de voluntad para hacer lo que corresponde, de caer en la tibieza de las debilidades humanas, de perseverar en la fe, en la oración, en la vida de sacramentos, de no ser capaz de darme con el corazón abierto. 

Mi vida no tiene sentido sin una entrega real a la buena nueva del Evangelio. Por eso, no puedo más que suplicar al  Señor que envíe cada día sobre mi al Espíritu Santo para que me otorgue la gracia de tener un corazón abierto a su misericordia, un corazón siempre agradecido, un corazón generoso, un corazón desprendido, un corazón que busque la felicidad, un corazón que rechace el pecado, un corazón que ame, un corazón que se abra al servicio humilde y generoso, un corazón que se asemeje al de Cristo para que Él viva en mi. Es una petición sincera pero no es posible llevar el apellido de cristiano si no me aplico en mi vida la máxima fundamental de la vida cristiana: amarás a Dios con todo tu corazón, con todas tus fuerzas y con toda tu alma y al prójimo como a ti mismo.

Anhelo estar entre los elegidos de Cristo y nada me tiene que separar de este hermosísimo deseo.

¡Señor, abro mi corazón de par en par y me pongo en tu presencia te pido para que abras los ojos de la mente y los oídos del corazón y me hagas un cristiano bueno, fiel, servicial y amoros para que, escuchando tus palabras de amor, las haga vida en mi vida! ¡Señor, soy consciente de la infinidad de veces que me alejo de Ti, que mi forma de actuar no es coherente con tu Evangelio, que no te amo sobre todas las cosas, que las cosas del mundo me vencen y me distraen y no soy capaz de darlo todo por Ti ni por el prójimo! ¡Envía, Señor, tu Santo Espíritu sobre mi para que me otorgues la fuerza de perseverar siempre y para que renovado por tu perdón camine con paso firme hacia la santidad! ¡Concédeme, Señor, la Gracia de servir al prójimo con mucho amor y convierte mi corazón para que desde el desprendimiento, la generosidad, la humildad y la entrega todos sientas tu presencia en mi corazón! ¡Te pido, Señor, que aunque me aparte del camino salgas cada día a mi encuentro y me muestres el camino del amor! ¡No permitas, Señor, que mis egoísmos y mi soberbia me elejen de ti porque quiero seguirte y amarte con todas mis fuerzas y con todo mi corazón! ¡Concédeme, Señor, el vivir plenamente el amor con mi prójimo, amándolo como Tú me amas a mí! ¡Espíritu Santo, alma de mi alma, ilumíname, fortifícame, guíame, consuélame y en cuanto corresponde al plan eterno Padre Dios revélame tus deseos, dame a conocer lo que el Amor eterno desea en mí, lo que debo realizar y sufrir y dame a conocer lo que con silenciosa modestia y en oración, debo aceptar, cargar y soportar!

«Sí, Señor, tú sabes que te quiero»

«Señor, tú sabes que te quiero». Esta frase la repito esta mañana en la oración al Señor a sabiendas de que soy tan quebradizo como Pedro. «Sí, Señor, tú sabes que te quiero» y al pronunciarla siento esa ternura y esa delicadeza del Señor para conmigo. Esa actitud que tiene de no pedirte nada a pesar de haberse dado Él por completo en una entrega generosa, en una comunión con el Padre, Dios de la misericordia, amoroso y tierno.
Pero ¿como no vas a contestarle «Sí, Señor, tú sabes que te quiero» como cuando a Pedro te formula cada día esta pregunta?: «¿Me amas?». «Sí, Señor, tú sabes que te amo». Le amo a pesar de esas barreras que tantas veces le pongo, de esos afectos mundanos, de esas situaciones que limitan mi amor, de esa cerrazón de mi corazón para ser generoso y servicial, de esos afanes de la vida que me esclavizan, de esos pensamientos no siempre auténticos… Lo reconozco, soy como Pedro pero como él puedo afirmar con rotunda sinceridad: «Sí, Señor, tú sabes que te quiero». Por eso aunque caiga voy a intentar mejorar cada día, serle fiel cada día, tener más fe cada día, buscar la santidad con más ahínco cada día, darme a los demás con amor cada día, hacer la vida más agradable a los que me rodean cada día…
«Sí, Señor, tú sabes que te quiero». Es un amor que traspasa mis limitaciones porque a pesar de todo sigue llamando con insistencia a mi corazón y mi vida. Y cuando me pregunte hasta tres veces como a Pedro «¿Me amas?» se me pondrá la misma cara de tristeza y no me quedará más remedio que mirar hacia lo más profundo de mi corazón y darme cuenta de mis negaciones, de mis miedos, de mis incertezas. «Sí, Señor, tú sabes que te quiero» por eso quiero comenzar de nuevo, dejarme guiar por Él, por su amor, por su gracia y por su dirección y no por mis propias y siempre frágiles capacidades y fuerzas.
«Sí, Señor, tú sabes que te quiero». Y como le quiero necesito sentir su mirada, confiar en Él, unirme a Él, dejarme apacentar por Él, imitarle en todo; crecer en el amor, madurar en mi vida cristiana, aprender a pedir perdón y a perdonar con el corazón, santificar mis jornadas…

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¡Señor, Tú sabes que te amo! ¡Señor, te amo y pongo todas mis esperanzas en Ti que eres el camino, la verdad y la vida! ¡Señor, tu sabes que te quiero aunque ya sabes que mi corazón, frágil y quebradizo, no es capaz muchas veces de dártelo todo porque está contaminado por egoísmos y mundanidades! ¡Señor, tu sabes que te quiero y a veces me resulta muy sencillo decirlo pero no demostrártelo porque en lo íntimo de mi ser y de mi corazón se acomoda el pecado que limita mi vida y arrastra mi existencia! ¡Señor, tu sabes que te quiero y porque te amo te necesito para levantarme cada día, para unirme más a Ti, para perdonar y ser perdonado, para caminar en tu presencia, para mejorar cada día, para abandonarme a tu gracia y a tu misericordia! ¡Señor, tu sabes que te quiero aunque tantas veces lo mundano me nuble, las cosas de este mundo me impiden entregarme a Ti como mereces, mi corazón desvíe mis verdaderas intenciones y la tentación me venza tantas veces! ¡Señor, tu sabes que te quiero y porque te amo quiero amar como tu amas, sentir como tu sientes, actuar como tu actúas por eso es tan necesaria en mi tu gracia para vencer los apegos y egoísmos que invaden mi existencia! ¡Señor, tu sabes que te amo y necesito que te hagas muy presente en mi vida para renunciar a todo lo que me aparta de ti! ¡Señor, tu sabes que te quiero, no permitas que lo diga solo de boquilla, con palabras bonitas sino con el corazón abierto, que sea un amor vivido y encarnado en mi propio vivir! ¡Señor, tu sabes que te quiero y sabes también que confío plenamente en tu amor, en tu gracia y en tu misericordia y en la promesa de que estarás conmigo hasta el final de la vida; por eso Señor te pido me acompañes en mi crecimiento como persona y como cristiano para que, transformando mi corazón soberbio y egoísta, me permitas amarte más, amar más al prójimo y tener un corazón más humilde, generoso, amable, caritativo y misericordioso!

Con flores a María (Obsequio espiritual a la Santísima Virgen María)
María, Madre, tú eras audaz, emprendedora, confiada plenamente en el Espíritu que te acompañó a lo largo de tu vida: enséñame a desconfiar de mí mismo y a poner mi esperanza en el Poderoso que quiere hacer obras grandes en mí.
Te ofrezco: encomendarme al Señor antes de cada actividad que haga hoy.

Ser testimonio del amor

Acabo de terminar una novela magna que abarca una gran parte de la historia de Roma, desde Nerón a Trajano. En este escenario aparecen como es de suponer la figura de tantos cristianos devorados por esa Roma arrogante e imperial. Pero serán ellos los que sobrevivirán a aquel Imperio basándose exclusivamente en una máxima, como le recuerda san Juan al emperador Domiciano antes de que éste ordene introducirlo en un gran caldero con aceite ardiendo por negarse a reconocerlo como el único dios, martirio del que saldrá indemne: «Nosotros solo reconocemos al Dios-Amor. Hemos abrazado un nuevo mandamiento, que es el amaros los unos a otros como Él nos ha amado. Con esto le demostramos que somos sus discípulos, en el amor que nos manifestamos el uno por el otro».
Es el amor mutuo que vivieron los primeros cristianos lo que nos da la mejor explicación para la rápida difusión de la Buena Nueva que se extendió como un reguero de pólvora por todo el Mediterráneo con Pablo y Bernabé, quienes transmitieron el mensaje de Jesús a los nuevos discípulos. «Ámense los unos a los otros».
Durante la historia de la Iglesia, esta inspiración soplará en la vida de las comunidades cristianas: en el momento de las persecuciones, los cristianos de las catacumbas se apoyaron mutuamente en un amor mutuo que hizo la admiración de sus perseguidores. En la Edad Media, se comenzaron a establecer hospicios, leprosarios y hospitales para acomodar a los pacientes, a menudo descuidados por las familias o marginados por la sociedad. Luego son los trastornos de las revoluciones en Europa los que provocan una renovación en la sociedad al servicio de la educación, los trabajadores, las personas desplazadas, las personas oprimidas de todo tipo que culmina en el Concilio Vaticano II.
La Palabra de Dios recibida y puesta en práctica en el amor mutuo es capaz de crear cielos nuevos y una tierra nueva. El mundo de hoy necesita con urgencia este testimonio. Las pendientes hacia el estrechamiento de las aspiraciones —el «No me importa» o el «No tengo nada que ver con los demás»—, la ceguera del consumo excesivo y las luchas de poder para dominar el mercado, la deriva de los radicalismos… solo pueden sanarse si los discípulos de Jesús de hoy sabemos, con la ayuda del Espíritu Santo, ser testimonios de que algo más es posible al vivir esta caridad fraterna que va más allá de los conflictos y de las fronteras de todo tipo.
El amor mutuo se ordena porque así es como uno entra en la estela del mismo amor de Dios por la humanidad. Es porque seguimos a Jesús y somos sus discípulos que los cristianos deseamos vivir en amor fraternal más allá de los estándares sociales y humanos, una señal del amor de Dios por la humanidad, lo que el Nuevo Testamento denomina «ágape».
El amor fraternal en la vida diaria y en la situaciones concretas de la vida manifiesta la presencia de un Dios-Amor. Los cristianos nos convertimos así, como dice Jesús, en la «sal de la tierra» y la «luz del mundo». No podemos presentarnos a nosotros mismos como superiores a nuestros conciudadanos, pero testificando, amándonos unos a otros, manifestando que estamos llenos de un amor que nos supera y que nos hace entrar en el misterio de un Dios que es Amor es como se enfrenta San Juan al emperador Domiciano, «si Dios nos ha amado de esta forma sublime, nosotros también debemos amarnos unos a otros».
He pensado mucho durante la lectura de esta novela. Cuando el amor fraternal se deja habitar por el amor de Dios, naturalmente se convierte en misericordia. De hecho, la misericordia es el fruto del amor. Es esta sensibilidad interior a la miseria de nuestros hermanos y hermanas y a la nuestra.
Esta miseria a menudo se experimenta como un peso aplastante. Cubre todos los límites que encontramos en nuestros diversos caminos. Se llama rechazo, odio, envidia, egoísmo, dominación, orgullo.
Se podría decir que cuando el amor fraternal se envuelve en la misericordia, florece en su mejor momento. De hecho, cuál sería el uso de un supuesto amor fraternal que no sea capaz de mantenernos conscientes de nuestros pecados y de nuestra necesidad del amor misericordioso del Padre.
Esto te enseña a girar siempre la mirada al rostro perfecto del amor misericordioso de Dios. Está aquí, en el corazón de nuestras vidas. Lo podemos encontrar cada día en el pan y el vino consagrados por el que Jesús da su la vida por el mundo.
Podemos estar seguros de que Él continúa, a través de este alimento espiritual, desarrollándose en los corazones de aquellos que nos declaramos sus discípulos, a pesar de nuestros límites, para demostrar al mundo que es el amor el que transforma, el amor que nos ha dejado el Cristo que verdaderamente ha resucitado.

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¡Padre, Dios-Amor, que mi primer pensamiento de la mañana esté dirigido a Ti y después al prójimo! ¡Cuando salga de casa para ir a trabajar, muéstrame al prójimo para darle mi amor! ¡En el seno de mi hogar, hazme dador de amor! ¡Mientras hago oración, que mi oración sea de agradecimiento a Ti, de transmisión de amor, de perdón y de misericordia! ¡Dame, Señor, la capacidad para amar en las alegrías y en las penas! ¡Te glorifico, Señor, Padre nuestro, y te doy infinitas gracias por tu inmenso amor y porque me invitas a amarnos unos a otros, y al amarnos con el corazón abierto, te amamos a Tí y te reconocemos como Padre de amor y de misericorida! ¡Tu, Señor, eres fuente viva de la vida y del Amor infinito, en Ti nos reconocemos hermanos, creados a tu imagen y semejanza; enséñame en mi condición de hijo tuyo a cumplir tu mandamiento de amar al que tengo cerca, sea quien sea, como Tú me amas! ¡Envía tu Espíritu sobre mí, Señor, para amar más y mejor al prójimo porque solo así puedo manifestar a la sociedad que soy hijo tuyo y cumplo el mandamiento del amor! ¡Señor, quiero amarte con todas las fuerzas de mi alma, de mi mente y corazón; pero te pido para ello que transformes mi corazón para eliminar todos aquellos rencores, resentimientos y emociones negativas que impiden abrir mi corazón hacia los demás! ¡Concédeme la gracia de desprenderme de esas emociones negativas que me impiden el crecimiento de mi alma y me impide amar como amas Tu!

Con flores a María (Obsequio espiritual a la Santísima Virgen María)
María, Madre, tú que trabajabas para atender a Jesús y lo recibías contenta cuando llegaba cansado del trabajo: concédeme tener la alegría siempre a punto y ayudar a los cansados.
Te ofrezco: tratar de estar más alegre con los que me rodean y tratarlos con mucho amor.

¡Quiero ser como el pan ácimo de la Pascua!

El día de la Santa Cena para acompañar al cordero pascual Jesús, después de consagrarlo, repartió entre sus discípulos pan ácimo, el que se elabora sin levadura. Aquella noche santa Jesús instituyó la Eucaristía, el alimento que nos llena espirituamente.
Las obleas de nuestras comuniones —la hostia que consagran los sacerdotes— están elaboradas de pan sin fermentar y sin levadura —símbolo de corrupción y del pecado—. Este pan es el que representa el Cuerpo de Nuestro Señor.
¡Durante este tiempo de Pascua quiero ser como un pan ácimo para mi prójimo! ¡Un pan nuevo, puro, vivificante, simple, humilde, y fecundo de buenas obras!
Y quiero serlo porque el pan es el alimento principal en la vida de los hombres. Porque cada nueva jornada al rezar el Padrenuestro le pedimos al Señor que nos conceda el pan de cada día para alimentar nuestra vida y nuestro corazón. Ser pan para alimentar también la vida del prójimo con mis acciones y mis palabras, con mis sentimientos y mis actos.
Porque el pan ácimo es un pan sin levadura que se elabora con masa nueva, limpia y yo quiero resurgir en esta Pascua con un corazón renovado, purificado, transformado interiormente. Porque hago mías las palabras de san Pablo que recomienda vivamente en su Primera Carta a los Corintios que nos despojemos de «la vieja levadura, para ser una nueva masa, ya que nosotros mismos somos como el pan sin levadura. Porque Cristo, nuestra Pascua ha sido inmolado. Celebremos, entonces, nuestra Pascua, no con la vieja levadura de la malicia y la perversidad, sino con los panes sin levadura de la pureza y la verdad».
Porque el repartir el pan es símbolo de comunidad, de unión fraterna, de generosidad y de hospitalidad. ¿Acaso la Eucaristía no nos enseña que, además de llenarnos de alegría y de consuelo, de esperanza y de amor, nos sitúa en el centro con Jesús, que en medio de la comunidad, muestra el camino para darse al prójimo y servir y no ser servido? ¿Al comer el Cuerpo de Cristo en total entrega por la humanidad no nos convertimos en signos de su Buena Nueva y si somos coherentes con nuestra fe en símbolos de fraternidad y amor?
Porque el pan es también fruto de la Palabra viva de Dios. ¿O no surgió de la boca de Jesús cuando fue tentando en el desierto el recordatorio de que «El hombre no vive solamente de pan, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios»? ¿Y no tengo como cristiano el deber ineludible de transmitir la riqueza de la palabra de Dios, de mostrar la Buena Nueva del Evangelio y de poner en práctica en mi entorno sus enseñanzas?
Porque siendo pan ácimo me convierto en un ser lleno de confianza para vivir en el abandono en Dios. Para aprender a confiar en Él, para vivir según su voluntad y no la mía, para esperar en su providencia divina. ¿Acaso cuando huyó de Egipto el pueblo de Israel y merodeó por el desierto no les dio Dios el pan y el agua necesarios para sobrevivir?
Y porque amo a María, la mujer pura, inmaculada, sin rastro de pecado, adornada de humildad, sencillez, generosidad, entrega, de una vida interior sin dobleces, con manos siempre abiertas al servicio, atenta a las necesidades del prójimo, llena de comprensión, caridad y misericordia. Ella es el referente, auténtica puerta hacia el cielo y la gracia. El pan sin levadura del que nació Jesús.
Todos somos, en cierta manera, panes nuevos, los panes ácimos de la Pascua comprometidos con aquel que ha resucitado de entre los muertos. Y yo quiero parecerme a Él. ¡Jesucristo ha resucitado, en verdad ha resucitado!

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¡Señor, en la Santa Cena partiste el pan mientras bendecías a Dios! ¡Con este gesto hermoso y humilde instituiste la Eucaristía! ¡Con este gesto, Señor, nos mostraste al mundo el sentido vivo de la solidaridad humana! ¡Hazme un pan ácimo de tu Pascua para que me limpie del veneno del pecado y de la muerte e infunda en mi la savia vital del Espíritu Santo: la vida divina y eterna! ¡Bendice mi vida, Señor, y la de los mío como hiciste al partir el pan! ¡Quiero, Señor, como los discípulos de Emaús reconocerte al partir el pan! ¡Quiero vivir la Pascua de manera alegre y esperanzada pero sin perder la perspectiva de tu Pasión, tu cuerpo magullado y mancillado en la cruz! ¡Quiero ser, Señor, pan ácimo de tu Pascua para ser signo de caridad y de unidad fraterna, de amor y servicio al prójimo! ¡Ayúdame a ser símbolo de tu amor, que mis miradas se vuelvan hacia el prójimo, que mi vida trascienda por encima de mis necesidades y sea capaz de ver lo que necesita mi hermano! ¡Concédeme la gracia de verte a Ti en el prójimo, para escuchar sus necesidades, sus clamores, sus sufrimientos, sus miedos, sus desesperanzas… como tu escuchas y atiendes las mías! ¡Concédeme la gracia de ser compasivo y tierno, generoso y servicial, para llevar consuelo al que sufre y el que lo necesita, como Tú haces conmigo! ¡Concédeme la gracia de atender la llamada del prójimo para entender y encontrar sentido a sus clamores como Tú atiendes los míos! ¡Concédeme la gracia de amar al prójimo como Tú me amas, de ser paciente y misericordioso como Tú lo eres conmigo, y de entregarme a Él como Tú lo hiciste conmigo! ¡Que aprenda a ser durante este tiempo de Pascua un pan ácimo para mi prójimo!

 

Hoy, que celebramos la festividad de la Virgen de Montserrat, nos encomendamos a la Madre de Dios, para que interceda por nosotros, le confiamos nuestro cuidado, la intercesión a nuestros seres queridos y a todos los que se sienten enfermos, solos o heridos. Y le pedimos que nos ayude a llevar nuestras cargas en esta vida hasta que lleguemos a participar de la gloria eterna y la paz con Dios. Y lo hacemos cantando el Virolai con la Escolania de Montserrat:

 

Dos referencias humanas y espirituales 

Hace unos días una amiga compartió por WhatsApp una fotografía de sus padres, Mauro y Fuensanta, excelentes abuelos, mirándose con amor. Era una instantánea de sus bodas de oro. Era una mirada de compromiso, de entrega, de generosidad, de amor que perdura pese a los años transcurridos. Ninguno de los dos está entre nosotros. El virus que ataca al mundo se los llevó el Viernes Santo y el Domingo de Resurrección, dos días claves en la vida de Cristo, a los que amaban. Pero queda su testimonio de vida, como padres y como abuelos.
Ayer mi abuela Pilar cumplió 100 años, confinada en su casa. No pudo celebrarlo con sus hijos, nietos y bisnietos. Una veintena de vecinos le cantó el cumpleaños feliz a las puertas de su casa, con ella aplaudiendo desde el balcón. Hoy, la hermana Rafael, de las Cooperatrices Parroquiales de Cristo Rey, celebra 80 años. No podrá celebrar su fiesta de cumpleaños como había previsto pero en el corazón de muchos la fiesta es de alegría.
Mauro y Fuensanta, la pareja que descansa en la gloria eterna. Mi abuela Pilar. La hermana Rafael. Verdaderos testimonios de vida cristiana.
Mi abuela ha sido un referente, un testimonio que une a la familia, que es transmisora de fe, que ha sabido amar y dar. Es un tesoro que tenemos los nietos y tienen mis hijos con su bisabuela y que no se les puede arrebatar a las nuevas generaciones. Mis abuelos como tantos en el mundo han sido, y lo es mi abuela Pilar, testimonio de sacrificio, regalo humano y espiritual. Ella conserva el gusto por la vida, por la esperanza, por la cultura, por la entrega por su familia, por el servicio a los demás. Vive en su casa sola, junto a una mujer que le acompaña y asiste, pero se entrega cada día a la oración, al encuentro con Cristo, a sus hijas, nietos y biesnietos y a la gente de su parroquia y de su barrio. Es la memoria viva de la familia, es testigo sabio de la vida, es guía personal, es un álbum intenso de fotografías de la historia familiar, es un baúl de recuerdos inolvidable. Ella, con su alegría y su energía, humaniza nuestro entorno familiar. Ella es testigo de unidad, de los valores intrínsecos de la vida que nacen de una fe firme y unas ganas de vivir inmensas. Ella me muestra como el Señor le ha dado unos talentos y los pone en práctica.
La hermana Rafael es otro pilar en mi vida, desde que la conocí hace unos años. Es la simpatía desbordante, la broma precisa y divertida pero también la profundidad espiritual intensa. Ella es generosidad y entrega, escucha y oración. Ella simboliza el ejemplo de amor a Cristo en su vida consagrada. Ella es el canto de alabanza al Señor en lo que hace, a pesar de su edad y sus cansancios. Ella es el ejemplo pleno de dar la propia vida en nombre del Evangelio para poner de manifiesto todas las maravillas que el Señor ha hecho en su vida para transmitirlo a todos los que conoce. Ella testimonia con su vida la búsqueda del Dios amor y lo transmite al prójimo; ella, es el puente que te acerca al Señor con su simpatía desbordante; ella es el ejemplo de mujer que Jesús envía a Galilea para anunciar la Buena Nueva del Evangelio y a la que nunca puedes negarle nada. Para ella el fundamento es Cristo y, como lo lleva profundamente en el corazón, lo transmite con alegría.
Pascua es tiempo de alegría, de esperanza, de luz. Coincide con dos aniversarios que me llenan de alegría. Doy gracias a Dios porque ha puesto en mi vida dos ejemplos extraordinarios de fidelidad al Evangelio, de amor al hombre, de servicio al prójimo. No hay nada más hermoso que aprender de personas como ellas. Hoy quiero elevar al Señor un himno de agradecimiento y de alabanza por la grandeza de la figura de los abuelos y la de tantas mujeres que han dedicado su existencia a la vida consagrada. Quiero aprender de ellas a darme al prójimo porque abuelos y consagrados sienten, con mucha frecuencia, el peso de los cansancios de la vida sin recibir muchas veces la gratificación que merecen pero que para ellos es innecesario porque lo hacen por amor a Dios y a los que aman. ¡Felicidades abuela, felicidades hermana Rafael, que el Dios de la misericordia os llene muchos años más con la abundancia de su gracia en vuestra vida!

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¡Te doy gracias, Padre, por mi abuela Pilar y por todos los abuelos del mundo que son riqueza para las familias, para la Iglesia y para el mundo! ¡Consérvala muchos años para que siga siendo para nosotros testimonio de tu Evangelio! ¡Te doy gracias porque ha sido para mi testimonio de amor a la familia, de firmeza en la fe, de apoyo incondicional, testimonio transmisor de valores humanos y cristianos, de sabiduría y de esperanza! ¡Te pido por todos los abuelos del mundo, Padre, para que ninguno de ellos sea excluido, abandonado u olvidado, para que siempre encuentren en todos los miembros de su familia amor, respeto y alegría! ¡Por todos los abuelos, especialmente los que en estos tiempos de pandemia sufren en los hospitales, en las residencias o confinados en sus casas, para que estén protegidos por el manto protector de tu Madre! ¡Te doy gracias, Padre, por la hermana Rafael testimonio de amor a Ti, a Tu Hijo y a tu Iglesia Santa! ¡Gracias por ella y por todas las consagradas, especialmente a las Cooperadores Parroquiales de Cristo Rey, por testimoniar el amor a Cristo con todo el corazón, con toda el alma y con toda sus fuerzas! ¡Gracias, por que ellas te enseñan que nada se antepone al amor de Dios! ¡Gracias, por su fidelidad al Evangelio que te invita a seguir a Cristo con sus gestos y su vida! ¡Gracias por sus carismas, que te llevan a ser fiel a tu fe y tu compromiso cristiano! ¡Gracias por su vida sobria y consagrada que es una invitación a vivir de la riqueza de Dios y de las cosas materiales! ¡Gracias por su vida de oración y de contemplación que te invitan a vivir en tu vida al Cristo vivo y te recuerdan la vocación a la santidad personal! ¡Gracias, por su plenitud cristiana, que te invitan a servir a los demás como lo hacen ellas! ¡Gracias por su libertad de espíritu, que te ayudan a descubrir la fuerza viva de la libertad humana! ¡Bendice, Señor, a la Hermana Rafael y cúbrela hoy y siempre de la gracia de tu misericordia! ¡Padre, gracias, por el don de la vida y de la vejez; todo es creación tuya!

¿Soy transmisor de paz?

En estos días de Navidad he escuchado muchas veces la palabra «paz» pero cuando leo la prensa, miro los informativos de la televisión o participo en conversaciones con familiares y amigos la sensación que me queda es que esta «paz» soñada es una quimera porque existe en la sociedad mucha división, odio, resentimiento e insatisfacción política y social.
Uno tiene la triste sensación de que los valores de la justicia, el respeto por la dignidad del otro, la solidaridad, la ecología, el progreso, la verdad, la equidad e, incluso, la religión en este mundo globalizado, materialista y hedonista no tienen cabida porque es difícil asentarlos firmemente en el corazón del ser humano.
¿Cómo puedo contribuir yo, una mota de polvo humana en la inmensidad de la sociedad, edificar el castillo de la paz en mi entorno? Me lo planteo y la tarea es ingente.
Siendo ante todo y por encima de todo un hombre de bien. Alguien que pone en práctica con rectitud la ley de la justicia, del amor, de la caridad y de la misericordia. Que cuando mire en la profundidad de mi conciencia sepa discernir si he obrado con rectitud, si he hecho todo el bien que en mis manos estaba, si he dañado al prójimo con intención, si lo he contrariado con voluntariedad o si lo he despreciado por pura soberbia. ¿Lo soy?
Siendo por encima de todo alguien con vida interior que me lleve a la serenidad y la paz del alma, capaz de dar lo que mi corazón siente, transmisor de paz y buena nueva. ¿La tengo?
Siendo un hombre de fe, confiado en la voluntad de Dios, entregado a su providencia, en su justicia, en su verdad y en su sabiduría sabedor de que cuanto acontece en mi vida es aceptado por Él. ¿Confío?
Siendo un ser tolerante con el prójimo, prudente en el hablar y en el debatir, respetuoso con las ideas de los demás. ¿Me lo aplico?
Siendo una persona que pone los dones espirituales recibidos por encima de los bienes temporales porque sabe que todo me viene de Dios. ¿Los pongo?
Siendo alguien que crea a su alrededor un entorno de paz, buena armonía y buen ambiente, que dialoga, que busca la verdad, que no juzga ni enjuicia, que comprende y acepta la crítica, que no se duele ante el juicio ajeno y que perdona los desprecios ajenos. ¿Lo creo?
Siendo un ser que acepta el sufrimiento, el dolor, la tribulación, los desengaños, los malos ratos que le sobrevienen con el convencimiento alegre de que lo hago porque llevo conmigo la cruz. ¿Lo acepto?
Siendo un hombre que transmite positividad, alegría, esperanza, buena nueva; que no se lamenta por las esquinas y solo ve lo negativo de lo que le sucede. ¿Lo transmito?
Siendo una persona que busca siempre la justicia y la verdad cueste lo que que cueste, que no se avergüence de ser cristiano y proclamar la Buena Nueva de Cristo, de no jugar a la hipocresía de decir según qué en función del entorno en el que estoy. ¿La busco?
Ser un hombre de bien. ¡Ingente tarea a la que me llama el Señor! ¡Pero esta es la tarea a la que Él nos llama porque nos quiere seres con un corazón henchido de paz! ¿O acaso no es lo que anuncio Él para vivir en un Reino en el que todo esté presidido por el Amor?

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¡Señor, quieres de mi que sea un hombre de paz, que transmita paz, que sepa vivir en paz, que sea portador de paz, que en mi espíritu reine la paz, que en mi corazón anide la paz! ¡Qué mejor oración para ofrecerte, Señor, que la de san Francisco de Asís, y que es la base de esta página de oración: Señor, haz de mi un instrumento de tu paz. Que allá donde hay odio, yo ponga el amor. Que allá donde hay ofensa, yo ponga el perdón. Que allá donde hay discordia, yo ponga la unión. Que allá donde hay error, yo ponga la verdad. Que allá donde hay duda, yo ponga la Fe. Que allá donde desesperación, yo ponga la esperanza. Que allá donde hay tinieblas, yo ponga la luz. Que allá donde hay tristeza, yo ponga la alegría. Oh Señor, que yo no busque tanto ser consolado, cuanto consolar, ser comprendido, cuanto comprender, ser amado, cuanto amar. Porque es dándose como se recibe, es olvidándose de sí mismo como uno se encuentra a sí mismo, es perdonando!

«¡Contigo!»

Pocas palabras como el pronombre personal «Contigo» tienen una fuerza tan extraordinaria. Cuando pronuncias el «Contigo» en realidad estás diciendo «Confío en ti», «Creo en ti», «tienes todas mi confianza». Es un derroche de fe y de esperanza en el otro. Cualquier gran proyecto, cualquier cambio significativo en la vida, cualquier empresa gigante que deba ser emprendida tiene que comenzar con esta palabra cargada de confianza.
«Contigo» es una palabra firme, amorosa, sencilla, entregada, cierta, llena de familiaridad y franqueza. Es una palabra que, en si misma, es un mundo cargado de convencimiento en el otro.
Y cada día podemos pronunciar el «Contigo». «Contigo» para unirse al otro, para acercarse a él. «Contigo» para vivir entregado al servicio. «Contigo» para unirse más a Dios, el primero de todos que al despertar el día y caer la noche susurra su más amoroso «Contigo». El «Contigo» de Dios es un «Confío en ti», «Creo en ti», «tienes todas mi confianza» a sabiendas de que uno cae en la misma piedra, en los mismos pecados, que es de barro con limitaciones, miserias y pequeñeces. Pero el «Contigo» de Dios es para hacer el camino juntos, acompañando en las alegrías y en las incertidumbres, en el amor y en la soledad, en las caídas y en el levantarse, en la misericordia y en el perdón. Cada «Contigo» de Dios es un canto nuevo a la esperanza porque el «Contigo» divino lo cubre todo de alegría, fe y esperanza.
A lo largo de la jornada, con el corazón abierto, uno puede pronunciar en infinidad de ocasiones, humilde y sinceramente, la palabra «Contigo». Es decirle al otro, como te amo, creo en ti; como creo en ti, espero en ti; como espero en ti, me entrego a ti; como me entrego a ti, quiero caminar contigo. ¿No era acaso así el «Contigo» de Cristo?

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¡Señor, haz que mi mirada hacia el prójimo sea para verte a ti! ¡Ayúdame a ver al que tengo cerca como tu hijo amado, como tu propio rostro! ¡Que no me deje llevar por las apariencias, ni por sus circunstancias personales, ni por su estatus social, ni por lo que dicen de él! ¡Que me vida sea un ir al encuentro del otro! ¡Concédeme la gracia de comprender sus necesidades y entregarme a él con ternura, con compasión y con amor! ¡Concédeme la gracia de atender sus suplicas, a escucharle como tu le escucharías! ¡Ayúdame a comprender sus necesidades! ¡Ayúdame a acercarme del que estoy más separado, especialmente de los más cercanos! ¡Concédeme la gracia de servirlo siempre como tu me sirves a mi, con tu cercanía y tu ternura! ¡Concédeme la gracia de amar a las personas que tengo cerca con amor eterno, con generosidad, con entrega, con paciencia, con alegría! ¡Que mi vida hacia el otro sea una vida «Contigo»! ¡Concédeme la gracia de abrir cada día mi corazón para que mis «Contigo» sean ir también «Contigo»!