Agradecimiento, siempre agradecimiento

Con frecuencia levantamos la voz enérgicamente contra aquellas personas que no han sabido agradecer aquello que hemos hecho por ellas. Nos duele que no tengan en cuenta nuestro esfuerzo y nuestro sacrificio. Nos cuesta aceptar que el darse no tenga un retorno en afecto, en agradecimiento, en reconocimiento. Pero al mismo tiempo, nos cuesta mucho aceptar que hemos sido desagradecidos con aquellos que nos han entregado su generosidad. ¡Qué fácil es mirar la paja en el ojo ajeno!
¿Y cómo es mi relación de agradecimiento al Señor? No hay que olvidar que el ser humano no existiría si previamente Dios no lo hubiera amado de manera especial, única, individual. Los seres humanos existimos porque Dios así lo ha querido. Nuestra mera existencia por voluntad de Dios debería hacer imposible que existan hombres y mujeres frustrados, desalentados, viviendo en la amargura, sin alegría, sino hombres y mujeres felices, siempre arrimados a la mano de su Creador. ¿Cuántas veces a lo largo del día, de la semana, del mes, del año agradezco a Dios que me haya otorgado el don de la vida? ¿Cuántas veces al levantarme por la mañana le digo al Señor, «¡Gracias por la vida que me has dado! ¡Permíteme amarte, permíteme dar frutos, permíteme ser testimonio!». Como cristiano que comprendo que mi vida tiene sentido en el camino de la fe, ¿qué es lo que me da la seguridad en la vida, la razón de mi cristianismo? Aviva en mi corazón esas palabras tan intensas, tan profundas, tan impresionantes de la santa de Ávila: «¡Nada te turbe, nada te espante, a quien Dios tiene nada la falta». Sin fe mi vida sería una vida de desesperanza, de tristeza, de desazón, de amargura pero la fe es un don que Dios me entrega gratuitamente. Si es así, ¿cuántas veces al día, a la semana, al mes, al año le agradezco a Dios la gracia de la fe que me ha transmitido gratuitamente?
Esa falta de agradecimiento a Dios, pero también a los que nos rodean por todo lo que han hecho por nosotros, indica nuestra imperfección como hombres. Pero como Dios nunca se cansa de concedernos el perdón, de agraciarnos con su misericordia día a día, semana a semana, mes a mes, año a año nos da la posibilidad de poder rehacer nuestra vida. Sólo por eso deberíamos estar dándole gracias, agradeciéndole esa misericordia, esa paciencia, ese amor para con nosotros.
Y… ¿Cómo estoy yo de comprensión, de tolerancia, de paciencia, de generosidad hacia los demás especialmente con los que constituyen mi círculo más cercano?

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¡Señor Jesús, gracias, porque has vendido al mundo a salvarnos del pecado y darnos vida eterna! ¡Gracias por la vida! ¡Gracias por tu Cruz, Señor, en la que has dado Tu vida para salvarnos y devolvernos la nuestra muerta por el pecado! ¡Quiero bendecirte, Dios de la vida, quiero bendecir a tu Hijo, que nos rescató de la muerte y quiero darte gracias por todos los dones recibidos! ¡Señor, eres mi respuesta a la necesidad, mi refugio en las tormentas que pasan por mi vida, mi consuelo ante la tristeza y mi fortaleza ante mi debilidad! ¡Señor, gracias, gracias porque todo es por tu gracia y tu amor! ¡Espíritu Santo, ayúdame a que la gracia entre en mi corazón y que la Palabra se avive en mi! ¡No permitas que me cierre a las palabras del Señor y que me aleje de Él! ¡Gracias, Señor, por la fe recibida que me has dejado como la mejor herencia para fortalecer mi vida cada día! ¡Gracias, Señor, por la vida, por mi familia, por mi hogar, por mis amigos, porque me permites compartir todo lo que Tu nos provees con ellos! ¡Gracias, Señor, por tu infinita bondad!

La Cantata 76 Die Himmel erzählen die Ehre Gottes (Los cielos cuentan la gloria de Dios) BWV76 de Juan Sebastian Bach el compositor nos recuerda en la XIV Chorale: “Es danke, Gott, und lobe dich” (“Gracias, Dios, te alabamos“) que tan bien se ajusta a la meditación de hoy:

La pobreza de María

Tercer sábado de diciembre con María, la mujer que guarda con dulzura en su corazón las riquezas de Dios, en nuestro corazón. Cuando el ángel del Señor le anuncia a María que se convertirá en Madre del Salvador la escuela de la Virgen nos enseña que cuando Dios nos muestra cuál es nuestra misión necesitamos previamente grandes dosis de pobreza, desprendimiento y vaciamiento interior.
La pobreza de María está íntimamente apoyada en la más firme y absoluta disponibilidad y en la profundidad de su fe. La pobreza de María está unida a su disposición interior hacia las cosas de Dios porque es una actitud del alma. La riqueza de la pobreza de María es que su corazón es de Dios, para con Dios y está con Dios. Dios es lo que da sentido a su pobreza interior, el que sustenta la integridad de su corazón, el que da sentido a sus esperanzas, consuelos, sueños y alegrías. La pobreza de María es saber aceptar con un fíat confiado y sereno su misión, el camino que le ha trazado Dios. La pobreza de María es saber contemplar con grandeza de corazón la belleza que procede de Dios. La pobreza de María es saber acoger en el corazón el canto de las bienaventuranzas para saber llevarlas a los demás.
Solo con esta pobreza interior es posible dar frutos para ir a la misión: en la familia, en el entorno laboral, en las cárceles, en la vida parroquial, entre los amigos, en la vida social, en el voluntariado de servicio a los necesitados…
«Porque miró la humildad de su sierva». En este sábado pongo mi corazón en manos de María para que me lo predisponga a aceptar aquello que Dios quiere de mi con pobreza de corazón y grandes dosis de humildad.

 

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¡María, en este día me pongo en tus maternales manos para pedirte que me ayudes a confiar siempre en Dios! ¡Ayúdame a aceptar la misión que Dios me encomienda con la misma pobreza de corazón con la que tu aceptaste ser Madre de Jesús! ¡Ayúdame a ser como Tu, María, con tu alma siempre rendida a Dios y con la sencillez de la entrega total! ¡Ayúdame que mi corazón sea como un libro abierto hacia Dios con gestos y acciones escritos con sencillez y humildad! ¡Haz, María, que mi corazón esté siempre abierto a Dios para que todo lo demás venga por añadidura! ¡Me consagro por medio tuyo, María, a Jesús para que mis ojos solo sirvan para mirar como miraba Él, para que mis labios solo pronuncien palabras que hagan bien, para que mis oídos estén predispuestos a la escucha y el consuelo, para que mis manos sirvan para acariciar con la misma ternura de Dios! ¡Ayúdame a engendrar a Jesús en mi corazón y en el de los más! ¡Quisiera aprender de Ti, María, a meditar y acoger con docilidad en mi corazón los mensajes que me vienen de Dios! ¡Y como hiciste Tu, ayúdame a imitarte para ser custodio del amor de Dios y saberlo transmitir a los demás!

Huellas en la humanidad de Jesús

Me encanta la fiesta que celebramos hoy dedicada a san Joaquin y santa Ana, padres de la Virgen María y abuelos de Jesús. Me une humana y espiritualmente a mis abuelos, algunos ya en el cielo y otra todavía entre nosotros.
San Joaquín y santa Ana tuvieron el honor de engendrar a María, la Madre de Dios, que fue preservada del pecado original por Dios para dar la bienvenida y traer la semilla de Su Palabra a la humanidad entera.
Pero para que esta tierra buena diera frutos ambos dispusieron con su amor y su entrega a María para recibir la Palabra de vida de modo que brotara en ella y diera frutos de gracia.
Con su ejemplo de amor, de entrega, de generosidad, de pureza, de caridad, de servicio fortalecieron el carácter de María, que sería virgen de espíritu, de alma y de cuerpo antes de su nacimiento.
Al nacer de María, Jesús se unió a la línea de Ana y de Joaquin. En ellos, contemplamos la belleza y la importancia de la presencia de los abuelos en el corazón de una familia.
Jesús, siendo niño, pudo encontrar en ellos la seguridad de los cimientos de la tierra en la que se hundieron las raíces de su humanidad.
No hay duda de que la relación de María con sus padres dejó una profunda huella en el desarrollo de la humanidad de Jesús en Nazaret. Cristo vivió en un horizonte sin nubes, un lugar pacífico y sereno, con grandes vivencias interiores que fue formando su conciencia humana. Así, la calidad y santidad de la relación entre María y sus padres permitió el surgimiento gradual de la conciencia humana más sana en Jesús.
Con la figura de san Joaquín y santa Ana comprendemos que para realización del plan de la salvación de Dios es necesaria la santidad en la vida cotidiana. Si la gracia es lo primero, el hecho es que para actuar en la existencia de un hombre y una mujer, la gracia necesita de su colaboración. Sin gracia, no hay frutos.
Hoy es un día para dar gracias a Dios por la figura de santa Ana y san Joaquín que ayudaron a crear condiciones favorables para el cumplimiento de la promesa de la salvación. Ellos fueron los cultivadores de esta pequeña porción de tierra maravillosa de la humanidad en la cual la semilla de la vida eterna pudo brotar para llevar los frutos de salvación y sanación. Y un día para dar gracias a Dios por la figura de los abuelos que, en mi caso, han sido unificadores de la familia, formadores del espíritu y grandes maestros de la vida. A todos ellos los llevo en el corazón.

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¡Gracias, san Joaquín y santa Ana por convertiros en transmisores de los más bellos valores familiares y una inspiración de como actuar en la vida cotidiana, espiritual, familiar y social! ¡Señor, nacido de la Virgen María, que tantos amaste a tus abuelos San Joaquín y Santa Ana, protege y mira con amor misericordioso a todos los abuelos de todo el mundo que son fuente de riqueza humana y familiar! ¡Sostenlos siempre en la adversidad, la dificultad y el envejecimiento para que sigan siendo para la familia auténticas columnas de la tradición, custodios de los valores auténticos que se deben transmitir a la sociedad y maestros de la verdad, la autenticidad y la sabiduría! ¡Señor, cuida a todos los abuelos del mundo para que siembren en la sociedad las semillas del amor! ¡No permitas, Señor, que los abuelos sean despreciados, olvidados, ignorados o marginados; que reciban siempre el amor de hijos y de nietos, que sean respetados y amados! ¡Concédeles, Señor, el gozo de la salud para que puedan vivir una vida sosegada y tranquila! ¡Y a Tí, María, que tanto amaste a tus santos padres, san Joaquín y santa Ana, extiende sobre todos los abuelos del mundo tu manto protector! ¡Gracias, Señor, por los abuelos que me has regalado de los que tanto he recibido y aprendido, que tanto amor me han dado y tantas enseñanzas me han transmitido! ¡Espíritu Santo, desciende sobre todos nosotros, e infunde en nuestro mundo un clima humano donde primer el respeto por los abuelos y los ancianos! ¡Haznos, Espíritu Santo, custodios del gran tesoro que es la familia, ayúdanos a que no haya divisiones ni enfrentamientos sino paz y amor!

Cantamos dedicando esta canción a santa Ana, abuela de Jesús:

Fin de un camino impregnado de amor

La Cuaresma está llegando a su fin. Quedan pocos días para la Pascua. En estos días que han transcurrido desde la imposición de las cenizas he sentido que la Cuaresma, con todas sus privaciones, es sobre todo una historia de amor.
¿Una historia de amor? Una historia de amor. Lo siento así porque en este proceso de introspección en que te das a ti mismo entiendes al Amor que se entrega completa y voluntariamente sin reservas.
Han sido casi cuarenta días caminando con mi amado Jesús, mi Maestro, mi amigo, mi confidente, mi consolador. Llegados hasta aquí espero su gran regalo en la noche del Jueves Santo, con dolor su expiración en la cruz la tarde del Viernes Santo y la esperanza y la alegría de su Luz el Domingo de Resurrección.
Es una historia de amor porque al pie de la cruz comprendes que su vida no es una concatenación de coincidencias ciegas: su encarnación, su vida en medio de nosotros, su Evangelio, su pasión, su muerte.
Jesús va siempre más allá de su fuerza… persiste hasta el final de sus compromisos incluso si estos lo conducen inevitablemente a la cruz. Todo por amor.
En Jesús, a pesar del martirio, perdura el amor porque —y esto es lo extraordinario— ¡su amor nunca muere!
El regalo absoluto siempre da frutos. Su resurrección es solo una cuestión de tiempo porque el amor verdadero sigue siendo fructífero para siempre.
¡Donde el amor calcula, intriga, usa estratagemas para no consumirse, ese amor ya no es amor! Es solo una manera de subsistir, una especie de compromiso para mantenerse vivo.
¿Quién de nosotros no sueña con un amor que nos libere de todas las ansiedades y la angustia en lo cotidiano de la vida? Para experimentar ese amor libre no tenemos que esperar situaciones excepcionales en un ambiente romántico. El verdadero amor se vive especialmente en lo concreto de la vida. El verdadero amor sabe cómo transformar lo ordinario en extraordinario.
Mirada en perspectiva esta Cuaresma ha sido para mí un tiempo de enseñanza de un amor desinteresado y generoso más que un período de restricción de eso que me apetece, de abstenerme de comer carne todos los viernes, de dar limosnas a los que lo necesitan… Estos son solo los medios para hacer el amor mucho más concreto, efectivo, fértil… porque honestamente donde el amor es incapaz de privarse de algo, ¡ya no existe!
El amor, en su propia naturaleza, es un acto en el que el que ama se desposee a sí mismo, dirige todo su ser hacia el que ama. Y contemplando a Cristo, he revivido una profunda historia de amor. Del amor que Cristo siente por mí a pesar de mis defectos, de mis caídas, de mis miserias y de mi pequeñez.

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¡Gracias, Señor, por el amor tan grande que sientes por mi! ¡Gracias, Señor, por tu misericordia! ¡Gracias, Señor, porque me has acompañado en el desierto de esta Cuaresma en la que he podido experimentar tu cercanía y tu amor! ¡Gracias, Señor, porque me perdonas todos los errores, las faltas, los pecados y me envías tu Santo Espíritu para que profundizando en ellos tenga un auténtico arrepentimiento! ¡Gracias, Señor, porque restauras mi corazón que tantas veces se agrieta porque es frágil! ¡Gracias, Señor, porque me adentro en la Pascua sabiendo lo mucho que me amas a pesar de mis ingratitudes y desprecios que te han llevado hasta la Cruz! ¡Gracias, Señor, porque contemplo la cruz y tu completo desprendimiento por amor! ¡Gracias, Señor, porque me ayudas a llevar mis cruces con amor! ¡Gracias, Señor, porque me ayudas a conocerme mejor, a aprender de mis fracasos y de mis caídas! ¡Gracias, Señor, porque tu amor me habla mucho de entrega, generosidad, tolerancia, paciencia, esperanza, confianza! ¡Gracias, Señor, porque tu me conviertes en un amigo especial al que proteges a pesar de sus debilidades, defectos y obstinaciones! ¡Derrama, Señor, tus bendiciones sobre mi y sobre todos aquellos que me rodean! ¡Jesús, en ti confío!

A los pies de la Cruz quiero poner mi vida:

En busca de la excelencia

Lo remarca el mismo Cristo: «debemos ser perfectos como nuestro Padre celestial es perfecto». La pregunta es cómo se puede lograr la perfección si mi vida está plagada de imperfección, debilidad y pequeñez.
La respuesta a esta pregunta es posible. Y Cristo me invita a buscarla. La condición esencial es contar siempre con Dios, el más perfecto de todos los seres. Para ello son necesarias la totalidad de la virtudes que se resumen en una: la excelencia.
La excelencia es esa virtud íntimamente unida a la entrega, a la perfección, a la rectitud, al orden, a la alegría… La excelencia es un camino; es la senda perfecta para que cada uno de los aspectos de mi vida transcurran por la vía de la perfección. Pero la excelencia sólo la alcanzaré si, en cualquier circunstancia o situación, soy capaz de aparcar mi mediocridad y mi debilidad para ofrecer lo mejor de mi mismo.
La excelencia no me permite abrazar la medianía; me exige acoger el ideal del bien. Tratar de hacer siempre las cosas bien en base a la verdad y a la luz de la autenticidad. El modelo es el Señor, ejemplo de virtud y de perfección.
La excelencia es un acto de la voluntad. ¿Puedo entonces alcanzar la excelencia personal, en la vida de oración, en la vida familiar, en la vida laboral, en la vida social? La alcanzaré en la medida que mis hábitos cotidianos estén basados en la rectitud. Cuando trato de alcanzar la excelencia emergen otras virtudes tan hermosas como la caridad, la diligencia, la afabilidad, la amistad, el esfuerzo, la tenacidad, la laboriosidad, la entrega…
Cuando me empeño en ser excelente rechazo de plano la mediocridad, la comodidad, la tibieza, la indolencia y tantas otras actitudes negativas que me impiden obrar con rectitud y dar los frutos que se espera de mi.
Me cuestionó hoy: ¿vivo como un cristiano estándar o trato de lograr la excelencia personal en todos los ámbitos de mi vida? ¿Qué ven en mi los que me rodean, los de mi familia, mis compañeros de trabajo, mis amigos, los de comunidad parroquial? ¿Ven mis buenas obras que glorifican a Dios o contemplan solo la mundanalidad que transmito? ¡Cuanta responsabilidad en mi haber y cuánto trabajo por delante para producir esos frutos que me exige el compromiso con el Señor!

orar con el corazon abierto

¡Señor, a imitación tuya concédeme la gracia de ser perfecto como nuestro Padre celestial es perfecto! ¡Concédeme la gracia, Señor, de vivir siempre buscando la perfección en cada instante de mi vida! ¡No permitas que me acomode en la indolencia y concédeme la humildad para que Tu que eres el ejemplo a seguir moldees mi vida! ¡Dame, Señor, por medio de tu Santo Espíritu la fe para que mis proyectos se sustentes en tu voluntad! ¡Ayúdame, Señor, a vivir para dar frutos, para ser testimonio de verdad, para trabajar en busca del bien y de la perfección! ¡No permitas que la tibieza ni la indolencia me venzan en ningún campo de mi vida y mucho menos en el espiritual que sustenta mi vida de piedad, personal, familiar o profesional! ¡No permitas que las dificultades y la contrariedades me venzan! ¡Que mi relación personal contigo, Señor, me sirva para crecer siempre a mejor, para llenarme continuamente de Ti y poder reflejar tu gloria! ¡Tú, Señor, me revelas cada día tu preciado plan orientado a vivir en la excelencia personal! ¡Que mi búsqueda de la perfección, Señor, sea vivir la plenitud de la vida en Ti! ¡Ayúdame a ser ejemplo de excelencia en mi entorno y no acomodarme en la indolencia! ¡Ayúdame, Señor, a vivir para obrar y actuar conforme a la verdad y cada vez que me equivoque tómame de la mano para que me vuelva a levantar y no dejar de crecer!

Del compositor inglés William Byrd escuchamos hoy de sus Canciones Sacrae su bellísimo Vigilate, a 5 voces:

El sencillo (y difícil) arte de alentar

Una de mis hijas me envió hace unos días un WhatsApp muy escueto pero a la vez muy reconfortante: «Gracias, papá. Sabes lo importante que era para mí. Te quiero (con varios corazones con emoticonos)». Me sentí agradecido… y querido. Ella era consciente del esfuerzo que me había supuesto conseguirle aquello a lo que ella daba importancia… aunque sin su agradecimiento lo hubiera hecho igual. En la vida, todos necesitamos pequeños gestos que nos animen, el aliento que levante el ánimo o que nuestro trabajo sea valorado. Una simple palabra o un simple gesto son suficientes para serenar el corazón y alegrar el alma.
Alentar. Confortar. Reconfortar. Animar. Son palabras que crean una reserva de esperanza. Y no cuestan nada. Forman parte del siempre difícil arte de alentar.
Un frase sencilla, surgida del corazón, en este caso ha sido suficiente. Basta también una llamada de teléfono, una nota, una palabra amable, un saludo espontáneo, la calidez de un abrazo, una apretón de manos sincero, una sonrisa conciliadora, un mirada dulce. No cuesta nada encontrar la oportunidad para agradecer al otro la ayuda prestada. Son los pequeños gestos los que cambian el corazón de la gente.
Actuar así crea un mundo de alegría, de afabilidad, de ternura. Y te permite comprender que es necesario, cada día, apreciar las cualidades innegables de cada persona. Ver su paciencia, su sabiduría, su bondad, su entrega, su honestidad, su magnanimidad, su compasión, su fortaleza… en definitiva, excavar en sus cualidades para darles las magnitud que merecen. Se trata de sacar brillo a los valores de los que te rodean porque con ello no sólo logras reconocer su autenticidad sino que afianzas tu relación con esa persona.
Tal vez no conocemos lo que anida en el corazón de los que tenemos cerca, sus alegrías o sus tristezas, sus fortalezas o sus sufrimientos, pero sí tenemos la oportunidad de tratarlos bien porque con cada palabra amable o con cada gesto de amor espontáneo se pueden aliviar infinidad de corazones humanos.

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¡Señor, no permitas que me irrite con las personas o las situaciones que vivo cada día sino hazme entender que es mi manera de ver el mundo! ¡Ayúdame, Señor, a ser generoso con las palabras, con los gestos y con las miradas para sacar siempre lo positivo de cada situación y de cada persona! ¡Señor, mueve mi corazón para que siguiendo tu ejemplo se convierta en un corazón rebosante de misericordia, de cordialidad, de alegría, de compasión, de entrega, de generosidad, de comprensión! ¡Que pueda ver a los que me rodean como los ves Tú, Señor; que los pueda amar como los amas Tú; que los pueda abrazar, como lo harías Tú; que les pueda hablar como los hablarías Tú; que los pueda sentir como los sentirías, Tú! ¡Ayúdame, Señor, a ser generoso en las palabras y a crear buen ambiente allí donde vaya! ¡No permitas, Señor, que mi corazón sea altanero, soberbio y discipliente por que eso me aparta de Ti! ¡Ayúdame a ser un cristiano siempre alegre para que mi alegría y mi felicidad sean una bendición para los demás y para mi mismo! ¡Ayúdame a ser, Señor, agradecido con lo demás y no permitas que me acomode sin dar las gracias! ¡Ayúdame a mirar a todos con sencillez! ¡Enséñame a escuchar sin prejuicios! ¡No permitas que me calle lo que me gusta y me alegra de los que me rodean, a resaltar sus éxitos y sus cualidades! ¡Pero sobre todo, Señor, ayúdame a alimentar mi vida de pequeños gestos que se den a los demás para alegrar el entorno en el que me muevo!

¡Cuán grande es Él!, bello coro para el día de hoy:

La amabilidad del amor

Es imposible amar si uno tiene el corazón de piedra. Es imposible amar si hay aspereza en los gestos o en las palabras, en las miradas y en los sentimientos. El amor es la universidad de la amabilidad, del desinterés y de la entrega. El amor vincula a las personas, estrecha las relaciones, genera lazos de esperanza, construye ilusiones, regenera rupturas. El amor te permite ser amable y cuando uno lo llena todo de amabilidad los demás no dudan en acercarse.
Sí, el amor está revestido de amabilidad. Y esa amabilidad puede comenzar con una palabra cordial —sencilla pero cordial—al estilo de Cristo. Con un disponibilidad absoluta para con los que nos rodean, al estilo de Cristo. Siendo accesibles a las necesidades del prójimo, al estilo de Cristo. Sin quejas ni malas caras, al estilo de Cristo.
Dar testimonio no siempre es sencillo. Cuesta por los agobios personales, el cansancio, la necesidad de encontrar momentos de soledad y silencio… pero la evangelización exige cristianos amables —comprometidos pero amables—, entregados en su amabilidad para hacer más sencilla la convivencia al prójimo. Es difícil imaginar a Jesús con un sonrisa que no estuviera impregnada de dulzura, con una mirada que no fuese comprensiva, con una palabra que no fuese delicada, con un gesto que no fuese acogedor. Todo en Jesús traslucía amabilidad, bondad, consuelo, ánimo, dulzura, benevolencia y afabilidad. Incluso en aquellos momentos en que corregía a alguien lo hacía desde la óptica del respeto y la amabilidad.
Y yo, ¿me esfuerzo en ser amable con los demás? ¿Pienso más en mis circunstancias que en las del prójimo cuando respondo o actúo? ¿Qué pueden llegar a pensar de mi quienes conmigo conviven respecto a mi amabilidad y mi cortesía?
Si Cristo lo cubría todo de amabilidad y llegaba a la gente —ahí están como ejemplo las conversiones de Zaqueo y Mateo— por medio de actos concretos de generosa amabilidad, ¿por qué resulta tan difícil impregnar todas las obras de amabilidad, delicadeza y sensibilidad?

orar con el corazon abierto

 

¡Señor, aleja de mi corazón todas aquellas inseguridades, miedos o temores que me impiden ser amable con los demás! ¡No permitas, Señor, crear juicios ajenos porque eso me impide ser amable con el prójimo! ¡Transforma mi corazón, Señor, con la fuerza de tu Santo Espíritu, para que la rudeza y torpeza con la que a veces actúo me haga ser más dulce, delicado, sereno y amable con los que me rodean! ¡Señor, tu me has creado para el amor, ayúdame a ser como tu! ¡Suaviza, Señor, cada uno de mis gestos, mis palabras y mis miradas con el don de la alegría, la amabilidad, la compasión y la escucha y no permitas que ni la intolerancia, ni el egoísmo, ni el desinterés, ni la severidad, ni el rigor, ni la ira, ni la dureza sean la seña de mi corazón! ¡Soy pequeño, Señor, pero por medio de tu Santo Espíritu tu puedes hacer grandes mis pensamientos, mis palabras y mis gestos! ¡Ayúdame a impregnarlo todo de amabilidad y permíteme crecer en serenidad y mansedumbre! ¡Enséñame, Señor, con la ayuda del Espíritu Santo a poner en valor todas mis acciones y hazme alguien honrado en las virtudes! ¡Concédeme la gracia, Señor, de entender que son las pequeñas cosas de la vida las que hacen grande al ser humano! ¡Que no olvide nunca tu ejemplo, Señor, y que todos mis actos estén revestidos de tu amor y tu amabilidad! ¡Que mi rostro sea siempre una imagen tuya, un rostro alegre, una sonrisa amable, unas palabras amorosas, un corazón gozoso que alegre el corazón de los demás! ¡Espíritu Santo, alma de mi alma, ilumíname, guíame, fortifícame, consuélame y dime siempre como debo actuar!

Nada me separará del amor de Dios:

Buscar más amar que ser amado

¿Quién no desea ser amado? ¿Quién no desea ser único para alguien? ¿A quién no le gusta estar en el corazón y la mente del otro?
Me explicaba ayer una de mis hijas que haciendo voluntariado en una residencia de ancianos estuvo acompañando a una mujer de unos sesenta años sentada en una silla de ruedas; una mujer sin mucha formación y con la cara profundamente marcada por la tristeza. En un momento de la conversación esta mujer sencilla le preguntó a mi hija por sus padres y su familia: «Que suerte tienes, niña, de que te quieran tanto. Yo nunca he interesado a nadie. Nadie nunca me ha querido. Y lo que es más triste, nunca nadie se ha fijado en mí». Su mirada, decía mi hija, denotaba una profunda tristeza y desolación. La vida, sin duda, no había sonreído a esta mujer.
Para ella, como para muchos, la vida no tiene sentido y pierde todo su fundamento cuando no hay razones para la alegría. Cuando todo carece de valor. Cuanto lo cotidiano se enfrenta a oscuros nubarrones y la ternura parece estar sepultada sobre una montaña de piedras. Es muy desalentador observar que en nuestras sociedades hay una irrefrenable necesidad de ser amado y, sin embargo, el individualismo se convierte en la razón de ser de nuestro mundo. Cuando no hay amor en la vida humana lo que se presenta es la oscuridad y el abismo. Cuando uno se siente amado, atendido, respetado y constata que genera interés, por mínimo que sea, parece hallarse en el paraíso.
En la oración de san Francisco, Haz de mi un instrumento de tu paz, una estrofa invita a «buscar más amar que ser amado». ¿Y esto que implica en un mundo tan deshumanizado? Desprenderse de uno mismo para proporcionar al que tienes cerca amor. Amándole buscas que experimente una auténtica realización y que sienta que es el centro de todo porque esta es la experiencia que el amor transmite.
La frase del santo de Asís es una clara invitación a ir más allá de uno mismo tratando de dar al otro lo que más anhela. Puede ser ternura, cariño, escucha, entrega, generosidad, cordialidad, buena convivencia, atenciones… No importa. Amar al más cercano, al prójimo, al enemigo, al despreciado…
«Buscar más amar que ser amado». Si realmente aplico esta máxima en mi propia vida, si soy capaz de dar grandes dosis de amor auténtico y verdadero ¿no lograré cerrar la cuadratura del círculo conquistado no sólo mi corazón sino también el del prójimo y el del mismo Dios? Entonces, ¡a qué estoy esperando para actuar!

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¡Señor, pongo en tus manos a los que tienen en su corazón tristeza y desolación! ¡Recurro a Ti, Señor, para los que tienen un gran vacío sientan tu presencia! ¡Alegra, Señor, a los que tienen el corazón abatido y lleno de heridas! ¡Permite que puedan ver la esperanza, que su alma se llene de consuelo y levanta esa nube grisácea que los envuelve! ¡Señor, seca sus lágrimas y escucha sus lamentos para que la tristeza no acabe por adueñarse de su corazón! ¡Llénales de amor, bondad y misericordia! ¡Rebustécelos con el poder de su preciosa sangre y haz que tu Santo Espíritu les llene de gracia para hacer frente a sus tormentos y tristezas! ¡Ven, Espíritu Santo, Tú que tienes el poder para transformarlo todo y la ternura para dulcificar el corazón para convertir sus lamentos! ¡Señor, te pido que me envíes tu Santo Espíritu para que sea capaz de darme cuenta de que he sido creado para el amor, para darme a los demás!

Impresionante el Salmo 91, para ocho voces distribuidas en dos coros de cuatro del compositor  italiano Giacomo Meyerbeer:

Contemplar la Cruz y comprenderlo todo

En la vida todo hay que lucharlo. Sin esfuerzo, sin tenacidad, sin perseverancia ni tesón se hace difícil conseguir las cosas. Hay veces que te sientes débil aunque repleto de esperanza. Te sientes con ilusión pero te desmoronas cuando las cosas fallan y no alcanzas el objetivo deseado. El cansancio no es un buen compañero de fatigas porque todo éxito que uno logra tiene que ir acompañado también de fuerza interior; sin un alma ardiente los triunfos también son difíciles.
Observo épocas de mi pasado, momentos llenos de soberbia y de orgullo, de puro egoísmo y tibieza. Épocas en que mi sangre era como la horchata, y no era ni frío ni caliente. Ahora mi vida tiene un referente. Y ese referente te permite mirar desde lo alto, con una perspectiva nueva. Ese referente es la Cruz, la mejor cátedra que tiene el ser humano. El símbolo que expresa el amor ilimitado de Dios por el hombre; en ella se resume toda la teología cristiana.
Es la Cruz que facilita el cambio interior. Porque uno necesita ser diferente. Diferente como lo fue Cristo. Siervo de los demás, entregado por amor, ejemplo de perdón y de reconciliación, de servicio y de paz.
A ese Cristo ¿agonizante? colgado de la Cruz es al que quiero cada día mirar. Mirar y parecerme. Sentir y amar. Porque desde el día en que Cristo tocó mi corazón me invitó a participar de su proyecto de amor, de paz, de servicio, de entrega y de fraternidad.
Contemplas la Cruz y lo comprendes todo. Comprendes que compensa darse; compensar entregarse por los demás; ser luz que se consume por el prójimo, por el sufriente, por el enfermo, por el desamparado, por el necesitado…
Miras atrás y comprendes el tiempo perdido; la falta de fecundidad de tantos años que el corazón rebosaba de inmundicia, de egoísmo y de amor propio. Tiempo consumido por la vacuidad del corazón. Un corazón que palpitaba sin vida ni alegría. Ahora con Cristo todo es diferente. Por eso la Cruz me permite observar la vida con otros ojos, con una mirada de eternidad, con un mirar abierto a la verdad del Evangelio. El camino es arduo pero acompañado por la mirada de Dios, siendo el cirineo de Cristo e iluminado por la gracia del Espíritu, con la innegable ayuda de María y de san José, en mi vida no caben las utopías. Solo la realidad. Y esa realidad es el cielo prometido al que para llegar necesito de mucho esfuerzo, tenacidad, perseverancia y tesón con grandes dosis de oración, vida sacramental y entrega a los demás.

 

orar con el corazon abierto

¡Señor, mi mirada se dirige hacia Ti colgado de la Cruz y presente en el sagrario! ¡Abro mis manos, Señor, para ofrecerte mis miserias y mi pequeñez! ¡Tú eres el único que las puedes llenar! ¡Por eso, Señor, Tú que nunca fallas ni abandonas concédeme la gracia de vivir siempre en tu presencia y sentir tu cercanía! ¡Ven Espíritu Santo y dame el don de la sabiduría para apreciar los bienes celestiales y ayúdame a buscar los medios adecuados para alcanzarlos! ¡Ven Espíritu Santo y concédeme la gracia de iluminar siempre mi mente con el don del entendimiento para saber lo que Dios quiere en cada momento de mi! ¡Ven Espíritu Santo y por medio de tu santo consejo ayúdame a actuar siempre con la máxima rectitud para gloria de Dios y beneficio mío y de los que me rodean! ¡Ven, Espíritu Santo, y dame la fortaleza para ser tenaz en el logro de la santidad! ¡Ven Espíritu Santo para que me otorgues el don de la piedad y la oración!

La Cruz es recuerdo constante de que Jesús piensa en mi:

Sobre la indiferencia

La indiferencia es uno de los grandes pecados de la sociedad. También uno de los más enraizados en el hombre. La indiferencia está emparentada con el egoísmo que invita a vivir para uno mismo, para conseguir aquello que se desea, para situarse por encima del prójimo, para postularnos como «lo más de los más».
La indiferencia se manifiesta también respecto a Dios al que apartamos de nuestra vida de manera recurrente. Cuando buscamos nuestro placer o nuestros intereses lo apartamos de nuestra vida. Entonces Dios no existe porque no nos interesa que nos muestre el camino recto.
Si uno es capaz de mostrar indiferencia ante Dios, no tiene ambages en manifestar indiferencia frente al prójimo, especialmente ante el más vulnerable y necesitado.
La indiferencia nos lleva a caminar con una venda en los ojos, nos convierte en sordos y mudos tal vez, incluso, sin ser consciente de ello.
Pero sobre todo la indiferencia solidifica como una roca el corazón humano. Lo endurece porque la búsqueda del «más» —más prestigio, más reconocimiento, más dinero, más posesiones, más aplausos…— trastoca la realidad y no pone límites a la codicia. Pero esa indiferencia en lugar de hacer grandes nos empequeñece. Nos desdibuja.
No hay ni una sola página en el Evangelio en la que Cristo muestre indiferencia. Incluso en los momentos de mayor tensión, Jesús se muestra abierto al amor. A la sensibilidad. Al acogimiento.
Un cristiano no puede mostrarse indiferente porque si su vida tiene un mínimo sentido tiene que estar regida por el amor. La entrega y el servicio es lo que proyecta nuestra realidad a la eternidad.
No puedo dormir sereno si durante la jornada he pensado más en mí que en el prójimo. No puedo vivir sin remordimientos si la humildad y la generosidad no han presidido todas mis acciones. Si la sencillez no ha sido el arma de cada día. Si no he puesto todo mi empeño en crecer como persona, en ser más diligente en el servicio y en la entrega. Si no he tratado de crecer humana y espiritualmente.
Cuando mayor es mi indiferencia más alejado está Jesús del centro de mi vida. Si Cristo vive en mí y yo él, debo mostrar su rostro al prójimo. Y a eso se le llama cercanía.

orar con el corazon abierto

¡Señor, en los relatos de los Evangelios me muestras que no te manifestaste indiferente con nadie, que tu vida fue un encuentro sincero con el prójimo, con sus necesidades y sus sufrimientos! ¡Que te acercaste a enfermos, gentes que buscan consuelo, personas con dolores interiores, a los privados de libertad interior! ¡A todos, Señor, les diste una señal nueva, un mensaje novedoso, un encuentro íntimo contigo! ¡A todos los diste un sentido claro de su existencia! ¡Ayúdame a mí, Señor, a no mostrarme indiferente con el prójimo, a que mi vida esté jalonada de obras de amor, entrega y misericordia! ¡Ayúdame a convertirme en un pequeño instrumento de la misericordia del Padre y que todos mis gestos y palabras expresen el mismo amor, respeto y solidaridad que manifestaste Tú con los que te encontraste por el camino! ¡Ayúdame, Señor, por medio del Espíritu Santo a llenarme de tus pensamientos, de tus actitudes, de tus palabras y de tus sentimientos! ¡Llena mi mirada, Señor, por medio de tu Santo Espíritu, de la compasión por los que sufren! ¡Ayúdame a ser contemplativo en la oración y comprometido en la acción! ¡Ayúdame a replantearme mis acciones para revisar como es mi contribución a la construcción de una sociedad más humana, más justa, más cristiana y más llena de Ti! ¡Ayúdame a ser testimonio del Evangelio!

Dios manda lluvia