«El Señor ha hecho en mí maravillas».

Me estremece el corazón la humildad de la Virgen, su sencillez y su agradecimiento, su alabanza y su ternura. Hay una frase que me emociona: «El Señor ha hecho en mí maravillas».
Estas palabras que proceden del Magnificat representan la alegría de la Virgen María en ese encuentro dulce y tierno con su prima Isabel, en el canto más hermoso de servicio al prójimo. Es el canto repleto de alegría de quien lleva al Hijo de Dios en su vientre. Es la canción de alegría del encuentro con una persona a la que quieres. Es el canto alegre del encuentro de la humanidad con su Salvador. Este cántico de la Virgen, de la Iglesia misma y de cada creyente nos une a todos desde la oración de María para reconocer las maravillas que el Señor hizo por ella en su vida y hace también en nuestras propias vidas.
«El Señor ha hecho en mí maravillas». Para comprender esto hay que aprender a escuchar y prestar el oído del corazón.
En la Biblia, el corazón es nuestro ser más profundo, el lugar de compromiso y lucha. Es de él desde donde brotan las fuentes de la vida.
María es una mujer que busca porque es una mujer que escucha. En la Anunciación, María escucha desde el fondo de su corazón la palabra del ángel y entra en conversación con él para aceptar en su vida el plan de Dios: ser la madre del Salvador. Durante su visita a su prima, María escucha las palabras de Isabel y entra en conversación con ella e, incluso, va aún más lejos porque esta disponibilidad del corazón produce en los dos niños que llevan dentro un fuerte estremecimiento bajo la acción del Espíritu Santo En Caná, a través de su escucha, María intercede ante su Hijo por los novios para que sus invitados no carezcan del vino para la celebración. ¡Y cuántas veces leemos de los evangelistas que María guardaba todo en lo profundo de su corazón! ¡Se escucha a sí misma para que todo su ser esté predispuesta a la escucha de los demás y a la escucha de Dios! Al pie de la Cruz, María, a pesar del dolor, escucha y recuerda la Palabra de Dios, que le permite ponerse de pie y regocijarse de alegría el día de la resurrección. Así, María es la mujer del Magníficat y puede exclamar con gozo: «El Señor ha hecho en mí maravillas».
Esta actitud de escucha es también la de Cristo por su Encarnación. Jesús percibió la voz del Padre a través de las voces humanas: la de su madre, la de José, la de Pedro haciendo su profesión de fe, la de tantos que se acercaron a Él en su caminar por Galilea…
Hoy, como cada sábado, uno se siente invitado a cantar, imitando a la Virgen María: «El Señor ha hecho en mí maravillas». Esta frase es una invitación a dejarse guiar por la Virgen María en esta dinámica de escucha, de encuentro, de oración… Con María, dar un paso más en la fe, en esta mirada de fe en la persona que conozco. La fe ayuda a percibir la presencia de Dios en el otro y el amor nos devuelve, muy concretamente, a la persona del otro. Es en este intercambio de fe y amor donde puedo sentir y contemplar las grandes maravillas que Dios hace cada día por nosotros.

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¡Señor, haz de mi parte viva del Magnificat! ¡Ayúdame, María, a ser una persona que sea capaz de escuchar desde el fondo del corazón a Dios y a los demás, a tener una mirada de fe y de amor a imitación tuya! ¡Ayúdame, María, a llenar mi corazón de la Verdad, a acoger en lo más profundo de mi corazón la semilla de la fe, el susurro del Espíritu Santo que me presenta las maravillas que Dios hace por mí¡ ¡Y contigo, María, y con Tu Hijo Jesús, que aprenda a alabar a Dios por las gracias y los dones recibidos cada día!  ¡Que mi vida se convierta en una peregrinación que me lleve al encuentro auténtico con el prójimo, con una escucha abierta y generosa, con una mirada de fe y de amor a todos, a mi familia, a mis amigos, a mis compañeros de trabajo, a la  comunidad, a la parroquia, a nuestro mundo tan necesitado de fe y de amor, de esperanza y de caridad…! ¡Espíritu Santo, como hiciste con María, hazme receptivo a tus gracias y muéstrame cada día las maravillas de Dios hace por mi y ayúdame a dar testimonio de esta verdad! ¡Gracias, Padre, por tantas maravillas que haces cada día en mi vida: mi vida misma, mi familia, mis amigos, mis capacidades, mis decisiones, mi vida de oración, mi Eucaristía, mi encuentro con el prójimo, el disfrutar de las cosas sencillas, mi hogar, mi alimento, el amor de mis cercanos, mi encuentro con la belleza del entorno, mi capacidad para cargar la cruz… todas estas maravillas son producto de tu gran amor!

Con J. S. Bach cantamos hoy a María el Magnificat:

Cosas sencillas que le pido al nuevo año

El año 2018 apenas ha despuntado y en la agenda todavía quedan por llenar acontecimientos de los próximos 352 días. Se despereza el año y uno no sabe lo que este tiempo nuevo le deparará porque lo que ocurra está únicamente en manos de Dios. Pero en el horizonte cercano del día a día uno tiene la esperanza cierta y la confianza ciega de que se cumplirán los planes de Dios y que tienes que poner toda tu voluntad para dar lo mejor de ti mismo para dejar la impronta de tu mejor versión en la sociedad.
Al comenzar la oración doy gracias a Dios por las cosas hermosas que cada día me regala y que un año me permite observar el futuro con alegría y optimismo, con esperanza y confianza, con actitud risueña y el corazón abierto a su amor y a su misericordia.
Cierro los ojos y le digo a Dios lo que le pido para este nuevo año. Son cosas sencillas para hacer de mi vida un testimonio de verdad y de entrega a los demás.
Le pido a Dios una mirada nueva para ver el mundo como Él lo ve, para ser capaz de ver aquello que los que me rodean no aciertan a observar y que del brillo de mis ojos surja la mirada tierna, amorosa y misericordiosa de Dios.
Le pido a Dios unos oídos abiertos a la escucha y a la necesidad del otro, presto al susurro del Espíritu que habla tantas veces a través del hermano.
Le pido a Dios unas manos fuertes y abiertas que acojan la necesidad del prójimo y le acompañen en su caminar, que se ofrezcan sin esperar nada a cambio.
Le pido a Dios unos pies firmes que avancen hacia la santidad, que caminen con paso decidido hacia el cielo prometido, que no se paralicen ante las dificultades y los obstáculos, que atemperen el paso cuando acompañan al otro.
Le pido a Dios una fe cada vez más firme que mantenga la vista puesta en Jesús, una fe para que el Señor renueve mi vida y no me detenga a pesar de los problemas de la vida.
Le pido a Dios el don de perdón para llevar paz a mi alma y a mi corazón.
Le pido a Dios fortaleza y espíritu de valentía para afrontar los miedos y las incertidumbres que me paralizan y para saber enfrentarme a la hostilidad del mundo.
Le pido a Dios el don de la humildad y de la generosidad para dar lo mejor de mí a los demás y hacerlo con amor buscando siempre su bien, para resaltar sus cualidades y talentos; para que mi donación implique una profunda participación con el otro.
Le pido a Dios el don de la empatía para tener la habilidad de sentir sus emociones como si fuesen mías y abrir mi mente al otro sin prejuicios.
Le pido a Dios más tiempo de oración para no dejándome llevar por las prisas ni lo apretado de la agenda cotidiana y disfrutar de mayores momentos de intimidad con Él.
Pero, sobre todo, le pido la gracia de tener un corazón abierto a los dones y la inspiración del Espíritu Santo para avanzar en mi vida cristiana y ser testigo de Jesucristo en la familia, la parroquia, el trabajo y la sociedad.

orar con el corazon abierto

¡Que este año que comienza, Señor, recorra contigo mi camino de fe con confianza; que sepa conservar en mi corazón todo lo que reciba de Ti; que sea capaz de responder con entereza mi adhesión a Dios! ¡Permíteme, Señor, que tu rostro resplandezca cada día de este año que ayer comenzamos en cada una de las personas que amo! ¡Muéstrame tus sentimientos, tu humildad, tu sencillez, tu docilidad, tu silencio orante para que florezca en mi corazón la Palabra de Dios! ¡Espíritu Santo, haz que la fe brille en mi corazón, en mi mirada, en mis gestos, en mis palabras, en mis pensamientos… para que con ese frescor que da el seguir a Jesús pueda calentar los corazones de los que se crucen en mi camino! ¡Ayúdame a llevar al mundo la alegría y que la mía sea una vida de servicio a los demás! ¡En este año que comienza ayúdame a elevar cada día la mirada a las alturas para verte siempre y anunciar a todos los que me rodean cuán grande es Tu Amor! ¡Te entrego mi persona, a mi familia, a mis amigos, a mis compañeros de trabajo, a mi comunidad parroquial, a todos cuanto este año se crucen en mi camino para que nos llenes de bendiciones, de amor, de misericordia y de paz!

Año Nuevo, cantamos hoy con Marcos Vidal:

Silencio y escucha

Segundo sábado de julio con María en nuestro corazón. ¿Quién es el máximo exponente de la escucha? María. El silencio de Nuestra Señora es un silencio absolutamente orientado a la “escucha”. Es el silencio de la acogida de la Palabra: María siempre está preparada para poder “escuchar” y atender. Primero, porque atiende a las palabras, de saludo e invitación, del arcángel Gabriel; al saludo profético y la bendición de su querida prima Isabel; al canto de los ángeles en el nacimiento de su Hijo; a la profecía del anciano Simeón; a las palabras de Jesús en el templo, con apenas doce años cumplidos…
La escucha de María es una escucha a las palabras y los acontecimientos de la vida de su Hijo. Pero María no solo escuchaba; guardaba con celo para no olvidar fácilmente; conservaba en su corazón para que nada se dispersara; y meditaba en lo más profundo de sí para indagar el significado de la Palabra o el acontecimiento en la vida de Jesús y, en general, en la historia de la salvación. María, meditando, se nos presenta como la mujer sabia, que recuerda y actualiza la palabra y los acontecimientos, y se interroga por el significado de las palabras oscuras sobre las que se proyecta la sombra de la Cruz y acoge los silencios de Dios con su silencio orante.
¡Si yo fuera capaz de lograr más silencios en mi vida, más abierto estaría a la voluntad del Padre y mejor persona sería!

Silencio y escucha

¡Qué escuela la tuya, Señora! ¡Dame, Madre, un corazón silencioso para acoger con humildad la palabra de tu Hijo! ¡Dame, María, la sencillez de corazón para aceptar la voluntad del Padre y orientar mi vida a la escucha con el fin de estar preparado para apercibir todos los susurros que el Espíritu me regala en la oración diaria! ¡Enséñame, Señora del silencio, a aprender a callar si al hablar voy a dañar la caridad! ¡Enséñame, Señora, a callar lo negativo, lo que avergüence al que está a mi lado, si no defiendo la justicia o la verdad, lo que corrompe mi corazón, lo que comporte sólo crítica destructiva o difamación! ¡Ayúdame a no hablar mal de nadie! ¡Ayúdame, María, a cultivar el silencio en mi corazón para comprenderme primero a mí, para escuchar y atender a mis semejantes, para encontrar y conocer a Dios, para eliminar de mi corazón los pensamientos negativos, las ilusiones imaginarias, los agobios innecesarios, los sufrimientos dañinos! ¡Ayúdame, Madre del amor hermoso, a aprender de tus silencios para aceptar interiormente y con paz en el corazón todo lo que Dios quiere y espera de mi, para aprender a sufrir y amar en la confianza en Dios! ¡Ayúdame, Señora de la oración, a orar en silencio, a vivir con santidad con pureza de corazón!

Como no amarte, cantamos hoy a la Virgen, Nuestra Madre:

¡Escucha!

Abro la Biblia. Busco una palabra para meditar porque hoy mi mente y mi corazón están muy espesos. Surgen, entonces, estas palabras del Libro de Deuteronomio, tan sencillas y tan profundas al mismo tiempo: «Escucha, Israel: Yahvé, nuestro Dios, es el único Señor. Y tu amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con todas tus fuerzas». «Escucha». «Escucha». ¡Qué bonita invitación la de Dios! «Escucha». Es una llamada radical para que salga de mi mismo para atender su palabra. La «escucha» es la principal actitud que debemos tener los hombres ante el Padre. La «escucha» es colocarse ante Dios con la atención debida, con una actitud silenciosa, poniéndolo todo en el centro, buscando la esencia, dándole a todo un sentido, orientando la vida hacia un destino concreto.
«Escucha». La «escucha» es una llamada a la radicalidad, al encuentro con Cristo pero hacerlo desde el silencio de lo interior, salpicándose de todos los sonidos y los ecos que nos impiden atender a su llamada.
«Escucha». La «escucha» para oír el clamor de Dios que mendiga amor del ser humano que ha creado, para que le podamos reconocer como el verdadero y único Dios, dejando en la cuneta los otros dioses falsos que nos rodean, ídolos de barro que solo destruyen nuestra autenticidad. Dios sólo pretende entrar en el océano de nuestro corazón para inundarlo todo de amor.
«Escucha, Israel: Yahvéh, nuestro Dios, es el único Señor. Y tu amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con todas tus fuerzas». «Escucha». «Escucha». ¡Qué bonita invitación la de Dios! Y yo, ahora, escucho su llamada. Y le tomo de las manos. Y me abrazo a su misericordia para alejar de mi vida los miedos y las incertidumbres. Y permito que me acoja. Y le miro a los ojos. Y que me hable en el silencio de la oración. Y en esta «escucha» íntima siento su cercanía, su amor.
Y le entrego por completo mi corazón, mi alma y las pocas fuerzas que tengo. Y se lo doy por completo a Él, sin medianías ni mediocridades. Sin límites de tiempo ni de espacio. Porque Dios lo quiere todo para sí porque es tan grande su amor que no puede permitir que nada se quede en el camino.
Su «escucha» ha sido un gran alivio para mí en este día porque este Dios que tantas veces desconcierta por cómo hace las cosas en realidad lo único que desea es que le ame y, a través suyo y de su Hijo Jesucristo, que ame a los demás con amor eterno.
Y sólo puedo exclamar: «Escucha, Dios mío: te amo con todo mi corazón, con toda mi alma y con todas mis fuerzas».

escuchar a Dios

¡Señor, aunque a veces no sea capaz de escucharte ni de sentirte por causa de mi yo sé que estás a mi lado! ¡Gracias, Señor, porque no eres un Padre lejano sino que estás conmigo en lo más íntimo de mi corazón, envolviéndome, sanándome, abrazándome, sosteniéndome, amándome! ¡Ayúdame, Espíritu Santo, a ser consciente de esta presencia en mí! ¡Ayúdame a tener una escucha sencilla! ¡Ayúdame a incluir al Señor en todas y cada una de mis actividades! ¡Ayúdame a conversar más con Él! ¡Ayúdame a entender que no sólo es posible comunicarme con Él para alabarle y pedirle o escuchar los susurros que llegan a mi corazón sino a hablarle con la confianza del Hijo y del amigo! ¡Dios de bondad, que la escucha sea para no aferrarme en lo mío sino en lo tuyo! ¡Que la escucha sea para preguntarme si lo que haga será bueno y útil para mí! ¡Que la escucha me sierva para profundizar en la oración para ver aquello que Tú me dices que debo cambiar! ¡Que la escucha sirva para reconocer mis impotencias, mi egoísmo, alejando todo lo que me convierte en el centro de todo, que todo lo juzga, que siempre trata de lograr algo con lo que hace, incluyendo la oración, para orientar hacia ti todos los pasos! ¡Deja, Padre, que tus palabras entren en mi corazón para que lo abran a la paz, a la serenidad, a la misericordia que tú nos has prometido, para la redención y para la sabiduría que brilla en ti!

Jaculatoria a María en el mes de mayo: Señora, Virgen de la escucha y la contemplación, ayúdame a escuchar siempre la Palabra de Dios para aceptar su voluntad y, adentrarme como hiciste tú, en la profundidad de su amor.

Escucha, Señor, mi oración cantamos con Juan Luis Guerra:

La Palabra que resuena

Los hombres no sólo escuchamos a través del oído. Lo hacemos también a través del cuerpo pues cuando estamos predispuestos a acoger la palabra ésta penetra en nuestro interior. Se amplifica a través de él. El oído no es capaz de seleccionar los sonidos. Lo oye no lo oye. La vista, sin embargo, es mucho más selectiva. El oído es capaz de precisar la sinfonía que suena en la radio, el murmullo del agua, el canto de un pájaro, las palabras amorosas de una madre a su hijo o el silbido del viento. Todo al mismo tiempo. Pero para acoger la Palabra es necesario un tiempo de silencio. Es la única manera de acoger en el corazón la voz verdadera.
Toda escucha necesita como eje fundamental el afecto. Si escuchas desde el corazón, rompes la barrera con el otro y dejas que penetre su palabra. Si es así con los hombres, ¡cómo no será con Dios!
Cuando la Palabra nos roza, nos acaricia e, incluso, nos hiere, se convierte en algo eterno en nuestro interior. La Palabra no se encuentra en el exterior sino que habita en lo más profundo de nuestro corazón. Está allí, recogida, esperando ser escuchada, necesitada de despertarse como una sinfonía hermosa cuya melodía no cansa nunca.
Toda escucha exige también atención, interés, curiosidad, solicitud… El problema es que los hombres no estamos acostumbrados a escuchar porque el mundo tiene infinidad de reclamos más importantes que centran nuestra atención. Y esa melodía hermosa queda profanada e impide que la Palabra resuene.
Dios tiene una única palabra: Jesús. Y un complemento: Amor. A partir de aquí se hace manifiesta la simplicidad del Creador. Y a través de la unión de ambas palabras todo lo demás emerge de forma radical. Basta escuchar en el interior ambas palabras para que todo lo demás vaya germinando en nuestro interior. Pero es imprescindible que en el interior de cada uno haya el mínimo de silencio y mucha atención. La Palabra nos buscará siempre en cada minuto de nuestra vida, pero hay que tener la predisposición a dejarse llenar de esa aparente simplicidad. ¡Y no tratar de manipularla a nuestra conveniencia y nuestro interés!

05

¡Señor, en este día quiero estar abierto a escuchar tu Palabra pero a mi alrededor falta el silencio! ¡Ayúdame a aprender a estar callado y a escuchar atento tu voz! ¡Que tu palabra, Señor, ilumine cada día mi vida, que tu palabra me comprometa y me ayude a vivir en tu presencia! ¡Quiero ser tu amigo, Señor, pero me preocupo tan poco de Ti! ¡Tú me visitas cada día, Señor, y me invitas a que abra la puerta de mi corazón! ¡Desde lo profundo de mi ser te espero y exclamo: “Ven Señor Jesús”! ¡Quiero entregarme a Ti, Señor, mi cuerpo, mi alma y mi espíritu; mi familia, mis amigos, mi trabajo, mis finanzas, mis debilidades y mis fortalezas; mi pasado, mi presente y mi futuro! ¡Todo lo que pequeño que soy, Señor, por toda la eternidad! ¡Dame, Señor, un corazón arrepentido de todo lo que he hecho que te ha herido; todos mis pecados, mis iniquidades, mi frialdad de corazón, y mi falta de confianza! ¡Espíritu Santo, te doy la bienvenida en mi vida ahora, te alabo y te amo, y te pido que me hagas dócil a la Palabra, que me ayudes a recibir las cosas que he pedido al Padre por medio de Jesús! ¡Hazme, Señor, completamente consciente de tu presencia y permíteme escuchar siempre Tu voz! ¡Señor Jesús, úngeme con el Espíritu Santo al aprender y obedecer!

Del compositor barroco inglés Richard Jones disfrutamos hoy del tercer movimiento Giga Allegro de su hermosa Sonata No. 5. en Re mayor:

El silencio de María

Último fin de semana de junio con María en el corazón. Hace unos días alguien hablaba en la radio de la importancia de aprender a escuchar. Teorizaba sobre la cuestión, tan importante en un tiempo en que se habla sin decir nada y pocos escuchan porque tienen la verdad absoluta. ¡Ay, Señor, cuánto tengo todavía que aprender!
¿Quién es el icono de la escucha? María. El silencio de la Virgen es un silencio absolutamente orientado a la “escucha”. Es el silencio de la acogida de la Palabra: María siempre está preparada para poder “escuchar” y atender. Primero, porque atiende a las palabras, de saludo e invitación, del arcángel Gabriel; al saludo profético y la bendición de su querida prima Isabel; al canto de los ángeles en el nacimiento de su Hijo; a la profecía del anciano Simeón; a las palabras de Jesús en el templo, con apenas doce años cumplidos…
La escucha de María es una escucha a las palabras y los acontecimientos de la vida de su Hijo. Pero María no solo escuchaba; guardaba con celo para no olvidar fácilmente; conservaba en su corazón para que nada se dispersara; y meditaba en lo más profundo de sí para indagar el significado de la Palabra o el acontecimiento en la vida de Jesús y, en general, en la historia de la salvación. María, meditando, se nos presenta como la mujer sabia, que recuerda y actualiza la palabra y los acontecimientos, y se interroga por el significado de las palabras oscuras sobre las que se proyecta la sombra de la Cruz y acoge los silencios de Dios con su silencio orante.
¡Si yo fuera capaz de lograr más silencios en mi vida, más abierto estaría a la voluntad del Padre y mejor persona sería!

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¡Qué escuela la tuya, Señora! ¡Dame, Madre, un corazón siliente para acoger con humildad la palabra de tu Hijo! ¡Dame, María, la sencillez de corazón para aceptar la voluntad del Padre y orientar mi vida a la escucha con el fin de estar preparado para apercibir todos los susurros que el Espíritu me regala en la oración diaria! ¡Enséñame, Señora del silencio, a aprender a callar si al hablar voy a dañar la caridad! ¡Enséñame, Señora, a callar lo negativo, lo que avergüence al que está a mi lado, si no defiendo la justicia o la verdad, lo que corrompe mi corazón, lo que comporte sólo crítica destructiva o difamación! ¡Ayúdame a no hablar mal de nadie! ¡Ayúdame, María, a cultivar el silencio en mi corazón para comprenderme primero a mí, para escuchar y atender a mis semejantes, para encontrar y conocer a Dios, para eliminar de mi corazón los pensamientos negativos, las ilusiones imaginarias, los agobios innecesarios, los sufrimientos dañinos! ¡Ayúdame, Madre del amor hermoso, a aprender de tus silencios para aceptar interiormente y con paz en el corazón todo lo que Dios quiere y espera de mi, para aprender a sufrir y amar en la confianza en Dios! ¡Ayúdame, Señora de la oración, a orar en silencio, a vivir con santidad con pureza de corazón! ¡Sagrado Corazón de Jesús, en ti confío!

En este último sábado de mayo disfrutemos de este bellísimo Adagio para cuerdas de Samuel Barber, que nos invita a interiorizar y a vivir el silencio en nuestro corazón: