Al encuentro del Dios-con-nosotros

He leído un libro extraordinario, una historia real en la Afganistan de los años ochenta en el momento de la invasión soviética. Una novela de perdón y de amor entre dos jóvenes de distintas clases sociales unidos por la amistad que el tiempo los separa para volver a unirse décadas después. Aunque el libro no es en absoluto religioso, más al contrario es un crudo relato de un tiempo duro y doloroso, está impregnado de detalles que tal vez el autor no tenía intención de mostrar desde esta perspectiva pero que te enseña como Dios, en sus obras, se sirve de una manera increíble de instrumentos inútiles para hacer el bien y cambiar las circunstancias. La novela habla en cierta manera de la libertad del hombre. Y mi conclusión al terminarla ha sido que Dios nos otorga una voluntad libre que desea que la utilicemos para hacer el bien; desea que seamos sus instrumentos inútiles poniendo nuestra voluntad a sus disposición para transformar el mundo. No es más que poner en práctica en la vida las palabras de María: «¡He aquí la esclava del Señor, hágase en mi según tu Palabra!». ¡Con qué fuerza resuena esta frase en este tiempo de Adviento de la boca de la Virgen! Porque estas palabras son una invitación permanente a vivirlas en nuestra vida cotidiana. Vivir para hacer la voluntad de Dios, en perfecta armonía con Él.
Adviento es el tiempo de la alegría, del ir al encuentro del ¡Dios-con-nosotros! Y que mejor manera de hacerlo que de la mano de la Virgen.

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¡Señor, ayúdame a caminar por la vida con la esperanza de que todo es para hacer el bien, seguir tu voluntad, cumplir con tus mandatos! ¡Me pongo, Señor, a tu servicio para que me hagas instrumento inútil de tu obra en mi pequeño mundo! ¡Concédeme, Señor, la gracia de caminar paso a paso, confiadamente, con la alegría de saber que Tú estás a mi lado! ¡Ayúdame, Señor, a utilizar siempre para bien la libertad que me otorgas! ¡Utilízame, Señor, como pequeño instrumentos de tu obra redentora para cambiar el mundo según tu voluntad! ¡María, Señora del Adviento, predispón mi corazón en este tiempo para que se haga siempre la voluntad del Padre! ¡Predispón, Madre, mi vida para que se haga siempre en mi según la Palabra de Dios! ¡Que no deje nunca de imitarte, Madre, porque mi deseo es hacer como hiciste Tu que viviste siempre en perfecta armonía con el Creador!

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La espera en Dios

Uno espera en Dios, pero… ¿cómo espera? ¿qué espera?
No hago referencia a una espera resignada, pasiva, poco vivida sino a una esperanza vital, repleta de dinamismo, que lleva a luchar con denuedo, saber sacrificarse, tener la paciencia para que llegue lo que Dios dispone, poner el empeño y los medios para salir adelante… fundamentalmente porque la esperanza no radica en que Dios solucione lo que nos fastidia, molesta, disgusta o provoca frustración o miedo, ponga las soluciones a los problemas como algo caído del cielo o mitigue el dolor por la enfermedad, los cansancios o las tribulaciones.
La esperanza es un canto a la alegría. Es saber que con Dios tiene sentido aquello que, en apariencia, no lo tenía; que surge la luz allí donde solo reina la oscuridad mas profunda; que tomando sus manos misericordiosas el sufrimiento y el dolor es vencido y nos permite crecer humana y espiritualmente, y nos hace mejores personas.
Si uno busca la felicidad primero debe aceptar con humildad su fragilidad, su condición de criatura en manos del Padre, su ser respecto al prójimo, la fugacidad de su camino por esta vida terrenal y, sobre todo, aceptar que toda dificultad forma parte del camino que conduce hacia la felicidad. La cruz, como se aprende en la Pascua, es la puerta de entrada a la vida y a la resurrección.
La fragilidad y la pequeñez cuando uno se ve incapacitado, desarmado, desgarrado, desvalido… se puede convertir en ese lugar privilegiado para descubrir el rostro de Dios que habita en uno.
Así que uno espera en Dios, pero… ¿cómo espera? ¿qué espera?

¡Señor, te entrego mi pequeño corazón para que lo purifiques de cualquier sentimiento que no sea Tu Amor por mí y en mí! ¡Te entrego también mi alma para que la santifiques! ¡Te hago entrega de mi libertad para que hagas conmigo lo que tu voluntad anhele! ¡Te entrego mi memoria para que sea capaz de recordar lo que Tú deseas que recuerde! ¡Te entrego mi entendimiento para ser capaz de contemplar las cosas como Tú las ves! ¡Te entrego mi voluntad frágil y tan humana para que sea una con la Tuya! ¡Y como decía aquel santo quiero lo que quieres, quiero porque quieres, quiero como lo quieres, quiero hasta que quieras! ¡Señor, que mi cuerpo, mis sentidos y mi mente sean dóciles a mi voluntad para recogerse siempre en Ti!

Espera en Dios, cantamos hoy en la antesala de la Semana Santa:

https://m.youtube.com/watch?v=U3u3mT0ElhE

Aprender de la oportunidad

En la vida hay personas que esperan, esperan… y esperan. Esperan que los otros les hagan todo. Esperan que los demás les solucionen los problemas. Esperan que les rindan pleitesía. Esperan esos abrazos, golpecitos en la espalda, besos y elogios que ellos son incapaces de dar. Esperan que todo sea un camino de rosas. Son esperas que tienen como centro el yo.
Hay otros que también esperan. Esperan encontrarse con el necesitado. Con el que sufre. Con el que necesita un abrazo. Para ello se enfundan el traje de samaritano. No tienen miedo de que su ropa se manche ni que sus zapatos se llenen del barro del camino. No les importa el esfuerzo, ni el sufrimiento. Saben que la espera exige sacrificio, que todo se consigue a base de trabajo y voluntad y que Dios nos capacita a todos en la dificultad y los problemas.
Son dos esperas radicales. Yo quisiera inscribirme en el club de estos últimos, ingresar en esta agrupación de briosos luchadores que anteponen el servicio a los demás a su propio yo. Que aceptan lo que les viene encima. Que se vigorizan con el sufrimiento, que saben ofrecerlo y que no se lamentan por las desgracias que les sobrevienen. Que dan gracias a Dios siempre. Que llevan la cruz con entereza.
Quiero aprender de ellos porque saben ver en el sufrimiento un acercarse a Cristo. En la dificultad, una oportunidad para crecer. En la lágrima ajena, un poner el hombro. En las limitaciones, una lección para avanzar. Ante el mal, una oportunidad para dar testimonio. En la oscuridad, la ocasión para dar claridad y luz. El problema es que no sé si seré aceptado en este animoso club.
En la vida todo cambia según la mirada con que la observes. Sólo se tiene que tener la valentía para afrontarla, para pasar página, evitar la parálisis para aprovechar las oportunidades, mover ficha para saber que sí se puede. Llevar a cabo todo aquello que Dios te pide sin cuestionarse nunca la razón; al contrario, aceptando ese interrogante como un desafío para crecer interiormente.

Aprender de la oportunidad

¡Señor, no quiero ser de los que esperan a que llegues a mí! ¡Quiero conocerte, quiero que tu misericordia llene mi corazón! ¡Necesito, Señor, que tu mirada me llene, que tu ternura me transforme y que tu amor cambie mi modo de ver la vida! ¡Señor te doy gracias porque cada día me sorprendes, porque tu misericordia es permanente! ¡No permitas que me quede en la linde del camino para esperarte! ¡Envía tu espíritu, Señor, para que coja bríos que me lleven a Ti y a servir a los demás! ¡Señor, tu eres misericordioso y compasivo, es tu Palabra, tus gestos, tus miradas, tus enseñanzas las que me alientan a seguir adelante en el difícil camino de la vida! ¡Eres tú, Señor, el espejo en el que mirarme, el modelo del que aprenderlo todo, la guía para enderezar siempre mi camino! ¡Señor, tu caminaste por Galilea imponiendo tus manos para sanar enfermos, sordos, mudos, ciegos! ¡Sáname, Señor, de mi pecado, de mi sordera para escuchar al que grita pidiendo consuelo, para dar una palabra de consuelo al que ha perdido la esperanza, al que no veo y me necesita! ¡Señor, tu misericordia continúa sanando corazones enfermos! ¡Ten compasión de mí, Señor, y sáname! ¡Y cuando toques mi corazón, no permitas que me quede a la espera!

Mi pensamiento es el Señor, cantamos hoy al Señor:

¡No tardes, Señor!

Estamos repletos de miedos. Tememos a la enfermedad que degrada nuestra vida. Sufrimos por el ambiente hedonista y pervertido de nuestras sociedades que lleva a la vida hacia la mediocridad. El pavor se cierne sobre nosotros por la pobreza económica no vaya a ser que no podamos proseguir con nuestro consumismo cotidiano. Pero más se sufre por el empobrecimiento del espíritu. A Dios, sin embargo, le tememos poco porque nos da más miedo nuestro superior, nuestro jefe, esa persona a la que admiramos y a la que queremos ganarnos su afecto… Padecemos por la soledad aunque en realidad somos unos individualistas. Nos hace daño el engaño permanente, la insolidaridad, la ausencia de humanismo en el trato entre las personas.
No controlamos nuestro futuro porque, entre otras cosas, está en las manos de Dios. Y no sabemos qué nos deparará porque nadie conoce cuáles son los designios de Dios. Vivir pensando en el futuro es un acto de vanidad y luchar denodadamente por el futuro es un acto de simpleza humana. Hay que dejar que Dios actúe, poniendo los medios a nuestro alcance. Pero lo que cuenta es vivir con coherencia el presente. ¡Cuánto nos cuesta recordar esa máxima del «no os afanéis por el día de mañana, porque el día de mañana traerá su afán»!
Tampoco se trata de vivir en el individualismo, centrados en la confortabilidad de nuestro ambiente, en nuestro yo, de la comodidad de nuestras estancias consumiendo cualquier mediocridad que la sociedad se complace en presentar. Estamos en un tiempo que ilumina la esperanza. ¡Estamos inmersos en el Adviento! Es el tiempo en que la semilla comienza a dar su fruto, que la flor comienza a germinar. Es un tiempo breve de apenas cuatro semanas en la que Dios debe irrumpir en mi corazón con una fuerza sanadora para dar vida a mi vida, para dar consuelo a mis tristezas, para dar luz a mi oscuridad, para dar esperanza a mis desesperanzas. En unos días el que va a llegar es Cristo. ¡Cristo, el Hijo de Dios! ¡Y, ese es mi único futuro! ¡El futuro de verdad que anuncia a ese niño envuelto en pañales en el portal de Belén! ¡El niño ante el que se postran los pastores —tu y yo— para tomar su paz y su amor y darlo a conocer en este mundo frío, implacable y poco generoso que va abandonando paulatinamente a Dios!
Sólo pensar esto es para mí motivo de alegría. De gozo. De consuelo. De júbilo. Estamos a pocos días de que ilumine nuestro corazón el Dios con nosotros encarnado en un Niño. Cuento los días para coger a ese Dios de la Navidad en mis manos, y calentarlo, y acariciarlo, y decirle que le quiero. Que lo necesito, que pongo mi presente en sus manos y mi futuro en ese cielo prometido que huele a eternidad.

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¡Señor, ayúdame a aprovechar este tiempo de espera, de respeto y contemplación! ¡Señor, cuánto dolor, sufrimiento e injusticia en nuestra sociedad! ¡Ayúdame a ser un sembrador de esperanza, Señor! ¡Ayúdame, con la fuerza de Tu Espíritu, a descubrir la alegría de la paciente espera y a comprometerme a hacer crecer la esperanza en mi vida y entre los que me rodean! ¡Ayúdame, Señor, a entregar mi vida para la construcción del Reino que Tú nos traes con nacimiento en Belén! ¡María, quiero contagiarme de tu fe sencilla para que sea un luz de esperanza en este mundo!

Ven, Señor, no tardes le pedimos hoy a Jesús:

La página en blanco de mi vida

Cada día, cuando me despierto mi vida es como una página en blanco. Limpia, inmaculada, sin manchas, sin tachaduras de ningún tipo. Una página en blanco que debe ser escrita cada día. Unos días lo que quedará impreso en ella tendrá un poso de tristeza, en otros casos de sufrimiento o de dolor, de soledad o de oscuridad, de alegría y de triunfo, de gozo y de esperanza. Pero queramos o no esa página necesariamente debe ser escrita. Es como un reto. Un desafío. Una oportunidad. Un punto de partida. El inicio de un camino por explorar. Una oportunidad para cambiar. Una excusa para mejorar. Un inicio para darse a los demás. Un tiempo para olvidar las experiencias que hieren. Una pausa para aparcar lo que me desvía de la Verdad. Un espacio para acercarme más a Dios… Depende de cada uno el tono de las palabras que llenarán esa página en blanco porque lo que, en definitiva, uno está relatando es su propia vida. Su propio destino. Esa página en blanco es la página que cada día marca el rumbo de nuestra vida.
El blanco va asociado a la bondad, a la inocencia, a la luz, a la generosidad, al optimismo, a la inocencia, a la perfección, a la pureza, a la bondad, a la caridad… Son palabras que van íntimamente unidas a la imagen de Dios, a lo que el Señor nos pide para cumplir su misión en esta sociedad que escribe páginas llenas de manchas y borrones que rompen la idea que Dios tiene de la Creación.
Carpe Diem (Aprovecha el momento) leemos en el Eclesiastés, aunque quizá le dio gloria literaria el poeta Horacio y Hollywood universalizó con la película El club de los poetas muertos basado en el libro de Kleinbaum.
Dios quiere que llene la página de mi vida con alegría, con responsabilidad, con libertad, con moralidad, con objetivos sanos, con trabajo honesto, con conductas irreprochables, teniéndole en cuenta a Él; sembrando para dar fruto, edificando con bases sólidas, con confianza para aceptar las pruebas, guardando los mandamientos porque son los principios que deben cumplir los hombres.
Y si no soy capaz de llenar esa página en blanco, ahí está el Señor para ayudar a escribir la primera frase. “Señor, sin tí nada puedo”. Suele ocurrir que si no tengo nada que escribir en esa página en blanco es porque los objetivos de la vida pasan por anteponerlo todo al placer, a la diversión, a la falta de coherencia personal; cuando es el corazón el que dicta los criterios y las normas de conducta; cuando es mi ombligo el centro de todo, porque yo soy lo importante, yo soy verdaderamente el reclamo de todo, yo soy un dios en minúsculas; cuando la moralidad es filosofía más que un principio de vida cristiana; cuando Dios es un recurso para los momentos de dificultad y necesidad; cuando me dejo llevar por los impulsos y no por la razón; cuando la laxitud es mi norma de conducta habitual; cuando la vida está para disfrutarla y hay que hacerlo como si hoy fuese el último día de mi existencia.
Toda página en blanco es una oportunidad. Un reto. Un desafío. ¡Que el Señor me ayude hoy escribir los versos más bellos de mi vida!

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¡Señor, hoy me regalas un nuevo día que es una oportunidad para crecer a tu lado! ¡Gracias, Señor, por este acto de generosidad conmigo! ¡Gracias porque me otorgas la fuerza para empezar de nuevo, para escribir un capítulo ilusionante de mi vida! ¡Gracias porque puedo hacerlo a tu lado, gozando de tu presencia! ¡Gracias, Señor, porque a pesar de mis dificultades cotidianas y de los problemas que me abruman puedo empezar este día cogido de tu mano, con alegría, con entusiasmo, con esperanza y confianza renovadas! ¡Gracias, Señor, porque saber que estás caminando a mi lado me da una fuerza alentadora! ¡Te ofrezco mi persona y todas las personas a las que quiero, a los que te no te conocen y los que de ti reniegan! ¡Quiero que este día, Señor, sea una oportunidad para hacer bien mi trabajo, para que mis esfuerzos den fruto, para que mi persona sea un testimonio tuyo, para que sea capaz de transmitir paz, amor y alegría, para que mi trabajo sea un ejemplo! ¡Gracias, Señor, por tu amor infinito! ¡Qué haría yo, Señor, sin tu compañía! ¡Gracias, Señor, porque he podido escribir este folio en blanco! ¡Es fruto de mi amor por ti, pero has sido tú el que lo ha escrito!

Hemos dicho que el blanco es transparencia, como el agua. Auf dem Wasser zu singen, D. 774 (Para cantar sobre el agua) es el título de este hermoso lied de Franz Schubert que ahora escuchamos: