El arte de amargarse la vida (y la de los demás)

Conozco una persona que vive en la permanente amargura. En la vida puedes tener alegrías y penas, momentos gloriosos y de gran dolor, días repletos de bondades pero también de infinitas desdichas. Pero cuando tu vida es una permanente amargura es motivo de máster de postgrado. Es el arte de amargarse la vida… y la de los que le rodean.
El arte de amargarse la vida es aquel en que desde las ventanas de la vida todo se observa desde la negatividad. El que lo impregna todo de la queja. El que solo ve lo negativo de los demás. El que únicamente ve la injusticia de las cosas y las situaciones. El que se deleita vomitando su rencor sobre los que le rodean. El que cautiva con sus palabras y sus gestos a los que tiene cerca. El que llena de sentimientos negativos todo lo que subyace en su vida. El que ve en las bondades de la vida una desgracia. El que siempre tiene un pero a lo bonito que acontece. El que siempre tiene una frase cínica que rompe el encanto de una conversación apacible. El que siempre mira al pasado subliminándolo para no aceptar el presente. El que ve en todo lo que sucede en el mundo cosas malas y suerte que está esa persona para poder solventarlo.
Esta inclinación al placer por amargar la vida al prójimo convierte todo lo que le rodea en una perfume de infelicidad. Normalmente estas personas están llenas de rencores, resentimientos, hiel en el corazón y pesadumbre en el alma. Estos elementos se anclan en la vida y hacen que la persona se quede varada en la playa de la vida y a la deriva en el mar de la existencia.
Pero uno no nace con amargura. Nace con el corazón limpio. Son las experiencias propias y el regar el dolor en el corazón lo que te impide gestionar con esperanza y alegría las situaciones de la vida, por muy dificultosas que estas sean. Una persona que no tiene paz interior no puede estar bien consigo misma ni con los demás y entrará siempre en conflicto con todo lo que le rodea y con todos los que le rodean.
Por eso es tan importante una vida de oración, vivir buscando en el interior la paz serena para vivir en libertad, para que no sean las circunstancias las que te posean y tomen posesión de tu vida sino que desde el conocimiento de uno mismo que viene iluminado por el Espíritu Santo te permita caminar en libertad, con esperanza y con amor.

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¡Señor, envía tu Espíritu sobre mí para que me ayude a caminar por la vida siempre con optimismo y esperanza, con el don de la alegría, para ver siempre lo positivo de la vida, la belleza del mundo, la grandeza del corazón humano, la bondad con la que tu te comportas con los hombres, la alegría de caminar por la vida pese a las cruces cotidianas! ¡Envía, Señor, tu espíritu sobre mi para que llene de luz mi corazón y me permita conocerme más con el fin de crecer en bondad, paciencia, alegría, esperanza, humildad, amor, generosidad…! ¡Te doy gracias, Señor, por los dones recibidos, porque me siento tu hijo amado, porque todo es en mi vida una oportunidad para vivir según tu Evangelio y un regalo para caminar en tu presencia! ¡Gracias, Señor, porque me siento protegido por ti, por que vivo recogido por tu presencia en mi vida; eso me hace vivir en el optimismo y en la esperanza! ¡Por eso, Señor, te doy todo mi libertad, mi memoria, mi entendimiento y mi voluntad porque tu me lo has dado y a ti te lo devuelvo, quiero que hagas de tu amor y de tu gracia un camino para mi santificación! ¡No permitas, Señor, que amargue la vida a los que me protejan y que cuando mi vida se impregne de amargura sea tu Santo Espíritu quien elimine de mi corazón el rencor, el resentimiento o el dolor! ¡Te pido, Señor, por aquellas personas que conozco que viven en la amargura permanente, en la decepción que les duele, por los que les cuesta cambiar, por los que piensan en negativo, por los que acumulan demasiadas decepciones y no pueden asumir la cruz, por los que tienen una visión negativa de tu existencia, por los que sienten que no contratan su vida… Señor, hazte muy presente en ellos para que germine en su corazón la esperanza y a alegría; hazme entonces un instrumento de tu amor para que pueda ser un pequeño instrumento que les llene de tu amor!

Creo sin ver, amo sin ver

Bienaventurados los que creen sin haber visto. Una persona muy cercana a mi me pregunta con frecuencia cuestiones relativas a la fe, la moral, la vida religiosa, los sacramentos con esta cuestión «¿y qué dice la Iglesia sobre esto?» Y trato de contestar desde la sencillez. Para mi lo más importante de mi vida cristiana es la fe: amar sin haber visto; en Él, sin haberlo visto, pones tu fe. Esta es nuestra condición como discípulos y amigos de Jesús: cree sin ver… amar sin ver… ¡porque la fe y el amor son inseparables!
Si miro la historia de mi vida de fe he tenido que superar momentos de duda e incerteza y me he planteado numerosas preguntas que he superado antes de saborear las palabras pronunciadas por el Señor: Bienaventurados los que creer sin haberlo visto. Es a través del crisol de la duda que surge la luz, y tal vez debemos aprender a reconciliarnos con nuestras dudas y nuestras preguntas, descubriendo los servicios que pueden prestar a nuestra fe…
Incluso he observado que muchas de mis dudas han evitado que mi fe degenerara en una fe orgullosa, con el gatillo fácil para juzgar y condenar a aquellos que no creen o aquellos que no comparten mi fe en Cristo. He notado que muchas de mis propias preguntas despertaron mi fe del proceso adormilado en el que se encontraba para ponerme de nuevo en el camino de una búsqueda más ardiente de Dios. Esas dudas y esas preguntas supusieron un estímulo vivificante para mi fe y es probable que llegara en verdad a la dicha prometida por el Resucitado: Bienaventurados los que creen sin haber visto. Con esto comprendes que tu fe no es una posesión pacífica sino un regalo para recibir y pedir de manera constante y con un enorme deseo de ser atendido.

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¡Señor, aumenta mi fe y mi esperanza! ¡Envía tu Espíritu sobre mi para que sea la luz y la inspiración que derramada en mi corazón fortalezca de mi fe, disipe mis dudes y crea sin ver! ¡Señor, es a ti a quien deseo amar por encima de todo, es a ti quien quiero por encima de las cosas mundanas porque tu fuiste el primero en amarme y me amaste hasta el extremo que diste tu vida por mi en la cruz! ¡Señor, aumenta mi fe y ayúdame a perseverar en mi camino hacia el cielo prometido y seguir en el camino del don filial y en el servicio fraternal hacia el prójimo! ¡Señor, tu fuiste quien nos has abierto el camino de la reconciliación y el perdón, enséñame siempre a perdonar y amar! ¡Señor, tu has sido quien nos has mostrado con claridad el rostro misericordioso de Dios y eres el camino que con dirige hacia Él; no permitas, Señor, que me aparte del camino y te siga siempre sin dudar! ¡Señor, tu eres el amigo que acompaña y el maestro que guía, muéstrame siempre la verdad que libera de las ataduras del mundo y hazme siempre libre para seguirte sin miedos, dudas o complejos! ¡Señor, con tu muerte en la cruz venciste a la muerte y al pecado, no dejes que mi empeño en alcanzar la vida eterna se estropee por menudencias mundanas y como me has dado la dicha de creer en ti sin haberte visto aumenta mi fe, mi esperanza y mi amor por ti!

Hablar de Dios en la sociedad del cansancio

Ayer lunes realicé un viaje profesional desplazándome de mi ciudad a otra para visitar a varios clientes. Cinco horas de coche acompañado de una persona a la que aprecio y por la que oro cada día. Trabaja conmigo. Es un colaborador muy profesional, honesto, comprometido, sobresaliente en su trabajo, siempre aportando soluciones. Declaradamente agnóstico. Su vida, como la de tantos, no es fácil. Tres matrimonios fallidos y cinco hijos por el camino, tres de ellos jóvenes sin empleo y alguno con adicciones, confirmación que vivimos en una sociedad en la que se escucha el grito atronador de la incerteza y el sufrimiento.
El sufrimiento de este hombre es también el de una sociedad que a voz en grito clama por las desigualdades, la desesperanza, la inseguridad sanitaria, los conflictos sociales, las divergencias políticas insalvables, la falta de humanidad en unos que priman el olor del dinero por encima del bien común de los silenciados, las colas cada vez más dolorosas ante los almacenes de comida ofrecidos por la Iglesia o colectivos sociales, el deterioro de la tierra…
Cada día doy gracias a Dios por la estabilidad de mi vida, por mi trabajo, por mi familia, por mis hijos, por mis amigos, por encontrar el amor en quien me ama, porque mis problemas comparados con los de otros ruborizan… pero me duele ver que formo parte de una sociedad ahogada por el cansancio. No es única y exclusivamente un cansancio físico sino que, por encima de todo —y sobre todo—, es un cansancio que afecta a lo más profundo de lo humano, a lo psíquico y, especialmente, a lo espiritual que es la raíz de la existencia.
Vivimos en una sociedad en la que las personas que están más cansadas son la que tienen ingresos mínimos, que tratan de encontrar desesperadamente un trabajo cada vez más escaso, que no divisan la línea de la esperanza porque ese horizonte se ha borrado de su mirada. Ese cansancio existencial ahoga, agota, desespera y, la consecuencia de todo ello, es una parálisis del espíritu, un decaimiento del ánimo, un desespero que provoca hartazgo, inseguridad, desasosiego y arrinconamiento. Y falta de fe.
Durante una hora éste fue el tema de conversación con esta persona. Pero de esta situación de parálisis hay una palabra mágica, llena de luz y de esperanza: Creer. Tener la certeza de la fe. Y lo digo rugiendo de esperanza. Creo, creo que el Dios de la vida está presente en nuestras sociedades. Que lo hace ahondando en las cruces de la existencia humana. Es necesario proclamar en voz alta que el Dios de la vida existe, nos acompaña y se conmueve ante tanto sufrimiento humano.
Dios es un Dios de vida. No me imagino a un Dios que se deleite con el sufrimiento de sus hijos como tampoco creo en un Dios que se contente con los abusos, las desigualdades, los desórdenes, los atropellos, las arbitrariedades y las injusticias de nuestro mundo porque Su amor misericordioso es consustancial con su justicia.
Creo en el Dios de la vida. Como creo en el Cristo resucitado. Y creer en la resurrección tiene como correspondencia la defensa decidida de la vida de los abandonados de la sociedad, los más vulnerables, lo más frágiles, los menospreciados. Buscar a Jesús en la sociedad en la que vivimos implica el compromiso de unirse en oración y con actos con aquellos que cada día ven maltrecha su existencia y sus derechos vulnerados. Creer en la resurrección es poner la vida por encima de la muerte en cualquiera de sus variantes.
A los pocos días de Pentecostés, la misión que nos traslada Jesús es predicar la Buena Nueva; no es una cuestión de sobrevivir, el tema central es el servicio.
Entonces, ¿como le hablo yo del Dios de la vida a los cansados de este mundo? Haciéndome presente en sus vidas. Estando cerca de ellos. Replegando mis yoes para darme al prójimo. Saliendo a su encuentro. Hablándoles de esperanza. Buscando soluciones a sus necesidades. Implicándome en la caridad del servicio. Cargando sus cruces. Haciendo con mis palabras, actos, gestos, entregas, sentimientos y acciones que Dios se haga presente en sus vidas. Hoy son ellos… mañana podría ser yo. Pero en cada uno está Dios, vivo y presente, con los mismos cansancios. ¿Puedo quedarme impasible y replegado ante este hecho?

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¡Elevo hoy mi súplica hacia Ti, Dios bueno y misericordioso, por todos los que están cansados física, psíquica y espiritualmente! ¡Tu me llamas para acompañar a mi prójimo en el camino de la vida, en sus soledades y sufrimientos, en sus decaimientos y sus desgracias para que unido a Tu Hijo, que sufrió en la cruz, pueda llenar de esperanza su corazón! ¡Tu me invitas, Padre, a orar por ellos, para alimentar su corazón de esperanza y para que por medio de mi intercesión te hagas muy presente en sus vidas! ¡Padre, tu me invitas a consolar, a aliviar, a acoger, a consolar, a alegrar los corazones cansados y desesperados! ¡Pero que no sea yo quien lo haga sino tu por medio mío! ¡Envía tu Espíritu sobre todos ellos, Dios de la vida, para que sientan que son tus preferidos, que los amas y los sostienes, que avives en su corazón tu amor eterno! ¡Te ofrezco mi vida, Padre, para que hagas de ella un instrumento de tu amor en el prójimo; hazme caritativo, servicial, entregado y generoso; un ser amoroso que se entregue por los demás para que sientan tu presencia! 

«¿Dónde vives, Señor, y donde vivo yo?»

¿Cómo cambiará mi vida después del Covid-19? ¿cómo cambiará la vida de mis amigos, vecinos, conocidos, clientes, proveedores, compañeros de los grupos de oración…? ¿Cómo será el mundo cuando abramos las puertas de nuestros hogares y salgamos definitivamente del confinamiento? ¿Cómo será el día después de nuestras vidas? ¿Habremos aprendido algo? ¿Cambiaremos nuestras prioridades? Me hago estas preguntas porque muchos habrán perdido su pasado y sus ilusiones, su presente y la esperanza del futuro. Tendrán que poner el contador a cero porque habrán perdido familiares, negocio, trabajo o, simplemente, la ilusión.
Me ha surgido la respuesta en Juan, en su Evangelio: «Él se dio vuelta y, viendo que lo seguían, les preguntó: «¿Qué queréis?» Ellos le respondieron: «Rabbí —que traducido significa Maestro—¿dónde vives?», «Venid y lo veréis», les dijo».
«Venid y lo veréis». Una invitación a seguirle. Y aquellos dos discípulos —que nos representan a ti y a mi—, movidos por la obediencia y la esperanza, decidieron proseguir el camino de la vida junto a Él. Y lo hacen lanzando una pregunta: «¿Dónde vives?», o lo que es lo mismo: «Sabemos quien eres, sabemos que eres el que das la vida por eres la vida y esa vida es la que anhelo para mi». Es reconocer que por muchas tormentas que me acosen, por muchos obstáculos que tenga que superar, por muchas cruces que tenga que llevar… a su lado siempre podré tirar las redes, bien engarzadas y firmes, para pescar en abundancia. Porque lo que quiero es vivir en abundancia y eso implica vivir por, con y en Cristo sin miedo ni temores.
La realidad que vivimos nos hace plantearnos muchas de nuestras necesidades. Los hombres nos hemos cubierto de envoltorios banales y hemos confundido en demasía el auténtico camino de nuestra vida, de la Vida, cuya meta es Jesucristo Resucitado.
«¿Dónde vives, Señor, y donde vivo yo?», esa pregunta es importante para sentirte muy unido a Él. Para saber donde me sitúo en los momentos cruciales de mi vida cuando las circunstancias que me suceden me impiden elevar el vuelo hacia lo eterno, lo trascedente, lo infinito porque muchas veces el drama es que, por la falta de fe, confianza y esperanza, uno cae en la incertidumbre, la tristeza, la desesperanza o la amargura ante lo que le sucede o se le avecina. Por eso es crucial preguntarse: «¿Dónde vives, Señor, y donde vivo yo?». ¿Vivo en Ti que eres el camino, la verdad y la vida? ¿Vivo en mis pensamientos y mis intereses acomodaticios? ¿Vivo en mi prójimo? ¿Vivo en la relatividad del mundo o vivo en la Creación del Padre?
Aleccionado por el Espíritu Santo, al que en este tiempo de Pascua es tan hermoso invocar cada día, le pregunto al Señor hoy con el corazón abierto: «¿Dónde vives, Señor, y donde vivo yo?». Y tras un largo silencio siento como me responde con ternura que Él vive en la autenticidad de mi vida, en la humildad de mis actos, en la sencillez de mi jornada, en el abandono a su gracia, en la obediencia serena a su voluntad, en la oración confiada y paciente, en el silencio vivificador de su presencia, en la escucha atenta de su Palabra y, sobre todo, en el «sí» confiado de cada día, ese «sí» que María puso como máximo testimonio del «hágase tu voluntad y no la mía». Sabiendo donde vive Él y donde vivo yo todo puede resultar más fácil.

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¡«¿Dónde vives, Señor, y donde vivo yo?», esta pregunta que me diriges y que yo mismo me formulo quiero responderla con el corazón abierto a tu gracia! ¡Dime ¿dónde vives, Señor y dónde puedo encontrarte? porque voy a ir detrás de tus huellas para como hicieron aquellos discípulos escuchar tu amoroso, tierno y convincente: «Ven y verás»! ¡Señor, ayúdame a no perder nunca la referencia que eres tu, el auténtico fin de mi vida y concédeme la gracia para actuar siempre de acuerdo con Tu Palabra teniendo siempre la disposición para poner los medios para lograrlo! ¡Anhelo, Señor, conocerte mejor, estar más cerca tuyo, intimar más contigo por eso quiero saber donde vives y donde vivo yo en realidad porque deseo dar respuesta a todos los interrogantes que se me plantean, dar respuesta a mis incertezas! ¡Señor, te pido que me vayas mostrando dónde vives, pues deseo conocerte más, encontrarme cada día contigo, servirte con alegría, amarte con un corazón puro! ¡Quiero, Señor, que nada me frene, dar sentido a mi vida, ser testimonio de tu verdad, afrontar las dificultades con decisión, las pruebas con valentía, levantarme cada vez que caiga y tropiece por mis torpezas y mi pecado! ¡Quiero, Señor, ver tu presencia en el día a día de mi vida, sentirte en el prójimo, en las circunstancias que me suceden! ¡Quiero, Señor, saber donde vives para no separarme nunca de Ti, de tu amor misericordioso, de tu amistad inquebrantable! ¡Te pido, Señor, perdón con el corazón abierto porque a sabiendas que tu amor es eterno desconfío y dudo muchas veces porque mi fe es frágil y quebradiza! ¡Te pido disculpas porque sé que no te cansas, Señor, en caminar bordeando mi vida, buscándome para que me abra a Ti, para que me deshaga de mi indiferencia, de mis proyectos quebradizos y tan humanos y me desprenda de mi constante indecisión ante tu llamada a seguirte con más fidelidad! ¡Concédeme, Señor, la gracia de regalarme la sabiduría de seguirte sin condiciones, de dejar apartadas mis redes, para seguirte seducidos por Ti! ¡Hazme, Señor, escuchar esta llamada que transforme mi vida! ¡Y sí, Señor, quiero saber dónde vives porque quiero ir a tu encuentro y como hizo tu Madre disfrutar cada día de la alegría de encontrarse contigo, vivificarse contigo y penetrar con amor en tu misterio!

Con flores a María (Obsequio espiritual a la Santísima Virgen María)
María, Madre, cuando Jesús expuso las ocho bienaventuranzas, no hizo más que fijarse en ti: enséñame a ser misericordioso, es decir, a amar a cada uno con sus defectos.
Te ofrezco: ser hoy más comprensivo con los defectos de los que me rodean.

La escuela alegre de la Pascua

Converso con numerosos clientes que, confinados en sus hogares, están muy preocupados por el devenir de sus negocios, de sus trabajos, de su economía… y de sus vidas. Observo mucha desesperanza en muchos corazones humanos con este terremoto pandémico que ha asolado el mundo.
Trato de confortar a los que se sienten más agobiados y atribulados. Les digo que rezaré por ellos. Y lo agradecen. La mayoría de las respuestas es «hazlo, que falta me va a hacer». A todos los digo lo mismo: «Yo rezaré por ti pero no basta con mi oración, sino que tú también debes orar con ahínco».
Esta actitud de tantos que no creen o tienen desesperanza choca con este tiempo de Pascua, un tiempo que se nos presenta para vivir con una actitud confiada, llena de esperanza y ¡de alegría! ¿De alegría! Sí, vivimos tiempos de incertidumbre. Sí, la crisis es profunda. Sí, el confinamiento no es fácil. Sí, el futuro es gris. Pero creer es confiar. Creer es esperar en la misericordia de Dios. La Pascua invita a la alegría. Y la alegría es un clamor, el canto de los que testimoniamos que el sepulcro de Jesús está vacío porque Él ¡ha resucitado! Esta es la alegría del «aleluya» cristiano.
¡Sí, sabemos que hay dificultades! ¡Sí, sabemos que se perderán muchos empleos, que a muchos les costará llegar a final de mes, que habrá problemas sociales! ¡Sí, sabemos que hay motivos infinitos para el pesar, la desazón y la tristeza! ¡Sí, sí y sí, pero como cristiano debo vivir este tiempo con esperanza, con confianza y alegría! Si no creo de verdad que Cristo ha resucitado, que Él lo puede todo: ¿Qué valor tiene mi existir y mi vida? ¿En qué eslabón coloco mi fe, en la del temor o en el de la confianza!
Como cristiano no puedo tener más afán que ver el lado positivo de las cosas. Si soy cristiano no puedo ser más que transmisor de alegría. Si soy cristiano mi compromiso es con la oración amorosa al Padre. Si soy cristiano debo saber encontrar la alegría en cualquier rincón y en cualquier circunstancia. ¡Ser alegría absoluta! ¡Ser alegría en la prueba de la fe! Esta es la invitación de la Pascua. Cristo ha resucitado no para que el mundo se convierta en un valle de lágrimas sino en un mundo de conquistas esperanzadas y alegres.
¡Jesucristo ha resucitado, en verdad ha resucitado! Si me lo creo, no puede haber lugar para la tristeza, la desazón y el desconsuelo.

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¡Señor, estamos inmersos en una crisis sin precedentes que a muchos tiene desconcertados, sufrientes y doloridos, viviendo sin esperanza! ¡Quiero darles consuelo y alegría para que entiendan que el misterio de tu Pasión pasa por el acontecimiento glorioso de tu Resurrección, expresión máxima de alegría y esperanza! ¡Haz señor que la alegría sea mi seña de identidad frente a los que tengo cerca, para los que se relacionan conmigo, para mostrar que tus nos liberas para vivir con alegría, son sobriedad y con confianza! ¡Ayúdame a ser testimonio convincente de mi fe en Ti! ¡Ayúdame a ser alegría ante las pruebas de la fe! ¡Ayúdame a ser paciente, sensato y sobrio para rezar cada día con el corazón abierto! ¡No permitas, Señor, que bajo ninguna circunstancia la situación que vivimos ahogue mi oración, mi fe y mi esperanza y apague mi relación contigo! ¡Ayúdame a vivir en clave de eternidad, con alegría! ¡Concédeme la gracia de vivir este tiempo de crisis como una oportunidad y hacerlo con alegría! ¡Convierte, Señor, mi oración con el corazón abierto en un vivir cristiano, en autenticidad con los valores del Evangelio, mirando siempre hacia lo transcendente de la vida! ¡No permitas, Señor, que las incertidumbres, los problemas y las dificultades minen mi vida interior, no permitas que jamás la desesperanza anide en mi corazón; y ten compasión de los que sufren y tienen miedo al futuro! ¡Quiero alegrarme siempre en Ti, Señor, y desde Ti transmitir alegría a mi prójimo!

Abrir mis ojos como los discípulos

Me imagino la mirada interrogante de Pedro y Juan al ver la tumba vacía. Me imagino la mirada sorpresiva de María Magdalena al comprobar que el cuerpo de Jesús no estaba en el sepulcro.
Imagino a los discípulos congregados en el cenáculo. Los ojos de sorpresa al recibir la noticia de sus allegados. Ojos abiertos a la expectativa. Ojos abiertos a la esperanza, a la gracia, a la verdad del Cristo vivo. Ojos de fe. Ojos iluminados por la verdad revelada.
Imagino hoy todos y cada uno de los ojos de los discípulos. Los ojos de Juan, lacrimosos y sufrientes en el Calvario, al ser testigo de la agonía de Jesús, su amigo y en quién pone al cuidado de su Madre. Ojos que contemplan la entrega por amor de Cristo. Ojos ahora llenos de agradecimiento, de alegría y de esperanza.
Imagino los ojos de Pedro, rojos de tanto llanto desconsolado en la noche de la Pasión. Ojos hinchados por el dolor del abandono al Maestro. Ojos tristes por no haber dado la talla, por haberle negado tres veces ⎯¡hay, Señor, cuantas veces te niego yo cada día!⎯, por haberse dormido en el huerto de Getsemaní y por no haber comprendido el sentido de ser escogido como la piedra sobre la que Cristo edificará su Iglesia. Pero ahora sus ojos están iluminados por la luz de la gracia, del perdón, de la reconciliación y la alegría de la Pascua.
Imagino los ojos temerosos de Felipe, de Simón, de Andrés, de Bartolomé, de los dos Santiagos, de Tadeo y de Mateo. Sus ojos no mienten, son el espejo de su alma: tienen miedo, están desconcertados, se sienten huérfanos. Sus ojos delatan lo que siente su corazón, testimonian su falta de confianza, sus incertezas, el no comprender el mensaje de la Buena Nueva. Pero al ver al Cristo resucitado sus ojos irradian luz, traslucen viveza y la alegría que inunda su corazón.
Imagino también los ojos de Tomás. Ojos incrédulos, desconfiados y escépticos ante lo que los otros le cuentan. Ojos cegados al Cristo que puso en Él su confianza. Y cuando ese Cristo le invita a introducir su dedo en las llagas de su Pasión sus ojos se abren y exclama: «Señor mío y Dios mío», para mí una de las plegarias mas hermosas jamas pronunciadas.
Deseo abrir mis ojos como lo hicieron los discípulos. Abrirlos a la gracia para llenarme del amor puro de Cristo. Abrirlos para que se conviertan en ventanas que vean el corazón de cada persona. Abrirlos para que en mi mirada vean a un cristiano sencillo con sus fragilidades que intenta vivir en coherencia el Evangelio. Abrirlos para que desde el trasluz se vea la fe que me acompaña, el orgullo de mi alegría cristiana. Abrirlos para ser capaz de descubrir la grandeza de cada ser humano en el que Cristo se hace presente en su vida. Abrirlos para no juzgarlos. Abrirlos para que sientan mi cercanía. Abrirlos para no discriminar a nadie. Abrirlos para comprometerme con ellos. Abrirlos para ver todo lo que sucede a la luz de la Resurrección.
Quiero ver la vida con los ojos de los apóstoles y los primeros discípulos. Ellos abrieron los ojos en Pascua y su mirada fue limpia y traslúcida y viendo pudieron exclamar con gozo y alegría: ¡Jesucristo ha resucitado, en verdad ha resucitado!

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¡Señor, dame tu mirada que me lleva a Dios, que es un don del Padre de bondad, que me espera en cada una de las encrucijada de la vida! ¡Señor, dame tu mirada para que pueda mirar con tus ojos misericordiosos y darme a los demás! ¡Espíritu Santo, concédeme la gracia de ver con los dos de los apóstoles para contemplar en el día a día de mi vida al Cristo resucitado! ¡Transforma, Espíritu divino, mi mirada no solo en relación a los demás sino en relación a mi mismo! ¡Haz, Espíritu Santo, que mi mirada como la de los apóstoles sea una mirada transformadora, abierta a la alegría, al entusiasmo, al compromiso, a la fe, a la proclamación de la buena nueva del Evangelio! ¡Abre mis ojos, Espíritu divino, para ser compasivo con los demás, para aprender a aceptarlos como son y aceptarme a mi como soy yo! ¡Abre mis ojos para valorar las virtudes ajenas y no juzgar, para admitir mis fallos y mis defectos, para saber apreciar las angustias y los sufrimientos del prójimo, para mirar con ojos de perdón y de reconciliación! ¡Dame nuevos ojos para celebrar la vida con sus cruces y sus alegrías, para alegrar con mi presencia al que lo necesita! 

Acudir a María, Salud de los enfermos

Último sábado de marzo con María, Salud de los enfermos, en lo más profundo de mi corazón. El número de infectados y fallecidos por el virus que asoma el mundo aumenta. Las cifras son números, las víctimas y los contagiados son seres humanos con nombres y apellidos e historias familiares. Las cifras hablan de una realidad, las personas hablan de sufrimiento humano.
Hay una enfermedad común que va más allá del contagio. Es la que une a enfermos, personal sanitario y familiares. Es una enfermedad silenciosa, en forma también de virus: la tristeza que nos embarga.
Tristeza ante tanta impotencia de los sanitarios que no dan abasto para atender a tantos enfermos; tristeza por ver a tanta gente caer enferma; tristeza por los familiares que ven perder a sus seres queridos y no poder despedirse de ellos cogiéndolos de la mano, dándoles un abrazo o, simplemente, besando su rostro enfermo; tristeza por tanto sufrimiento que Dios envía y permite porque Él todo lo tiene controlado.
Estamos terminando la Cuaresma. Vamos directos a la Pasión de Jesús, que muchos están viviendo en carne propia. Cruces pesadas y dolorosas en tiempo de desierto. Y aquí surge María, la Madre, Salud de los enfermos, Consoladora de los afligidos. En silencio, al pie de la cruz de tantos, en la esquina de cada cama del hospital, en las manos de cada sanitario, en el corazón de cada familiar que sufre, aunque no crea siquiera. Allí aparece Ella, sin pronunciar palabra pero llenándolo todo con su presencia. Elevando sus súplicas al Padre. Y haciendo lo que mejor sabe hacer Ella, la Madre del hágase tu voluntad y del fíat: acompañar al hijo que necesita de su consuelo.
Hoy le pido a María que no ceje en su misión de corredentora, en su misión de Madre, en su misión de salud de los enfermos. Que se haga más presente que nunca en cada cama del hospital, en cada residencia de ancianos, en cada casa donde estamos todos confinados, en que cada enfermo que agoniza, en cada UCI de cada hospital del mundo entero. Que en el silencio de su presencia, junto a la cruz de cada uno, consuele, ampare, seque las lágrimas del dolor y de la desesperanza, que acoja los sufrimientos y los llene de confianza, que ante la triste amargura de tantos otorgue la fortaleza para confiar en la providencia del Padre. Que de manera invisible coja cada uno de los cuerpos de los enfermos y los ponga en su regazo para transmitirles paz interior y serenidad en el alma; que mitigue su dolor y lo haga consuelo vivo. Yo confío en María, amo a María, y he vivido en mi propia vida las gracias de María.
Por eso le imploro: ¡María, Tu estuviste a los pies de la cruz, y conociste en primera persona los estragos de la tristeza, haz que tu presencia en cada hospital del mundo sea un motivo de esperanza y no dejes de velar por la salud de cada uno de tus hijos!

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¡María, Tu estuviste a los pies de la cruz, y conociste en primera persona los estragos de la tristeza, haz que tu presencia en cada hospital del mundo sea un motivo de esperanza y no dejes de velar por la salud de cada uno de tus hijos! ¡María, Salud de los enfermos, de los necesitados, de los que agonizan, de los que no tienen fuerzas, de los contagiados por el coronavirus y otras enfermedades, Tú que caminaste a paso firme y con dolor hacia el Calvario acompañando a tu Hijo, Tu que permaneciste arrodillada a los pies de la Cruz viendo morir a tu Hijo entre tanto sufrimiento, Tu que fuiste copartícipe de tanto dolor, abre tus manos santos y bondadosas y acoge cada sufrimiento de cada hijo tuyo como si fuese tuyo y elévalo al Padre; une María cada uno de los sufrimientos de tantas personas en todos los rincones del mundo a los de Jesús, llénalos a todos de tu consuelo y de tu esperanza! ¡María, te pido con el corazón abierto que te hagas presente en el corazón de cada ser humano, que te hagas presente con tu mirada de consuelo, con tus manos sanadoras, con tus sonrisa de Madre para dar paz al alma! ¡Ayúdanos, María, a no perder nunca la fe y la esperanza! ¡Ayúdanos a repetir contigo, con esperanza y amor, que se haga en mí según tu Palabra, que demos un sí siempre al Dios amor que todo lo permite y todo lo controla! ¡Hazte, María, salud de los enfermos y consoladora de los afligidos, a comprender la voluntad de Dios y a sacar positividad ante tanto dolor que nos embarga! ¡María, Madre del amor y de la misericordia, que en este tiempo de cruces no dejemos de contemplar a tu lado el rostro de tu hijo colgado en la cruz pero también la luz resplandeciente de su Resurrección gloriosa! ¡Todo tuyo, María, siempre tuyo!

Coronavirus y vida cristiana

Me uno con el corazón abierto a este momento de incerteza que vislumbramos con la expansión mundial del coronavirus por todo el planeta. En primer lugar es interesante apuntar que sucede en un momento de introspección y de desierto vital, el tiempo de Cuaresma. Un tiempo en el que uno está abierto a la esperanza y al optimismo. Un periodo en el que hay que abrir el corazón para demostrar que tenemos fe y esperanza en el Creador. Él, que lo tiene todo en sus manos, es plenamente consciente de lo que estamos viviendo porque algo positivo querrá obtener de estos momentos de incertidumbre a los ojos de los hombres. Uno puede preguntarse: ¿por qué Dios permite que suframos una crisis como esta si somos sus hijos amados? Esta crisis actual nos pone en alerta, pero todo creyente debe enfrentar las adversidades con una plena confianza en el Señor.
Se nos invita a permanecer “encerrados”. Es un encierro vital que, en el templo de nuestros hogares, podemos convertirlo también en un espacio de oración en silencio, de encuentro con la familia o con el prójimo poniéndonos a su servicio, de conversación, de lectura, de meditar junto al Señor su Pasión. Y también de leer, de aprender o de disfrutar de aquellos hobbies que teníamos abandonados… Es un tiempo para aprender a “convivir” sirviendo, amando y perdonando. Es un tiempo para aprender a depender de la voluntad de Dios, a dejar que Él cumpla sus propósitos, a crecer humana y espiritualmente ante la adversidad, para purificar nuestro corazón y nuestra vida, para reordenar nuestras prioridades vitales, para redefinir nuestras necesidades, para darse a los demás, para orar por las necesidades del prójimo, para animar a los que están desanimados, para compartir bendiciones con los demás y, sobre todo, para poner toda nuestra confianza en el Señor.
Es un tiempo de crisis mundial que nos pone a prueba pero también es un tiempo que nos ayuda a darle un sentido evangélico a nuestras vidas. Cualquier periodo de  adversidad no cogen nunca a Dios por sorpresa. Él es sabedor de todo lo que sucede en nuestro planeta y todo lo que ocurrirá en el devenir de los tiempos porque es Él quien los ha ideado para ver cumplidos sus propósitos eternos, redentores y, sobre todo, como medio para su glorificación. Las circunstancias que atravesamos pueden ser muy dolorosas y difíciles, pero en ningún caso deben robarnos la paz interior porque cualquier circunstancia que nos hace depender de Dios es, en realidad, una gran bendición. Viéndolo así creceremos espiritualmente y caminaremos junto a Jesús que es nuestra esperanza y la roca sobre la que sostener el pilar de nuestra fe.

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Hoy la oración es del Papa Francisco, escrita para este tiempo en el que coronavirus está causando tanto dolor en tantas familias del mundo:

Oh María, tú resplandeces siempre en nuestro camino como signo de salvación y de esperanza.
Nosotros nos confiamos a ti, Salud de los enfermos, que bajo la cruz estuviste asociada al dolor de Jesús, manteniendo firme tu fe.
Tú, Salvación de todos los pueblos, sabes de qué tenemos necesidad y estamos seguros que proveerás, para que, como en Caná de Galilea, pueda volver la alegría y la fiesta después de este momento de prueba.
Ayúdanos, Madre del Divino Amor, a conformarnos a la voluntad del Padre y a hacer lo que nos dirá Jesús, quien ha tomado sobre sí nuestros sufrimientos y ha cargado nuestros dolores para conducirnos, a través de la cruz, a la alegría de la resurrección.
Bajo tu protección buscamos refugio, Santa Madre de Dios. No desprecies nuestras súplicas que estamos en la prueba y libéranos de todo pecado, o Virgen gloriosa y bendita.

Del desierto a la libertad

Me venía a la imagen del desierto el Rally Dakar que se corrió en enero en el desierto de Arabia Saudita en condiciones extremas. Viendo las imágenes de los corredores de este mítica carrera el desierto comprendes que el desierto es un lugar lleno de trampas. No es un lugar donde uno desee retirarse, excepto para enfrentar estas fuerzas malvadas que ponen a prueba a quien lo arriesga. Esta tierra desolada se opone a la Tierra Prometida, como la maldición se contrapone a la bendición.
El desierto es, además, ese lugar de aridez que abate a los viajeros que se encuentran hambrientos y sedientos. Y, sin embargo, ¿no fue el desierto un paso extraordinario donde Israel, salvado de Egipto por la mano providente y misericordiosa de Dios, aprendió a conocerle, a confiar en él, a rendirse por completo a él? El desierto en la Biblia no es solo una tierra de desolación es también y, sobre todo, un lugar donde se realiza la historia de la salvación.
El desierto visto así no es un lugar hostil, se convierte en un lugar propicio para encontrarse con Dios porque te devuelve a la esencia, a la indigencia de todo, a la inseguridad del mañana, al horizonte lejano del que solo confía en sus propias fuerzas. El desierto te hace ver que no puedes confiar en tus propios medios, esos que te convierten en un dios de barro. Y así el corazón se abre al Otro más allá de uno mismo, a esta dimensión interna que a veces vive obsesionada con el ruido y las actividades de todo tipo. Esto es lo que experimentamos al elegir ir al desierto donde nos encontramos solos pero no abandonados. En ese desierto descubrimos una Fuente de donde surge la vida. Si falta agua, la Palabra de Dios, la palabra de vida, brota en abundancia. Y nuestro corazón puede dejarse habitar para renacer de nuevo. Es la gracia y el don de la Cuaresma.
Tiempo de volver al interior de mi mismo. Este movimiento hacia la interioridad es parte de mi paso por el desierto. Me permite ir al fondo de mi corazón para hacer balance, para vivir una rendición renovada en Dios. Para convertirme de manera auténtica y creer en el Evangelio.
Es en el desierto que Dios se convierte en educador y maestro de la vida. Estos desiertos toman varias formas: insatisfacción, dudas, noches, tristeza, enfermedad, soledad, tibieza, soberbia… Pero como con Israel, aquí es donde Dios me espera este año durante mi Cuaresma lo que implica abandonar verdaderamente la ilusión de ser autosuficiente, de descubrir y aceptar mi propia miseria e indignidad. Eso exige abrir el corazón y prepararme para acoger la gracia.
Es en la fe que espero y que viajo a través de mis pasajes por el desierto para que mi corazón se llene de esperanza. Para ser consciente de mi condición de hombre mortal, limitado y marcado por la finitud, pero que tiene la mirada vuelta hacia el infinito que conoce en la fe y que anuncia siguiendo al que pasó de la muerte a la vida, y que ahora vive eternamente para Dios.
Le pido al Señor por medio de su Santo Espíritu que en esta Cuaresma abra en mi nuevos horizontes y me permita entrar con alegría en el camino de la eternidad.

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¡Señor, en este tiempo cuaresmal, en este tiempo de desierto, ayúdame a transitar por un itinerario de oración que me lleve a Ti! ¡Te pongo, Señor, mi pobre realidad; te entrego mis pobrezas y mi indignidad que me llevan a renovar con la fuerza de tu Espíritu mi corazón que tiene la urgente necesidad de regresar a Dios y descubrir que es el deseo de Dios el que sale en mi búsqueda! ¡Ayúdame, Señor, con la fuerza de tu Espíritu, a comprender y vivir el significado de la cruz que implica entregarse sin exigir nada a cambio, amar hasta el extremo, amar sin medida! ¡Ayúdame a transitar por el desierto de la Cuaresma en intimidad contigo para que Tu presencia en lo íntimo de mi interior me transforme por completo! ¡Que en esta Cuaresma, Señor, sea capaz de levantarme y me deje alcanzar la misericordia de Dios! ¡Que este tiempo de desierto se convierta en una peregrinación espiritual de la mano de tu Espíritu para desde lo más profundo de mi alma penitente vaya al encuentro de tu Resurrección! ¡Señor, ayúdame a que este Cuaresma me saques de la esclavitud del pecado y me conduzcas a la tierra de la libertad verdadera! ¡Concédeme la gracia de desasirme de todo lastre mundano que viene del pecado, de mis incoherencia, de mis tibiezas e infidelidades y sea capaz de caminar conforme a la Verdad que Tu representas! ¡Que este tiempo de Cuaresma sea para mi una nueva oportunidad para volver a Dios, para tenerle como garantía de vida y no sucumbir a las asechanzas del enemigo!

¿Embellezco mi entorno con el espíritu de gratitud?

Los seres humanos estamos hechos para la ofrenda y la alabanza. Contemplas a Cristo y te conmueves al observar como extendía sus manos para levantar al caído, abrazar al cansado, sanar al enfermo, acariciar al desolado. Levantaba y daba gracias al Padre eterno por cada una de las personas que en su camino se cruzaban. Vigorizaba sus vidas. Alentaba su espíritu. Enderezaba su esperanza. Todo cuanto hacía era para ofrecer la vida de aquellas personas. Cristo embellecía los lugares por donde pasaba con su gratitud. ¿Hago yo lo mismo? ¿Embellezco mi entorno con el espíritu de la gratitud? ¿Soy portador de gratitud? ¿Estoy agradecido con lo que tengo, con mi vida? ¿Agradezco lo que me sucede aunque sea la cruz y tal y como me sucede? ¿Lo percibo todo como una bendición y doy gracias por ello en mi oración diaria?
El corazón que rebosa gratitud se desprende de los miedos, de la incertidumbre, de los temores, de la confusión; es un corazón que permite aceptar en su totalidad lo que a uno le sobreviene. La gratitud es manantial de apreciación y fuente de esperanza, caridad, humildad y paz interior. Es un fontanal de pureza y amabilidad que aparca el orgullo. Siendo agradecido en lo que se recibe y en lo que se entrega generas a tu alrededor ternura y compasión. Pero cuando el corazón se cierra al agradecimiento bloqueas las puertas para recibir bendiciones y dar amor.
En la oración el agradecimiento y la alabanza bajan a lo más íntimo y profundo del ser. Es el Espíritu Santo quien abrasa interiormente, generando una dulzura que inflama nuestra vida y que irradia luz cegadora.
En el agradecimiento de nuestra realidad acompasada con la alabanza el Espíritu nos inunda de bondad. Nos hace seres nuevos. Nos abre a una nueva resurrección de nuestro espíritu. Y de esta manera puedes embellecer el entorno con un espíritu rebosante de gratitud.
Aunque no sea sencillo, basta con seguir el ejemplo de Jesús. Convertir mi vida en una ofrenda eucarística, la mayor de las gratitudes, para ser portador de alegría, esperanza, generosidad, paz, humildad, caridad y amor. Tan fácil pero tan difícil a la vez. ¿Qué me falta para conseguirlo?

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¡Señor, te doy gracias por todo lo que he recibido de Ti, pues haces que mi vida sea un canto a lo bello y hermoso sean cuales sean las circunstancias en las que me encuentre! ¡Que mi vida, Señor, en todo lo que me suceda, sea bueno o malo, esté impregnada de gratitud! ¡Señor, acudo a ti con frecuencia para pedirte cosas, pero concédeme la gracia de ser siempre agradecido por tu amor incondicional que me ama a pesar de mis caídas y mi pecado! ¡Gracias por tu perdón que me enseña como perdonar al prójimo! ¡Gracias, Señor, porque me levantas cuando estoy caído y me muestras como levantar al que está caído a mi lado! ¡Gracias, Señor, por las experiencias vividas porque las has vivido a mi vera! ¡Gracias, Señor, por todas las personas que has puesto a mi lado en momentos de dificultad y de alegría pues son una bendición que me has regalado! ¡Gracias, Señor, por tu protección constante porque incluso en los momentos difíciles nunca me ha faltado de nada! ¡Gracias, Señor, la belleza de la creación y ayúdame a saber preservarla! ¡Gracias, Señor, y elevo mis brazos al cielo para alabarte, para bendecirte, para darte gloria! ¡Gracias, Señor, por mi pobre corazón que late de amor por ti y me muestra como amar al prójimo! ¡Gracias, Señor, por olvidarte de mis errores y permitirme comenzar de nuevo! ¡Gracias, Señor, por mis piernas que me permiten ir al encuentro del prójimo sea cual sea el camino a recorrer! ¡Gracias, Señor, por hacerte hombre, por morir gratuitamente en la cruz y resucitar al tercer día para salvarnos del pecado! ¡Gracias, Señor, porque todo en ti es gratitud amorosa! ¡Concédeme la gracia de embellecer el mundo con mi gratitud humilde y entregada que testimonie la grandeza de tu amor del que nunca quiero apartarme!