¿Qué hacer para derrotar la tristeza de ánimo que nos embarga?

Observo a mi alrededor muchas personas que viven en la incertidumbre. El desasosiego se impone en sus vidas. La tristeza abona su existencia. Hay una cierta lógica porque los nubarrones que ha traído la pandemia no son para ir bailando salsa. 

Lo peor que llevan muchos es esa distancia social entre los seres queridos, esa falta de abrazos, besos, darse la mano, no poder ver el rostro del ser querido por estar cubierto con una mascarilla. Falla la normalidad y casi todas las conversaciones acaban derivando hacia lo mismo, con tensión y malestar. 

Llevo reflexionando sobre esta situación hace varios días. Desde que a principios de agosto sufrí una grave deterioro en mi salud del que todavía no me he recuperado y, desde hace dos semanas, porque me encuentro confinado por coronavirus. La vida la veo con otra perspectiva. Y está rebosante de esperanza. Sí, la situación que vivimos es incierta desde que se proclamó la pandemia hay miles, por no decir millones de personas, que llevan viviendo esta anomalía toda su vida. El covid no ha cambiado su vida porque la suya es una vida de pobreza, necesidades, incertidumbres, inseguridades, de sufrimiento, de dolor… desde el momento mismo de su existencia. 

Es cierto que a muchos la pandemia les ha supuesto un maremoto que ha acabado con su salud, con sus ingresos económicos reducidos, con su trabajo finiquitado, con la pérdida de seres queridos, con su estabilidad emocional por los suelos, con sus nervios debilitados, con su estabilidad familiar rota… Todos ellos han de estar en nuestro corazón.

¿Qué podemos hacer en este tiempo de Adviento para derrotar la tristeza de ánimo que nos embarga? Vivir con mucha oración, con grandes dosis de esperanza, con buen sentido del humor, evitando la crispación, tratando de verlo todo desde el optimismo, recuperando la conciencia. Mirar lo que sucede desde la transcendencia, mirándolo todo no desde la inmediatez sino desde la perspectiva del más allá porque eso nos permite equilibrar nuestras propias fuerzas y medir nuestras debilidades. Hay que intentar seguir nuestra vida adecuándola a las circunstancias. No podemos quedarnos parados. Aprendiendo a amar los días de incertidumbre y comenzar a imaginarse viviendo la vida que deseas. La felicidad consiste en aprender a manejar la incertidumbres y para ello la la fe y la esperanza, abonadas en la oración, son los instrumentos más valiosos para estos tiempos de incertidumbre.

¡Señor, ayúdame a ver este tiempo como un tiempo del Espíritu, un tiempo para la confianza! ¡Ayúdame a orar con más intensidad para que el mundo encuentre en este tiempo de pandemia el valor significativo que tiene la Encarnación! ¡Señor, escucho como el soplo del Espíritu merodea en mis plegarias y me susurra que Dios me acompaña y que pronto se hará presente en el portal de Belén! ¡Gracias, Padre, porque este susurro, íntimo y personal, es un regalo de la providencia; este anuncio, como el del ángel a María, se proclama en lo íntimo de mi corazón, en la intimidad de mi ser, en la familiaridad de mi confianza, en la paciencia de mi escucha! ¡Señor, que este tiempo de encierro me aboque al silencio interior y pueda aprovecharlo con un corazón abierto a la esperanza! ¡Ayúdame a que sea un tiempo verdaderamente fecundo! ¡Aviva en mi la sed de la búsqueda, la capacidad de observar la realidad del mundo, la necesidad de mirar hacia mi interior y hacia el exterior! ¡Gracias, porque me invitas a vivir la Navidad como el acontecimiento más extraordinario de la historia junto a Tu Resurrección! ¡Gracias, Señor, porque la Navidad es la celebración del Dios hecho Hombre, es un hecho tan relevante y notorio que me exige ahondar en el silencio para interiorizar tanta belleza, tanta generosidad, tanto amor, tanta misericordia! ¡Mi corazón, Señor, sufre por el dolor pero a la vez exulta de acción de gracias y de bendición en un canto permanente de ¡Gloria, Aleluya!! ¡Señor, el Adviento es tiempo de espera y de entrega, yo te entrego mi debilidad, mi oración, mi ser y mi fragilidad! ¡En la intimidad del Adviento proclamo con alegría tu Gloria, Señor! ¡Amén!

«El pueblo que andaba en tinieblas vio una luz grande»

Hay un texto de Isasías que resuena con firmeza en mi corazón en estos días de Adviento, sobre todo en este tiempo en que la oscuridad se cierne sobre tantas personas que están sufriendo las consecuencias de la pandemia. El texto penetra en lo profundo de tu interior por la rotundidad de su mensaje: «el pueblo que andaba en tinieblas vio una luz grande» (Is. 9,1).

¡Qué gran canto de esperanza! ¡Qué texto más indicado para vivir este Adviento tiznado de pandemia! ¡Qué invitación a caminar al encuentro de la luz!

El pueblo, la gente, la sociedad, los seres humanos, hombres y mujeres en su individualidad, en familia, en comunidades eclesiales, en el entorno laboral, en grupos sociales, en clubs gastronómicos, en asociaciones de vecinos… en unidad, en identidad, en comunión, en una conjunción de espíritus. Así debe ser nuestra vida. Un solo pueblo. Un solo cuerpo. Todos los cristianos hemos recibido el mismo Espíritu en el bautismo y por eso formamos un solo cuerpo. Una unicidad plural con muchos miembros. Como la Trinidad misma, un solo Dios en tres personas.

Un pueblo que anda, que camina, que avanza, que se mueve, que busca, que anhela el encuentro, que se dirige en pos del Amor revelado. Andar es no detenerse, es no parar, es no permanecer quieto, es levantarse cuando has caído, levantar la mirada y buscar el objetivo. Andar es caminar hacia un destino. Es mirar la brújula de la vida y caminar en la dirección correcta. Es dejarse guiar por el Espíritu.

Un pueblo que anda en tinieblas es aquel que está cubierto por la oscuridad del pecado, del desconcierto, de la tristeza, del desaliento, de la desconfianza, del desconsuelo, de la desafección. Pero la oscuridad no siempre es permanente porque siempre hay luz al final del túnel, hay resurrección después de la muerte, hay esperanza después de la desesperanza. Es en la oscuridad de la Noche de Belén cuando nace Cristo y en esa noche se dio la luz. Por eso los cristianos hemos de ser lámparas que iluminen la oscuridad de nuestro tiempo para ser guías que acompañen el desconcierto de nuestro tiempo.

Un pueblo andaba en tinieblas pero es capaz de ver, porque es un pueblo atento, abierto su corazón y su mirada a lo extraordinario, con una mirada repleta de fe, de esperanza. Con una mirada para ver la gran luz.

¡La gran luz! ¡La luz que lo ilumina todo! ¡La luz que da candidez al entorno, que atempera los miedos y los temores, que apacigua los desasosiegos, que endereza los caminos desviados! ¡La luz que guía nuestro camino! ¡Un luz que permite que ese pueblo que camina en la oscuridad vea cuál es su destino, cuál es su meta, cuáles deben ser su verdaderos ideales! ¡Una luz que lo llena todo: el corazón, la mente, la mirada, el ser, la vida! 

¡«El pueblo que andaba en tinieblas vio una luz grande»! No me quiero quedar este mensaje tan hermoso para mí, quiero lanzarlo al mundo, gritarlo para que nadie se quede sin escucharlo. 

¡Señor, me conmueve leer este texto de Isaías porque me hace consciente de mi debilidad y de mi fragilidad, de que formo parte de una comunidad que se pone en camino, en un caminar repleto de dudas, desconciertos, sufrimientos, luces y sombras! ¡Pero por otro lado tengo la esperanza de que caminas a mi lado, que iluminas mi caminar, que me permites ver todas las cosas buenas que me regalas! ¡Señor, me invitas a ponerme en camino, a no tener miedo, a afrontar los desafíos de la vida, a seguir tus indicaciones y cumplir con tu voluntad! ¡Señor, me siento como un peregrino frágil que camina en tu búsqueda, envía tu Santo Espíritu sobre mi para que no me desvíe del camino, para que mi fe se fortalezca, para que mi corazón se llene de bondad y de buenas obras! ¡Señor, cuando la oscuridad se cierna sobre mi no permitas que dude, ayúdame a encender la luz de la esperanza, a caminar en la luz! ¡Señor, no permitas que cierre mi corazón porque en ese momento todo se cubre de oscuridad y de tinieblas! ¡Señor, tu eres la esperanza del mundo, eres el Dios verdadero, el Dios hecho Hombre, y te doy gracias, de adoro, te alabo y te bendigo porque quieres compartir tu historia con mi historia, tu vida con mi vida, tu caminar con el mío! ¡Te doy gracias, Señor, porque repartes sobre mi y sobre los que amo todo tu amor, toda tu misericordia, toda la ternura de Dios, toda la sabiduría que viene del Espíritu! ¡Señor, te doy gracias porque pasa por mis tinieblas; me conviertes en tu discípulo, varado en la orilla de mi egoísmo, de mi soberbia, de mi tibieza, de mi mezquindad, de mi autosuficiencia, de mis caídas intentando tejer la red descosida y llena de jirones de mi vida pero con la esperanza de que la luz irradiará en mi, dejaré caer dejar las redes del pecado y poder seguirte con alegría y esperanza! ¡Señor, quiero caminar junto a ti, ver tu luz; anhelo que brille tu rostro en mi y me salves!

Alcanzar el gran destino: el mismo Dios

El Adviento es como viajar en tren. Llegas a la estación y te sientas en un banco a esperar que llegue el tren. Sentado en el banco del andén puedes dedicar tu tiempo a rezar, leer, escuchar música, hablar por teléfono, mirar a tu alrededor, observar a las personas que viajarán contigo. Antes de subir al vagón es un tiempo aprovechado.

Si hace sol aprovechas para que los rayos iluminen tu rostro. Si llueve te detienes a observar como las gotas de la lluvia mueren en los charcos de agua. Puedes descubrir los sonidos de la ciudad o disfrutar del silencio. La espera tiene una recompensa: tomar el tren a su hora para llegar al destino. 

El Adviento es una invitación a llegar al gran destino: el mismo Dios. Te recuerda que la presencia de Dios está viva en el mundo aunque de una manera oculta; pero también que esta presencia requiere de un tiempo de maduración en cada corazón humano. Depende de cada uno darlo a conocer al mundo, hacerlo presente en la realidad cotidiana de cada día. Puedes quedarte sentado como en la parada de tren, deleitándote en tus propias cosas o marcarlo como el destino al que quieres llegar. Y es por medio de la fe, de la esperanza, de los actos de caridad y de amor como desea brillar en el mundo. 

Espero con alegría la noche de Navidad. El día en que «la luz del mundo» encienda, especialmente en este tiempo de pandemia, la oscuridad de nuestro tiempo y la presencia viva de Cristo brille de manera sostenida en nuestro corazón. La luz de Cristo quiere iluminar la noche de este mundo atropellado por la crisis sanitaria y económica por medio de la luz que somos cada persona; su presencia en este mundo debe crecer por medio de ser humano. 

Dios nace allí donde todo está presidido por Su Amor, donde todo está impregnado de la verdad que se resume en la generosidad, el amor, la caridad, el perdón, el servicio… más que del intercambio material de los regalos.

Subido al tren del Adviento miro complacido mi destino: parar en la estación de Belén, allí donde la presencia de Dios lo llena todo de Amor.  

¡Concédeme la gracia, Señor, de mirar mi pasado y mi presente pero también lo que ha de venir! ¡Que esté abierto mi corazón a tu presencia para ser luz y simiente de bien, de paz, de concordia, de caridad, de amor, de perdón! ¡Señor, sé que tu presencia, que llegará pronto el día de navidad, será un día presencia total y por esto quiero vivir este tiempo con alegría interior! ¡Quiero vivir tu Buena Nueva, Señor! ¡Quiero vivir la alegría de tu presencia que nace de tenerte en mi corazón no de las cosas banales de la vida! ¡Quiero hacer mía la frase «Alegraos en el Señor» porque toda felicidad está en Ti y todo lo que se da fuera de Ti o contra Ti no me satisface, no me llena sino que me arrastra a la insatisfacción y la tristeza! ¡Ayúdame a que mi vida sea un constante, aprender, ver y comprender lo que tu nos enseñas, a ser como Tu, repartidor de  gracia, de luz, de amor, de misericordia y de alegría! ¡Concédeme la gracia, Señor, que mi vida se fundamente en la más íntima contigo para que nada me arrebate mi esperanza, para que tenga claro cual es mi destino, a donde tengo que dirigir mi vida! ¡Que este Adviento, Señor, suponga un despertarme a tu presencia, en un auténtico camino de transformación interior, para ver las maravillas de tu gracia y comprender que no hay alegría más luminosa para el hombre y para el mundo que la de la gracia, que viene de Ti!  

Destello de la Trinidad en Adviento

Ocurre en ocasiones que no eres consciente de que lo que te ocurre. Estás como anulado, vencido, derrotado, cansado. La inspiración brilla por su ausencia. La ilusión se marchita. La esperanza se debilita. Tu humanidad te debilita. Necesitas agarrarte a algo para que te de fuerzas. Ese alguien es Dios. Ese alguien es Cristo. Ese alguien es el Espíritu Santo. 

Tres personas en una que te levantan cuando estás caído; te ensalzan cuando te crees fracasado; te estimulan cuando el cansancio te abruma; te llenan de fuerza interior cuando todo parece alicaído.

En los destellos de estas Tres Personas, en la luz que llena nuestras vidas, en el amor que transforma nuestro corazón y en la misericordia que se hace presente en nuestra vida todo se abre a un nuevo amanecer.

La vida es un viaje que necesita llenarse de puertas abiertas a la esperanza. De ventas abiertas a la fe. De encuentros con los que amamos. De vivencias. De santidad. De participar del dolor ajeno y del propio. De sentir la necesidad de acercarse al prójimo. De anhelar un futuro que se vislumbre seguro pero según la voluntad de Dios. De fortaleza para asumir lo que la vida nos depare y afrontarla con entereza. De perdón para descubrir que desde la reconciliación se sana primero el propio corazón. De alegría, de buen humor, de espíritu positivo. De asombro por las cosas bellas que ofrece la vida. 

Todo son latidos. El adviento es un tiempo propicio para que nuestro corazón vaya latiendo acompasado a los destellos de esta humanidad que se hará verdad en Navidad. Dios Amor da al Hijo, el Hijo se hace Hombre y se entrega por Amor y el Espíritu lo impregna todo de la luz de ese Amor. 

¡Ojalá el reflejo de esta Trinidad Santa se materialice en este tiempo de preparación en mi propia vida, en mi corazón y en mi actuar!

¡Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, abro hoy mi corazón de par en par para olvidarme de mi mismo y entrar en comunión con vosotros! ¡Quiero, olvidarme, Trinidad Santa, de lo que me abruma, lo que me cansa, lo que me produce incerteza, lo que me hace impotente ante las situaciones para que me revistáis de vuestra fuerza, amor y misericordia! ¡Concededme la gracia de vivir acorde con los latidos de vuestra presencia en mi corazón para que mi vida sea una en vosotros, que se convierta en una irradiación de vuestra presencia! ¡Gloria a Ti, Padre, autor de la creación, fuente de amor y de sabiduría, Dios soberano, Dios amor, Padre mío, fuerza de mi corazón y de mi esperanza, de mi mente, de mi alma, de mi ser y de mi espíritu! ¡Te alabo, te glorifico, te bendigo y te doy gracias! ¡Gloria a Ti, Señor Jesús, Hijo del Padre, sabiduría eterna, cordero que quitas nuestros pecados, redentor de la humanidad, testimonio vivo del amor puro y entregado, fuente de misericordia, generosidad plena! ¡Te alabo, te glorifico y te doy gracias! ¡Gloria a Ti, Espíritu Santo, Espíritu del Padre y del Hijo, sabiduría de Dios, alimento de mi alma, guía de la Iglesia, sostén de los hombres, luz de fe, de esperanza, del amor divino, de oración, de perseverancia, de desapego, de penitencia, de perdón! ¡Te alabo, te bendigo y te glorifico! ¡Y a Ti, Madre, Señora del Adviento, Virgen Santa, te doy gracias por amarme tanto y estar siempre a mi lado, te amo con todo mi corazón, con toda mi mente, con toda mi alma y con todo mi Espíritu!

¿Como explicar lo imposible?

El sábado por la noche vi la película Miracles from Heaven (en español Los milagros del Cielo), basada en el libro homónimo de Christy Beam, madre de una familia de profunda fe, que narra la historia real de su hija Annabel, de diez años, diagnosticada de una extraña e incurable enfermedad digestiva que le provoca graves trastornos. Christy y su marido, Kevin, volcarán su vida en buscar una solución a la enfermedad de su hija. Ella, ante tanto sufrimiento verá como su fe se tambalea aunque seguirá luchando denodadamente por lograr lo mejor para Annabel. Él, sin embargo, tratará de mantenerla firme en la esperanza. Y seguirá firme en la oración, como muchos en su comunidad.

Durante el proceso, en el que los médicos reconocen no poder dar una solución a la enfermedad de la niña tras intentar todo tipo de tratamientos, todo se precipita cuando Annabel sufre un accidente cayéndose de un árbol, punto en el cual se sucederán una serie de milagros que provocarán la sanación definitiva de la niña. 

En los días siguientes a su recuperación, Annabel compartirá con sus padres una experiencia mística. “Fui al cielo mientras estuve en aquel árbol. Me senté en el regazo de Jesús. Me quería quedar allí, pero me dijo que no podía”. 

Cuando su hija Annabel cayó enferma, Christy no entendía que la hija que tanto amaba a Dios, pasara por aquel trance. Se sentía furiosa y desesperanzada porque sus oraciones no se sentían escuchadas. Se alejó de la Iglesia y su fe quebrada no le permitía ver lo que sucedía a su alrededor. Christy consideraba que no estaba viviendo como si la vida fuese un milagro. Y eso le hizo perder gran parte de su fortaleza espiritual. Pero como reconoce Christy al final del film los milagros están por todas partes. Los milagros son bondad. Los milagros son esperanza. Mostrándose de la manera más extraña a través de las personas con las que te cruzas, en los amigos que siempre están cuando los necesitas, en acontecimientos sorprendentes que no esperas, en una palabra que recibes… los milagros se producen. Los milagros son amor. Los milagros son Dios. Y Dios es perdón. ¿Por que se curó Annabel cuando hay tantos niños en el mundo sufriendo? No existe un respuesta a esta pregunta pero la certeza es que sea lo que nos suceda no estamos solos. Los milagros son la manera que Dios tiene de decirnos que está presente en nuestras vidas. Son los signos que invitan a la fe. Son señales de transformación interior. Son los signos más explícitos del amor misericordioso de Dios por el ser humano. Algunos serán extraordinarios como la curación de una enfermedad «incurable» a los ojos de la ciencia y otros serán pequeños milagros que se producen en lo cotidiano de nuestra existencia.

Habrá quien niegue la autenticidad de los milagros con el argumento de que es imposible que se pueden producir hechos en contra o por encima de las leyes naturales. Negarlo es negar la existencia de Dios o que, siendo Él el Creador de todo, pueda actuar sobre las cosas y circunstancias que Él ha creado. 

Al concluir la película traté de hacer un pequeño repaso de los pequeños milagros que cada día se producen en mi vida, milagros que demuestran la existencia de Dios en mi propia vida. Incluso circunstancias milagrosas que han abonado mi existencia. Albert Einstein decía que solo hay dos maneras de vivir la vida: una como si no hubiese milagros y la otra como si todo fuese un milagro. La conclusión es que no puedo más que agradecer a Dios por todas las bendiciones y los regalos esenciales que me ha hecho. Mi propia vida es ya, de por si, un milagro. Y quiero vivir mi existencia creyendo que todo es un milagro, fortalecido en la fe, en la oración, en la esperanza y en la misericordia del Dios que todo me lo entrega por puro amor.

¡Señor, te doy gracias por cómo has actuado en mi vida! ¡Abro mi corazón y quiero expresarte todo mi amor! ¡Gracias por la fe y la esperanza que me permiten darte gracias, acudir a Ti con confianza y esperar de Ti que se cumpla siempre Tu voluntad y no la mí! ¡Abro mi corazón, Señor, con humildad y entrega para darte gracias por el don de la vida y por tantas gracias y dones recibidos de Ti, por tantos pequeños milagros cotidianos que se producen en mi vida! ¡Te entrego, Padre, todas mis preocupaciones, mis dudas y mis incertezas, te entrego mi fe y lo pongo todo en tus santas manos para que seas Tu, por medio de tu Santo Espíritu, el que guíe mis pasos, el que me indique que senda seguir, el que haga los milagros que creas convenientes! ¡Abre, Señor, mi corazón de par en par para que en el centro de Él se derrame toda Tu misericordia! ¡Concédeme, Padre, que toda mi mente y mi corazón de piedra acepten tus dictados y vayan siempre en la misma dirección que tu plan divino sobre mi! ¡En tus manos, Padre, pongo mi frágil y sencilla vida, en tus manos pongo mis sueños y mis esperanzas, en tus manos pongo toda mi inocencia, en tus manos lo pongo todo para que tu lo ampares y lo llenes de tu presencia! ¡Bajo la infinitud de tu gracia, Padre, te entrego mi vida para que se haga todo de manera perfecta según tu santa voluntad!

¿Qué quieres que haga por ti?

Debido a un problema de salud uno de mis ojos, desde hace más de un mes, tiene pequeñas llagas que me provocan un intenso dolor. Tengo que cubrirlo con un parche ocular mientras me aplico unas cremas reparadoras. Me acuerdo con frecuencia de la figura de Bartimeo. Gravemente minusválido debido a su completa ceguera, obligado a vivir siempre sentado al lado de la calle, mendigando para sobrevivir. Al mirarlo, cualquiera podía decir que Bartimeo era un hombre infeliz y desafortunado.

Pero, ¿está destinada la desgracia a aprisionar al hombre para siempre? ¿O se puede, por el contrario, esperar un cambio, un acontecimiento inesperado capaz de cambiar el propio destino? Bartimeo nos muestra que el cambio es posible al conocer a una persona especial y única que tiene el poder de cambiarlo todo. Es Jesús de Nazaret, el Hijo de Dios hecho hombre.

Así que, pese al dolor, estoy invitado —todos de hecho lo estamos— a ir a Jericó, a la escuela de Bartimeo, para ver cómo conoció a Jesús y cómo cambió su vida. Pero ¿cómo podría Bartimeo ver a Jesús, si está completamente ciego? ¡Haría falta un milagro!

Sí, pero antes del milagro de Dios, primero necesitas el milagro del hombre. Es decir, el hombre debe mostrar un deseo real de ser cambiado, liberado y sanado por Dios. Tienes que “clamar” a Dios, sin vergüenza y con gran humildad, todo tu propio dolor y toda tu propia miseria. Y también mostrar una gran confianza en su misericordia y en su capacidad para librarte de todo mal: “¡Hijo de David, ten piedad de mí!”.

“Hijo de David, ten piedad de mí”. ¡Qué oración tan espléndida, esencial! Esta oraciónque me está acompañando en este trance parte de lo más profundo del corazón humano para llegar a lo más profundo del corazón de Jesús. Una oración de solo siete palabras, pero que expresa la humildad de Bartimeo, y también su gran confianza en Jesús y su profundo deseo de curación.

Una oración segura que a Bartimeo no le desanima ante los reproches de la gente. De hecho, el grito de sufrimiento de Bartimeo y al mismo tiempo de esperanza perturbará la paz pública: “Bartimeo, ¿es ésa la forma correcta de comportarse en la calle?” ¡No queremos escuchar tus gritos! ¡No nos molestes, por favor!”. La multitud no muestra la menor compasión por Bartimeo. Además, se erige como un verdadero obstáculo a su deseo de cambio y liberación: “¡Cállate, pobre ciego!”. Piensan que para Bartimeo no hay nada más que hacer. Está destinado a permanecer ciego hasta su muerte… Un juicio implacable que puede “matar” la esperanza de curación del corazón de Bartimeo.

Pero Bartimeo no se deja condicionar por los prejuicios ajenos. Está completamente decidido a continuar con su enfoque: “¡Quiero curarme! Hablas así porque estás sano. Es fácil para ti. No necesitas al doctor. Yo, por el contrario, necesito la ayuda de Dios porque estoy solo y perdido. ¿Estás diciendo que debo callarme? Bueno, esa es mi respuesta: “Hijo de David, ¡ten piedad de mí!”.

¡Qué ejemplo de santa perseverancia! Pero, en verdad, Bartimeo no se quedó solo con la esperanza. De hecho, de entre la multitud anónima y cruel se destaca un pequeño grupo de personas más sensibles, más cercanas al corazón de Jesús y al corazón de los que sufren. Son como ángeles, mensajeros de la divina misericordia, enviados por Jesús para comunicar su palabra benévola: “Confía, levántate: te llama”. Los tengo a mi lado, me acompañan con sus manos, su compañía y su oración.

Y nosotros, ante el sufrimiento de los demás y su grito de esperanza y dolor, ¿qué papel jugamos? ¿Somos insensibles y egoístas como la multitud, que no cree en el cambio del próximo desgraciado? ¿O estamos, por el contrario, cerca de aquellos que sufren y están disponibles para ayudarlos en su deseo de redención? Ante el sufrimiento ajeno podemos comportarnos como demonios o como ángeles …

Volvamos a Bartimeo y al primer milagro. El hecho de que un ciego, a pesar de su discapacidad, logró encontrarse con Jesús y escuchar su dulce voz divina: “¿Qué quieres que haga por ti? “.

Alguien podría decir: “Me parece una pregunta bastante extraña. Porque Jesús sabe bien que Bartimeo es ciego y que, evidentemente, pedirá su curación”. ¿Por qué le está haciendo la pregunta? Porque Jesús quiere que todos puedan escuchar claramente la voz de Bartimeo, el infeliz ciego, que con todas sus fuerzas pide la liberación del mal, confiando en la infinita misericordia de Dios: “¡Deja que recuperé la vista!”.

Y aquí está el segundo milagro: Jesús le devuelve la vista a Bartimeo. La historia del Evangelio podría terminar ahí. Bartimeo podría volver a su casa lleno de alegría, porque ahora es un hombre sano que puede llevar una vida social normal como los demás. Pero, en verdad, la historia del evangelio continúa con el tercer y más importante milagro. Es el milagro de “ver” cuál es la verdadera vocación de nuestra vida: convertirnos en discípulos de Jesús. Creer en Él. Creer en sus milagros.

De hecho, Bartimeo, después de recobrar la vista: “siguió a Jesús en el camino”. Es un milagro espiritual. Si gracias a la vista “física” Bartimeo finalmente puede ver al hombre Jesús, con los ojos del corazón y los sentidos espirituales, puede reconocer la verdadera identidad de Jesús: el Hijo de Dios, que vino a salvar a los hombres. Por eso, la verdadera felicidad para él es seguirlo para convertirse en uno de sus discípulos y amigos, dispuesto y disponible para compartir su mismo modo de vida, es decir, responder a la llamada de amar como él nos ama. Y hacer viva la esperanza de que la oración todo lo puede para que se cumpla en mi vida su voluntad.

“¿Qué quieres que haga por ti?”. La pregunta que me hago es: ¿cómo responder a esta maravillosa pregunta de Jesús? Me corresponde escuchar en el silencio del corazón la voz del Espíritu Santo que sugiere la gracia de pedir a Jesús. Para conseguirlo debo tener las mismas actitudes que Bartimeo: mucha humildad, confianza, perseverancia, fe, esperanza, amor… ¿Está mi corazón repleto de estas actitudes que le llevaron a creer en el milagro de Jesús?

¡”¿Qué quieres que haga por ti?”, me preguntas Señor? Que se haga tu voluntad, que sea tu misericordia la que actué en mi, que tenga fe, esperanza, que escuches mi clamor, que sea perseverante en la oración, que mi vida esté jalonada en la humildad para apelar a tu acción misericordiosa sobre mi, que aprenda a soltar el lastre de mis comodidades y despojarme de mis malos hábitos para acercarme más a ti, para que mi vida sea una constante glorificación a Ti, que me convierta en un verdadero discípulo tuyo, que te sirva de todo corazón! ¡Y que pueda ver desde los ojos de la fe para ponerme al lado las personas que más lo necesitan, de los que quiero, de los acontecimientos de la vida, de las dificultades, de las alegrías, pero con un dimensión más profunda, intensa y auténtica: el tenerte cerca siempre y en lo más profundo de mi corazón, Señor!

Impregnarlo todo de pequeños detalles

Lo que importa no es cuánto damos, sino cómo damos. No es la cantidad lo que cuenta sino hacer las cosas con el corazón: aquí está el escándalo de la fe, el escándalo del amor, el escándalo de la esperanza: doy lo poco que soy, pero si lo doy por amor doy toda mi vida y este don cambia la vida. Esta es la paradoja del mensaje evangélico y Jesús está dispuesto a dar su vida totalmente por amor y, de su muerte ilógica y absurda, renace la vida. Todo el evangelio está escondido en pequeños gestos muy simples y, a los ojos del mundo, insignificantes y necios. Para algunos, puede ser una utopía, porque siempre hay lucha y esfuerzo en el mundo, pero el amor, que se convierte en caridad diaria, no hace ruido. Es, por tanto, el camino de las pequeñas cosas, muy ordinario, donde podemos descubrir la extraordinaria presencia de Dios experimentando su paternidad.

Así, un corazón que ama destella pequeños detalles en todo lo que hace. En un abrazo. En un mirada. En una palabra de cariño. En un sentarse unos momentos y pensar en la persona que quieres. En sonreír cuando te vienen a la memoria gratos recuerdos. En tener un detalle que alivie una carga. En decir una palabra que descargue un sufrimiento. El amor en todas sus vertientes es la aventura de conocerse a uno mismo y a la persona que quieres…

Amar no solo es querer… es hacer las cosas impregnadas de corazón. Es dar todo el yo, toda la vida, toda tus fortalezas y tu fragilidad al otro. ¿Es así mi vida? ¿Qué tengo que hacer, si no lo es, para transformar mi corazón?

¡Señor, amanece en este día y te pido que me des la oportunidad de comenzar de nuevo y abrir mi corazón a la bondad, al compromiso, a la entrega, a la generosidad, a la vida; hacer de mi vida una semilla que vaya creciendo; a mirar la vida con ojos nuevo, ver lo positivo en todo momento de los que me rodean; disfrutar con alegría y sin quejarme de la compañía de quienes amo y me hacen feliz! ¡Señor, ayúdame a abrir el corazón para hacerlo todo con amor, con entusiasmo, con alegría, con ilusión renovada; sembrando amor, paz, ternura, cariño! ¡Hazme ver, Señor, que quienes me rodean necesitan de mi presencia, no me conviertas en el centro de todo, quejándome de todo, viviendo para mi; hazme entrega, que ellos sean mi centro, que lo que les preocupa sea mi preocupación, que sus necesidades sean las mías! ¡Ayúdame a entrar en sintonía con las personas que quiero! ¡Despierta, Señor, mi corazón que se duerme tantas veces en las cosas mundanas y no se abre al amor al prójimo; despierta, Señor, mi ilusión tantas veces apagada para inundarlo todo de posibilidad; despierta, Señor, mi esperanza para que no me quede en lo caduco de la existencia; despierta, Señor, mi interior para alegrar el entorno en el que me muevo! ¡Enséñame, Señor, a amar como amas Tu! ¡Señor, a pesar de mi nada y mi insignificancia entregaste tu vida para salvar la mía sin esperar nada a cambio, ayúdame a corresponder a ese amor que tú me das y a convertirme en una fuente de amor para las personas que me rodean!

¿Tengo miedo a la muerte?

Larga y vivificante conversación con un buen amigo, en lo humano y lo espiritual. A raíz de lo que charlamos le formulo esta pregunta: «Pero… ¿tienes miedo a la muerte?» Su respuesta, sin tapujos, es contundente: «¡Sí!» Y me argumenta sus razones que se sustentan en que tiene mucho que hacer todavía, que cuesta aceptar perder la vida, lo terrenal, soltar amarras de la existencia presente; el pensar en la muerte le aparta de todo lo que le queda por recorrer; la incerteza de si lo que encontrará en el cielo prometido es la plenitud; las dudas de cómo será la vida eterna, lo que hay al otro lado, si se reunirá con aquellos que le han precedido. Se le hace angustiosa la partida porque ya tiene cierta edad y la enfermedad está muy presente en su devenir cotidiano. Ama profundamente la vida y no desea pensar que todo se acabe en un momento para alcanzar la oscuridad de la fría noche de la muerte. 

La muerte no serena al ser humano. ¡Pensar en la muerte pesa! ¡Cuesta tener una mirada hacia la eternidad que es la promesa de Dios donde uno hallará la felicidad! ¡Cuesta mirar sin miedo a la muerte aunque los cristianos, en teoría, esperamos vivir en la plenitud celestial, cuestión de fe!

La pregunta también me la formula él: «Y tu… ¿tienes miedo a la muerte?». Y me respuesta es también contundente: «¡No!». «¿Nada?», insiste. ¿Cuáles son mis razones para no temer a la muerte? Porque, desde la sencillez, desde mi pequeñez y mi propia fragilidad, pero también desde el amor, desde la fe, desde la oración… mi esperanza es el cielo. Porque mi anhelo es la esperanza de la eternidad prometida. Y para eso intento prepararme cada día: con la oración, con la Eucaristía, con la confesión, tratando de vivir en coherencia cristiana. Trato de prepararme desde la fe, siendo protagonista vivo del día a día de mi existencia, poniendo como prioridad de mi peregrinación vital por delante de todo a Dios a quien espero contemplar en el gloria eterna. Y por eso no tengo miedo: el camino de la vida me dirige hacia Él. Además, como cristiano, mi muerte va unida también a la de Cristo. Hay un frase de san Pablo que resume con contundencia el por qué la muerte hay que verla desde una perspectiva de trascendencia: “Para mí, la vida es Cristo y morir una ganancia”. Si creo que Jesús ha muerto por mi en la cruz, ha resucitado para darme la vida, ha subido al cielo para encontrarse con el Padre, ¿no creo, entonces, que tengo el camino abierto hacia la eternidad?

Es una cuestión de fe, don que se recibe del Espíritu Santo. Y doy gracias por ello. Creo en todas la promesas de Cristo. Creo, fundamentalmente, en su promesa de que el ser humano al abandonar la vida terrena se dirige allí donde el Amor supremo tiene su morada. 

Mi miedo es vivir apartado de Dios. No conocerlo. No estar estar atento a su llamada. No ser coherente con la Buena Nueva del Evangelio. No dejarse llenar por la luz del Espíritu Santo. No vivir fielmente y siendo obediente a la Palabra. No ser capaz de amar, de darme, de ser servicial, generoso. Porque el día de mi muerte, cuando llame a las puertas del cielo y se me reciba con gozo la única cosa que se me preguntará es: ¿cuánto has sido capaz de amar?

Y aquí está la clave de la existencia. La vida es elegir cada día al Dios Amor. Elegirlo entregando la vida por el otro, en cada momento, en cada circunstancia. Yo espero con gozo y esperanza la recompensa de encontrarme con Dios, reunirme con el Padre Creador, su Hijo Redentor y su Espíritu Santo vivificador en la vida eterna.

Solo Dios sabe cuanto tiempo me queda de vida. Y en este tiempo tengo que completar su obra de creación, esa obra que creó antes de haber sido engendrado porque ya pensó en mi en la eternidad del cielo. Solo espero caminar con dignidad, alegría, esperanza y, en la medida de mis fragilidades y debilidad, en santidad. Y que el día de mi partida, escuche esas palabras del Señor: «Siervo fiel, entra en el gozo de tu Señor».

Hace unos años, un sacerdote que me dirigía espiritualmente me invitaba a rezar esta oración del Padre Pío. Viene a colación porque es una plegaria para no temer a la muerte. La comparto como acompañamiento del texto anterior: Quédate conmigo, oh Jesús, porque el día empieza a morir y la vida pasa; se acercan la muerte, el juicio y la Eternidad. Es necesario que renueve mis fuerzas para no detenerme en el camino, y para eso Te necesito a Ti. Se hace tarde y se acerca la muerte, y yo tengo miedo a la oscuridad. Temo a las tentaciones, la sequedad, la cruz, los sufrimientos. ¡Oh, cuánto Te necesito, Jesús mío, en esta noche de exilio! Quédate conmigo esta noche, Jesús; con todos los peligros de esta vida, Te necesito. Permíteme reconocerte como lo hicieron Tus discípulos al partir el pan, para que la Comunión sea luz que disperse las tinieblas, la fuerza que me sostenga y el gozo de mi corazón. Quédate conmigo, oh, Jesús, para que a la hora de mi muerte desee permanecer unido a Ti, si no en la Comunión, al menos en gracia y amor. Quédate conmigo, oh, Jesús; no Te pido consuelo divino, pues no lo merezco, pero la gracia de Tu Presencia, oh, esa sí Te la pido. Quédate conmigo, Jesús, porque solo a Ti, Te busco. Tu Amor, Tu Gracia, Tu Corazón, Tu Espíritu, porque Te amo y no pido más recompensa que la de amarte más y más. Con un Amor firme Te amaré con todo mi corazón mientras viva y seguiré amándote por toda la Eternidad.

Hoy celebramos la festividad de la Virgen del Pilar, patrona de España y de la Hispanidad. Le pedimos a María su protección para que asista a todos los ciudadanos de los países hispanos en estos momentos de tanto sufrimiento, incertidumbre y dolor. Y le suplicamos que nos acompañe en nuestro seguimiento de su Hijo, nos haga más fuertes en la fe, más seguros en la esperanza y más constantes en el amor.

La felicidad de ser feliz

La felicidad es una gracia inmensa. Para ser feliz son imprescindibles dos principios: saber qué es la felicidad y saber alcanzarla. Todos queremos ser felices. Todos necesitamos que nuestro corazón exulte de alegría. Un corazón alegre tiene paz, serenidad interior, esperanza… pero, en muchas ocasiones, la medimos mal porque no la alcanzamos por no saber qué es lo que más nos conviene. ¡Hay mundanidad que me aleja de la alegría!
Pienso en Dios. Lo inmensamente feliz que es. ¿Es feliz porque es el Rey del Universo? ¿por que conoce todo lo bueno? ¿por que tiene en sus manos la capacidad de lograrlo todo? Por todo esto y por algo más: porque Él es el Amor y todo lo ha creado por amor. Y nos ha dado a su Hijo por amor, el desprendimiento más grande en la historia de la humanidad.
Antes de crearlo todo, Dios ya era feliz. No creó la naturaleza, ni a los animales ni a los hombres para que le hiciésemos feliz si no para que pudiéramos ser partícipes de su felicidad.
Por eso la felicidad sólo la puedo encontrar en Dios. Y en Jesús. Dios me ha creado a su imagen y semejanza. Me ha creado para ser feliz. Me ha creado para compartir su alegría, su sabiduría y su felicidad. Si sólo Jesús me ofrece la felicidad, ¿para qué pierdo el tiempo buscándola fuera de Él!

¡Quiero ser feliz, Señor! ¡Pero quiero ser feliz a tu manera pero no como entendemos los hombres la felicidad! ¡Quiero ser feliz basándome en el amor, en el amor sin límites, en la entrega, en el desprendimiento de mi yo, en el servicio generoso, en la caridad bien entendida, en la paciencia de dadivosa! ¡Señor, quiero participar de tu felicidad encontrándome cada día contigo y desde ti con los demás! ¡Señor, me has creado para compartir tu alegría! ¡Envía tu Espíritu para que me haga llegar el don de la alegría y transmitirla al mundo! ¡No permitas, Espíritu Santo, distracciones innecesarias en mi vida que me alejan de la libertad y la felicidad de auténticas! ¡Señor, ayúdame a que encuentre felicidad en dar felicidad a los que me rodean, que abra mis manos para dar siempre, que abra mis labios para compartir tu verdad, y que abra mi corazón para amar profundamente! ¡Señor, sé que me amas y que deseas que yo sea feliz; acompáñame Señor siempre porque eres el autor de mi felicidad y la razón de mi existir!

Enfermedad y fe

Debido a una parálisis facial repentina y un agudo dolor de cabeza ingresé ayer de urgencias en el hospital a las 3 am. Afortunadamente, después de varias pruebas y de un tac y una larga convalecencia a la espera de la visita final de los médicos con el diagnóstico me dieron el alta doce horas más tarde. Entré con la prevención lógica de un susto a consecuencia de un profundo malestar y los médicos pudieron encontrar finalmente el resultado que no reviste gravedad pero si es aparatoso. Mi primera reacción al entrar en el hospital fue dirigirme a la pequeña capilla. Allí estaban Él y Ella, en el silencio de la madrugada, amparando a enfermos, médicos y personal del hospital. Puse mi situación física en sus santas manos.

La larga espera en el box antes de ser atendido me permitió hacer una larga oración, redactar en el teléfono el post publicado en la mañana de ayer y estar atento a lo que sucedía a mi alrededor. Escuchaba quejidos de dolor de otros pacientes, palabras de consuelo de médicos y, sobre todo, de enfermeras y voces de familiares requiriendo acompañar al enfermo… En los momentos que la enfermedad aprieta comprendes la fuerza, el sentido y la esperanza que ofrece la fe cristiana. Observas a tu alrededor las muchas necesidades de los que sufren. Comprendes la fortaleza que se requiere para superar un trance de dolor, fortaleza que viene del Espíritu Santo. Debido al virus, los familiares deben estar lejos y muchos enfermos necesitan de la compañía humana de sus seres queridos para afrontar el reto de la incertidumbre. Sobre todo hay mucha necesidad de amor, de esperanza, de apoyo humano y espiritual, de seguridad humana.  

Desde que entré en el hospital tuve claro que Cristo, médico de cuerpos y almas, está muy presente en todos los enfermos. Que Él, que es un amigo cercano, acompaña en el sufrimiento, que se preocupa de todos, principalmente de los que más padecen y que ayuda a cargar la cruz pesada del sufrimiento.  

Fueron doce horas largas, agotadoras e intensas pero espiritualmente vividas. Estar en un hospital y rezar por los enfermos, médicos, enfermeras y demás personal me permitió vivir este tiempo en una unión profunda con los que allí estaban. Y con Dios. Traté de que mi oración llegara al corazón de todos los que estaban en la misma planta en la que me ingresaron. Y, yo, que soy en líneas generales una persona inquieta puede ejercitar a su vez la virtud de la paciencia, ofreciendo las largas horas de espera viendo entrar y salir gente como una manera hermosa de acercarme a Dios y ofrecer mi situación por los que allí sufrían. Fue un hermoso abajamiento de mi habitual activismo.

Doy gracias a Dios porque en esta mañana puedo escribir este post desde la comodidad de mi hogar, sabiendo que debo hacer unos días de reposo para una completa recuperación. Y mi gran enseñanza fue comprender que la fe te ayuda a sobrellevar la enfermedad con paz, acrecentar tu esperanza en Jesús y María, iluminar el sentido de tu existencia, mantener la paciencia para esperar tu curación, vivir con entereza el diagnóstico, abrir al Espíritu tu corazón para que te de la fortaleza necesaria para dar sentido a la enfermedad y descubrir que en el silencio de la oración puedes llegar a ser alma que conforte y anime a los que se encuentran en la misma situación que tu.

¡Señor, gracias por tu compañía ayer en mi larga estancia en el hospital! ¡Gracias, Madre, por tu presencia maternal! ¡Tu, Señor, eres la plenitud de la vida! ¡Tu, María, eres la Salud de los enfermos! ¡Os presento, Jesús y María, con el corazón abierto a todos los enfermos, a los que sufren, a los que padecen mal, porque para vosotros no existe barreras que impidan la sanación de la enfermedad! ¡Tened compasión, Jesús y María, de todos los enfermos! ¡Me postro ante vosotros en actitud de oración para que miréis los cuerpos marcados por el dolor y la enfermedad y deis coraje y esperanza a los que la padecen, para que puedan vencer estos momentos sintiendo vuestra presencia amorosa y misericordiosa! ¡Haced de todos los enfermos pacientes abiertos a vuestros corazones compasivos! ¡Ayudad a los médicos y enfermeras a ser vuestras manos y vuestro corazón para sanar con amor a todos los enfermos!