¿Embellezco mi entorno con el espíritu de gratitud?

Los seres humanos estamos hechos para la ofrenda y la alabanza. Contemplas a Cristo y te conmueves al observar como extendía sus manos para levantar al caído, abrazar al cansado, sanar al enfermo, acariciar al desolado. Levantaba y daba gracias al Padre eterno por cada una de las personas que en su camino se cruzaban. Vigorizaba sus vidas. Alentaba su espíritu. Enderezaba su esperanza. Todo cuanto hacía era para ofrecer la vida de aquellas personas. Cristo embellecía los lugares por donde pasaba con su gratitud. ¿Hago yo lo mismo? ¿Embellezco mi entorno con el espíritu de la gratitud? ¿Soy portador de gratitud? ¿Estoy agradecido con lo que tengo, con mi vida? ¿Agradezco lo que me sucede aunque sea la cruz y tal y como me sucede? ¿Lo percibo todo como una bendición y doy gracias por ello en mi oración diaria?
El corazón que rebosa gratitud se desprende de los miedos, de la incertidumbre, de los temores, de la confusión; es un corazón que permite aceptar en su totalidad lo que a uno le sobreviene. La gratitud es manantial de apreciación y fuente de esperanza, caridad, humildad y paz interior. Es un fontanal de pureza y amabilidad que aparca el orgullo. Siendo agradecido en lo que se recibe y en lo que se entrega generas a tu alrededor ternura y compasión. Pero cuando el corazón se cierra al agradecimiento bloqueas las puertas para recibir bendiciones y dar amor.
En la oración el agradecimiento y la alabanza bajan a lo más íntimo y profundo del ser. Es el Espíritu Santo quien abrasa interiormente, generando una dulzura que inflama nuestra vida y que irradia luz cegadora.
En el agradecimiento de nuestra realidad acompasada con la alabanza el Espíritu nos inunda de bondad. Nos hace seres nuevos. Nos abre a una nueva resurrección de nuestro espíritu. Y de esta manera puedes embellecer el entorno con un espíritu rebosante de gratitud.
Aunque no sea sencillo, basta con seguir el ejemplo de Jesús. Convertir mi vida en una ofrenda eucarística, la mayor de las gratitudes, para ser portador de alegría, esperanza, generosidad, paz, humildad, caridad y amor. Tan fácil pero tan difícil a la vez. ¿Qué me falta para conseguirlo?

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¡Señor, te doy gracias por todo lo que he recibido de Ti, pues haces que mi vida sea un canto a lo bello y hermoso sean cuales sean las circunstancias en las que me encuentre! ¡Que mi vida, Señor, en todo lo que me suceda, sea bueno o malo, esté impregnada de gratitud! ¡Señor, acudo a ti con frecuencia para pedirte cosas, pero concédeme la gracia de ser siempre agradecido por tu amor incondicional que me ama a pesar de mis caídas y mi pecado! ¡Gracias por tu perdón que me enseña como perdonar al prójimo! ¡Gracias, Señor, porque me levantas cuando estoy caído y me muestras como levantar al que está caído a mi lado! ¡Gracias, Señor, por las experiencias vividas porque las has vivido a mi vera! ¡Gracias, Señor, por todas las personas que has puesto a mi lado en momentos de dificultad y de alegría pues son una bendición que me has regalado! ¡Gracias, Señor, por tu protección constante porque incluso en los momentos difíciles nunca me ha faltado de nada! ¡Gracias, Señor, la belleza de la creación y ayúdame a saber preservarla! ¡Gracias, Señor, y elevo mis brazos al cielo para alabarte, para bendecirte, para darte gloria! ¡Gracias, Señor, por mi pobre corazón que late de amor por ti y me muestra como amar al prójimo! ¡Gracias, Señor, por olvidarte de mis errores y permitirme comenzar de nuevo! ¡Gracias, Señor, por mis piernas que me permiten ir al encuentro del prójimo sea cual sea el camino a recorrer! ¡Gracias, Señor, por hacerte hombre, por morir gratuitamente en la cruz y resucitar al tercer día para salvarnos del pecado! ¡Gracias, Señor, porque todo en ti es gratitud amorosa! ¡Concédeme la gracia de embellecer el mundo con mi gratitud humilde y entregada que testimonie la grandeza de tu amor del que nunca quiero apartarme!

Balance de fin de año

Cerramos un nuevo año en nuestras vidas. Un año que habrá estado repleto de alegrías y sinsabores pero como todos los años bendecido por los tesoros de la sabiduría de Dios, de la misericordia divina, de su poder innegable que ha hecho que todo lo que me (nos) suceda haya sido para mi bien; un año en que todo lo obtenido ha sido por su gracia, don de amor.
En unas horas todo será balance para iniciar una nueva andadura. Un balance que no se resume en los éxitos o fracasos obtenidos, sino en valorar en que ha significado Jesús para mí, y desde Él en qué medida me he dado al prójimo y he sido capaz de amar.
¿Ha sido Él la constante del año que termina? ¿He sido capaz de asimilar sus actitudes, sus sentimientos, sus principios, su Palabra, sus criterios, su amor y su misericordia, su capacidad para perdonar; en definitiva, su escala de valores? ¿Podría afirmar que me he configurado con Cristo en su manera de amar, de servir, de entregarme, de vivir? O mejor dicho, ¿cómo he amado? ¿Cómo me he dado a Él y a los que me rodean? ¿He regado cotidianamente la semilla de mi fe, he dejado encendida la luz de la esperanza, he llenado el cántaro de mi Eucaristía, he abierto las manos de par en par para acoger las necesidades del prójimo? ¿En qué medida he santificado el año que termina? ¿He sido fiel a Dios y a los hombres? ¿He pedido perdón por mis faltas, por mis infidelidades y mis incoherencias? ¿Mi balance de fin de año suma o resta?
En este último día del año quiero aceptar el desafío de Dios a ser santo en mi vida cotidiana, a despojarme de lo que me aparte de Él, a servirle fielmente, a comenzar la nueva andadura transformado en Dios. Lo que fue, ya es; lo que ha de ser, pasó; es hora de despojarme de lo viejo y vestirme con los ropajes del hombre nuevo para renovado en el espíritu caminar a la luz de Dios.

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¡Señor, tu conoces como ha sido mi vida en este año que termina, concédeme la gracia de ser renovado por Ti para comenzar el nuevo año que se avecina! ¡Ayúdame a comenzar el nuevo año santamente, para dar frutos abundantes! ¡Te pido, Señor, perdón por haberte sido infiel, por no haber confiado lo suficiente, por mis debilidades y mis incoherencias, por mi cobardía al afrontar las pruebas, por todo lo que me he alejado de Ti, por mi tibieza en el amor! ¡Concédeme, Señor, la gracia de la santidad! ¡Señor, tu me has sufrido con una paciencia infinita y misericordiosa, has esperado mis síes que tantas veces he demorado por mi orgullo y mi soberbia, dame fe, esperanza y caridad para aceptar tus designios! ¡Tu, Señor, me has colmado de bienes y de oportunidades, gracias por todo lo recibido! ¡Que todas las pruebas pasadas, todos los caminos andados, todas las dificultades vividas, todas las alegrías y éxitos obtenidos sean un canto de alabanza a Ti, Señor! ¡Te pido fe firme, caridad cierta, firmeza en la lucha y permanecer siempre fiel a tu lado, que nada me aparte de Ti, Señor! ¡Me inclino hacia Ti como signo de mi reconocimiento fiel, con un corazón lleno de tu amor y de tu misericordia, solo aspiro a que ser capaz de reconocerte cada día en todo lo que me suceda, en las personas con las que me relacione y en la belleza de cuanto contemple! ¡Que sea capaz de ver en todos los días la grandeza de tu amor!

¿Para qué vino Dios al mundo?

Al releer uno de los pasajes del nacimiento de Cristo me ha provocado interiormente una profunda desazón leer: «Los suyos no la recibieron». Es del prólogo del Evangelio de san Juan. Dios ha tenido para mi tiempo de hacerse presente en mi vida con su nacimiento en la cueva de Belén, de testimoniar su amor sobre la tierra, de morir por mi salvación y de resucitar de la muerte para dar esperanza a mi camino de fe. Y me ocurre como en los tiempos de su nacimiento:  «Los suyos —también yo— no la recibieron». Y pienso entristecido como mi soberbia llega a cerrar en tantas ocasiones las puertas a Dios y también a tantas personas que me rodean.
Al leer esta frase tomo conciencia de que cuando te envuelve la soberbia es imposible contemplar a Dios. Te conviertes en una especie de Herodes contemporáneo que se cree el soberano de su realidad y no eres capaz de comprender que es Cristo el verdadero rey. Con esta actitud no permites escuchar los cantos celestiales de alabanza al Amor. Pones freno a la verdad, te alejas de Dios, no aceptas convertirte en uno de los suyos y devenir propiedad de Dios porque la soberbia solo te convierte en esclavo de ti mismo.
Y «la Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros». ¡Entre nosotros! ¡En mí! ¡En mi corazón para reconocerlo como dueño y Señor de mi propia vida!
¿Soy verdaderamente consciente para qué vino Dios al mundo? Para destruir mi soberbia, para impregnar toda mi vida de amor, de sabiduría, de misericordia, de caridad, de entrega, de humildad. Quiere con todos estos ingredientes liberarme de las fauces del orgullo, de la vanidad y el amor propio y darme la auténtica libertad del corazón para llegar a exclamar que he «visto su gloria…».
Le pido a Dios que me permita ver con claridad el misterio de su nacimiento y me abra los ojos al mundo y a los demás y que mi mirada no esté solo clavada en mi mismo y en mi yo. ¡Quiero, deseo y anhelo ser portador de alegría, de esperanza, de luz, de confianza, de misericordia, de amor! ¡Quiero ser genuino testigo del reino de Dios! Y eso no puede estar reñido con el orgullo que anide cómodamente en mi corazón.

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¡Jesús, me postro ante tu presencia y te pido que me ayudes a acogerte amorosamente en mi corazón para tener silencio en mi interior! ¡Concédeme la gracia de que Tú siempre seas el centro de mi vida para alejar de mi el orgullo, la soberbia y la vanidad! ¡Señor, me reconozco un pecador, te pido humildemente perdón y me acojo a tu divina misericordia! ¡Concédeme la gracia de confiar siempre en tu bondadoso corazón y aprender de él para que pueda renovarme en mis esfuerzos por crecer en santidad! ¡Tu que eres la Palabra Eterna que te hiciste carne y pusiste tu morada entre nosotros! ¡Eres uno de los nuestros, Señor, y me hablas directamente al corazón para abrirme a tu amor, para ser verdaderamente tu amigo! ¡Ayúdame a crecer contigo alejando de mi todo lo que estorba en mi corazón! ¡Que estos días, Señor, me sirvan para recordar que tu quieres que la relación contigo no sea lejana sino cercana, amorosa, cordial, de confianza! ¡Abre mi corazón para recibirte siempre porque tu has venido a quedarte siempre y habitar entre nosotros! ¡Que te perciba siempre en mi vida, Señor, que no me aleje de Ti, que mi relación contigo esté impregnada de amor! ¡Concédeme la gracia de reconocer tu santo rostro en la humildad del pesebre con el fin de que comprenda que la auténtica grandeza no reside en las cosas mundanas sino en hacerme pequeño por amor al prójimo!

¡Aleluya, ha nacido el Salvador!

¡Bendita sea la Navidad! ¡Dios ha nacido! ¡No puedo dejar de exclamar “¡Aleluya!”! ¡Qué acontecimiento más extraordinario! ¡Es el gran misterio de la Navidad! ¡Aleluya! Mi corazón late con la misma alegría que el de los pastores cuando supieron del Ángel que “¡Ha nacido el Salvador! ¡Mi Salvador, el que me ama, me sostiene, me perdona, me escucha, me espera!
En mi corazón brilla luminosa la fe y la esperanza y aparco por un día la mundanidad de mis problemas, mis ocupaciones y mis distracciones para acoger al Dios hecho hombre en mi oración.
¡Dios está entre nosotros, acurrucado en el regazo de María bajo la atenta mirada de san José! Meditas esta escena y todo es Amor, humildad, confianza, serenidad, salvación, esperanza.
Y con el corazón abierto, elevando las manos al cielo sólo queda dar gracias a Dios. Y, exclamar, en la penumbra del sencillo portal, haciéndose un hueco entre los pastores, ¡Gracias, Dios mío, porque cada año renuevas tu confianza en el ser humano! ¡Gracias, Señor, porque te haces amigo de los hombres haciéndote hombre! ¡Gracias, Dios de bondad, por el amor que nos manifiestas! ¡Gracias por el ejemplo de la Sagrada Familia que nos permite crecer en el amor familiar! ¡Gracias, Señor, porque contemplando tu pequeñez, tu pobreza y tu aparente insignificancia enriqueces nuestro corazón y nuestra vida! ¡Gracias, Dios del perdón, porque nos traes la paz!
El Dios creador, hecho hombre, nos deja sin argumentos. Buscamos siempre el bienestar y Él se presenta en la pobreza más absoluta; somos soberbios y vanidosos y Él testimonia la grandeza de la humildad; nos cuesta servir y amar y Él nos reviste con amor eterno; enmascaramos nuestra autenticidad y felicidad y Él se asoma con una alegría celestial; nos lamentamos de que no nos da pruebas de su existencia y en el portal está aquí, dejándose besar y adorar esperando nuestra entrega como un mendigo del amor.
¡Menudo día el de ayer! ¡Un gran elogio a la fe! ¡Qué no se me olvide a lo largo del año lo que vivimos ayer!

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¡Padre, gracias por la generosidad de hacerte niño! ¡Gracias, Señor, porque me enseñas que en la pobreza de corazón está la grandeza del hombre! ¡Gracias, Señor, porque caminando en la humildad aplacamos nuestro orgullo y nuestra vanidad! ¡Gracias, Señor, porque en tu entrega generosa nos enseñas a entregarnos nosotros a los demás! ¡Gracias, Señor, porque has salido a mi encuentro, has inundado mi corazón de paz y me permite crecer en el amor! ¡Gracias, Señor, porque adorándote a Ti no tengo que idolatrar esos dioses que merodean mi corazón! ¡Gracias, Señor, porque en la penumbra del portal tu amor calla y me haces comprender que el sufrimiento, el dolor, la dificultad me acompañarán también en mi camino de cada día pero que contigo a mi lado nada tengo que temer! ¡Gracias, Señor, por darnos a María, Tu Madre, que junto al pesebre sabe estar y esperar! ¡Gracias, Señor, porque teniéndolo todo te presentas en Belén sin nada y eso me hace replantearme muchas cosas de mi vida! ¡Gracias, Señor, porque vives en mi corazón y me llenas de gozo, alegría, esperanza y de paz!

Navidad, un canto del Amor Divino

La Navidad es para mí como un canto del Amor Divino. Amor Divino el de ese Niño que, recostado en un pesebre, te abre el corazón para recibir la abundancia de su gracia. ¿Cómo es posible que perdamos con tanta frecuencia la capacidad de entender que el amor divino es capaz de transformar y trascender todo en nuestra vida? ¿Por qué nos cuesta tanto confiar en esta fuerza e, incluso, en los milagros que se provienen de ella? Los seres humanos tendemos a dejarnos llevar por la tristeza, la decepción, las dudas, los miedos, los temores, las dificultades, las angustias… todo esto nos invade y cuando se asienta en nuestros pensamientos y emociones frenan nuestro crecimiento interior y bloquean determinados aspectos de nuestra vida.
Pero en Navidad contemplas al Niño recostado en el pesebre, arropado por José y María, y no puedes más que ver al Amor Divino. Amor Divino que es la paz, la alegría, la confianza, la armonía, la fe, el valor, la esperanza, la bondad, la gracia, la libertad, la compasión, la sabiduría, el perdón, la humildad, la unión, el valor, la espera, la misericordia, la sinceridad, la entrega, el servicio, la magnanimidad, el respeto, la sinceridad… cualidades todas ellas del corazón divino de Cristo que llega a nuestro propio corazón cuando se abre a la gracia y rompe lo que nos bloquea y angustia.
El Amor Divino te enseña a amar sin condiciones, a entregarte sin condiciones, a servir sin condiciones, a vivir alimentados de este gran Amor. El Amor Divino te permite reconocer en tu propia alma la profundidad de su trascendencia.
El tiempo de Navidad es el más adecuado para dejarse impregnar de este Amor Divino que, como un rayo, lo llena todo de amor, compasión y alegría. El Amor Divino te permite tomar conciencia de tu realidad y saber que puedes convertirte en ese rayo de esperanza, de amor y de alegría que caliente a todos los que están a tu alrededor. Ese rayo abrasador penetra en el corazón del prójimo y corresponde al Amor Divino abrasar su corazón, su alma y su conciencia por medio de la gracia.
¡Bendita sea la Navidad que nos da la oportunidad de abrir nuestro corazón al Amor Divino manifestado en un niño nacido en un portal!

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¡Niño Jesús, Emmanuel, Dios con nosotros, Dios que salva, ilumíname interiormente y haz que tu luz brille en mi corazón para que disipe toda oscuridad! ¡Envuelve, Niño Dios, tu luz en mi alma para que esté dispuesta alimentarse de Tu Palabra! ¡Dios con nosotros, tu eres la luz que ilumina mi vida porque tu amor es eterno! ¡Tu que habitas, Niño Dios, en el misterio de la luz inefable y has creado la luz, guía mis pasos para convertir mis oscuridades en luz! ¡Niño Dios, que eres la luz que brilla en la oscuridad, inunda mi corazón con tu amor para que a través de tu luz y con la fuerza del Espíritu Santo, caminar en tu luz! ¡Envía tu luz y tu verdad para que resplandezcan en mi alma, porque ya sabes de que soy tierra estéril que necesita de tu luz para dar fruto! ¡Niño Dios, derrama sobre mí las gracias del cielo y haz que llueva sobre esta tierra árida la gracia del Espíritu Santo y las fecundas aguas de la piedad, del amor, de la entrega, de la generosidad para que produzca frutos buenos y saludables en mi entorno familiar, social y profesional!

Domingo de la alegría

Tercer domingo de Adviento, el conocido como el domingo de la alegría. Alegría de la espera. Alegría por la cercanía del Señor, razón de nuestra alegría. Alegría por el encuentro con él en la oración perserverante, alegría por la vida que nos regala, alegría para vivir en permanente agradecimiento por lo que recibimos de Él. Alegría por poder adorar al que va a venir. Alegría por la Redención Prometida. Alegría por la fe.
Y, sobre todo, alegría que proviene del Espíritu Santo que es quien, como a María, nos une a Jesús. Alegría por sentir a Cristo nacer en nuestro interior. Alegría por esa capacidad que nos ofrece el Espíritu Santo para transformar y renovar nuestra vida. Alegría por la esperanza que se abre a nuestro alrededor. Alegría por acoger en nuestra vida la esperanza. Alegría por la serenidad interior que viene de Jesús. Alegría del compartir con el prójimo la cercanía del Niño Dios. Alegría por los dones y gracias que cada día se reciben de Dios. Alegría por la bondad y paciencia que Él tiene con cada uno. Alegría por su infinito y fiel amor.
Alegría porque Cristo es la Alegría. Cristo es el Amor. Cristo es la Esperanza. Cristo es la Misericordia.
Alegría porque caminamos con María, en este tiempo de Adviento, causa de nuestra alegría. ¡Bendito el domingo de la alegría que llena el corazón de esperanza!

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¡Señor, estoy alegre porque ya estás cerca! ¡Estoy alegre, Jesús, porque en unos pocos días celebraremos la Navidad, la fiesta de tu venida, del Dios que se ha hecho niño para compartir nuestra condición humana! ¡Jesús, estoy alegre porque siento en esta cercanía tuya la gran bondad de Dios! ¡Señor, estoy alegre porque siento que nada me puede separar del amor de Dios que se manifiesta en ti!  ¡Señor, estoy alegre pero consciente de que el pecado me aleja de Ti! ¡Estoy alegre, Señor, porque conociendo mi pequeñez y mi miseria no dejas de amarme y tu misericordia me llena! ¡Estoy alegre, Señor, porque soy consciente de que puedo elevarte todas mis peticiones, mis preocupaciones, mis sufrimientos, mis heridas, necesidades y mis súplicas y tu las escuchas siempre, las acoges y las elevas a Dios! ¡Estoy alegre, Señor, porque reconozco en ti tu gran misericordia, tu infinita bondad y tus gracias! ¡Gracias, Señor, por este domingo de la alegría! ¡Concédeme, Señor, la gracia de abrir mi corazón y mi espíritu a la alegría, ir a tu encuentro! ¡Virgen María, que esperaste y preparaste, silenciosa y orante, el nacimiento del Redentor, abre mi corazón a la alegría! ¡Amén!

So this is Christmas, con Celin Dion:

Conciencia de que caminas junto a Dios

Después de cenar en un restaurante, invitado por mi anfitrión en el país, caminaba bien entrada la noche por Tashkent, la capital de Uzbekistan, donde me encuentro por razones laborales. El frío era intenso superando con creces los cero grados. La ciudad estaba desierta. Aunque me ofrecieron acompañarme hasta el hotel preferí caminar la media hora larga que había desde el restaurante para respirar la ciudad. Me coloqué los auriculares del iPhone para disfrutar del hermoso concierto en mi menor para violín de Mendelssohn. Solo, por las avenidas estrechas de la ciudad, en el silencio de la noche, en el frío penetrante del invierno de Asia Central, en la seguridad de una ciudad tranquila, tome conciencia de mi libertad. Conciencia de que caminas al albur de Dios. Caminas en total libertad, con la serena despreocupación de que nada puede ocurrirte. Avanzas sin mirar atrás. Sigues adelante sin que nada te detenga. Que cada paso es un proceso de transformación interior. De que todo lo tienes por Dios. Y te preguntas: ¿qué me inmoviliza y por qué en la vida? ¿Qué comodidades me llevan a instalarme en el inmovilismo? ¡De que cosas poco importantes depende mi vida? ¿A qué cosas estoy atado? ¿Que elementos me privan de libertad, tanto interior como exterior?
Y cuando vislumbraba a lo lejos la silueta del hotel donde me hospedo, pensaba: «Ya me queda poco para llegar». La vida es un camino, un camino que puedo caminar con miedo o con esperanza, con desasosiego o con confianza, con tranquilidad o con inquietud, con pesadumbre o con alegría, con serenidad o con desazón. La clave es no detenerse, ponerlo todo en manos de Dios, para ir transformándote con cada paso que des.

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¡Señor, tu conoces mi pequeñez, mis debilidades, mis ataduras, aquello de lo que me suelto, mis inconsistencias y mis tonterías y te las entrego todas para que las transformes! ¡Señor, no soy más que polvo y ceniza que se lo lleva el viento y sin embargo quieres que de fruto, que sea luz, que sea sal para la tierra! ¡Señor, ayúdame a caminar en la libertad de ser hijo tuyo cumpliendo tu voluntad y los planes que tienes pensado para mi! ¡Señor, soy pecador y me quieres santo! ¡No soy nada y me quieres instrumento de tu misericordia, de tu amor, de tu Palabra! ¡Señor, soy poca cosa y quieres que me transforme en uno contigo! ¡Señor, tu eres pan y vino, cuerpo y sangre, pero yo no soy digno de entrar en tu casa! ¡Pero te amo tanto, Señor, que quiero caminar por la vida consciente de que me amas, de que me transformas con cada paso que doy, de que eres mi esperanza, de que eres mi salvador, de que me sanas, de que eres libertad, de que eres el amor absoluto! ¡Señor, confío en ti, espero en ti! ¡Transforma, Señor, mi vida con la ayuda del Espíritu Santo, manténme cerca de Ti al tiempo que vas transformando la sociedad y los corazones humanos! ¡No permitas, Señor, que nada me quite mi libertad interior porque todo lo puedo contigo!

Aleluya, canto de Adviento:

De nuevas oportunidades

Hay días que las fuerzas decaen pero uno sigue adelante y no sabe como lo ha hecho. Sencillamente, se consigue porque ahí, invisible pero fiel, se encuentra Dios quién en el momento de nuestro nacimiento plantó en el corazón la semilla de la fortaleza que riega incisamente el Espíritu Santo. Pero la Trinidad Santa, el Dios que ama, el Cristo que salva y el Espíritu Santo que mora en uno solo necesitan de nuestra fe para hacer crecer esta fortaleza en nuestro interior.
Es increíble que cuando todo parece desmoronarse Dios te obsequia con un segundo más de esperanza, de seguridad y de convicción para poder salir adelante, esa convicción de que todo es posible, de que hay una nueva oportunidad en tu vida.
Cuando uno no ve la luz en su caminar, Dios solo espera la apertura del corazón para tomar el control de la vida del hombre. La vida no se desmorona cuando confías en el Dios Amor y, a pesar de las dificultades, caminas de la mano de Cristo a la luz del Espíritu. Tan simple y tan real.

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¡Señor, envía tu Espíritu sobre mí, para que en mi vida no inmovilice como si de una estatua se tratara! ¡Tu que eres el amigo fiel, el que de invita a la confianza y a la esperanza, el que consuela, salva y de la vida, haz que abra mi corazón para no temer a la vida, para llenarme de seguridad y paz interior y no dejarme arrastrar por el inmovilismo y las incertezas, por el miedo al presente y el futuro! ¡Envía tu Santo Espíritu, Señor, para que limpie corazón de los sentimientos de negatividad y de todo aquello que me impide llenarme de ti! ¡Envía tu Espíritu, Señor, para que llene de fortaleza, para que haga valiente ante las dificultades, me capacite para aceptar tu voluntad y me de las fuerzas para no dejar de luchar por los caminos en los que tu me llevas! ¡No permitas,Señor, que me deje arrastrar por los miedos y las incertezas, sino dame la alegría de la lucha constante, la entereza para enfrentar cada una de las pruebas que se me presentan y la capacidad para vencer los obstáculos! ¡Señor, dame la confianza para creer, la fe para esperar, la esperanza para creer lo que tu puedes hacer en mi vida! ¡Señor, que tu seas siempre la luz que me dirige, la paz que serena mi corazón inquieto, la sabiduría para adoptar las mejores decisiones, y el amor que dirija cada una de mis relaciones! ¡Señor, en ti confío!

Este es el día que hizo el Señor – Salmo 117

https://www.youtube.com/watch?v=ULrek3_3TD0

… Algo transformó su vida

Un ingeniero austriaco que trabaja en mi equipo y que había estado muy alejado de la Iglesia me decía hace unos días que cuando era joven tenía mucha esperanza en los aconteceres de la vida. Se veía a si mismo como una persona de éxito, triunfando personal y profesionalmente, querido por todos los que le rodeaban. Decidió seguir los estándares que marcan determinadas pautas sociales como la respetabilidad, amabilidad, dosis de cinismo, popularidad. Conseguiría un buen trabajo, ganaría dinero, se casaría con una mujer hermosa e inteligente… en definitiva: iba a tener éxito en la vida.
Lo logró casi todo a base de esfuerzo, renuncias, empujones, sacrificios y grandes dosis de suerte. Pero el éxito social y profesional no le llenaban. Su vida interior también estaba vacía. No se sentía una persona libre pues su vida era un constante proyectar un rostro cuando en el fondo en su interior había mucha aridez, insatisfacción e inseguridades.
Todo cambió un día, cuando un amigo le habló de Dios. Sintió que, de alguna manera, Dios se le revelaba de nuevo. Ese amigo le dijo algo tan sencillo como «trata de tener una amistad con Cristo. Verás como todo cambia en tu vida». En un principio a esta persona, aquella afirmación le pareció ridícula. Inicialmente la menospreció. Pero fue reflexionando sobre ella y puso en imágenes la vida del que se la había dicho, su coherencia, su serenidad interior, su capacidad de darse a los demás, su amable sonrisa siempre abierta al prójimo, su fuerza interior…
Eso le llevo a profundizar en aquella idea. Y tomó la Biblia. Leyó aleatoriamente tres libros de la Biblia y terminó con los cuatro Evangelios. Y descubrió algo sorprendente: el infinito amor que Dios siente por cada uno. Descubrió como Cristo vino al mundo para descargar su amor sobre los que sufren. Descubrió como uno puede liberar el peso de su vida a los pies de la Cruz. Y comprendió que Jesús vino a este mundo a salvar al hombre, a abrazarlo en su tribulación y a acompañarlo en el camino de la vida.
En el momento que abrió su corazón a Cristo, frecuentó la Misa diaria, dio el paso de confesarse… algo transformó su vida. A medida que avanzaban las semanas des despojó de sus resentimientos, curó heridas que parecían intratables, apaciguó su ansiedad interior, aparcó sus rencores… Hoy, me decía, cuando me enfado me duele, cuando discute me duele, cuando miento me duelo, cuando juzgo me duele, cuando no hago las cosas bien hechas… me duele. Su vida no es perfecta pero busca esa perfección porque ha logrado tener una relación íntima y de amistad con Cristo.
Sigue buscando con ahínco pero ahora no tiene que transitar caminos tortuosos, conoce perfectamente el camino que le lleva a Dios.

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¡Señor, concédeme la gracia de buscarte siempre, de abrir mi corazón a ti! ¡Envía tu Espíritu sobre mi para que guíe mi corazón y mi alma! ¡Haz, Señor, que el Espíritu endulce mi vida para seguirte con alegría, para avanzar espiritualmente con esperanza y confianza! ¡Haz, Señor, que el Espíritu Santo encienda la llama viva de mi fe para darle ardor a mi caminar cristiano! ¡Haz, Señor, que por muy tortuosos que sean los caminos pueda ir hacia Ti sin desfallecer! ¡Que mi vida sea una eterna alabanza a Ti! ¡Que los sufrimientos, los problemas y las dificultades no sean motivo de aflicción sino de crecimiento personal y espiritual, sostenido por tu amor y por la fuerza de la cruz! ¡Señor, ayúdame a serte siempre fiel especialmente en los momentos difíciles; que pueda escuchar siempre tu voz! ¡Tómame, Señor, de la mano y llévame hacia Ti! Y, Señor, ¡te pido por todos los que te buscan y no te encuentran; hazte el encontradizo con ellos! ¡Te pido por los que necesitan de tu amor y de tu misericordia llénales su corazón de Ti!

¿Adónde quiero llegar?

Mi trabajo me lleva a lugares recónditos, desérticos, selváticos, alejados de la civilización. Lugares en los que el hombre es como un lunar en la gran inmensidad del territorio. En Uzbekistan, junto a las orillas del mar Aral, ese gran lago que se está secando a consecuencia de la salinización, disfruté varias horas, durante el atardecer, de un anciano casi centenario. Un pastor pobre pero sabio. Nos encontrábamos en el campamento que habíamos organizado para llevar a cabo nuestro trabajo de análisis acuífero cuando el anciano llegó como de la nada, en silencio. Pidió quedarse con nosotros mientras sus escuálidas cabras pastaban la poca hierba que había alrededor.
Nuestro traductor uzbeko nos ponía en antecedentes. El hombre tenía interés en preguntar sobre nuestro mundo, sentado en aquel atardecer en que la luz que baña el mar Aral es envolvente y cautivadora. Y yo en indagar cómo había sido aquel lago, aquel paisaje hace tres o cuatro décadas, cuando las aguas verdosas lo inundaban todo y el territorio era como un vergel. Hoy en Internet se pueden visualizar las imágenes de la evolución del Aral y descompone el corazón. Respondió con un tono melancólico: «A lo largo de mi vida he caminado por sus orillas como hijo de la luz; pero he comprendido que este lago como la vida no durará eternamente. Solo Allah sabe cuando será el final».
Al día siguiente, al despertarme, recordé las palabras del anciano. El caminar como hijos de la luz es lo que da sentido a nuestra vida. A la vida del aquí y del ahora. A la vida que se prolonga hacia la otra vida, la que es eterna, porque la terrenal es efímera como la del lago Aral. El anciano mencionaba a Allah, al Mahoma de su religión, el que lo sabe todo. A mi la vida me ha llevado a un personaje tal vez más profundo, extraordinario, verdadero y cegador. Cristo. Él es el auténtico modelo de vida, el que verdaderamente te permite caminar como hijo de la luz. El que es el Camino de la vida, el que sobrepasa toda circunstancia, toda profundidad, toda realidad, el que cuando te lleva a su camino se hace Verdad. El que te lleva a la plenitud de la Vida. El que te revela la esencia del Evangelio del amor y de la vida. El que es modelo para la vida auténtica para el hombre, aunque el hombre esté tan alejado de la perfección como es mi caso. ¿Pero existe otro modelo? ¿Existe otra razón para vivir que no sea Él? La vida del hombre y de la naturaleza es efímera, la eternidad no. En aquel anciano puede ver que el nómada, el caminante del desierto de la vida, el nómada de la esperanza, es el que verdaderamente engendra la vida porque es el que tiene razones para vivir. Para Él «Solo Allah sabe cuando será su final», para mí «Solo Cristo sabe cuando será el final» con la característica de que Cristo te descubre el origen y la meta de la vida, porque Él es el Origen, el Camino y la meta final. Y es ahí donde deseo llegar yo.

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¡Ven Espíritu Santo a darme la luz para que ésta penetre en mi corazón, para que ilumine las sombras de egoísmo que tantas veces me invaden, para que transforme la aridez de mi vida, para que cure mis heridas, para que de calor a la frialdad que tantas veces me invade, para que me convierta en don de solidaridad y de generosidad, para que me abra los ojos a la vida, para que mis oídos se abran a la necesidad del prójimo, para ser capaz de discernir el camino que quieres para mi y, sobre todo, para que sea capaz de ser constructor de vida! ¡Ayudame a caminar por el mundo siguiendo las huellas de Cristo, para ser capaz de discernir cual es la meta a seguir! ¡Ayúdame a comprender la esencia del Evangelio! ¡A ser modelo de la verdad que es Cristo! ¡A ser luz y esperanza para los demás! ¡A aspirar a la eternidad que nos promete Jesús!