Colaborador de Dios

Todos los seres humanos somos colaboradores de Dios, llamados a cooperar en Su obra de creación, Pero, también, debemos ser creadores. ¿Cómo hacerlo? ¿Podemos, como Él, crear ex nihilo, crear de la nada? Ante esta imposibilidad podemos cooperar con Dios haciendo fructíferos sus dones, llevándolos a su pleno desarrollo.

El gran don de Dios es la gracia del Espíritu Santo. Es un don puro, pero depende de nosotros, colaboradores de Dios, para que dé sus frutos. Dios nos ha creado con amor pero quiere que actuemos en cooperación con Él, en sinergia, para guiarnos hacia Su gran meta: la salvación. En la Iglesia entendemos la salvación como glorificación, como deificación. Es voluntad de Dios que todos los hombres nos salvemos y entremos en la alegría del cielo.

¿Cómo puedo cooperar con Dios y asegurarme de no recibir la gracia de Dios en vano? Guardando los mandamientos de Cristo con amor y luchando contra el pecado que me aleja de Dios y paraliza la obra de la gracia que obra en mi. Actuando con amor por fidelidad a Cristo, siendo constante en las tribulaciones, en la fatiga, en las vigilias, en los ayunos; viviendo con pureza de espíritu, practicando la caridad y la paciencia, la bondad y la entrega, actuando con honor y honestidad y apartando la deshonra; manteniendo siempre la alegría pese a las dificultades, aceptando el sufrimiento con esperanza…, uno puede pensar que todo esto es la exhortación dada a un novicio durante su profesión monástica. Pero no es el caso, es la invitación al propósito de Dios en medio de las debilidades humanas. Dios no requiere de nadie para alcanzar su propósito, pero ha decidido emplear a los seres humanos para el cumplimiento del mismo. Es una muestra más de su infinita misericordia y de la grandeza de su gracia. Y sabedor de la realidad y fragilidad del hombre, Dios ha decidido correr el riesgo de valerse y confiar en nosotros para la transformación y evangelización del mundo y la edificación del cuerpo de Cristo, que es su Iglesia. Pero esto no es posible lograrlo solos, con nuestras propias fuerzas. Se necesita para ello llenarse del Espíritu Santo, dejarse moldear por el quehacer divino, convirtiendo nuestra vida personal, familiar, social, profesional, eclesial en un medio de unión con Cristo; una vida impregnada de amor.

Todo colaborador de Dios tiene un sello especial, una manera de comportarse, de vivir, de ser. La manera de hacerlo es con amor porque esta es la manera con la que actúa y hace las cosas Dios. Sin amor nada es posible. Sin amor no se siguen los caminos de Dios. Sin amor no es posible transformar nada.. Este amor lo cambia todo. Es un amar antes de esperar ser amado. Esta es la razón por la cual el amor de Dios es tan perfecto, porque Dios no ama por lo que soy, lo que hago o dejo de hacer sino porque ya decidió amarme antes de mi propia creación. 

Ser colaborador del Dios Creador es trabajar con Él en la obra de salvación a la que todos estamos llamados.  Es un invitación a impregnarlo todo de amor pues el amor es la manera más natural  para colaborar en la obra de Dios en la vida de los que me rodean. ¡Le pido al Espíritu Santo la capacidad de amar, la capacidad de entregarme, la capacidad de vivir en espíritu con Él para convertirme en un auténtico colaborador de Dios!

¡Espíritu Santo, amor del Padre y del Hijo, me postro ante su presencia y te pido la gracia de amar al prójimo, de amar a Dios, de amar a Cristo, de amarte a Ti, de ser un discípulo del amor para llevar el Evangelio a mi prójimo, a mi familia, a mis amigos, a mis colaboradores en mi trabajo, en mi grupos de oración! ¡Anhelo ser, Espíritu divino, un auténtico colaborador de Dios, con todo lo que soy y lo que tengo, con mis flaquezas y fragilidades, con mis competencias y virtudes! ¡Espíritu de Dios, he sido creado por el Padre para amar, para vivir en santidad, para llegar al cielo; concédeme la gracia de vivir cada día acorde con su voluntad, impregnándolo todo de amor, de entrega y de generosidad! ¡Espíritu de verdad, tomaste posesión de mi el día de mi bautismo y me has convertido en templos vivos donde tu presencia es verdadera, llenas mi corazón junto con el Padre y el Hijo; haz que la plenitud de tus dones me permitan vivir cada día desde la verdad de Hijo de Dios siendo testimonio vivo de coherencia cristiana!  ¡Ayúdame a vivir acorde con las enseñanzas del Evangelio, llenándolo todo de amor! ¡Concédeme la gracia de ser un verdadero colaborador del Dios Creador contribuyendo a la obra de salvación a la que estoy invitado! ¡No te alejes de mi corazón, Espíritu de Verdad, y santifica mis alegrías y endulza mis sufrimientos y dificultades; ilumina siempre mi mente con los dones de sabiduría y entendimiento para actuar según los criterios de Dios; en los momentos de oscuridad, dudas, incerteza y de confusión asísteme con el don del consejo para saber como actuar; no permitas que me abandone en los momentos de debilidad y en el trabajo concédeme la fortaleza que viene de Ti; que mi vida interior y mi vida familiar esté impregnada en cada momento con el espíritu de piedad y de amor; y que cada instante de mi existencia me mueva un temor santo! ¡Moldea mi vida, Espíritu Santo, para convertir mi vida personal, familiar, social, profesional, eclesial en un medio de unión con Cristo, en una vida impregnada de amor!

Mirado y amado por Jesús

«Jesús lo miró y lo amó». Este versículo de san Marcos me llena siempre de mucha esperanza. Otorga a mi corazón una profunda alegría. Me genera mucha paz interior. Mucha confianza. Sentir la mirada de Cristo y su amor. Jesús nos mira, a cada uno, como miró a aquel hombre. Y para Jesús, mirar es amar. Jesús nos ama y da su vida por nosotros, para que pasemos de la Ley a la fe: seguir a Jesús, caminar con Él, aunque caigamos. La única riqueza es vivir como Dios, hacer los actos de Dios: rezar, orar, meditar, demandar sabiduría. Orar es dejar que Dios nos ame.

En la confirmación, recibimos el Espíritu Santo, el don de Dios. La oración de la imposición de manos evoca los siete dones del Espíritu Santo, entre los que se encuentra el Espíritu de sabiduría.

La sabiduría en la Biblia no es una cuestión de experiencia, de edad o de las canas de quienes son protagonistas de los diferentes libros. Es un regalo del Espíritu. El Espíritu Santo nos enseña y nos ofrece la sabiduría que consiste en ver con los ojos de Dios, en oír con los oídos de Dios, en amar con el corazón de Dios, en juzgar las cosas con el juicio de Dios, hablar con las palabras de Dios.

¡Invocar al Espíritu Santo al comienzo de nuestra oración, de nuestro día, es el primer paso en la oración! Debemos hacer espacio para el Espíritu, para que nos pueda aconsejar. Hacer espacio es rezar: rezar para que Él venga a ayudarnos en todo momento.

Dios no sabe dar en pequeñas cantidades. Esto es lo que exclama la Virgen María en el Magnificat: colma de bienes a los hambrientos, despide a los ricos con las manos vacías.

Los mandamientos de la vida he vivirlos en relación con el Dios viviente. Jesús no viene a llamar a lo perfecto, sino a realizar, fortalecer, confirmar, sanar nuestro corazón para que podamos vivir plenamente. ¡Cuantas veces buscamos “vivir” y luego lo destruimos todo corriendo detrás de cosas efímeras! 

Orar es entrar en este diálogo con Dios que nos quiere bien, quiere nuestra felicidad. No nos impone nada, nos ama con ternura. Nos mira con amor. ¡Con cuánto amor nos mira Jesús! ¡Cuán amorosamente sana nuestros corazones pecadores! Él nunca tiene miedo de nuestros pecados.

Y ese amor consolida en nosotros el trabajo de nuestras manos. Aquí tenemos el camino de la fe, la lucha de la fe. ¡Cuanto deseo de Dios! ¡Cuanto deseo de encontrarlo, de hablar con él, de sentir su mirada de amor y de recibir Su amor! Entonces tengo que elegir.

Jesús, el Hijo de Dios, nos regala un amor verdadero que puede hacernos elegir dar toda nuestra vida, como Pedro y los apóstoles. Dios es Amor, Dios es nuestra riqueza… cuando te encuentras con la mirada amorosa de Jesús, entonces toda tu vida se conmueve, toda tu vida se llena.

Hoy mi corazón se llena de confianza porque Jesús me espera en la Eucaristía, añoranza de cada día, tesoro de la Iglesia, para entregarse a mi, para amarme y para difundir su amor a través de cada uno en este mundo que, en el fondo, tanto anhela el Amor.  

«Jesús lo miró y lo amó». Así es como se siento yo. Mirado y amado por Jesús.

¡Señor, gracias, porque me siento mirado y amado por Ti! ¡Te entrego, Señor, con el corazón abierto toda mi existencia, reconociendo que eres la luz que guía mi caminar tantas veces incierto! ¡Concédeme la gracia de llenar mi corazón de tu amor y de tu ternura para sentir en cada instante de mi vida tu amor divino! ¡Mírame, Señor, para que deposite en tu mirada mi existencia, mi futuro, para que el amor que sientes por mi se impregne en mi corazón soberbio y egoísta, para que los transformes, los renueves y lo purifiques! ¡Mírame, Señor, y hazme sentir tu amor porque quiero aprender a amar conforme a tu estilo, para que mi existencia esté llena de este amor fiel e incondicional, para que sea capaz de cumplir siempre tu santa voluntad! ¡Mírame, Señor, porque quiere mirar como miras tu, amar como amas tu, sentir como amas tu; que mis pensamientos sean los tuyos, mis sentidos los tuyos, mis emociones las tuyas, mis palabras las tuyas…! ¡Mírame y enséñame a amar, Señor, para que sea capaz de llevar esa mirada tierna y amorosa a los demás! ¡Concédeme la gracia de la sabiduría para reflejar tu verdad, para mostrar el verdadero amor que viene de Ti, para romper las cadenas que me alejan del bien, para arraigar en mi ser auténticos sentimientos de amor! ¡Mírame, Señor, y muéstrame la misericordia que nace del amor de tu gloria, que transforma! ¡Lléname, Señor, de tu sabiduría que es la clave esencia para amar al prójimo! ¡Mírame, Señor, porque cada día quiero parecerme más a Ti, amar conforme a tu manera de amar, para limpiar mi corazón y llenarlo de tu verdad! ¡Mírame, Señor, y aleja de mi vida todo aquello que me aleje de la luz de tu Verdad, de tu Buena Nueva, de tus Palabras, de tu Amor! ¡Haz, Señor, que el Espíritu Santo sea mi director y me muestre cada día el camino del amor!

«Y el que me acoge…»

«Y el que me acoge…». ¡Sí, yo quiero acogerte, Señor! Acogerte en mi familia, en las personas que amo, en mi corazón, en el seno de mi trabajo, en mis grupos de oración. Acogerte, en definitiva, en el sí de mi vida. 

¡Atrevámonos con el Espíritu! ¡Atrevámonos a caminar con Jesús! ¡Atrevámonos a interrogar a Jesús ante el misterio de su muerte y resurrección! ¡Atrevámonos a avanzar a pesar de nuestras disputas y nuestros deseos de ocupar el primer lugar!

Jesús no nos prohíbe ser los primeros, ofrecer actividades de calidad en la familia y entre los amigos, preparar encuentros pastorales sólidos y exigentes, poner nuestras habilidades profesionales al servicio de la misión y del Evangelio. Jesús muestra el camino: convertirse en siervo.  

«Y el que me acoge…». Quiero escuchar a Jesús que enseña, Este conocimiento no es solo intelectual, es un camino, una educación. Esta figura de Jesús que enseña, que educa, me es querida. Lo logro abriendo el corazón en la oración, en la escucha de la Palabra, en la participación de los Sacramentos. En el silencio de mi interior en ese encuentro hacia el Señor. Su Palabra golpea mi corazón y lo transforma.  

«Y el que me acoge…». Estas palabras también son un invitación a la misión y al servicio. Seguir a Jesús, caminar con Jesús, el Hijo de Dios, es dejarse transformar y cambiar. Es el momento de la misión, del servicio. Formarse para servir, dejarse convertir por el Espíritu Santo para cambiar este mundo, dejar una huella en nuestra historia. Los campos de misión son enormes. Y el mundo necesita cristianos comprometidos, abiertos a la transformación del mundo para llenarlo de amor, bondad y esperanza.

«Y el que me acoge…». Sobre todo es vivir de Jesús en la Eucaristía. Acoger a Jesús en el Sacramento de la Eucaristía, dejarse atraer por Jesús que se nos entrega y nos transforma. La Eucaristía es el momento privilegiado para estar con Jesús y, a través de él, estar con Dios y nuestros hermanos. Ese es un gran anhelo interior: que Cristo actúe en mis obras, que sus pensamientos sean mis pensamientos, sus sentimientos los míos, sus elecciones mis elecciones.

Aspiro a la santidad, de la que tan alejado estoy, pero necesito cada día recurrir al Amor con el que soy y me siento profundamente amado. La santidad cristiana es imitar lo que hizo Cristo .¡Bienvenido a Jesús a mi vida para cambiarla y renovarla y para transformar el mundo en el que vivo!

¡Bienvenido a Jesús a mi vida para cambiarla y renovarla y para transformar el mundo en el que vivo! ¡Concédeme la gracia, Señor, de un corazón sencillo, amoroso, generoso, misericordioso, tierno, amable, caritativo; envía tu Espíritu de Amor para hacer de mi una persona buena, entregada a la misión y al servicio, para que me ayudes a tener criterios y actitudes semejantes a las tuyas! ¡Señor, te pido que transformes mi corazón porque quiero acogerte en mi interior, necesito que cambies mi corazón duro como de una piedra para que lo transformes en un corazón de carne! ¡Hazme sensible a la realidad del mundo, y no dejes que me considere superior a los demás, que la soberbia me supere, que la tibieza me venza, que el pecado se instale en mi! ¡Señor, tu conoces lo profundo de mi corazón, mis fragilidades e imperfecciones, tu te sentaste con pecadores; hazme humilde en todo momento y compasivo como lo fuiste tu con todos los que me rodean! ¡Concédeme la gracia de un corazón abierto a la alegría y a la esperanza que sea capaz de abrazar a todos con amor y mucha ternura! ¡Ayúdame a llevar adelante mi misión con alegría y mi servicio con generosidad! ¡Quiero, seguirte Jesús, caminar contigo, y dejarse transformar por ti!  

Iluminado con la sabiduría del Espíritu

Le pido con frecuencia al Señor la sabiduría que viene del Espíritu para discernir el bien del mal en mi vida.

Me cuestiono interiormente: ¿Tengo dentro de mi este amor a la sabiduría, el deseo invencible de saber lo que es bueno y no preferir nunca lo que me aparta del bien? ¿Soy capaz de reconocer que esta sabiduría es un don del Espíritu de Dios y que se funde con la voluntad divina como Jesús nos la reveló y como se manifiesta en la enseñanza de la iglesia?¿Puedo considerarme servidor infatigable de la sabiduría divina cuya recompensa suprema es mi salvación eterna?

El tesoro al que me invita Jesús es el Reino de los Cielos, es decir, la venida de Dios en mi vida hasta la unión definitiva con él en la vida eterna. Se trata de dejar que Dios penetre con todo su vigor en mi vida e ir eliminando todos aquellos obstáculos que impiden esa entrada en mi corazón.

Nada debería interponerse en el camino de la venida del amor de Dios. Mi visión de mi mismo, de los demás y del mundo debe estar imbuida del amor divino. Es decir, verlo todo con los ojos de Jesús y amar todo y comprenderlo todo con el corazón de Cristo.

Se trata de dejar que Dios trabaje en mi y a través mío. Encontrar una alegría profunda en la unión de mi vida con la de Aquel que me la ha regalado como puro don. Contemplar el rostro doloroso y glorioso de Jesús para descubrir allí la presencia y la voluntad salvífica de ese Dios que me ama. Un Dios que es amor y que nos ha creado por puro amor.

Se trata de hacer todo nuevo y dejar que Dios establezca entre todos una nueva hermandad en su Hijo Jesús, a quien el bautismo nos ha unido definitivamente. Jesús se convierte así en el mayor de una multitud de hermanos a los que puede comunicar la gloria que ha recibido de su Padre desde toda la eternidad.

Hay dos signos ineludibles de esta nueva vida, obtenidos en la fe recibida durante nuestro renacimiento bautismal: la oración diaria y el amor fraterno. Si falta una de estas dos señales, algo anda mal con mi vida cristiana. ¡Si fallan, he de ponerme en la tarea de hacer un balance urgente para que la sal siga siendo sal y que la luz siga iluminando! ¿No es este tiempo de vacaciones un buen momento para relanzar mi vida cristiana, en el silencio de un corazón que escucha la Palabra del Señor y la comprende? ¡Le pido al Señor que me ilumine con la sabiduría de su Espíritu!

¡Espíritu Santo, dador de vida, alma de mi alma, luz de luz, dame la sabiduría para saber en cada momento lo que debo hacer y como actuar! ¡Lléname, Espíritu divino, con tu gracia y tu bendición para caminar bajo la luz de tu iluminación! ¡Te invito, Espíritu divino, a que guíes todas las áreas de mi existencia, para que me orientes siempre e ilumines mis pasos! ¡Te entrego, Espíritu de Dios, mi mente, mi corazón, mi alma, mi ser, mi voluntad y mi vida para por medio de tus inspiraciones divina me ajuste siempre a la voluntad del Padre! ¡Te pido, Espíritu de Amor, que me enseñes a caminar siempre siendo fiel a Cristo y a las personas que a lo largo del camino me has ido poniendo, especialmente a mi pareja, a mis hijos, a mis amigos, a mis compañeros de trabajo, a mis compañeros de comunidad eclesial e, incluso, aquellos que me han lastimado o yo he hecho daño! ¡Te pido, Espíritu santificador, que me otorgues tus siete dones y los frutos de tu amor para que los emplee siempre en fortalecer mi vida y defender con ahínco la fe que me regalaste el día del bautizo! Espíritu Santo, inflama con la llama de tu amor mi vida, ábreme a los tesoros de tu gracia, enséñame a orar, a actuar siempre correctamente y a convertirme en un auténtico hijo de Dios!

Estar entre los elegidos de Cristo

La segunda venida de Cristo se producirá en el momento en que esté en los planes de Dios. Es la promesa de Cristo. Y quiero que me coja preparado. Hacerlo con el corazón abierto a su gracia. Con la humildad suficiente, con la manos rebosantes de esfuerzos, de sacrifico, de entrega hacia el prójimo, de paciencia, lleno de escucha al que lo necesita, de atención al que lo reclame, siendo capaz de comprender al que ahora no comprendo, soportando lo que me corresponda, sabiendo llevar las cruces cotidianas pero sobre todo y, por encima de todo, amando. Con un amor pleno a la mesura de Cristo. Con mi debe y haber bien cuadrados. Habiendo dado lo mejor de mi mismo a los demás, habiendo abierto mi corazón a los que lo necesitan, a los que claman misericordia, justicia y amor.

Pero como soy quebradizo, frágil e inconsistente me embarga cierto temor por no dar la talla, por fallar en lo esencial que es el amar con la medida de Cristo; de no estar a la altura de la Buena Nueva que se predica en el Evangelio, de no tener la fortaleza y el coraje para ser lo que Dios quiere de mi, por no tener la fuerza de voluntad para hacer lo que corresponde, de caer en la tibieza de las debilidades humanas, de perseverar en la fe, en la oración, en la vida de sacramentos, de no ser capaz de darme con el corazón abierto. 

Mi vida no tiene sentido sin una entrega real a la buena nueva del Evangelio. Por eso, no puedo más que suplicar al  Señor que envíe cada día sobre mi al Espíritu Santo para que me otorgue la gracia de tener un corazón abierto a su misericordia, un corazón siempre agradecido, un corazón generoso, un corazón desprendido, un corazón que busque la felicidad, un corazón que rechace el pecado, un corazón que ame, un corazón que se abra al servicio humilde y generoso, un corazón que se asemeje al de Cristo para que Él viva en mi. Es una petición sincera pero no es posible llevar el apellido de cristiano si no me aplico en mi vida la máxima fundamental de la vida cristiana: amarás a Dios con todo tu corazón, con todas tus fuerzas y con toda tu alma y al prójimo como a ti mismo.

Anhelo estar entre los elegidos de Cristo y nada me tiene que separar de este hermosísimo deseo.

¡Señor, abro mi corazón de par en par y me pongo en tu presencia te pido para que abras los ojos de la mente y los oídos del corazón y me hagas un cristiano bueno, fiel, servicial y amoros para que, escuchando tus palabras de amor, las haga vida en mi vida! ¡Señor, soy consciente de la infinidad de veces que me alejo de Ti, que mi forma de actuar no es coherente con tu Evangelio, que no te amo sobre todas las cosas, que las cosas del mundo me vencen y me distraen y no soy capaz de darlo todo por Ti ni por el prójimo! ¡Envía, Señor, tu Santo Espíritu sobre mi para que me otorgues la fuerza de perseverar siempre y para que renovado por tu perdón camine con paso firme hacia la santidad! ¡Concédeme, Señor, la Gracia de servir al prójimo con mucho amor y convierte mi corazón para que desde el desprendimiento, la generosidad, la humildad y la entrega todos sientas tu presencia en mi corazón! ¡Te pido, Señor, que aunque me aparte del camino salgas cada día a mi encuentro y me muestres el camino del amor! ¡No permitas, Señor, que mis egoísmos y mi soberbia me elejen de ti porque quiero seguirte y amarte con todas mis fuerzas y con todo mi corazón! ¡Concédeme, Señor, el vivir plenamente el amor con mi prójimo, amándolo como Tú me amas a mí! ¡Espíritu Santo, alma de mi alma, ilumíname, fortifícame, guíame, consuélame y en cuanto corresponde al plan eterno Padre Dios revélame tus deseos, dame a conocer lo que el Amor eterno desea en mí, lo que debo realizar y sufrir y dame a conocer lo que con silenciosa modestia y en oración, debo aceptar, cargar y soportar!

¿Por qué me cuesta tanto concentrarme en la oración?

Esta pregunta me la envió ayer una lectora de la página. Y le respondo con mi experiencia personal, de lo único que puedo hablar. En innumerables ocasiones a mi también me cuesta concentrarme en el momento de ponerme en presencia del Señor, me cuesta superar las distracciones y poner orden a la desatención. Pero he comprendido que no es una cuestión de concentración sino un problema de como vivo, de cómo se estructura mi vida. En la medida que mi vida personal es armónica, serena, tranquila así es también mi oración. No es posible el recogimiento interior en el momento de ponerse a orar si durante la jornada todo es ruido, prisas, superficialidad, dispersión, estrés… Cuando te dispersas en la oración es porque interior y exteriormente también estás disperso. Cambiando la manera de actuar y vivir uno puede encontrar en su oración momentos de mayor serenidad y concentración en la oración.
Es por eso que trato de que mi oración profunda y serena sea en el silencio de la mañana, en esos momentos de paz y recogimiento que no se ven perturbados por las cosas exteriores, por los ruidos del mundo, por los excesos de la sociedad, por los trajines intensos de la jornada. Una vida ocupada de muchos elementos vitales impide habitualmente una plena concentración a nivel interior.
San Pablo, en su carta a los Efesios, lo expresa claramente: «De él aprendieron que es preciso renunciar a la vida que llevaban, despojándose del hombre viejo, que se va corrompiendo dejándose arrastrar por los deseos engañosos». Lo veo en mí y me lo planteo innumerables veces. Cuando en el día a día de mi jornada predomina el hombre viejo cierro mi corazón a la paz interior. Cuando abro mi corazón y me trato de vivir según el hombre nuevo mi oración es amplificadora. Es de ese nuevo hombre, del que como hijo de Dios debo vestirme, me permite estar justificado, santificado, bendecido y redimido por Dios, me permite tener el mismo Espíritu de Dios y tener la mente de Cristo. Este es el verdadero nuevo hombre al que aspiro por vocación cristiana. Por eso para una oración concentrada, serena, vivamente interior, necesito liberarme de las ataduras del mundo, de las cadenas que me anudan a lo mundano y a las amarras que me ligan al mundo exterior, al mundo de los ruidos, placeres, pasiones y prisas. Cuando mi espíritu está libre, mi oración siempre frágil y quebradiza va en busca de los valores del Evangelio, a la sencillez del corazón, a la coherencia vital, al tratar de vivir en verdad, a la sinceridad interior sobre la propia existencia, a la aceptación de lo negativo que me rodea para transformarlo en bien.
Cuando mi corazón está en paz mi oración busca a Dios en la profundidad misma de mi ser porque lo hago pensando en las energías del Espíritu que habitan en lo más íntimo de mi corazón. Y, en ese momento, soy renovado, transformado y santificado por el Espíritu. Despierta mi ser, me convierte en vigilante de mi existencia, para en la espera, encontrar el rastro del amor de Dios que se revela en mi corazón. Y mi corazón se prepara entonces al diálogo con Dios, se inclina para ofrecerse plenamente, para amar plenamente, para buscar plenamente, para adorar plenamente. Y es así, dándome a Dios, excluyendo de mi interior todo lo exterior, liberándome de ataduras y complejos, como accedo a una oración plena, concentrada, continua y perseverante, animado por el deseo intenso de convertir mi plegaria en un momento intenso de adoración, acción de gracias, transformación, sanción, purificación y súplica.
¿Por qué me cuesta tanto concentrarme en la oración? Porque mi vida tiene demasiados ruidos exteriores que se hace necesario acallar.

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¡Señor, te doy gracias por mi vida, quebradiza y frágil, pero repleta de tu infinita misericordia y por los dones de tu gracia que cada día se desbordan en mi corazón! ¡Te doy infinitas gracias, Señor, por tu fidelidad aunque tantas veces mi vida se sea un ejemplo claro de infidelidad a ti! ¡Concédeme la gracia, Señor, de vivir de acuerdo con tus enseñanzas y dame toda la paz posible a mi corazón, a mi mente, a mi alma, a mi espíritu y a mi cuerpo para que elimines todo aquello que me causa dolor, estrés, turbación, tristeza, desazón y me impide vivir en paz! ¡Ayúdame a saber gestionar mi vida de acuerdo con tus enseñanzas, a vivir como un hombre nuevo y despojarme del hombre viejo que me recubre! ¡Concédeme la gracia, Señor, de que tu Santo Espíritu guíe el camino de mi vida y tu reinado de paz y de amor cubra mi existencia! 

El Libro entre los libros

Quienes me conocen saben que amo la lectura. Que atesoro una amplia biblioteca con cientos de títulos que llenan mis momentos de silencio con lecturas, silencios, páginas sublimes y que no lo son tanto, ensoñaciones que vienen de poetas, novelistas y ensayistas.
Entre los quehaceres cotidianos el momento que tomo un libro y me adentro en su lectura es uno de los más placeres más relajantes y satisfactorios.
De casi cada libro recuerdo el lugar donde lo adquirí, cuando lo leí, en qué circunstancia lo hice, el poso que dejó en mi, la tristeza o la alegría que me provocó, el deleite que supuso su descubrimiento… Gracias a ellos he conocido experiencias sugestivas, historias apasionantes, personajes entrañables, sucesos históricos, travesías inimaginables, cantos al amor, a la vida, a la esperanza; susurros a la muerte, a la tristeza, a la desazón… cada texto es un legado que ha dejado su gota de interés en mi vida. Cuando me siento en el salón, dirijo mi mirada hacia la biblioteca y me fijo en el lomo de un libro siento una complicidad que abre mi corazón.
Pero hay un libro entre los libros. Un libro que centra toda mi atención. Un libro antiguo pero muy actual que tengo como referente. Un libro cuyas palabras son fuente de inspiración y sabiduría. Un libro sabio, escrito con un propósito sabio y definido. Un libro cuyas palabras tienen gran valor pero su significado es muy profundo. Un libro que me da paz interior. Un libro que es la brújula de mi vida. Un libro que es una dádiva para mi corazón. Un libro que es medicamento para mi alma. Un libro sobre el que confluyen todos mis pensamientos y mis acciones. Un libro que da solución clara y concisa a los problemas humanos. Un libro con mensajes directos y precisos, con reglas de conducta claras, con modelos de vida para el hombre, que muestra el camino de la vida, del amor y de la felicidad. Un libro que combina acción, relatos épicos, conversiones, romance, pasión, poemas, sufrimiento, profecías, palabras llenas de sabiduría, suspense, milagros… Ese libro es el Libro por excelencia. Un libro dictado a la luz del Espíritu Santo para transmitir por medio de diversos autores la palabra de Dios.
Ese libro, mi Biblia, que conservo desde hace más de treinta años, con páginas gastadas por el paso de los años, que me ha acompañado en los momentos de mayor alegría y de más tristeza de mi existencia, que ha dado respuestas a mis incertidumbres y miedos, a mis sufrimientos y temores pero también me ha dado fuerza y ha abierto horizontes a mis esperanzas está jalonado de Palabras frescas, imperecederas, tiernas, suaves, vivificantes, amorosas, misericordiosas que serenan, tranquilizan, guían, consuelan, dirigen, alientan… En cada uno de los renglones de cada página allí se muestra Dios en la inmensidad de su amor, invitándote al diálogo con Él, a vivir acorde con su voluntad, llevándote a aceptarlo para acoger en tu corazón el mensaje del amor, para fortalecer tu esperanza y tu fe. Dios habla a cada uno de manera diferente e individualizada y en la Biblia la voz de Dios se presenta en cada palabra para llevarla al corazón por medio de un intérprete privilegiado: el Espíritu Santo.
Hoy quiero reivindicar la lectura de este libro maravilloso que te permite meditar la Palabra de Dios para enfrentar el alma y suavizar la dureza del corazón.

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¡Gracias, Padre, porque en la Biblia te revelas como el Creador tierno y amoroso de todo cuanto existe; nos enseñas que nos has creado por amor y para el amor; nos has elegido para cumplir con nuestra vocación, para servir y darse a los demás; que nos has enviado Tu Hijo para salvarnos del pecado y de la muerte; para aprender a orar; para darnos tu palabras de vida eterna! ¡Gracias, Padre, porque en la Biblia nos haces partícipe de la historia de la salvación del género humano que tanto afecta a mi vida actual! ¡Gracias, porque me muestras la alianza de amor con los hombres y como la has renovado permanentemente enviando a Jesús! ¡Gracias, porque el Nuevo Testamento testimonio cómo cumples tus promesas! ¡Gracias, Padre, porque cada uno de estos textos escritos hace tantos siglos atrás siguen tocándome el corazón por su su mensaje de amor y de esperanza! ¡Gracias, Padre, porque con el disfruto de tu Palabra, viva y esperanzadora, amorosa y eficaz, que se convierte en lámpara que guía mis pasos y en luz para dar buen rumbo a mis senderos! ¡Gracias porque has inspirado a hombres para iluminar mi vida y darme a conocer tu plan de Salvación! ¡Y gracias, Padre, porque esta Palabra que surge de cada frase de la Biblia es la que da sustento a mi fe!  

Contra la falsedad, mucho Espíritu Santo

Cada año en este día se celebra la Jornada Mundial contra la Falsificación y la Piratería, iniciativa fundada en 1988 por el Grupo Mundial de Lucha contra la Falsificación para dar a conocer los daños causados por la violación de la propiedad intelectual, la suplantación de identidad y las amenazas a la privacidad y la reputación online. No es un tema baladí porque encabezan el ranking de violaciones en Internet.
He pensado: ¡que apropiada sería esta jornada vivirla cada día a la luz del Espíritu cuando tantas veces suplantamos nuestra autenticidad para quedar bien, amenazamos la reputación del otro con juicios ajenos y violamos su propiedad intelectual cuando menospreciamos sus valores y socavamos su dignidad!
Las personas, y especialmente los cristianos, somos muchas veces falsos cristos, faltos apóstoles, falsos discípulos, falsos hermanos, falsos cristianos porque nos falta la autenticidad y la verdad en nuestros gestos, palabras, acciones y pensamientos.
El mejor antídoto contra la falsificación de la propia vida como cristianos es recibir la fuerza del Espíritu Santo.
No somos conscientes de que nuestras acciones perjudican el proyecto de Dios, que nuestra falta de caridad y de amor, de ir a la nuestra no andan al proyecto de Dios. Es el Espíritu Santo con sus siete dones el que te otorga la sabiduría para acercarte a la voluntad divina.
Contra nuestra incapacidad para orientar nuestra vida hacia el bien, para tomar las decisiones correctas, para discernir las sendas de las bondad, para distinguir entre lo bueno y lo malo, el don de Consejo.
Contra el juzgar el prójimo, el compararse con él, para el vivir en la soberbia de creerse mejor a todos, al llevar una vida autosuficiente, para aprender a escrutar en la verdad de Dios, para iluminar nuestra vida con las verdades divinas, para abrir nuestro corazón a la verdad y no el pecado, el don de Entendimiento.
Contra la tendencia natural a confundir lo aparente de lo verdadero y ser consciente siempre de cuáles son los pensamientos de Dios para con nosotros, el don de Ciencia.
Contra la tendencia a falsificar nuestra realidad por intereses tacticistas frente a los demás y para estar abierto a la voluntad de Dios en nuestra vida, tratando de obrar, actuar y servir como lo haría el mismo Cristo, llevando a su vez una vida de oración con el corazón abierto, el don de Piedad.
Contra la mentira para hacer creer a los otros lo que no somos o simplemente para contentarlos, para salir del paso, para evitarse conflictos o problemas o para huir de la realidad; para ser valientes y afrontar la realidad de la vida, los problemas y las circunstancias adversas, el don de Fortaleza.
Contra la actitud de enfrentarse al prójimo y no respetarle, a juzgarle y condenarle; al apartarse de los caminos del Señor y no cumplir su voluntad, el don de Temor de Dios.
En este Día Mundial contra la Falsificación y la Piratería, me pregunto: ¿qué falsedades hay en mi corazón que deben ser cambiadas y transformadas a la luz del Espíritu? ¿Soy consciente de que a la luz del Espíritu aborreceré la falsedad y caminaré a la luz de la verdad, de la libertad y de la autenticidad! ¡Hoy voy a celebrar esta jornada, pero lo haré a la luz de la invocación constante al Espíritu de Dios, el que todo lo impregna de verdad!

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¡Señor, que cada paso que yo dé, que cada palabra que pronuncie, que cada pensamiento que tenga, que cada gesto que realice, que cada acción que cometa esté siempre impregnada de veracidad y de amor! ¡Señor, toma mi mente, mi alma, mi corazón, mis sentimientos y mi voluntad y elimina de su interior todo aquello que no te agrada y límpialo de toda falsedad! ¡Padre, por medio de tu Santo Espíritu, toma el control de mi corazón y de mi alma, examíname siempre y guíame para que pueda caminar en el poder de tu Espíritu para convertirme siempre en una persona íntegra, digna de Ti! ¡Concédeme la gracia, Padre, a la luz del Espíritu Santo de buscar siempre lo que es justo y bueno y discernir siempre Tu voluntad! ¡No permitas, Padre, que haga el mal para obtener un bien, que siempre mis acciones con los demás estén presididas por la verdad, que actúe siempre en caridad, con respeto al prójimo y sin herir su conciencia y su persona porque eso es pecar contra Ti! ¡Envía Tu Espíritu Señor, para que me ayude a tener siempre una conciencia recta y veraz! ¡Ilumíname siempre, Señor, con Tu Palabra para que sea luz que guíe mis pasos! ¡Ayúdame, Señor, a asimilarla siempre a la luz de la fe y de la oración! ¡Señor, Tú conoces hasta el más recóndito rincón de mi corazón! ¡Ayúdame a ser cada día mejor!

Respirar el aire fresco de la naturaleza y el aire purificador del Espíritu

Me gusta respirar el aire fresco de la naturaleza. Me gusta la vida de campo. Me da vida. Sustenta mi alma. Me hace participar de manera vivificante de la creación. El lunes, visitando a varios clientes del sector agrario, caminé entre instalaciones ganaderas, entre arboledas, entre campos floridos de la naturaleza… me sentí anclado en el amor de la creación. Respirar naturaleza ensancha mi corazón, serena mi alma… te permite sentirte don de Dios y de ese don fruto de la gracia vives. Te hace sentirte también polvo de la tierra, de ese polvo del que fui creado, de ese polvo frágil que se hizo barro, con su forma, su carácter, su estilo propio… pero moldeado por las manos sublimes, tiernas y amorosas de Dios.
Hace poco hice la fotografía que ilustra el texto. Una cruz en lo alto de la montaña, en plena naturaleza. La cruz que refleja el abandono de Aquel que dio su vida por nosotros, que nos dio su paz y que, con su aliento, nos devolvió a la vida. Junto a la cruz la luz del sol, luz de Dios. Pensé lo impresionante de ese Dios tan humano que nos busca cada día y que se comunica ahora con el soplo íntimo y susurrante del Espíritu. Ese soplo da aire a nuestra existencia, rompe las corazas de nuestro corazón de piedra y lo transforma en un corazón de carne.
El lunes la brisa de la jornada refrescó mi cuerpo mientras visitaba a mis clientes en sus instalaciones ganaderas. También mi corazón y mi alma. Recordé las palabras del Evangelio de san Juan que dice que el viento sopla donde quiere y escuchas su ruido, pero no sabes de dónde viene ni adónde va. Es así todo el que ha nacido del Espíritu.
Me gusta respirar el aire fresco de la naturaleza. Pero también inspirar el aire puro del Espíritu. Vivir de la receptividad de los dones y carismas del Espíritu es abrir el corazón y dejarse conducir por la vida como un niño, frágil pero seguro de la mano de su progenitor. Quiero respirar el soplo del Espíritu porque quiero ser su templo, quiero que de mi corazón brote de manera incesante el agua pura del amor. Quiero que el Espíritu me conduzca por las sendas de la vida y que, por medio de su ternura, diligencia y amor, me tome de la mano, me colme de gracia y me ayude a dar pasos certeros para caminar hacia la santidad. Confiando, respirando su aliento, sin poner resistencia y entregándome en verdad.

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¡Espíritu Santo, ruah, viento que soplas en los corazones humanos, tu te hiciste presente en la anunciación, llevaste a Jesús al desierto, te derramaste sobre Él en el río Jordán, le acompañaste en la oración, hazte también presente en mi vida! ¡Vivo deprisa, Espíritu de Dios, una vida en la que hay muchos ruidos, compromisos, urgencias, necesidades, poco tiempo para descansar… necesito momentos de paz interior, de silencio interior; y tu eres el aire sereno que respiro, sin tu aliento no me sostengo, quiero respirar al unísono contigo para exhalar tu presencia y hacerla pura mi existencia! ¡Soy poca cosa, Espíritu de Amor, soy frágil y quebradizo, pero a través tuyo Dios derrama su infinito amor sobre mi corazón; gracias! ¡Gracias por tu aliento, por tus susurros, por tu presencia, por hacer posible la presencia de la Santísima Trinidad en mi vida; gracias porque siendo pequeño y frágil quieres tomar posesión de mi corazón! ¡Gracias porque a tu lado todo lo puedo! ¡Gracias porque tu presencia me sostiene, tus soplos me dan aliento, porque tus dones me dan coraje, respirarte serena mi alma! ¡Espíritu Santo, eres el Espíritu que todo lo llena, que da vida, que me lleva a Dios para asemejarme a Él y a Cristo para hacerme uno con Él! ¡Ayúdame a entender que la vida consiste en vivir en Cristo, con Cristo y de Cristo! ¡Dame sabia nueva a mi vida, Espíritu de Dios, porque es lo que anhelo con todas mis fuerzas!

¿Cómo reconocer las manifestaciones del Espíritu en mi mismo y en las personas que me rodean? 

Con la fiesta de Pentecostés, que en griego significa el quincuagésimo día, concluimos oficialmente el tiempo de Pascua que hemos dedicado a celebrar y profundizar el misterio pascual, corazón y centro de la fe cristiana.
En este día comienza la misión de la Iglesia que se inició con este evento extraordinario y que prosigue en la actualidad: la proclamación de la buena nueva de la resurrección de Cristo a todas los que conocemos.
Todos somos portadores y testigos de la universalidad del mensaje del Evangelio. Hemos recibido dones especiales para hacerlo. Son los carismas: el de servicio, el de una palabra que consuela, el de una enseñanza que ilumina, etc. San Pablo enumera los principales en su carta a los romanos y da otra lista en la segunda carta a los corintios. No repito estas listas aquí, porque no son exhaustivas. Lo importante es reconocer lo que el Espíritu ha puesto en nosotros para el servicio de nuestras comunidades cristianas y de la Iglesia.
En un día como hoy: ¿Cómo reconocer las manifestaciones del Espíritu en mi mismo y en las personas que me rodean? No es una pregunta sencilla. Rememoro la conversación de Jesús con Nicodemo, donde Jesús le explica que debe nacer de nuevo. La pregunta de Nicodemo es la de todos los discípulos de Jesús: «¿Cómo renacerá el hombre ya viejo? ¿Quién volverá al seno de su madre?». Jesús le contesta: «En verdad te digo: El que no renace del agua y del Espíritu no puede entrar en el Reino de Dios. Lo que nace de la carne es carne, y lo que nace del Espíritu es espíritu».
En esta respuesta, Jesús asume toda la tradición de la Biblia y nos presenta la realidad misma del Espíritu, que se define como un aliento. La raíz hebrea de la palabra Espíritu es «ruah», que significa el aire que anida dentro de nosotros y nos da vida.
Así comprendes que las manifestaciones del Espíritu pueden ubicarse en varios niveles, pero siempre estamos bajo el registro del «aliento», un aliento de vida que hace todas las cosas nuevas, un aliento que llena los corazones de las personas, un aliento que te dirige hacia los demás y da la bienvenida al don de ser hijos de Dios. El Espíritu que hemos recibido no nos hace esclavos, personas llenas de temores o de miedos; es un espíritu que, incitados por este Espíritu, nos hace clamar al Padre: «¡Abba!».
La acción del Espíritu, este «aliento divino», está lleno de sorpresas si soy capaz de abrir el corazón. Oro hoy para que nuestra Iglesia en su conjunto y yo mi mismo en particular sepamos descubrir los signos de la presencia siempre activa del Espíritu en nuestra vida, que su vigorizante presencia nos alimente espiritualmente y nos ayude a vivir con más autenticidad como hijos de Dios, que nos muestre el camino de la vida, abra nuestros oídos para que podamos escuchar la Palabra y entender su consejo, nos ofrezca inspiración y comprensión para saber lo que quiere de nosotros en cada momento y nos ayude a conocer siempre la voluntad del Padre. ¡Ven, Espíritu, derrama tu gracia sobre mi y haz que abra siempre el corazón para llenarme de Ti!

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¡Espíritu Santo, tu que eres el amor infinito, la auténtica caridad, la verdadera luz, llena mi corazón con tu Santo Amor! ¡Tu, Santo Espíritu, que eres dador de vida, llena mi vida de tu sabiduría, de tu entendimiento y de tu fuerza para caminar en pos de la verdad y de la santidad! ¡Espíritu Santo, que iluminas al hombre con tu iluminación, envía a mi pobre corazón la luz celestial para iluminar cada uno de mis actos, pensamientos, acciones y palabras! ¡Espíritu Santo, dador de vida, purifica mi corazón y mi alma, hazme proclive siempre al bien, hazme rechazar el pecado, y llena mi vida de paz y de amor! ¡Espíritu Santo, Amor del Padre y del Hijo, te pido que perdones mis constantes caídas y mis permanentes infidelidades a la Trinidad! ¡Espíritu Santo, amor de vida, luz de luz, acudo a ti en busca de tu protección, de tu luz, de tu amor, de tu misericordia y tu bondad! ¡Espíritu Santo, Señor de la vida, aliento del alma, acudo a ti para que me renueves, me ilumines, me fortalezcas, me guíes y me consueles, para que sanes la inmundicia que haya en mi corazón, para que sanes mi corazón enfermo y tantas veces manchado por el pecado a causa de las acciones pecaminosas, el egoísmo, la soberbia, el rencor, el dolor, la tristeza…! ¡Espíritu Santo, luz de luz, dame la fuerza para sobrellevar con entereza las cruces de cada día, las adversidades de la vida; conviértete en mi sostén que de seguridad a mi existencia! ¡Espíritu Santo, Don del Altísimo, haz que tus santas inspiraciones transformen mi vida vida y dirige cada uno de mis pasos para que no me desvíe del camino de la santidad! ¡Concédeme la gracia de vivir siempre de acuerdo con las enseñanzas de Cristo y la voluntad de Dios Padre! ¡Envíame tus siete dones y por la intercesión de la Santísima Virgen, te pido no vacilar jamás! ¡Y todo lo que pido para mi lo hago extensible a las personas que me rodean, a la Iglesia santa de Dios y al mundo entero!

Con flores a Marí­a (Obsequio espiritual a la Santísima Virgen María)
María, desde esta tierra te saluda un pecador que merece castigos y no gracia, justicia en vez de misericordia. Bien sé que te complaces en ser tanto más benigna cuanto eres más grande; cuando son más pobres lo que a Ti recurren, tanto más te empeñas en protegerlos y salvarlos.
Te ofrezco: unirme a ti en este día de Pentecostés y sacrificarme con algo importante como verdadero dolor de mis pecados.