¿Deseo fervientemente la vida eterna?

Realizaba ayer al atardecer una larga caminata por el campo. Al pasar junto a una Iglesia entré a saludar al Señor. Al salir, el camposanto de la población estaba abierto sin muro alguno y junto al templo se concentraban las tumbas de los fallecidos de aquel lugar. Una me llamó poderosamente la atención (fotografía que ilustra este texto). Una imponente figura de Cristo extendiendo su mano sobre la sepultura, cubriendo con su poder la vida eterna de aquellos que en su momento partieron a la gloria prometida.

Al proseguir mi caminata me acordé de la pregunta de aquel doctor de la ley a Jesús: «¿Qué se necesita para obtener la vida eterna?» En realidad no es solo una pregunta, es una máxima que persigue a todos los humanos desde tiempos inmemoriales. Olvidamos pensar lo que hay después de la muerte; estamos tan enredados en el materialismo que olvidamos que estamos provisionalmente en la tierra pero como cristiano es un acto natural imaginar que hay una hermosa secuela después de esta vida.

Los cristianos creemos en la vida eterna que Jesús anunció. Pero, seamos honestos, como estamos influenciados por la vibraciones mundanas ¿quién piensa en el más allá? ¿Lo pensamos todos los días, varias veces al día? Oramos por infinidad de cosas temporales —cuestiones que nos afectan o afectan a nuestros seres queridos— pero ¿pedimos para alcanzar la vida eterna ya sea para nosotros o para aquellos que amamos? Contemplando esta imagen de Jesús imponiendo su mano en el camposanto, pienso que esta debería ser la primera oración que pronuncien nuestros labios surgida del corazón. En la tierra —llena de fatigas, dolores, cansancios, tensiones, con la perspectiva de la muerte— solo estaremos unos años, ¡pero la eternidad es para siempre! Entonces ¿no deberíamos pedirle al Señor lo mejor para nosotros y para los demás, es decir, el cielo prometido? Para querer algo, debes pedirlo: no puedes querer algo que no anhelas. 

Me hago esta pregunta: ¿Deseo fervientemente la vida eterna? Es el corazón de la fe cristiana lo que nos dice: debes pasar por la muerte para resucitar, para volver a otra vida. Gracias a Jesucristo, sabemos que hay un mundo mejor donde el Mal no existe, donde reina la justicia, la libertad y la Verdad. Y la felicidad perpetua. Pero este mundo lo desconocemos porque no es una extensión del actual. Es otra vida de la cual no tenemos experiencia. 

¡Lo principal no es imaginar el cielo sino alcanzarlo! Y el método para llegar a él lo anunció Jesús en una simple frase: «Amarás al Señor tu Dios y al prójimo como a ti mismo». Las tres direcciones de un amor equilibrado fundado en Dios. El Santo Cura de Ars lo tradujo de manera sublime: «En la tierra, uno solo debe hacer lo que puede ofrecer al Buen Señor. Si no podemos ofrecerle algo a Dios, mejor no hacerlo». Este debe ser nuestro programa porque es el programa de Jesucristo. Y debemos seguirlo, porque él mismo dijo: «Yo soy la puerta, el que entre por esta puerta se salvará».

No sabemos mucho sobre la vida eterna, pero viendo en esta fotografía como Jesús extiende su mano amorosa y misericordiosa sobre los que reposan en la vida terrena es suficiente para satisfacer mi razón, alimentar mi fe y elegir mi camino en la tierra para que mi alma alcance cuando Dios así disponga el cielo prometido. ¡Porque en la eternidad quiero vivir bajo el amparo protector del Amor supremo!

¡Jesús, contemplando esta imagen en el camposanto te entrego mi corazón, mi alma y mi ser para que hagas de mi un cristiano comprometido que aspire cada momento de su existencia en la vida eterna! ¡No permitas, Señor, que me aparte del camino que tu has marcado! ¡Sabes, Señor, que me cuesta enderezar muchos aspectos de mi carácter, de mi comportamiento, de mis actitudes, que debo mejorar muchas cosas pero también sabes que mi fe es firme, que quiero estar siempre a tu lado, que mi corazón está predispuesto a estar en tu presencia, que confío en ti, que quiero aprender a amar como tu amas! ¡Señor, quiero que la salvación sea para mi un objetivo claro, aunque también soy consciente de que no todos llegarán a tu Reino ni gozar de tu presencia! ¡No permitas, Señor, que me aparte del camino que lleva al cielo, a la vida eterna! ¡Señor, envía tu Espíritu sobre mi, para que me ayude a tener la sabiduría de seguir siempre tu Palabra y tus promesas! ¡Señor, anhelo fervientemente una vez se ponga fin a los pasos que voy dando en esta vida estar junto a Ti en tu reino celestial! ¡Señor, soy consciente de mis miserias y de mis pecados, reconozco ante ti la imperfección de mi vida, de los constantes errores que cada día cometo; envía sobre mi a tu Santo Espíritu para que me de un corazón humilde, sencillo y pequeño para que acepte mis equivocaciones y enmendar aquello que deba ser corregido! ¡Te pido, Señor, también por las personas que quiero para que todos ellos vivan según tu Palabra y crean firmemente en el cielo prometido; para que sus vidas estén impregnadas de tu presencia y sientan como tu gracia se derrama sobre ellos! ¡Te alabo, Señor, te bendigo, te glorifico y te doy gracias por todos los bienes que derramas sobre mi corazón cada día; ayúdame a ser testimonio de tu amor y de tu misericordia en el mundo en el que me muevo!

¡Sostén, Señor, mi mirada hacia lo alto y trascendente!

Tengo en ocasiones la ingrata sensación de que, debido a mi fragilidad humanidad, mi mirada permanece en las cosas mundanas y mi corazón no se abre a lo transcendente. Que mis inclinaciones, afectos y predisposiciones se dirigen hacia las cosas terrenales y no a lo divino. Y lo que me ata a ello son mis pecados recurrentes, mis egoísmos, mi soberbia, mi fragilidad; esto impide que eleve mi mirada hacia lo alto donde se sustancia lo importante y relevante de la vida. Como la gallina, mi vuelo es bajo y, como la serpiente, avanzo arrastrándome entre el polvo de la vida.
¡Con cuanta frecuencia te sonríen las cosas y crees que todo es por ti mismo! ¡Brillas en tus quehaceres y crees que es por méritos propios! Recibes parabienes y crees que son logros que has obtenido por aptitudes que tu solo te has labrado. Pero lo mundano es efímero, caduco, perecedero, tan fugaz como una ráfaga de viento. Cuando centras tu mirada y pones tu corazón en lo temporal que te ofrece el mundo equivocas el camino. Por eso le pido al Señor que me conceda la gracia de tener siempre la mirada levantada al cielo, que no me deje seducir por las cosas de este mundo porque es en lo alto donde está, de manera cierta y real, la autenticidad, la verdad, lo relevante y lo trascendente. Es mirando allí donde puedo alcanzar con el corazón abierto la verdadera alegría, desde donde puedo lograr la paz y la serenidad interior, desde donde puedo relativizar lo terrenal para darle valor a lo divino.
En la medida que mi corazón se abre y experimento el valor de lo espiritual y las cosas del Padre menos apegos a las cosas de este mundo, menos encadenado estoy al individualismo, menos inclinado al materialismo, menos esclavizado al hedonismo, criterios que esta sociedad en la que vivimos nos muestra como caminos comunes pero que solo nos apartan del camino hacia la casa eterna.
Mirar al cielo. Mirar la eternidad. Mirar desde la distancia lo caduco. Sostener la mirada hacia lo alto, con el corazón abierto, te permite no dejarse vencer por la seducción del mundo y llenarse de la gracia divina. Es lo que le pido hoy y siempre intensamente a Dios: que me permita seguir los pasos de Cristo, siendo fiel a su Evangelio, a su Buena Nueva y a su Palabra, con la ayuda inefable del Espíritu Santo. Unido a la Trinidad para dirigir mis pasos al cielo prometido.

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¡Padre, abro mi corazón a ti y elevo mi mirada al cielo! ¡Concédeme la gracia de no dejarme vencer por las seducciones mundanas y tener un sentido trascendente de la vida! ¡Concédeme la gracia de seguir cada día de manera fiel y coherente los pasos de tu Hijo, ser capaz de interiorizar y vivir su Palabra, dar sentido en lo cotidiano de mi vida a su Evangelio! ¡Abro mi corazón a Ti, Padre, seducido por tu Amor y tu Misericordia, flujo de alegría y de paz para mi corazón! ¡Abro mi corazón, Padre, porque quiero ser capaz de relacionarme con la creación y la humanidad tal y como hizo Jesús! ¡Espíritu de Dios, concédeme la gracia de abrirme a la trascendencia, la mirada siempre hacia lo alto, a la realidad de la vida desde la perspectiva de una fe cierta, para dar valor a lo que es esencial y no perecedero! ¡Hazme, Espíritu divino, cimiento y raíz de la vida evangélica, coherente con mi creer cristiano, entregado por favor en favor de todos, vivificado por al experiencia de la gracia de Dios, mirando siempre a Cristo; ser de oración constante! ¡Concédeme la gracia de vivir en la trascendencia, abierto siempre a la profundidad de lo real, con una mirada que sea capaz de descubrir una dimensión diferente de la realidad que yo mismo pueda crearme!  

Morir sin un solo beso, caricia o abrazo

Son ya seis los amigos o conocidos que, a las puertas de la Semana Santa, han fallecido por coronavirus en Madrid y varios los que tienen a familiares hospitalizados o fallecidos en algún lugar de la capital de España. En Cataluña me sucede lo mismo; entre amigos y familiares casi una docena. Y en Valencia. Y en Italia. Y en Francia. Recibo por WhatsApp numerosos testimonios de amigos y familiares con familiares infectados, numerosas peticiones de oración por personas cercanas que piden por la curación de sus familiares o amigos. La muerte es, en la mayoría de las ocasiones, un evento imprevisto, no esperado, pero siempre un evento inevitable.
Ante este evento doloroso surge una pregunta crucial: ¿Cómo debo vivir esta situación?
Observo a muchas personas a mi alrededor que, debido a su gran edad, esperan este evento con cierto desasosiego pero con gran paz y confianza. Mi abuela, por ejemplo, que celebrará sus cien años el 14 de abril. Encerrada en su casa ora intensamente. O a mi madre que, cerca de alcanzar los ochenta, le sucede lo mismo. Y, sobre todo, tantas personas a mi alrededor que envían textos que invitan a la oración, que oran incesantemente, que hacen de su confinamiento un auténtico retiro espiritual.
La esposa de uno de mis amigos, cuando la llamé ayer para darle mi dolorido pésame, me dijo: «Entró grave en el hospital con su Biblia y su Rosario. Pero con serenidad, a la espera de lo peor pero también con una gran esperanza». Desde ese momento no volvieron a verse. Y, repentinamente, el adiós sin un beso, un abrazo o una caricia. Así ha sucedido con miles de familias.
Para ella y para mí es un regalo sentir como afrontó este camino hacia la muerte en profunda paz antes de mudarse de este mundo al nuevo hogar donde el Padre lo espera. Sabemos que el cuerpo, que es nuestra morada en la tierra, será destruido, pero también que Dios nos construye en el cielo una morada eterna que no es una obra humana.
Para el cristiano, el misterio de la vida eterna no es una cuestión filosófica sino el misterio de una relación viva con Aquel que primero cruzó las puertas de la muerte. El bautizado no se queda solo después de su visita a la casa del Padre, encuentra un “hogar” donde tiene su lugar la familia celestial, una mesa donde el Señor le sienta con él y le da la bienvenida al banquete eterno.
Los discípulos lo experimentaron muchas veces después de la resurrección. Pensemos en los discípulos de Emaús que dan testimonio de una presencia que reconocieron al partir el pan o en los apóstoles a orillas del lago de Genesaret, en Galilea, que escuchan de Jesús que vayan a pescar para almorzar con él.
Es triste la muerte de un ser querido por circunstancias excepcionales como el coronarivirus o por cualquier otra causa. Es dramática la muerte en la soledad de un pasillo de un hospital por la falta de medios debido al desborde de una epidemia. Es triste como se ha cercenado la vida de personas con vitalidad que tenían una vida intensa por delante. Pero su hogar no está hecho por manos humanas, es un hogar eterno. Esta casa es parte de una casa más grande. El cristiano ingresa al bautismo en una familia de la cual es miembro por el tiempo y la eternidad: donde está Jesús, también estaremos nosotros. La familia eterna de Dios. A cada uno de los que han entrado en los hospitales de cualquier lugar del mundo y han fallecido Jesús les ha susurrado al oído: “Voy a preparar un lugar para ti”.
Este lugar que Jesús nos está preparando fue construido gradualmente en un camino de vida que es diferente para todos, un camino de vida donde se revelan los talentos y las cualidades personales, así como los límites. Por eso nuestra vida, como la de estos amigos fallecidos, tiene que desarrollarse por medio de una amabilidad constante, una vida impregnada de amor, una aplicación cuidadosa para santificar las tareas cotidianas, un servicio al prójimo, una entereza humana y espiritual, una honestidad personal… Esto son solo los vislumbres sigilosos de un camino porque el misterio de las personas es conocido solo por Dios.
Al final del camino de vida personal, estos amigos que nos han dejado te hacen planearte estas preguntas: ¿Cuál es el camino de mi vida? ¿Cómo lo vivo? ¿A dónde me lleva?
Son las preguntas que me surgen hoy teniendo en cuenta las extraordinarias y esperanzadas palabras de Jesús: “Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida; nadie va al Padre sin pasar por mí”.
La vida que esperamos, el lugar que está preparado para nosotros lo tenemos cerca. En la Eucaristía ya tenemos acceso a la morada de Dios entre nosotros, a su presencia viva y plena, en esta vida donde esperamos la felicidad que Él promete y el advenimiento de Jesucristo, nuestro Salvador.
Que las almas de todos los fallecidos descansen en paz. Lo merecen y que el corazón misericordioso de Dios descanse también en aquellos que entran en los hospitales infectados por este virus exterminador y no tienen la fe de este amigo para afrontar el devenir que Dios tiene pensado para ellos. No dejemos de orar. Consagremos nuestra esperanza en el Dios Amor. No dejo de pensar en la imagen del Santo Padre bendiciendo con el Santísimo a la humanidad entera. Él está con nosotros, aunque a veces cueste entender que está presente en estos momentos de tanto dolor y sufrimiento.

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¡Señor, pongo en tus manos el alma de todas aquellas personas que en estos días nos dejan por causa de este virus letal y también por el ánimo de sus familiares y amigos! ¡Te doy gracias por el don de la vida que me permite elevarte con el corazón abierto esta oración de súplica y de esperanza! ¡Señor, te haces cargo del dolor que supone la pérdida de un ser querido, el dolor que rasga el corazón, pero tu presencia en mi vida y en la de sus familiares me reconforta y me da esperanza porque sé que pese a la pérdida están llamados a tu presencia; te doy gracias por que tu los acoges en tu seno y los amparas con tu amor! ¡Señor, elevo mi súplica hacia ti; tu les has llamado a tu presencia en unas circunstancias excepcionales; con toda humildad y con el corazón abierto te suplico que su alma descanse en la gloria del Padre! ¡Confío, Señor, en tu misericordia eterna, en tu amor desmedido, en tu palabra de vida eterna! ¡Señor, todos los que han fallecido han dejado en nuestro corazón un vacío por su generosidad, por su bondad, por su don de servicio, por su calidad humana; hoy sentimos tristemente la ausencia de su presencia; tu conocías lo que había en lo más profundo de su alma y de su ser, perdonables los pecados cometidos y llévalos ante tu presencia! ¡Señor, eres la paz y la serenidad, consuela a sus familiares y dales la fortaleza para seguir su camino con esperanza, dales el consuelo para superar su tristeza y dales la sabiduría para comprender los designios de Dios! ¡Qué en Ti, Señor, encontremos siempre el consuelo y la paz! ¡Bendice y da fortaleza a todos los sanitarios que luchan cada día por el bien de los enfermos, por los celadores, por los voluntarios, por los policías, por todos los que ponen sus manos y su corazón para hacer más llevadero este drama social que estamos viviendo! ¡Y también, Señor, por nuestros dirigentes para que tengan una mirada certera para tomar la mejor de las decisiones!

Lo que María ha vivido para la eternidad, yo quiero vivirlo en el presente

Cuarto sábado de diciembre, a dos jornadas del día de Navidad, con María en el corazón. Unido entrañablemente a la Virgen, que dará a luz un hijo al que pondrá por nombre Jesús. Él será grande, será llamado Hijo del Altísimo. Un sublime acto de Dios para encajar en la historia de los hombres.
Es un anuncio alegre porque es el amanecer de la salvación. La primera luz que viene a superar la noche. Es el misterio que nos permite admirar la Encarnación de la Palabra eterna de Dios. La palabra se hace carne y Él viene para vivir entre nosotros.
Pero esto no sucede de una manera sencilla. El ángel anuncia que la Virgen concebirá el espíritu. El mismo espíritu que originalmente flotaba sobre las aguas. Y el ángel está esperando la respuesta de María porque debe volver a quien lo envió con un respuesta.
Esta respuesta de María el mundo entero la está esperando porque de la palabra de María depende el alivio de los desafortunados, la redención de los cautivos, la liberación de los condenados, la salvación de todos los hijos e hijas descendientes de Adán, caídos por el pecado original. Una breve respuesta de María es suficiente para recrear la vida misma.
María cuenta con el favor de Dios. Nada es imposible para Él, dice el ángel.
María es el vínculo entre el Antiguo y el Nuevo Testamento. Entre el antiguo y el nuevo pacto. A través del sí de María hay una alianza entre Dios y el hombre para que la salvación brille en la tierra. Es con este sí que Jesús viene a nuestro mundo para salvar a los hombres.
Lo que María ha vivido para la eternidad, yo debo vivirlo en el presente. Dar cabida a Cristo en mi corazón, en mi propia vida. Por eso quiero vivir este día como una nueva anunciación. Una nueva Anunciación que me permita escuchar del Señor que quiere venir de nuevo a mi vida, que quiere que lo acepte con el corazón abierto, porque espera que crea y confíe en Él, en su amor y en su misericordia.
Pero antes de este anuncio, el deseo de Dios es que esté preparado, como María, para recibir a Jesús. Por eso, en este día acudo a María para pedirle que me acompañe en la expectativa de la venida de su Hijo. Dejarle un lugar en la posada de mi corazón. Estar listo para abrirle la puerta, para que su luz pueda entrar en mi morada y disipar los rincones de la oscuridad de mi existencia. Estar listo para encontrar el favor de Dios, para responder como María, que soy su siervo y siervo del Señor. Que todo se haga en mi según su palabra.
Que el Señor me ayude a seguir el mismo camino y a tener la misma disponibilidad que María para recibir con alegría la llegada del Emmanuel, el Dios-con-nosotros.

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¡Dios te salve, María, llena eres de gracia! ¡Dios te salve, Madre de Cristo y Madre mía! ¡Te doy gracias por tu sí a Dios, por tu confianza a Dios nuestro Padre, por tu disponibilidad a cumplir su voluntad y sus planes, por tu espíritu de entrega, por recibir con amor la Palabra de Dios en tu vida, por tu fe en el ángel, por tu vivencia del amor en tu interior, por tu humildad de esclava, por tu vocación de servicio, por sencillez y tu amor! ¡Son ejemplos de vida para mí, María, testimonio inquebrantable que me invitan a cambiar, a transformar mi interior para recibir con alegría a Tu Hijo! ¡Gracias, María, porque en la noche de Belén irradia sobre el mundo la luz eterna que es tu Hijo Jesús! ¡Gracias, María, porque me predispones a abrir mi corazón, a acogerte con el corazón abierto y el alma limpia a Ti y a tu Divino Hijo! ¡Hoy María, quiero pedirte por todas las familias del mundo, tan atacada y disuelta por los errores humanos, para que recuperen el valor de su existencia para que cambien sus dificultades, para que enderecen sus caminos, para que ensalcen sus propósitos! ¡Da a todas las familias del mundo, María, la fortaleza inquebrantable de la fe, de la esperanza, del amor, del respeto, de la comprensión, del perdón y de la generosidad! ¡Gracias, María, por tu amor! ¡Todo tuyo, María! ¡Totus tuus, María!

Bendita eres entre todas las mujeres, te canto hoy María:

El coraje vital

¡Qué necesario es el coraje en la vida! ¡Qué necesaria es esta virtud que engloba las fortalezas que te llevan a lograr tus objetivos vitales más allá de las dificultades que se te presentan! ¡Que importante es el coraje para manifestar los propios valores, principios y sentimientos! ¡Qué necesario es el coraje para adoptar esas decisiones complejas y difíciles que superan las incertidumbres y los miedos!
Pero para tener coraje hay que conocerse interiormente. ¿Me conozco realmente? ¿Por qué a veces me cuesta tomar decisiones cruciales? ¿Por qué me resulta complejo asumir mis acciones o las consecuencias de mis actos? ¿Me planteo con frecuencia si soy honesto conmigo mismo y con los que me rodean? ¿Por qué lo soy? ¿Soy verdaderamente auténtico para actuar como pienso y pensar como siento? ¿Soy lo suficientemente valiente para defender sin fisuras, sin miedo al qué dirán o a las consecuencias que ello comporta, mis valores y mis ideas? ¿tengo el coraje de no dejarme llevar por las modas y por las opiniones de los demás?
Y en el plano espiritual, ¿tengo el coraje para profundizar en lo interior y abandonarme de lo exterior para alcanzar la eternidad? ¿tengo el coraje suficiente para cumplir con la voluntad de Dios, de obedecer sus mandamientos y su palabra y dejar de lado mi propia voluntad? ¿tengo el coraje de abandonar mis malos hábitos y arrepentirme verdaderamente de mis pecados, de asumir mis errores y admitir mis faltas? ¿tengo el coraje de hacerme pequeño para hacer más grandes a los demás? ¿tengo el coraje, cuando no la valentía, de perdonar aunque me cueste? ¿tengo el coraje de desprenderme de mi yo, de mi soberbia, de vivir en la humildad, de contrariar las malas inclinaciones de mi corazón que me alejan de Dios? ¿tengo el coraje de poner por encima de todo a Cristo y defender su Verdad? ¿tengo el coraje que de la fe? ¿y el coraje de apartar mi autosuficiencia para hacerlo todo por amor a Dios? ¿tengo el coraje para sacrificar mi vida y darla por los demás? ¿tengo el coraje de servir sin esperar nada a cambio, de entregarme sin esperar aplausos, de negarme a mi mismo poniendo al otro por delante de mi? ¿tengo el coraje de defender la justicia, la verdad, de desistir de la mentira y del mal? ¿tengo el coraje de decir que algo está mal cuando se aleja de las enseñanzas del Evangelio? ¿tengo el coraje de sembrar amor, generosidad, bondad, alegría, felicidad… a pesar de tanto rechazo a la autenticidad?
En definitiva, ¿tengo coraje para darlo todo por el Señor? Y si no lo tengo, ¿que le falta a mi vida y a mi corazón para tener la fuerza de voluntad que me haga cada día mejor?

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¡Señor, aquí me tienes en mi pequeñez y en mi debilidad, te pido que me concedas la gracia de afrontar todas las decisiones de mi vida con coraje y lucidez, con fe y con esperanza, para que se cumpla tu voluntad en mi! ¡Te pido, Señor, valor para afrontar con decisión cualquier inconveniente que se me presente, para vencer todas las dificultades que me traiga la vida, para evitar que el ánimo se me caiga y pierda la esperanza! ¡Te pido, Señor, una fe firme para vivir en la confianza y para tener el valor de avanzar sin detenerme, sin preocuparme del qué dirán, sin miedo a defender lo que soy y con la valentía de defender tu Verdad! ¡Te pido, Señor, el coraje para servir al prójimo sin esperar nada a cambio, de comprometerme por los demás con alegría, para ser servidor en tu nombre! ¡Te pido, Señor, el valor para reconocerme interiormente y desde lo íntimo de mi ser salir al mundo para dar lo mejor que tengo, para entregarme enteramente a Ti y a los demás, para actuar como lo harías Tu! ¡Te pido, Señor, tu bondad, tu caridad, tu misericordia, tu generosidad para que todos mis actos estén impregnados tu manera de hacer! ¡Señor, necesito de tu luz, de tu fuerza, de tu actitud, de tu alegría y tu ánimo para seguir avanzando por el camino de la vida! ¡Anhelo, Señor, ser feliz en tu amor! ¡En tí confío, Señor, y en tus manos me pongo para ser uno en ti!

Hoy la canción no es propiamente religiosa pero si una reflexión sobre el coraje de la vida. Es El coraje de vivir de Antonio Flores:

Adelantarse al amor de Dios

Una de mis hijas, universitaria, va a pasar un mes en Calcuta con las Hermanas Misioneras de la Caridad. Me explica una historia que me ha dejado impresionado. En una charla para jóvenes universitarios un sacerdote ha explicado una historia de servicio. El padre inicia la introducción diciendo que hay personas que deciden dar lo mejor de su tiempo al servicio de los demás. Que hay universitarios que, en su tiempo de vacaciones, deciden dedicarlo a servir al prójimo. Les explica la historia de unos jóvenes  que fueron a un hospicio de Nairobi (Kenia) dedicado a niños recién nacidos, muchos de ellos abandonados o moribundos, cuidados por las hermanas de la Madre Teresa. Uno de esos voluntarios, a su regreso de África, escribió una carta con sus experiencias que resumo: Cuando llegó a Nairobi se preguntaba como ellos, inexpertos universitarios, podrían ayudar en aquella África sucia, polvorienta y calurosa… lo que tenían claro es que tenían la intención de darse totalmente a los demás. Lo que no sabían era que iban a recibir más de lo que iban a dar… Entraron en un tugurio sin muebles y sin apenas luz. Quien escribe la carta se quedó bloqueado en la habitación. Nunca había visto nada parecido. Sus compañeros se fueron dispersando por las distintas estancias según las indicaciones de las hermanas… pero él permaneció inmóvil hasta que una monja le preguntó en inglés: «¿Has venido a mirar o quieres ayudar?». Y le invitó a tomar en sus brazos a un niño que lloraba desconsoladamente pero sin apenas fuerzas en un rincón de la casa. Cuando lo tomó delicadamente sintió que aquel cuerpo diminuto estaba muy caliente. La hermana le dijo: «Lo bautizamos ayer. Ahora mantenlo en tus brazos y dale todo el amor que seas capaz de dar. Dáselo a tu manera». Dicho esto, se alejó dejando al inexperto universitario con aquel niño de dos años en brazos. Así, lo arrulló, le cantó, le dio besos, ternura y cariño. A los pocos minutos aquel niño dejó de llorar y se quedó dormido. Pero pasaron los segundos y el niño parecía que no respondía a nada. Nervioso, se dirigió a la misionera de la caridad, exclamando: «¡No respira!». La monja se acercó a él y certificó su fallecimiento, sabía desde el principio que ese niño se estaba muriendo y mirándolo a los ojos le dijo: «Este niño ha muerto en tus brazos y tu te has adelantado unos minutos con tu cariño a todo el amor que Dios le va a dar por toda la eternidad».
¡Qué impresionante que cada uno pueda adelantarse al amor de Dios por toda la eternidad a todas las personas que nos rodean con nuestra actitud, con nuestra ternura, con nuestra manera de comportarnos, con nuestras palabras y nuestras acciones! ¡Que impresionante es pensar que Cristo quiere amar a mi familia, a mis amigos, a mis compañeros de trabajo, a la gente de mi comunidad parroquial… a través de mis gestos y mis actitudes! ¡Un gesto de amor adelante todo el amor que Dios dará en la eternidad!

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¡Señor, que sea capaz de darme siempre a los demás para vencer mi egoísmo, mi intentar hacer mi voluntad y no para complacer sólo mis deseos y mis necesidades! ¡Señor, no permitas que nunca me quede bloqueado ante el sufrimiento ajeno, ante el dolor y la tristeza del que tengo al lado! ¡Señor, que sea capaz de adelantarme al amor del Padre con mis actitudes, con mis gestos, con mis palabras, con mis miradas, con mis sentimientos, con mis acciones! ¡Que los demás sientan que mi corazón están lleno del amor de Dios! ¡Que siguiendo tu ejemplo sea servicial, amoroso y tierno con los demás! ¡Que sea capaz de seguir tu camino! ¡Señor, envía tu Santo Espíritu, para que purifique mi corazón y de entrada al amor de Dios, nuestro creador y salvador! ¡Envía, Señor, al Espíritu Santo para que se convierta en el guía que me conduzca al corazón de Dios! ¡Señor, enséñame a amar conforme a tu corazón para que mi vida sea un reflejo luminoso de tu luz! ¡Te entrego mis pensamientos, mis emociones, mis palabras, mis sentidos, mis actitudes para que obres en ellos y sean transformados para amar bajo el diseño del reino celestial!

Amar y servir, la canción que ilumina hoy esta meditación:

Entre lo temporal y lo eterno

Un emprendedor que le dedica muchas horas a su negocio me contó hace unos días por qué había despedido a uno de sus trabajadores. La respuesta me dejó helado: «No valoraba lo que tiene realmente valor. Se quejaba de todo, manifestaba poco interés por las cosas, por la vida e, incluso, por su propio aspecto. Y eso afectaba seriamente a sus responsabilidades. Para él era más importante beber coca-cola que su propio trabajo. Al final, después de advertírselo retiradamente tuve que tomar esta decisión tan drástica».
¡Cuántas personas transitan por la vida sin dar valor a las cosas! ¡Cuanta gente como aquel hombre despedido no tienen sentido de lo trascendente, centrándose en lo insustancial y privándose de lo que realmente merece la pena.
A raíz de este comentario me cuestiono hoy si tengo presente qué valor le doy a las cosas, cuál es mi gran propósito para esta vida, si tengo conciencia de por qué estoy aquí. Si soy consciente de ese deber sagrado que Dios me ha asignado.
Y en el plano espiritual: ¿Cuántas veces pongo a Dios en un segundo plano? ¿Cuántas veces lo temporal prima sobre lo espiritual? ¿Cuántas veces hago caso omiso a la Palabra de Dios? ¿En qué medida lo trascendente de la vida tiene en mi vida la perspectiva correcta? ¿Cuantas excusas, disculpas y justificaciones pongo antes de sentarme a orar o a dar gracias! ¿Soy capaz de ver cuánta vida existe la Palabra de Dios para alimentar y ver crecer mi alma?
Eso me permite analizar también mis actos para encuadrarlos en los efectos que producen en mi vida y en la de los demás. Me ayuda a entender que no puedo quedarme en lo trivial cuando lo eterno espera.
Y lo importante, comprender que no puedo centrar mi vida en lo temporal porque es en lo eterno donde está el sentido trascendente de la vida.

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¡Señor, concédeme la gracia de darle a mi vida un sentido trascendente! ¡A conocer de verdad lo que vale la pena y tiene sentido! ¡Ayúdame, por medio de tu Santo Espíritu, a deslumbrar el mi propósito en esta vida y prepararme para la eternidad y no para la vida mundana! ¡Hazme consciente, Señor, que mi ciudadanía es la del Cielo y que el signo que me identifica es la cruz de Cristo! ¡Sé, Dios mío, que tienes reservado para mí una vida abundante concédeme por medio de tu Santo Espíritu, la perspectiva humana y espiritual para alcanzarla, que mi vida tenga siempre una perspectiva eterna, la perspectiva de Dios! ¡Señor, soy consciente de que vivir implica buscar, haz que en mi vida esta búsqueda me ayude a entender lo que es relativo o absoluto y aceptar mi pequeñez, mi indigencia y provisionali­dad! ¡Hazme, Señor, consciente que el obtener respuestas me sitúa en el horizonte de lo absoluto! ¡Señor, me corresponde vivir en una sociedad individualismo, ayúdame a salir siempre de mi propia tierra, trascender, dirigirme hacia el otro aunque en él no observe nada trascendente! ¡Dame una mirada contemplativa y no permitas que me complazca en la superficialidad! ¡Ayúdame a mirar cada día el mundo desde la perspectiva del Dios encarnado, que es Jesús, tu hijo, en el que todo lo puedo porque me fortalece!

Señor de la eternidad, cantamos hoy:

Contemplar y adorar el misterio de la Trinidad

Con enorme alegría celebramos hoy la gran fiesta de la Santísima Trinidad de la que podemos regocijarnos porque nuestra vida cristiana está marcada bajo el signo de la presencia de la Trinidad.
La Trinidad es un misterio de la fe que deseo contemplar y amar porque como cristiano vivo en la esperanza de que este misterio se me aparecerá en todo su esplendor al alcanzar la felicidad eterna el día de mi despedida de esta tierra.
Pero este misterio no tiene porque ser algo ininteligible e incomprensible porque como otros misterios cristianos el de la Trinidad es mucho más grande de lo que la inteligencia puede percibir. Y la primera base de este misterio es el amor porque Dios, el creador de todo, es la comunión perfecta del amor.
Este es el misterio de la Trinidad. El Padre que ama al Hijo y, desde la eternidad, le da la vida; está el Hijo que ama al Padre, por quien todas las cosas han sido hechas, quien es su Palabra, y cuya misión es darnos a conocer al Padre; y está el Espíritu Santo, que es el mismo amor que existe entre el Padre y el Hijo, que va del Padre al Hijo y del Hijo al Padre. ¡Por eso la belleza de Dios es trinitaria! Y ante este misterio divino de amor uno no puede más que caer en la contemplación y en la adoración.
Pero no solo es un misterio para contemplar, es también un misterio para ser experimentado y vivido porque este misterio deja una señal indeleble en toda nuestra vida cristiana, especialmente desde el momento de recibir el sacramento del bautismo. El bautismo realiza en cada persona una nueva creación convirtiéndonos en hijos adoptivos de Dios, participantes de la naturaleza divina, miembros de Cristo y coherederos con Él de la gloria eterna y templos de Dios por medio del Espíritu Santo. ¡Qué hermoso sentir que el bautismo nos une de una manera tan estrecha a la Santísima Trinidad! Vivimos en este misterio al igual que este misterio vive en nosotros.
Y el culmen de todo esto se alcanza en la Eucaristía, porque el Jesús que recibimos nos convierte en participantes de la vida trinitaria. Por eso me gusta asistir cada día a la Santa Misa y participar de la Eucaristía porque, en cierto modo, soy un huésped de la Trinidad, sentado a la mesa con el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo como reflejó de manera tan hermosa el pintor ruso medieval Andréi Rublev en esa obra maestra del arte pictórico ruso que es el cono de la Trinidad pintado para la catedral de la Trinidad y san Sergio.  
La Trinidad es un misterio de alegría y de esperanza, un misterio para ser contemplado y ser vivido que nos permite comprender que Dios es amor y es causa de nuestra alegría, que Cristo es amor y es nuestra esperanza, que el Espíritu Santo es amor y es el dador de nuestra vida. ¡Que la Trinidad nos invada hoy a todos con Su presencia y llene nuestro corazón con su infinito amor y su abundante alegría!

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¡Gloria al Padre, y al Hijo y al Espíritu Santo como era en el principio, ahora y siempre, y por los siglos de los siglos! ¡Santísima Trinidad, Dios Trino y Uno, Padre, Hijo y Espíritu Santo, principio y fin nuestro, te rindo homenaje y exclamo agradecido por razón de mi fe: ¡bendita y alabada sea la Santísima Trinidad! ¡Trinidad Santísima sea todo honor, gloria y alabanza! ¡Padre del Cielo, fuente de bondad y eterna sabiduría; Jesús Buen Pastor, en cuyo Sagrado Corazón mi alma encuentra refugio; Espíritu Santo, claridad que todo lo ilumina; os suplico me otorguéis vuestra ayuda, guía, iluminación y protección en el camino de la vida!  ¡Hoy no puedo más que exclamar con gozo: Gloria a Dios en el Cielo  y en la tierra paz a los hombres que ama el Señor.  Por tu inmensa gloria te alabamos, te bendecimos, te adoramos, te glorificamos, te damos gracias. Señor Dios, Rey celestial, Dios Padre todopoderoso. Señor Hijo único, Jesucristo, Señor Dios, Cordero de Dios, Hijo del Padre: tú que quitas el pecado del mundo, ten piedad de nosotros; tú que quitas el pecado del mundo, atiende nuestra súplica; tú que estás sentado a la derecha del Padre, ten piedad de nosotros: porque sólo tú eres Santo, sólo tú Señor, sólo tú Altísimo, Jesucristo con el Espíritu Santo en la gloria de Dios Padre. Amén!

Jaculatoria a la Virgen María: María, que tan unida estás a la Santísima Trinidad, que por vuestra gracia habitáis en mi alma, haced que os ame más a Ti, al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo.

Himno a la Trinidad, para acompañar a la meditación de hoy:

No me puedo quedar mirando al cielo

Hoy es la solemnidad de la Ascensión del Señor. La Pascua casi llega a su fin. Jesús, fiel al Padre, que tras su donación generosa murió en la cruz y resucitó de entre los muertos, sube definitivamente al Cielo para vivir, rodeado de la gloria celestial, en la presencia de Dios, con Dios y en Dios. ¡Qué día más hermoso! ¡Mi enhorabuena, Señor!
Siento este día como algo especial. Como una meta. Yo también aspiro a la gloria eterna. Y, de nuevo, Jesús me marca el camino. Me señala la puerta de entrada a la eternidad. Mi profesión de fe me permite vislumbrar el futuro cierto. Creo que Jesús es El Salvador del hombre y que por su muerte y resurrección yo estoy llamado a la vida. A la Vida Eterna. Y aspiro también a mi ascensión al cielo en el momento de mi paso final por este valle de lágrimas. No quiero quedarme paralizado cómodamente en la antesala del cielo. Mi aspiración concreta es la eternidad y eso exige esfuerzo, trabajo, lucha, compromiso, testimonio.
En esta fiesta de la Ascensión del Señor surge de mi corazón un compromiso firme a ser misionero de la verdad. Testimonio de la autenticidad cristiana. No me puedo permitir el lujo de quedarme mirando al cielo a la espera de que todo me venga hecho.  No puedo como hicieron los apóstoles, escuchar las palabras de los ángeles: “Galileos, ¿qué hacéis ahí plantados mirando al cielo?”.
Soy cristiano. Y quiero ser un cristiano comprometido. No me puedo quedar mirando al cielo porque debo volver a la Jerusalén de mi vida cotidiana. Allí también está Cristo vivo, en el corazón del prójimo, en los acontecimientos de cada día. Porque Jesús, que está en el cielo, en realidad no se ha ido porque se hace presente en el mundo en el que vivo. Porque ese Cristo que se ha sentado a la diestra del Padre está muy presente en el amigo enfermo, en ese familiar que sufre depresión, en el compañero que se ha separado, en el amigo que no tiene trabajo y sufre problemas económicos, en el mendigo de la esquina de mi casa, en el hermano de comunidad que tiene problemas con su hijo drogadicto… Ese Jesús sobre todo Nombre es en realidad el cristiano perseguido, el niño abortado y la madre que sufre por ello, la amiga que su marido la ha dejado por otra más joven, el amigo que ha perdido su trabajo con cuatro hijos. En definitiva, ese Jesucristo que sube a la gloria celestial es el Dios que se hace presente en el corazón de todo hombre.
El Señor está hoy en el cielo, sí. Pero también en lo terreno de la vida. En el centro de mi vida familiar, en mi entorno laboral tan descristianizado, en la comunidad parroquial, en el núcleo de mis amigos, en la universidad de mis hijas aunque Dios parezca ausente, en el metro cuando viajo cada mañana… Cristo es cosa del minuto a minuto, del día a día. Yo aspiro al cielo, pero ahora mi cielo es la tierra y es aquí donde debo nutrir mi santidad para que algún día se me abra la puerta celestial a la que aspiro entrar con la mayor de la humildades.

orar con el corazon abierto

¡Señor, enhorabuena por este premio tan hermoso! ¡Tu me recuerdas en este día, Señor, que mi aspiración es el cielo! ¡Que en el personal de mi vida debo hacer la voluntad del Padre y buscar mi salvación cada día de mi vida! ¡Señor, soy consciente de que el Padre me ha encomendado una misión y debo cumplirla! ¡Envíame, Espíritu Santo, la sabiduría, la fortaleza y la confianza para escribir cada día la página certeza de mi vida que siga la voluntad de Dios! ¡Ayúdame, Espíritu divino, a vivir mi vida en perspectiva de eternidad! ¡Ayúdame a comprender que estoy en la tierra de paso, que el tiempo avanza deprisa, que no puedo detenerme en mi crecimiento personal y espiritual, que las consecuencias de mis actos tendrán mucho que ver en mi entrada en el cielo! ¡Que mi misión no es solo para mí sino también para los que me rodean y encuentro por el amigo! ¡Concédeme, Espíritu divino, las herramientas necesarias para afrontar la vida con decisión y dame los instrumentos para inculcar a los míos los elementos para ayudarle a enfrentar también su vida! ¡En tu solemnidad de la Ascensión, Señor, hazme pescador de hombres, hazme servidor de los demás y que busque siempre servir y no ser servido, hazme cristiano comprometido para continuar tu obra con el impulso y la gracia del Espíritu Santo y la compañía siempre adorable de tu Santísima Madre! ¡Te pido, Señor, por tu Santa Iglesia católica, para que su camino lleve a todos los hombres a la gloria eterna!

Jaculatoria a María en el mes de mayo: ¡Madre mía, confianza mía, llévame a Jesús!

De J. S. Bach, escuchamos una pieza de su Oratorio Lobet Gott in seinen Reichen (Ascensión de Jesus al Cielo〉 BWV 11 tan señalado para la festividad de hoy:

Pensar y vivir en clave de eternidad

Me decía el otro día un antropólogo que en algunos países africanos la vida más larga no alcanza de media los cuarenta años. Yo veo a mi abuela que con sus noventa y seis años como alarga su estancia en esta tierra con la alegría del primer día. Pero ¿qué son estos cuarenta o casi cien años comparados con la eternidad? Lo cierto es que muchas veces me olvido de esto pero debería valorar mi vida actual a la luz de la eternidad futura. Una vida de duración sin fin. Para siempre.
Lo cierto es que estamos a las puertas de la eternidad… desde el mismo día de nuestro nacimiento y cuanto menos lo pensemos, cuando menos lo esperemos, llegará la hora en la que debo estar alerta. Y ese día no habrá tiempo de rectificar. El tiempo corre, corre y corre. Y se va. Por eso hay que vivir santamente para la eternidad, sentir para la eternidad, trabajar para el eternidad, amar para la eternidad, sembrar para la eternidad, estudiar para la eternidad, crear para la eternidad, perdonar para la eternidad, servir para la eternidad, pensar para la eternidad, dejar la impronta para la eternidad, ser virtuoso para la eternidad, obrar para la eternidad, hablar para la eternidad… Todo con el fin de imprimir en mi alma y en mi corazón la imagen de Dios con el que voy a compartir la eternidad.

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¡Señor, ayúdame a valorar mi vida actual a la luz de la eternidad! ¡Sé, Señor, que estoy a las puertas de la eternidad y a veces me cuesta pensar en ella! ¡Envía tu Espíritu, Señor, para que mi corazón arda en deseos de eternidad, de elevar mi vida a la altura del cielo, amar las cosas eternas más que las cosas mundanas, desear ir a la casa del Padre! ¡Ayúdame Espíritu Santo a vivir para la eternidad siempre y en cada momento, echar aquí en la tierra la semilla que decida mi eternidad, regarla, cuidarla, y recoger sus frutos! ¡Ayúdame Espíritu Santo a que cada una de mis acciones estén pensadas para la eternidad! ¡Hazme Espíritu Santo consciente de que la llegar a la vida eterna depende de mí y ayúdame a estar preparado, a servir fielmente los mandatos del Señor que redundan siempre en mi beneficio! ¡Señor, me dices que si quiero entrar en la vida eterna guarde tus mandamientos, quiero ponerlos en práctica cada día! ¡Ayúdame Tú, con la fuerza de tu Espíritu y por intercesión de María de lograrlo cada día!

Mi guardián no duerme
, con la hermana Glenda: