¡Un amor que puede hacer que nuestras vidas sean verdaderas y benditas Eucaristías!

Me regocijo cuando leo el Evangelio. Es un canto permanente al amor, a la amistad, a la vida… Pasajes repletos de testimonios de amistad sincera, de renuncias, de encuentros inesperados que transforman corazones. Las lágrimas de Jesús en la tumba de Lázaro, el salto del pequeño Juan en el vientre de su madre cuando ésta se encuentra con la Virgen también encinta; el mismo Juan lleno de alegría en las aguas del río Jordán al escuchar la voz de su primo; en el otro extremo del Evangelio con el “¿Me amas?” de Jesús a san Pedro y la respuesta firme de este: ¡Señor, tu lo sabes todo, tu sabes que te amo!”; los encuentros con el centurión, la mujer samaritana, el encuentro con María Magdalena… Si seguimos el camino de la amistad a lo largo del Evangelio, nos convertiremos en amigos de Jesús y haremos, con Jesús, muchos amigos.

La amistad que Cristo comparte con sus apóstoles me impresiona sobremanera. Esa ternura especial con san Juan, el discípulo amado, al que le encomienda hacerse cargo de su Madre; con la fuerza de una amistad incondicional, incluso podría decirse obstinada, por Judas… en el mismo momento en que el apóstol le traiciona y está a punto de entregarlo, lo llama ¡mi amigo! Y Él, Jesús, va a renunciar a su vida por él y por cada uno de nosotros dejando patente que no hay amor más grande que dar su vida por sus amigos. Incluso en la desesperación Judas, cuando es consciente de la locura de haber traicionado al Amigo, se produce un emotivo testimonio de amistad. ¡Sorprendente!

Las amistades que se nos dan para vivir diariamente y que tratamos de escribir día a día de nuestras vidas son, en general gracias del Evangelio, pero quizás deberíamos evangelizarlas más. ¡Debemos asegurar el sabor del Evangelio en cada una de nuestras amistades! Gratitud, escucha atenta, generosidad, humildad, entrega, servicio, recuerdo del amor en Dios nuestro Padre, corazón universal, un amor de amistad que podemos extraer de cada Eucaristía, que podemos recibir del mismo Corazón de Jesús, nuestro Amigo, amigo de todos. ¡Un amor que puede hacer que nuestras vidas sean verdaderas y benditas Eucaristías!

¡Señor, quiero imitarte en tu relación con tus amigos; abrirles el corazón y llenarme de su amistad! ¡Te pido, Señor, que bendigas a cada una de las personas que quiero, a mis amigos, y revélate en cada uno de ellos con tu amor, tu misericordia y tu poder! ¡Señor, envía sobre ellos tu Santo Espíritu para que se convierta en el guía de su vida! ¡Cuando sufran, Señor, o tengan dificultades del tipo que sea, conviértete tu en el sostén de su vida y dales paz en el corazón! ¡Cuando en sus vidas, las dudas aparezcan y la incerteza se asiente en su corazón, llénalos de confianza y dales mucha fe para que desistan del camino! ¡Cuando el cansancio haga mella en su vida, dales la fuerza para resistir los embates de la vida! ¡Cuando el miedo se presente en su vida, revélales tu cercanía y hazles ver que caminas a su lado y nunca los abandonas! ¡Señor, bendice con tu amor a cada uno de mis amigos, bendice sus esperanzas, sus alegrías, sus penas, sus dudas, sus luchas, sus retos, sus sueños, sus travesías, sus incertezas, su vida espiritual, su vida familiar, sus trabajos! ¡Hazte presente, Señor, en sus vida como hiciste con cada una de las personas con las que te encontraste en cada pasaje del Evangelio! ¡Gracias, Señor, por escuchar mi oración!

Añorar el gozo sublime y maravilloso de Dios

Escuchaba ayer atentamente las lecturas durante la celebración de la Santa Misa. Lo intento hacer en cada Eucaristía porque la proclamación de la Palabra es un momento relevante puesto que es Dios quien nos habla a través del lector. Y pensé: ¡Qué bonito que una parte fundamental que convierte el Antiguo y el Nuevo Testamento, y sobre todo el Evangelio de la vida de Cristo, en una sucesión de buenas nuevas sea que nos revele la presencia en nuestra vida de un Dios infinitamente gozoso! Al salir del templo, ya en la calle, me vino la segunda parte del pensamiento: ¿A quien le gustará disfrutar de la gloria eterna, de la eternidad prometida, con un Dios triste, irritado, enojado, quejoso o disgustado? ¡A nadie! Si Dios no se manifestase siempre en el gozo y la alegría, el propósito que emerge del Evangelio no sería en ningún caso un propósito impregnado de alegría y felicidad lo que implicaría que el evangelio carecería de sentido. Lo bonito es que Cristo nos hace una invitación explícita para caminar hacia la eternidad con el fin de disfrutar de un Dios cuya manifestación más clara es el gozo. Ya nos lo advierte que cuando le respondemos fielmente en lo poco nos invitará a entrar a participar del gozo del Padre. ¡Su vida y su muerte estuvo marcada para disfrutar de este gozo —el gozo sublime y maravilloso de Dios— y quiso que este fuese también nuestro gozo y lo disfrutáramos en plenitud! 

La felicidad de Dios tiene como fundamento y razón de ser una felicidad plena en Cristo, su Hijo amado. Y cuando los cristianos participamos de la felicidad de Dios lo hacemos con el mismo placer que Él tiene por Jesús. ¡Esto es lo que hace del Evangelio una permanente buena nueva y nos abre de par en par las puertas para contemplar, gozar y deleitarnos en la gloria de Cristo! Y si nuestra vida es coherente, buena y plena el día que nos llegue la hora y alcanzamos la meta final que es el cielo prometido nos deleitaremos en el Hijo con la misma y profunda felicidad que Dios siente por Él. Y esta es la razón por la que Cristo ha querido darnos a conocer a Dios. ¡Menudo reto, menuda perspectiva y menuda pasión poder regocijarse en un tiempo no muy lejano de lo que es infinitamente disfrutable! ¡Y nuestra capacidad para disfrutar de este tesoro inagotable no quedará limitado por la infinidad de nuestras debilidades porque disfrutaremos de Cristo con la misma alegría que lo hace Dios! Me emociona pensar que el deleite de Dios en Jesús vivirá en mi —en nosotros— y nunca tendrá fin. Esta idea me invita a concentrar mi corazón en el motivo por el cuál Cristo dio su vida por nosotros: contemplar y poder deleitarnos en la gloria divina del rostro de Cristo con alegría infinita.

¡Señor, te adoro con todo mi corazón, con toda mi alma, con todo mi ser y con todas mis fuerzas; te doy gracias porque lo que te movió a quedarte entre nosotros fue el Sacramento del Amor por eso te pido la gracia de adorarte cada uno de los días de mi vida; de tratar de cumplir siempre la voluntad del Padre, de cumplir con las enseñanzas del Evangelio, de tu Buena Nueva porque aspiro, Jesús, a alcanzar la gloria prometida! ¡Que todos mis pensamientos, palabras, obras y actitudes trabajen para mi santidad pues quiero gozar en la vida eterna contemplando tu rostro y el del Padre! ¡Ayúdame a ser apóstol de tu Evangelio para atraer a ti almas que te adoren, de conozcan y te amen para que en todo tiempo y en todas partes aquellos que se acerquen a ti caminen también hacia el gozo de la eternidad! ¡Señor, conoces mi corazón y mi vida, sabes de mis debilidades y mis flaquezas, pero creo en Ti y no me falta la fe para creer en tu promesa de salvación! ¡Deseo, Señor, formar parte de los que, una vez llegada la hora de mi paso por esta tierra, alcance la vida eterna; deseo, Señor, entrar en el reino de la felicidad eterna y vivir junto a la Trinidad Santísima una existencia repleta de gozo, felicidad y paz! ¡Envía tu Espíritu sobre mi para que viva siempre de una forma buena y coherente siguiendo las enseñanzas de tu Evangelio! ¡Envía también tu Espíritu sobre los que quiero y sobre la humanidad entera para que todos vivan conforme a tu Palabra y crean en la promesa de la vida eterna! ¡Permite, Señor, que todos podamos gozar de tu gracia! 

Y yo, ¿puedo ser buena noticia?

A lo largo de la vida te encuentras con personas que, desde el primer momento, te resultan gratas, simpáticas o agradables. Rezuman bondad, amabilidad, serenidad. No hacen nada excepcional para demostrarlo pero su desde la naturalidad de su mirada, sus gestos o su sonrisa uno se siente atraída por ellas. Son aleccionadoras de la vida, abren espacios a la alegría y, sobre todo, a la confianza. A estas personas las descubres fácilmente entre tanto rostro acartonado, fruncido y aguado. Son, sin pretenderlo, testimonios andantes de la Buena Nueva. La fuerza del testimonio es siempre más poderosa que la doctrina misma.
Que una forma de vivir o de afrontar la vida se convierta en buena noticia para el prójimo nos es algo característico de la sociedad actual. Uno se convierte diariamente en buena noticia con sus gestos y sus actitudes pero sobre todo cuando teje sus relaciones de amor, misericordia, generosidad, humildad, respeto, perdón, comunión, justicia… esas son las verdaderas buenas noticias que estrechan lazos entre las personas.
Te conviertes realmente en buena noticia cuando ofreces tu amistad desde el pozo de la sinceridad, la cercanía, la ternura y el desinterés con el que compartes la vida; te conviertes en testigo vivo del amor gratuito, leal e incondicional al otro cuando eres capaz de darte como lo haría el mismo Cristo. Cuando afinas tu mirada hacia el bien y eres capaz de ofrecer experiencias gratas que lo impregnan todo de bondad, generosidad y sentido. Cuando colocas ladrillos para el edificio universal del amor sin hacer ruido.
Desde el punto de vista humano —y cris­tiano, si lo miramos desde la perspectiva de nuestra fe—, los transmisores de buenas nuevas son per­sonas realizadas, hombres y mujeres que han alcanzado una gran unificación o luminosidad interior y son capaces de transparentarla, convirtiéndose en farolas luminosas de una manera de vivir que se confunde con ellos mismos.
Ser buena noticia andante es ser siervo inútil del Señor; ser buena noticia —que es lo que significa Evangelio—, es no ignorar los códigos culturales que nos rodean. Es vivir en el sí de nuestras sociedades, con sus complejidades y realidades. Es servirse de la se­mántica que nos convierte en parte integrante del entorno en el que nos movemos. Pero para que eso ocurra se ha de ser primero auténtico; más tarde aceptar convertirse en hombre o mujer de nuestro tiempo para, finalmente, ser capaz de comunicarse con nuestros semejantes. Eliminar las perezas interiores, quitarse todo los recelos que oscurecen nuestros gestos y ofrecer lo mejor que se tiene para ser buena noticia acorde con el mensaje liberador de Cristo. Es cuestión de despreocuparse de los propios intereses, tantas veces mezquinos y cicateros, por muy espirituales que nos parezcan, para reflejar en toda su esencia la simplicidad de la buena nueva. La pregunta que me hago es: ¿si tanto proclamo que me interesa el otro, que falla en mi para no ser buena nueva en el prójimo o en mi entorno más cercano?

Captura de pantalla 2020-02-05 a las 6.37.33.png

¡Señor, soy consciente de que me llamas a ser buena nueva de tu Evangelio, a anunciarlo con obras, gestos y palabras, con mi manera de ser y de actuar, asemejándote a todo en ti! ¡Señor, sabes que no siempre me resulta sencillo porque me puede el yo y mi soberbia! ¡Concédeme, Señor, iluminado por tu Santo Espíritu, a ser Buena Noticia para el prójimo y esperanza para todos los que me rodean! ¡Tu, Señor, me invitas y me confías el proclamar tu Evangelio, ayúdame a llevar una vida de oración sencilla y humilde para que lo que anide en mi corazón lo perciban los demás como una buena nueva! ¡Hazme, Señor, Buena Noticia andante y saber contemplar siempre la situación de mi prójimo, conocer sus necesidades, hacer míos sus anhelos o dificultades y transmitirle con el corazón abierto una palabra desde tu Evangelio! ¡Señor, no permitas que mi experiencia de Ti e, incluso, mi vivencia de los valores cristianos se impregnen de frialdad por no ser capaz de llevarlo a la experiencia del amor y de la entrega! ¡Concédeme, Señor, la gracia de que lo que salga de mi corazón rezume serenidad, alegría, esperanza, fe, caridad, generosidad, entrega; ayúdame a poner en movimiento para llegar al corazón del otro como lo harías tu mismo!  ¡Ayúdame, Señor, a hacer realidad en mi entorno el Reino que tu nos ofreces!

Hipócrita y alejado de la realidad

En una reciente cena profesional con veinte personas de diferentes nacionalidades y religiones me atreví a preguntarles a los comensales que definieran lo que para ellos es el cristianismo. Dos conceptos se repartieron la categoría ganadora e hirieron profundamente mi corazón: «una hipocresía» y «está alejado de la realidad».¿Carecían de razón al pensar así o les asistía la verdad?
En sus tiempos, el propio Jesucristo expresó una profunda desazón por el comportamiento del hombre y cuestionó: «¿Por qué me llamáis, Señor, y no hacéis lo que yo digo?».
La vida del cristiano es exigente. No puedo vivir como cristiano comportándome como un cristiano de herencia, expresando mi fe en Cristo pero no poniendo en práctica y creyendo en los elementos básicos de su doctrina porque en si mismo todo ello es una contradicción.
Ser cristiano es ser seguidor de Jesús. Seguir su persona, sus enseñanzas, sus mandatos, su Evangelio y vivir alejado de todo ello es una paradoja. Ser cristiano es ser discípulo de Jesús, es decir, su embajador en el mundo. Viéndonos tantas veces actuar no sorprende que la gente se cree una opinión tan limitada de la religión que representamos.
Nadie es perfecto, ni siquiera el que sigue genuinamente a Jesucristo. Las faltas y las caídas personales no desacreditan al cristiano. Es la fe sin obras lo que mata el cristianismo. Uno puede creer en Dios pero esa creencia se debe corresponder con obras, estar atento a Su voluntad, luchar por vivir y cumplir hasta las últimas consecuencias los mandamientos, especialmente el mandamiento del amor, sin importar el costo personal, las consecuencias y los obstáculos que aparezcan en el camino.
Pero hay algo que olvidamos con frecuencia. Un cristiano lo es cuando, con el corazón abierto en la oración, uno es capaz de reconocer sus imperfecciones y acepta su pecaminosidad. ¿Acaso no dijo Jesús que no son los sanos los que tienen necesidad de médico sino los enfermos y que no ha venido a llamar a justos, sino a pecadores? En este sentido, ser cristiano implica mirar en lo más profundo del corazón y reconocer la propia imperfección para saber lo que uno es y no lo que quiere ser. El crecimiento interior es un proceso que exige una vida de perfección interior.
Como cristiano aunque trate de seguir las huellas de un Dios perfecto me equivoco con frecuencia, tengo flaquezas, imperfecciones, tomo decisiones equivocadas, cometo errores que provocan mucho dolor, juzgo implacablemente, caigo en la misma piedra, me dejo vencer por la tentación, pervierto los valores que me han enseñado, tejemanejeo con mis intereses personales… porque mi naturaleza es volátil. Como hay tantas roturas en el corazón rechazo el camino perfecto que propone Dios. Pero a Dios le gusta trabajar con gentes con roturas, dispuestas a reconocer sus problemas y que su corazón debe ser reparado. Un cristiano es como una vasija de barro que puede ser transformada por el poder sanador y reparador del Espíritu Santo.
«Una hipocresía» y «alejado de la realidad». En mi anhelo por ser buen cristiano no quiero aparentar solo tener fe porque mi vida de fe sin obras es como una higuera seca, muerta por ser incapaz de dar frutos, que aparenta lo que no es, que se engaña a sí misma y que engaña a los demás.

orar con el corazon abierto.jpg

 

¡Señor, no permitas que mi vida quede enmascarada por la mediocridad, que sea capaz de reconocer siempre mis imperfecciones y crecer conforme a la verdad! ¡Ayúdame a moldear mi carácter, a asumir mis debilidades, a cambiar lo que anida en mi corazón y dejarme transformar por tu Santo Espíritu! ¡Concédeme la gracia de ser testimonio de tu verdad, un auténtico embajador de Tu Reino! ¡Que cuando los demás me vean actuar piensen que soy un cristiano veraz! ¡Que nada me detenga, Señor, en esta tarea, que no me amedrente ni el qué dirán, ni el abandono de los demás ni los obstáculos que se vayan presentando en el camino! ¡Envía, Señor, tu Espíritu sobre mi para que me otorgue la fortaleza de afrontar la vida con plenitud, para mirar en lo más íntimo de corazón y tenga la valentía de cambiarlo por amor a ti y por mi propio bien! ¡Ayúdame a hacer siempre la voluntad de Dios! ¡Que esta vasija frágil que soy, Señor, esté siempre moldeada por tus manos amorosas y tiernas para que nadie pueda decir nunca que vivo en la hipocresía o alejado de la realidad!

Misionar por Cristo

Me encanta la simbología de cómo Cristo envía a los apóstoles a la misión de dos en dos. Es como si quisiera hacer entender al cristiano que no está solo cuando proclama el Evangelio. Nadie puede darse a sí mismo esta misión. Donde dos o tres están reunidos en Su nombre, allí está Él en medio de nosotros. Queda así claro que la comunión en la oración y la misión comienza cuando hay al menos tres personas: las dos que anuncian y la que recibe este anuncio. La misión tiene sus raíces en la vida trinitaria misma. El Padre envía a su Hijo y el Hijo envía el Espíritu.
Tampoco menciona nada sobre el contenido de la predicación de aquellos que son enviados. Ni nos ofrece la forma ni la sustancia ni el contenido de la predicación. A menudo, buscamos qué decir en nuestra proclamación del Evangelio.
Y pide a los apóstoles —a cada uno de nosotros individualmente—, que no llevemos nada, que no nos apeguemos a las cosas materiales. Implica aceptar lo que nos dan quienes nos reciben, o sacudir el polvo de nuestros pies cuando se rechaza la hospitalidad. Sorprende que se deba llevar un palo, unas sandalias y una sola túnica. Pero si lo interiorizamos bien es una manera de estar preparado para salir, a toda prisa, como en el libro del Éxodo. La misión supone una especie de nuevo éxodo, una nueva liberación. No se trata de huir de la esclavitud de la tierra de Egipto, como el pueblo de Israel, sino de liberarse de las fuerzas del mal. Sanar y relajar aquello a lo que estamos encadenados para experimentar la experiencia de la liberación en la forma de ejercer la misión.
¡Jesús no nos pide que digamos palabras maravillosas! Simplemente nos pide abrir el corazón y testimoniar lo que llevamos dentro. No se trata de decir cosas bellas, sino de vivir auténticamente la conversión interior para ser misioneros que reciben el evangelio para nosotros mismos antes de llevarlo a los demás. Vivir con humildad y no creerse superior a los demás brindándoles una verdad ya hecha que uno no haya practicado antes. La fe no es suficiente, hay que ponerla práctica.
Si Dios nos llama a misionar no es por nuestros propios méritos. Dios nos ha elegido antes de la creación del mundo para ser santos e irreprensibles bajo su amorosa mirada. Hemos sido elegidos y llamados a ser testigos de Su gran amor. Este testimonio es válido en todas las situaciones, independientemente de que haya o no bienvenida por parte de quien recibe la palabra para ser curado de sus enfermedades interiores. Cada uno de nosotros ha recibido la fuerza del Espíritu Santo para consolar a aquellos que están abrumados. Es aceptando nuestra propia vulnerabilidad y fragilidad como podamos ser testigos del Evangelio.
Nuestra fuerza misionera del Espíritu Divino trabaja en la debilidad de nuestros recursos humanos. La Iglesia no es una start-up que depende únicamente de la eficiencia. Nuestra flexibilidad, como cristianos, proviene de nuestro desprendimiento de los caminos del mundo. Estamos en el mundo, pero no en el mundo. Le pido hoy al Señor que no tenga miedo de salir en misión y que me ayude a cooperar en la obra de liberación iniciada por Cristo.

orar con el corazon abierto.jpg

¡Señor, a todos nos llamas a salir de misión! ¡Que el Espíritu Santo, Señor, me ayude a discernir siempre el camino que tu me pides; aunque te pido que me lleves a aceptar siempre tu llamada, a salir de mis propias comodidades y a atreverme a llegar a todas las periferias de la sociedad que requieren escuchar tu mensaje, sentir tu amor y tu misericordia y sentir tu presencia amorosa! ¡Señor, tu eres el Camino, la Verdad y la vida, eres auténticamente el rostro humano de Dios y rostro divino del hombre, por eso te tipo que enciendas mi corazón con el amor de Dios y me imprimas en el corazón el sello de ser cristiano para testimoniar al mundo con alegría la verdad de tu Evangelio! ¡Guía, Señor, por medio del Espíritu Santo cada uno de mis pasos porque quiero seguirte y amarte en comunión con mis hermanos, en comunión con tu Santa Iglesia y celebrando y sintiendo profundamente el don de la Eucaristía que tu instituiste el Jueves Santo! ¡Concédeme, Señor, la gracia de recibir el fuego de tu Santo Espíritu para que ilumine mi mente tantas veces cerrada y despierte en mi corazón soberbio y egoísta el deseo de contemplarte, de servir al prójimo, de amar a los hermanos, especialmente a aquellos que sufren, y el ardor por anunciarte sin miedo al que dirán! ¡Hazme, Señor, misionero valiente, comprometido y auténtico!

Alma misionera:

Te he elegido a ti porque te amo

El sábado por la mañana asistí a Misa en el templo de los Misioneros del Sagrado Corazón de mi ciudad. Al comenzar la ceremonia, el oficiante explicó que ese día conmemoraba los cincuenta años de su ordenación sacerdotal. Toda una vida como misionero vivida en Guatemala.
Empezó dando gracias a Dios por la misión y dijo que si seguía siendo sacerdote después de cincuenta años era porque los pobres le habían evangelizado. Y se hizo una pregunta, que al responderla me llenó el rostro de lágrimas y el corazón de gozo: ¿A qué se debía tanta gracia? Al amor de Dios y a la oración de su madre.
El padre Joaquín, como así se llama este hombre de Dios, explicó que cada día su madre asistía a la Eucaristía en el santuario de Nuestra Señora del Sagrado Corazón y le pedía a la Virgen con mucha fe y confianza que alguno de sus tres hijos varones fuese sacerdote misionero. Emocionado y agradecido, el sacerdote decía que una de las gracias más grandes es que por medio de su madre se había hecho realidad el mensaje del Evangelio: «En verdad, en verdad os digo: si pedís algo al Padre en mi nombre, os lo dará».
El sacerdote no se explicaba como Dios había elegido al más trasto de los tres hermanos varones, pero Dios siempre hace posible lo imposible. En los primeros años de sacerdocio pensaba que el día que se encontrara cara a cara con Dios le preguntaría: «¿Por qué me has elegido a mí para este ministerio?». Cincuenta años más tarde pensaba que no era necesario hacerlo, ya conocía respuesta. La había experimentado en el trato con sus feligreses y en la profundización de la Escritura: «Te he elegido a ti porque te amo». Ante una respuesta así uno no tiene capacidad para nada más porque queda completamente desarmado.
Y, en ese momento, las lágrimas brotaron en mi rostro y mi corazón se rompió en mil pedazos de alegría. Me sentí profundamente interpelado con el «Te he elegido a ti porque te amo». Uno de las claves de la revelación es que Dios nos ama de una manera específica y concreta a cada uno de nosotros. Jeremías dirá, poniendo las palabras en la boca del Padre, que «yo te amo con amor eterno», san Pablo dirá que Dios nos amó a cada uno antes de la creación del mundo y Jesús dirá que no hay amor más grande que dar la vida por el otro. Y Él ha dado la vida por nosotros.
Eso me lleva a profundizar en tres aspectos esenciales de mi vida como cristiano: no dudar jamás del amor de Dios cuando acuda a Él porque me ama con amor eterno; aplicar la máxima de san Juan de amar al prójimo porque el amor procede de Dios y el que ama ha nacido de Dios y creer siempre en el amor de Dios porque soy una elección suya para hacer el bien y llevar la esperanza, la luz, la caridad y el amor a los demás. 

orar con el corazon abierto.jpg

¡Gracias, Padre, porque me interpelas y me demuestras cada día tu amor! ¡Gracias, Padre, porque aunque no es posible conocer tu calendario sí que podemos sentir tu amor y tu misericordia! ¡Hazme, Buen Dios, servidor y colaborador de tu providencia y tu gracia! ¡Que no olvide, Padre, como dijo Jesús que tu Reino es como un grano de levadura, una pequeña luz que brilla en la oscuridad de la noche! ¡Recuérdame, padre, que tu fuerza que viene del Espíritu se encuentra dentro de mi corazón y es producto de tu amor infinito! ¡Gracias, Padre, porque me haces comprender que las cosas que vienen de Ti comienzas siempre en lo pequeño, en lo humilde, en las cosas que no tienen pretensión de grandeza, sino que se producen cuando tu lo dispones! ¡Gracias, Padre, porque tu me eliges para lo que quieres porque simplemente me amas! ¡Gracias, Padre, porque me llamas a ser discípulo de tu Hijo aún siendo pequeño y débil aunque en mi pequeñez y mi debilidad esté presente tu fuerza! ¡Que mi vida, Señor, sea una permanente confianza en Ti, un acudir a tu corazón para pedir desde la sencillez! ¡Que sea, Padre, cuando Tu quieras y como Tu dispongas! ¡Por último, Señor, te quiero pedir como la madre de este misionero del Sagrado Corazón que llames a muchos hombres y mujeres a la vocación de consagrar su vida al servicio del Evangelio y al cuidado de la Iglesia porque la mies es mucha y los obreros son pocos!

Jaculatoria a María en el mes de mayo: ¡María, Madre de las vocaciones, fortalece a los que Dios ha elegido para ser consagrados de la Iglesia y ayúdales siempre a crecer en el amor y santidad para que respondan con fidelidad y compromiso a su vocación!

Con amor eterno, te amo, cantamos esta hermosa canción:

En la Galilea de lo cotidiano

No es sencillo transparentar el Evangelio en la propia vida. Pero durante estos días de Pascua, repasas con la mirada la vida de los apóstoles y sus dudas y eres consciente de que ellos tampoco lo tuvieron fácil.
Cada día te vas haciendo más consciente de que necesitas el aliento vivificador de Jesús, aprender a escuchar lo que anida en tu interior, a acoger en el corazón su paz, esa paz que Cristo entregó tantas veces a los apóstoles.
Mi anhelo es experimentar en mi Galilea cotidiana como el Señor me llama por mi nombre. En ese momento mi corazón se regocija de alegría. Algo así como cuando en las tareas que llevaban a cabo, cada uno de los doce escuchó su nombre y decidió seguirle para vivir con su estilo de vida, con su compromiso de cambiar el mundo y colaborar en la tarea de hacer más humano el mundo en que vivimos.
En la Galilea de lo cotidiano tengo que abrir de par en par mi corazón para alimentarme de la Buena Nueva de Cristo con toda su esencia, escuchar el susurro del Espíritu en mi corazón para impregnarme de la verdad y la alegría del Evangelio y, sobre todo, para ser capaz de «resucitar» mi propia vida.
En la Galilea de lo cotidiano necesito aprender al estilo de Cristo, a vivir acogiendo y escuchando al prójimo, perdonando al que me ha dañado, haciendo el bien al hermano, aliviando al que está lleno de heridas y sufrimientos, abriendo las manos para generar la confianza del desesperado y abriendo el corazón para transmitir a todos que Dios es amor y misericordia.
En la Galilea de los cotidiano necesito seguir los pasos del Resucitado, sin detenerme y seguir el camino que Él me marca. Mirar el presente y el futuro, sin detenerse a mirar el pasado que Dios perdona. ¿O caso no va Cristo siempre por delante?
En la Galilea de lo cotidiano, pese a mis dificultades y caídas, quiero renovar mi vida y dar testimonio de que soy cristiano, discípulo del Señor que vive en mí y yo en Él, que camino con esperanza, con confianza con una fe renovadora y bajo la inestimable luz del Espíritu Santo que todo lo ilumina.
En la Galilea de lo cotidiano quiero entrar en el misterio del amor de Cristo que todo lo inunda, en lo recogido de mi vida y de mi interior, y desde la intimidad con Jesús salir al mundo para llevar el amor de Dios al prójimo desde el testimonio.
En la Galilea de lo cotidiano quiero volver a la intimidad con Cristo, encontrarme con Él en lo sencillo de todo los días, convirtiendo lo pequeño y ordinario en un don grande que honre a Dios por amor a Cristo.

 

Orar con el corazon abierto.jpg

¡Señor, en la Galilea de lo cotidiano quiero encontrarte porque Tu me invitas a creer, a buscarte cada día, especialmente en aquellos lugares que se escapan a mi lógica humana y mi lógica de fe! ¡Tú, Señor, cruzaste la orilla para buscar a las ovejas perdidas y nos pides que nos pongamos en camino, que aparquemos todas nuestras debilidades e inseguridades, que no agachemos la cabeza, que no tememos, que seamos capaces de reconocerte en tantos que la sociedad oculta! ¡Señor, tu me conoces mejor que a yo me conozco a mi mismo por eso te pido paciencia y soples sobre mí la sabiduría del Espíritu para abrir mi corazón al conocimiento de la verdad y a la voluntad de Tu Padre! ¡En esta Pascua, Señor, quiero renovar mi vida, quiero seguir tu camino sin desespero ni dudas porque son muchas las ocasiones en las que las cosas no salen como deseo! ¡Hazme, Señor, sentir en mi corazón tu ternura, tu paz, tu amor, tu protección y tu misericordia! ¡Muéstrame, Señor, el camino que me lleve a la Galilea de lo cotidiano! ¡Concédeme la gracia, Señor, de no tener miedo, de ver la vida desde la grandeza de la cruz y la luz de tu Resurrección! ¡Concédeme la gracia de sentir tu profundo amor! ¡Y cuando mi fe se debilite, Señor, ven pronto a mi corazón; ven en cualquiera de mis actividades cotidianas, ven y llena mi corazón de Ti; ven y dame la luz que necesito para iluminar mi vida; ven a los problemas que asfixian; ven en los quehaceres que me abruman; ven en las inquietudes que me turban; ven también en mis éxitos y mis esperanzas! ¡Señor, en mi Galilea interior estás Tu y no quiero perderte!

Jaculatoria a María en el mes de mayo: María, alfarera de Dios en la tierra, ayúdame a decir siempre sí a Dios, sí a la vida, sí la esperanza.

 Del compositor inglés William Byrd, nos deleitamos con esta obra para seis voces:  Christ is risen again (Cristo resucita de nuevo):

https://www.youtube.com/watch?v=3GSoEhDCBX4

¿Qué andas buscando hoy?

Parece mentira pero en unos días comenzará la Cuaresma, tiempo que nos llevará al tiempo de Pascua. Ahora transitamos por el Tiempo Ordinario, poco festivo pero igual de importante. Cuando no hay grandes festividades es un periodo que te ayuda a crecer en fidelidad y escuchar desde otra perspectiva la Palabra de Dios. Siento que en este tiempo es cuando más me llama Jesús. Hay muchas llamadas en nuestra vida pero no siempre tienes la predisposición para escucharla.
Cuando te encuentras con Cristo y escuchas su llamada no puedes quedarte indiferente. El encuentro con Cristo debe ser el punto de partida de una vida completamente nueva, renovada, especial. No hay que olvidar que el hombre, y especialmente el cristiano, está sujeto a todo tipo de tentaciones. Pero el Señor permanece allí, caminando a tu lado, llamándote. Y uno está invitado a escuchar su palabra y a ser guiados por la gracia del Espíritu.
Me viene el recuerdo de la vocación de los primeros discípulos. Seguro que muchos de ellos habían escuchado las prédicas de Juan el Bautista y sabían que hablaba de Jesús como «el Cordero de Dios». Cuando recibieron la llamada de Cristo lo dejaron todo y se apresuran a seguirlo. En algún pasaje del Evangelio Jesús hace esta pregunta directa: «¿Qué buscas?» Es una de las interpelaciones más profundas para cavar en el corazón el deseo de seguirle. La respuesta es la búsqueda del absoluto.
La misma pregunta me la interpela el Señor cada día: ¿qué andas buscando hoy? ¿Buscas la verdad de las cosas y de la vida o buscas la comodidad o el atajo equivocado que te lleva por el camino del error y del autoengaño? Y para que no olvides que camina a tu lado, exclama en tu interior: «¡Ven y verás! ¡Ven porque lo que verás te va a sorprender!». Al igual que esos primeros discípulos estoy llamado a escuchar esa invitación del Señor y caminar —aunque sería más justo decir, vivir— junto a Él.
Las páginas del Evangelio te interpelan siempre e insisten en la relevancia que tiene cada encuentro con Cristo. Y lo puedo conseguir por medio de la oración, de la vida de sacramentos, en la Eucaristía diaria, en el encuentro generoso con el prójimo, en mi entrega caritativa a los demás…
¡Con los demás! ¡Cuántos han compartido con nosotros su experiencia de fe! Es junto con el prójimo que uno también camina siguiendo a Cristo. Cada uno de nosotros puede ser «mediador» y «mensajero» en la vida del prójimo.
Las buenas nuevas del Evangelio, como discípulos de Cristo que somos, deben ser anunciadas sin miedo a todos los que conocemos, sin excepción. No se trata de convertir o convencer sino de testificar y fomentar el encuentro personal con Cristo. Así se ha transmitido de generación en generación. No con palabras grandilocuentes sino con el ejemplo personal. Es a través de nuestras respuestas personales y colectivas como se construye el Cuerpo de Cristo, Santuario del Espíritu Santo. Es hacer visible al prójimo el «¿Qué buscas?» y el «¡Ven y verás!».

orar con el corazon

¡Señor mío y Dios mío, gracias porque te haces presente en mi vida! ¡Concédeme la gracia, Señor, de cada día ser consciente de que me acompañas, de que iluminas mi camino! ¡Dame la gracia, Señor, por medio de tu Santo Espíritu de discernir qué deseas para mí, cuál es tu plan de amor en mi vida! ¡Envíame, Señor, tu Santo Espíritu para que por medio de su gracia me otorgue la sabiduría y la fortaleza para que sea capaz de seguir tus caminos con amor, docilidad, grandeza de espíritu y generosidad! ¡Ayúdame, Señor, a acudir a Ti y permanecer en Ti! ¡Señor, Tú sales a mi encuentro, me interrogas y me preguntas qué busco; no permitas que dude ni que tome otro camino! ¡Ayúdame a comprender, Señor, que en la vida que tu propones solo hay una manera de estar y es viendo y estando contigo, sintiendo tu presencia, siendo tu discípulo, dando testimonio coherente de mi vida! ¡Por medio de tu Santo Espíritu, Señor, no permitas que me paralice, que tenga miedo a darte mi sí, a adentrarme en lo desconocido, a tomar opción por Ti, a tener confianza plena en lo que me propones! ¡Señor, soy consciente de que a tu lado la vida cambia; ayúdame a transformar mi vida, a dar un paso adelante para cambiar la sociedad, para ayudar a los que me rodean! ¡Señor, Tú lo sabes todo, tu sabes que te amo pero que flaqueo, que muchas veces me alejo de Ti, que camino con incertezas, que me separo de tu amor pero estoy dispuesto a volver a Ti, a recibir tu amor, tu misericordia y tu perdón, a vivir acorde con tus enseñanzas, a ser tus manos, tu pies, tus labios, tus ojos y todo tu ser para llevar al mundo la justicia que prometes, el amor que nos regalas, la esperanza que nos llena, las palabras que consuelan, la caridad del que se entrega! ¡Señor, te busco y voy hacia ti porque quiero ver pero te suplico que por medio de tu Santo Espíritu me hagas tu evangelio, página viva que la gente pueda leer para que mi vida sea testimonio de verdad, obra y palabra que te testimonie! ¡Dame la fortaleza para desarrollar todos los talentos que me has regalado y hacer siempre con alegría, amor y generosidad las cosas bien para gloria tuya!

Ven y verás, cantamos hoy:

Hacer vida el Evangelio

El Evangelio no es algo caído del cielo. No es una mera revelación que surge de la nada. Es fruto de una experiencia que ha recorrido un largo camino para llegar a nosotros. Sus páginas exponen palabras humanas con trasfondo divino para que nutran a historia de millones de hombres y mujeres a lo largo de la vida.
Las palabras de Dios se han escuchado, repetido, escrito, copiado, leído, comunicado, interpretado y reproducido de generación en generación. Para que podamos deleitarnos con su mensaje cada día miles de ojos de lectores, labios de predicadores, oídos de oyentes tenemos ocasión de escucharlo en la Santa Misa o leerlo en el silencio de la oración.
El Evangelio es el recuerdo vivo de la experiencia de Cristo para los creyentes.
Gracias los textos de los evangelistas, sé lo que mis predecesores en la fe creyeron, vivieron y esperaron. Gracias a él, las experiencias de estos testigos, sus convicciones, sus dudas, sus luchas, sus victorias y sus derrotas, sus arrebatos y sus laxitudes nutren mi fe como las raíces, sumergiéndose en los estratos del pasado, alimentando el árbol de mi vida cristiana.
Los Evangelios te muestran que hay cientos de experiencias de vida que se han tenido lugar antes que la mía. Hay tantas cosas que se pensaron antes que mis propios pensamientos. Hay tantas páginas que fueron escritas antes que mi propia historia. Esto te permite conocer mejor de dónde vienes, comprender mejor el mundo de hoy, mi cultura, mi mentalidad, mis necesidades y mis anhelos.
De hecho, si la aventura de los creyentes tuvo un comienzo también se pretende que tenga una continuidad. La fe no es un bien que uno posee y que encierra en un cofre, como las joyas que uno guarda solo para las grandes ocasiones. Está hecha para ser transmitida, compartida, explicada y vivido intensamente cada uno de los días de la vida. Si no es así, el Evangelio se convierte en un objeto de museo. En algo meramente histórico sin practicidad alguna que no puede ser interiorizado en el propia alma o ni encarnado en la misma vida.
Cada palabra del Evangelio debo ponerla en mi corazón y en mi alma, tomarlo con mis manos y razonarla con el pensar porque el corazón es la sede de la voluntad, el alma de la vida, de mi propio ser, la mano es la capacidad de actuar, y la frente es la capacidad de pensar.
Es mi misma persona lo que el Evangelio pretende invertir, y es a través de la movilización de toda mi energía y todo mi entendimiento que puede convertirse en un verdadero impulso para mi propia vida, una fuente de gozo inagotable para vivir con alegría, con amor, con esperanza y con confianza y llevarla al mundo, al entorno más cercano, a la gente que quiero y que necesita de mi testimonio, de mi entrega y de mi colaboración.

orar con el corazón abierto

¡Señor, haz de mi un discípulo entregado y un misionero de tu palabra para que viviendo acorde con las enseñanzas de tu Evangelio me convierta en un testimonio de vida para los que me rodean! ¡Concédeme la gracia de romper con el pecado y vivir con autenticidad el Evangelio! ¡Ayúdame a ser verdadero discípulo tuyo para ir abriendo en el corazón de las personas horizontes de alegría, amor y esperanza! ¡Haz que las palabras que emergen de cada página de los Evangelios sea para mi y para todos luz que brilla en nuestra vida! ¡Concédeme la gracia para fortalecer mi voluntad para que cada una de mis decisiones esté acorde con tu Palabra y con tu voluntad, orientada hacia el amor, alejado de intereses partidistas y egoístas! ¡Concédeme, Señor, la gracia para romper con lo negativo que se acomoda en mi corazón y vivir la riqueza del Evangelio! ¡Muéstrame, Señor, siempre el camino de una vida auténtica y verdadera y ayúdame a permanecer siempre a tu lado!

Cantamos hoy con William Byrd:

Ser palabra de Dios para el prójimo

Si de verdad creo lo que dice la Escritura —Al principio existía la Palabra, y la Palabra estaba junto a Dios, y la Palabra era Dios— no puedo negar que vivo rodeado de la presencia viva de Dios. Dios mora en cada uno de los hombres. Todo fue hecho por medio de la Palabra. Así, cada persona, actor principal en el mensaje del amor que Dios quiere llevar al mundo, es portada de la palabra divina. Es portavoz de Dios en el mundo. Un pensamiento de Dios encarnado. Toda opinión basada en los valores cristianos cuenta. Si la vida de uno es coherente, las palabras tienen mucho peso. Cada cristiano somos expresión de la presencia de Dios en el mundo, esperanza para la sociedad, revelación de la verdad divina, portadores de buena nueva. Cada cristiano es evangelio vivo.
¡Y no caigo las veces que Dios quiere hablarle al prójimo a través mío -nuestro-! Así, me convierto en una palabra para el otro, una palabra que el otro necesita. No puedo quedarme para mí palabras que puedan hacer bien al prójimo.
No soy sólo polvo de la tierra, soy Palabra de Dios. Mi vida es Palabra de Dios. ¡Por eso tengo que alimentarme cada día de esta Palabra que penetra en el alma, que alimenta, que sana, que fortalece, que consuela y que da esperanza! ¡Cuanto más la conozca, más podré ser Palabra de Dios para el prójimo!

orar con el corazon abierto

¡Señor, tu palabra es palabra viva! ¡Es palabra que penetra lo más profundo del alma, es palabra que escruta los sentimientos y los pensamientos del corazón! ¡Quiero hacer mía, Señor, Tu Palabra! ¡Deseo alimentarme de ella! ¡Deseo como hago en la Eucaristía que me alimento de tu Cuerpo y de tu Sangre, alimentarme de Tu Palabra porque no solo de pan vive el hombre sino de toda Palabra que sale de la boca de Dios! ¡Quiero tener una comunión más profunda contigo para que mis pensamientos y mis sentimientos se ajusten siempre a tu Palabra! ¡Quiero vivir en la obediencia a tu Palabra para tener una experiencia viva contigo y llevarla a los demás! ¡Concédeme, Espíritu Santo, la gracia de amar la Palabra de Dios conocerla profundamente, comunicarla como merece y vivirla en plenitud! ¡Concédeme la gracia de atesorarla en el corazón y meditar siempre en ella para que mi vida se convierta en Palabra de Dios!

En el día de hoy meditamos también con la escucha de este canto de Taizé: Confitemini Domino.