¿Cuál es mi respuesta al ven y sígueme?

Vivo en la misma ciudad en la que nací. Mi vida se ha desarrollado en la misma ciudad, con algunas excepciones en que he vivido en otros lugares, pero me siento arraigado a la urbe donde reside mi familia, mis amigos, mi comunidad de oración… Nazaret.  Esta es la ciudad donde creció Jesús, donde vivió en silencio, donde permaneció en oración durante treinta años; en la escuela de San José, Jesús aprendió su oficio de carpintero. En la escuela de la Virgen María, Jesús aprendió muchos de los ritos y las costumbres del judaísmo y se formó como persona. Lo mismo hicieron mis padres, me formaron en valores, me ayudaron a crecer en la fe y en mi espiritualidad, moldearon mi formación humana. 

Jesús actuaba según la costumbre de su tiempo. Así lo hacemos nosotros. En Nazaret, Jesús santificó el tiempo, el trabajo, la amistad, la vida cotidiana. Nuestra vida, aunque esté hecha de rutinas, de repeticiones, tiene sentido pese a que nuestras sociedades atraviesen una profunda crisis a todos los niveles. Pero es un tiempo que necesita de mucha santificación en lo personal, social y profesional.

Por eso seguir a Jesús Resucitado es una alegría, una misión, una aventura. Seguir a Jesús de Nazaret a Jerusalén en el Evangelio, en la liturgia, en la Palabra… es una auténtica revolución.

Cuántas veces podemos escuchar esta frase demoledora: “No te necesito”, podemos prescindir de ti que eres pequeño, débil, frágil,  enfermo, con una discapacidad. Nos deshacemos de los que “estorban” socialmente. En la tarde de Su Resurrección, Jesús abre la mente de sus discípulos a la comprensión de las Escrituras e ilumina los ojos y el corazón de los discípulos de Emaús. Les explica lo que le preocupa en toda la Escritura. Jesús envía su Espíritu Santo para que los Apóstoles recuerden sus Palabras y se conviertan en valientes testigos de su Buena Nueva. Para acoger a todos sin importar su origen, su raza, sus creencias, su fe, su enfermedad, su fragilidad, su personalidad…  

Necesitamos leer las Escrituras, la historia de la salvación, la historia de la intervención de Dios en el mundo. Jesús es nuestro guía, nuestro Maestro. Escuchar las maravillas de Dios, dejarse transformar por esta Palabra de vida, por el Evangelio y la enseñanza de Cristo. No es posible aislar de nuestra vida la predicación de Jesús, sus signos, su Pasión y su resurrección. ¡Por nosotros y por nuestra salvación! Por amor a nosotros, para saciar nuestra sed en la fuente de la vida, por el don del Espíritu Santo. 

Nunca dejamos de descubrir a Jesús que está consagrado por la unción, por el Espíritu Santo. Él es Dios, nacido de Dios, concebido del Espíritu Santo, nacido de la Virgen María. Cristo sigue vivo y lo recibimos en la Sagrada Eucaristía, le rezamos, le escuchamos, le adoramos. Nos ayuda a crecer.

Jesús se hace presente con la fuerza del Espíritu. Viene a anunciar la Buena Nueva a los que sufren, a los que necesitan de Dios, a los que anhelan la luz de Su Palabra, a los que son esclavos de sus adicciones, incapaces de salir de su egoísmo, de sus preocupaciones. Jesús viene a decir que todos somos amados por su Padre. A través del Bautismo nos hemos sumergido en esta fuente vivificante de Amor, ardemos en el fuego del Amor de Dios y participamos en la misión de la Iglesia…

Jesús nos dice en cada momento: “Necesito que prolongues mi reinado, para que la predicación del Evangelio cuide a los frágiles, a los que sufren, a los esclavos de sus pasiones”. ¡Ven, sígueme! ¡Actúa en mi nombre! ¡Transforma el mundo! ¡Cambia los corazones de los que te rodean! ¡Abre tu corazón y llena de amor tu entorno! ¡Vivifica con tus gestos, palabras, sentimientos, acciones a tu prójimo! Y ante este reto sublime… ¿Cuál es mi respuesta? ¿El silencio o la acción?

¡Señor, no soy quien te he elegido sino que eres Tu el que cada día te acercas a mi, el que me llamas por mi nombre, el que me invitas a seguirte, el que quieres que comparta lo pequeño y lo grande contigo, el que me ofrece la cruz, el que me señala el camino de la esperanza! ¡Señor, no soy yo quien toma la iniciativa, sino que eres Tu el que primera me tiende la mano, el que me ayuda a seguir adelante, a creer en tu Palabra, en tu Buena Nueva, en tu Evangelio, el que me invita a amar, a entregarme al prójimo, el que me invita a permanecer muy unido a Ti! ¡Señor, no soy yo el que toma la iniciativa de ser tu discípulo sino que eres Tu el que me llama cada día, el que me envía la gracia del Espíritu para que ilumine mis pasos, mi mente y mi corazón! ¡No soy yo, Señor, el que tiene la iniciativa sino que eres Tu el que me lanza el reto de evangelizar en mi entorno, el que está llamado a proclamar la Buena Nueva de tu verdad! ¡Señor, no son mis fuerzas las que me permiten avanzar sino es la fortaleza que viene de tu Santo Espíritu la que me da la fuerza para seguirte, la sabiduría para entender lo que quieres de mi, la que me hace rechazar el mal, la que me invita a entrar por la puerta estrecha del reino renunciando a lo que no me conviene! ¡Señor, tu eres el Mesías, el Maestro, el Salvador, el Redentor; necesito, Señor, que te hagas muy presente en mi vida porque quiero ser testigo de tu misión, quiero ser discípulo de tu Evangelio, quiero ser instrumento de tu Palabra! ¡Señor, me invitas a seguirte y yo acepto el reto con alegría, con fe y con esperanza!

Espíritu Santo y misericordia: una mirada a mi pentecostés interior

Vivimos ayer la jornada alegre de la solemnidad de Pentecostés que como cristiano, rompiendo temores, disipando miedos, te implica en el impulso evangelizador. Me siento feliz de formar parte de una iglesia que nace cada año. Es un día en que todos nos maravillamos de la inmensa obra que realiza el Espíritu en los corazones de sus fieles.
La quise vivir ayer como una lectura renovada de mi propio recorrido personal en torno a mi fe, mi relación con la esperanza que viene de Cristo, mi relación con los demás, mi camino de vida. Una mirada profunda en mi propio pentecostés para maravillarme desde la humildad, el amor y la misericordia de lo que el Espíritu ha ido desarrollando en mi vida, para admirarla a los ojos de la gracia, para darle gracias con la seguridad de que como me ilumina, renueva, purifica y sostiene tiene el mismo fundamento que aquellas mismas maravillas que el Espíritu obró en los comienzos de la predicación evangélica.
Vivimos tiempos muy difíciles, sacudidos por vendavales sociales, políticos y económicos de gran dramatismo, por momentos presididos por la incertidumbre, por la inseguridad, por la crispación social y política, por corazones llenos de heridos… por eso se hace tan imprescindible experimentar al Dios misericordioso, ese que lleno de ternura, se vuelve de manera compasiva sobre todos los seres humanos.
Ese Dios amoroso, que ha creado el mundo con sabiduría, y cuya misericordia es eterna es el que se manifestó durante toda su vida a Jesús. Cristo vivió permanentemente acompañado por el aliento de la ruah, que con su fina y entrañable delicadeza, se hizo presente en el anuncio de su concepción, en su nacimiento en aquel portal pobre de Belén, en su predicación a los doctores del templo de Jerusalén siendo adolescente, al comienzo de su vida pública a orillas del río Jordán, en los cuarenta días de preparación en el desierto, en su caminar por tierras de Galilea predicando la Buena Nueva, sanando corazones, curando enfermedades, liberando cadenas interiores, perdonando a pecadores, enseñando en su misión misericordiosa y liberadora el reino de Dios. En Jesús, actuó de manera constante la luz y la fuerza del Espíritu que le reveló con su delicado hacer los rasgos de su amado Padre.
En los postreros días de su vida, Jesús nos dejó que el Espíritu penetrará en nuestros corazones y nos guiará en la verdad plena.
Acojo con amor y esperanza la invitación de hacer fecunda en mi vida esta experiencia pentecostal. Con la lluvia de su amor en la seguía de mi corazón, salgo renovado de mi cenáculo interior para dispersarme y hacer llegar a los que me rodean y a los que se crucen en mi vida la Buena Noticia del Amor. Tengo necesidad de anunciar al Dios rico en misericordia, al Dios que ama, perdona y acoge. A la Trinidad Santa, al Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo, que nos ofrecen de manera tierna, generosa y amorosa la ruah para que seamos auténticos testigos de su infinita y eterna bondad y compasión.
Le pido con el corazón abierto, a la luz de esta experiencia viva, de este regalo de amor, ser capaz de vivir con hondura esta experiencia; que sea capaz de reflejarla en todos los gestos, palabras, acciones y pensamientos de mi vida. Que sea la gracia que viene de la Trinidad la que me de la inspiración para tener con todos los que amo, los que a mi acudan, con los que trabajo, con los que me relaciono, con los que me han hecho mal, gestos profundos y sinceros de amor misericordioso, de cercanía, de perdón, de entrega, de servicio y de generosidad. Ocasiones no me faltarán; soy consciente de que es necesario que abra mi corazón de par en par y no pasar la ocasión de hacer en todo momento el bien.
Hoy comienza el mes de junio, el mes que marca la mitad del año; quisiera que, cuando éste concluya y haga balance de mi vida, pueda constatar que ese Espíritu que ayer se vertió sombre mi me ha renovado, me ha convertido en un ser más amoroso, sensible, entregado, solidario y, sobre todo, más misericordioso como el Padre es misericordioso.

interi87

¡Espíritu Santo, dador de vida, tú conoces mi vida, sabes de mis debilidades y flaquezas, sabes de mis incertezas e infidelidades, haz que crezca en mi la fe, la fortaleza, el amor, la generosidad, la caridad, la esperanza! ¡Saber que estás a mi lado, Espíritu divino, serena mi corazón, me llena de seguridad, me da la fuerza para vivir con más ahínco mi fe! ¡Ven siempre a mi, Espíritu de Dios, conviértete en mi escudo, en mi protector, en mi fortaleza, en la paz que anide en mi corazón! ¡No permitas, Espíritu de luz, que caiga en la misma piedra, que resbale siempre en el mismo peldaño, mantente siempre a mi lado guardándome con tu sombra y enviando tu aliento sobre mi! ¡Haz que sea capaz de percibir tu presencia, Espíritu de Cristo, de oler la suavidad de su ternura y de su amor, de percibirlo cada día en mi vida para ser entonces yo dador de caridad, de amor, de generosidad, de servicio, de mansedumbre, de humildad, de entrega, de servicio, de sencillez, de misericordia! ¡Haz, Espíritu Santo, que vean en mi que anidas en mi corazón, que perciban que soy testigo del Cristo Resucitado! ¡Permanece siempre cerca mío, Espíritu de Verdad, y concédeme la gracia de percibirte siempre y tener además la humildad de reconocerte en las personas con las que me cruzo cada día! ¡Espíritu Santo el trabajo de mi santificación es tuyo, hazme dócil a tu aliento, purifícame, ilumíname, renuévame, haz que Cristo se haga presente en mi corazón; ayúdame a no cerrarle la puerta cuando llame! ¡Espíritu Santo, amor de vida, cuando ame que seas tu quien ama en mi; cuando perdone, que seas tu quien perdone a través mío; cuando sirva, que sea un servicio basado en tu aliento; cuando entregue, que sea una entrega basando en la plenitud de tu existencia en mi corazón! ¡Mueve mi corazón para hacerlo siempre dócil a tu llamada!

En este primer día de junio nos unimos a la intención de oración del Santo Padre Francisco dedicada a la evangelización. Recemos para que aquellos que sufren encuentren caminos de vida, dejándose tocar por el Corazón de Jesús.

Cristo me mira… y me ama

Me siento alguien muy afortunado. Bendecido, incluso. Y me siento así, porque sin merecerlo, siento como Cristo ha fijado su mirada en mi. Así, tan sencillo y tan directo. Ha fijado su mirada en alguien que ha fracasado en muchas ocasiones, que es un ser imperfecto, de dureza de corazón, con multitud de defectos y limitaciones, que cae una y otra vez, que se equivoca, que durante mucho tiempo ha tenido una fe tibia… Y ante tanta ineptitud no hay, por tanto, motivos aparentes para que Cristo haya fijado Su mirada divina en mi. No soy digno de la mirada de Jesús. Una mirada penetrante de amor. Una mirada que mira el potencial que está dentro del corazón del hombre. Una mirada que dice que uno es parte de Él. Jesús tampoco me mira con amor por mi carácter, ni por mi alegría, ni por mi afán evangelizador, ni por lo poco y valioso que tengo. Cristo me mira —y me ama—, simplemente, por mi insignificancia. Y eso me llena de orgullo.
Tiempo he necesitado para comprender la grandeza de que otros sean más amados y estimados que yo, que otros sean empleados en cargos y a mi se juzgue inútil, que otros sean preferidos a mi en todo, que otros sean alabados y de mi no se haga caso. No me importa. No es una necesidad en mi vida. Cristo se pone siempre al lado de los más sencillos, de los que no son nada, de los que pasan desapercibidos. De los que anhelan tener un corazón de niño, de los que se dejan seducir por Él y dependen de su dirección, de los que se acogen a su esperanza, de los que mendigan su confianza y se amparan en su misericordia. Cristo busca a los que, débiles y necesitados, le cogen de la mano, caminan a su lado y conversan con Él para hacer suya Su Palabra. Cristo busca al que corresponde Su mirada con ojos de amor, de esperanza y caridad a pesar de sus muchas y manifiestas imperfecciones. Y eso me llena de esperanza.
Soy una persona muy afortunada porque comprendo que Cristo ha fijado su mirada en mi. Así, tan sencillo y tan radical. Me ha mirado fijamente a los ojos y me ha llenado de amor, ternura, dulzura, compasión, misericordia, perdón, esperanza y amor. Es una mirada que ha transformado por completo mi corazón. Me ha sanado las heridas del alma y las ha llenado de paz.
Y tras esta mirada de Cristo estoy muy feliz. Desde que ha fijado su mirada nada puede ser igual en mi vida. Y ahora exclamo con fuerza: ¡Amigo, mírame tu a los ojos y perdona el mal que te hecho! ¡Perdona cuando te he abandonado y no estaba cuando me necesitabas! ¡Quiero mirarte y quererte como Cristo me mira y me ama a mí!

orar con el corazon abierto.jpg

¡Gracias, Jesús, amigo, por tu mirada de ternura y amor que todo lo dignifica! ¡Gracias, Señor, porque no apartas nunca tus ojos de mi vista, porque con sólo mirarme sabes lo que necesito! ¡Gracias, Señor, por tu mirada que ilumina mi vida! ¡Gracias, Señor, porque tu mirada me reconforta y me alienta! ¡Señor, ya sé que no soy nada aunque me crea un superhombre, pero a Tu lado me siento fuerte, alegre y comprometido! ¡Señor, con tu sola mirada sabes lo que hay en lo más profundo de mi corazón, consuélalo, transfórmalo, purifícalo y renuévalo! ¡Haz de mi un hombre nuevo, Señor! ¡Qué mi mirada sea como la tuya, Señor, para parecerme solo un poco a Ti! ¡Y que sea capaz de mirar siempre a los demás como los mirarías Tu!

 

Perdona, Señor, mi culpa y mi pecado:

¿Como vivo mi fe en el día a día de mi vida?

Para un cristiano no es sencillo convertir la fe en algo relevante, pasar de la teoría a la práctica y darle esa utilidad y eficacia para no perderse en lo intrascendente.
Tenemos la tendencia a no dar profundidad a lo que es importante, a no ir a la raíz, que es el verdadero objetivo del mensaje de Cristo. Nos cuesta hacernos uno en Él.
Vivir la humildad, la generosidad, la caridad, el perdón, la evangelización, la misericordia… uno se pregunta con frecuencia si vive estas cuestiones más bien desde la teoría que desde la práctica. Los principios los tenemos muy claros, pero ¿qué sucede cuando hay que llevarlos a la práctica? ¿Por qué cuesta tanto sonreír en momentos de dificultad o cuando las cosas no salen según lo previsto? ¿Cómo demostramos nuestro perdón tantas veces de boquilla pero alejado del corazón o cómo dejamos testimonio de nuestro arrepentimiento cuando hemos sido los que hemos ofendido al prójimo?
Observo los esfuerzos evangelizadores que tantas veces resultan baldíos porque aquel al que nos dirigimos no ve coherencia en nuestra manera de vivir el Evangelio o porque lo que predicamos no testimonia nuestra manera de vivir el cristianismo. Y, ahora que se acerca la Pascua, la exclamación de que ¡Jesucristo ha resucitado! parece en ocasiones un mera expresión de trámite porque este hecho extraordinaria nada cambia interiormente en nuestro corazón de piedra. En la resurrección está la vida y si uno cree en ella su vida debería cambiar por completo.
¿Cómo vivo mi cristianismo en lo cotidiano de la vida? ¿Como vivo mi fe en el día a día de mi vida? ¿Vivencio la verdad de la Buena Nueva de Cristo y la convierto en algo relevante? ¿Testimonio que el mensaje de Jesús lo transformó todo y puede transformarme por completo? ¿Llevo como hicieron los primeros discípulos de Cristo el mensaje del Señor a todos los rincones de mi esfera personal, familiar, social, profesional, eclesial o dejo que el tiempo pase acomodado en mi entorno sin que nada cambie?
En la Pascua se produjo el mayor acto de amor de Dios. El desprendimiento total de Cristo, perdiendo prestigio, sufriendo escarnio, muriendo en cruz, un auténtico sacrificio por la salvación del hombre. ¿Y por qué esto me deja indiferente? ¿Me produce reparo a que digan de mí que soy cristiano, que llevo el símbolo de la cruz con alegría, con entereza, con amor o prefiero mantenerme en un segundo plano por miedo al que dirán o a que me aparten? ¿Me declaro cristiano en la seguridad de mi pequeño círculo pero luego niego a Cristo como hizo san Pedro por miedo a ser ajusticiado socialmente? ¿Llevo mis convicciones hasta las últimas consecuencias o estas consecuencias me llevan a agazaparme en el rincón de los cobardes?
¿Permito al Espíritu Santo que obre en mi vida para hacerme sal de la tierra, semilla que dé frutos? ¿Soy luz que ilumina el camino del hermano o una vela tibia que se apaga al primer soplido? ¿Uno mi fe a mis obras o es mi fe una fe tibia, adormecida e irrelevante? ¿Vivo mi fe como una adhesión plena y perfecta a la voluntad del Padre e infinita misericordia divina para con el prójimo? ¿Tengo grabada en el corazón mi fe con la convicción de que Cristo es el amor encarnado y crucificado que vence al mal y la muerte? ¿Creo de verdad en el amor que Dios me tiene?
Son muchas preguntas que cuestionan mi cristianismo, pero la fe me invita a mirar hacia el futuro con la virtud de la esperanza, confiado en la victoria del amor de ese Cristo que redimió el mundo e iluminó la historia… mi historia.

orar con el corazon abierto.jpg

¡Te doy gracias, Padre, por el don de la fe, regalo del Espíritu Santo ¡Como me ha sostenido la fe tantas veces a lo largo de mi vida! ¡Fortalécemela cada día, Espíritu Santo! ¡No permitas que se vea oscurecida por los obstáculos humanos que se me presentan! ¡Haz que mi fe me permite ver que Dios está detrás de todos los acontecimientos de mi vida! ¡Haz que la fe ilumina mis momentos de oscuridad y de tinieblas, que ilumine de manera constante la Verdad, la opción por mi creencias y me permite elegir libremente hacia donde quiero dirigir mi vida, entregado complemente a Jesús y a su Evangelio! ¡Haz, Espíritu de Dios, que la fe avive mi esperanza, mi obrar con rectitud, mi confianza, haz que brote en mi corazón la alegría, el optimismo, la caridad, la misericordia, las buenas obras…! ¡Y ahora que la Pascua está tan cercana hazme dar gracias por las bendiciones recibidas de Dios, haz que crea con más firmeza para ser consciente de lo que Dios ha hecho en mí a través de Cristo! ¡Gracias, Padre, por el don de la fe; gracias, Jesús, por mostrarme el camino de la fe; gracias, Espíritu Santo, por fortalecer mi fe!

De Claudio Monteverdi escuchamos hoy el motete Domine, ne in furore tuo, SV 298 (Señor, no me reprendas con ira) compuesto a seis voces:

«Señor, ¡cuánto has hecho y haces por mí!»

Santa María Magdalena, una de las discípulas más fieles de Jesús, tuvo el privilegio de que el Señor la escogió para convertirse en testigo de su Resurrección. Ella la anunció a los apóstoles. Es, también, ejemplo de auténtica evangelizadora que anuncia, con decisión, el gran mensaje de la Pascua.
Con frecuencia me pregunto si mi fe fuese más firma y viva, si realmente conociera esa bondad infinita del Señor, si la conociera como lo hizo María Magdalena, seguramente mi confianza por Jesús sería ilimitada, infinita, valiente y viva. Lo cierto es que Cristo ha hecho por mí —en realidad por cualquier ser humano— lo mismo que hizo con la Magdalena. Lo mismo. Nació en un pobre pesebre de Belén, en el frío y el silencio de la noche; en el seno de una familia humilde obligada a huir a Egipto; viviendo durante años una vida anónima con las pesadas cargas del trabajo cotidiano; con años de predicación agotadores, llenos de sufrimiento y alimentado con el polvo del camino, enfrentado a muchos por las verdades que anunciaba; con una cruenta Pasión por la rabia y la envidia de sus enemigos y una dramática muerte en la Cruz, vergüenza y locura según el prisma desde el que se mire. Pero todo ello tenía un fin: abrirme el camino hacia la vida eterna.
El encuentro con la Magdalena al tercer día de su Resurrección, ese encuentro personal, lo puedo tener yo cada día con el Señor. En la oración y en la Eucaristía. Jesús se hace diariamente manjar para mi corazón. Es el gran milagro del amor de Cristo por el ser humano. Y ahora me pregunto: ¿No basta con este milagro cotidiano para creer en su amor y su misericordia infinitas? ¿Por qué este gesto trascendente no me es suficiente para dejarme conquistar por su confianza? ¿Por qué soy tan incrédulo como Tomás que necesito poner los dedos en las llagas de su costado y menos confiado que la Magdalena que corrió al sepulcro convencida del milagro de la Resurrección?
María Magdalena, mujer de corazón abierto, supo desde el primer encuentro con Jesús lo mucho que había hecho por ella. Yo también lo podría repetir cada día: «Señor, ¡cuánto has hecho y haces por mí!». Esto es, de por sí, un gran acto de confianza. Eso es lo que desea escuchar de mi corazón, como lo escuchó de la Magdalena. Por eso no debo temer nunca hablar al Señor de amor. ¡Jesús ha actuado así para conquistar plenamente mi corazón! ¡Desea inundarlo de Su amor para arrojar de su interior mi amor propio! Por eso hoy, en esta festividad de santa María Magdalena, quiero decirle al Señor que lo amo con locura aunque por mi frialdad, mi orgullo, mi soberbia y mi autosuficiencia mi amor por Él no sea perfecto. Que deseo besar sus pies, bañarlos con mis lágrimas y limpiarlos con mis cabellos. Es decir, abandonar mi vida en Jesús, con confianza plena.

Orar con el corazon abierto

¡Señor, concédeme la gracia de ser como María Magdalena, esperanza de los cristianos y auténtica valedora de la confianza del pecador! ¡En un día como hoy te pido Santa María Magdalena que escuches mis ruegos para que intercedas ante Dios para que me otorgue la gracia de la serenidad de espíritu, la humildad, la sencillas y el arrepentimiento sincero de mis pecados! ¡Como tu hiciste, María Magdalena, que mi vida esté llena del amor a Jesús y tome conciencia de que no debo nunca más pecar! ¡Señor, tócame con tu misericordia como tocaste a María Magdalena; hazme fiel a ti como lo fue ella, coherente con su vida después del arrepentimiento como lo fue ella y aceptador de su santa voluntad como lo hizo ella! ¡Espíritu Santo, ayúdame a ser contemplativa como María Magdalena, y ser capaz de reconocer siempre al Señor en mi vida para exclamar como ella aquello tan hermoso de «¡Maestro!»! ¡Concédeme, Espíritu Santo, la gracia de ser ejemplo para los demás como lo fue la Magdalena que no se amilanó por sus pecados pasados ni por las opiniones de los que le rodeaban! ¡Ayúdame a que crea siempre en las promesas de Jesús como lo hizo ella y ser testigo de la Resurrección de Cristo en esta sociedad que tanto necesita de su presencia! ¡Envíame, Señor, como hiciste con María Magdalena a anunciar tu Buena Nueva a mis hermanos! ¡Y, Señor, ante los tantos defectos de mi carácter, dame la audacia de ponerme a tus pies y pedirte que se realice en mi la nueva creación como hiciste con María Magdalena!

En esta festividad, escuchamos hoy un canto y motete dedicado a Santa María Magdalena:

Adentrarme en la mente de Cristo

Jesús se retira a orar en el desierto. Prepara su corazón y su vida para la Pascua. Jesús, el hombre, se dispone en oración para unirse a la divinidad del Padre. ¿Qué merodea por la mente de Cristo? En su mente reposan todos sus pensamientos, sus ideas, su intuición sobre unos y otros, su memoria, su entendimiento, su entrega decidida a la voluntad de Dios… Como sabiduría infinita, en la mente de Cristo está la verdad de la vida. Todo lo que Jesús posee le ha venido del Padre.
Hoy anhelo adentrarme en la mente de Cristo con el único fin de impregnarme de su belleza, para hacer de la mía una mente más luminosa, clarividente, lúcida y serena. La mente de Jesús vive de la Verdad que se recoge en la Sagrada Escritura que es fuente de vida. La mente de Jesús crece y se desarrolla espiritualmente con la Palabra revelada. Buena nueva de amor y de gozo, de alegría y de esperanza.
De la manera que yo piense, amaré, serviré y actuaré. Esta experiencia humilde y sencilla de unirse al pensamiento de Cristo me convierte en alguien más libre, más auténtico porque situado en la Verdad que surge del Espíritu más amplia es mi libertad. Este es, en definitiva, el camino de conversión al que me invita la Cuaresma como me recordó el sacerdote al imponerme la ceniza el primer día de Cuaresma: «Conviértete y cree en el Evangelio».
Transformar mis pensamientos para hacerlos más conformes a la Palabra, al estilo vivo del Evangelio, a las normas y enseñanzas de Cristo es hacer auténtica mi vida cristiana. Evangelizar en la familia, en el ambiente laboral, entre los amigos, en la comunidad… no es sólo predicar; es transformar los propios valores para hacerlos auténticos; es mudar mi mundanalidad para unirme más a Cristo. De ahí que mi mente deba estar impregnada de la verdad y la luz que irradia la mente de Jesús porque es la manera que el Espíritu Santo, que es el Espíritu de la verdad y la Vida, pueda hacerse realidad en mi.
Pensar como Cristo piensa; amar como Cristo ama;  mirar como Cristo mira; sentir como Cristo siente; evaluar las cosas de la vida como Él lo haría. En definitiva, transformarme a la manera de Cristo. Tener la mente de Jesús es saber lo que Él piensa, discernir a la luz del Espíritu lo que Él tiene ideado para mí y saber lo que Él espera de mí. Esta es la verdad que debo tener siempre muy presente. Cristo vive en mi y sólo por esto mi vida puede cambiar radicalmente.

orar-con-el-corazon-abierto

¡Señor, gracias porque en este tiempo de conversión te haces de nuevo muy cercano, muy presente! ¡Ayúdame, Señor, a estar en búsqueda permanente, a encontrar la verdad en la Palabra revelada, a encontrarte a ti en la oración, en mis gestos cotidianos! ¡Concédeme, Señor, la gracia de estar abierto a la inspiración del Espíritu para percibir la voluntad de Dios en mi vida, para saber discernir siempre espiritualmente los planes que tiene pensados para mí! ¡Ayúdame a tener un corazón abierto y predispuesto a recibirte! ¡Concédeme la gracia de que mi mente esté siempre renovada para pensar y actuar como lo harías Tú! ¡Quiero parecerme cada día más a Tí, Señor! ¡Anhelo transformar mi vida, Señor; que mi relación contigo sea más íntima, que mi encuentro con los demás sea más caritativo y generoso, que sea capaz de mirar al prójimo como lo mirarías Tú! ¡Anhelo, Señor, que domine en mi el ser espiritual y no el ser mundano que tantas veces se deja arrastrar por el pecado! ¡Ayúdame, Señor, a pensar, actuar, sentir, mirar, amar y vivir una vida como lo harías Tú! ¡Vivir en Tí, Señor, solo en Ti porque tengo hambre de tu dulzura y de tu amor, de tu ternura y tu mansedumbre, de tu paz y de tu serenidad, de tu verdad y tu libertad! ¡Rocía, Señor, sobre mi corazón los sentimientos de alegría, esperanza, humildad, sencillez, entrega y generosidad! ¡Ayúdame, Jesús, a cumplir con la voluntad de Dios por mucho sacrificio que esto implique! ¡Y que mis pensamientos sean siempre los tuyos! ¡Que mi mente esté siempre muy unida a la tuya porque lo único que deseo es crecer en verdad!

Nos has llamado al desierto, cantamos hoy. Es en el desierto donde la mente de Cristo está más unida a la voluntad de Dios:

Compensa testimoniar a Cristo

Comienza la semana. Miras la agenda y te das cuenta que tus jornadas están repleta de reuniones, compromisos, actividades y encuentros que llenan el día con personas de diferentes mentalidades. Unas con clientes y otras son con compañeros. El tiempo vuela. A veces parece imposible poder atender tanto compromiso.
Entre todo este ajetreo hay una misión. Esa misión implica que como cristiano debo trasladar al otro la buena nueva de Cristo allí donde esté. No implica levantarse en mitad de una reunión y proclamar el Evangelio. Es más sutil y eficaz. Si la responsabilidad fundamental en la vida es proclamar a Cristo eso sólo se logra por medio del testimonio personal. Es la forma de estar en misión, la misión del «id y proclamad el Evangelio».
Todo cristiano por el mero hecho de haber estado bautizado es misionero de Cristo. Pero no hace falta hacer las maletas e irse a un recóndito lugar de África o de Asia. Basta con girar la mirada y observar al compañero de la oficina, de la cadena de montaje, del hospital; observar al vecino o al familiar cercano. Son muchos los que a mi alrededor están tristes, angustiados, viven en la soledad rodeados de gente, perdidos y sin referentes, atribulados por los problemas y desesperados por no encontrar sentido a su vida… Aunque parezca mentira hay mucha gente a nuestro alrededor que no ha escuchado jamás una palabra de consuelo, de ánimo, de misericordia, de esperanza, de alegría. Que no ha oído nunca un «te quiero». ¿Parece mentira, verdad? Incluso muchos que llevan una vida ordenada -espiritual-, no conocen el infinito amor que Dios siente por ellos.
Un día como hoy, como en cualquier otro día de la semana, tengo la oportunidad de ejercer de misionero. De llevar una palabra de esperanza, de anunciar la buena nueva. Tengo que aprovechar ese pequeño resquicio que me ofrece un comentario, una palabra, una mirada… para anunciar a mi interlocutor que Dios le ama profundamente y que recibiendo ese amor la vida adquiere un sentido auténtico.
Testimoniar a Cristo compensa. Es una actividad que no conduce al fracaso.

orar-con-el-corazon-abierto

¡Jesús, creo en Ti y te amo! ¡Eso implica ser tu testigo ante el mundo, anunciar tu Nombre, tus palabras y tu mensaje en el ambiente en el que me corresponde vivir! ¡Dame la valentía para hacerlo y te pido la gracia de saber ser testigo de tu bondad y de tu amor, para que quienes me rodean, me escuchan y me vean, se sientan animados por mi testimonio y sientan la invitación a creer y a amar con una fe y un amor mayores, más profundos, más auténticos, más generosos y con más esperanza! ¡Ayúdame, Espíritu divino, a sentirme hermano de todos los que se crucen por mi camino, incluso de aquellos que te niegan o no creen, te desprecian o están en búsqueda! ¡Muestra tu rostro a todos los que te buscan con el corazón abierto! ¡Señor tengo una misión que cumplir que pasa primero por los más cercanos y por los que me rodean, ayúdame a compartir con ellos tu gracia, tus bondades y tu misericordia! ¡Ayúdame, Señor, a transitar por la vida con la confianza de que eres tú el que me sostienes al llevar a cabo la misión que me tienes encomendada! ¡Ayúdame, Señor, a serte siempre fiel y no dejar pasar ninguna oportunidad para testimoniarte!

Hoy me doy un capricho: el Primer movimiento del Concierto para trompeta de Haydn:

Id, haced, bautizad y enseñad

Dios dio a su Iglesia cuatro tareas fundamentales: id, haced, bautizad y enseñad. Éstos cuatro verbos son el núcleo central del gran envío. A veces pensamos que hay que elegir entre uno de estos verbos pero la cuestión central de la evangelización gira en torno a hacer discípulos con estos cuatro principios. Envíar a los laicos y a los consagrados para que, yendo a diferentes rincones del mundo —desde el corazón de la propia familia al pinto más alejado del orbe— llenen de Cristo a más discípulos para que sean bautizados, enseñados, formados, llenos del Espíritu Santo y, finalmente, enviados también para cumplir su misión. Cuando la Iglesia está llena de vida, eso es lo que realiza siempre. Pero cuando no lo está, se encierra en sí misma. Pero Jesucristo tiene que ser propuesto de nuevo al mundo. Este es el anuncio de la Navidad pasada.
Nuestra misión es intentar atravesar esas corazas invisibles que rodea los corazones de tantos hombres y mujeres que están a nuestro alrededor y que, incluso, se sientan en los bancos de nuestras iglesias.
La misión de laico y del consagrado es trabajar para intentar crear espacios en los que las personas alcancen a conocer a Cristo como alguien vivo, despertar esa sed insaciable para que una vez lo hayan conocido podamos formarlos y convertirlos en discípulos de Cristo. Pero para ello es importantísimo intentar redescubrir de nuevo nuestra entidad cristiana y colocar la esencia del mandato del Señor en el centro de nuestra vida, en todo lo que hacemos, para que en el corazón de cada grupo eclesiástico, de cada comunidad, de cada parroquia, haya creyentes que vayan creciendo, madurando, comprometiéndose, aprendiendo, sintiendo todos aquellos dones, gracias y talentos que reciben de Dios, que que sientan la necesidad de servir y llegado el momento oportuno, cuando Dios quiera y como Dios quiera, convertirse en verdaderos apóstoles suyos.
Todo cristiano está llamado a proclamar esta Buena Nueva a todos los que no conocen a Cristo, a los que no conocen su iglesia y por eso la llamada del Papa Francisco de acudir a las periferias, a los ricos, a los desprotegidos, a los soberbios, a los pobres, a los que están encerrados en las paredes de sus hogares… es la verdadera llamada al apostolado. La Iglesia es apostólica y esa es su naturaleza y yo, como apóstol de Cristo tengo una misión concreta.

orar-con-el-corazon-abierto

¡Señor, te pido hoy por la iglesia misionera para que de sus frutos entre tantos corazones heridos! ¡Jesús, Dios Hijo, que dejaste tu trono por amor y que nos has amado hasta la muerte, dame fe firme, una esperanza gozosa, una confianza plena y un soplo de este amor tuyo que todo lo transforma! ¡Jesús, Dios Niño, hazme como Tu! ¡Señor, no tengas presente mis muchas miserias y mírame con misericordia! ¡Mira, Señor, a tantos que te necesitan; a esas multitudes que no te conocen o que tienen imagen equivocada de ti! ¡Envíales tu Espíritu y envíamelo también a mi para que sea capaz llegar a ellas para hablarles de tu ternura, de tu amor, de tu amistad o de tu misericordia! ¡Hazme alma misionera! ¡Líbrame de mis «yoes», hazme pequeño y extiende conmigo la mano para llegar al corazón del otro, que mi voz sea la tuya, que mis gestos sean los tuyos, que mirada sea la tuya! ¡Y como para evangelizar se necesita mucha santidad y mucho desprendimiento hazme santo, Señor! ¡No te lo pido, Señor, como gesto de egoísmo y vanidad si no por tantos a los que podría darte a conocer! ¡Que te vean a Ti en mi pequeñez!

En definitiva,  toda la tierra espera la llegada del Salvador. Y eso es lo que cantamos hoy:

Alegría cristiana

Hace unos años mi mujer y yo invitamos a comer a un restaurante de la costa a un amigo polaco que nos visitaba por un par de semanas. Para mí elegí de plato principal arroz negro. ¡Qué estaba excelente, por cierto! Sólo de verlo a mi amigo le pareció un plato desagradable por su color y su textura. Su primera impresión fue de rechazo. «¡Pruébalo! ¡Pruébalo! ¡No te arrepentirás!», tuve que insistirle varias veces. Cuando ya casi no quedaba nada en la paellera accedió a probar aquel suculento arroz negro, cremoso, al dente de cocción… y ¿qué ocurrió?: cambió de opinión, hasta tal punto que al día siguiente me pidió que fuésemos al mismo restaurante para pedir aquel arroz que le había maravillado por su sabor.
Muchos experimentamos la fe de esta misma manera. Cuando contemplamos el cristianismo desde la distancia nos quedamos sólo con la apariencia, con lo superficial, tal vez no nos atrae, pero si tratamos de dar el paso de experimentarlo y comprenderlo tal cual es entonces puede surgir una cierta atracción hacia él.
¿Qué es para mi el cristianismo? ¿Podría decir que es algo aburrido, anodino, falso, insustancial, irrelevante…? Comprendo que haya gente que lo pueda ver así. Lo entiendo porque no lo conoce o porque ve a muchos cristianos que viven como zombies, al observar las iglesias cada vez más vacías, cuando conocemos personas que se denominan «cristianas» que reflejan un estilo de vida monótono y sin alegría, que predican una cosa y hacen la contraria, que no son caritativos en su vida cotidiana….
La propaganda negativa de lo desagradable y aburrido que es ser cristiano en la sociedad actual es, en gran parte, culpa nuestra. Hay mucho cristiano que no conoce a Dios, no lo ha experimentado, no lo busca… y así es imposible tener una imagen positiva y alegre de lo que representa ser cristiano. Se podrían poner mil ejemplos. Todo esto lleva a que nos formemos un concepto equivocado del cristianismo aunque el cristianismo en su esencia es alegría. ¡A-le-grí-a!
La vida cristiana y la alegría son dos realidades que están estrechamente unidas porque la alegría cristiana se fundamenta en la opción fundamental por Cristo, fruto de una experiencia íntima de fe en Él y de comunión con quien es el Camino, la Verdad y la Vida, el que me muestra cuál es el sentido de mi vida en el entorno en el que muevo y la grandeza de mi destino.
El Evangelio es un mensaje fundamentalmente de alegría ya que se trata de una Buena Nueva: la invitación a vivir el amor y hacerlo aquí y ahora, en nuestro contexto familiar, social y profesional porque Él nos amó primero. La alegría auténtica es un primer efecto del amor. Y este amor, semejante al amor de Cristo, lo infunde en nuestros corazones el Espíritu Santo. Si es así, mi vida y mi acción apostólica debe estar asentadas por la alegría. Un vivir apagado, anodino, triste, sin ilusión ni entusiasmo desvirtúa la verdad del mensaje cristiano.
Cualquier apostolado debe brotar de la alegría profunda que nace del corazón entregado al servicio del Señor. Con este mimbre tan extraordinario: ¿puedo decir que el cristianismo es algo aburrido, anodino, falso, insustancial, irrelevante…?

image

¡Dios mío, quiero ser un apóstol de la alegría! ¡Padre, tengo un motivo principal para sentirme siempre muy feliz y alegre: soy tu hijo y sólo por esto nada debe darme miedo! ¡Dios mío, que mi alegría no se vea condicionada por las diferentes circunstancias que rodean mi vida sino por mi fidelidad a ti, por mi compromiso a tus palabras y tus mandatos y mi capacidad para abrazar la Cruz que es el sentido de la vida cristiana que me llega de diversas formas: dolor, problemas económicos, enfermedad, incomprensión, cambio de planes, desempleo, humillaciones…! ¡Padre bueno, no permitas que me aparte de ti porque la tristeza me provoca mucho dolor interior y yo quiero estar siempre alegre! ¡Espíritu Santo, ayúdame a dar ejemplo de mi ser cristiano transmitiendo una alegría profunda interior y exterior! ¡Ayúdame a ir siempre mostrando la alegría de lo que soy y no ir por el mundo con el rostro arisco y pesimista! ¡Ayúdame, Espíritu divino, a que el primer motivo de mi alegría sea la esperanza y la fe en Dios, experimentar el amor que siento Él me tiene! ¡Ayúdame, Espíritu de Dios, que mi apostolado de la alegría sea muy convincente para los que me rodean porque ven en él un testimonio directo del que se olvida de su yo y de sus propios problemas para preocuparse por los demás porque he puesto todo su corazón en Dios! ¡No permitas que ni el consumismo, ni la búsqueda desordenada del por el placer o el confort, ni la ambición del poder, ni el hedonismo… que el mundo me ofrece se convierta en el sucedáneo a mi verdadera alegría!

¿Quién dice que los hijos no evangelizan?

Cada uno de mis hijos tiene un carácter diferente. Pero en sus diferencias, son complementarios. Yo también tengo mi carácter y acostumbro a hacer las cosas de la misma forma, ensamblando mis quehaceres cotidianos con los mismos mimbres de siempre, que son los que conozco y me hacen sentirme seguro. Cuando algo falla, cuando las cosas no salen según lo previsto, entonces hay que retomar el rumbo aunque me cree desconcierto. Posicionarme de nuevo, sentir de nuevo, actuar de nuevo. Y en esto, cuando veo a mis hijos, es cuando más fuerza tomo especialmente cuando vislumbro en ellos como afrontan las situaciones, en algunos casos no siempre fáciles. Ellos son una escuela de vida, son un espejo donde mirarse, son un dibujo claro de la vida y Dios recurre a ellos para mostrarme cosas nuevas, para ofrecerme clarividentes muestras de que la vida es una lección que debe ser aprendida diariamente. Me gusta cuando me piden oraciones por sus exámenes, por un problema que les agobia, cuando ofrecen un misterio del Rosario por las intenciones de una amiga o un amigo, de un profesor, de alguien que conocen que necesita consuelo, de un familiar. Me ilusiona cuando ayudan a sus compañeros en el estudio, cuando se ofrecen a ayudar en casa, cuando después de discutir entre ellos o con nosotros se disculpan, como hacen labor social… Pero lo que más me gusta de ellos es que tienen muy enraizada su fe en el corazón. No se avergüenzan de ser cristianos. Ni de amar a Dios. No tienen miedo en sus diferentes ámbitos de hablar con natural sencillez de Dios. Para mí son una enseñanza más profunda de lo que ellos puedan imaginar, porque su vida es una vida en apariencia simple, sin grandes alaracas, sin grandes pretensiones, sin muchas comodidades pero plenamente transformadora porque tienen fe, tienen esperanza y mucho amor a Dios. No se avergüenzan de llevar una pulsera en forma de Rosario, ni de llevar colgada del cuello una medalla que evidencia su fe.
Yo no sólo quiero a mis hijos. Los admiro. Admiro su autenticidad. Su compromiso. Su ilusión por las cosas. Su bondad. Su docilidad. Su esfuerzo. Su naturalidad. Su aceptar las situaciones que nos ha tocado vivir sin quejarse aunque hayan sufrido desde lo interior. Ni cuando eran pequeños ni ahora en su adolescencia nos han dado problemas. Y doy gracias a Dios. Y siento que Él también se sentirá orgulloso de ellos. Cuando los contemplo juntos, como se quieren y cómo se respetan, cómo se ayudan y cómo son cómplices en tantas cosas, no puedo más que alabar al Padre. Sé que mi plegaria es un canto que le llegará a lo más profundo de su ser, porque ellos son Su creación y son un instrumento que nos ha dado a mi mujer y a mí para moldearlos en su camino hacia la santidad.
Pero hoy, sobre todo, cuando rezo por ellos me vienen a la mente las aleccionadoras palabras de Jesús que son una invitación al cambio personal: «Si no os hacéis como niños no entraréis en el reino de los cielos». ¡Gracias, Señor, porque en tu infinita bondad me has regalado a tus hijos que son mis hijos de los que tantas cosas aprendo cada día!

Quién dice que los hijos no evangelizan

¡Bendito seas, Padre, por los hijos que me has regalado! ¡Gracias por amarlos tanto! ¡Cuídalos y presérvalos de todo mal! ¡Bendito seas, Padre, porque les llamas a cada uno a seguirte, a emprender diariamente de manera personal su compromiso de seguir a tu Hijo Jesucristo! ¡Derrama, Padre de bondad, tu Espíritu Santo para que les dirija en el camino de la vida, para guiarles por la senda del Evangelio, para que atraviese su corazón y sus pensamientos y sean unos buenos hijos tuyos! ¡Envía tu Espíritu, Padre bondadoso, para que su mente siempre esté iluminada por su luz para que sigan el camino que tú has diseñado para ellos, para que siempre te glorifiquen, para que sean buenos cristianos, para que sostengan su vida con los ideales del Evangelio! ¡Ilumina, Señor, también a mi mujer y a mí para que como padres seamos capaces de transmitirles siempre la verdad, su vocación, su compromiso cristiano, darles una formación acorde con los principios de Jesús! ¡Dame, Espíritu Santo, la sabiduría de comprenderlos siempre, de escucharlos con amor y con paciencia, de hablarles con delicadeza, de corregirles con generosidad, de ser amable con ellos, de enseñarles con finura! ¡Ayudadme, María y José, padres de Jesús, a seguir vuestro ejemplo de humildad y sencillez para educar a mis hijos, que siempre encuentre el tiempo para darles lo mejor de mí, de no negarles mi corazón! ¡Gracias, Padre, porque estos hijos míos son un regalo tuyo que nos has entregado con amor y de todo corazón te alabo y te bendigo y de doy gracias!

Bienaventurados los misericordiosos, el himno oficial de la JMJ 2016 que se celebrará en Cracovia, dedicado a mis hijos: