Una imagen que bendice mi hogar

En la biblioteca de mi casa (fotografía que ilustra este texto) tengo una imagen del Cristo de la Misericordia con sus brazos abiertos que me regaló un día muy señalado mi hija mediana. Me mira en cada momento y cuando alzo la mirada hacia Él siento viva su presencia. El texto dice: «Bendeciré las casas en las que mi imagen sea expuesta y honrada. ¡Sagrado Corazón de Jesús en vos confío!»

¿Qué siento cuando lo miro? Al Cristo que ha resucitado de entre los muertos, que lleno de gozo, de alegría y de fuerza, me acoge con sus brazos abiertos. Que me invita a compartir con Él mi vida porque esto es lo que hacen los amigos. Sus manos llagadas, abiertas al amor, me bendicen y me invitan a entrar de lleno en lo más profundo de su Corazón. Y es ahí, de su Corazón, desde donde se derrama el infinito Amor de Dios; es desde ahí, del Sagrado Corazón de Cristo, donde brota su Amor Misericordioso por todos los hombres, que se transforma en Divina Misericordia al contactar con mis carencias, pobrezas, miserias y necesidades; es ese Corazón el que quiere sanarlas y transformarlas. Es la luz de Su Amor el que me ilumina y elimina de mi vida todas esas tinieblas que me impiden amar, servir, entregarme a los demás.… 

¡Y qué decir de su mirada! Sus ojos te miran y penetran con ternura en el corazón; y cuando sientes su mirada profunda te sabes amado, perdonado, comprendido, transformado. Esos ojos no desvían nunca la mirada porque no sienten repugnancia por mis pecados, por mis tibiezas, por mis miserias… son ojos que traslucen amor, que buscan con la mirada levantarnos de nuestra fragilidad. Buscan la conversión del corazón. Y al enfrentar mi mirada con la de Él sientes toda su misericordia desbordada en el corazón y puedes pedirle encarecidamente perdón por tus ofensas, olvidos y suciedad interior. 

«Bendeciré las casas en las que mi imagen sea expuesta y honrada. ¡Sagrado Corazón de Jesús en vos confío!». Me reconforta esta imagen y esta frase porque el demonio tiene puesta su fijación en destruir las familias, la iglesia doméstica, el núcleo esencial de la sociedad. Rompiéndola fragmenta el mundo. Esta imagen y esta frase me ayuda a entender que debo preservar y perfeccionar los valores de la familia y reconocer al Sagrado Corazón de Jesús como el Señor de todo, entronizándolo en el centro del hogar para convertir la familia en un lugar donde se respire un espíritu verdaderamente cristiano.  ¡Por eso, hoy más que nunca, Sagrado Corazón de Jesús, en vos confío!

¡Sagrado Corazón de Jesús, bendice mi hogar! ¡Tu sabes todo lo que sucede en mi familia, en mi hogar, en nuestros corazones, y en este momento me dirijo a tu Sagrado Corazón para que entres en mi casa y la bendigas con tus santas manos! ¡Bendice también, Sagrado Corazón, todos los hogares del mundo! ¡Llena de tu presencia mi hogar, Señor, báñalo con tu luz y llena cada rincón de tu amor para que brilles en cada estancia! ¡Sagrado Corazón de Jesús, te abro de par en par las puertas de mi hogar, ese espacio que me has dado para que lo habites junto a los que amo, para que cada estancia, cada pasillo, cada habitación esté bendecido por ti y des luz donde haya oscuridad! ¡Sagrado Corazón bendice mi hogar y báñalo en cada momento de tu infinita misericordia! ¡Sagrado Corazón evita que entre en mi hogar el mal, la tristeza, la desazón, la discordia, los accidentes, los malas intenciones del demonio, los robos…! ¡Sagrado Corazón ayúdame a que mi hogar se convierta en un lugar bendecido y protegido en el que Tu te encuentres a gusto! ¡Cuida, Señor, a todas las personas que habitan en mi hogar y en todos los hogares del mundo para que reine entre nosotros el amor, el respeto, la generosidad, la humildad, la comprensión y la entrega! ¡Sagrado Corazón de Jesús, en vos confío!

Vincular la vida a la de San José

Siempre he tenido una gran devoción a San José, del que hoy celebramos la festividad, el hombre justo que Dios nos regaló como esposo a la Virgen María.
¡Justo! En la Biblia los justos son alabados porque no se miran a sí mismos sino a Aquel que les dio la vida y a quien sirven: Dios, su creador y protector.
Decir que José era un hombre justo es ubicarlo en un entorno donde lo que cuenta no es lo que haces, lo que ganas, lo que logras… sino lo que eres.
San José fue el humilde artesano, el carpintero, modelo para todos los trabajadores que con razón en nuestro mundo piden que se les reconozca su dignidad humana.
San José, el hombre justo, dio la bienvenida a María de Nazaret como esposa. Se casó no solo con la chica que amaba, sino con el destino que Dios había preparando para él. Lo que lo llevó a convertirse en el servidor fiel y prudente a quien confió la Sagrada Familia.
Este papel único de José con María y Jesús lo convierte en una figura excepcional. Todos los padres sabemos lo que cuesta que una familia prospere y viva en armonía y felicidad. La de José, la Sagrada Familia, cumplió su misión a la perfección al permitir que sus miembros sean lo que fueron llamados a ser desde toda la eternidad.
En los caminos de la vida diaria, la familia de José conoció, como sabemos, inviernos y veranos, altibajos y alegrías, incluso se debieron formular muchas preguntas, pero José nunca dejó de lado su fe y la confianza en el Palabra de Dios que se manifestó en su corazón y en su inteligencia.
Sabemos que estuvo presente con Jesús y María durante la infancia de Jesús, ya que lo encontramos con ellos en el Templo cuando Jesús tenía 12 años. No sabemos lo que sucedió después. José desaparece silenciosamente y cuando Jesús comienza a predicar las Buenas Nuevas, ya no se lo menciona en los Evangelios.
¿No es un de buen servidor cederle paso al Maestro y permanecer a la sombra? José lo hizo al dar a Jesús su caminar hacia el mundo.
Me gustaría vincular mi vida a la San José. Permanecer escondido y en las sombras pero llevando a Jesús en mi corazón. Hacerlo con mucha humildad, pero con la hermosa misión de presentar a Jesús al mundo. Seguir los pasos de Cristo en la historia humana y no esperar, como hizo san José, cambios mágicos. Confiar en Dios porque la semilla de la Palabra de Dios da fruto con paciencia, vaciándome de mi mismo, renunciando a mis intereses y conformando mi voluntad a la de Dios.
Hoy, en esta fiesta de san José, me siento invitado a ser sembrador del Evangelio, de las Buenas Nuevas que están dirigidas a todos y que brindan alegría, paz, felicidad, compasión, tomando a san José como el modelo en el que mirarme siempre tan humilde, servicial y amoroso en todo lo que hizo y como Él convertirme en el primer propagador de la Buena Nueva del Evangelio en el seno familiar, social y profesional. Y, sobre todo, aceptar como Él el misterio de la acción divina en mi vida con una actitud de humildad, silencio y amor. ¡Glorioso, San José, concédeme tu protección paternal te lo pido por el Sagrado Corazón de Jesús y el Corazón Inmaculado de María!

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¡San José cuyo poder se extiende a todas nuestras necesidades que aprenda de ti a vivir con un espíritu de recogimiento, de humildad, de servicio, de entrega, de generosidad, de amor al prójimo y, sobre todo, de serena confianza en la Providencia divina! ¡San José, padre del Salvador, muéstrame como amar a tu Hijo con todo mi corazón, con todas mis fuerzas, con toda mi alma y con toda mi mente! ¡San José ayúdame a intuir entre todos los acontecimientos del día a día el paso de Dios en mi vida como lo hiciste tu, dejándote guiar por el ángel y por la luz del Espíritu Santo! ¡Aleja de mí, San José, el apego a las cosas mundanas, a lo intrascendente de la vida y hazme siempre predispuesto al servicio y al amor! ¡Hazme ser consciente de los dones que Dios me regala cada día! ¡Que mis decisiones las tome siempre sin antes valorar bien a quienes realmente pueden afectar! ¡Ayúdame, San José, a ser consciente de que una vida de amor no está exenta de la sombra del sufrimiento y del dolor que tiene como único camino alcanzar la felicidad! ¡Ayúdame, san José, que en el cielo tienes tanta influencia, a ser capaz de consolar a todos los que se sientan afligidos por cualquiera situación! ¡Y dame la gracia de ser un buen cabeza de familia, siempre a imagen tuya!

Un ideal de relaciones donde todo es posible

Hoy celebro con entusiasmo y alegría la festividad de la Sagrada Familia a la luz de la Natividad. Una celebración que pone de manifiesto la señal dada por Dios a los pastores en la Nochebuena de que Su Hijo adopta la condición humana vinculado de una manera especial a un unidad familiar que integran Él mismo y los padres del sí a Dios, José y María. ¿No es hermoso y extraordinario?
¿Has notado que en las oraciones e invocaciones rara vez nombramos a la Sagrada Familia? No decimos «Santísima Familia, ruega por nosotros» sino expresiones similares a esta: «Jesús, José y María, os doy el corazón y el alma mía».
El hecho de que las invocaciones recaigan en las tres personas que configuran la Sagrada Familia nos centra en las relaciones que tienen entre sí. Me hace comprender que la familia no es una realidad abstracta sino una realidad viva. Enfatiza y destaca la solidaridad entre sus miembros que se unen para crecer, enriquecerse humana y espiritualmente, apoyarse, ayudarse, amarse y perpetuarse en el tiempo y en el espacio.
Este es el gran misterio que celebramos hoy. Y a mí, personalmente, me llena de profundo gozo y alegría porque me hace sentir que la Sagrada Familia de Nazaret no es solo la representación de una familia ideal, inalcanzable en su santidad, sino más bien un ideal de relaciones a las que puedo aspirar. Un ideal de relaciones donde todo es posible.
Una Familia donde todas las vías permanecen abiertas, donde lo inesperado de la gracia y la acción de Dios encuentra un terreno particular para asentarse. Es la máxima expresión del «Hágase en mí según tu palabra». Esta Familia se nos presenta bajo el signo de la fe en el Dios de lo imposible.
Una familia en la que sus tres integrantes vivieron momentos de zozobra. Jesús tuvo momentos de vacilación, María se preguntó cómo sería posible concebir si no conocía varón y José se planteó repudiar a la Virgen cuando se enteró de su embarazo. Y sin embargo, ¿qué sucedió? Que en los diferentes momentos de su existencia los tres se sumergieron en una fe que fue más allá de sus certezas personales para confiar en la Palabra de un Dios que se hizo Hombre entre nosotros. Los tres experimentaron una rendición total a la voluntad divina. Cuando pienso esto no puedo más que dar alabanzas a Dios por tener un modelo tan extraordinario. ¡Menudo ejemplo más inspirador!
En un mundo en que las familias se rompen por los egoísmos personales, que la comunicación entre padres e hijos se silencia, que el futuro se presenta sombrío en ciertos momentos, que el impulso de la comunidad eclesial carece de vigor, que la renovación de la fe parece ir mermando… aparece la fuerza y el poder de la Palabra de Dios, del Dios entre nosotros, que no falla nunca. Al igual que la Sagrada Familia, que Jesús, María y José, me siento llamado (o nos deberíamos sentir llamados) a vivir una fe que crea en lo imposible, a una confianza que no se base en nuestras certezas personales, sino en Aquel que nunca nos falla, Aquel que acompaña ayer, hoy y siempre.
¿Cómo celebrar con el corazón abierto esta fiesta de la Sagrada Familia? Con fe en la presencia de Aquel que continúa haciéndose uno entre nosotros y que nos da la oportunidad de vivir más cerca del prójimo en un abandono confiando en Dios.

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¡Dios mío, has venido al mundo en el seno de una familia humana; hazme ver que mi familia es también el lugar donde puedo encontrarte, conocerte y amarte! ¡Concédeme la gracia de amar para crear unidad entre todos por medio del amor! ¡Conviérteme, Padre, en testimonio de amor, de esperanza, de entrega; ayúdame a ser portador de todos los valores que la dignifican! ¡Conviérteme, Padre, en en ejemplo para todos los que la integramos, para que en mi hogar impere el amor y la fidelidad a tu Hijo; que sea ejemplo de oración cotidiana, de puesta en práctica de las virtudes que Él nos ha enseñado, ejemplo de comprensión y que se imponga siempre el respeto entre nosotros! ¡María, Reina de la familia; San José, esposo serenísimo de María, os confío en este santo día mi vocación para desempeñar esta hermosa misión de esposo y padre que Dios ha puesto en mis manos y hacerlo bajo vuestra bendición! ¡Ayudadme a poner siempre mi mirada en vuestro hogar de Nazaret para que el mío también se convierta en una escuela de virtudes cristianas y humanas y aprender de vosotros tres a vivirlas con la convicción y humildad de hijo de Dios! ¡En este día pongo en vuestras manos a todas las familias del mundo para quienes las formamos crezcamos en ellas como personas responsables y honestas, sustentadas en la fe para dar testimonio unos de otros, para acoger en nuestro seno al mismo Dios, para crecer como hizo Jesús en sabiduría, en estatura y en gracia, para ser auténticos custodios de este maravilloso don que viene de Dios! ¡Ayudadnos, María y José, a vivir siempre en presencia de Dios con el mismo amor, la misma fe, la misma esperanza y la misma alegría con la que vivisteis los tres en Nazaret!

El Dios que yo siento

Yo siento a Dios como un Dios cálido, como unos brazos de Padre, el Dios Padre de los hombres; al Dios providente que cuida de sus hijos; al Dios que ama tanto a la humanidad que entrega a su propio Hijo para salvarla; al Dios que nos espera con los brazos abiertos, para perdonarnos o premiamos; al Dios que quiere repartir con nosotros rebanadas infinitas del pan de la felicidad. El Dios-Hijo que muere por salvarnos, el Dios-Espíritu Santo que nos consuela y nos llena de amor. Este es el Dios del Evangelio. El Dios que es amor perfecto. El Dios que es bondad pura. El Dios Creador que ha creado la humanidad por puro amor para que seamos sus hijos y formemos su familia con el fin de compartir su naturaleza.
Si Dios es amor, ha creado el amor, nos ha creado para amarlo y ha extendido su amor sobre cada ser humano, ¿cuál es mi reto, entonces? Aceptar con agradecimiento este gran amor para experimentarlo cada día en mi propia vida y llevarlo al mundo para gozo de la humanidad. ¡Manos a la obra!

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¡Padre bueno, eres todopoderoso y digno de adoración, eres justo, tierno y misericordioso, eres justo y santo, y de acuerdo con la grandeza de tu santidad quiero hoy y siempre bendecirte, alabarte, adorarte, cantarte, glorificarte, bendecirte, darte gracias, ofrecerte la pequeñez de mi vida, mi corazón contrito, mi corazón humilde! ¡Te alabo, Padre, porque tu eres realmente Dios! ¡Te doy gracias, Padre, por tu amor, porque eres Señor de cielos y tierra, eres Padre de Jesús, nuestro Señor, señuelo de nuestra esperanza! ¡Te doy gracias, Padre, porque tu Hijo Jesucristo es la imagen de tu bondad, de tu ternura y de tu misericordia! ¡Te doy gracias, porque solo tu eres Santo, porque eres el Dios verdadero, el que nos da la vida, la luz, la santificación, la sabiduría interior! ¡Santo, Santo, Señor Dios del universo, gloria a Ti por los siglos de los siglos! ¡Que aprenda de Ti a hacerlo todo por amor sin egoísmos, sin avaricia, sin arrogancia y sin orgullo! ¡Ayúdame, con la fuerza de tu Espíritu, a guardar tus mandamientos y amarte a Ti, a Jesús y al prójimo, que es semejanza tuya, con todo mi corazón, con toda mi alma y con todas mis fuerzas!

Dios es amor, Eres todo lo que yo quiero, por tu amor volví a nacer. Tengo todo si a ti te tengo, era ciego y ahora puedo ver:

Huellas en la humanidad de Jesús

Me encanta la fiesta que celebramos hoy dedicada a san Joaquin y santa Ana, padres de la Virgen María y abuelos de Jesús. Me une humana y espiritualmente a mis abuelos, algunos ya en el cielo y otra todavía entre nosotros.
San Joaquín y santa Ana tuvieron el honor de engendrar a María, la Madre de Dios, que fue preservada del pecado original por Dios para dar la bienvenida y traer la semilla de Su Palabra a la humanidad entera.
Pero para que esta tierra buena diera frutos ambos dispusieron con su amor y su entrega a María para recibir la Palabra de vida de modo que brotara en ella y diera frutos de gracia.
Con su ejemplo de amor, de entrega, de generosidad, de pureza, de caridad, de servicio fortalecieron el carácter de María, que sería virgen de espíritu, de alma y de cuerpo antes de su nacimiento.
Al nacer de María, Jesús se unió a la línea de Ana y de Joaquin. En ellos, contemplamos la belleza y la importancia de la presencia de los abuelos en el corazón de una familia.
Jesús, siendo niño, pudo encontrar en ellos la seguridad de los cimientos de la tierra en la que se hundieron las raíces de su humanidad.
No hay duda de que la relación de María con sus padres dejó una profunda huella en el desarrollo de la humanidad de Jesús en Nazaret. Cristo vivió en un horizonte sin nubes, un lugar pacífico y sereno, con grandes vivencias interiores que fue formando su conciencia humana. Así, la calidad y santidad de la relación entre María y sus padres permitió el surgimiento gradual de la conciencia humana más sana en Jesús.
Con la figura de san Joaquín y santa Ana comprendemos que para realización del plan de la salvación de Dios es necesaria la santidad en la vida cotidiana. Si la gracia es lo primero, el hecho es que para actuar en la existencia de un hombre y una mujer, la gracia necesita de su colaboración. Sin gracia, no hay frutos.
Hoy es un día para dar gracias a Dios por la figura de santa Ana y san Joaquín que ayudaron a crear condiciones favorables para el cumplimiento de la promesa de la salvación. Ellos fueron los cultivadores de esta pequeña porción de tierra maravillosa de la humanidad en la cual la semilla de la vida eterna pudo brotar para llevar los frutos de salvación y sanación. Y un día para dar gracias a Dios por la figura de los abuelos que, en mi caso, han sido unificadores de la familia, formadores del espíritu y grandes maestros de la vida. A todos ellos los llevo en el corazón.

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¡Gracias, san Joaquín y santa Ana por convertiros en transmisores de los más bellos valores familiares y una inspiración de como actuar en la vida cotidiana, espiritual, familiar y social! ¡Señor, nacido de la Virgen María, que tantos amaste a tus abuelos San Joaquín y Santa Ana, protege y mira con amor misericordioso a todos los abuelos de todo el mundo que son fuente de riqueza humana y familiar! ¡Sostenlos siempre en la adversidad, la dificultad y el envejecimiento para que sigan siendo para la familia auténticas columnas de la tradición, custodios de los valores auténticos que se deben transmitir a la sociedad y maestros de la verdad, la autenticidad y la sabiduría! ¡Señor, cuida a todos los abuelos del mundo para que siembren en la sociedad las semillas del amor! ¡No permitas, Señor, que los abuelos sean despreciados, olvidados, ignorados o marginados; que reciban siempre el amor de hijos y de nietos, que sean respetados y amados! ¡Concédeles, Señor, el gozo de la salud para que puedan vivir una vida sosegada y tranquila! ¡Y a Tí, María, que tanto amaste a tus santos padres, san Joaquín y santa Ana, extiende sobre todos los abuelos del mundo tu manto protector! ¡Gracias, Señor, por los abuelos que me has regalado de los que tanto he recibido y aprendido, que tanto amor me han dado y tantas enseñanzas me han transmitido! ¡Espíritu Santo, desciende sobre todos nosotros, e infunde en nuestro mundo un clima humano donde primer el respeto por los abuelos y los ancianos! ¡Haznos, Espíritu Santo, custodios del gran tesoro que es la familia, ayúdanos a que no haya divisiones ni enfrentamientos sino paz y amor!

Cantamos dedicando esta canción a santa Ana, abuela de Jesús:

La familia, modelo de amor

La Iglesia nos invita a celebrar hoy una gran fiesta, la de la Sagrada Familia de Nazaret. La familia de Jesús, María y José. Una familia tan sencilla como extraordinaria. Una festividad que pone de manifiesto el arraigamiento humano de Dios. No es ni una ilusión ni una fantasía: la Palabra se hizo carne, enraizado en un pueblo y en una cultura creciendo en sabiduría, en estatura y en gracia bajo la mirada de Dios y de los hombres y el soplo del Espíritu. Impresionante. Bellísimo. Dios se tomó el tiempo de vivir las diferentes etapas de la vida humana dando relevancia a la vocación y la misión de la familia en todas sus dimensiones humanas y espirituales. En un mundo donde se desafía el modelo familiar tradicional esta fiesta nos recuerda el valor supremo de la familia en nuestra sociedad.
La familia es —o debería ser— ese espacio donde se vive el aprendizaje del amor en hechos concretos y cotidianos y en la verdad. Es el lugar donde se trasmiten los valores esenciales para el crecimiento de cada uno de sus miembros.
Esta festividad, a través de la imagen de la Sagrada Familia, te recuerda que cada miembro de una familia aprende a descubrir al otro aunque, a veces, uno se desconcierta con alguien al que cree conocer.
Hay enseñanzas hermosas en el cuadro de la Sagrada Familia como que amar a los demás es aceptar no saber todo sobre ellos. En las palabras y en el silencio de María, en los silencios y en las vivencias de José, que acompañan a Jesús en su vocación, descubrimos la profundidad de un amor que sabe estar presente en la formación humana de Cristo pero que también sabe cómo desvanecerse ante el misterio de Jesús para que pueda cumplir su vocación personal según los deseos de Dios.
La vida familiar exige sacrificios y mucho amor, paciencia y mucha comprensión; es un largo camino, un trabajo donde uno debe dar lo mejor de sí. A través de la imagen de la Sagrada Familia uno se siente aleccionado como padre, como educador, como cristiano, como miembro de la sociedad, de llevar la escuela del amor y del perdón al seno de su propia familia y a la sociedad. De Amor con mayúsculas. Ese amor puro que se entrega sin cálculos, sin esperar nada a cambio, sin voluntad de dominar. Un amor que exige un trabajo cotidiano, un ascetismo real que permitirme descubrir y medir con qué amor ama Dios.
El aprendizaje del amor puro y verdadero es un viaje que requiere toda una vida. Exige amar al otro con sus limitaciones y defectos, con sus imperfecciones y sus sombras. Este camino no se puede recorrer sin vivir la misericordia entre sus miembros. Y es necesario también realizar un trabajo de conversión interior para entender qué es el amor verdadero porque el verdadero amor al que todos estamos llamados nos invita a vivir la misericordia para envolver nuestras imperfecciones con el velo de la ternura.
Jesús quiso nacer y crecer en el seno de una familia humana. Sus padres lo educaron con un amor irreprochable. Era la familia de Nazaret una familia santa porque el principal deseo era hacer la voluntad de Dios en su vida. Y hoy y todo el año puedo hacerlo nacer también en mi propio entorno familiar.
Es lo que le pido hoy a la familia de Nazaret. Que se convierta en mi modelo para dar amor, para crecer en santidad, para dar lo mejor de mí, para aprender a sacrificarme cuando sea necesario, para saber ponerme en manos de la Providencia, para servir sin contrapartidas, para promocionar los valores intrínsecos que de ella se derivan, para poner mi vocación al servicio de la misión de Jesús, para hacer crecer en la fe a todos los que la integran, para darles la perspectiva del cielo en su cotidianidad…
En esta fiesta de la Sagrada Familia es un día para dar gracias a Dios, a María y a José por predisponerme a cooperar con ellos en el plan de salvación que nos propone el Señor en esta Navidad.

orar con el corazon abierto

¡Dios mío, has venido al mundo en el seno de una familia humana; hazme ver que mi familia es también el lugar donde puedo encontrarte, conocerte y amarte! ¡Concédeme la gracia de amar para crear unidad entre todos por medio del amor! ¡Conviérteme, Padre, en testimonio de amor, de esperanza, de entrega; ayúdame a ser portador de todos los valores que la dignifican! ¡Conviérteme, Padre, en en ejemplo para todos los que la integramos, para que en mi hogar impere el amor y la fidelidad a tu Hijo; que sea ejemplo de oración cotidiana, de puesta en práctica de las virtudes que Él nos ha enseñado, ejemplo de comprensión y que se imponga siempre el respeto entre nosotros! ¡María, Reina de la familia; San José, esposo serenísimo de María, os confío en este santo día mi vocación para desempeñar esta hermosa misión de esposo y padre que Dios ha puesto en mis manos y hacerlo bajo vuestra bendición! ¡Ayudadme a poner siempre mi mirada en vuestro hogar de Nazaret para que el mío también se convierta en una escuela de virtudes cristianas y humanas y aprender de vosotros tres a vivirlas con la convicción y humildad de hijo de Dios! ¡En este día pongo en vuestras manos a todas las familias del mundo para quienes las formamos crezcamos en ellas como personas responsables y honestas, sustentadas en la fe para dar testimonio unos de otros, para acoger en nuestro seno al mismo Dios, para crecer como hizo Jesús en sabiduría, en estatura y en gracia, para ser auténticos custodios de este maravilloso don que viene de Dios! ¡Ayudadnos, María y José, a vivir siempre en presencia de Dios con el mismo amor, la misma fe, la misma esperanza y la misma alegría con la que vivisteis los tres en Nazaret!

Comparto esta oración para rezarla junto con tu familia, comunidad o amigos antes de la medianoche del 31 de diciembre. Se recomienda estar alrededor del nacimiento o pesebre. Juntos comienzan diciendo: “En el nombre del Padre…”
Luego se hace la siguiente oración:
Lector 1: “Señor, Dios, dueño del tiempo y de la eternidad, tuyo es el hoy y el mañana, el pasado y el futuro. Al terminar este año queremos darte gracias por todo aquello que recibimos de ti.
Gracias por la vida y el amor, por las flores, el aire y el sol, por la alegría y el dolor, por cuanto fue posible y por lo que no pudo ser. Te ofrecemos cuanto hicimos en este año, el trabajo que pudimos realizar, las cosas que pasaron por nuestras manos y lo que con ellas pudimos construir.
Lector 2: Te presentamos a las personas que a lo largo de estos meses quisimos, las amistades nuevas y los antiguos que conocimos, los más cercanos a nosotros y los que estén más lejos, los que nos dieron su mano y aquellos a los que pudimos ayudar, con los que compartimos la vida, el trabajo, el dolor y la alegría.
Pero también, Señor, hoy queremos pedirte perdón, perdón por el tiempo perdido, por el dinero mal gastado, por la palabra inútil y el amor desperdiciado.
Todos: Perdón por las obras vacías y por el trabajo mal hecho, y perdón por vivir sin entusiasmo. También por la oración que poco a poco se fue aplazando y que hasta ahora vengo a presentarte. Por todos los olvidos, descuidos y silencios, nuevamente te pido perdón.
A pocos minutos de iniciar un nuevo año, detengo mi vida ante el nuevo calendario aún sin estrenar y te presento estos días que sólo tú sabes si llegaré a vivirlos.
Hoy te pido para mí y los míos la paz y la alegría, la fuerza y la prudencia, la claridad y la sabiduría. Quiero vivir cada día con optimismo y bondad llevando a todas partes un corazón lleno de comprensión y paz.
Cierra tú mis oídos a toda falsedad y mis labios a palabras mentirosas, egoístas, mordaces o hirientes. Abre en cambio mi ser a todo lo que es bueno, que mi espíritu se llene sólo de bendiciones y las derrame a mi paso. Amén.”
Para terminar, rezar un Padre Nuestro, un Ave María y un Gloria. Luego, entre todos, se dan un abrazo diciendo:

¡Feliz año a todos los lectores de esta página!

En este día de la Sagrada Familia, cantamos este Padrenuestro de Nazaret:

En lo cotidiano de Nazaret

En Nazaret la vida de José, María y Jesús es, en apariencia ordinaria, sencilla, oculta a los ojos de los vecinos, sin valor aparente. De puertas adentro nada extraordinario sucede. No hay excesos, ni ruidos sino discreción.
En esa casa de Nazaret fluye el silencio, la serenidad interior, el sosiego del alma, el trabajo honrado, el respeto por las costumbres, el amor profundo y agradecido al Padre. Sucede así porque en esa casa habita la Sagrada Familia. En ese espacio emerge con toda su fuerza una vida de familia impregnada de santidad. Es el hogar donde las virtudes se hacen realidad. Donde las bienaventuranzas, antes de ser proclamadas, cobran relevancia. De puertas adentro la perfección, el respeto, la humildad y el amor son las armas que autentifican el sagrado título de esta familia escogida por Dios. Así se entiende que la Virgen lo custodiara todo en su corazón y que Jesús creciera en sabiduría, se hiciera más fuerte y gozara del favor de Dios.
En este entorno modélico y santo creció y vivió Jesús su vida oculta. En estos treinta años, de la mano de María y de José, modeló su carácter, aprendió a orar, a amar, a servir, a darse a los demás. Con estos mimbres pudo iniciar Jesús su misión divina.
De lo que ocurrió en Nazaret tan solo contamos con unos cuantos versículos que constatan retazos de aquel tiempo. Nada sabemos, pero lo sabemos todo. Pero ese todo te permite examinar tu vida, tus gestos, tus palabras y tus comportamientos. En la vida de la Sagrada Familia de Nazaret se resume el sentido auténtico de la familia cristiana. Es una meditación en si misma que te permite plantear tu propio vivir; ¿Hago de mi vida en familia como hicieron ellos un diálogo interrumpido con Dios? ¿Convierto la vida en mi hogar en un terno de fervor, de paz y de amistad? ¿Me afano para que todos se sientan a gusto a mi lado? ¿Atiendo con gesto amable a todos olvidando mis necesidades para poner por delante la de los demás? ¿Entiendo el valor de los actos de mi vida ordinaria como camino de santificación? ¿Vivo realmente en complicidad con Dios y en el amor compartido? ¿Permito en mi familia que se cumpla el plan de Dios? ¿Es mi vida una lección de vida humilde, generosa y amorosa? ¿Hago de mis sencillos quehaceres cotidianos una ofrenda a Dios, un servicio a la misión de Jesús, un camino de amor por los que me rodean?
¡Esta claro que mi vida, si me lo propongo, también puede ser como el hogar de Nazaret!

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¡Sagrada Familia de Nazaret me pongo es vuestra mano! ¡Quisiera entrar en vuestra casa para hacerla mía, para hacer siempre la voluntad de Dios, para entregarme a los demás, para vivir en armonía, en caridad, en paz y en amor, para ocuparme de las necesidades materiales y espirituales de los que la formamos! ¡Ayudadme a convertir mi familia en una comunidad de amor! ¡Que vosotros, Jesús, María y José os convirtáis en mi modelo de familia cristiana a seguir! ¡Ayudadme a abrir mi corazón a Dios, a ser receptivo a su Palabra, a ser testimonio cristiano, ser guía para mis hijos, buen esposo! ¡A Ti, María, Madre de misericordia, ayúdame a darle siempre el Si a Dios sin miedo y sin dudas! ¡A Ti, María, Madre del Verbo Encarnado, enséñame a caminar con confianza y a seguir los planes de Dios en mi vida! ¡A Ti, María, Madre de la esperanza, dame tu audacia y tu disponibilidad, para que mis dudas y mis miedos desaparezcan de mi vida! ¡A Ti, San José, fiel siervo, ayúdame a tener tu misma discreción, tus silencios, tu amor, tu simplicidad y tu disponibilidad del corazón! ¡A Ti, San José, ayúdame a recibir con alegría y esperanza lo inesperado que viene de Dios! ¡A ti, San José, ayúdame a tener tu honradez y tu buen hacer! ¡Y a Ti, Jesús, ayudarme a vivir en Ti, para Ti y contigo!

¡Celebremos juntos la vida y que viva la Navidad!:

Hoy se enciende una llama

Comenzamos un año litúrgico nuevo con el inicio del tiempo de Adviento, la preparación para la Navidad. Es el misterio de cómo Dios entra en nuestra historia y pasar a ser parte del compromiso con el ser humano. Un compromiso de esperanza, de vida y de salvación. Hoy nos preparamos para ese imposible que es que Dios se convierta en hombre como nosotros porque estamos todos llamados a ser un día como Dios, a participar de Él plenamente y por siempre. Este misterio comienza con este Dios que desea encarnarse en la naturaleza humana.
El tiempo de Adviento nos llama a estar preparados. A ser capaces de abrir nuestro corazón, nuestro entendimiento y nuestro amor a este Dios que se hace humanidad en nosotros.
Hasta el día de Navidad cada domingo, con el corazón abierto, realizaremos el gesto sencillo de encender las cuatro velas de la corona de Adviento, esa corona circular que nos indica que Dios siente por nosotros un amor eterno sin principio ni fin. Entre ramas verdes que simbolizan la esperanza y la vida y la unión estrecha con Dios para alcanzar la vida eterna cada una de las cuatro velas con sus respectivos colores tienen un significado profundo. Estas velas iluminan nuestra vida, nos recuerdan la oscuridad del pecado que nos aleja de Dios. Pero cada vela encendida es a su vez una luz que ilumina el mundo y anuncia la llegada próxima de ese Dios que se hace pequeño por nuestra salvación. Luz y vida para toda la humanidad porque la Navidad es la fiesta grande de la luz ya que nace Jesús, Luz del mundo.
Al encender hoy la primera vela podemos recordar a María, la primera en acoger en su interior la llamada de Dios. Es la vela del amor sincero, desprendido, generoso. Es la vela del acogimiento, del don de darse como Dios nos dio a su propio Hijo por la inmensidad de su amor infinito. Es la vela que nos invita a abrir de par en par las puertas de nuestro corazón para entregárselo todo a Dios como hizo la Virgen y para que Dios, a través del Espíritu Santo, derrame sobre nosotros la fuerza de sus dones y de su gracia. Una vela para recordar que estamos en este mundo para amar.
El segundo domingo podemos encender la vela recordando a los coros celestiales y proclamar la paz. La paz en el corazón. La paz en los gestos cotidianos. La paz en la mirada. La paz que rompe rencores y resentimientos. La paz que Dios nos deja y nos da. La paz que aplaca la desazón. La paz que nos abre a la esperanza. Esta vela de la paz es para llenar nuestro corazón de serenidad y para llevar paz allí donde los otros corazones estén llenos de dolor y turbación.
En el tercer domingo tal vez podemos encender la vela de la alegría cristiana. Esa misma alegría que sintieron los humildes pastores de Belén tras el anuncio del ángel. La vela que nos recuerda las palabras del Señor de estar alegres en la tribulación porque nuestra tristeza acabará convirtiéndose en alegría y en gozo. La Navidad es la fiesta de la alegría, la alegría de la venida de Cristo al mundo y a nuestro propio corazón.
En el cuarto domingo, antes del día de la Navidad, la vela que encendemos puede ser  la de la esperanza. Nuestro corazón anhela que Cristo nazca, que nuestro Salvador se encuentre ya en el portal de Belén. Este humilde establo es nuestro propio corazón. Y allí, pacientemente, reposará el Niño Dios. Y para ello hay que prepararse bien porque todos ponemos en Dios nuestra esperanza.
El día de Navidad me gusta encender una quinta vela colocada en el centro de la corona para recordar que Cristo es la Luz del mundo, la que ilumina mi hogar y da luz a cada uno de los miembros de la familia. Cristo ya ha llegado en este día a nuestro corazón. Ahora sólo le tengo que dejarle entrar.
¡Te doy gracias mi Dios y Señor porque esta espera ha valido la pena!

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¡Señor, quiero ser luz en este tiempo de Adviento! ¡Señor, ayúdame a ser luz de confianza para acercarme más a ti que eres el amigo que nunca falla y acercarme más a los demás para no fallarles nunca!¡Ayúdame a ser luz para buscarte con el corazón y llegar también a los demás!¡Ayúdame a ser luz de alegría para contagiar al prójimo la alegría de la Navidad para que todos puedan seguir soportando sus problemas y sufrimientos con alegría! ¡Ayúdame a ser luz de amistad para que siempre alguien se pueda arrimar a mi y caminar conmigo! ¡Ayúdame a ser luz de Buena Nueva para darle  a Tu Palabra el auténtico sentido y convertir mis pequeñas acciones en un testimonio de tu Evangelio! ¡Ayúdame a ser luz de perdón para abrir mi corazón a la reconciliación y la entrega! ¡Ayúdame a ser luz de la fe para testimoniarte siempre! ¡Ayúdame a ser luz de fidelidad para recoger con mis pequeñas manos los frutos abundantes de tu amor y misericordia! ¡Ayúdame a ser luz de amor para no olvidar nunca el mandamiento primero que nos dejaste! ¡Ayúdame a ser luz de compromiso para no fallarte nunca a Ti ni a los demás! ¡Ayúdame a ser luz de oración para no perder el tiempo en cosas inútiles y hacer de mi vida un pequeño sagrario de oración porque el que no ora no sabe de amor! ¡Ayúdame a ser luz del Espíritu Santo para que Tu Espíritu, Señor, ilumine siempre mi vida y pueda irradiar también a los demás y sus dones me fortalezcan, me purifique, me renueven y me transformen!

Oración para el encendido de la primera vela de la corona de adviento: «Encendemos, Señor, esta luz, como aquél que enciende su lámpara para salir, en la noche, al encuentro del amigo que ya viene. En esta primera semana del Adviento queremos levantarnos para esperarte preparados, para recibirte con alegría. Muchas sombras nos envuelven. Muchos halagos nos adormecen. Queremos estar despiertos y vigilantes, porque tú nos traes la luz más clara, la paz más profunda y la alegría más verdadera. ¡Ven, Señor Jesús. Ven, Señor Jesús!»

Hoy se enciende una llama, cantamos en este primer domingo de Adviento:

Profeta en la familia

Todos conocemos personas que han logrado acercar a la Iglesia a personas alejadas de Dios. Tienen un auténtico celo apostólico. Son capaces de hablar de Dios a quienquiera que se les cruce por el camino. Sin embargo, ese celo apostólico fracasa en cuanto tratan de llevar a Dios a gente de su propia familia, especialmente a los hijos, o de su entorno más cercano. Por mucho que lo intentan, no consiguen interesarles por las cosas de Dios.
Le sucedió también al Señor. Jesús no fue profeta en su tierra. De hecho, el apostolado familiar es siempre el más complejo y difícil de llevar a cabo. En el entorno familiar la palabra no es suficiente. En el entorno social, comunitario, parroquial o profesional uno puede tener una imagen de bondad, de eficacia, de espiritualidad firme y decidida… pero en el seno familiar uno no deja de ser una lapa, un black decker espiritual que martillea siempre con el mismo tema. Y cuando recuerdas con insistencia que uno tiene que confesarse con frecuencia, que no se puede dejar de asistir a Misa los domingos, que hay que bautizar a los hijos o a los nietos, que hay que rezar al levantarse, hacer el examen de conciencia por la noche, hacer algún tipo de voluntariado… la respuesta será siempre la misma. «Ahí tenemos al plasta con la misma historia de siempre». Pero la función esencial de la familia es llevar sus miembros al cielo. Y en el caso de una familia cristiana esta obligación adquiere un relieve fundamental.
Nada es superfluo en este mandamiento de transmitir los valores cristianos en la familia. Pero como el verdadero apostolado familiar no da frutos únicamente con la palabra ni con los gestos para vencer los obstáculos que aparecen en el entrono pues el ambiente que nos rodea nos presenta una vida placentera, cómoda y apática en la que no es necesario descubrir un sentido transcedente de nuestra propia existencia y, por supuesto, de nuestra propia familia, el remedio más eficaz es crear un ejemplo convincente de vida. Es imprescindible rezar mucho, interceder mucho, dar mucho amor y mucho afecto, transmitir ingentes cantidades de cariño, testimoniar con un comportamiento ejemplar, aportar mucha alegría… Se trata de ser sal y luz en el seno de la familia. Demostrar que se puede vivir conforme al proyecto de dios. Con ello conseguimos que el bien se atraiga de manera irresistible. Dios está en el centro de todas las familias. Hay que orar mucho para que todos sean capaces de sentirlo.

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¡Señor, ya sé que los apóstoles no nacen de la noche a la mañana! ¡Qué un apóstol se forja día tras día por medio del testimonio, la acción, la palabra y la oración! ¡Envíame tu Espíritu para convertirme en un verdadero apóstol tuyo! ¡Además de entusiasmo, Señor, necesito también de la formación, la oración y los sacramentos para ser más eficaz en mi actividad apostólica! ¡Ayúdame a no desfallecer en todo esto, Señor! ¡Señor, nadie puede dar lo que no tiene! ¡Por eso quiero llenarme de Ti, Señor, mediante la oración y el contacto frecuente contigo en la Eucaristía! ¡Ayúdame a que no me venza la pereza de cada día! ¡Quiero iluminar, llenarme de Tu luz! ¡Ayúdame, Espíritu Santo, en esta hermosa tarea de ser lámpara que ilumina a los que me rodean! ¡Te pido por todos los miembros de mi familia que no creen en Ti, que te han abandonado o que dudan de tu Verdad! ¡Llénalos de tu amor y hazte presente en su vida!

Escuchamos hoy el Himno a la familia: