Huellas en la humanidad de Jesús

Me encanta la fiesta que celebramos hoy dedicada a san Joaquin y santa Ana, padres de la Virgen María y abuelos de Jesús. Me une humana y espiritualmente a mis abuelos, algunos ya en el cielo y otra todavía entre nosotros.
San Joaquín y santa Ana tuvieron el honor de engendrar a María, la Madre de Dios, que fue preservada del pecado original por Dios para dar la bienvenida y traer la semilla de Su Palabra a la humanidad entera.
Pero para que esta tierra buena diera frutos ambos dispusieron con su amor y su entrega a María para recibir la Palabra de vida de modo que brotara en ella y diera frutos de gracia.
Con su ejemplo de amor, de entrega, de generosidad, de pureza, de caridad, de servicio fortalecieron el carácter de María, que sería virgen de espíritu, de alma y de cuerpo antes de su nacimiento.
Al nacer de María, Jesús se unió a la línea de Ana y de Joaquin. En ellos, contemplamos la belleza y la importancia de la presencia de los abuelos en el corazón de una familia.
Jesús, siendo niño, pudo encontrar en ellos la seguridad de los cimientos de la tierra en la que se hundieron las raíces de su humanidad.
No hay duda de que la relación de María con sus padres dejó una profunda huella en el desarrollo de la humanidad de Jesús en Nazaret. Cristo vivió en un horizonte sin nubes, un lugar pacífico y sereno, con grandes vivencias interiores que fue formando su conciencia humana. Así, la calidad y santidad de la relación entre María y sus padres permitió el surgimiento gradual de la conciencia humana más sana en Jesús.
Con la figura de san Joaquín y santa Ana comprendemos que para realización del plan de la salvación de Dios es necesaria la santidad en la vida cotidiana. Si la gracia es lo primero, el hecho es que para actuar en la existencia de un hombre y una mujer, la gracia necesita de su colaboración. Sin gracia, no hay frutos.
Hoy es un día para dar gracias a Dios por la figura de santa Ana y san Joaquín que ayudaron a crear condiciones favorables para el cumplimiento de la promesa de la salvación. Ellos fueron los cultivadores de esta pequeña porción de tierra maravillosa de la humanidad en la cual la semilla de la vida eterna pudo brotar para llevar los frutos de salvación y sanación. Y un día para dar gracias a Dios por la figura de los abuelos que, en mi caso, han sido unificadores de la familia, formadores del espíritu y grandes maestros de la vida. A todos ellos los llevo en el corazón.

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¡Gracias, san Joaquín y santa Ana por convertiros en transmisores de los más bellos valores familiares y una inspiración de como actuar en la vida cotidiana, espiritual, familiar y social! ¡Señor, nacido de la Virgen María, que tantos amaste a tus abuelos San Joaquín y Santa Ana, protege y mira con amor misericordioso a todos los abuelos de todo el mundo que son fuente de riqueza humana y familiar! ¡Sostenlos siempre en la adversidad, la dificultad y el envejecimiento para que sigan siendo para la familia auténticas columnas de la tradición, custodios de los valores auténticos que se deben transmitir a la sociedad y maestros de la verdad, la autenticidad y la sabiduría! ¡Señor, cuida a todos los abuelos del mundo para que siembren en la sociedad las semillas del amor! ¡No permitas, Señor, que los abuelos sean despreciados, olvidados, ignorados o marginados; que reciban siempre el amor de hijos y de nietos, que sean respetados y amados! ¡Concédeles, Señor, el gozo de la salud para que puedan vivir una vida sosegada y tranquila! ¡Y a Tí, María, que tanto amaste a tus santos padres, san Joaquín y santa Ana, extiende sobre todos los abuelos del mundo tu manto protector! ¡Gracias, Señor, por los abuelos que me has regalado de los que tanto he recibido y aprendido, que tanto amor me han dado y tantas enseñanzas me han transmitido! ¡Espíritu Santo, desciende sobre todos nosotros, e infunde en nuestro mundo un clima humano donde primer el respeto por los abuelos y los ancianos! ¡Haznos, Espíritu Santo, custodios del gran tesoro que es la familia, ayúdanos a que no haya divisiones ni enfrentamientos sino paz y amor!

Cantamos dedicando esta canción a santa Ana, abuela de Jesús:

Reconocerle en lo cotidiano

Hay días que las jornadas son un trasiego de gestiones, yendo de un lugar a otro tratando de resolver mil cuestiones y poner solución a tantos desajustes de lo cotidiano. Tiempo de sortear obstáculos y dificultades. Pones todo tu empeño para que todo llegue a buen fin pero todo ese trabajo resulta en balde si uno no es capaz de reconocer en cada uno de estos momentos la mano providente del Señor. Y la luz del Espíritu. Si uno no es capaz de ver la silueta de Cristo marcada en el horizonte.
Entre tanto ir y venir siento la necesidad de reconocer al Señor en lo cotidiano, en las labores de la jornada, en los esfuerzos del día, en los sudores del trabajo. Por eso, uno se llena de profunda alegría cuando siente que Cristo se manifiesta a través de sus gestos amables, de sus esfuerzos, de sus palabras, de la sencillez de su servicio, del trato con las personas que le rodean, en las acciones concretas, en los sentimientos cordiales…
Mientras uno recorre de un lado a otro la ciudad adopta el perfil de aquel discípulo sin nombre que iba de camino hacia Emaús. Con la mirada perdida y el alma cansada pero al final de la jornada acabas reconociendo a ese Cristo que ha partido el pan junto a ti. Está a mi lado, no lo he sabido ver durante el día pero lo reconozco en la penumbra de la noche. Ha partido el pan cotidiano conmigo pudiendo disfrutar de las pequeñas cosas de la vida y porque ese pan no falta en la mesa de mi familia.
Comprendes, entonces, que cuando mi pequeña humanidad roza suavemente la divinidad de Cristo en ese momento se derrama sobre mí una misericordia infinita, un amor inmenso, una esperanza grande porque Cristo me mira cada día con una ternura inmerecida, con ojos de perdón, con una sonrisa de amigo, con una palabra amable, gestos cotidianos que tantas veces me cuesta a mi dar al prójimo que tengo al lado.
En este día, le pido al Señor que a lo largo de esta Cuaresma sea capaz de ir caminando convirtiendo mi corazón, para que mis palabras sólo trasmitan amor y sabiduría, que mis gestos estén rebosantes de misericordia y de esperanza, que mis sentimientos y pensamientos sean siempre puros e inmaculados, que mi vida esté delineada con una escritura bien definida y que cada paso que de tenga como principio la excelencia cristiana.
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¡Señor Jesús, amigo, hermano, compañero, el camino de la vida es muchas veces incierto y lleno de obstáculos, pero cuando no estoy solo en tu compañía y sea cual sea mi estado de ánimo, todo resulta más sencillo, más claro y más nítido! ¡Acompáñame, Señor, en esta Cuaresma para que me ayudes a discernir los acontecimientos de mi vida, a profundizar con humildad cuál es tu voluntad, a comprender el significado de lo que siente mi corazón, a dar un nuevo impulso a mi vida! ¡Señor, en este tiempo de convierte mi corazón para que no se desanime en los trasiegos de lo cotidiano! ¡Ayúdame a ver, con la gracia de tu Santo Espíritu, ese amor que sientes por mi y por los míos, para que sea capaz de descubrir aquellas heridas de los que me rodean y poder sanarlas si he sido yo su causante, para que sea capaz de afrontar con coraje y esperanza los problemas que se me presentan! ¡Conviérteme, Señor, porque la conversión es compromiso, es crecer, es tratar de ser un poco mejor! ¡Concédeme la gracia, Señor, de ser más fuerte ante la adversidad! ¡Dame la fuerza que viene del Espíritu Santo para luchar por lo importante! ¡Ayúdame a ser más comprometido por mis ideales, a vivir más volcado en mi familia y menos en mi yo, en los que me necesitan en lugar de mis egoísmos! ¡Concédeme, Señor, el coraje necesario para ser perseverante cada día cuando los caminos de mi vida se llenen de obstáculos! ¡Concédeme la virtud de la paciencia para saber sobrellevar con entereza y sin caer en el desánimo mis caídas, mis fragilidades, los problemas que se presentan! ¡Dame la alegría que viene de sentirme cerca tuya para no perder la fe, la esperanza y la confianza cuando las fuerzas mermen! ¡Hazme, buen Jesús, tu que lo puedes todo, una persona comprometida!
Honor y gloria a ti Jesús, entonamos hoy este canto cuaresmal:

Dar gloria a Dios con la propia vida

Cada vez que conservo la paciencia con alguien por amor a Dios; cada vez que, postrado en el banco de la iglesia o en un rincón del salón para hacer oración y beneficiarme de la ternura de Dios; cada vez que, con amor, santifico mi trabajo cotidiano; cada vez que tengo una palabra amable con alguien; cada vez que practico cualquier buena acción siguiendo el consejo de quienes procuran mi salvación; cada vez que cumplo con una norma de obediencia; cada vez que en mi camino se hace presente el afecto o el cariño de alguien o a alguien; cada vez que me marginan o me desprecian; cada vez que perdono; cada vez que doy gracias por mi sufrimiento o mi enfermedad; cada vez que mi corazón se alegra; cada vez que mis sueños se quedan pequeños por lo que siento o tengo; cada vez que tengo que callarme porque me he equivocado o no quieren escucharme; cada vez que ejerzo mi libertad; cada vez que disfruto de los pequeños detalles de la vida; cada vez que doy como limosna lo que a mi me falta; cada vez que doy gracias en la oración; cada vez que no abuso de lo que recibo o lo empleo sólo para el bien común y para que se cumpla la voluntad de Dios; cada vez que aprendo a estar satisfecho de cualquier situación por muy dura que esta sea; cada vez que no me preocupo de mi presente ni de mi futuro porque Dios proveerá aunque aplique el dicho a Dios rogando y con el mazo dando; cada vez que confío en la fuerza de Dios en lugar de mis propias fuerzas; cada vez que sirvo desinteresadamente a los demás; cada vez que demuestro mansedumbre, benignidad, bondad, paz, paciencia, fidelidad, gozo, amor en mi vida; cada vez que asumo mi fragilidad y mi pequeñez y lo pongo en las manos de Dios; cada vez que entrego mi corazón a Cristo y soy consciente de que mi condición de pecador y de que solo no puedo alcanzar la vida eterna; cada vez que… estoy elevando a Dios una incesante oración; estoy dando gloria a Dios con mi propia vida. ¿Qué más puedo hacer para seguir dándole gloria? ¿Qué sensación experimento al tener conciencia del infinito amor que Dios siente por mí?

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¡Padre bueno, te glorifico con mi pequeña vida! ¡Te glorifico con el gran amor que siento por Ti! ¡Padre, tu nos das la libertad de amarte y yo quiero hacerlo cada día con mi entrega generosa, con mi acción de gracias, con mi obediencia ciega, con mi fidelidad cotidiana, con mi servicio a los demás, con el despojo de mi mismo, con la aceptación de tu voluntad en mi vida! ¡Gracias, Padre, por todo lo que me das que no merezco! ¡Gracias, Padre, porque gozas con nuestro bien, porque deseas mi felicidad y porque me ofreces la vida en abundancia que es tu Hijo Jesucristo para que lo siga con su Palabra y lo vivifique diariamente en la Eucaristía! ¡Gracias, Espíritu Santo, porque iluminas mi vida y me haces tomar conciencia de lo que soy y de que todo lo que tengo es recibido de las manos generosas de Dios no para mi propio provecho, no para abusar de ello y emplearlo mal sino para dar gloria, para desde mi beneficio darlo a los demás, para que se cumpla siempre la voluntad en mi vida y para el bien común! ¡Quiero, Padre, glorificarte con mi propia vida! ¡Que mi relación contigo, Padre, este presidida por el amor, por la experiencia personal, por el gustar de tu presencia y beber de tu Espíritu! ¡Que mi alabanza no sean solo conceptos y palabras sino sentir en mi vida la emoción y el asombro de tu presencia, tu amor y tu misericordia! ¡Configurarme, contigo Padre, con Jesús tu Hijo, y con el Espíritu Santo, pues en esta Trinidad está el camino, la verdad y la vida!

A Dios sea la gloria, le cantamos hoy al Dios bueno y misericordioso que nos ha dado la vida y todo cuanto tenemos:

Seguir la estrella que ilumina la vida

Hoy tres hombres siguen la luz luminosa de una estrella. Viajan guiados a la luz de la fe. No lo saben pero esos sabios que escrutan el cielo van al encuentro de la luz de Cristo, la verdadera estrella luminosa que ilumina nuestras vidas, la única capaz de indicar el camino que es preciso recorrer para alcanzar la eternidad. Esa luz transformó su corazón y su vida. Cambió la razón de su existir. ¿Por qué no puede suceder también conmigo?
Tres hombres buenos, prudentes, con principios , sabios, metódicos, esperanzados  —Melchor, Gaspar y Baltasar— en nombre de la humanidad entera, de todos los hombres y mujeres de buena voluntad, van al encuentro del Niño Dios; en el camino tropiezan con numerosas dificultades e imprevistos, engaños y malicias, pero no se arredran, no reculan, no temen la aventura de encontrar a Dios en el desierto de la vida. Sospechan que esa estrella que los guía contrapone lo divino contra lo humano, la bondad contra la malicia, lo espiritual contra lo mundano. Desconocen por qué emprenden el camino, donde reside la grandeza de aquella decisión pero su corazón les invita a seguir, a no detenerse, a buscar. Y lo encontrarán en esta noche mágica. Lo encontrarán en el pobre pesebre de Belén. Aquí está Él, el Dios hecho Hombre, en forma de Niño amparado sólo por dos padres sencillos, una mula y un buey.
Han dejado atrás al rey Herodes, al que tanto nos asemejamos los hombres y mujeres de este mundo. Mucho hay de este personaje en nuestro corazón. También nosotros contemplamos a Dios en la distancia, viéndolo como un rival que pone en juego las estructuras de nuestra vida, nuestra libertad, nuestra seguridad, nuestros anhelos, nuestra lucha por poseer y tener. También nosotros hacemos oídos sordos al mensaje de Cristo, cerramos nuestros ojos para no ver los signos que Dios hace o para acoger con la mano a aquel al que Dios ampararía; pensamos que los límites que impone Dios amenaza nuestros principios y valores y nos impide experimentar la alegría de la vida según nuestra voluntad porque somos conscientes que el ser cristiano es una vida de exigencia, de compromiso, de voluntad y de buen ejercicio de la libertad.
Pero el amor misericordioso y bondadoso de Dios nada quita al hombre, al contrario, lo llena de plenitud y eso lo entendieron perfectamente aquellos tres hombres llegados de Oriente. Ellos tomaron la decisión de seguir el camino que conduce a Dios por encima de sus satisfacciones inmediatas, de sus gustos personales o de sus necesidades materiales.
Hoy quiero hacer como esos tres hombres y seguir todo el año la luz luminosa de la estrella que me lleva directo al corazón de Jesús.

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¡Hoy, Señor, camino junto a la Iglesia santa a ese lugar donde reposas en el pesebre para adorarte con el corazón abierto! ¡Me dejo guiar por la estrella que es la luz que ilumina mi camino y que es también la Palabra de tu Padre! ¡Ayúdame, en este año 2017 que ha comenzado, a ser estrella para los que me rodean, que refleje con la fuerza de tu Espíritu, la luz de Cristo, la luz que me guía, me inspira y mi acompaña! ¡Voy de camino con pocos presentes que quiero entregarte con humildad: mi pobre corazón pecador, mi libertad, mis sufrimientos y dificultades y el gran amor que siento por ti! ¡Todo te lo entrego, Señor! ¡Tu lo llenas todo, Señor, y por eso quiero que des sentido a mi vida, que alejes de mi todos los miedos y preocupaciones y ponerlos al pie de tu cuna de Belén! ¡Sé que lo acogerás todo lo que llevo dentro de mí con una sonrisa y con mucho amor! ¡Ayúdame a desprenderme de mis egoísmos y mis egolatrías, de mis miedos y mis placeres mundanos, de mis comodidades y mi tibieza, de mis yoes y mi falta de caridad, amor y misericordia! ¡Ayúdame, Señor, con la fuerza de tu Espíritu, a seguir la estrella como lo hicieron los Magos de Oriente, confiados e inspirados por Ti! ¡Qué no me de miedo ponerme en camino, aceptar tu voluntad, escuchar tu voz interior que me empuja a seguir! ¡Dame, Señor, una fe firme, una esperanza renovada y un amor grande para que ayudado por el Espíritu Santo te busque cada día en lo cotidiano de mi vida y en el encuentro con el hermano! ¡Que sepa caminar hacia tu luz, Niño Dios, para cada día postrarme ante ti, adorarte y glorificarte y entregarte los pequeños tesoros que esconde mi pobre corazón!

Videntes stellam, una breve obra de Francis Poulenc, para este día que caminamos siguiendo la estela de los Reyes Magos hacia Belén:

¡Ha nacido Jesús!

¡Feliz Navidad a todos los lectores de esta página! ¡Que el Señor de la Misericordia os llene de paz y de amor y os bendiga hoy y siempre!
Interiorizo esta hermosa frase del Credo que recitamos durante la Misa de ayer noche: «Por nosotros los hombres y por nuestra salvación, bajó del cielo». ¡Que generoso, espléndido y magnánimo es el Señor haciéndose hombre «por nuestra salvación»! Dios es capaz de transformar lo trascendente en sencillo y lo trivial en inefable y convertirlo en algo maravilloso. Y en un día como hoy emplea instrumentos en apariencia sencillos —un burro y un buey, unos pobres y desorientados pastores, un rebaño de ovejas y un desangelado pesebre— para crear con ellos la más impresionante escenografía donde cada año tiene lugar una de las obras más trascendentales de la historia de la humanidad; porque la otra, igual de significativa, se celebra con un cariz diferente en lo alto del Gólgota.
En este día de Navidad, siento que todo ha sido un acto de amor por mi. Que Dios ha bajado del cielo empujado nada más que por su amor. Por eso, en estos días de fiesta que solemnemente han comenzado hoy, Jesús demuestra que la Navidad es la prueba más sobresaliente de su altruista generosidad.
El mismo Dios ha entrado en mi —nuestra— vida invitando a cambiar. Para dejar claro que la esperanza es posible. Que vale la pena ser hombre comprometido con Él porque es Dios mismo quien comparte mi vida y mi misma aventura humana; que junto a Él puedo caminar confiado y alegre hacia la plenitud.
En este día de Navidad el corazón, tocado por Dios, me invita a renacer a la alegría, a la confianza, a la esperanza, a la misericordia, al perdón, a la solidaridad, al servicio, a la fraternidad y, sobre todo, a la entrega total en el Padre, al encuentro personal con Cristo y a la gracia del Espíritu.
Cristo puede nacer cada año en Belén pero si no nace en mi corazón, mi renacer en esta Navidad habrá sido tristemente infructuoso.

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¡Gracias, Niño Jesús, por venir a mi corazón¡ ¡Gracias, porque habitas en mi! ¡Que se encienda en mi corazón el amor, la generosidad, la paz, la humildad, la entrega, la paciencia, la fidelidad, la fraternidad, el entusiasmo, la caridad, la solidaridad, la compasión, la confianza, la dicha, la felicidad, la magnanimidad…! ¡No viniste, Padre, a la tierra para ser alabado, querido y amado sino para amarnos Tu. Padre, tu has querido la encarnación de Tu Hijo no tanto para tener a alguien fuera de la Trinidad que te amara de manera digna, sino para amar sin medida! ¡Gracias, por tu amor infinito! ¡Gracias porque eres amor y vida, haz que sepa convertir mi familia en un santuario verdadero de amor, alegría y paz! ¡Haz que tu gracia guíe siempre mi vida para crecer en la verdad y en el amor! ¡Haz que, al igual que Tu, sea semilla de esperanza entre mis amigos y familiares! ¡Feliz Navidad, Niño Dios, Tu que eres hombre y Dios a la vez!

Del maestro francés Marc Antoine Charpentier disfrutamos de su cantara In nativitatem Domini Nostri Jesu Christi Canticum, H.414:

Donde el amor tiene cabida

Escucho en el tren una conversación entre dos jóvenes. Una le dice a la otra: «En mi casa hay tan mal rollo que he decidido pasar las fiestas fuera. Total, a nadie le va a importar». ¡Qué tristeza pensar que quien me quiere no me espera; que quien me espera no me busca! Gran vacío en esta familia y en el corazón de esta joven donde no hay cabida al amor.
Y, sin embargo, el día de Navidad -tan cercano ya- es la cuna del amor. ¡Y hay tantas familias sin amor! Pero allí, en Belén, como un imán, hay una invitación a la cercanía, al calor del amor y el refugio de la esperanza. Porque en el portal de Belén estamos todos los hombres invitados a postrarnos de rodillas ante la cuna donde descansa el Niño Dios que nos conoce perfectamente, nos espera con alegría y nos necesita con amor. El pesebre de Belén es como esa tienda que Dios pone en el lugar adecuado para cobijar a cada uno de sus hijos. A todos. A los que no le conocen, a los que le conocen pero renuncian a Él, a los que han sucumbido a la miseria del pecado, a los que se han dejado barrer por la indiferencia, a los que han abandonado la esperanza, a los que viven presos de la soledad, a los que han dejado crecer en su corazón la soberbia y el egoísmo, a los que han pactado cómodamente con la tibieza, a los que se han dejado seducir por la avidez de lo mundano, a los que la codicia les ha cegado… A mí también me espera, sabedor que caigo siempre en la misma piedra.
La Navidad es la manifestación de Dios y la fuerza de su luz en la figura de un Niño que ha nacido, en toda su debilidad y su indigencia, de un Dios poderoso, para llegar al corazón de cada uno. Y se da una relación de afecto intenso, como haríamos con cualquier recién nacido.
Pero sobre todo en este Niño Dios se manifiesta en la inmensidad de su amor. Quiere que yo lo acoja libremente para vencer mi soberbia, mi orgullo, mis desórdenes vitales, mi vanidad, mi falta de caridad y de amor… Se postra ante mi, pobre y desangelado, para que mi corazón se conmueva y, desde la adoración, conducirme a mi auténtica identidad. Es aquí donde el amor tiene cabida.

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¡Señor, hazme entender bien el misterio de la Navidad!  ¡Hazme entender que es lo importante de mi existencia como cristiano! ¡Ayúdame a acogerte con un corazón de niño! ¡Concédeme, Padre, la gracia de tener un corazón sencillo para reconocerte en este Niño que va a nacer en Belén! ¡Te pido hoy, Señor, por todas las familias del mundo para que reine en el corazón de sus miembros el amor y la paz! ¡Lleva, Señor, tu que eres la Paz y el Amor, la paz, la armonía, la buena disposición de espíritu entre todos los miembros de nuestras familias! ¡Haz, Señor, que cesen las discordias y las diferencias, los rencores y las indiferencias y en su lugar trae la generosidad de sentimientos y el amor! ¡Señor, Tú viviste en una familia en la que por encima de todo el ambiente estaba impregnado de amor, servicio y generosidad! ¡Haz que cada uno de nuestros hogares esté impregnado de este ambiente y que se convierta en una morada de tu presencia, en lugares de acogimiento y paz! ¡Que todos, padres e hijos, se sientan siempre amados y se aleje de ellos la ingratitud, el egoísmo y el desdén! ¡Líbranos, Señor, de  tanta vanidad mundana y tanta ambición que roba la poca bondad de nuestro corazón! ¡Y a Ti, María, Reina de las familias, enséñanos a amar!

Acompañamos hoy la meditación con esta bella canción que nos invita a interiorizar:

 

 

 

 

Alégrate, no temas, el Señor está contigo

Tercer fin de semana de diciembre previo al nacimiento del Niño Jesús. Resuenan en mi corazón estas palabras: «Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo y no temas porque has hallado gracia delante de Dios; vas a dar a luz un hijo, a quien pondrás por nombre Jesús». Las pronuncia el ángel a María, modelo para la Iglesia y para los cristianos. Se lo dice a la mujer humilde, que escucha con confianza y alegría a Dios.
«Alégrate». Son las primeras palabras que resuenan en el corazón de María. Palabras que vienen de Dios y las que yo, como cristiano, debo seguir escuchando hoy. La alegría de la vida, de la esperanza, de la fe, del seguir adelante… porque nos falta mucha alegría interior. Porque con demasiada asiduidad la tristeza, la congoja y el desánimo contagia lo cotidiano de la vida. ¿Qué ocurre? ¿Acaso Cristo no es para mí la Buena Nueva? ¿Por qué renuncio con tanta frecuencia a sentir la alegría de convertirme en su discípulo? Y en esos momentos que merma la alegría, que el abatimiento se cierne sobre uno, la fe se marchita, el virus de la desesperanza inocula el corazón, el carácter se agria, la amabilidad pierde toda su frescura, los gestos de amor desaparecen y la esencia del «ser cristiano» se diluye. Sin alegría todo es más complicado. «¡Alégrate». Es la llamada de Dios a revolucionar mi corazón por dentro.
«El Señor está contigo». ¡Siempre! ¡En todo momento! Pensarlo es lo que me da el ánimo y la esperanza. Sentirlo es lo que fortalece la confianza. Nadie que tenga fe puede negar que el Señor no le acompaña porque el hombre no está huérfano de Dios. Cada día se debe convertir en una invocación a ese Padre bueno y misericordioso que me protege, ampara, acompaña y busca mi bien. Y, en este tiempo de Adviento, Jesús me busca. Su Espíritu me ilumina. Uno llama a la puerta de mi corazón, el otro me inspira para que le abra.
«No temas». ¿Seguro? Porque son muchas las inseguridades que pueblan mi corazón y me paralizan. Son muchas las incertidumbres que se ciernen sobre mi futuro y mi persona. Son muchos los miedos Son muchas las dudas que me paralizan. Son muchas las debilidades que me dañan. El miedo me impide avanzar hacia el futuro con la esperanza renovada porque el miedo engulle la alegría y me encierra en los males del pasado. El «no temas» es poner el pilar básico de la confianza en mi vida y, apoyado por el Espíritu Santo, darle la fortaleza a mi vida para que no desfallezca nunca ante la llamada del Padre.
«Vas a dar a luz un hijo, a quien pondrás por nombre Jesús». Esa es la gran misión de María, ser Madre del Hijo de Dios. Pero yo, como cristiano, también tengo una gran misión: la de ser una pequeña luz en la oscuridad de la vida. Luz en mi corazón para crecer como cristiano; y luz en mi entorno familiar, social y profesional para sembrar la esperanza cristiana. Ser luz para que brote la fe y en tantas semillas plantadas que no han acabado de dar fruto.
Soy pequeño y una nadería aunque me pueda creer un dios en minúsculas. Pero miro a María, una joven de doce años de una aldea remota que a nadie interesaba y comprendo que Dios se fijó en lo pequeño. Estoy curtido por las manos de Dios y eso me da el impulso de crecer porque soy de su estirpe, creado a su imagen y semejanza. Así, que en este sábado no puedo más que exclamar: «Alegre estoy, Señor, por sentirme lleno de tu gracia, por sentir que estás conmigo y no temo nada porque sé que ante Ti, Padre, gozo de la gracia y me has encomendado una labor que deseo llevar con confianza, alegría y esperanza».

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¡Alegre estoy, Señor, por sentirme lleno de tu gracia, por sentir que estás conmigo y no temo nada porque sé que ante Ti, Padre, gozo de la gracia y me has encomendado una labor que deseo llevar con confianza, alegría y esperanza! ¡Quiero, Señor, preparar mi corazón para recibirte dentro de unos días! ¡Quiero, Señor, desterrar de mi corazón aquellos miedos que me paralizan y me alejan de la verdad! ¡Necesito, Señor, que me ayudes con la fuerza de tu Espíritu a transformar mi vida! ¡Dame la paciencia y la serenidad para vivir las cosas con mesura! ¡Para conocer aquello que Tú deseas de mi! ¡Ayúdame a esperarte con paz interior y con alegría cristiana! ¡Dame una fe sencilla, Señor, para creer más en ti, para no ponerlo todo en las manos de mi mundanidad sino en las tuyas que todo lo pueden! ¡Dame la esperanza para que los miedos no me atenacen tanto! ¡Dame la sabiduría para llevar una vida más acorde a tus enseñanzas y más oración para cuidar mi vida interior, para vaciarme de mis yoes y mis egoísmos, para hacerme menos vulnerable a lo mundano, para ganar en confianza en Ti, para hacerme cada día más pequeño! ¡Dame, Señor, en este tiempo la verdadera esperanza! ¡Ayúdame a celebrar la Navidad desde el corazón, dejándote a Ti el mejor lugar! ¡Conviérteme en una persona que sea capaz de dar mucha ternura, mucho amor, mucha misericordia! ¡Hazme una persona que abra siempre los brazos, que acoja y no condene, que ame y perdone, que sirva y se entregue! ¡Ayúdame a proclamar cada día tu grandeza, Señor, que sepa decirte que «sí» aún sin saber exactamente a dónde me llevará mi obediencia! ¡Ayúdame a buscarte con confianza, abriéndome al bien, a la verdad y al amor! ¡Hazme humilde, Señor, como hiciste a María, siempre a la escucha de tus mandatos! ¡Hazme atento al sufrimiento de todos los que me rodean como hizo tu Madre, que se olvidó de sí misma y rauda partió para estar cerca del que lo necesitaba! ¡Hazme, Señor, también contemplativo que saber guardar y meditar en mi corazón» el misterio de Dios encamado en Jesús y poder proclamarlo como experiencia viva del amor que Tú sientes por nosotros!

Del compositor renacentista neerlandés Matthaeus Pipelare escuchamos en este sábado mariano su himno Memorare Mater Christi, a 7 voces:

En el ambiente de Nazaret

Primer sábado de mayo con María en el corazón. Me imagino hoy en la oración paseando por Nazaret. Y llamando a la puerta de una carpintería. Allí está José, el carpintero, trabajando la madera. Y María, que al abrir la puerta, sonríe amable. Junto al padre está Jesús, un joven aprendiz, ayudando con las herramientas. El ambiente es cálido, entrañable. En esta casa se respira amor, alegría, luz. En el ambiente de Nazaret todo es nuevo. Es el amor que compromete y que fecunda la simiente. Y en ese ambiente crece Jesús en sabiduría, en amor, en edad, en gracia… con la ternura de María y la sapiencia de José. Allí, Jesús aprende de la vida acompañado de sus padres. Y a orar al Padre. Y a amar a los hombres. Y a prepararse para su vida pública.
De María Jesús aprende la sencillez y la humildad. A ser pobre de espíritu y de corazón. A ser misericordioso y dulce. A ser auténtico ante los hombres y ante Dios. A saber ver a Dios en todos los acontecimientos de la vida. A gozar del reino de Dios en la tierra. A aprender a sufrir. A aprender a callar. A ser paciente. Y sufrido. Y justo. Y limpio de corazón. Y honrado. E íntegro. Y virtuoso. Y fiel.
En la escuela de María —y de José, por supuesto, el hombre bueno por excelencia— Jesús lo aprendió todo. En aquella casa de Nazaret vivenció el Evangelio que dejará poso en la Humanidad. En la escuela de María y de José comprendió Jesús que la Buena Nueva que iba a predicar lo encarnaban sus padres. Que era posible ponerlo en práctica en lo cotidiano de nuestra vida. En la escuela de María y de José vivió primero Jesús las Bienaventuranzas que programan nuestra vida cristiana. En la escuela de María y de José vivió Jesús el evangelio del corazón. Aquella Sagrada Familia era el retrato auténtico del Dios vivo en la familia cristiana.
Cuando salgo de aquella casa y cierro la puerta no puedo más que tratar de hacer experiencia vital del Evangelio que en María y José corren como un manantial de agua viva. Y que cuando más humano sea, más sencillo sea, más humilde sea más de Dios seré.

En el ambiente de Nazaret Orar con el corazón abierto

¡Señor Jesús, tu creciste en la familia de Nazaret y de la mano de José y de María creaste una familia unida en torno a Dios! ¡Te pido hoy por mi familia, hazte Jesús presente en ella para que Tú te conviertas en nuestro Señor! ¡Bendícenos, Señor, a todos los que la formamos, permítenos crecer en los personal y lo espiritual! ¡Protégenos de todo mal y de todo peligro! ¡Llena nuestro hogar de tu paz, de tu amor, de tu sencillez, de tu cariño, de tu misericordia, de tu bondad, de tu alegría para imitar a tu familia de Nazaret! ¡Derrama tu infinito amor, Señor, para que entre nosotros reine siempre la cordialidad, el amor, el respeto, la ayuda, el entendimiento, el diálogo, la comprensión y el perdón! ¡Enséñanos a amar y a compartir! ¡Jesús, José y María, que aprendamos de vosotros el trabajo de reparación, la vida interior, la oración, el poner a Dios en el centro, la comunión en el amor, las buenas inspiraciones, las palabras amables! ¡Jesús, José y María que consagrasteis vuestra vida doméstica a Dios, que sepamos vivir siempre en fraternidad! ¡Jesús, José y María, en vos descanse el alma mía!

Jaculatoria a María en el mes de mayo: ¡Virgen María, que fuiste pilar en la Sagrada Familia de Nazaret, ayúdame a convertir mi familia en lugar de comunión y en cenáculo de oración, escuela de Evangelio y pequeña iglesia doméstica!

Con este Ave María saludamos en este sábado a nuestra Madre:

¡Depositad en mi al Niño Dios!

En la noche mágica de ayer, la más mágica del año, viendo a mi hijo pequeño y a cientos de niños en la cabalgata de Reyes, mirando al cielo y viendo la estrella que ha guiado a Sus Majestades hasta mi ciudad, pensaba en tantos deseos, ilusiones y proyectos que mis hijos tienen depositados en nosotros y, sobre todo, esa transparencia e inocencia que con el paso de los años perdemos los mayores. Hoy mas que nunca debemos ser transmisores de confianza, amor y entrega.

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¡Reyes Magos de Oriente, vosotros que sois hombres sabios y que os habéis dejado seducir por la Estrella de Belén para venir a nuestros hogares, el mejor regalo que nos podéis dejar es que Dios forme parte del gran tesoro que es nuestra familia porque somos conscientes de que Dios es el origen y el fin de vuestra generosidad y presencia! ¡Os pido, Melchor, Gaspar y Baltasar que depositéis en mi, en mi mujer y los niños y en el corazón de toda mi familia, amigos y de las personas del mundo a Jesús, el Niño Dios!

Que te adoren Señor todos los pueblos, cantamos hoy en este día de la Epifanía:

¿A quién sentaré en la mesa en Navidad?

Sentarse a la mesa en buena compañía en familia o con amigos suele ser un símbolo de fraternidad y de alegría. No hay celebración que se precie —un bautizo, una comunión, una boda, una aniversario, una graduación, un cumpleaños, un día de Navidad, un éxito profesional…— que no vaya acompañada de una excelente comida o de una suculenta cena.
En estos días de fiesta, creyentes y no creyentes, viviremos parte de la Navidad en torno a una mesa: por comidas de empresa, por celebraciones con amigos, por encuentros con la familia… No derrochamos esfuerzos para disfrutar de comidas excesivas que hinchan el estómago y exigen, finalizadas las fiestas, hacerse el propósito de inscribirse en un gimnasio o iniciar una dieta de adelgazamiento. Todo con el deseo lógico de reducir esos excesos que dejan huella en nuestro cuerpo. Olvidamos con relativa frecuencia que esos excesos no deben ser de unos —o bastantes— gramos de más, sino que deberían ir impregnados de fraternidad, de amor, de gozo, de armonía, de concordia, de perdón, de alegría… Tal vez de todos estos dones los hombres estamos verdaderamente anémicos y, precisamente, es de lo que Dios tal vez quiera llenarnos en estas fechas tan significativas para nuestra vida. Es este banquete donde el Señor anhela compartir con cada uno el alimento de la vida. Un banquete en el que, entre el primer y el último plato, todo sea, como dice Isaías, un festín de manjares suculentos con vinos de solera. Es decir, repleto de alegría, de buen humor, de esperanza, de caridad, de amor donde no quepa ni la tristeza ni el desánimo, ni la desesperanza ni la turbación. Un banquete en la que todos los que pasan por nuestra vida estén presentes y que nadie quede fuera de nuestro corazón por mucho daño que no haya causado. Y en el que Cristo presida la mesa. ¿Seré capaz de sentar a todos esos junto a Jesús en mi mesa de Navidad?

¡Señor, siéntate a mi mesa para Navidad acompañado de todos aquellos que se han cruzado en mi vida; los que quiero, los que me han hecho daño y a los que he dañado yo! ¡Con toda mi humildad, Señor, pero con muchísimo amor quiero que presidas la mesa de mi corazón porque Tu eres la razón de la Navidad! ¡Ayúdame a comprender de verdad, Señor, que para conocer el amor de Dios tengo que aprender a vivir en la verdad, en el amor, en la entrega, en la generosidad! ¡Ven a mi casa, Señor, que necesita de Tu luz y de Tu gracia! ¡Ven a mi casa, Señor, que sin Tu presencia la siento vacía, sin alegría, sin esperanza! ¡Ven al banquete que voy a celebrar en Navidad, Señor, porque sin Ti no será lo mismo! ¡Hazte presente, Señor, para no caer en la desesperanza! ¡Y si encuentras la puerta de mi corazón cerrada, Señor, llama! ¡Llama, Señor, para que te abra y puedas calentar mi interior! ¡Y si escuchas demasiado ruido, insiste Señor, porque mi corazón necesita la paz y el amor que Tú transmites!

Hoy es la fiesta mariana principal en el calendario mozárabe, aunque en el calendario romano no se suele mencionar a pesar de que muchas mujeres celebran hoy su onomástica, y se venera de manera especial la advocación de Nuestra Señora de la Esperanza. Pedimos a Nuestra Madre que nos llene de esperanza para vivir este tiempo con alegría.

Con la voz de Andrew Belle cantamos esta preciosa canción navideña Have Yourself a Merry Little Christmas: