¡Gracias, María, por abrirnos las puertas del cielo!

Tercer sábado de agosto con María, Reina del Cielo, en lo más profundo de mi corazón. «Desde ahora me felicitarán todas las generaciones porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí». Esta frase no la pronuncia María en el momento de su Asunción al cielo, fiesta que hoy celebramos, sino el día de la Visitación. La Virgen se ha quedado encinta; su embarazo acaba de comenzar, Jesús aún no ha nacido. ¡Pero ella exclama confiada: «ahora»!. 

A lo largo de su vida, ¿experimentará María algo parecido al cumplimiento de esta profecía? ¿Experimentará la gloria terrena? ¡Nunca! ¿La felicidad terrena? Lo desconocemos.

Camino del Calvario, una mujer entre la multitud le espeta a Jesús: «¡Dichoso el vientre que te llevó y los pechos que te amamantaron!». Pero Jesús puso a aquella mujer en su lugar porque aún no era el momento de llevar a María a los altares. La gloria tardó mucho en llegar a María; las primeras generaciones cristianas le dieron poco espacio a la Madre de Dios, apenas se menciona en los Hechos de los Apóstoles y San Pablo nunca cita su nombre pues dice que Jesús «nació de mujer».

Sin embargo, cuanto más exploramos el misterio de Jesús, más estamos interesados ​​en María. ¿Por qué ? Porque es su Madre; una mujer enteramente humana que le dio a luz, acogió la Palabra de Dios, le acogió en su carne, ¡oh maravilla!, dando vida al mismo Dios.

Y este misterio de María que acoge la Palabra es simplemente el modelo de nuestra vida cristiana. María es la puerta, la puerta única para cada uno de nosotros: el umbral, el lugar y el momento de la recepción. En un doble movimiento Dios viene a nosotros y nosotros entramos en Dios. Hoy las puertas se abren en el cielo para recibir a la que recibió a Jesús.

La lección es transparente, es como si nos dijeran: dale la bienvenida a tu vida, él te dará la bienvenida a la suya. Esto es lo que sucede con María: Jesús acoge en su Resurrección a quien la había acogido en su Encarnación, en su carne, muy pequeño y aún invisible.

Nada sabemos sobre la Resurrección. Nada sabemos del cielo prometido. Nada del agujero negro de la muerte. ¡Nada! Pero creemos en este Jesús que nos lo contó someramente y que fue reconocido vivo después de su muerte, hecho que trastornó tanto a sus discípulos que de esta conmoción nació la Iglesia.

La fe nos hace ver que María es la puerta de entrada. Es así porque desde el principio María no se amilanó ante el anuncio del ángel y dijo que sí a Dios.

Recordemos que Jesús también lo dijo así: la vida eterna no es un mañana, es un ahora porque si guardamos su palabra nunca veremos la muerte. Pero somos como los escribas de su tiempo y, sin duda, como los discípulos mismos, y nos cuesta creerlo. Pero Jesús lo dijo una y otra vez, con insistencia: «Yo soy la Resurrección y la Vida, el que cree en mí, aunque muera, vivirá, y el que vive y cree en mí, no morirá jamás». Incluso si muere… ¡nunca morirá!

«¡El que cree en mí!». Creer es el acto fundacional de María e Isabel lo comprendió de inmediato por eso en su respuesta la Virgen afirmó que todas las generaciones me llamarán bienaventurada. 

Beatitud de la fe. Beatitud cristiana, bienaventuranza a imagen de los pobres que creen, de los corazones puros que se atreven a creer, de los afligidos que persisten en creer, de los perseguidos que se aferran a la fe, de los pacificadores que creen que la paz es posible a pesar de todas las adversidades.

La fe no evitará que caigamos al suelo, como Jesús, como el grano de trigo. Creer no es creerse invencible ni creerse eterno, no es creer en uno mismo sino creer siempre en el otro, en Jesús, en la Iglesia, en nuestros hermanos, cerca o lejos, en Dios.

En su solemnidad, quiero que María sea siempre mi modelo, que esa fe tan humilde que atesoró durante toda su vida se impregne en mi vida. «Bienaventurada la que ha creído» ¡Por eso es glorificada María! Por eso el canto del Magníficat es, también, un canto al Dios vivo, es un himno de fe y de amor, que surge del corazón puro y humilde de la Virgen. Como Ella quiero vivir con fidelidad ejemplar, quiero custodiar en lo más profundo de mi corazón la Palabra del Padre, quiero que mi vida sea una permanente alabanza a Dios, y contemplando a la Virgen, reforzar mi esperanza en la vida eterna para vivir como buen cristiano el tiempo que Dios me otorgue con nostalgia del cielo prometido que con gran gloria recibió a Nuestra Madre María y al que algún día aspiro a llegar.  

Hoy mi oración es recitar pausada y amorosamente el canto del Magnificat:

Proclama mi alma la grandeza del Señor, se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador; porque ha mirado la humillación de su esclava. Desde ahora me felicitarán todas las generaciones, porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí: su nombre es santo, y su misericordia llega a sus fieles de generación en generación. Él hace proezas con su brazo: dispersa a los soberbios de corazón, derriba del trono a los poderosos y enaltece a los humildes, a los hambrientos los colma de bienes y a los ricos los despide vacíos. Auxilia a Israel, su siervo, acordándose de la misericordia –como lo había prometido a nuestros padres– en favor de Abrahán y su descendencia por siempre. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo. Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

¡Todo tuyo María para que me enseñes a caminar por la vida!

Primer sábado del año con María, Señora de la Navidad, en lo más profundo del corazón. En un par de días recibirá María junto a su hijo y a san José la visita de los Reyes de Oriente con sus ofrendas y su adoración. Seguramente María pensó en la oscuridad de aquel pobre portal de Belén la necesidad que tenemos de tener una vida santa, esa que proviene de Dios. Una vida profunda e íntimamente humana, trascendente, espiritual y divina. Lo debió pensar porque sin su confiada participación no hubiese sido posible el milagro de la Navidad. Sin su sí humilde previo, su concepción inmaculada por obra del Espíritu Santo, sin su entrega a la voluntad de Dios, sin su virginidad abierta a la vida dada por Dios… ¿qué sería de la Navidad?
¡Qué hermoso es pensar que durante su embarazo María llevó en su interior a Jesús como si de un tabernáculo se tratara! ¡Qué bonito es imaginar aquel instante de júbilo, alegría y amor en que María tomó entre sus brazos al mismo Dios! ¡Qué maravilla es imaginarse ese momento extraordinario en que dos almas puras como las de Jesús y María se entrelazaron de manera amorosa y tierna y se miraron por primera vez! ¿Qué sentimientos más bellos debió experimentar María?
Como María quiero llevar en mi interior a Jesús. Entrelazar mi alma con Él. Unirme espiritual y humanamente a Él. Amarlo y quererlo con el mismo amor de María. Que Ella sea la fuente de inspiración para mi adoración a Cristo. Tener la fe de María para que me permita ver la imagen de Jesús en el prójimo, en el que sufre, en el que padece problemas del tipo que sea, en el que acuda a mí por cualquier motivo. Tener la fe de María, esa fe que se convierte en disponibilidad, que se convierte en don, que se hace vida y, sobre todo, amor. Comprender que María lo es todo por su profunda fe.
Como María quiero ser un discípulo entregado y fiel de Su hijo, poner los ojos en Dios con la pequeñez de mi corazón; ser alguien abierto al servicio al prójimo siendo consciente de que el servicio a los demás es amor y no humillación.
Pero sobre todo quiero enriquecer mi vida y mi corazón con los valores y virtudes que enriquecieron la vida de María. Tener su belleza de espíritu, la pureza de su corazón, la riqueza de sus virtudes, la hondura de sus valores, la firmeza de su fe alimentada de la caridad y la suavidad de su amor. ¡Todo tuyo María para que me enseñes a caminar por la vida y afrontar este año que comienza caminando de tu mano!

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¡Todo tuyo, María! ¡Quiero parecerme a ti en todo, Madre, siempre abierta a la gracia divina, a la escucha serena y profunda de la Palabra, confiada en la voluntad del Padre, predispuesta al sí sin condiciones, entregada a tu Hijo que es la Vida, la Verdad, la Gracia y el Amor! ¡Te doy gracias, María porque tu «Hágase» me muestra el camino a seguir en todo los acontecimientos de la vida! ¡Abro mi corazón a ti y te doy infinitas gracias porque tu manera de vivir me ayudan a crecer humana y espiritualmente! ¡Te doy gracias porque tu vida es una escuela de fidelidad, de caridad, de docilidad, de humildad, de sencillez, de sobriedad, de magnanimidad, de entrega, de escucha, de servicio, de ternura, de bondad, de reverencia, de hondura espiritual, de virtud! ¡Ayúdame a tomar algo de esto para mi vida, Madre! ¡Intercede, María, ante tu Hijo para que me ayude con la fuerza del Espíritu Santo a ser un verdadero testigo de coherencia y verdad! ¡Todo tuyo, María, Madre de Jesús y Madre nuestra!

El modelo del «Sí»

Día de gran felicidad en el que celebramos la Asunción de la Santísima Virgen María. María, que fue preservada del pecado desde el momento de su concepción, no experimentó la corrupción de la muerte en la noche de su vida. Con cuerpo y alma ascendió María al encuentro del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo en la gloria del Cielo.
Con la gracia especial que Dios le dio, la vida de la Virgen María fue un completo y total «Sí» al Señor. María le entregó todo a Dios con su respuesta al ángel Gabriel en el día de la Anunciación con su «Hágase en mí según tu palabra».
El «Sí» de María es un «Sí» repleto de fe. Ella tiene fe en el cumplimiento de la promesa de Dios porque está atenta a «las cosas de arriba». El «Sí» de María es, a su vez, un «Sí» lleno de esperanza y de amor. No es un «Sí» arrogante sino una adhesión incondicional a la Palabra de Dios. Esa Palabra que nunca dejó de meditar y de guardar en su corazón. Y este «Sí» de María le permitirá dar a luz a luz Palabra, a la Palabra de Dios, al mismo Jesús.
El «Sí» de María es un regalo total de sí misma a Dios. Es el modelo del «Sí» que los hombres nos damos en el matrimonio, que ofrecemos a Dios cuando seguimos su voluntad, que damos a Dios cuando santificamos nuestro trabajo, cuando servimos a los demás, que enriquecemos a la humanidad con el regalo de la vida que brota de esta unión. Es el modelo del «Sí» que pronunciamos cuando consagramos nuestra vida a Dios con los votos de la obediencia, el servicio, la generosidad, la caridad, la misericordia. Cuando lo hacemos todos por la Gloria de Dios. Es el modelo del «Sí» que cada sacerdote pronuncia el día de su ordenación para que la gracia de Dios continúe descendiendo en nuestro mundo a través de los sacramentos, especialmente el de la misericordia de Dios y la Eucaristía.
El «Sí» de María nos lleva al don total de nosotros mismos a Dios. El «Sí» de María, y todo el Evangelio que proviene de él, viene a decirnos nuevamente que la fidelidad a este don del yo es la realización de la promesa de Dios. Él es el «Sí» de la esperanza, de la confianza, de la alegría.
Y, ¿como afecta a mi vida la Asunción de María? De manera hermosa imitando el «Sí» de María comprendo que Dios quiere hacer un espacio en mi corazón. Que Dios desea habitar en el interior de mi corazón, ocupar la morada de mi interior. Y, como en María, esta presencia de Dios se realiza en la fe; en la fe abro de par en par las puertas de nuestro ser para invitar a Dios entrar en mi y se convierta en la fuerza que me da la vida, la esperanza y el auténtico camino de mi ser. Abrir el corazón como hizo María y exclamar cada día: «Hágase en mí según tu Palabra».
En este día de la Asunción puedo estar más unido a María, que es guía y camino de la esperanza del pueblo de Dios y acudir a Ella para que me ayude a decir «Sí» al Señor, a amar más la Palabra y a caminar por las sendas de la felicidad que Dios abre ante mi con la llamado a la santidad en lo cotidiano de la vida.

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¡María, quiero aprender de tu «Sí»! ¡De tu mano no quiero alejarme nunca de Dios, sino al contrario, hacer que Dios esté cada día más presente en mi vida! ¡Como ocurrió contigo quiero tener en mi corazón todo el esplendor de la dignidad divina! ¡Como ocurrió contigo quiero que Dios sea grande en mi vida! ¡Te pido, María, que me ayudes a amar la Palabra de Dios, hacerla vida en mi vida, a pensar en clave divina, a trabajar por la sociedad pensando en Dios como hiciste tu desde tu «Sí» al Padre! ¡En este día que fuiste elevada en cuerpo y alma a la gloria eterna quiero unirme más a Ti, María, para estar más cerca de Dios y en Dios! ¡Para que en la cercanía que tienes con el Padre pueda sentir yo también la cercanía de Dios en mi vida! ¡Tu conoces mi corazón, Madre, tu escuchas mis oraciones, tu atiendes mis súplicas, ayúdame a vivir conforme a la Palabra! ¡Quiero hacer de tu «Sí» mi «Sí» al Padre, quiero participar de tu bondad, de tu sencillez, de tu amor, de tu generosidad! ¡Y a ti, Padre, quiero darte gracias por el don de María que me guía en el camino de la vida, que me enseña a orar, a amar, a servir, a perdonar, a trabajar por los demás!

Un hermoso canto a María para el día de la Asunción:

Profundizar en la fe de María

Último sábado de junio, mes del Sagrado Corazón, con María en nuestro corazón. Hoy el Señor me invita a profundizar en la fe de María, una fe que le fue revelada especialmente el día de la Anunciación y que tuvo sus momentos álgidos en el día de la Encarnación y de la Redención por esa íntima relación que la Virgen tuvo con el Verbo Encarnado. La fe de María fue una fe profunda, una fe viva, una fe marcada por la fuerza del Espíritu Santo, una fe impregnada en lo más profundo de su alma.
La Virgen creyó desde el momento mismo de la Anunciación. Lo hizo desde el instante que le fue revelada la Verdad divina.
Creyó en el momento que, abrazada a Santa Isabel, escuchó esas hermosas palabras del Magnificat: «Bienaventurada Tú entre las mujeres porque has creído».
Creyó ese día gélido de Navidad cuando dio a luz al Niño Dios en un pobre establo de Belén y supo desde ese momento que había dado vida humana al Creador del universo.
Creyó cuando tomó en sus brazos a aquel niño pequeño, frágil, y supo que desde sus primeros balbuceos en el interior de Dios estaba la misma sabiduría.
Creyó cuando san José la subió a un asno y la Sagrada Familia tuvo que huir de Egipto huyendo del despótico rey Herodes y supo que el único monarca, el único rey de reyes, era su Hijo, el Hijo de Dios.
Creyó aquel día en que, desesperada, fue en busca de su Hijo a Jerusalén y se lo encontró perdido en el Templo porque supo que desde ese mismo momento se hacía real el impresionante misterio de la Redención.
Creyó el día de las bodas de Caná cuando les dijo a los sirvientes que hicieran lo que Jesús les ordenara porque sabía que en su Hijo todos los milagros dan luz que superan a la oscuridad.
Creyó porque María era consciente en su corazón de la verdad de los misterios divinos que ensalzan las bienaventuranzas.
Creyó al pie de la Cruz y todos, incluso los propios apóstoles, habían abonando al Señor. Creyó allí, en el Calvario, que su Hijo era verdaderamente el Hijo de Dios que quita los pecados del mundo que vence a la muerte, al mal y al pecado.
Creyó el día de la Resurrección, el día que Dios vence a la vida. Creyó en los momentos de mayor oscuridad dejándonos claro que su fe era más consistente, más firme, más difícil pero en el corazón de María había el convencimiento de que Cristo, muerto en la Cruz, había dado vida a la victoria. Pero la fe de María es tan firme porque está iluminada por los dones del Espíritu Santo. Es la grandeza de la fe de María la que nos hace entender que a través de la inteligencia con la que nos dota el Espíritu Santo es posible introducirse en los misterios de revelados desde la intimidad del corazón, misterios en los que Ella había participado de manera directo. El Espíritu Santo también inspiró a María la sabiduría para juzgar las cosas de Dios con esa humildad y sencillez de la que lo guardaba todo en el corazón.
María gustaba de las cosas de Dios por su caridad, porque no hacía más que crecer en su vida en humildad y pureza. En María se hacía patente la gratuidad de Dios y la gracia divina y Ella es el ejemplo claro de quienes son bienaventurados los limpios de corazón porque ellos verán siempre a Dios.
Y finalmente, el Espíritu Santo dotó a la Virgen de don de la claridad para ver las cosas creadas como símbolo de la fuerza de Dios en nuestra vida.
Este ejemplo tan grande me hace meditar hoy cuál es el grado de mi fe para vaciarme de mi yo y poner todo en manos de la Virgen y ser capaz de mejorar en mi vida personal para llegar a un auténtico encuentro con el Señor.

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¡Ayúdame, María, a tener una fe viva como la tuya! ¡Ayúdame a creer, Señora! ¡Bendice mis pensamientos, mis palabras, mis acciones, mis actitudes, Señora! ¡Imprégname con tu amor, María! ¡Protégeme, Señora, de todas las cosas que me separan de Tu Hijo! ¡Llévame siempre de tus manos amorosas, María! ¡Dame un poco de tus virtudes, Señora, esas virtudes que están impregnadas de la fuerza de Dios! ¡Ayúdame a creer, María, para tener siempre confianza en la voluntad de Dios! ¡Ayúdame a creer, Señora, para dar siempre un sí confiado como el tuyo! ¡Ayúdame a creer como Tú, María! ¡Te entrego, María, lo poco que tengo pero esa pequeña posesión te pido la entregues Tú al Señor! ¡Te doy mi voluntad para que sea siempre la voluntad del Padre!

Para cerrar el mes disfrutamos de este motete de Francisco Cavalli O quam suavis et decora:

Unido a María en la fe

Segundo sábado de noviembre con María en el corazón. Pienso a veces que me falta fe porque me revelo contra la voluntad de Dios. Entonces, me fijo en María y en su vida de fe. Para la Virgen la fe envolvía su vida. Todo lo que hacía se sustentaba en un profundo espíritu de fe. La fe en María era algo vivo, alegre, firme. Tal vez porque conservándolo todo en el corazón llenaba su vida, sus pensamientos, sus sentimientos y sus acciones. Cada uno de sus actos interiores y exteriores llevaban el signo vivo de la fe. María sabía que sin fe y sin esperanza no podía agradar a Dios.
Cuando uno tiene fe cree con certeza todo lo que Dios nos revela. Por eso para hacer cierta esta fe debe pasar de la razón al corazón. ¡Y eso es lo que hizo María! Y del corazón debe pasar a las propias manos. ¡Y en eso se empeñó María!
¡Qué gran enseñanza la de María que te hace comprender que todo la vida de fe se sustenta en los criterios de Dios y no en los criterios del mundo! ¡Que todo pasa por la luz de Dios y no por los juicios humanos!
Te fijas en el ejemplo admirable de la Virgen y comprendes que en Ella se asientan todos los elementos sustanciales de la vida de fe: el actuar conforme a la voluntad de Dios; el hacerlo siempre con la idea de que te encuentras ante su presencia; el ver en cada acontecimiento de tu propia vida la mano providente del Padre; obrar pensando en Dios y aceptando gustosamente sus planes; sentir su amor infinito incluso en los momentos de dolor, desaliento, cansancio o desilusión. Vivir y obrar para agradar a Dios, buscándolo solo a Él y no gloriarte de tus propios actos.
Pobre es mi vida de fe, porque pobre es también mi vida. Pero soy hijo de María. Y todavía estoy a tiempo de obrar, pensar y sentir como Ella. Vivir como vivió Ella. Serlo todo con Ella. Hacerlo todo con María, por María, en María y para María. Y así, dándome a Ella, me estaré dando también a Dios.

 

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¡Concédeme la gracia, María, de la fe! ¡Ayúdame a que todo lo que haga en mi vida esté impregnado por tu espíritu de fe! ¡Ayuda mi fe débil e inconstante! ¡Abre los oídos a la Palabra de Jesús, Tu Hijo, para que sea capaz de reconocer en cada instante su Buena Nueva y su llamada! ¡Haz como hiciste Tú, que sea capaz de seguir siempre sus pasos! ¡Concédeme la gracia, María, de seguir siempre la voluntad de Dios sin cuestionarme nada, aceptando sus planes para mí! ¡Permíteme, María, ir de tu mano hacia Jesús saliendo de mi yo y abriéndome a su amor! ¡Ayúdame a fiarme siempre en Él, a creer en las bondades infinitas de su amor, especialmente en aquellos momentos de dificultad y de tribulación o cuando me sea difícil cargar con la cruz! ¡Siembra en mi corazón, María, Madre buena, la alegría de la fe, esa fe que te permitió dar tu confiado «sí» a Dios! ¡Enséñame, María, a saber mirar en cada momento de mi vida a Jesús para que Él se convierta en el guía que ilumine mi vida! ¡Aviva en mi la fortaleza de la fe!

A virgin unspotted (Una virgen, sin mancha) brevísimo pero hermoso motete dedicado a María en este segundo sábado de noviembre: