La grandeza de Dios

A lo largo del pasado fin de semana, acompañado de un nutrido grupo de personas que asistían a un encuentro espiritual, he sentido con gozo como el Señor ofrece la misma cálida bienvenida al más grande de los pecadores como al que transita sencillamente sin hacer ruido por su camino hacia la santidad personal.
Que con su ternura y su amor misericordioso abraza tanto al que pasa por la vida arrastrándose entre el dolor, la desazón, la tribulación y el sufrimiento como al que las cosas no le dejan de sonreír.
Que no hace distinciones para tenderle sus manos acogedoras al soberbio y orgulloso como al humilde y servicial.
Que ama por igual al que tiene una fe viva fruto de la herencia o de un encuentro con Él como a aquel que reniega, duda, busca o es escéptico al encuentro con Su Amor.
Que es paciente y amoroso con los que tienen el corazón tan duro como una piedra como con los que tienen el corazón herido y lloran por las desventuras de su realidad cotidiana.
¿Cuál es el secreto? ¿Cuál es la grandeza de Dios? Que Dios es Amor. Que uno puede confiar ciegamente en sus promesas, porque éstas nunca cambian y, sobre todo, porque su amor es infinito y nunca termina.
¡No hay nada más hermoso que sentir el amor y la ternura de Dios! ¡Gracias, Señor!

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¡Gracias, Señor, porque puedo reconocer en mi propia vida lo mucho que me amas! ¡Gracias, Señor, por tu infinito perdón, que derramas sobre mi cada día a pesar de mis infidelidades, mis incoherencias y mi incapacidad para amar! ¡Gracias, Señor, por tu amor infinito, porque me fortalece cuando me faltan las fuerzas, porque aumenta mi fe cuando las dudas me embargan, me consuela cuando me invade la tristeza, me levanta cuando caigo y peco, me escucha cuando te llamo, me serena cuando me siento intranquilo, me guía cuando estoy perdido, me endereza cuando tomo la senda equivocada, me ilumina cuando la oscuridad me invade, mi alienta cuando desespero, se alegra conmigo cuando las cosas funcionan! ¡Gracias, Señor, por estas siempre a mi lado! ¡Envíame tu Santo Espíritu para que me llene con tu presencia y sepa amar como amas Tu, sepa mirar como miras Tú, sepa sentir como sientes Tu! ¡Gracias, Señor, por los momentos buenos y los difíciles porque están impregnados de Tu Amor!  

¡Aleluya, ha nacido el Salvador!

¡Bendita sea la Navidad! ¡Dios ha nacido! ¡No puedo dejar de exclamar “¡Aleluya!”! ¡Qué acontecimiento más extraordinario! ¡Es el gran misterio de la Navidad! ¡Aleluya! Mi corazón late con la misma alegría que el de los pastores cuando supieron del Ángel que “¡Ha nacido el Salvador! ¡Mi Salvador, el que me ama, me sostiene, me perdona, me escucha, me espera!
En mi corazón brilla luminosa la fe y la esperanza y aparco por un día la mundanidad de mis problemas, mis ocupaciones y mis distracciones para acoger al Dios hecho hombre en mi oración.
¡Dios está entre nosotros, acurrucado en el regazo de María bajo la atenta mirada de san José! Meditas esta escena y todo es Amor, humildad, confianza, serenidad, salvación, esperanza.
Y con el corazón abierto, elevando las manos al cielo sólo queda dar gracias a Dios. Y, exclamar, en la penumbra del sencillo portal, haciéndose un hueco entre los pastores, ¡Gracias, Dios mío, porque cada año renuevas tu confianza en el ser humano! ¡Gracias, Señor, porque te haces amigo de los hombres haciéndote hombre! ¡Gracias, Dios de bondad, por el amor que nos manifiestas! ¡Gracias por el ejemplo de la Sagrada Familia que nos permite crecer en el amor familiar! ¡Gracias, Señor, porque contemplando tu pequeñez, tu pobreza y tu aparente insignificancia enriqueces nuestro corazón y nuestra vida! ¡Gracias, Dios del perdón, porque nos traes la paz!
El Dios creador, hecho hombre, nos deja sin argumentos. Buscamos siempre el bienestar y Él se presenta en la pobreza más absoluta; somos soberbios y vanidosos y Él testimonia la grandeza de la humildad; nos cuesta servir y amar y Él nos reviste con amor eterno; enmascaramos nuestra autenticidad y felicidad y Él se asoma con una alegría celestial; nos lamentamos de que no nos da pruebas de su existencia y en el portal está aquí, dejándose besar y adorar esperando nuestra entrega como un mendigo del amor.
¡Menudo día el de ayer! ¡Un gran elogio a la fe! ¡Qué no se me olvide a lo largo del año lo que vivimos ayer!

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¡Padre, gracias por la generosidad de hacerte niño! ¡Gracias, Señor, porque me enseñas que en la pobreza de corazón está la grandeza del hombre! ¡Gracias, Señor, porque caminando en la humildad aplacamos nuestro orgullo y nuestra vanidad! ¡Gracias, Señor, porque en tu entrega generosa nos enseñas a entregarnos nosotros a los demás! ¡Gracias, Señor, porque has salido a mi encuentro, has inundado mi corazón de paz y me permite crecer en el amor! ¡Gracias, Señor, porque adorándote a Ti no tengo que idolatrar esos dioses que merodean mi corazón! ¡Gracias, Señor, porque en la penumbra del portal tu amor calla y me haces comprender que el sufrimiento, el dolor, la dificultad me acompañarán también en mi camino de cada día pero que contigo a mi lado nada tengo que temer! ¡Gracias, Señor, por darnos a María, Tu Madre, que junto al pesebre sabe estar y esperar! ¡Gracias, Señor, porque teniéndolo todo te presentas en Belén sin nada y eso me hace replantearme muchas cosas de mi vida! ¡Gracias, Señor, porque vives en mi corazón y me llenas de gozo, alegría, esperanza y de paz!

Navidad, un canto del Amor Divino

La Navidad es para mí como un canto del Amor Divino. Amor Divino el de ese Niño que, recostado en un pesebre, te abre el corazón para recibir la abundancia de su gracia. ¿Cómo es posible que perdamos con tanta frecuencia la capacidad de entender que el amor divino es capaz de transformar y trascender todo en nuestra vida? ¿Por qué nos cuesta tanto confiar en esta fuerza e, incluso, en los milagros que se provienen de ella? Los seres humanos tendemos a dejarnos llevar por la tristeza, la decepción, las dudas, los miedos, los temores, las dificultades, las angustias… todo esto nos invade y cuando se asienta en nuestros pensamientos y emociones frenan nuestro crecimiento interior y bloquean determinados aspectos de nuestra vida.
Pero en Navidad contemplas al Niño recostado en el pesebre, arropado por José y María, y no puedes más que ver al Amor Divino. Amor Divino que es la paz, la alegría, la confianza, la armonía, la fe, el valor, la esperanza, la bondad, la gracia, la libertad, la compasión, la sabiduría, el perdón, la humildad, la unión, el valor, la espera, la misericordia, la sinceridad, la entrega, el servicio, la magnanimidad, el respeto, la sinceridad… cualidades todas ellas del corazón divino de Cristo que llega a nuestro propio corazón cuando se abre a la gracia y rompe lo que nos bloquea y angustia.
El Amor Divino te enseña a amar sin condiciones, a entregarte sin condiciones, a servir sin condiciones, a vivir alimentados de este gran Amor. El Amor Divino te permite reconocer en tu propia alma la profundidad de su trascendencia.
El tiempo de Navidad es el más adecuado para dejarse impregnar de este Amor Divino que, como un rayo, lo llena todo de amor, compasión y alegría. El Amor Divino te permite tomar conciencia de tu realidad y saber que puedes convertirte en ese rayo de esperanza, de amor y de alegría que caliente a todos los que están a tu alrededor. Ese rayo abrasador penetra en el corazón del prójimo y corresponde al Amor Divino abrasar su corazón, su alma y su conciencia por medio de la gracia.
¡Bendita sea la Navidad que nos da la oportunidad de abrir nuestro corazón al Amor Divino manifestado en un niño nacido en un portal!

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¡Niño Jesús, Emmanuel, Dios con nosotros, Dios que salva, ilumíname interiormente y haz que tu luz brille en mi corazón para que disipe toda oscuridad! ¡Envuelve, Niño Dios, tu luz en mi alma para que esté dispuesta alimentarse de Tu Palabra! ¡Dios con nosotros, tu eres la luz que ilumina mi vida porque tu amor es eterno! ¡Tu que habitas, Niño Dios, en el misterio de la luz inefable y has creado la luz, guía mis pasos para convertir mis oscuridades en luz! ¡Niño Dios, que eres la luz que brilla en la oscuridad, inunda mi corazón con tu amor para que a través de tu luz y con la fuerza del Espíritu Santo, caminar en tu luz! ¡Envía tu luz y tu verdad para que resplandezcan en mi alma, porque ya sabes de que soy tierra estéril que necesita de tu luz para dar fruto! ¡Niño Dios, derrama sobre mí las gracias del cielo y haz que llueva sobre esta tierra árida la gracia del Espíritu Santo y las fecundas aguas de la piedad, del amor, de la entrega, de la generosidad para que produzca frutos buenos y saludables en mi entorno familiar, social y profesional!

La experiencia de ser precedido por Dios

«Caminamos por medio de la fe y todavía no por medio de la visión». Este texto de san Pablo lo he leído hoy al buscar aleatoriamente una frase en la Carta a los Corintios para que me ilumine en la oración.
Así comprendes que sin vida espiritual la vida cristiana es difícil. En este tiempo de Adviento que comenzó ayer deseo caminar con una mayor experiencia de Dios, que mi vida tenga una relación más estrecha con Él. A veces da la sensación de que vives tu vida de fe, tu experiencia personal, con el compromiso con el mundo no dando tanta importancia a la relación personal con Dios porque la vives en el contexto de lo comunitario por medio de la participación en la Eucaristía y en la escucha de la Palabra dominical o asistiendo a los encuentros de oración. Pero cuando lo reduces todo a esta experiencia se debilita la fe que necesita una experiencia real de Dios, bajo la guía del Espíritu santo.
Si creo en Dios debo tratar de tener una experiencia personal de Él y esta experiencia viene de la fe, no de la visión. Lo dice distinta uno de mis salmos preferidos, el 139, cuando exclama: «El Señor rodea por detrás y por delante… ¿A dónde huir lejos de tu presencia? Si subo al cielo, allí estás tú; si desciendo al abismo, allí te encuentro».
Es cierto que en muchas ocasiones la experiencia espiritual viene marcada por el vacío interior que se concreta en el aparente silencio de Dios, en esa aridez interior que te impide encontrar el sentido de la vida. Pero Dios también habla —¡y mucho!— en el silencio de lo cotidiano, en los momentos de oscuridad, de tribulación, de desasosiego o de crisis.
Dios nos precede siempre, nos busca, nos interpela, nos previene, nos reclama, se hace el encontradizo. Así, la experiencia espiritual es, por encima de todo, la experiencia de ser precedidos por Dios. ¡Por que Él siempre está en todo, en cualquier circunstancia, en cualquier lugar! Y esa experiencia tiene en Cristo su mediador. La experiencia espiritual se transforma también en una experiencia en la búsqueda del Hijo, que nacerá en Belén en unos días. Y este es el camino de mi Adviento, caminar iluminado por la luz del Espíritu Santo al encuentro del Dios hecho Hombre que me precede y orienta mi experiencia personal para llevarla hacia la santificación con el propósito de hacer de este breve tiempo hasta la Navidad de un examen personal de mi vida de fe, del reconocer si Cristo habita en mi como se desarrolla en mi corazón y en mi vida la experiencia real de Dios.

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¡Señor, comienza mi caminar en el Adviento y te pido la gracia de la autenticidad para ver con verdad lo que anida en mi interior! ¡No permitas, Señor, que en este tiempo me quede con la imagen que traslado de mi yo sino que aliente mi vida de acuerdo con la guía del Espíritu Santo para romper la imagen que me he formado para acomodarme a la vida y no a la que Tu quieres de mi! ¡Señor, abre mi corazón para tener una experiencia real de ti, para que con las virtudes de la honestidad pueda adherirme a Ti, para que con la fidelidad a tus principios me pueda unir más a Ti, para que con la firmeza de la fe pueda acercarme más a Ti, para que con mi conocimiento de Ti pueda crecer mi relación contigo! ¡Deseo, Señor, como María darle mi «sí» a Dios que me invita a seguir su plan para mi vida con las capacidades y los dones que me ha dado y con los límites que me ha puesto por mi condición humana! ¡Señor, quiero reconocer que tu habitas cada día en mi! ¡Quiero sentirte en mi corazón, en mi alma, en mi mente, en lo íntimo de mi ser, en todo mi querer, en cualquier decisión que tome, en cualquier acto que desempeñe! ¡Quiero caminar hacia Ti, para encontrarte el día de Navidad, con la profundidad de la experiencia espiritual, abriendo de par en par mi corazón! ¡Quiero adorarte, Señor, desde el corazón! ¡Quiero, Señor, desde la profundidad de mi vida espiritual ser partícipe de la vida divina, llegar al Dios que se ha hecho hombre para tener un mayor encuentro con Él! ¡Quiero ser uno en Él, Señor, para algún día ser capaz de exclamar, Cristo hiciste Tu en la cruz, que te le entrego mi vida, mi espíritu y mi ser!

Ven pronto, cantamos en Adviento:

… Algo transformó su vida

Un ingeniero austriaco que trabaja en mi equipo y que había estado muy alejado de la Iglesia me decía hace unos días que cuando era joven tenía mucha esperanza en los aconteceres de la vida. Se veía a si mismo como una persona de éxito, triunfando personal y profesionalmente, querido por todos los que le rodeaban. Decidió seguir los estándares que marcan determinadas pautas sociales como la respetabilidad, amabilidad, dosis de cinismo, popularidad. Conseguiría un buen trabajo, ganaría dinero, se casaría con una mujer hermosa e inteligente… en definitiva: iba a tener éxito en la vida.
Lo logró casi todo a base de esfuerzo, renuncias, empujones, sacrificios y grandes dosis de suerte. Pero el éxito social y profesional no le llenaban. Su vida interior también estaba vacía. No se sentía una persona libre pues su vida era un constante proyectar un rostro cuando en el fondo en su interior había mucha aridez, insatisfacción e inseguridades.
Todo cambió un día, cuando un amigo le habló de Dios. Sintió que, de alguna manera, Dios se le revelaba de nuevo. Ese amigo le dijo algo tan sencillo como «trata de tener una amistad con Cristo. Verás como todo cambia en tu vida». En un principio a esta persona, aquella afirmación le pareció ridícula. Inicialmente la menospreció. Pero fue reflexionando sobre ella y puso en imágenes la vida del que se la había dicho, su coherencia, su serenidad interior, su capacidad de darse a los demás, su amable sonrisa siempre abierta al prójimo, su fuerza interior…
Eso le llevo a profundizar en aquella idea. Y tomó la Biblia. Leyó aleatoriamente tres libros de la Biblia y terminó con los cuatro Evangelios. Y descubrió algo sorprendente: el infinito amor que Dios siente por cada uno. Descubrió como Cristo vino al mundo para descargar su amor sobre los que sufren. Descubrió como uno puede liberar el peso de su vida a los pies de la Cruz. Y comprendió que Jesús vino a este mundo a salvar al hombre, a abrazarlo en su tribulación y a acompañarlo en el camino de la vida.
En el momento que abrió su corazón a Cristo, frecuentó la Misa diaria, dio el paso de confesarse… algo transformó su vida. A medida que avanzaban las semanas des despojó de sus resentimientos, curó heridas que parecían intratables, apaciguó su ansiedad interior, aparcó sus rencores… Hoy, me decía, cuando me enfado me duele, cuando discute me duele, cuando miento me duelo, cuando juzgo me duele, cuando no hago las cosas bien hechas… me duele. Su vida no es perfecta pero busca esa perfección porque ha logrado tener una relación íntima y de amistad con Cristo.
Sigue buscando con ahínco pero ahora no tiene que transitar caminos tortuosos, conoce perfectamente el camino que le lleva a Dios.

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¡Señor, concédeme la gracia de buscarte siempre, de abrir mi corazón a ti! ¡Envía tu Espíritu sobre mi para que guíe mi corazón y mi alma! ¡Haz, Señor, que el Espíritu endulce mi vida para seguirte con alegría, para avanzar espiritualmente con esperanza y confianza! ¡Haz, Señor, que el Espíritu Santo encienda la llama viva de mi fe para darle ardor a mi caminar cristiano! ¡Haz, Señor, que por muy tortuosos que sean los caminos pueda ir hacia Ti sin desfallecer! ¡Que mi vida sea una eterna alabanza a Ti! ¡Que los sufrimientos, los problemas y las dificultades no sean motivo de aflicción sino de crecimiento personal y espiritual, sostenido por tu amor y por la fuerza de la cruz! ¡Señor, ayúdame a serte siempre fiel especialmente en los momentos difíciles; que pueda escuchar siempre tu voz! ¡Tómame, Señor, de la mano y llévame hacia Ti! Y, Señor, ¡te pido por todos los que te buscan y no te encuentran; hazte el encontradizo con ellos! ¡Te pido por los que necesitan de tu amor y de tu misericordia llénales su corazón de Ti!

Mi Dios es refugio

Hay momentos que la vida te pone el rostro contra el suelo, oprimido por las dificultades, la caídas o los obstáculos. Te levanta fe. La fe —la certeza de lo que se espera, la convicción de lo que no se ve— te ayuda a alzar la mirada al cielo. La fe te permite despreocuparte de las preocupaciones. Elevas tu rostro al cielo y le ruegas al Padre que está en el cielo que te cubra con su amor, con su misericordia, que te llene profundamente de su paz, que calme tus ansiedades y desconciertos, que serene tu corazón afligido y que nada de lo que te suceda se desmorone a tu alrededor.
Es la fe la que te hace comprender que el Padre, por medio del Espíritu Santo, te da la fuerza para sobreponerte, es el escudo para protegerte, es el abrazo sobre el que descansar el corazón.
Es la fe la que te hace entender que es el Padre el que te envía desde el cielo el consuelo divina y los apoyos celestiales para enfrentar cualquiera de las complejas realidades de tu vida.
Es la fe la que te permite entender que al Padre le puedes entregar todo, especialmente tu pequeñez, porque depositándola en sus manos redentoras todo es gracia y bendición.
Entonces puedes cantar con orgullo aquello que dice el Salmo: «El Señor es mi roca, mi amparo, mi libertador; es mi Dios, el peñasco en que me refugio. Es mi escudo, el poder que me salva, ¡mi más alto escondite! Invoco al Señor, que es digno de alabanza, y quedo a salvo de mis enemigos».
La vida te pone el rostro contra el suelo, oprimido por las dificultades, la caídas o los obstáculos, ¡sí! pero si nunca abandonas la confianza y seguridad en Dios sabes que nunca te rendirás en la desesperanza.

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¡Señor tu eres mi roca, mi amparo, mi libertador; eres mi refugio, el poder que me salva! Eres, Señor mi Dios, quien me ofrece todas la seguridad y la protección! ¡Eres el consuelo de mis penas, el que me libera y me salva de los peligros que me acechan! ¡Contigo, Padre, puedo tejer la esperanza en medio de mis esfuerzos y luchas cotidianas! ¡Contigo, Padre, puedo afrontar con confianza todas las dificultades y adversidades que me acechan! ¡Frente a las dificultades de la vida pongo en ti toda mi esperanza porque tu eres el Dios fiel, amoroso, misericordioso y solidario! ¡Hoy, Señor, con humildad y sencillez, te entrego todas y cada una de las batallas y luchas de mi vida para que me protejas y me cuides! ¡Todo lo pongo en tus manos, Señor, con la alegría de sentirme protegido por Ti que todo lo puedes!

Creer es tocar el corazón de Jesús

Lo constato en mi entorno más cercano, social y laboral. No es fácil creer en nuestro tiempo. No es que estemos sujetos a una persecución violenta como ocurre con tantos cristianos en el mundo. Pero nos enfrentamos a la indiferencia en sus diversas variantes, nos encontramos con una serie de obstáculos que se manifiestan en la vida, que nos desalientan o sofocar nuestras convicciones más profundas; tal vez no necesariamente nos alejamos de la fe pero sí de ciertas prácticas religiosas.
Pero si uno lo analiza bien la vida es una continua invitación a la perseverancia y a la confianza, inseparables de la esperanza que el hombre de hoy tanto necesita.
A mi me sirve constantemente el ejemplo la mujer que toca la túnica de Jesús. Su espera es confianza. A los ojos de Jesús nadie es anónimo. Es uno de los cimientos de la confianza. Con este paso, esta mujer, temerosa, enferma durante mucho tiempo, despeja obstáculos dentro y alrededor de sí misma. Ella se atreve. Y como da el paso del atrevimiento escucha de boca de Jesús: «Tu fe te ha salvado. Vete en paz». ¿No es lo que deseamos cada uno de nosotros que Jesús nos conceda la paz interior, el ánimo del corazón, la salud corporal?
Creer es tocar el corazón de Jesús. Y la fe y la confianza tocan de pleno en su corazón.
La confianza, esa fe que persevera, siempre produce efectos milagrosos. La mayoría de las veces de manera invisible pero real. No hay que perder nunca la confianza a pesar de los obstáculos. Estos obstáculos que nos dificultan acercarnos a Jesús son la agitación, la dispersión, las múltiples tensiones externas e internas que sofocan la Palabra y su presencia, portadores de la vida y sanación interior. Los obstáculos del desaliento, alimentados por la crítica. El obstáculo más difícil es la desesperación que es el arma suprema del maligno pues el demonio desea eliminar de nuestra vida la energía vital más fuerte, ¡la del Dios que habita en nuestro ser!
“¡Levántate!”, dice Jesús y extiende su mano para hacernos superar los obstáculos, para sostenernos porque nadie puede por si mismo. No tenemos solo en nosotros la fuente de la vida, de la sanación interior, del secreto de la alegría. Solo podemos recibirlo todo de la mano de Dios.
Hay una frase hermosísima de Charles de Foucauld cuando recordaba aquel período de su vida mundana, que dice algo así: «Cuando mi vida comenzó a ser una muerte, Dios mío, ¡cómo me apoyaste y qué poco la sentí!».
Hoy quiero tomar esta mano, puesta sobre mi, que Dios extiende por medio de Jesús, y hacer caso a su mensaje ante las dificultades: “Levántate… y anda!

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¡Señor, tengo la suerte de conocerte, de sentirte a mi lado, de conocer tus caminos, de intentar seguir tu voluntad, de seguir tus enseñanzas! ¡Señor, aunque el peso de las dificultades y los problemas me abruman, tengo la suerte de que por Ti mi vida tiene un sentido, una razón de ser, porque es tu mano la que me sostiene, es tu amor y tu misericordia los que me impulsan, el soplo del Espíritu el que me da la fortaleza! ¡Gracias, Señor, porque mi corazón siente tu cercanía! ¡Gracias, Señor, porque me invitas a levantarme y andar sin miedo, sin rendirme, sin perder la esperanza! ¡Te doy gracias, Señor, porque estás conmigo para lo que venga, sin perder la confianza en Ti! ¡Te alabo, Señor, porque entre tantos obstáculos me prodigas tu amor! ¡Te alabo, Señor, porque siento tu amor, me dices que ame a los demás y me prodigo en tu amor! ¡Te alabo, Señor, porque aunque tantas veces te olvido tu no me abandonas nunca! ¡Te alabo, Señor, porque en Ti todo es amor y misericordia y todo lo que haces en mi vida es una manifestación de tu amor! ¡Señor, tengo la suerte de amarte y de conocerte por eso te alabo porque no quiero desviarme del camino que me lleva hacia a Ti y desde Ti a los demás!

Las cosas buenas llegan cuando crees

Dios bendice cada día de mi vida mi presente y hace que prospere mi futuro pero necesito tener fe. Esta fe no siempre consigue que las cosas sean sencillas pero que sí hace que sean posibles.
Y no siempre es sencillo confiar plenamente en las promesas del Señor de la vida y de tomar conciencia que en mi interior mora el espíritu de la fe de Dios. Sin embargo, la fe es el fruto del espíritu humano renacido que tiene la capacidad de generar los mismos resultados que Jesús logro durante su vida pública.
La fe no es una victoria continuada, requiere de momentos de dificultad para hacerse más fuerte. La fe es para emplearse en las cosas que no se ven antes de aplicarse a las que se ven. Por eso está tan relacionada con la comunión íntima con el Padre. Con esto comprendes que esta relación con Él es el elemento crucial de mi vida de fe que se me revela a través de Su Palabra, de la oración sincera y confiada y por medio del Espíritu Santo.
Y esta comunión necesita de un tiempo de calidad a solas y en silencio, con el corazón abierto, que te permite estar con el Señor para tratarlo, amarlo y conocerlo. Y en este contexto de intimidad es cuando se desarrolla la confianza. Y así se acrecienta mi fe porque le estoy dando la oportunidad a Dios para que se revele en mi vida.
Las cosas buenas llegan cuando crees pero sobre toda las mejores cosas te vienen cuando eres paciente y no te rindes porque todo lo tienes depositado en aquel que no puedes ver pero que te edifica en la fe.

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¡Padre bueno, te doy gracias por el don de la fe que me lleva a un encuentro cotidiano contigo y creer en que tus promesas se hacen efectivas en mi vida! ¡Te doy gracias, Padre, porque la fe ilumina mi vida! ¡Te pido, Padre, que por medio de tu Santo Espíritu, se acreciente cada día mi fe, que se haga más alegre, más fuerte, más jubilosa, más firme, más gozosa y más viva cualesquiera que sean los momentos por los que estoy pasando! ¡No permitas, Padre, que desfallezca nunca en mi confianza en Ti y fortalece mi fe con la ayuda de tu Santo Espíritu en la oración, en la meditación de la Palabra y en la esperanza en tus promesas para vencer todo aquello que me atemoriza, para romper las inseguridades que me invaden, para derrotar los miedos que me paralizan! ¡Haz, Padre, que la fe de sentido pleno y profundo a mi vida y que por medio de la fe sea capaz de darle sentido a cada una de las circunstancias alegres o tristes de mi vida! ¡Te doy gracias, Dios de amor y misericordia, porque bendices cada uno de los día de mi vida, llenas mi presente de esperanza y haces que prospere mi futuro! ¡Fortalece, te lo pido con el corazón abierto, mis debilidades para llenarlas de confianza y mis limitaciones para romper las barreras que me impongo para mover montañas! ¡Que mi fe en Ti, Señor, sea capaz de llevarla al prójimo para ser testigo de tu verdad, testimonio de tu amor y de tu Palabra! ¡Y concédeme la gracia de tener una fe como la de la Virgen, para que mi sí sea como el de Ella, confiando sin ver, con humildad, con esperanza, con confianza y con generosidad!

«¡Contigo!»

Pocas palabras como el pronombre personal «Contigo» tienen una fuerza tan extraordinaria. Cuando pronuncias el «Contigo» en realidad estás diciendo «Confío en ti», «Creo en ti», «tienes todas mi confianza». Es un derroche de fe y de esperanza en el otro. Cualquier gran proyecto, cualquier cambio significativo en la vida, cualquier empresa gigante que deba ser emprendida tiene que comenzar con esta palabra cargada de confianza.
«Contigo» es una palabra firme, amorosa, sencilla, entregada, cierta, llena de familiaridad y franqueza. Es una palabra que, en si misma, es un mundo cargado de convencimiento en el otro.
Y cada día podemos pronunciar el «Contigo». «Contigo» para unirse al otro, para acercarse a él. «Contigo» para vivir entregado al servicio. «Contigo» para unirse más a Dios, el primero de todos que al despertar el día y caer la noche susurra su más amoroso «Contigo». El «Contigo» de Dios es un «Confío en ti», «Creo en ti», «tienes todas mi confianza» a sabiendas de que uno cae en la misma piedra, en los mismos pecados, que es de barro con limitaciones, miserias y pequeñeces. Pero el «Contigo» de Dios es para hacer el camino juntos, acompañando en las alegrías y en las incertidumbres, en el amor y en la soledad, en las caídas y en el levantarse, en la misericordia y en el perdón. Cada «Contigo» de Dios es un canto nuevo a la esperanza porque el «Contigo» divino lo cubre todo de alegría, fe y esperanza.
A lo largo de la jornada, con el corazón abierto, uno puede pronunciar en infinidad de ocasiones, humilde y sinceramente, la palabra «Contigo». Es decirle al otro, como te amo, creo en ti; como creo en ti, espero en ti; como espero en ti, me entrego a ti; como me entrego a ti, quiero caminar contigo. ¿No era acaso así el «Contigo» de Cristo?

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¡Señor, haz que mi mirada hacia el prójimo sea para verte a ti! ¡Ayúdame a ver al que tengo cerca como tu hijo amado, como tu propio rostro! ¡Que no me deje llevar por las apariencias, ni por sus circunstancias personales, ni por su estatus social, ni por lo que dicen de él! ¡Que me vida sea un ir al encuentro del otro! ¡Concédeme la gracia de comprender sus necesidades y entregarme a él con ternura, con compasión y con amor! ¡Concédeme la gracia de atender sus suplicas, a escucharle como tu le escucharías! ¡Ayúdame a comprender sus necesidades! ¡Ayúdame a acercarme del que estoy más separado, especialmente de los más cercanos! ¡Concédeme la gracia de servirlo siempre como tu me sirves a mi, con tu cercanía y tu ternura! ¡Concédeme la gracia de amar a las personas que tengo cerca con amor eterno, con generosidad, con entrega, con paciencia, con alegría! ¡Que mi vida hacia el otro sea una vida «Contigo»! ¡Concédeme la gracia de abrir cada día mi corazón para que mis «Contigo» sean ir también «Contigo»!

 

Crucificado sin cruz

Celebra hoy la Iglesia la festividad de un santo al que tengo especial cariño. La figura del Padre Pío de Pietrelcina, capuchino italiano, generoso sacerdote y testimonio de santificación del dolor, nos acompaña en este día. Su vida estuvo marcada desde la infancia y juventud por una intensa piedad que le llevó a ingresar en los Capuchinos, con una vida llena de contradicciones en su propia congregación al estar marcada con dones espirituales extraordinarios como sus visiones de Jesús, sus estigmas o su clarividencia espiritual entre otras cuestiones relevantes.
En san Pío observo que los grandes dones de Cristo en un alma no suceden si no existe una participación activa en la Cruz. Lo que toma un ritmo singular y extraordinario en ciertas almas privilegiadas no deja de ser la norma también para los que tenemos almas ordinarias. Hace unos días celebramos la exaltación gloriosa de la Cruz lo que que te permita recordar que el camino hacia el cielo pasa irremediablemente por la tránsito por la cruz.
En ocasiones esta circunstancia se hace difícil de asimilar, pero como cristiano debo comprender que, de acuerdo con mi vocación, la Cruz tiene que quedar impresa en mi vida aunque este discurso no sea precisamente hoy muy atractivo porque lo que nos seduce no es el sufrimiento de la cruz sino el gozo de poseer, de disfrutar, de gozar de los bienes materiales y las seducciones que la vida ofrece. ¿Por que cuesta tanto aceptar con alegría y amor las contrariedades, las dificultades, las pruebas de nuestras vidas, como camino que nos conduce hacia el Señor?
El secreto del Padre Pío radica en su intensa vida de oración y en su unión espiritual con Cristo, pero especialmente por ese gran amor que sentía por la Eucaristía, a la que daba un papel central. Para él, el alimento eucarístico era el elemento crucial que vence la fe muerta, la impiedad triunfante, que te preserva del mal imperante y te fortalece en el caminar cotidiano. La Eucaristía encarnó durante su vida la actualización de la Pasión del Señor en el sacrificio de la Misa.
Esta es la enseñanza que san Pío me muestra hoy. Mi santidad personal pasa también por ofrecerme a Dios como alma para salvar almas, convirtiendo también mi misión en la misión corredentora con Cristo, siendo un crucificado sin cruz por medio de mi testimonio personal, de mi espiritualidad, de mi magisterio personal como esposo, padre, amigo, compañero de trabajo. La mística de la cruz no es solo para los santos es, sobre todo, el camino al que estamos llamados todos los laicos. Alter christus, otros cristos, que muestren al mundo la verdad del Cristo que ama a la humanidad, que se dio en la cruz y que se manifiesta diariamente en el sacrificio de la Misa, exaltación de su gran amor por el ser humano.

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¡Señor, me pongo hoy ante tu presencia y recordando la figura de san Pío de Pietrelcina, abro mi corazón a tu misericordia divina! ¡Te pido me concedas el mismo amor que san Pío tenía por ti, por la Eucaristía, sacrificio de tu amor por nosotros; por la confesión en la que tu purificas nuestra vida; por el Santo Rosario, camino de vida con María, tu Madre; por la oración personal, en el encuentro cotidiano contigo! ¡Te pido me concedas la gracia de aceptar las cruces cotidianas, los sufrimientos que surjan en mi vida pero que, por medio tuyo, imprimen a mi vida grandes riquezas y dones! ¡Concédeme, Señor, la gracia de amarte profundamente, de hacerlo con un corazón humilde, sencillo y puro! ¡Que no me importe, Señor, humillarme ante Ti a los pies de la Cruz reconocimiento que sin Ti no soy nada! ¡Ayúdame a caminar cada día humilde y sencillamente hacia la santidad personal de la que tan alejada estoy! ¡Concédeme la gracia de amarte hasta el extremo, de gozar con tu presencia cotidiana en la Eucaristía! ¡Dame una fe profunda y una confianza ciega para gozar de tu presencia en mi vida! ¡Señor, concédeme la gracia de amarte siempre, de vivir unido a Ti para que me llenes de tu amor, de tu misericordia, de tu bondad y de tu ternura, para que acojas todas mis aflicciones y mis debilidades, mis sufrimientos y mis miserias, para que me lleves por el camino de la rectitud y la santidad y me conduzcas a la vida eterna! ¡Y que siguiendo el ejemplo del Padre Pío no me importe ser varón de dolores, que no a partir del sufrimiento no me aleje de la mística de la cruz, que no deje de mirar y modelar mi vida en Ti que escogiste la cruz como bandera, que no me aleje de la senda del calvario si es tu voluntad! ¡Que ame tu cruz y mis cruces porque Tu nos has enseñado que por este camino es más corto el camino hacia la salvación! ¡Que sea, Señor, testimonio tuyo, discípulo de tu verdad y de tu amor!

En la cruz, cantamos hoy: