La felicidad de ser feliz

La felicidad es una gracia inmensa. Para ser feliz son imprescindibles dos principios: saber qué es la felicidad y saber alcanzarla. Todos queremos ser felices. Todos necesitamos que nuestro corazón exulte de alegría. Un corazón alegre tiene paz, serenidad interior, esperanza… pero, en muchas ocasiones, la medimos mal porque no la alcanzamos por no saber qué es lo que más nos conviene. ¡Hay mundanidad que me aleja de la alegría!
Pienso en Dios. Lo inmensamente feliz que es. ¿Es feliz porque es el Rey del Universo? ¿por que conoce todo lo bueno? ¿por que tiene en sus manos la capacidad de lograrlo todo? Por todo esto y por algo más: porque Él es el Amor y todo lo ha creado por amor. Y nos ha dado a su Hijo por amor, el desprendimiento más grande en la historia de la humanidad.
Antes de crearlo todo, Dios ya era feliz. No creó la naturaleza, ni a los animales ni a los hombres para que le hiciésemos feliz si no para que pudiéramos ser partícipes de su felicidad.
Por eso la felicidad sólo la puedo encontrar en Dios. Y en Jesús. Dios me ha creado a su imagen y semejanza. Me ha creado para ser feliz. Me ha creado para compartir su alegría, su sabiduría y su felicidad. Si sólo Jesús me ofrece la felicidad, ¿para qué pierdo el tiempo buscándola fuera de Él!

¡Quiero ser feliz, Señor! ¡Pero quiero ser feliz a tu manera pero no como entendemos los hombres la felicidad! ¡Quiero ser feliz basándome en el amor, en el amor sin límites, en la entrega, en el desprendimiento de mi yo, en el servicio generoso, en la caridad bien entendida, en la paciencia de dadivosa! ¡Señor, quiero participar de tu felicidad encontrándome cada día contigo y desde ti con los demás! ¡Señor, me has creado para compartir tu alegría! ¡Envía tu Espíritu para que me haga llegar el don de la alegría y transmitirla al mundo! ¡No permitas, Espíritu Santo, distracciones innecesarias en mi vida que me alejan de la libertad y la felicidad de auténticas! ¡Señor, ayúdame a que encuentre felicidad en dar felicidad a los que me rodean, que abra mis manos para dar siempre, que abra mis labios para compartir tu verdad, y que abra mi corazón para amar profundamente! ¡Señor, sé que me amas y que deseas que yo sea feliz; acompáñame Señor siempre porque eres el autor de mi felicidad y la razón de mi existir!

Abonarse al victimismo

Hay veces que para llamar la atención del prójimo las personas nos abonamos al victimismo. El victimismo es el mejor blindaje para no practicar la autocrítica porque la culpa siempre es del otro y, así, la vida se hace más llevadera. Llenamos el corazón con el yo, con el lamento, con la negatividad, arrinconando la esperanza. En estos casos la felicidad y la alegría pierden su esplendor en nuestro corazón y el gusto por la vida se apaga. La Luz vivificante del Espíritu Santo queda oscurecida. Estas deficiencias del corazón abocan al victimismo contra la esperanza.

El victimismo te aboca a una visión negativa de todo lo que te rodea provocando en uno mismo y en los demás un sufrimiento intenso y, en ocasiones, bastante indefensión. El rol de víctima tiene como elemento tratar de protegerse para evitar afrontar la responsabilidad de sus acciones por no aceptar que una situación no salga como está prevista, por el fracaso latente o por no aceptar una situación y esto provoca proyectar la culpa en el otro.

El victimismo atenta contra la fe como rechazo de las responsabilidades. Al final todos hemos de responder ante Dios por lo realizado y lo recibido.  Ante el victimismo siempre miro la figura de Cristo. Él sí podía ser víctima. De hecho, Jesús es la verdadera víctima, la víctima ofrecida por nuestros pecados. Él da su vida por amor. Al aceptar la misión del Padre y la complejidad del mundo, es el camino a la salvación a través de su aceptación y su sacrificio, un modelo de entrega y compromiso.

Contemplando su figura uno comprende que no vale la pena perder demasiado tiempo descubriendo qué tentación te amenaza más. Más bien, conviene tomar el mensaje de Cristo sobre la voluntad del Padre: el Padre me ama, dice Jesús, porque siempre hago lo que le agrada.

No me imagino a Cristo tratando de dar lástima para llamar la atención, ni quejándose de todo, ni pensando mal de los demás, ni juzgando sus intenciones, ni manipulando sus objetivos, ni chantajeando emocionalmente, ni culpabilizando al otro, ni poniendo cuando cometía un error circunstancias ajenas para justificarse, ni teniendo una actitud pasiva ante las dificultades y problemas… Y no me lo imagino porque detrás del victimismo se parapeta el materialismo, el egoísmo, la mentira, la soberbia, el engaño. Todo sufrimiento se supera con fe, con vida interior, con oración y se debe afrontar con dignidad ofreciéndolo todo a Cristo. 

El victimismo te aboca a filtrear con el espíritu mundano cuando en realidad un cristiano está llamado a vivir el espíritu de las Bienaventuranzas para que su vida rezume el buen sabor de Cristo y del Evangelio. ¡Por eso como cristiano quiero abonarme siempre a la esperanza y no al victimismo!

¡Espíritu Santo, envía sobre mi tus done para que fortalecido en ellos, sepa y pueda perseverar, agradecer, conocer y amar al Padre y vivir siempre con esperanza! ¡Espíritu Santo dame siempre el don de la esperanza para no caer nunca el victimismo cobarde, para que no desfallezca ni pierda el horizonte cuando las cosas no me salgan como las tenga previstas! ¡Espíritu Santo, a pesar de mis debilidades y flaquezas hazme una persona siempre confiada y alegre, alejada del victimismo, para que las cosas del mundo no me arrastren amenazándome con someterme y engañarme! ¡Espíritu Santo, sabes que tantas veces el mundo me seduce y me ciega pero que nada me haga caer en el victimismo! ¡Enséñame, Espíritu divino, a guardar en mi corazón la Palabra de Cristo y reflejarme siempre en Él para afrontar las cosas que me suceden con entereza y alegría!  

¿Pero qué es ser feliz?

En una larga espera en un aeropuerto deambulo entre librerías disfrutando de las novedades editoriales. Muchos libros todavía no se han traducido en mi país por lo que son una novedad interesante por conocer. Tomo aquellos que me llaman la atención por la portada, o por el autor o por el tema. Leo con atención las contraportadas. Me sorprende un fenómeno. En las librerías de los aeropuertos la mayoría de los libros son novelas o títulos de autoayuda. En la lista de las obras de no ficción más vendidas seis de ellas corresponden a guías de iluminación espiritual, de crecimiento personal y de terapias alternativas que te aseguran él éxito hacia la felicidad… ¿Seguro?
Estas obras de desarrollo personal intentan convencer al lector de que leyéndolas serán capaces de ver sus inquietudes, problemáticas y conflictos con una mirada nueva de una manera directa, práctica, simple y sanadora. Estos títulos surgen porque hay un anhelo del ser humano para alcanzar la felicidad. Eso brota de lo más íntimo del hombre.
¿Pero qué es ser feliz? ¿Lo eres tu, querido lector? La respuesta no es sencilla porque hay tantas respuestas como corazones humanos: ¿Vivir bien? ¿Gozar de salud? ¿Ver contentos a tus seres cercanos? ¿Disfrutar de la vida? ¿No sufrir penalidades o calamidades? ¿Tener un trabajo estable? La pregunta es: ¿Es esta la felicidad verdadera?
Yo me pregunto muchas veces si puedo ser capaz de imitar la felicidad de Jesús, un hombre cuya vida estuvo presidida por las dificultades y que padeció una muerte indigna en la cruz acusado y tratado como un mero delincuente. Y aún así todo Él, como recogen los Evangelios, está impregnado de amor, de bondad, de gozo, de serenidad, de paz interior, de esperanza, de optimismo, de generosidad. Jesús era el paradigma del hombre feliz. El que no tenía nada pero lo tenía todo.
Entonces ¿qué es ser feliz? Es, por ejemplo, ¿creer en la promesa que viene de Dios como hizo María a pesar de las consecuencias que esta decisión comportó en su vida?; ¿es estar atento a la Palabra y confiar en el Señor, como se recita en Proverbios?; ¿es cumplir las prescripciones de Dios y buscarlo con el corazón abierto como canta el bellísimo Salmo 119?; o ¿cuando examinas tu propia conducta y encuentras en ti mismo y no en el prójimo un motivo de alegría y satisfacción como recomienda san Pablo en la carta a los Gálatas?; o como dice san Lucas cuando acogemos la Palabra de Dios y la guardamos en el corazón; o cuando nos alegramos siempre en el Señor, como se recita en la Carta a los Filipenses… Pero la felicidad máxima es una propuesta del mismo Jesús. Es la que Él mismo vivió. Nada tiene que ver con lo material ni lo existencial. No es la felicidad pasajera de las pasiones y del mundo. Es una felicidad en apariencia difícil de lograr pero que llena a espuertas el corazón humano. Es la capacidad de amar y de ser amado. La máxima expresión de la felicidad es sentir que eres amado por Dios y poder darlo a los demás. Y la gran escuela de la felicidad se resume en las Bienaventuranzas. Por eso Cristo fue inmensamente feliz porque su vida no fue más que una completa donación de sí mismo a Su Padre y a los demás. La plasmación práctica de las Bienaventuranzas. Una vida plena impregnada por el amor. Es paradójico pero esta felicidad no se recoge en ninguno de los libros de autoayuda que puedas encontrar en una librería de una ciudad o de una aeropuerto. Pero es la única que te asegura la felicidad.
Yo me pregunto ahora si soy feliz. Y la respuesta es que lo soy. Y no porque mi camino sea un camino fácil ni sencillo. Lo soy porque a pesar de todas las circunstancias siento de manera profunda, cierta y misericordiosa en lo más íntimo de mi corazón el amor que Dios siente por mí. Un amor gratuito y fiel y porque siento también ese amor de Cristo que ha donado la vida por mi, al que puedo recibir cada día en la Eucaristía y me ha donado la Palabra para crecer en mi camino pobre y humilde hacia la gloria celestial. Un camino que me muestra el sentido del amor y me hace entender —y tratar de vivir— aquello del «bienaventurados los…». ¡Y esto me llena de una profunda alegría y felicidad!

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¡Señor, gracias por el legado de la Bienaventuranzas porque me hacen comprender que la felicidad se alcanza desde el amor y con el amor! ¡Gracias por tu mensaje, Señor, por tus enseñanzas, porque me muestran el camino hacia la felicidad del corazón! ¡Gracias, porque me permite comprender que solo puedo ser feliz en una donación total de mi mismo abriendo el corazón a los demás de par en par como hiciste tu en gestos cotidianos de gratuidad y de amor! ¡Gracias, Señor, porque dándome me desquito de las ambiciones, del egoísmo, de la soberbia… para acercarme más a ti y a los demás! ¡Gracias, Padre, por tu amor incondicional, por tu amor misericordioso y paciente, gracias porque siento que camino entre tus manos; gracias porque tu presencia en mi vida me hace sentir paz y serenidad y ser feliz! ¡Gracias, Señor, porque tu presencia en mi vida no permite que nada me altere pese a los problemas y las dificultades! ¡Gracias, Padre, yo creo, adoro, espero y te amo! ¡Señor, hoy me propongo eliminar del corazón todo aquello que me aparta de ti y de los pensamientos tristes, de los lamentos y te alabaré agradeciéndote la alegría que nace de Ti! ¡Y ante las pruebas y problemas recordaré tus promesas que ponen a prueba mi voluntad de alcanzar la felicidad porque contigo nada temo! ¡Hoy caminaré confiado porque tu, Señor, estás conmigo en todos los momentos de tu existencia! ¡Hoy más que ayer quiero mostrar al prójimo que soy feliz porque tu presencia en mí corazón lo impregna todo de felicidad!

 

Encontrar la felicidad en Dios

La felicidad es una gracia inmensa. Para ser feliz son imprescindibles dos principios: saber qué es la felicidad y saber alcanzarla. Todos queremos ser felices. Todos necesitamos que nuestro corazón exulte de alegría. Un corazón alegre tiene paz, serenidad interior, esperanza… pero, en muchas ocasiones, la medimos mal porque no la alcanzamos por no saber qué es lo que más nos conviene. ¡Hay mundanidad que me aleja de la alegría!
Pienso en Dios. Lo inmensamente feliz que es. ¿Es feliz porque es el Rey del Universo? ¿por que conoce todo lo bueno? ¿por que tiene en sus manos la capacidad de lograrlo todo? Por todo esto y por algo más: porque Él es el Amor y todo lo ha creado por amor. Y nos ha dado a su Hijo por amor, el desprendimiento más grande en la historia de la humanidad.
Antes de crearlo todo, Dios ya era feliz. No creó la naturaleza, ni a los animales ni a los hombres para que le hiciésemos feliz si no para que pudiéramos ser partícipes de su felicidad.
Por eso la felicidad sólo la puedo encontrar en Dios. Y en Jesús. Dios me ha creado a su imagen y semejanza. Me ha creado para ser feliz. Me ha creado para compartir su alegría, su sabiduría y su felicidad. Si sólo Jesús me ofrece la felicidad, ¿para qué pierdo el tiempo buscándola fuera de Él!

 Si Dios es feliz, yo también

¡Quiero ser feliz, Señor! ¡Pero quiero ser feliz a tu manera pero no como entendemos los hombres la felicidad! ¡Quiero ser feliz basándome en el amor, en el amor sin límites, en la entrega, en el desprendimiento de mi yo, en el servicio generoso, en la caridad bien entendida, en la paciencia de dadivosa! ¡Señor, quiero participar de tu felicidad encontrándome cada día contigo y desde ti con los demás! ¡Señor, me has creado para compartir tu alegría! ¡Envía tu Espíritu para que me haga llegar el don de la alegría y transmitirla al mundo! ¡No permitas, Espíritu Santo, distracciones innecesarias en mi vida que me alejan de la libertad y la felicidad de auténticas! ¡Señor, ayúdame a que encuentre felicidad en dar felicidad a los que me rodean, que abra mis manos para dar siempre, que abra mis labios para compartir tu verdad, y que abra mi corazón para amar profundamente! ¡Señor, sé que me amas y que deseas que yo sea feliz; acompáñame Señor siempre porque eres el autor de mi felicidad y la razón de mi existir!

Descansar en ti, cantamos hoy al Señor:

¿Qué impide el desarrollo de la gracia de Cristo en mi propio ser?

Observo a mis hijas universitarias. Y me veo a mi mismo. He dedicado la mayor parte de mi vida a aprender y he realizado enormes sacrificios para formarme y acrecentar mis conocimientos.
Horas en vela de estudio, interminables vigilias repitiendo los temas para afrontar los exámenes decisivos y, aunque hay muchas materias que han quedado en el olvido, los conocimientos importantes permanecen incrustados en lo más profundo de mi ser.
En la vida habrá también una prueba final, la definitiva, en la que se nos examinará de la vida; sobre todo, se nos examinará de nuestra capacidad de amar. Se nos preguntará en que medida hemos asimilado los conocimientos del amor y de la verdad y en qué medida los hemos puesto en práctica.
Pienso con frecuencia en ese día porque me podría suceder como a Nicodemo. Lo esencial lo conozco; la teoría de las Escrituras las reconozco; tengo el convencimiento claro de que Jesús es el Mesías, el enviado de Dios; que la verdad está en Cristo… pero resuena en mi interior esa pregunta que el Maestro hizo a ese hombre respetado entre los judíos de su tiempo sobre lo fundamental de la vida y que le llevó a replanteárselo todo para nacer de nuevo a la vida: «¿Y tú que eres maestro de Israel no sabes estas cosas?»
Esta pregunta es tan actual ahora como hace dos mil años porque pese al conocimiento que tenemos de todo, a la especialización que impera en nuestros trabajos y en nuestras tareas cotidianas, al uso de la tecnología que lo simplifica todo, al control que ejercitamos en tantas áreas de la vida, a las posibilidades de acceder a tanta información en tiempo real… tanto saber, sin embargo, ha dejado en penumbra elementos que son cruciales de nuestra existencia. Tal vez en nuestra sociedad haya más conocimiento y sabiduría, pero la espiritualidad merma, la oración agoniza, el ser más humanos pierde su valor por el individualismo y el hedonismo, la ternura deja paso a la frialdad del corazón, cuesta darse a los demás, no resulta sencillo encontrar tiempo para los otros, el silencio impera en muchas familias cuyo único interlocutor es el móvil… así la felicidad brilla por su ausencia. Somos más sabios sí, tenemos más conocimientos pero ¿cómo es posible que con tanto saber ignoremos como cuestionaba Jesús lo que es fundamental en la propia vida?
Las preguntas claves en realidad serían: «¿Qué me impide nacer de nuevo? ¿Cómo afronto la vida? ¿Soy consciente de que en mi vida debo abrir el corazón para una constante renovación y transformación como parte de mi crecimiento humano, de mi madurez personal y de mi renovación interior? ¿Qué impide el desarrollo de la gracia de la vida de Cristo en mi propio ser? ¿A qué debo morir para renacer en Cristo?»

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¡Señor, necesito nacer de nuevo revistiéndome de ti, que eres el Cristo enviado por Dios para mi salvación! ¡Señor, me siento como Nicodemo que me pregunto en qué consiste el renacer de nuevo, este proceso permanente de ir creciendo en la Palabra y en el conocimiento de la verdad! ¡Envía, Señor, tu Espíritu sobre mi para que mi vida crezca en madurez y su obra haga en mi un hombre nuevo! ¡Deseo, Señor nacer de nuevo en el Espíritu para dejar que Él, dador de vida, haga como hizo en María, que engendre en mi tu presencia vida, para sentir como tu sientes, para amar como tu amas, para actuar como tu actúas, para hacerme uno contigo! ¡Envía tu Santo Espíritu sobre mí, Señor, para que al caminar por las sendas de la vida se reconozca tu presencia en mi! ¡Ayúdame a ser testigo de tu presencia en el mundo; concédeme la gracia de abrir tu presencia en mi corazón para reflejar tu vida en mi propia vida en palabras, en actitudes, en gestos, en servicio, en amor, en vínculos y en compromisos ciertos! ¡Ayúdame a nacer de nuevo para revestirme de Ti, Señor! ¡Ayúdame a despojarme de lo viejo que hay en mi interior para renovar mi corazón! ¡Ayúdame a mortificar mis pasiones, a aplacar mis egoísmos, a amordazar mis soberbias, a abatir mis pecados, a sepultar mis malas acciones y a darle a mi vida el proyecto de Dios! ¡Señor, ayúdame a cuestionarme a qué debo morir para renacer en Ti y hazme ver que impide en mi vida el poner en práctica la humildad, la generosidad, la misericordia, la bondad, la dulzura, la comprensión y la vida del Espíritu!

«No lo voy a conseguir»

Todo ser humano vive un espacio seguro; es ese espectro de circunstancias en las cuales nos sentimos cómodos. Por eso nos resulta más sencillo interactuar con las personas con las que convivimos sin excesivos esfuerzos. En la mayoría de los casos, los límites vienen marcados por los temores que nos inundan, por el qué pensarán de nosotros, por la necesidad de ser aceptados y reconocidos, por el cómo valorarán nuestras conducta…
En esta zona segura nuestra vida se acomoda. El problema surge cuando esta comodidad se va arraigando y le permitimos que gobierne y guíe cada una de nuestras decisiones porque con ello se impide el crecimiento interior. Asfixiamos así cualquier posibilidad de experimentar lo que la vida nos ofrece. Sin esfuerzo, uno corre el grave riesgo de vivir en la autocomplacencia.
¿Pero qué sucede cuando el Señor desea ampliar mis horizontes personales para que no permanezca en la zona de confort? Que corro el gran peligro de quedarme allí, en el abismo de la mediocridad, pues es el lugar en el que me siento seguro en lugar de explorar nuevos caminos que me pueden llevar a la felicidad. Incluso se puede perder la capacidad de luchar para dar un salto cualitativo en la vida de fe.
Cuesta traspasar límites pero uno nunca desarrollará sus capacidades si no está dispuesto a esforzarse y estar dispuesto a superar sus propios límites.
El hermano de un amigo está ingresado desde varios meses en la clínica Guttmann, un hospital especializado en el tratamiento médico y quirúrgico y en la rehabilitación integral de les persones con lesión medular o daños cerebrales. Me explicaba que le están enseñando a caminar de nuevo. Desde hace poco solo da solo pequeños pasos en los que la coordinación brilla por su ausencia pero el médico considera que puede dar más de sí. Hace unas semanas, este joven que se resistía utilizando dos frases: «va a ser imposible» y «no lo voy a conseguir», por miedo al fracaso y a caerse al intentarlo, fue obligado casi por su madre a seguir los consejos del facultativo. Cuando comenzó a caminar con mayor rapidez fue consciente de que era capaz de hacerlo. Ese día, lleno de lágrimas, fue consciente de que es posible llegar al infinito con propósitos firmes.
En la vida espiritual siento también que debo tener principios firmes. Cuando uno contempla con el corazón abierto la naturaleza de Cristo se hace consciente de que Él nos aparta de los parámetros en los que asentamos nuestra comodidad y nos conduce en nuestra vida a desafíos nuevos con el objetivo de contemplar con claridad los límites que nos hemos auto impuesto para poder rebasarlos. Cuando lo logramos tomamos conciencia de que no es tan inquietante y angustioso como creíamos y que, además, se nos abre un abanico nuevo de oportunidades.
¿Por qué cuesta tanto comprender que debemos salir de nuestra comodidad y no le pedimos al Señor el valor necesario que necesita nuestro espíritu para afrontar lo que Él espera de nosotros?

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¡Señor, por medio de tu Santo Espíritu, dame un corazón fuerte, valiente, decidido, comprometido para adorarte, para alabarte y para afrontar con firmeza las decisiones de mi vida, para cambiar lo que deba ser cambiado! ¡Dame un corazón como el tuyo, Señor! ¡Señor que las marcas que dañan mi corazón en forma de recelos, complejos, desprecios, humillaciones, heridas… no sean obstáculo para crecer! ¡No permitas, Señor, que me quede en mi zona de comodidad porque no quiero vivir el resto de mi vida sin cumplir la promesa que el Padre tiene para mí! ¡No permitas, Señor, que ponga barreras a mi crecimiento personal y espiritual! ¡Envía tu Santo Espíritu, Señor, sobre mí para que dentro de mi corazón me de una visión renovada, una esperanza nueva y una fe firme y confiada! ¡No permitas, Señor, que haga las cosas a medias porque tu nunca las hacías así; tu me llamas con poder y autoridad! ¡Ayúdame a volar más alto, a alcanzar nuevas metas, amar como nunca he amado, sentir como nunca he sentido, esforzarme como nunca me esforzado, perdona como nunca he perdonado, sentir el dolor del prójimo como nunca lo he sentido, santificarme como nunca me he santificado! ¡Señor dame hoy un corazón nuevo que no repita«va a ser imposible» y «no lo voy a conseguir» porque a tu lado todo es posible!

Hoy es la festividad de San Benito. La Iglesia Católica fomenta el uso de los sacramentales como la Medalla de San Benito. Los laicos debemos promover el uso de los sacramentales y la oraciones de liberación contra el mal en hogares y familia ante  los ataques contra la familia y el matrimonio. La Iglesia invita a rezar la oración a San Benito  para pedir la protección espiritual y alejar la influencia del mal:
Oh glorioso San Benito, modelo sublime de todas las virtudes, vaso puro de la gracia de Dios. Heme aqui, humildemente postrado ante ti. Imploro tu corazón lleno de amor para que intercedas por mí ante el trono divino de Dios.
A ti recurro en todos los peligros que a diario me rodean. Protégeme contra mis enemigos, contra el maligno enemigo en todas sus formas e inspírame a imitarte en todas las cosas
Que tu bendición esté conmigo siempre, de modo que pueda huir de todo lo que no es agradable a Dios y evitar así las ocasiones de pecado.
Dulcemente te pido, que me consigas de Dios los favores y gracias de las cuales yo estoy tan necesitado, en las pruebas, en las miserias y en las aflicciones de la vida.
Tu corazón siempre estuvo tan lleno de amor, compasión y misericordia hacia los que estaban afligidos o con problemas de cualquier tipo.
Tú nunca has despedido sin consuelo y asistencia a cualquiera que haya recurrido a ti. Por lo tanto, invoco tu poderosa intercesión, con esperanza y confiado en que tú escucharás mis oraciones y me alcanzarás la gracia especial y favor que tan seriamente te imploro (pedir el favor a recibir), si es para la mayor gloria de Dios y el bien de mi alma.
Ayúdame, Oh gran San Benito, vivir y morir como un hijo fiel de Dios, que sea siempre sumiso a Su santa voluntad, para lograr la felicidad eterna del cielo.
Amén

Para quien lo desee adjunto información de la Medalla de san Benito contra los males que pueden afectar al espíritu, como las tentaciones del poder del mal.

Sumérgeme, cantamos hoy con Jesús Adrián Romero:

Con María en la vigilia de Pentecostés

Tercer sábado de mayo con María, Madre de la Iglesia, en el corazón. Esta noche, en la vigilia santa de Pentecostés, que cierra el tiempo de la Pascua, apagaremos el cirio pascual, signo vivo del Cristo Resucitado, que ha acompañado cada una de las celebraciones litúrgicas de los últimos cincuenta días. Cada uno se convertirá en su entorno en la luz de Cristo, miembro de la escuela del Resucitado, y nos llenaremos del fuego y de los dones del Espíritu Santo.
Con la fuerza del Espíritu siento que debo seguir brillando a la luz del cirio pascual, ser símbolo de alegría, de esperanza, de felicidad, de vida, de gloria e, incluso, ¡de asombro! Si Jesús es la luz del mundo, yo debo ser como fiel seguidor suyo lámpara que alumbre el mundo.
El fuego del Espíritu calentará nuestro corazón y alentará nuestro caminar como hijos de la luz. En la Vigilia de Pentecostés, me uno a la Virgen María, Señora de la Luz, esa luz que ilumina nuestra vida y guíe nuestros pasos para ser luz que enciende los corazones en la humildad, la generosidad, la paz, el amor, la alegría…
Me uno a María para recibir en su compañía los dones del Espíritu que un día recibí en el bautismo y que el Cristo Resucitado quiere derramar sobre mí para animar mi compromiso cristiano.
Como María quiero vivir en vela, para percibir siempre en mi vida la presencia del Espíritu, para acoger en mi corazón sus dones y sus gracias, para que se realice en mi un nuevo Pentecostés y llenar mi corazón con toda fuerza del amor de Dios.
Quiero estar junto a María, unido espiritualmente a Ella, Madre de Dios y Madre de la Iglesia, invocando la presencia en mi vida del Paráclito. Quiero estar unido a María para proclamar que me siento parte de la Iglesia apostólica, porque como bautizado también soy un elegido en el Espíritu Santo.
Quiero estar junto a María para acoger en mi interior las gracias del Espíritu Santo que en Ella obra de manera manifiesta porque sí, la Virgen, es la obra maestra del Espíritu de Dios. Quiero estar unido a María porque quiero que me lleve a Jesús. Y unida a Ella quiero aprender a amar, seguir, comprender y unirme  a su Hijo Jesús, que por medio del Espíritu Santo, en una noche como hoy realizará en mi corazón grandes maravillas.

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¡María, enséñame a perseverar en la oración como hicieron los apóstoles junto a Ti y otras mujeres en la vigilia de Pentecostés! ¡Enséñame, María ,a comprender el auténtico significado de vivir en el Espíritu Santo! ¡Ayúdame, como hiciste Tu, a acoger en mi corazón la Palabra revelada por Dios, a llevar en mi corazón a Jesús y transmitir todo mi amor por Él a todos los que me rodean! ¡Conviértete, María, en mi apoyo espiritual para que no desfallezca en la oración, en mi vida servicio a los demás ni en mi vida sacramental! ¡Que tu seas, María, el ejemplo a imitar para seguir siempre las inspiraciones que vienen del Espíritu Santo y que con tu sabiduría y humildad supiste acoger en el corazón! ¡Que de Ti, María, aprenda a tener la misma intimidad con el Espíritu Santo! ¡Ayúdame, María, a que convertir mi corazón en un auténtico templo del Espíritu Santo, que sea el faro que ilumine mi vida, la luz que me guíe, la columna que me fortalezca, el pañuelo que me consuele y el soplo que me indique qué camino tomar en cada momento de mi vida! ¡Y a ti, Espíritu Santo, aumenta mi devoción por María, tu Esposa, la Madre de Cristo, mi propio Madre! ¡Espíritu Santo, ayúdame a interiorizar en mi corazón las palabras de María y que como Ella se haga en mi según tu palabra!

Jaculatoria a María en el mes de mayo: María, mediadora de todas las gracias de Jesucristo, la majestad divina ordenó que todos sus bienes pasaran por tus santas manos benditas, cuida de los que peregrinamos de los que se hallan en peligros y ansiedad hasta que sean conducidos a la patria bienaventurada. 

Del compositor inglés Thomas Tallis escuchamos en esta vigilia de Pentecostés su motete Loquebantur variis linguis, a 7 voces (Y hablaron en varias lenguas), una obra de gran belleza musical:

Caminar a la luz del cirio pascual

Me gusta el tiempo de Pascua. Es un tiempo propicio para alabar a Dios, para darle gracias por su infinito amor, para regocijarte por las obras que realiza en ti, para que te sorprenda con sus gracias. A veces estamos tan acostumbrados a decir «Jesucristo ha resucitado» que perdemos la conciencia de lo que es prodigioso, increíble.
Dios nos ha creado para la felicidad. Él no se detuvo en nuestra desobediencia. Él no nos abandonó. Por la resurrección de Cristo, la muerte es conquistada. Se nos ha entregado una nueva vida. La Pascua exulta con alegría que somos siervos alegres de Dios y mientras Él se entrega a aquellos que cantan su alabanza.
La Pascua te recuerda que la luz ha surgido en la oscuridad de la muerte. Cada día podemos encender de nuevo el fuego del cirio pascual y caminar bajo su luz. «La Palabra es la luz verdadera que entra al mundo e ilumina el mundo», dice San Juan. Jesús es la luz del mundo. Con Él la noche no existe, no es necesaria la luz de una lámpara, ni la luz del sol, porque el Señor Dios nos ilumina. La Pascua es un momento hermoso, al cobijo del cirio pascual, para recordar que Jesús es la luz del mundo, que te permite no caminar en tinieblas porque su vida está llena de luz. Esto es exactamente lo que sucede en y a través de la resurrección de Cristo.
El cirio pascual es como un baño de iluminación que ilumina tu mente para recibir la luz de Cristo, para rechazar la oscuridad que te atenaza para salir a la luz. Para ser cristiano, debo renunciar a la oscuridad, al mal, al pecado y lo que conduce a ello. ¡Qué no tema jamás dejar entrar la luz de Cristo en mi corazón!
A la luz del cirio pascual me reafirmo de que quiero vivir en la libertad de los hijos de Dios, rechazar el pecado y escapar de su poder y lo que conduce al mal, para rechazar a Satanás que es el autor del pecado; para nacer del agua y del Espíritu, para vivir en mi vida la vida divina resucitada con Jesús. No se trata de vivir fuera del mundo, sino de vivir de manera diferente en el mundo.
Esta nueva vida en Cristo, a la luz del cirio pascual, es un llamada a la santidad. Y yo, a la luz del cirio pascual, no puedo más que exclamar: ¡Sí, Señor, quiero ser santo porque mi aspiración es alcanzar la gloria de la resurrección!

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¡Señor, con los salmos te canto: Tu Palabra es una lámpara para mis pasos y una Luz en mi camino, Dios mío, mírame, respóndeme, llena mis ojos de luz; Envía tu Luz y tu verdad, para que me enseñen el camino que lleva al lugar donde Tú habitas! ¡Señor, Tu dices «Yo soy la Luz del mundo. El que me sigue tendrá la Luz que le da vida y nunca andará en oscuridad», hazme luz para los demás! ¡Señor, sé Tu mi luz y ayúdame a ser una pequeña luz en medio de este mundo desorientado que tanto necesita encontrar a Dios para dar sentido a su vida! ¡Señor, Tú que has resucitado y nos das la luz de la vida, ayúdame a avanzar en este tiempo de Pascua! ¡Hay demasiadas cosas por hacer y pocas horas para hacerlo! ¡Ayúdame, Señor, con la fuerza de tu Espíritu, a buscar los frutos de la Resurrección! ¡Te agradezco, Señor, por la fe que me une más a Ti! ¡Te doy gracias, Señor, por dejar tu impronta en mi corazón! ¡Te doy gracias, Señor, por aceptarme cerca de ti! ¡Quiero dar frutos, Señor! ¡Convierte, Señor con la fuerza de tu Espíritu, mi esterilidad en fecundidad! ¡Dame la fuerza para vencer los miedos ni desesperar! ¡Para no dispersarme de lo esencial! ¡Para no caminar en solitario! ¡La hora del Espíritu está cercana, Señor, y se acerca la hora de la verdad! ¡Del envío! ¡Te adoro en Espíritu y Verdad, Señor! ¡Creo y espero, Señor! ¡Quiero hacer nueva mi vida, Señor, después de tu resurrección! ¡Tú me envías a proclamar tu resurrección, la paz, la verdad y la alegría! ¡Aquí me tienes, Señor, para hacer siempre tu voluntad!

¡Oh luz gozosa!:

¡Qué felicidad vivir en la perspectiva de Dios!

Último sábado del año con María en el corazón. Cuando María pronuncia sues invadida por el Espíritu de Dios. Este es el modelo a seguir con respecto a mi propia alma. Este testimonio me abre el camino y me muestra lo lejos a lo que puedo llegar en comunión con Dios. Esta es parte de la aventura cristiana de la vida.
La sed de Dios que tenía la Virgen, su apertura de alma, eran consecuencia de su felicidad interior: «He aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra».
La apertura al plan de Dios puede ser arriesgada. Prometida a José, siendo virgen, María puso en peligro todo su plan de vida. ¡El valor de la Virgen es realmente admirable! ¿Quién podría creerse un embarazo por intervención del Espíritu Santo? Pero al mismo tiempo ¡cómo no aceptar los planes de Dios cuando el Espíritu Santo viene sobre ti y el poder del Altísimo te cubre con su sombra!
Su apertura hacia Dios, su firme sin reservas, a riesgo de arruinar su matrimonio con san José, el riesgo de ser deshonrada por su familia, de ser apedreada por la multitud, no arredraron a María. Tal era la ciega confianza en Dios.
Todos estamos invitados a vivir en esa misma confianza, a abrir cotidianamente nuestras almas a la gloria de Dios, ponerse en las manos del Altísimo. Vivir en Cristo que nos lleva a realizar obras extraordinarias. ¡Qué aventura, qué felicidad vivir en la perspectiva de Dios!
En unas horas, Jesús estará más vivo que nunca entre nosotros, en nuestra alma primero, en nuestro cuerpo en la comunión y producirá maravillas en nuestras acciones, nuestros gestos, nuestra tolerancia, nuestra infinita misericordia, nuestra humildad.
Y en este día, gracias a María, comprendiendo su total apertura de alma, podré gozar de la alegría de vivir abandonado al Amor incondicional de Dios.

orar con el corazon abierto

¡No quiero olvidar María que esta Navidad es posible gracias a tu sí incondicional a Dios! ¡Que es posible porque tu hágase fue para abrirse a la vida! ¡Fue gracias a ti, la humilde de corazón, la sencilla de alma, la Inmaculada elegida por Dios, la que atendió con recogimiento las palabras del ángel y el susurro del Espíritu, la que esperaba siempre en Dios, la pobre de espíritu, la esclava del Señor, la que se entregó a la voluntad del Padre! ¡Es por tí, María, que hemos celebrado el nacimiento de Jesús! ¡Haz pues, María, posible que en el mañana de mi vida y en el mundo entero se produzca el verdadero milagro del nacimiento de Tu Hijo! ¡Que tu fe, María, sea una camino de preparación para recibir a Jesús! ¡Que tu entrega como Madre me permita entender en mi vida los tiempos de Dios! ¡María, tu que estás llena de gracia, que estás limpia de pecado, que eres abogada de la gracia, que testimonias con tu ejemplo la santidad que agrada a Dios, intercede por mi para que pueda alcanzar la santidad, para que sea irreprochable ante sus ojos, para que sepa acoger en mi corazón el don del amor, de la misericordia y el perdón y que sea capaz de darme siempre a los demás! ¡María, Madre de Dios, permíteme caminar contigo y crecer en la esperanza que nos trae la Navidad, para celebrar con alegría, gozo y esperanza el fruto bendito de tu vientre que es Jesús!

Del compositor Jan Dismas Zelenka nos deleitamos en este último sábado mariano del año con su antifonal mariana Alma Redemptoris Mater:

¿Que representa Belén para mi?

Mis pasos se dirigen pausados y serenos hacia Belén. Para este peregrinar hacia la cueva donde nacerá el Niño Dios no puedo ir con las cargas del año a mis espaldas. Algo tiene que cambiar en mi interior. Mi mochila debe estar ligera, sin el peso de las amarguras, el orgullo, la soberbia, los sufrimientos, los problemas, la autosuficiencia y tantas otras cosas que puedan hacer cansino el camino y que, incluso, me pueden llevar a renunciar a llegar hasta allí.
Por eso me pregunto hoy que es lo que estorba de mi vida y qué debo aligerar, que debo aparcar de mi interior para ir hacia el portal con un corazón nuevo.
El portal de Belén no es un establo donde reposa el Niño Dios. Belén es el propio corazón donde vive el Niño Dios. Belén es dar integridad a mi ser personal, a mi esencia como ser humano. Belén es mi capacidad de amar, de darme a los demás, de tener caridad y no criticar ni juzgar, de servir con generosidad, de trabajar bien por amor a Dios, de preocuparme por el prójimo, de repartir alegría y felicidad, de contagiar optimismo, de optar por el bien, de respetar la individualidad del otro, de orar hasta desfallecer, de interceder por el que sufre, de amar incluso al que no te quiere bien, de perdonar, de comprender… Belén es sentir al amor que Dios tiene por mí. Es valorar ese nacimiento del Niño Dios como un gran regalo para la humanidad. Es sentirse hijo amado de Dios.
Belén es tener un corazón abierto al amor de Dios. Un lugar abierto a la esperanza en la que no quepa la cerrazón, el bloquear las puertas para quedarse en el yo. Es abrirle al Niño Dios las puertas de par en par; es ser uno con Jesús de Nazaret, con su Palabra, con sus mensajes, con su Buena Nueva, con su Evangelio.
Belén es ser consciente de que Dios ha nacido en mi pesebre interior y se ha hecho realidad en mi propia vida. Belén es constatar, de manera maravillosa, que Dios mw necesita —¡qué aparente contradicción!— para la salvación del mundo. ¡Por eso camino hacia Belén porque sé que el Señor está presente y vivo, es realmente un «Dios con nosotros», un Dios que ha entrado en el mundo y quiere estar junto a mí acompañándome en el camino de la vida!

orar con el corazon abierto

¡Señor, me acerco al pesebre de Belén en al que te haces humilde para recibirnos en el corazón! ¡Me acerco a adorarte, Niño Dios, envuelto en pañales en la mayor humildad para aprender de Ti! ¡Te adoro, Niño Dios, por haber nacido en Belén para mostrar el gran amor que sientes por el ser humano! ¡Te amo, Niño Dios, y mi deseo es amarte cada día más, entregarme más a Ti, parecerme más a Ti! ¡Te doy gracias, Niño Dios, porque has venido a iluminar con tu presencia mi oscuridad, permíteme comprender que eres, a pesar de tu pequeñez, el Dios Amor! ¡Te doy gracias, Niño Jesús, porque eres la Paz que viene a sanar las heridas de mi corazón, a limpiarlo de rencores, orgullo, miedos, soberbia, resentimientos, heridas… haz que mi corazón de piedra se convierta en un corazón de carne, amoroso y humilde como el tuyo! ¡Hazme, Niño Dios, mensajero de tu amor, de tu paz, de tu esperanza y tu misericordia, hazme heraldo vivo de Tu Buena Buena y de Tu Palabra! ¡Concédeme la gracia, Niño Jesús, de encarnarte en mi! ¡Ilumina mi corazón, Señor, porque quiero ser también luz que ilumine el mundo para dar testimonio de tu verdad y de que has venido al mundo por nuestra salvación! ¡Niño Dios, has nacido de una Virgen pura, concédeme la pureza de intención y limpia mi corazón, mi mente y todo mi ser para que pueda ser imagen tuya en este mundo donde reina la maldad! ¡Gracias, Niño Dios, porque nos das la vida para vivirla con intensidad y rectitud, ayúdame a vivir conforme a tu voluntad! ¡Hospédate, te lo ruego, en mi corazón!

Camino de Belén, un hermoso villancico con la voz de Niña Pastori: