En el umbral del Adviento con María

Primer sábado de diciembre con María, Señora del Adviento, en el corazón. Mañana comienza el Adviento, tiempo para abrir el corazón como María para preparar la venida del Salvador. Hoy tomo especialmente el ejemplo de la Virgen para que, durante este tiempo, sea capaz de mantenerme fiel al Señor que nos ha prometido la salvación.
A las puertas de este tiempo tan hermoso que nos lleva hacia la Navidad, quiero guardar en mi corazón el valiente y decidido «sí» de María que, en este tiempo, alcanza una enorme relevancia, porque con su alegre aceptación y su humilde entrega a la voluntad divino, hizo posible que la Palabra de Dios acampara por siempre.
¡Que bonito pensar que a consecuencia de «sí» a los planes de Dios, con esas palabras que surgieron de su corazón orante y generoso —«hágase en mí según tu palabra»—, nació Jesús después de un prolongado adviento en su interior.
En este sábado antes de encender mañana la primera vela de la corona de adviento quiero creer como Ella, esperar como Ella, amar como Ella, celebrar la espera como Ella, alegrarme por la Navidad que llega como Ella. Y, sobre todo, como Ella aprender a ser más fiel al Señor, a su Evangelio y a sus enseñanzas.

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¡Todo tuyo, María, ejemplo de vida, de entrega, de generosidad, de amor, de aceptación de los planes de Dios! ¡Me entrego a Ti, María, porque quiero seguir tu modelo de fe, de esperanza, de amor, de actitud orante y entregada en este tiempo de Adviento, en la vida misma! ¡Gracias, María, por que con tu aceptación de los planes de Dios me enseñas a confiar siempre en Dios y me haces ver que en mi es posible también el cumplimiento de sus promesas! ¡Gracias, María, porque eres Madre de Dios y Madre nuestra, y gracias a tu aceptación a los planes divinos Jesús es mi hermano, arraigado de forma concreta en la Santa Familia de Nazaret, que con tanto amor formaste con san José! ¡Gracias, María, porque con tu «sí», repleto de fe, has permitido el plan de salvación de Dios por medio de Jesús, razón de fiesta en mi corazón! ¡Hoy te pido, María, que en este tiempo que avanza hacia la Navidad me ayudes a confiar especialmente en Dios, a no caer en el desánimo cuando los problemas arrecian, cuando las dificultades me obstruyen, a tener tus actitudes ante la vida, a vivir en el permanente y humilde agradecimiento, a que mi corazón esté completamente abierto a la voluntad misericordiosa y amorosa de Dios, y que rebose alegría por doquier por el nacimiento de Jesús, tu Hijo y mi Salvador! ¡Todo tuyo, María, llena de gracia, Madre del Amor!

En este primer día de diciembre nos unimos a las intenciones del Papa Francisco para este mes. El Santo padre pide que oremos para que las personas dedicadas al servicio de la transmisión de la fe encuentren un lenguaje adaptado al presente, en diálogo con la cultura.

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¿Qué me enseña hoy Santa María Magdalena?

Hoy celebramos la fiesta de Santa María Magdalena, figura muy rica humana y espiritualmente, gran modelo de fe. ¿Qué me enseña hoy la figura de Santa María Magdalena? A purificar mi relación con Dios. A descentrar todos mis afectos, mis anhelos de poseer a Jesús, a dejar que Dios mismo me ame primero. Me enseña a entrar en una vida de fe. A implementar en mi corazón lo que recibí el día de mi bautismo: el consentimiento del misterio de la muerte de Jesús para entrar en el misterio de su nueva vida.
María Magdalena entró en una nueva dinámica de vida y en una nueva relación con los demás convirtiéndose en la «apóstol de los apóstoles», ya que es ella la que se encarga de anunciar a los discípulos de Jesús la buena nueva de la resurrección del Señor. Ella se convirtió en misionera del amor de Cristo y lo que fue inicialmente causa de su tristeza se transformó en fuente de vida.
Pero también me enseña el gran misterio de la Misericordia que revela su vida, su conversión y el seguimiento convencido y firme de Jesús. Me impresiona su «sí» a Cristo acompañándole después de su conversión por los caminos de Galilea, su actitud de amor y de oración al ungirle los pies aquellos días previos a su dolorosa Pasión, su fidelidad a los pies de la cruz en el Calvario junto a la Virgen, su entereza en el momento de la sepultura del Señor y el gran privilegio de ser la primera en testimoniar la verdad de la Resurrección.
María Magdalena me enseña la importancia de la fidelidad a Cristo basada en el amor. Me conmueve ese «sí» convencido después de descubrir la ternura, la compasión y la acogida amorosa de Cristo. Su determinación para cambiar de vida, su conversión firme, su agradecimiento por el poder salvador de Jesús, su manera fiel de acoger la Palabra de Jesús, su determinación para no dejarse llevar por el qué dirán.
Pero hay algo muy hermoso en la Magdalena, es esa humildad para acoger en su corazón la gracia del perdón que procede del amor y la misericordia de Jesús y que cada uno puede experimentar en el sacramento de la Reconciliación.
En esta jornada festiva que nos regala la Iglesia me inclino ante el Señor como hizo la Magdalena y aunque consciente de que no soy digno de que entre en mi casa le entrego mi corazón para que acoja mis caídas y mis pecados, me tome de la mano y enderece mi camino hacia la santidad.

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¡Santa María Magdalena, amada por Cristo por tu fe y tu valiente conversión, que caminaste por caminos equivocados durante tanto tiempo, enséñame a ser decidido en la transformación de mi corazón! ¡Muéstrame el camino del arrepentimiento, la manera de acoger dócilmente la Palabra de Jesús, a escuchar la llamada a la conversión y los caminos que llevan a la santidad! ¡Enséñame, María Magdelana, a abrir el corazón y a reconocer mis faltas, mis pecados y mis culpas para ser capaz de recibir la misericordia de Dios! ¡Enséñame a caminar siempre por la senda de la verdad y el bien para liberarme de las ataduras del pecado! ¡Ayúdame a ser testigo como lo fuiste Tu de la misericordia de Cristo! ¡Ayúdame a mostrarle siempre a Jesús mi amor, mi cariño, mi gratitud y mi confianza! ¡Ayúdame a amar a Cristo! ¡Ayúdame a amar a María a la que tan unida estuviste! ¡Ayúdame a amar la Cruz que tan presente estuvo en tu vida! ¡Ayúdame a ser testigo de la Resurrección de Jesús y poder proclamar al mundo que «¡Jesucristo ha resucitado! ¡En verdad ha resucitado!»

Hermoso motete a seis voces dedicado a María Magdalena:

La belleza católica de Pedro y Pablo

Festividad de los apóstoles San Pedro y San Pablo que nos permite celebrar la gloria de la Iglesia de Roma.
Interiorizo la simplicidad de Pedro, el pescador galileo, su impulsividad y fragilidad que lo llevan a negar tres veces a Jesús la noche de la Pasión y a ceder ante el judaísmo comunitario de Antioquía, provocando la ira de Pablo. Pero sobre san Pedro fundó Cristo Su Iglesia después de su confesión de fe tan sobrenatural que fundamentaba que todo el amor de Dios descansa sobre la dulzura y humildad de Jesús, crucificado bajo el poder de Poncio Pilato. Pedro, entre su fe sólida y su debilidad humana, anticipa y garantiza la continuidad de la Iglesia a través de los siglos para confirmarnos que debemos perseverar a pesar de nuestros defectos.
Profundizo también en la figura de san Pablo, en su fundamentalismo religioso derribado por Cristo en el camino a Damasco. Medito su intelectualismo y misticismo que da luz al misterio universal de Cristo y gracias al cual los gentiles se unen masivamente a los primeros judíos que creyeron en Jesús.
Pedro es la raíz y el principio que garantiza el futuro de la Iglesia. Su autoridad desarma las fuerzas del mal y permite junto a los demás apóstoles ejercer la disciplina y perdonar los pecados. Pablo es el principio de apertura que garantiza el crecimiento de la Iglesia. A través de su incansable caminar y su dolorosa vida por el amor a Cristo, su profunda comprensión de la historia que lidera el diseño de Dios, se convierte en el celo de los misioneros y de los que perseveran en la fe.
Dos columnas firmes y dos antorchas ardientes de la Iglesia a las que debemos mirar con frecuencia.
Pero esta firmeza y este esplendor, fruto de su autenticidad, no es lo que los llevó a dar sus vidas por el Evangelio y los hizo creíbles para edificar la Iglesia. Su esplendor no es solo su unidad, su comunión, su amor fraternal a pesar de sus diferencias. La belleza de Pedro y Pablo es la catolicidad de la Iglesia. Es el esplendor que hace de la Iglesia una institución humanamente frágil pero misteriosamente portadora de una totalidad, una plenitud que no es de este mundo.
La belleza católica de Pedro y Pablo, y con ellos la de toda la Iglesia, más allá del don de sí mismos y de su unidad, es el hecho de que esta universalidad nos convierte en un pueblo santo con una raíz sagrada porque ha sido fundada por Cristo.
Hoy es un día en el que quiero dar gracias a Dios por la belleza de su Iglesia desde la mismísima trascendencia de Dios en el corazón y más allá de la hermandad universal de San Pedro y San Pablo.
Le pido a Dios su intercesión para que todos los esfuerzos de acercamiento y reconciliación no se centren en nosotros mismos, en nuestras culturas y en nuestros puntos de vista, sino en Dios, en Cristo, en la Virgen María y en la santidad de los Apóstoles y fundadores de la Iglesia. Esta festividad es también la de los innumerables mártires de Roma, que continúa todavía, por eso mi oración ferviente es también por esos hermanos cristianos perseguidos en todos los rincones del mundo.

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¡Señor, hoy quiero mirarme en el espejo de Pedro y de Pablo! ¡Me identifico, Señor, con sus fracasos personales y con su fidelidad a Ti, por su compromiso cristiano y por cómo acercaron a tantas gentes a la Iglesia! ¡Hoy de la mano de los dos, Señor, me siento más Iglesia, la que ellos edificaron con su sangre santa! ¡Quiero, Señor, como Pedro seguirte siempre, rechazar la fuerza de mi carácter para hacerme dócil a Ti, disculparme siempre, seguir tus huellas, y aunque te niegue tantas veces amarte siempre! ¡Señor, quiero crecer en el amor hacia Ti y hacia los que me rodean! ¡Quiero, Señor, como Pablo, romper la dureza de mi corazón y la intransigencia de mi carácter, abrir los ojos ante la ceguera de tu gracia, romper con las cosas que me separan de Ti, dedicar mi vida a anunciar tu Palabra! ¡Señor, como Pedro y como Pablo tengo yo también mis grietas pero quiero aprender de ellos su fe, su fidelidad, su amor, su forma de vivir tan coherente y tan cerca de Ti! ¡Quiero pedirte por la Iglesia que ellos edificaron y que tu fundaste a la que tanto amo para que permita a los hombres tener un encuentro contigo y hacer realidad el Reino que nos has prometido! ¡Hazla santa, Señor, que es muy necesaria para el mundo a pesar de los hombres que la formamos!

Nadie te ama como yo:

Comienza el anuncio de la Navidad

Hoy celebramos el nacimiento de San Juan Bautista. La importancia de esta fiesta es que su natalicio anuncia a otra persona, a Jesús, el Dios con nosotros.
No lo olvido. Solo restan seis meses para Navidad. Hoy es como una Navidad estival porque ¡Dios está con nosotros! aunque todos los días de la vida deberían ser Navidad para un cristiano.
La grandeza de Juan el Bautista está contenida en el nombre que recibió completamente nuevo contrastando con la costumbre familiar pues nadie en aquella familia llevaba ese nombre!
¿Qué le llevaron a llamarlo así? Juan anuncia novedades, representa la única novedad que permanece pues en el lenguaje de Jesús, Juan significa: «el que es fiel a Dios». Y cuando es así Dios da libremente. ¡Gratis! ¡Absolutamente gratis!
Juan anuncia la venida de Jesús que es el rostro humano de este don gratuito, de la gratuidad absoluta del Amor de Dios. Y aquí reside la gran novedad: Jesús, el único Hijo engendrado de Dios, nacido en un portal en Belén, ¡se convierten en el Dios con nosotros entregándose gratuitamente para la humanidad!
Y, sin embargo, la vida de Juan el Bautista se desenvolvió de una manera paradójica rompiendo los convencionalismo humanos: prefirió los lugares alejados, vivió en el desierto y, cuando se manifestó a las multitudes que acudían a él, no buscó la celebridad sino que desde un lenguaje directo, en ocasiones muy duro, exigía la conversión; san Juan se alejó de todo poder político, religioso y terrenal llegando a desenmascarar la hipocresía de los poderosos. Encarcelado, perseguido y decapitado, fue capaz de testificar la alegría que habitaba en su corazón y cuando se le preguntó «¿Quién eres tú?» no expresó su misión o la autoridad que había recibido de Jesús sino que prefirió expresar lo que no era: «No soy el Cristo, soy solo la voz de Aquel que llora en el desierto». ¡Qué manera tan hermosa, profunda y sencilla de preparar el camino del Señor!
San Juan Bautista solo desea que miremos a Jesús. Es el testigo de la Buena Nueva, de la novedad del Evangelio revelada a los pequeños, testigo del poder del Amor gratuito de Dios que se revelará en la debilidad, testigo de los caminos y los designios de Dios que tantas veces no coinciden con los nuestros.
Pero sobre todo ¡nos enseña a ser testigos de Cristo! El testimonio auténtico no llama la atención del que testimonio sino de Aquel a quien testifica, que es Jesús. ¡El que atestigua a Jesús no se preocupa de su éxito personal, del número de personas que logra alcanzar, sino de cómo en el silencio hacer llegar el mensaje de Jesús!
El día de hoy es un invitación a ser testigo auténtico de Cristo. A cuidar mi relación personal y de intimidad con la persona de Jesús. Procurar permanecer en la alegría de su amistad. Tratar de impregnar la palabra de Jesús, por el Evangelio, para que mis palabras, mis gestos y mi fe se hagan eco del eco que nos rodea.
Es un día para que el ejemplo y la vida de oración de san Juan me ayuden a ser fiel testigo, amigo y siervo de Jesús.

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¡Señor, abre mi corazón para que como tu fiel amigo, servidor y profeta san Juan sea capaz de predicar en mi entorno la Verdad que eres Tu! ¡Ayúdame, Señor, a ser testimonio de justicia, de amor, de entrega, de fe, de esperanza como fue tu amigo an Juan! ¡Que no me avergüence nunca anunciar tu Reino! ¡Envía tu Espíritu para que me de la fuerza y el valor para vencer aquello que me pueda parar de anunciar tu Reino y que me otorgue la sabiduría para saber llegar a los demás! ¡Señor, concédeme la humildad que caracterizaba a san Juan Bautista y la fidelidad para cumplir siempre tu voluntad, la sencillez para actuar acorde con los preceptos de Dios, para desaparecer a los ojos del mundo para que solo resaltes tu, para abrir caminos para que tu puedas aparecer en los que me rodean y quienes te conozcan se llenen de Ti! ¡Señor, hazme un cristiano abierto plenamente al amor, la misericordia, al esfuerzo y la verdad! ¡Que no me atemoricen, Señor, los problemas y las dificultades y como san Juan Bautista hazme firme en mis convicciones y mis principios aunque su defensa conlleve sacrificios por Ti! ¡Señor, como san Juan Bautista, hazme penitente, morificado, recogido, contemplativo y silencioso interiormente para desde el interior darme más a Ti y a los demás!

¡Sagrado Corazón de Jesús en vos confío!

Christ unser Herr zum Jordan kam, BWV 7 (Cristo, nuestro Señor, vino al Jordán) soberbia cantata de Bach que nos sirve para conmemorar musicalmente este festividad:

¡La santidad no espera!

Vivimos en la era de Pentecostés. Es una ahora y siempre porque el Espíritu Sano no deja nunca de soplar. El Espíritu Santo santifica nuestra vida, la vivifica, la renueva y la empuja. Lo hace porque nos quiere santos y, sobre todo, porque ¡la santidad no espera!
Observas a los apóstoles el día después de Pentecostés e iniciaron su misión inmediatamente. Cuando San Pedro se encontraba prisionero en la cárcel, el ángel del Señor se le apareció repentinamente y, rodeado de una luz que resplandecía en el calabozo, le indicó: «¡Levántate rápido!». Y eso hizo Pedro.
Siento así que no tengo más remedio que levantarme a toda prisa, que no puedo esperar. Que depende de mi seguir el ritmo que me marca el Señor; la orden del ángel es clara y precisa: levantarse inmediatamente y actuar. Con esa orden, el Ángel recuerda que el Señor está allí y que su fidelidad es permanente.
Siento que este es mi deber y que esta debe ser mi vocación, a pesar de mis imperfecciones, defectos y debilidades: la santidad. La santidad es lo que el Señor pide y espera de cada uno de nosotros.
Por eso quiero inscribirme en la carrera de santidad, como hicieron los apóstoles, los discípulos y todos los santos. Es hora de entregarme radicalmente a la gracia que me lleva a proclamar con alegría las maravillas de Dios.
El Espíritu Santo se nos da para que cada uno renazca a la vida, para que todo en nosotros sea grandioso porque el mismo Dios es grande y el Espíritu viene de Él.
Pero obviamente esto no resulta sencillo pero la santidad, que es un don del Espíritu, la puedo ir adquiriendo diariamente, siendo fiel en las pequeñas cosas, como lo soy, donde Dios me ha ubicado.
Soy consciente de que vivo en la era de Pentecostés por eso quiero dejarme moldear por Dios y ser vivificado por el Espíritu Santo. Deseo hacerlo así porque la santidad no espera. ¡Es hora de levantarse rápido y actuar!

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¡Espíritu Santo, don de Dios, que todo lo iluminas y que habitas en mi corazón, amanece cada día en mi vida y manifiesta en mi el poder, la ternura, el amor y la misericordia de Dios! ¡Espíritu divino, dador de vida, hazme fuerte en la fe y ayúdame a comulgar en tu divinidad! ¡Espíritu Santo, espíritu de verdad y sabiduría, concédeme la gracia de vivir sintiendo en cada instante tu presencia; en las alegrías y las tristezas, en los cansancios del día y en los esfuerzos de la jornada, en las certidumbres y en las dudas, en los trabajos y en los descansos! ¡Espíritu Santo, espíritu de caridad y gozo, hazme una persona dócil a la voluntad de Dios, predispuesta al servicio y a la entrega generosa! ¡Espíritu Santo, espíritu de paz y paciencia, dame el don de ser paciente y aceptar siempre lo que Dios provea para mí! ¡Espíritu Santo, espíritu de santidad y justicia, concédeme la gracia de caminar cada día hacia la santidad personal manifestándolo en mi familia, en mi trabajo, con mis amigos y en cualquier lugar donde se haga presente mi persona! ¡Espíritu Santo, espíritu de bondad,  no permitas que caiga en tentación y líbrame de los miedos, la desconfianza y la autosuficiencia! ¡Espíritu Santo, espíritu de amor, llévame siempre a amar al prójimo con tu mismo amor! ¡Espíritu Santo, espíritu de acción, conviérteme en una auténtico discípulo de Jesús, transmisor de su Palabra, discípulo de su verdad, testimonio de su amor! ¡Espíritu Santo, que habitas en mí, aviva en mi corazón el deseo de darme a los demás y consagra cada una de mis palabras, gestos y sentimientos y hazlos semejantes a los de Jesús!

Canción de santidad, con Juan Luis Guerra para interiorizar nuestro camino de vida:

¿De qué manera traiciono yo a Jesús?

Jesús, en el momento de «pasar de este mundo al Padre», y durante su última cena con los discípulos, se estremeció profundamente.
Antes de hablar de traición, de negación, Jesús muestra su serenidad socavada. Jesús sufrió mucho pero el mayor de sus sufrimientos no fue el de la flagelación, la coronación de espinas, la carga de la cruz, su agonía, la muerte en la Cruz. Fue el de la traición.
Judas —aquel al que daré el bocado que voy a mojar en el plato— le vendió por treinta míseras monedas de plata. Pedro, uno de sus amigos, al que había depositado la roca sobre la que edificará su Iglesia le negó tres veces antes de que cantara el gallo. Del resto de los discípulos, excepto Juan, nada se sabe durante la Pasión. ¿No es en estos tiempos, entonces, cuando más sufrió?
La traición, el abandono, el desaparecer tiene lugar entre el círculo más íntimo, el de los amigos, esos que durante tres años le han conocido y han tenido acceso a la intimidad de su corazón.
Jesús sabía que eso ocurriría. Sabe que ocurre también conmigo. Pudo haberlo evitado pero no lo hizo. Por el contrario, trató el episodio de Judas con tanta discreción que ninguno de sus discípulos se dio cuenta. Pedro no se imaginaba a sí mismo cayendo tan bajo pues de él solo escuchamos que estaba dispuesto a dar su vida por Jesús. Cuando Judas salió del cenáculo era oscuro. Es la oscuridad de la traición que tantas veces sometemos a Cristo. Hay sufrimientos que duelen tanto que preferimos guardarlos en lo oscuro de nuestro interior pero la Palabra nos da la luz y la Eucaristía y la vida de sacramentos nos iluminan.
¿De qué manera traiciono yo a Jesús? Cuando rompo unilateralmente esa relación de amor, amistad y fidelidad con Él porque la traición solo se produce cuando hay estima por medio.
Traiciono a Jesús cuando me lleno de oraciones pero en realidad no lo busco ni lo trato de llevar en mi corazón.
Traiciono a Jesús cuando lo solo acudo a él interesadamente para pedir que solucione mis problemas pero lo olvido cuando todo me va bien.
Traiciono a Jesús cuando le prometo me fidelidad pero olvido esas promesas cuando las cosas se han solucionado.
Traiciono a Jesús cuando lleno mi vida de tiempo, actividades, relaciones pero no tengo al día ni un minuto para Él.
Traiciono a Jesús cuando no soy capaz de verlo en el rostro atribulado del hermano que requiere mi atención y le vuelvo la espalda para no verme obligado a atenderlo.
Traiciono a Jesus cuando mi vida, mis palabras, mis pensamientos, mis acciones dicen lo contrario a lo que realmente predico en su nombre.
Traiciono a Jesús cuando proyecto mis mezquindades en nombre de Jesús.
Traiciono a Jesús cuando me hago llamar cristiano pero no permito que entre en mi corazón y transforme mi interior.
Traiciono a Jesús cuando no soy capaz de mostrar el rostro de la misericordia que ha tenido conmigo y ser misericordioso con los demás y tener entrañas de misericordia.
¡Señor que frágil soy y qué facilidad para entregarte! ¡Quiero apoyar toda mi fidelidad en ti, solamente en ti y tener la valentía de confesar todas mis debilidades en la transparencia de tu verdad!

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¿Cuántas veces te he traicionado, Señor? ¿Cuántas veces te he sido infiel, te he dejado solo, he antepuesto mis intereses a los tuyos? ¿Cuántas veces te he traicionado en uno de mis hermanos, amigos, compañeros? ¡Señor, reconozco mi condición humana y mis debilidades, confieso que te he negado como san Pedro tres veces, te confieso mi condición de pecador, de creerme seguro en mi fidelidad hacia Ti, en no contar con mis debilidades por mi autosuficiencia y mi soberbia, pero quiero ser transparencia tuya en medio del mundo! ¡Quiero, Señor, que lleno del Espíritu Santo que viene en mi ayuda no traicionarte con mis palabras, ni con mis gestos ni con mis acciones! ¡Quiero, Señor, abrir los ojos que iluminan mi corazón para ver la realidad desde el prisma de Dios y no el mío tan mundano! ¡Quiero ser persona de espíritu abierto, fiel, que viva según el Espíritu para realizar las obras según el Espíritu que es lo que Dios desea para mí! ¡No permitas, Señor, que me abone al conformismo, a acomodarme a lo fácil, al no arriesgar, a vivir sin confianza, a encerrarme en mi mismo, a no ser testigo de tu verdad, abierto siempre a la acción del Espíritu en mi! ¡Señor, no permitas que mi interés sea solo por lo material y no por lo espiritual, a estar interesado por lo que tu me enseñas, no dejes que el Evangelio sea un medio para mi propio fin personal y orgulloso! ¡Tu me conoces, Señor, hazme un cristiano comprometido con tu verdad, ayúdame a ser como Tu, no permitas que falte a tu confianza! ¡No permitas que nunca me aleje de Ti! ¡Ayúdame a ser más humilde y desde la humildad aprender a valorar la confianza que tienes en mi!

Perdona, Señor, mi culpa y mi pecado:

Condenado por mis pecados

Siento con profundo dolor cuando el Sumo Sacerdote condena a Jesús porque «¡Ha blasfemado!». Desde mucho antes intentan condenarlo. El momento de la resurrección de Lázaro es el culmen final. Y se les presenta la gran ocasión con las treinta monedas de plata que demanda Judas. ¡Qué pocas monedas para tan grande traición!
Presentan falsos testimonios, y Jesús calla. Le abofetean y Jesús calla. Le insultan y escupen, y Jesús calla. Le conjuran para que diga que es Cristo, el Hijo de Dios y Él, con toda la dignidad de Rey, susurra: «¡Tu lo has dicho!». No son necesarios más testigos. Es la frase que necesitan para condenarlo a muerte. El teatro que se organiza en torno a Jesús sirve para que el Sumo Sacerdote se rasgue las vestiduras y tenga un motivo para declarar sacrílegas aquellas palabras.
Siento profunda culpabilidad y desazón por esta situación que vive Jesús. Soy consciente que, al igual que carga con la Cruz por mis pecados, es prendido y condenado por ellos. Mis miserias humanas, mis connivencias con el mal y mis pecados —y los de la humanidad entera— son la causa del proceso a Jesús.
¡Que soledad la de Jesucristo! Tanto que le aclamo cada día, que le declaro mi fidelidad y mi amor, tanto y yo soy participante de su condena. Soy uno de los que están ahí presentes en el sanedrín escuchando como lo odian, le pegan, le insultan, le desprecian.
«¡Reo de muerte!». Es lo que gritan con Jesús. Y lo grito yo también porque mis pecados son parte de esta condena.
Y mi beso en la mejilla, como el de Judas, también forma parte de esta trama. Como los gritos de tantos que se agolpan en las calles para ver como se lo llevan a Herodes y a Pilatos, entre golpes y empujones. Mis traiciones a Él también forman parte de esta escena.
Todo este proceso antes de que comience su via crucis me sirve para analizar mi propia vida, el por qué tantas de mis actitudes han sido motivo para el prendimiento de Cristo, su proceso de condenación y la causa de su muerte. Y siento profundamente la necesidad de reparar mis culpas, limpiar mi interior, purificarme por medio del sacramento de la reconciliación y hacer una buena confesión para adentrarme en la Semana de Pasión con el corazón puro, limpio, lleno de amor liberado de mis pasiones, de mis egoísmos, de mi soberbia, de mis intereses, de mi yo, de todas esas actitudes que llevan el sello de mis pecados y son causa del martirio de Jesús. Y hacerlo para mirar la Pasión de Jesús con otros ojos, con otra visión sabiendo que, pese a todo, en su soledad, Jesús me ama y cruza su mirada conmigo para perdonarme siempre.
¡Anhelo la santidad, quiero la amistad de Jesús, la gracia que viene del Espíritu para no ser motivo de sus padecimientos! ¡Quiero entrar en la Semana Santa con un corazón nuevo que se ha ido transformando en esta Cuaresma que está a punto de terminar! ¡Jesús, que no me acostumbre a verte crucificado!

 

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¡Señor, te pido perdón por mis faltas y mis traiciones que son causa de tu prendimiento y de tu injusta condena a morir en la cruz! ¡Quiero encontrarme limpio de corazón esta Semana Santa! ¡Necesito, Señor, que me perdones mis pecados y tantos abandonos! ¡Te contemplo en la cruz, veo tus padecimientos, tu flagelación, los insultos que recibes, los golpes que te propinan, el desprecio con el que te tratan y soy consciente de que cada uno tiene la impronta de mi comportamiento! ¡Perdona, Señor, por el trato que te doy y te doy gracias porque aún así sigues amándome cuando a mí me cuesta amar tanto al prójimo! ¡Señor, hazme consciente de mi miseria y mi pequeñez! ¡No permitas que la soberbia y la autosuficiencia me venza, que cada vez que contemple la cruz sea conscientes de que has muerto por mi! ¡Concédeme la gracia, Señor, de avanzar cada día un poco más en el camino de la santidad soñada de la que tan lejano estoy y no permitas que continúe siendo el motivo de todos tus sufrimientos! ¡Dame la gracia, Señor, por medio de tu Santo Espíritu, de aborrecer el pecado y de luchar cada día para ser testimonio de tu verdad!

Victimae Paschali Laudes, música de Wipo of Borgoña para acompañar la meditación de hoy:

La negación de Pedro, reflejo de mis propias cobardías

Aunque Jesús advierte a Pedro que, en su última noche, le negará tres veces antes de que el gallo cante dos veces, Pedro le insiste en su fidelidad. Resulta sencillo censurar la actitud de Pedro que, en el momento de la verdad, abandona al Señor.
La huida del apóstol es el reflejo de nuestras propias cobardías; los cristianos abandonamos a Jesús cuando la tentación merodea por nuestra alma, cuando los miedos nos embargan, cuando los malos hábitos nos vencen, cuando nos acometen los deseos pecaminosos, cuando faltamos a la caridad con el prójimo…es una paradoja de nuestra debilidad porque, habitualmente, nos preciamos de la fortaleza de nuestras convicciones y nuestros valores.
La lección de Pedro es que, tras su negación, la tristeza le embarga y llega un profundo arrepentimiento. Consciente de su abandono, Pedro llora. Llora desconsolado, en canal, derramando lágrimas que purifican su debilidad. Jesús ya la conocía, como conoce la mía y, aún así —¡que paradoja la de Cristo!— sigue confiando en mi y cuenta conmigo como hizo con el resto de los apóstoles. Incluso esperaba de Judas su arrepentimiento para abrazarlo con amor. Pero Dios otorga al hombre la libertad interior para tomar el camino del bien o de la maldad.
Desde la crucifixión de Jesús los once apóstoles permanecerán agazapados, escondidos, con el peso de la culpa en el alma, con el corazón compungido por su falta de confianza, con el sentimiento de abandono en el interior, con la esperanza nublada. Su debilidad es patente… hasta la llegada del Espíritu Santo.
Dios emplea instrumentos inútiles para su obra santa, elementos quebradizos que puedan ser enderezados, almas débiles que puedan ser fortalecidas… pide que este abandono se restaure con la oración, con la vida de sacramentos, con una vida interior recia que venza las tentaciones y detenga las desviaciones del alma, con una entrega sin límite a Él y al prójimo.
Los once apóstoles prefiguran la imagen de cada hombre. De mi propia vida. Al igual que el fariseo, o el ciego o el paralítico sanados por el Señor, o las hermanas de Lázaro, o la mujer cananea o el centurión romano son imagen de nuestra imagen Jesús quiere obtener de cada situación un bien para nuestra vida.
¿Quién no se ha hecho grandes propósitos, quién no ha prometido fidelidad a Jesús y le ha abandonado a las primeras de cambio, quién no se ha comprometido con su Evangelio y es vencido por las tentaciones del demonio, quién no se ahoga en los miedos y en las incertezas, quién no cae una y otra vez en la misma piedra?
Pero siempre hay un camino de Emaús en nuestra vida. Un alejarse desmotivado por los acontecimientos vividos y un reconocer de repente a Cristo caminando a la vera del camino. Siempre hay una mano de Cristo que salva, una palabra suya que te reconforta, una ayuda para levantarte cuando has caído. A Cristo no le importa que le niegue tres veces, lo que de verdad le importa es que reconozca con tristeza que le he abandonado, que me reconozca pecador arrepentido y retorne a la casa del Padre con el corazón abierto esperando su abrazo lleno de amor y de misericordia con la profunda convicción de cambiar mi corazón y mis actitudes.

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¡Señor, no permitas que haga como hizo inicialmente san Pedro que te siguió de lejos sin comprometerse! ¡Hazme entender, Señor, que al igual que san Pedro posteriormente solo es posible seguirte manteniéndome cerca de Ti sin miedo a las consecuencias! ¡No permitas que mi cobardía me aleje de Ti; basta con tu mirada de amor, la misma que lanzaste a Pedro, para rebajar mis miedos y arrepentirme de mis abandonos constantes! ¡Ayúdame, Señor, por medio de tu Espíritu a levantarme cada vez que caigo, a no aislarme en mi yo cuando la culpa y la tristeza me embarguen por mis faltas, a acudir a ti en el sacramento de la reconciliación para limpiar mis culpas, a creer siempre en tu Palabra! ¡Señor, por medio de tu Santo Espíritu, no permitas que me obstine en el gozo del pecado, no permitas que ame más las tinieblas que la luz, no permitas que me acomode en mis faltas; que cada vez que falle mi arrepentimiento vaya unido a la tristeza por haberte ofendido! ¡Dame el firme propósito de no volver a pecar, de dejar lo malo que hay en mi y tratar siempre de hacer el bien, de someter mi voluntad a la voluntad de Dios! ¡Ayúdame a cambiar el corazón, a cambiar mi voluntad, a cambiar mis sentimientos, a cambiar mi actitud hacia el pecado, a que los frutos de mi arrepentimiento me acerquen más a Ti y a los demás!

Domine Exaudie, con Giovanni Gabrielli, en esta obra para la cuaresma:

El Getsemaní interior

Como Jesús también uno acude regularmente a ese lugar llamado Getsemaní, ese lugar en que Él se encontraba con el Padre. Un lugar para orar ante las situaciones difíciles en las que necesitas una especial comunión con Dios.
Jesús tomó consigo a Pedro, a Santiago y a Juan y comenzó a entristecerse y angustiarse. Estaba triste, sintiendo una tristeza mortal. Les invita a permanecer allí y a no dormirse. La situación se estaba volviendo cada vez más difícil, como nos sucede tantas veces a nosotros, cuando el panorama se ennegrece y no vemos la luz al final del túnel.
Jesús se postró en tierra y oraba para que no tuviera que vivir aquel calvario siendo consciente de que por encima está la voluntad del Padre.
Jesús abría su corazón en presencia de Dios consciente de que Él tiene para cada uno un plan, un propósito y que lo importante es cumplir esa voluntad en la propia vida.
La respuesta de Dios pasó por encima de la voluntad de Cristo. Pero como las victorias se alcanzan con la oración, Dios le permitió a Jesús soportar la prueba porque Dios está siempre con el hombre en medio de la dificultad para sostenerlo y ayudarlo.
Después de esa oración intensa, profunda y dolorosa Jesús se encontró a los discípulos dormidos. En el momento más complicado de su vida, en el sufrimiento más intenso, en la hora de la verdad, en la soledad más grande Jesús contaba solo con la presencia del Padre y el soplo del Espíritu.
Todos, detrás de nuestras máscaras, de nuestras aparentes alegrías, de nuestras sonrisas de dentífrico, de nuestro mostrarnos como triunfadores tenemos nuestro propio Getsemaní interior en forma preocupación, de desengaño, de desencuentro, de dolor que vivimos sin poder comunicar. Y estamos anestesiados por ese dolor que duerme en nuestro corazón.
Pero como Cristo en Getsemaní no estamos solos. La oración nos sostiene, el amor del Padre nos sostiene, el soplo del Espíritu nos sostiene, la esperanza nos sostiene.
Cuando uno tiene un Getsemaní donde acudir para entregar sus cargas al Padre y tiene que enfrentarte a cargas difíciles que soportar cuenta con la oración de entrega al Padre. Es una plegaria que te permite orar sin desfallecer, orar para amar lo que Dios te envía. Dios la toma con sus manos y en su fidelidad ofrece una salida.
Cuando reflexionas sobre tu propio Getsemaní comprendes cual es tu misión, llevar como Cristo tu sufrimiento y tu pobreza transformándola según la voluntad de Dios. Es la manera de abrir las puertas del cielo, esas puertas que tantas veces uno cierra a Dios en su corazón.

Getsémani n°3 (81x65)

¡Señor, quiero permanecer despierto contigo en el huerto de los olivos! ¡Quiero, Señor, entrar en comunión contigo en estas horas que todo se pone a prueba y el sufrimiento es tan tremendo! ¡Quiero unirme a Ti, Señor, en espíritu y en oración para ser capaz de comprender la grandeza de tu amor! ¡Necesito, Señor, que limpies mi corazón para que sea capaz de ver tu rostro afligido! ¡Quiero, Señor, sentirme cerca de Ti para velar contigo, para sentir tu amor, para amarte más, para aprender a sufrir, para alabar a Dios, para agradecer tantas cosas buenas que me suceden y comprender aquellas que no entiendo, para suplicar la voluntad del Padre, para escuchar el susurro del Espíritu, para no decir nada simplemente acompañándote! ¡Toca, Señor, ligeramente mi pobre corazón y llénalo de vida! ¡Te pido también, Señor, perdón porque no estuve en Getsemaní! ¡Soy de los que con frecuencia te abandonan, de los que les cuesta tomar decisiones, de los que la debilidad agrieta su vida, de los que no encuentran respuestas, de los que buscan y se tornan tristes si no encuentran, de los que la tentación les hace desertar, de los que a veces esperan de la oración y desesperan cuando no hay respuesta a sus palabras, de los que fracasan con frecuencia! ¡Pero hoy quiero mirarte, Jesús, sentarme a tu lado en Getsemaní, rezar contigo, acompañarte, arroparte, cuidarte! ¡No permitas que el miedo me aleje de Ti!

En mi Getsemani, cantamos hoy:

Junto a María en el Adviento

Primer sábado de diciembre con María, Señora de la espera, en el corazón. Mañana comienza el Adviento, el tiempo que dedicamos los cristianos a la preparación para la venida de Cristo. ¡Y qué mejor manera de hacerlo que acompañados de María pues Ella, mejor que nadie, comprendió el significado de la espera paciente, humilde y esperanzada de la llegada de su Hijo!
Es Ella la que te enseña que Jesús permanece cerca del que le abre sinceramente el corazón, que permanece fiel a Él, el que le da un «sí» sin contemplaciones, el que acepta y se entrega a los planes de Dios. Eso es lo que hizo María convirtiendo su embarazo en una espera de amor inefable. María recibió en su seno a Jesús con su amoroso «hágase en mí según tu Palabra». Es el Adviento de María, la Virgen que te enseña a ser fiel a Jesús y a su Evangelio.
En esta antesala del Adviento, la figura de María recobra una gran relevancia porque hace posible entender cuál debe ser el papel de mi autenticidad cristiana en este tiempo de apertura a Dios y de alegría en la espera. El como vivir el adviento en mi propia vida.
María te enseña a darle al Señor un «sí» basado en la confianza, abierto al amor de Dios y al verdad del Evangelio. Te invita a la humilde escucha para aplicar en la propia vida la Buena Nueva de Cristo. Promueve la proclamación de la grandeza de Dios y su misericordia para ser conscientes de la importancia de dar y recibir con el corazón abierto. Te hace comprender la necesidad de vivir la caridad, la fraternidad y la comprensión del otro con grandes dosis de ternura —la de María, una ternura de Madre— para acogerlo con amor sin juzgarlo ni criticarlo y encontrar en él los mejores valores y virtudes. Te lleva a vivir una vida más contemplativa, más orante, más meditativa, para poder como Ella guardar en lo íntimo del corazón los misterios de Dios y los susurros del Espíritu. Te permite comprender que es en la cruz donde se sustenta el amor y que en el sufrimiento puede haber también mucho amor y mucha felicidad. Te acerca al descendimiento del yo para que, olvidándote de mi mismo, puedas darte a los demás siendo cercano a sus necesidades y sus anhelos. Te invita a proclamar el Magnificat cotidiano en tu vida alejándote de actitudes soberbias y orgullosas y dando paso a la humildad y a la sencillez, yendo al encuentro de los que más lo necesitan. Te ayuda a vivir con moderación y sobriedad estos días en que el consumismo lo invade todo tratando de compartir los bienes que Dios nos ha dado con aquellos que más lo necesitan.
Este es para mí el mensaje de María en este adviento. Convertirme en hijo de Dios por medio de la fe y de la espera, una espera alentada por el anuncio de la salvación. Una espera desde la pequeñez de mi vida sostenida por la fuerza del Espíritu, la amistad con Cristo, el compromiso con Dios y la compañía de María de la que en estos días puedo tomar sus mismas actitudes de confianza, agradecimiento, humildad y aceptación de la voluntad divina. ¡Feliz adviento a todos los lectores de estas meditaciones!

orar con el corazon abierto

¡María, quiero convertirme en un auténtico hijo de la espera, que lo espere todo de Dios con la valentía de la fe y la certeza de la esperanza! ¡María, concédeme la gracia de entrar en el misterio del amor, de la esperanza, de la paz del corazón y la alabanza para cantar con tu misma voz la grandeza de Dios que nos envía a tu Hijo! ¡Quiero seguir, María, tu ejemplo en la espera; que seas Tu mi modelo; ayúdame a prepararme vigilante en la oración y alegre en la esperanza para salir al encuentro de Tu Hijo! ¡Ayúdame a preparar el corazón para recibir las manifestaciones de su presencia en mi vida y acoger con alegría todas las gracias que Él quiera darme! ¡Predispón, María, mi corazón a la gracia del Espíritu para acoger con mi a ese Niño Dios que espera y ansía el encuentro conmigo! ¡Dame un corazón semejante al tuyo, María, para gozar de esa fe, esperanza y caridad que residen en tu corazón inmaculado! ¡Dame tu misma fe ejemplar, María, para creer con firmeza las verdades reveladas por Dios y ser capaz de responder a su llamada! ¡Permíteme pronunciar contigo, María, las palabras que dijiste al ángel, y estar así lleno de gracia para recibir a Jesús en esta Navidad y comprender el gran privilegio de acoger en mi vida los planes de Dios! ¡Concédeme la gracia de aprender de tu humildad y obediencia y ayúdame a confiar por completo en la palabra de Dios! ¡Ayúdame a crecer en el don de la escucha, del acogimiento, del meditar en lo profundo del corazón para dar frutos abundantes como pide tu Hijo! ¡Concédeme el don de la disponibilidad y la prontitud para acoger las cosas de Dios, comprometerme con Él,  abrirme a su infinita bondad y permitir que Jesús nazca en mi corazón, en mi familia, en mi trabajo, entre mis amigos y en mi comunidad eclesial!

Del maestro Johannes Ockeghem propongo escuchar esta hermosa antífona mariana Alma Redemptoris Mater, a 4 voces para el tiempo de Adviento: