Ser del mundo pero sin ser del mundo

Hoy, vigilia de la Asunción de María, se celebra a la festividad de un gran santo mariano, San Maximiliano Kolbe, sacerdote de la orden de los frailes menores conventuales, que murió mártir un día como hoy de 1941 en el campo de concentración nazi de Auschwitz al ofrecer su vida a cambio de la de Franciszek Gajowniczek, padre de familia condenado a muerte.
San Maximiliano había fundado en 1917 la Milicia de la Inmaculada, a la que se consagró para luchar con todos los medios por la construcción del Reino de Dios en todo el mundo.
Siento un gran afecto por este santo contemporáneo. Maximiliano Kolbe nos presenta tres buenas maneras de luchar contra el totalitarismo que con letal fuerza se esparce sobre nuestra sociedades: la fortaleza de la oración y, de manera especial, la oración mariana; la intransigencia ante cualquier sistema de dictadura —sobre todo la moral que con tanta virulencia lo destruye todo— y, finalmente, el regalo de uno mismo hasta las últimas consecuencias.
¿Qué elementos de la vida de san Maximiliano me pueden ayudar a vivir en los tiempos que vivimos? Luchar denodadamente contra la oscuridad y la tentación de la desesperación por un don gozoso de darse uno mismo, renovar cada mañana el compromiso con el Señor en la oración, evitar el riesgo de convertirse en un fariseos en un mundo que necesita testimonios cristianos auténticos, saber darse a otros con nuestra propia vida, con nuestro tiempo, con nuestra palabra, con nuestra sonrisa, con nuestra compañía, con nuestra ayuda, con nuestras facultades…
Pero también no dejarse invadir por las ideologías de moda imperantes que, de manera perniciosa, fomentadas desde los diferentes medios de comunicación, se inoculan en nuestro interior y tratan de destrozar nuestras creencias y valores y nos ofrecen vivir como el resto del mundo. Maximiliano Kolbe te enseñan a ser del mundo pero real, auténtico y decidido y no de cartón piedra como desean los promotores del pensamiento único!. Ser con orgullo y honra, simplemente católicos en el mundo sin dejarse vencer por las modas del mundo.
Y, finalmente, fortalecer cada día la confianza en la Virgen María. Escribió san Maximiliano: «Inmaculada, Reina del cielo y de la tierra, refugio de los pecadores y Madre amorosa a la que Dios ha querido confiar a toda la Orden de la Merced, aquí en los pies; yo pobre pecador, te ruego, aceptes todo mi ser como tu bien y tu propiedad, que se haga en mí según tu voluntad en mi alma y en mi cuerpo, en mi vida, en mi muerte y en mi eternidad». Pues con tantas limitaciones personales, que así sea también en mi vida.

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Y que mejor oración hoy que la Consagración a la Inmaculada compuesta por este santo polaco:

Oh Inmaculada, reina del cielo y de la tierra,
refugio de los pecadores y Madre nuestra amorosa,
a quien Dios confió la economía de la misericordia.
Yo… pecador indigno, me postro ante ti,
suplicando que aceptes todo mi ser como cosa y
posesión tuya.
A ti, Oh Madre, ofrezco todas las dificultades
de mi alma y mi cuerpo, toda la vida, muerte y eternidad.
Dispón también, si lo deseas, de todo mi ser,
sin ninguna reserva, para cumplir lo que de ti ha sido dicho:
“Ella te aplastará la cabeza” (Gen 3:15), y también:
“Tú has derrotado todas las herejías en el mundo”.
Haz que en tus manos purísimas y misericordiosas
me convierta en instrumento útil para introducir
y aumentar tu gloria en tantas almas tibias e indiferentes,
y de este modo, aumento en cuanto sea posible el bienaventurado
Reino del Sagrado Corazón de Jesús.
Donde tú entras oh Inmaculada, obtienes la gracia
de la conversión y la santificación, ya que toda gracia
que fluye del Corazón de Jesús para nosotros,
nos llega a través de tus manos”.
Ayúdame a alabarte, oh Virgen Santa
y dame fuerza contra tus enemigos.

¡Que mis debilidades sean vencidas por la fuerza del Espíritu!

Mis pasos se dirigen emocionados hacia Pentecostés recordando sin embargo la cobardía de los apóstoles, que representa tantas veces mi propia cobardía. La noche del Jueves Santo, el día de la institución de la Eucaristía, huyeron despavoridos en cuanto vinieron mal dadas. Dejaron solo al Señor. Uno lo traicionó y otro, que le había jurado lealtad, le negó hasta tres veces. De los otros nada dicen los Evangelios.
Algo cambió el día de Pentecostés. Aquella noche el fuego del Espíritu se derramó sobre ellos. El miedo y el temor desapareció de su corazón, no temían ser perseguidos ni ser reconocidos seguidores de Cristo. Se convirtieron en testimonios de fe y de las enseñanzas de Jesús, del mismo que habían abandonado dejándolo morir en la Cruz.
Cuando uno canta el himno Veni Creator Spiritus, compuesto en el siglo IX y con el que el papa León XIII consagró el siglo XX al Espíritu Santo, comprende lo que les sucedió a los apóstoles: «Enciende con tu luz nuestros sentidos; infunde tu amor en nuestros corazones; y con tu perpetuo auxilio, fortalece nuestra débil carne». Es la enseñanza viva de la fuerza que el Espíritu Santo tiene en la vida del ser humano. Ilumina tu camino, la razón de tu existencia, llena de voluntad el corazón y fortalece nuestra existencia. Se pide que el amor llene el corazón, que el cuerpo sane y que las debilidades sean vencidas con la fortaleza del Espíritu.
Los apóstoles —todos nosotros, en definitiva, seguidores de Cristo— combatieron con sus flaquezas y sus miedos. La actitud de los apóstoles certifica que con la compañía del Espíritu es más factible avanzar en los caminos tortuosos de la vida. Con el apoyo del Espíritu es más fácil seguir a Cristo, seguir la voluntad de Cristo, ser amigo de Cristo.
Este tiempo de Pascua es muy propicio para estar más sensibilizado con la presencia del Espíritu Santo en mi corazón, para ser consciente de mis flaquezas y debilidades y de cómo Dios, en su infinita misericordia, me sostiene con su amor.
Si Pentecostés es ese momento en que el Espíritu Santo nos fortalece para avanzar y proclamar el amor de Dios en el mundo, la Pascua a la luz del resucitado es este tiempo propicio para adentrarme en mi propio interior y vislumbrar aquello que debo transformar de mi interior para hacer más santa mi vida.

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¡Espíritu Santo, te presentante ante María y los apóstoles como unas llamas de fuego, calienta mi existencia con el calor tu amor! ¡Espíritu Santo, que eres viento que ruge en mi corazón, dirige mis pasos hacia la santidad y hacia donde tus deseos quieran! ¡Espíritu Santo, que te presentas tantas veces como una brisa suave, dame la ocasión de respirar tus dones y tus gracias para renovarme interiormente! ¡Espíritu Santo, que vuelas con la libertad de una paloma conviérteme en una persona libre sin las ataduras del pecado! ¡Espíritu Santo, que en el bautismo me rociaste con el agua viva y me introdujiste a la Iglesia Santa de Dios, lávame de mi inmundicia interior para ir siempre con limpieza de corazón y de alma! ¡Espíritu Santo, cuyas llamaradas son luz que iluminan mis pasos, guíame siempre mis pasos! ¡Espíritu Santo que eres fuerza que sostiene, ayúdame a levantarme cada vez que caigo! ¡Espíritu Santo, que alimentas mi corazón y mi alma con tus siete dones no permitas que tu savia se seque en mi interior para darle siempre un sí decidido al Padre! ¡Espíritu Santo, que eres don y vida, dame la alegría de vivir acorde con las enseñanzas de Jesús! ¡Dame, Espíritu Santo, un corazón abierto a la verdad que está en Dios y no permitas que instale en mi propia verdad, en mi propia voluntad y en mis propias comodidades! ¡Dame siempre luz, Espíritu divino, para saber escuchar tus susurros de amor!

Veni Creator Spiritus, inspirador de esta meditación:

Fortaleza interior

Tercer sábado de septiembre con María en el corazón. María, la mujer que enseña la fortaleza interior. No me cuesta reconocer que en muchas ocasiones flaquea mi fortaleza interior. Medito hoy las tantas ocasiones que así ha sido y en el silencio surge de manera inevitable la figura de María en la vía dolorosa. En el camino de Jesús al Calvario se produce uno de los momentos más sobrecogedores en la vida de la Virgen pero, al mismo, tiempo de mayor hondura humana y espiritual. Es el encuentro con Su Hijo. Extenuado por el dolor y el peso de la Cruz —¡que carga tan grande llevar los pecados de la humanidad entera!— la mirada de Jesús y María se cruzan. ¡Que tremendos debieron ser aquellos breves momentos de intensa turbación!
En este instante la Virgen muestra una extraordinaria fortaleza interior. Es la fortaleza de quien tiene una profunda vida de oración, una fe firme y una confianza ciega en la voluntad de Dios. Es la consecuencia del sublime «sí» que corona a María con el título de Madre de Dios.
¡Y cuánto amor de Madre! ¡Cuánto amor a pesar de tener quebrado el corazón! ¡La Virgen ama tanto, su amor es tan puro y entregado, que puede más que el temor al sufrimiento extremo que va a vivir! ¡Es el amor lo que le permite sobrellevar la profecía de Simón de que una espada le traspasará el corazón!
En ese cruce de miradas hay mucho amor y mucha interioridad. Mucha fortaleza para proseguir con la dureza tremenda del vía Crucis de Jesús. Lo que uno ha de entender que ese viacrucis es también el suyo. El de cada día. El que te permite comprender que con fortaleza interior, con mucha oración, con mucha vida de sacramentos, con mucha fe y mucha confianza en Dios, no tiene sentido temer al sufrimiento porque en la cuesta de la vida, del calvario cotidiano, uno puede cruzar su mirada con María, esa mirada serena, amorosa, tierna y reconfortante. Esa mirada de Madre del consuelo que todo lo entiende. María busca al sufriente con ahínco. Basta con tener el deseo ardiente de encontrarla. Si Dios nos la entrega como Madre es para alcanzar de Ella el consuelo y la esperanza.
María es el ejemplo del valor de la fortaleza interior. Si uno lo piensa bien… ¡Qué fácil es al lado de María cargar cada día con las cruces cotidianas!

orar con el corazon abierto

¡María, Madre, ayúdame a ser un cristiano coherente, consciente de mi limitaciones y mis pobrezas pero al mismo tiempo firme en mis convicciones y en mis esperanzas! ¡Ayúdame, María, a crecer interiormente para no hundirme ante las dificultades que se presentan en la vida! ¡Ayúdame a aprender de Ti, a orar con confianza, a tener la humildad para descubrir que sin Tu Hijo Jesucristo no seré capaz de cargar con mis cruces cotidianas! ¡Me basta una mirada tuya, María, para recibir el consuelo que tantas veces me falta! ¡María, Madre del amor y de la esperanza, cuando las pruebas se presenten en mi vida o el dolor haga mella en mi corazón, hazme ver que son oportunidades que me envía Jesús para demostrarle lo mucho que le amo, que le soy fiel como le fuiste Tu, que no huyo como no huiste Tu, que estoy predispuesto a la prueba como lo estuviste Tu! ¡Haz mi fe firme y esperanzada, consecuente y valiente, como lo fue la tuya! ¡Que la dureza de la vida, María, no me aparte de Jesús sino al contrario que me haga cada vez más fuerte interiormente, me fortaleza como persona y, sobre todo, como cristiano! ¡Y que esa fortaleza que te pido, y le pido también al Espíritu Santo, me haga más amable, más servicial, más bondadoso, más entregado, más humano y más sensible! ¡Jesús, te suplico con el corazón abierto que seas tu siempre mi fortaleza, que seas mi sustento y que con solo mirarte a Ti, como te miró Tu Madre, camino del Calvario, sepa de tu sublime amor!

 

Meine Seele erhebt den Herrn (Proclama mi alma, la grandeza del Señor), frase que la Virgen pronunció con todas sus consecuencia en la fidelidad a Jesús:

Católicos en las catacumbas del siglo XXI

Me encuentro en Irán por motivos profesionales. Ayer domingo pude asistir a Misa en una minúscula iglesia católica. Las pequeñas comunidades armenias, caldeas y latinas gozan de libertad de culto pero en el ámbito privado y en los confines de los templos. Después de la Misa hay un pequeño ágape para compartir. Me quedo un rato pues tengo reuniones a las que asistir. Como extranjero me preguntan muchas cosas y todos se presentan. Un musulmán —funcionario del Estado— y su esposa pidieron el bautismo hace un año pero deben ocultar su conversión para evitar represalias en sus respectivos trabajos. Y porque la apostasía en el Islam a los ojos de muchos musulmanes merece el castigo de la muerte.
Encontraron la luz en la fe católica tras más de una década de reflexión. Y ahora son una especie de católicos en la catacumbas de la era digital. Se enamoraron perdidamente de la Eucaristía e iniciaron un camino repleto de dudas, incerteza y miedos. La inseguridad procedía de la posible pérdida de la seguridad económica familiar, el rechazo de sus más allegados, la sospecha de sus nuevos hermanos en la fe, el alejamiento de la que había sido su religión. A ella le costó más tiempo dar el paso entre sinsabores, dolores y muchas lágrimas. Pero aquellos interrogantes se disiparon con la fuerza del Espíritu. Se bautizaron un día de Pentecostés.
La pregunta que se hacían era muy simple: en el posible rechazo de su mundo a su conversión, ¿cómo iban a poder “salir” al mundo a predicar la Buena Nueva del Evangelio? Imposible en un país como Irán. Pero la respuesta era simple. Con la vivencia de su fe por medio del testimonio. Ellos han disfrutado, desde hace un año, de las bodas del Cordero, del Banquete eucarístico. Su crecimiento es a través de la oración y la vida de sacramentos; cimientan su fe con la lectura de la Palabra y el amor que ofrecen a los que tienen alrededor. Eso ya es de por sí un testimonio.
Alireza, como se llama este iraní converso, cuyo nombre se lo pusieron sus padres en honor del séptimo hijo del profeta Mahoma, me explica que cada mañana cuando se levanta le pide al Señor que le “aumente la fe”. “La fe es un don del Espíritu Santo; es mi deber y lo siento en el corazón que debo orar intensamente por vivir de acuerdo a ella; y sobre todo tener la fortaleza de no tener miedo, de no flaquear, de no dudar y cimentar mi fe sobre roca firme de la Iglesia a la que ahora pertenezco. Me resultará difícil por ahora llevarla a mis hermanos pero llegará un día que, gracias al Cristo resucitado, y al Espíritu que me da la perseverancia, podré ser transmisión de la Verdad”.
De esta pareja he aprendido algo hermoso: A Dios no se llega solo caminando; a Dios se llega amando. Cada minuto, cada día, cada semana, cada año. Y que cada uno de los días debe estar consagrado a Él.

orar con el corazon abierto

¡Señor, pongo en mi oración de hoy a los cristianos perseguidos en el mundo que avanzan con el testimonio de la fe y por amor a Ti! ¡Especialmente te pido hoy por los conversos al catolicismo en lugares tan hostiles a la fe católica! ¡Nos muestras, Señor, que todo lo que pidamos en Tu Nombre en la oración nos lo concederás! ¡Te confío, Señor, a todos los hombres y mujeres que resisten en situaciones difíciles por razón de la fe! ¡Ayúdales a permanecer firmes en estos tiempos de persecución y tribulación, dales la paz y la serenidad interior! ¡Ayúdales, Padre, a cumplir siempre tu voluntad con coraje y alegría! ¡A Ti María, Reina de la Paz, que viviste también la persecución y el exilio, te encomiendo a tus hijos de todos los países donde la Iglesia sufre persecución! ¡María, en Caná, le pediste a Jesús que llenara con vino la tinajas de agua! ¡A través de tu intercesión de Madre, transforma la vida de estas personas para que puedan vivir en paz y en armonía! ¡Y, Señor, con la fuerza del Espíritu Santo, aumenta mi fe! ¡Aumenta la fe de quienes me rodean! ¡Aumenta a la fe de la comunidad cristiana! ¡Aumenta la fe de los lectores de esta página! ¡Auméntanos la fe para crear un mundo mejor, más justo, más acorde con los valores evangélicos! ¡Muéstranos siempre el camino y toma la dirección de nuestras vidas para que tu voluntad nos inspire siempre lo mejor para nuestra vida y la vida de la sociedad en la que nos movemos! ¡Haznos ver, bajo la luz del Espíritu Santo, que la vida es amar, entregarse a los demás, en orar, en vivir la vida sacramental, en servir y trabajar! ¡Que cada minuto de nuestra vida esté centrado en hacer tu santa voluntad! ¡Ayúdanos a ser testimonio del Evangelio! ¡Hoy, Señor, pongo lo poco que soy, mi fragilidad y mi pequeñez en tus manos para que hagas de mi lo que desees! ¡Me comprometo, Señor, a abandonarme enteramente a Ti como hacen tantos en tantos lugares donde ser cristiano es un signo real de autenticidad! ¡Aumenta mi fe, Señor, y no dejes nunca vacilar!

Jaculatoria a María en el mes de mayo: María, mediadora de todas las gracias de Jesucristo, la majestad divina ordenó que todos sus bienes pasaran por tus santas manos benditas, cuida de los que peregrinamos de los que se hallan en peligros y ansiedad hasta que sean conducidos a la patria bienaventurada. 

Aumenta mi fe, es la canción seleccionada para acompañar esta reflexión:

Vaciarse para crecer

No me avergüenza reconocer que me entristece mi fragilidad humana cuando profundizo en ella. Es mi debilidad la que conmueve mi corazón cuando caigo siempre en la misma piedra o en los mismos errores de siempre y los excuso como parte de esa auto indulgencia tan propia del hombre que se lo perdona todo pero no pasa ni una a los demás. ¡Claro que me agradaría ser un santo heroico, un hombre de fortalezas inquebrantables vencedor de todo tipo de pruebas, alguien que confía siempre, que no teme a la voluntad de Dios, que no se turba ante los embates de la vida, sólido ante las críticas y consistente ante las dudas!
Pero no, reconozco que soy de barro. Me muevo en la línea fina entre la santidad y la mediocridad, entre la fortaleza y la debilidad, entre la victoria y el fracaso. Y, entre medio, con frecuentes caídas para volver a levantarme. Hoy, sin embargo, me viene a la imagen la figura de san Pedro, el hombre de las negaciones y el apóstol de la fortaleza. La primera roca sobre la que se edificó la Iglesia no pudo ser quien fue sin antes haber sido Simón, el pescador rudo, de carácter firme, apasionado, orgulloso y humilde al mismo tiempo, ardoroso e impulsivo. Y su figura me permite comprender cómo toda transformación interior es posible en el momento en que reconozco, asumo y acepto cuáles son las sombras de mi vida pero también esas luces que todo lo iluminan. Únicamente desde el reconocimiento de mi fragilidad y mi debilidad seré capaz de iniciar un proceso de crecimiento interior y tolerar mis debilidades y las fragilidades que veo en los otros y que, por mi soberbia o mi falta de caridad, puedo llegar a magnificar. Cuando me creo mejor, más bueno, con más hondura humana y espiritual, más superior a los demás, más intolerante me vuelvo y más necesito de la gracia misericordiosa de Dios.
El día que Simón Pedro se encontró con Cristo todo cambió en su vida. Comenzó un proceso interior y una transformación del corazón. San Pedro conocía cuáles eran sus limitaciones y era consciente de su propia humanidad; su auténtico «sí» se produjo en el momento en que comprendió quién debería ser. Su camino de transformación, como el de cualquier ser humano, fue un proceso que implica vaciamiento interior. Desprenderse de las conductas erróneas, de los comportamientos orgullosos y de las máscaras que todo lo envuelven.
San Pedro traicionó a Jesús, pero suplicó con su mirada de perdón la misericordia del Señor. Y, así me veo yo también hoy. Reconozco mi debilidad, me siento herido por mi propia fragilidad y aspiro a vencer con la ayuda de la gracia las flaquezas de mi humanidad. Vaciar mi interior de mi mismo, de mis egos y mis apegos para dejarle espacio a Dios, para llenarme de Él y para sea Él quien me posea. Renuncio a mi mismo, pero gano a Dios.

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¡Y eso es lo que deseo, Señor, llenarme de Ti, abrirme a la gracia! ¡Señor, quiero aprender hoy que vaciándome de mis egos, de mis comodidades y mis apegos crezco interiormente y no me hago más pequeño! ¡Señor, quiero encontrarte desde mi fragilidad y mi debilidad porque Tu me buscas siempre, llamas a mi puerta para entrar y muchas veces la encuentras cerrada! ¡Quiero hacerte, Señor, un espacio en mi corazón! ¡Ayúdame, Espíritu Santo, a tener el don de la sabiduría para descubrir que mi vida estará más llena cuando más cerca tenga al Señor! ¡Espíritu Santo, ayúdame a ser más indulgente conmigo y con los demás; Tú sabes lo mucho que me cuesta levantarme, aceptar mi fragilidad y los errores que cometo! ¡Ayúdame, Espíritu de Dios, a mantenerme firme y siempre fiel en los momentos de turbulencia y dificultad! ¡Ayúdame, Espíritu de Verdad, a que te deje actuar en mi vida, a ponerme en tus manos y en las de Dios, a aceptar siempre su voluntad; hazme ver que esto no es debilidad sino confianza! ¡Ayúdame, Espíritu Santo, a asumir siempre mis responsabilidades y adoptar siempre las mejores decisiones haciendo y pensando lo correcto, a no esconderme en la excusas fáciles y a no culpabilizar a los demás de las cosas que me suceden a mi! ¡Ayúdame a enfrentar la vida con valentía porque Tú eres mi fuerza y el poder está en Ti! ¡Y, perdóname, cuando caigo y no sé mantenerme firme! ¡No quiero fallarte, Señor, quiero ser auténtico y vivir en rectitud!

Fragilidad, con Sting, para hacernos conscientes de nuestra pequeñez:

La reunión del pan de vida

Me toca viajar en compañía de un profesional alejado de la Iglesia. Le digo que necesito una media hora para, abiertamente, dejarle claro que voy a asistir a Misa. Es una de las «reuniones» que tengo previstas para el día de hoy. Es la reunión del «Yo soy el pan de vida, el pan vivo que ha bajado del cielo. Quien coma de este pan vivirá para siempre».
Y arrodillado a los pies del sagrario, tras recibir a Cristo Eucaristía, me deleito palabra por palabra con las cuatro ideas que representan estas palabras de Cristo en mi vida.
Cuando el Señor me recuerda que «Yo soy», basta con fijar la mirada en Él desde el tragaluz de la fe que he tenido la gracia de recibir, ese regalo inmenso que me llena de vida, lo que me permite reconocer a Jesús como el Hijo de Dios que llena mi corazón porque representa el Amor, el Camino, la Verdad, la Vida, la Amistad, la Salvación, la Esperanza…
Cuando el Señor me recuerda que es el «Pan vivo bajado del cielo», no puedo más que dar gracias y alabarle pues se me ofrece como un manjar exquisito en el banquete de la vida donde todo rezuma amistad, confianza, abrazo, ilusión, compañerismo. ¡Tan humilde se convierte el Señor que se acerca a mi pobre corazón para invitarme con su Cuerpo y con su Sangre!
Cuando el Señor me recuerda que «quien coma de este pan vivirá para siempre», mi corazón se regocija porque me hace comprender la necesidad de dejar de un lado los placeres terrenales, tan efímeros, para centrarme en lo importante.
Sin embargo, ¡Cómo me gustaría, realmente, tener siempre el hambre de vivir en Él, de sumergirme de verdad en el misterio de Su Amor y de su Misericordia! ¡Y eso lo puedo hacer cada día compartiendo con Él en la Eucaristía ese pan y ese vino que se transforman en el cuerpo y la sangre del Señor! El problema radica en que, aun recibiendo al Señor cada día, sigo con mis malos humores, con mis enfados, con mi egoísmo, con mi soberbia, con mis flaquezas, con mi falta de amor hacia el prójimo… impidiendo que la vida eucaristía germine en mi una fecundidad viva, una transformación profunda y una fortaleza del alma. Es, entonces, cuando se hace necesario profundizar más en este misterio y ahondar en la idea de que viviendo en el Señor es más fácil prodigarse en el amor que tiene en el banquete eucarístico el reflejo de la verdad.

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¡Hoy no me queda más que exclamar con gozo que pese a mi pequeñez me siento grande al compartir contigo Señor Tu venturosa palabra, Tu gozosa verdad y Tu cuerpo y su sangre transformadores! ¡Gracias, Señor, por este gran milagro que nos regalas cada día! ¡Gracias, Señor, porque comer tu cuerpo y beber tu sangre es vivir en ti! ¡Gracias, Señor, porque me haces entender que Tu me invitas al banquete por Amor pero que si en no media el amor y la caridad, de nada sirve! ¡Gracias, Señor, por tu palabra, por tu verdad, por tu Eucaristía! ¡Gracias, Señor, porque cada vez que participo de la Eucaristía me haces olvidar mis apetencias mundanas y terrenales! ¡Te pido, Señor, que me des hambre de tu pan de vida, hambre de vivir en ti! ¡Gracias, Señor, porque cada vez que como de Tu pan me sumerges de manera hermosa en el misterio de tu amor! ¡Gracias, Señor, porque me haces entender que alimentándome de la corriente viva que son los sacramentos me pongo en camino a la vida eterna! ¡Gracias, Señor, por tu palabra, por tu verdad, por tu Eucaristía!

Disfrutamos hoy de una canción eucarística de Matt Redman: