Reclamar los dones del Espíritu Santo

Comienza la semana que nos lleva a Pentecostés, día glorioso para la Iglesia. Día en que se vierten sobre los hombres y mujeres de la Iglesia los dones del Espíritu. Siete, necesario recordarlos: sabiduría, inteligencia, consejo, fortaleza, ciencia, piedad y temor de Dios. Siete dones que sostienen la vida moral del cristiano y lo hacen dócil y sensible a la voluntad de Dios. ¿Con que medida se los pido?
Los dones del Espíritu, tan necesarios para enriquecer mi vida. Son los que otorgan la fuerza, el compromiso, la energía para actuar con decisión, para comportarse con rectitud, para vivir en clave cristiana. Son los medios que tiene el Espíritu para potenciar en el ser humano todas sus virtudes, para enriquecer su ser humano y divino. Los dones del Espíritu solidifican la vida interior, elevan la vida humana hacia Dios, ayudan a vivir en libertad, unen a Dios para hacerse semejantes de Él. Estos mismos dones te abren el corazón, sensibilizan el ser, comprometen con el prójimo, ensanchan la hondura de la vida interior.
Los dones del Espíritu son como esa lluvia menuda y persistente que penetra de manera imperceptible en lo profundo del alma y hace fecunda la vida del hombre porque lo llena de gracia, de carismas, de aptitudes, de habilidades y conduce hacia la excelencia.
Siete dones que multiplican la capacidad del hombre. Dones recibidos el día mismo del Bautismo al recibir el agua santa del sacramento, que nos hizo templo y sagrario de Dios. Agua que nos limpió del pecado. Aquellos dones recibidos se cubren de polvo si no se ejercitan y necesitan renovarse permanentemente. De ahí, que el Espíritu, dador de vida, alma de la Iglesia, y alma de nuestra alma, necesite nuestra colaboración para actuar en nuestra vida. Sin esa colaboración, su preciosa unción renovadora, purificadora y restauradora queda limitada. Sin un corazón humilde, orante, generoso, amoroso, limpio, servicial, alejado del pecado, libre de esclavitudes mundanas, abierto a la gracia… el Espíritu de Dios no puede actuar.
En los siete dones del Espíritu se hace fecunda la Palabra del Evangelio, la Buena Nueva de Cristo, el anuncio de Jesús, la acción misionera a la que estamos llamados, el ejercicio de nuestro ser cristianos al que estamos invitados.
Siete dones que deben ser reclamados insistentemente en la oración que es donde se fortalecen en nuestra alma. Es desde la experiencia interior, desde la apertura del corazón, como el ser humano puede amar al estilo de Cristo, pone en práctica exterior e interiormente todo lo que Jesucristo nos ha enseñado, es desde ahí que se reciben las fuerzas para seguir la voluntad de Dios, que se siente el impulso de llevar el Evangelio a toda persona.
El mundo más que nunca necesita del Espíritu Santo. Necesita de sus dones para que la sociedad en la que estamos enraizados supere tantos signos preocupantes de desesperanza, de dolor, de sufrimiento, de cansancio, de dudas y de miedos. Por eso en estos días hay que pedir con intensidad y con el corazón abierto a Dios que nos envíe su Espíritu y la gracia de sus dones para renovar la faz de la tierra.

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¡Oh Espíritu Santo, ven a mi vida, ven a mi alma, ven a mi corazón, llénalo todo con la abundancia de tus santos dones y haz que fructifiquen en mi de manera viva! ¡Espíritu Santo, amor infinito y santificador, transforma mi existencia para hacerla dócil a tus santos mandatos! ¡Te pido me llenes de tus santos dones para caminar según los designios de Dios! ¡Envía sobre mí el don de la sabiduría para vivir de acuerdo con los gustos del Padre, para que me aleje de la mundanalidad del mundo y me aparte de lo que me separa de la verdad! ¡Envía sobre mí el don del entendimiento para que sepa vivir en clave cristiana, para fortalecer mi fe, para darle lustre a mi ser de hijo de Dios, para que ilumine mi camino y ahuyente los miedos, incertezas y tibiezas que llenan mi corazón! ¡Envía sobre mí el don del consejo para saber actuar siempre correctamente, para perseverar en mi camino espiritual, para caminar hacia la santificación en mi vida diaria y evitar desviarme de la senda del bien! ¡Envía sobre mí el don de la fortaleza para ir venciendo con decisión todos aquellos obstáculos que se presenten en mi vida, para levantarme cuando caiga, para superar la debilidad, para no tener miedo a luchar, para ser valiente en la defensa de mi fe! ¡Envía sobre mi el don de ciencia con el fin de saber discernir con claridad lo que está bien y lo que está mal, para no dejarme vencer por las acechanzas del demonio, para no dejarme vislumbrar por los influjos mundanos y dar verdadero sentido a lo que tiene auténtico valor en mi vida! ¡Envía sobre mí el don de piedad para amar a Dios por encima de todo y al prójimo como a mi mismo, en una vida en la que el amor lo represente todo, una vida orante en la que no quepa más que el perdón, la compasión, la misericordia, la entrega, el servicio y la caridad! ¡Envía sobre mi el don de temor de Dios para cumplir siempre los mandamientos recibidos de Él y evite convertirme en un dios de barro cubierto de orgullo, soberbia y vanidad! ¡Ven, Espíritu Santo, ven para que guíes mi vida y la dirijas hacia la santidad de la que tan alejado estoy!

Con flores a Marí­a (Obsequio espiritual a la Santí­sima Virgen María)
Tú, que eres Intercesora ante tu Hijo, mantén siempre tu mirada misericordiosa sobre cada uno de los miembros de esta familia y, ya que no percibimos nuestras propias necesidades, acércate a tu Hijo implorando, como en Caná, el milagro del vino que nos falta.
Te ofrezco: rezar un Avemaría por cada persona de mi familia.

Caminar a la luz de la oración cuaresmal

Como Jesús, lleno del Espíritu Santo, regreso un año más a las orillas del Jordán y conducido por el Espíritu me encamino al desierto. Empiezo un tiempo de cuarenta días en el que adentrándome en una travesía de oración te exige mucha autenticidad, verdad y conocimiento de ti mismo. Es la única manera de llegar a la fiesta de la Pascua con un corazón libre, purificado y sin ataduras.
Anhelo que mi oración en este tiempo de acompañamiento de Jesús sea muy penitencial, para salir del mundo y entrar con gozo en la vida nueva. Quiero que mi oración esté muy estrechamente unida a Jesús, amigo, compañero, Señor y Salvador.
Quiero que mi oración impregne todos los resortes de mi ser para que ahonde en mi realidad, para que reflote las heridas de mi corazón para sanarlas, para desenmascarar las máscaras de mi ser, para fortalecer mi debilidad y saciar mi sed de amor.
No es sencilla la oración cuaresmal. En toda su crudeza te permite profundizar en tu pequeñez y en tu desnudez pero tiene un fin: que puedas renacer a la luz de la Pascua, que puedas dar lo mejor de ti mismo a la luz de la Resurrección, que puedas levantarte con alegría a luz del encuentro con el resucitado.
La oración cuaresmal te invita a adentrarte con valentía en tu propio yo, y desde dentro escuchar a Dios, escuchar a Cristo, escuchar el susurro del Espíritu para ganar en fe, en esperanza, en caridad, en fortaleza, en sabiduría, en amor, en perdón, en generosidad… Entrar en lo profundo del alma es llenarse de la grandeza de Dios, es no arquear tu corazón para permitir que de él brote el agua purificadora del Espíritu, esa misma que se derramó el día del Bautismo y que te limpia de toda mancha.
La oración cuaresmal es una oración que vivifica, que te levanta, que no te derrota porque cuando profundizas en tu imperfección es cuando con más ahínco tienes ganas de levantarte.
La oración cuaresmal te permite orar desde tu realidad, desde lo que eres y desde la perspectiva de lo que te gustaría ser. Y eso te hacer crecer para caminar en pos de la santidad.
La oración cuaresmal te permite tener la certeza de que nada sucede al margen de Dios, que vislumbra con claridad lo que acontece en lo más profundo de tu ser. Y eso te permite aprender a esperar y confiar en Él.
Cuarenta día en el desierto, lugar seco y árido. Voy a afrontar así mi oración desde la aridez de mi pequeñez pero refrescándome con el agua fresca que brota de la presencia viva de Cristo en mi corazón, lo que me da la fuerza y alegría de vivir.

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¡Señor, Jesús, me preparo para acompañarte en tu camino de Pasión pero también gozoso a la espera de tu Resurrección, ilumíname cada día con la luz que nace de ti, para que nada empañe mi corazón! ¡Ayúdame, Señor, durante este periodo de introspección y arrepentimiento a vivirlo todo muy cerca de ti, unido en tu preparación para caminar a tu lado junto a la cruz! ¡Concédeme la gracia de abrir mi corazón para que transforme todo lo que tenga que ser cambiado, para que mis egoísmos se vuelvan actos de generosidad, para que mi soberbia se torne en humildad, para que mis heridas sanen con alegría, para que mis máscaras sean transparencia, para que mis malas acciones se conviertan en buenas obras! ¡Abre, Señor, mi corazón pequeño y frágil a tu Palabra para hacer siempre el bien! ¡Que mi oración sea también ayuno para aprender a amar! ¡Que las oscuridades de mi alma se transformen en luz a la lumbre de la oración! ¡Ayúdame, Señor, a ahondar en lo que debo cambiar para salir fortalecido en este tiempo de Cuaresma porque aspiro a la autenticidad, a la verdad y a la santidad de la que tan alejado estoy! ¡Concédeme la gracia de encaminar mi vida desde la rectitud, a ser consciente de mis faltas y a rechazar con valentía las tentaciones y el pecado, a huir de lo que me aleja de ti y a purificar mi corazón! ¡Imploro, Señor, tu misericordia y me propongo cambiar para parecerme cada día más a Ti!

Crucificado sin cruz

Celebra hoy la Iglesia la festividad de un santo al que tengo especial cariño. La figura del Padre Pío de Pietrelcina, capuchino italiano, generoso sacerdote y testimonio de santificación del dolor, nos acompaña en este día. Su vida estuvo marcada desde la infancia y juventud por una intensa piedad que le llevó a ingresar en los Capuchinos, con una vida llena de contradicciones en su propia congregación al estar marcada con dones espirituales extraordinarios como sus visiones de Jesús, sus estigmas o su clarividencia espiritual entre otras cuestiones relevantes.
En san Pío observo que los grandes dones de Cristo en un alma no suceden si no existe una participación activa en la Cruz. Lo que toma un ritmo singular y extraordinario en ciertas almas privilegiadas no deja de ser la norma también para los que tenemos almas ordinarias. Hace unos días celebramos la exaltación gloriosa de la Cruz lo que que te permita recordar que el camino hacia el cielo pasa irremediablemente por la tránsito por la cruz.
En ocasiones esta circunstancia se hace difícil de asimilar, pero como cristiano debo comprender que, de acuerdo con mi vocación, la Cruz tiene que quedar impresa en mi vida aunque este discurso no sea precisamente hoy muy atractivo porque lo que nos seduce no es el sufrimiento de la cruz sino el gozo de poseer, de disfrutar, de gozar de los bienes materiales y las seducciones que la vida ofrece. ¿Por que cuesta tanto aceptar con alegría y amor las contrariedades, las dificultades, las pruebas de nuestras vidas, como camino que nos conduce hacia el Señor?
El secreto del Padre Pío radica en su intensa vida de oración y en su unión espiritual con Cristo, pero especialmente por ese gran amor que sentía por la Eucaristía, a la que daba un papel central. Para él, el alimento eucarístico era el elemento crucial que vence la fe muerta, la impiedad triunfante, que te preserva del mal imperante y te fortalece en el caminar cotidiano. La Eucaristía encarnó durante su vida la actualización de la Pasión del Señor en el sacrificio de la Misa.
Esta es la enseñanza que san Pío me muestra hoy. Mi santidad personal pasa también por ofrecerme a Dios como alma para salvar almas, convirtiendo también mi misión en la misión corredentora con Cristo, siendo un crucificado sin cruz por medio de mi testimonio personal, de mi espiritualidad, de mi magisterio personal como esposo, padre, amigo, compañero de trabajo. La mística de la cruz no es solo para los santos es, sobre todo, el camino al que estamos llamados todos los laicos. Alter christus, otros cristos, que muestren al mundo la verdad del Cristo que ama a la humanidad, que se dio en la cruz y que se manifiesta diariamente en el sacrificio de la Misa, exaltación de su gran amor por el ser humano.

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¡Señor, me pongo hoy ante tu presencia y recordando la figura de san Pío de Pietrelcina, abro mi corazón a tu misericordia divina! ¡Te pido me concedas el mismo amor que san Pío tenía por ti, por la Eucaristía, sacrificio de tu amor por nosotros; por la confesión en la que tu purificas nuestra vida; por el Santo Rosario, camino de vida con María, tu Madre; por la oración personal, en el encuentro cotidiano contigo! ¡Te pido me concedas la gracia de aceptar las cruces cotidianas, los sufrimientos que surjan en mi vida pero que, por medio tuyo, imprimen a mi vida grandes riquezas y dones! ¡Concédeme, Señor, la gracia de amarte profundamente, de hacerlo con un corazón humilde, sencillo y puro! ¡Que no me importe, Señor, humillarme ante Ti a los pies de la Cruz reconocimiento que sin Ti no soy nada! ¡Ayúdame a caminar cada día humilde y sencillamente hacia la santidad personal de la que tan alejada estoy! ¡Concédeme la gracia de amarte hasta el extremo, de gozar con tu presencia cotidiana en la Eucaristía! ¡Dame una fe profunda y una confianza ciega para gozar de tu presencia en mi vida! ¡Señor, concédeme la gracia de amarte siempre, de vivir unido a Ti para que me llenes de tu amor, de tu misericordia, de tu bondad y de tu ternura, para que acojas todas mis aflicciones y mis debilidades, mis sufrimientos y mis miserias, para que me lleves por el camino de la rectitud y la santidad y me conduzcas a la vida eterna! ¡Y que siguiendo el ejemplo del Padre Pío no me importe ser varón de dolores, que no a partir del sufrimiento no me aleje de la mística de la cruz, que no deje de mirar y modelar mi vida en Ti que escogiste la cruz como bandera, que no me aleje de la senda del calvario si es tu voluntad! ¡Que ame tu cruz y mis cruces porque Tu nos has enseñado que por este camino es más corto el camino hacia la salvación! ¡Que sea, Señor, testimonio tuyo, discípulo de tu verdad y de tu amor!

En la cruz, cantamos hoy:

Reconfirmar mi fe

Ayer sábado asistí a la confirmación de una ahijada de mi mujer. Una ceremonia hermosa, colorida, con un coro de voces angelicales que ayudaba a vivir aquel acto solemne con una alegría desbordante.
Sentado en un banco a mitad del templo mi alma se llena de gozo. ¡Qué hermoso es ver a un ser querido confirmar libre y voluntariamente la gracia del Espíritu Santo recibida en el bautismo!
La confirmación es dar testimonio de la presencia de Dios en nuestra vida. Es sentir, actuar y pensar conforme al pensar, actuar y sentir de Dios.
Cuando a la joven le imponían en la frente el santo crisma —signo de fortaleza— y el sacerdote imponía sobre su cabeza las manos hacía visible su donación plena al Espíritu Santo interiormente le pedía al Señor que también lo haga visible en mi propia vida y en la de los míos. Que otorgue en nosotros un nuevo Pentecostés para que nos renueve la gracia para ser testimonios de Cristo en la sociedad. Le pido al Espíritu Santo que esa semilla que plantó en nuestro interior el día del Bautismo la haga crecer de manera continuada; que nos permita regarla cada día para alcanzar una mayor madurez en la fe.
¡Que profundos y bellos son los ritos de la liturgia de la confirmación!
¡Qué hermoso es pensar que cuando el obispo impone sus manos sobre la cabeza del confirmado es para darle cobijo en la Iglesia Santa de Dios!
¡Qué hermoso es ver como el padrino o la madrina imponen su mano sobre el hombro del confirmado como signo vivo del acompañamiento!
¡Qué dicha es sentir que los dones del Espíritu Santo que se reciben en este día no son solo para los confirmados sino para todos los presentes pero no para así sino para transmitirlos a los demás!
¡Qué dicha es reconfirmar que somos apóstoles de Cristo, que nuestra fuerza espiritual crece como les sucedió a ellos, que podemos sentirnos más unidos a Cristo y a la Iglesia y que nos ayuda a defender la fe!
¡Qué dicha es sentir que el Espíritu Santo realmente nos fortalece, nos prepara, nos llena y nos confiere profundidad!

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¡Gracias, Señor, por la fe! ¡Gracias, Señor, porque envías Tu Santo Espíritu sobre cada uno de nosotros para afrontar con valentía el compromiso de la fe! ¡Gracias, Señor, gracias porque nos unges cada día con la gracia de tu Santo Espíritu como ungiste ayer con el aceite a los confirmados! ¡Gracias por la gracia de la confirmación que es signo de purificación, de abundancia, de sanación, de alegría, de compromiso, de santidad, de preparación para el testimonio, para tener gusto por la belleza, para el perdón…! ¡Ayúdame, Señor, a no dejar de anunciar y de celebrar el misterio de la cruz para recordar todos que en la cruz está la certeza de Tu amor, el amor con el que cada hombre y cada mujer somos amados por Ti con independencia de lo que hagamos, pensemos, actuemos o digamos! ¡Hazme, Señor, se transmisor del signo del amor que es Tu corazón traspasado por una lanza que implica el amor sin medida, el amor que siempre perdona, el amor que no humilla, el amor que es siempre fiel, el amor que es eterno! ¡Y a Tí, Espíritu Santo, recibe la consagración perfecta y absoluta de todo mi ser, para que te dignes ser en adelante, en cada uno de los instantes de mi vida, en cada una de mis acciones mi director, mi Luz, mi Guía, mi Fuerza y todo el Amor de mi corazón!

Cántico de confirmación:

La oración es abrir puertas al amor

«¡Enséñame a orar!». Escribe a esta página una joven pidiendo que le oriente en la oración. Se puede encontrar en esta página un apartado que guía a la oración. Pero yo mismo me pregunto hoy ¿qué es la oración para mí? Y puedo compararlo con abrir las puertas de mi vida. Abrir la puerta para salir de mi mismo, de las seguridades que me rodean, de la vacuidad de mi mundo interior y de mis autosuficiencias para respirar el aire puro del amor de Dios.
Y, una vez fuera, traspasado el umbral de mi propio yo entrar en el mundo en el que Dios manifiesta todo su amor y toda su misericordia. Es caminar hacia Dios para sentir su presencia vivificante en mi corazón y mirar hacia dentro de mi para conocer mi pequeñez, mis miserias, mis faltas pero también enaltecer mis virtudes con el fin de mejorar cada día y crecer en santidad.
La oración es abrir la puerta de mi vida y dejar que mi corazón sienta la fuerza poderosa del Espíritu soplando sobre mí. Es el perfume del Espíritu que inunda todo mi interior. Es dejarse acariciar por el Espíritu de Dios. Es desprenderse de toda seguridad para llenarse de la gracia del Espíritu, es hacer propia la verdad os hará libres, es dejarse sorprender por los dones que vienen de Dios.
La oración es mirar a Dios a los ojos y sentir su mirada. Es estar alegre a pesar de los cansancios y los agobios para llenarse de la sonrisa de Dios que es puro amor. Es sentir su abrazo, su amor, su querer.
La oración es abrir de par en par las puertas al amor, es dejarse llenar por la gracia de su misericordia, es descubrir el abrazo amoroso del Padre, es sentir como extiende sus manos para acoger nuestra pequeñez.
La oración es renovar nuestro interior, es transformar aquello que está anquilosado; es purificar aquello que debe ser aireado; es renovar aquello que está caduco; es fortalecer aquello que está debilitado; es comprometerse a cambiar lo que debe ser cambiado y es fijar metas nuevas para avanzar en el camino de la vida.
La oración es darse, entregarse y amar. Es conversar con Dios de lo que me preocupa y me alegra; es entregarle a Dios a las personas que amas y que quieres; es darle también a las personas con las que no simpatizas; es interceder por el prójimo, es pedir por las necesidades del mundo.
La oración es poner vendas en las heridas que todavía supuran y curar los rencores que se almacenan en el corazón. Es desprenderse de los egos para dar cabida al amar y dejar que el corazón sea un templo en el que habitando el Espíritu Santo, Dios se sienta a gusto.
La oración es, en definitiva, tener intimidad con Dios. Es abrir de par en par las puertas al Amor.

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¡Señor, haz de mí un alma de oración! ¡Ayúdame a abrirte cada día el corazón para acercarme más a Ti, para que me enseñes a orar, para gozar en silencio de tu presencia, para dejar que sea Tu Palabra la que me llene, que sean tus susurros los que abran mi camino de la vida, para que seas Tu quien me vaya modelando cada día a tu imagen y semejanza! ¡Señor, haz de mi un alma orante porque quiero que en mi corazón haya siempre un espacio en el que Tú te encuentres a gusto! ¡Envía tu Santo Espíritu sobre mí, Señor, para que sea Él quien ilumine mi oración, para que cree en lo más íntimo de mi yo una actitud de docilidad, humildad y de escucha, para que transforme mi corazón de piedra en un corazón sencillo y transparente, para que me ayude a encontrar esa familiaridad e intimidad que tu quieres para nosotros! ¡Ayúdame, Señor, a ser templo de la gracia, un lugar donde Dios se sienta a gusto porque escucha la oración auténtica y sencilla de su hijo! ¡Padre, Dios de bondad, a Ti también te dirijo mi oración porque me has dado la vida, Tú eres el origen de mi existencia, la razón de mi vivir, por eso anhelo que Tu Santo Espíritu mi guíe siempre para comprender tu voluntad y que mi vida no sea más que un reflejo de la tuya, para que pueda convertirme en semilla fértil, fruto madura y luz de la Verdad que es Jesús, Tu Hijo! ¡Haz que brote, Padre, en mi interior un corazón que sienta el auténtico espíritu y sentimiento filial! ¡Señor, enséñame a orar!

La obra que escuchamos hoy tiene por título Liebe, dir ergeb’ ich mich, op. 18 nº 1 (Amor, me dirijo a Ti), compuesta para coro a ocho voces, obra de Peter Cornelius, músico del siglo XIX. Y el amor al que hace referencia es el amor al Salvador.

Entre la fortaleza y la debilidad

En la vida transitas por dos vías. Una, en la que eres consciente de esa pequeñez edificada por la inseguridad, las incertezas, los miedos, las dudas que van asolando, la incapacidad para tomar decisiones, atenazado por el que dirán. En estas circunstancias eres consciente de tu fragilidad, de esa incapaz de dar lo mejor de ti mismo.
Hay otra senda. Es aquella en la que sintiéndose cercano al Señor, atendiendo a su Palabra, te sientes fuerte, repleto de vida, consciente de las oportunidades que se te abren, lleno de posibilidades, amparado por las escenas del Evangelio, brillando a la luz de Cristo.
Esta senda es la que te permite amar de manera efectiva y eficaz, darlo todo por el otro, descubrir aquello que es relevante en la vida, a dar importancia a lo que no pasa, a cantar la excelencia del amor, a ser paciente y benigno, no devolver bien por mal, no necesitar de las propiedades terrenas sino las eternas, alejarse de lo que te aparta de la rectitud, valorar las palabras sencillas, amables y sinceras, actuar con gestos sencillos, acogedores y amables, dignificar los esfuerzos que edifican, no buscar el interés propio sino el ajeno, no reconocer como propio más que lo permanente, saber encontrar el silencio entre tanto ruido mundano para escuchar los susurros de Dios, vivir con sentimientos auténticos y alejar del corazón las emociones superficiales, complacerse con la verdad amando a los demás como uno se ama a si mismo, encontrar en el prójimo lo bueno que hay en él alejando de ti la crítica y el juicio despiadado, ser caritativo y magnánimo, ser apóstol de la misericordia, obrar con humildad y no con soberbia, servir sin esperar contrapartidas, no tomar en cuenta el mal, ser coherente con lo que dices, haces y piensas…
Este es un principio programático que te hace consciente de tus muchas limitaciones. De tu incapacidad para cambiar interiormente y cambiar el mundo. Pero Jesús te pide ser luz del mundo y aunque sabes lo poco que brillas para iluminar el mundo también eres consciente de que en tus tantas limitaciones está la fortaleza que viene del Espíritu que dota al hombre de la sabiduría para proclamar en su propia vida el mensaje del Evangelio, que te llena de posibilidades para ser transmisor de la Palabra y que en tu debilidad te haces fuerte en Cristo, en su amor te haces fuerte en Él, en tu vida puedes hacerte uno en Él. Y sientes en tu corazón aquello que Jesús anunció: «No apartes de mi tu mirada, porque te necesito para que se cumpla en el mundo el plan de mi Padre». Y, entonces, sabiéndote pequeño y limitado, sientes que con Cristo puedes ser una pequeña luz incandescente que ilumine tu pequeño mundo para dar esperanza y alegría, calor y refugio, amor y servicio.

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¡Señor, en mi debilidad tu me haces fuerte porque me envías tu Santo Espíritu y me llenas de Ti! ¡Señor, bendice mi vida, para que lleno de Ti sea capaz de abrirme a la vida! ¡Bendice cada uno de mis gestos para abrir puertas, para ser transmisor de tu Palabra, para ir más allá de las palabras y vivir acorde con tus principios! ¡Concédeme la gracia, Señor, de saber elegir siempre estar a tu lado y no dejarme convencer por las argucias del demonio! ¡Concédeme, Señor, la gracia de tener tu mirada para ver el mundo con tus propios ojos, para ver al prójimo según tu forma de mirar, para ser capaz de entender lo que el otro necesita, para acompañarle en sus sufrimientos, en su dolor, en sus incertezas y en su caminar! ¡Concédeme, Señor, la gracia de ir a lo profundo, a lo esencial, alejándome de lo superficial y mundano, de la injusticia, de aquello que te causa dolor! ¡Concédeme la gracia, Señor, de que cada uno de mis gestos testimonien que soy seguidor tuyo para construir en lugar de destruir! ¡Concédeme, Señor, la gracia de estar atento a tu llamada, a los susurros de tu voz que vienen con el soplo del Espíritu! ¡Concédeme, Señor, a estar abierto a las necesidades del prójimo y servir sin ser servido! ¡Y, sobre todo, Señor, ser templo tuyo, un templo abierto a la verdad, al amor, a la misericordia y al perdón! ¡Señor, que sea capaz de manifestar esa gloria tuya que hay en mi interior!

Eres mi fortaleza, le cantamos al Señor:

Dios me llama, me elige y me justifica

El sentimiento de desánimo es consustancial a todo ser humano, es consecuencia de los pensamientos negativos que nos embargan sobre nuestra realidad. Es habitual sentirse atrapado por el desánimo cuando las esperanzas se ven frustradas, los proyectos caen como castillos de naipes o las expectativas se ven truncadas. La desilusión es la primera reacción que altera el ánimo. Cuando esta se eterniza y perdura en el tiempo puede llegar a devenir en profundo desánimo y parece que no haya cabida para la satisfacción o la alegría.
Cada uno es rehén de su propia vida. La manera de revertir esta situación depende de cada uno. Cuando te dejas hundir por la tristeza tu alma cae en la desolación y difícilmente puedes afrontar con valentía cualquier situación que se te presente.
La mente se resiente cuando el desánimo hace mella en el corazón. Y cuando más profundo es el desánimo mayor es también la ira que llena el arca del corazón. Así, es fácil verter la responsabilidad sobre Dios o sobre ser terceras personas sino a uno mismo.
No hay circunstancia más dolorosa que manejar de manera inconveniente una frustración porque mal llevada puede llegar a convertirse en motivo de desesperanza. ¿Cuantas veces mi frustración me aleja de los demás pues a nadie le apetece estar acompañado de un permanente quejica, de un amargado e, incluso, de un fracasado?
Dios no desea para nadie actitudes auto destructivas. Solo desea que uno confié plenamente en su misericordia, incluso cuando se vea asolado por los sentimientos más tristes y por las expectativas no cumplidas. Sabemos, además, que Dios dispone todas las cosas para el bien de los que lo aman, de aquellos que él llamó según su designio. Lo recuerda muy bien san Pablo en su carta a los Romanos.
Todo lo que sucede en mi vida es un regalo de Dios para cada día; mientras peregrino por este mundo busca que me asemeje cada día a Cristo. Este es el gran propósito por el cuál Dios me —nos— ha elegido, me —nos— llama y me —nos— justifica, por mero amor y por mera gracia. Lo impresionante es pensar que en la perspectiva de Dios Él ve el futuro de cada uno glorificado en la eternidad del cielo. Si Dios nos ha entregado a Cristo, ¡cómo puedo dudar de que no nos entregará con Él cualquier cosa para hacernos sus semejantes!
Por tanto todo lo que suceda a mi alrededor debo entenderlo como un regalo de la bondad de Dios. Es parte integrante del plan que tiene ideado para mi crecimiento personal, espiritual, familiar y social.

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¡Señor, ayudarme a comprender que todo lo que sucede a mi alrededor son regalos que Tú me haces, que todo forma parte del plan que tienes pensado para mí! ¡Señor, que cada una de esta experiencias las lea desde el corazón, desde la fe y desde la confianza! ¡Hazme, Espíritu Santo, comprender que Dios conoce la historia de mi vida y que no va a permitir si pongo por entero mi voluntad que me desvíe del camino! ¡Ayúdame, Espíritu de Dios, a vivir cada una de las experiencias cotidianas con la confianza de saber que siempre está la mano misericordiosa y amorosa de Dios! ¡Concédeme la gracia de leer la vida con espíritu crítico para darle la dimensión que merece, para entender y comprender mi propia realidad, para no quedarme en lo superficial, para dar lo mejor de mi en cada situación! ¡Dame la capacidad, Espíritu divino, del compromiso alcanzar lo que Dios quiere de mí! ¡No permitas que el desánimo me embargue antes los problemas y dificultades! ¡Ayúdame a asimilar las incertezas y ser consciente de que Dios me ama profundamente y conduce mi vida a pesar del sufrimiento y el dolor! ¡Hazme ver que cada situación que vivo es una bendición de Dios, un instrumento útil de su enorme misericordia para mi propio bien!

Y para levantar el ánimo, un ¡Celebra la vida!:

La experiencia de Dios

Me pregunto cómo será el rostro de Dios. Pero es imposible definir cómo es Su rostro. No podemos definir sus maneras. Cuesta imaginarse como es. Por eso la experiencia de Dios se adquiere diariamente en la comunión afectiva con Él, en el sí de la realidad de la vida y través de las cosas que nos suceden. Es en esta realidad donde nos envuelve su mirada, su amor, su ternura, sus susurros e, incluso, su propio misterio.
Experimentar a Dios en lo cotidiano de la vida es sentir su llamada. Es peregrinar buscando la belleza de su rostro aún sabiendo que no lo veremos. Es descubrir que la fe nos mueve a creer. Es comprender la necesidad de abandonarse a su confianza dejando de lado los espacios de seguridad de nuestra propia existencia y nuestros criterios para vivir el proyecto que Él ha ideado desde que pensó en nosotros con todo lo que implica de alegría y tristeza, vida y muerte, fortaleza y debilidad, éxito y fracaso, esperanza y desesperanza, gozo y sufrimiento. Es dejar atrás todo aquello que nos envuelve y nos da seguridad y a lo que nos aferramos para evitar que no se nos escape —la felicidad personal, la seguridad económica, el futuro siempre incierto, el realizarse personalmente… — y ponerlo en la balanza de la fe y la confianza en la providencia. Implica poner todos nuestros sentidos en ese Padre que dan sentido a la existencia humana.
Lo cierto es que Dios se muestra en cada suceso que acontece en nuestra vida. En aquello que no cabe en la lógica humana, que es sorprendente desde la perspectiva humana y que tanto tiene que ver con la luz de la fe que ilumina toda oscuridad y que facilita el compromiso que, de manera habitual, lleva implícito la carga de la cruz. Aquí es donde Dios manifiesta la grandeza de su amor y de su poder. ¡Y aunque no lo vea, lo quiero experimentar!

 

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¡Señor, te doy gracias por tu bondad, porque tu amor por mi es eterno pese a mis abandonos! ¡Te doy gracias, Señor, porque intervienes en cada uno de los pasos de mi vida! ¡Te doy gracias, Señor, por la grandeza de tu amor, por las grandes maravillas que obras en mi, por la fuerza de tu amor que me fortalece, por el misterio de la vida que me engrandece como hijo Tuyo, por tu misericordia que me conforta y por tu bondad que me transforma! ¡Te doy gracias, Señor, porque aunque no puedo verte siento tu presencia constante; cuando me fallan las fuerzas tu me asistes; cuando caigo me levantas; cuando desfallezco tu me sostienes! ¡Te doy gracias, Señor, porque me abres los caminos y allanas las sendas de mi vida! ¡Te doy gracias, Señor, porque cuando me llevas al desierto Tu me acompañas y no voy solo! ¡Te doy gracias, Señor, porque me liberas de las cadenas que me esclavizan! ¡Te doy gracias, Señor, porque me concedes aquello que necesito y me niegas lo que no me conviene! ¡Te doy gracias, Señor, porque me otorgas el pan cotidiano! ¡Te doy gracias, Señor, porque meditando tu historia me permites visualizar la mía propia y ser consciente de lo que tiene que ser cambiado! ¡Te doy gracias, Señor, por tu bondad, por tu amor y por tu misericordia!

El encuentro personal del «Creo en ti»

Hay una frase que repito con frecuencia a mi hijos: «Creo en ti». Este «Creo en ti», o lo que es lo mismo «Confío en ti», quiere ser una frase llena de esperanza y confianza que se adjetiva indirectamente con el «Que Dios esté contigo y el Espíritu te aliente». Porque mi confianza en ellos pasa por que todo lo que hagan se combine con la fortaleza que proviene de Dios por medio de su Santo Espíritu. Es creer en sus valores, en sus certezas, en su autenticidad. La esperanza que se une a la fe en Dios es la gran fortaleza de nuestra vida. En los tiempos que corren creer en uno mismo no es suficiente; es necesario poner toda tu esperanza y confianza en Dios, en su ilimitado poder y en su inmensa fortaleza. Sin el aliento del Espíritu es difícil dar testimonio, tener valor para defender los valores intrínsecos de cada uno, defender la propia fe con palabras honestas y acciones sabias, entregarse al otro sin esperar nada a cambio… Sin la fuerza del Espíritu el corazón no puede abrirse para que la piedad anide en él.
El «Creo en ti» es un acto de fe, pura receptividad, puro dar y recibir. Es decir al otro, aquí tienes tu libertad, utilízala bien; pon todas tus iniciativas personales en el plano de la verdad. No dejes que tus problemas te venzan y te derroten; toma la fuerza para soportar todas las pruebas que se te presentan; ten fe siempre y no te desanimes. Acude al Señor con confianza como puedes acudir a mi como padre, sin dudas, con una fe cierta y plena. No te paralices espiritualmente, trata de crecer cada día en la oración; no te quedes indiferente ante lo que pasa en el mundo, en la sociedad, en tu entorno. Toma partido.
El «Creo en ti» es un encuentro personal con cada uno de ellos. Es sustentar mi relación en el amor, en la comunicación, en el encuentro cotidiano. Es resaltar su individualidad. Y, sobre todo, es conocer al otro por el amor. Es aceptar lo que cada uno de ellos anuncia en su corazón. Y, sobre todo, es aceptar su realidad vital.
Mi «Creo en ti» es también un «Creo en ti, Señor» que me los has dado para cultivar su corazón y, en la medida de lo posible, prepararlos para su sí.

orar con el corazon abierto

¡Señor, gracias por tu invitación permanente a estar contigo y a confiar en ti! ¡Gracias por tu cercanía, gracias porque me ves y me oyes, me escuchas y me acompañas! ¡Gracias, Señor, porque me tocas el corazón y entras en mi interior por medio del amor! ¡Gracias porque quieres que sea semejante a Ti! ¡Creo en Ti, Señor, y pongo a todas las personas que amo en tu presencia! ¡Prepáranos a todos, Señor, para que nuestro corazón esté abierto cada día a tu Palabra, a tus Buena Nueva! ¡Envíanos tu Santo Espíritu, Señor, para que resuene en nuestro interior y nos haga dóciles a tus mandatos! ¡Señor, tu te revelaste a los sencillos, a los mansos y humildes de corazón, danos un corazón abierto y sencillo, sabio y humilde, bueno y generoso para transformar nuestra vida! ¡Confío en ti, Señor, aunque tantas veces pueda no parecerlo; confío en ti, Señor, aunque mis apegos mundanos no te lo demuestren; confío en ti, Señor, aunque busque mis propios caminos! ¡Hoy pongo en tus manos a mi hijos; ayúdame a amarlos siempre; dame la sabiduría para guiarlos; la paciencia para instruirlos; la magnanimidad para corregirlos; el ejemplo para llevarlos por el buen camino; el ejemplo cristiano para formarlos; la generosidad para comprenderlos; la diligencia para conducirlos por sus caminos! ¡Protégelos, Señor, de todo mal!

Antes de ti, con Marcela Gandara

¡Cuánto dolor en esta vida!

¡Cuánto dolor en esta vida y cuántas lágrimas derramadas en la soledad de uno mismo! ¡Cuanto dolor en los corazones de tantos sumergidos en la angustia, la confusión y la desilusión! Y, sin embargo, qué desaliento me produce acercarme a una persona necesitada de ayuda y ver cómo la rechaza. Qué inquietud observar a alguien que se desvía del camino de la vida y es incapaz de enderezarlo pese al apoyo que le ofreces. Que tristeza ver un alma al que tratas de ayudar para lograr su felicidad, su sanación interior, su regreso a la casa del Padre, su liberación, su serenidad… y como se llena de rencores y de odio. Que pesadumbre observar a alguien tomar las decisiones menos acertadas que le conducirán a la desesperación y la incerteza y no atiende a razones. Que aflicción ver a tantos alrededor afligidos y agobiados, encerrados en si mismos buscando escaparse del dolor y de la frustración, cayendo en la rebeldía, destruyendo su vida, refugiándose en el yo o en los engaños para escapar de una realidad que arde por dentro. Que amargor por esos conocidos que pasan por el cáncer de la infidelidad y sufren el calvario de la separación o el divorcio.
Hay alguien interesado que el mundo esté impregnado de dolor, de divisiones, de falsedad, de mucho sufrimiento, de falsedad, de oscuridad. Hay alguien sumamente interesado en que Dios no more en el alma serena del hombre ni que pueda disfrutar de su amistad inquebrantable. Hay quien vive única y exclusivamente para destruir el corazón del ser humano. Cuando se actúa sin piedad sobre él y no hay una base sólida de valores la corrupción asoma, la ceguera todo lo nubla, la realidad confunde y las seducciones del mal conducen hacia la desdicha.
Ante estas situaciones en que el medio humano parece ineficaz, la oración es el único camino. Impregnarlo todo de fe y de esperanza. Y como la oración es confianza en la providencia del Padre hay que permitir que el tiempo de Dios actúe. Cuando se reza por alguien, en el cielo la escucha se convierte en misericordiosa y en el momento oportuno el Altísimo da su toque de gracia. No se puede negar el poder que ante Dios tiene la oración perseverante, sin desfallecer y llena de fe. Aún cuando parece que guarda silencio, Dios escucha atentamente. Pero si la fe flaquea, la eficacia de la oración disminuye porque la fe es como esa luz que todo lo ilumina; sin luz es imposible ver en la más absoluta oscuridad.
La vida cristiana se cimienta sobre la sólida base de la comunión con Dios. Dios anhela que el orante confíe plenamente en su fidelidad, en su amor y en su misericordia para otorgarle el deseo que cada uno espera, para él o para los que le rodean. Orar sin desfallecer para que el alma del amigo y del conocido vuelva a Dios, dirigida su mirada, su corazón y su vida a Dios. Para que pueda caminar con Jesús. Vivir con Él. Solo Jesús llena los corazones vacíos, impregna de afecto al vida. Solo el Señor, con la fuerza del Espíritu, levanta y renueva el ánimo, devuelve la ilusión y da la fortaleza para luchar por salir adelante con las armas divinas de la gracia. Orar para que los que nos rodean abran los ojos y vean con la mirada de Dios. Es una receta muy simple pero que olvidamos con frecuencia.

orar con el corazon abierto

Quiero compartir en lugar de mi oración habitual de cada día una plegaria muy hermosa de Santa Faustina Kowalka muy apropiada para esta meditación: Señor Jesús, no me dejes nunca solo cuando sufro. Tú conoces mi debilidad ante el dolor. Sabes que supera mis fuerzas. Yo solo no puedo con la cruz. En Ti confío y a Ti me abandono,  porque se que con tu fuerza podré llevar esta cruz que la vida me ha cargado. Mi debilidad en Ti se fortalece y mi dolor contigo se ilumina y toma sentido. Tú quisiste asumir mi dolor en el tuyo, para poder purificarlo en Ti, para poder transformarlo en Amor. ¡Ayúdame a amar mi dolor, como Tú lo amas!. Hoy te pido que me concedas la gracia de amarte siempre  y en cualquier circunstancia de mi vida. Y si no conviene disminuir mi dolor de hoy, dame, te suplico, el valor para asumirlo y vivirlo por amor a Ti. ¡Bendito seas mi Cristo doliente en mi dolor! y en el dolor de todos mis hermanos. Amén.

El Santo Padre exhorta a orar en octubre por el mundo del trabajo, para que a todos les sean asegurados el respeto y la protección de sus derechos y se dé a los desempleados la oportunidad de contribuir a la construcción del bien común. En este primer día de mes nos unimos a las intenciones del Papa Francisco.

El mes de octubre lo dedica también la Iglesia al Santo Rosario, la oración contemplativa con la que, guiados por María, ponemos nuestro corazón y fijamos nuestra mirada en el rostro Cristo, para ser configurados con su misterio de alegría, de luz, de dolor y de gloria. No desaprovechemos este mes para rezarlo cada día.

Vienen con alegría, Señor: