Con el crucificado a la vera del camino

Camino al atardecer por un paraje hermoso. A mitad de camino me encuentro con un crucifijo con flores a sus pies (fotografía que ilustra este texto). Es un momento bello de intimidad con Cristo. ¡Señor, que no me acostumbre a verte crucificado! Me quedo un rato en oración ante esta figura del Cristo que me abraza con sus brazos extendidos en la cruz. Siento su abrazo fuerte, amoroso, tierno. Siento como sus manos llagadas traspasadas por los clavos se posan sobre mis hombres. Siento como me abraza cuando la luz del atardecer cae y hace sombra sobre mi fragilidad y mi pequeñez como persona. Siento como me abraza cuando soy volátil como una pluma que es llevada por el viento. Siento su abrazo amoroso y su caricia de amor que me permite descargar en él todos los miedos, los sufrimientos, los temores, las inseguridades. Me siento como María y Juan a los pies de la cruz, contemplando a ese Cristo crucificado que acoge a la humanidad entera.

Y siento de nuevo como me abraza y me interroga por mis necesidades, por mis sueños, por mis ilusiones, por aquello que me preocupa; pero también siento como me abraza y no juzga mis equivocaciones, ni mis sentimientos, ni mis pensamientos. Me abraza y me siento liberado de tantas cargas que me abruman pero también me endereza en el camino torcido. Me abraza y siento que me marca el camino renovándome, transformándome, sanándome, salvándome sin apenas notarlo porque su abrazo lleva implícito el acompañamiento del Espíritu Santo, alma de mi alma, luz de luz en mi vida. 

Y sigo contemplando esa cruz en el camino, cobijada sobre un apaño de madera con flores bien cuidadas a sus pies para obsequiarle con el olor de la vida. Y me siento completamente sumergido en su presencia sintiendo que su abrazo no es un abrazo pasajero sino que tiene visos de eternidad porque el amor de Cristo es eterno. Y me corazón se sobrecoge por tanto amor recibido del que es Amor fiel y duradero. Y aunque tantas veces me escondo de su presencia ayer se hizo presente de nuevo y de una manera viva en un crucifijo a la vera del camino.

Sí, Cristo me abraza, rodea mi pequeñez con el amor que no juzga para que mi corazón se abra a su presencia, para que no pierda nunca la esperanza ni las certezas, para que aunque muchas veces no lo merezca sienta como Su amor es más grande que cualquier otra cosa.

Me toca el Señor y con este simple gesto pude seguir el camino con el corazón abierto y exclamando con alegría: ¡Señor, que no me acostumbre a verte crucificado!

¡Señor, gracias por tu presencia en mi vida, por tu amor fiel, por tu compañía en cada acontecimiento de mi existencia! ¡Gracias, Señor, te pido que me envíes la luz del Espíritu Santo para que me llene de bendiciones! ¡Señor, pongo en tus manos mi vida, mis ilusiones, mis esperanzas, mis metas, mis pasos; te pido que por medio del Espíritu Santo guíes mi camino, que llenes de bendiciones mis jornadas y me alejes del pecado! ¡En Tu sabiduría, Señor, pongo mis planes y mi proyecto de vida; pongo también en tus manos a todas las personas que quiero para que impregnes su corazón de tu inmenso amor! ¡Gracias, Señor, porque cada día me invitas a Tu Mesa! ¡Gracias por esta amistad sincera, fiel e imperecedera! ¡Gracias por la vida que cada día me regalas! ¡Gracias, Señor, por tus manos siempre extendidas abiertas al amor, manos que sanan el corazón y el alma, que lo impregnan todo de ternura, amor y misericordia! ¡Gracias, Señor todo lo santo que derramas por el mundo! ¡Gracias también,Señor, por el dolor y el sufrimiento que me ensaña a caminar por la vida! ¡Gracias, Señor, por tu perdón porque me descubre cada día tu infinita misericordia! ¡Señor, gracias, y que no me acostumbre a verte crucificado!

Una imagen que bendice mi hogar

En la biblioteca de mi casa (fotografía que ilustra este texto) tengo una imagen del Cristo de la Misericordia con sus brazos abiertos que me regaló un día muy señalado mi hija mediana. Me mira en cada momento y cuando alzo la mirada hacia Él siento viva su presencia. El texto dice: «Bendeciré las casas en las que mi imagen sea expuesta y honrada. ¡Sagrado Corazón de Jesús en vos confío!»

¿Qué siento cuando lo miro? Al Cristo que ha resucitado de entre los muertos, que lleno de gozo, de alegría y de fuerza, me acoge con sus brazos abiertos. Que me invita a compartir con Él mi vida porque esto es lo que hacen los amigos. Sus manos llagadas, abiertas al amor, me bendicen y me invitan a entrar de lleno en lo más profundo de su Corazón. Y es ahí, de su Corazón, desde donde se derrama el infinito Amor de Dios; es desde ahí, del Sagrado Corazón de Cristo, donde brota su Amor Misericordioso por todos los hombres, que se transforma en Divina Misericordia al contactar con mis carencias, pobrezas, miserias y necesidades; es ese Corazón el que quiere sanarlas y transformarlas. Es la luz de Su Amor el que me ilumina y elimina de mi vida todas esas tinieblas que me impiden amar, servir, entregarme a los demás.… 

¡Y qué decir de su mirada! Sus ojos te miran y penetran con ternura en el corazón; y cuando sientes su mirada profunda te sabes amado, perdonado, comprendido, transformado. Esos ojos no desvían nunca la mirada porque no sienten repugnancia por mis pecados, por mis tibiezas, por mis miserias… son ojos que traslucen amor, que buscan con la mirada levantarnos de nuestra fragilidad. Buscan la conversión del corazón. Y al enfrentar mi mirada con la de Él sientes toda su misericordia desbordada en el corazón y puedes pedirle encarecidamente perdón por tus ofensas, olvidos y suciedad interior. 

«Bendeciré las casas en las que mi imagen sea expuesta y honrada. ¡Sagrado Corazón de Jesús en vos confío!». Me reconforta esta imagen y esta frase porque el demonio tiene puesta su fijación en destruir las familias, la iglesia doméstica, el núcleo esencial de la sociedad. Rompiéndola fragmenta el mundo. Esta imagen y esta frase me ayuda a entender que debo preservar y perfeccionar los valores de la familia y reconocer al Sagrado Corazón de Jesús como el Señor de todo, entronizándolo en el centro del hogar para convertir la familia en un lugar donde se respire un espíritu verdaderamente cristiano.  ¡Por eso, hoy más que nunca, Sagrado Corazón de Jesús, en vos confío!

¡Sagrado Corazón de Jesús, bendice mi hogar! ¡Tu sabes todo lo que sucede en mi familia, en mi hogar, en nuestros corazones, y en este momento me dirijo a tu Sagrado Corazón para que entres en mi casa y la bendigas con tus santas manos! ¡Bendice también, Sagrado Corazón, todos los hogares del mundo! ¡Llena de tu presencia mi hogar, Señor, báñalo con tu luz y llena cada rincón de tu amor para que brilles en cada estancia! ¡Sagrado Corazón de Jesús, te abro de par en par las puertas de mi hogar, ese espacio que me has dado para que lo habites junto a los que amo, para que cada estancia, cada pasillo, cada habitación esté bendecido por ti y des luz donde haya oscuridad! ¡Sagrado Corazón bendice mi hogar y báñalo en cada momento de tu infinita misericordia! ¡Sagrado Corazón evita que entre en mi hogar el mal, la tristeza, la desazón, la discordia, los accidentes, los malas intenciones del demonio, los robos…! ¡Sagrado Corazón ayúdame a que mi hogar se convierta en un lugar bendecido y protegido en el que Tu te encuentres a gusto! ¡Cuida, Señor, a todas las personas que habitan en mi hogar y en todos los hogares del mundo para que reine entre nosotros el amor, el respeto, la generosidad, la humildad, la comprensión y la entrega! ¡Sagrado Corazón de Jesús, en vos confío!

¡Sostén, Señor, mi mirada hacia lo alto y trascendente!

Tengo en ocasiones la ingrata sensación de que, debido a mi fragilidad humanidad, mi mirada permanece en las cosas mundanas y mi corazón no se abre a lo transcendente. Que mis inclinaciones, afectos y predisposiciones se dirigen hacia las cosas terrenales y no a lo divino. Y lo que me ata a ello son mis pecados recurrentes, mis egoísmos, mi soberbia, mi fragilidad; esto impide que eleve mi mirada hacia lo alto donde se sustancia lo importante y relevante de la vida. Como la gallina, mi vuelo es bajo y, como la serpiente, avanzo arrastrándome entre el polvo de la vida.
¡Con cuanta frecuencia te sonríen las cosas y crees que todo es por ti mismo! ¡Brillas en tus quehaceres y crees que es por méritos propios! Recibes parabienes y crees que son logros que has obtenido por aptitudes que tu solo te has labrado. Pero lo mundano es efímero, caduco, perecedero, tan fugaz como una ráfaga de viento. Cuando centras tu mirada y pones tu corazón en lo temporal que te ofrece el mundo equivocas el camino. Por eso le pido al Señor que me conceda la gracia de tener siempre la mirada levantada al cielo, que no me deje seducir por las cosas de este mundo porque es en lo alto donde está, de manera cierta y real, la autenticidad, la verdad, lo relevante y lo trascendente. Es mirando allí donde puedo alcanzar con el corazón abierto la verdadera alegría, desde donde puedo lograr la paz y la serenidad interior, desde donde puedo relativizar lo terrenal para darle valor a lo divino.
En la medida que mi corazón se abre y experimento el valor de lo espiritual y las cosas del Padre menos apegos a las cosas de este mundo, menos encadenado estoy al individualismo, menos inclinado al materialismo, menos esclavizado al hedonismo, criterios que esta sociedad en la que vivimos nos muestra como caminos comunes pero que solo nos apartan del camino hacia la casa eterna.
Mirar al cielo. Mirar la eternidad. Mirar desde la distancia lo caduco. Sostener la mirada hacia lo alto, con el corazón abierto, te permite no dejarse vencer por la seducción del mundo y llenarse de la gracia divina. Es lo que le pido hoy y siempre intensamente a Dios: que me permita seguir los pasos de Cristo, siendo fiel a su Evangelio, a su Buena Nueva y a su Palabra, con la ayuda inefable del Espíritu Santo. Unido a la Trinidad para dirigir mis pasos al cielo prometido.

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¡Padre, abro mi corazón a ti y elevo mi mirada al cielo! ¡Concédeme la gracia de no dejarme vencer por las seducciones mundanas y tener un sentido trascendente de la vida! ¡Concédeme la gracia de seguir cada día de manera fiel y coherente los pasos de tu Hijo, ser capaz de interiorizar y vivir su Palabra, dar sentido en lo cotidiano de mi vida a su Evangelio! ¡Abro mi corazón a Ti, Padre, seducido por tu Amor y tu Misericordia, flujo de alegría y de paz para mi corazón! ¡Abro mi corazón, Padre, porque quiero ser capaz de relacionarme con la creación y la humanidad tal y como hizo Jesús! ¡Espíritu de Dios, concédeme la gracia de abrirme a la trascendencia, la mirada siempre hacia lo alto, a la realidad de la vida desde la perspectiva de una fe cierta, para dar valor a lo que es esencial y no perecedero! ¡Hazme, Espíritu divino, cimiento y raíz de la vida evangélica, coherente con mi creer cristiano, entregado por favor en favor de todos, vivificado por al experiencia de la gracia de Dios, mirando siempre a Cristo; ser de oración constante! ¡Concédeme la gracia de vivir en la trascendencia, abierto siempre a la profundidad de lo real, con una mirada que sea capaz de descubrir una dimensión diferente de la realidad que yo mismo pueda crearme!  

«Sí, Señor, tú sabes que te quiero»

«Señor, tú sabes que te quiero». Esta frase la repito esta mañana en la oración al Señor a sabiendas de que soy tan quebradizo como Pedro. «Sí, Señor, tú sabes que te quiero» y al pronunciarla siento esa ternura y esa delicadeza del Señor para conmigo. Esa actitud que tiene de no pedirte nada a pesar de haberse dado Él por completo en una entrega generosa, en una comunión con el Padre, Dios de la misericordia, amoroso y tierno.
Pero ¿como no vas a contestarle «Sí, Señor, tú sabes que te quiero» como cuando a Pedro te formula cada día esta pregunta?: «¿Me amas?». «Sí, Señor, tú sabes que te amo». Le amo a pesar de esas barreras que tantas veces le pongo, de esos afectos mundanos, de esas situaciones que limitan mi amor, de esa cerrazón de mi corazón para ser generoso y servicial, de esos afanes de la vida que me esclavizan, de esos pensamientos no siempre auténticos… Lo reconozco, soy como Pedro pero como él puedo afirmar con rotunda sinceridad: «Sí, Señor, tú sabes que te quiero». Por eso aunque caiga voy a intentar mejorar cada día, serle fiel cada día, tener más fe cada día, buscar la santidad con más ahínco cada día, darme a los demás con amor cada día, hacer la vida más agradable a los que me rodean cada día…
«Sí, Señor, tú sabes que te quiero». Es un amor que traspasa mis limitaciones porque a pesar de todo sigue llamando con insistencia a mi corazón y mi vida. Y cuando me pregunte hasta tres veces como a Pedro «¿Me amas?» se me pondrá la misma cara de tristeza y no me quedará más remedio que mirar hacia lo más profundo de mi corazón y darme cuenta de mis negaciones, de mis miedos, de mis incertezas. «Sí, Señor, tú sabes que te quiero» por eso quiero comenzar de nuevo, dejarme guiar por Él, por su amor, por su gracia y por su dirección y no por mis propias y siempre frágiles capacidades y fuerzas.
«Sí, Señor, tú sabes que te quiero». Y como le quiero necesito sentir su mirada, confiar en Él, unirme a Él, dejarme apacentar por Él, imitarle en todo; crecer en el amor, madurar en mi vida cristiana, aprender a pedir perdón y a perdonar con el corazón, santificar mis jornadas…

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¡Señor, Tú sabes que te amo! ¡Señor, te amo y pongo todas mis esperanzas en Ti que eres el camino, la verdad y la vida! ¡Señor, tu sabes que te quiero aunque ya sabes que mi corazón, frágil y quebradizo, no es capaz muchas veces de dártelo todo porque está contaminado por egoísmos y mundanidades! ¡Señor, tu sabes que te quiero y a veces me resulta muy sencillo decirlo pero no demostrártelo porque en lo íntimo de mi ser y de mi corazón se acomoda el pecado que limita mi vida y arrastra mi existencia! ¡Señor, tu sabes que te quiero y porque te amo te necesito para levantarme cada día, para unirme más a Ti, para perdonar y ser perdonado, para caminar en tu presencia, para mejorar cada día, para abandonarme a tu gracia y a tu misericordia! ¡Señor, tu sabes que te quiero aunque tantas veces lo mundano me nuble, las cosas de este mundo me impiden entregarme a Ti como mereces, mi corazón desvíe mis verdaderas intenciones y la tentación me venza tantas veces! ¡Señor, tu sabes que te quiero y porque te amo quiero amar como tu amas, sentir como tu sientes, actuar como tu actúas por eso es tan necesaria en mi tu gracia para vencer los apegos y egoísmos que invaden mi existencia! ¡Señor, tu sabes que te amo y necesito que te hagas muy presente en mi vida para renunciar a todo lo que me aparta de ti! ¡Señor, tu sabes que te quiero, no permitas que lo diga solo de boquilla, con palabras bonitas sino con el corazón abierto, que sea un amor vivido y encarnado en mi propio vivir! ¡Señor, tu sabes que te quiero y sabes también que confío plenamente en tu amor, en tu gracia y en tu misericordia y en la promesa de que estarás conmigo hasta el final de la vida; por eso Señor te pido me acompañes en mi crecimiento como persona y como cristiano para que, transformando mi corazón soberbio y egoísta, me permitas amarte más, amar más al prójimo y tener un corazón más humilde, generoso, amable, caritativo y misericordioso!

Con flores a María (Obsequio espiritual a la Santísima Virgen María)
María, Madre, tú eras audaz, emprendedora, confiada plenamente en el Espíritu que te acompañó a lo largo de tu vida: enséñame a desconfiar de mí mismo y a poner mi esperanza en el Poderoso que quiere hacer obras grandes en mí.
Te ofrezco: encomendarme al Señor antes de cada actividad que haga hoy.

No me importa si Dios me conduce al desierto

Nuestra existencia gira en torno a una multiplicad de interrogantes. Es lo que ocurre con el virus que, implacable, avanza por el orbe. Agotamos nuestras fuerzas tratando de encontrar una pequeña rendija de luz que nos permita comprender el por qué de determinadas situaciones; descorazona, a veces, pensar que Dios nos conduce al desierto y nos deja allí como abandonados.
Si hay algo que no se puede negar es que los pensamientos y las acciones de Dios no van en consonancia con los que cada uno tiene porque Él camina seguro por delante, despejando el camino que uno por si solo no recorrería y aplanando la senda que pisarán nuestros pies de peregrinos.
Por eso aunque no tenga miedo, confíe y tenga esperanza mi ilusión es abrir el corazón para decirle que, pese a que decaiga tantas veces y me fallen las fuerzas, camino seguro a su lado. Pero no siempre ocurre así porque me dejo llevar por el desconcierto.
Me encantaría ser ese ser humano perfecto que nunca duda y nada teme, pero soy frágil, de barro y con multiplicidad de carencias. Me encantaría saber gestionar todas las situaciones con serenidad y confianza, pero no siempre estoy a la altura de las circunstancias. Me encantaría afrontar con temple y decisión los conflictos pero no siempre soy lo suficiente valiente para hacerlo. Me encantaría tener la entereza para ser coherente pero la debilidad me gana a veces. Me encantaría que mi rostro fuese el espejo de Cristo pero no siempre está impregnado de alegría. Me encantaría darme siempre a los demás con infinita generosidad pero no siempre mi corazón está predispuesto al servicio. Me encantaría ser testigo de las bienaventuranzas pero no siempre me atengo a la Buena Nueva del Evangelio. Me encantaría que mis primeros pensamientos fuesen dirigidos a Aquel que es el Amor infinito, pero mi mente tiene muchas veces demasiadas preocupaciones mundanas. Me gustaría ser árbol que diera frutos, pero no siempre la semilla de mi corazón está bien regada y abonada. Me encantaría impregnarme de la sabiduría de Dios, pero no siempre estoy atento a su llamada.
En este tiempo de Cuaresma quiero aprender a caminar confiado. No me importa si Dios me conduce al desierto. Es más, necesito que me lleve al desierto porque en este lugar quedaré reducido a lo esencial, seré capaz de despojarme de lo superfluo y me quedaré solo con lo importante: con la fe que despelleja mis deseos y apetitos mundanos y caminar hacia esa Pascua que nos desató de la esclavitud del pecado y nos invita a participar de la vida nueva; una vida impregnada de santidad, de plenitud, de gracia y de esperanza.

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¡Señor, que no me incomode que me lleves hacia el desierto porque quiero renovar mi fe y hacerla más viva y esperanzada! ¡Concédeme la gracia de vivir esta Cuaresma como un viaje interior que me invite a un cambio profundo! ¡Ayúdame a ahondar en mi existencia, en transformar mi vida de pecado en una vida santa, en llenar de luz todas mis sombras, a poner seguridad donde impere el desconcierto, a llenar de certezas todos los momentos de duda! ¡Ayúdame a contemplarte en la oración y abrir mi corazón para darte gracias por todo lo que haces en mi vida! ¡Concédeme la gracia de vivir una vida bienaventurada, envuelta en la virtud de la caridad y con el perfume hermoso de la misericordia! ¡No permitas que las tentaciones me puedan, que mi fe se debilite, las fuerzas me fallen! ¡Dame la gracia de vivir de tu Palabra, fortalecer mi espíritu con el ayuno, ser desprendido con obras de misericordia, aceptar la cruz de cada día y estar siempre alerta para aceptar tu voluntad y comprender lo que tu quieres para mi vida! ¡Hazme humilde, Señor, para vivir esta Cuaresma desde la sencillez, desprendido de lo mundano y para llenarme cada día de Ti, de tu amor y de tu misericordia!

De rodillas ante el Niño Dios

De rodillas ante el misterio del Nacimiento para adorar su divina presencia. De rodillas ante la dulzura del Niño. De rodillas ante la fragilidad humana del Dios hecho hombre envuelto en pañales. De rodillas ante el Dios Amor que ama hasta el extremo para enseñarnos a amar. De rodillas con sencilla humildad y profunda alegría para tomar a este Niño Dios entre mis brazos, besarle y susurrarle palabras de amor, de agradecimiento, de entrega y de mucho cariño. De rodillas para decirle que ante su presencia ¡qué importan los problemas, las dificultades, los sufrimientos, los agobios por las incertidumbres que te invaden, por el desasosiego por lo perentorio, por la preocupación por lo inmediato. De rodillas para dejar de pensar en mi mismo y en mis circunstancias y verle a Él para comprender que mi vida debe ser amar al prójimo.
De rodillas ante el Niño recién nacido para que cuando me levante de la adoración me ponga en camino, con el corazón abierto, enraizado en el misterio del amor divino, y ser apóstol del amor, de la esperanza, de la caridad y de la misericordia. Para construir en mi vida el misterio de Belén ese que hace desprenderte de tus incertidumbres y te llena de confianza y, sobre todo, te invita a proclamar que Dios ha nacido y está presente en el mundo.
De rodillas, para que sea capaz de mirar con ternura en este día la sencillez del pesebre de Belén donde José, María y Jesús acogen mi fragilidad y me la llenan de humildad, amor y esperanza.
¡Gloria Dios en el cielo y en la tierra, paz a los hombres que ama el Señor! ¡Cristo ha nacido en Belén pero, sobre todo, ha nacido en la pequeñez de mi pobre corazón!

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¡Niño Dios, con emoción profunda y gozo inmenso me postro de rodillas ante Ti que eres la Palabra hecha carne! ¡Me postro para decirte que te quiero, que eres todo para mi! ¡Me pongo de rodillas para olvidarme de mi mismo y aprender de Ti a amar y entregarme a los demás! ¡Niño Dios, viendo tu fragilidad envuelta en pañales, pongo ante tu humilde cuna todos mis anhelos y mis preocupaciones como regalo de Navidad para que lo acojas todo con amor! ¡Niño Dios, viéndote a ti desvalido y desnudo, junto a María y José, siento que solo puedo vivir de la confianza, del amor y de la fe, sirviendo al prójimo por amor a Ti y a los demás! ¡Niño Dios, te pido la pureza de María para vivir con integridad! ¡Te pido la confianza de san José para vivir con esperanza! ¡Niño Dios, tú que nos has dado la vida para disfrutarla con sencillez concédeme la gracia de vivirla acorde con tu ejemplo! ¡Te doy gracias, Niño Dios, porque me enseñas que quien se entrega con alegría te recibe a Ti, que quien da con amor, se acerca más a Ti! ¡Niño Dios, de rodillas solo te pido que nazcas en mi pobre corazón y me permitas tomarte entre mis frágiles brazos, como lo hicieron tus Santos Padres, María y José, en esta noche en que las estrellas iluminan mi vida por la bondad, la misericordia y el amor de Dios!

¿Por qué oro?

Me preguntaba alguien por qué oro. Solo puedo decir que aunque me siento sostenido por la misericordia y el amor de Dios siento la fragilidad de mi vida. Mi pequeñez. Es la oración con el corazón abierto lo que me adentra en el camino de la humildad consciente de que soy un pobre pecador. Cuando me hago consciente de mi pequeñez y de mis infidelidades a Dios es cuando más intensamente siento lo frágil de mi fragilidad. Aunque la buena nueva es que Dios, que es Amor infinito, acoge amorosamente esa fragilidad y por obra y gracia de su misericordia me redime de mi pequeñez. Por eso oro.
Una de las hermosuras de la plegaria es que a través de ella se siente como Dios la recibe henchido de alegría porque uno, que nada tiene que ofrecerle a Dios más que su pobre entrega porque todo es don y gracia que viene de Él, recibe todo milagrosamente multiplicado por el poder que tiene Dios para conceder. Por eso oro.
En la relación pobre y confiada, pequeña y animada con Dios Él, por medio de la gracia que viene del Espíritu Santo, siento como te marca el camino a seguir. Y así se siente la cercanía del Padre. Por eso oro.
El Espíritu Santo es el gran artífice de la apertura del corazón, el que permite que sintamos la profundidad del amor divino en nuestro corazón. La fuerza que otorga el Espíritu Santo es tal que te ayuda a abrir de par en par las puertas del corazón para orar amando y sentir al mismo tiempo el amor dadivoso del Padre. Por eso oro.
Oro porque para mí la oración es una invitación a amar y desde el amor me permite corregirme; implorar; someterme a la voluntad de Dios para que sus inefables propósitos permanezcan siempre en mi corazón; para vencer la tentación; para hacerme más dependiente del Padre; para confiar sin medida; para comprender lo que es más conveniente para mí; para interceder por los demás; para prepararme para llevar la tribulación, el sufrimiento y el dolor; para sanar mi corazón; para pedir perdón por mis faltas; para dar gracias por todo lo que he recibido incluso la cruz; para poner a los míos a sus pies y, sobre todo, para llevar a buen puerto mi santificación personal.
Fundamentalmente oro porque quiero amar porque si Dios es Amor yo quiero asemejarme a Él.

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¡Señor, te amo y porque te amor quiero encontrarte en los momentos de intimidad contigo en la oración! ¡Espíritu Santo ayúdame a que mi oración pobre y frágil esté llena de amor a Dios, que esté impregnada de humildad, intimidad, generosidad y entrega a Él! ¡Señor, Creo en Ti, espero en Ti, confío en Ti, te amor con todo mi corazón, con toda mi alma y con todas mis fuerzas! ¡Espíritu Santo, enséñame a orar! ¡Haz que mi corazón se abra y dirija su mirada al cielo para reconocer la presencia de Dios en mi vida! ¡Ayúdame Espíritu Santo con la gracia de la humildad a penetrar en mi mismo y desde la fragilidad de mi ser dar un espacio a Dios en mi corazón para Él pueda hacerse uno conmigo! ¡Dame la gracia de ser un alma orante que irradie al mundo el amor que siento por Dios! ¡Sé mi guía, Espíritu divino, para que convierta mi vida en una escuela de oración y a través de la plegaria aprenda a vivir en Dios!  

¡En esta medianía vive Dios!

Hoy me han saltado las lágrimas en la oración rodeado del silencio. De un silencio que penetra lo profundo del alma. En la inmensidad de una estepa montañosa en el centro de un país de Asia central donde me encuentro trabajando esta semana he sentido el amor inconmensurable de Dios por cada uno de nosotros. He sentido su presencia. He sentido como al enviar a su Hijo Jesús al mundo, Dios cumplió con el principio de la creación. La encarnación de Cristo es la revelación perfecta de la santidad, la dignidad y la grandeza de todos los seres humanos. Y esto es motivo de profunda alegría y de una emoción extrema.
Alejado de templos, sagrarios e iglesias donde poder refugiarte por encontrarte en un lugar sumamente aislado, te encuentras con un Dios que te ama tanto que quiso venir al mundo como tu mismo, como un hombre, en el seno de una mujer humilde, en una familia sencilla, en un entorno sereno, y que —como a todos nos sucede— le tocó vivenciar y experimentar dificultades, problemas y obstáculos en su nacimiento, en su infancia, en su formación, en su trabajo, en su labor apostólica, entre sus amistades, en su comunidad espiritual…
En la soledad de este desierto reavivo mi fe y doy gracias infinitas a Dios porque Cristo asumió la condición de hombre por mi salvación, por la salvación de todos. Bajo del cielo, por amor de Dios, y por obra y gracia del Espíritu Santo, encarnándose en el seno de María, nuestra Madre.
Y no ceso de dar gracias por que Cristo vive en cada uno y nos salva santificando las realidades sencillas y humildes de nuestra existencia.
No lo aprecio con frecuencia pero hoy, en la soledad de este desierto, siento en mi corazón como con Cristo la vida cotidiana y las cosas de la naturaleza se transfiguran y el entorno en el que cada uno vive puede convertirse en algo sumamente sacramental que te lleva a sentir de una manera única la presencia de Dios en tu vida.
Doy gracias Dios porque mi vida es sencilla, pequeña, nada extraordinaria pero lo que es verdaderamente extraordinario es que esta medianía vive Dios, vive Cristo y vive el Espíritu Santo. Y eso hace mi y de todo el que lo siente así una vida diferente, única y especial.

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¡Señor, ante todo permíteme abrirte el corazón y enséñame a orar para que siempre sea capaz de encontrar tu rostro allí donde vaya! ¡Ayúdame a escuchar tus susurros para escuchar tu voz! ¡Ilumina mi rostro y aclara mi mirada para que sea capaz de discernir tu voluntad y descubrir lo que de mi deseas! ¡Dame el valor para aceptar las cosas que deben cambiar en mi vida para hacerla más acorde a tu voluntad y los planes que tienes pensados para mi! ¡Concédeme la gracia, Señor, de comprometerme a ser un buen cristiano, a estar siempre alegre pese a las dificultades, a estar siempre dispuesto al servicio, a manifestar la verdad de tu Buena Nueva, a ser activo difusor de tu Evangelio, a ser coherente en mi vida cristiana! ¡Enséñame, Señor, a orar para encontrar tu rostro en la naturaleza, en las personas que están cerca mío, en los acontecimientos de la vida! ¡Que mirada, Señor, sea para llamarte amigo fiel, hermano querido y sentir tu aliento protector, tu amor infinito y tu misericordia insondable! ¡Envía tu Espíritu sobre mi, Señor, y guíame para transformar mi vida, fortalecer mis convicciones, para ser modelo, para que todos mis gestos y actitudes se asemejen a los tuyos, para que mis proyectos e ilusiones estén impregnados tu sello, para caminar según tu voluntad, para cambiar cuando me desvíe de la senda correcta, para comprometerme en la fe y en el camino de la verdad, para que mi vida cristiana sea levadura y fermento, luz y alegría! ¡Gracias, Señor, por tu presencia en mi vida! ¡Dame más generosidad en mi entrega y más constancia en mi vida de fe; fortalécela, aviva mi esperanza y confianza que tantas veces decae, activa mi amor por ti y por el prójimo y haz que los proyectos de mi vida estén llenos de tu presencia!

De la mano de la Madre de la Misericordia

Segundo sábado de noviembre con María, Madre de la Misericordia, en el corazón. La figura de María me invita a una permanente invitación a la Misericordia. Te permite ver como testimonió con su vida aquello que Jesús dejó marcado en la impronta de la vida: “Sed misericordiosos como vuestro Padre celestial es misericordioso”.
Hoy me pregunto: ¿Puedo tener a Dios como Padre, a Jesús como hermano y la Virgen como Madre si no soy capaz de ser misericordioso? ¿Puedo beneficiarme de la misericordia de Dios si no soy capaz de ser testigo y artesano de la misericordia en mi propia espacio vital?
¿Cómo es mi corazón? ¿Es un corazón misericordioso como el de Jesús y María? ¿Es un corazón que se abre de par en par a la miserias y las necesidades de los que me rodean? ¿Les comprendo, busca aliviar su precariedad, su fragilidad y su sufrimiento? ¿Me abro, como hicieron Jesús y María, a la compasión, a la ternura, a la solidaridad, a la cercanía con el otro? ¿Muestro bondad en mis gestos? ¿Tengo paciencia para con el prójimo? ¿Me pongo en la piel de los demás y trato de comprender sus actitudes? ¿Por qué mi corazón está tantas veces tan seco y es tan sensible a todo? ¿Por qué olvido tener sentimientos de tierna compasión, humildad, gentileza y benevolencia para con los demás? ¿Por qué si el Señor me perdona me cuesta tanto hacerlo a mí? ¿Por qué mi mirada no trasluce la luz de la misericordia para observar al prójimo con los ojos de Jesús y de María? ¿Por qué siendo cristiano no soy testigo del perdón y siervo de la misericordia?
Hoy me pongo en el regazo de María. Compungido pero esperanzado. Orarle para que como Madre de la Misericordia que es me permita abrir el corazón, me enseñe a amar, a perdonar, a guiarme en el perdón; que me toque el corazón, para sentir la misericordia que tiene su origen en Dios.

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¡María, Madre de la Misericordia, permite que mi vida sea un espejo de la tuya! ¡Que mi corazón se impregne de los valores que compartiste con Cristo, especialmente el ser misericordioso! ¡Permite, Madre, que en mi vida se haga auténtica la Cruz por la que murió Jesús! ¡Ayúdame a caminar en la verdad, en la esperanza, en el cumplimiento de la voluntad del Padre y desde la autenticidad cristiana abrir mi corazón a la misericordia! ¡Ayúdame a ser testigo de Jesús, testimonio de misericordia! ¡No permitas, Madre, que me desvíe por las sendas del pecado y ayúdame que todos mis pasos estén impregnados por las sendas de las buenas obras, para que toda mi vida sea una glorificación al Padre, donde el amor, la misericordia, el perdón y el servicio se conviertan en el caminar de mi vida! ¡Hoy María te canto el Magnificat en la que tu pronuncias la verdad de la misericordia, el alegre amor por el que el Padre nos acerca a la felicidad en este mundo en la que la tristeza, el dolor, la desolación y el sufrimiento campan por doquier! ¡Tu, Madre, que fuiste la primera Hija de la misericordia divina, a ti me entrego! ¡Todo tuyo, María, Madre de Misericordia!

Y ahora, el Magnificat, a la Virgen con la composición de Marco Frisina:

En Lourdes contemplas la enfermedad con ojos de misericordia

Domingo mariano, unidos a Nuestra Señora de Lourdes. Todos aquellos que en su familia tienen un enfermo tienen en este día un encuentro especial con la Virgen, Salud de los enfermos.
La relación de María con la salud de los enfermos y con el sufrimiento del ser humano comienza en las mismas páginas de los Evangelios. María se desvive por los que sufren y es sensible a los sufrimientos y desesperanzas, tristezas y congojas de los que a ella se acercan. Desde el momento mismo de la Anunciación, en esa comunión única con el Hijo, participó María en la misión salvadora encomendada por Dios, asumiendo con humildad y valentía su condición de Madre y de creyente.
Cuando viajas a Lourdes te adentras en un cuadro multicolor donde se hace presente la fragilidad humana, quedando al descubierto aquellos que sufren para ser acogidos por las manos misericordiosas del Padre a la luz de la bondad y gracia de Nuestra Señora. En Lourdes contemplas la enfermedad con ojos de misericordia y observas en la fragilidad y debilidad de los enfermos la mirada amorosa del Dios del Amor y la Misericordia.
En este día me siento llamado a ser más consciente de mi ser cristiano que implica que mi corazón debe estar predispuesto para la obra de Dios, sirviendo al prójimo de manera desinteresada, generosa, caritativa y amorosa, especialmente entre los que sufren.
Hoy, reunido en la Misa dominical en torno al altar, pondré especialmente a todos los enfermos que tengo cerca en manos de María y de Cristo, Madre e Hijo que dan calor a nuestro corazón pero también a todos los que se dedican con extraordinario amor al cuidado de los enfermos, a los médicos y las enfermeras, a los voluntarios y a las familias que se entregan generosamente a atenderlos. Cristo camina al lado de todos y es, con María, el que difunde en nuestra vida la paz del corazón y la esperanza de la sanación. Madre e Hijo son los que nos sostienen en los momentos de oscuridad.
El sufrimiento va unido a nuestro camino de vida. Aceptarlo por amor a Dios es nuestra manera de llevar nuestra santificación cristiana unidos a su Hijo Jesús. Hoy de la mano de Nuestra Señora de Lourdes está en mi ánimo vivirlo así y seguir viviéndolo cada día.

orar con el corazon abierto

Hoy mi oración es de Juan Pablo II, una bella plegaria compuesta para una de sus visitas al Santuario de Lourdes:

¡Ave María, Mujer humilde,
bendecida por el Altísimo !
Virgen de la esperanza, profecía de tiempos nuevos,
nosotros nos unimos a tu cántico de alabanza
para celebrar las misericordias del Señor,
para anunciar la venida del Reino
y la plena liberación del hombre.
¡Ave María, humilde Sierva del Señor,
Gloriosa Madre de Cristo !
Virgen fiel, Morada Santa del Verbo,
enséñanos a perseverar en la escucha de la Palabra,
a ser dóciles a la Voz del Espíritu Santo,
atentos a sus llamados en la intimidad de la conciencia
y a sus manifestaciones en los acontecimientos de la historia.
¡Ave María, Mujer del dolor,
Madre de los vivientes !
Virgen Esposa ante la Cruz, Eva nueva,
Sed nuestra guía por los caminos del mundo,
enséñanos a vivir y a difundir el Amor de Cristo,
a detenernos contigo ante las innumerables cruces
en las que tu Hijo aún está crucificado.
¡Ave María, Mujer de la fe,
primera entre los discípulos !
Virgen Madre de la Iglesia, ayúdanos a dar siempre
razón de la esperanza que habita en nosotros,
confiando en la bondad del hombre y en el Amor del Padre.
Enséñanos a construir el mundo desde adentro:
en la profundidad del silencio y de la oración,
en la alegría del amor fraterno,
en la fecundidad insustituible de la Cruz.
Santa María, Madre de los creyentes,
Nuestra Señora de Lourdes,
ruega por nosotros.

Ave Maria de Lourdes: