Misionar por Cristo

Me encanta la simbología de cómo Cristo envía a los apóstoles a la misión de dos en dos. Es como si quisiera hacer entender al cristiano que no está solo cuando proclama el Evangelio. Nadie puede darse a sí mismo esta misión. Donde dos o tres están reunidos en Su nombre, allí está Él en medio de nosotros. Queda así claro que la comunión en la oración y la misión comienza cuando hay al menos tres personas: las dos que anuncian y la que recibe este anuncio. La misión tiene sus raíces en la vida trinitaria misma. El Padre envía a su Hijo y el Hijo envía el Espíritu.
Tampoco menciona nada sobre el contenido de la predicación de aquellos que son enviados. Ni nos ofrece la forma ni la sustancia ni el contenido de la predicación. A menudo, buscamos qué decir en nuestra proclamación del Evangelio.
Y pide a los apóstoles —a cada uno de nosotros individualmente—, que no llevemos nada, que no nos apeguemos a las cosas materiales. Implica aceptar lo que nos dan quienes nos reciben, o sacudir el polvo de nuestros pies cuando se rechaza la hospitalidad. Sorprende que se deba llevar un palo, unas sandalias y una sola túnica. Pero si lo interiorizamos bien es una manera de estar preparado para salir, a toda prisa, como en el libro del Éxodo. La misión supone una especie de nuevo éxodo, una nueva liberación. No se trata de huir de la esclavitud de la tierra de Egipto, como el pueblo de Israel, sino de liberarse de las fuerzas del mal. Sanar y relajar aquello a lo que estamos encadenados para experimentar la experiencia de la liberación en la forma de ejercer la misión.
¡Jesús no nos pide que digamos palabras maravillosas! Simplemente nos pide abrir el corazón y testimoniar lo que llevamos dentro. No se trata de decir cosas bellas, sino de vivir auténticamente la conversión interior para ser misioneros que reciben el evangelio para nosotros mismos antes de llevarlo a los demás. Vivir con humildad y no creerse superior a los demás brindándoles una verdad ya hecha que uno no haya practicado antes. La fe no es suficiente, hay que ponerla práctica.
Si Dios nos llama a misionar no es por nuestros propios méritos. Dios nos ha elegido antes de la creación del mundo para ser santos e irreprensibles bajo su amorosa mirada. Hemos sido elegidos y llamados a ser testigos de Su gran amor. Este testimonio es válido en todas las situaciones, independientemente de que haya o no bienvenida por parte de quien recibe la palabra para ser curado de sus enfermedades interiores. Cada uno de nosotros ha recibido la fuerza del Espíritu Santo para consolar a aquellos que están abrumados. Es aceptando nuestra propia vulnerabilidad y fragilidad como podamos ser testigos del Evangelio.
Nuestra fuerza misionera del Espíritu Divino trabaja en la debilidad de nuestros recursos humanos. La Iglesia no es una start-up que depende únicamente de la eficiencia. Nuestra flexibilidad, como cristianos, proviene de nuestro desprendimiento de los caminos del mundo. Estamos en el mundo, pero no en el mundo. Le pido hoy al Señor que no tenga miedo de salir en misión y que me ayude a cooperar en la obra de liberación iniciada por Cristo.

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¡Señor, a todos nos llamas a salir de misión! ¡Que el Espíritu Santo, Señor, me ayude a discernir siempre el camino que tu me pides; aunque te pido que me lleves a aceptar siempre tu llamada, a salir de mis propias comodidades y a atreverme a llegar a todas las periferias de la sociedad que requieren escuchar tu mensaje, sentir tu amor y tu misericordia y sentir tu presencia amorosa! ¡Señor, tu eres el Camino, la Verdad y la vida, eres auténticamente el rostro humano de Dios y rostro divino del hombre, por eso te tipo que enciendas mi corazón con el amor de Dios y me imprimas en el corazón el sello de ser cristiano para testimoniar al mundo con alegría la verdad de tu Evangelio! ¡Guía, Señor, por medio del Espíritu Santo cada uno de mis pasos porque quiero seguirte y amarte en comunión con mis hermanos, en comunión con tu Santa Iglesia y celebrando y sintiendo profundamente el don de la Eucaristía que tu instituiste el Jueves Santo! ¡Concédeme, Señor, la gracia de recibir el fuego de tu Santo Espíritu para que ilumine mi mente tantas veces cerrada y despierte en mi corazón soberbio y egoísta el deseo de contemplarte, de servir al prójimo, de amar a los hermanos, especialmente a aquellos que sufren, y el ardor por anunciarte sin miedo al que dirán! ¡Hazme, Señor, misionero valiente, comprometido y auténtico!

Alma misionera:

Los elementos clave de la confianza

¿Cómo se movería Jesús por las tierras de Galilea? ¿Cómo entraría en sus aldeas, como saludaría a la gente, cómo pediría algo de comer? ¿En qué lugares se apartaría a rezar, como tocaría con los nudillos de los dedos las puertas de las casas de aquellos hombres sedientos de esperanza y de amor a la espera de escuchar una palabra o experimentar un milagro de sanación? Lo medito en la plegaria. Es la literatura de la oración que te permite convivir con las imágenes y la Palabra que emerge del Evangelio. En todas estas acciones Jesús «pedía», «buscaba» y «llamaba». Son los elementos clave de la confianza.
Si algo se aprende permanentemente de la figura de Jesús en esta época de dificultades, de crisis galopante, de tanto sufrimiento humano, de tantos valores corrompidos, de tanto vacío existencial, de tanto desconcierto, incluso en la propia fe y en la Iglesia misma, es la confianza. La confianza ciega en la providencia de Dios. «Pedir», «buscar» y «llamar».
«Pedir» con confianza al Señor, con una actitud de abandono, con humildad de espíritu, con palabras sencillas que surgen de los labios y que desprecian el orgullo y autosuficiencia. Jesús otorga desde la fragilidad y la indigencia no desde un corazón altivo.
«Buscar» no implica exclusivamente pedir. Es avanzar por el camino espiritual para esforzarnos en cumplir la voluntad divina, para comprender que todo cuanto nos ocurre en la vida es para conocer mejor a Dios; que en las pruebas de la dificultad, en el dolor, en el sufrimiento, en la dificultad, uno también está capacitado para aceptar la voluntad del Señor.
«Llamar» es reclamar la atención para que nos escuchen y nos atiendan, para que se hagan cargo de nuestras heridas. Pero el Señor desea tomar tu vida y unirla íntimamente a la suya. Y en esa llamada no quiere que mires únicamente tus heridas interiores sino que las unas a la suyas, que no contemples sólo lo que nos separa de Él y de los demás. Quiere que mi dolor se una estrechamente al suyo, que le pida perdón y que se viva junto a Él la experiencia más sublime y hermosa que es gozar de la misericordia del Señor en ek peregrinar cotidiano.
«Pedir», «buscar» y «llamar». Pedir que nos otorgue la bondad y la esperanza, buscarle en todo lugar, llamarle en la necesidad. En esto se resume la confianza y la esencia de la vida espiritual.

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¡Señor, quiero buscarte cada día para que me enseñes a ver en cada persona que se cruce en mi camino el hombre y la mujer que tú amas! ¡Dame un corazón generoso para amar igual que haces Tú! ¡Aýudame, Señor, a no cerrar mi corazón con el candado de la indiferencia ante los sufrimientos y necesidades de las personas que me rodean! ¡Señor, quiero encontrarte cada día en la oración y la Eucaristía para llenarme de Ti! ¡Dame. Señor, Tu sabiduría de Dios, para vivir una vida llena de amor y coherencia cristiana! ¡Enséñame, Padre, a dirigirme a la genteque sufre, que tiene heridas, que te busca, que no te conoce, que tiene una fe tibia, al inseguro, al enfermo, al lleno de ilusiones, al soberbio… como lo harías tu! ¡Cierra de mi corazón la soberbia y dame un corazón sencillo! ¡Recuérdame, Padre, que al comenzar cada jornada mis acciones y mis palabras sean el espejo de tu Evangelio! ¡Quiero pedirte, Señor, serenidad, sencillez, humildad, generosidad, comprensión, paciencia, magnanimidad, amor, esperanza, bondad… y todos aquellos valores que me haga un verdadero discípulo tuyo!

Confío, cantamos hoy:

 

La vida te enseña que el sufrimiento hay que entregarlo por amor

Por experiencia puedo afirmar que el dolor es una escuela de vida. Es en medio del dolor en el que uno tiene la capacidad de discernir, donde uno valora lo que verdaderamente es importante o relativo. Es en la oscuridad del sufrimiento y en las tinieblas de la desnudez interior donde uno puede abandonarse a la desesperación y a la tribulación para ir paulatinamente hundiéndose en la tristeza o aferrarse a los brazos de la Cruz en la que Cristo abraza, sostiene, consuela, dignifica, sana y acompaña.
Es desde el vacío de la nada donde el hombre se hace más consciente de sus carencias y limitaciones; donde es posible reconocer la fragilidad de su propia humanidad; donde es posible vislumbrar el mundo con la mirada de Dios.
A mi alrededor, como en la de cualquier lector de esta página, hay gente que sufre una enormidad pero lo hacen con paciencia, soportando las contrariedades y las penas con amor, calladamente y con humildad.
Gentes que encuentran su fortaleza en Jesús testimoniando que «todo lo puedo en Cristo que me fortalece». Cuando observas cómo sobrellevan su sufrimiento y su dolor es cuando comprendes que tus propias penas son insignificantes aunque no lo sean a los ojos de Jesús. Cargar las cruces cotidianas con Él alivia el corazón y hace más soportable el dolor, lo que no implica entenderlo.
En el cielo los planes de Dios tienen su razón de ser y es en este punto dónde hace acto de presencia la fe que nos reconoce humildes ante los planes divinos.
El camino que conduce a Dios es el del corazón quebrado a pedazos; abierto a su misericordia.
La vida te enseña —te enseña, aunque sea difícil ponerlo en práctica— que todo sufrimiento hay que entregarlo por amor, que cada lágrima derramada debe transformarse en una sonrisa, que cada ofensa recibida debe transformarse en una oración, que cada golpe recibido debe llevar consigo el perdón, que cada desprecio tiene que volverse al otro con mirada de Misericordia al estilo de Jesús.
El dolor es la gran oportunidad que Jesús ofrece para acercarte más a Él, para unir el propio sufrimiento al de Jesús. Es el don que pone Cristo para convertirte en testigo de su amor infinito y misericordioso, la invitación directa para el olvido de uno mismo, para cargar la cruz y avanzar por la senda del amor.

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¡Señor, no quiero regocijarme con mis penas y sufrimientos que te entrego a Ti con amor para que lo acojas todo con tus manos misericordiosas! ¡Te pido, Señor, que a la luz de la fe y la esperanza, envíes tu Santo Espíritu, para ser consciente del profundo amor que sientes por mí y acepte siempre tu voluntad! ¡Concédeme la gracia de creer en tu amor! ¡Dirige, Señor de bondad, tu mirada de amor hacia los afligidos, los que sufren, los que lloran, los que están desesperados, los que no sienten tu presencia, los que necesitan ser consolados! ¡Señor, derrama tu gracia infinita y tu amor misericordioso sobre cada corazón humano y haz que encontremos siempre el consuelo del espíritu, la esperanza en tu divina Providencia, renueva nuestro interior, ábrelo siempre a una predisposición a la renovación espiritual y ayúdanos a comprender el misterio insondable del dolor y del sufrimiento como camino para el crecimiento interior! ¡Concédenos la gracia de comprender que el dolor nos permite acercarnos más a Ti y ayúdanos a llevar la Cruz de cada día con amor y generosidad!

La Cruz, que acompaña al sufrimiento:

Entre la fortaleza y la debilidad

En la vida transitas por dos vías. Una, en la que eres consciente de esa pequeñez edificada por la inseguridad, las incertezas, los miedos, las dudas que van asolando, la incapacidad para tomar decisiones, atenazado por el que dirán. En estas circunstancias eres consciente de tu fragilidad, de esa incapaz de dar lo mejor de ti mismo.
Hay otra senda. Es aquella en la que sintiéndose cercano al Señor, atendiendo a su Palabra, te sientes fuerte, repleto de vida, consciente de las oportunidades que se te abren, lleno de posibilidades, amparado por las escenas del Evangelio, brillando a la luz de Cristo.
Esta senda es la que te permite amar de manera efectiva y eficaz, darlo todo por el otro, descubrir aquello que es relevante en la vida, a dar importancia a lo que no pasa, a cantar la excelencia del amor, a ser paciente y benigno, no devolver bien por mal, no necesitar de las propiedades terrenas sino las eternas, alejarse de lo que te aparta de la rectitud, valorar las palabras sencillas, amables y sinceras, actuar con gestos sencillos, acogedores y amables, dignificar los esfuerzos que edifican, no buscar el interés propio sino el ajeno, no reconocer como propio más que lo permanente, saber encontrar el silencio entre tanto ruido mundano para escuchar los susurros de Dios, vivir con sentimientos auténticos y alejar del corazón las emociones superficiales, complacerse con la verdad amando a los demás como uno se ama a si mismo, encontrar en el prójimo lo bueno que hay en él alejando de ti la crítica y el juicio despiadado, ser caritativo y magnánimo, ser apóstol de la misericordia, obrar con humildad y no con soberbia, servir sin esperar contrapartidas, no tomar en cuenta el mal, ser coherente con lo que dices, haces y piensas…
Este es un principio programático que te hace consciente de tus muchas limitaciones. De tu incapacidad para cambiar interiormente y cambiar el mundo. Pero Jesús te pide ser luz del mundo y aunque sabes lo poco que brillas para iluminar el mundo también eres consciente de que en tus tantas limitaciones está la fortaleza que viene del Espíritu que dota al hombre de la sabiduría para proclamar en su propia vida el mensaje del Evangelio, que te llena de posibilidades para ser transmisor de la Palabra y que en tu debilidad te haces fuerte en Cristo, en su amor te haces fuerte en Él, en tu vida puedes hacerte uno en Él. Y sientes en tu corazón aquello que Jesús anunció: «No apartes de mi tu mirada, porque te necesito para que se cumpla en el mundo el plan de mi Padre». Y, entonces, sabiéndote pequeño y limitado, sientes que con Cristo puedes ser una pequeña luz incandescente que ilumine tu pequeño mundo para dar esperanza y alegría, calor y refugio, amor y servicio.

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¡Señor, en mi debilidad tu me haces fuerte porque me envías tu Santo Espíritu y me llenas de Ti! ¡Señor, bendice mi vida, para que lleno de Ti sea capaz de abrirme a la vida! ¡Bendice cada uno de mis gestos para abrir puertas, para ser transmisor de tu Palabra, para ir más allá de las palabras y vivir acorde con tus principios! ¡Concédeme la gracia, Señor, de saber elegir siempre estar a tu lado y no dejarme convencer por las argucias del demonio! ¡Concédeme, Señor, la gracia de tener tu mirada para ver el mundo con tus propios ojos, para ver al prójimo según tu forma de mirar, para ser capaz de entender lo que el otro necesita, para acompañarle en sus sufrimientos, en su dolor, en sus incertezas y en su caminar! ¡Concédeme, Señor, la gracia de ir a lo profundo, a lo esencial, alejándome de lo superficial y mundano, de la injusticia, de aquello que te causa dolor! ¡Concédeme la gracia, Señor, de que cada uno de mis gestos testimonien que soy seguidor tuyo para construir en lugar de destruir! ¡Concédeme, Señor, la gracia de estar atento a tu llamada, a los susurros de tu voz que vienen con el soplo del Espíritu! ¡Concédeme, Señor, a estar abierto a las necesidades del prójimo y servir sin ser servido! ¡Y, sobre todo, Señor, ser templo tuyo, un templo abierto a la verdad, al amor, a la misericordia y al perdón! ¡Señor, que sea capaz de manifestar esa gloria tuya que hay en mi interior!

Eres mi fortaleza, le cantamos al Señor:

Elevad las manos y bendecid al Señor

Releo el Salmo 134 —de apenas tres versículos—, una pequeña joya de profunda intensidad. Es el ejemplo vivo de que en un pequeño frasco cabe mucha esencia. Los dos primeros versículos advierten que, pese a que la casa de Dios pueda estar vacía y a oscuras, y de que en apariencia nada relevante sucede, invita a «Elevad vuestras manos al santuario y bendecid al Señor». En el último versículo la comunidad eleva su voz para clamar en la soledad de la noche: «¡El Señor que hizo el cielo y la tierra los bendiga desde Sión!».
Coincide la relectura de este salmo por la conversación que mantuve hace unos días con un grupo de personas entregadas a difundir la palabra del Señor, convencidas de su amor a Cristo, organizadoras de numerosas actividades para acercar a gente a Cristo en las periferias humildes de mi ciudad. Me encontré con ellos para impartir una charla en un curso Alpha. Un padre de familia me decía que servía en lugares muy pequeños, donde apenas hay feligreses y donde la receptividad es pequeña e, incluso, hostil. A veces se siente desanimado, tentado a abandonar, porque ofrece lo mejor de sí mismo pero no observa frutos espirituales en el prójimo, aunque las recompensas personales no están en su lista de prioridades. Una joven decía que a veces parece que predica en el desierto y se planteaba si realmente a alguien le importaba lo que estaba haciendo. Ese grupito se sentía pequeño, solo, frágil, insignificante. Pero se me ocurrió decirles que por muy pequeño que fuera su lugar, por muy insignificante que parecieran sus acciones, el lugar era santo y sus obras estaban bendecidas. Al terminar, oramos juntos con el salmo 134 que deja constancia de que todo lo que sucede en el cielo y en la tierra Dios lo observa desde las alturas y las obras buenas están bendecidos por Él que, además, obra a través de cada una de las personas que ponen su corazón en servirle. Dios actúa y se sirve eficazmente de pequeños instrumentos; cualquiera que obra según su voluntad lo que realiza es sumamente relevante ante sus ojos.
Por eso cuando en apariencia uno piensa que su apostolado es infructuoso que «Eleve sus manos al cielo en el santuario, y bendiga al Señor para que cubra sus obras de bendiciones».

¡Padre mío, hazme y haznos a todos los que pertenecemos a tu Santa Iglesia vivos estandartes de adoración para alabarte y bendecirte siempre! ¡Haz, Señor, que también los jóvenes y los niños te adoren siempre porque a través de tu Hijo Jesucristo te acercaste a ellos y los pusiste de ejemplo! ¡Derrama, Padre, tu Santo Espíritu sobre tu Iglesia como si fuera un frasco de perfume derramado para dar esencia a todos sus miembros! ¡Padre, bendice a todos los que dan su vida por honrarte y trasmitir la buena nueva que enseñó Jesucristo y que puedan elevar sus manos hacia tu santuario y bendecir tu santo nombre! ¡Señor, úngenos siempre para estar preparados para adorarte en el Espíritu y verdad! ¡Ayúdanos a cuantos te seguimos a estar despiertos y prevenidos para darte la honra que mereces! ¡Concédenos la gracia de levar siempre en nuestras manos hacia tu santuario para darte gracias, bendecirte, glorificarte y alabarte! ¡Ayúdanos por medio de tu Santo Espíritu a bendecirte en cada instante de nuestra vida! ¡Gracias, Padre, por justificarnos por la fe de tu amado Hijo Jesucristo! ¡Padre bendice a tu amada Iglesia desde Sión para que te sirva en la hermosura de la santidad en esta época de dificultades y rechazo final para que te pueda adorar mientras se entrega en la labor misional de llevar tu palabra y los símbolos de tus bienaventuranzas! ¡Sagrado Corazón de Jesús, en vos confío!

Del compositor inglés, John Taverner, disfrutamos hoy de su sensible y armoniosa Lord’s Prayer:

A imitación de María

Segundo sábado de junio con María, la mujer de las cosas sencillas, en nuestro corazón. María me enseña hoy, contemplando su vida, que cuando reservo mi vida de relación con Dios exclusivamente a los tiempos que dedico a orar, a meditar, a la lectura espiritual, a asistir a la Eucaristía diría me hago pequeño, tan diminuto que el Señor acaba colocándose al margen de mi vida y acabo convirtiéndome en un cristiano que conozco muy bien a Dios y puedo hablar maravillas de Él, pero mi vida está a años luz de mostrarlo a los demás.
Jesús me recuerda constantemente en las páginas del Evangelio cómo era su vida; cómo era su relación con el Padre; cómo trataba a los demás; cómo escogió a sus discípulos entre los más humildes y sencillos de Galilea para dejar constancia que seguirle a Él no es tarea de los que han logrado una vida santa sino de los más pequeños. Y que gracias a su convivencia con ellos pudieron alcanzar la santidad a la que hoy y cada día me invita.
Esto fue, sin duda, lo que la Virgen comprendió: sólo se puede vivir con el horizonte de Dios en cada una de las situaciones y circunstancias de la vida. En esta manera de actuar de María, que nos los muestra con su propia vida, está el ejemplo a seguir. Ella no aparece con grandes oropeles por las páginas del Evangelio. Su presencia es a cuentagotas, mostrándonos una vida escondida en Dios y para Dios, entregándose al Señor en cada una de sus quehaceres cotidianos. Ese es el camino que Jesús marca para alcanzar la santidad. Cada acción, cada palabra, cada pensamiento, cada deseo, cada actuación… incluso en lo más recóndito de nuestro ser tiene que estar revestido por la revelación divina. Es un error convencerse de que en mis grandes actos o en mis momentos de oración el Señor se hace más presente. Dios desea irradiarse desde la más ínfima de nuestras actividades y desde esa pequeñez, que le llevemos a Él a todos los corazones. Dios anhela la salvación desde mi propia vida. Y eso me enseña la Virgen, que Dios se hace presente en mi vida a través de la sencillez de mis cosas diarias impregnándolas de su amor, de su misericordia e, incluso, de su propia santidad. Si soy capaz de ser pequeño en lo diario lograré irradiarle a Él a todos los que me rodean.

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¡María, Madre de Gracia, de Amor y de Misericordia, quiero imitarte en todo! ¡Acepta, María, mi persona y todas aquellas cosas buenas que hago por la gracia que derrama sobre mí el Espíritu Santo! ¡Ayúdame a seguir tu ejemplo siempre para conservarlo todo en mi corazón como hiciste Tu y ser siempre constante! ¡Ayúdame a perseverar en mi vida de oración y mantenerme firme en mis actitudes cotidianas! ¡Dame la fuerza para seguir siempre adelante en los momentos de debilidad! ¡Ayúdame a hacer siempre las cosas bien hechas por amor a Dios y a los demás! ¡Gracias, Jesús, por habernos dado a tu Madre como nuestra Madre fiel, compañera de mi peregrinar por este mundo, por ser la linterna que ilumina mis pasos, por ser el ejemplo de que debo hacer la voluntad de tu Padre en todo momento! ¡Quiero serte fiel, Señor, como lo fue tu Madre, e imitarla siempre en todas sus virtudes, en su amor hacia ti, en su contemplación de tu vida, en ser un trabajador más para tu reino, en estar siempre a tu lado incluso en los momentos difíciles, en acudir a ella para que me consuele como te consoló a ti, para que me ayude a alcanzar una imitación auténtica de tu vida, de tu amor, de tu misericordia, de tu generosidad y de tu compasión! ¡María, gracias, por amarme como me amas! ¡Enséñame a vivir dócil a la Palabra de Dios, a dejarme guiar por ella, a ser siempre un servidor fiel!

En este sábado que dedicamos nuestra meditación a la Virgen, ofrecemos este bello Regina Coeli de Johannes Brahms:

Mi límite es el infinito

Regreso ayer de un viaje relámpago en avión con una compañía low-cost invitado por una empresa. Mientras descendemos hacia el aeropuerto comienza una fuerte tormenta. Vamos poco a poco taladrando los densos nubarrones. El ambiente es gris y perturbador. Si observas por las pequeñas ventanas del avión, en un permanente balanceo, la catarata de agua de lluvia se une con las olas de mar bravío a poca distancia ya del avión. El martilleo del agua cayendo sobre la estructura del aeroplano con la luz resplandeciente de los rayos iluminando el camino hacia el aeropuerto no es una situación muy aleccionadora. Uno tiene ganas de llegar al destino, y mientras el avión penetra tierra firme miras por la ventana y vas viendo como las minúsculas casas que conforman aldeas, pueblos y la gran ciudad se van haciendo cada vez más grandes. Los predios agrícolas son a la vez más claros. A mayor cercanía, mayor es la seguridad. Hay que viajar en avión en momentos de turbulencia para ser claramente consciente de nuestra pequeñez y fragilidad. Visualizar objetivamente la miseria de nuestra nada.
El hombre está hecho para la seguridad perfecta, para los espacios grandes e inmensos, para los horizontes que no tienen fin porque su límite es el infinito. Ese es el destino del hombre. El Infinito, escrito en mayúsculas porque es el viaje lleno de turbulencias que uno debe realizar para alcanzar la felicidad eterna.

¡Señor, aspiro con mi pobreza y mi pequeñez a la vida eterna! ¡Eso me exige cambiar, Señor! ¡Me exige, Señor, tener un corazón limpio, comprensivo, servicial, generoso, desprendido, humilde, solidario, magnánimo, paciente, amoroso, sencillo, caritativo, humilde y misericordioso! ¡Un corazón que ame como tu amaste! ¡Aspiro a conocerte mejor y que te conozcan a ti que has resucitado para darme la vida! ¡Espíritu Santo, ayúdame a salir de mi mismo y empezar a ser otro! ¡Concédeme la gracia de vaciar de mi interior lo viejo para que nazca en mi el hombre nuevo que siente del fuego tu gracia y los bienes que tu otorgas! ¡Ayúdame a que mueran mis ideas «siempre estupendas», mis yoes innegociables, mis proyectos, mis normas establecidas, mis principios «inviolables» para dejar que entren en mi los auténticos de Cristo! ¡Señor, transforma y cambia mi corazón intoxicado por el pecado, contaminado por las tentaciones, turbado por los ruidos exteriores y límpialo con la Gracia del Espíritu Santo! ¡A los pocos días de haberme alegrado por tu Resurrección ayúdame, Señor, a resucitar como tu a la luz de tu verdad y aspirar a la vida eterna!

Anima Christi, sanctifica me, bello canto para acompañar hoy nuestra oración:

Quemar etapas

En la vida es frecuente quemar etapas. Pensamos que cuando las hacemos arder es que no va a ser necesario cruzarlas. ¡Pero qué equivocados estamos!
Uno se va fijando en la infinidad de pequeños detalles que van creando su rutina diaria, esas nimiedades sin importancia que nos inundan y que, de manera pausada, van edificando poco a poco la realidad de nuestra vida. Uno piensa en esa cantimplora de agua bendita, fresca y pura, que bebe para ir tomando fuerzas; son los detalles hermosos de la vida que, como retazos, se van haciendo presente en lo cotidiano.
Sin embargo, un día como hoy sientes ese viento gélido, fuerte, que te envuelve y que te impide avanzar; que te empuja descontrolado y te tambalea. Comprendes esa inseguridad que a veces hace mella en tu vida, esos miedos que te atenazan, esa fragilidad que se despliega con toda su fuerza. En ese momento no queda más que doblegarse ante Dios y pedirle, con el corazón abierto, que se convierta en la pantalla que frene estas envestidas, que vierta toda su gracia sobre este pobre hombre que en toda su fragilidad se siente incierto en el momento de cruzar el puente quebradizo la vida formado de tablones de madera enmohecidos, que crujen cuando caminas y que son incluso más inestables que uno mismo.
Es, entonces, con todos los miedos que te atenazan que te aferras dignamente a la Palabra, la única que esconde la verdad cierta, y que te invita a tener una fe firme y una confianza ciega. Y le dices a tu corazón: «Avanza y no tengas miedo, dirígete hacia el otro extremo confiadamente porque en el otro lado Alguien te espera con los brazos abiertos». Sí, en la vida hay momentos de confusión, desconcierto y desorientación. Por eso es tan importante pedir cada día una fe cierta y firme, la gracia de la confianza, el no tener miedo a caminar sobre travesaños de madera que crujen sobre el abismo. No tener miedo a cruzar el puente y quemarlo con la seguridad de que no lo voy a necesitar de nuevo porque no regresaré jamás al punto en el que me encontraba pues los horizontes que se abren son infinitamente mejores.
Si soy capaz de superar esta situación, de vencer esta prueba, de entregarme sin vacilaciones a la voluntad de Dios, de aceptar lo que Él tiene preparado para mí ¡por qué temer esta travesía! Mi vida experimentará una profunda transformación interior, un cambio profundo y, me convertiré, estoy convencido en alguien mucho más cercano a la belleza, amor y misericordia del corazón del Padre. ¡Voy a intentarlo!

orar con el corazon abierto

¡Señor, hay veces que la incertidumbre me invade y los miedos me aprisionan! ¡Hay ocasiones, Señor, que todo son incertidumbres que desmoronan de por si mi frágil existencia! ¡Aún así, Padre, tu eres la fuerza de mi corazón aunque mi espíritu sea débil y mi capacidad de confianza flaquee! ¡Te pido que me sostengas, Padre, y no me dejes caer nunca, que me guíes con los sabios consejos de tu Palabra y me conduzcas hacia ti con una fe ciega! ¡Soy consciente, Padre, de las grandes maravillas que obras en mi, que estar cerca tuyo y de tu Hijo es una gracia, porque sois mi refugio y mi auxilio, pero a veces tengo dudas porque los problemas a mi alrededor me dificultan crecer en confianza! ¡Ayúdame a quemar esos puntos que no sirven para vivir en la confianza cierta; yo confío en tu fuerza, cuando no puedo más creo en Ti, confío plenamente en que me bendices y me proteges porque eres el más grande y soberano Padre! ¡Envía tu Espíritu, Padre, sobre mí para que me de la fortaleza para avanzar, la sabiduría para confiar y la fe para crecer! ¡Gracias, Padre, por tu infinito amor y misericordia y perdona a este frágil pecador que tantas veces duda y se tambalea!

Alma mía recobra tu calma, rezamos cantando con esta hermosa canción:

Con el espíritu a mi lado…

El principal inconveniente del ser humano no se encuentra en el exterior, se halla en el interior. En el corazón de cada uno. El problema radica en que el yo trata de rebelarse, exige mayores derechos y quiere posicionarse en el lugar más privilegiado, ocupar el mejor espacio. Así que el principal inconveniente del ser humano es el ser humano mismo. Lo veo al menos en mí. Si potencio mi soberbia y me egoísmo, si doy alas a mi ego, si trato de colocarme siempre en el primer lugar lograré llenarme de reconocimientos pero mi corazón no estará lleno; o tal vez sí, de más necesidad de yoísmo y de mayor amargura.
Por eso siento tan necesaria la presencia del espíritu en mi vida. Y de colocarme junto al Señor, allí donde la fragilidad, la sencillez, la mansedumbre y la pequeñez se hacen vida. Con el espíritu a mi lado cada vez que mi ego quiera ensalzarse y exija el lugar que no le corresponde, cada vez que mi voluntad quiera imponerse a la voluntad del Padre, el espíritu me colocará en el lugar adecuado.
Quiero aprender que cuando no busco mis propias ventajas, mis propias satisfacciones y no alimento mi ego y, en su lugar, hago la voluntad de Dios y le sirvo a Él, y a través de Él a los demás, es cuando mi vida adquiere un verdadero sentido que es el sentido de la obediencia a la voluntad divina.
El mundo que nos rodea está repleto de egoísmo. Pero, al mismo tiempo, esta sociedad en la que vivimos ansía ardientemente llenarse de amor, de misericordia, de humildad, de compañerismo. El mundo necesita que yo no sea como quiero ser sino como el Señor quiere que sea. Sólo así podré darme de verdad a los demás. Si todo el mundo hiciéramos lo mismo el mundo cambiaría de verdad.

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¡Señor, manso y humilde de corazón, concédeme un corazón semejante al tuyo! ¡Te necesito, Señor, necesito que te hagas muy presente en mi vida! ¡Necesito, Señor, que me llenes de tu Espíritu para aplacar mi soberbia y mi egoísmo, mi busca de lo mundano, mi hacer mi voluntad y no la tuya, para no caer en el endiosamiento! ¡Envía tu Espíritu, Señor, para que en cada ocasión que mi ego exija su lugar por encima de tu voluntad y el lugar de otros me haga ser consciente de mi realidad!  ¡No permitas, Señor, ser un utilitarista de las cosas y las situaciones, compararme con los demás, alimentar mis egos, buscar ventajas, sacar partido de las personas o de las situaciones…! ¡Me postro ante ti, Señor, porque reclamo tu misericordia para transformar mi corazón, para buscar tu guía y tu dirección, para aplacar mis ambiciones, para entregarte mi fragilidad!
 

Open the Eyes of My Heart (Abre los ojos de mi corazón) cantamos hoy acompañando a la meditación:

Como los discípulos de Emaús

Me siento muy identificado con los discípulos de Emaús. Como ellos tengo mi alma llena de Cristo. Como ellos trato de hablar de Jesús, el Nazareno, a las gentes que se cruzan en mi camino. Como ellos lo llevo en el corazón. Como ellos me encuentro con Él en la oración y en la Eucaristía diarias. Como ellos siento que hace obras grandes por mí. Como ellos siento que Jesús es alguien poderoso en obras y palabras, que su Buena Nueva proclamada en el Evangelio es la verdad que debe regir mi vida. Como a ellos se ha dirigido a mí en multitud de ocasiones obrando grandes maravillas. Como ellos también yo estoy repleto de dudas. Como ellos digo con frecuencia esa palabra en pasado que hace que quiebre mi confianza: «Esperábamos». Como ellos soy débil. Mi fragilidad humana es parecida a la suya.
Pero como con ellos el Señor continúa caminando a mi lado. No lo reconozco. Puede proseguir su camino pero no lo hace. Sigue unido a mí. Se acerca a mí. Esa es la ternura maravillosa del Señor, condescendiente con mi debilidad y mi fragilidad como persona. Es la mayor lección de amor que puedo recibir de ese Cristo resucitado que espera que no decaiga en la confianza y no me abandone a la desesperanza.
Cristo no pasa de largo. Se queda junto a mí, como hizo con ellos. Se sienta a mi mesa, como con ellos. Me instruye, como a ellos. Lo hace con su palabra de agua viva, con sus enseñanzas, con su presencia adorable y misteriosa en la Eucaristía, en la oración, en mi pequeño corazón. Me habla a través de las personas, de los acontecimientos y de las circunstancias de la vida.
Por eso, como ellos le suplico que no se aleje, que se quede junto a mí que el día declina. «Señor, quédate conmigo, no te vayas, no te alejes de mí», es una súplica que no debería dejar de salir de mis labios cada día. Y lo hace, como hizo con ellos para reconfortarme e instruirme, para alimentarme con Su Cuerpo y Su Sangre.
Me siento así reconfortado, como pasó con los dos discípulos del camino. Soy poca cosa, un alma indigna, de merecer la más mínima atención pero a Él no le importa lo que soy porque lee en lo más profundo de mi corazón, sabe de mi voluntad de crecer, de mejorar, de caminar lleno de la luz de su Espíritu. Por eso, le suplico hoy con todo mi corazón que me conceda cada día la gracia de reconocerle siempre, de glorificarle siempre, de agradecerle siempre, de adorarle siempre y exclamar con amor, confianza y esperanza: «Señor, quédate conmigo, no te vayas, no te alejes de mí» para a continuación levantar la voz y gritar lleno de alegría: «¡Jesucristo ha resucitado, en verdad ha resucitado!»

orar-con-el-corazon-abierto

¡Señor, camino muchas veces por la vida triste y presuroso como los discípulos de Emaús y tu te acercas a mí con ternura, respeto y misericordia para acoger mis dudas, mis desánimos y mis incertezas! ¡Gracias, Señor! ¡Tu caminas a mi lado, Señor, aceptas siempre el ritmo de mi vida, a veces excesivamente rápido y otras más lento; pero a ti no te importa porque me das libertad para elegir! ¡Gracias,  Señor! ¡Señor, te haces palabra en la lectura de los Evangelios, en las palabras de otras personas, en tu presencia en los rostros de tantos! ¡Gracias, Señor! ¡Sosiegas mi corazón, Señor, curas mis heridas y mis rencores, abres mis ojos cegados por el egoísmo y la soberbia,  me llenas de paz y serenidad, me devuelves la esperanza y la alegría! ¡Gracias, Señor! ¡Compartes conmigo tu Cuerpo y tu Sangre como un regalo maravilloso que muchas veces no aprecio en toda su intensidad! ¡Gracias, Señor! ¡Escuchas mi súplica del «Señor, quédate conmigo, no te vayas, no te alejes de mí» y tu compañía me sosiega, me tranquiliza, me serena y llena de confianza! ¡Gracias, Señor! ¡Gracias, por el amor que tienes por mí, porque sales a mi encuentro como hiciste con los discípulos de Emaús, por darme siempre luz, por permitirme caminar junto a Ti, porque me envías a Tu Espíritu Santo para que me guíe! ¡Gracias, Señor, porque el camino de la vida es siempre difícil e incierto y junto a Ti es más fácil de recorrer! ¡Gracias, porque caminando a Tu lado es más fácil dar impulso y poner orden a mi vida! ¡Quédate, Señor, con nosotros y danos la vida para llevar la Buena Nueva a todos los que nos rodean!

Para acompañar este meditación, una canción del camino de Emaús: