«Harambee» («Todos juntos»)

En una caja guardada en el despacho encontré hace unos días una fotografía de un premio que le entregaron a mi hija mayor el día 24 de abril de 2009. Se trata de un relato para la IV Edición del Concurso Escolar Harambee “Comunicar África” en el Centro Cultural La Vaguada, en Madrid. El concurso tenía como objetivo fomentar entre los alumnos el espíritu solidario y un mayor conocimiento de la realidad africana, lejos de los estereotipos habituales. Aunque he recordado en que consiste la historia que redactó mi hija no es de este premio de lo que quiero escribir. He buscado que significa en castellano la palabra Harambee pues no lo recordaba: «Todos juntos». Es la expresión utilizada en África para que todos colaboren en una tarea común. Es una expresión hermosa de servicio y de entrega al otro. El Evangelio de la vida está repleto de situaciones que gritan «Harambee» («Todos juntos»). Todos las conocemos.
Un hijo que pide ayuda: ¡Harambee! Un amigo que clama atención: ¡Harambee! Un enfermo que sufre: ¡Harambee! Alguien que ha perdido la esperanza: ¡Harambee! Un matrimonio que se desmorona: ¡Harambee! Una mujer que sufre maltrato: ¡Harambee! Un conocido sin trabajo: ¡Harambee! Alguien que ha sufrido el desprecio de los demás: ¡Harambee! Una persona que busca a Dios: ¡Harambee! Alguien que ha caído en el vicio de la droga, del alcohol, de la pornografía: ¡Harambee! Que es necesario allanar el camino descarriado de alguien desorientado: ¡Harambee! Alguien que acude buscando consuelo: ¡Harambee! ¡Harambee! ¡Harambee!
¡Harambee! Es el canto de privilegiar la lógica del ser respecto a la del tener: Dar y recibir. El canto de amor al prójimo.
Cuando vi la caja no tenía intención de abrirla. Algo me invitó a hacerlo. Pero esta fotografía me ha llevado a la oración. Así actúa el Dios del ¡Harambee!, ese que te ayuda a creer en el amor auténtico, el que viene de Él y nos une a Él por el servicio a los demás. Solo puedo exclamar: ¡Amén, Señor, haz de mi alguien servicial para los demás!

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¡Amén, Señor, haz de un mi alguien servicial para los demás! ¡Tu, Señor, eres el ejemplo a seguir! ¡Es tu vida la que quiero imitar, el espejo donde mirarme, la luz que seguir, el lugar donde debo descubrir el amor al otro! ¡Harambee, Señor! ¡Juntos tu y yo, Señor, unidos en el amor al prójimo, dándonos a los demás; tu en mi interior y yo siendo otro Cristo! ¡Tu caminaste con tus sandalias polvorientas recorriendo los caminos al encuentro del ser humano, del necesitado, del perdido, del desorientado, del despreciado, del abandonado… quiero hacerlo contigo, Señor, para compartir el pan y el agua de la vida! ¡Harambee, Señor, tu y yo juntos, en pura donación, en total servicio a los demás! ¡Harambee, Señor, tu y yo juntos, con los mismos sentimientos para atender la necesidad del hermano, para acoger sus necesidades y aliviar sus sufrimientos! ¡Harambee, Señor, tu y yo juntos, para vivir pensando primero y antes de todo en el otro y tener siempre un corazón abierto al servicio, un corazón dispuesto, veraz, alegre, humilde, fraterno y generoso!

¡Seamos lo que recibimos: el cuerpo y la sangre de Cristo!

Para mí los domingos son días de gran alegría. Aunque cada día acudo a la Eucaristía, el domingo se convierte en la gran fiesta: la fiesta de la comunidad eclesial, la fiesta de la Eucaristía comunitaria. El saberse unido a Jesús en el seno de la Iglesia.
Comer la carne y beber la sangre de Cristo es nutrirse con todo su ser, nutrirse de Dios, nutrirse de su amor. Dios es amor. Dios mismo es la Eucaristía. Durante la Misa, Jesús te dice: «Este pan es mi cuerpo, este vino es mi sangre. Este pan y este vino soy yo. Mi vida entregada por amor».
Todos estamos atrapados por la palabra «amor» y ese amor nos hace amar a nuestros seres queridos por los que podemos dar nuestra vida, a nuestros amigos, a la lectura, al deporte… Pero Jesús dice: «La comida que te doy es yo mismo, es mi mismo amor». ¡Es tan sublime, tan impresionante, tan extraordinario! Cristo no es solo un anfitrión, atestigua una forma de vivir, pensar, actuar, amar. Y lo hace para que yo mismo, a su vez, me permita vivir este alimento humano y divino más allá del alimento material. ¡Qué grande es el misterio de la fe! El amor dado para darnos a nosotros mismos y darnos a los demás. Y si fue a partir de esta sabiduría, es decir, del amor de Cristo que necesitamos de este arte de vivir, de saber cómo vivir juntos, especialmente de saber cómo ser. Alimentados por el mismísimo Ser de Dios Amor.
El pan que no se comparte y se come se enmohece. El vino que no se descorcha y no se vierte nunca acaba convirtiéndose en vinagre. El amor que nunca se ofrece acaba marchitándose. La comunión con el cuerpo y la sangre de Cristo que permanece encerrada en nuestro pequeño consuelo espiritual deja de ser fuente de fraternidad y no se convierte en levadura para el mundo.
¡Qué hermosa es la Eucaristía en si misma, que alegre es además la del domingo en comunidad! Te recuerda la frase de Jesús: «El que me come, vivirá».
¡Seamos lo que recibimos: el cuerpo y la sangre de Cristo y respondamos con alegría en un día como hoy: «Amén, Señor, ¡así sea!».

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¡Gracias, Señor, por comer tu carne y beber tu sangre que te hacen presente en el centro de mi vida! ¡Gracias, Señor, porque con este gesto extraordinario participo de la vida misma, en una unión estrecha y maravillosa contigo! ¡Gracias, Señor, porque cada Eucaristía mi relación contigo se estrecha, como se estrecha también el vínculo que existe entre mi vida sacramental con mi vida de cristiano! ¡Gracias, Señor, porque por medio de la Eucaristía me uno íntimamente a Ti, habito en ti y tu habitas en mi! ¡Gracias, Señor, porque cada vez que me acerco a comulgar tengo un un compromiso contigo que es tratar de vivir acorde con tu manera de vivir! ¡Gracias, Señor, porque cada Eucaristía me acerca a la verdad de tu Evangelio que se convierte así en la norma viva de mi propia vida! ¡Gracias, Señor, porque al término de cada Eucaristía salgo transformado para vivir la misma vida que viviste tu! ¡Señor, quisiera que cada celebración eucarística, que cada Misa, que cada comunión sea una manera de comprometerme contigo, de vivir acorde con tus enseñanzas y tu estilo de vida en mi familia, en relación con mis amigos, mis compañeros de trabajo, en mi comunidad eclesial, en mi situación como ciudadano del mundo! ¡Señor, concédeme la gracia de que la Eucaristía se convierta para mi en un lugar de vida, un lugar en el que me haga carne tu carne y sangre de tu sangre! ¡Señor, gracias por la Eucaristía, que sepa siempre valorar este gran regalo que nos ofreces cada día!

Ven a mi, Dulce Pan de la Vida, cantamos hoy este canto eucarístico al Señor:

«¡Hermano!»

De viaje por razones laborales en un país de África acudo ayer a mi Misa diaria. La catedral del país se halla cerca de mi hotel lo que facilita mi presencia en la Eucaristía. Al salir del templo, se acercan varios feligreses sonrientes para saludarme. Todos utilizan la misma expresión: «¡Hermano!».
La expresión «¡Hermano!» es una de las más antiguas y originales entre los cristianos. En el libro de Hechos de los Apóstoles, los discípulos son llamados «hermanos» y para hablar de las iglesias se hace referencia a los «hermanos» de Corinto, de Éfeso o de Jerusalén.
El término «¡Hermano!» recuerda dos aspectos de la Buena Nueva que transforma de manera radical el sentido de la fraternidad: la eternidad prometida y la universalidad de la salvación que rompe los límites de la Iglesia. La fraternidad no siempre ha implicado concordia: la primera vez que aparece la palabra «hermano» en la Biblia es con Caín y Abel. Con José y sus hermanos la Biblia descubre también situaciones conflictivas en las que predominan los celos, el poder y el deseo de dominación… Lo que la Biblia enseña es que la fraternidad no se da sino para recibir y construir.
La eternidad nos convierte en contemporáneos de los que nos han precedido en la fe y la humanidad. Los cristianos somos un pueblo de hermanos allí donde estemos. Siempre me sorprende que Santiago y Juan pudieran dejar a su padre Zebedeo en la barca y marcharse sin más, siguiendo a Jesús. Esta fraternidad nos convierte en hermanos y hermanas en Cristo. ¿Somos conscientes de eso? ¡Es una invitación al respeto mutuo!
La gran noticia de la fraternidad según el Evangelio es que contamos con un mediador que es Cristo, el hermano mayor de una gran multitud de hombres y mujeres en todos los confines del mundo. Es él quien les dirá a las mujeres en la mañana de Pascua: «Id y anunciad a mis hermanos…» «¡Hermano!» Esta fraternidad ya no es un riesgo, el de tener que compartir la herencia, es una oportunidad, ya que la herencia, precisamente, es compartir la vida con los demás, ya que Jesús compartió su vida con nosotros.
Hoy cuando recite en la Misa el Padrenuestro abriré especialmente mi corazón para llenarlo de la fuente de la gracia que es hacer de mi comunidad cristiana —mi familia, mis amigos, mis compañeros de trabajo, mis correligionarios de la parroquia…— auténticas fraternidades de amor para disfrutar de la herencia de Cristo que es vivir la vida en fraternidad.
Le pido hoy al Señor que venga y habite en mi, que habite en nuestras comunidades, que renazca con toda su gracia, que nos haga personas que invitemos con nuestra vida a la reconciliación y la construcción de un mundo donde impere de comunión fraterna y el amor.

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¡Señor, ayúdame a ser signo profético de comunión, de alegría y de esperanza allí donde mi vida me lleve y permíteme anunciar la belleza de la Iglesia en la que todos somos hermanos! ¡Ayúdame a abrir las puertas de mi corazón a los hermanos para que, desde la experiencia, convertirme en un pequeña iglesia de amor fraternal! ¡Ayúdame a cultivar cada día relaciones basadas en el amor, el respeto, la transparencia, la autenticidad, la escucha, la libertad, la confianza, la fidelidad y el respeto mutuo! ¡Envía tu Santo Espíritu, Señor, para que por medio de su amor seamos capaces de crear una auténtica comunidad de hermanos! ¡Ayúdame a ver en el hermano a una persona con la dignidad de hijo de Dios, un hermano que forma parte del mismo Cuerpo que es Tu Iglesia! ¡Ayúdame a ser siempre solícito, amable, acoger y fraternal con todas las personas porque todos ellos son mis hermanos! ¡Envía tu Santo Espíritu, Señor, para que sea el arquitecto de la fraternidad entre todos y para que por medio de Él seamos capaces de derribar los muros que nos separan como consecuencia de nuestros egoísmos, autocomplacencias, orgullo y vanidad! ¡Dispersa de nuestra vida, Señor, los enfrentamientos y las discordias para poder trabajar unidos en pos de la verdad, para construir un mundo en el que impere la fraternidad y el amor! ¡Permite, Señor, surjan en nuestros entornos relaciones más fraternas en las que quepa la comprensión y el perdón y vivamos como miembros de un mismo Cuerpo y de una misma familia que es la tuya! ¡Concédeme la gracia, Señor, de saber convivir con los demás, a ser más fraternal, a tratar bien a cuantos me rodean, a querer el bien para ellos, porque todos somos hermanos y porque todo te lo debemos a Ti que nos has creado!

¡Sagrado Corazón de Jesús, en vos confío!

Vivir la Cuaresma con la Sagrada Familia

Cuando contemplas algunos problemas y dificultades que surgen en tu propia familia, tratas de tomar como modelo a la familia de Jesús. ¿Fue la de Nazaret una familia sin problemas? Si uno repasa la vida de José, María y Jesús tiene la clara conciencia de que no.
El primer escollo que tuvieron que superar fue el del compromiso de José y María. Encinta por obra y gracia del Espíritu Santo, antes de su vida en común, gestionar esta situación no debió resultar sencillo. ¡Cuánta oración, cuánto diálogo, cuanta comprensión, cuanta generosidad para superar aquel trance!
Más tarde, el nacimiento de Jesús se produce en una situación de precariedad y de pobreza. A las pocas horas tendría lugar, además, la matanza de los inocentes y la huida a Egipto. ¡Cuánta renuncia y cuánto sufrimiento personal en estos momentos de persecución!
A su regreso del exilio, escucharán del anciano Simeón en el templo que Jesús será signo de contradicción y causa de caída para muchos y que una espada atravesará el corazón de María, como así fue tiempo después. Años más tarde, el niño se perderá en el templo de Jerusalén provocando el desconcierto de sus padres…
El silencio de los Evangelios sobre los treinta años de vida oculta de Cristo no esconden, sin embargo, los sufrimientos que debió padecer aquella familia santa: estrecheces económicas, sencillez de vida y de costumbres, incomprensión del vecindario, sombrías amenazas sobre el futuro de Jesús… todo ello sostenido por una fe viva, una vida de oración profunda, una vivencia de la Palabra, una gran serenidad interior y, sobre todo, un sentimiento de contar con la gracia del Padre.
La clave de aquella familia era poner a Dios en el centro, el Padre Creador que por medio de su hijo tuvo la ocasión de conocer en primera persona los distintos sufrimientos, dolores, debilidades, preocupaciones y penas del ser humano haciéndolo desde lo oculto de la vida.
No, la familia de Nazaret no estuvo exenta de problemas y de tensiones. Pero el envoltorio de los problemas lo solventaron colocando en el centro la verdad del Evangelio, el signo del amor que es Dios, en obediencia a la voluntad amorosa del Padre.
La Sagrada Familia de Nazaret, venciendo todo tipo de contratiempos, convirtieron el matrimonio y la familia en un santuario de amor, en una escuela de donación mutua, en una universidad de generosidad, en un templo de caridad.
En este tiempo cuaresmal el ejemplo de la Sagrada Familia se convierte también en un camino de transformación interior para vivir la paz, el amor y la fraternidad que el Niño Jesús con su Sagrada Familia nos muestra para ser espejo de mi propio ser familiar.

 

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¡Me postro ante vosotros José, María y Jesús en este tiempo de cuaresma para abrir mi corazón y tratar de cambiarlo profundamente para ser mejor esposo y padre en este camino de transformación! ¡Tomo tu ejemplo, María, tan llena del Espíritu Santo! ¡Tomo tu ejemplo, José, hombre justo y sencillo! ¡Tomo tu ejemplo, Jesús, amigo, compañero, hermano! ¡Que vuestro ejemplo de amor y unión, de cómo afrontar los problemas, de como vivir la humildad y la generosidad, de cómo ser felices a pesar de las dificultades, de como crecer mutuamente en la fe, en la confianza, en la entrega mutua y en el respeto sea un ejemplo para mi y sepa llevarlo a mi familia! ¡Que vuestra fidelidad, José y María, impregnada de amor generoso y permanente esté viva en mi corazón! ¡Que la misericordia divina que bendice cada día mi familia sea el testimonio del amor de Dios en ella! ¡Que vuestra entrega de padres consagrados a cuidar a Jesús sea un testimonio para mi para llevar a mis hijos hacia a la santidad! ¡Que vuestro ejemplo sea para mí el mejor testimonio de la misión de ser esposo y padre, que mi matrimonio esté siempre unido indisolublemente por el amor y mi donación total para conformarme con la voluntad de Dios! ¡Espíritu Santo, que tan presente estabas en la Sagrada Familia de Nazaret, ayúdame en este tiempo de Cuaresma a fortalecer la raíz cristiana de mi familia para convertirla en una auténtica comunidad de vida y de amor, de comunicación íntima, de entrega servicial, de donación total, de fe compartida, de escuela de caridad y servicio, de cariño y ternura extremas, de humanidad sencilla, de unión en las alegrías y en las penas y, sobre todo, de poner a Cristo en el centro para aceptar siempre los planes de Dios!

El que muerte por mí, bellísima canción que muestra la entrega de Jesús, preparación que vivió en lo íntimo de Nazaret, en el seno de la Sagrada Familia:

La gloria del Señor te envuelve de claridad

Hay una frase muy hermosa referida a los pastores que aparecen en la escena de Belén. «La gloria del Señor los envolvió de claridad». Me ha emocionado esta frase de san Lucas. La cueva de Belén se llenó aquella noche mágica del resplandor de la Luz. Fue una noche brillante. Luminosa. La noche en que nació Jesús, el Mesías, el Señor.
Leyendo esta frase cuatro días después de Navidad siento una gran alegría en el corazón. Siento como esa luz también penetra en mi interior. Como que ese resplandor es un regalo de Dios que nos llena con su gracia. Así, mi corazón rebosa amor, esperanza y fe. Es el sentimiento vivo de estar iluminado por la gracia de Dios.
Siento así la misma alegría que debieron sentir aquellos pastores envueltos en la claridad de Dios. Es la alegría que hunde sus raíces en la fe, en la certeza de que ese misterio cristiano de la Navidad se hace realidad cada año en mi vida. Y que esa luz que todo lo llena despeja las sombras de las incertidumbres y las oscuridades de mi propia vida.
No tiene sentido caminar entre tinieblas. No tiene sentido vivir con odios y rencores. Ni con divisiones ni rupturas. Ni con soledades ni tristezas. Ni con individualismo y autosuficiencias. Ni con orgullo ni con soberbia. Ni con angustias ni resentimientos. No podemos vivir enfrentados en el seno de la familia, ni en el trabajo, ni en la comunidad, ni en la vida eclesial. No podemos cubrir de sombras la luz de la Navidad porque «la gloria del Señor lo envuelve todo de claridad». No podemos cubrir de oscuridad nuestro entorno más cercano. Tenemos que lograr que brille la luz de la Navidad. Hacer saber al mundo que Cristo ha nacido en Belén, es decir, en nuestro propio corazón. Que este hecho extraordinario es capaz de transformar por completo la dureza del corazón, esa actitud que te hace distante de los demás, esa manera de vivir que rompe el espíritu de fraternidad, esas actitudes despreciativas que solidifican la insolidaridad, esa ambición que te impide crecer, ese desorden emocional que te impide amar…
«La gloria del Señor los envolvió de claridad». Esa claridad es la que te convierte en un hombre nuevo. Con el nacimiento de Cristo, ¡que alegría pensar que naces de nuevo a la vida! ¡Que se hace resplandor nuestra propia salvación!
«La gloria del Señor los envolvió de claridad». O lo que es lo mismo. Hacer visible en el corazón la presencia de Dios, una presencia sostenida por el amor, la fraternidad, la alegría y la paz. ¡Como me gustaría que esa claridad me sirva para hacer brillar durante todo el año en mi corazón la luz que Cristo trae en Navidad!

orar con el corazon abierto

¡Señor, me pongo en tu presencia para recibir de Ti la claridad; me postro ante Ti para orar sin desfallecer, con esperanza, con alegría renovada, aceptando el camino de vida que tu me invitas a seguir! ¡No permitas que este año que vamos a comenzar me distraigo de lo que es importante! ¡Ayúdame, Señor, a que la Navidad sea permanente en mi corazón, que mi vida cotidiana sea un constante momento de oración, que Tu vivas cada momento de mi vida en el corazón para ser capaz de dar resplandor a mi vida y ser luz para los demás! ¡Espíritu Santo, concédeme la gracia de permanecer siempre en presencia de Dios, de vivir en y para Dios, en perseverar en el amor a Dios, en ser capaz de darme a los demás, de hacer visible en mi corazón esta presencia amorosa de Dios! ¡Que todo lo que salga de mi interior sea en realidad de Dios! ¡Espíritu Santo, concédeme la gracia de ser constante en el camino de santidad que Dios me ofrece, ayúdame a profundizar en mi interior para alcanzar a conocerme mejor para crecer en santidad! ¡Ayúdame, Espíritu divino, a profundizar en lo más íntimo de mi alma para descansar siempre en Dios! ¡Que la claridad de tu vida, Espíritu Santo, invada mi alma, tu sabiduría cubra mi mente y que tu amor mi corazón de piedra y que mi voluntad quede siempre fijada en el tuya para acoger con alegría los dones que recibo de Ti!

While Shepherds watched their flock by night (Mientras los pastores vigilaban su rebaño de noche) un hermoso villancico inglés para acompañar esta meditación navideña:

Contemplar la Cruz y comprenderlo todo

En la vida todo hay que lucharlo. Sin esfuerzo, sin tenacidad, sin perseverancia ni tesón se hace difícil conseguir las cosas. Hay veces que te sientes débil aunque repleto de esperanza. Te sientes con ilusión pero te desmoronas cuando las cosas fallan y no alcanzas el objetivo deseado. El cansancio no es un buen compañero de fatigas porque todo éxito que uno logra tiene que ir acompañado también de fuerza interior; sin un alma ardiente los triunfos también son difíciles.
Observo épocas de mi pasado, momentos llenos de soberbia y de orgullo, de puro egoísmo y tibieza. Épocas en que mi sangre era como la horchata, y no era ni frío ni caliente. Ahora mi vida tiene un referente. Y ese referente te permite mirar desde lo alto, con una perspectiva nueva. Ese referente es la Cruz, la mejor cátedra que tiene el ser humano. El símbolo que expresa el amor ilimitado de Dios por el hombre; en ella se resume toda la teología cristiana.
Es la Cruz que facilita el cambio interior. Porque uno necesita ser diferente. Diferente como lo fue Cristo. Siervo de los demás, entregado por amor, ejemplo de perdón y de reconciliación, de servicio y de paz.
A ese Cristo ¿agonizante? colgado de la Cruz es al que quiero cada día mirar. Mirar y parecerme. Sentir y amar. Porque desde el día en que Cristo tocó mi corazón me invitó a participar de su proyecto de amor, de paz, de servicio, de entrega y de fraternidad.
Contemplas la Cruz y lo comprendes todo. Comprendes que compensa darse; compensar entregarse por los demás; ser luz que se consume por el prójimo, por el sufriente, por el enfermo, por el desamparado, por el necesitado…
Miras atrás y comprendes el tiempo perdido; la falta de fecundidad de tantos años que el corazón rebosaba de inmundicia, de egoísmo y de amor propio. Tiempo consumido por la vacuidad del corazón. Un corazón que palpitaba sin vida ni alegría. Ahora con Cristo todo es diferente. Por eso la Cruz me permite observar la vida con otros ojos, con una mirada de eternidad, con un mirar abierto a la verdad del Evangelio. El camino es arduo pero acompañado por la mirada de Dios, siendo el cirineo de Cristo e iluminado por la gracia del Espíritu, con la innegable ayuda de María y de san José, en mi vida no caben las utopías. Solo la realidad. Y esa realidad es el cielo prometido al que para llegar necesito de mucho esfuerzo, tenacidad, perseverancia y tesón con grandes dosis de oración, vida sacramental y entrega a los demás.

 

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¡Señor, mi mirada se dirige hacia Ti colgado de la Cruz y presente en el sagrario! ¡Abro mis manos, Señor, para ofrecerte mis miserias y mi pequeñez! ¡Tú eres el único que las puedes llenar! ¡Por eso, Señor, Tú que nunca fallas ni abandonas concédeme la gracia de vivir siempre en tu presencia y sentir tu cercanía! ¡Ven Espíritu Santo y dame el don de la sabiduría para apreciar los bienes celestiales y ayúdame a buscar los medios adecuados para alcanzarlos! ¡Ven Espíritu Santo y concédeme la gracia de iluminar siempre mi mente con el don del entendimiento para saber lo que Dios quiere en cada momento de mi! ¡Ven Espíritu Santo y por medio de tu santo consejo ayúdame a actuar siempre con la máxima rectitud para gloria de Dios y beneficio mío y de los que me rodean! ¡Ven, Espíritu Santo, y dame la fortaleza para ser tenaz en el logro de la santidad! ¡Ven Espíritu Santo para que me otorgues el don de la piedad y la oración!

La Cruz es recuerdo constante de que Jesús piensa en mi:

Hablar bien de los demás

Encuentro de antiguos compañeros de colegio que no coincidíamos desde hace bastante tiempo. Nos convoca con paciencia uno del grupo con alegre tesón. Uno de ellos, cuando se le invita a explicar qué está haciendo ahora, para sorpresa general no habla de sí mismo. Sus palabras son para hacer una semblanza generosa y amable de los que no están allí presentes y han sido convocados. Que también son sus amigos. Las personas a las que quiere.
¡Qué hermoso es la bendición del prójimo, utilizar palabras bonitas y amables de los demás especialmente cuando no están presentes y no están escuchando! ¡Ese es el mérito! ¡Pero más bello es cuando no hay posibilidad de colgarnos una medalla! ¡Qué bonito es celebrar, elogiar, ensalzar, alabar y resaltar el gran poder que Dios ejerce en las vidas de los seres queridos, de los que se encuentran a nuestra vera! ¡Qué hermoso es reconocer los méritos ajenos para pasar uno desapercibido! ¡Que generoso es destacar el trabajo valioso del que no destaca y darle luz ante los demás!
El gesto de este amigo demuestra un gran corazón. Y provocó una gran emoción entre los que allí estábamos reunidos. Este hombre de mediana edad vive por y para Cristo y en sus gestos, en su comportamiento y en su testimonio así lo demuestra. La suya es veracidad, no teoría pura. Me sorprendió la delicada sencillez de sus formas, ese anhelo de acercarnos a los demás buscando lo positivo de ellas. Cuándo yo hablo de los demás, ¿es para sacar a la luz lo mejor de cada uno? Este amigo es sal que sazona al semejante para que pueda ser saboreado. ¿Sazono yo la vida de los demás resaltando sus virtudes… o sus defectos? ¿Doy luz con mi lámpara a los que me rodean para ensalzar sus virtudes o planeo la duda de sus defectos? ¿Trato habitualmente de anular las capacidades de los demás para obtener un beneficio para mí y mis intereses? ¿Soy capaz de renunciar a mi ego para permitir que sea el otro el que se lleve los méritos?
Del gesto de este amigo surge una gran enseñanza: todo testimonio hecho con amor aparca la envidia; permite honrar a los demás ensalzando lo mejor de ellos, tratarlos con delicadeza, contemplar en su vida a Jesús y convertirlos en verdaderos cánticos de amor. Por eso este hombre se demostró a sí mismo como una sinfonía armoniosa de amor que revelaba las mejores notas de sus hermanos. Es ensalzar a la categoría de primer premio el valor de la fraternidad. Es comprender el sentido del camino de la negación. No hay que tener miedo a reconocer lo bueno de los demás, a ensalzar sus valores. Desconozco la percepción de los aludidos respecto a mi amigo e, incluso, no tengo la certeza de que estas personas elogiadas hicieran lo propio con él. Pero lo importante es el testimonio. Y a mí me lo clavó en el corazón.

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¡Me pongo hoy en tu presencia, Dios, como caminante que peregrina para darte gracias y celebrar con alegría que me siento feliz de ser hijo tuyo! ¡Quiero encontrarme, contigo, Señor, con mi historia y con el hoy tan pobre y sencillo, pero siempre abierto a Tu bondad y Tu misericordia! ¡Te presento, Padre bueno, todos mis deseos de escuchar tus mensajes, de comprometerme de verdad con la realidad que me toca vivir! ¡Te pido, Espíritu Santo, la fortaleza para vivir en fraternidad que tanto necesita de la escucha y la reconciliación, del amor y del perdón! ¡Hazme, Espíritu Santo, abierto a acoger las diferencias como don y riqueza de la presencia creadora de Dios en nuestra vida! ¡Y como este amigo que compartió su experiencia resaltando la bondad de los demás, permíteme llevar tu mensaje de paz y de amor, de justicia y de misericordia, a todos los que me rodean! ¡Ayúdame a ser capaz de crear espacios donde esté presente siempre el diálogo y la armonía, el hablar bien de los demás, el no juzgar, el no omitir juicios sin fundamento! ¡Que de mis palabras surjan siempre palabras de bondad como las pronunciarías Tú! ¡Ayúdame, Señor, a compartir la vida y la fe para que reine en mi corazón la alegría y transmitirla a los demás! ¡Renueva, Espíritu Santo, cada día la ilusión de seguir acogiéndote en mi corazón, sembrando con mi pobre testimonio y entretejiendo tu Reino en mi entorno familiar, social y profesional!

Attende Domine es un himno cuaresmal de súplica muy indicado para el tiempo que estamos viviendo:

¿A quién sentaré en la mesa en Navidad?

Sentarse a la mesa en buena compañía en familia o con amigos suele ser un símbolo de fraternidad y de alegría. No hay celebración que se precie —un bautizo, una comunión, una boda, una aniversario, una graduación, un cumpleaños, un día de Navidad, un éxito profesional…— que no vaya acompañada de una excelente comida o de una suculenta cena.
En estos días de fiesta, creyentes y no creyentes, viviremos parte de la Navidad en torno a una mesa: por comidas de empresa, por celebraciones con amigos, por encuentros con la familia… No derrochamos esfuerzos para disfrutar de comidas excesivas que hinchan el estómago y exigen, finalizadas las fiestas, hacerse el propósito de inscribirse en un gimnasio o iniciar una dieta de adelgazamiento. Todo con el deseo lógico de reducir esos excesos que dejan huella en nuestro cuerpo. Olvidamos con relativa frecuencia que esos excesos no deben ser de unos —o bastantes— gramos de más, sino que deberían ir impregnados de fraternidad, de amor, de gozo, de armonía, de concordia, de perdón, de alegría… Tal vez de todos estos dones los hombres estamos verdaderamente anémicos y, precisamente, es de lo que Dios tal vez quiera llenarnos en estas fechas tan significativas para nuestra vida. Es este banquete donde el Señor anhela compartir con cada uno el alimento de la vida. Un banquete en el que, entre el primer y el último plato, todo sea, como dice Isaías, un festín de manjares suculentos con vinos de solera. Es decir, repleto de alegría, de buen humor, de esperanza, de caridad, de amor donde no quepa ni la tristeza ni el desánimo, ni la desesperanza ni la turbación. Un banquete en la que todos los que pasan por nuestra vida estén presentes y que nadie quede fuera de nuestro corazón por mucho daño que no haya causado. Y en el que Cristo presida la mesa. ¿Seré capaz de sentar a todos esos junto a Jesús en mi mesa de Navidad?

¡Señor, siéntate a mi mesa para Navidad acompañado de todos aquellos que se han cruzado en mi vida; los que quiero, los que me han hecho daño y a los que he dañado yo! ¡Con toda mi humildad, Señor, pero con muchísimo amor quiero que presidas la mesa de mi corazón porque Tu eres la razón de la Navidad! ¡Ayúdame a comprender de verdad, Señor, que para conocer el amor de Dios tengo que aprender a vivir en la verdad, en el amor, en la entrega, en la generosidad! ¡Ven a mi casa, Señor, que necesita de Tu luz y de Tu gracia! ¡Ven a mi casa, Señor, que sin Tu presencia la siento vacía, sin alegría, sin esperanza! ¡Ven al banquete que voy a celebrar en Navidad, Señor, porque sin Ti no será lo mismo! ¡Hazte presente, Señor, para no caer en la desesperanza! ¡Y si encuentras la puerta de mi corazón cerrada, Señor, llama! ¡Llama, Señor, para que te abra y puedas calentar mi interior! ¡Y si escuchas demasiado ruido, insiste Señor, porque mi corazón necesita la paz y el amor que Tú transmites!

Hoy es la fiesta mariana principal en el calendario mozárabe, aunque en el calendario romano no se suele mencionar a pesar de que muchas mujeres celebran hoy su onomástica, y se venera de manera especial la advocación de Nuestra Señora de la Esperanza. Pedimos a Nuestra Madre que nos llene de esperanza para vivir este tiempo con alegría.

Con la voz de Andrew Belle cantamos esta preciosa canción navideña Have Yourself a Merry Little Christmas: