Añorar el gozo sublime y maravilloso de Dios

Escuchaba ayer atentamente las lecturas durante la celebración de la Santa Misa. Lo intento hacer en cada Eucaristía porque la proclamación de la Palabra es un momento relevante puesto que es Dios quien nos habla a través del lector. Y pensé: ¡Qué bonito que una parte fundamental que convierte el Antiguo y el Nuevo Testamento, y sobre todo el Evangelio de la vida de Cristo, en una sucesión de buenas nuevas sea que nos revele la presencia en nuestra vida de un Dios infinitamente gozoso! Al salir del templo, ya en la calle, me vino la segunda parte del pensamiento: ¿A quien le gustará disfrutar de la gloria eterna, de la eternidad prometida, con un Dios triste, irritado, enojado, quejoso o disgustado? ¡A nadie! Si Dios no se manifestase siempre en el gozo y la alegría, el propósito que emerge del Evangelio no sería en ningún caso un propósito impregnado de alegría y felicidad lo que implicaría que el evangelio carecería de sentido. Lo bonito es que Cristo nos hace una invitación explícita para caminar hacia la eternidad con el fin de disfrutar de un Dios cuya manifestación más clara es el gozo. Ya nos lo advierte que cuando le respondemos fielmente en lo poco nos invitará a entrar a participar del gozo del Padre. ¡Su vida y su muerte estuvo marcada para disfrutar de este gozo —el gozo sublime y maravilloso de Dios— y quiso que este fuese también nuestro gozo y lo disfrutáramos en plenitud! 

La felicidad de Dios tiene como fundamento y razón de ser una felicidad plena en Cristo, su Hijo amado. Y cuando los cristianos participamos de la felicidad de Dios lo hacemos con el mismo placer que Él tiene por Jesús. ¡Esto es lo que hace del Evangelio una permanente buena nueva y nos abre de par en par las puertas para contemplar, gozar y deleitarnos en la gloria de Cristo! Y si nuestra vida es coherente, buena y plena el día que nos llegue la hora y alcanzamos la meta final que es el cielo prometido nos deleitaremos en el Hijo con la misma y profunda felicidad que Dios siente por Él. Y esta es la razón por la que Cristo ha querido darnos a conocer a Dios. ¡Menudo reto, menuda perspectiva y menuda pasión poder regocijarse en un tiempo no muy lejano de lo que es infinitamente disfrutable! ¡Y nuestra capacidad para disfrutar de este tesoro inagotable no quedará limitado por la infinidad de nuestras debilidades porque disfrutaremos de Cristo con la misma alegría que lo hace Dios! Me emociona pensar que el deleite de Dios en Jesús vivirá en mi —en nosotros— y nunca tendrá fin. Esta idea me invita a concentrar mi corazón en el motivo por el cuál Cristo dio su vida por nosotros: contemplar y poder deleitarnos en la gloria divina del rostro de Cristo con alegría infinita.

¡Señor, te adoro con todo mi corazón, con toda mi alma, con todo mi ser y con todas mis fuerzas; te doy gracias porque lo que te movió a quedarte entre nosotros fue el Sacramento del Amor por eso te pido la gracia de adorarte cada uno de los días de mi vida; de tratar de cumplir siempre la voluntad del Padre, de cumplir con las enseñanzas del Evangelio, de tu Buena Nueva porque aspiro, Jesús, a alcanzar la gloria prometida! ¡Que todos mis pensamientos, palabras, obras y actitudes trabajen para mi santidad pues quiero gozar en la vida eterna contemplando tu rostro y el del Padre! ¡Ayúdame a ser apóstol de tu Evangelio para atraer a ti almas que te adoren, de conozcan y te amen para que en todo tiempo y en todas partes aquellos que se acerquen a ti caminen también hacia el gozo de la eternidad! ¡Señor, conoces mi corazón y mi vida, sabes de mis debilidades y mis flaquezas, pero creo en Ti y no me falta la fe para creer en tu promesa de salvación! ¡Deseo, Señor, formar parte de los que, una vez llegada la hora de mi paso por esta tierra, alcance la vida eterna; deseo, Señor, entrar en el reino de la felicidad eterna y vivir junto a la Trinidad Santísima una existencia repleta de gozo, felicidad y paz! ¡Envía tu Espíritu sobre mi para que viva siempre de una forma buena y coherente siguiendo las enseñanzas de tu Evangelio! ¡Envía también tu Espíritu sobre los que quiero y sobre la humanidad entera para que todos vivan conforme a tu Palabra y crean en la promesa de la vida eterna! ¡Permite, Señor, que todos podamos gozar de tu gracia! 

¿Por qué Dios acepta —y tolera— la presencia de Satanás y no lo hace desaparecer?

Contemplo el mundo. Contemplo la sociedad en la que vivo. Contemplo las políticas radicales en materia moral y social de mi gobierno y de otros gobiernos en el mundo. Contemplo el hedonismo y el individualismo imperante en la sociedad. Contemplo como se imponen en el mundo políticas que atentan contra la vida, la libertad, los valores cristianos. Contemplo como las fuerzas del mal avanzan. Contemplo como el demonio campa a sus anchas. Contemplo como tantos relajan sus costumbres… y me pregunto: ¿Por qué con el poder que tiene Dios no hace desaparecer a Satanás y su cohorte de malvados demonios que propagan el mal con el poder que tiene, Él que es soberano y todopoderoso? Porque si lo hiciera no se produciría tanto daño moral y humano en el mundo, no se destruirían tantas familias —la base fundamental de la sociedad—, se respetarían los derechos del otro, habría menos violencia… ¿Por qué no lo hace Él que es creador de todo y que tiene el poder de arrojarlo de una vez por todas al fuego del infierno? ¿Por qué no lo hace teniendo en cuenta tanto daño, dolor, desgracia y destrucción que provoca el Príncipe del Mal? ¿Por qué Dios acepta —y tolera— la presencia de Satanás?

Esta idea me ha surgido al abrir hoy aleatoriamente el Evangelio y encontrarme con esta cita de san Pablo: “para los incrédulos, cuyo entendimiento cegó el dios de este mundo para impedir que vean brillar el resplandor del Evangelio de la gloria de Cristo, que es imagen de Dios.” ¡Esta es la clave! ¡Satanás odia profundamente la Buena Nueva del Evangelio! ¡La odia profundamente! ¡Odia la obra maravillosa de Cristo! Y esta frase es el indicio fundamental del por qué Dios da rienda suelta al maligno. Lo que Dios pretender es dar realce, sustentar y engrandecer la gloria de su Hijo por medio del evangelio de la vida.

La manera que tiene Dios de derrotar al Príncipe del Mal es haciéndole glorificar el poder que tiene Cristo por ser el mismo Dios y hacerle glorificar su hermosura, su belleza, su poder, su valor, su gracia y su atractivo. Bastaría con que Dios levantara un dedo y el poder de Satanás quedará aniquilado, borrado de la faz de la tierra. Con ello Dios lograría glorificar de una manera sublime el poder de Jesús. Pero actuando así no clarificaría el valor y el poder supremo de Cristo sobre el demonio. 

Actuando así no permitiría que se mostrara con toda luminosidad la belleza y el poder que tiene la humanidad de Cristo, su mansedumbre, su bondad, su humildad, su generosidad, su modestia, su misericordia, su benignidad, su dulzura y, sobre todo, ese amor despojado de si mismo que se manifestó claramente muriendo por el ser humano en la Cruz. El principio fundamental del Evangelio es mostrar la gloria del Dios crucificado y dejar en evidencia al Príncipe del Mal para que la humanidad entera sea consciente de que desde la oscuridad se llega a la luz y que en una cruz radica todo el poder de Dios. Y que contemplando la cruz, contemplando al Dios Amor, el ser humano renuncie a las mentiras de Satanás para acoger y aceptar la belleza sublime del Cristo que se manifiesta en toda su grandeza en cada página de los Evangelios.

¡Claro que Dios puede levantar un dedo y aplacar a Satanás! Pero la vida de Cristo muestra que el camino es el de la cruz donde radica su triunfo. Cristo sufrió para triunfar sobre el mal y por eso el mundo también sufre. Si Dios, el mismo Cristo hecho hombre, destruyera al demonio y todo su mal, manifestaría la gloria de su poder pero la belleza de su poderío, siempre por encima del bien y del mal, no brillaría del mismo modo que cuando la humanidad entera, creación suya, renuncie a las mentiras, promesas falsas y engaños de Satanás.

Dios, que hecho Hombre murió en la Cruz, sabe del poder redentor de la sangre de Cristo, de la justicia de Cristo, de la verdad de Cristo y cada segundo goza con la gloria de Jesús que se manifiesta y se revela en cada página del Evangelio. Y somos nosotros, los seres humanos, quienes debemos tomar con libertad partido en nuestra vida: o por la verdad de Dios que lleva a la felicidad, el gozo y la gloria eterna o por las mentiras del demonio que invade tu vida de orgullo, tristeza y desazón y te aboca al fuego del infierno. El demonio seduce con sus mentiras, pero ¿por cuál de las dos opciones me decanto yo?

Quisiera que mi oración de hoy sea la escrita por el Papa León XIII dedicada a San Miguel Arcángel, inspirada por el Espíritu Santo, tras una visión en su capilla privada escuchando la espeluznante voz de Satanás desafiando a Dios:

¡Oh glorioso príncipe de las milicias celestes, san Miguel arcángel, defiéndenos en el combate y en la terrible lucha que debemos sostener contra los principados y las potencias, contra los príncipes de este mundo de tinieblas, contra los espíritus malignos! Ven en auxilio de los hombres que Dios ha creado inmortales, que formó a su imagen y semejanza y que rescató a gran precio de la tiranía del demonio. Combate en este día, con el ejército de los santos ángeles, los combates del Señor como en otro tiempo combatiste contra Lucifer, el jefe de los orgullosos, y contra los ángeles apóstatas que fueron impotentes de resistirte y para quien no hubo nunca jamás lugar en el cielo. Si ese monstruo, esa antigua serpiente que se llama demonio y Satán, él que seduce al mundo entero, fue precipitado con sus ángeles al fondo del abismo.

Pero he aquí que ese antiguo enemigo, este primer homicida ha levantado ferozmente la cabeza. Disfrazado como ángel de luz y seguido de toda la turba y seguido de espíritu malignos, recorre el mundo entero para apoderarse de él y desterrar el Nombre de Dios y de su Cristo, para hundir, matar y entregar a la perdición eterna a las almas destinadas a la eterna corona de gloria. Sobre hombres de espíritu perverso y de corazón corrupto, este dragón malvado derrama también, como un torrente de fango impuro el veneno de su malicia infernal, es decir el espíritu de mentira, de impiedad, de blasfemia y el soplo envenado de la impudicia, de los vicios y de todas las abominaciones. Enemigos llenos de astucia han colmado de oprobios y amarguras a la Iglesia, esposa del Cordero inmaculado, y sobre sus bienes más sagrados han puesto sus manos criminales. Aun en este lugar sagrado, donde fue establecida la Sede de Pedro y la cátedra de la Verdad que debe iluminar al mundo, han elevado el abominable trono de su impiedad con el designio inicuo de herir al Pastor y dispersar al rebaño.

Te suplicamos, pues, Oh príncipe invencible, contra los ataques de esos espíritus réprobos, auxilia al pueblo de Dios y dale la victoria. Este pueblo te venera como su protector y su patrono, y la Iglesia se gloría de tenerte como defensor contra los malignos poderes del infierno. A ti te confió Dios el cuidado de conducir a las almas a la beatitud celeste. ¡Ah! Ruega pues al Dios de la paz que ponga bajo nuestros pies a Satanás vencido y de tal manera abatido que no pueda nunca más mantener a los hombres en la esclavitud, ni causar perjuicio a la Iglesia. Presenta nuestras oraciones ante la mirada del Todopoderoso, para que las misericordias del Señor nos alcancen cuanto antes. Somete al dragón, la antigua serpiente que es diablo y Satán, encadénalo y precipítalo en el abismo, para que no pueda seducir a los pueblos. Amén

– He aquí la Cruz del Señor, huyan potencias enemigas.

Venció el León de Judá, el retoño de David

-Que tus misericordias, Oh Señor se realicen sobre nosotros.

Como hemos esperado de ti.

-Señor, escucha mi oración

Y que mis gritos se eleven hasta ti.

Oh Dios Padre Nuestro Señor Jesucristo, invocamos tu Santo Nombre, e imploramos insistentemente tu clemencia para que por la intercesión de María inmaculada siempre Virgen, nuestra Madre, y del glorioso san Miguel arcángel, te dignes auxiliarnos contra Satán y todos los otros espíritus inmundos que recorren la tierra para dañar al género humano y perder las almas. Amén 

Morir sin un solo beso, caricia o abrazo

Son ya seis los amigos o conocidos que, a las puertas de la Semana Santa, han fallecido por coronavirus en Madrid y varios los que tienen a familiares hospitalizados o fallecidos en algún lugar de la capital de España. En Cataluña me sucede lo mismo; entre amigos y familiares casi una docena. Y en Valencia. Y en Italia. Y en Francia. Recibo por WhatsApp numerosos testimonios de amigos y familiares con familiares infectados, numerosas peticiones de oración por personas cercanas que piden por la curación de sus familiares o amigos. La muerte es, en la mayoría de las ocasiones, un evento imprevisto, no esperado, pero siempre un evento inevitable.
Ante este evento doloroso surge una pregunta crucial: ¿Cómo debo vivir esta situación?
Observo a muchas personas a mi alrededor que, debido a su gran edad, esperan este evento con cierto desasosiego pero con gran paz y confianza. Mi abuela, por ejemplo, que celebrará sus cien años el 14 de abril. Encerrada en su casa ora intensamente. O a mi madre que, cerca de alcanzar los ochenta, le sucede lo mismo. Y, sobre todo, tantas personas a mi alrededor que envían textos que invitan a la oración, que oran incesantemente, que hacen de su confinamiento un auténtico retiro espiritual.
La esposa de uno de mis amigos, cuando la llamé ayer para darle mi dolorido pésame, me dijo: «Entró grave en el hospital con su Biblia y su Rosario. Pero con serenidad, a la espera de lo peor pero también con una gran esperanza». Desde ese momento no volvieron a verse. Y, repentinamente, el adiós sin un beso, un abrazo o una caricia. Así ha sucedido con miles de familias.
Para ella y para mí es un regalo sentir como afrontó este camino hacia la muerte en profunda paz antes de mudarse de este mundo al nuevo hogar donde el Padre lo espera. Sabemos que el cuerpo, que es nuestra morada en la tierra, será destruido, pero también que Dios nos construye en el cielo una morada eterna que no es una obra humana.
Para el cristiano, el misterio de la vida eterna no es una cuestión filosófica sino el misterio de una relación viva con Aquel que primero cruzó las puertas de la muerte. El bautizado no se queda solo después de su visita a la casa del Padre, encuentra un “hogar” donde tiene su lugar la familia celestial, una mesa donde el Señor le sienta con él y le da la bienvenida al banquete eterno.
Los discípulos lo experimentaron muchas veces después de la resurrección. Pensemos en los discípulos de Emaús que dan testimonio de una presencia que reconocieron al partir el pan o en los apóstoles a orillas del lago de Genesaret, en Galilea, que escuchan de Jesús que vayan a pescar para almorzar con él.
Es triste la muerte de un ser querido por circunstancias excepcionales como el coronarivirus o por cualquier otra causa. Es dramática la muerte en la soledad de un pasillo de un hospital por la falta de medios debido al desborde de una epidemia. Es triste como se ha cercenado la vida de personas con vitalidad que tenían una vida intensa por delante. Pero su hogar no está hecho por manos humanas, es un hogar eterno. Esta casa es parte de una casa más grande. El cristiano ingresa al bautismo en una familia de la cual es miembro por el tiempo y la eternidad: donde está Jesús, también estaremos nosotros. La familia eterna de Dios. A cada uno de los que han entrado en los hospitales de cualquier lugar del mundo y han fallecido Jesús les ha susurrado al oído: “Voy a preparar un lugar para ti”.
Este lugar que Jesús nos está preparando fue construido gradualmente en un camino de vida que es diferente para todos, un camino de vida donde se revelan los talentos y las cualidades personales, así como los límites. Por eso nuestra vida, como la de estos amigos fallecidos, tiene que desarrollarse por medio de una amabilidad constante, una vida impregnada de amor, una aplicación cuidadosa para santificar las tareas cotidianas, un servicio al prójimo, una entereza humana y espiritual, una honestidad personal… Esto son solo los vislumbres sigilosos de un camino porque el misterio de las personas es conocido solo por Dios.
Al final del camino de vida personal, estos amigos que nos han dejado te hacen planearte estas preguntas: ¿Cuál es el camino de mi vida? ¿Cómo lo vivo? ¿A dónde me lleva?
Son las preguntas que me surgen hoy teniendo en cuenta las extraordinarias y esperanzadas palabras de Jesús: “Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida; nadie va al Padre sin pasar por mí”.
La vida que esperamos, el lugar que está preparado para nosotros lo tenemos cerca. En la Eucaristía ya tenemos acceso a la morada de Dios entre nosotros, a su presencia viva y plena, en esta vida donde esperamos la felicidad que Él promete y el advenimiento de Jesucristo, nuestro Salvador.
Que las almas de todos los fallecidos descansen en paz. Lo merecen y que el corazón misericordioso de Dios descanse también en aquellos que entran en los hospitales infectados por este virus exterminador y no tienen la fe de este amigo para afrontar el devenir que Dios tiene pensado para ellos. No dejemos de orar. Consagremos nuestra esperanza en el Dios Amor. No dejo de pensar en la imagen del Santo Padre bendiciendo con el Santísimo a la humanidad entera. Él está con nosotros, aunque a veces cueste entender que está presente en estos momentos de tanto dolor y sufrimiento.

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¡Señor, pongo en tus manos el alma de todas aquellas personas que en estos días nos dejan por causa de este virus letal y también por el ánimo de sus familiares y amigos! ¡Te doy gracias por el don de la vida que me permite elevarte con el corazón abierto esta oración de súplica y de esperanza! ¡Señor, te haces cargo del dolor que supone la pérdida de un ser querido, el dolor que rasga el corazón, pero tu presencia en mi vida y en la de sus familiares me reconforta y me da esperanza porque sé que pese a la pérdida están llamados a tu presencia; te doy gracias por que tu los acoges en tu seno y los amparas con tu amor! ¡Señor, elevo mi súplica hacia ti; tu les has llamado a tu presencia en unas circunstancias excepcionales; con toda humildad y con el corazón abierto te suplico que su alma descanse en la gloria del Padre! ¡Confío, Señor, en tu misericordia eterna, en tu amor desmedido, en tu palabra de vida eterna! ¡Señor, todos los que han fallecido han dejado en nuestro corazón un vacío por su generosidad, por su bondad, por su don de servicio, por su calidad humana; hoy sentimos tristemente la ausencia de su presencia; tu conocías lo que había en lo más profundo de su alma y de su ser, perdonables los pecados cometidos y llévalos ante tu presencia! ¡Señor, eres la paz y la serenidad, consuela a sus familiares y dales la fortaleza para seguir su camino con esperanza, dales el consuelo para superar su tristeza y dales la sabiduría para comprender los designios de Dios! ¡Qué en Ti, Señor, encontremos siempre el consuelo y la paz! ¡Bendice y da fortaleza a todos los sanitarios que luchan cada día por el bien de los enfermos, por los celadores, por los voluntarios, por los policías, por todos los que ponen sus manos y su corazón para hacer más llevadero este drama social que estamos viviendo! ¡Y también, Señor, por nuestros dirigentes para que tengan una mirada certera para tomar la mejor de las decisiones!

¿Qué signos esperamos de Dios?

Hoy es la víspera de la Epifanía del Señor. ¡La gran fiesta de los Reyes Magos! ¡El día que Dios elige para manifestarse, revelarse y darse a conocer!
El día de Navidad celebramos a un Dios escondido en la carne de un bebé recién nacido. Mañana, en la Epifanía, celebraremos a Dios hecho hombre que se nos revela a cada hombre.
Lo que estaba oculto se revela. Lo que era invisible se hace visible.
Cuando te adentras en el Evangelio no hay más que una sucesión de Epifanías, manifestaciones en las que Jesús se da a conocer. Para mí la más espectacular es su Resurrección de Jesús. Los testigos de aquella Pascua lo comprendieron muy bien y, desde ese momento, salieron a anunciar la gran noticia. Que Cristo vive y podemos gozar de su presencia.
Pero, si es cierto que la Epifanía significa manifestación: ¿se sigue Dios manifestando todavía hoy? ¿Qué signos esperamos de Dios? ¿Qué tipo de señal sería lo suficientemente potente como para movilizarnos?
Si hubiéramos estado en Belén junto a los Reyes Magos, ¿observar una estrella centelleante sobre un portal en el que se encuentra un bebé recién nacido habría sido una señal suficiente para nosotros? En las orillas del río Jordán, ¿habría sido suficiente la palabra de Juan el Bautista? En Cana de Galilea, ¿el agua convertida en vino habría sido una señal lo suficientemente clara para creer?
Los signos que ofrece Dios no son habitualmente signos atronadores. Buscamos lo espectacular, lo grandioso, lo llamativo. Dios nunca aparece en los titulares, en la publicidad, en nuevas estrellas que no llevan a ninguna parte. La Epifanía del Señor brilla en la simplicidad, en lo muy simple.
Entonces, ¿dónde está la Epifanía del Señor en la actualidad? La Epifanía es la Iglesia extendida por todo el mundo. Una iglesia pobre y grande al mismo tiempo que, a pesar de su edad, es un buen ejemplo de vitalidad e innovación. Una Iglesia formada por hombres y mujeres creyentes que aguanta tormentas y persecuciones, y que a pesar de la burla siempre testifica que la vida del hombre es la gloria de Dios.
La Epifanía del Señor son los sacramentos, la totalidad de los sacramentos. Un poco de agua, un poco de pan, un poco de aceite, elementos que acompañan una palabra viva, llena de esperanza, de amor, de misericordia, de caridad, de perdón. Sí, es el bautismo lo que siempre da vida a Dios. Es la Eucaristía en la que Cristo siempre se hace presente a la comunidad que ofrece, ora y recibe.
La Epifanía del Señor son los testimonios que nos llegan de tantos lugares donde los creyentes rezan por sus verdugos y mueren por testificar que Dios existe.
La Epifanía del Señor son tantas familias del mundo que pasan dificultades, que tienen una familiar enfermo, que no llegan a fin de mes, en las que las parejas tienen problemas, o que uno de los hijos tiene adicciones y provoca sufrimiento, o que alguno de los miembros no tiene trabajo… pequeños sagrarios en los que pese a las dificultades también se manifiesta la gloria de Dios. Pero donde también hay alegría, servicio, amor, caridad, humildad.
La presencia de Dios siempre se manifiesta de alguna manera. Para poder verlo, no solo debemos abrir los ojos sino también lavarlos con abundante agua. Y abrir el corazón. Si lo hacemos, veremos la gloria de Dios y seremos iluminados.

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¡Señor, que sepa siempre contemplar tu gloria! ¡Concédeme, Señor, un espíritu de adoración para ver como te manifiestas en mi vida y en las de todas las personas del mundo! ¡Que sepa leer en tu palabra y tus acciones la manera de manifestarte en mi vida! ¡Guíame, Señor, por medio de tu Espíritu Santo para una auténtico encuentro contigo, para que desde mi pobreza y mi pequeñez pueda convertirme en un auténtico testimonio del Evangelio! ¡Ilumina, Señor, mi vida para que despojado de máscaras y vanidades pueda ser portados de amor al prójimo, caminando a la luz de tu presencia, con la alegría de saber que vives en nuestra vida, siempre en comunión con Dios y unido a la fuerza del Espíritu! ¡Te pido por tu Iglesia, Señor, para que tantos los sacerdotes como los laicos sepamos mostrarte al mundo desde la sencillez para que las sociedades se transformen! ¡Te pido, Señor, para que nuestras sociedades sean capaces de romper las barreras que las dividen y para que entre personas y familias reine siempre el amor y la fraternidad! ¡Te pido, Señor, por los que buscan y no encuentran, los que no dan sentido a su vida, por los que están en fase de descubrimiento personal, por los que están llenos de desesperanzas y sufrimiento, por los que solo ven en lo material la razón de su existencia, por los que desde la razón no comprenden que tu eres la verdad, hazlos ver que te manifiestas cada día en nuestros corazón si somos capaces de abrirlos a tu acción amorosa y misericordiosa! ¡Señor, que sea capaz de ver en la simplicidad de la Epifanía tu manifestación en mi vida desprendiéndome de las idolatrías del mundo y centrándome en ti, que eres la razón de mi existencia! ¡Que la Epifanía, Señor, sea un motivo para adorarte siempre con el corazón abierto y tu Espíritu me convierta en una persona justa, libre, honrada y alegre que testimonie que soy un auténtico seguidor tuyo!

¿Estás orgulloso de mí, Jesús?

Cuando te acuestas por la noche el examen de conciencia es un repaso minucioso a tu comportamiento en la jornada. Es poner en el libro de la vida el repaso de tus acciones buenas y malas. Ser consciente de que cada caída es una oportunidad para levantarse. Para no desfallecer. Para seguir adelante. Para poder ganarme la alabanza de Dios por aceptar su voluntad. Para hacer de mi existencia un acto de amor al Padre. Para no desfallecer en el seguimiento de Jesús. Para cumplir, sin remilgos ni excusas, su Voluntad.
Ayer al cerrar los ojos solo pensaba en sí Jesús puede estar orgulloso de mi. Si el rol que me ha asignado en este vida lo cumplo conforme a su voluntad. Si a pesar de mi pequeñez puedo escribir con letras de oro en el libro de mi vida. Si todo lo que hago es verdaderamente por amor, por amor a Él y a los demás o no soy más que un títere que se mueve al albur de los intereses personales, de los aplausos ajenos.
Al cerrar los ojos solo espero que Jesús pueda estar orgulloso de mi porque mi oración es sencilla y humilde pero honesta, abierta al amor; porque mi vida es testimonio del Evangelio que Él nos dejo; porque mis comportamientos, mis palabras, mis sentimientos son un reflejo de su presencia en el mundo; porque no me dejo llevar por el qué dirán o el qué pensará de mi; porque mi participación en la Eucaristía es un canto de amor al misterio de su Pasión; porque estoy dispuesto a cumplir su Voluntad para gloria de Dios.
Al cerrar los ojos la pregunta que revolotea sobre mi es: ¿Puedes estar orgulloso de mí, Señor?

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¡Señor, es tu misericordia la que me sostiene cuando pienso que voy a caer! ¡Concédeme la gracia, Señor, de tener la capacidad de escucharte en lo profundo de mi corazón, con el alma abierta y dispuesta a entregarme a Ti, con el corazón dócil a tu voluntad y siempre abierto a las inspiraciones que vienen del Espíritu Santo! ¡Señor, no puedo caminar solo por la vida, necesito de tu ayuda y de tu entrega, necesito de la fuerza que viene de tu Santo Espíritu y del poder de acoger con humildad cada una de las gracias que me regalas! ¡Señor, no permitas que me desvíe del camino porque quiero que te sientas orgulloso de mi; no quiero que por mis debilidades te abandone y te niegue! ¡Concédeme, Señor, la gracia de dejarme conducir por tu gracia! ¡Señor, hazme consciente de mi pequeñez, de que soy un pecador, de que mis faltas me alejan de ti, por eso pido al Espíritu Santo que me dirija, me de la luz y me guíe por el camino del bien! ¡Señor, quiero serte fiel, quiero confiar siempre en Ti, quiero cumplir tu voluntad! ¡Señor, soy plenamente consciente de que seguirte a Ti implica entregarse por completo, sacrificando muchas cosas de las que me apetecen pero no me convienen, ayúdame a despojarme del egoísmo que me cubre, del orgullo que me mata y de todos aquellos defectos que me impiden entregarme a Ti por auténticamente! ¡Señor, en ti confío!

Un pequeño Dios nacerá, canto de Adviento:

Manos vacías

Al comenzar la oración percibo que, de manera inconsciente, he abierto las manos y las tengo apoyadas sobre mis rodillas. Y, de inmediato, murmuro: «Mira mis manos, Señor, las tengo vacías con pocas cosas que ofrecer». Y, entonces, pregunto: «¿Cómo puedo llenarlas para presentártelas repletas?». La respuesta es sencilla, por medio de mi esfuerzo personal, con mi servicio, con mi entrega, para gloria de Dios y bien de los que me rodean. Es, en definitiva, la multiplicación de los talentos.
El esfuerzo cotidiano tiene como principio fundamental dar gloria a Dios, vivir cada día conforme a su voluntad y tratar de obtener lo mejor para los que conviven con nosotros. En la teoría, resulta sencillo. Otra cosa es vivirlo en lo práctico de la vida.
Como cristiano debo intentar transformar el mundo. Es en la santidad cotidiana, con el esfuerzo del día a día, como puedo hacer un mundo mejor. En mi condición de laico, en mi vocación de cristiano, he de lograr el reino de Dios gestionando de la mejor manera posible los asuntos temporales y ordenándolos según los planes y la voluntad de Dios.
Mi vida la santifico no renunciando al mundo sino entregándome cada día en cuerpo y alma a mi vocación: a mi vida conyugal, a mi paternidad a mi trabajo, a mi profesión, a mi trabajo pastoral, a mi servicio comunitario, a mi relación con los amigos… obteniendo el mayor rendimiento a un tiempo, un espacio, un lugar que Dios coloca en mis manos convirtiéndolo en instrumento de dignificación cristiana y humana.
Miro mis manos vacías, esas manos que un día se presentarán ante Dios. Son manos que alaban, que se agrietan por los esfuerzos cotidianos, que acogen y que sirven, que tienen que esconderse a veces por los pecados cometidos… pero son las manos que Dios me ha dado para que los talentos recibidos fructifiquen. No están vacías porque estas manos, en cierta medida, a pesar de mi pequeñez, se abren para acoger el espíritu de Dios.

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¡Padre, hazme ver, valorar, agradecer y trabajar siempre cuáles los talentos que me has regalado! ¡Señor, hazme ver lo que me pides cada día para dar más frutos al servicio del Reino! ¡Ayúdame por medio de tu Santo Espíritu a utilizar bien mis talentos! ¡Hazme ver, Señor, que si tu no estás conmigo ninguno de mis talentos brillará! ¡Hazme comprender que el desarrollo de los talentos implica iniciativa, descubrir cuáles son las cualidades que me has dado y saber ponerlas en juego! ¡Ayúdame a producir siempre buenos frutos fiado en Tu palabra y en tu compañía! ¡Que no olvide nunca, Padre, que eres Tu quien añade el incremento! ¡Que comprenda siempre, Señor, si mis manos dan fruto no es únicamente por mi esfuerzo sino por tu benevolencia! ¡Gracias, Padre, por los talentos recibidos; envía tu Santo Espíritu para que me otorgue el don de la sabiduría para vislumbrar aquellos galenos ocultos y los que crecen en mi cuando estoy cerca tuyo y de mi prójimo! ¡Te doy gracias, Padre, por todos aquellos que has puesto a mi lado y por todas aquellas situaciones que me permiten descubrir y desarrollar nuevos talentos! ¡Envía tu Espíritu, Padre, para que todas mis capacidades sepa ponerlas con amor y generosidad al servicio del prójimo y del necesitado para hacer un mundo más amable y ser parte de una iglesia más evangélica!

Con manos vacías, cantamos hoy:

¡Estoy siempre contigo!

Ayer, festividad de la Virgen de Fátima, coincidió con un día muy importante en la vida de la Iglesia: la Ascensión del Señor. Tuve la ocasión de vivir el día de ayer celebrando la Primera Comunión de la hija pequeña de unos queridos amigos. Durante la oración, después de comulgar, me vino a la mente una idea recurrente, una voz del Señor que me susurraba: «Yo estoy siempre contigo». Lo siento verdaderamente porque lo puedo experimentar en mi comunión diaria y en mi vida de oración como también lo experimentará Carolina, la niña que ayer recibió con el corazón a Jesús por vez primera.
El «Yo estoy siempre contigo» ha regresado esta mañana a la oración pero con una perspectiva diferente. Jesús ascendió al Cielo, elevó la naturaleza humana a las profundidades de la vida espiritual y del Reino eterno, y ascendió al Cielo como hombre. Este evento tiene un gran relevancia para cualquier cristiano. Todos sabemos que nuestro viaje en esta tierra es breve y que llegará un día en que dejaremos este mundo y todo lo terreno que lo acompaña. Nuestro camino, nuestra Patria, nuestro verdadero lugar no está en la tierra sino donde el Señor ha ido. Dios no creó al hombre para el sufrimiento sino para acceder a la gloria eterna.
Puede parecer que al ascender al Cielo, el Señor abandona a sus discípulos o, lo que es lo mismo, a todos nosotros.Pero en su Ascensión los lazos espirituales permanecieron intactos. Es la constatación del «Yo estoy siempre contigo». Y estos lazos se transfiguraron cuando el Espíritu Santo apareció de nuevo y así lo podremos experimentar el próximo domingo en la jornada de Pentecostés. Y este lazo tiene un nombre que conforma la creación de Cristo: la Iglesia.
La Iglesia de Cristo es el Cuerpo de Cristo y lo más relevante en nuestra vida en la Iglesia es la comunión con la Sangre y el Cuerpo de Cristo, que es lo que experimentó por primera vez ayer Carolina y lo que a mí me emociona cada día al recibirle en la Eucaristía diaria.
La Fiesta de la Ascensión está marcada por la presencia eucarística porque somos testigos del misterio de la Comunión con el Cuerpo de Cristo. Del mismo cuerpo que fue atormentado en la cruz, que sufrió por la salvación del hombre y que ascendió a la gloria del cielo.
Y el «Yo estoy siempre contigo» me lleva a una meta final: mi alma, mi espíritu y mi corazón deben aspirar a ganar este Reino celestial porque allí es donde se encuentra el destino de mi vida.

 

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¡Señor, que siempre nos muestras el camino del cielo ayúdame a buscar los medios para acercarme más a Dios, para dejar de lado mis preocupaciones y mis sufrimientos y confiar plenamente en Ti para levantar los ojos al cielo y confiar plenamente en tu misericordia! ¡Que mi mirada hacia el cielo sea para contemplar la puerta abierta al reino de los cielos que debe ser mi meta como cristiano! ¡Dame la ilusión por luchar siempre, por no dejarme vencer por los problemas; dame el esfuerzo por alcanzar la santidad para llegar algún día al cielo en el que nos tienes preparados a todos un lugar; alimenta mi esperanza para que la fortaleza de mi fe no decaiga! ¡No permitas, Señor, que el temor me venza y haz que siempre sea en cualquier lugar testigo de tu amor infinito! ¡Te doy gracias, Señor, porque Tu estás en el cielo pero cada día puedo relacionarme contigo en la oración y en la Eucaristía; ayúdame a ser testigo de tu amor en el mundo, ser apóstol de tu Evangelio, discípulo de la alegría cristiana! ¡Hazme, Señor, un instrumento inútil de amor y envíame Tu Santo Espíritu para que haga en mí un hombre nuevo! ¡Y te doy gracias, Señor, por todos aquellos que en estos días de Pascua se acercan por primera vez a recibirte en la Eucaristía, haz de ellos templos del Espíritu Santo y guardianes de la fe en estos tiempos en los que Tu eres apartado de la sociedad y del corazón del hombre!

Jaculatoria a la Virgen en el mes de mayo: María, no permitas que me abandone en la lucha de esta vida, acompáñame en mi caminar cotidiano e intercede ante Jesús para que me otorgue la gracia de compartir eternamente el gozo de su victoria.

El se bajó hasta lo hondo, hermosa canción para acompañar la meditación de hoy:

Caminar a la luz del cirio pascual

Me gusta el tiempo de Pascua. Es un tiempo propicio para alabar a Dios, para darle gracias por su infinito amor, para regocijarte por las obras que realiza en ti, para que te sorprenda con sus gracias. A veces estamos tan acostumbrados a decir «Jesucristo ha resucitado» que perdemos la conciencia de lo que es prodigioso, increíble.
Dios nos ha creado para la felicidad. Él no se detuvo en nuestra desobediencia. Él no nos abandonó. Por la resurrección de Cristo, la muerte es conquistada. Se nos ha entregado una nueva vida. La Pascua exulta con alegría que somos siervos alegres de Dios y mientras Él se entrega a aquellos que cantan su alabanza.
La Pascua te recuerda que la luz ha surgido en la oscuridad de la muerte. Cada día podemos encender de nuevo el fuego del cirio pascual y caminar bajo su luz. «La Palabra es la luz verdadera que entra al mundo e ilumina el mundo», dice San Juan. Jesús es la luz del mundo. Con Él la noche no existe, no es necesaria la luz de una lámpara, ni la luz del sol, porque el Señor Dios nos ilumina. La Pascua es un momento hermoso, al cobijo del cirio pascual, para recordar que Jesús es la luz del mundo, que te permite no caminar en tinieblas porque su vida está llena de luz. Esto es exactamente lo que sucede en y a través de la resurrección de Cristo.
El cirio pascual es como un baño de iluminación que ilumina tu mente para recibir la luz de Cristo, para rechazar la oscuridad que te atenaza para salir a la luz. Para ser cristiano, debo renunciar a la oscuridad, al mal, al pecado y lo que conduce a ello. ¡Qué no tema jamás dejar entrar la luz de Cristo en mi corazón!
A la luz del cirio pascual me reafirmo de que quiero vivir en la libertad de los hijos de Dios, rechazar el pecado y escapar de su poder y lo que conduce al mal, para rechazar a Satanás que es el autor del pecado; para nacer del agua y del Espíritu, para vivir en mi vida la vida divina resucitada con Jesús. No se trata de vivir fuera del mundo, sino de vivir de manera diferente en el mundo.
Esta nueva vida en Cristo, a la luz del cirio pascual, es un llamada a la santidad. Y yo, a la luz del cirio pascual, no puedo más que exclamar: ¡Sí, Señor, quiero ser santo porque mi aspiración es alcanzar la gloria de la resurrección!

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¡Señor, con los salmos te canto: Tu Palabra es una lámpara para mis pasos y una Luz en mi camino, Dios mío, mírame, respóndeme, llena mis ojos de luz; Envía tu Luz y tu verdad, para que me enseñen el camino que lleva al lugar donde Tú habitas! ¡Señor, Tu dices «Yo soy la Luz del mundo. El que me sigue tendrá la Luz que le da vida y nunca andará en oscuridad», hazme luz para los demás! ¡Señor, sé Tu mi luz y ayúdame a ser una pequeña luz en medio de este mundo desorientado que tanto necesita encontrar a Dios para dar sentido a su vida! ¡Señor, Tú que has resucitado y nos das la luz de la vida, ayúdame a avanzar en este tiempo de Pascua! ¡Hay demasiadas cosas por hacer y pocas horas para hacerlo! ¡Ayúdame, Señor, con la fuerza de tu Espíritu, a buscar los frutos de la Resurrección! ¡Te agradezco, Señor, por la fe que me une más a Ti! ¡Te doy gracias, Señor, por dejar tu impronta en mi corazón! ¡Te doy gracias, Señor, por aceptarme cerca de ti! ¡Quiero dar frutos, Señor! ¡Convierte, Señor con la fuerza de tu Espíritu, mi esterilidad en fecundidad! ¡Dame la fuerza para vencer los miedos ni desesperar! ¡Para no dispersarme de lo esencial! ¡Para no caminar en solitario! ¡La hora del Espíritu está cercana, Señor, y se acerca la hora de la verdad! ¡Del envío! ¡Te adoro en Espíritu y Verdad, Señor! ¡Creo y espero, Señor! ¡Quiero hacer nueva mi vida, Señor, después de tu resurrección! ¡Tú me envías a proclamar tu resurrección, la paz, la verdad y la alegría! ¡Aquí me tienes, Señor, para hacer siempre tu voluntad!

¡Oh luz gozosa!:

¡Quiero ser santo!

Hoy le digo a Dios: «¡Padre, quiero ser santo!». Tenemos una imagen falsa y preconcebida de lo que es e implica la santidad. Consideramos que es el resultado de un enorme esfuerzo para alcanzar una cierta perfección y que, en realidad, solo unas pocas personas llegan excepcionalmente a este estado de elevación espiritual. La santidad no es esto. No es la perfección moral. Es la perfección de la caridad en el sentido de que acogemos en nosotros mismos la misma santidad de Dios, que está en Dios y a quien permitimos que se desarrolle en nosotros. Al final, la santidad es bastante simple. Es dejar que la vida divina recibida por el bautismo y la confirmación se desarrolle en nosotros. Es permitir que la luz de Cristo ilumine nuestra vida para que lleguemos a ser luz del mundo.
La santidad consiste en dejar que la vida de Cristo crezca en nuestro interior rechazando lo que es contrario a esta vida. En realidad, un santo no es más que un cristiano normal, es decir, un pobre pecador que entra en diálogo con el Cristo resucitado y se deja transformar gradualmente por el poder de la resurrección. Es recibir la llamada del Padre, no por el bien de sus obras, sino por la grandeza de su misericordioso, justificándose en Cristo. La santificación que cada uno ha recibido con la gracia de Dios debe preservarse y completarse en la vida cotidiana.
Uno no puede crecer en santidad solo. De la misma manera que no se puede vivir el cristianismo solo. Esto es también lo que produce el bautismo. Por el bautismo, somos incorporados a la Iglesia. El bautismo nos hace miembros del Cuerpo de Cristo. Nos hacemos miembros el uno del otro y tenemos que entrenarnos unos a otros a la santidad.
Pero el camino de perfección tiene la cruz la esencia profunda de la vida del cristiano. No es posible la santidad sin renuncia, sin combate espiritual, sin fe, sin amor al prójimo y confianza en Dios.
¡Quiero ser santo! Pero para lograr esta perfección tengo que poner todo mi empeño, de acuerdo con los dones recibidos de Cristo, para entregarme por completo a la gloria de Dios y al servicio amoroso al prójimo. Seguir las huellas de Jesús tratando de ser imagen suya en este mundo, obediente a la voluntad del Padre para dar frutos y ser luz. Lejos estoy de esta santidad pero no debo dejar de caminar para alcanzar la tierra prometida.

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¡Señor, como bautizado me llamas a la santidad, la perfección de la caridad, a la plenitud de la vida cristiana, a seguir tu mandato de ser perfecto como Tu Padre celestial es perfecto! ¡Sabes, Señor, que solo no puedo! ¡Que mi camino es tortuoso, que mis caídas muchas, mi debilidad me impide muchas veces avanzar con firmeza, que mi capacidad de amar es limitada, que la pequeñez de mi vida limita mis pasos, que mi falta de confianza es a veces grandes, pero te necesito de tu ayuda por eso te pido que envíes tu Santo Espíritu para que me renueve cada día! ¡Ayúdame a Ser Santo, Padre Celestial, porque Tu intervienes cuando se acoges con ternura mis súplicas sinceras! ¡Padre, tu me has predestinado, como has predestinado a tanto, a ser la imagen de Jesús en mi entorno, tu me llamas a ser discípulo de Tu Hijo, tu me has justificado para que sea testigo de la verdad, Tu me llamas cada día para tener una unión íntima contigo, con Jesús y con el Espíritu Santo en compañía de María, no permitas que deje de acudir a vuestra llamada! ¡Tu, Padre, me envías cada día gratuitamente gracias abundantes que son signos evidentes de tu amor; no permitas que los desaproveche! ¡También Padre, me enseñas la senda de la cruz, del sufrimiento y del dolor, hazme comprender que no es posible mi santidad si antes no acepto la cruz de Jesús, la renuncia y el levantarme cada vez que caigo! ¡Padre, Jesús nos enseñó a amar y dar la vida por el otro, hazme apóstol de tu misericordia, discípulo de las buenaventuras, hermano del amor al prójimo! ¡Quiero ser santo, Señor, envíame tu Santo Espíritu para avanzar cada día hacia la Jerusalén Celestial!

Para ser santo, con Jesed cantamos anhelando la santidad:

¡Qué felicidad vivir en la perspectiva de Dios!

Último sábado del año con María en el corazón. Cuando María pronuncia sues invadida por el Espíritu de Dios. Este es el modelo a seguir con respecto a mi propia alma. Este testimonio me abre el camino y me muestra lo lejos a lo que puedo llegar en comunión con Dios. Esta es parte de la aventura cristiana de la vida.
La sed de Dios que tenía la Virgen, su apertura de alma, eran consecuencia de su felicidad interior: «He aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra».
La apertura al plan de Dios puede ser arriesgada. Prometida a José, siendo virgen, María puso en peligro todo su plan de vida. ¡El valor de la Virgen es realmente admirable! ¿Quién podría creerse un embarazo por intervención del Espíritu Santo? Pero al mismo tiempo ¡cómo no aceptar los planes de Dios cuando el Espíritu Santo viene sobre ti y el poder del Altísimo te cubre con su sombra!
Su apertura hacia Dios, su firme sin reservas, a riesgo de arruinar su matrimonio con san José, el riesgo de ser deshonrada por su familia, de ser apedreada por la multitud, no arredraron a María. Tal era la ciega confianza en Dios.
Todos estamos invitados a vivir en esa misma confianza, a abrir cotidianamente nuestras almas a la gloria de Dios, ponerse en las manos del Altísimo. Vivir en Cristo que nos lleva a realizar obras extraordinarias. ¡Qué aventura, qué felicidad vivir en la perspectiva de Dios!
En unas horas, Jesús estará más vivo que nunca entre nosotros, en nuestra alma primero, en nuestro cuerpo en la comunión y producirá maravillas en nuestras acciones, nuestros gestos, nuestra tolerancia, nuestra infinita misericordia, nuestra humildad.
Y en este día, gracias a María, comprendiendo su total apertura de alma, podré gozar de la alegría de vivir abandonado al Amor incondicional de Dios.

orar con el corazon abierto

¡No quiero olvidar María que esta Navidad es posible gracias a tu sí incondicional a Dios! ¡Que es posible porque tu hágase fue para abrirse a la vida! ¡Fue gracias a ti, la humilde de corazón, la sencilla de alma, la Inmaculada elegida por Dios, la que atendió con recogimiento las palabras del ángel y el susurro del Espíritu, la que esperaba siempre en Dios, la pobre de espíritu, la esclava del Señor, la que se entregó a la voluntad del Padre! ¡Es por tí, María, que hemos celebrado el nacimiento de Jesús! ¡Haz pues, María, posible que en el mañana de mi vida y en el mundo entero se produzca el verdadero milagro del nacimiento de Tu Hijo! ¡Que tu fe, María, sea una camino de preparación para recibir a Jesús! ¡Que tu entrega como Madre me permita entender en mi vida los tiempos de Dios! ¡María, tu que estás llena de gracia, que estás limpia de pecado, que eres abogada de la gracia, que testimonias con tu ejemplo la santidad que agrada a Dios, intercede por mi para que pueda alcanzar la santidad, para que sea irreprochable ante sus ojos, para que sepa acoger en mi corazón el don del amor, de la misericordia y el perdón y que sea capaz de darme siempre a los demás! ¡María, Madre de Dios, permíteme caminar contigo y crecer en la esperanza que nos trae la Navidad, para celebrar con alegría, gozo y esperanza el fruto bendito de tu vientre que es Jesús!

Del compositor Jan Dismas Zelenka nos deleitamos en este último sábado mariano del año con su antifonal mariana Alma Redemptoris Mater: