Respirar el aire fresco de la naturaleza y el aire purificador del Espíritu

Me gusta respirar el aire fresco de la naturaleza. Me gusta la vida de campo. Me da vida. Sustenta mi alma. Me hace participar de manera vivificante de la creación. El lunes, visitando a varios clientes del sector agrario, caminé entre instalaciones ganaderas, entre arboledas, entre campos floridos de la naturaleza… me sentí anclado en el amor de la creación. Respirar naturaleza ensancha mi corazón, serena mi alma… te permite sentirte don de Dios y de ese don fruto de la gracia vives. Te hace sentirte también polvo de la tierra, de ese polvo del que fui creado, de ese polvo frágil que se hizo barro, con su forma, su carácter, su estilo propio… pero moldeado por las manos sublimes, tiernas y amorosas de Dios.
Hace poco hice la fotografía que ilustra el texto. Una cruz en lo alto de la montaña, en plena naturaleza. La cruz que refleja el abandono de Aquel que dio su vida por nosotros, que nos dio su paz y que, con su aliento, nos devolvió a la vida. Junto a la cruz la luz del sol, luz de Dios. Pensé lo impresionante de ese Dios tan humano que nos busca cada día y que se comunica ahora con el soplo íntimo y susurrante del Espíritu. Ese soplo da aire a nuestra existencia, rompe las corazas de nuestro corazón de piedra y lo transforma en un corazón de carne.
El lunes la brisa de la jornada refrescó mi cuerpo mientras visitaba a mis clientes en sus instalaciones ganaderas. También mi corazón y mi alma. Recordé las palabras del Evangelio de san Juan que dice que el viento sopla donde quiere y escuchas su ruido, pero no sabes de dónde viene ni adónde va. Es así todo el que ha nacido del Espíritu.
Me gusta respirar el aire fresco de la naturaleza. Pero también inspirar el aire puro del Espíritu. Vivir de la receptividad de los dones y carismas del Espíritu es abrir el corazón y dejarse conducir por la vida como un niño, frágil pero seguro de la mano de su progenitor. Quiero respirar el soplo del Espíritu porque quiero ser su templo, quiero que de mi corazón brote de manera incesante el agua pura del amor. Quiero que el Espíritu me conduzca por las sendas de la vida y que, por medio de su ternura, diligencia y amor, me tome de la mano, me colme de gracia y me ayude a dar pasos certeros para caminar hacia la santidad. Confiando, respirando su aliento, sin poner resistencia y entregándome en verdad.

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¡Espíritu Santo, ruah, viento que soplas en los corazones humanos, tu te hiciste presente en la anunciación, llevaste a Jesús al desierto, te derramaste sobre Él en el río Jordán, le acompañaste en la oración, hazte también presente en mi vida! ¡Vivo deprisa, Espíritu de Dios, una vida en la que hay muchos ruidos, compromisos, urgencias, necesidades, poco tiempo para descansar… necesito momentos de paz interior, de silencio interior; y tu eres el aire sereno que respiro, sin tu aliento no me sostengo, quiero respirar al unísono contigo para exhalar tu presencia y hacerla pura mi existencia! ¡Soy poca cosa, Espíritu de Amor, soy frágil y quebradizo, pero a través tuyo Dios derrama su infinito amor sobre mi corazón; gracias! ¡Gracias por tu aliento, por tus susurros, por tu presencia, por hacer posible la presencia de la Santísima Trinidad en mi vida; gracias porque siendo pequeño y frágil quieres tomar posesión de mi corazón! ¡Gracias porque a tu lado todo lo puedo! ¡Gracias porque tu presencia me sostiene, tus soplos me dan aliento, porque tus dones me dan coraje, respirarte serena mi alma! ¡Espíritu Santo, eres el Espíritu que todo lo llena, que da vida, que me lleva a Dios para asemejarme a Él y a Cristo para hacerme uno con Él! ¡Ayúdame a entender que la vida consiste en vivir en Cristo, con Cristo y de Cristo! ¡Dame sabia nueva a mi vida, Espíritu de Dios, porque es lo que anhelo con todas mis fuerzas!

En mi debilidad, la gracia me sostiene

A la luz de la oración me siento cada vez más alguien pequeño y débil. Me siento así porque mi debilidad la siento también como mi fortaleza porque ella me coloca ante la grandeza misericordiosa de la gracia.
Mi vida es una lucha incesante contra mis miserias, mi debilidades, mis caídas, mi falta de caridad, mi orgullo… Pero esta batalla tiene su contrapeso con la gracia que viene de Dios. Porque nada, absolutamente nada, pese a la oposición del mal, puede superar a la gracia divina. Es por esta gracia que viene la salvación, el soportar las cruces cotidianas, el vencer los obstáculos que se nos presentan en el camino, la dificultades a las que hay que hacer frente. La gracia es el gran regalo que Dios hace a cada uno con independencia de cuál sea su comportamiento.
En mi pequeñez y mi debilidad siento que la gracia me sostiene. Siento así que mi debilidad deviene en mi fortaleza porque sentirse acompañado de la gracia te permite hacer más llevadero el sufrimiento, la dificultad, la tribulación o el desasosiego. Es en mi pequeñez y en mi debilidad donde siento como el poder de Dios se manifiesta en mi vida y cómo éste, de manera hermosa y bella, se va perfeccionando cada día. Dios bendice mi vida y con mis imperfecciones la va moldeando a su imagen y semejanza. Utiliza la pequeñez de mi vida para hacer su obra a su tiempo y a su hora.
Esto me emociona y me permite darle gracias y bendecirle porque en mi pequeñez y en mi debilidad soy consciente de que Dios necesita de mis cansancios y flaquezas para derramar toda su gracia, para iluminarme, para convertirme, para consolarme, para vivificarme, para fortalecerme y para ensalzarme.
Me maravillo porque es en mi debilidad y flaqueza donde el poder de Dios, amoroso y misericordioso, se va perfeccionando día a día.
Y, entonces, comprendo que no importa lo débil y pequeño que sea, lo importante es que debo aprender a acoger su gracia que todo lo llena y todo lo desborda.

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¡Señor, te doy gracias por tu gracia que sostiene mi debilidad y mis flaquezas! ¡Te doy gracias, Señor, porque es la fuerza de tu gracia lo que llena mi corazón y me permite avanzar en el camino de la vida! ¡Gracias, Señor, porque es tu mano la que me sostiene ayer, hoy y siempre! ¡Gracias, Señor, porque es por tu gracia y tu perdón por lo que puedo convertirme en un pequeño instrumento de tu amor infinito! ¡Señor, todo lo que soy y lo que tengo te lo debo a ti que lo revistes de tu gracia! ¡Mi vida, mis dones, mis talentos, mi pequeñez te pertenece enteramente a ti que la revistes con tu poder! ¡Señor, nada puedo ofrecerte más que mi debilidad porque todo lo mío es tuyo! ¡Te ofrezco mi amor incondicional, mi entrega confiada, la firmeza de mi fe, la alegría de ser miembro de tu Iglesia santa, la fidelidad a tu amor, la constancia de mi vida espiritual y el sí condicional de mi amistad contigo! ¡Señor, tu sabes que en mi vida no han faltado pruebas y dificultades, aunque también los momentos revestidos de alegrías y felicidad, tu los has hecho propios y los has revestido con el poder tu gracia! ¡Gracias, Señor! ¡Gracias porque tu gracia se derrama sobre mi con un amor que no merezco, especialmente al recibirte cada día en la Eucaristía que me permite subir contigo al Calvario cargando la cruz, en el abrazo misericordioso al recibir la absolución en el sacramento de la Penitencia o en la participación alegre en cualquier otro sacramento en el que participe como espectador! ¡Gracias, Señor, porque tu gracia es la que sostiene mi pequeñez y es a través de los dones del Espíritu que tu envías sobre mi que mi debilidad se transforma en mi fortaleza por la grandeza de tu amor!

 

¡En todo lo que hago, Dios por delante!

He leído en un medio norteamericano una entrevista a Patrick Mahomes, quarteback de los Kansas City Chiefs, equipo ganador de la Super Bowl al derrotar al favorito en la final, los San Francisco 49ers. Me llamó la atención el titular de la entrevista: «En todo lo que hago, siempre pongo por delante a Dios».
Mahomes está considerado el héroe de la gran final, el jugador que encaminó a su equipo a la victoria. Minutos antes de iniciarse el encuentro un periodista de CBN Sports le pidió una reflexión del partido. Mahomes respondió: «En mi pecho tengo grabado los versículos 4-6 del Salmo 23 de la Biblia. Todo lo espero». ¿Qué dicen estos tres versículos? «Aunque cruce por oscuras quebradas, no temeré ningún mal, porque tú estás conmigo: tu vara y tu bastón me infunden confianza. Tú preparas ante mí una mesa, frente a mis enemigos; unges con óleo mi cabeza y mi copa rebosa. Tu bondad y tu gracia me acompañan a lo largo de mi vida; y habitaré en la Casa del Señor, por muy largo tiempo».
Mahomes lideró a su equipo, logró una remontada histórica, y se convirtió en el MVP del partido. Al concluir la final, fue entrevistado de nuevo. Ante millones de espectadores, se estima que solo en Estados Unidos siguieron el evento más de ciento ochenta millones, Mahomes hizo una profesión de fe extraordinaria: «Dios es la fuente de mi éxito. Todo lo que hago cada día es por Él que me ayuda a vivir de la manera correcta; haciendo lo que Él quiere puedo salir al campo con la cabeza bien alta y ser la persona que él espera. A lo largo de mi vida Dios me ha bendecido por eso trato de ponerle siempre en primer lugar y glorificarlo en todas mis acciones».
En este mismo equipo juega Stefan Wisniewski, quien a mitad de temporada había sido despedido de los Philadelphia Eagles. Puso su futuro profesional en manos de Dios y logró un breve contrato con los Kansas City Chiefs. A él también le entrevistaron en directo y estas fueron sus declaraciones: «En la vida has de seguir la voluntad de Dios. Y su voluntad ha sido que estuviera con los Chiefs durante cinco semanas. Para mí se convirtió en un auténtico desafío pero la presencia de Dios en mi me ha servido de apoyo. Durante este tiempo he confiado en Él y no he parado de alabarle. El sabía cuáles eran mis deseos y me ha ayudado a levantarme; hizo que mi lugar fuera humillarme ante Él y aquí estoy, jugando el sueño de la final de la Super Bowl. Todo ha sido por la voluntad de Dios».
Dos testimonios de dos profesionales abiertos a la voluntad divina. Dos creyentes con la capacidad de entender que hay un pasado, un presente y un futuro que depende de lo que Dios hace en nuestras vidas. Y con la grandeza de testimoniarlo.
La característica de estos dos corazones humanos es su confianza, su obstinación para que se haga en su vida la voluntad de Dios. Cuando el corazón es noble, el alma se sintoniza con el corazón divino, y unidos es posible lograr cosas extraordinarias. Cuando abandonas tus intereses y planes egoístas, tu vida sin ideales ni propósitos, y dejas que quien te sostenga y te guíe sea Dios, la gloria de su presencia llena de bendiciones tu vida. Y aquello que tanto deseas se obtiene al tiempo perfecto de su santa voluntad. ¡Gran lección la de estos dos jugadores profesionales que me debería aplicar con más frecuencia!

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¡Señor, me abro a tu voluntad aunque tantas veces me obstine en seguir mis propios intereses! ¡Me entrego a ti, aunque tantas veces me cueste detenerme y comprender que esperas de mi! ¡Señor, me entrego a ti para que tomes en tus manos mi porvenir, mis quehaceres cotidianos y los tiempos de mi vida! ¡Señor, creo en ti por eso quiero ver los cielos abiertos a mi alrededor; confío en ti, por eso quiero ver en mi vida tus propósitos perfectos; espero en ti, por eso anhelo en mi vida tus planes eternos! ¡Concédeme la gracia, Señor, de comprender que tu eres la luz que me ilumina y el resplandor que todo lo alumbra en lo cotidiano de mi vida! ¡Concédeme la paciencia para recibir tus dones y la sabiduría y la gracia para vivir de acuerdo con tu voluntad siempre amorosa! ¡Concédeme, Señor, la gracia de entender lo que quieres y como obras en mi para que todo se haga según tu perspectiva y no desde la mía, tan humana y tan terrenal! ¡Ayúdame siempre a abrir el corazón para que se llene de tu santa voluntad y se inunde de tu amor misericordioso y diga siempre sí a tu voluntad! ¡Reina, Señor, en mi interior para que seas tu el que gobierna en mi ser y no me deje gobernar por mi egoísta voluntad!

Rodeado de la gracia

Se olvida porque no se le otorga la debida importancia que estamos rodeados de gracia. La gracia, inmerecida por otra parte, es que cada día Dios nos espera. Acepta nuestra forma de ser. Nos abraza con su amor. Nos perdona con su misericordia. Nos recibe con su bondad. Nos acompaña con su presencia. Nos llena de su infinito amor.
Además, no solo está Dios. Nos ha dado a Cristo que es, también, pura gracia. Las enseñanzas de Jesús son gracia como la cruz redentora es gracia desbordante. La presencia del Espíritu Santo en nuestra vida —de la que somos templos por el Bautismo—es asimismo gracia que te otorga sus siete dones, te sostiene en tus debilidades y te ayuda a vencer en tus decaimientos e inseguridades.
La fe ciega es gracia. La esperanza es gracia. La confianza es gracia. Las convicciones cristianas son gracia…
Hay gracia en nuestra vida con independencia de como haya sido ésta y como hayan sido nuestros comportamientos porque el amor de Dios por cada ser humano es inquebrantable.
Comprender que estamos rodeados de gracia y ¡qué necesitamos esta gracia! que viene de Dios de manera gratuita ayuda —¡y cuánto ayuda!— a renovar el corazón pues en la debilidad la gracia te fortalece.
La gracia es la ayuda divina y la fortaleza que recibimos por medio de la expiación de Jesucristo. Por medio de la gracia somos salvos del pecado y de la muerte. Además, la gracia es un poder que nos fortalece día a día y nos ayuda a perseverar hasta el fin. Se requiere esfuerzo de nuestra parte para recibir la plenitud de la gracia del Señor.
Con la gracia, que nos hace hijos adoptivos de Dios, participamos gratuita de la vida sobrenatural de Dios pero podemos perderla o aumentarla en función de su receptividad o su rechazo.
La gracia es tan porque sin ella es imposible alcanzar la vida eterna. Tiene una fuerza transformadora para hacernos semejantes a Jesús.
Hoy quiero abrir especialmente mi corazón a Dios, renovar mis fuerzas y pedirle al Señor que esta gracia impregne todo mi ser, todo mi corazón y toda mi alma y ser consciente de tanta gratuidad y tanto amor.

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¡Señor, en ti soy, me muevo y existo por eso te pido me llenes de tu gracia y me ayudes a abrir el corazón para ser receptivo a tanto amor! ¡Concédeme el gran don de sostener la gracia santificante con mis buenas obras que recibí de Ti en el Bautismo, que me convierte en hijo tuyo y en heredero del reino celestial! ¡Que mi vida está impregnada de tu bondad y por medio del Espíritu Santo esté muy unido a la Pasión y Resurrección de tu Hijo! ¡Haz, Señor, que tu gracia ilumine mi inteligencia y mueva mi voluntad para que todas mis acciones estén impregnadas de tu presencia! ¡Que la gracia que me envías, Señor, me haga permanecer siempre a tu lado, a vivir en amistad contigo no defraudando la confianza que tienes en mi con el pecado! ¡Concédeme la gracia de vivir y actuar según tu voluntad! ¡Espíritu Santo rocíame con tus gracias para tener una unión más íntima con el Padre y con Jesús! ¡Concédeme tus siete dones, Espíritu Santo, para adquirir el gusto por la cosas de Dios, para profundizar las verdades de la fe, para actuar con rectitud, para hacer siempre el bien, para un mayor relación íntima con Dios y para rechazar las tentaciones y el pecado!

La gloria de Dios:

¡La santidad no espera!

Vivimos en la era de Pentecostés. Es una ahora y siempre porque el Espíritu Sano no deja nunca de soplar. El Espíritu Santo santifica nuestra vida, la vivifica, la renueva y la empuja. Lo hace porque nos quiere santos y, sobre todo, porque ¡la santidad no espera!
Observas a los apóstoles el día después de Pentecostés e iniciaron su misión inmediatamente. Cuando San Pedro se encontraba prisionero en la cárcel, el ángel del Señor se le apareció repentinamente y, rodeado de una luz que resplandecía en el calabozo, le indicó: «¡Levántate rápido!». Y eso hizo Pedro.
Siento así que no tengo más remedio que levantarme a toda prisa, que no puedo esperar. Que depende de mi seguir el ritmo que me marca el Señor; la orden del ángel es clara y precisa: levantarse inmediatamente y actuar. Con esa orden, el Ángel recuerda que el Señor está allí y que su fidelidad es permanente.
Siento que este es mi deber y que esta debe ser mi vocación, a pesar de mis imperfecciones, defectos y debilidades: la santidad. La santidad es lo que el Señor pide y espera de cada uno de nosotros.
Por eso quiero inscribirme en la carrera de santidad, como hicieron los apóstoles, los discípulos y todos los santos. Es hora de entregarme radicalmente a la gracia que me lleva a proclamar con alegría las maravillas de Dios.
El Espíritu Santo se nos da para que cada uno renazca a la vida, para que todo en nosotros sea grandioso porque el mismo Dios es grande y el Espíritu viene de Él.
Pero obviamente esto no resulta sencillo pero la santidad, que es un don del Espíritu, la puedo ir adquiriendo diariamente, siendo fiel en las pequeñas cosas, como lo soy, donde Dios me ha ubicado.
Soy consciente de que vivo en la era de Pentecostés por eso quiero dejarme moldear por Dios y ser vivificado por el Espíritu Santo. Deseo hacerlo así porque la santidad no espera. ¡Es hora de levantarse rápido y actuar!

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¡Espíritu Santo, don de Dios, que todo lo iluminas y que habitas en mi corazón, amanece cada día en mi vida y manifiesta en mi el poder, la ternura, el amor y la misericordia de Dios! ¡Espíritu divino, dador de vida, hazme fuerte en la fe y ayúdame a comulgar en tu divinidad! ¡Espíritu Santo, espíritu de verdad y sabiduría, concédeme la gracia de vivir sintiendo en cada instante tu presencia; en las alegrías y las tristezas, en los cansancios del día y en los esfuerzos de la jornada, en las certidumbres y en las dudas, en los trabajos y en los descansos! ¡Espíritu Santo, espíritu de caridad y gozo, hazme una persona dócil a la voluntad de Dios, predispuesta al servicio y a la entrega generosa! ¡Espíritu Santo, espíritu de paz y paciencia, dame el don de ser paciente y aceptar siempre lo que Dios provea para mí! ¡Espíritu Santo, espíritu de santidad y justicia, concédeme la gracia de caminar cada día hacia la santidad personal manifestándolo en mi familia, en mi trabajo, con mis amigos y en cualquier lugar donde se haga presente mi persona! ¡Espíritu Santo, espíritu de bondad,  no permitas que caiga en tentación y líbrame de los miedos, la desconfianza y la autosuficiencia! ¡Espíritu Santo, espíritu de amor, llévame siempre a amar al prójimo con tu mismo amor! ¡Espíritu Santo, espíritu de acción, conviérteme en una auténtico discípulo de Jesús, transmisor de su Palabra, discípulo de su verdad, testimonio de su amor! ¡Espíritu Santo, que habitas en mí, aviva en mi corazón el deseo de darme a los demás y consagra cada una de mis palabras, gestos y sentimientos y hazlos semejantes a los de Jesús!

Canción de santidad, con Juan Luis Guerra para interiorizar nuestro camino de vida:

¡Te bendeciré… y sé tú una bendición!

Una frase del Génesis que Dios dirige a Abraham me lleva a no vivir en la comodidad de la fe. «Te bendeciré… y sé tú una bendición». Me impresionan profundamente estas palabras. No estamos en este mundo únicamente para ser bendecidos por Dios, para ser felices con este regalo, sino para bendecir al prójimo. Cada una de nuestras bendiciones deben fluir amorosamente hacia el corazón del otro.
En cada bendición que dirigimos al prójimo Dios habla por nuestros labios y acoge también nuestras propias necesidades.
La grandeza de la bendición al otro, cuando surge de un corazón abierto, alegre, amoroso y misericordioso, es que Dios también bendice tu propia vida por que ¿acaso no dijo Jesús aquello de «dad y se os dará porque en la medida que deis recibiréis?».
Si hay algo extraordinario en mi vida, en mi hogar, en mi familia, en mi trabajo, en mi entorno social o laboral no es solo recibir la bendición de Dios sino que yo pueda convertirme como cristiano y discípulo de Cristo en alma de bendición.
Abraham recibió la bendición de Dios porque, desde la profundidad de su fe, fue capaz de discernir la bendición divina confiando plenamente en la presencia de Dios incluso en los momentos en que las circunstancias de su vida no invitaban precisamente a la claridad. Pero cuando más es uno bendecido por Dios, más espera Él que te vuelques en el prójimo, y así lo hizo Abraham, el padre de la fe. Con la bendición de Dios, Abraham puedo caminar confiado sabiendo que no estaba solo, consciente de que había un poder superior que velaba sobre Él.
Mi propósito hoy es disponer mi corazón para bendecir a aquellos con los que vivo, trabajo y me relaciono, para ser como la luz de Cristo que ilumine su corazón y mirarlos con la mirada de Jesús, especialmente a aquellos que me desprecian, me critican o sienten antipatía por mí. Estoy convencido que con mi bendición ambos recibiremos la gracia de Dios, su misericordia y su perdón.

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¡Señor, dices en el Génesis que «Te bendeciré… y sé tú una bendición»! ¡Con esta autoridad que me otorgas como hijo tuyo quiero bendecir a todos los que me rodean, especialmente a aquellos que me han hecho daño o yo he dañado, a los que me critican o yo he criticado, a los que sienten animadversión por mí o yo por ellos, a los que me han traicionado o yo les he fallado, a los que me hicieron mal y yo respondí con la misma moneda, a los que hirieron mi corazón y yo también les hice sufrir, a los que se alegraron de mis fracasos y yo no estuve a su lado cuando lo necesitaban, a los que me dejaron solo en los momentos de dificultad y yo me olvidé de ellos en sus necesidades! ¡Señor, bendícelos a todos ellos con tu amor! ¡Bendice, Señor, todo lo que mis manos hagan hoy para que se conviertan en bendición para los demás! ¡Bendice, Señor, cada uno de mis pensamientos para que sean como los tuyos y quieran el bien de los demás! ¡Bendice, Señor, mi propia vida y la de los demás, para que sea imagen tuya en la sociedad! ¡Bendice, Señor, mi corazón para que se convierta en fuente de bendición que transparente tu amor! ¡Bendice, Señor, el presente y el futuro de mi vida! ¡Bendice a mi pareja, a mis hijos, a mis amigos, a mis compañeros de trabajo, a mis padres, a mis hermanos, a mi familia, a mis ahijados, a mi comunidad parroquial, a todos cuanto me encuentre hoy y siempre por el camino de la vida! ¡Bendice,Señor, cada palabra, pensamiento, actitud y sentimiento que surja de mi corazón! ¡Bendice, Señor, cada una de mis preocupaciones y sinsabores, cada alegría y cada triunfo! ¡Bendice, Señor, a los que no tienen donde cobijarse ni que comer, a los despreciados de la sociedad, a los abandonados del mundo! ¡Bendice, Señor, a tu Iglesia Santa, al Santo Padre, a los obispos y sacerdotes, a los consagrados y consagradas, a los misioneros, a los que dan la vida por ti, a los perseguidos por razón de la fe! ¡Bendice a los gobernantes y los políticos de mi país y del mundo entero para que persigan siempre el bien común! ¡Bendice a mi país! ¡Bendice a mi ciudad! ¡Bendice,Señor, cada uno de mis pasos para que me lleven pausadamente hacia la gloria celestial!

Jaculatoria a la Virgen en el mes de mayo: ¡María, Señora de la Misericordia, al igual que tu corazón bendijo a quienes te encontrabas, ayúdame de tu mano a ser bendición para el prójimo!

De bendición en bendición, cantamos hoy:

¿Es posible ser perfecto como el Padre celestial es perfecto?

Conciliar el ideal de perfección que tiene Dios con mi imperfección es una tarea ardua y difícil.  Pero el mensaje, pronunciando por Jesús al término de su sermón en el monte de las Bienaventuranzas, es claro: «Sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto» (Mt 5, 48).
La llamada de Jesús a ser perfectos es una norma que establece para cada uno de nosotros; siendo realistas, ¡parece imposible cumplirla! La exigencia de Jesús está fuera de toda duda pero, tal vez, lo mejor hubiese sido que seáis un tanto por ciento generosos, otro tanto por ciento honrados, otro tanto por ciento serviciales, otro tanto por ciento amorosos… o sed lo que podáis según vuestras capacidades.
Pero el mensaje es contundente: «Sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto». ¿Qué significa y qué implica ser perfectos en un mundo tan difícil de vivir y con tanta miseria que se acumula en mi interior? Dios, que es justo, misericordioso y, por encima de todo, amoroso es conocedor de nuestros pecados y no puede permitir que cada uno establezca por su cuenta sus propias normas. El ideal de la perfección es imposible de cumplir. Siendo realistas nadie la alcanzará por su naturaleza pecaminosa, por esa tendencia tan propia del ser humano de caminar aferrados a la soberbia, al egoísmo, al rencor, a la falta de caridad, al juicio ajeno, a buscar sus propias comodidades…
Ante este panorama, ¿vale la pena esforzarse? ¿compensa vivir, tratando de llegar a la perfección aún a sabiendas de que nunca llegaré a ser perfecto? Vale la pena y compensa porque hay un elemento que lo puede todo. La gracia. La gracia santificaste de Dios que se derrama sobre cada uno como un don sagrado. Entre lo que uno es y lo que está llamado a ser se irradia de manera gloriosa la gracia que el Padre, por medio del Espíritu, derrama sobre cada ser humano abierto a su misericordia. Es un regalo que no tiene precio, es un obsequio dadivoso fruto de un amor infinito e inagotable. La misericordia de Dios, que en esta Semana Santa que se avecina, deja su impronta en la entrega de su Hijo, con su pasión, su muerte en cruz y su gloriosa resurrección, cumplió con creces nuestra desventura, nuestro fracaso y nuestra imperfección.
Uno puede vivir condicionado por la búsqueda de la perfección y reconocer que nunca la alcanzará por si mismo. Por medio de la oración, de la vivencia de la Palabra, de la vida sacramental, puede ir moldeando sus imperfecciones. Cuenta con la estima de Dios, su misericordia es tan extraordinaria que Su gracia irradia este esfuerzo por medio de la transformación interior.
«Sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto». Sí, el ideal de Dios es la perfección. Entonces contemplas la cruz. Comprendes su valor redentor. El clima de libertad y de amor que se respira allí. Y asumes con el corazón abierto que el nexo de unión entre mi perfección y la del Padre celestial, radica en Jesucristo. Él es lo que lo hace todo nuevo y nueva puede hacer mi vida si me dejo llenar de Él, con la gracia, la fuerza y los dones del Espíritu.

 

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¡Ayúdame, Señor, a recorrer el camino de la perfección! ¡Concédeme la gracia, Señor, de renovar mi interior, de cambiar mi vida, de buscar cada día la santidad! ¡Ayúdame a reconocerme siempre pecador y desde mi pequeñez tender hacia Ti! ¡No permitas, Señor, que olvide que estoy llamado como cristiano a la santidad cumpliendo tus mandamientos, renunciando a todo para seguirte a. ti, para lograr una entrega más completa a Ti, entregándome más a los demás! ¡Ayúdame, por medio de tu Santo Espíritu, a aprender a renunciar, a perfeccionar mi vida personal, a responder a las aspiraciones que me pides en mi vida cotidiana! ¡Concédeme la gracia de perfeccionar mi fe, de atender el «sígueme» que pides para mi vida con todas las renuncias que comporta, con una confianza ciega en tu amor, para fortalecerme en mi caminar y para no caer ante los problemas y las dificultades! ¡Ayúdame a tener ser consciente de la perfección de la esperanza que me sitúa en la perspectiva de la vida eterna! ¡Ayúdame a perfeccionar mi amor hacia el Padre, amándolo por encima de todas las cosas, para cumplir con el mandamiento que nos has dado de Amar a Dios con todo mi corazón, con toda mi alma y con toda mi fuerza! ¡Ayúdame a perfeccionar mi vida con un amor verdadero al prójimo, como expansión del amor hacia Ti! ¡No permitas, Señor, que el egoísmo, la soberbia o todos los pecados que inundan mi corazón se conviertan en barreras que me acerquen a la perfección! ¡Dame el don de la caridad, por medio de tu Santo Espíritu, para acercarme a los que sufren injusticias, para socorrer a los que sufren soledad, a los que están abandonados! ¡Dame un corazón humilde para dar testimonio de tu verdad, un corazón manso que no juzgue, ni condene, que perdone con alegría, que busque siempre la reconciliación y el amor, que ponga siempre por delante la verdad de tu Evangelio! ¡En estos días, sobre todo, que mi apostolado verdadero mostrar el testimonio de la Cruz y la luz que eres Tu, Señor! ¡Ábreme a la perfección, Señor, porque al cielo quiero llegar!

Del compositor ruso Mihail Ippolitov-Ivanov escuchamos hoy su obra Bendice, alma mía, al Señor, una pieza sencilla pero muy bella a la vez:

Cristo se acerca a mi pobreza

La gracia de Dios es gratuita. Va más allá de las propias leyes. Lo supera todo. No depende de nuestra buenas obras porque todos somos justificados por su gracia en virtud de la redención realizada a través de Jesús. San Pablo lo recuerda perfectamente y, favorecido por esta gracia, su vida tomó un rumbo distinto. Saulo comprendió que su salvación —incluso también su felicidad porque el brillo humano de la salvación es la felicidad— era producto del gozo de la gracia.
Pero que la gracia de Dios sea gratuita no quiere decir que se venda a precio de saldo porque exige renovación constante. La gracia se gana y se pierde. Y Dios quiere que la renueve cada día, que despierte de mis modorras y parálisis cotidianas, que me baje del pedestal del orgullo y avive mi vida. Cristo se acerca a mi pobreza para espabilarla, me pide que en todo momento sea mendigo de su amor con el único fin de que su gracia misericordiosa me siga sanando, purificando y salvando.
No basta con ser bueno, no es suficiente con rezar, no vale pensar que mis buenas acciones me salvarán, no es suficiente con ir a Misa cada día, no basta con pedir el pan nuestro de cada día, no basta con pedir perdón de corazón…
Cristo quiere acercarse a mi pobreza. Quiere tomarla con sus propias manos para transformarla por completo. Y ese camino pasa por acercarse a los pies de la cruz y encontrarse con Él en mi propia cruz. Es en este encuentro entre el pobre y necesitado con el Señor de cielos y tierra donde todo se reconcilia, se transforma y se cambia.
La riqueza de Dios transita por mi pobreza personal y animada por la fuerza del Espíritu que me alienta, me sostiene y me llena de alegría. Y lo que dignifica mi pobreza es el amor de Dios que tiene su cúlmen en la lógica de la cruz, que es la lógica desbordante y maravillosa del amor de Dios.

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¡Señor, hazme comprender que la pobreza que tu quieres de mi es el despojo de todo aquello que me impide llevar una vida según la voluntad del Padre! ¡Ayúdame a abajarme para ser, como lo desea Dios, uno de tantos! ¡Ayúdame a tener un corazón pobre para que únicamente Dios todo lo llene, para caminar con las manos vacías con el fin que Él me disponga de lo necesario! ¡Ayúdame a descubrir que nada se pierde en la vida si te he ganado a Ti! ¡Ayúdame a elevar cada mañana los ojos al cielo y con las manos extendidas esperarlo todo del Padre! ¡Ayúdame a acoger en lo más profundo del alma la riqueza de Dios que siendo todopoderoso se hizo pobre por medio tuyo para enriquecerme con su pobreza! ¡Ayúdame a comprender que mi fortaleza es mi debilidad y que uno no es nada si se une a Aquel que todo lo conforta! ¡Ayúdame a comprender que uno debe ir descalzo por la vida porque pisa suelo sagrado! ¡Ayúdame a gastar la vida por el otro que es como gastar la vida por ti! ¡Ayúdame a aceptar las pérdidas que la vida presenta —esos seres que amas, tu seguridad económica, la salud antes de hierro y que ahora flaquea, el honor y prestigio que tanta seguridad genera…— aceptando siempre la voluntad de tu Padre ¡Ayúdame a revestirme de tu pobreza que te permite estar atento a las necesidades del prójimo y descubrir que hay quien necesita recursos materiales, pero también compañía, amor, entrega, reconocimiento, gratitud y esperanza! ¡Ayúdame a ser simplemente como tu, pobre en cosas materiales pero rico en el espíritu, a tener tus mismos sentimientos, quien hiciste de la humildad y la pobreza tu estilo de vida y no considerar el poder, la riqueza, el prestigio como los valores supremos de mi vida porque no responden a la verdad de mi espíritu!

Hoy se celebra la festividad de la Cátedra de San Pedro en la que se rinde homenaje y se celebra el primado y la autoridad de San Pedro. En este día subrayamos el singular ministerio que el Señor confió al primero de los apóstoles, de confirmar y guiar a la Iglesia en la unidad de la fe. Tengamos en este día muy presente en nuestras oraciones el pontificado del Papa Francisco y de corazón, también, a nuestro amado Papa emérito Benedicto XVI que desde el silencio de la oración vela por el bien de la Iglesia.

Ad te levavi, de Josef Rheinberger, hermoso motete para esta tiempo de Cuaresma:

 Sonrisas entre caras sombrías

«Alegre la mañana que nos habla de Ti». Escuchaba ayer esta canción cuando faltaban quince minutos para las siete de la mañana mientras tomaba el metro que me conducía al aeropuerto. Los vagones de tren estaban abarrotados de personas que se dirigían a sus puestos de trabajo. Mi corazón está alegre porque la mañana me habla de Cristo. Es la música que había seleccionado antes de rezar los misterios del Rosario que correspondían al día de ayer.
Observo los rostros a mi alrededor. La seriedad es la tónica común. ¿Son conscientes todos estos compañeros de viaje de que Dios les ama, de que Cristo se hace presente en ese momento en su vida? ¿Son conscientes, verdaderamente conscientes, de que tienen el privilegio de ser hijos de Dios, revestidos de su gracia, de su amor y de su misericordia? ¿Saben que son templos del Espíritu Santo que irradia en ellos las gracias de su amor?
¡Qué privilegio sentirse amado por Dios! ¡Qué privilegio sentirse alegre en esta mañana que me habla de Él! ¡Que privilegio de sentirse envuelto en la gracia de Dios! Como la de estos viajeros mi vida tampoco es sencilla pero me ayuda a sobrellevar las cruces cotidianas.
La certeza profunda de sentirme amado por Dios genera en mi pobre corazón una esperanza firme, real, intensa, viva; una esperanza que me otorga el valor de caminar convencido de que Él me acompaña en mis pruebas, en mis dificultades y en mis fracasos pero también en todos mis pequeños triunfos que no son propiamente míos sino fruto de su benevolencia y de su amor.

orar con el corazon abierto

¡Qué privilegio sentirse amado por Ti, Señor! ¡Que privilegio sentirse envuelto en tu gracia! ¡Gracias, Señor, por tu bondad, por tu amor y por tu misericordia! ¡Enséñame, Señor, a vivir en una permanente acción de gracias; no permitas que mis lamentos salgan de los labios cuando las cosas no salen como las tengo previstas! ¡Te doy gracias, Señor, por el regalo de la vida que, aunque a veces está jalonada de cruces, tu la llenas de amor y de bendiciones! ¡Gracias, Señor, por ese amor que lo impregna todo, cuidándome de día y de noche! ¡Gracias, Señor, por mi familia, por mis amigos, por mis compañeros de comunidad de oración, por los compañeros de trabajo y por todas aquellas personas que has ido poniendo a mi lado a lo largo de la vida! ¡En esta oración, Señor, pongo ante tu corazón misericordioso a los que no creen en Ti para que el Espíritu Santo les llene de gracia y puedan sentir en algún momento tu amor lleno de ternura y paz y corran a tus sagrados brazos para que les hagas sentir tu protección y la calidad de tu misericordia! ¡Espíritu Santo de Dios te ruego les haga ver siempre la verdad!

Alegre la mañana que nos habla de ti:

¡Tienes que nacer de nuevo!

«Tenéis que nacer de nuevo». Estas palabras que salen de los labios de Jesús tocan profundamente mi corazón. Pero… ¿cómo es posible nacer de nuevo? Profundizas en tu vida, en tus actos, en la manera en que te relacionas con los demás, lo que sientes y como te comportas y comprendes que muchos de tus criterios están dirigidos por un corazón viejo. Cada día es necesaria una transformación interior. ¡Con cuánta frecuencia vivo según los criterios del mundo y no según los criterios de Dios!
¿Y cómo puedo saber si mis criterios son parte del hombre viejo que transita por la vida? Con un profundo examen interior, analizando si detrás de todas las decisiones de mi vida —las más sencillas y las más grandes— están impregnadas de la voluntad de Dios.
Existe un abismo profundo entre esos valores en los que creemos y lo que realmente mueve nuestra vida tan condicionada por el qué dirán, por lo que pensarán de mi, por mis propios intereses y comodidades, por la ambición por tener o poseer, por no perder el prestigio social…
Ser cristiano es vivir como Cristo vivió; es hacer y actuar como Él hizo y actuó; es evitar lo que Él evitó. Ser cristiano es un camino vital. Es ser discípulo verdadero de Cristo, intentar vivir según su ejemplo y su Evangelio. ¡Y tantas veces mi vida se aleja de esta realidad! Cuando esto sucede dejo de ser luz del Evangelio porque mis actos, mis palabras, mis sentimientos y mis pensamientos se alejan de los criterios de Jesús.
«Tenéis que nacer de nuevo». Esta invitación de Jesús es para vivir cada día renovado interiormente, guiado por el Espíritu. Vivir según el Espíritu. Descansar en el Espíritu. Dejarse renovar por el Espíritu. Buscar la voluntad de Dios desde la inspiración del Espíritu. Aprender a morir mi yo desde la gracia del Espíritu. Alejarse de mis autosuficiencias con la sabiduría del Espíritu.
«Tenéis que nacer de nuevo». Esta exhortación de Jesús implica que si me considero seguidor suyo debo tratar de parecerme cada día a Él, en mi manera de pensar y de vivir para ser diferente a como era antes. Y este proceso no es trabajo de un día; es el trabajo de toda una vida para, guiado por el Espíritu, «despojarme del viejo hombre», «revestirme de Cristo» y convertirse en un hombre nuevo.

orar con el corazon abierto

¡Creo en Ti, Señor, y te acepto en lo más profundo de mi corazón! ¡Quiero ser un fiel seguidor tuyo, apóstol del amor, la verdad, la esperanza y la caridad! ¡Quiero ser un cristiano auténtico, imitador activo tuyo, Señor, que has entregado tu vida por mi redención! ¡Anhelo revestirme de Ti, vivir como viviste Tu, Jesús! ¡Quiero, Señor, volver mi corazón al tuyo y creer en todo lo que has hecho por mí! ¡Quiero luchar cada día contras esas faltas y ese pecado que me aleja de Ti, Señor, para parecerme cada día más a Ti! ¡Quiero ser heredero del reino, Señor, y necesito de tu Santo Espíritu para transformar mi corazón! ¡Quiero ser santo, Señor, anhelo serlo de corazón! ¡Concédeme, Señor, la gracia de nacer de nuevo, de vivir de acuerdo con tu ejemplo! ¡Ayúdame, por medio del Espíritu Santo, a encontrarme contigo cada día para ser testimonio de luz en el mundo! ¡Mírame con ternura, Señor y envía tu Espíritu sobre mí, porque soy débil y frágil! ¡Señor, quiero nacer de nuevo y ponerme manos a la obra para, siguiendo el soplo del Espíritu, seguirte en cada momento! ¡Espíritu Santo renuévame, transfórmame, vivifícame, límpiame, sálvame!

Cantamos hoy al Espíritu para que nos vivifique: