Navidad, un canto del Amor Divino

La Navidad es para mí como un canto del Amor Divino. Amor Divino el de ese Niño que, recostado en un pesebre, te abre el corazón para recibir la abundancia de su gracia. ¿Cómo es posible que perdamos con tanta frecuencia la capacidad de entender que el amor divino es capaz de transformar y trascender todo en nuestra vida? ¿Por qué nos cuesta tanto confiar en esta fuerza e, incluso, en los milagros que se provienen de ella? Los seres humanos tendemos a dejarnos llevar por la tristeza, la decepción, las dudas, los miedos, los temores, las dificultades, las angustias… todo esto nos invade y cuando se asienta en nuestros pensamientos y emociones frenan nuestro crecimiento interior y bloquean determinados aspectos de nuestra vida.
Pero en Navidad contemplas al Niño recostado en el pesebre, arropado por José y María, y no puedes más que ver al Amor Divino. Amor Divino que es la paz, la alegría, la confianza, la armonía, la fe, el valor, la esperanza, la bondad, la gracia, la libertad, la compasión, la sabiduría, el perdón, la humildad, la unión, el valor, la espera, la misericordia, la sinceridad, la entrega, el servicio, la magnanimidad, el respeto, la sinceridad… cualidades todas ellas del corazón divino de Cristo que llega a nuestro propio corazón cuando se abre a la gracia y rompe lo que nos bloquea y angustia.
El Amor Divino te enseña a amar sin condiciones, a entregarte sin condiciones, a servir sin condiciones, a vivir alimentados de este gran Amor. El Amor Divino te permite reconocer en tu propia alma la profundidad de su trascendencia.
El tiempo de Navidad es el más adecuado para dejarse impregnar de este Amor Divino que, como un rayo, lo llena todo de amor, compasión y alegría. El Amor Divino te permite tomar conciencia de tu realidad y saber que puedes convertirte en ese rayo de esperanza, de amor y de alegría que caliente a todos los que están a tu alrededor. Ese rayo abrasador penetra en el corazón del prójimo y corresponde al Amor Divino abrasar su corazón, su alma y su conciencia por medio de la gracia.
¡Bendita sea la Navidad que nos da la oportunidad de abrir nuestro corazón al Amor Divino manifestado en un niño nacido en un portal!

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¡Niño Jesús, Emmanuel, Dios con nosotros, Dios que salva, ilumíname interiormente y haz que tu luz brille en mi corazón para que disipe toda oscuridad! ¡Envuelve, Niño Dios, tu luz en mi alma para que esté dispuesta alimentarse de Tu Palabra! ¡Dios con nosotros, tu eres la luz que ilumina mi vida porque tu amor es eterno! ¡Tu que habitas, Niño Dios, en el misterio de la luz inefable y has creado la luz, guía mis pasos para convertir mis oscuridades en luz! ¡Niño Dios, que eres la luz que brilla en la oscuridad, inunda mi corazón con tu amor para que a través de tu luz y con la fuerza del Espíritu Santo, caminar en tu luz! ¡Envía tu luz y tu verdad para que resplandezcan en mi alma, porque ya sabes de que soy tierra estéril que necesita de tu luz para dar fruto! ¡Niño Dios, derrama sobre mí las gracias del cielo y haz que llueva sobre esta tierra árida la gracia del Espíritu Santo y las fecundas aguas de la piedad, del amor, de la entrega, de la generosidad para que produzca frutos buenos y saludables en mi entorno familiar, social y profesional!

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Cristo se acerca a mi pobreza

La gracia de Dios es gratuita. Va más allá de las propias leyes. Lo supera todo. No depende de nuestra buenas obras porque todos somos justificados por su gracia en virtud de la redención realizada a través de Jesús. San Pablo lo recuerda perfectamente y, favorecido por esta gracia, su vida tomó un rumbo distinto. Saulo comprendió que su salvación —incluso también su felicidad porque el brillo humano de la salvación es la felicidad— era producto del gozo de la gracia.
Pero que la gracia de Dios sea gratuita no quiere decir que se venda a precio de saldo porque exige renovación constante. La gracia se gana y se pierde. Y Dios quiere que la renueve cada día, que despierte de mis modorras y parálisis cotidianas, que me baje del pedestal del orgullo y avive mi vida. Cristo se acerca a mi pobreza para espabilarla, me pide que en todo momento sea mendigo de su amor con el único fin de que su gracia misericordiosa me siga sanando, purificando y salvando.
No basta con ser bueno, no es suficiente con rezar, no vale pensar que mis buenas acciones me salvarán, no es suficiente con ir a Misa cada día, no basta con pedir el pan nuestro de cada día, no basta con pedir perdón de corazón…
Cristo quiere acercarse a mi pobreza. Quiere tomarla con sus propias manos para transformarla por completo. Y ese camino pasa por acercarse a los pies de la cruz y encontrarse con Él en mi propia cruz. Es en este encuentro entre el pobre y necesitado con el Señor de cielos y tierra donde todo se reconcilia, se transforma y se cambia.
La riqueza de Dios transita por mi pobreza personal y animada por la fuerza del Espíritu que me alienta, me sostiene y me llena de alegría. Y lo que dignifica mi pobreza es el amor de Dios que tiene su cúlmen en la lógica de la cruz, que es la lógica desbordante y maravillosa del amor de Dios.

orar con el corazon abierto

¡Señor, hazme comprender que la pobreza que tu quieres de mi es el despojo de todo aquello que me impide llevar una vida según la voluntad del Padre! ¡Ayúdame a abajarme para ser, como lo desea Dios, uno de tantos! ¡Ayúdame a tener un corazón pobre para que únicamente Dios todo lo llene, para caminar con las manos vacías con el fin que Él me disponga de lo necesario! ¡Ayúdame a descubrir que nada se pierde en la vida si te he ganado a Ti! ¡Ayúdame a elevar cada mañana los ojos al cielo y con las manos extendidas esperarlo todo del Padre! ¡Ayúdame a acoger en lo más profundo del alma la riqueza de Dios que siendo todopoderoso se hizo pobre por medio tuyo para enriquecerme con su pobreza! ¡Ayúdame a comprender que mi fortaleza es mi debilidad y que uno no es nada si se une a Aquel que todo lo conforta! ¡Ayúdame a comprender que uno debe ir descalzo por la vida porque pisa suelo sagrado! ¡Ayúdame a gastar la vida por el otro que es como gastar la vida por ti! ¡Ayúdame a aceptar las pérdidas que la vida presenta —esos seres que amas, tu seguridad económica, la salud antes de hierro y que ahora flaquea, el honor y prestigio que tanta seguridad genera…— aceptando siempre la voluntad de tu Padre ¡Ayúdame a revestirme de tu pobreza que te permite estar atento a las necesidades del prójimo y descubrir que hay quien necesita recursos materiales, pero también compañía, amor, entrega, reconocimiento, gratitud y esperanza! ¡Ayúdame a ser simplemente como tu, pobre en cosas materiales pero rico en el espíritu, a tener tus mismos sentimientos, quien hiciste de la humildad y la pobreza tu estilo de vida y no considerar el poder, la riqueza, el prestigio como los valores supremos de mi vida porque no responden a la verdad de mi espíritu!

Hoy se celebra la festividad de la Cátedra de San Pedro en la que se rinde homenaje y se celebra el primado y la autoridad de San Pedro. En este día subrayamos el singular ministerio que el Señor confió al primero de los apóstoles, de confirmar y guiar a la Iglesia en la unidad de la fe. Tengamos en este día muy presente en nuestras oraciones el pontificado del Papa Francisco y de corazón, también, a nuestro amado Papa emérito Benedicto XVI que desde el silencio de la oración vela por el bien de la Iglesia.

Ad te levavi, de Josef Rheinberger, hermoso motete para esta tiempo de Cuaresma:

Cerca de Cristo en la Escritura

Le comento a un conocido que si desea conocer a Jesús y las circunstancias que rodearon su vida que lea el Evangelio. Cuando profundice en sus páginas conocerá a Cristo. Y podrá amarlo. Y en ese encuentro personal podrá sentir su corazón, sus miradas, su amor, su generosidad, sus virtudes, su perdón, su belleza, su misericordia, su voluntad, su manera de orar, su poder, su trato con los hombres… todo está resumido en las páginas del Nuevo Testamento. Así que si uno no conoce en profundidad las Escrituras difícilmente puede conocer a Jesús. No se puede penetrar en el sentido vivificador de los milagros de Cristo, de sus mensajes y de su propio misterio y sacar fruto de todo ello si no se busca una unión íntima y estrecha con Él. No se puede ser discípulo eficaz de Cristo sin un conocimiento profundo de su vida.
Las páginas del NT no son como me decía esta persona «una novela de hechos inverosímiles difíciles de creer» porque son inspiración del Espíritu Santo; son el compendio vivo de las enseñanzas de la vida terrena del Hijo de Dios. En cada párrafo de estas páginas sagrada habla el mismo Cristo; así con ellas y desde ellas uno puede hacer oración. Con su lectura uno puede acercarse a su Sagrado Corazón. Profundizando en ellas recibe la luz que ilumina el camino a seguir.
Cuando conoces las escrituras conoces a Cristo y entras en el misterio de su Verdad. Nadie que contemple con fe la verdad revelada puede dejar de vivir en gracia. Cada palabra, cada párrafo y cada página del Evangelio son un modelo de contemplación que nos permite aplicar sus enseñanzas en la vida concreta de cada día.
La pregunta que me surge hoy: ¿En qué medida amo las Escrituras y aplico en mi vida cotidiana la singularidad de sus enseñanzas? ¿Soy consciente de que Cristo se hace presente también en mí en la lectura consciente, sosegada y profunda de las textos sagrados? Porque si no es así algo falla en mi encuentro con el Señor.

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¡Señor, el salmo canta de manera hermosa aquello de que meditaré tus leyes y tendré en cuenta tus caminos, por eso quiero centrar toda mi vida en Ti para seguir tus sendas! ¡En las Escrituras Tu me hablas directamente al corazón por eso te pido que me hagas entender tu camino y tus enseñanzas; concédeme la gracia de saber lo que quieres de mí, lo que me apuntas en cada lectura! ¡Espíritu Santo dame la sabiduría para entender lo que Jesús me comunica a través de Su Palabra! ¡Hazme ser uno contigo, un personaje más de tus Evangelios, Señor, y hazme entender todo lo que brota de tu corazón, de tus palabras, de tu mirada y de tus gestos! ¡Hazme ver también, Señor, todo lo que haces en mi vida; como me has salvado tantas veces, todas las oportunidades que me ofrecen, todas las buenas nuevas que me traes, todo lo que he aprendido de tí y de los demás! ¡Quisiera, Señor, meditar bien cada pasaje para entender y recordar quien eres para mí, para que mi corazón se incline hacia Ti para adorarte! ¡Espíritu Santo de Dios, concédeme la gracia de elevar mi mirada hacia ese Cristo salvador que es dechado de virtudes! ¡No permitas que mi corazón, soberbio y egoísta, se deleite más que en la Palabra de Cristo y haz que le dé siempre el enfoque correcto para crecer humana y espiritualmente! ¡Ayúdame a seguir las enseñanzas de Cristo y hacer conforme a lo que está escrito! ¡Dame la fuerza espiritual para seguir a Jesús con todas las consecuencias, para obedecerle siempre, para abandonar mis pecados y mis faltas y dame la gracia de caminar cada día como auténtico seguidor de Cristo!

Hoy celebramos la advocación de la Virgen del Pilar. María es la columna que sostiene nuestra vida cotidiana y a la vez el pilar que une la tierra con las puertas del cielo. A Ella nos encomendamos hoy para que solidifique nuestra vida y nos convierta en columnas de la Iglesia de Cristo.

Escuchamos hoy el Himno a la Virgen del Pilar:

os en su esfuerzo por edificar el reino de Dios.

La merced de María, merced de Dios

Hoy Barcelona celebra la festividad de Nuestra Señora de la Merced, patrona de los Mercedarios y de la ciudad. La tradición cuenta que la Virgen se apareció a finales del siglo XIII a San Pedro Nolasco en un momento en que las hordas turcas y sarracenas atacaban los países ribereños del Mediterráneo llevándose como esclavos a millares de prisioneros. Las costas españolas no fueron ajenas a este drama. San Pedro Nolasco, consciente del dolor que esto provocaba, utilizó toda su fortuna para comprar la libertad de sus compatriotas mientras encomendaba a la Virgen su labor. Nuestra Señora, signo de la Merced de Dios —en definitiva, de la libertad humana— le invitó a que fundara una orden religiosa que velara por la liberación de los prisioneros. Nació así la orden de los Mercedarios.
Han transcurrido casi ochocientos años desde aquel acontecimiento pero en estos tiempos difíciles la Virgen de la Merced nos invita a luchar por otro tipo de libertad: la libertad interior. Desgraciadamente son muchas las esclavitudes exteriores e interiores que nos aprisionan y nos hieren. No comprendemos que la verdadera libertad es aquella que no sigue los propios instintos sino la voluntad de Dios. Libres para ser de Dios. Libres para cumplir con los preceptos de Dios. Libres para unirse al amor de Dios. Libres para romper con las cadenas del pecado. Libres como María, la más libre de todos los seres humanos. Libre porque su «sí» a Dios le permitió ser la esclava del Señor, entregarse por completo a Él, aceptar su voluntad y vivir plenamente su plan divino.
María es la Madre de la libertad, la luz que nos guía para descubrir los auténticos cautiverios interiores. María no fue ajena al dolor, al sufrimiento, a las renuncias, a la soledad, al desprecio, a la persecución y la humillación. Pero libre de cualquier esclavitud interior, María nos enseña que cualquiera puede ser instrumento de libertad. Basta con decir que «sí». Un «sí» de absoluta disponibilidad a Dios y a los demás.

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¡María, Madre buena, me acerco hoy a Ti porque eres el signo vivo de la Merced de Dios; el espejo en el que contemplar la libertad! ¡Te contemplo, Nuestra Señora de la Merced, para tomar de ti el ejemplo de tu vida; como tu quisiera, Señora, dar mi vida por los necesitados, por los cautivos y por los oprimidos por cualquier causa! ¡María, Tú también sufriste la noche oscura de la vida pero Dios te dotó de su misericordia para liberar a los hombres de sus heridas, de sus sufrimientos, de sus debilidades, de sus esclavitudes y sus adiciones! ¡Tu conoces las mías, Señora, por eso te pido me ayudes en el camino de mi libertad interior que pasa por dar un decidido  «sí» a Dios! ¡Ayúdame a vivir siempre conforme a la voluntad y los deseos de Dios! ¡Ayúdame a poner mi vida al servicio de la libertad! ¡Ayúdame a vivir con un auténtico compromiso cristiano! ¡Ayúdame, Señora, para que de mi corazón brote siempre mucho amor, mucha misericordia, mucho perdón, mucha gracia y mucha donación! ¡Que mi vida sea el reflejo del Dios de la misericordia! ¡Que mi vida sea un testimonio de los mensajes del Evangelio poniéndola al servicio de Dios y de Tu Hijo en una actitud de amor y de servicio hacia el prójimo! ¡Que algún día pueda exclamar con orgullo el «Proclama mi alma la grandeza del Señor, se alegra mi espíritu en Dios mi salvador» en mi vida porque eso querrá decir que me entregado por completo, en libertad, a las manos del Creador!

Seréis como dioses

Terminé ayer la lectura de un libro de un intelectual y diplomático católico alemán, Hans Graf Hyun. Su título: Seréis como dioses. En sus páginas el autor plantea las consecuencias negativas que para el hombre de nuestro tiempo ha tenido el conseguir plena autonomía. La crisis del hombre occidental se ha revelado como la propia del hombre autónomo, pretendida criatura de si mismo. Es una obra que te ayuda a replantearte muchas cosas pero, sobre todo, a analizar tu dignidad como hijo de Dios. Y te das cuenta de que el problema de la libertad está en el susurro de la serpiente que pone en jaque la autonomía moral del ser humano. Puede ser paradójico, pero la promesa del demonio a Adán y Eva que da el título al libro, es lo que arrastra a la humanidad por los suelos de la civilización.
Hoy llevo ese «Seréis como dioses» a la oración. No hay mejor definición del pecado que esta. La pronuncia el demonio disfrazado de serpiente. Y Adán y Eva —el ser humano en general—, revestidos de la gracia y la libertad, se dejan llevar por la creencia de ser como Dios destruyendo la semilla de la plenitud de la vida y de la alegría permanente con la que el Creador les había obsequiado. Y así nos va desde el principio de la vida del hombre. Aunque Dios marca el ritmo, el ser como dioses nos hace pensar que el tiempo lo marcamos nosotros. Que cada uno puede trazar sus caminos y hacer su voluntad antes que la de Dios.
Si uno analiza bien la figura de Cristo comprende como se sometió siempre a la voluntad del Padre. Sus tiempos no eran los mundanos, eran los tiempos de Dios. Así, permanece treinta años oculto en una carpintería de Nazaret… hasta que llega su hora jalonada de milagros y mensajes que cambiarán la humanidad entera. Y durante esa vida pública recuerda en varias ocasiones que su hora no ha llegado aunque sea la Virgen María la que abra el camino de su Hijo en los esposorios de Caná.
«Seréis como dioses». Puedo intentar ser un dios en minúsculas, compadreando con el príncipe del mal, tentado a vivir según mis propias conveniencias y decidir según mi propio criterio donde está el bien y donde está el mal. O un hombre sencillo que se deja llevar por los tiempos de Dios, creer en ese camino de vida que me conduce hacia Él, salir de mi mismo para vivir con amor  y llenarme de paz, esperanza, alegría y libertad. Puedo partir mi tiempo entre el tiempo del diablo o el tiempo de Dios. Opto por el tiempo de Dios porque no es el poder lo que verdaderamente redime. Es el amor. Y el Amor es el distintivo de Dios. Entonces podré exclamar: «Amad y seréis como dioses, como Dios. Entonces seréis plenamente hijos míos».

orar con el corazon abierto

¡Padre Celestial, tu conoces perfectamente lo que anida en mi corazón y lo que deseo para mi para cambiar y ser un autentico seguidor de Cristo! ¡No permitas que me deje llevar por las acechanzas del demonio creyéndome un pequeño dios! ¡Padre, tú sabes que en tu presencia me siento seguro, que alejado de Ti siento el frío helador de la tristeza! ¡Tu sabes, Padre, que todo se derrumba a mi alrededor cuando pongo por delante mi mundanalidad frente a tus caminos! ¡Ayúdame con la fuerza de tu Santo Espíritu a valorar tu visión esperanzadora de mi vida y que no me entre ni el temor ni la tristeza por lo que espero y deseo! ¡Que mi incredulidad, Padre Celestial, se transforme siempre en una fe viva y firme! ¡Reconozco, Señor, las veces que he mantenido contigo una relación distante cuando las cosas no salen como deseo, y que eso me ha ocurrido también con los demás! ¡Te pido perdón por las veces que he llegado a pensar que el que estabas equivocado eras Tú y no haber confiado plenamente en Ti! ¡Ayúdame a aceptar siempre tus tiempos; ayúdame a usarlo bien y a no despreciarlo nunca! ¡Ayúdame, con la sabiduría que otorga el Espíritu Santo, a descubrir las maravillas de la espera, a comprender que tus tiempos no son tiempos perdidos sino de ganancia! ¡Permíteme, Señor, postrarme ante tu presencia y gozar de tu amor sagrado y misericordioso! ¡Que sea capaz de comprender que Tú solo esperar el momento adecuado para hacerme llegar al lugar correcto, que esperas que confíe en Ti y que esta creencia sea mi fuerza y mi alegría! ¡Gracias, Señor, por tanto amor y tanta misericordia!

No puede ser maldito, la música para orar hoy:

Abrir el corazón para entregar las fragilidades del alma

Una de las maravillas de la oración: acercarse a Dios. Abrir el corazón para que pueda reinar en mi alma. Abrir el corazón y presentarle una a una todas mis debilidades con sinceridad, rectitud de intención, escrutando hasta el más recóndito de los rincones para enfrentar a la luz del Espíritu Santo la propia realidad ante los ojos de Dios. En el abismo de su misericordia podré luego ir a confesarme y comulgar en paz.Abrir el corazón para entregar las fragilidades del alma y no caminar con una apariencia de virtud sino con la auténtica belleza de estar limpiamente unido al Señor.
Abro una página del Evangelio. Allí surge la figura del leproso. Su lepra es corporal no del alma. Siente la cercanía del Señor que se aproxima a él. Ha visto en su mirada el amor misericordioso del Dios vivo. Y se postra a los pies de Jesús. Pone su cabeza a ras de suelo, mordiendo el polvo del camino. Es una imagen tremenda, demoledora. El leproso sufría por la condena de sus llagas. Así tiene que ser mi sentimiento por mis pecados. Orar ante Dios con el corazón abierto, con el rostro mordiendo el polvo del suelo, consciente de mi fragilidad y mi indigencia moral para presentar como el enfermo de lepra mi indignidad ante los ojos de Dios.
Y pronunciar, como el leproso: “No soy digno”. No soy digno pero por la gracia, Cristo puede sanarme. “Si quieres, puedes sanarme”, dice el leproso con fe y esperanza. Es una oración sencilla; profunda en su contenido, bellísima en su forma. No le dice a Cristo, el que todo lo puede: “Cúrame esta lepra”. Es más humilde la petición, más delicada, muy consciente de quien tiene delante: “Si quieres… puedes curarme”.
Soy consciente de que tantas veces acudo al Señor con clamores imperativos. No es eso lo que quiere Jesús de mí. Quiere que primero ponga mis faltas, todo mi corazón y toda mi alma y hacerlo con confianza bajo su divina persona para humildemente exclamar: “No soy digno, Señor, pero si quieres puedes curarme”. Lograré así, seguramente, que Cristo reine de verdad en un corazón tan pobre como el mío.
¡Señor, acudo hoy a ti con el corazón abierto a tu misericordia, a tu amor, reconociendo que no soy digno pero necesito que me cures mi parálisis y todo aquello que me aleja de Ti y de los demás!

¡Señor, si quieres puedes curarme porque necesito que me liberes de mis fracasos y de mis caídas, de mis cegueras y mis fragilidades, porque todo eso me impide verte a ti como el auténtico Señor de mi vida y a los demás como las personas a las que debo servir como un cristiano que vive la verdad del Evangelio! ¡Ayúdame, Señor, a abrirme a tu amor para no esconder mi realidad y ser consciente de que necesito de tu misericordia! ¡Hazme consciente, Señor, de que si ti no puedo caminar seguro! ¡Señor, hay cosas que me ciegan, es la lepra del orgullo y la soberbia, el pensar que si ti todo lo puedo, me autoengaño, no me permita ver la realidad! ¡Enciende mi fe, Señor, fortalece mi esperanza, da luz a mi camino para que pueda postrarme a tus pies como aquel leproso que se sentía indigno para que tus manos sane todo aquello de mi interior que deba ser sanado! ¡Sí, Señor, vengo a ti como el leproso del Evangelio porque estoy profundamente necesitado de tu gracia! ¡Te amo, Señor, si quieres puedes curarme! ¡Porque te amo, Señor, quiero amarte también en cada uno de las personas que se crucen a mi lado! ¡Sagrado Corazón de Jesús, en vos confío!

Adoration, la música de hoy:

El Dios cubreparches

Sorprenden los cientos de prodigios que hizo Jesús en los primeros momentos de su ministerio. Y, en todo momento, se deja constancia de cómo la gente que le seguía se quedaba conmovida por aquello que estaba viviendo. Sin embargo hoy, en nuestras sociedades, Jesús parece que no tenga nada que enseñar. Pero sí lo hace. Y a mi me ayuda enormemente. Me enseña algo que para mi fe es importante. Me ayuda a creer que Dios es el Dios verdadero. «Creo en un solo Dios…». Y lo creo aunque tantas veces me postro ante Él con esa actitud autodefensiva y egoísta. Con la soberbia de pensar que soy un pequeño dios y con la autosuficiencia de no creer realmente en los milagros que hace en mi vida. Fundamentalmente porque no deseo que obstaculice mis planes, limite mis deseos y ponga cortapisas a mis ambiciones. Con ello voy convirtiéndome en un dios de barro que se hunde ante la primera tormenta que se presenta.
Me sabe mal creer en ese «Dios cubreparches» al que tanto recurro con frecuencia para que me favorezca con su gracia y me ayude a solventar ese o aquel problema y del que me rebelo cuando no pone remedio a mis dificultades. Me sabe mal creer en ese «Dios cubreparches» al que tanto recurro para que complazca mis necesidades en los tiempos que a mi más me convienen. Me sabe mal creer en ese «Dios cubreparches» al que tanto recurro para que no me haga  la vida tan difícil pero que me invita a ser más responsable de mis propios actos…
Ese «Dios cubreparches» al que tanto acudo egoístamente para que vaya zurciendo los rotos de mi vida en realidad es un Dios cercano, sensible a mis sufrimientos, penurias y necesidades. Ese «Dios cubreparches» no es un Dios lejano sino alguien cercano al que le interesa reconducir mi vida y mi historia porque anhela ardientemente mi salvación.
Ese «Dios cubreparches» no es amante del sufrimiento humano porque Él desea la felicidad del hombre que hace mal uso de su libertad. No es un Dios que se complazca con ver morir a su Hijo en la Cruz porque ese sacrificio comportó la redención del ser humano. Ese «Dios cubreparches» nos ama tanto que perdona la crucifixión que cada día provocamos a su Hijo.
Ese «Dios cubreparches» lo da todo gratuito. Su amor es gratuito. Su entrega es gratuita. Su comunicación es gratuita. Ese «Dios cubreparches» no actúa por interés, lo hace por gratuidad absoluta y aún sí cuesta entenderlo en nuestro corazón. Ese «Dios cubreparches» espera una comunicación de Padre a Hijo basada en la confianza, en el amor y en la entrega sin límites.
Ese «Dios cubreparches» busca el provecho de cada Hijo. Anhela su santidad y su salvación. ¿No será que soy yo el que voy colocando parches inútiles a mi vida sin entender que Dios no pone parches sino que solo obra milagros y que impone sus manos misericordiosas para hacernos hombres y mujeres de bien?

orar con el corazon abierto

¡Padre bueno, quiero glorificarte con mi vida porque este es el destino al que aspiro pese a mi fragilidad y pequeñez! ¡Ayúdame a imitar a tu Hijo porque lo que anhelo es realizarme al máximo y alcanzar la santidad! ¡Concédeme la gracia de configurarme con Jesús que es el camino, la verdad y la vida! ¡Que sea capaz de ver los milagros que Tu realizas en mi vida y darte gracias por ello! ¡Te doy gracias también porque me muestras la humillación de Tu Hijo que obedeció hasta la muerte y muerte de Cruz! ¡Qué enseñanza, Padre, ver en la cumbre de su sufrimiento ver a Jesús desde lo alto de la Cruz entregando todo su amor! ¡Esta escena, Padre, llena mi vida de plenitud! ¡Gracias, porque Jesús sufrió por mi dejando el ejemplo para que siga sus huellas! ¡Gracias porque me haces entender que su sacrificio fue un ejercicio de libertad para que yo mismo pueda alcanzar mi propia realización personal, para que pueda tener una vida verdadera, para que no me convierta en un esclavo del pecado, para que camine confiado no pensando en los parches que voy colocando en mi vida y esté unido amorosamente al corazón de Jesús! ¡Concédeme la gracia de desear lo que Tu deseas para mi y trabajar para que Tu obra en este mundo se vea realizada! ¡No permitas que vaya parcheando la vida sino que mi vida sea una entrega con amor, de servicio, de generosidad y de autenticidad! ¡Te pido que actúes en mi, que des fuerza a mis iniciativas personales, profesionales y apostólicas, que potencies mis capacidades humanas para que sean fruto abundante que te de gloria! ¡Ya lo dijo tu Hijo, Padre, Tu gloria está en que demos mucho fruto! ¡Señor, yo sé que tu no quitas nada sino que lo das todo! ¡Concédeme la gracia de confiar siempre y de abrir mi corazón de par en par a Jesús para encontrar la verdad y no poner parches a la mediocridad de mi vida!

Jaculatoria a la Virgen en el mes de mayo: Tienes el corazón encendido; tus palabras me abrasan y tus ternuras me sacian.

Eres mi todo le cantamos al Señor que todo lo cubre y lo protege:

Mortificación, sal de la vida

La vida cristiana es vida de sacrificio, de penitencia, de expiación. Con el auxilio de Dios, aprendemos a descubrir, a lo largo de cada jornada en apariencia siempre igual, todos los sufrimientos que nos trae la vida; y en esos momentos es cuando hacemos propósitos de mejorar. Este es el camino para disponernos a la gracia y a las inspiraciones del Espíritu Santo en el alma.
La mortificación es la sal de nuestra vida. Y la mejor mortificación es la que combate, en pequeños detalles durante todo el día, la concupiscencia de la carne, la concupiscencia de los ojos y la soberbia del alma. Mortificaciones que no mortifiquen a los demás, que nos vuelvan más delicados, más comprensivos, más abiertos a todos los que nos rodean en la familia y en el entorno social y profesional. Nos seremos hombres mortificados si no somos susceptibles; si estamos pendientes sólo de nuestros egoísmos, si sometemos a los otros, si no sabemos privarnos de lo superfluo y, a veces, de lo necesario; si nos entristecemos cuando las cosas no salen según habíamos previsto.
En cambio, seremos hombres mortificados si sabemos que hacernos todo para todos, para ganar a todos.
orar con el corazon abierto
¡Señor, dame la fuerza para que mi vida se organice en torno a la mortificación! ¡Soy consciente, Señor, que el amor me transformará y que necesito ser más mortificado para demostrarte lo mucho que te quiero! ¡Dame Espíritu Santo la la humildad para confesarme con mayor frecuencia y confesarme de corazón lo que más me humilla! ¡Espíritu de paz y de gracia, ayúdame a no salirme con la mía y dejar a los demás lo más honroso! ¡Concédeme, Espíritu de fortaleza, luchar contra la comodidad y ese espíritu de independencia que tanto me caracteriza!
Jaculatoria a la Virgen en el mes de mayo:  Dios te salve, María, llena de gracia, el Señor es contigo. Bendita eres entre todas las mujeres y bendito es el fruto de tu vientre, Jesús.
Precioso Jesús, cantamos hoy al Señor:

Siete palabras de absoluta actualidad

Viernes Santo. La contemplación de Cristo en la Cruz te deja sin palabras. Mudo. Desconcierta verle en su desnudez, despojado de todo y abandonado por todos. Impresiona su fidelidad al Padre pese a tanto sufrimiento, humillaciones y desprecios humanos. Te das cuenta de la verdad de ese principio de que Dios entregó a su hijo por amor al género humano. Desde lo alto de la Cruz cae sobre los hombres una tormenta de amor impresionante. Un tsunami de perdón eterno que llena de esperanza.
Cuando uno contempla sus propios pecados es consciente plenamente del valor de este rescate desde la Cruz. Cada uno de mis pecados y de mis culpas —nuestros pecados y nuestras culpas— representan un latigazo con tiras de cuero trenzado con bolas de metal sobre el cuerpo de Jesús, un martillazo en los clavos que penetran en sus manos y en sus pies, una lanza que traspasa su costado y una espina clavada en su cabeza…
Miras el cuerpo de Cristo ensangrentado, sufriente, dolorido, con la piel hecha jirones y comprendes la hondura de tu propio pecado, de tus egoísmos, de tus idolatrías, de tu soberbia, de tus autosuficiencias, de tu falta de caridad….
Lo ves en la más grande de las soledades y eres consciente de tus abandonos pero también de su fidelidad amorosa que no tiene fin.
Cristo en la cruz es signo de amor, de perdón y de reconciliación. El amor, el perdón y la reconciliación del mismo Dios. La prueba de que Dios es amor.
Contemplar los brazos de Cristo abiertos abrazando el cielo y la tierra es comprender la bondad de Dios. En esta actitud Jesús abraza la gracia y la purificación del pecado. En la Cruz todo se renueva. Todo cambia. Todo se purifica. Todo se transforma.
Hasta el momento de su último suspiro, Cristo permaneció seis horas colgado de la Cruz. Durante esta interminable agonía sus labios, secos y llagados, solo pronunciaron siete palabras. Es el mensaje de la Cruz.
En el «Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen» siento la intercesión por amor al enemigo, la disculpa por la entrega, la esperanza de una segunda oportunidad. Cristo excusa al hombre aunque tantas veces despreciemos su súplica.
En el «Yo te aseguro: hoy estarás conmigo en el Paraíso», me siento representado a cada lado de la Cruz. En el que reniega de Él y el que transforma su corazón por Él. Es el gran regalo de su misericordia porque Cristo se compadece del que suplica su perdón de corazón.
En el «Hijo, ahí tiene a tu Madre […] Mujer, ahí tienes a tu hijo», Cristo me entrega lo más valioso para su corazón: a su propia Madre. Y a María le entrega al hombre nuevo que nace a los pies del madero santo. ¡Qué hermoso es sentir el amor y las dádivas del Señor!
En el «¡Dios mío, Dios mío!, ¿por qué me has abandonado?», Cristo me enseña que en el sufrimiento, la angustia y la desesperación cabe siempre el refugio de la oración.
En el «Tengo sed», Cristo me muestra que mi fragilidad la puedo sostener con el agua de la vida que es Él mismo.
En el «Todo está cumplido», aprendo que debo negarme a mi mismo, que todo dolor es gracia, que todo sufrimiento es plenitud, que toda pobreza es riqueza, que mi barro está moldeado por las manos del Alfarero, que mi vida es suya y que la muerte es el inicio de algo mejor.
Y en el «Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu» siento que todo está en manos de Dios, que me puedo abandonar plenamente a Él que todo lo puede, lo sostiene y lo guarda.
Siete palabras de rabiosa actualidad, que Cristo pronuncia cada día para ser acogidas en mi corazón con el único fin de renovar y transformar mi vida.

orar con el corazon abierto

¡Señor, tu exclamas “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen” y eso es lo que te pido, tu perdón por mis cobardías, por mis egoísmos, por mi falta de compromiso, por mi persistencia en caer en la misma piedra, por mis faltas de caridad, por mis faltas de amor, por mis indiferencias con los demás, por mi corazón cerrados al perdón, por mi prejuicios, por mi tibieza, por mi falta de generosidad, por no seguir con autenticidad las enseñanzas del Evangelio, por mi mundanalidad, por mi falta de servicio… por todo ello, perdón Señor! ¡Enséñame a amar como lo haces Tú, entregarme como lo haces Tú y perdonar como lo haces Tú! ¡Señor, Tú le prometes al buen ladrón que “Hoy estarás conmigo en el Paraíso” y por eso te pido hoy que sepa mirar a los demás con Tu misma mirada de amor, perdón y misericordia! ¡Hazme, Señor, ver sólo lo bueno de los demás y que no me deje llevar por las apariencias! ¡Concédeme la gracia de acoger siempre al necesitado, de no juzgar ni criticar y tener siempre palabras de amor y consuelo al que lo demanda cerca de mí! ¡Señor, tu exclamas “He aquí a tu hijo: he aquí a tu Madre”, por eso hoy te doy las gracias por esta donación tan grande que es Tu propia Madre! ¡Que sea capaz de imitarlas en todo cada día! ¡Señor, tu gritas angustiado “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”, en este grito yo me siento identificado con mi angustias, mis problemas y mis dificultades! ¡Confórtame siempre con tu presencia, Señor! ¡Envía tu Espíritu para que me ilumine siempre y me haga fuerte ante la tentación, seguro en la dificultad, tenaz en la lucha contra el pecado y firme ante los invitaciones al mal de los enemigos de mi alma! ¡Señor, tu suplicaste que un “Tengo sed”! ¡Yo también tengo sed de Ti porque son muchas las necesidades que me embargan pero las más grandes son tu amor, tu esperanza, tu consuelo y tu paz! ¡Ayúdame a no desconfiar de Ti, Señor, porque Tú eres la certeza de la Verdad! ¡Que nada me aparte de Ti, Señor, pues es la única manera de saciar mi sed! ¡Señor, tu dices que “Todo está consumado” pero en realidad me queda mucho camino por recorrer! ¡Ayúdame a serte fiel, a tomar la cruz y seguirte, a levantarme cada vez que caigo, de dedicarme más a los demás y menos a mi mismo, a contemplar la Cruz como una gracia y no como una carga, a descubrir que en la cruz todo se renueva, que es el anticipo de la vida eterna! ¡Señor, tu exclamas “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu”, yo también pongo las mías en tus manos para que las llenes de gracias, dones y bendiciones, para que me agarre a Ti, para sentirme seguro y protegido! ¡Señor, ayudarme a orar más y mejor, a darte gracias y a bendecirte, a maravillarme por tu amor y tu gracia!

Las Siete Palabras de Cristo en la Cruz de Theodore Dubois, una obra profunda e intensa propia de este día en que todo está consumado para dar nueva esperanza al mundo:

El plan divino de Dios para mi

Durante la Cuaresma es habitual marcarse metas, establecer objetivos, hacer proyectos, predisponer el corazón a un encuentro auténtico con el Cristo Resucitado. Cuando nuestros deseos se ven realizados es comprensible que la alegría se apodere de nuestro corazón y nos desborde la alegría, pero habitualmente el éxito mundano no es lo que el Señor desea para nosotros. Lo frecuente es que en esa singular contradicción que es la Cruz se manifieste la voluntad de Aquel que vino a servir y no ser servido y a entregarse para la salvación de todos.
Para todos los que creemos en el poder de la Gracia lo importante es tener siempre presente cuál es el plan divino para cada uno, y por muchas aspiraciones y anhelos que tengamos —por muy lícitos que éstos sean— siempre deben estar condicionados a que coincidan plenamente con la gracia, para no convertir los mandatos del Evangelio en meros cumplimientos interesados. Al final no hay que olvidar que es el Señor el que nos auxilia y nos guarda.
La tendencia es tratar de lograr el reconocimiento, el aplauso, la reafirmación y las felicitaciones de los demás y, a ser posible, colocarnos los primeros. Y de esta forma tan mediocre y humana, medimos el éxito o el fracaso de nuestra vida. Nos ocurre como les sucedía a los discípulos de Cristo, que con frecuencia discutían entre ellos para saber quién ocuparía los primeros lugares, colocando su yo por encima de lo que realmente es fundamental. Pero la medida de la vida no es el éxito externo sino lo que es justo ante el Señor, y eso pasa por el Amor, por la entrega verdadera a los que nos rodean.
Cualquier iniciativa que trata de alcanzar la realización personal, por muy digna y honesta que ésta sea, puede inducirnos a cometer la misma equivocación que tuvieron aquellos dos discípulos preocupados en saber en qué lugar, si a la derecha o a la izquierda, iban a ocupar en la gloria eterna. A Dios le interesa que cada uno ejecute con libertad el plan que Él le ha encomendado, pero eso es imposible si no hay amor en nuestros actos.

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¡Señor, nos has hecho depositarios de tu gracia, de tu amor y de paz, de tu perdón y de tu palabra! ¡Nos envías, Señor, para que lo transmitamos a todas las personas que se cruzan en nuestro camino! ¡Concédeme, Señor, tu gracia para que pueda vivir fielmente los carismas que el Espíritu Santo depositó en mí el día mi bautismo! ¡Señor, conviértete en la pasión de mi vida! ¡Quiero entregarte mi vida a todas horas! ¡Bendícela con tu gracia, Señor! ¡Bendice todos los trabajos que tengo que afrontar este año, los trabajos en la familia, laborales, pastorales, comunitarios! ¡Bendícelos, Señor, en este año de gracia y de misericordia! ¡Bendícelos, Señor, para que todo mi esfuerzo, mi voluntad y mi energía busquen sólo tu gloria y tu alabanza porque Tú eres para mí el único y verdadero Maestro! ¡Concédeme, Señor, la gracia para ser yo también un buen maestro para mi cónyuge, para mis hijos, para mis amigos, para mis compañeros de trabajo y de comunidad! ¡Haz, Señor, que me convierta en un buen modelo de confianza, de paz, de misericordia y de comprensión! ¡Que con mi vida, Señor, sea un testimonio de tu gracia! ¡Espíritu Santo, abrásame con el fuego de tu amor! ¡Graba en mi corazón, Espíritu de Dios, tu ley, ábreme al tesoro de tus gracias! ¡Ilumíname, Espíritu Santo, en el camino de la vida y condúceme por el camino del bien, de la justicia y de la salvación! ¡Llena, Espíritu Santo, los corazones de todos los que me rodean y hazles rebosantes de tu amor y de tu gracia!

Un hombre clavado en una cruz, símbolo del Amor: