Ternura para amar, consolar, comprender, perdonar, orar…

Tercer fin de semana de septiembre con María en nuestro corazón. Tomo de mi biblioteca un libro de iconos rusos para disfrutar un rato en el salón de casa. En una de las páginas surge esta imagen cercana e íntima del siglo XII que representa a la Virgen de la Ternura. Es la representación de una Madre amorosa sosteniendo a su Hijo en brazos, mirándole con ternura, acariciándole con ternura… Ninguna emoción humana es capaz de competir con la vivencia de la ternura de una madre que ha llevado al niño en su seno participando de sus gozos y sus dolores y demostrando cómo padece con él y por él.
La ternura es la columna central que sostiene la vida. Y, sin ternura, la vida no vale gran cosa. La virtud de la ternura es propia de aquellas personas que aman con un corazón sencillo, generoso y humilde.
Dios, creador de la vida, es en si mismo ternura y María que participa de ese rostro de Dios, se convierte en la máxima expresión de la ternura, la ternura bondadosa, generosa, serena y llena de bondad. La ternura de María, Madre de Dios, es un ternura auténtica. Es necesaria mucha ternura para la alegría y en esta sociedad en la que vivimos ¡la alegría es tan necesaria! Como es necesaria también mucha ternura para amar, para comprender, para escuchar, para consolar, para alabar, para perdonar, para orar.
En María, Virgen de la Ternura, Dios se hace Buena Nueva para el ser humano como acontecimiento de pura benevolencia y de absoluta gratuidad. María es la mujer creyente que acoge en lo más profundo de su corazón la Palabra de Dios; es la mujer creyente que asume con libertad y alborozo el plan de Dios en su vida; es la mujer hermosa de Nazaret que asume la maternidad de Dios, que le permitirá descansar en el regazo de su ternura; es la mujer valiente que mirará con ternura el cuerpo yaciente del Hijo descendido de la Cruz.
La ternura de María es nuestro ejemplo a seguir. La Virgen manifiesta en todas sus acciones la ternura de Dios hacia los que sufren, hacia los necesitados, hacia los que esperan el consuelo. Por eso hoy, he de mirar mi corazón, pedirle a María que ese corazón endurecido, egoístay soberbio sea más tierno y entregado; que se llene de Dios para darlo no sólo a quien amo de corazón sino también a quien me necesita y me cuesta aceptar, con quien suelo pasar de largo; la ternura es sólo una de las caras del amor. Como cristiano estoy llamado a la ternura no sólo en virtud de una instancia del corazón o de un impulso emotivo sino en virtud de la palabra de Dios y de mi vida en Cristo. Si la ternura me pertenece como cristiano ¡cómo no la voy a ejercitar si tengo en María el mejor ejemplo a imitar!

 

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¡María, en este último sábado del mes de agosto quiero contemplarte con un amor especial! ¡Santa María de la ternura de Dios, ruega por nosotros para que me ponga siempre en manos de tu Hijo y cumpla siempre Su voluntad! ¡Ayúdame a ser más tierno, más comprensivo, más generoso y más amable con los demás! ¡Quiero ver en Ti la luz del alba que ilumina mi camino! ¡Quiero aprender de Ti tu amor por Jesús y por mis hermanos! ¡Quiero creer en Tu Hijo como creíste Tu, como guardaste Tu Su Palabra! ¡Quiero imitar tu estilo de vida, tus formas, tus gestos, tu mirada! ¡Tu ternura! ¡Tu, María, que eres la Virgen hermosa, que tienes un corazón sincero y transparente, bueno y predispuesto al acogimiento, humilde y sencillo, lleno de amor y de paz! ¡Conviértete en mi ejemplo! ¡Gracias, Madre, porque puedo acudir a Ti cada día! ¡Aquí estoy, María, en camino, en busca de un camino de fe, de un proyecto de vida coherente, con la idea de sembrar semillas de amor y de alegría, de esperanza y de confianza! ¡Ayúdame, Madre, a encontrar siempre el rostro de Tu Hijo! ¡Gloria a Ti, María, templo donde mora Dios, dame acceso a tu intimidad para hacer más mío el misterio de la misericordia de Dios! ¡Gloria a Ti, Madre, por tu hermosura y por todo lo que me ofreces cada día! ¡Gloria a Ti, María, Madre del Señor y Madre mía!

Salve Regina, de Cristóbal Morales:

Rodeado de la gracia

Se olvida porque no se le otorga la debida importancia que estamos rodeados de gracia. La gracia, inmerecida por otra parte, es que cada día Dios nos espera. Acepta nuestra forma de ser. Nos abraza con su amor. Nos perdona con su misericordia. Nos recibe con su bondad. Nos acompaña con su presencia. Nos llena de su infinito amor.
Además, no solo está Dios. Nos ha dado a Cristo que es, también, pura gracia. Las enseñanzas de Jesús son gracia como la cruz redentora es gracia desbordante. La presencia del Espíritu Santo en nuestra vida —de la que somos templos por el Bautismo—es asimismo gracia que te otorga sus siete dones, te sostiene en tus debilidades y te ayuda a vencer en tus decaimientos e inseguridades.
La fe ciega es gracia. La esperanza es gracia. La confianza es gracia. Las convicciones cristianas son gracia…
Hay gracia en nuestra vida con independencia de como haya sido ésta y como hayan sido nuestros comportamientos porque el amor de Dios por cada ser humano es inquebrantable.
Comprender que estamos rodeados de gracia y ¡qué necesitamos esta gracia! que viene de Dios de manera gratuita ayuda —¡y cuánto ayuda!— a renovar el corazón pues en la debilidad la gracia te fortalece.
La gracia es la ayuda divina y la fortaleza que recibimos por medio de la expiación de Jesucristo. Por medio de la gracia somos salvos del pecado y de la muerte. Además, la gracia es un poder que nos fortalece día a día y nos ayuda a perseverar hasta el fin. Se requiere esfuerzo de nuestra parte para recibir la plenitud de la gracia del Señor.
Con la gracia, que nos hace hijos adoptivos de Dios, participamos gratuita de la vida sobrenatural de Dios pero podemos perderla o aumentarla en función de su receptividad o su rechazo.
La gracia es tan porque sin ella es imposible alcanzar la vida eterna. Tiene una fuerza transformadora para hacernos semejantes a Jesús.
Hoy quiero abrir especialmente mi corazón a Dios, renovar mis fuerzas y pedirle al Señor que esta gracia impregne todo mi ser, todo mi corazón y toda mi alma y ser consciente de tanta gratuidad y tanto amor.

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¡Señor, en ti soy, me muevo y existo por eso te pido me llenes de tu gracia y me ayudes a abrir el corazón para ser receptivo a tanto amor! ¡Concédeme el gran don de sostener la gracia santificante con mis buenas obras que recibí de Ti en el Bautismo, que me convierte en hijo tuyo y en heredero del reino celestial! ¡Que mi vida está impregnada de tu bondad y por medio del Espíritu Santo esté muy unido a la Pasión y Resurrección de tu Hijo! ¡Haz, Señor, que tu gracia ilumine mi inteligencia y mueva mi voluntad para que todas mis acciones estén impregnadas de tu presencia! ¡Que la gracia que me envías, Señor, me haga permanecer siempre a tu lado, a vivir en amistad contigo no defraudando la confianza que tienes en mi con el pecado! ¡Concédeme la gracia de vivir y actuar según tu voluntad! ¡Espíritu Santo rocíame con tus gracias para tener una unión más íntima con el Padre y con Jesús! ¡Concédeme tus siete dones, Espíritu Santo, para adquirir el gusto por la cosas de Dios, para profundizar las verdades de la fe, para actuar con rectitud, para hacer siempre el bien, para un mayor relación íntima con Dios y para rechazar las tentaciones y el pecado!

La gloria de Dios:

Comienza el anuncio de la Navidad

Hoy celebramos el nacimiento de San Juan Bautista. La importancia de esta fiesta es que su natalicio anuncia a otra persona, a Jesús, el Dios con nosotros.
No lo olvido. Solo restan seis meses para Navidad. Hoy es como una Navidad estival porque ¡Dios está con nosotros! aunque todos los días de la vida deberían ser Navidad para un cristiano.
La grandeza de Juan el Bautista está contenida en el nombre que recibió completamente nuevo contrastando con la costumbre familiar pues nadie en aquella familia llevaba ese nombre!
¿Qué le llevaron a llamarlo así? Juan anuncia novedades, representa la única novedad que permanece pues en el lenguaje de Jesús, Juan significa: «el que es fiel a Dios». Y cuando es así Dios da libremente. ¡Gratis! ¡Absolutamente gratis!
Juan anuncia la venida de Jesús que es el rostro humano de este don gratuito, de la gratuidad absoluta del Amor de Dios. Y aquí reside la gran novedad: Jesús, el único Hijo engendrado de Dios, nacido en un portal en Belén, ¡se convierten en el Dios con nosotros entregándose gratuitamente para la humanidad!
Y, sin embargo, la vida de Juan el Bautista se desenvolvió de una manera paradójica rompiendo los convencionalismo humanos: prefirió los lugares alejados, vivió en el desierto y, cuando se manifestó a las multitudes que acudían a él, no buscó la celebridad sino que desde un lenguaje directo, en ocasiones muy duro, exigía la conversión; san Juan se alejó de todo poder político, religioso y terrenal llegando a desenmascarar la hipocresía de los poderosos. Encarcelado, perseguido y decapitado, fue capaz de testificar la alegría que habitaba en su corazón y cuando se le preguntó «¿Quién eres tú?» no expresó su misión o la autoridad que había recibido de Jesús sino que prefirió expresar lo que no era: «No soy el Cristo, soy solo la voz de Aquel que llora en el desierto». ¡Qué manera tan hermosa, profunda y sencilla de preparar el camino del Señor!
San Juan Bautista solo desea que miremos a Jesús. Es el testigo de la Buena Nueva, de la novedad del Evangelio revelada a los pequeños, testigo del poder del Amor gratuito de Dios que se revelará en la debilidad, testigo de los caminos y los designios de Dios que tantas veces no coinciden con los nuestros.
Pero sobre todo ¡nos enseña a ser testigos de Cristo! El testimonio auténtico no llama la atención del que testimonio sino de Aquel a quien testifica, que es Jesús. ¡El que atestigua a Jesús no se preocupa de su éxito personal, del número de personas que logra alcanzar, sino de cómo en el silencio hacer llegar el mensaje de Jesús!
El día de hoy es un invitación a ser testigo auténtico de Cristo. A cuidar mi relación personal y de intimidad con la persona de Jesús. Procurar permanecer en la alegría de su amistad. Tratar de impregnar la palabra de Jesús, por el Evangelio, para que mis palabras, mis gestos y mi fe se hagan eco del eco que nos rodea.
Es un día para que el ejemplo y la vida de oración de san Juan me ayuden a ser fiel testigo, amigo y siervo de Jesús.

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¡Señor, abre mi corazón para que como tu fiel amigo, servidor y profeta san Juan sea capaz de predicar en mi entorno la Verdad que eres Tu! ¡Ayúdame, Señor, a ser testimonio de justicia, de amor, de entrega, de fe, de esperanza como fue tu amigo an Juan! ¡Que no me avergüence nunca anunciar tu Reino! ¡Envía tu Espíritu para que me de la fuerza y el valor para vencer aquello que me pueda parar de anunciar tu Reino y que me otorgue la sabiduría para saber llegar a los demás! ¡Señor, concédeme la humildad que caracterizaba a san Juan Bautista y la fidelidad para cumplir siempre tu voluntad, la sencillez para actuar acorde con los preceptos de Dios, para desaparecer a los ojos del mundo para que solo resaltes tu, para abrir caminos para que tu puedas aparecer en los que me rodean y quienes te conozcan se llenen de Ti! ¡Señor, hazme un cristiano abierto plenamente al amor, la misericordia, al esfuerzo y la verdad! ¡Que no me atemoricen, Señor, los problemas y las dificultades y como san Juan Bautista hazme firme en mis convicciones y mis principios aunque su defensa conlleve sacrificios por Ti! ¡Señor, como san Juan Bautista, hazme penitente, morificado, recogido, contemplativo y silencioso interiormente para desde el interior darme más a Ti y a los demás!

¡Sagrado Corazón de Jesús en vos confío!

Christ unser Herr zum Jordan kam, BWV 7 (Cristo, nuestro Señor, vino al Jordán) soberbia cantata de Bach que nos sirve para conmemorar musicalmente este festividad:

Miradas

Segundo sábado de junio, mes del Sagrado Corazón de Jesús, con María en nuestro corazón. ¿Cómo iría María al encuentro de Su Hijo, allí donde fuera? Tal vez el más dramático es aquel en el que Jesús, el Corazón sagrado, camino del Calvario, encuentra a Su Madre y sus miradas se cruzan. Miradas de complicidad y de amor. María sabe cuál es el destino de Cristo, su misión, su sufrimiento por los hombres de ayer, de hoy y de mañana. Pero ahora que Cristo ha resucitado no quiero meditar el dolor sino la alegría.
Alegra cuando te encuentras con alguien con el que hace tiempo no coincides. Lo mismo ocurre cuando mantienes una relación de amistad profunda con una persona, no importa que pase el tiempo, el apego y el afecto perduran y ese encuentro, cada vez que se produce, se convierte en una vivencia. En lo genuino no cabe la superficialidad, no se puede reducir a un encuentro sin consecuencias.
Los encuentros pueden ser casuales, fruto de la providencia o deliberados pero siempre hay alguien que va en busca del otro.
Sin embargo, hay quienes se cierran a toda posibilidad de encuentro. Rehuyen la mirada, son esquivos con sus actitudes, cortan con sus palabras, se alejan con los gestos. Es el signo claro que no desean un encuentro, que la presencia del otro les causa malestar y prefieren la distancia.
Y cuando el Señor se hace el encontradizo conmigo y quiere conquistar mi corazón, ¿cómo reacciono yo? ¿Me dejo alcanzar por Él, como ocurrió con esos dos discípulos de Emaús que caminaban abatidos y Jesús fue a su encuentro? ¿Le abro la puerta de mi intimidad y le dejo entrar o huyo de ese encuentro? ¿Cuál es mi predisposición? ¿Es una disposición positiva para obtener frutos de esa experiencia de amor?
¡Qué pena pensar las veces que he sido poco consciente de que la búsqueda siempre es una gracia porque, en definitiva, es el Señor quien origina el deseo de buscarle! ¡Si realmente comprendiera que también el encuentro mismo es gracia de Dios! ¡Que tengo la oportunidad de percibirlo en los acontecimientos que martillean mi corazón, en los signos de sus huellas, en los rostros que entrecruzan su mirada conmigo, con esos a través de los cuales el Señor también me habla o con esos gesto de misericordia que he recibido de manera sorpresiva y, por supuesto, en la Eucaristía diaria! ¡Aquí sí que está el encuentro definitivo!
Es increíble pensar cómo el Señor siempre está predispuesto a un encuentro diario y en cambio yo lo rehuyo porque no tengo tiempo, estoy cansado, me falta confianza agobiado por los sinsabores cotidianos, mil excusas que vanaglorian mi autosuficiencia.
Sin embargo, hoy María me enseña que debo servir a Su Hijo eligiendo que lo único absoluto de mi vida es el encuentro con Cristo porque todo lo demás es superlativo; que permanecer a la espera para saber qué desea el Señor de mi; que debo vivir el encuentro del perdón para gustar que soy un pecador que ha sido perdonado, envuelto en gratuidad no por mis méritos sino por la misericordia divina; y que debo vivir cada minuto de mi vida desde la llamada de ese Cristo Resucitado que se hace el encontradizo conmigo desde lo más sencillo y cotidiano de la vida.

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¡Señor, gracias, por este nuevo día que me regalas en el que me puedo encontrar de nuevo contigo, caminando a Tu lado! ¡Señor, Tu sabes lo feliz que estoy cuando te siento cerca! ¡Gracias, Señor, porque aunque me haga el despistado, el indiferente, el huidizo, Tu sigues haciéndote el encontradizo conmigo! ¡Gracias por Tu Palabra, Señor, que me llena de alegría, de esperanza, de confianza, de amor, de misericordia, de ánimo, de gozo y de gracia! ¡Gracias, Señor! ¡Te pido, Espíritu Santo, que me hagas dócil a la llamada del Padre, valiente para decir que sí como hizo María! ¡Gracias, Señor, porque tu encuentro diario más maravilloso es el regalo de la Eucaristía en el que te haces tan pequeño en ese pan del cielo! ¡María, Madre del amor hermoso, que aprenda de Ti la alegría del encuentro! ¡María, Mujer eucarística, ayúdame a amar todavía más la Eucaristía! ¡Sagrado Corazón de Jesús, en ti confío!

En este segundo sábado de junio escuchamos la música del maestro neerlandés Jacob Obrecht dedicada a la Virgen. Se trata de una bellísima Salve Regina, a 4 voces.

¿Predispuesto al encuentro?

Primer sábado de junio, mes del Sagrado Corazón de Jesús, con María en nuestro corazón. Medito como iría María siempre al encuentro de Su Hijo, allí donde fuera. Tal vez el más dramático es aquel en el que Jesús, el Corazón sagrado, camino del Calvario, encuentra a la Madre y sus miradas se cruzan. Miradas de complicidad y de amor. María sabe cuál es el destino de Cristo, su misión, su sufrimiento por los hombres de ayer, de hoy y de mañana. Pero ahora que Cristo ha resucitado no quiero meditar el dolor sino la alegría.
Alegra cuando te encuentras con alguien con el que hace tiempo no coincides. Lo mismo ocurre cuando mantienes una relación de amistad profunda con una persona, no importa que pase el tiempo, el apego y el afecto perduran y ese encuentro, cada vez que se produce, se convierte en una vivencia. En lo genuino no cabe la superficialidad, no se puede reducir a un encuentro sin consecuencias.
Los encuentros pueden ser casuales, fruto de la providencia o deliberados pero siempre hay alguien que va en busca del otro.
Sin embargo, hay quienes se cierran a toda posibilidad de encuentro. Rehuyen la mirada, son esquivos con sus actitudes, cortan con sus palabras, se alejan con los gestos. Es el signo claro que no desean un encuentro, que la presencia del otro les causa malestar y prefieren la distancia.
Y cuando el Señor se hace el encontradizo conmigo y quiere conquistar mi corazón, ¿cómo reacciono yo? ¿Me dejo alcanzar por Él, como ocurrió con esos dos discípulos de Emaús que caminaban abatidos y Jesús fue a su encuentro? ¿Le abro la puerta de mi intimidad y le dejo entrar o huyo de ese encuentro? ¿Cuál es mi predisposición? ¿Es una disposición positiva para obtener frutos de esa experiencia de amor?
¡Qué pena pensar las veces que he sido poco consciente de que la búsqueda siempre es una gracia porque, en definitiva, es el Señor quien origina el deseo de buscarle! ¡Si realmente comprendiera que también el encuentro mismo es gracia de Dios! ¡Que tengo la oportunidad de percibirlo en los acontecimientos que martillean mi corazón, en los signos de sus huellas, en los rostros que entrecruzan su mirada conmigo, con esos a través de los cuales el Señor también me habla o con esos gesto de misericordia que he recibido de manera sorpresiva y, por supuesto, en la Eucaristía diaria! ¡Aquí sí que está el encuentro definitivo!
Es increíble pensar cómo el Señor siempre está predispuesto a un encuentro diario y en cambio yo lo rehuyo porque no tengo tiempo, estoy cansado, me falta confianza agobiado por los sinsabores cotidianos, mil excusas que vanaglorian mi autosuficiencia.
Sin embargo, hoy María me enseña que debo servir a Su Hijo eligiendo que lo único absoluto de mi vida es el encuentro con Cristo porque todo lo demás es superlativo; que permanecer a la espera para saber qué desea el Señor de mi; que debo vivir el encuentro del perdón para gustar que soy un pecador que ha sido perdonado, envuelto en gratuidad no por mis méritos sino por la misericordia divina; y que debo vivir cada minuto de mi vida desde la llamada de ese Cristo Resucitado que se hace el encontradizo conmigo desde lo más sencillo y cotidiano de la vida.

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¡Señor, gracias, por este nuevo día que me regalas en el que me puedo encontrar de nuevo contigo, caminando a Tu lado! ¡Señor, Tu sabes lo feliz que estoy cuando te siento cerca! ¡Gracias, Señor, porque aunque me haga el despistado, el indiferente, el huidizo, Tu sigues haciéndote el encontradizo conmigo! ¡Gracias por Tu Palabra, Señor, que me llena de alegría, de esperanza, de confianza, de amor, de misericordia, de ánimo, de gozo y de gracia! ¡Gracias, Señor! ¡Te pido, Espíritu Santo, que me hagas dócil a la llamada del Padre, valiente para decir que sí como hizo María! ¡Gracias, Señor, porque tu encuentro diario más maravilloso es el regalo de la Eucaristía en el que te haces tan pequeño en ese pan del cielo! ¡María, Madre del amor hermoso, que aprenda de Ti la alegría del encuentro! ¡María, Mujer eucarística, ayúdame a amar todavía más la Eucaristía! ¡Sagrado Corazón de Jesús, en ti confío!

En el primer sábado de junio te ofrezco la música del maestro neerlandés Jacob Obrecht dedicada a la Virgen. Se trata de una bellísima Salve Regina, a 4 voces.