Hacer mío el «fiat» de la Anunciación

Hoy celebramos un día bellísimo: la fiesta de la Anunciación. Me situó en la escena: el ángel de pie junto a un zaguán y María arrodillada en actitud de oración, de escucha y de interioridad. En silencio humilde, en un acogimiento del corazón, María escucha del ángel que va concebir un hijo al que dará por nombre Jesús y al que se le conocerá como Hijo del Altísimo. Y María da su fiat. Se convierte así en la morada del Hijo de Dios. Para siempre, en un rol único y privilegiado. ¡Ser la Madre de Dios! ¡Qué privilegio!
Dios nos ofrece a Jesús al mundo a través de María, la sierva del Señor, y continuará permaneciendo espiritualmente en ella hasta el final de su vida e incluso hasta la gloria del cielo. María se define a sí misma como una doncella que se pone al servicio del proyecto de Dios. Al convertirse en la Madre del Salvador, la Madre de Dios, la Madre de la Iglesia, María, se presenta como una persona que sirve: responder a la voluntad de Dios es servir. Desde el pesebre en Belén al pie de la cruz, María se entrega por completo a su Hijo; este Hijo a quien ella seguirá hasta el final, en los momentos alegres de Caná, en los momentos dolorosos de la Pasión y en los momentos gloriosos de la mañana de Pascua. María, sierva del Señor, anuncia, de cierta manera, el camino que Cristo enseña de vivir no para ser servido sino para servir.
Y al pie de la cruz, la Madre de los dolores, se convertirá en nuestra Madre, ya que Jesús la entrega a toda la Iglesia diciéndole al apóstol Juan que nos representa a todos a los pies del madero santo: “He aquí a tu madre”.
El ‘sí’ de María, el día la Anunciación, definitivamente abrió la historia de la salvación a la venida de Dios a nuestra humanidad, a la Encarnación del Hijo de Dios en nuestra carne, a la presencia entre nosotros de la Palabra de Dios.
Hoy es un día hermoso. Y como María deseo aceptar plenamente la palabra de Dios en mi corazón, recibir con alegría las buenas noticias de Dios, aquellas promesas de que todo se hará realidad en mi vida. Aceptar la Palabra de Dios no es simplemente dejarla sonar en mis oídos y luego olvidarla, sino, seguir a María, dejar que se forme en nosotros y en nuestro corazón. Y como María quiero decir: ¡Hágase en mi según tu palabra! ¡Cuánta confianza en estas palabras de María! ¡Qué confianza en esta ilimitada acogida de todo lo que Dios le pide: convertirse en la madre de Aquel que reinará para siempre y cuyo reinado no tendrá fin! Si hay una actitud profunda que caracteriza a María, es su confianza en Dios, una confianza que quiero incrustar en mi corazón. Frente a las cosas que van más allá de Ella, que la preocupan o la cuestionan, María no pierde la confianza sino que medita y guarda en su corazón todos estos eventos. El corazón de María es un corazón creyente y confiado, incluso cuando es traspasado por el dolor. Ella siempre permanece fiel hasta el final, fuerte en su fe y en la misericordia de Dios. ¡Cuanto tengo que aprender de María!
En esta fiesta de la Anunciación, hago mío el “sí” de María y aprender a decir “sí” a la venida de Cristo en mi vida. Siguiendo a María, siempre me atreveré a decir “sí” al plan de Dios colocándome como ella el delantal del servicio, escuchando la Palabra de Dios y atreviéndome a seguir adelante, en caminos a menudo difíciles y desconocidos, en confianza, a donde el Señor me guíe porque nada es imposible si caminas de la mano de María y de la sombra invisible de Dios.

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Hoy mi oración es el canto pausado y sereno del Magnificat:

Proclama mi alma la grandeza del Señor,
se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;
porque ha mirado la humillación de su esclava.
Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,
porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí;
su nombre es santo,
y su misericordia llega a sus fieles
de generación en generación.
El hace proezas con su brazo:
dispersa a los soberbios de corazón,
derriba del trono a los poderosos
y enaltece a los humildes,
a los hambrientos los colma de bienes
y a los ricos los despide vacíos.
Auxilia a Israel, su siervo,
acordándose de la misericordia
-como lo había prometido a nuestros padres-
en favor de Abrahán y su descendencia para siempre.
Gloria al Padre y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
Por los siglos de los siglos. Amén.

¿Cuál es la voluntad de Dios?

En la oración de ayer iba manducando el Padrenuestro, la única oración que Jesús nos enseñó. En ella se hace la siguiente petición: «Hágase tu voluntad». Esta frase te permite cuestionarte cuál es la voluntad de Dios: simple y llanamente que todos los hombres se salven y alcancen la verdad. ¡Tenemos aquí, resumidas en pocas palabras, el resumen completo de la Biblia!
¿Cuál es la salvación? ¿Cuál es la verdad? La verdad es que Dios nos ama y quiere llenarnos de este amor. Salvarse es conocer esta verdad, es decir, vivir en ella, dejarse amar y llenarse de Dios. Aprender a entrar en esta relación de amor con Dios. Aprender a poner toda nuestra inteligencia pero también nuestro corazón y nuestro cuerpo al servicio de Dios. ¡Aprender a vivirlo en todos los instantes de la vida!
Para entrar en esta relación de amor con Dios, hay tres dimensiones ineludibles. Una es el conocimiento, el encuentro con Jesús, el verdadero mediador entre Dios y los hombres. Jesús, verdadero Dios y verdadero hombre, dio su vida por amor a nosotros. Jesús pagó con su vida para que conozcamos, vivamos y nos alimentemos del amor de Dios. Aprender a conocer y amar a Jesús es esencial para conocer la verdad y hacer la voluntad de Dios.
La segunda dimensión es la oración. Pedir, interceder y dar gracias no por nuestro pequeño consuelo o interés personal sino por los demás. El objetivo es que la humanidad viva en paz para vivir la voluntad de Dios y conocer la verdad de su amor. Esta oración hace que todo nuestro cuerpo viva alzando las manos en actitud de alabanza y de abandono. Orar con todo nuestro cuerpo y con el corazón abierto nos permite expresar nuestro amor al Señor.
La tercera dimensión es la de la caridad y del servicio. Los bienes que nos ha dado Dios no son solo para nuestra comodidad personal, nos son dados para que podamos beneficiar a otros y especialmente a los más pobres … ¡son ellos los que nos darán la bienvenida al Reino de Dios en la noche de nuestras vidas!
Al aprender a vivir todo esto, sin importar nuestra edad, descubriremos el amor de Dios. Descubriremos la profundidad, la grandeza de la única verdad que es que Dios nos ama en cada momento de nuestras vidas y este amor es nuestra salvación. ¡Sería una pena perdérselo!
¡Amar a Dios, orar con el corazón, ejercer la caridad y el servicio: hermosa misión para que como cristiano sea capaz de llevar al mundo la riqueza de la Verdad!

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¡Señor, hágase en mí siempre tu voluntad! ¡Hágase, Señor, en mi según los planes que tienes pensado para mi! ¡Hágase, Señor, según tu quieras, como tu quieras y de la manera que tu quieras! ¡Hágase, Señor, en mi según tu criterios, de la manera que tu consideres! ¡Hágase, Señor, siempre tu voluntad en mi vida y no permitas que le ponga cortapisas ante tanto amor que sientes por mi! ¡Hágase, Señor, tu voluntad aunque me cueste aceptarlo, aunque me oponga, aunque no estén entre mis planes! ¡Hágase, Señor, tu voluntad siempre porque es lo mejor para mi! ¡Cada vez que rece el Padrenuestro, Señor, al pronunciar el Hágase tu voluntad ayúdame a mirarte a Ti con amor! ¡Permite que tu oración se convierta en la mía propia! ¡Ayúdame a compartir el diálogo que tu tienes con el Padre en algo también mío! ¡Te pido, Señor, por lo único que puede traerme la verdadera felicidad: la voluntad de Dios sea ésta difícil de entender o fácil de aceptar! ¡Ayúdame, Señor, a entender que la verdadera felicidad solo proviene de la sabiduría infinita de nuestro Creador! ¡Hágase siempre, Señor, tu voluntad!

Una Padrenuestro cantado de una manera especial:

¿Qué me transmite hoy la escena de la Anunciación?

Lo que a lo largo de los siglos ha provocado admiración y fervor espiritual por el arte cristiano hoy no evoca absolutamente nada a la mayoría de nuestros contemporáneos debido a que la cultura postcristiana carece de profundidad espiritual. Hoy celebramos la Solemnidad de la Anunciación del Señor y el arte nos ha dejado bellísimos cuadros que presentan a una joven profundamente conmovida inclinándose ante un ángel para recibir el mensaje de Dios. Estas hermosas imágenes me invitan a una reflexión: ¿Qué me transmite hoy la escena de la Anunciación? ¿A que me invita este poema del amor de Dios, esta pieza armoniosa de la bondad divina?
En primer lugar a creer. A cuestionarme mi propia fe, a tratar de no convertirme en un creyente ingenuo que dude ante la búsqueda de la verdad. A tener una fe alegre, confiada, aceptándolo todo sin preguntar el por qué, una fe que me permita abordar todas las preguntas con el corazón abierto, sin tener miedo a abrirme a la voluntad de Dios. Acaso no preguntó María: «¿Cómo será eso, pues no conozco a varón?», respuesta que le permitió al ángel reforzar el misterio divino: «El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y la fuerza del Altísimo te cubrirá con su sombra… porque para Dios nada hay imposible». ¡Para Dios no hay nada imposible! Y ese imposible se puede hacer real en mi propia vida si acudo con fe a Él.
En segundo lugar que la Anunciación transmite algo totalmente novedoso que sucede en Jesucristo, que hace no más de una semana ¡ha resucitado y vive en nuestro corazón! Que lo más extraordinario, lo más maravilloso, lo más excepcional, es que esta fecundidad espiritual íntima y personal está llamada a ser compartida, a multiplicarse. Porque al igual que la Resurrección es un ¡aleluya! que hay que anunciar la Anunciación es la celebración del amor de Dios que hay que expandir. Un misterio que exige humildad y me invita a decir sí a la voluntad del Señor.
En tercer lugar que este evento me desafía a abrirme a la acción transformadora del Espíritu Creador que me convierte en un nuevo ser que me hace uno con él, y me llena de su vida. Y me invita, con exquisita cortesía, a que de mi consentimiento para que entre en mi corazón con el fin de acoger en mi interior la Palabra de Dios para estar en condiciones de responder a su amor y abrirme al amor por el prójimo.
Y, finalmente, a imitar el recogimiento de María. El activismo me lleva con relativa frecuencia a moverme continuamente y tantas veces me impide escuchar el silencio desde el cual el Señor quiere comunicarme su voluntad. En la Anunciación, la Virgen me muestra la importancia del recogimiento, la apertura del corazón para estar disponible a la escucha de los susurros de Dios.
Hoy la Iglesia celebra la Encarnación del Verbo. Y en el centro de esta gran solemnidad está María que me dice: mira al mundo con mis ojos y así encontrarás a Jesús.

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¡Celebro hoy, Señor, con gran gozo la Solemnidad de tu Encarnación, el sí gozoso de Tu Madre que abrió su corazón a la llamada de Dios; concédeme la gracia de tener un corazón sencillo, humilde, recogido y amoroso como el de Ella! ¡Como Tu Madre, Señor, deseo con todo mi alma recibir Tu Santo Espíritu, llenarme de sus dones y de sus gracias para estar enteramente a tu servicio! ¡María, Madre, enséñame siempre a decir a la voluntad de Dios, que mi hágase sea para aceptar los planes que Dios tiene preparados para mí! ¡Entra en mi corazón, Señor, como entraste en las entrañas de Tu Santísima Madre! ¡Enséñame, María, a abrir el corazón a Jesús, Tu Hijo, para hacerme partícipe en su gran proyecto de amor, de salvación y de esperanza! ¡Enséñame, María a fiarme de la palabra del Padre, a responder esperanzado y confiado un hágase en mí según tu palabra! ¡Enséñame, María, a ser sencillo como lo fuiste Tu, a sentirme pequeño siempre como te sentías Tu, a ser dócil a la llamada de Dios como fuiste Tú porque en mi ánimo está, Señora, que Dios pueda hacer algo nuevo en mi vida, transformarla y renovarla! ¡Dios te Salve María, porque contigo la vida es renovación constante, es un levantarse continuo, es un resplandecer a la alegría, es un sentir permanente la ternura de Dios, es aprender a responder con libertad a Dios dándose por completo, es comprender que con Dios todo se hace nuevo! ¡Que no olvide de repartir con frecuencia que el Señor está contigo porque quiero estar siempre lleno del Espíritu Santo como lo estuviste Tu!

En este día dedicado a María, cantamos este cántico dedicada a Ella:

Una palabra que obra gracias abundantes

Tercer sábado de noviembre con María, la Señora del «fiat», en nuestro corazón. Esta palabra «fiat» («hágase») es una de las más hermosas jamás pronunciadas. Pero el primero que la expresó fue el mismo Dios. Con su «hágase» amoroso dio vida al mundo con todas las hermosuras que este trae. Con su «hágase» creó también Dios al hombre a su imagen y semejanza convencido de que era bueno. Y gracias a este «hágase» podemos todos darle alabanza y gloria a Dios porque somos parte de su Creación.
Con su «hágase» lleno de amor entregó también Dios al mundo a su propio Hijo, cuya misión era salvarnos del pecado.
Hay otro «hágase» lleno de esperanza, confianza y amor. Es el «hágase» virtuoso de María. El «fiat» más asombroso de la historia de la humanidad. El «fiat» que une a María, nuestra Madre, con la obra creadora de Dios. En este «hágase» de María se materializa la libertad del ser humano; Dios espera la aceptación voluntaria y libre de una joven y sencilla mujer para llevar a cabo su plan de salvación. ¡Impresionante la humildad de Dios!
Cuando meditas el «fiat» de María tu corazón no puede más que estremecerse porque este «hágase» comporta la mayor predisposición. Y se produce en un entorno de piedad, de amor, de silencio, de generosidad, de recogimiento, de laboriosidad, de respeto, de paz, de armonía y de oración. ¡Como me gustaría que mi vida fuese así! ¡Que hermoso sería dar cada día un «fiat» a Dios, un «hágase» como el de María, e interiorizarlo auténticamente en el corazón!
Pero María te enseña que cada «hágase» de mi vida es a la vez un auténtico «fiat» de amor a Dios. Que cada «hágase» puede devenir un encuentro cotidiano con Dios, en una entera disponibilidad de todo mi ser. El «hágase» de María me permite comprender que Dios también necesita de mí como necesitó de Ella para llevar a cabo su plan de redención.
Yo también puedo cada día expresar mi fidelidad a Dios. Puedo decir que se cumpla en mí su voluntad, por mucha cruz que implique cargar. Bastan grandes dosis de humildad, generosidad y amor.
En este día deseo que mi «fiat», a imitación de María, se convierta en una acto de amor y de entrega Dios. Y soy consciente de que cada vez que de mis labios brote un «hágase», Dios obrará obras grandes en mí.

orar con el corazon abierto

¡Padre, hágase en mí según tu Palabra! ¡María, que estas palabras que pronunciaste desde el corazón sean para mí una escuela de oración! ¡Dame, Señor, un corazón humilde y sencillo como el de María, un corazón contemplativo y amoroso como el de Ella, para recibir en mi interior las gracias de tu Santo Espíritu! ¡Señor, quiero decir que «sí» a imitación de María para que se cumpla siempre en mi tu santa voluntad! ¡Que desde este «hágase» nada tema ni nada me preocupe! ¡María, ayúdame a decir siempre que «sí» al Padre, aunque a veces me resulte tan difícil pronunciar esta palabra llena de amor! ¡No permitas, María, que me desvíe del camino y haga siempre mi voluntad que no me lleva por los caminos de la entrega ni de la generosidad! ¡Intercede, María, para que tu Hijo sane mi corazón, lo transforme y lo cambie para aprender a vivir acorde con sus mensaje de amor! ¡Y a ti, Jesús, te pido que al igual que por la voluntad de Dios permaneciste en el interior de tu Madre, llenes con tu presencia mi tantas veces endurecido corazón!

Dixit María, dedicado a la Virgen, Señora del fiat:

Hay una voluntad de Dios en mi vida

Observaba ayer a un joven arrodillado en la capilla del Santísimo. Permaneció inmóvil, en oración profunda, más de media hora. Durante todo este tiempo sus manos iban unidas al corazón y la mirada fija en el Sagrario en serena meditación; la quietud del cuerpo hacía evidente que su corazón buscaba unirse al corazón de Dios.
Cuando alguien fija su mirada en el Dios amoroso siente la necesidad de sumergirse en su voluntad de Padre; no lo importa caminar por los caminos a veces sinuosos por los que Él avanza; permanece en el lugar dónde Él desea llevarle; es capaz de transformar su vida en un «hágase» sin contemplaciones.
A pesar de lo mucho que cuesta lograrlo, lo importante de la vida junto al amor es hacer siempre la voluntad de Dios porque con ello se alcanza la única verdad que guía, sostiene, que da aliento, que alimenta… Desde esta realidad cualquier tipo de desasosiego, inquietud, pesadumbre, desazón o angustia se relativiza.
Si a Dios tengo el privilegio de llamarle Padre porque Él nos adopta en su familia y nos convierte en coherederos del reino con su hijo Jesucristo, cuando desea algo de mí —y siempre es porque eso me conviene— ¡cómo voy a negarle su petición o dejar de obedecerle!
Cuando sigues la voluntad divina, por muy difíciles que sean las pruebas de la vida, y aceptas la gracia de su amor no puedes dejar de buscar Su voluntad, sometiendo la tuya a la suya.
Hay una voluntad de Dios en mi vida. Si existe, ¡cómo no amar esa voluntad con todo el corazón y con toda el alma!

 

orar con el corazon abierto

¡Señor, que mis caminos sean solo buscar tu voluntad y cumplirla siempre! ¡Señor, que mi deseo sea siempre tener una plena comunión contigo! ¡Quiero amar lo que tu amas, querer lo que tu quieres, desear lo que tu deseas! ¡Quiero, Señor, morir a tu voluntad! ¡Quiero que se haga siempre tu voluntad! ¡Que cada momento de mi vida, Señor, sea amarte con el corazón abierto, en espíritu y en verdad! ¡Quiero, Señor, que la pobreza de mi voluntad sea una a la grandeza de tu voluntad! ¡Pero, Señor, muéstrame tus caminos para que pueda recorrerlos junto a ti sin quejarme! ¡Que se haga siempre tu voluntad y no la mía; que sea digno de tu mirada, de tu amor y de tu gracia! ¡No permitas, Señor, que alimente solo mis sueños ni que me preocupe por el devenir del la vida; no permitas que me desvíe del camino marcado; no permitas que renuncie a la verdad; no permitas que entre en la senda de la desobediencia… permite solo que me ajuste a tu voluntad y que esa voluntad la ame profundamente!

Temblando de amor por ti, Señor, el sentimiento de ponerse de rodillas ante Jesús Sacramentado:

María, Señora del hágase

Cuarto sábado de septiembre con María en el corazón. María de nuevo en nuestro corazón. Propongo asomarnos al corazón de María, admirar su belleza interior y auscultar sus pulsaciones espirituales. Admirar esa delicadeza con la que todo lo hacía. ¡Si todos mis actos estuviesen impregnados de la delicadeza de la Virgen todo sería más alegre y fácil a mi alrededor!
Todo se resume en una palabra que en labios de nuestra Madre suena bellísima: Hágase. Y yo clamo, siguiendo la enseñanza de la Sierva del Señor: ¡Padre mío, hágase! ¡Hágase, Señor, tu voluntad y no la mía! ¡Hágase, Padre, que yo me abandono a Ti! ¡Hágase, Señor, para que mi corazón se llene de calma, serenidad, elegancia, pureza, dignidad y amor!
Y quiero aprender de Ti, María, para que ante los muchos acontecimientos adversos de mi vida no me agite ni me resista sino que me entregue. Que aprenda a aceptar. Que aprenda a darme a los demás con delicadeza. Como lo hiciste Tu, María, con humildad, servicio y amor.

orar con el corazon abierto

¡Gracias, María, porque me enseñas que antes de ser Señora nuestra, fuiste Señora de tu Hijo! ¡Hágase! ¡Hágase! ¡Hágase! ¡María, Madre del amor hermoso, quiero aprender de la delicadeza de tu dulzura para que aparte de mi la dureza del corazón! ¡Tener tu misma delicadeza para no enfadarme cuando asoman las pruebas! ¡Tener tu delicadeza, María, para abrir la puerta de mi corazón cuando Dios llama para entrar! ¡Delicadeza, María, para atender la llamada de los que acuden a mi en busca de ayuda, amor y consuelo! ¡Que aprenda de Ti, María, la delicadeza con la que Tu trataste a Dios! ¡Quiere aprender de tu delicadeza, María, para embellecer esa fe tantas veces tibia que tengo, para profundizar en mi oración tantas veces monótona, para acudir vivificante y alegre a la Eucaristía y vivirla con amor, para escuchar la Palabra de Dios con el fin de que la finura de sus mensajes me ayuden a transformar mi vida! ¡Quiero tomar pequeños trazos de tu delicadeza, María, para comprometerme de verdad en todo, para darme y servir como lo hiciste tu, para saber respetar y, sobre todo, para amar!

Gaude, Maria virgo, cantamos hoy en honor a María:

¡Quiero ser, María, apóstol de la alegría!

Tercer sábado de agosto con María en el corazón. En una de las letanías del Rosario exclamamos que la Virgen es «causa de nuestra alegría». Lo es porque en su corazón reinaba siempre la alegría por el simple hecho de tener siempre presente en su vida a Jesús. La máxima expresión de la alegría en María es el canto del Magnificat, resultado innegable de su encuentro con Dios. ¡Qué bellas son las palabras que salen de los labios de la Virgen: «Proclama mi alma la grandeza del Señor, y mi espíritu se alegra en Dios mi salvador»! Definitivamente, la alegría de María radica en el encuentro con el Padre, en su profunda vida de oración y en su búsqueda constante de las cosas de Dios en su vida. De ahí surge su «¡Hágase!» y de aquí viene su inquebrantable «¡Sí!».
En María la alegría es sinónimo de entrega, de servicio, de humildad, de encuentro, de oración, de ponerse al servicio de los demás. Es la alegría del encuentro con el prójimo y con Dios. Es la alegría de entregarse uno mismo desprendiéndose de si para mirar solo las necesidades de los demás. Es la alegría de no mirar los sufrimientos de la vida para ponerlos en manos del Padre que los alivia con la ternura de su amor. Es la alegría de la entrega y del servicio con hechos y no solo con palabras. Es la alegría de la grandeza interior pues en Su alegría quiso esconderse Dios. Es la alegría de saberse pequeña pero grande a los ojos de Dios sin anhelar riquezas, honores, beneplácitos, reconocimientos, fama, gloria, bienes materiales porque para Ella la verdadera riqueza era tener en la plenitud de su corazón al Buen Dios y con ello supo vivir privada de todo lo demás. Es la alegría de sobrellevar con esperanza los numerosos calvarios que tuvo que sufrir pues esa alegría, don del Espíritu Santo, le dio siempre la fortaleza para llevar el sufrimiento con entereza y serenidad.
La alegría de María es una invitación que la Virgen me hace hoy para un encuentro más directo con el Padre; para, como Ella, darle mi más decidido «¡Sí!», permitir el «¡Hágase!» en mi vida, para comprender que debo llenar mi vida de alegría desde la generosidad y la humildad, desde el servicio desinteresado a los demás, desde la entrega decidida, desde el desprendimiento personal, desde el abandono de las tristezas que me asolan y las preocupaciones que me embargan y que debo poner siempre en Sus manos y en las de Dios. ¡María, que seas Tú la causa de mi alegría! ¡Quiero ser tu apóstol, María, porque deseo ser en este mundo apóstol de la alegría!

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¡Dios te salve, María, causa de nuestra alegría! ¡Ayúdame siempre a seguir tu ejemplo de amabilidad con los demás, de entrega generosa, de sonrisa amable, de servicio alegre! ¡Ayúdame a estar siempre alegre en las pruebas y ante los obstáculos que debo sortear! ¡Ayúdame a tener la serenidad del misericordioso como tuviste Tú con el posadero de Belén que no te permitió alojarte en la posada para dar vida a Jesús! ¡Ayúdame a estar siempre alegre ante las maravillas que Dios obra cada día en mi vida! ¡Ayúdame a estar siempre alegre consciente de que Jesús camina siempre a mi lado! ¡Ayúdame a impregnarlo todo de alegría porque Dios vive en mí y así no puedo estar triste, ni malhumorado, ni apático…! ¡Haz de mi alegría una sonrisa permanente para demostrar a quienes me rodean que en mi corazón está muy presente Dios! ¡Que las carencias materiales, personales, sociales, la falta de reconocimiento o de honores, disminuya nunca mi alegría interior! ¡Que sea consciente, María, como lo fuiste Tú, que mi gran riqueza es tener a Dios en el corazón! ¡Que mis calvarios y sufrimientos interiores no disminuyan un ápice mi alegría cristiana! ¡Ayúdame como hiciste Tú, Madre del Amor y la Paz, a sufrir con alegría! ¡Ayúdame como hiciste Tú a aceptar siempre con alegría la voluntad de Dios! ¡Ayúdame a sonreír siempre incluso en los momentos de mayor tristeza y desolación! ¡Ayúdame a aceptar con entereza y alegría el llevar las cruces de cada día! ¡María, tu estabas siempre alegre porque tenías a Dios en el corazón! ¡Ayúdame a dirigir siempre la mirada hacia Dios, hacia el interior de mi alma para ver lo que debo cambiar, para adquirir los mejores bienes espirituales! ¡Ayúdame a orar con el corazón abierto pues la oración es ese gran medio para alcanzar la alegría interior, a confesarme mejor para recuperar la unión íntima con el Señor, motivo de alegría interior! ¡Ayúdame a servir al prójimo con alegría para liberarme de mi yo y darle a mi vida una mayor visión sobrenatural! ¡Que mi vida sea como la tuya, María: dejarse siempre encontrar por Dios! ¡María, causa de nuestra alegría, enséñame a ver en la fe la paradoja de la alegría del cristiano que se sustenta en la unión con Jesús, muerto en la Cruz por salvarnos del pecado! ¡Santa María, causa de nuestra alegría, ruega por nosotros!

Señora de la alegría, cantamos hoy con Carlos Seoane:

No es lo que yo quiero, es lo que Dios quiere

Tenía mucha ilusión por asistir a la Misa de un sacerdote misionero que hacía muchos años que no veía. La Eucaristía se celebraba en un pueblo, en la montaña, a cierta distancia de mi ciudad donde el padre se encontraba descansando unos días. Había cancelado mis compromisos para ir a ese encuentro con el Señor pero también con el amigo misionero. Por una concatenación de factores salí con el tiempo justo para llegar a este pequeño pueblo montañoso. En la carretera comarcal, a unos quince kilómetros del lugar, observo un coche aparcado en la cuneta con las luces de situación encendidas. Una mujer solicita ayuda. Detengo el coche. Se le ha pinchado una rueda y no sabe como cambiarla. No ha podido llamar a la grúa porque en aquella zona no hay cobertura. Mi móvil tampoco tiene y no puedo llamar a nadie. Se me cae el mundo a los pies pero me dispongo a ayudarla, al principio con un gran disgusto ⎯todo hay que reconocerlo⎯ y más tarde con satisfacción por el servicio prestado. Mi falta de pericia en el cambio de ruedas, además de dejarme las manos llenas de grasa, me retrasa más de treinta minutos. La consecuencia es que llego a la iglesia cuando la Eucaristía prácticamente ha terminado. Sentado en el último banco del templo le digo al Señor: «Había puesto toda mi ilusión para estar hoy en esta Misa. Aquí me tienes sucio y sudoroso. ¡Qué curioso que mi Eucaristía de hoy haya sido ayudar a una mujer a cambiar la rueda de su vehículo! Es increíble, Señor, qué manera más curiosa tienes para que mi voluntad se acomode a la tuya».
Con esta experiencia, Dios me enseña que en su sabiduría infinita, coloca a todos en el lugar que Él desea. Yo tenía un anhelo muy grande. Había hecho todo lo posible para asistir a aquella Eucaristía. Y Él, sin embargo, me había dicho: «He elegido para ti algo menos elevado y más mundano”. Es el gesto sencillo de poner mi inexperiencia cambiando ruedas del vehículo al servicio de una mujer mayor que sola no podría haberlo hecho. Pero entiendo que un gesto de amor realizado con el corazón abierto tiene tanto valor como una Eucaristía. Que el servir al prójimo despojándose de uno mismo es acoger al Señor en el propio interior, en una experiencia de amor, generosidad y entrega. Que está muy bien rezar y recibir la comunión pero esto de nada vale si cuando tengo la oportunidad de servir a mis familiares, amigos, compañeros de trabajo, gentes desconocidas… paso de largo y me olvido de hacer el bien que está en mi mano. Terminada la Eucaristía ceno con el misionero y su familia y regreso feliz a casa con el corazón lleno, la esperanza renovada y el sentimiento de que Dios me ama tanto que me ha puesto en bandeja el cumplimiento de su voluntad para ese día.

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¡Señor, cuántas veces te fallo diariamente queriendo hacer mi voluntad y no la tuya! ¡Necesito que me bajes de mi pedestal de barro y me coloques en el lugar que me corresponde! ¡Necesito, Señor, de tu misericordia porque Tu eres fiel y a veces me cuesta comprender que eres un Dios bondadoso, que exiges entrega por amor y por servicio generoso y desinteresado! ¡Señor, dame tu amor, dame fe, dame esperanza, dame caridad, dame ese don maravilloso que es saber que soy pequeño y frágil y que entregándome a Ti cada día baja Tu reino sobre mi vida! ¡Te doy gracias, Padre, porque me permites conocer tu voluntad y tus promesas y puedo orar y seguirte con el corazón abierto sirviéndote y dándome a los demás! ¡Padre, te alabo, te bendigo y te glorifico hoy, mañana y siempre!

Hágase tu voluntad, le cantamos hoy al Señor:

¿Resignarse o conformarse a la voluntad de Dios?

Fue hace unos días. Escuché esta frase y me removí interiormente: «Has de resignarte a la voluntad de Dios». Iba dirigida a una persona que se lamentaba de su triste situación. ¿Resignarse? ¿Por qué resignarse? Quien se resigna acepta como irremediable un estado o una situación molesta o perjudicial, generalmente después de luchar por solventarla o evitarla. Así, un cristiano no puede resignarse jamás; en la esperanza está su fortaleza y en su fe la confianza en Dios. Un cristiano que se resigna reniega de la libertad que le ha otorgado el Señor y desaprovecha las gracias que exhala el Espíritu Santo.
En la medida que me resigno, me acomodo. Cuando acepto resignarme apruebo que se produzca en mi una determinada situación. Pero Dios no desea eso. Dios quiere que el plan que tiene pensado para cada uno —impregnado de mucha lógica y más amor— sea acogido en perfecta conformidad con Él. Este es uno de los principales medios para alcanzar la santificación personal. Toda conformidad con la voluntad divina es una amorosa aceptación de la propia voluntad con la de Dios que permite lo que sucede. Uno no se puede resignar a la injusticia, al atropello, a la mentira, a la falta de autenticidad, al mal, al pecado…
Es cierto que en la vida hay muchas circunstancias complejas y difíciles que uno no puede controlar y que provocan sufrimiento y desazón. Pero antes de resignarse, aceptarlas provoca un gran bien. Aceptar con paciencia, sin tristeza, cargando sobre las espaldas el paseo de la contradicción, de la tribulación y de la dificultad. Un caminar por medio de la paciencia y la aceptación que es, en realidad, un proceso de maduración cristiana que une la tenacidad con la esperanza.
Si soy auténtico cristiano no me puedo resignar nunca. No puedo complacerme ni trapichear con el mal. Debo asumir mis sufrimientos, mis dolores y mis tribulaciones desde la óptica divina, esa que lo realiza todo desde la verdad y el amor. Vivir siempre abierto a la gracia de Dios, fuerte en la prueba y abierto a la confianza. El referente es la Cruz. El cúlmen la Resurrección.
Me pregunto hoy: ¿Resignarme o conformarme con esperanza con la voluntad de Dios?

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¡Señor, tu siempre deseas para mi el bien! ¡Tú, Señor, anhelas mi salvación porque me has creado para la eternidad! ¡No permitas que me resigne ante las situaciones que debo ir afrontando cada día! ¡Ayúdame, Señor, con la gracia de tu Santo Espíritu elegir siempre bien, a escoger el camino correcto desde la libertad que me has dado desde mi concepción! ¡Señor, Tú sabes que muchas veces me cuesta elegir porque tengo miedo a equivocarme y no tomar la decisión correcta! ¡Que Tu Espíritu me ilumine siempre, Señor! ¡También conoces perfectamente cuáles son mis debilidades y defectos, sabes que muchas veces actúo en contra de tu voluntad, que me confundo con frecuencia y me cuesta saber qué es lo que Tú quieres de mi! ¡Ayúdame a decir con confianza y con fe “Hágase Tu voluntad y no la mía”! ¡Basta con mirar tu Cruz, Señor, para comprender que debo seguirte y abandonarme entre tus brazos extendidos en señal de amor! ¡Envía tu Espíritu, Señor, sobre mí para que me inunde de serenidad para aceptar con humildad y sencillez lo que es Tú voluntad! ¡Concédeme también la gracia de la prudencia y la sensatez para ser receptivo a escuchar tu voz! ¡Que mi corazón se una a tuyo, Señor, para que me sea sencillo discernir cuáles son tus designios para mi vida!

Del compositor polaco Henryk Górecki, su obra coral Amén op.35:

Un «Me gusta» al Señor

El auge de las redes sociales ha consolidado el término «seguidor» para referirse a las personas que siguen las opiniones y comentarios de otros sobre cuestiones de actualidad. Hoy puedes encontrar numerosas personas con millones de «followers» que ansían darle al «like» por un determinado comentario. Es curioso. Siglos antes de que la redes sociales pusieron de moda el término «seguidor» en la Biblia ya se distinguían dos tipos de seguidores: los que seguían lo malo, cuya consecuencia es la muerte, y los que seguían lo bueno que tenía como fin la vida. Dos formas antagónicas de seguimiento que ponen al hombre en la disyuntiva de seguir uno u otro camino.
Cuando uno lee el Antiguo Testamento observa lo recurrente que es la expresión «seguir a Dios» que implica un compromiso de entrega; todo mi ser humano centrado en el seguimiento al Padre. Es decir, todo mi corazón y toda mi voluntad entregada a Dios como centro de mi vida y de mi esperanza. Así, ese seguimiento a Dios es algo radicalmente antagónico al seguimiento que pueda hacerse de una persona en cualquiera de los ámbitos de las redes sociales, en las que si el personaje me aburre, ha pasado de moda, pierde interés o, simplemente ya no me gusta lo que dice, me doy de baja de su cuenta y dejo de seguirle.
En el Nuevo Testamento el término «seguir» está marcado por una profunda experiencia con Jesús, pero para convertirse en seguidor es necesario una llamada en el que el discípulo hace un reconocimiento de Jesús como su maestro y toma la decisión de seguirle incluso con la propia vida.
Razón importante para saber a quien sigo y quien me influye porque en la vida existen muchos seguimientos estériles e inútiles que nada aportan y que mucho distraen.
El seguimiento vital y fundamental del hombre debería ser el seguimiento de Cristo. ¿Lo sigo verdaderamente?

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¡Señor, me invitas a seguirte, a creer en ti, ponerme en camino y seguir tus huellas! ¡concédeme la gracia de tener esas actitudes que marcaron tu vida: de servicio, de generosidad, de entrega, de solidaridad, de liberación, de amor, de compasión, de perdón, de obediencia y entrega total a Dios y a su proyecto de salvación! ¡Concédeme la gracia de ser un testigo del Evangelio para poder anunciar a los que me rodean el reino de Dios! ¡Ayúdame a entender que tu seguimiento es un camino de Cruces y de servicio y que exige mucha renuncia, pobreza, humillación y sacrificio! ¡Que sea consciente, Señor, que el camino que me lleva a ti no conduce al desencanto sino a la realización plena y a la felicidad verdadera! ¡No he sido yo quien te ha elegido a ti, has sido tú quien me ha llamado por mi nombre! ¡Tú, Señor, muestras el significado de las parábolas y de tus enseñanzas, ayúdame a creer, vivir y amar el Evangelio estando siempre unido a ti! ¡Tú me invitas a ser tu discípulo, para que donde tú estés yo vaya contigo y para predicar la conversión al prójimo y experimentar la riqueza que es seguirte! ¡Dame, Señor, la fortaleza, la valentía y la sabiduría de renunciar a todo por ti, aprender a llevar contigo la cruz de cada día y negarme a mi mismo para seguirte! ¡Aumenta mi fe para poder seguir el camino que me propones porque quiero ser tu discípulo, abrazar, por amor a Ti, los problemas y el sufrimiento que pueda encontrar a lo largo del camino!

Jaculatoria a María en el mes de mayo: Bienaventurados los que te aman, María, porque en tus manos hallarán las riquezas que no parecen. Y, guiados por tus pasos, entrarán en posesión de Dios.

Como te lo puedo decir, cantamos hoy: