Mirar en el espejo de la humildad de María

Tercer sábado de septiembre, con María, Maestra de la humildad, en lo más profundo de mi corazón. La Virgen fue una persona que siempre buscó la justicia y vivió con gran humildad de espíritu. ¡Se comportó siempre con humildad! Pero ¿qué es exactamente la humildad? Hay tantas falsificaciones que podemos confundirlas con modestia, autodesprecio o, incluso, timidez. La humildad que gusta a Dios va por otros derroteros.

Los seres humanos aprendemos a mirarnos a nosotros mismos como somos y no como deseamos ser. Esta mirada oscila a menudo de la exaltación al juicio feroz: somos los mejores o los peores según sea nuestra mirada. Pero Dios tiene otra mirada sobre nosotros y es, a través de esta mirada, que descubrimos qué es la humildad. La humildad no es una cualidad que se obtiene por uno mismo, es el fruto de un camino humano y espiritual. La humildad surge del crecimiento en el conocimiento de cada uno en relación con el conocimiento de Dios. Así lo vivió la Virgen, escuela de humildad. Cuanto más consideramos quién es Dios y quiénes somos en la oración, más reconocemos cuánto nos ama sin importar nuestros supuestos méritos y más lúcidos nos volvemos acerca de nosotros mismos.

La humildad es uno de los mejores indicadores que definen la calidad de nuestra vida cristiana: los verdaderamente humildes son aquellos que saben que todo lo que han recibido viene de Dios y no se creen nada por encima de los demás. ¿No fue así la Virgen? Los humildes conocen su imperfección pero se saben amados infinitamente por Dios y ponen todos sus talentos para servir al Señor. ¿No lo vivió así la Virgen? Ella muestra como la humildad puede ser camino de felicidad, como indica el Evangelio de las Bienaventuranzas.

La humildad implica el enraizamiento de uno mismo en Cristo. Es el orgullo de sentirse hijo de Dios. Es un orgullo de pertenencia: el sentirse cristianos, el sentirse de Cristo. Es un regalo puro y gratuito de Dios, don que viene del Espíritu. El cristiano se siente orgulloso de depender de Jesucristo porque es Él quien nos hace libres y nos otorga la felicidad. ¿No fue esta la manera de entender la vida de la Virgen?

Quien descubre la humildad comprende que no puede confiar en sí mismo. Experimenta que si continúa viviendo su vida confiando solo en su inteligencia y fuerza de voluntad, terminará en un callejón sin salida, en vía muerta. Es la fe la que nos permite confiar en la fuerza de otro; los pobres de corazón saben que su Reino es seguro y los mansos que solo el Amor puede salvar. Por lo tanto, están orgullosos de pertenecer a Aquel que puede hacer todo. ¿No lo sintió así al Virgen?  

La humildad dice mucho de la capacidad que tenemos los hombres de recibir. Con frecuencia pensamos que la humildad solo está relacionada con el pecado. Que somos humildes, simplemente, porque reconocemos nuestro pecado. Pero, ¿cómo entender esta frase de Aquel que no tiene pecado: “Soy manso y humilde de corazón”? Jesús, verdadero Dios y verdadero hombre, es la máxima expresión de la humildad. Jesús es humilde porque es el Hijo que recibe todo del Padre. No pretende desempeñar un papel principal para ser el centro de atención: sabe que todo le es dado y que el Hijo no puede hacer nada sin el Padre. La humildad es el gran secreto de la vida de Jesús y es al mismo tiempo la fuerza magnética de su persona: su ser filial lo hace capaz de recibir todo de Dios. ¿No fue esta también la manera como lo vivió la Virgen?

La humildad es la habilidad de abrirse a la gracia de Dios dejando que el Espíritu Santo aumente en nosotros la capacidad de recibir: es la humildad la que lo hace posible. ¿No lo hizo así la Virgen el día de la Anunciación?

La humildad es en realidad una fuerza, una llamada a la gracia. La humildad hace que Dios se rompa ante el humilde. Por eso, como hizo María, hay que ir cada día en busca de la humildad. Es la mejor forma de ser claros sobre nosotros mismos en la escuela del Señor. Ser humilde te enseña a depender cada vez más de él, de su palabra y de su amor, para sentirnos orgullosos de llevar su nombre y de pronunciarlo. Como tan lejos estoy de ser humilde quiero hacer crecer en mi corazón, siguiendo la escuela de la Virgen, la virtud de la humildad, la capacidad de acoger toda la bondad que esta trae para llegar a ser como Jesús, verdadero hijo de Dios.

¡Madre, enséñame a ser humilde como lo fuiste tu! ¡Ayúdame a convertir cada gesto mío en un acto de humildad, un gesto que suponga una auténtica actitud interior, un gesto que nazca de la sencillez de mi corazón, un gesto que implique saberse en manos de Dios! ¡María, Madre de la humildad, tu eres mi modelo a seguir, tu pudiste mostrarte altanera y superior a los demás por ser la Madre de Dios pero siempre te comportaste con sencilla humildad, viviste en la simplicidad, en la sencillez, muéstrame el camino a seguir! ¡Tu humildad, Madre, nacida de la oración y de la profundidad de tu vida interior no tuvo más anhelo de esconderte a ti misma para ser reconocida exclusivamente por Dios, hazme propicio a vivir así mi vida ¡Ayúdame, Madre, a pensar menos en mi, a estar pendiente de mis cosas y de mis interiores porque deseo que mi corazón se abra a los demás! ¡Y dame la gracia, Madre, de adquirir un corazón humilde, sencillo, manso, generoso, paciente, caritativo y bueno, un corazón que se parezca al tuyo para crecer en vida interior y ser mejor persona en relación a los demás!

Ser iconos de Dios en el mundo

Celebramos la festividad de santa Clara de Asis, a la que estoy especialmente unido junto a san Francisco pues ambos han marcado profundamente mi espiritualidad. En una de sus cartas a santa Inés de Praga, Clara escribe: «Fija tu mente en el espejo de la eternidad, fija tu alma en el esplendor de la gloria, fija tu corazón en la figura de la divina sustancia, y transfórmate toda entera, por la contemplación, en imagen de su divinidad, para que también tú sientas lo que sienten los amigos cuando gustan la dulzura escondida que el mismo Dios ha reservado desde el principio para quienes lo aman». Bellísima enseñanza hacia el camino de la transformación y la metamorfosis interior.

La invitación de santa Clara, real y precisa, que sirve para los tiempos actuales, es someterse a los rayos de la divinidad para ser irradiado por Él. En definitiva, ¡a fuerza de contemplar a Cristo, con la mirada pero también con el corazón, la mente y el alma, tenemos la posibilidad de convertimos en otros Cristos, como diría San Pablo!

La propuesta de santa Clara, la mujer de vida transparente como su propio nombre indica, es que los seres humanos podemos convertirnos en iconos. Cada uno de nuestros rostros puede llegar a ser un icono para el prójimo; un icono en el que se refleje el rostro tierno, amoroso y misericordioso de Cristo. ¡Qué bello y, a la vez, que verdadero! ¿Es eso posible? Lo es porque la misión del hombre es convertirse en la tierra en iconos de Dios, rostros iluminados desde el interior, desde la pureza del corazón, portadores del misterio divino.

La invitación de esta santa que caracterizó su vida atiendo a la pobreza, la humildad y la caridad es que los hombres podemos ser deificados porque somos divinizables ya que la Transfiguración es una realidad en la tierra. Y el ser transfigurado transfigura toda la vida diaria. Así, convertirnos en un icono para los demás es nuestra responsabilidad ante Dios pues nuestro principal deber como cristianos es reflejar a Cristo en nuestras vidas.

Lo dejó escrito santa Clara en su Testamento: «Dios quiso que fuéramos modelos y espejos… para que todas sean modelos y espejos para quienes viven en el mundo».

En este día acojo en mi vida y en mi corazón esta invitación de Clara de Asís para hacer de mi vocación humana y cristiana un exaltación de la gloria de Dios y un testimonio permanente de la existencia del Dios en mi vida, que es la constatación vivida de sentir todo su amor.

¡Señor, que a imitación de Santa Clara sea capaz de descubrir en mi vida la experiencia mística de mi vocación cristiana; que sea una persona de oración diaria, rebosante de alegría espiritual, con un permanente contacto contigo que lo llenas todo en mi vida! ¡Señor, que de la mano de Santa Clara, mi relación contigo sea cada día una novedad vivificante, con un firme amistad contigo, una amistad impregnada de amor, generosidad, fidelidad y fe! ¡Que mi vida esté siempre sujeta a la ley del amor de Dios como predicaba Santa Clara! ¡Que sea capaz de convertirme en un icono de Dios en esta tierra, con mi rostro iluminado desde el corazón, para llevar al Hijo al mundo! ¡Ayúdame, Espíritu Santo, a ser contemplativo como Santa Clara para darle poso a mi vida, pero también activo en la transmisión de la fe a mi prójimo! ¡Que sea mi vida una permanente acción de gracias a Ti, a convertir mi vida en un espejo claro de tu presencia y hacer que Tu Amor divino y misericordioso penetre cada una de mis acciones, pensamientos y actividades! ¡Y como diría Santa Clara, aparta de mi interior todo estrépito para que mi mirada se fije únicamente en la intimida contigo como medio para llegar a Ti!

Invitado a la amabilidad

Segundo sábado de agosto, con María, Madre Amable, en lo más profundo de mi corazón. Y esa amabilidad de María es una invitación a mi propia amabilidad. Amable es aquel que tiene una actitud amorosa con el prójimo. La amabilidad va muy unida a la benevolencia y a la bondad para hacer que el amor se desborde. Consiste en hacer buenas obras que broten del amor, que se practiquen con la única intención de contribuir al bien de los que nos rodean. La amabilidad es un reflejo claro de Jesús, carne de María. Amable es el que perdona. El que disculpa los errores de los demás. El que desea el bien ajeno. El que sabe interpretar el bien. El que no juzga presuroso. El que acoge al que sufre. El que se preocupa de las necesidades del otro. El que es caritativo. El que se generoso. El que ama al que le ha hecho daño. El que siempre hace el bien. El que presta su ser sin esperar nada a cambio. El que consuela. El que se anticipa a una necesidad ajena. La amabilidad surge siempre de un corazón abierto dispuesto a amar y a entregarse. Con estos mimbres, ¿me puedo considerar una persona amable? ¿Con quién o quiénes soy amable? ¿Con quién o quiénes me cuesta ser amable? ¿Me puedo considerar como María, Madre Amable, amable por encima de cualquier cosa? Ella alegre siempre, generosa siempre, caritativa siempre, servicial siempre, humilde siempre, bondadosa siempre, dispuesta a darse al otro siempre. ¿Soy así? ¡Dame, María, un corazón grande para parecerme a ti!

¡María, Madre, dame un corazón grande, generoso, humilde, bondadoso, caritativo y servicial para parecerme a ti! ¡Guárdame, María, de la soberbia para que sea siempre generoso, abierto al amor al prójimo, para que mis palabras y mis actos reflejen siempre a tu Hijo, nacido de tus entrañas! ¡Enséñame, María, a abrir mi corazón y a poner en acción todas mis acciones, palabras y pensamientos para que desborden amabilidad! ¡Concédeme, María, un corazón grande donde quepan todos por igual, una mirada limpia para ver a todos con amor, un corazón generoso para que acoja siempre al prójimo sin mirar sus faltas, limitaciones o errores! ¡Concédeme, María, Madre Amable, ser una persona generosa como lo fuiste tu con el que más lo necesita! ¡Madre Amable, hazme parecido a ti!  

El hombre es un hombre pobre que necesita pedirle a Dios todo

Que fiesta tan hermosa nos propone hoy la Iglesia. Celebramos la festividad de san Juan María Vianney, patrono de los párrocos de todo el mundo. Este santo era un sacerdote humilde en una pobre y remota parroquia de la Francia rural. Sin embargo, su trabajo delicado, amoroso, servicial, generoso y entregado revela la fecundidad de la oración en el sacerdocio. Humilde en sus gestos, grande en su corazón. Estos es lo que hizo de este sacerdote un pastor santo. 

Una frase, de las muchas que escribió y en las que se refiere a la bondad y misericordia de Dios, resume el pensamiento de este santo francés: «El hombre es un hombre pobre que necesita pedirle a Dios todo». Conmueve esta breve frase porque testifica que la humildad con la que tenemos que vivir ofrecida por la grandeza de Dios y la belleza de nuestra vocación a la vida eterna. 

San Juan María Vianney era consciente de su pobreza, de su fragilidad humana y de sus debilidades pero siempre fue fiel a su vocación como sacerdote y con su vida quiso testimoniar su amor profundo por Jesucristo tratando de ganar, jornada a jornada, almas para Él.

Cuando fue enviado a Ars, un pequeño pueblo de no más de 300 habitantes, logró despertar la fe de sus feligreses pero no solo con su vibrante predicación sino con lo más importante, con su vida de oración y su coherencia de vida. Se siente pobre ante la misión que tiene encomendada pero no hay día que no se deje llevar por la misericordia de Dios. ¡Este es el testimonio del cristiano! Asediado por muchas pruebas y obstáculos su corazón, tan enraizado en Dios, no perdió nunca la fe y la esperanza.  

¿Qué aprender de este santo? Nuestra libertad para sentir el amor de Dios en nuestro corazón. Un amor que nos permite ver a Cristo en cada uno de nuestros hermanos para darnos a ellos, servirles, quererles, ayudarles, aliviar su sufrimiento, permitir que alcancen la felicidad, que se sientan libres abrazados al amor de Dios, acompañarles en todas sus dimensiones. 

En su día, por ser el patrón de todos los sacerdotes, quiero llevar especialmente en mi corazón a tantos sacerdotes que han marcado mi experiencia humana y espiritual. Quiero confiar su ministerio y su vocación sacerdotal a su santo patrón. Dar gracias a Dios por la belleza del sacerdocio, instituido por Jesucristo, y orar por las vocaciones sacerdotales. Hoy es una jornada alegre, festiva, gozosa. La vida de san Juan Maria Vianney es una llamada universal a la santidad. Y, aunque estoy muy lejos de lograrla, el santo cura de Ars nos muestra el camino a seguir: dejarse santificar por Dios, tomar los medios de esta unión con Dios, aquí en la tierra y por la eternidad.

¡Señor, por medio del cura de Ars, quiero pedirte por tus sacerdotes, institución la del sacerdocio creada por para continuar en la tierra tu obra de salvar almas! ¡Señor, acógelos y llénalos de tu amor para que sus palabras sean las tuyas, sus obras sean las tuyas, sus gestos sean los tuyos, su vida reflejen tu presencia en sus vidas! ¡Hazlos testigos de tu Buena Nueva del Evangelio, fieles en su compromiso, su vocación y su entrega! ¡Especialmente te pido por todos los párrocos del mundo para que sean fieles servidores de su comunidad eclesial, que conviertan sus parroquias en centros donde impere el amor y el servicio, que sean capaces de vivir con la alegría de un don tan grande como el sacerdocio! ¡María, Madre, Reina de los sacerdotes, llénalos de tu amor y acompáñales en su vocación! ¡Te pido por los sacerdotes que han perdido la fe, que tienen dudas, que sufren incomprensión, que están perseguidos por lo que representan, los sacerdotes tibios, por los que están enfermos; hazlos santos, Señor! ¡Bendice, Espíritu Santo, cada día los trabajos de los sacerdotes, fortalece sus fatigas, haz firme su vocación, vivificante su oración, vivida la manera en que imparten los sacramentos! ¡Aumenta, Señor, las vocaciones sacerdotales para que tu Iglesia pueda seguir difundiendo por el mundo la Verdad de tu Evangelio! ¡Yo te pido especialmente por todos los sacerdotes que han pasado por mi vida, gracias Señor porque han dejado el sello de tu amor!

¡Un amor que puede hacer que nuestras vidas sean verdaderas y benditas Eucaristías!

Me regocijo cuando leo el Evangelio. Es un canto permanente al amor, a la amistad, a la vida… Pasajes repletos de testimonios de amistad sincera, de renuncias, de encuentros inesperados que transforman corazones. Las lágrimas de Jesús en la tumba de Lázaro, el salto del pequeño Juan en el vientre de su madre cuando ésta se encuentra con la Virgen también encinta; el mismo Juan lleno de alegría en las aguas del río Jordán al escuchar la voz de su primo; en el otro extremo del Evangelio con el “¿Me amas?” de Jesús a san Pedro y la respuesta firme de este: ¡Señor, tu lo sabes todo, tu sabes que te amo!”; los encuentros con el centurión, la mujer samaritana, el encuentro con María Magdalena… Si seguimos el camino de la amistad a lo largo del Evangelio, nos convertiremos en amigos de Jesús y haremos, con Jesús, muchos amigos.

La amistad que Cristo comparte con sus apóstoles me impresiona sobremanera. Esa ternura especial con san Juan, el discípulo amado, al que le encomienda hacerse cargo de su Madre; con la fuerza de una amistad incondicional, incluso podría decirse obstinada, por Judas… en el mismo momento en que el apóstol le traiciona y está a punto de entregarlo, lo llama ¡mi amigo! Y Él, Jesús, va a renunciar a su vida por él y por cada uno de nosotros dejando patente que no hay amor más grande que dar su vida por sus amigos. Incluso en la desesperación Judas, cuando es consciente de la locura de haber traicionado al Amigo, se produce un emotivo testimonio de amistad. ¡Sorprendente!

Las amistades que se nos dan para vivir diariamente y que tratamos de escribir día a día de nuestras vidas son, en general gracias del Evangelio, pero quizás deberíamos evangelizarlas más. ¡Debemos asegurar el sabor del Evangelio en cada una de nuestras amistades! Gratitud, escucha atenta, generosidad, humildad, entrega, servicio, recuerdo del amor en Dios nuestro Padre, corazón universal, un amor de amistad que podemos extraer de cada Eucaristía, que podemos recibir del mismo Corazón de Jesús, nuestro Amigo, amigo de todos. ¡Un amor que puede hacer que nuestras vidas sean verdaderas y benditas Eucaristías!

¡Señor, quiero imitarte en tu relación con tus amigos; abrirles el corazón y llenarme de su amistad! ¡Te pido, Señor, que bendigas a cada una de las personas que quiero, a mis amigos, y revélate en cada uno de ellos con tu amor, tu misericordia y tu poder! ¡Señor, envía sobre ellos tu Santo Espíritu para que se convierta en el guía de su vida! ¡Cuando sufran, Señor, o tengan dificultades del tipo que sea, conviértete tu en el sostén de su vida y dales paz en el corazón! ¡Cuando en sus vidas, las dudas aparezcan y la incerteza se asiente en su corazón, llénalos de confianza y dales mucha fe para que desistan del camino! ¡Cuando el cansancio haga mella en su vida, dales la fuerza para resistir los embates de la vida! ¡Cuando el miedo se presente en su vida, revélales tu cercanía y hazles ver que caminas a su lado y nunca los abandonas! ¡Señor, bendice con tu amor a cada uno de mis amigos, bendice sus esperanzas, sus alegrías, sus penas, sus dudas, sus luchas, sus retos, sus sueños, sus travesías, sus incertezas, su vida espiritual, su vida familiar, sus trabajos! ¡Hazte presente, Señor, en sus vida como hiciste con cada una de las personas con las que te encontraste en cada pasaje del Evangelio! ¡Gracias, Señor, por escuchar mi oración!

El humus de un ser humilde

La semana pasada visité unas instalaciones agropecuarias de un cliente. En una de sus fincas el hedor del abono era intenso. Volviendo en el tren de regreso a mi ciudad me vino a la mente que la palabra humildad viene del latín humus, la sustancia compuesta de la descomposición de los restos orgánicos de la tierra que los agricultores esparcen para fertilizar sus campos. Una materia orgánica que provoca mucho hedor; es lo más simple y esencial para dar vida a la tierra, para que sea posible dar frutos.

La humildad es el diminutivo de este humus; vendría a ser lo más pequeño de lo más pequeño. Implica hacerse pequeño entre lo pequeño. Cuando nos llenamos de nosotros mismos o de cualquier otra cosa el lugar que Cristo debería ocupar en nuestro interior ya no se hace presente. Borramos la humildad de un plumazo. Humildad. Lo primero que nos dice Cristo de si mismo es que es humilde. Humilde de corazón. El ha venido a acoger a los pobres y a los humildes. 

La grandeza de nuestro Dios recae en una cruz. Los cristianos proclamamos ¡un Dios humillado! ¡Un Dios humilde! ¡Tanto que parece haber perdido su dignidad colgado en la cruz! Predicamos que creer en Dios es amar de la única manera que es posible amar al prójimo: con sencillez de corazón. Pero para amar es imprescindible desprenderse de los yoes personales, estar dispuestos a desnudar nuestros egoísmos, hacerlo imitando a Cristo que aceptó la cruz. Es Él quien nos invita a descubrir el misterio de la humildad. Es una humildad que parte de la pobreza humana, del desprendimiento, de la simplicidad, del amor. Darse a los demás es lo que da sentido a nuestra existencia. Es una invitación a olvidarse de uno mismo y de nuestro egocentrismo para poner al otro en el centro.

Por eso le pido al Señor que en la vida de cada día tener la capacidad y la perspectiva de saber ser humilde. De comprender que la perspectiva de la cruz es lo que trasciende todo, que en ella recae todo el poder y toda la fuerza. Cada uno de nosotros tiene que saber interpretar que representa esto para su vida. Hemos de saber ser humildes sin humillarnos. Hemos de tener la perspectiva de un Dios que se abaja y que nos invita a nosotros a hacer lo mismo porque la perspectiva del abajamiento es lo que nos permite sentir que Dios se hace presente. Y la vida de cada día implica en infinidad de ocasiones escuchar, acompañar, perdonar, empatizar con los otros… con humildad de corazón.

La humildad toma muchas formas pero en todas ellas exige de cada uno una donación, un abajamiento. Y Dios nos invita cada día a hacer esto: saber descubrir la grandeza del humus de la humildad, saber amar las cosas sencillas de la vida, descubrir su amor en el prójimo, descubrir que en lo pequeño está la raíz esencial de nuestra existencia. ¡Pero cuanto cuesta ponerlo en práctica!

¡Quiero, Señor, acercarme cada día a Ti para ser más humilde porque cuando más lo sea más cerca estaré de tu corazón! ¡Señor, cuánto me cuesta reconocer que la humildad es la respuesta a la experiencia de tu presencia en mi vida! ¡Señor, hazme comprender que la humildad es el reino de Tu Corazón en mi porque Tú amas al humilde, a los pequeños y a los débiles! ¡Ayúdame a ser pequeño, muy pequeño, para ganar mi alma para Ti y ganar también almas para el cielo! ¡Ayúdame, Señor, a regar el árbol de la humildad para que mi vida no se seque con el orgullo y la soberbia! ¡Señor, ayúdame a servirme de mis miserias para crecer humana y espiritualmente!  ¡Te pido, Señor, la gracia de la humildad para aprender a perdonar, para aceptar las críticas, para soportar los fracasos, para atenuar las dificultades, para evitar imponer mi voluntad en todo y a todos, para sentirme pequeño, para no molestarme cuando me corrijan, para tener un espíritu autocrítico! ¡Señor, ten piedad de mí y dame la gracia de la humildad! ¡Dame la gracia para que mi corazón se serene cuando me desprecian, o se olvidan de mí o la gente se me muestra indiferente, cuando no se toman en cuenta mis opiniones o no se hace lo que yo pienso! ¡Dame, Señor, la gracia de la humildad , paraque mi corazón se abra a la bondad y al servicio, a la entrega y a la generosidad! ¡Dame, Señor, la gracia de tu amor y envía tu Espíritu sobre mí para adquirir un corazón humilde, paciente, bueno y manso!

¿Por qué Dios acepta —y tolera— la presencia de Satanás y no lo hace desaparecer?

Contemplo el mundo. Contemplo la sociedad en la que vivo. Contemplo las políticas radicales en materia moral y social de mi gobierno y de otros gobiernos en el mundo. Contemplo el hedonismo y el individualismo imperante en la sociedad. Contemplo como se imponen en el mundo políticas que atentan contra la vida, la libertad, los valores cristianos. Contemplo como las fuerzas del mal avanzan. Contemplo como el demonio campa a sus anchas. Contemplo como tantos relajan sus costumbres… y me pregunto: ¿Por qué con el poder que tiene Dios no hace desaparecer a Satanás y su cohorte de malvados demonios que propagan el mal con el poder que tiene, Él que es soberano y todopoderoso? Porque si lo hiciera no se produciría tanto daño moral y humano en el mundo, no se destruirían tantas familias —la base fundamental de la sociedad—, se respetarían los derechos del otro, habría menos violencia… ¿Por qué no lo hace Él que es creador de todo y que tiene el poder de arrojarlo de una vez por todas al fuego del infierno? ¿Por qué no lo hace teniendo en cuenta tanto daño, dolor, desgracia y destrucción que provoca el Príncipe del Mal? ¿Por qué Dios acepta —y tolera— la presencia de Satanás?

Esta idea me ha surgido al abrir hoy aleatoriamente el Evangelio y encontrarme con esta cita de san Pablo: “para los incrédulos, cuyo entendimiento cegó el dios de este mundo para impedir que vean brillar el resplandor del Evangelio de la gloria de Cristo, que es imagen de Dios.” ¡Esta es la clave! ¡Satanás odia profundamente la Buena Nueva del Evangelio! ¡La odia profundamente! ¡Odia la obra maravillosa de Cristo! Y esta frase es el indicio fundamental del por qué Dios da rienda suelta al maligno. Lo que Dios pretender es dar realce, sustentar y engrandecer la gloria de su Hijo por medio del evangelio de la vida.

La manera que tiene Dios de derrotar al Príncipe del Mal es haciéndole glorificar el poder que tiene Cristo por ser el mismo Dios y hacerle glorificar su hermosura, su belleza, su poder, su valor, su gracia y su atractivo. Bastaría con que Dios levantara un dedo y el poder de Satanás quedará aniquilado, borrado de la faz de la tierra. Con ello Dios lograría glorificar de una manera sublime el poder de Jesús. Pero actuando así no clarificaría el valor y el poder supremo de Cristo sobre el demonio. 

Actuando así no permitiría que se mostrara con toda luminosidad la belleza y el poder que tiene la humanidad de Cristo, su mansedumbre, su bondad, su humildad, su generosidad, su modestia, su misericordia, su benignidad, su dulzura y, sobre todo, ese amor despojado de si mismo que se manifestó claramente muriendo por el ser humano en la Cruz. El principio fundamental del Evangelio es mostrar la gloria del Dios crucificado y dejar en evidencia al Príncipe del Mal para que la humanidad entera sea consciente de que desde la oscuridad se llega a la luz y que en una cruz radica todo el poder de Dios. Y que contemplando la cruz, contemplando al Dios Amor, el ser humano renuncie a las mentiras de Satanás para acoger y aceptar la belleza sublime del Cristo que se manifiesta en toda su grandeza en cada página de los Evangelios.

¡Claro que Dios puede levantar un dedo y aplacar a Satanás! Pero la vida de Cristo muestra que el camino es el de la cruz donde radica su triunfo. Cristo sufrió para triunfar sobre el mal y por eso el mundo también sufre. Si Dios, el mismo Cristo hecho hombre, destruyera al demonio y todo su mal, manifestaría la gloria de su poder pero la belleza de su poderío, siempre por encima del bien y del mal, no brillaría del mismo modo que cuando la humanidad entera, creación suya, renuncie a las mentiras, promesas falsas y engaños de Satanás.

Dios, que hecho Hombre murió en la Cruz, sabe del poder redentor de la sangre de Cristo, de la justicia de Cristo, de la verdad de Cristo y cada segundo goza con la gloria de Jesús que se manifiesta y se revela en cada página del Evangelio. Y somos nosotros, los seres humanos, quienes debemos tomar con libertad partido en nuestra vida: o por la verdad de Dios que lleva a la felicidad, el gozo y la gloria eterna o por las mentiras del demonio que invade tu vida de orgullo, tristeza y desazón y te aboca al fuego del infierno. El demonio seduce con sus mentiras, pero ¿por cuál de las dos opciones me decanto yo?

Quisiera que mi oración de hoy sea la escrita por el Papa León XIII dedicada a San Miguel Arcángel, inspirada por el Espíritu Santo, tras una visión en su capilla privada escuchando la espeluznante voz de Satanás desafiando a Dios:

¡Oh glorioso príncipe de las milicias celestes, san Miguel arcángel, defiéndenos en el combate y en la terrible lucha que debemos sostener contra los principados y las potencias, contra los príncipes de este mundo de tinieblas, contra los espíritus malignos! Ven en auxilio de los hombres que Dios ha creado inmortales, que formó a su imagen y semejanza y que rescató a gran precio de la tiranía del demonio. Combate en este día, con el ejército de los santos ángeles, los combates del Señor como en otro tiempo combatiste contra Lucifer, el jefe de los orgullosos, y contra los ángeles apóstatas que fueron impotentes de resistirte y para quien no hubo nunca jamás lugar en el cielo. Si ese monstruo, esa antigua serpiente que se llama demonio y Satán, él que seduce al mundo entero, fue precipitado con sus ángeles al fondo del abismo.

Pero he aquí que ese antiguo enemigo, este primer homicida ha levantado ferozmente la cabeza. Disfrazado como ángel de luz y seguido de toda la turba y seguido de espíritu malignos, recorre el mundo entero para apoderarse de él y desterrar el Nombre de Dios y de su Cristo, para hundir, matar y entregar a la perdición eterna a las almas destinadas a la eterna corona de gloria. Sobre hombres de espíritu perverso y de corazón corrupto, este dragón malvado derrama también, como un torrente de fango impuro el veneno de su malicia infernal, es decir el espíritu de mentira, de impiedad, de blasfemia y el soplo envenado de la impudicia, de los vicios y de todas las abominaciones. Enemigos llenos de astucia han colmado de oprobios y amarguras a la Iglesia, esposa del Cordero inmaculado, y sobre sus bienes más sagrados han puesto sus manos criminales. Aun en este lugar sagrado, donde fue establecida la Sede de Pedro y la cátedra de la Verdad que debe iluminar al mundo, han elevado el abominable trono de su impiedad con el designio inicuo de herir al Pastor y dispersar al rebaño.

Te suplicamos, pues, Oh príncipe invencible, contra los ataques de esos espíritus réprobos, auxilia al pueblo de Dios y dale la victoria. Este pueblo te venera como su protector y su patrono, y la Iglesia se gloría de tenerte como defensor contra los malignos poderes del infierno. A ti te confió Dios el cuidado de conducir a las almas a la beatitud celeste. ¡Ah! Ruega pues al Dios de la paz que ponga bajo nuestros pies a Satanás vencido y de tal manera abatido que no pueda nunca más mantener a los hombres en la esclavitud, ni causar perjuicio a la Iglesia. Presenta nuestras oraciones ante la mirada del Todopoderoso, para que las misericordias del Señor nos alcancen cuanto antes. Somete al dragón, la antigua serpiente que es diablo y Satán, encadénalo y precipítalo en el abismo, para que no pueda seducir a los pueblos. Amén

– He aquí la Cruz del Señor, huyan potencias enemigas.

Venció el León de Judá, el retoño de David

-Que tus misericordias, Oh Señor se realicen sobre nosotros.

Como hemos esperado de ti.

-Señor, escucha mi oración

Y que mis gritos se eleven hasta ti.

Oh Dios Padre Nuestro Señor Jesucristo, invocamos tu Santo Nombre, e imploramos insistentemente tu clemencia para que por la intercesión de María inmaculada siempre Virgen, nuestra Madre, y del glorioso san Miguel arcángel, te dignes auxiliarnos contra Satán y todos los otros espíritus inmundos que recorren la tierra para dañar al género humano y perder las almas. Amén 

Caminar con María al ritmo del Evangelio de la vida

Tercer sábado de mayo con María, la Mujer que sabía guardarlo todo en el corazón, en lo más profundo de mi ser.
He aprendido con el paso de los años que las cosas verdaderamente importantes las vas madurando interiormente y conservando en lo más profundo de tu corazón. Crecen en ti silenciosa y pausadamente. Esta fue la manera conque la Virgen, humilde y sencilla de corazón, aprendió a vivir y caminar por la vida, al ritmo del Evangelio de su Hijo a la que tanto dio y del que tanto recibió.
El corazón es el sagrario del ser humano. Allí depositas tus pensamientos, tus anhelos, tus sentimientos más profundos… dejas que esa semilla germine y dé frutos maduros después de transcurrido un tiempo. Cualquiera que sea su origen y su aspecto, el fruto contiene y protege a las semillas durante su desarrollo, contribuye a su dispersión una vez han madurado y atrae hacia sí seres vivos para que favorezcan su dispersión ulterior.
Mayo es un canto al corazón de María. Un corazón que dio frutos abundantes. Me imagino aquella mañana en la que se le aparece el ángel y le lanza aquel mensaje extraordinario, sorprendente y estremecedor. Ser Madre de Dios. Y después de su sí, valiente y humilde, María lo guardó en lo íntimo de su corazón a la espera de que ese acontecimiento se manifestara por si mismo. Y cada jornada, cada minuto de su vida, María vivió al ritmo del Evangelio con su alegría, su servicio, su amor, su entrega al prójimo, su generosidad, su amabilidad, su humildad… Ella seguía siendo la misma que Dios había escogido, Ella seguía la senda que Dios había trazado para su ser pero en realidad, por esa capacidad de llenar su corazón, su interior se iba transformando. Se transformaba al ritmo del Evangelio de la vida.
María calló. Dejó madurar aquel acontecimiento extraordinario. No habló de aquel anuncio que cambió la historia de la humanidad con san José, no lo hizo con su Madre santa Ana, ni con sus amigas de Nazaret, ni con el rabino de su sinagoga, ni con las vecinas de su aldea. No era necesario para ella. Ese anuncio que había cambiado su vida, que iba a transformar el mundo, ese anuncio que podía ser proclamado para darle relevancia humana ante los ojos del mundo, Ella lo vivió puertas adentro. Lo vivió desde la interioridad. Desde el silencio. Desde la hondura íntima y confiada resultado de su fiat a Dios. Lo vivió, en definitiva, al ritmo del Evangelio. Del evangelio de la vida, ese que llevaba ya en sus entrañas de escogida para ser Madre de Dios.
Y de su mano quiero vivir yo también la vida al ritmo del Evangelio de Jesús pero hacerlo desde el principio que para caminar debe germinar en mi interior el crecimiento espiritual, madurar en lo íntimo de mi corazón el plan que Dios quiere para mi, amueblar el proyecto que ha previsto para mi, interiorizar aquello que espera de mi, abrirme al sí para hacer su voluntad. Vivir como hizo María al ritmo de la Evangelio de la vida. Y dejar como hizo María que en el sagrario de mi corazón la semilla plantada por Dios me permita ser un auténtico ser insertado en Cristo, evangelio vivo camino, verdad y vida.

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¡Señor, aquí estoy en mi pequeñez y mi fragilidad aprendiendo de María, tu Madre, a vivir al ritmo del Evangelio! ¡Aquí estoy con el corazón abierto a la luz de la vida, acogiéndote en el corazón, contemplando tu mirada, transitando por la vida siguiendo tus pasos, buscando tus huellas para que marquen el ritmo de mi propia vida! ¡Con María trato de guardarlo todo en el corazón, Señor, pero a veces hay demasiado ruido, demasiada cosas me distraen y nos soy capaz de ser un solo corazón contigo! ¡Acudo a tu Madre, Señor, para que me corazón repose la verdad de tu Evangelio, mi corazón se abra al infinito, a tu amor, a tu verdad, a tu llamada, a tu invitación a la santidad, la entrega, la humildad, la generosidad, a la escucha del mensaje de tu Evangelio de vida! ¡Me llamas, Jesús, me invitas a seguirte y hacer como tu Madre, dejar de lado todo lo superfluo, todo lo que es vacío y frágil, todo lo que no tiene importancia para centrarme en lo esencial que eres Tu! ¡Me llamas, Señor, como hizo tu Madre a dejar de lado aquellos amores corruptibles, a esos amores esterotipados, a esos amores mundanos y a caminar contigo al ritmo del Evangelio de la vida que mira siempre hacia la eternidad! ¡Como tu Madre, Señor, quiero que mi corazón pequeño y frágil acoja la verdad de la vida y desde la libertad de respuesta a la llamada de tu Padre y diga si a su voluntad! ¡Quiero, Señor, como tu Madre, ser peregrino de la vida, con tu Evangelio como guía maestra de mi caminar como una única forma de dar sentido a mi vida! ¡Como tu Madre, Señor, guardarlo todo en el corazón y dejarse llevar por el viento suave de tu Espíritu, conducido por una fe cierta, una fe firme y una fe esperanzada! ¡Hazme, Señor, como fue tu Madre, discípulo vivo del amor y lánzame en esta pascua por los caminos de la vida para anunciar la Buena Nueva de tu Evangelio de esperanza, de amor y de paz! ¡María, Madre de la gracia, portadora del fruto del Espíritu, servicial y solícita, que lo guardaste todo en el corazón y anunciaste con tus silencios y tu vida las maravillas de Dios, concédeme un corazón dócil a las inspiraciones de tu Hijo, un corazón sencillo y humilde como el tuyo, un corazón nada soberbio para darme a los demás y transmitir mucho amor, un corazón desprendido de lo intrascendente y siempre alegre en medio de los obstáculos y dificultades que se me presentan! ¡Hazme, María, ejemplo vivo del Evangelio de la vida! ¡Todo tuyo, María, Madre, siempre tuyo para ir por la vida con el orgullo de sentirme hijo tuyo!

Con flores a María (Obsequio espiritual a la Santísima Virgen María)
María, Madre, tú sabías reflexionar y animar, sabías curar las angustias: enséñame la virtud de la prudencia y no dejes que me ahogue en un vaso de agua.
Te ofrezco: tener hoy pensamientos positivos y de esperanza.

Dos gestos, una misma realidad

«Haced esto en memoria mía», «Os he lavado los pies, lavaros los pies los unos a los otros». ¡Dos llamadas del Señor en esta fiesta del Jueves Santo!
Para que quienes le amamos y seguimos entendiéramos que está dando su vida libremente, Jesús hizo gestos sobre el pan y el vino, que acompañó con palabras. Con estos gestos y estas palabras, dice que su cuerpo será quebrado y entregado al mundo, que su sangre será derramada y dada por todos.
Esta señal que anuncia su muerte inminente se convierte en un sacramento, la Eucaristía, que sus discípulos no dejaremos de celebrar en memoria suya para que comprometidos con Él entendamos el regalo que hace de su vida. Para terminar, Jesús dijo: «Haced esto en memoria mía». Al tomar estos gestos y estas palabras, los cristianos reconocemos la presencia de Cristo como nuestro Maestro y Salvador.
En esta liturgia del Jueves Santo, se nos recuerda otro gesto de Jesús, el lavatorio de los pies sucios y polvorientos de sus discípulos. ¿Por qué esta otra acción de Jesús, esta otra señal? Es la gran herencia del servicio. Es el gran ejemplo que nos da para cada uno podamos también hacer al prójimo lo que Él hizo por nosotros. Lavar los pies es como lavar los pecados y así limpios del mal poder acceder al banquete divino al que Él nos invita cada día.
El gesto del lavatorio de los pies te obliga a inclinarte, a arrodillarte ante el otro. No te convierte en un maestro, porque es un gesto de un humilde servidor. Significa profundamente que es la persona frente a ti lo que cuenta. Hace eco de este desafiante y al mismo tiempo amoroso dicho de Jesús: «He venido para que el mundo tenga vida».
Lo reviviremos nuevamente esta noche en silencio absoluto y confinados en nuestros hogares. Es la gran oportunidad para dejar que el Señor aumente en nosotros el espíritu de servicio en el corazón de nuestra vocación como esposos, padres de familia, hijos, hermanos, amigos… En el momento del lavatorio pensaré en todos ellos para tratar de hacer de mi vida un servicio a los demás. Comprender que sin la impronta del servicio, sin la actitud de siervo que nace de los más profundo de mi corazón, todas las celebraciones, todas las acciones, todos los actos vinculados a mi ser cristiano carecen de sentido y se convierten en paja dispersada por el viento. Es no comprender el «Amaos los unos a los otros como yo os he amado».
La Eucaristía y el lavatorio de los pies son dos acciones diferentes, pero vinculadas a una misma realidad: Jesús nos ofrece su vida libremente y por amor. ¡Qué sublime enseñanza! En cuanto al gesto eucarístico, lo hará en memoria nuestra, una acción que sigue al gesto del lavado de los pies: como te lavé los pies, tú también debes lavarle los pies al otro.
En este Jueves Santo no puedo estar más que agradecido al Señor, no puedo estar más alegre por este profundo don de un amor tan grande que Jesús nos ha legado con su humilde enseñanza. Hoy abro mi corazón de par en par para que la gratitud, la esperanza, el amor y la alegría me transformen interiormente y me otorguen la fuerza para amar a los que me rodean con el mismo amor y el mismo servicio que nos legó Jesús.

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¡Señor, en este Jueves Santo no nos lavas de manera teórica sino viva y real y te doy gracias; te doy gracias por nos lavas con tu Palabra, con tu presencia viva! ¡Haz, Señor, que tus palabras y tu presencia las acoja en mi interior con el corazón abierto, con oración profunda, con fe cierta, para que se convierta para mi en una fuerza que purifique, sane y sea motivo de entrega al prójimo! ¡Señor, necesito que laves mis pies porque sabes que hay mucha suciedad e inmundicia en mi soberbia, en mis palabras vacías, en mis juicios ajenos, en mis prejuicios, en mis comportamientos egoístas, en mis falsedades, en mis vanidades, en mis acciones; Señor sabes lo que me ofusca y me aparta del bien, lo que contamina mi interior y me aleja de mi santidad! ¡Lávame, Señor, para renacer limpio al encuentro del prójimo, para encontrarme contigo en la Eucaristía con un alma purificada, con un espíritu nuevo! ¡Señor, quiero amarte más, quiero amar más al prójimo, quiero que mi vida no esté centrada en mi mismo sino como tu nos enseñas hoy a vivir por los demás, en una actitud de servicio permanente! ¡Señor, Tú nos entregas hoy de manera generosa y cierta tu vida, quiero llenarme intensamente de tu amor infinito! ¡Hazme, Señor, vivir en el presente de tu existencia y no alejarme jamás de Ti! ¡Señor, en este día santo te pido la gracia de aprender a vivir con mucho amor y con el corazón siempre abierto a tu gracia el misterio de la Eucaristía! ¡Ayúdame, Señor, a no vivir de egoísmos estériles y aprender a levantar la mirada y el corazón para orientarme a ti y no a las cosas mundanas! ¡No permitas, Señor, que el mal entre en mi para que no falsifique y ensucie mi corazón porque lo único que quiero es ser capaz de ver la presencia de Dios en la realidad de la vida! ¡Ayúdame como hiciste tu a mirar el mundo y a quienes me rodean con ojos de amor, reconociendo en el prójimo a Ti cuando me necesiten, me requieran, busquen mi consuelo o mi palabra! ¡Señor, que mi vida sea un permanente partir el pan porque así demostraré que me preocupo de los demás, que soy hospitalario, que me uno a ellos en el compartir! ¡Tu, Señor, te nos das en el pan partido, en el darte hasta la muerte! ¡Señor, gracias por esta enseñanza en este Jueves Santo, gracias porque no es pan y vino terrenales lo que nos ofreces sino la comunión contigo para la transformación del mundo, para hacer de nosotros hombres nuevos! ¡Señor, yo creo, espero, adoro y te amo!

Un corazón que palpita la alegría del encuentro

Cuaresma. Tiempo de reconciliación. De cambio. De conversión. De transformar la vida. De encontrar el sentido de la vida. De buscar el perdón de Dios. El Evangelio te invita a acercarte a Cristo desde el desierto de tu interior. Y desde ese encuentro con Él, con ese unirse a su amor tierno y a la vez vivaz, uno reciba la sanación que necesita y el perdón que suplica.
En este tiempo de reconciliación la confesión es necesaria. Sin embargo, en este tiempo de confinamiento no puedes acercarte al sacerdote para decirle tus pecados. Pero existe la posibilidad de reconciliarte con el Señor por teléfono. El sacramento de la Reconciliación y el Perdón es un regalo sublime de la Iglesia. Necesito confesarme con frecuencia. Poner ante Dios los dilemas de mi vida, mis faltas y mis caídas para que Él las acaricie con misericordia, las perdone y me haga crecer humana y espiritualmente desde ellas. Necesito confesarme porque me siento pecador. Tengo esa necesidad de acercarme a la fuente de la vida y del perdón para que mi ser viva unificado con el Amor, que mi corazón camine en armonía con el ser de Jesús. Necesito que mi corazón —pobre, frágil, desarmado y tantas veces infiel— quede purificado porque sin el brillo de la gracia es difícil amar a Jesús. Necesito experimentar de una manera intensa y sanadora el perdón de Dios porque si no lo experimento en mi propio ser… ¿cómo seré capaz de perdonar a los demás?
Pero, sobre todo, es una necesidad vital porque cuando me levanto del confesionario, expulsando toda la inmundicia que hay en mi interior, me siento la persona más amada del mundo; siento la caricia de Dios; siento la ternura del Padre; siento la gracia desbordada en mi ser. Y mi corazón se sublima de alegría, de misericordia, de gracia, de paz y de amor. Me siento como el hijo pródigo abrazado por el Padre, con un corazón que palpita la alegría del encuentro.
Y lo más grato, más entrañable y más fascinante: siento el abrazo amoroso de Dios. Y siento cuanto me ama, cuanto me quiere y cuanto me comprende a pesar de mi pequeñez y fragilidad. Y, ante su mirada, me siento limpio, sanado y purificado para caminar al ritmo del Espíritu hacia la santidad soñada de la que tan alejado estoy.

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¡Gracias, Padre, por tus abrazos frecuentes a pesar de mis infidelidades y mis caídas! ¡Gracias, Padre, porque me acoges en la debilidad y me ayudas a crecer por medio de la confesión! ¡Concédeme la gracia de abrir siempre mi corazón para ser consciente de mis faltas, de los errores que cometo, del bien que debería hacer y no hago! ¡Concédeme la gracia, Padre, de vivir en orden y toca lo más profundo de mi corazón para abrirlo a la gracia y convertirme de manera sincera y profunda! ¡Padre, llena mi vida de gracia y fortalece mi debilidad para crecer en el amor, en el perdón, en la humildad, en la gracia, en la entrega, en la generosidad…! ¡Concédeme la gracia, Padre, de transformar mi corazón para asemejarlo al de Jesús! ¡Me postro ante Ti, Padre, arrodillado con mi pecado y te pido me perdones por tantas ofensas cometidas contra Ti y contra los demás! ¡Cúbreme, Padre, de tu amor y de tu misericordia y concédeme la gracia de la contricción y ayúdame a tener siempre un firme propósito para enmendar mis fallos, mis errores y mi pecado y la valentía y la firmeza para no volver a caer en tentación!