Girar como un carrusel

He terminado la lectura de una obra breve de Ibn Arabí, un filósofo y místico musulmán nacido en Murcia (España) a finales del siglo XII y fallecido en Damasco (Siria) a mediados del siglo XIII. Su obra, envuelta en el perfume de la delicadeza, se centra en la unicidad del ser tratando de reconocer en toda experiencia el rostro de Dios y en toda imagen de la naturaleza la huella indeleble del Creador.
Esta obra me ha permitido reflexionar el por qué los seres humanos vivimos a menudo obsesionados con lo material. En estos tiempos, envueltos como estamos por lo tecnológico hemos perdido el sentido de la vida o, mejor dicho, la hermosura que la vida nos ofrece. Lo observo en muchas personas con las que trato: existe mucha frustración y desazón porque esas personas nunca tienen suficiente y si lo tienen tampoco lo disfrutan porque el tener no te da la felicidad.
Cuando el ego existencial se basa en la búsqueda del disfrute, del poseer, del tener o del poder nuestra mente se nubla y nos convertimos en almas sin pena porque nuestra existencia gira como un carrusel que no hace más que dar vueltas sobre sí mismo.
Este girar sobre uno mismo tiene como efecto el nublar nuestra mente aislando nuestra capacidad de presencia y discernimiento. La clave para liberar las cadenas del egocentrismo radica en el discernimiento, es decir, en el despertar de la inteligencia del corazón.
Vivimos inexorablemente en la mediocridad, en una existencia que ha perdido sus verdaderos valores. Todos estamos llamados a vivir de acuerdo con esta verdad interna que literalmente nos arraiga en Dios, en el amor de Cristo.
La crisis que estamos atravesando en este tiempo es esencialmente espiritual. Hemos olvidado quiénes somos; esta pérdida de identidad nos trastorna. El mundo parece haberse quedado dormido en la horizontalidad en la que todo el mundo mas o menos se atasca para proteger sus activos y protegerse de los enemigos externos.
Desazona escuchar con harta frecuencia que estamos en guerra.¿Pero a qué tipo de guerra hacemos referencia? Ciertamente, puede haber un enemigo externo, o considerado como tal, pero a menudo perdemos de vista el hecho de que la gran guerra es luchar contra nuestro letargo espiritual en virtud de los dones que recibimos del Espíritu Santo y por nuestro ascetismo personal, pues ambos van en sinergia.
Este ascetismo personal se basa en dos pilares: la oración litúrgica, que es una oración de alabanza y acción de gracias, y la oración silenciosa que es la que te permite permanecer frente al Señor, sin propósito o espíritu de acción para dejarse amar por Él.
Al final, cualesquiera que sean las dificultades que encontremos en nuestra forma de vida, solo queda la presencia de Cristo, quien nos invita en todo momento a sofocar nuestras preocupaciones y reanudar incansablemente la dirección correcta que es buscar primero el reino de los cielos y su justicia, reino que conviene recordar está dentro de cada uno de nosotros.

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¡Señor, te pido me abras a la trascendencia, a lo finito, a la vida eterna! ¡No permitas, Señor, que me quede encerrado en aquellas cosas materiales que son pasajeras y mundanas! ¡Concédeme, Señor, la gracia de vivir con el corazón abierto a ti que lo das todo! ¡No permitas, Señor, que mi vida sea subirse a un carrusel que vaya dando vueltas sobre si mismo sino que lo haga siempre en la dirección que me marcas, siguiendo tus huellas y tus pasos! ¡Ayúdame, Señor, a abrir siempre mi corazón en la oración para abrirme a tu presencia, para encontrar en ti la razón de mi existencia, para llenarme de tu amor y ser capaz de darlo al prójimo; llenarme de tu misericordia y trasladarla a los que me rodean; para poner en solfa los verdaderos valores que tu nos enseñas y ponerlos en práctica! ¡Señor, que la mesura sea el principio que rija mi vida y no permitas que la búsqueda del placer, del poseer, del tener o del poder sean la constante que marque mi vida! ¡Espíritu Santo, renuévame, transfórmame, purifícame, lávame, transforma mi corazón y mi vida para hacerla lo más semejante a Cristo! ¡Ayúdame a ser capaz de reconocer en toda experiencia el rostro de Dios y en cada forma e imagen su huella divina!

Vivir la verdad y sin máscaras

Si uno lo analiza bien el ser humano es de por sí bastante complicado. Y cuando las complicaciones abruman cubrimos la impotencia que nos inunda por medio de máscaras. Dejas de ser tu para perder tu originalidad y acomodarlo todo a un apaño de medias verdades y poco originales justificaciones.
¿No es mejor vivir la vocación de cristiano, de padre o madre de familia, de amigo, de creyente, de profesional, de ama de casa, de estudiante o de lo que sea desde la autenticidad, la sencillez o la descomplicación?
Estamos porque hemos sido creados por un Dios que es Amor. Sin ese amor no somos nada porque todo nos viene regalado. Hay que aprender a dejarse moldear por la acción del Espíritu para que Cristo se encarne en mi persona, me llene, me impregne, me invada y me posea. Para que Cristo entre por completo en mi vida y la transforme desde lo auténtico y veraz. Es su Espíritu el que moldea esa frágil vasija de barro que conforma la vida. Delicada, quebradiza y vulnerable por fuera pero con abundantes dones por dentro pero no por méritos propios sino porque Cristo, motor de la historia y por tanto de vida, vive en cada uno. Entonces, logro que mi mirada sea su mirada, mis pensamientos sean sus pensamientos, mis actos sean sus actos, sus sentimientos sean los míos… en un acompasamiento de acciones y de gestos. Es decir, vivir con Cristo, en Cristo, para Cristo, por Cristo y desde Cristo.
Cuando esto ocurre te puedes desprender de las máscaras que en apariencia te «protegen» exteriormente pero que carcomen y devoran por dentro y que conforman parte de nuestra identidad impostada para redescubrir y mostrar como somos en realidad.
La esencia del ser cristiano es vivir la verdad y la autenticidad con todas sus consecuencias. No querer aparentar, fingir o disfrazarse sino agradar a Dios y hacer lo que Dios ha pensado de mí y para mí; supone aceptarme a mí mismo como «pensamiento de Dios», tal como soy, con mis límites y con mi grandeza. Esconderse de uno mismo no lleva a ningún lugar. El cristiano auténtico es aquel que tiene trasparencia de alma, que no se esconde detrás de un personaje, que su autenticidad va acorde con lo que hace, dice y piensa. El cristiano auténtico no necesita disfraces porque su espejo es Cristo, el más auténtico de los hombres. Él llena nuestro corazón y nuestra vida para vivirla en libertad. ¡Qué tranquilidad vital no tener que colocarse la máscara diariamente para fingir lo que no se es!

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¡Señor, envía tu Espíritu sobre mí para que me haga crecer en autenticidad y verdad! ¡Líbrame, Señor, de todas aquellas máscaras que entorpecen mi crecimiento como cristiano, como discípulo y seguidor tuyo! ¡Hazme tener plena conciencia, Señor, de que mi identidad es ser uno contigo! ¡Señor, tu me invitas a seguirte para ser sal de la tierra, luz del mundo, parte de la vida verdadera, fermento que da fruto, semilla que crece; eso no lo puedo lograr sin no soy auténtico a semejanza tuya! ¡Señor, tu me invitas a ser tu amigo, me has elegido para llevar tus frutos abundantes y para ser siervo de la justicia; es no lo lograré sin autenticidad cristiana! ¡Tu, Señor, me has convertido en siervo de Dios, en hijo espiritual de Dios, en hijo verdadero de mi Padre, me has hecho coheredero tuyo para compartir la herencia del cielo; eso no lo lograré sin autenticidad cristiana! ¡Tu Espíritu mora en mi, Señor, porque me soy templo morada de Dios, por estoy unido a Él en espíritu y vida, por soy miembro de tu cuerpo producto de la nueva creación, hecho a la hechura de Dios, llamado a ser santo en una sociedad que se aleja de la autenticidad; no permitas que caiga yo también en este quebranto! ¡Señor, soy una de las piedras vivas de Dios, soy miembro de tu linaje escogido, miembro de su Iglesia santa, enemigo del diablo, promotor de la alegría cristiana; no seré creíble si me escondo detrás de una máscara que no deja traslucir mi autenticidad como ser humano! ¡Señor, aspiro a ser como eres Tu, por eso quiero vivir en Ti, para Ti, por Ti y desde Ti! 

¿Es posible ser perfecto como el Padre celestial es perfecto?

Conciliar el ideal de perfección que tiene Dios con mi imperfección es una tarea ardua y difícil.  Pero el mensaje, pronunciando por Jesús al término de su sermón en el monte de las Bienaventuranzas, es claro: «Sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto» (Mt 5, 48).
La llamada de Jesús a ser perfectos es una norma que establece para cada uno de nosotros; siendo realistas, ¡parece imposible cumplirla! La exigencia de Jesús está fuera de toda duda pero, tal vez, lo mejor hubiese sido que seáis un tanto por ciento generosos, otro tanto por ciento honrados, otro tanto por ciento serviciales, otro tanto por ciento amorosos… o sed lo que podáis según vuestras capacidades.
Pero el mensaje es contundente: «Sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto». ¿Qué significa y qué implica ser perfectos en un mundo tan difícil de vivir y con tanta miseria que se acumula en mi interior? Dios, que es justo, misericordioso y, por encima de todo, amoroso es conocedor de nuestros pecados y no puede permitir que cada uno establezca por su cuenta sus propias normas. El ideal de la perfección es imposible de cumplir. Siendo realistas nadie la alcanzará por su naturaleza pecaminosa, por esa tendencia tan propia del ser humano de caminar aferrados a la soberbia, al egoísmo, al rencor, a la falta de caridad, al juicio ajeno, a buscar sus propias comodidades…
Ante este panorama, ¿vale la pena esforzarse? ¿compensa vivir, tratando de llegar a la perfección aún a sabiendas de que nunca llegaré a ser perfecto? Vale la pena y compensa porque hay un elemento que lo puede todo. La gracia. La gracia santificaste de Dios que se derrama sobre cada uno como un don sagrado. Entre lo que uno es y lo que está llamado a ser se irradia de manera gloriosa la gracia que el Padre, por medio del Espíritu, derrama sobre cada ser humano abierto a su misericordia. Es un regalo que no tiene precio, es un obsequio dadivoso fruto de un amor infinito e inagotable. La misericordia de Dios, que en esta Semana Santa que se avecina, deja su impronta en la entrega de su Hijo, con su pasión, su muerte en cruz y su gloriosa resurrección, cumplió con creces nuestra desventura, nuestro fracaso y nuestra imperfección.
Uno puede vivir condicionado por la búsqueda de la perfección y reconocer que nunca la alcanzará por si mismo. Por medio de la oración, de la vivencia de la Palabra, de la vida sacramental, puede ir moldeando sus imperfecciones. Cuenta con la estima de Dios, su misericordia es tan extraordinaria que Su gracia irradia este esfuerzo por medio de la transformación interior.
«Sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto». Sí, el ideal de Dios es la perfección. Entonces contemplas la cruz. Comprendes su valor redentor. El clima de libertad y de amor que se respira allí. Y asumes con el corazón abierto que el nexo de unión entre mi perfección y la del Padre celestial, radica en Jesucristo. Él es lo que lo hace todo nuevo y nueva puede hacer mi vida si me dejo llenar de Él, con la gracia, la fuerza y los dones del Espíritu.

 

orar con el corazon abierto

¡Ayúdame, Señor, a recorrer el camino de la perfección! ¡Concédeme la gracia, Señor, de renovar mi interior, de cambiar mi vida, de buscar cada día la santidad! ¡Ayúdame a reconocerme siempre pecador y desde mi pequeñez tender hacia Ti! ¡No permitas, Señor, que olvide que estoy llamado como cristiano a la santidad cumpliendo tus mandamientos, renunciando a todo para seguirte a. ti, para lograr una entrega más completa a Ti, entregándome más a los demás! ¡Ayúdame, por medio de tu Santo Espíritu, a aprender a renunciar, a perfeccionar mi vida personal, a responder a las aspiraciones que me pides en mi vida cotidiana! ¡Concédeme la gracia de perfeccionar mi fe, de atender el «sígueme» que pides para mi vida con todas las renuncias que comporta, con una confianza ciega en tu amor, para fortalecerme en mi caminar y para no caer ante los problemas y las dificultades! ¡Ayúdame a tener ser consciente de la perfección de la esperanza que me sitúa en la perspectiva de la vida eterna! ¡Ayúdame a perfeccionar mi amor hacia el Padre, amándolo por encima de todas las cosas, para cumplir con el mandamiento que nos has dado de Amar a Dios con todo mi corazón, con toda mi alma y con toda mi fuerza! ¡Ayúdame a perfeccionar mi vida con un amor verdadero al prójimo, como expansión del amor hacia Ti! ¡No permitas, Señor, que el egoísmo, la soberbia o todos los pecados que inundan mi corazón se conviertan en barreras que me acerquen a la perfección! ¡Dame el don de la caridad, por medio de tu Santo Espíritu, para acercarme a los que sufren injusticias, para socorrer a los que sufren soledad, a los que están abandonados! ¡Dame un corazón humilde para dar testimonio de tu verdad, un corazón manso que no juzgue, ni condene, que perdone con alegría, que busque siempre la reconciliación y el amor, que ponga siempre por delante la verdad de tu Evangelio! ¡En estos días, sobre todo, que mi apostolado verdadero mostrar el testimonio de la Cruz y la luz que eres Tu, Señor! ¡Ábreme a la perfección, Señor, porque al cielo quiero llegar!

Del compositor ruso Mihail Ippolitov-Ivanov escuchamos hoy su obra Bendice, alma mía, al Señor, una pieza sencilla pero muy bella a la vez:

La santidad no es un ideal reservado a unos pocos

Desde la plaza de San Pedro que el gran Bernini concluyó a mediados del siglo XVII para unir a católicos y no católicos por expreso deseo del papa Alejandro VII la historia de la Iglesia ha conocido concilios, cónclaves, fumatas blancas, beatificaciones, intentos de asesinato de un Santo Padre, emociones intensas de fervientes católicos, conversiones espirituales…
Como católico me impresiona la belleza de esta plaza por el gran significado que tiene para mi fe. Un lugar que acoge a todas las sensibilidades humanas. Personalmente es un lugar que me reafirma profundamente en mis creencias por medio de la figura del primer Papa de la historia, ese San Pedro rudo y áspero al principio pero dócil y sencillo a la llamada de Dios.
En los grandes acontecimientos retransmitidos desde la plaza de San Pedro hay momentos en que las cámaras ofrecen un plano general de este gran escenario monumental de tan gran significado para los que nos sentimos católicos.
La plaza de San Pedro se halla repleta de estatuas de doctores de la Iglesia, de mártires, de santos, de pontífices, de teólogos. La historia de la Iglesia viene marcada por la vida de estos hombres y mujeres que con su fe, con su caridad y con su ejemplo se han convertido en faros para numerosas generaciones, y lo son también para quienes vivimos en esta época. En la página oficial del Vaticano he averiguado que son 140 estatuas situadas sobre las 284 columnas que conforman el conjunto arquitectónico de la plaza. Todos ellos observan la historia de la Iglesia y de la humanidad desde un mirador privilegiado. Pero en el interior de la basílica existen además decenas de santos en nichos, columnas, capillas que también contemplan la evolución de la sociedad desde una perspectiva de interioridad.
Cada uno de los santos de este gran centro de la espiritualidad católica no dejan de transmitir que el auténtico ideal del cristiano es alcanzar la santidad en medio del mundo y formar una sociedad más humana, más cristiana y más divina según los designios y el corazón de Dios. El verdadero ideal cristiano no es ser feliz, sino ser santo porque el santo es aquel que, a imitación de Cristo, vive del amor de Dios.
En la vida de estos santos Cristo se ha aferrado a su corazón y como san Pablo han podido afirmar: «Ya no vivo yo, es Cristo quien vive en mí». Entrar en comunión con ellos es ir también unidos a Cristo para ser santos en nuestro mundo.
La santidad no es, como muchos creen, un ideal reservado a unos pocos pues Dios nos ha elegido en Cristo antes de la fundación del mundo para ser santos e intachables ante Él por el amor. Pensando en todos los representados en estas estatuas de la plaza de San Pedro comprendes que la santidad, la plenitud de la vida cristiana, no radica solo en realizar grandes empresas sino en caminar unido a Jesús tratando de vivir con autenticidad sus misterios, hacer propias sus palabras, sus gestos, sus pensamientos y sus actitudes. La santidad solo se puede medir por la estatura que Cristo toma en cada uno, por el grado en el que modelamos la vida según la suya con la fuerza arrolladora del Espíritu Santo al que hay que invocar con insistencia para que nos llene de su gracia y exhale en nosotros la vocación hacia la santidad anhelo de Dios para cada hombre.

orar con el corazon abierto

¡Quiero darte gracias, Señor, por tu Santa Iglesia Católica que tu fundaste y que me llama claramente a la santidad! ¡Te pido, Señor, que tu Santo Espíritu me llene para alcanzar la santidad porque por mis propias fuerzas no puedo! ¡Ven Espíritu Santo, ven para recorrer junto a Ti el camino de la santidad! ¡Ven Santo Espíritu de Dios para hacer fructificar cada una de mis acciones, para cumplir el deseo de Dios de que todos seamos santos! ¡Lléname de Ti, Espíritu divino, anima mi interior, transfórmame para vivir unido a Cristo, restáurame para conservar y llevar a la plenitud la vida de santidad que recibí en el momento de mi bautismo! ¡Ayúdame, Espíritu del Padre, a utilizar siempre bien la libertad que viene de Dios y concédeme la gracia de vivir siempre bajo tu acción liberadora para conformar mi voluntad con la voluntad de Dios! ¡Concédeme, Espíritu renovador, a amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a mi mismo! ¡Ayúdame, Espíritu de Amor, a que mi amor crezca cada día y sea sal y semilla para todos, abierto a la gracia, a la vida de sacramentos, a la oración con el corazón abierto, a la renuncia de mi mismo, a la generosidad hacia el prójimo, al servicio desinteresado, a la entrega sin esperar nada a cambio, a la caridad extrema! ¡Y a ti, Padre, te doy gracias por los santos de la Iglesia que con su verdadera sencillez, grandeza y profundidad de vida me muestran el camino de la santidad! ¡Que como ellos yo también sea capaz de vivir plenamente el amor y la caridad y seguir de verdad a Cristo en mi vida cotidiana! ¡Gracias, Padre, por mostrarme que los rostros concretos la santidad de tu Iglesia! ¡Te doy gracias también por tantas personas a mi lado que no llegaran al altar de la santidad pero son gente buena, pequeñas luces de santidad que me ayudan a crecer humana y espiritualmente, a los que quiero y hoy te pongo ante el altar de la Cruz y de la Eucaristía! ¡Gracias a su bondad, generosidad, piedad y entrega puedo palpar cada día la autenticidad de la fe, la esperanza y el amor! ¡No permitas, Padre, que nada marchite mi vocación hacia la santidad!

Aclaró, una canción para sentir el amor de Dios:

¿Quién es mi madre y quienes son mis hermanos?

Una de las preguntas de Jesús que más me impactan es aquella que dice: «¿Quién es mi madre y quienes son mis hermanos?» En esta cuestión se resume el pensamientos que Jesús tiene para comprender la realidad del ser humano. Y esa pregunta me la formulo yo también con el corazón abierto.
Mucho de lo que posee mi vida es heredado de mis padres. No sólo desde el punto de vista genético. Ellos, fruto de su amor, me dieron la vida, don de Dios. Ellos trataron de darme la mejor educación. Se empeñaron en inculcarme unos valores cristianos, fueron modelando mis propios juicios y, respetando mi personalidad, procuraron corregir mi carácter y mis imperfecciones; me enseñaron a orar; potenciaron mis imperfecciones… su amor me ha marcado y sus enseñanzas han quedado grabadas en mi corazón. Así es la vida de cada ser humano, cuya impronta para bien o para mal está marcada por las huellas de sus progenitores. Y esta es la razón por la cuál cuando quieres conocer a alguien te cuestionas «¿Quién es su madre y quienes son sus hermanos?».
Quienes trataban con Jesús sabían quien era y de dónde venía. Sabían que era hijo de José, el humilde y esforzado carpintero de Nazaret. Y de María, la hermosa y humilde joven hija de Joaquin y Ana. Podían reconocer a toda su parentela y sus orígenes pero eran incapaces de profundizar en su identidad, en aquello que anidaba en lo más profundo de su corazón y, sobre todo, no podían distinguir los signos de su divinidad. Conocían lo exterior de Jesús pero no la profundidad de su ser. Así, se podía entender la pregunta de Jesús: «¿Quién es mi madre y quienes son mis hermanos?». La respuesta la da el mismo Jesús «El que cumple la voluntad de mi Padre; ese es mi hermano y mi madre».
Aquí se asienta uno de los más bellos cantos de alabanza dirigidos a la Virgen. ¡Y que hermoso que salgan de los labios mismos de Jesús! Con estas palabras no daba relevancia ni a la sencillez de María, ni a su origen, ni a su belleza, ni a su pobreza, ni a la descendencia de la casa de David de la que era heredera. Para Jesús lo fundamental en la Virgen es su aceptación a la voluntad del Padre. En este «hágase» radica toda la grandeza de María que, unida a Cristo, alimenta el cumplimiento del sueño divino en cada uno de los hombres creados por Él. El «sí» de María es la mayor seña de identidad de una persona porque es decirle a Dios que «estoy de acuerdo con situarte en el centro de mi vida».
«¿Quién es mi madre y quienes son mis hermanos?». Esta pregunta nos la formulamos en realidad cada día cuando nos cuestionamos de dónde vienen los otros, qué tienen, en qué trabajan, cuáles son sus triunfos y sus fracasos, con quien están casados, cómo visten, dónde viven… como si eso fuese lo importante cuando lo fundamental sería saber si cumplen con la voluntad de Dios. «¿Quién es mi madre y quienes son mis hermanos?» ¿Cumplo yo mismo la voluntad de Dios antes de ubicar al otro en la realidad del mundo? Porque si no cumplo las mínimas exigencias que me pide Jesús «¿Con qué potestad puedo llamarme hermano de Cristo?»

orar con el corazon abierto

¡Señor, quiero ser testigo tuyo, quiero sea apóstol de la Palabra y testigo de tu amor en el mundo! ¡Anhelo, Señor, vivir como tus nos has enseñado y trasmitir a todos los que conviven conmigo tu mensaje de amor y de esperanza! ¡Te pido, Señor, que por medio de tu Santo Espíritu, todas aquellas virtudes que me acerquen más a Tí! ¡Concédeme la gracia de la alegría para que sea capaz de llevarla a mi pequeño mundo y borra de mi corazón aquellos errores, pecados o rencores que aniden dentro de mi y me impiden amar! ¡Permíteme, Señor, tomarte de la mano y poder llevarte a las personas que no te conocen o, simplemente, te rechazan! ¡Dame, Señor, la fortaleza para lograrlo! ¡Te pido abras, Señor, mi entendimiento para ser capaz de aprender tus mensajes y hacerlos que fructifiquen en la cotidianidad de mi vida! ¡Renueva, Señor, mi alma para que acoja alegre tu mensaje! ¡Concédeme el don de la fortaleza para que mi voluntad no quiebre y pueda cumplir siempre tu voluntad! ¡Hazme que mi fe sea firme y mi esperanza grande! ¡Señor, tu me pides que sea tu hermano, que me vuelque en los demás y sea dócil a la voluntad del Padre! ¡Ayúdame a que esto sea posible en mi quehacer cotidiano y vivir siempre mirando al cielo para hacer siempre la voluntad del Padre! ¡Ilumina, Espíritu Santo, mi mente y mi corazón para descubrir siempre lo que Dios quiere de mí y cuál es el camino que debo seguir para alcanzar la santidad!

I´m in Heaven (Estoy en el cielo), lo que se siente cuando te sientes acompañado del Señor:

Santidad y realización personal

La vida de cada uno se mide por la grandeza de sus ideales. No importa que estos sean pequeños. Se trata de imitar al Señor a través de las tareas cotidianas. Ser santo donde Dios me quiere y hacerlo siempre con el mayor de los amores. Pero hay muchos defectos que se convierten en obstáculos para alcanzar la santidad –amor propio, soberbia, orgullo, tibieza, pereza, envidia, falta de caridad, alta de recogimiento, vanidad, poca humildad, juicios, malhumor, susceptibilidad, espíritu de murmuración, temperamento fuerte, negatividad, ver las cosas con la botella medio vacía, desaliento…–.
Sin embargo, a pesar de estos defectos del carácter, mi camino es tratar de ser santo. La perfección se obtiene a base de pequeños retoques. Se trata de trabajar bien e ir tomando decisiones en función de mis defectos para evitar que dominen mi carácter. Trabajar, cueste lo que cueste, intentado ser santo con la gracia de Dios. Hacer mío el programa sublime de san Pablo: «No soy yo, es Cristo quien vive en mí».
Intentar realizar mi vocación eterna aquí en la tierra y convertir mi vida en una permanente entrega a Dios. De su mano tengo la certeza de que siendo pequeño puedo ser capaz de hacer cosas verdaderamente grandes; fe en una creación nueva en mi corazón; fe de que, por muy frágil que sea mi vida, la fuerza del Señor me sostiene y se manifiesta en mi. Y aunque cueste, aunque encuentre mil obstáculos, aunque sea un ideal en apariencia inalcanzable, distante y encomiable, lo digo en voz alta: ¡Quiero ser santo! Quiero ser santo porque esto es a lo que Cristo me llama; a lo que me invita para alcanzar este horizonte pleno e intenso; porque esta es la grandeza de mi vocación; porque este es el camino de plenitud al que Cristo me invita a recorrer para que yo, como cristiano, me realice como persona. Quiero ser santo porque, pese a mis muchas imperfecciones, el santo es aquel abierto siempre al encuentro de Dios.

orar con el corazon abierto

¡Padre nuestro que estás en el Cielo, santificado sea tu nombre, que no olvide que en esta época de arrepentimiento tu misericordia es infinita! ¡Transforma mi vida, Padre, por medio de mi oración, mi ayuno y mis buenas obras! ¡Quiero ser santo, Señor, es mi grito de hoy y de mañana! ¡Convierte mi egoísmo en generosidad, mis enfados en alegría, mis desesperanzas en confianza, mis poca humildad en entrega, mi falta de caridad en servicio generoso, mi espíritu de negatividad en alegre esperanza…! ¡Abre mi pequeño corazón, Señor, a tu Palabra! ¡Transforma, Padre, todo lo que tenga que ser cambiado por mucho que yo me resista continuamente por vanidad, orgullo o tibieza! ¡Solo Tu, Padre, me haces ver en la oración lo que hay dentro de mi corazón! ¡Moldéame, Señor, con tus manos aunque me resista y el dolor por ver mis faltas me haga gritar de tristeza! ¡Señor, Tú conoces perfectamente mis debilidades, renuévame con la gracia de tu Espíritu para que me haga perfecto como eres Tu perfecto, Padre celestial! ¡Transforma mi corazón, mi memoria, mi mente; ábreme los ojos y lávame las manos! ¡Haz mi corazón más sensible a tu llamada pues son muchas las veces que no te permito entrar cuanto me reclamas! ¡Entra cuando quieras, Señor! ¡Anhelo la vida eterna, Señor, por eso te pido que me conviertas rápido porque el tiempo de Cuaresma pasa volando y no habrá tiempo para cambiarme! ¡Gracias, Padre, porque siento que me amas tanto que te has entregado a través de tu Hijo por mí en la cruz! ¡Gracias también a ti, Jesús, porque eres la razón última de mi conversión!

 Lo que me duele eres tu, una profunda canción que invita a la conversión personal:

Amar alguien es…

Hoy es el día de santa Mónica, modelo de madre cristiana y ejemplo de esposa abandonada y madre afligida, que encuentra en la memoria el bálsamo del consuelo, para sanar las penas de su sufrimiento. En las Confesiones, san Agustín elogia a su madre, a la que considera «dos veces madre» y «sierva de los siervos de Dios». Fue mujer de puro amor con una inmensa capacidad de amar. ¿Amar? ¿Cómo estoy yo de amor con mi cónyuge, con mis hijos, con mis amigos…? ¿Comprendo el sentido del amor para darlo de verdad?
Amar a un ser querido es aceptar la ocasión de conocerlo de verdad y disfrutar de la oportunidad de descubrir lo que custodia más allá de sus máscaras, de sus sentimientos y de su autoprotección; vislumbrar con afecto, cariño y ternura sus sentimientos más íntimos, sus incertezas, sus inseguridades, sus temores, sus carencias, sus ilusiones, sus anhelos, sus esperanzas y sus alegrías, su dolor, su sufrimiento, sus heridas y sus esperanzas; es entender que detrás de su coraza de autodefensa o de timidez o de miedo y de sus máscaras, palpita un corazón sensible, tierno y tal vez solitario, probablemente necesitado de una mano amiga, de un abrazo caluroso, de una palabra amable; anhelante de una sonrisa sincera y amorosa en la que pueda sentirse correspondido; es reconocer, con respetuosa compasión, que la falta de paz interior y el desorden en el que uno vive en ocasiones es consecuencia de la ignorancia, de la tristeza o de la inconsciencia, y ser consciente de que si alrededor genera desdichas es probablemente porque se es incapaz de sembrar alegrías; es entender que el vacío interior muchas veces carece de sentido porque el hombre no puede hacer depender su confianza en sus propias fuerzas sino en el Señor; es descubrir, respetar y honrar, con independencia de su carácter, su verdadera identidad, y saber apreciar con franqueza y honestidad su infinita grandeza como una expresión única e irrepetible de la Vida.
Amar a alguien es darle la ocasión de que cualquier opinión sea escuchada con atención, respeto, generosidad e interés sin juzgar ni burlarse; aceptar su experiencia vital sin tratar de cambiarla sino de hacerse partícipe de ella, de comprenderla y respetarla; ofrecer un espacio donde quepa la oportunidad de ser ella misma sin el temor a ser juzgada, en el que haya la suficiente confianza de que pueda abrirse sin sentirse obligada a revelar aquello que considera de su esfera más íntima; es reconocer y defender que tiene el derecho inalienable de escoger su propio camino, por mucho que éste no coincida con el mío sin exigirle que se amolde a mis ideales o que actúe de acuerdo con mis expectativas y planes; es valorar a esa persona por ser quien es, con sus virtudes y defectos, no como desearíamos que fuera; es poner toda la confianza en su capacidad de aprender de sus errores y de levantarse de sus caídas y comunicarle mi fe y confianza para agarrarse a la esperanza.
Amar a alguien es creer en él cuando incluso duda de si misma, tratar de contagiarle la alegría, las ganas de vivir, la esperanza, el entusiasmo cuando está a punto de darse por vencido; darle todo el apoyo cuando le escasean las fuerzas, animarlo cuando titubea o cuando algo lo agobia y acariciarlo con dulzura cuando algo le entristece, sin permitir que su desdicha le aprisione; es disfrutar del simple hecho de estar juntos, libremente y sin ataduras.
Amar a alguien es vivir en la humildad para recibir todo de ella sin representar el papel del que nada necesita; es darle gracias al Señor por habértela puesto a tu lado; es disfrutar de la experiencia aún a sabiendas que el mañana es una incerteza pero que lo cotidiano puede convertirlo en un milagro.
Amar a un ser humano, creación de Dios es, en realidad, amar la auténtica naturaleza del hombre, es amarte a si mismo y amar a Dios por encima de todo.
Amar a otra persona es ver el rostro de Dios en ella. ¿Es así mi amor por los que me rodean? ¡Cuánto camino, Dios mío, para aprender a amar como Tú amaste!

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En este día dedicado a santa Mónica dedicamos esta oración: Padre y Señor nuestro, misericordia de cuantos en ti esperan, tú concediste a tu sierva santa Mónica el don inapreciable de saber reconciliar las almas entre sí y contigo; danos a nosotros el ser mensajeros de unión y de paz en nuestros ambientes, sobre todo en el hogar, y el poder llevar a ti los corazones de nuestros hermanos con el ejemplo de nuestra vida.
Tú que hiciste a Mónica modelo y ejemplo de esposas, de madres y de viudas, concede por su intercesión la paz y mutuo amor a los casados; el celo y la solicitud en la educación de los hijos, a las madres; obediencia y docilidad, a los hijos; la santidad de vida, a las viudas; y a todos, el fiel seguimiento de Cristo, nuestro único y verdadero maestro. Te lo pedimos por el mismo Jesucristo Nuestro Señor. Amén.

Hoy la música es del compositor Marco Frisina y su Cantate al Signore:

Peregrinar es caminar en la tierra

Recuerdo un viaje en familia a Santiago de Compostela coincidiendo con el Año Santo Compostelano. Significó para nosotros abrir nuestro corazón, entrando por el Pórtico de la Gloria para abrazar al Apóstol acompañados de tantos peregrinos en búsqueda de la experiencia de la gracia, del perdón y la redención, de la caridad y el amor. Peregrinamos a Santiago no tanto por abrazar al Apóstol, lo hicimos para encontrarnos con el Señor.
Cada año, un día como hoy, la mirada de Santiago se postra sobre cada uno de nosotros, manifestándonos que Dios existe, que nos ha regalado la vida y que nos llena de su gracia y de su amor al tiempo que nos marca el camino para sentir su presencia en nuestra vida.
Caminar. Peregrinar. Ningún caminante puede abandonar sus razones de vivir y de seguir adelante. Llegar a la tumba del Apóstol, amigo y testigo del Señor, marca en ese peregrinaje personal hacia la casa del Padre. En ese comenzar siempre de nuevo, caminando de comienzo en comienzo, sedientos de Dios; necesitados de salud, de amor, de consuelo y de esperanza; necesitados de salvación y de perdón; necesitados de que la misericordia del Señor venga sobre cada uno de nosotros.
Peregrinar es caminar en la tierra. En su momento no fui consciente de que la tumba del Apóstol tenía una significación única en la Iglesia. Que esa tumba es el signo que ayuda a fortalecer nuestra fe como creyentes. Lo he ido comprendiendo a medida que mi fe se ha ido fortaleciendo y mis creencias han sobrepasado la tibieza de tantos años de vida acomodaticia en lo que se refiere a Dios.
Para Santiago el apostolado no fue un privilegio. Fue, sin duda, un don, una misión, una entrega para la que el Apóstol comprometió su vida. La identidad de un apóstol —cualquiera de nosotros está llamado a ser apóstol— revela la identidad del cristiano. Y el compromiso es dar testimonio del amor de Dios manifestando al Señor por medio de la caridad, del amor, del perdón, de la entrega y del compromiso, ofreciendo aquella visión de la vida que dimana del Evangelio, aunque tantas veces nos genere incomodidades.
Tu y yo estamos llamados a cambiar el mundo; tu y yo estamos llamados a continuar la obra de Cristo en la tierra en nuestra familia, en nuestro entorno social, en nuestro trabajo… en definitiva, en todos los ámbitos de la vida. Tu y yo estamos llamados a ser apóstoles en el siglo XVI. Es la llamada de Cristo que no podemos desoír. Es un reto maravilloso y parte de nuestro peregrinaje vital.

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¡Apóstol Santiago te pido hoy por el porvenir de nuestra nación; especialmente por aquellos desesperanzados por su angustiosa situación; por los dirigentes, para que no desfallezcan en sus responsabilidades y que conviertan la política en una actividad noble al servicio del bien común; por nuestro peregrinar a la luz de la fe; para que nos fortalezca la esperanza; por nuestro compromiso para acoger la gracia de Dios, para ser testigos de la alegría y la gratuidad en medio de la tiranía del individualismo y de la amargura, reconociendo en el día a día los dones de Dios en nuestra vida! ¡Apóstol Santiago, ayúdame a comprender las lecciones de ese Cristo de las encrucijadas de los caminos y de la vida, en el que Dios nos sale al encuentro como amigo, padre y guía!

Himno al Apóstol Santiago cantado durante el funcionamiento del Botafumeiro: