Subir pisoteando al prójimo

Escuché ayer de boca de un empresario que para él el éxito es aumentar las ventas anualmente, adquirir nuevas empresas y obtener grandes beneficios. A continuación me explicó su vida y comprendí que a nivel personal el éxito brillaba por su ausencia.
¿Que éxito puede alcanzar un hombre si consigue determinados objetivos materiales pero las sobras de su tiempo los deja para su familia, sus amigos y la comunidad? ¿Alcanzar el reconocimiento profesional y ganar mucho dinero pero tener un matrimonio infeliz y un corazón vacío se puede considerar tener éxito en la vida?
Si ganas el reconocimiento social pero no eres capaz de hacer feliz a tu entorno más cercano, si únicamente los tratas como parte de tus obligaciones cotidianas, tu éxito es una mera quimera por no decir un fracaso. Desde mi manera de entender la vida el amor, la entrega, el servicio, el respeto y la comunión con los que tengo más cerca es el mayor de los éxitos porque a partir del amor y la generosidad todo lo demás se añade a nuestra vida de manera progresiva.
Pero todo esto se logra si eres capaz de poner a Dios en primer lugar del corazón. Para Dios, la familia es la más sagrada de las instituciones y el amor al prójimo el principio de sus mandamientos. Con el ejemplo de la Sagrada Familia nos enseñó lo relevancia que tiene para Él la familia y el vivir entregado al prójimo. Cuando Cristo fundó la iglesia nos dio el entregarnos a nuestra familia que es la base que sustenta la sociedad y la Iglesia misma.
La gran enseñanza es que uno no puede ascender la escalera del éxito si durante la subida pisotea su entorno más cercano. Dios nos ha creado para alcanzar grandes retos personales y para cumplir nuestros sueños pero sobre todo para no descuidar nuestra santidad y cuidar, respetar y guiar a nuestras familias, a nuestro entorno más cercano y a todos cuantos se crucen en el caminar de la vida.

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¡Señor, con el corazón abierto y lleno de agradecimiento, devoción y recogimiento te doy gracias por el gran regalo de mi familia; ayúdame a que cada día crezca el amor, la caridad, el perdón y el entendimiento! ¡Envía tu Santo Espíritu, Padre de bondad, porque anhelo que se convierta en el guía y el protector de mi familia, que nos bendiga y nos proteja de todo mal! ¡Haz, Padre, que tu Santo Espíritu, no s guíe por caminos de paz y de comprensión, de amor y de santidad, de generosidad y de arenga, de compasión y de bien, de dulzura y paciencia! ¡Que tu Santo Espíritu, Buen Padre, nos ayude a suplir todas las carencias espirituales de la familia! ¡Que tu Santo Espíritu, Padre de misericordia, nos enseñe a perdonar las ofensas y a superar las diferencias que surjan entre nosotros basándolo todo en el dialogo, el amor y la comprensión! ¡No permitas, Padre, que ninguna actividad haga resignar el valor que tiene la familia! ¡Ayúdame a logra que la felicidad impere en mi hogar para que en mi familia se convierta en la base que me permita lograr otros éxitos en la vida! ¡Ayúdame también a amar al prójimo como a mi mismo!   

Déjate, cantamos hoy:

La belleza católica de Pedro y Pablo

Festividad de los apóstoles San Pedro y San Pablo que nos permite celebrar la gloria de la Iglesia de Roma.
Interiorizo la simplicidad de Pedro, el pescador galileo, su impulsividad y fragilidad que lo llevan a negar tres veces a Jesús la noche de la Pasión y a ceder ante el judaísmo comunitario de Antioquía, provocando la ira de Pablo. Pero sobre san Pedro fundó Cristo Su Iglesia después de su confesión de fe tan sobrenatural que fundamentaba que todo el amor de Dios descansa sobre la dulzura y humildad de Jesús, crucificado bajo el poder de Poncio Pilato. Pedro, entre su fe sólida y su debilidad humana, anticipa y garantiza la continuidad de la Iglesia a través de los siglos para confirmarnos que debemos perseverar a pesar de nuestros defectos.
Profundizo también en la figura de san Pablo, en su fundamentalismo religioso derribado por Cristo en el camino a Damasco. Medito su intelectualismo y misticismo que da luz al misterio universal de Cristo y gracias al cual los gentiles se unen masivamente a los primeros judíos que creyeron en Jesús.
Pedro es la raíz y el principio que garantiza el futuro de la Iglesia. Su autoridad desarma las fuerzas del mal y permite junto a los demás apóstoles ejercer la disciplina y perdonar los pecados. Pablo es el principio de apertura que garantiza el crecimiento de la Iglesia. A través de su incansable caminar y su dolorosa vida por el amor a Cristo, su profunda comprensión de la historia que lidera el diseño de Dios, se convierte en el celo de los misioneros y de los que perseveran en la fe.
Dos columnas firmes y dos antorchas ardientes de la Iglesia a las que debemos mirar con frecuencia.
Pero esta firmeza y este esplendor, fruto de su autenticidad, no es lo que los llevó a dar sus vidas por el Evangelio y los hizo creíbles para edificar la Iglesia. Su esplendor no es solo su unidad, su comunión, su amor fraternal a pesar de sus diferencias. La belleza de Pedro y Pablo es la catolicidad de la Iglesia. Es el esplendor que hace de la Iglesia una institución humanamente frágil pero misteriosamente portadora de una totalidad, una plenitud que no es de este mundo.
La belleza católica de Pedro y Pablo, y con ellos la de toda la Iglesia, más allá del don de sí mismos y de su unidad, es el hecho de que esta universalidad nos convierte en un pueblo santo con una raíz sagrada porque ha sido fundada por Cristo.
Hoy es un día en el que quiero dar gracias a Dios por la belleza de su Iglesia desde la mismísima trascendencia de Dios en el corazón y más allá de la hermandad universal de San Pedro y San Pablo.
Le pido a Dios su intercesión para que todos los esfuerzos de acercamiento y reconciliación no se centren en nosotros mismos, en nuestras culturas y en nuestros puntos de vista, sino en Dios, en Cristo, en la Virgen María y en la santidad de los Apóstoles y fundadores de la Iglesia. Esta festividad es también la de los innumerables mártires de Roma, que continúa todavía, por eso mi oración ferviente es también por esos hermanos cristianos perseguidos en todos los rincones del mundo.

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¡Señor, hoy quiero mirarme en el espejo de Pedro y de Pablo! ¡Me identifico, Señor, con sus fracasos personales y con su fidelidad a Ti, por su compromiso cristiano y por cómo acercaron a tantas gentes a la Iglesia! ¡Hoy de la mano de los dos, Señor, me siento más Iglesia, la que ellos edificaron con su sangre santa! ¡Quiero, Señor, como Pedro seguirte siempre, rechazar la fuerza de mi carácter para hacerme dócil a Ti, disculparme siempre, seguir tus huellas, y aunque te niegue tantas veces amarte siempre! ¡Señor, quiero crecer en el amor hacia Ti y hacia los que me rodean! ¡Quiero, Señor, como Pablo, romper la dureza de mi corazón y la intransigencia de mi carácter, abrir los ojos ante la ceguera de tu gracia, romper con las cosas que me separan de Ti, dedicar mi vida a anunciar tu Palabra! ¡Señor, como Pedro y como Pablo tengo yo también mis grietas pero quiero aprender de ellos su fe, su fidelidad, su amor, su forma de vivir tan coherente y tan cerca de Ti! ¡Quiero pedirte por la Iglesia que ellos edificaron y que tu fundaste a la que tanto amo para que permita a los hombres tener un encuentro contigo y hacer realidad el Reino que nos has prometido! ¡Hazla santa, Señor, que es muy necesaria para el mundo a pesar de los hombres que la formamos!

Nadie te ama como yo:

Participar activamente en la obra de Dios

Por razones laborales me encuentro en una zona de conflicto de Oriente Medio. Una gran parte del territorio está minado debido a la guerra que ha asolado esta zona del planeta. Sorprende como los habitantes de esta región conviven con la muerte. Y duele que sea en el nombre de Dios que los seres humanos matamos y asesinamos. No es la primera vez en la historia de la humanidad que los hombres que dicen estar unidos a Dios imponen el odio y el terror. Y esto es cierto para la mayoría de las religiones. Fruto del fundamentalismo Estados y grupos terroristas exaltan a un dios que no lo es.
Lo sabemos bien. La historia nos muestra desde tiempos inmemoriales que el mundo es un inmenso campo de ruinas: reina el desorden, la violencia, la injusticia, las guerras, el odio, el hambre, la pobreza. ¿Cómo puede Dios permitir esto?
Pero Dios no lo permite. Dios lucha contra el mal. Y lo hace, básicamente, por medio de la Cruz. Esta cruz que surge a lo largo de la historia humana. Esta cruz desde la que Cristo, Dios hecho Hombre, transformará las profundidades de la historia.
Dios lucha contra el mal enviando a su propio Hijo para convertirse en la única víctima inocente. En la Cruz, Jesús sufrió en su humanidad una dolorosa pasión y una muerte ignominiosa… todo por la salvación del mundo. Desde ese inmenso campo de ruinas que es el mundo Cristo lo convierte todo en un inmenso campo de compasión, al cual nos insta a participar. Él nos urge a participar en el trabajo del Padre.
Participar en la obra de Dios es sumergirse en Él, olvidarse de uno mismo y amar. Participar en la obra de Dios tampoco es tener miedo de salir de un conformismo reductivo, la fuente de este fundamentalismo que conduce a la intolerancia y el odio. Para participar en el trabajo de Dios hay que ser libre. Si Cristo rehusó cambiar las piedras en pan, si aceptó voluntariamente la Cruz, es para fundar nuestra libertad. La fe nos libera del miedo, de la muerte. Toda la vida de la Iglesia se basa en la libertad y el amor para vivir en el aliento del Espíritu Santo.
Participar en la obra de Dios es ir más allá, mover montañas, cada una a su propia medida; es ir empujando los límites; reunir todo lo que está separado.
Participar en la obra de Dios también es abrir las puertas de nuestras iglesias al mundo; es hacer que nuestras iglesias y nosotros mismos seamos como velas que iluminan este mundo, para llevar a Dios a los indiferentes, a los abrumados, a los que no tienen la fuerza para venir.
No hay que olvidar que cualquier guerra, cualquier masacre, cualquier acto terrorista o de violencia que está marcado por el odio y el rencor es también un día para llenarlo de generosidad, amor y compasión, a través de la movilización de hombres y mujeres que oramos. Es a través de nosotros que la Iglesia está construida y vive y renueva la presencia de Cristo en el mundo.

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¡Señor, con el corazón abierto me dirijo a Ti para que intercedas y des consuelo a todos aquellos que sufren violencia de cualquier tipo en sus vidas! ¡Te pido, Señor, que les otorgues la paz a aquellos que sufren en sus carnes el odio y el rencor! ¡A los que han muerto en la guerra o en atentados otórgales, Señor, el descanso eterno! ¡A los que han sufrido heridas en sus cuerpos y en su corazón concédeles, Señor, la sanación física y espiritual! ¡A los familiares de todos las víctimas del mundo, Señor, concédeles por medio de tu Santo Espíritu la fortaleza para sobrellevar el dolor y la capacidad para perdonar! ¡Señor, elevo mis oraciones hacia Ti para que abras mi corazón y lo ensanches para acoger a todos los que nos hacen daño y te pido tu misericordia para los que siembran el mal! ¡Te pongo ante el Sagrario, Señor, la conversión de los que generan violencia en este mundo y que otorgues a los pacíficos el consuelo y la paz! ¡A los que sufren discriminación y persecución, Señor, llénalos de tu amor y haz que el Espíritu Santo les llene de su gracia y les otorgue su fuerza para perseverar en la esperanza y en la fe! ¡Abre, Señor, mi corazón para que con generosidad sea capaz de dar amor, esperanza, solidaridad y paz!

Paz en la tierra:

María, Madre de la Iglesia

Cuarto sábado de junio con María, Madre de la Iglesia, en el corazón. Al pie de la cruz la Iglesia vio la luz. Jesús, viendo a su madre arrodillada, rota de dolor, y junto a Ella a Juan, el discípulo a quien amaba, exclamó: «Mujer, ahí tienes a tu hijo». Y, a continuación, mirando al discípulo dijo: «Ahí tienes a tu madre».Desde momento el discípulo amado la acogió en su casa.
Y rememorando este episodio de la Pasión tomas conciencia de que eres parte viva de la Iglesia porque Juan nos representa a todos y porque María, que es nuestra Madre, es también Madre de la Iglesia, a la que hay que acoger en el corazón para poner en práctica el Evangelio de Jesús que es al mismo tiempo el Evangelio de María.
Por eso la Iglesia es mariana, porque tiene en María el espejo para imitar en perfección y santidad pues la Virgen prefigura a la perfección la imagen de la Iglesia.
Un Iglesia que desde dentro dice «sí» a Dios como hizo María; que sale al encuentro del prójimo y de la vida como hizo María con su prima santa Isabel; que ora e intercede por la transformación del mundo; que alaba y bendice la obra de la Creación y se extasía por las maravillas que provienen de Dios; que trasciende a lo profundo del alma humana y deja constancia de que Dios es amor.
Una Iglesia que levanta al caído, que perdona setenta veces siete, que se conmueve por los desheredados de la tierra, que ofrece sus manos al que se halla a la vera del camino, que no juzga el pasado de nadie y que sana las heridas del sufrimiento con humildad y dulzura.
Una Iglesia que recuerda que el Padre es amoroso y que abraza a todos los hijos pródigos que buscan su misericordia, que no prejuzga el pecado del hombre porque busca su redención, que ama la vida y defiende al no nacido, al desahuciado por la enfermedad y allí donde un corazón, por muy débil que esté, va palpitando.
Una Iglesia que abraza al desesperado, que espera con las puertas abiertas el regreso del hijo pródigo, que hace fiesta con cada alma que se acerca a Dios, que canta el gloria cada vez que se produce una conversión.
Una Iglesia que acepta las dudas de sus fieles, que ofrece certezas que vienen de la fe y de la gracia del Espíritu, que llena de vida al que confía, que trata de dar respuestas al que busca.
Una Iglesia que no vive de los oropeles con la que se le prejuzga sino que, en realidad, es como esa pequeña casa de Nazaret, humilde y sencilla, donde habita el Dios del amor y de la misericordia.
Una Iglesia que llora con el que sufre, con el que no tiene nada, con el oprimido, con el humilde.
Una Iglesia abierta al fuego abrasador del Espíritu Santo y al viento poderoso de su gracia.
Una Iglesia que es en si misma también la imagen del Magnificat porque la Iglesia es María, es alegría, es esperanza, que mira la humillación de los humildes, que esparce su misericordia sobre cada generación, que dispara a los soberbios y enalteces a los pequeños y que se alegra en Dios, el Salvador del mundo.
Y todo este mundo nació al pie de la Cruz, el día en que Jesús, mirando a su Madre, exclamó: «Mujer, ahí tienes a tu hijo». Fue aquella tarde una noche de muerte pero también de vida, motivo de fe y de alegría.

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¡Gracias, Señor, por la constitución de tu Santa Iglesia a los pies de la cruz! ¡Gracias, Señor, por darnos a María, tu Madre, como Madre de todos y de la Iglesia! ¡Gracias por este acto de misericordia y de amor que nos abre a vivir acorde con Tu Evangelio que es el Evangelio de tu Santa Madre! ¡Gracias, porque con Ella podemos ir al encuentro de tu persona y del prójimo, caminar a su vera para hacer el camino de la vida que nos lleva hacia el cielo prometido! ¡Gracias, Señor, por tu Iglesia Santa, don gratuito de Dios que María lleva con preciado regalo en sus entrañas de Madre! ¡Gracias, Señor, por la fuerza que infunde el Espíritu Santo sobre tu Iglesia, llevándola en el devenir de la historia para hacerla cada día más santa, más católica y mas apostólica! ¡Gracias, Señor, porque de la mano de María podemos ir cada día al banquete del cordero, donde Tu te inmolas por nuestra redención! ¡Hazme, Señor, acoger en mi corazón como miembro de tu Iglesia a los que sufren, a los que no tienen nada, a los despreciados, a los humillados, a los Zaqueos de este mundo, a los publicanos, a los que no te conocen, al abandonado a la vera del camino, al ciego, al paralítico de Betsaida, al leproso, a la samaritana, a rico de nacimiento que te abandona, a los de la pesca milagrosa o del monte de las Bienventuranzas, a la mujer adúltera… hay muchos que necesitan de nuestra amor y de nuestro encuentro para darte a conocer, Señor! ¡Envía tu Espíritu Señor para que dote a tu Iglesia de la gracia de la fortaleza, la sabiduría y la piedad para ser testigo de tu Evangelio! ¡Y a ti, Padre, gracias porque la Iglesia es tu mismo corazón que nos lo diste por medio de tu Hijo a los pies de una cruz!

Hermoso himno Mater Ecclesiae que dedicamos a Nuestra Madre, Madre de la Iglesia:

Al encuentro de San José

¡Festividad de san José! ¡Hermoso día el que nos regala la Iglesia! ¡Conmemoramos la figura de San José, el hombre que cumplirá la promesa hecha a David y que tendrá que velar por Jesús a quien Dios engendró en el seno de María para ser el Mesías de Israel! ¡San José, el protector de la humilde familia de Nazaret donde Jesús crecerá en sabiduría y gracia!
Esta misión que Dios confía a José para que se convierta en el protector y el guardián de María y Jesús se extiende a diferentes áreas de nuestra vida.
Para mí san José es más que el padre de Jesús. Es mi protector. Mi confidente. Mi amigo. Una figura que me conduce a Jesús. Al que encomiendo muchas de mis necesidades y al que pido por la Iglesia.
Al igual que san José mantuvo y protegió al Niño Jesús, el Dios hecho hombre, continúa guardando y protegiendo la presencia del Padre de manera visible y efectiva por el sacramento de la Iglesia. A san José hay que confiarle su futuro pues la Iglesia es la casa de Cristo en la tierra.
Pero san José no solo es el protector de la Iglesia. Es, asimismo, guardián de la humanidad pues la razón de ser de la iglesia como institución es anunciar la buena nueva de Cristo a todos los hombres y testimoniar a quien es camino, verdad y vida. Si uno cree en Dios, en su presencia real en la Eucaristía, en la vida de cada ser humano, en las cruces de cada día, en la fuerza de su amor y de su misericordia, necesita también de la presencia de san José como testimonio de la seguridad que Dios otorga al hombre, como hizo con este sencillo y humilde carpintero de Nazaret.
Para mí, sobre todo, san José es el protector de mi familia. Se la encomiendo cada día. Soy consciente de que él es el protector de mi hogar como fue también el guardián amoroso de la casa de Nazaret. Él me da la fuerza como padre de familia y a él encomiendo a mi mujer y a mis hijos para que seamos capaces de vivir en el amor, creciendo en la confianza, vivificándonos en el amor de Dios y tratando de evitar los envites del egoísmo, de las rasgaduras de la convivencia y de los roces del desgaste cotidiano. San José, que aparece en segundo plano en los Evangelios, es la vínculo que une a la familia de Nazaret, el que marca la senda del amor, de la fidelidad, de la entrega y la generosidad. Un testimonio para la propia vida personal y familiar.
Y este es, en definitiva, el verdadero encuentro con san José. El de protector de mi propia vida. Al igual que velaba por María, la joven doncella de Nazaret, y de Jesús, el hijo de Dios engendrado por obra y gracia del Espíritu Santo, san José les acompañó en el camino de la vida, los apoyó, les ayudó a crecer calladamente en sus esfuerzos cotidianos, los consoló en sus dificultades, los estimuló en sus necesidades, les animó en la oración y les llevó al silencio de la interioridad. San José fue un padre ejemplar. El padre ejemplar. Mi padre ejemplar.
San José es uno de los pilares que me hace crecer cada día en la confianza en Dios, confianza que en él nunca se quebró.

orar con el corazon abierto

¡San José, padre de Jesús y esposo de María, me acerco a tu corazón santo y quiero aprender de Ti tu cumplimiento del deber, tu amor a tu familia, tu entrega en el trabajo, tu bondad con los demás, tu confianza en Dios, tu acercarte a las necesidades de tu familia, tu disponibilidad a cumplir los planes de Dios! ¡Quiero aprender de Ti la fidelidad a todas las obras, a tu esposa María, la madre de Dios, la sencillez de tus actos, el sí incondicional a la voluntad del Padre! ¡Quiero aprender de ti tu manera humilde y fiel de ser servidor de los demás! ¡Concédeme la gracia, san José, de tener tus virtudes de sencillez, de austeridad, de sobriedad, de humildad, de profundidad, de silencio y de oración! ¡Invádeme con tu silencio interior, san José, para que el ruido que me rodea no sea obstáculo para escuchar como hiciste tu el soplo del Espíritu en mi vida! ¡Concédeme, san José, a ser grande en la pequeñez como hiciste Tu y olvidarme de mi mismo para pensar más en los demás ¡Enséñame como hiciste Tú con Jesús a trabajar siempre honradamente con el trabajo de mis manos, con buenas obras y mejor actitud! ¡San José, Tu conociste las pruebas, las dificultades, los sufrimientos, los cansancios, las preocupaciones materiales y la dureza de la vida, pero lo sobrellevaste todo con paz interior, serenidad y alegría; que mi vida sea siempre como la tuya! ¡Te entrego, san José, todos mis intereses, mis alegrías y mis penas, mis deseos y mis anhelos para que los eleves al Padre!  ¡Te confío, glorioso san José, a la Iglesia para que todos los que la formamos crezcamos en santidad! ¡Te confío a todas la familias del mundo y a todos los padres de familia para que crezcamos en santidad y en nuestros hogares impere el amor, la caridad y la generosidad! ¡Te confío san José a los tristes, a los desamparados, a los que están solos, a los desvalidos, a los que no tienen esperanza! ¡Te confío, san José, mi corazón para que esté siempre abierto al misterio de Dios! ¡Te confío, san José, a los moribundos para que en el tránsito de su vida puedan llegar a Dios! ¡Te confío, san José, a todos los sacerdotes de la Iglesia para que como tu se entreguen de corazón al Señor y sean reflejo de Cristo en la sociedad!

Feliz día a todos los José y Josefas y, una oración especial, por nuestro amado Papa Benedicto XVI en el día de su santo.

En esta festividad, cantamos este himno a San José:

El deseo de ser santo

La Iglesia celebra hoy la festividad de Todos los Santos. Es un día de gran alegría porque nos permite sentir que no caminamos solos sino que hay una nube en el cielo repleta de testigos de la fe que nos acompañan siempre. Con estos santos, que han peregrinado como nosotros, los hombres formamos el Cuerpo de Cristo. Sólo pensar que con ellos somos santificados por el Espíritu Santo es motivo de alabanza y de gozo, de júbilo y de alegría. Me hace sentirme fuerte, esperanzado, optimista, confiado porque hay una milicia celestial de santos que cada día, postrados ante Dios, intercede por mí —y por ti—, ante el Padre. ¡Qué alegría, que gozo, que contentamiento porque eso me permite poner todavía con más convencimiento mi mirada en el Señor!
Observamos a los santos en las estatuas de la iglesias, en los atrios, en las fachadas de los templos, en las plazas públicas —éstas, lamentablemente, cada vez menos— y podemos llegar a pensar que no son más que figuras inertes, pasivas, meros soñadores del pasado sin relevancia en el presente. Pero nada de eso es cierto. Los santos fueron como nosotros gente corriente, con las mismas tribulaciones y sufrimientos, con los mismos defectos y virtudes. Gentes de carne y hueso que tuvieron la valentía y el coraje de buscar la radicalidad de la santidad ordinaria, de imitar a Cristo en todos sus actos, de vivificar su vida para asemejarse a la del Señor. Hombres y mujeres de vida ordinaria, en la mayoría de los casos sencilla, aunque su corazón fuese muy grande. Gentes de integridad probada, de vida interior serena, de valentía comprobada, de entrega confiada a Dios, de servicio humilde a los que más lo necesitaban, de amabilidad alegre, de gozo cristiano, de búsqueda de la verdad, la justicia, la paz, la solidaridad y el amor, de orgullo por ser hijos de Dios sin avergonzarse de ello… Gentes corrientes, de las que no conocemos sus rostros, ni sus nombres y, ni siquiera, sus acciones, pero que fieles a su bautismo dieron un «sí» sin condiciones y que a lo largo de su vida trataron de ser coherentes con su fe y trataron de cumplir con fidelidad y amor la voluntad del Padre.
Hoy todos ellos resplandecen en la luz de la Iglesia y yo me siento gozoso porque mi corazón se ilumina por sentirme lleno de alegría al contemplar el ejemplo luminoso de tantos santos corrientes que pueblan el cielo. Y me siento alegre porque yo también puedo aspirar a la santidad. Ese debe ser mi gran deseo. Ser santo. Ser santo para sentirme cerca de Dios. Ser santo para ser luz para los que me rodean. Ser santo para pertenecer a esa comunidad de los que se sienten cerca del Padre. Ser santo para reafirmar mi vocación de cristiano. Ser santo para ser dócil a los designios de Dios. Ser santo para ser amigo verdadero de Dios. Ser santo no para lograr éxitos extraordinarios ni reconocimientos humanos sino única y exclusivamente para seguir a Cristo en la cotidianidad de mi vida marcada por las dificultades, el sufrimiento pero también por las gracias que el Señor me concede.
¡Qué día tan hermoso! ¡Qué día tan hermoso, Señor, saber que estás acompañándome en este día y me invitas a seguirte con fidelidad y confianza para algún día entrar a formar parte de la familia de los santos corrientes que pueblan el cielo en tu compañía!

orar con el corazon abierto

¡Señor, que alegría pensar en este día! ¡Tú me invitas a la santidad, Señor, y aquí me tienes con mi miseria y mi pequeñez dispuesto a seguir tu invitación! ¡Padre bueno, ser santo exige esfuerzo y con la ayuda de tu gracia y de la fuerza de Tu Espíritu sé que es posible lograrlo porque no es una obra mía sino una obra tuya! ¡Señor, gracias, porque en mi vida todo es un don de Tu amor y yo no quiero permanecer indiferente ante él! ¡Ayúdame a renunciar a mi soberbia, a mi orgullo, a mis dependencias, a mi pecado… para perderme a mí mismo y unirme más a ti! ¡Señor, tu exclamas que bienaventurados sean los pobres de espíritu, los que lloran, los mansos, los que tienen hambre y sed de justicia, los misericordiosos, los puros de corazón, los artífices de la paz, los perseguidos por causa de la justicia! ¡Hago mío este mensaje, Señor, pero me resulta tantas veces seguirlo por mi autosuficiencia y mi orgullo, por mi dureza de corazón y mi insensibilidad antes las necesidades ajenas que te pido ayuda e imploro tu misericordia! ¡Dame el valor de vivir tus mensajes e imitar a los santos que te dan gloria! ¡Que el ejemplo de los santos, Señor, me inspiren hoy para cambiar de vida de modo que el amor, la paz y la justicia sean los valores que impregnen mi actuar cotidiano! ¡Gracias, Señor, por tu amor y misericordia!

En este primer día de noviembre, nos unimos a la petición del Papa Francisco para este mes que pide rezar “por los cristianos de Asia, para que, dando testimonio del Evangelio con sus palabras y obras, favorezcan el diálogo, la paz y la comprensión mutua, especialmente con aquellos que pertenecen a otras religiones”.

Del maestro de capilla Jan Dismas Zelenka nos deleitamos hoy con su Missa Onmium Sanctorum ZWV 21, compuesta para la festividad de Todos los Santos:

Cuestionarte las propias experiencias

«¿Por qué las hojas cambian de color en el otoño?», me pregunta mi hijo pequeño. Vivimos de preguntas y respuestas. A medida que los días se hacen más cortos la ausencia de luz provoca que los arboles tiñan sus hojas de tonalidades rojizas, marrones y amarillas. Así, su pigmentación cambia logrando que el otoño tenga su particular color.
Desde joven me ha gustado pisar en otoño las hojas caídas en el suelo. Especialmente cuando hago excursiones por la montaña disfruto con el crepitante sonido de esas hojas que forman una alfombra multicolor en los senderos del campo.
Las personas nos hacemos muchas preguntas a lo largo de la vida pero pocas veces nos preguntamos en qué ha cambiado nuestra vida. Por otro lado, preguntas que a algunos les resultan apasionantes otros ni siquiera se las plantean. Lo interesante es la posibilidad de compartir experiencias, conocimientos y descubrimientos. El compartir experiencias es uno de los aspectos más enriquecedores de la vida. Por eso resulta tan importante vivir en comunidad porque la vida junto a otros te hace cuestionarte muchas cosas.
Personalmente, como cristiano me han enriquecido enormemente los testimonios de personas que han abierto su corazón o los textos de hombres y mujeres que han dejado su impronta de santidad o, simplemente, reflejan en sus libros cuestiones que te permiten plantearte tu propia realidad. Pero, sobre todo, lo que más me enriquece y me estimula es observar la misericordia y el amor de Dios en la vida del prójimo, como el Padre creador trabaja de manera constante en la vida de tantas personas a mi alrededor.
Esto es lo que da sentido auténtico a la iglesia, a la que con sus defectos y sus virtudes, tan unido me siento, esa comunidad de individuos imperfectos —entre los que yo me encuentro— que peregrinan por este mundo junto a Jesucristo, que tratan de mejorar cada día a su lado, que de Él aprenden a vivir en santidad pero que también crecen gracias al encuentro con el otro.
En el seno de la Iglesia te puedes plantear una multitud de preguntas y puedes utilizar cada una de las respuestas para crecer humana y espiritualmente para ser sal de la tierra y luz del mundo y para que, unidos entre sí en una sola fe, una sola vida sacramental, una única esperanza común y en la misma caridad bajo la guía imperecedera del Espíritu Santo, transformar el mundo, el propio y el de los demás. ¡Gracias, Padre, por tu Iglesia santa de la que eres su santísimo autor!

 

orar con el corazon abierto

¡Padre, te doy gracias y te glorifico porque nos amas profundamente y nos has convertido a todos en tus hijos adoptivos! ¡Eso, Padre, nos obliga a amarnos unos a otros, especialmente a los enemigos, sabedores que amando a los demás te amamos profundamente a Ti! ¡Padre, Tu eres fuente de vida y de amor, ayudarme a ser siempre generoso con los demás y ser testimonio en mi comunidad! ¡Espíritu Santo, te misericordia de tu Santa Iglesia y por tu gran poder celestial hazla firme ante los embates de sus enemigos, sean interiores o exteriores! ¡Llénanos a todos los que la formamos de luz y de amor y ayudarnos a enfrentarnos a todos lo que se oponga a las enseñanzas de Jesús! ¡Ayúdanos a ser testimonio de vida, de fe y de esperanza en todos los momentos de nuestra vida! ¡Mira con bondad a todos los que la integramos, fortalece nuestra fe y llena nuestro corazón de esperanza cierta! ¡Gracias, Señor, porque nos has llamado a ser miembros vivos de tu Santa Iglesia, que tu Espíritu nos haga siempre ejemplos de la verdad!

Pan transformado, cantamos hoy ensalzando a nuestra Iglesia católica:

Me siento Iglesia

Respeto a los que dentro de la Iglesia ven siempre lo negativo. A los que buscan la crítica. La Iglesia la formamos hombres y los hombres somos pecadores. Para mí lo hermoso de la Iglesia es la comunión. En la Iglesia Jesús invita a la humanidad entera a volcar su fe, a creer en ella. La Iglesia es la esposa de Cristo. Compuesta por hombres y mujeres de carne y hueso, con corazones alegres o heridos, con esperanzas o frustraciones latentes. Cristo también fue hombre.
Yo me siento Iglesia. Sufro con muchas cosas que observo a su alrededor. Tampoco yo soy perfecto. Pero me siento Iglesia porque me siento parte de la comunidad trinitaria. Porque asisto cada día a las Bodas del Cordero, esa realidad misteriosa que es la Eucaristía que me llega de gozo y esperanza.
Dios nos ha creado para vivir en comunión con Él. Hay que rezar por la Iglesia, amar a la Iglesia, sentirse Iglesia. Pero cuando se rompe la unidad, el amor y la solidaridad desaparecen. Cuando la comunión entre los miembros se desmembra, la Iglesia deja de ser católica y es católica como decía tan bellamente el Papa Francisco porque es la casa de la armonía que sabe integrar la diversidad de cada elemento en la armonía de una sinfonía. Cuando restamos fuerza al mandamiento del amor, la Iglesia pierde su universalidad. Cuando el egoísmo y la crítica cerril se impone, Dios da un paso atrás y se ausenta. Cuando falla la caridad, deja de hacerse viva la experiencia del amor divino.
La comunión se debilita cuando desaparece la misericordia y el perdón. La comunión falla cuando desfiguramos la realidad de la Iglesia.
Yo me siento Iglesia porque es el camino del amor, de la entrega, de la paz, del perdón, del silencio en tiempo de tribulación, de llevar justicia, paz, verdad y misericordia al mundo; de amar hasta que duela; de servir sin pedir nada a cambio; de abrazar aunque no te abracen…
Me siento Iglesia en el momento mismo en que quiero ser el rostro de Dios en la sociedad, en mi ambiente familiar, social y laboral. Me siento Iglesia cuando trato de hacer míos los valores del Evangelio y acoger en mi corazón los pensamientos, los sentimientos y las acciones del Señor.
Me siento Iglesia cuando me alimento del pan de vida y de la sangre gloriosa de Cristo. La Eucaristía es el sacramento de la comunión fraterna. Por eso soy Iglesia porque unido a Cristo me uno al hermano en el mandamiento del amor.

orar con el corazon abierto

¡Padre bueno, me has llamado a formar parte de tu Santa Iglesia Católica, me lleno de gozo y alegría por formar parte de tu familia santa; llénanos de tu luz y de tu amor para profesar con alegría, autenticidad y caridad la fe que hemos recibido de Ti por medio del Espíritu Santo! ¡Danos, Padre de amor y de bondad, la fortaleza para afrontar las debilidades humanas y poner en valor las enseñanzas de Tu Hijo Jesucristo! ¡Hazme, Padre de misericordia, un cristiano fiel, servidor de la verdad, testimonio de amor en la sociedad! ¡Envía tu Espíritu, Padre, para que la unidad y la caridad reinen en el seno de la Iglesia y que la certeza de nuestra fe nos haga caminar juntos hacia un mismo ideal! ¡Bendice al Santo Padre, al que has confiado la misión difícil de guiar a la Iglesia y dótale de la sabiduría para que sea el guía que gobierne tu barca! ¡Bendice a los obispos y sacerdotes, cúbrelos con tu amor y tu gracia para que se conviertan en verdaderos servidores tuyos y con sus palabras y su servicio sean estímulo para que crezca nuestra fe; consérvalos en la santidad y dales perseverancia en su misión y hazlos comprometidos con su vocación! ¡Bendice a todos los laicos bautizados para que seamos luz en el mundo, sal que de sabor a la sociedad, levadura que fermenta en el mundo y agua que limpia corazones sufrientes! ¡Mantén unida a tu Iglesia, Padre, en una misma fe, esperanza, caridad y amor! ¡Únenos a todos en un mismo ideal y concédenos la gracia del amor y la luz del Espíritu Santo! ¡Te pido por la conversión de los pecadores y de los que no creen en Ti! ¡Gracias, Padre, por darme la fe, por ser miembro de tu Iglesia y por la hermandad de Jesús, tu amado Hijo!

Iglesia peregrina de Dios, testimonio de amor:

Amar a la Iglesia

En un encuentro informal en un bar, en el receso de un seminario comercial, con gentes de pensamientos muy diversos se inicia una conversación en el que el tema central es la crítica mordaz a la Iglesia. Trato de defenderla con datos objetivos pero la vehemencia de los comentarios respira tanta animadversión que prefiero callar y mientras critican rezar en silencio.
Yo amo a la Iglesia. Es mi casa. Es la obra culmen de Jesucristo. Su gran obra maestra. La que le permite su perpetuación en este mundo. Es el gran milagro que nos han dejado Jesucristo y sorprende que haya podido formar, educar y sostener a tantos millones de personas a lo largo de la historia. Pero es así por el soplo del Espíritu. Impresiona que fuera comenzada por doce rudos pescadores y gentes sin apenas formación y sin ningún estatus social ni político. Pero hace tanto bien, ha dejado tanta bondad a lo largo de la historia, que todas las fuerzas del mal luchan contra Ella desde tiempos inmemoriales pero la fuerza del Espíritu Santo hace y hará que viva, crezca, prospere y se mantenga. La Iglesia, fortalecida por el soplo del Espíritu, logra desafiar a la maldad del hombre.
Me siento muy feliz de pertenecer a ella, es un gran regalo que Dios me ha hecho. Junto con la vida, uno de los más grandes. Y por eso la amo, porque es un obsequio personal de Dios. Y me siento orgulloso de tener como hermanos a los Patriarcas, a los Profetas, a los Apóstoles, a los Mártires, a los Confesores, a los sacerdotes, a las Vírgenes y a todos los Santos.
Amo profundamente a la iglesia y mi deber es servirla como Ella quiere ser servida, desde la pequeñez de mi santidad cotidiana, gozando de sus dolores y sus alegrías, siendo responsable en mi apostolado, orando por ella, ofreciéndole mis pequeñas mortificaciones, cumpliendo con amor y por amor las labores que me corresponden cada día, trabajando por Ella con alegría y, sobre todo, testimoniando con mi vida que soy un hijo fiel. Tal vez con esto pueda ser testimonio ante aquellos que la critican… El problema es que no siempre los demás pueden ver en mi el hijo ejemplar de esta Madre Santa.

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¡Dios Padre de Bondad, te pido por tu Santa Iglesia Católica para que la llenes cada día con la fuerza de la gracia de tu Espíritu; donde haya mancha de pecado por nuestros errores humanos, nuestro egoísmo y nuestra falta de verdad, purifícala; dirígela para que no caiga en el error; reformarla cuando veas que se extravía de la verdad; consérvala para que haga el bien a las almas de este mundo tan necesitadas de ti; provéela de todo aquello que necesite; únela con los lazos del amor cuando veas que haya divisiones entre las personas y entre las iglesias cristianas; hazlo por amor de Jesucristo, tu Hijo, que murió y resucitó, y vive siempre para interceder por nosotros! ¡Espíritu Santo, ten misericordia de tu Iglesia y fortalécela ante los ataques de los enemigos exteriores e interiores! ¡Virgen María, Tu que contemplas como la Fe Católica trata de ser derribada de este el mundo por el Príncipe del Mal intercede y ayúdanos a mantenernos firmes en el Señor! ¡Danos familias santas para que surjan santas vocaciones!

«El Espíritu de Dios está en este lugar» cantamos para que el soplo de Dios nos fortalezca y nos haga fieles a su Iglesia :

¡Sí, amo a la Iglesia!

Permanecía ayer en silencio en una capilla con el Santísimo Expuesto haciendo vigilia de oración por el día del Corpus Christi que hoy celebramos. Y me sentía feliz, agradecido. ¡Agradecido! ¡Y amado! ¡Amado por el Dios de la vida! ¡Amado por Cristo! ¡Amado por el Espíritu Santo! Y siento yo también un profundo amor por la Santísima Trinidad y por la Iglesia Católica a la que pertenezco. La fiesta de hoy está íntimamente unida al Jueves Santo, a la misa in Caena Domini, en la que se solemnemente se instituyó la Eucaristía, y en la que se revive el misterio de Cristo que se entrega a nosotros en el pan partido y en el vino derramado. Hoy este misterio se lleva en procesión por las calles de la ciudad y de los pueblos para dejar constancia que el Cristo resucitado camina en medio de nosotros y nos guía hacia el cielo.
Es un día de alegría y de amor a la Iglesia. Y la amo porque es fundación de Jesús y es el camino que me lleva a la santidad, la que me conduce en mi peregrinar hacia el cielo.
Y la amo porque es santa, porque santa es su cabeza, porque sus fines son santos y porque muchos de su seguidores han alcanzado la santidad a pesar de su origen pecador.
Y la amo por la fuerza de su tradición. Por san Pablo, por Hildgard von Bingen, por san Francisco de Asís, por san Benito, por santa Clara, por santa Teresa Benedicta de la Cruz, por santa Teresa de Jesús, por santa Faustina Kowalska, por san Josemaría Escrivá, por san Juan Pablo II —referentes de mi vida espiritual—, y por tantos hombres y mujeres que han dejado su poso espiritual.
Y la amo por su catolicidad universal; porque a través de ella tantos hombres y mujeres se han acercado a Dios. Y porque me permite hablar el mismo lenguaje de paz, de caridad, de misericordia y de amor con tantos hermanos que me encuentro en mi caminar.
Y la amo por la delicadeza de su liturgia. Por los detalles de la Santa Misa. Por las Misas solemnes de Navidad. Por los oficios de Semana Santa. Por la vela pascual. Por la vigilia de Pentecostés.
Y la amo por tantas obras de misericordia que desarrolla en los campos de la salud, de la educación, de la promoción de los pobres y los necesitados con el único fin de ayudar a cada persona a seguir a Cristo, vivir en Cristo y morir en Cristo.
Y la amo por los sacramentos que me permiten vivir el misterio del Amor y me ayudan en el camino de la salvación. Y, allí donde voy, por el sacramento de la Eucaristía que me une en comunidad a mis hermanos de otras lenguas y razas.
Y la amo por la fuerza de la Palabra que manifiesta el reino de Dios.
Y la amo porque es una herencia que tengo que cuidar, es la herencia recibida de mi familia que ha transmitido la fe de generación en generación.
Y la amo porque es la vía para canalizar mi fe, don de Dios, y con el testimonio de mi fe tocar el corazón del prójimo por obra del Espíritu Santo que vierte todas las gracias sobre todos los hombres.
Y la amo porque es tan débil, vulnerable e imperfecta como yo pero en su bendita limitación es creación del Señor y está guiada por el Espíritu Santo. Y la amo porque la conforman seres humanos que, al igual que me ocurre a mí, yerran y pecan, pero se levantan por la misericordia de Dios. Y la amo porque el Señor no invita a los rectos y a los perfectos sino a los pecadores que buscan el perdón y esperan su llamada, a los que quieren resguardarse del frío y quieren encontrar el abrazo del Padre.
Por todo esto amo a la Iglesia. Y doy gracias a Dios, a mis padres y a tanta gente que se ha cruzado en mi camino por ayudarme a crecer en su interior.

amo a la iglesia católica

¡Dios, Padre de bondad y misericordia, Tú nos has llamado a formar parte de tu Iglesia! ¡Escucha hoy esta oración sencilla que te elevo para que llenes siempre de luz a todos los que profesamos la fe cristiana y católica! ¡Danos, Padre bueno, la fortaleza que proviene de tu Espíritu para ser capaces de enfrentarnos a la vida con valentía y acoger en nuestro corazón las enseñanzas que tu Hijo Jesucristo nos ofreció con su Palabra y su vida! ¡Te pido hoy, Padre, que con la certeza de mi fe me ayudes a dar testimonio de tu amor y tu misericordia en todos los momentos de mi vida! ¡Te pido por todos los integramos tu Iglesia! ¡Por el Santo Padre, para que sea un hombre santo, que ejerza su misión según la verdad y las inspiraciones del Espíritu Santo! ¡Que sus palabras lleguen al corazón de la sociedad, de los gobernantes y de los fieles! ¡Que su mensaje llene de paz el corazón de los hombres! ¡Llena de tus santos dones a los obispos, sacerdotes y consagrados y consagradas, bendícelos a todos con tu amor y con tu gracia, para que sean verdaderos servidores tuyos! ¡Que su fe se convierta en un modelo para los laicos de hoy! ¡Bendice siempre su trabajo para que no desfallezcan en su misión! ¡Que su ejemplo sea un estímulo para creer en la fe y vivir en el amor que Cristo nos mostró! ¡Hazlos a todos ellos diligentes y comprometidos con las personas que más lo necesitan! ¡Y míranos a nosotros, tus fieles bautizados en todos los confines del universo que tus ha creado! ¡Ayúdanos a ser luz del mundo! ¡Ayúdanos, con la fuerza de tu Espíritu, a ser levadura que fermente en la sociedad! ¡Ayúdanos a estar siempre unidos a nuestros pastores, a vivir en la fe, la esperanza, la justicia, el amor y la caridad! ¡Ayúdanos a crear un mundo más justo y solidario! ¡Ayúdanos a llevar tu Palabra y nuestro testimonio para que algún día todo la humanidad podamos proclamar unidos tu nombre santo y sepan que Jesucristo es tu Hijo y Salvador nuestro! ¡Gracias, Padre, por tu Iglesia a la que tanto amo a pesar de sus imperfecciones! ¡Gracias porque en torno a ella y con ella me acerco cada día más a Ti! ¡Gracias por darnos a Jesucristo, tu Hijo amado! ¡Gracias enviarnos a tu Santo Espíritu, que es la guía para llegar a Ti!

Jaculatoria a la Virgen: ¡María, llena de gracia, figura de la Iglesia, figura del cristiano, intercede ante el Padre por las necesidades de la santa Iglesia y de todo el mundo!

En este domingo de mayo escuchamos el Haec dies, a 3 voces del compositor inglés Thomas Morley: