Vivir la fe a la luz de las obras de misericordia

Te suceden en la vida cosas complejas pero siempre sientes que a tu lado ¡Jesucristo ha resucitado! Este suceso llena de alegría nuestros corazones y lo que hemos vivido no nos deja indiferentes. Y comprendes que has de vivir con mayor intensidad los acontecimientos de la Resurrección del Señor de la Misericordia. 

Vivir nuestra fe a la luz de las obras de misericordia nos da una luz muy clara de nuestra concepción cristiana. Es hermoso testimoniar como Dios que se hizo carne se ha acercado a nuestra vida asumiendo nuestra humanidad en la suya propia. Y muriendo por nuestra redención. Es un motivo de alegría y de esperanza comprender la manera con la que actúa Dios.

No deja de conmoverme como Jesús ha dejado también testimonio de que en los momentos de cruz se puede vivir con gran intensidad el misterio de las bienaventuranzas. Jesús, que es el rostro visible del Dios invisible, nos ha hecho comprender que lo único importante es amar a las personas no a las ideas. Jesús, muerto en la Cruz por amor, nos deja a los pies del madero santo la enseñanza de que el amor es el único camino para la vida del cristiano. Es allí donde ponemos en cuestión nuestra verdadera identidad. Llegará un momento, a la entrada del reino celestial, que todos individualmente seremos examinados de amor. Amor.

Hay que vivir en clave de misericordia, obras que se convierten para cada uno en el termómetro más fidedigno de nuestro compromiso y fidelidad con nuestra fe; el test para comprobar si verdaderamente seguimos al Señor. 

Es hermoso sentir como Cristo resucita cada día en tu vida, renovando también nuestro interior. Lo sientes vivo, cercano, próximo en la Eucaristía cotidiana. Es el momento para caminar por la senda del amor que sólo podremos materializar en acciones y gestos que denoten nuestra capacidad para amar sin olvidar nunca que es imposible amar al Dios que no vemos si somos incapaces de amar a aquellos que nos rodean y que cada día vemos.

¡Dios de amor, que me amas tanto, que no me olvidas, que no me abandonas, que me tienes siempre presente, haz que mi mirada siempre esté volcada en el prójimo, que pueda ver todos los que me rodean como me ves tu a mi, con ojos tiernos llenos de amor y de misericordia! ¡Permite que los vea con esa dignidad de hijos tuyos, más allá de las apariencias de cada uno, de sus circunstancias vitales, de su situación social, de sus ideas…! ¡Concédeme la gracia de ver a quienes me rodean como hijos amados tuyos, queridos por ti! ¡Permite, Señor, que mi corazón se abra siempre a la escucha de las necesidades del prójimo, para acoger sus necesidades y sufrimientos con esa compasión, amor, ternura, caridad y acogimiento que tu prestas a quien acuden a Ti! ¡Que mi corazón, Señor, esté siempre abierto a comprender lo que necesitan, lo que sienten, lo que esperan! ¡Hazme atento a los consejos que me dan porque tu, Señor, sabes que a veces mi orgullo y mi soberbia me impide escuchar y dejarme aconsejar por las personas que me aman! ¿Que mi corazón, Señor, esté predispuesto al amor, a la entrega generosa, al servicio pleno, lleno de alegría para dar lo mejor de mi para todos aquellos que lo necesitan! ¡Señor, hazme un testigo de tu misericordia!

¡Quiero ser como el pan ácimo de la Pascua!

El día de la Santa Cena para acompañar al cordero pascual Jesús, después de consagrarlo, repartió entre sus discípulos pan ácimo, el que se elabora sin levadura. Aquella noche santa Jesús instituyó la Eucaristía, el alimento que nos llena espirituamente.
Las obleas de nuestras comuniones —la hostia que consagran los sacerdotes— están elaboradas de pan sin fermentar y sin levadura —símbolo de corrupción y del pecado—. Este pan es el que representa el Cuerpo de Nuestro Señor.
¡Durante este tiempo de Pascua quiero ser como un pan ácimo para mi prójimo! ¡Un pan nuevo, puro, vivificante, simple, humilde, y fecundo de buenas obras!
Y quiero serlo porque el pan es el alimento principal en la vida de los hombres. Porque cada nueva jornada al rezar el Padrenuestro le pedimos al Señor que nos conceda el pan de cada día para alimentar nuestra vida y nuestro corazón. Ser pan para alimentar también la vida del prójimo con mis acciones y mis palabras, con mis sentimientos y mis actos.
Porque el pan ácimo es un pan sin levadura que se elabora con masa nueva, limpia y yo quiero resurgir en esta Pascua con un corazón renovado, purificado, transformado interiormente. Porque hago mías las palabras de san Pablo que recomienda vivamente en su Primera Carta a los Corintios que nos despojemos de «la vieja levadura, para ser una nueva masa, ya que nosotros mismos somos como el pan sin levadura. Porque Cristo, nuestra Pascua ha sido inmolado. Celebremos, entonces, nuestra Pascua, no con la vieja levadura de la malicia y la perversidad, sino con los panes sin levadura de la pureza y la verdad».
Porque el repartir el pan es símbolo de comunidad, de unión fraterna, de generosidad y de hospitalidad. ¿Acaso la Eucaristía no nos enseña que, además de llenarnos de alegría y de consuelo, de esperanza y de amor, nos sitúa en el centro con Jesús, que en medio de la comunidad, muestra el camino para darse al prójimo y servir y no ser servido? ¿Al comer el Cuerpo de Cristo en total entrega por la humanidad no nos convertimos en signos de su Buena Nueva y si somos coherentes con nuestra fe en símbolos de fraternidad y amor?
Porque el pan es también fruto de la Palabra viva de Dios. ¿O no surgió de la boca de Jesús cuando fue tentando en el desierto el recordatorio de que «El hombre no vive solamente de pan, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios»? ¿Y no tengo como cristiano el deber ineludible de transmitir la riqueza de la palabra de Dios, de mostrar la Buena Nueva del Evangelio y de poner en práctica en mi entorno sus enseñanzas?
Porque siendo pan ácimo me convierto en un ser lleno de confianza para vivir en el abandono en Dios. Para aprender a confiar en Él, para vivir según su voluntad y no la mía, para esperar en su providencia divina. ¿Acaso cuando huyó de Egipto el pueblo de Israel y merodeó por el desierto no les dio Dios el pan y el agua necesarios para sobrevivir?
Y porque amo a María, la mujer pura, inmaculada, sin rastro de pecado, adornada de humildad, sencillez, generosidad, entrega, de una vida interior sin dobleces, con manos siempre abiertas al servicio, atenta a las necesidades del prójimo, llena de comprensión, caridad y misericordia. Ella es el referente, auténtica puerta hacia el cielo y la gracia. El pan sin levadura del que nació Jesús.
Todos somos, en cierta manera, panes nuevos, los panes ácimos de la Pascua comprometidos con aquel que ha resucitado de entre los muertos. Y yo quiero parecerme a Él. ¡Jesucristo ha resucitado, en verdad ha resucitado!

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¡Señor, en la Santa Cena partiste el pan mientras bendecías a Dios! ¡Con este gesto hermoso y humilde instituiste la Eucaristía! ¡Con este gesto, Señor, nos mostraste al mundo el sentido vivo de la solidaridad humana! ¡Hazme un pan ácimo de tu Pascua para que me limpie del veneno del pecado y de la muerte e infunda en mi la savia vital del Espíritu Santo: la vida divina y eterna! ¡Bendice mi vida, Señor, y la de los mío como hiciste al partir el pan! ¡Quiero, Señor, como los discípulos de Emaús reconocerte al partir el pan! ¡Quiero vivir la Pascua de manera alegre y esperanzada pero sin perder la perspectiva de tu Pasión, tu cuerpo magullado y mancillado en la cruz! ¡Quiero ser, Señor, pan ácimo de tu Pascua para ser signo de caridad y de unidad fraterna, de amor y servicio al prójimo! ¡Ayúdame a ser símbolo de tu amor, que mis miradas se vuelvan hacia el prójimo, que mi vida trascienda por encima de mis necesidades y sea capaz de ver lo que necesita mi hermano! ¡Concédeme la gracia de verte a Ti en el prójimo, para escuchar sus necesidades, sus clamores, sus sufrimientos, sus miedos, sus desesperanzas… como tu escuchas y atiendes las mías! ¡Concédeme la gracia de ser compasivo y tierno, generoso y servicial, para llevar consuelo al que sufre y el que lo necesita, como Tú haces conmigo! ¡Concédeme la gracia de atender la llamada del prójimo para entender y encontrar sentido a sus clamores como Tú atiendes los míos! ¡Concédeme la gracia de amar al prójimo como Tú me amas, de ser paciente y misericordioso como Tú lo eres conmigo, y de entregarme a Él como Tú lo hiciste conmigo! ¡Que aprenda a ser durante este tiempo de Pascua un pan ácimo para mi prójimo!

 

Hoy, que celebramos la festividad de la Virgen de Montserrat, nos encomendamos a la Madre de Dios, para que interceda por nosotros, le confiamos nuestro cuidado, la intercesión a nuestros seres queridos y a todos los que se sienten enfermos, solos o heridos. Y le pedimos que nos ayude a llevar nuestras cargas en esta vida hasta que lleguemos a participar de la gloria eterna y la paz con Dios. Y lo hacemos cantando el Virolai con la Escolania de Montserrat:

 

Abrir mis ojos como los discípulos

Me imagino la mirada interrogante de Pedro y Juan al ver la tumba vacía. Me imagino la mirada sorpresiva de María Magdalena al comprobar que el cuerpo de Jesús no estaba en el sepulcro.
Imagino a los discípulos congregados en el cenáculo. Los ojos de sorpresa al recibir la noticia de sus allegados. Ojos abiertos a la expectativa. Ojos abiertos a la esperanza, a la gracia, a la verdad del Cristo vivo. Ojos de fe. Ojos iluminados por la verdad revelada.
Imagino hoy todos y cada uno de los ojos de los discípulos. Los ojos de Juan, lacrimosos y sufrientes en el Calvario, al ser testigo de la agonía de Jesús, su amigo y en quién pone al cuidado de su Madre. Ojos que contemplan la entrega por amor de Cristo. Ojos ahora llenos de agradecimiento, de alegría y de esperanza.
Imagino los ojos de Pedro, rojos de tanto llanto desconsolado en la noche de la Pasión. Ojos hinchados por el dolor del abandono al Maestro. Ojos tristes por no haber dado la talla, por haberle negado tres veces ⎯¡hay, Señor, cuantas veces te niego yo cada día!⎯, por haberse dormido en el huerto de Getsemaní y por no haber comprendido el sentido de ser escogido como la piedra sobre la que Cristo edificará su Iglesia. Pero ahora sus ojos están iluminados por la luz de la gracia, del perdón, de la reconciliación y la alegría de la Pascua.
Imagino los ojos temerosos de Felipe, de Simón, de Andrés, de Bartolomé, de los dos Santiagos, de Tadeo y de Mateo. Sus ojos no mienten, son el espejo de su alma: tienen miedo, están desconcertados, se sienten huérfanos. Sus ojos delatan lo que siente su corazón, testimonian su falta de confianza, sus incertezas, el no comprender el mensaje de la Buena Nueva. Pero al ver al Cristo resucitado sus ojos irradian luz, traslucen viveza y la alegría que inunda su corazón.
Imagino también los ojos de Tomás. Ojos incrédulos, desconfiados y escépticos ante lo que los otros le cuentan. Ojos cegados al Cristo que puso en Él su confianza. Y cuando ese Cristo le invita a introducir su dedo en las llagas de su Pasión sus ojos se abren y exclama: «Señor mío y Dios mío», para mí una de las plegarias mas hermosas jamas pronunciadas.
Deseo abrir mis ojos como lo hicieron los discípulos. Abrirlos a la gracia para llenarme del amor puro de Cristo. Abrirlos para que se conviertan en ventanas que vean el corazón de cada persona. Abrirlos para que en mi mirada vean a un cristiano sencillo con sus fragilidades que intenta vivir en coherencia el Evangelio. Abrirlos para que desde el trasluz se vea la fe que me acompaña, el orgullo de mi alegría cristiana. Abrirlos para ser capaz de descubrir la grandeza de cada ser humano en el que Cristo se hace presente en su vida. Abrirlos para no juzgarlos. Abrirlos para que sientan mi cercanía. Abrirlos para no discriminar a nadie. Abrirlos para comprometerme con ellos. Abrirlos para ver todo lo que sucede a la luz de la Resurrección.
Quiero ver la vida con los ojos de los apóstoles y los primeros discípulos. Ellos abrieron los ojos en Pascua y su mirada fue limpia y traslúcida y viendo pudieron exclamar con gozo y alegría: ¡Jesucristo ha resucitado, en verdad ha resucitado!

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¡Señor, dame tu mirada que me lleva a Dios, que es un don del Padre de bondad, que me espera en cada una de las encrucijada de la vida! ¡Señor, dame tu mirada para que pueda mirar con tus ojos misericordiosos y darme a los demás! ¡Espíritu Santo, concédeme la gracia de ver con los dos de los apóstoles para contemplar en el día a día de mi vida al Cristo resucitado! ¡Transforma, Espíritu divino, mi mirada no solo en relación a los demás sino en relación a mi mismo! ¡Haz, Espíritu Santo, que mi mirada como la de los apóstoles sea una mirada transformadora, abierta a la alegría, al entusiasmo, al compromiso, a la fe, a la proclamación de la buena nueva del Evangelio! ¡Abre mis ojos, Espíritu divino, para ser compasivo con los demás, para aprender a aceptarlos como son y aceptarme a mi como soy yo! ¡Abre mis ojos para valorar las virtudes ajenas y no juzgar, para admitir mis fallos y mis defectos, para saber apreciar las angustias y los sufrimientos del prójimo, para mirar con ojos de perdón y de reconciliación! ¡Dame nuevos ojos para celebrar la vida con sus cruces y sus alegrías, para alegrar con mi presencia al que lo necesita! 

Ser llama vivificante del cirio pascual

El sábado seguí por televisión la sobria y no por ello alegre Vigilia Pascual desde el Vaticano que transmitía la televisión. Mientras el Santo Padre encendía el cirio pascual nosotros habíamos encendido también unas pequeñas candelas como si estuviésemos físicamente en el templo. Vivimos la ceremonia con una alegría «confinada».
De la muerte a la vida. La Pascua es la luz que alumbra sobre las tinieblas del mundo, la hermosura que se trasluce sobre tantas máscaras que encubren la maldad y fealdad de esta sociedad desacralizada, egoísta y materialista, la bondad que vence al mal, la vida que vence definitivamente a la muerte, el perdón que se impone al odio y el rencor, el bien que supera el mal, la esperanza que ilumina cualquier desazón, la alegría que difumina la tristeza, la paz que derrota a la violencia… pero me toca a mi, en mi pequeñez y mi fragilidad, en mi ser cristiano, el mantener viva jornada a jornada la llama incandescente del cirio pascual. Nuestras velas del sábado emitían una llamada tímida y pequeña pero basta ésta para iluminar el entorno en el que te mueves y testimoniar que ¡Cristo ha resucitado!
Antes de soplar la llama de mi pequeña candela ante el televisor sentí la necesidad de ser llama que testimonie la luz de Cristo. Ser como esta pequeña llama del cirio pascual —que presidirá todas las ceremonias religiosas hasta Pentecostés— en la realidad de mi vida. Llama que ilumine mi corazón y el de mi prójimo. Que ilumine las almas heridas, sufrientes, doloridas —hoy quizá más que nunca— de tantos que viven situaciones angustiosas. Ser una llama viva en todos y cada uno de mis afanes cotidianos, en lo simple y complejo de mi existencia, con mis múltiples fallos y aciertos. Ser luz de amor, de paz, de entrega, de perdón, de servicio y de generosidad. Ser luz que al caminar sea para vivir desde la verdad, la autenticidad, la honradez, repleto de paz interior, con serenidad del corazón, con multiplicad de gestos de bondad y actuando siempre con limpieza de corazón.
Si Cristo es para mí la luz de la vida como cristiano comprometido quiero ser hoy y siempre testimonio de esa luz y convertirme en una pequeña llama que brille en la pequeñez de mi entorno familiar, social, profesional y parroquial. Luz que haga exclamar con gozo. ¡Jesucristo ha resucitado, en verdad ha resucitado!

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¡Señor, en este día me siento muy unido a ti por la gracia de tu Resurrección gloriosa! ¡Quiero ser un cirio viviente que testimonie que has resucitado! ¡Quiero ser como la luz del cirio pascual que ilumine el camino de la vida, la mía primero, y de la de los míos después, pues sin coherencia de vida no puedo ser testimonio para los demás! ¡Quiero ser como la llama del cirio pascual para dar calor a mi corazón y el corazón de los que amo y de los que me cruce por el camino! ¡No quiero olvidar, Señor, que los clavos que hay en el cirio simbolizan tus cinco llagas, testimonio del sufrimiento por mis pecados; concédeme la gracia de vivir en coherencia con tu Buena Nueva, con tu Palabra y con tus enseñanzas alejándome del pecado y del mal! ¡Que el fuego destruya, Señor, mis pecados que tanto me alejan de ti! ¡Que los números que hay escrito en el cirio pascual, los de este 2020, no me hagan olvidar que debo recorrer todo este tiempo junto a Ti que eres el amo y Señor de la eternidad a la que aspiro llegar el día de mi traspaso! ¡Que no olvide que el alfa y omega incrustado en el cirio, Señor, es por Dios, mi Padre, al que le debo la vida, que es el principio y fin de todo, al que alabo, bendigo y glorifico por su amor y su misericordia para conmigo! ¡Que no olvide, Señor, que el cordero que aparece en el cirio eres Tu, que te revelaste durante tu pasión y muerte como el Cordero de Dios «inmolado» en la cruz para limpiar los pecados del mundo! ¡Y finalmente, Señor, que no olvide dejar de ver esa cruz incrustada que me recuerde que es el camino de la cruz el más directo para llegar al Padre que como Tu nos has enseñado; que no aparte de mi vida las cruces que me llegan sino que las acoja con el mismo amor con el que Tu moriste en el madero santo! ¡Espíritu Santo ilumina mi vida para ser luz en la inmensidad de la vida!

¿Cincuenta días de alegría y esperanza con lo que está cayendo?

El terrible y creciente número de muertes por la pandemia del virus que asola el mundo, la incertidumbre laboral y económica de miles personas a consecuencia de la crisis derivada por el virus, las angustias vitales que tantos tienen por el confinamiento… son razones racionales para la desesperanza. Pero la noche santísima del sábado, con la Vigilia Pascual, comenzamos un tiempo de esperanza y de alegría, que se materializó ayer con el domingo de Resurrección.
Estos cincuenta días que vamos a recorrer hasta Pentecostés deben ser un motivo de fiesta, un único y grandioso día de fiesta. Las siete semanas del tiempo pascual son las más poderosas de todo el año. ¡Celebramos la Pascua —el paso— de Jesús de la muerte a la vida, del sepulcro a su existencia gloriosa y vivamente presente en nuestra vida! Y es, además, un tiempo para convertirlo en nuestra propia pascua. Es la pascua de la Iglesia, que es su Cuerpo santo, por Él instituida, que por medio del Espíritu Santo el Señor llenará de gracia el día de Pentecostés. ¿Nos es esté un motivo inmenso para la alegría y la esperanza? ¿Creemos que Jesús es la luz del mundo? ¿Creemos que Su resurrección gloriosa ilumina de manera definitiva las tinieblas del pecado y de la muerte? ¿Creemos que Jesucristo es el manantial de la vida que nos nutre con su presencia, que es el hontanar del que emana el agua viva de la esperanza, que es la fuente de la que nace la felicidad cristiana?
La noche de la Vigilia Pascual entronizamos y encendimos el cirio pascual con el fuego nuevo bendecido. ¿Nos nos llama Jesús a ser cirios bendecidos que testimoniemos su luz, que después de muerto en la cruz surgió resucitado para nuestra salvación?
Se inician cincuenta días que siento, especialmente en este tiempo, han de tener una profunda repercusión en mi vida cristiana. Quiero hacer de estos cincuenta días un salmo de alegría, demostrarle al Señor que confío en Él, que florezco a la vida nueva que Él me regala, que renueve con fidelidad y gran fe mi compromiso bautismal; mostrarle que no me amilano ante los problemas y dificultades que se avecinan porque Él ha resucitado ¡En verdad ha resucitado!
No quiero olvidar que a la Pascua solo se llega desde la cruz. Recordar en este tiempo que aunque la cruz me redima no me garantiza la vida eterna. Que debo vivir en carne propia la Pasión redentora del Señor que es lo que realmente me une a Él. Que toda Pascua pasa primero por el Calvario para que la cruz sea verdaderamente gloriosa. Que debo aprender a morir —en los problemas, en los sufrimientos, en las incertidumbres, en los contratiempos, en las contrariedades…— para, finalmente, llegar a la resurrección. ¿Me lo creo? ¿Lo asumo? ¿Tomo conciencia que formo parte de una comunidad redimida que me exige una vida nueva en Cristo que implica amar como Cristo, vivir como Cristo, sufrir como Cristo?
Entonces ¿es posible vivir cincuenta días de alegría y esperanza con lo que está cayendo? Me corresponde vivirlo así para mostrar a mi entorno que soy y me reconozco como auténtico testigo del Resucitado. ¡Jesucristo ha resucitado, en verdad ha resucitado!

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¡Señor, te doy gracias por este tiempo pascual de cincuenta días hasta Pentecostés que me regalas, ayúdame a glorificarte cada día y derrama tu Espíritu Santo sobre mi para vivirlo con esperanza y fe cierta! ¡Soy, Señor, consciente de que tu Pasión y tu Pascua están santa e indisolublemente unidas y yo quiero ser heredero vivencial de esta herencia que nos ofreces viviendo este tiempo, sea como sea, muy unido a ti, a María tu Madre, y al Espíritu Santo! ¡Ayúdame, Señor, a que esta Pascua transforme mi vida en acciones concretas! ¡Que cada día aclame que has resucitado verdaderamente! ¡Que cada día sea un aleluya permanente! ¡Que cada uno de estos cincuenta días me recuerden la fuerza de la cruz que es alegría y esperanza; comprender que sin cruz no hay resurrucción; que sin cruz no hay esperanza, que sin el dolor de mis cruces no estoy unido humana y espiritualmente a ti! ¡Haz, Señor, que vea todo lo que me suceda, mi vida, mis problemas, mis trabajos, mis relaciones con ojos nuevos! ¡Que cada día, Señor, mi caminar sea gozoso y alegre, que contagie esa alegría de tu Resurrección, de una manera expansiva para que todos comprendan que me siento un cristiano esperanzado, un cristiano que grite en todo momento el aleluya de la alegría! ¡Que estos cincuenta días sirvan para purificar mi corazón y mi alma y lo vea todo con mayor trascendencia! ¡Y, sobre todo, Señor, que estos cincuenta días sea un verdadero apóstol de tu resurrección gloriosa! ¡Quiero llegar a Pentecostés transformado, vivificado, testimoniando mi ser cristiano, dándome a los demás y sirviendo al prójimo y pueda exclamar que los dos discípulos de Emaus que te he reconocido al partir el pan y transmitirlo a mi entorno!

¿Realmente ha resucitado con todo lo que está sucediendo en el mundo?

«¡Cristo ha resucitado! ¡En verdad ha resucitado!» ¡Feliz Pascua de Resurrección a todos los lectores de esta página! ¡Hoy es un gran día, alegre y feliz!
Muchos se pueden llegar a preguntar: ¿Realmente ha resucitado con todo lo que está sucediendo en el mundo? Muchos se mostrarán incrédulos para responder a la pregunta de la resurrección viendo tanto mal y sufrimiento en el mundo especialmente en este tiempo de pandemia. Son ideas basadas en percepciones racionales.
Pero la Resurrección es la experiencia de un encuentro. Es ese encuentro especial al que se refieren los discípulos en el camino de Emaús; es ir corriendo al sepulcro y escuchar amorosamente como te llaman por tu nombre —«¡María!», en el caso de la Magdalena—; es esperar en el Cenáculo orando y encontrarte con el Resucitado. Todos en la fe, lo reconocen. Todos, de una manera y otra viven su presencia de una nueva manera.
Esto es la resurrección: vivir un encuentro con Cristo de manera personal en la fe. Y así quiero vivirla hoy.
Pero, ¿Cómo puedo tener este encuentro con Él? Viviendo esta experiencia de encontrarme con el Resucitado en una total apertura al Espíritu. Es Él quien nos hace reconocer que este Jesús que fue crucificado, Dios lo levantó y lo hizo poderoso para salvarnos.
Convertir mi corazón, convertir mis principios, convertir mis incertidumbres, convertir mis miedos, convertir mis accciones, convertir mis palabras y pensamientos… ¡convertirme para recibir el verdadero regalo del Espíritu Santo! Es el Espíritu quien nos abre los ojos para ver y encontrarnos con el Resucitado. La entrega incondicional a la acción del Espíritu en nosotros nos abre a una plenitud de vida con el Cristo resucitado allí donde estemos, actuemos y vivamos.
Todos los relatos de las apariciones del Cristo resucitado a menudo presentan una primera reacción de incredulidad. Cuando los apóstoles se enteraron de que estaba vivo y de que María Magdalena lo había visto, se negaron a creer. Los discípulos de Emaus se volvieron para anunciarlo a los demás, que tampoco les creyeron. Y Jesús les reprochó su incredulidad y su endurecimiento porque no habían creído a los que lo habían visto resucitar.
Ver. Ver a Cristo desde la óptica del Espíritu. El encuentro no sucede nunca por razonamientos y evidencias. Es algo intangible. Pienso entonces en mis encuentros más hermosos: en el amor entre cónyuges, entre padres e hijos, entre amigos, entre miembros de la comunidad eclesial… en entrega total, en compasión, en generosidad, en servicio, en paciencia, en perdón… Así es también el encuentro con el Resucitado. Se hace cuando los ojos de la fe se abren a una presencia diferente, transformadora y resplandeciente. Misterio de la fe. Misterio de esperanza. Misterio de vida.
¡Jesucristo ha resucitado! ¡En verdad ha resucitado!

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¡Señor, gracias, por esta tan vivo! ¡Hoy, Señor, tu sepulcro está vacío y mi fe renace más viva y más fuerte que nunca! ¡Mi Señor glorioso, has resucitado! ¡Has resucitado y algo nuevo ha cambiado en el mundo y en mi vida! ¡Te siento más cerca, más vivo, más íntimamente unido a Ti! ¡Señor, desde hoy, me llamas a ser discípulo tuyo. Me llamas a no tener miedo. Cuando aprenda a compartir mis bienes con los necesitados, sé Señor que has resucitado; si soy capaz de consolar al amigo o al familiar que sufre, sé Señor que has resucitado; si respeto a los que tengo más cerca, sé Señor que has resucitado; si soy capaz de desprenderme de mis máscaras y de mis egoísmos, sé Señor que has resucitado; si me comporto ejemplarmente en mi vida familiar, espiritual, profesional y social, sé Señor que has resucitado; si soy capaz de no caer una y otra vez en la misma piedra de mis pecados, sé Señor que has resucitado; si tengo la generosidad de entregarme a Tí de corazón, sé Señor que has resucitado; si estoy dispuesto a dar mi tiempo por los demás, sé Señor que has resucitado; si soy capaz de mirar la realidad con Tus ojos y no según mis necesidades, sé Señor que has resucitado; si aprendo a escucharte cuando me hablas, a ponerme en la disposición interior del silencio y estar atento a lo que me quieres decir, sé Señor que has resucitado! ¡Te pido, Señor, que el aleluya pascual se grabe profundamente en mi corazón, de modo que no sea una mera palabra sino la expresión de mi misma vida: mi deseo de alabarte y actuar como un verdadero «resucitado»! ¡Aleluya, Señor! ¡Aleluya porque te me presentas en la pulcritud de la vida para convertir mi corazón! ¡Quiero resucitar contigo, Señor, y fijar mi mirada en Ti y en los que me rodean dando amor, generosidad, entrega, misericordia, caridad, servicio, paciencia, esperanza…! ¡Quiero resucitar contigo, Señor, para llenar de amor y humildad mis palabras, mis gestos y mis decisiones!

Me imagino a Jesús…

Cuando te fijas en la figura de Jesús observas que allí por donde pasaba dejaba un poso de alegría y de verdad. Sus gestos y sus palabras irradiaban esperanza, consuelo, amor y bondad. Me imagino lo que debían sentir los apóstoles en su corazón y lo que debían comentar entre ellos en sus largas caminatas junto a Jesús por los caminos polvorientos de Galilea. Me imagino las comidas y los tiempos de conversación con el Señor, empapándose de sus enseñanzas y de su ternura. Me imagino el perfume de alegría y de amor que traslucía el Señor, aroma que respiraba cualquiera que se pusiera a su vera.
Me imagino como debía mirar Jesús a la gente y como el cruce de aquella mirada penetraba más allá de los ojos para llegar al corazón mismo de cada persona que se encontrara con Él. Imagino como comprendía lo que sentía su corazón y el sentimiento de auténtica compasión que brotaba de su mismo ser para darle el consuelo que aquel hermano suyo necesitaba.
Me imagino como debía poner Jesús sus manos en el hombro del necesitado, en las mejillas del desamparado, sobre la cabeza del dolorido, sobre los ojos del ciego, sobre el cuerpo del tullido. Imagino como en lugar de lástima sentía por aquel ser creado por Dios una infinita compasión y misericordia.
Me imagino como el Cristo de la misericordia irradiaba una bondad infinita imprimiendo en cada corazón el sello de la esperanza para darles la valentía de afrontar sus dificultades cotidianas y la fortaleza para afrontar los vaivenes de la vida.
Me imagino como Jesús oraba interiormente por cada una de las personas que se cruzaban por su camino, como asumía en primera persona el sufrimiento del herido fuese de cuerpo o de alma. Me imagino como los llenaba de la alegría de la esperanza y como su simple mirada les llenaba con la gracia del Espíritu.
Me imagino como cada palabra, cada gesto, cada señal, cada movimiento de su cuerpo irradiaba un amor a raudales. Me imagino el amor con el que trataba incluso a los que mal le querían, porque Él mismo aplicaba el mandamiento del amor con todas sus consecuencias.
Me imagino a Jesús sonriendo, alegre, cuando veía a niños, mujeres y ancianos acercarse a Él. Y me lo imagino contagiando esa sonrisa a todos los que le rodeaban porque cuando bien haces, bien siembras.
Me imagino cada paso de Jesús, dejando impresa la huella del amor. Me imagino como debía caminar siempre despacio, fijándose en cada una de las personas que se cruzaban por su camino bendiciéndolas desde el corazón.
Me imagino como Jesús escuchaba al prójimo, con paciencia y con amor, tratando de discernir lo que anidaba su alma, tratando de confortar con la palabra y con los gestos cuando no con la mirada. 
Me imagino la voz de Jesús, poderosa y fuerte pero amorosa al mismo tiempo, hablando de las cosas de Dios, enseñando con parábolas, invitando al paralítico levantarse o al ciego ver. Me imagino a Jesús tomando la mano de la pecadora arrepentida o leyendo pausadamente en la sinagoga cada una de las palabras de las Escrituras en el sábado sagrado para los judíos.
Me imagino cada milagro y cada acontecimiento al lado de Jesús, misterios de fe que no podían negarse a los ojos de los que lo vivían.
Pero me doy cuenta que no se trata de imaginar sino de vivir al estilo de Cristo. Todo lo que Él hacía puedo hacerlo yo en mi vida cotidiana. Y sin embargo… sin embargo tienen que cambiar muchas cosas para ser como ese Cristo al que tanto amo y quiero hacer mío en el sí cotidiano de mi vida.

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¡Señor, creo en Ti que eres el amigo que no abandona! ¡Creo en Ti quiero vivir como viviste Tu, impregnarme de tu verdad para caminar así en mi vida cotidiana! ¡Señor, quiero que mi voz sea tu voz para llevar la alegría al prójimo, para que mis palabras sean de consuelo, de amor, de paz, de ternura, de generosidad… que quien me escucha sienta la paz interior que emana de Ti! ¡Señor, quiero tener tu paciencia, para tener templanza ante las situaciones de la vida y ante las personas que me cuestan por su carácter y por sus actitudes! ¡Señor, quiero que mis manos sean como las tuyas, amorosas y siempre abiertas al prójimo! ¡Señor, quiero ser como tu misericordioso en todas mis actitudes y todos mis gestos! ¡Tu, Señor, me conoces; sabes lo que anida en mi corazón, lo que tiene que ser cambiado, lo que esperas de mi y no te doy; ayúdame a abrir cada día mi corazón al Espíritu Santo para que renueve mi interior y me haga cada día un poco semejante a Ti!

Tu estás aquí, cantamos con Jesús Adrián Romero y Marcela Gandara:

Descifrar la presencia del Espíritu

Estamos a un paso de la gran fiesta de Pentecostés. Son días de plegaria para pedirle al Espíritu Santo que llegue a mi vida de nuevo con la fuerza de su amor y de su gracia. El Espíritu invita a los cristianos a una constante conversión para dinamizar con nuevos bríos la fuerza profética de su vocación personal, sea cual sea ésta.
No siempre es fácil descifrar la presencia del Espíritu en la vida. Las borrascas y las nieblas en forma de problemas y dificultades emborronan su presencia porque el corazón se turba y el alma no es capaz de mirar hacia lo alto. Sin embargo, en la vida y en la cultura del ser humano el signo del Espíritu y las semillas que deja la Palabra son evidentes y no podemos olvidarlas.
La evidencia queda palpable en este tiempo de Pascua, en el sentir como las huellas de Cristo quedan impresas junto a cada uno de nuestros pasos, caminando a nuestro lado como el desconocido que nos acompaña hacia el Emaús de la vida. Cada uno de nosotros es el discípulo sin nombre que, en la oración y en la vida de sacramentos —especialmente en la Eucaristía— puede reconocer al Señor resucitado presente a su lado. Él, Jesucristo, es el que nos ofrece gratuitamente su Espíritu para cumplir sus mandamientos, para comprender su Palabra, para actualizarla a la luz de los acontecimientos de nuestra vida y para ser luz que ilumine nuestros corazones tantas veces apagados por las miserias que lo cubren.
«Ven, Espíritu Santo, llena mi corazón con el fuego de tu amor». Es el canto que le pido en estos días al Espíritu divino para que ilumine mi vida con su gracia, con sus siete dones, con la esperanza y la confianza en Cristo, con la fuerza que da su Palabra, con el anhelo de cumplir la misión que como cristiano tengo encomendada como miembro de la Iglesia a la que tanto amo, como parte de una comunidad cristiana en la que debo ser testimonio de coherencia.
«Ven, Espíritu Santo, llena mi corazón con el fuego de tu amor». La vida del hombre es un permanente canto al Espíritu para que le permita desarrollarse con toda su potencialidad, para hacer vivo el mensaje de Cristo de anunciar el Evangelio y amar al prójimo como a uno mismo, para afirmarse con los valores del mismo Cristo, unidos a Él y en Él.
«Ven, Espíritu Santo, llena mi corazón con el fuego de tu amor». Es el clamor de estos día para que mi obrar cotidiano sea una extensión de Cristo en la tierra, para que los que me observen y me traten puedan decir: «mirad, realmente es un amigo de Cristo, vive su fe con amor, coherencia y esperanza».

orar con el corazon abierto

¡Ven, Espíritu Santo, llena mi corazón con el fuego de tu amor, Llena mi vida de tu amor, de tus siete dones, de tus santas gracias! ¡Llévame, Espíritu divino, a un vida coherente, amorosa, servicial, generosa, entregada al prójimo por amor a Cristo! ¡Y como rezaba el cardenal Verdier, en la oración que refleja con mayor claridad, el hacer cristiano hoy te exclamo con el corazón abierto:
Oh Espíritu Santo
Amor del Padre, y del Hijo,
Inspírame siempre lo que debo pensar,
lo que debo decir,
cómo debo decirlo,
lo que debo callar,
cómo debo actuar,
lo que debo hacer,
para gloria de Dios,
bien de las almas
y mi propia Santificación.
Espíritu Santo,
Dame agudeza
para entender,
capacidad para retener,
método y facultad para aprender,
sutileza para interpretar,
gracia y eficacia para hablar.
Dame acierto al empezar
dirección al progresar
y perfección al acabar.
Amén.

¡Aleluya, Aleluya, id en paz porque Cristo ha resucitado!

La Misa a la que asistí ayer por la tarde la celebraba un sacerdote joven. Al terminar la Eucaristía se despide con una alegre canción dedicada a la Virgen. Y antes de abandonar la Iglesia, se pone de frente a a los fieles y exclama con una alegría desbordante: «¡Aleluya, Aleluya, id en paz porque Cristo ha resucitado!».
Después de mi oración de acción de gracias salgo de la iglesia reconfortado, alegre, esperanzado, lleno de un gozo inmenso. Gracias a la alegría con la que este joven sacerdote proclama el aleluya me dirijo hacia mi casa con la viva sensación de sentir la presencia del Señor, de Jesucristo Resucitado, en lo más íntimo de mi corazón.
«¡Aleluya, Aleluya, id en paz porque Cristo ha resucitado!». ¡Qué anuncio más bello para llevar al corazón de nuestra vida y de nuestro entorno!
«¡Aleluya, Aleluya, id en paz porque Cristo ha resucitado!». Una frase para interiorizar cada día en el camino de la Pascua. Un sentimiento que se une al anuncio del «¡Alegraos!» que Cristo nos anuncia durante este tiempo que transita hacia Pentecostés.
«¡Aleluya, Aleluya, id en paz porque Cristo ha resucitado!». Me siento como esos dos discípulos que se dirigen a Emaús y que su corazón arde de alegría.
«¡Aleluya, Aleluya, id en paz porque Cristo ha resucitado!». ¡Como no va a ser así si Cristo es la la alegría plena, en Él está la plenitud de la felicidad auténtica!
Ha sido una frase breve pero pronunciada desde el corazón y con el convencimiento de la verdad que no falla. La misma alegría con la que el sacerdote pronuncia esta frase es la que me lleva a mí a ir por el mundo a anunciar el Evangelio y, sobre todo, anunciar que cada hombre puede encontrarse cuando menos se lo espera con el Cristo resucitado.
«¡Aleluya, Aleluya, id en paz porque Cristo ha resucitado!». Y en este mes de mayo de la mano de la Virgen lo hago con el convencimiento del «¡Alégrate!» que el ángel anunció a María.

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¡Aleluya, Aleluya, voy con una gran paz porque sé, Señor, que has resucitado! ¡Voy alegre, Señor, porque sé que has ascendido victorioso del abismo para darnos la vida y la esperanza! ¡En este vivo aleluya quiero vivir este tiempo pascual con la alegría de saberme amado por Ti! ¡Con el aleluya en lo más íntimo de mi corazón quiero celebrar que por pura gracia yo también resucito contigo! ¡Jesucristo ha resucitado, es el canto que quiero anunciar al mundo!¡Que has resucitado, Señor, es la noticia extraordinaria que debe conocer la humanidad entera! ¡Tu resurrección, Señor, me invita a hacer mi vida nueva, vivirla desde otra perspectiva, llevarla a cabo con el aliento del Amor que me acerca a Ti, que me colma la vida de esperanza, que pone a prueba mi misericordia, mi capacidad de amar y todas las virtudes! ¡Aleluya, Señor, qué hermosura adquieren las cosas cuando te siento a mi lado! ¡Aleluya, Señor, qué serenidad y que paz encuentro a tu lado cuando estoy turbado o preocupado! ¡Aleluya, Señor, que fortaleza me sobreviene cuando la debilidad hace mella en mi, cuando me desvío del camino! ¡Aleluya, Señor, que sanidad interior percibo cuando estoy enfermo interiormente y las fuerzas y el ánimo me fallan! ¡Aleluya, Señor, cuando siento que el río de tu gracia me invade interiormente y siento en mi vida tu amor y tu misericordia infinitas! ¡Aleluya, Señor, porque puedo ir en paz por la vida porque Tu has resucitado!

Jaculatoria a la Virgen en el mes de mayo: Goza y alégrate Virgen María, aleluya.
Porque en verdad ha resucitado el Señor, aleluya.

¡Resucitó, aleluya!:

Lleno de alegría con María, Señora del Anuncio

Tercer sábado de abril con María, Señora del Anuncio, en nuestro corazón. La Virgen es, sin duda alguna, la mujer de la Pascua. De lo que ocurrió con la Virgen tras la resurrección su Hijo poco sabemos pero nadie dudará que fue tiempo de alegría, de entrega, de recogimiento, de misión, de anunciar la Buena Nueva y de acercar a la Iglesia nuevos discípulos del Señor.
¿Cómo no iba a ser así si María llevó en sus entrañas a Jesús, lo amamantó, le crió, le vio crecer, le enseñó a rezar, a amar, a compartir, conservó en su corazón lo que veía cuando Jesús predicaba en el templo, en la sinagoga, en su vida pública, le alentó a realizar su primer milagro en Caná, se despidió de Él al iniciar su vida pública, escuchó sus prédicas, le vio sufrir en el patíbulo y le vio morir en lo alto de la cruz? Con la resurrección de Jesús, María revivió con enorme gozo y alegría las palabras que había escuchado años antes en Nazaret, pronunciadas por el ángel Gabriel: «porque para Dios nada hay imposible».
Pascua es tiempo de anuncio, de anuncio junto a María. Tiempo para imitar sus muchas virtudes con el fin de unirse de una manera más íntima y personal a Jesús que nos la entregó como Madre desde el trono de la cruz. El «ahí tienes a tu Madre» es como decir «tómala como modelo, imítala en todo, tómala de la mano, no te apartes de Ella, encomiéndate a su corazón, únete a su misión, aprende a vivir con el sufrimiento, entrégale tus preocupaciones y tus desvelos y, sobre todo y por encima de todo, confía en en Ella porque haciéndolo así llegarás a Dios».
En esta Pascua, camino de la mano de María. Lo hago lleno de alegría y de esperanza porque Ella me recuerda la verdad de la Resurrección, la grandeza del amor que Dios siente por mí y por los hombres, me hace más sencillo y entregado, más generoso y amoroso, más comprensivo y tolerante. Me invita a seguir las enseñanzas de Cristo, a comprender «que para Dios nada hay imposible», a «hacer lo que Él os diga», a aceptar el dolor y el sufrimiento, a caminar en oración hacia la Eucaristía y a apaciguar mi corazón en la oración frente al sagrario, a ponerme en camino para anunciar el Reino de Dios y a confiar en Dios, el que nunca abandona.
En este sábado mariano me uno en oración a María y exclamo con esa alegría propia de la Pascua para exclamar «me alegro contigo María, que todo lo que viva lo guarde como Tu en el corazón y se haga en mí según tu Palabra».

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¡Que alegría, María, caminar contigo en esta Pascua! ¡Hágase en mi, según tu Palabra! ¡Ayúdame, María, a conservar todo lo que me sucede en el corazón para interiorizar mi vida, para darle sentido a mi esperanza, para desde el corazón salir al encuentro del prójimo y caminar en santidad! ¡Llévame Tu, María, de la mano al encuentro con Jesús! ¡Llévame, María, hacia Dios para quien nada es imposible! ¡Hazme comprender, María, que me debo entregar al Espíritu que sobrevoló sobre Ti y te colmó de bienes y de gracias! ¡Concédeme la gracia de imitar tus virtudes, de amar como amas Tu, de ser anuncio de la buena nueva como lo eres Tu, de rezar como rezas Tu, de contemplar como contemplas Tu, de unirme a Jesús como estás unida Tu! ¡Ayúdame, María, a ser obediente siempre a la voluntad del Padre, a teñir de alegría todos los momentos de mi vida, a confiar siempre, a aceptar el sufrimiento, a guardarlo todo en el corazón e impregnarlo todo de silencio interior! ¡María, Jesucristo ha resucitado, y mi alegría se une a la tuya porque Cristo vive entre nosotros dando vida y dando amor! ¡Aleluya!

Un precioso Ave María a dos coros mixtos de compositor polaco Pawel Lukaszewski: