Ser flor que llene de fragancia la vida

Durante estos cincuenta días que recorremos hacia Pentecostés y que celebramos a Cristo resucitado la liturgia pascual se llena de signos muy hermosos. Este año hay uno que observo en las Misas, en las horas santas o en los encuentros de oración que sigo por Internet que faltan. Las flores.
Las flores son el fruto que crece en el jardín del Calvario, el signo vivo que anuncia la primavera de la Resurrección. Las flores ⎯coloridas y llenas de vida, alegres en su esplendor florido, con esa fragancia que llena el ambiente, revestidas de su pureza⎯, han estado muy presentes siempre en las celebraciones pascuales. Pero como las floristerías están cerradas por la pandemia nuestros altares no tienen el colorido de otros años. Y sin estas flores la Pascua se llena de una sobriedad inhabitual como recordando el tiempo de confinamiento que vivimos.
Me ha venido a la mente un dicho: «echar flores» o lo que es lo mismo hacer elogios, loas o alabanzas de alguien. En mi oración, a Cristo, por supuesto. Pero hoy quiero ir más lejos. En la noche del Jueves Santo Jesús nos invitó al mandamiento del amor sirviendo. Servir al prójimo para reinar en su vida. ¿Por qué no puedo ser yo para mi pareja, mis hijos, mis amigos, mis compañeros de trabajo, mis vecinos, mis amigos de comunidad eclesial, para los que me quieren mal… flor? ¡Flor de servicio! ¡Flor que llene con mi fragancia mi entrega a ellos! ¡Flor que llene de color su vida! ¡Flor que llene de alegría y esperanza sus necesidades! ¡Flor de servicio para hacerles la vida más agradable!
Vivimos confinados en nuestras casas, en grandes o pequeños habitáculos, donde la vida exige de mucha paciencia, amor, comprensión, generosidad. ¡Es ahora el momento de regalar la flor del propio corazón! Ser flor sonriendo, cediendo en lo que no te apetece, teniendo más paciencia y comprensión, siendo generoso, anticipándose a una necesidad, callando antes de enfadarse, haciendo aquello que no te cuesta, ordenando más tus cosas, asumiendo responsabilidades de otros, teniendo detalles sencillos y amorosos hechos con más delicadeza, perdonando ante un mal gesto o una mala palabra, cuidando más lo que se dice, escuchando con más atención… mil detalles para hacer un ramo florido de servicio.
Si los altares del mundo no pueden tener flores, ¿por qué no adornar el altar de la vida con las flores del servicio hecho por amor? ¿Por qué no ser fragancia de esas flores que perfume la vida de los que conviven conmigo? ¡Jesucristo ha resucitado, en verdad ha resucitado y su vida nos llena con la fragancia del amor y de la misericordia! ¡Buen ejemplo a seguir!

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¡Señor, revísteme de humildad para servir con amor a los que tengo cerca! ¡Que no me importe inclinarme ante ellos y servirles como hiciste tu! ¡Concédeme la gracia de ser flor cuya fragancia impregne la vida de mi prójimo! ¡Ayúdame a servir con amor, como hiciste Tu! ¡Ayúdame incluso a servir a los que me cuesta, a los que me quieren mal, a los que me critica y llenar su vida de tu fragancia y de tu amor por medio de mis gestos generosos y amables! ¡Ayúdame a saber arrodillarme o inclinarme para pedir perdón cuando me equivoque y provoque daño al que tengo cerca pero hacerlo con el corazón abierto! ¡Concédeme la gracia de ser fragancia que lleve tu amor y tu misericordia al mundo! ¡Señor, te doy gracias porque me has amado tanto que no te aferraste a Tu condición divina y humillaste al punto de nacer como un bebé en medio de la pobreza de Belén, sufriendo  lo que uno sufre por vivir en esta sociedad, moriste en la cruz para pagar el precio de mis pecados, para tener acceso directo a Dios y  tener vida eterna donde rezuma la fragancia de la perfección, la belleza y la bondad! ¡Gracias, por todo lo que has hecho por mi; hoy quiero corresponderte siendo otro Cristo para los demás! ¡Creo en ti, espero en ti, me entrego a ti, que eres mi Señor y Salvador, y por medio tuyo quiero ser tu espejo en la vida para hacer más agradable la vida a los demás!

Dos gestos, una misma realidad

«Haced esto en memoria mía», «Os he lavado los pies, lavaros los pies los unos a los otros». ¡Dos llamadas del Señor en esta fiesta del Jueves Santo!
Para que quienes le amamos y seguimos entendiéramos que está dando su vida libremente, Jesús hizo gestos sobre el pan y el vino, que acompañó con palabras. Con estos gestos y estas palabras, dice que su cuerpo será quebrado y entregado al mundo, que su sangre será derramada y dada por todos.
Esta señal que anuncia su muerte inminente se convierte en un sacramento, la Eucaristía, que sus discípulos no dejaremos de celebrar en memoria suya para que comprometidos con Él entendamos el regalo que hace de su vida. Para terminar, Jesús dijo: «Haced esto en memoria mía». Al tomar estos gestos y estas palabras, los cristianos reconocemos la presencia de Cristo como nuestro Maestro y Salvador.
En esta liturgia del Jueves Santo, se nos recuerda otro gesto de Jesús, el lavatorio de los pies sucios y polvorientos de sus discípulos. ¿Por qué esta otra acción de Jesús, esta otra señal? Es la gran herencia del servicio. Es el gran ejemplo que nos da para cada uno podamos también hacer al prójimo lo que Él hizo por nosotros. Lavar los pies es como lavar los pecados y así limpios del mal poder acceder al banquete divino al que Él nos invita cada día.
El gesto del lavatorio de los pies te obliga a inclinarte, a arrodillarte ante el otro. No te convierte en un maestro, porque es un gesto de un humilde servidor. Significa profundamente que es la persona frente a ti lo que cuenta. Hace eco de este desafiante y al mismo tiempo amoroso dicho de Jesús: «He venido para que el mundo tenga vida».
Lo reviviremos nuevamente esta noche en silencio absoluto y confinados en nuestros hogares. Es la gran oportunidad para dejar que el Señor aumente en nosotros el espíritu de servicio en el corazón de nuestra vocación como esposos, padres de familia, hijos, hermanos, amigos… En el momento del lavatorio pensaré en todos ellos para tratar de hacer de mi vida un servicio a los demás. Comprender que sin la impronta del servicio, sin la actitud de siervo que nace de los más profundo de mi corazón, todas las celebraciones, todas las acciones, todos los actos vinculados a mi ser cristiano carecen de sentido y se convierten en paja dispersada por el viento. Es no comprender el «Amaos los unos a los otros como yo os he amado».
La Eucaristía y el lavatorio de los pies son dos acciones diferentes, pero vinculadas a una misma realidad: Jesús nos ofrece su vida libremente y por amor. ¡Qué sublime enseñanza! En cuanto al gesto eucarístico, lo hará en memoria nuestra, una acción que sigue al gesto del lavado de los pies: como te lavé los pies, tú también debes lavarle los pies al otro.
En este Jueves Santo no puedo estar más que agradecido al Señor, no puedo estar más alegre por este profundo don de un amor tan grande que Jesús nos ha legado con su humilde enseñanza. Hoy abro mi corazón de par en par para que la gratitud, la esperanza, el amor y la alegría me transformen interiormente y me otorguen la fuerza para amar a los que me rodean con el mismo amor y el mismo servicio que nos legó Jesús.

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¡Señor, en este Jueves Santo no nos lavas de manera teórica sino viva y real y te doy gracias; te doy gracias por nos lavas con tu Palabra, con tu presencia viva! ¡Haz, Señor, que tus palabras y tu presencia las acoja en mi interior con el corazón abierto, con oración profunda, con fe cierta, para que se convierta para mi en una fuerza que purifique, sane y sea motivo de entrega al prójimo! ¡Señor, necesito que laves mis pies porque sabes que hay mucha suciedad e inmundicia en mi soberbia, en mis palabras vacías, en mis juicios ajenos, en mis prejuicios, en mis comportamientos egoístas, en mis falsedades, en mis vanidades, en mis acciones; Señor sabes lo que me ofusca y me aparta del bien, lo que contamina mi interior y me aleja de mi santidad! ¡Lávame, Señor, para renacer limpio al encuentro del prójimo, para encontrarme contigo en la Eucaristía con un alma purificada, con un espíritu nuevo! ¡Señor, quiero amarte más, quiero amar más al prójimo, quiero que mi vida no esté centrada en mi mismo sino como tu nos enseñas hoy a vivir por los demás, en una actitud de servicio permanente! ¡Señor, Tú nos entregas hoy de manera generosa y cierta tu vida, quiero llenarme intensamente de tu amor infinito! ¡Hazme, Señor, vivir en el presente de tu existencia y no alejarme jamás de Ti! ¡Señor, en este día santo te pido la gracia de aprender a vivir con mucho amor y con el corazón siempre abierto a tu gracia el misterio de la Eucaristía! ¡Ayúdame, Señor, a no vivir de egoísmos estériles y aprender a levantar la mirada y el corazón para orientarme a ti y no a las cosas mundanas! ¡No permitas, Señor, que el mal entre en mi para que no falsifique y ensucie mi corazón porque lo único que quiero es ser capaz de ver la presencia de Dios en la realidad de la vida! ¡Ayúdame como hiciste tu a mirar el mundo y a quienes me rodean con ojos de amor, reconociendo en el prójimo a Ti cuando me necesiten, me requieran, busquen mi consuelo o mi palabra! ¡Señor, que mi vida sea un permanente partir el pan porque así demostraré que me preocupo de los demás, que soy hospitalario, que me uno a ellos en el compartir! ¡Tu, Señor, te nos das en el pan partido, en el darte hasta la muerte! ¡Señor, gracias por esta enseñanza en este Jueves Santo, gracias porque no es pan y vino terrenales lo que nos ofreces sino la comunión contigo para la transformación del mundo, para hacer de nosotros hombres nuevos! ¡Señor, yo creo, espero, adoro y te amo!

En la fiesta de la Eucaristía y el sacerdocio

Celebramos hoy con solemnidad y alegría la fiesta del Cuerpo y la Sangre del Señor, Corpus Christi, que nos recuerda la presencia real de Jesucristo en la Eucaristía y la institución de este sacramento que se llevó a cabo el Jueves Santo durante la Última Cena, cuando el Señor convirtió el pan y el vino en su Cuerpo y en su Sangre.
La Eucaristía es el regalo más sublime que Dios nos ha hecho llevado por su deseo de quedarse con nosotros después de la Ascensión.
La fiesta del Cuerpo y la Sangre de Cristo está íntimamente relacionada con el don del sacerdocio cuya misión es hacer presente el sacrificio que Jesús realizó de sí mismo para la redención del hombre en el Calvario. Allí, con su muerte, el Señor se convirtió en una ofrenda de sí mismo bajo la amorosa tutela del Padre. Jesús es, al mismo tiempo, el oferente y la ofrenda, sacerdote y víctima.
Durante aquella noche del Jueves Santo, Jesús confió a los Apóstoles la misión de perpetuar aquella ofrenda que hizo de sí mismo: «Haced esto en memoria de mí». Con estas palabras tan sublimes da comienzo el sacerdocio cristiano.
Es un día para llevar en el corazón a todos los sacerdotes, especialmente los más cercanos a cada uno de nosotros. Recordar que tienen un rol único, extraordinario e irremplazable en la Iglesia.
Orar por ellos con el corazón abierto para que continúen siendo hombres que vivan, anuncien y compartan la Palabra de Dios a sus hermanos. Para que vivan en santidad su vida sacerdotal por medio de la oración personal, de la caridad pastoral y la aceptación del sufrimiento para que su trabajo ofrezca los frutos deseados.
Orar por ellos con el corazón abierto para que sean hombres santos que, por medio de los sacramentos, ofrezcan sabia nueva a sus hermanos en la fe, los alimenten por medio de la fe, les ayuden a crecer en santidad, los fortalezcan en el crecer, los conviertan en testigos del Señor, les ofrezcan el perdón y la sanación del cuerpo y del alma y bendigan su amor conyugal en el nombre de Jesús.
Orar por ellos con el corazón abierto para que se conviertan en auténticos pastores desde la humildad y el servicio, desde el amor y el ofrecimiento, desde la caridad y la entrega siguiendo el ejemplo de Cristo, el Buen Pastor, que dio su vida por cada uno de las ovejas de su rebaño.
Orar por ellos con el corazón abierto para que sean siempre dóciles a la gracia del Espíritu Santo, obedientes a Dios y a la Iglesia con el fin de hacer fructificar su ministerio que, en definitiva, es el sacrificio que más agrada al Padre.
La fiesta del Cuerpo y la Sangre del Señor es la gran fiesta de la exaltación de la Eucaristía pero también la del gran don del sacerdocio. Un día señalado para orar para que todos los sacerdotes sean hombres santos y que esa santidad, impregnada con la preciosa sangre de Cristo, la lleven al pueblo de Dios con amor.

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¡Te doy gracias, Señor, por esta fiesta de tu Cuerpo y de tu Sangre, que me permite rememorar la institución de la Eucaristía, este gran misterio de Amor que nos regalaste el Jueves Santo! ¿Quiero testificar mi gratitud, Señor, por este divino beneficio que atestigua tu victoria sobre el mal y tu triunfo sobre la muerte por medio de tu Resurrección! ¡Señor, te doy gracias porque me permites gozar del milagro de la Eucaristía: hazte muy presente en mi vida, vive en mi, haz que te vea, que te sienta y que quiera estar siempre junto a Ti porque quiero convertirte en el Señor de mi vida y de mis esfuerzos cotidianos! ¡Te pido, Señor, por todos los sacerdotes de tu Santa Iglesia, que tu has elegido por medio de su vocación para que vivan santamente en consonancia a tu Sagrado Corazón! ¡Que todos los que han recibido tu llamada al sacerdocio se parezcan en todo a Ti! ¡Señor, envía sobre ellos a tu Santo Espíritu para que sean claros transmisores de Tu Palabra, pastores abiertos a servirte a Ti, a los fieles y la Iglesia, ejemplo de humildad, sencillez y amor! ¡Finalmente, Señor, postrado ante Ti en el sagrario, con el corazón abierto, me entrego enteramente a Ti para sentirme seguro, sereno y amado y también para amar, por eso te digo con todo mi amor: Yo quisiera Señor recibiros con aquella pureza, humildad y devoción, con que os recibió vuestra Santísima Madre, con el espíritu y fervor de los santos!

O Salutaris Hostia, un hermoso himno de Santo Tomás para un día tan señalado como el de hoy:

¡Que mis debilidades sean vencidas por la fuerza del Espíritu!

Mis pasos se dirigen emocionados hacia Pentecostés recordando sin embargo la cobardía de los apóstoles, que representa tantas veces mi propia cobardía. La noche del Jueves Santo, el día de la institución de la Eucaristía, huyeron despavoridos en cuanto vinieron mal dadas. Dejaron solo al Señor. Uno lo traicionó y otro, que le había jurado lealtad, le negó hasta tres veces. De los otros nada dicen los Evangelios.
Algo cambió el día de Pentecostés. Aquella noche el fuego del Espíritu se derramó sobre ellos. El miedo y el temor desapareció de su corazón, no temían ser perseguidos ni ser reconocidos seguidores de Cristo. Se convirtieron en testimonios de fe y de las enseñanzas de Jesús, del mismo que habían abandonado dejándolo morir en la Cruz.
Cuando uno canta el himno Veni Creator Spiritus, compuesto en el siglo IX y con el que el papa León XIII consagró el siglo XX al Espíritu Santo, comprende lo que les sucedió a los apóstoles: «Enciende con tu luz nuestros sentidos; infunde tu amor en nuestros corazones; y con tu perpetuo auxilio, fortalece nuestra débil carne». Es la enseñanza viva de la fuerza que el Espíritu Santo tiene en la vida del ser humano. Ilumina tu camino, la razón de tu existencia, llena de voluntad el corazón y fortalece nuestra existencia. Se pide que el amor llene el corazón, que el cuerpo sane y que las debilidades sean vencidas con la fortaleza del Espíritu.
Los apóstoles —todos nosotros, en definitiva, seguidores de Cristo— combatieron con sus flaquezas y sus miedos. La actitud de los apóstoles certifica que con la compañía del Espíritu es más factible avanzar en los caminos tortuosos de la vida. Con el apoyo del Espíritu es más fácil seguir a Cristo, seguir la voluntad de Cristo, ser amigo de Cristo.
Este tiempo de Pascua es muy propicio para estar más sensibilizado con la presencia del Espíritu Santo en mi corazón, para ser consciente de mis flaquezas y debilidades y de cómo Dios, en su infinita misericordia, me sostiene con su amor.
Si Pentecostés es ese momento en que el Espíritu Santo nos fortalece para avanzar y proclamar el amor de Dios en el mundo, la Pascua a la luz del resucitado es este tiempo propicio para adentrarme en mi propio interior y vislumbrar aquello que debo transformar de mi interior para hacer más santa mi vida.

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¡Espíritu Santo, te presentante ante María y los apóstoles como unas llamas de fuego, calienta mi existencia con el calor tu amor! ¡Espíritu Santo, que eres viento que ruge en mi corazón, dirige mis pasos hacia la santidad y hacia donde tus deseos quieran! ¡Espíritu Santo, que te presentas tantas veces como una brisa suave, dame la ocasión de respirar tus dones y tus gracias para renovarme interiormente! ¡Espíritu Santo, que vuelas con la libertad de una paloma conviérteme en una persona libre sin las ataduras del pecado! ¡Espíritu Santo, que en el bautismo me rociaste con el agua viva y me introdujiste a la Iglesia Santa de Dios, lávame de mi inmundicia interior para ir siempre con limpieza de corazón y de alma! ¡Espíritu Santo, cuyas llamaradas son luz que iluminan mis pasos, guíame siempre mis pasos! ¡Espíritu Santo que eres fuerza que sostiene, ayúdame a levantarme cada vez que caigo! ¡Espíritu Santo, que alimentas mi corazón y mi alma con tus siete dones no permitas que tu savia se seque en mi interior para darle siempre un sí decidido al Padre! ¡Espíritu Santo, que eres don y vida, dame la alegría de vivir acorde con las enseñanzas de Jesús! ¡Dame, Espíritu Santo, un corazón abierto a la verdad que está en Dios y no permitas que instale en mi propia verdad, en mi propia voluntad y en mis propias comodidades! ¡Dame siempre luz, Espíritu divino, para saber escuchar tus susurros de amor!

Veni Creator Spiritus, inspirador de esta meditación:

Unido a Cristo en el día del amor

Jueves Santo. Un año más afrontamos uno de los días cruciales del calendario cristiano. Esta noche es el pórtico solemne en el que Jesús nos permitirá entrar en la profundidad del Triduo Pascual que dura tres días y una eternidad porque nos adentra en el secreto de su intimidad divina: antes de su sufrimiento en la Cruz nos anticipa en la Última Cena el legado de la Santa Eucaristía, centro de la vida cristiana, dándonos su cuerpo y su sangre como alimento de vida que todo lo irradia. Es la noche oscura del Huerto de Getsemaní; la noche triste del abandono de sus discípulos, la traición de Judas, la negación de Pedro, la soledad en la oración con el Padre, el arresto y el traslado al Sanedrín y la entrega a Pilatos. Es también la noche de la institución del sacerdocio y la transmisión del mensaje del amor fraterno.
Día de especial intensidad para tratar de comprender todos y cada uno de estos sucesos que nos conducen al misterio de nuestra Redención. Es el extraordinario misterio que adorna con todo su brillo y con toda su tristeza la liturgia de este Jueves Santo.
Y llegará un momento en que los sagrarios quedarán vacíos para ser conscientes de la nada esencial a partir de la cual Dios dio inicio al ser de toda la creación material, dando lugar a la historia de la salvación.
Esos sagrarios abiertos de las Iglesias del mundo, vacías del Jesús Eucaristía, son el preludio glorioso de una creación nueva y el anuncio luminoso que es la Resurrección de Cristo.
En este Jueves Santo uno se da cuenta de como la obra de Cristo se hace nueva por medio del amor y de la gracia del Espíritu Santo que reordena todo lo que el pecado había desordenado.
En este día mi propósito es acercarme al Señor como un sagrario abierto y vacío de todo aquello que estorba con el único de que entre el soplo fresco de la gracia del Espíritu para hacer nueva mi vida, para impregnarla del amor verdadero, para reordenarla y para recrear en ella la grandeza del misterio pascual. Transformado para abrazar el amor de Dios y darle infinitas gracias, agazaparse en sus brazos amorosos y afianzar todo mi ser en su misericordia y en su amor divino. Centrar mi mirada en Jesucristo que es el que revela ese amor inmenso de ese Dios que nunca nunca abandona y ser testigo de ese amor en mi familia y allí donde me mueva.

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¡Gracias, Señor, porque en este Jueves Santo me hablas de amor, de ese amor tan grande que sientes por cada uno de nosotros, de ese amor que te lleva a instituir la Eucaristía y a entregarte por la redención de mis pecados! ¡Gracias, Jesús, porque en este día asumes mi fragilidad y mis padecimientos te unes a mi asumiéndolo todo menos el pecado para hacerte uno conmigo! ¡Gracias, Señor, porque tanto amor me reconforta y me permite afianzar mi fe y mi confianza entre tantos desmoronamientos, caídas, debilidades, inseguridades y temores! ¡Gracias, Señor, porque hoy el culmine del amor, ese amor que nos has revelado a lo largo de tus tres años de vida pública en la que nos has legado tus milagros, tus gestos de amor, tu servicio, tu Palabra, tu perdón de los pecados, tu atención a los más débiles! ¡Gracias, Señor, por el legado de la Eucaristía que es el centro de mi vida que me permite recordar cada día tu sacrificio redentor! ¡Gracias, Señor, porque con la Eucaristía derribas cada día ese muro que me aleja de Dios, porque con Ella vivificas mi vida, invitas a la comunión fraterna, edificas tu Santa Iglesia, das viveza al ser cristiano, permites que nuestro amor sea universal, me invitas a ser caridad y amor, me haces más sensible al sufrimiento del prójimo! ¡Gracias, Jesús, por el legado testamental del amor fraterno que me ayuda amar al prójimo como tu me has amado! ¡Gracias, Señor, por el gran obsequio del sacerdocio por el que te haces presente sacramentalmente como pastor que cuida de sus ovejas, a través del cuál perdonas nuestros pecados, predicas tu Palabra, proclamas el amor y renuevas cada día la Eucaristía! ¡Te pido, Señor, por todos los sacerdotes, santifícalos en la verdad, fortalécelos en sus insuficiencias, sosténlos en su vocación, vivifícalos en su ministerio con tu santa presencia y hazles fieles a la gracia que han recibido del Espíritu para ser ejemplo de santidad! ¡Te pido, Señor, por las vocaciones sacerdotales y por todos aquellos que se están preparando para el sacerdocio! ¡Y, sobre todo, Señor, gracias por tu amor, por tu luz, por tu consuelo, por tu gracia, por tu fortaleza, por tu confianza en mi que soy pequeño! ¡Pongo en tus manos mis sufrimientos y debilidades y los sufrimientos de todos las personas del mundo, de los que están solos, de los enfermos, de los que padecen problemas económicos, de los que pasan hambre, de los que sufren injusticias, violencia, discriminación o enfermedad! ¡Dame, Señor, una gran fe en ti que eres uno solo con el Padre en el Espíritu Santo!

Antes de ser llevado a la muerte, cantamos hoy acompañando al Señor:

Vivir para el prójimo

Jueves Santo. Esta noche, en la celebración de la Cena del Señor, se escenificará el lavatorio de pies, el acto de servicio de Jesús que ejemplifica el mandamiento del amor: “Os doy un mandamiento nuevo; que os améis unos a otros como yo os he amado”.
Como cada año, mientras el sacerdote vierta el agua en un lebrillo y lave los pies de doce laicos, un coro parroquial clamará: «Clavados en carne y en espíritu en la Cruz de Jesucristo, afianzados en la caridad por la sangre de Cristo; amémonos los unos a los otros como Él nos ha amado».
El lavatorio es un gesto que emociona. El oficiante lavará con dulzura los pies cansados de un anciano, de una ama de casa, de un inmigrante, de una maestra, quien sabe si también de un empresario, o de un joven universitario, o de una doctora, o de un seminarista… no importa quien sean los doce que estarán sentados en el altar. En esos pies sufrientes están también las huellas de Dios invisible que nos marca el camino a seguir, con el amor y la caridad como principios básicos.
Y, terminada la ceremonia, después de besar los últimos pies, el coro entonará el Himno a la caridad que impresiona por su hondura, con una idea básica: “si no tengo caridad, no soy nada; si no tengo caridad, nada me aprovecha”.
Y las voces del coro penetrarán en nuestro corazón con las palabras del apóstol: la caridad es paciente, la caridad es amable, la caridad no es envidiosa, la caridad no es jactanciosa, no se engríe, la caridad es decorosa.
Cristo nos ha dejado un testamento y su invitación clara es que nos convirtamos en sus herederos. Pero no es una herencia material sino una invitación a poner todo lo que uno tiene y es para vivir de acuerdo con las enseñanzas del divino Maestro.
Antes de la institución de la Eucaristía Jesús lava, uno a uno, los pies desgastados y cansados de sus discípulos. Mis pies y tus pies. Este gesto resume todo lo que Cristo enseña en tres años de vida pública. Y me ayuda a considerar mi propia fe y cómo debo vivirla para serle siempre fiel. Mi fe está pensada para vivirla y practicarla firmemente, con gestos y con actitudes auténticas, desde el corazón. Aquí se fundamenta el sentido de mi existencia como cristiano. Vivir para el prójimo como servidor, con Cristo en el centro de esta escena de amor cotidiana.
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¡Señor, qué día tan hermoso el de este Jueves Santo con la Última Cena, el Lavatorio de los pies, la institución de la Eucaristía y del Sacerdocio y de tu oración en el Huerto de Getsemaní! ¡Me uno a Ti, Señor! ¡Nos invitas a todos a participar en la Cena en esta noche santa, en la que nos dejas tu Cuerpo y tu Sangre! ¡Concédeme la gracia de amarte, de revivir con alegría este gran don y comprometerme a servir a mi prójimo con amor! ¡Me enseñas también a servir con humildad y de corazón a los demás! ¡Me enseñas que este es el mejor camino para seguirte a Jesús y demostrarte mi fe en Ti! ¡Ayúdame a vivir esta virtud todos los días y ser un buen servidor de los demás! ¡Señor, tú me has hecho para amar y para servir porque es el mandamiento nuevo que nos has dado! ¡Concédeme, Señor, la gracia de amar sin esperar nada, de ponerme al servicio desinteresado de los demás, de no hacer distinciones! ¡Quiero, Señor, dar cabida en mi corazón a todos los que se crucen en mi camino! ¡No permitas, Señor, que nunca aparte a nadie de mi mesa! ¡Ayúdame, Señor con la gracia del Espíritu Santo, a ser generoso siempre, a dar sin calcular, a servir sin esperar recompensas y aplausos y con alegría y servicio sencillo, a devolver siempre bien por mal, a amar gratuitamente, a acercarme al que menos me gusta, a donarme con generosidad al que más me necesita! ¡Y hacerlo para recibir la recompensa que más anhelo: tenerte en lo más íntimo de mi corazón! ¡Y a Ti, Padre, quiero darte las gracias! ¡Gracias porque me siento lavado por tu amor a través de Cristo, Tu Hijo! ¡Que este sentimiento me permita salir de mi mismo, de mis sufrimientos y mis miedos, para crecer en mi vida cristiana y ser don para los que me rodean!
Hoy, Jueves Santo, día del amor fraterno para la Iglesia Católica, conmemoración de la institución de la Eucaristía, escuchamos el Tantum ergo que se canta en el momento en que se da la bendición con el Santísimo: