Buscar el Reino y amar a Dios

Reconforta profundamente sentir que Dios se hace presente con su acción providente en todas aquellas cosas que suceden en mi vida. Me procura el sustento y cuanto preciso para mí y para los míos. En los momentos de desazón, me invade con su esperanza. En el desaliento, en los instantes de incerteza o desventura se hace amorosamente presente primero como Padre y después como amigo. Ocurre que después de las tormentas que cubren mi existencia, le precede la calma. Y eso acontece en todas las circunstancias. Pero Dios se hace presente también en los momentos de alegría, de felicidad, de abundancia participando junto a mí de ese gozo interior que alegra mi vida.
La fuerza de Dios, imbuida por la gracia del Espíritu, radica en cómo impulsa, acrecienta y sostiene mi vida sobrenatural. Mi vida de fe y de oración. Mi vida de entrega y generosidad. Dios desea de mi un encuentro personal con Él por medio del amor y buscando el Reino y su justicia, esa que está siempre latente sobre nuestras vidas. No es la justicia de las normas, es la justicia bíblica. Vivimos para ser santos, seres «justos» de modo que la santidad de Dios sea un reflejo que brille en nuestros rostros. Hacer real lo que dice el salmo de que el Señor dirige los pasos de los justos y se deleita en cada detalle de su vida.
Esta debería ser la aspiración de mi vida: amar y buscar el Reino de Dios en cada momento de mi existencia. Ese es el elemento central de mi santificación personal. Si busco con ahínco el Reino y soy capaz de amar, el resto se me entregará por añadidura.

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¡Padre bueno, por medio del Espíritu Santo, concédeme la gracia de amar siempre! ¡Ayúdame a ser justo para ser aceptable para Ti! ¡Ayúdame a caminar contigo! ¡Padre, anhelo ser santo en la pequeñez de mi vida, quiero estar unido, en Cristo, a Ti, que eres perfecto y santo! ¡Quiero ser santo porque Tu me has creado a tu imagen y semejanza! ¡Quiero ser santo porque Tu mismo nos has dicho que seamos santos porque Tu mismo eres santo! ¡No permitas que me aleje de la santidad, no dejes que me aleje de la verdad, de la plenitud de la vida cristiana y la perfección de la caridad! ¡No dejes, Espíritu Santo, que mis incoherencias y mis actos me alejen de la unión íntima con Cristo y, en Él, con la Santísima Trinidad! ¡Hazme ver, Espíritu de Dios, que el camino auténtico de la santidad pasa por la cruz! ¡Haz de mí, Espíritu divino, una persona que ame como amó Cristo y que busque siempre el Reino de justicia, de amor y de paz!

Cuando Dios te habla a través de un no creyente

Recuerdo una comida en un santuario mariano en lo alto de una montaña. Todos los que allí estábamos habíamos subido a lo alto de aquel peñasco donde se encuentra el santuario para disfrutar de un sábado familiar en compañía de María. A la comida asistió una persona no creyente invitado por una amiga común. En el ágape planteó muchas objeciones sobre el cristianismo, sobre la Iglesia y sobre la fe. Y los que allí estábamos tratamos de convencerle con argumentos basados en la razón. Él estaba cerrado en banda, no podía entender ni asumir nuestro argumentario. Cuando regresé caí en la cuenta que personalmente le había fallado. Mis argumentos habían sido racionales y no desde la perspectiva del amor ni de mi testimonio cristiano. Aquel hombre seguramente se habría llevado la misma impresión, ¡qué corazones tan duros los de esos cristianos que trataban de imponer una idea, un argumentario, una fe!
He llorado interiormente bastante tiempo porque mis palabras aquel día estuvieron carentes de amor. Las semanas fueron pasando y me encontré a esta misma persona en un entorno diferente tres semanas antes de Navidad. Me alegré de verlo allí. Dios quiso que fuera en un lugar especial. Durante tres días compartimos experiencias de terceros, nos cruzamos palabras de afecto, miradas cómplices, sonrisas amables. Pero nada más. El último día nos abrazamos desde la fraternidad. Y desde el corazón. Y tuvimos ocasión de compartir, brevemente, con afecto, respeto y cariño.
Hace tres días me escribió un WhatsApp con sentidas palabras  felicitándome las fiestas y el nuevo año que me removieron interiormente. Desde aquel día en el santuario estaba en mi oración diaria porque era consciente de que no le había mostrado a Cristo viviendo en mi, al Cristo del amor, sino que había visto en mi la arrogancia de mi voluntad, la insensibilidad de mi corazón y la vehemencia de mi fe. Y me sentía desarmado en la pequeñez de mi misión como cristiano. Le había fallado a él y le había fallado al Señor.
Todos tenemos una misión universal. Hablar de Cristo es testimoniar a Cristo. Mostrar a Cristo. Mirar como Cristo. Amar como Cristo.
Somos enviados a continuar el plan de Dios en nuestros entornos de vida. Debemos tomar o retomar el camino. Debemos estar entre quienes proclaman las buenas nuevas a todos los hombres y mujeres de todos los tiempos y de todos los lugares. Jesús quería hombres y mujeres que proclamaran por su Iglesia. Para ir a una misión, tienes que viajar ligero. No tienes que estar abarrotado de demasiadas cosas en el corazón. Debemos dejar estos lazos que nos impiden salir y ver la nueva Iglesia que está en todas partes.
Dios está en todos. En los que creen y en los que no. En los que se entregan y los que hacen lo que pueden. Siempre hay hombres y mujeres que, en nombre de su fe, trabajan para construir un mundo más justo, un mundo de paz, un mundo en el que el amor y el respeto por los demás sean de suma importancia. Pero también hay hombres justos que en nombre de su «no importa el qué» trabajan para construir un mundo más justo, un mundo de paz, un mundo en el que el amor y el respeto por los demás sean de suma importancia.
Lo importante es el compromiso. Pero el compromiso no es una tarea fácil. Desde tiempos inmemoriales, ha habido y todavía hay mujeres y hombres que han llevado y que todavía llevan una palabra de libertad, justicia, paz y amor. La mayor alegría de estos discípulos, dice Jesús, no es cumplir la misión, es ver que sus nombres estén inscritos en el cielo. Tenemos que ser uno de ellos. Lo que se nos pide es que no tengamos muchas cosas que ofrecer para convencer a la gente. Es suficiente para nosotros ser mensajeros de paz, portadores de esperanza en un mundo que lleva sus bellezas y sus fortalezas, pero también sus debilidades y su pobreza.
Todos somos misioneros. Tenemos diferentes maneras de hacer las cosas, pero todos estamos trabajando para la misma meta, todos vamos en la misma dirección: llevar al mundo el reino del amor.
Lo hermoso es saber que, se sea creyente o no, es Dios quien prepara, quien llama y quien envía. Dios tiene sus tiempos, Él asegura nuestra misión de evangelización incluso si a escala global nuestra impotencia nos parece obvia e insuperable. Siempre podemos actuar en nuestro entorno inmediato. En nuestro trabajo, en la familia, con nuestros amigos, con todos los que nos rodean. A esta persona la llevaré siempre en el corazón. Desde aquel día que me lo encontré en lo alto de un monte, en una comida familiar, acompañado de la Virgen, me ha hecho meditar mucho sobre mi misión apostolar. Me ha predispuesto de otra manera para llevar a cabo esta misión que siento Jesús me ha confiado. Que finalmente pueda asumir este desafío y dar así un nuevo significado a mi vida vino, sorprendentemente, de alguien alejado de la fe. ¡Qué grandeza la de Dios! ¡Cómo escribe torcido el Creador! Nuestros medios y nuestro único equipaje para el compartir serán simplemente nuestra fe, nuestro amor y nuestro sentido de la solidaridad. Desde la humildad y desde el corazón. ¡Gracias, amigo, porque sin saberlo ni esperarlo Dios me habló con mucha claridad a través de ti!

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¡Señor, te pido bendigas a todos aquellos que se cruzan en mi camino y transforman mi corazón! ¡Señor, especialmente te pido por aquellos que sin saberlo me han hablado de Ti! ¡Me postro ante Ti, Señor, para que protejas siempre a los que se acerquen a mi, cobíjalos con tu luz, llénalos de tu amor, fortalecemos en su serenidad interior, cúbrelos de tu misericordia! ¡Hazte omnipresente en ellos porque su vida me interesa, Señor! ¡Cuando las tinieblas les embarguen, Señor, elimina las nieblas que les cubran! ¡Hazme un instrumento de tu paz, que puedan ver en mi lo mucho que les amas pero ayúdame a ser testimonio de tu amor, a aceptar su idiosincrasia y su realidad sin imponer! ¡Derrama tu Espíritu sobre ellos, Señor, para que se sientan protegidos en el camino de la vida, en su propia realidad! ¡Dales tu bendición! ¡Gracias, Señor, porque tantas veces te manifiestas a través del prójimo y así me lo haces ver! ¡Gracias, Señor, porque me abajas llevándome a caminar a través de terceros! ¡Bendice especialmente al que se ponga en mi camino y se haga presente por medio de Ti! ¡Concédeme la gracia de aprender a amar a los que conviven conmigo compartiendo mi vida, mi fe, mis incongruencias, mis errores, mis lágrimas, mis éxitos, mis penas y mis alegrías! ¡Que sepa verte en el rostro sereno de aquel que pones en mi caminar!

Como la luz del alba, que va en aumento hasta que es pleno día

Como cada mañana después de la oración aprovecho para salir a correr y hacer un poco de deporte. Al salir al exterior la luz del día me ha recordado esa frase tan hermosa del Libro de los Proverbios: «La senda de los justos es como la luz del alba, que va en aumento hasta que es pleno día».
Cuando conoces a Jesús y tratas de tener una relación personal con Él sientes que recibes la salvación, así la luz de Dios ilumina tus pasos para transitar impregnados de su manera de vivir y con su paz.
El principio sustancial del caminar en Cristo se asemeja mucho al amanecer, que da comienzo a una vida nueva, que acrecienta su luz en la medida que uno madura en la fe, en la esperanza, en la confianza y, sobre todo, en la comunión con Dios. De ahí, que la actitud que uno debe tener es la de hacer el bien y evitar el mal, de esperar la prosperidad, el avanzar, el mejorar, el dar atención a los demás en todas los aspectos de la vida.
Cuando centras tu atención en lo que va a suceder, cuando tratas de practicar la justicia divina, ser obediente y llevar a cabo buenas acciones, eres más consciente de que la mano de Dios siempre te acompaña. Hay una verdad incuestionable: cuando pides con el corazón abierto siempre recibes, cuando buscas siempre hallas y cuando llama siempre se te abre porque las promesas de Dios no son en vano sino que son luz de vida que Él ofrece en abundancia. «La senda de los justos es como la luz del alba, que va en aumento hasta que es pleno día». Esta frase me recuerda que mi actitud debe ser enfocada a esperar lo mejor de Diosa no dudar de sus milagros, a los cambios transformadores que habrá en mi vida y que, en todo, allí estará el Señor en cada momento de mi existencia. Y eso no solo es un gran alivio sino un motivo de gran esperanza.

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¡Señor, mi vida es un permanente caminar a veces desviado del auténtico camino por mis caídas y mis faltas! ¡Dame la sabiduría, Señor, para ir por el camino de la vida plena y recorrerlo sin desviarme de él y sin tropiezas que dañen mi corazón y te dañen a ti! ¡Instrúyeme, Señor, por el camino del bien por medio de tu Santo Espíritu, encamíname por las sendas de la rectitud cada instante de mi vida! ¡Hazme cumplir tus mandamientos que son el camino que lleva a la vida! ¡Ayúdame a saber siempre donde pongo los pies para evitar las caídas! ¡Señor, soy consciente de que la senda de los justos es como la luz del día y no quiero entrar en tinieblas! ¡Señor, tu eres la luz del mundo y yo quiero acercarme siempre a esta luz que da vida para no caer en las tinieblas! ¡Señor, tu me otorgas la libertad para elegir el camino, ayúdame a ser siempre responsable de mis actos y no me dejes nunca solo porque necesito de tu luz para caminar! ¡Señor, no solo eres la luz, eres también el camino; eres mi modelo y en todo te quiero imitar! ¡Envía tu Espíritu sobre mi para vivir como tu, para andar por el camino recto y para dirigir mis pasos hacia la plenitud de la vida!

Gloria, aleluya, cantamos hoy:

 

¡Tienes que ser más realista!

Una de las acusaciones que debemos afrontar habitualmente los cristianos es nuestra falta de realismo. Se nos acusa habitualmente de cobijarnos en la esperanza que lo vierte todo en el futuro. ¿Cuántas veces en los últimos tiempos he escuchado de boca de personas alejadas de la Iglesia que debo ser «más realista»? ¡Que Ese en el que creo es un personaje histórico que la Iglesia ha amoldado según sus intereses! ¡Que dejándome llevar por la esperanza espero en un futuro de dudosa existencia!
Me inquieta cuando cada vez más gente duda porque para mí la esperanza es base fundamental de mi fe. No es una ilusión ni una quimera. Yo tengo esperanza —al igual que me sostengo en la fe— porque para mí la vida es algo muy serio. La vivo en su totalidad con la certeza de que el futuro que me espera no es una promesa vacía sino una realidad viva. No es como la vida humana que es finita, la vida eterna es algo definitivo.
La esperanza cristiana es el andamiaje que sostiene la vida. Como la fe es el pilar básico del edificio de la vida. Por eso, según como espere, así será mi vida.
La esperanza cristiana es un signo revelador de mi verdad como cristiano. Es la que endereza mi vida, la que me ayuda a luchar por una sociedad más justa, comprometida, solidaria y fraternal, al estilo de Cristo.
La esperanza cristiana no me permite tener una actitud pasiva ante la vida porque lleva consigo el compromiso y el dolor ante tantas injusticias.
La esperanza cristiana me hace creer que existe el Reino eterno, la patria celestial, el destino final del alma humana. Por eso lucho por cambiar las estructuras de esta sociedad porque nadie puede ser ajeno a un futuro tan hermoso.

 

orar con el corazon abierto

¡Padre eterno, que cerca estás de nosotros y a cuanta gente le cuesta sentir tu presencia o, simplemente, abrir el corazón para sentir tu ternura! ¡Te doy gracias por los signos de tu presencia a mi alrededor, son un sostén grande a mi fe y mi esperanza! ¡Gracias, Señor, porque la iluminación de tu Santo Espíritu me permite mirar con esperanza el presente y el futuro de mi vida, estar atento a tus buenas nuevas, a dejarme sorprender por tu ternura! ¡Gracias, Padre mío, por esta siempre tan cerca! ¡Señor, nos angustiamos por todo, vamos dando tumbos por la vida y vivimos sin esperanza, echando a perder nuestra vida y la de los que nos rodean con nuestras quejas y nuestros lamentos! ¡Ayúdame, Señor, siempre a permanecer despierto! ¡Concédeme, Señor, la gracia de nadar a contracorriente!

El auxilio de me viene del Señor, nos unimos al canto de la Hermana Glenda:

Me niego a claudicar en mis esperanzas

Al abrir la puerta de un templo observo junto a un cartel de Cáritas, los anuncios parroquiales y los horarios de misa un cartel con esta pregunta: «¿Quién a pesar de llegar cuatro días más tarde lo hizo en el momento preciso?»
La pregunta remite, lógicamente, al momento en que Jesús, antes de la Pasión, resucitó a Lázaro cuando su amigo, fallecido hacía cuatro días, se encontraba en el sepulcro.
Al arrodillarme en mi breve visita al Sagrario le digo al Señor: «¡Cuánta verdad hay en que todo lo haces en «el momento preciso». Yo busco mis tiempos y, en cambio, tu eliges siempre el momento perfecto para cada situación». Con frecuencia esperamos largo tiempo antes de ver correspondida una plegaria pero cuando la repuesta aparece es en «el momento preciso» o, cuando ya en la precariedad emocional, la acción de Dios era más necesaria.
Si contemplamos como funcionaba el ministerio terrenal del Señor es fácil comprobar cómo todo lo que había venido a hacer se correspondía con «el momento preciso» del que habla el cartel de entrada en el templo.
Si Cristo no responde cuándo y cómo uno desea o piensa que debería haberlo hecho no implica que no se dará una respuesta. Ésta surgirá de algún modo en el «el momento preciso». El Señor es un Dios justo y nada queda al albur de su misericordia.
Con el paso de los años y mi mayor cercanía al Señor he aprendido que cuando parece que he llegado al límite de mi capacidad y las fuerzas flaquean tengo que aguantar. No puedo desfallecer. Dando siempre un paso más. La paciencia confiada es la llave maestra que abre el cofre que contiene las bendiciones de Dios. Hay momentos en los que uno se tiene que conformar con esperar la respuesta. Aunque el ruego es que finalice de inmediato un problema, una dificultad o una circunstancia negativa tal vez el Señor vea preferible hacerlo más adelante. El cronograma con el que se mueve habitualmente Dios es infalible.
La fe consiste creer en la misericordia de Dios y confiar con el corazón abierto. Por medio de la fe nada hay imposible. La fe impide que las pruebas de la vida nos quiten la serenidad, la paz y la alegría.
Yo me niego a claudicar en mis esperanzas. Prefiero aferrarme a Dios a pesar de los aparentes silencios a mis súplicas, acogerme a sus promesas a pesar de no observar resultados inmediatos… porque soy consciente por experiencias previas que Dios nunca me falla.

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¡Señor, me fe es muchas veces tibia y necesito la fuerza de tu presencia para confiar en tus promesas! ¡No permitas, Señor, que me desmorone cuando no lleguen las respuestas a mis súplicas! ¡Concédeme, Señor, la gracia de una fe firme, una confianza ciega y una esperanza cierta! ¡Cuando no se cumpla mi voluntad, Señor, no permitas que me aparte de Ti! ¡Haz ver, Señor, que mis tiempos no son los tuyos, que tu eliges siempre «el momento preciso» para cada cosa1¡Señor, es tu fuerza la que me conduce y me guía; es tu luz la que ilumina mi corazón, es tu confianza la que aligera mis cargas, es tu amor el que me sostiene gracias a tu ternura! ¡No te enojes conmigo, Señor, cuando justifique mis múltiples torpezas acudiendo a tu misericordia! ¡No te entristezcas conmigo, Señor, cuando falte a tu confianza! ¡No te apenes cuando quiera acceder a tu voluntad pero tome otros caminos! ¡No te aflijas si no correspondo a tu amor! ¡Y te pido perdón, Señor, mis tantas dudas y desconfianzas, por tanta falta de testimonio auténtico, por tantas faltas de fe, por tanta tristeza y pesimismo escondido en mi corazón, por mis cansancios y mis miedos injustificados, por mis impaciencias y mis prisas para que se cumpla lo que te pido, por mi dureza de corazón, por mi egoísmo para ver cumplidos mis sueños que tantas veces se alejan de Ti,  por mi ceguera ante los signos que tu envías! ¡Perdón, Señor, por mi escasa relación contigo que me hace tantas veces desconfiar de tu Palabra, de tus gestos, de tu amor y de tu misericordia!

Esperanza de vida, cantamos hoy:

Tú y yo somos de la misma sangre

El domingo pasado vi con mis dos hijos pequeños la película el Libro de la Selva, un film cautivador y un prodigio de técnica que convierte cada escena en algo verdaderamente real. Me quedo con una frase hermosa de cuando Mowgli y Baloo se adentran en territorio extranjero. El oso le espeta al niño criado en la jungla: «Somos de la misma sangre, tú y yo». Son las palabras que Mowgli debe gritar en caso de peligro. El oso quiere decir que mi cuerpo es diferente pero obsérvame como uno de los tuyos que yo te defenderé. Es una invitación a ir más allá de las apariencias, es entrar e invocar la sangre que nos hace hermanos. La sangre que es vida, que es darlo todo por el prójimo, por el amigo, por el cercano.
Le doy vueltas a esta frase. Y me digo que me propongo desterrar de mi corazón todo aquello que destruye mi relación con el otro: los celos, la soberbia, las envidias, las críticas, los juicios, el egoísmo, las mentiras… porque todos somos de la misma sangre, capaces de lo mejor y lo peor es cierto, pero todos anhelamos la vida y el amor, la verdad y la justicia, la bondad y la alegría…. Somos de la misma sangre, una sangre que silenciosamente exclama a Dios que necesita ser salvada y reorientada hacia el bien.
Dios escucha atentamente este grito y viene a la jungla de nuestra vida. De hecho, por medio de Cristo tomó la naturaleza humana y enfatizó: «Somos la misma sangre, tú y yo». Después de hacer el bien, Cristo fue sentenciado a morir en la ignominia de la cruz. Nos entregó su sangre, hecho que rememoramos en cada Eucaristía: «Este es el cáliz de mi sangre, sangre de la alianza nueva y eterna que será derramada… para el perdón de los pecados». Cristo desea que su sangre fluya en nuestras venas como una transfusión. Es la sangre del nuevo y eterno Pacto, el que me convierte en hijo de Dios. Jesús me entrega su sangre y durante la comunión soy vivificado, transformado, santificado. Su sangre irriga toda mi persona, penetra mis sentidos, transforma mis hábitos, mis palabras y mis acciones. Su sangre dirige la mía hacia lo bueno y la purifica separándolo gradualmente de lo rancio. Con su sangre, es su vida y su amor lo que fluye por mis venas. Soy uno en Cristo.
Por eso debo abrirme por completo a Cristo. Hacerme uno con Cristo. Dejar que su sangre circule en mi interior para recibir su sed de perdón, su anhelo de salvarme, su sed de hacerme su hermano, su sed de hacer en todo la voluntad del Padre. «Somos de la misma sangre, tú y yo». Uno con Cristo: ¡por eso quiero que la sangre de Cristo fluya en mi! ¡por eso quiero estar cada día en comunión con la sangre de Cristo, acercarme a la copa de la salvación, escuchar a Cristo que me dice: «Deja que mi sangre fluya en tus venas. Y luego ve y dásela al mundo amándolo como yo lo amaba. ¡Entonces seremos realmente de la misma sangre, tú y yo y todos con los que te encuentres por el camino!»

 

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¡Gracias, Señor, por tu preciosa sangre que nos rescata! ¡Gracias, Señor, por tu preciosa sangre que nos purifica! ¡Gracias, Señor, por tu preciosa sangre que nos limpia del pecado! ¡Gracias, Señor, por tu preciosa sangre que nos reconcilia con Dios! ¡Gracias, Señor, por que nos entrega tu espíritu! ¡Gracias, Señor, porque nos das el valor que necesitamos para vivir! ¡Gracias, Señor, porque tu preciosa sangre es el precio redentor que nos rescate y redime del pecado! ¡Gracias, Señor, porque tu preciosa sangre nos une más a Dios! ¡Gracias, Señor, porque tu preciosa sangre nos permite caminar a la luz de Dios! ¡Gracias, Señor, porque por tu preciosa sangre somos santificados! ¡Gracias, Señor, porque por tu preciosa sangre nuestra conciencia nos limpia de toda culpabilidad y nos hace libres en cuerpo, mente y alma para servirte a Ti! ¡Gracias, Señor, porque con tu sangre en la cruz completaste la obra de la redención! ¡Gracias, Señor, porque tu preciosa sangre purifica nuestra conciencia de obras muertas para servir al Dios vivo! ¡Gracias, Señor, porque por tu preciosa sangre somos nuevas criaturas en Cristo y podemos servir al Dios vivo, para glorificarle, y para gozar de El por una eternidad! ¡Gracias, Señor, porque tu preciosa sangre nos da vida, nos alimenta el alma, nos socorre en tiempos de necesidad, nos fortalece contra el pecado! ¡Gracias, Señor, porque tu preciosa sangre nos une al hermano, nos hace uno con el prójimo porque todos, unidos a ti, somos de la misma sangre!

En este primer día de febrero, el Papa Francisco nos pide rezar durante este mes para que aquellos que tienen un poder material, político o espiritual no se dejen dominar por la corrupción. Nos unimos con el corazón abierto a sus intenciones.

Cantamos a Cristo que por sus sangre cambió nuestra historia personal:

Hoy mi corazón proclama a Cristo como mi Rey

Hoy domingo en la Iglesia celebramos una de las fiestas más importantes del calendario litúrgico, la conmemoración de que Cristo es el Rey del universo y que su Reino es el Reino de la verdad y de la vida, de la santidad y de la gracia, de la justicia y del perdón, del amor y de la paz.
En este día mi corazón proclama que Jesús, aquel se hincó de rodillas como un vulgar servidor ante los apóstoles para lavarles los pies y que murió derramando su sangre por mí en la Cruz, es mi Rey y mi Señor. Hoy mi corazón proclama con orgullo que Cristo es mi Rey y mi Salvador, que llena mi vida con su divinidad y que me siento profundamente unido a Él, camino de verdad y de vida.
Hoy mi corazón proclama con alegría que ese Rey y Señor es la luz que guía mi camino y quiero alabarle por siempre, quiero exclamar a los cuatro vientos que a «Él la gloria y el poder por los siglos de los siglos».
Hoy mi corazón proclama que siento la Cruz como el signo paradójico de su realeza y que su ley es cumplir la voluntad del Padre por amor.
Hoy mi corazón proclama que estoy dispuesto a seguir siempre a ese Rey y Señor cuyo poder no es terrenal sino divino, el poder de dar la vida eterna, de liberarnos del mal y de vencer la muerte y el pecado. Que su ley es la ley del Amor capaz de transformar los corazones para llenarlos de paz, amor y esperanza.
Hoy mi corazón proclama que ese Cristo que es mi Rey y mi Salvador es el auténtico testimonio de la entrega y que su bandera es la de la verdad y de la justicia y que seguirle a Él no me garantiza la seguridad según los criterios arbitrarios de nuestra sociedad pero me garantiza la alegría de lo que soy y la seguridad de la paz interior porque Él anida en mi corazón.
Hoy mi corazón proclama que Cristo es mi Rey y mi Salvador y que se quiere gloriar en obedecer sus mandatos y seguir su Palabra porque el fin es vivir con Él en el cielo prometido.
Hoy mi corazón proclama que Jesús es mi Rey y mi Salvador y que anhelo impregnar toda mi vida de las enseñanzas de Su Evangelio, transitando por los caminos de la humildad y la sencillez y no por los del orgullo y el egoísmo; de la virtud y la comunión con el prójimo y no por la autosuficiencia y el egoísmo; del bien y la solidaridad y no la mentira; del amor y la justicia y no la falsedad y la arbitrariedad; del servicio desinteresado a los demás…
Hoy mi corazón proclama que Cristo es mi Rey y mi Salvador y que todo cuanto realice en esta vida tiene como finalidad llevar su reinado a la sociedad.
Hoy mi corazón proclama que Jesús es mi Rey y mi Salvador que implica que mi vida esté abierta al perdón y a la reconciliación, a la aceptación humilde y sincera de lo que soy y de lo que son los demás, del respeto a la diversidad, de la comprensión de la realidad del prójimo, del olvido de mi mismo para ponerme en la piel de los demás, de no importarme ser el menos valorado si soy capaz de ver lo atractivo que atesoran los demás.
Hoy mi corazón proclama que Jesús es mi Rey y mi Salvador y que esta afirmación no deseo que quede en palabras huecas y vacías sino que sean un auténtico compromiso de amor y fidelidad a Él.
Hoy mi corazón proclama con fe alegre y rotunda que Cristo es mi Rey y mi Salvador y que tuyo es el Reino, el poder y la gloria por siempre. Porque lo creo de verdad, porque creo que mi destino es la vida gloriosa en el cielo, la plenitud del Reino donde Cristo sentado en el trono de la Cruz me espera para compartir la felicidad de la vida eterna en la que yo, pobre instrumento de su amor, podré disfrutar toda la eternidad alabándole siempre a Él junto al coro celestial.

 

orar con el corazon abierto

¡Señor, te reconozco por mi Rey mi y Salvador y me comprometo a luchar como Hijo tuyo por la verdad del Evangelio, a procurar por mis medios el triunfo de la verdad y testimoniar tu realeza sagrada en este mundo! ¡Anhelo fervientemente, señor, que reines en mi  corazón! ¡Pero que reines de verdad! ¡Pero antes, Señor, ayúdame a reconocer mi pequeñez, mi miseria, mis bajezas morales, mi debilidad! ¡Límpiame con la fuerza de tu Espíritu para que puedas reinar en mi interior! ¡Espíritu de Dios, dame la fuerza necesaria para batallar cada día sin desfallecer! ¡Ayúdame a ser consciente de mi pequeñez! ¡Ayúdame a sentir con pena todo aquello que me aleja de Ti, del reino de tu Padre! ¡Ayúdame a contemplar las manchas de mi corazón para poder purificarlas en el sacramento de la confesión! ¡Oh Cristo Jesús! Te reconozco como Rey del Universo porque todo lo has creado Tú, utilízame para hacer el bien! ¡Y en este día, renuevo mis promesas del Bautismo, renunciando a Satanás, a sus pompas y a sus obras, y prometo vivir como buen cristian y muy en particular me comprometo a hacer triunfar, según mis medios, los derechos de Dios y de tu Iglesia!

En esta festividad de Cristo Rey, un regalo de la mano de J. S. Bach. Se trata de su cantata Herr Jesu Christ, du höchstes Gut, BWV 113, (Señor Jesucristo, supremo bien):

Un alma que contempla a Jesús

La fe me indica siempre que, a pesar de todo, Él permanece siempre ahí. La vida está hecha a base de pruebas y de apagones. Se va la luz y uno tiene que poner remedio a esa oscuridad. Pero cuando la oscuridad filial es sincera uno sabe que la luz de los días grisáceos va a ir acompañada del sol radiante que llega de lo alto. Por eso siento que debo buscar mi sol en mi propio interior. Si tengo a Dios por amigo —un amigo que ilumina— hago que mi fe vibre y eso me permite una comunicación más íntima con Él. Esa es la ilusión de mi vida. Llevar en mi interior el cielo prometido, al mismo Cristo de la bienaventuranzas, del perdón, del amor, de la justicia, de la ternura, de la alegría, de la generosidad, de la humildad, del servicio, del misterio…
Anhelo ser un alma que contempla cada día a Jesús crucificado para ser capaz de darse a los demás como el mismo Cristo. Ser la sonrisa de Dios para los que me rodean. ¿Y por qué soy capaz de lograr este hermoso ideal? Porque en mi corazón hay demasiada autosuficiencia, orgullo, soberbia, autocomplacencia, justificaciones… Pero mi opción es Cristo, revestido de desprendimiento, de caridad y humildad.
Busco cada día subir un peldaño más de la escalera hacia el cielo. Me falta tal vez amar de verdad y vivir hasta las últimas consecuencias los valores del Evangelio.

Happy couple together on the peak of a mountain at sunset

¡Señor, quiero hacer camino contigo; ser uno contigo! ¡Quiero, Señor, que mis pasos sigan tus huellas, buscarte sin descanso! ¡Señor, quiero estar lleno de la dicha de encontrarte, de sentirte cerca, de vivir los valores del Evangelio! ¡Quiero hacer mía tu Palabra, Señor, y convertir las enseñanzas de tu Evangelio en la norma que rija mi vida! ¡Quiero, Señor, ser columna que fortifica, corriente de agua viva, luz que ilumina, viento que alienta! ¡Quiero, Señor, a tu lado dar frutos y alegría,  transmitir paz y esperanza, amor y misericordia! ¡No permitas, Señor, que me desvíe del camino, que tome atajos que me alejen de ti! ¡Envíame tu Espíritu, Señor, para que me moldee según tu voluntad, me ilumine según lo que tienes pensado para mi, que me transforme para hacerme un hombre nuevo! ¡Señor, quiero ser hombre de espíritu firme que no sucumba ante la tentación! ¡Quiero, Señor, tener siempre mi corazón abierto a Ti, a cada uno de tus enseñanzas, de tus mandamientos y tus bienaventuranzas! ¡Quiero, Señor, en mi fragilidad y mi pequeñez ser grande en la lucha cotidiana, en los esfuerzos cotidiano, en saber llevar la cruz con entereza, saber afrontar mis alegrías y fracasos con confianza! ¡Quiero sentir cada día tu presencia en mi, Señor, tener un corazón abierto en busca de tus respuestas! ¡Quiero ser tu discípulo fiel, Señor, y aprender de Ti como hicieron tu Madre, tus apóstoles y la comunidad de los santos! ¡Porque yo anhelo la santidad, Señor, y aunque estoy muy lejos de lograrla a tu lado siempre será más fácil obtenerla!

Alma misionera, dispuesta a llevar a Cristo al mundo:

Prudencia no es cobardía

Al amor de Dios no se le pueden poner límites porque Dios ama sin medida. Pero para progresar en el amor la prudencia es una necesidad pues es la prudencia la ciencia de los santos. Prudencia no es cobardía, ni limitación, ni miedo. La prudencia es esa virtud que Dios infunde para que uno sepa siempre lo que debe hacer. En unas ocasiones nos llevará a tomar decisiones justas y rápidas, otras a recular antes de la acción. La prudencia capacita para las acciones sencillas y también para las difíciles.
Pienso hoy en el Señor. ¿Era realmente un hombre prudente, Él que comía con publicanos y pecadores, que atizó a los vendedores del templo que profanaban la Casa del Padre, que se enfrentó a los Sumos Sacerdotes, que curaba en sábado, que perdonaba los pecados…? Lo era, porque el prudente levanta la voz ante la injusticia, condena al que ejerce el mal, piensa y actúa antes de pensar que puede equivocarse, busca la conversión de los alejados, trabaja por anunciar el Reino de los Cielos antes de evitar complicarse la vida…
Es la razón buena compañera de la prudencia. El complemento perfecto para dictar a nuestro corazón lo que más conviene en cada situación. Con la prudencia es más sencillo discernir el bien del mal, lo justo de lo injusto, lo trascendente de lo intranscendente, lo conveniente de lo inconveniente… La prudencia nos otorga la docilidad suficiente para dejarse aconsejar y acoger el consejo con humildad.
¡Qué importante es también la prudencia en la vida espiritual! ¡Qué importante es obrar siempre siguiendo los caminos de la gracia!
Reconozco que me gustaría ser más prudente pues el prudente es el que es capaz de ver lo que Dios desea de él y lo hace sin pensar que va a encontrarse un sinfín de obstáculos en su camino. En la medida que sepa discernir lo que Dios quiere de mí mayor será mi crecimiento personal y espiritual.

orar con el corazon abierto

¡Señor, Tú mismo dices que el sabio oirá e incrementará su saber; que el entendido adquirirá consejo! ¡Ayúdame, Señor, a ser prudente pues la prudencia es la senda por la que debo caminar por la vida pues es gracia tuya ¡Ayúdame, Espíritu Santo, a trabajar la prudencia para aplacar ante las adversidades que surjan cada día; a reaccionar ante situaciones injustas o dolorosas! ¡Concédeme, Espíritu Santo, el don de la prudencia para aparcar la necedad y abrazar la sabiduría, para desechar los pensamientos y las actitudes egoístas, de ausencia de autodominio o de insansatez! ¡Señor, siento que debo ser alguien con más fe y más ferviente pero al mismo tiempo más prudente, siendo más diligente en servirte a Ti y a los demás! ¡No permitas, Señor, que me avergüence de mis creencias y mis principios! ¡Otórgame, Espíritu divino, la prudencia para saber en cada circunstancia lo que conviene hacer! ¡No permitas, Espíritu Santo, que caiga en estas faltas que atentan contra la prudencia como son la inconstancia, el actuar mal por no querer conocer la verdad, la precipitación, el moverse por los caprichos, la inconsideración, el dar juego a las pasiones…! ¡Lléname de Ti para ser prudente al actuar!

Del compositor andaluz Francisco de la Torre, máximo exponente de la música en la época de los Reyes Católicos, escuchamos hoy esta bellísima obra polifónica a cuatro voces Adorámoste Señor Dios. Adjunto el texto para seguirlo pues es una poema precioso:

Adoramoste, Señor,
Dios y hombre Ihesu Cristo
Sacramento modo visto
universal Redentor
Adoramoste, vitoria
de la santa vera cruz
y el cuerpo lleno de luz
que nos dejaste en memoria
Criatura y criador,
Dios y hombre Ihesu Cristo
en el Sacramento visto
adoramoste, Señor.

Instrumento de paz y amor

Abro el Salmo 45: «desistid, reconocer que soy Dios, yo domino los pueblos, domino el mundo». Se hace en mi interior un silencio largo y profundo. Lo que dice el Padre es muy claro: detened cualquier tipo de lucha, que las guerras se paren, que los hombres no luchen por ideales falsos, que las armas se abandonen. Todo esto está destruyendo el amor en la tierra que Él había plantado.Atentado en Manchester, cristianos asesinados en Egipto, hombres, mujeres y niños abandonados ante las costas de Chipre… El horror en forma de muerte y desastre están al orden del día. Pero no hay que dejar de llorar. Tantos acontecimientos trágicos exigen a los que tenemos fe rezar por la paz en el mundo. La paz es un don de Dios y como tal se ha de pedir incesantemente en la oración.
Los cristianos hemos tomado partido. Es una opción radical y firme. Es la opción por la paz, por la lucha contra la injusticia, contra el odio, contra la discriminación. Pedirle a Dios en la oración es rogarle por un mundo donde impere la justicia y la fraternidad, el respeto y la dignidad. Frente a los actos de terrorismo, de violencia, de destrucción, de asesinatos, la oración del cristiano es un canto al amor, es edificar en base al corazón.
La exigencia del amor es consustancial al mensaje evangélico; es, por tanto, una exigencia vital para cualquier hombre de bien y especialmente si está bautizado.
Pero no basta simplemente con orar y ser consciente de cuál es mi obligación como cristiano: es fundamental ser capaz de lo que implica ser constructor de paz. Y eso es vivir en la cercanía de Dios. Vivir su amor, su misericordia y su perdón. Cuando uno se acerca a Dios sus horizontes se amplían y es más capaz de acoger en su corazón el sufrimiento del mundo, de la sociedad y del prójimo que sufre. Cantar como hace San Francisco para que uno pueda convertirse en instrumento de su paz y donde haya odio ponga amor y donde haya ofensa ofrezca perdón. El problema radica en que la oración suele ser frágil, débil y de poca fe, como es mi caso, y como el corazón está repleto de heridas y rencores cuando eso ocurre debilita mi amor a Dios y la eficacia de mi oración.
Pero este mal solo se supera por medio del amor y el perdón base del compromiso cristiano.

¡Vengo, Señor, en mi oración de hoy para llenarme de tu presencia y conseguir que mi vida se llene de ilusión, de fuerza, de alegría y de paz! ¡Señor, el mundo se olvida con gran frecuencia de tus enseñanzas y eso nos lleva a tener actitudes violentas y agresivas y a la pérdida de la paz! ¡Señor, el problema no radica solo en los atentados, en los asesinatos, en las guerras, en los malos tratos, en los desórdenes de ámbito social y de todos esos males que hacen que se deteriore la paz en nuestro entorno, sino en que los corazones abrigamos mucho rencor y dolor y eso nos lleva a perder la serenidad interior y la paz! ¡Señor, no permitas que mi corazón se aleje de ti para que no olvide las palabras de tu buena nueva y los mensajes de tu evangelio, para que mi corazón esté impregnado de tu amor y pueda darle a mi vida una amplitud de miras cristianas porque si no me queda el vacío y eso lleva a la soberbia, al rencor, la envidia, la autosuficiencia, el egoísmo y otros tantos males que me llevan a refugiarme en actitudes negativas alejadas de ti! ¡Señor, quiero expresarte hoy mi compromiso con la paz, con el encuentro con el hermano, con la generosidad de mi corazón! !Como rezaba San Francisco de Asís hoy quiero ser un instrumento de tu paz. Donde haya odio, que yo ponga amor. Donde haya ofensa, que yo ponga perdón. Donde haya discordia, que yo ponga unión. Donde haya error, que yo ponga verdad. Donde haya duda, que yo ponga fe. Donde haya desesperanza, que yo ponga esperanza. Donde haya tinieblas, que yo ponga luz. Donde haya tristeza, que yo ponga alegría. Haz, que no busque tanto el ser consolado como el consolar, el ser comprendido como el comprender, el ser amado como el amar. Porque dando es como se recibe. Olvidándose de sí mismo es como se encuentra. Perdonando como se encuentra el perdón. Muriendo, como se resucita a la vida eterna! ¡Gracias, Señor, porque tu cercanía es garantía de paz, de serenidad, de esperanza y de amor para mi! ¡Sagrado Corazón de Jesús, en vos confío!

Hazme un instrumento de tu paz, con la voz de Susan Boyle: