Navidad, un canto del Amor Divino

La Navidad es para mí como un canto del Amor Divino. Amor Divino el de ese Niño que, recostado en un pesebre, te abre el corazón para recibir la abundancia de su gracia. ¿Cómo es posible que perdamos con tanta frecuencia la capacidad de entender que el amor divino es capaz de transformar y trascender todo en nuestra vida? ¿Por qué nos cuesta tanto confiar en esta fuerza e, incluso, en los milagros que se provienen de ella? Los seres humanos tendemos a dejarnos llevar por la tristeza, la decepción, las dudas, los miedos, los temores, las dificultades, las angustias… todo esto nos invade y cuando se asienta en nuestros pensamientos y emociones frenan nuestro crecimiento interior y bloquean determinados aspectos de nuestra vida.
Pero en Navidad contemplas al Niño recostado en el pesebre, arropado por José y María, y no puedes más que ver al Amor Divino. Amor Divino que es la paz, la alegría, la confianza, la armonía, la fe, el valor, la esperanza, la bondad, la gracia, la libertad, la compasión, la sabiduría, el perdón, la humildad, la unión, el valor, la espera, la misericordia, la sinceridad, la entrega, el servicio, la magnanimidad, el respeto, la sinceridad… cualidades todas ellas del corazón divino de Cristo que llega a nuestro propio corazón cuando se abre a la gracia y rompe lo que nos bloquea y angustia.
El Amor Divino te enseña a amar sin condiciones, a entregarte sin condiciones, a servir sin condiciones, a vivir alimentados de este gran Amor. El Amor Divino te permite reconocer en tu propia alma la profundidad de su trascendencia.
El tiempo de Navidad es el más adecuado para dejarse impregnar de este Amor Divino que, como un rayo, lo llena todo de amor, compasión y alegría. El Amor Divino te permite tomar conciencia de tu realidad y saber que puedes convertirte en ese rayo de esperanza, de amor y de alegría que caliente a todos los que están a tu alrededor. Ese rayo abrasador penetra en el corazón del prójimo y corresponde al Amor Divino abrasar su corazón, su alma y su conciencia por medio de la gracia.
¡Bendita sea la Navidad que nos da la oportunidad de abrir nuestro corazón al Amor Divino manifestado en un niño nacido en un portal!

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¡Niño Jesús, Emmanuel, Dios con nosotros, Dios que salva, ilumíname interiormente y haz que tu luz brille en mi corazón para que disipe toda oscuridad! ¡Envuelve, Niño Dios, tu luz en mi alma para que esté dispuesta alimentarse de Tu Palabra! ¡Dios con nosotros, tu eres la luz que ilumina mi vida porque tu amor es eterno! ¡Tu que habitas, Niño Dios, en el misterio de la luz inefable y has creado la luz, guía mis pasos para convertir mis oscuridades en luz! ¡Niño Dios, que eres la luz que brilla en la oscuridad, inunda mi corazón con tu amor para que a través de tu luz y con la fuerza del Espíritu Santo, caminar en tu luz! ¡Envía tu luz y tu verdad para que resplandezcan en mi alma, porque ya sabes de que soy tierra estéril que necesita de tu luz para dar fruto! ¡Niño Dios, derrama sobre mí las gracias del cielo y haz que llueva sobre esta tierra árida la gracia del Espíritu Santo y las fecundas aguas de la piedad, del amor, de la entrega, de la generosidad para que produzca frutos buenos y saludables en mi entorno familiar, social y profesional!

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Educarse en la libertad

Tercer sábado de diciembre con María, Señora del Adviento, en el corazón. El tiempo de Adviento es un tiempo muy mariano. Es Ella la que lleva en su seno al Niño Dios. Es gracias a su entrega absoluta que María se convierten en la liberadora del ser humano. Su «hágase» humilde y entregado a la voluntad del Padre tuvo como consecuencia el nacimiento de Jesús. ¿Qué pensaría María los días previos al nacimiento del Salvador? ¿Sería consciente de lo que suponía ser la Madre de Dios?
Esta pregunta me lleva a plantearme una cuestión fundamental en la vida de María. Su libertad. La libertad de María le permite liberarse de cualquier egoísmo; ella asume desde la concepción de Jesús que su vida estará marcada por el dolor, por las renuncias, por la persecución, por la incomprensión y por el desgarro del corazón.
Esta es una de las grandes misiones de cualquier cristiano, hijo de María. La defensa de su propia libertad. Una libertad que exige la lucha contra uno mismo, para liberarse del egoísmo que llena el corazón; que derrote las pasiones, que venza las debilidades y que luche contra los instintos. Es imposible alcanzar la libertad cuando te encuentras atado a las personas o lo material de la vida. Ser como María, libre en el corazón, instrumento útil para el servicio a los demás.
La figura de María te permite comprender que la fe y el amor son los dos pilares en los que se sustenta la libertad.
Hoy le pido a María que me eduque en la libertad, a su imagen y semejanza, para actuar siempre como un ser libre, abierto al mundo, disponible a la voluntad de Dios y al servicio del prójimo. Y en base a esa libertad, que me haga un instrumento eficaz de liberación en mi entorno familiar, profesional, social, comunitario y parroquial.

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¡María, quiero ser libre como lo fuiste tu, que diste el Sí más relevante de la historia! ¡Quiero ser libre para sentirme liberado por Tu Hijo! ¡Anhelo parecerme a Ti, manteniéndome siempre firme en mi libertad de hijo de Dios e hijo tuyo! ¡Tómame de la mano, María, para que no ceda ni un ápice en esta libertad! ¡Para no que me oprima en el yugo de la esclavitud que me lleva el pecado o las tentaciones del demonio! ¡Tómame de la mano para que no me deje llevar por el individualismo, ni por el espíritu mercantilista, ni por el consumismo desenfrenado, ni por la pereza, ni por el creerse una buena persona, ni por llenarme de orgullo y egoísmo, ni por vivir alejado de las enseñanza de tu Hijo, ni por hacer caso omiso a las leyes que puedo leer en el Evangelio! ¡Tómame de la mano, María, para que sepa apreciar la verdadera libertad, la que nace de Dios, la que te permite seguir Su voluntad y aceptar sus caminos! ¡Tómame de la mano, María, para buscar mi salvación caminando hacia Cristo y su verdad! ¡Tómame de la mano, Madre, porque es contigo como puedo llegar al corazón de Jesús, a vivir la vida en plenitud, a gozar de la auténtica libertad, a vivir con alegría cristiana, a ser semilla, luz, sal de la tierra, fruto abundante, sarmiento! ¡Tómame de la mano, Madre santa y buena, porque quiero enraizarme en la fe, en la esperanza, en la confianza y en el amor, semillas de la verdadera libertad! ¡Tómame de la mano, María, porque quiero ser libre en Cristo, Tu Hijo, que es quien nos ha liberado del pecado! ¡Edúcame en la libertad, Madre, para estar siempre disponible a la llamada de Dios!

Conciencia de que caminas junto a Dios

Después de cenar en un restaurante, invitado por mi anfitrión en el país, caminaba bien entrada la noche por Tashkent, la capital de Uzbekistan, donde me encuentro por razones laborales. El frío era intenso superando con creces los cero grados. La ciudad estaba desierta. Aunque me ofrecieron acompañarme hasta el hotel preferí caminar la media hora larga que había desde el restaurante para respirar la ciudad. Me coloqué los auriculares del iPhone para disfrutar del hermoso concierto en mi menor para violín de Mendelssohn. Solo, por las avenidas estrechas de la ciudad, en el silencio de la noche, en el frío penetrante del invierno de Asia Central, en la seguridad de una ciudad tranquila, tome conciencia de mi libertad. Conciencia de que caminas al albur de Dios. Caminas en total libertad, con la serena despreocupación de que nada puede ocurrirte. Avanzas sin mirar atrás. Sigues adelante sin que nada te detenga. Que cada paso es un proceso de transformación interior. De que todo lo tienes por Dios. Y te preguntas: ¿qué me inmoviliza y por qué en la vida? ¿Qué comodidades me llevan a instalarme en el inmovilismo? ¡De que cosas poco importantes depende mi vida? ¿A qué cosas estoy atado? ¿Que elementos me privan de libertad, tanto interior como exterior?
Y cuando vislumbraba a lo lejos la silueta del hotel donde me hospedo, pensaba: «Ya me queda poco para llegar». La vida es un camino, un camino que puedo caminar con miedo o con esperanza, con desasosiego o con confianza, con tranquilidad o con inquietud, con pesadumbre o con alegría, con serenidad o con desazón. La clave es no detenerse, ponerlo todo en manos de Dios, para ir transformándote con cada paso que des.

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¡Señor, tu conoces mi pequeñez, mis debilidades, mis ataduras, aquello de lo que me suelto, mis inconsistencias y mis tonterías y te las entrego todas para que las transformes! ¡Señor, no soy más que polvo y ceniza que se lo lleva el viento y sin embargo quieres que de fruto, que sea luz, que sea sal para la tierra! ¡Señor, ayúdame a caminar en la libertad de ser hijo tuyo cumpliendo tu voluntad y los planes que tienes pensado para mi! ¡Señor, soy pecador y me quieres santo! ¡No soy nada y me quieres instrumento de tu misericordia, de tu amor, de tu Palabra! ¡Señor, soy poca cosa y quieres que me transforme en uno contigo! ¡Señor, tu eres pan y vino, cuerpo y sangre, pero yo no soy digno de entrar en tu casa! ¡Pero te amo tanto, Señor, que quiero caminar por la vida consciente de que me amas, de que me transformas con cada paso que doy, de que eres mi esperanza, de que eres mi salvador, de que me sanas, de que eres libertad, de que eres el amor absoluto! ¡Señor, confío en ti, espero en ti! ¡Transforma, Señor, mi vida con la ayuda del Espíritu Santo, manténme cerca de Ti al tiempo que vas transformando la sociedad y los corazones humanos! ¡No permitas, Señor, que nada me quite mi libertad interior porque todo lo puedo contigo!

Aleluya, canto de Adviento:

Entre la culpabilidad y la libertad

Hay personas que nunca se sienten culpables, que viven serenamente e, incluso, transitan por la vida sin ningún problema. Son personas simplemente amorales y hacen todo lo que puede impresionar a los demás sin siquiera pensar en ello. Nada les impide vivir y continuar haciendo lo que quieren cuando lo desean.
Hay quienes se sienten culpables pero se las arreglan para obtener algún beneficio que alimente su orgullo, su egoísmo y su vanidad.
Hay quienes son conscientes de su pecado y sus faltas pero las ocultan para no ser juzgados.
Finalmente, hay quienes se culpabilizan, reconocen sus errores, los confiesan, pero le ruegan a Dios que los perdone y les da la fuerza para no volver a caer porque saben que lo que es imposible para el hombre es posible para Dios en un sincero arrepentimiento.
Hay quien se siente más cómodos en la culpa porque no les coarta su libertad, mientras que otros ponen toda su confianza en la infinita misericordia de un Dios de perdón, amor y bondad. ¿Dónde me ubico yo?

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¡Señor, Tu conoces la pobreza de mi corazón, quebradizo y frágil como una vasija de barro! ¡Señor, tu sabes que soy como la arcilla agrietada y solo espero que tus manos misericordiosas la moldee de nuevo! ¡Te pido, Señor, que sanes mi corazón y lo llenes de amor y de misericordia! ¡Señor, tu me llamas a la santidad y yo busco caminos que me apartan de ella! ¡Tu me invitas, Señor, a la gloria eterna y yo me desvío continuamente del camino! ¡Concédeme la gracia, Señor, de seguir tus enseñanzas y tu camino! ¡No permitas que mi autosuficiencia, mi egoísmo y mi soberbia me alejen de Ti, que no pierda nunca la confianza! ¡Tu, Señor, eres bueno y generoso y me perdonas siempre cuando abro mi pequeños corazón! ¡Ayúdame a permanecer siempre a tu lado, a callar en tu presencia para escuchar tus susurros! ¡Tu, Señor, conoces la intimidad de mi corazón, no permitas que te oculte nada! ¡Y una vez me hayas tocado con tus manos que me convierta en arcilla fresca, alguien moldeado por tu misericordia, por tu amor, por tu perdón y por tu ternura! ¡Tu haces siempre maravillas, Señor, y corriges al que comete errores! ¡Dame, Señor, un corazón misericordioso que perdonar al que me ofenda, que consuele al que sufre, que comprenda los defectos del prójimo que son menores que los míos! ¡Dame, Señor, un corazón misericordioso que se preocupe del que sufre y del que espera mi caridad! ¡Dame, Señor, un corazón misericordioso para que mi pobre corazón se parezca a tu Corazón siempre rico en misericordia!

Participar activamente en la obra de Dios

Por razones laborales me encuentro en una zona de conflicto de Oriente Medio. Una gran parte del territorio está minado debido a la guerra que ha asolado esta zona del planeta. Sorprende como los habitantes de esta región conviven con la muerte. Y duele que sea en el nombre de Dios que los seres humanos matamos y asesinamos. No es la primera vez en la historia de la humanidad que los hombres que dicen estar unidos a Dios imponen el odio y el terror. Y esto es cierto para la mayoría de las religiones. Fruto del fundamentalismo Estados y grupos terroristas exaltan a un dios que no lo es.
Lo sabemos bien. La historia nos muestra desde tiempos inmemoriales que el mundo es un inmenso campo de ruinas: reina el desorden, la violencia, la injusticia, las guerras, el odio, el hambre, la pobreza. ¿Cómo puede Dios permitir esto?
Pero Dios no lo permite. Dios lucha contra el mal. Y lo hace, básicamente, por medio de la Cruz. Esta cruz que surge a lo largo de la historia humana. Esta cruz desde la que Cristo, Dios hecho Hombre, transformará las profundidades de la historia.
Dios lucha contra el mal enviando a su propio Hijo para convertirse en la única víctima inocente. En la Cruz, Jesús sufrió en su humanidad una dolorosa pasión y una muerte ignominiosa… todo por la salvación del mundo. Desde ese inmenso campo de ruinas que es el mundo Cristo lo convierte todo en un inmenso campo de compasión, al cual nos insta a participar. Él nos urge a participar en el trabajo del Padre.
Participar en la obra de Dios es sumergirse en Él, olvidarse de uno mismo y amar. Participar en la obra de Dios tampoco es tener miedo de salir de un conformismo reductivo, la fuente de este fundamentalismo que conduce a la intolerancia y el odio. Para participar en el trabajo de Dios hay que ser libre. Si Cristo rehusó cambiar las piedras en pan, si aceptó voluntariamente la Cruz, es para fundar nuestra libertad. La fe nos libera del miedo, de la muerte. Toda la vida de la Iglesia se basa en la libertad y el amor para vivir en el aliento del Espíritu Santo.
Participar en la obra de Dios es ir más allá, mover montañas, cada una a su propia medida; es ir empujando los límites; reunir todo lo que está separado.
Participar en la obra de Dios también es abrir las puertas de nuestras iglesias al mundo; es hacer que nuestras iglesias y nosotros mismos seamos como velas que iluminan este mundo, para llevar a Dios a los indiferentes, a los abrumados, a los que no tienen la fuerza para venir.
No hay que olvidar que cualquier guerra, cualquier masacre, cualquier acto terrorista o de violencia que está marcado por el odio y el rencor es también un día para llenarlo de generosidad, amor y compasión, a través de la movilización de hombres y mujeres que oramos. Es a través de nosotros que la Iglesia está construida y vive y renueva la presencia de Cristo en el mundo.

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¡Señor, con el corazón abierto me dirijo a Ti para que intercedas y des consuelo a todos aquellos que sufren violencia de cualquier tipo en sus vidas! ¡Te pido, Señor, que les otorgues la paz a aquellos que sufren en sus carnes el odio y el rencor! ¡A los que han muerto en la guerra o en atentados otórgales, Señor, el descanso eterno! ¡A los que han sufrido heridas en sus cuerpos y en su corazón concédeles, Señor, la sanación física y espiritual! ¡A los familiares de todos las víctimas del mundo, Señor, concédeles por medio de tu Santo Espíritu la fortaleza para sobrellevar el dolor y la capacidad para perdonar! ¡Señor, elevo mis oraciones hacia Ti para que abras mi corazón y lo ensanches para acoger a todos los que nos hacen daño y te pido tu misericordia para los que siembran el mal! ¡Te pongo ante el Sagrario, Señor, la conversión de los que generan violencia en este mundo y que otorgues a los pacíficos el consuelo y la paz! ¡A los que sufren discriminación y persecución, Señor, llénalos de tu amor y haz que el Espíritu Santo les llene de su gracia y les otorgue su fuerza para perseverar en la esperanza y en la fe! ¡Abre, Señor, mi corazón para que con generosidad sea capaz de dar amor, esperanza, solidaridad y paz!

Paz en la tierra:

La oración es abrir puertas al amor

«¡Enséñame a orar!». Escribe a esta página una joven pidiendo que le oriente en la oración. Se puede encontrar en esta página un apartado que guía a la oración. Pero yo mismo me pregunto hoy ¿qué es la oración para mí? Y puedo compararlo con abrir las puertas de mi vida. Abrir la puerta para salir de mi mismo, de las seguridades que me rodean, de la vacuidad de mi mundo interior y de mis autosuficiencias para respirar el aire puro del amor de Dios.
Y, una vez fuera, traspasado el umbral de mi propio yo entrar en el mundo en el que Dios manifiesta todo su amor y toda su misericordia. Es caminar hacia Dios para sentir su presencia vivificante en mi corazón y mirar hacia dentro de mi para conocer mi pequeñez, mis miserias, mis faltas pero también enaltecer mis virtudes con el fin de mejorar cada día y crecer en santidad.
La oración es abrir la puerta de mi vida y dejar que mi corazón sienta la fuerza poderosa del Espíritu soplando sobre mí. Es el perfume del Espíritu que inunda todo mi interior. Es dejarse acariciar por el Espíritu de Dios. Es desprenderse de toda seguridad para llenarse de la gracia del Espíritu, es hacer propia la verdad os hará libres, es dejarse sorprender por los dones que vienen de Dios.
La oración es mirar a Dios a los ojos y sentir su mirada. Es estar alegre a pesar de los cansancios y los agobios para llenarse de la sonrisa de Dios que es puro amor. Es sentir su abrazo, su amor, su querer.
La oración es abrir de par en par las puertas al amor, es dejarse llenar por la gracia de su misericordia, es descubrir el abrazo amoroso del Padre, es sentir como extiende sus manos para acoger nuestra pequeñez.
La oración es renovar nuestro interior, es transformar aquello que está anquilosado; es purificar aquello que debe ser aireado; es renovar aquello que está caduco; es fortalecer aquello que está debilitado; es comprometerse a cambiar lo que debe ser cambiado y es fijar metas nuevas para avanzar en el camino de la vida.
La oración es darse, entregarse y amar. Es conversar con Dios de lo que me preocupa y me alegra; es entregarle a Dios a las personas que amas y que quieres; es darle también a las personas con las que no simpatizas; es interceder por el prójimo, es pedir por las necesidades del mundo.
La oración es poner vendas en las heridas que todavía supuran y curar los rencores que se almacenan en el corazón. Es desprenderse de los egos para dar cabida al amar y dejar que el corazón sea un templo en el que habitando el Espíritu Santo, Dios se sienta a gusto.
La oración es, en definitiva, tener intimidad con Dios. Es abrir de par en par las puertas al Amor.

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¡Señor, haz de mí un alma de oración! ¡Ayúdame a abrirte cada día el corazón para acercarme más a Ti, para que me enseñes a orar, para gozar en silencio de tu presencia, para dejar que sea Tu Palabra la que me llene, que sean tus susurros los que abran mi camino de la vida, para que seas Tu quien me vaya modelando cada día a tu imagen y semejanza! ¡Señor, haz de mi un alma orante porque quiero que en mi corazón haya siempre un espacio en el que Tú te encuentres a gusto! ¡Envía tu Santo Espíritu sobre mí, Señor, para que sea Él quien ilumine mi oración, para que cree en lo más íntimo de mi yo una actitud de docilidad, humildad y de escucha, para que transforme mi corazón de piedra en un corazón sencillo y transparente, para que me ayude a encontrar esa familiaridad e intimidad que tu quieres para nosotros! ¡Ayúdame, Señor, a ser templo de la gracia, un lugar donde Dios se sienta a gusto porque escucha la oración auténtica y sencilla de su hijo! ¡Padre, Dios de bondad, a Ti también te dirijo mi oración porque me has dado la vida, Tú eres el origen de mi existencia, la razón de mi vivir, por eso anhelo que Tu Santo Espíritu mi guíe siempre para comprender tu voluntad y que mi vida no sea más que un reflejo de la tuya, para que pueda convertirme en semilla fértil, fruto madura y luz de la Verdad que es Jesús, Tu Hijo! ¡Haz que brote, Padre, en mi interior un corazón que sienta el auténtico espíritu y sentimiento filial! ¡Señor, enséñame a orar!

La obra que escuchamos hoy tiene por título Liebe, dir ergeb’ ich mich, op. 18 nº 1 (Amor, me dirijo a Ti), compuesta para coro a ocho voces, obra de Peter Cornelius, músico del siglo XIX. Y el amor al que hace referencia es el amor al Salvador.

¿Son mis logros consecuencia de mi buen hacer?

Comienzo la oración con el rezo del Salmo 127 que me llega profundamente al corazón: «Si el Señor no edifica la casa, en vano trabajan los albañiles; si el Señor no custodia la ciudad, en vano vigila el centinela». ¿Qué me dice esta primera profunda estrofa del salmo? Que desmorona mi autosuficiencia. Ya puedo poner todos los empeños y los esfuerzos mundanos en levantar mi casa que si el trasfondo no está bendecido por Dios la empresa no dará frutos. Y así ha ocurrido en muchos momentos de mi vida.
Uno toma conciencia de que no es más que miseria; que del corazón mismo nace la oscuridad, el error y las tinieblas porque el corazón invita a que uno se convierta en un pequeño dios en minúsculas cegado por la pasión y arrastrado por el deseo de libertad. Uno piensa que sus logros son consecuencia de su habilidad y de su buen hacer; en esta confianza ciega en las propias posibilidades, en la seguridad de la fortuna que le acompaña, se ponen los medios y los esfuerzos; se ponen en marcha todas las resortes para lograr el objetivo; pero ¡cuántas veces las ambiciones se confunden y se contraponen a la voluntad de Dios ¡Cuántas veces algo que anhelas queda sepultado por el fracaso desmoronándose la ambición que tanto empeño y sacrificio ha implicado! Y entonces llega el lamento y uno se relame en la desgracia sin caer en la cuenta de que ha primado la ambición personal frente a la prudencia, la seguridad de las propias fuerzas a la voluntad de Dios, la autosuficiencia a los sólidos cimientos de la asistencia divina.
No es suficiente con confiar en las propias fuerzas; es imprescindible actuar esperándolo todo de Dios. Si un objetivo no es auténticamente cristiano mejor no emprender nada porque el objetivo principal de cualquier tarea es la gloria de Dios y la propia santificación. Si Dios no forma parte de ese fin probablemente no pondrá los medios para alcanzarlo. Por eso es tan importante la oración porque postrado a los pies de la Cruz, orientado por la luz del Espíritu Santo, sosegado a los ojos del Sagrario, uno puede encomendar y ofrecer al Señor lo que desea emprender. Es allí donde uno puede ver si es para gloria de Dios y provecho para la propia alma.

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¡Señor, hazme ver siempre con la inspiración del Espíritu Santo, que todo esfuerzo que haga será inútil si no lleva tu bendición! ¡Hazme comprender, Señor, que es Dios quien me asegura siempre la prosperidad porque solo Él otorga el éxito a cada empresa humana! ¡No permitas que mi corazón orgulloso piense que todo es obra de mis propias manos! ¡Concédeme la gracia, Señor, de confiar siempre en Ti y esperar con el esfuerzo de mi trabajo las bendiciones del Padre! ¡Hazme comprender, Señor, con la gracia del Espíritu, que todo es un regalo de la Providencia! ¡Hazme ver, Señor, en el silencio de la oración de cada día que mi vida está edificada sobre el pilar del amor de Dios y de la providencia y que en vano podré edificar una casa estable y dar frutos si no lo pongo previamente en tus manos Tú que das la prosperidad, la fecundidad y la serenidad! ¡Espíritu Santo, ayúdame a abandonarme serenamente en las manos de Dios, hazme ser fiel a la libertad que Dios me otorga y permite que mis obras estén siempre sustentadas sobre la base de la autenticidad cristiana para que sean capaces de dar los frutos que Dios espera! ¡Concédeme la gracia, Espíritu Santo, de construir en mi vida la casa que yo deseo construir para mi; guárdame de lo que más me conviene para que lo pueda guardar en ella; ayúdame a sentirme fuerte para no verme derrotado por las dificultades; y permite que la semilla que yo plante de frutos santos y germine según la voluntad de Dios!

Que el Señor nos construya la casa, suplicamos hoy en nuestra oración:

La merced de María, merced de Dios

Hoy Barcelona celebra la festividad de Nuestra Señora de la Merced, patrona de los Mercedarios y de la ciudad. La tradición cuenta que la Virgen se apareció a finales del siglo XIII a San Pedro Nolasco en un momento en que las hordas turcas y sarracenas atacaban los países ribereños del Mediterráneo llevándose como esclavos a millares de prisioneros. Las costas españolas no fueron ajenas a este drama. San Pedro Nolasco, consciente del dolor que esto provocaba, utilizó toda su fortuna para comprar la libertad de sus compatriotas mientras encomendaba a la Virgen su labor. Nuestra Señora, signo de la Merced de Dios —en definitiva, de la libertad humana— le invitó a que fundara una orden religiosa que velara por la liberación de los prisioneros. Nació así la orden de los Mercedarios.
Han transcurrido casi ochocientos años desde aquel acontecimiento pero en estos tiempos difíciles la Virgen de la Merced nos invita a luchar por otro tipo de libertad: la libertad interior. Desgraciadamente son muchas las esclavitudes exteriores e interiores que nos aprisionan y nos hieren. No comprendemos que la verdadera libertad es aquella que no sigue los propios instintos sino la voluntad de Dios. Libres para ser de Dios. Libres para cumplir con los preceptos de Dios. Libres para unirse al amor de Dios. Libres para romper con las cadenas del pecado. Libres como María, la más libre de todos los seres humanos. Libre porque su «sí» a Dios le permitió ser la esclava del Señor, entregarse por completo a Él, aceptar su voluntad y vivir plenamente su plan divino.
María es la Madre de la libertad, la luz que nos guía para descubrir los auténticos cautiverios interiores. María no fue ajena al dolor, al sufrimiento, a las renuncias, a la soledad, al desprecio, a la persecución y la humillación. Pero libre de cualquier esclavitud interior, María nos enseña que cualquiera puede ser instrumento de libertad. Basta con decir que «sí». Un «sí» de absoluta disponibilidad a Dios y a los demás.

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¡María, Madre buena, me acerco hoy a Ti porque eres el signo vivo de la Merced de Dios; el espejo en el que contemplar la libertad! ¡Te contemplo, Nuestra Señora de la Merced, para tomar de ti el ejemplo de tu vida; como tu quisiera, Señora, dar mi vida por los necesitados, por los cautivos y por los oprimidos por cualquier causa! ¡María, Tú también sufriste la noche oscura de la vida pero Dios te dotó de su misericordia para liberar a los hombres de sus heridas, de sus sufrimientos, de sus debilidades, de sus esclavitudes y sus adiciones! ¡Tu conoces las mías, Señora, por eso te pido me ayudes en el camino de mi libertad interior que pasa por dar un decidido  «sí» a Dios! ¡Ayúdame a vivir siempre conforme a la voluntad y los deseos de Dios! ¡Ayúdame a poner mi vida al servicio de la libertad! ¡Ayúdame a vivir con un auténtico compromiso cristiano! ¡Ayúdame, Señora, para que de mi corazón brote siempre mucho amor, mucha misericordia, mucho perdón, mucha gracia y mucha donación! ¡Que mi vida sea el reflejo del Dios de la misericordia! ¡Que mi vida sea un testimonio de los mensajes del Evangelio poniéndola al servicio de Dios y de Tu Hijo en una actitud de amor y de servicio hacia el prójimo! ¡Que algún día pueda exclamar con orgullo el «Proclama mi alma la grandeza del Señor, se alegra mi espíritu en Dios mi salvador» en mi vida porque eso querrá decir que me entregado por completo, en libertad, a las manos del Creador!

Reconocer la culpa para conocerse a uno mismo

Se hace difícil conocerse bien si no soy capaz de reconocer mi culpa. Al igual que sin cruz no hay resurrección, sin pecado no hay visión interior. El sentir culpa me ayuda a conocerme mejor, a recorrer las verdaderas intenciones de mis actos, los intereses que me mueven a actuar de determinada manera, los hábitos incorrectos o las reacciones ante situaciones diferentes que se me presentan. La culpa me ayuda a escuchar lo que esconde mi interior, eso que inquieta mi conciencia; me da la clave para discernir lo que soy y lo que me gustaría ser. La culpa se convierte en esa emoción interior necesaria para mantenerme en mi realidad y darle perspectiva a mi vida.
Uno de los pasajes más impresionantes del Nuevo Testamento se produce cuando Jesús retorna la vista al ciego. En aquel tiempo la enfermedad se consideraba un castigo divino. El Señor, en lugar de dejarlo condenado al castigo eterno, le devuelve la visión. Es la llamada de Jesús para que veamos el pecado desde la realidad misma de nuestra vida. Como el ciego, consciente de mi realidad, conocedor de mi culpabilidad, me encuentro preparado para vivir con un corazón nuevo, con una mirada diferente. Y en el camino, se me abren dos perspectivas: arrepentirme sinceramente o tener un arrepentimiento interesado.
Si me arrepiento de verdad soy consciente de mi error. La sinceridad de mi corazón se abre al perdón de Dios. Cuando decido no volver a caer, Dios me ofrece la voluntad y la determinación para no volverlo a hacer pues por medio del Espíritu me dota del dominio propio. Pero cuando me arrepiento solo con los labios pero no con el corazón con la viva intención de volver a caer, trato de burlar a Dios.
Dios no quiere que sufra con la culpa. No quiere que sea preso de ella. Hay muchas cosas en la vida que nos cuesta dejar de hacer; cosas que no agradan a Dios. Pero Él me otorga la libertad para decidir agradarle o dejarme arrastrar por el pecado. Y yo quiero responder a esa libertad para crecer en mi desarrollo interior, reconocer qué soy, quién soy y qué tengo que cambiar. Aprender a caer y levantarse. Cuando soy capaz de admitirlo, he crecido un poco más en mi vida espiritual.

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¡Yo, pecador, me confieso a Dios todopoderoso, que he pecado con el pensamiento, palabra y obra; por mi culpa, por mi culpa, por mi gravísima culpa! ¡Te pido perdón, Padre, por las veces que te he ofendido! ¡Soy consciente, Dios mío, que Tú no te escandalizas de mis pecados ni te cansas de mis muchas infidelidades; quiero cambiar interiormente para demostrarte mi amor y ser mejor persona! ¡Acudo a Tí arrepentido por mis muchas culpas para que tu infinita misericordia me perdone! ¡Padre, con frecuencia quebranto tus leyes y mis pecados me separan de ti, envía tu Espíritu para que pueda dirigirme a Ti y me ayude a no volver a pecar! ¡Padre bueno, creo firmemente que Tu hijo Jesucristo murió por mis pecados, resucitó de la muerte, vive y atiende cada una de mis súplicas! ¡Haz, Padre, que mi corazón se transforme y que Jesús se convierta en el Señor de mi vida! ¡Envía a tu Espíritu Santo para me otorgue la gracia de la obediencia y me permita hacer siempre tu voluntad por el resto de mis días! ¡Ayúdame a ver la realidad de mi pecado! ¡Soy como el ciego del Evangelio, Padre, que necesita que Jesús me abre la vista para ser consciente de mi realidad y me convierta en una persona humilde y misericordiosa que asuma su condición de pecador!  

Dios me ama, reconociendo que soy un pecador, cantamos hoy al Señor:

Seréis como dioses

Terminé ayer la lectura de un libro de un intelectual y diplomático católico alemán, Hans Graf Hyun. Su título: Seréis como dioses. En sus páginas el autor plantea las consecuencias negativas que para el hombre de nuestro tiempo ha tenido el conseguir plena autonomía. La crisis del hombre occidental se ha revelado como la propia del hombre autónomo, pretendida criatura de si mismo. Es una obra que te ayuda a replantearte muchas cosas pero, sobre todo, a analizar tu dignidad como hijo de Dios. Y te das cuenta de que el problema de la libertad está en el susurro de la serpiente que pone en jaque la autonomía moral del ser humano. Puede ser paradójico, pero la promesa del demonio a Adán y Eva que da el título al libro, es lo que arrastra a la humanidad por los suelos de la civilización.
Hoy llevo ese «Seréis como dioses» a la oración. No hay mejor definición del pecado que esta. La pronuncia el demonio disfrazado de serpiente. Y Adán y Eva —el ser humano en general—, revestidos de la gracia y la libertad, se dejan llevar por la creencia de ser como Dios destruyendo la semilla de la plenitud de la vida y de la alegría permanente con la que el Creador les había obsequiado. Y así nos va desde el principio de la vida del hombre. Aunque Dios marca el ritmo, el ser como dioses nos hace pensar que el tiempo lo marcamos nosotros. Que cada uno puede trazar sus caminos y hacer su voluntad antes que la de Dios.
Si uno analiza bien la figura de Cristo comprende como se sometió siempre a la voluntad del Padre. Sus tiempos no eran los mundanos, eran los tiempos de Dios. Así, permanece treinta años oculto en una carpintería de Nazaret… hasta que llega su hora jalonada de milagros y mensajes que cambiarán la humanidad entera. Y durante esa vida pública recuerda en varias ocasiones que su hora no ha llegado aunque sea la Virgen María la que abra el camino de su Hijo en los esposorios de Caná.
«Seréis como dioses». Puedo intentar ser un dios en minúsculas, compadreando con el príncipe del mal, tentado a vivir según mis propias conveniencias y decidir según mi propio criterio donde está el bien y donde está el mal. O un hombre sencillo que se deja llevar por los tiempos de Dios, creer en ese camino de vida que me conduce hacia Él, salir de mi mismo para vivir con amor  y llenarme de paz, esperanza, alegría y libertad. Puedo partir mi tiempo entre el tiempo del diablo o el tiempo de Dios. Opto por el tiempo de Dios porque no es el poder lo que verdaderamente redime. Es el amor. Y el Amor es el distintivo de Dios. Entonces podré exclamar: «Amad y seréis como dioses, como Dios. Entonces seréis plenamente hijos míos».

orar con el corazon abierto

¡Padre Celestial, tu conoces perfectamente lo que anida en mi corazón y lo que deseo para mi para cambiar y ser un autentico seguidor de Cristo! ¡No permitas que me deje llevar por las acechanzas del demonio creyéndome un pequeño dios! ¡Padre, tú sabes que en tu presencia me siento seguro, que alejado de Ti siento el frío helador de la tristeza! ¡Tu sabes, Padre, que todo se derrumba a mi alrededor cuando pongo por delante mi mundanalidad frente a tus caminos! ¡Ayúdame con la fuerza de tu Santo Espíritu a valorar tu visión esperanzadora de mi vida y que no me entre ni el temor ni la tristeza por lo que espero y deseo! ¡Que mi incredulidad, Padre Celestial, se transforme siempre en una fe viva y firme! ¡Reconozco, Señor, las veces que he mantenido contigo una relación distante cuando las cosas no salen como deseo, y que eso me ha ocurrido también con los demás! ¡Te pido perdón por las veces que he llegado a pensar que el que estabas equivocado eras Tú y no haber confiado plenamente en Ti! ¡Ayúdame a aceptar siempre tus tiempos; ayúdame a usarlo bien y a no despreciarlo nunca! ¡Ayúdame, con la sabiduría que otorga el Espíritu Santo, a descubrir las maravillas de la espera, a comprender que tus tiempos no son tiempos perdidos sino de ganancia! ¡Permíteme, Señor, postrarme ante tu presencia y gozar de tu amor sagrado y misericordioso! ¡Que sea capaz de comprender que Tú solo esperar el momento adecuado para hacerme llegar al lugar correcto, que esperas que confíe en Ti y que esta creencia sea mi fuerza y mi alegría! ¡Gracias, Señor, por tanto amor y tanta misericordia!

No puede ser maldito, la música para orar hoy: