En lo alto de una cima sentir el ¡«Effetá»! ¡«Ábrete»!

Un grupo de personas subimos hasta lo alto de un cima de altura considerable. Han sido cuatro horas de larga caminata hasta llegar a nuestro destino y contemplar desde las alturas la belleza del paisaje. Lo hemos hecho por la tarde para evitar el intenso calor. Es el atardecer del día. En el último tramo hemos venido rezando el Santo Rosario y hemos ofrecido el último misterio para abrir nuestro corazón a los que lo necesitan a nuestro alrededor.

Una de mis hijas que participa de esta caminata lleva una camiseta de los retiros de Effetá y en la espalda puede leerse el lema del retiro: «Después, levantando los ojos al cielo, suspiró y dijo: «Effetá», que significa: «ábrete» (Mc, 7:34)». Le hago una fotografía contemplando el paisaje y en ese momento el sol irradia un rayo de luz sobre el grupo, como una invitación a abrirnos a la providencia divina (ver fotografía que acompaña este texto).

¡«Effetá»! ¡«Ábrete»! Esta palabra en arameo nos lo dice Jesús a cada uno de nosotros en nuestro propio idioma, con palabras cotidianas.

Jesús nos aconseja abrirnos siempre. No nos dice que nos abramos a Dios, sino que simplemente nos abramos y, por tanto, que nos abramos a Dios, a los demás, al futuro y al cambio. Es la base de nuestra capacidad para amar a Dios, amar a los demás, amar la vida tal como es y luego buscar avanzar y seguir adelante desde la fe, la esperanza, la santidad, el amor…

Para recibir las maravillas que Dios nos tiene reservadas debemos tener una mente y un corazón abiertos. Dios es un inventor absolutamente increíble, de Él puedes esperar cualquier cosa. Esta es una de las razones por las que es mejor no decirle demasiado lo que nos gustaría que hiciera por nosotros, es mejor abrirse a él y confiar en que lo hará. Abrirse a todo porque de Él solo pueden salir las buenas sorpresas, y si hay alguien que se abre a los demás, y por tanto a nosotros, es él: Dios. La Luz de la vida, la Luz de la esperanza, la Luz del Amor. Esa luz reflejada en el rayo de luz que nos regaló en la cima de la montaña.

A su imagen, Dios nos ofrece, o nos aconseja, abrirnos a los demás. Dios crea en nosotros, si queremos, la capacidad de abrirnos a los demás no de cualquier modo pero sí a sus sufrimientos y sus problemas, a sus cualidades y sus puntos de vista, a sus planes para escucharlos. Por supuesto, no somos Dios y no podemos abrirnos personalmente a todas las miserias de todas las personas del mundo, pero cada persona debe tener al menos otra persona que se abra a ellos para reconocerlos. Nadie debe ser olvidado y, ciertamente, Dios cuenta con cada uno de nosotros para abrirnos un poco a tal o cual persona.

Esta fue la especial misión de Cristo. Vino al encuentro del hombre para que éste fuera capaz de escuchar la voz de Dios, la voz de la Esperanza, de la Ternura, de la Misericordia, del Perdón… del Amor para quien lo acoja en su corazón sea a su vez capaz de emplear en su vida cotidiana el lenguaje del amor, comunicar con Dios y comunicar su fe. 

¡«Effetá»! ¡«Ábrete»! ¡Le pido a Dios que sea capaz de experimentar cada día en mi vida la capacidad de abrirme a la fe, al milagro cotidiano del «Effetá», para vivir plenamente en comunión con Dios y con los que me rodean.

¡Señor, gracias por el regalo de haberte hecho presente desde las alturas con la luz de tu amor! ¡De haberte manifestado en nuestros corazones invitándonos a abrirnos al amor, a los demás! ¡Me pides, Señor, que aprenda a abrir mi corazón, mi mente, todo mi ser para acogerte, abrirme a ti, a transformar mi interior para ser capaz de darme a Ti y a los demás! ¡Señor, tocas mi corazón, mi alma, mi ser, para abrirme a una nueva posibilidad de enfrentar cada uno de los acontecimientos de mi vida desde tu perspectiva! ¡Gracias, Señor, por tu invitación a abrirme a la verdad, al amor, a la generosidad, a la humildad, al servicio, al abandono del pecado, a no vivir encerrado en mi mismo, a abrir caminos hacia el encuentro con el prójimo! ¡Señor, gracias, porque también me invitas a la escucha de tu Palabra y meditándola con el corazón abierto asumir con plenitud tu Buena Nueva! ¡Gracias, porque acogiendo en mi interior Tu Palabra, Señor, me abro a todo lo demás! ¡Gracias, Señor, porque mirando al cielo y observando el rayo de luz de tu presencia me siento bendecido, me siento protegido, amado, me siento como intercedes por mi y, sobre todo, siento como me invitas a abrirme a tu amor! ¡Señor, sé que cuando te escucho se abren los cielos, los ruidos que me rodean se apagan y mi vida se fortalece con la luz de tu Espíritu, con tu gracia, con la paz en mi corazón, con la sanación de mi corazón, con el sentimiento de que me regalas tu presencia! ¡Señor, acojo tu invitación y sintiendo tu soplo sobre mi quiero abrirme cada día a tu presencia y dar lo mejor de mi a los demás!

Transfigurado con Cristo

Hoy la Iglesia nos regala la fiesta de la Transfiguración del Señor. ¿Qué sentido tiene la palabra transfiguración para mi?

Tengo un amigo que es cirujano plástico, especializado en el rejuvenecimiento facial de del rostro. Se muestra orgulloso presentando el resultado de su trabajo médico: un hombre o una mujer en el antes y el después de su operación para cambiar su aspecto. Y comenta siempre la felicidad de sus pacientes con el cambio experimentado. Es un mal ejemplo que me ayuda a comprender la reacción de los apóstoles que presenciaron la Transfiguración de Jesús. Un hecho extraordinario al contemplar como Cristo cambia por completo.

Pero en Jesús hay más que una transformación de su persona. Si los apóstoles mantuvieron tan vivo el recuerdo de esta Transfiguración de Jesús es porque no solo fueron testigos de aquel hecho sino que ellos mismos también fueron transformados.

A través de esta escena comprendemos que los apóstoles experimentaron en su carne el rostro divino de aquel hombre con el que viajaban, comían, compartían experiencias… Sentían que había más en él de lo que veían todos los días: una luz divina, una fuente de agua viva, una belleza diferente a cualquier otra, algo que ningún otro hombre tenía. Y eso que se experimenta no puede olvidarse. Esto es lo que el relato de la Transfiguración de Jesús en el Monte Tabor expresa.

Para Pedro, Santiago y Juan, que representan no solo a los demás apóstoles sino a los que seguimos a Jesús a lo largo de la historia, Jesús no solo es un hombre es, también, un ser divino, lleno de luz divina, de la belleza divina que brilla en él. La presencia de Moisés y Elías con quienes Jesús habla en la historia de la Transfiguración marca la continuidad del Plan de Salvación de Dios para la humanidad que Jesús cumple total y definitivamente, porque él es la Palabra de Dios hecha carne. Es la revelación perfecta de Dios a la humanidad.

Esta revelación de Dios, esta luz de Dios, esta belleza de Dios que habita en él, Jesús no quiere guardársela para sí mismo. Quiere comunicarla y compartirla. Esta es la misión que cumple predicando, sanando, yendo tan lejos como para morir en una cruz. Jesús, la Luz del mundo, quiere que se derrame sobre aquellos que lo acogen, que lo reconocen en la fe como el enviado del Padre.

¿Y qué aplicación tiene este hecho extraordinario en mi vida? A través del bautismo tenemos la suerte de convertirnos en partícipes de la naturaleza divina, hermanos y hermanas de Cristo por adopción. La luz de Jesús está en nosotros y se extiende a nuestro alrededor. «Vosotros también sois la luz del mundo», nos anuncia Jesús en el Monte Tabor.  

¿Cómo ser la luz del mundo? Permitiendo que la luz de Dios pase a través de mis gestos, mis acciones, mis palabras, mis preocupaciones, mis compromisos, mis actos. Amando, llevando una vida de oración, aceptando el sufrimiento. Si lo reconozco en mi por la fe, me transfigurará a su vez, sin ni siquiera notarlo. Y sorprenderá escuchar a la gente decir: «Tiene algo especial. Cuando me acerco a él, me siento bien, me siento mejor». La luz de Dios se manifiesta de varias maneras. Puede brillar como un sol invasor al igual que en la Transfiguración de Jesús, pero también puede brillar a través de rayos más finos e intermitentes. Siempre es la misma fuente de luz que está trabajando, es Dios mismo por su Espíritu y por sus dones.

Se trata de brillar a nuestra manera como Jesús, que no tenía otra preocupación que darse plenamente a los demás, amar a sus hermanos y hermanas entregándose totalmente, como todavía lo hace cada día en la Eucaristía donde tenemos la fortuna de compartir su Cuerpo y su Sangre redentora.

¡Señor, gracias por el gesto extraordinario de tu Transfiguración en el monte Tabor, por antes de tu Pasión; nos muestras que tu divinidad! ¡Nos enseñas que te transfiguraste después de una tiempo de profunda oración para que Dios se hiciera presente en tu vida; que este hecho se convierta en un punto de encuentro contigo y con el Padre! ¡Quiero sentirme siempre cerca tuya, gozando del anticipo del cielo, como le ocurrió a tus tres apóstoles! ¡Quiero sentir siempre tu presencia, Señor! ¡Quiero darte gracias, Señor, porque en este hecho preanunciaste tu muerte en la Cruz, testimonio de tu amor, camino para nuestra salvación! ¡Gracias, Señor, porque tu transfiguración es ejemplo de tu amor! ¡Ayúdame a ser luz del mundo! ¡Ayúdame, Señor, a caminar sin miedo por este valle de lágrimas; que no tema al sufrimiento; que viva siempre con la esperanza de que mi destino es el cielo prometido; que allí veré la gloria del Padre; que no tenga miedo a vivir momentos de dificultad y sufrimiento porque Tu siempre estás conmigo! ¡Señor, Tu me enseñas que la vida es sacrificio y que por medio de este mi vida es mas plena! ¡Enséñame, Señor, también a orar como hiciste intensamente antes tu Transfiguración, para tener una estrecha comunión contigo y con el Padre, para transformar mi vida, para aprender a amar más al prójimo, para ser cada día mejor, para vivir el mandamiento del amor, para renovar mi camino hacia la santidad, para iluminar mi camino! ¡Señor, te pido por nuestra Iglesia Santa que en este tiempo sufre tanta persecución en el mundo, para que camine transfigurada a tu lado; te pido por el Santo Padre y por todos los obispos y sacerdotes, para que sirvan con fidelidad a todos los fieles! ¡Y, Señor, ayúdanos a todos los que te amamos a brillar en este mundo para que sigamos caminando al resplandor de tu luz, siempre con esperanza, con generosidad, con caridad y amor!

Ser llama vivificante del cirio pascual

El sábado seguí por televisión la sobria y no por ello alegre Vigilia Pascual desde el Vaticano que transmitía la televisión. Mientras el Santo Padre encendía el cirio pascual nosotros habíamos encendido también unas pequeñas candelas como si estuviésemos físicamente en el templo. Vivimos la ceremonia con una alegría «confinada».
De la muerte a la vida. La Pascua es la luz que alumbra sobre las tinieblas del mundo, la hermosura que se trasluce sobre tantas máscaras que encubren la maldad y fealdad de esta sociedad desacralizada, egoísta y materialista, la bondad que vence al mal, la vida que vence definitivamente a la muerte, el perdón que se impone al odio y el rencor, el bien que supera el mal, la esperanza que ilumina cualquier desazón, la alegría que difumina la tristeza, la paz que derrota a la violencia… pero me toca a mi, en mi pequeñez y mi fragilidad, en mi ser cristiano, el mantener viva jornada a jornada la llama incandescente del cirio pascual. Nuestras velas del sábado emitían una llamada tímida y pequeña pero basta ésta para iluminar el entorno en el que te mueves y testimoniar que ¡Cristo ha resucitado!
Antes de soplar la llama de mi pequeña candela ante el televisor sentí la necesidad de ser llama que testimonie la luz de Cristo. Ser como esta pequeña llama del cirio pascual —que presidirá todas las ceremonias religiosas hasta Pentecostés— en la realidad de mi vida. Llama que ilumine mi corazón y el de mi prójimo. Que ilumine las almas heridas, sufrientes, doloridas —hoy quizá más que nunca— de tantos que viven situaciones angustiosas. Ser una llama viva en todos y cada uno de mis afanes cotidianos, en lo simple y complejo de mi existencia, con mis múltiples fallos y aciertos. Ser luz de amor, de paz, de entrega, de perdón, de servicio y de generosidad. Ser luz que al caminar sea para vivir desde la verdad, la autenticidad, la honradez, repleto de paz interior, con serenidad del corazón, con multiplicad de gestos de bondad y actuando siempre con limpieza de corazón.
Si Cristo es para mí la luz de la vida como cristiano comprometido quiero ser hoy y siempre testimonio de esa luz y convertirme en una pequeña llama que brille en la pequeñez de mi entorno familiar, social, profesional y parroquial. Luz que haga exclamar con gozo. ¡Jesucristo ha resucitado, en verdad ha resucitado!

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¡Señor, en este día me siento muy unido a ti por la gracia de tu Resurrección gloriosa! ¡Quiero ser un cirio viviente que testimonie que has resucitado! ¡Quiero ser como la luz del cirio pascual que ilumine el camino de la vida, la mía primero, y de la de los míos después, pues sin coherencia de vida no puedo ser testimonio para los demás! ¡Quiero ser como la llama del cirio pascual para dar calor a mi corazón y el corazón de los que amo y de los que me cruce por el camino! ¡No quiero olvidar, Señor, que los clavos que hay en el cirio simbolizan tus cinco llagas, testimonio del sufrimiento por mis pecados; concédeme la gracia de vivir en coherencia con tu Buena Nueva, con tu Palabra y con tus enseñanzas alejándome del pecado y del mal! ¡Que el fuego destruya, Señor, mis pecados que tanto me alejan de ti! ¡Que los números que hay escrito en el cirio pascual, los de este 2020, no me hagan olvidar que debo recorrer todo este tiempo junto a Ti que eres el amo y Señor de la eternidad a la que aspiro llegar el día de mi traspaso! ¡Que no olvide que el alfa y omega incrustado en el cirio, Señor, es por Dios, mi Padre, al que le debo la vida, que es el principio y fin de todo, al que alabo, bendigo y glorifico por su amor y su misericordia para conmigo! ¡Que no olvide, Señor, que el cordero que aparece en el cirio eres Tu, que te revelaste durante tu pasión y muerte como el Cordero de Dios «inmolado» en la cruz para limpiar los pecados del mundo! ¡Y finalmente, Señor, que no olvide dejar de ver esa cruz incrustada que me recuerde que es el camino de la cruz el más directo para llegar al Padre que como Tu nos has enseñado; que no aparte de mi vida las cruces que me llegan sino que las acoja con el mismo amor con el que Tu moriste en el madero santo! ¡Espíritu Santo ilumina mi vida para ser luz en la inmensidad de la vida!

¿Me pides a mí ser luz de las naciones?

Días de desconcierto ante el coronavirus que asola el mundo arrasando esperanzas y vidas humanas. Abro aleatoriamente la Biblia para buscar una palabra que oriente mi oración de la mañana. Y surge, brillante y sanadora, esta frase de Isaías: «Te hago luz de las naciones». Es la palabra que Dios quiere para mí en este despertar cuaresmal.
Y le doy gracias, porque siendo tan frágil y pequeño, sentir que Dios te considera luz de las naciones insufla esperanza a mi corazón cristiano. ¡Luz de las naciones!
Luz de las naciones es ser luz en tu pequeño entorno: en la familia, en la vida social, en el ámbito profesional, parroquial, en la vida apostólica, en el servicio del voluntariado.
Luz para ser testimonio de Cristo, luz para ser testigo de Dios, para manifestar su amor salvador. Luz para ser testigo vivo de la bondad divina. Luz para ser transmisor de su amor, para iluminar a toda persona con la que te cruzas.
Pero es que la frase va más allá: «Te he puesto para ser luz de las naciones, para que mi salvación alcance hasta los extremos de la tierra». Luz para llevar la luz allí donde camine con mi pequeñez, mi fragilidad y mis miserias. Pero Dios que me conoce, sabe como soy, lee mi interior, sabe de mis virtudes y dones y de mis flaquezas y debilidades, así lo quiere. Espera de mi que sea luz. Luz para caminar con claridad por la vida y ser canal de bendición en todos mis entornos para que su salvación prometida a los hombres les alcance a través mío —de cada uno—.
¡Luz que ilumine por medio de la oración a tantos que sufren, a tantos enfermos contagiados, a tantos que en estos días han perdido la esperanza, que tienen angustia por su futuro! ¡Seamos en nuestro entorno luz que ilumine!
Que Dios me escoja —nos escoja— para ser luz de las naciones es un desafío porque lo que pretende es hablar a través mío —nuestro— a la pareja, a los hijos, a los amigos, a los compañeros de trabajo, a los vecinos de la comunidad, a los miembros de tu comunidad parroquial, a los grupos de oración… Ser luz para ser transmisor de Su luz. ¡Qué reto tan enorme y tan estimulante!

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¡Gracias, Padre, por este enorme reto! ¡Gracias, porque me escoges en mi pequeñez para ser luz de las naciones! ¡Gracias, Padre, porque con ello reconoces la confianza en el ser humano! ¡Y asumo el reto, Padre, porque quiero dar a conocer al mundo la verdad de Tu Hijo, la verdadera luz que ilumina a la humanidad entera! ¡Y voy a tratar de ser cada día mejor para que mi corazón irradie tu luz, la luz de tu amor, de tu misericordia, de tu ternura, de tu bondad, de tu generosidad, de tu gracia! ¡Gracias, Padre, porque haciéndome luz también sanas mi vida, mi corazón, mis heridas, mis penas y mis sufrimientos; las sanas y me lanzas al mundo a proclamar tu amor y la Buena Nueva del Evangelio mostrado por Jesús! ¡Gracias, Padre, porque actúas cada día en la pequeñez de mi vida y enciendes en mi pequeño ser la luz luminosa de tu presencia! ¡Gracias, Padre, porque actúas siempre en mi vida! ¡Y en este tiempo de preparación a la Cuaresma, en la que mi corazón se estremece en el desierto de la introspección para orientar mi vida, te doy gracias porque entiendo que en la cruz es la luz que ilumina la vida del cristiano; que no tenga miedo a cargarla en el día a día de mi vida; que sepa llevarla irradiando luz al prójimo para que todos vean que camino por la vida al lado de Jesús, Tu Hijo, con amor y con esperanza! ¡Envía tu Espíritu sobre mi, Padre, para irradiar la luz que surge de recibir tus dones y que todos sin distinción puedan reconocerte a través de mí!

Treinta días para la luz de la Pascua

Han pasado diez días de Cuaresma. ¡Quedan treinta días para seguir creciendo! ¡Para que mi tamaño de hijo de Dios se muestre con mayor claridad! ¡Treinta días para devolver a mi vida el color de la Pascua! ¡Treinta día para demostrar vitalidad evangélica y sabor cristiano! ¡Treinta días para ser más auténtico en lo que soy y en lo que hago!
¡Hay en nosotros tantas cosas mitad verdaderas y mitad falsas que tal vez no sabemos realmente por dónde empezar y nos arriesgamos a encontrarnos en la noche de Pascua diciéndonos a nosotros mismos que no me he preparado lo suficiente durante la Cuaresma!
Jesús me sigue ofreciendo tres grandes opciones en las que debo estar particularmente atento: la limosna, el ayuno y la oración.
La limosna es interesarse por el próximo y recordar que es mejor dar que recibir como Jesús mismo dijo. Dar limosna es, tal vez, y sobre todo ver, ver al otro en su realidad, en su necesidad, en su enfermedad, en su soledad… Verlo tal como es. No desde lejos sino desde muy cerca. Y sin comentarios. Dar limosna es mirar al otro con esa mirada que era el ojo mismo de Cristo, de ese Cristo que removía la miseria que lo rodeaba. Dar limosna es, en última instancia, resistir esta tentación que vive en todos nosotros y tan a menudo: solo estar interesados ​​en nosotros mismos.
Limosnas pero también ayuno. Una palabra que no ha perdido para nada su relevancia. No se trata de una intimidación del cuerpo. Más bien se trata de vivir mejor. Para vivir con otra dieta. Entonces, ¿en concreto qué es el ayuno? Tal vez menos comida, tal vez menos televisión, tal vez menos Internet … más seguramente romper resquemores del corazón, la crítica ajena, el juicio al prójimo, alardear de uno mismo… En resumen, es una forma de vida que invita a ayunar para adaptarse mejor a lo esencial y, sin duda, tener un poco más de hambre y sed de Dios, estar un poco más sediento del Evangelio, un poco más hambriento y sediento de santidad. En última instancia, es reconocer que el hombre que soy no vive solo del pan y de mis ideas sino que me doy a sí mismo porque soy testimonio de Cristo en mi entorno particular.
Si tengo esta actitud de dar limosna y sé cómo ayunar, también sabré orar. En estos treinta días de Cuaresma voy a tratar de redescubrir una oración verdadera que no es otra que esta actitud que consiste en humildemente ponerse en la presencia de Dios, de este Dios vivo que es un amigo fiel, a quien puedo confiar mi vida, mis anhelos, mis alegrías y mis tristezas, que nunca cerrará su puerta y quién siempre me dará el sustento que necesito para cruzar los desiertos de la vida.
Treinta días para darle más espacio a la lectura meditada de la Palabra de Dios, a la oración silenciosa.
Si en estos treinta días que quedan soy capaz de honrar estas tres citas que se llaman entre sí, sin duda algo cambiará en mi vida. ¡Y si no lo hago, lo único que me queda es no dudar de la misericordia de Dios!
Mis ojos miran a lo lejos pues quedan treinta días para contemplar las luces de Pascua brillar.

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¡Señor, concédeme la gracia de vivir esta Cuaresma íntimamente unido a Ti porque es un tiempo que tanto me concierne! ¡Ayúdame a vivirla con amor pues soy consciente del gran bien que me hará a mi vida pues este tiempo me ayuda a discernir entre el bien y el mal, entre lo que quieren mis pasiones y lo que es voluntad del Espíritu! ¡Concédeme, Señor, la gracia de que sea para mi un tiempo de gracia, de vida interior, de paz y de serenidad para mi alma, para caminar unido a Ti! ¡Ayúdame, Señor, por medio de tu Santo Espíritu a saber discernir cada día entre el bien y el mal y hazme consciente de que al mal se le vence por medio de la Cruz! ¡Concédeme, Señor, la gracia de convertir esta Cuaresma que me lleva hasta tu Pasión en un tiempo de libertad interior para que mi vida cambie y pueda ser auténtico testimonio cristiano! ¡Concédeme la gracia, Señor, por medio de tu Santo Espíritu de alejar de mi aquellos apegos mundanos que estorban en mi vida, del hacer mi voluntad y no la tuya, de tropezar siempre en la misma piedra, de no hacer el bien y caminar por aguas pantanosas! ¡Renuévame, Señor, por dentro, purifícame y transfórmame; cambia mi corazón! ¡Hazme, Señor, dócil a tu llamada y que acoja cada día en mi vida los signos indelebles de tu amor! ¡Gracias, Señor, por tu paciencia infinita conmigo y no permitas que en esta Cuaresma desfallezca en mi camino de conversión!

Me siento vencedor

Las pruebas que se nos presentan evidencian el crecimiento que Dios espera de quienes le aman. La victoria es parte de nuestra herencia e identidad en Cristo pues los cristianos somos vencedores por medio de aquel que nos amó. Uno de los grandes consuelos es saber que Dios pretende obtener lo mejor de ti para que tu vida brille con luz de la victoria. ¡Que importante entonces es permanecer en el Espíritu dejándolo todo en manos de Dios que es quien te entrega las armas para enfrentarte a la lucha cotidiana! En este sentido me siento un vencedor en Cristo.
Me siento vencedor cuando acepto que cada prueba que se me presenta es un camino para mi santificación y mi crecimiento personal. Cuando dejo que Dios moldee mi debilidad para transformarla interiormente por medio de la prueba.
Me siento vencedor cuando cada adversidad la convierto en testimonio para el crecimiento del prójimo no desde el victimismo tristón sino desde la madurez de la fe y la creencia en los valores del Evangelio.
Me siento vencedor cuando callo cuando soy despreciado, reprendido, olvidado, injuriado, humillado, puesto en ridículo, juzgado con malicia, no se me haga caso… me permite unirme a Cristo, el que calló ante el desprecio y la humillación de los hombres y fue exaltado por Dios en la cruz.
Me siento vencedor cuando en medio de las dificultades, obstáculos y contrariedades mi fe se sostiene y no se apacigua porque creo en la promesa de Cristo de mantenerse firme a mi lado.
Me siento vencedor cuando invoco al Espíritu Santo para que me otorgue sus dones santos para crecer ante las adversidades, para encontrar soluciones a los problemas que se me presentan, para dejarle a Él que tome el control de mi vida en medio de las dificultades. 
Me siento vencedor cuando en la oración me desprendo de mis soberbias y orgullos y me abajo para que sea el Señor quien en mi desnudez humana y espiritual me ayude a sostener la cruz cotidiana.
Me siento vencedor cuando no me encierro en mi mismo cuando las dificultades se adentran en mi vida y las descargo fielmente en las manos de Dios que todo lo puede y todo lo sostiene y es el Dios de los imposibles.
Me siento vencedor cuando en los días de prueba y tribulación mi confianza es plena en Cristo que no permite que mi humanidad flojee y me da la fuerza espiritual para llevar las cruces con entereza.
Me siento vencedor cuando soy capaz de ver como Dios se manifiesta en mi vida incluso cuando las pruebas parecen insuperables. No hay cruz que uno no pueda sobrellevar bajo el manto amoroso del Padre.
Ser instrumento inútil de un Dios vivo. Seguir los caminos de Dios y amarlo atado a la obediencia a sus mandatos, caminos y palabra. En medio de todos nuestros problemas, la confianza reside en que Jesucristo, quien nos amó, nos ofrece siempre la victoria total. ¡Qué consuelo y qué esperanza!

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¡Señor, confío en ti y sé que contigo la victoria está asegurada! ¡Me postro ante ti, Señor, porque el mal abruma la realidad del mundo volviéndolo cada vez más oscuro! ¡Concédeme la gracia de ser luz que brille para dar testimonio de tu Verdad! ¡Concédeme la gracia de mantenerme firme, con una fe fuerte para luchar contra las maldades del demonio, para llevar tu palabra y que resuene para anunciar tu victoria! ¡Señor, concédeme siempre la fuerza y la confianza para afrontar las dificultades, para no pararme y seguir dando pasos adelante en tu compañía! ¡Señor, tu eres mi roca y mi refugio, que nada me haga desfallecer ante las dificultades! ¡Tu me consideras un vencedor y lo creo con fe especialmente cuando no soy capaz de ver salida a mis problemas o un final cierto a mis dificultades! ¡Déjame, Señor, descansar en ti y obtener la victoria por la fe de mi corazón! ¡Pongo en tu manos a los que a mi alrededor sufren y no se sostienen en ti, los que no te conocen, los que están alejados de ti, dales buenos planes para sus vidas! ¡Señor, sé victorioso en sus corazones para que conozcan la riqueza y la fuerza que supone confiar en ti! ¡Abro mi corazón, Señor, para que la victoria en nuestras vidas se abra a través de la oración!

Verde esperanza

Me gusta contemplar a los sacerdotes como visten de verde durante la celebración litúrgica en este tiempo ordinario, las treinta y cuatro semanas en las que la Iglesia no  celebra ninguno de los misterios de Cristo sino el misterio semanal del día del Señor. El verde es el color litúrgico de esta época, ¡tiempo de la Iglesia! Es el tiempo de la misión, el tiempo confiado por Cristo a su Iglesia, para difundir en el tiempo y el espacio, la Buena Nueva de la Salvación. Es un tiempo que nos confronta con lo cotidiano de la vida cristiana.
Nuestra existencia no se puede consumir con constantes momentos de intensidad. Cristo y la Iglesia nos invitan a vivir en la perseverancia y la humildad del día a día la fe, la esperanza y la caridad. El verde que es símbolo de esperanza nos permite vivir la experiencia de la presencia diaria de Dios y de su amor en nuestra vida de una manera menos agitada y más equilibrada.
Vivir la aventura espiritual de la vida con una unión mística de paz y amor con Dios en la humildad de cada día, con una perspectiva diferente.
En el tiempo en el que no olvidas las preocupaciones y la necesidad de cumplir con tus necesidades materiales, que te permite coger fuerzas y reforzar la vida de fe, mantener el ritmo espiritual y la relación filial con Dios.
El verde deja plena constancia de la juventud de la Iglesia y el resurgir de una vida nueva. Simboliza el fruto bueno que Dios espera de cada uno de sus Hijos y la virtud de la esperanza, de la alegría, de la vivacidad, frondosidad y la lozanía del alma.
Observo el verde de lo sacerdotes en la celebración litúrgica y me reafirmo de que la Iglesia es esperanza. Que Cristo es esperanza. Que la Cruz es esperanza. Que el amor es esperanza. Que el abandono en la voluntad divina es esperanza. Que la fe es esperanza. Que la fe da a nuestra esperanza sustancia. Que la oración con el corazón abierto es esperanza. Que la esperanza mantiene viva mi confianza. Que seguir fiel y dócilmente las mociones del Espíritu Santo es esperanza. Que ser capaz de perseverar, creer, esperar y amar es esperanza. Que allí donde mi razonamiento humano se enfrenta a un muro de dificultades mi fe provoca un agujero que permite penetrar la luz de la esperanza. Que allí donde el razonamiento humano dice: «¡Es imposible!» la fe y la esperanza exclaman: «¡Es posible!».
¡Cuando crees, puedes ver y experimentar la gloria de Dios! ¡Y eso también es esperanza!

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¡Gracias, Señor, porque llenas de verde esperanza los colores de la Iglesia! ¡Gracias, Señor, porque la esperanza cristiana no es mero optimismo, sino tu presencia vida! ¡gracias, porque la esperanza es confiar en Ti! ¡Permíteme ser fiel a tus designios y responder a la profunda esperanza que surge de seguir tus enseñanzas! ¡Ayúdame a caminar siempre con esperanza con tu inestimable ayuda de Cristo, con la fuerza de tu Santo Espíritu, que me empuja a caminar animado por la esperanza que no defrauda! ¡Concédeme la gracia de ser fuerte en la fe y en la esperanza y manifestarlas en las estructuras del mundo por medio de mi conversión continua! ¡Hazme ver, Señor, por medio de la fe cuál es el sentido de mi vida! ¡Que en medio de las adversidades de esta vida, encuentre siempre fortaleza en la esperanza, con el convencimiento de que los padecimientos del presente no son nada en comparación con la gloria que nos has prometido! ¡Gracias, Señor, porque tu mismo eres la esperanza! ¡Tu Palabra es esperanza! ¡La Cruz es esperanza! ¡Los dones del Espíritu Santo son esperanza! ¡Mi fe me llena de esperanza! ¡La espera en Ti es esperanza! ¡La espera ferviente y apasionada de tus promesa es esperanza! ¡El misterio de tu amor y tu misericordia son esperanza! ¡Mi oración por el que puedo conocerte mejor a Ti y conocerme a mi mismo es esperanza! ¡Tus promesas son esperanza! ¡La figura de tu Madre y su fíat confiado a los planes de Dios es esperanza! ¡Señor, te pido la virtud de la esperanza para vivirla en mi propia vida, porque deseo ser alguien feliz y alegre, entregado a mis luchas y mis dolores, abrazado a mis sufrimientos, lleno el corazón de tus promesas y tu amor! 

¿Podemos vivir sin la Misa del domingo?

Por razones laborales me encuentro en una república islámica y en la ciudad no hay ninguna iglesia católica. De hecho, a miles de kilómetros a la redonda es imposible encontrar un sacerdote católico. Sin embargo, voy a asistir a misa a través de Internet para celebrar, como cada domingo, la resurrección de Jesús.
Días como hoy me permiten redescubrir el sentido del domingo, día del Señor, el día del juicio, el día de día de descanso familiar, el día de la alegría de Dios. ¡Para mí la Eucaristía de todos los días, pero en especial la del domingo, es la fuente y la cumbre de todas las actividades de la semana! ¡Cuántos hombres y mujeres en el mundo no tienen posibilidad de reunirse el domingo para celebrar la Eucaristía y construir lugares para sus asambleas!¡Cuántos miles de cristianos sin el Día del Señor no pueden vivir! Y en nuestra sociedades, ¿podemos vivir sin la Misa del domingo?
Me duele cuando tantos bautizados no participan de la Misa dominical que debería ser la cumbre de todo el domingo cristiano. Otros dioses toman el lugar de Jesús resucitado: ¡el deporte, la cultura, los viajes, los placeres! Nada hay contra ello, pero para un cristiano la cumbre de su domingo debe ser la misa dominical.
Hay una frase del libro de los Proverbios que tiene su impronta. Es cuando Dios dice: “Ven a comer mi pan y beber el vino que he preparado para ti”. Esta profecía se realizó en el momento de la Institución de la Eucaristía. El discurso del pan de vida Jesús ha indignado a muchos oponentes que no aceptaban que Él es el pan de vida, el Hijo del Padre, el Mesías. Les pareció escandaloso e intolerable en su tiempo que Jesús pudiera pedirles que comieran su carne y bebieran su sangre. Hoy, sabemos cómo uno puede comer su carne y beber su sangre en el sacramento de la Eucaristía. Creemos que Jesús es el único Hijo del Padre, la Verdad y la Vida. En el sacramento de la Eucaristía, estamos espiritualmente nutridos por el sacramento de Su Cuerpo y Sangre. Sabemos, por medio de la fe, que Él está verdaderamente presente y sustancialmente en el Santísimo Sacramento que nos permite vivir con Su Vida. Comprender el inefable misterio: Dios Padre desde la eternidad, desde la Creación y la Encarnación redentora quiere reunirse en la Iglesia, que es el Cuerpo de Cristo, con todos sus hijos a los que tanto ama. Este Cuerpo de Cristo, sin embargo, aún no ha alcanzado su plenitud. Para alcanzarlo, la comunión eucarística es indispensable. Los Padres de la Iglesia dijeron: la Iglesia hace la Eucaristía, la Eucaristía hace la Iglesia.
En la lejanía de una iglesia a la que poder acudir, de mi familia con la que convivir, a miles de kilómetros de mi ciudad, quiero sin embargo santificar este domingo que, en el país en el que me encuentro, es día laborable. Vivir poniéndolo todo a la luz de Dios para comprender y cumplir Su Voluntad. Es verdad que la Voluntad de Dios perturba a aquellos que la rechazan. Pero no es posible reconstruir nuestro mundo sin anteponer a Dios. Por encima de las leyes que nuestros gobernantes tratan de imponernos, existe la ley natural de la cual Dios es el único fundamento. Oremos, suframos y ofrezcamos para que los corazones se abran a la verdadera sabiduría. Solo el apostolado del amor es irresistible. ¡Este apostolado se ejercita también alimentándose con el Cuerpo y la Sangre de Jesús, la Sabiduría encarnada y rezando a la Virgen María, Trono de Sabiduría! ¡Feliz domingo!

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¡Señor, gracias por tu amor y por tu bondad! ¡Hoy no puedo recibirte en la Comunión pero quiero aprovechar este tiempo para decirle lo mucho que te amo! ¡Quiero decirte que a tu lado, especialmente cuando te recibo en la Comunión, me siento muy bien! ¡Qué nada me separe nunca de ti, Señor! ¡Te entrego, Señor, mi corazón, mi alma, mi ser, mis proyectos, mis ilusiones, mis tristeza, mis esfuerzos, mi trabajo, mi familia, mis amigos, mis anhelos, mi futuro! ¡Quiero ser tu amigo, Señor, como tu eres mi amigo fiel! ¡Te pido perdón, Señor, porque tantas veces me alejo de Ti, porque me olvido de que existes porque prefiero hacer mi voluntad, porque impongo mi egoísmo y mis cosas, mi soberbia y mis intereses personales! ¡Pero tu me pides que te ame, que te reciba cada día en la Comunión! ¡Gracias, Señor, por acordarte cada día de mi! ¡Todo lo que tu quieras para mi, Señor, aunque no lo entienda lo acepto con amor! ¡Gracias, Señor, por morir por mi, por alimentarme con tu cuerpo y con tu sangre! ¡Toma mi corazón, es tuyo, Señor! ¡Une mi corazón a tu Sagrado Corazón y al Corazón Inmaculado de tu Madre! ¡Tu conoces mis debilidades y mis pasiones, tu sabes lo que anida en mi corazón, cámbialo! ¡Te pido también, Señor, por los que no te quieren, los que no conocen el valor de la Eucaristía, por los que no santifican el domingo, por los que están alejados de Ti! ¡Perdona, Señor, nuestras faltas y nuestros pecados, envía tu Espíritu para que renueve nuestros corazones y para que nuestros llanto se convierta en alegría con el fin de vivir alabando tu Santo Nombre!  

Hoy cantamos, Jesús amigo:

¿Examino mis decisiones a la luz de Dios?

¡Qué importante es en la vida aprender a discernir! Nos cuesta reconocer en lo cotidiano qué debemos hacer o cómo hacerlo porque se nos presentan gran cantidad de opciones que hemos de elegir, algunas de ellas con soluciones complejas y cuya visión no es clara ni sencilla de resolver. Nadie ha dicho que el camino de la santificación sea fácil de sobrellevar. Discernir. El qué hacer y cómo actuar en cada situación es una pregunta recurrente. Para quien no cree en Dios basta con basar la elección analizando las opciones en función de la razón. Para el creyente, sin embargo, el discernir debería fundamentarse en base la pregunta de cuál es la voluntad de Dios para esa circunstancia concreta. Y esto lo olvidamos con frecuencia porque gran parte de nuestras decisiones se toman según las emociones, las necesidades cortoplacistas, los caprichos o por ciertos presentimientos. ¿Examino habitualmente mis decisiones a la luz de Dios? ¿Comprendo que el discernimiento es un don del Espíritu que ayuda a tomar la mejor decisión en base a la voluntad de Dios? ¿Me importa tomar una decisión a sabiendas que esa opción me aleja de los planes del Señor?
Sí, el discernimiento de espíritu es un don que no procede la capacidad del hombre sino del Espíritu Santo, es un fruto unido a la caridad, que permite conocer íntimamente el obrar de Dios en el corazón. ¿Comprendo con frecuencia que es un medio que emplea Dios para tomar conciencia de lo que sucede en mi vida?
Exige un camino personal, de introspección interior, de profundidad espiritual. Es, a su vez, un camino comunitario. Ayuda a madurar la confianza en Dios, en la propia fe y en el vivir acorde con el Espíritu según los planes y la voluntad divinas.
El discernimiento facilita entender cosas de nuestra propia realidad, de nuestras conductas personales, de nuestras opciones vitales, de nuestras actitudes en el plano espiritual, de nuestros valores fundamentales, de la exigencia de nuestro compromiso con la verdad. El discernimiento implica dejarse guiar con docilidad por el mismo Dios. Por eso se adquiere con una vida de oración. Es en lo profundo de la oración que uno puede distinguir lo verdadero de lo que no lo es, lo cierto de lo erróneo, lo auténtico de lo falso, los conveniente de lo inconveniente, orientado así la vida en la fe y en la doctrina proclamada por Jesús. Es lo que le pido al Espíritu Santo hoy, una mayor perseverancia en mi oración y mayor docilidad para escuchar los susurros de Dios para aceptar siempre su voluntad. Y, sobre todo, el don de discernir para no errar con tanta frecuencia al imponer mi voluntad.

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¡Señor, hazme perseverante en la oración para vivir acorde con tu voluntad! ¡Envía, Señor, tu Espíritu sobre mi para que me otorgue el don del discernimiento, para seguir un camino recto, para tomar las decisiones más acertadas, para seguir los planes de Dios, para no confundirme en mis actitudes, para que todo lo que acontezca en mi vida sea dirigido y amparado por Él! ¡Señor, quiero que mi vida esté arraigada en la fe, sostenida por la confianza, llena siempre de Ti! ¡Ven, Espíritu de Dios, sobre mi, derrama tu gracia poderosa para que ser capaz de utilizar tus dones de forma adecuada, para vislumbrar siempre el bien en los momentos y las circunstancias complejas, para hacer siempre la voluntad de Dios, para abrirme siempre a Dios, para elegir acorde a sus planes y no a los míos, para trabajar siempre por Él, para alejar las tentaciones de mi vida, para buscar la madurez en mis decisiones y que estas no estén basadas en criterios caprichosos! ¡Ayúdame, Espíritu divino, a elegir siempre bien para no ofender a Dios! ¡Espíritu de Verdad te consagro todos mis pensamientos, mis acciones, mi espíritu, mi alma, mi cuerpo y mi corazón para que todo esté iluminado por Ti y me ayudes a entender que por medio tuyo me será más fácil tomar el camino recto y perfecto que me llevará a la salvación!

Enciende una luz, la luz de Jesús:

¿Qué valor tiene Cristo para mí?

A esta pregunta le podría añadir otras. ¿Lo considero el camino, la verdad y la vida? ¿Es para mí el auténtico mediador hacía Dios? ¿Lo considero el dador de la vida divina? ¿Creo que me justifica y me hace hijo de Dios? ¿Lo amo de verdad?
Para mi, Jesús son muchas cosas al mismo tiempo. Es el Hombre Dios nacido en Belén del seno virginal de María, engendrado por el Espíritu Santo, que vivió una vida oculta durante treinta años, que predicó la Buena Nueva hasta su Pasión y muerte en cruz y que, con su Resurrección, reina desde el cielo. Cristo es el centro de mi espiritualidad cristiana, mi guía, mi luz, mi referencia. El espejo en quien mirarme, la referencia para seguirle. Ser en Cristo y en Cristo.
Jesús también es para mí el Cristo eucarístico, El que se hace presente cada día en la Santa Misa, el que despierta en mi un profundo amor, adoración y reverencia durante la celebración de la Eucaristía, al que puedo dar gracias en la comunión por esa intimidad profunda y cercana que siento al tenerlo en mi corazón cada día. Es el Cristo eucarístico que se aviene, con humildad, a entrar en mi pobre y soberbio corazón porque quiere habitar en mi y ser un solo Cuerpo conmigo. El que me une a la comunidad con mis hermanos en esa fraternidad de amor que es la Santa Misa, fraternidad que comenzó aquel día en que el Espíritu Santo vino a mí el día de mi bautizo.
Jesús es, asimismo, el ser al que estoy unido místicamente porque toda mi vida quiere ser una unión viva y profunda con Él. Quiero ser las ramas del frondoso árbol de la vida en la que Cristo riega mi corazón con la gracia, es el alimento que lo sustenta y que tiene en María el pálpito alegre del corazón. Cristo es el compañero de viaje, el amigo, el hermano, la esperanza cotidiana, el que me vincula a mi prójimo para caminar juntos hacia la patria prometida.
Pero, sobre todo, Cristo es mi mayor tesoro, mi posesión más preciada. Es el centro del todo, el que me permite exclamar con alegría: No vivo yo, sino que es Cristo quien vive en mí.

 

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¡Señor, te amo, te adoro y te glorifico! ¡Que te ame siempre, Señor, y que nada me aparte de Ti! ¡Te amo, Señor, y que con amor se acreciente en mi interior el amor por tu Palabra y tu Buena Nueva! ¡Te amo, Señor, y que mi vida sea un constante canto de alabanza y de acción de gracias por todo lo que has hecho y haces en mi vida! ¡Te amo, Señor, por hacerte presente cada día en la Eucaristía, por invitarme a sentarme en tu mesa aunque no sea digno de que entres en mi casa y por hacerte presente en mi por medio de la comunión diaria! ¡Te amo, Señor, porque te haces presente cada día en mi vida en este encuentro cotidiano en el que me ayudas a crecer como persona! ¡Te amo, Señor, por tu gran misericordia que me perdona mis caídas y me ayuda a que me duelan mis faltas! ¡Te amo, Señor, por tu humildad y tu servicio que es una escuela de amor para mi y me ayuda a entender cuál es el valor del servicio! ¡Te amo, Señor, porque te haces presente en mis labores cotidianas y en mi trabajo y me ayudas a intentar santificarlo cada día! ¡Te amo, Señor, porque reinas en tu Santa Iglesia Católica a la que tanto quiero y que a pesar de la imperfección de los que la formamos es perfecta porque está creada por Ti! ¡Te amo, Señor, por tu sacrificio en la Cruz y por tu Resurrección que me redime del pecado y me abre las puertas de la Vida Eterna! 

Cristo, pan de vida nueva: