En lo alto de una cima sentir el ¡«Effetá»! ¡«Ábrete»!

Un grupo de personas subimos hasta lo alto de un cima de altura considerable. Han sido cuatro horas de larga caminata hasta llegar a nuestro destino y contemplar desde las alturas la belleza del paisaje. Lo hemos hecho por la tarde para evitar el intenso calor. Es el atardecer del día. En el último tramo hemos venido rezando el Santo Rosario y hemos ofrecido el último misterio para abrir nuestro corazón a los que lo necesitan a nuestro alrededor.

Una de mis hijas que participa de esta caminata lleva una camiseta de los retiros de Effetá y en la espalda puede leerse el lema del retiro: «Después, levantando los ojos al cielo, suspiró y dijo: «Effetá», que significa: «ábrete» (Mc, 7:34)». Le hago una fotografía contemplando el paisaje y en ese momento el sol irradia un rayo de luz sobre el grupo, como una invitación a abrirnos a la providencia divina (ver fotografía que acompaña este texto).

¡«Effetá»! ¡«Ábrete»! Esta palabra en arameo nos lo dice Jesús a cada uno de nosotros en nuestro propio idioma, con palabras cotidianas.

Jesús nos aconseja abrirnos siempre. No nos dice que nos abramos a Dios, sino que simplemente nos abramos y, por tanto, que nos abramos a Dios, a los demás, al futuro y al cambio. Es la base de nuestra capacidad para amar a Dios, amar a los demás, amar la vida tal como es y luego buscar avanzar y seguir adelante desde la fe, la esperanza, la santidad, el amor…

Para recibir las maravillas que Dios nos tiene reservadas debemos tener una mente y un corazón abiertos. Dios es un inventor absolutamente increíble, de Él puedes esperar cualquier cosa. Esta es una de las razones por las que es mejor no decirle demasiado lo que nos gustaría que hiciera por nosotros, es mejor abrirse a él y confiar en que lo hará. Abrirse a todo porque de Él solo pueden salir las buenas sorpresas, y si hay alguien que se abre a los demás, y por tanto a nosotros, es él: Dios. La Luz de la vida, la Luz de la esperanza, la Luz del Amor. Esa luz reflejada en el rayo de luz que nos regaló en la cima de la montaña.

A su imagen, Dios nos ofrece, o nos aconseja, abrirnos a los demás. Dios crea en nosotros, si queremos, la capacidad de abrirnos a los demás no de cualquier modo pero sí a sus sufrimientos y sus problemas, a sus cualidades y sus puntos de vista, a sus planes para escucharlos. Por supuesto, no somos Dios y no podemos abrirnos personalmente a todas las miserias de todas las personas del mundo, pero cada persona debe tener al menos otra persona que se abra a ellos para reconocerlos. Nadie debe ser olvidado y, ciertamente, Dios cuenta con cada uno de nosotros para abrirnos un poco a tal o cual persona.

Esta fue la especial misión de Cristo. Vino al encuentro del hombre para que éste fuera capaz de escuchar la voz de Dios, la voz de la Esperanza, de la Ternura, de la Misericordia, del Perdón… del Amor para quien lo acoja en su corazón sea a su vez capaz de emplear en su vida cotidiana el lenguaje del amor, comunicar con Dios y comunicar su fe. 

¡«Effetá»! ¡«Ábrete»! ¡Le pido a Dios que sea capaz de experimentar cada día en mi vida la capacidad de abrirme a la fe, al milagro cotidiano del «Effetá», para vivir plenamente en comunión con Dios y con los que me rodean.

¡Señor, gracias por el regalo de haberte hecho presente desde las alturas con la luz de tu amor! ¡De haberte manifestado en nuestros corazones invitándonos a abrirnos al amor, a los demás! ¡Me pides, Señor, que aprenda a abrir mi corazón, mi mente, todo mi ser para acogerte, abrirme a ti, a transformar mi interior para ser capaz de darme a Ti y a los demás! ¡Señor, tocas mi corazón, mi alma, mi ser, para abrirme a una nueva posibilidad de enfrentar cada uno de los acontecimientos de mi vida desde tu perspectiva! ¡Gracias, Señor, por tu invitación a abrirme a la verdad, al amor, a la generosidad, a la humildad, al servicio, al abandono del pecado, a no vivir encerrado en mi mismo, a abrir caminos hacia el encuentro con el prójimo! ¡Señor, gracias, porque también me invitas a la escucha de tu Palabra y meditándola con el corazón abierto asumir con plenitud tu Buena Nueva! ¡Gracias, porque acogiendo en mi interior Tu Palabra, Señor, me abro a todo lo demás! ¡Gracias, Señor, porque mirando al cielo y observando el rayo de luz de tu presencia me siento bendecido, me siento protegido, amado, me siento como intercedes por mi y, sobre todo, siento como me invitas a abrirme a tu amor! ¡Señor, sé que cuando te escucho se abren los cielos, los ruidos que me rodean se apagan y mi vida se fortalece con la luz de tu Espíritu, con tu gracia, con la paz en mi corazón, con la sanación de mi corazón, con el sentimiento de que me regalas tu presencia! ¡Señor, acojo tu invitación y sintiendo tu soplo sobre mi quiero abrirme cada día a tu presencia y dar lo mejor de mi a los demás!

¡Sagrado Corazón de Jesús, en ti confío!

Día grande y alegre en la Iglesia. Hoy celebramos la Fiesta del Sagrado Corazón de Jesús, un corazón manso y humilde, entregado y abierto a la gracia.
La evolución cultural nos ha influenciado por esa imagen que limita la noción del corazón al dominio de lo emocional. Pero la dimensión bíblica del corazón va mucho más allá. El corazón representa el orden de la interioridad. Abarca la intimidad de la conciencia, lo bueno y lo malo que da vueltas en nuestra mente. El corazón también representa esta parte espiritual que se abre o se cierra a la presencia de Dios. La luz de la fe atraviesa el corazón, esta luz interior y espiritual que ilumina la inteligencia de la vida, su significado, su valor; el corazón siente la alegría de la presencia de Dios o el dolor de su ausencia. También se nos habla de un corazón endurecido que no quiere escuchar nada de la Sabiduría divina, un corazón encerrado en su propia posesión, su propio poder, un corazón que se cierra por el bien del otro hasta ignorarlo.
El corazón expresa también el contenido de la persona, sus intenciones, su voluntad y sus deseos, que se mostrará a través de sus acciones, sus elecciones, sus orientaciones.
Es por eso que cuando hablamos del corazón de Cristo, hablamos del corazón de Dios que se manifiesta y se expresa en su Hijo. Cuando se dirige a sus discípulos, Jesús les dice que tomen su yugo, y que aprendan de él, que es manso y humilde de corazón y hallarán descanso para sus almas. Esta mansedumbre y humildad son, por encima de todo, una expresión de la fuerza de Dios, de su fidelidad, de su paciencia, de su misericordia, incluso cuando el hombre ya no quiere escuchar nada de este Dios. Sordera y ceguera del ser humano que hablará a la condena de lo justo y lo inocente por excelencia, Cristo Jesús por quien Dios da su vida y perdona.
Incluso cuando los hombres se revelan en su libertad y destruyen el plan de Dios, Dios no puede obligarse a borrar su trabajo, a devolver la humanidad y la creación a la nada. No, su corazón gira dentro de él, se arrepiente del castigo que pudo haber aplicado con toda justicia, abre caminos de perdón y arrepentimiento para el hombre porque no quiere la muerte del pecador, sino que se arrepienta, se vuelva hacia Él y viva. Es por eso que Jesús puede declarar que hay más alegría para un solo pecador que se convierte que para noventa y nueve personas justas que no necesitan conversión. Pero, ¿dónde encuentras noventa y nueve personas justas que no necesiten conversión?
El Señor nos busca de manera constante, desea ardientemente que acudamos a Él para llevarnos a la vida que con Él se vive en plenitud.
El corazón abierto de Jesús es el lugar de toda reconciliación, es el camino de nuestra filiación divina. El amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado. Y si ha sido derramado en nuestros corazones, también nos corresponde caminar según el Espíritu. El Espíritu nos abre la inteligencia del corazón para hacernos actuar de acuerdo con la verdad de Dios que se expresa en Cristo.
Jesús es gentil y humilde de corazón, pero también es verdad y santidad. En un día tan señalado como el de hoy quiero darme el lujo de sentirme atraído por este corazón que nos habla tan bien de Dios y de esta bella humanidad que nos invita a convertirnos en otros Cristos.
Es verdad que los hombres, al menos yo, tenemos dificultad para amar adecuadamente, ya que no sabemos cómo permitirnos ser amados adecuadamente, pero en la escuela de Cristo y bajo la guía del Espíritu Santo podemos aprenderlo y experimentarlo sin importar nuestros límites humanos. ¡Hoy más que nunca, en este tiempo de dificultades humanas, sociales, económicas y espirituales, Sagrado Corazón de Jesús en ti confío!

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Hoy mi oración no me pertenece sino que es un Acto de consagración y desagravio al Sagrado Corazón de Jesús:

¡Oh Corazón de Jesús! Yo quiero consagrarme a ti con todo el fervor de mi espíritu. Sobre el ara del altar en que te inmolas por mi amor, deposito todo mi ser; mi cuerpo que respetaré como templo en que tú habitas; mi alma que cultivaré como jardín en que te recreas; mis sentidos, que guardaré como puertas de tentación; mis potencias, que abriré a las inspiraciones de tu gracia; mis pensamientos, que apartaré de las ilusiones del mundo; mis deseos, que pondré en la felicidad del Paraíso; mis virtudes que florecerán a la sombra de tu protección; mis pasiones, que se someterán al freno de tus mandamientos; y hasta mis pecados, que detestaré mientras haya odio en mi pecho, y que lloraré sin cesar mientras haya lágrimas en mis ojos. Mi corazón quiere desde hoy ser para siempre todo tuyo, así como tú, ¡oh Corazón divino! has querido ser siempre todo mío. Tuyo todo, tuyo siempre; no más culpas, no más tibieza. Yo te serviré por los que te ofenden; pensaré en ti por los que te olvidan; te amaré por los que te odian; y rogaré y gemiré, y me sacrificaré por los que te blasfeman sin conocerte. Tú, que penetras los corazones, y sabes la sinceridad de mi deseo, comunícame aquella gracia que hace al débil omnipotente, dame el triunfo del valor en las batallas de la tierra, y cíñeme la oliva de la paz en las mansiones de la gloria. Amén.

Contra la falsedad, mucho Espíritu Santo

Cada año en este día se celebra la Jornada Mundial contra la Falsificación y la Piratería, iniciativa fundada en 1988 por el Grupo Mundial de Lucha contra la Falsificación para dar a conocer los daños causados por la violación de la propiedad intelectual, la suplantación de identidad y las amenazas a la privacidad y la reputación online. No es un tema baladí porque encabezan el ranking de violaciones en Internet.
He pensado: ¡que apropiada sería esta jornada vivirla cada día a la luz del Espíritu cuando tantas veces suplantamos nuestra autenticidad para quedar bien, amenazamos la reputación del otro con juicios ajenos y violamos su propiedad intelectual cuando menospreciamos sus valores y socavamos su dignidad!
Las personas, y especialmente los cristianos, somos muchas veces falsos cristos, faltos apóstoles, falsos discípulos, falsos hermanos, falsos cristianos porque nos falta la autenticidad y la verdad en nuestros gestos, palabras, acciones y pensamientos.
El mejor antídoto contra la falsificación de la propia vida como cristianos es recibir la fuerza del Espíritu Santo.
No somos conscientes de que nuestras acciones perjudican el proyecto de Dios, que nuestra falta de caridad y de amor, de ir a la nuestra no andan al proyecto de Dios. Es el Espíritu Santo con sus siete dones el que te otorga la sabiduría para acercarte a la voluntad divina.
Contra nuestra incapacidad para orientar nuestra vida hacia el bien, para tomar las decisiones correctas, para discernir las sendas de las bondad, para distinguir entre lo bueno y lo malo, el don de Consejo.
Contra el juzgar el prójimo, el compararse con él, para el vivir en la soberbia de creerse mejor a todos, al llevar una vida autosuficiente, para aprender a escrutar en la verdad de Dios, para iluminar nuestra vida con las verdades divinas, para abrir nuestro corazón a la verdad y no el pecado, el don de Entendimiento.
Contra la tendencia natural a confundir lo aparente de lo verdadero y ser consciente siempre de cuáles son los pensamientos de Dios para con nosotros, el don de Ciencia.
Contra la tendencia a falsificar nuestra realidad por intereses tacticistas frente a los demás y para estar abierto a la voluntad de Dios en nuestra vida, tratando de obrar, actuar y servir como lo haría el mismo Cristo, llevando a su vez una vida de oración con el corazón abierto, el don de Piedad.
Contra la mentira para hacer creer a los otros lo que no somos o simplemente para contentarlos, para salir del paso, para evitarse conflictos o problemas o para huir de la realidad; para ser valientes y afrontar la realidad de la vida, los problemas y las circunstancias adversas, el don de Fortaleza.
Contra la actitud de enfrentarse al prójimo y no respetarle, a juzgarle y condenarle; al apartarse de los caminos del Señor y no cumplir su voluntad, el don de Temor de Dios.
En este Día Mundial contra la Falsificación y la Piratería, me pregunto: ¿qué falsedades hay en mi corazón que deben ser cambiadas y transformadas a la luz del Espíritu? ¿Soy consciente de que a la luz del Espíritu aborreceré la falsedad y caminaré a la luz de la verdad, de la libertad y de la autenticidad! ¡Hoy voy a celebrar esta jornada, pero lo haré a la luz de la invocación constante al Espíritu de Dios, el que todo lo impregna de verdad!

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¡Señor, que cada paso que yo dé, que cada palabra que pronuncie, que cada pensamiento que tenga, que cada gesto que realice, que cada acción que cometa esté siempre impregnada de veracidad y de amor! ¡Señor, toma mi mente, mi alma, mi corazón, mis sentimientos y mi voluntad y elimina de su interior todo aquello que no te agrada y límpialo de toda falsedad! ¡Padre, por medio de tu Santo Espíritu, toma el control de mi corazón y de mi alma, examíname siempre y guíame para que pueda caminar en el poder de tu Espíritu para convertirme siempre en una persona íntegra, digna de Ti! ¡Concédeme la gracia, Padre, a la luz del Espíritu Santo de buscar siempre lo que es justo y bueno y discernir siempre Tu voluntad! ¡No permitas, Padre, que haga el mal para obtener un bien, que siempre mis acciones con los demás estén presididas por la verdad, que actúe siempre en caridad, con respeto al prójimo y sin herir su conciencia y su persona porque eso es pecar contra Ti! ¡Envía Tu Espíritu Señor, para que me ayude a tener siempre una conciencia recta y veraz! ¡Ilumíname siempre, Señor, con Tu Palabra para que sea luz que guíe mis pasos! ¡Ayúdame, Señor, a asimilarla siempre a la luz de la fe y de la oración! ¡Señor, Tú conoces hasta el más recóndito rincón de mi corazón! ¡Ayúdame a ser cada día mejor!

¿Me pides a mí ser luz de las naciones?

Días de desconcierto ante el coronavirus que asola el mundo arrasando esperanzas y vidas humanas. Abro aleatoriamente la Biblia para buscar una palabra que oriente mi oración de la mañana. Y surge, brillante y sanadora, esta frase de Isaías: «Te hago luz de las naciones». Es la palabra que Dios quiere para mí en este despertar cuaresmal.
Y le doy gracias, porque siendo tan frágil y pequeño, sentir que Dios te considera luz de las naciones insufla esperanza a mi corazón cristiano. ¡Luz de las naciones!
Luz de las naciones es ser luz en tu pequeño entorno: en la familia, en la vida social, en el ámbito profesional, parroquial, en la vida apostólica, en el servicio del voluntariado.
Luz para ser testimonio de Cristo, luz para ser testigo de Dios, para manifestar su amor salvador. Luz para ser testigo vivo de la bondad divina. Luz para ser transmisor de su amor, para iluminar a toda persona con la que te cruzas.
Pero es que la frase va más allá: «Te he puesto para ser luz de las naciones, para que mi salvación alcance hasta los extremos de la tierra». Luz para llevar la luz allí donde camine con mi pequeñez, mi fragilidad y mis miserias. Pero Dios que me conoce, sabe como soy, lee mi interior, sabe de mis virtudes y dones y de mis flaquezas y debilidades, así lo quiere. Espera de mi que sea luz. Luz para caminar con claridad por la vida y ser canal de bendición en todos mis entornos para que su salvación prometida a los hombres les alcance a través mío —de cada uno—.
¡Luz que ilumine por medio de la oración a tantos que sufren, a tantos enfermos contagiados, a tantos que en estos días han perdido la esperanza, que tienen angustia por su futuro! ¡Seamos en nuestro entorno luz que ilumine!
Que Dios me escoja —nos escoja— para ser luz de las naciones es un desafío porque lo que pretende es hablar a través mío —nuestro— a la pareja, a los hijos, a los amigos, a los compañeros de trabajo, a los vecinos de la comunidad, a los miembros de tu comunidad parroquial, a los grupos de oración… Ser luz para ser transmisor de Su luz. ¡Qué reto tan enorme y tan estimulante!

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¡Gracias, Padre, por este enorme reto! ¡Gracias, porque me escoges en mi pequeñez para ser luz de las naciones! ¡Gracias, Padre, porque con ello reconoces la confianza en el ser humano! ¡Y asumo el reto, Padre, porque quiero dar a conocer al mundo la verdad de Tu Hijo, la verdadera luz que ilumina a la humanidad entera! ¡Y voy a tratar de ser cada día mejor para que mi corazón irradie tu luz, la luz de tu amor, de tu misericordia, de tu ternura, de tu bondad, de tu generosidad, de tu gracia! ¡Gracias, Padre, porque haciéndome luz también sanas mi vida, mi corazón, mis heridas, mis penas y mis sufrimientos; las sanas y me lanzas al mundo a proclamar tu amor y la Buena Nueva del Evangelio mostrado por Jesús! ¡Gracias, Padre, porque actúas cada día en la pequeñez de mi vida y enciendes en mi pequeño ser la luz luminosa de tu presencia! ¡Gracias, Padre, porque actúas siempre en mi vida! ¡Y en este tiempo de preparación a la Cuaresma, en la que mi corazón se estremece en el desierto de la introspección para orientar mi vida, te doy gracias porque entiendo que en la cruz es la luz que ilumina la vida del cristiano; que no tenga miedo a cargarla en el día a día de mi vida; que sepa llevarla irradiando luz al prójimo para que todos vean que camino por la vida al lado de Jesús, Tu Hijo, con amor y con esperanza! ¡Envía tu Espíritu sobre mi, Padre, para irradiar la luz que surge de recibir tus dones y que todos sin distinción puedan reconocerte a través de mí!

Despertar con la alegría de sentirse amado

Despierto al nuevo día con un gran sensación de gratitud. Siento profundamente en mi corazón como soy fruto del Amor de Dios a pesar de mis imperfecciones evidentes. Siento como Dios ha querido irradiar en mi pequeña vida todo su amor, su ternura, su misericordia y su bondad. Es Dios mismo, con la figura de Cristo impregnada en mi corazón y la luz del Espíritu irradiando mi vida, que crean un sentimiento de profundo amor y de gratitud. Sí, estoy feliz, alegre y gozoso porque siento que vivo en comunidad de amor con un Dios que me ama, con Cristo que me ama, con el Espíritu que ilumina tanto amor. Y siento la necesidad de vivir impregnado de ese amor, estar unido a Él.
¿Y qué sucede cuando peco, cuando me alejo de Él, cuando rompo esta unidad? Que lo estoy apartando injustamente de mi vida y mi corazón palidece, se entristece, sufre. Mi corazón muere porque se deja arrastrar por la muerte que trae el pecado. El pecado es, gráficamente, una actitud de desagravio y de desamor al que me lo da todo. Y me doy cuenta que tantas veces que me interesa más lo mío, lo perentorio, lo mundano, que el amor de Dios. Y soy consciente de que cuando me encierro en mi mismo, cierro también el corazón al amor divino. Y me cubro con el manto negruzco del egoísmo que me impide alzar la mirada a lo alto y ver la luz que irradia la gracia. Cuando me alejo de Dios todo es inseguridad, incerteza, desazón.
Me levanto con la alegría del que se siente amado. El que siente que su amor prende porque la mecha del amor de Dios está encendida. El que siente que su verdad abre verdad en los caminos de mi vida; que su espíritu riega de esperanza mi caminar; que su libertad crea en mi vida grandes espacios para mi crecimiento humano y espiritual…
Despierto al nuevo día con un gran sensación de gratitud. ¡Y como no va a ser así sintiendo el amor trinitario en mi corazón, razón de mi vivir y mi existir!

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¡Gracias, Señor, por este nuevo día porque porque tanto amor, tanta misericordia y tanta gracia me permiten comenzar la jornada con esperanza, paz y mucho amor! ¡No soy merecedor de tanto amor, Señor, porque tu conoces mi vida, mi pequeñez, mis imperfecciones y mis deficiencias! ¡Perdona, Señor, tantas ofensas; soy consciente de que a lo largo del día te fallo constantemente, que te ofendo con mis pensamientos, con mis actos, con mis palabras, con mis acciones y con mi pobreza humana y espiritual, pero alzo mi mirada al cielo, contemplo la cruz, y tu sangre gloriosa es el agua pura que me permite limpiarme de toda mancha! ¡Señor, en este día concédeme la gracia de caminar con alegría para mostrarte a través mío al prójimo, para abrir mi corazón al amor, para servir con generosidad y humildad, para tender puentes entre las personas, para dar sin esperar nada a cambio! ¡Enséñame a amar como tu amas! ¡Hoy quiero agradecerte tanto amor que no merezco; ayúdame a perfeccionar mi vida por amor a ti y a los demás y por mi propio crecimiento humano y espiritual! ¡Envía tu Espíritu sobre mí, Señor, para que ilumine mi caminar y no me desvíe de la senda que me conduce hacia Ti!

 

Anhelo ser una lámpara viva

Cuando hago oración en una capilla o asisto a mi Eucaristía diaria me fijo en las velas que alumbran las capillas o el altar. Estuve ayer contemplando fijamente una vela roja, casi agotada por las horas iluminando los anhelos de su peticionario, situada bajo la imagen del Sagrado Corazón de Jesús. Sentí como el Señor me decía que estoy llamado a ser en medio del mundo, en mi insignificancia y pequeñez, una luminaria viva que sea capaz de irradiar la gracia de Dios en mi entorno.
Después de comulgar le pedí al Señor que me ayudara a arder para alumbrarle a Él, para que el espíritu de Amor que irradia Jesús sea capaz de llevarlo y de verdad a mi entorno familiar, profesional y social. Ser lumbre que ofrezca luz al que anda en oscuridad; ser llama que avivado por la fuerza de mi fe alumbre el caminar de tantos que no conocen a Dios; ser lámpara permanentemente encendida para propagar al mundo que Dios es Amor y que ese amor es tan grande que todo lo acoge, todo lo unge y todo lo transforma.
Ser, en definitiva, testimonio coherente y auténtico, comprometido y firme, sobrepuesto al cansancio y a los avatares de la vida, para que la luz de Dios brille en mí y que quienes se encuentren conmigo sean capaces de contemplar las grandes obras que Dios realiza a través nuestro.

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¡Señor, envía tu Espíritu Santo sobre mi para recibir de Él sus siete santos dones y convertirme en una lámpara viva permanentemente encendida que de testimonio de tu Amor misericordioso! ¡Deseo, Señor, arder como una vela encendida para alumbrar tu gloria! ¡Deseo, Señor, ser luz que ilumina a los necesitados para aliviar sus congojas, sufrimientos y desesperanzas! ¡Deseo, Señor, ser luz que ilumina el corazón herido de quienes sufren y abrigarlos al calor de la ternura! ¡Me consagro a Ti, Señor, que eres mi luz y me guías siempre! ¡Me consagro a Ti, Señor, porque quiero ser luz que guía, luz que ilumina a los que se cruzan en mi camino con actos de amor, con obras de caridad, con obras de misericordia, con gestos de desprendimiento, con oración por el prójimo! ¡Ayúdame a ser luz siempre encendida para que no me pierda por los vericuetos de la vida, para que sea capaz de ver la luz en las luchas cotidianas, para confiar siempre en Ti, para ver con claridad cuando las circunstancias de mi vida se tornen difíciles, para ver cuando los míos necesitan de mi apoyo y mi ayuda, para dar lumbre cálida cuando el dolor y la aflicción me alejen de la cruz!

¿Podemos vivir sin la Misa del domingo?

Por razones laborales me encuentro en una república islámica y en la ciudad no hay ninguna iglesia católica. De hecho, a miles de kilómetros a la redonda es imposible encontrar un sacerdote católico. Sin embargo, voy a asistir a misa a través de Internet para celebrar, como cada domingo, la resurrección de Jesús.
Días como hoy me permiten redescubrir el sentido del domingo, día del Señor, el día del juicio, el día de día de descanso familiar, el día de la alegría de Dios. ¡Para mí la Eucaristía de todos los días, pero en especial la del domingo, es la fuente y la cumbre de todas las actividades de la semana! ¡Cuántos hombres y mujeres en el mundo no tienen posibilidad de reunirse el domingo para celebrar la Eucaristía y construir lugares para sus asambleas!¡Cuántos miles de cristianos sin el Día del Señor no pueden vivir! Y en nuestra sociedades, ¿podemos vivir sin la Misa del domingo?
Me duele cuando tantos bautizados no participan de la Misa dominical que debería ser la cumbre de todo el domingo cristiano. Otros dioses toman el lugar de Jesús resucitado: ¡el deporte, la cultura, los viajes, los placeres! Nada hay contra ello, pero para un cristiano la cumbre de su domingo debe ser la misa dominical.
Hay una frase del libro de los Proverbios que tiene su impronta. Es cuando Dios dice: “Ven a comer mi pan y beber el vino que he preparado para ti”. Esta profecía se realizó en el momento de la Institución de la Eucaristía. El discurso del pan de vida Jesús ha indignado a muchos oponentes que no aceptaban que Él es el pan de vida, el Hijo del Padre, el Mesías. Les pareció escandaloso e intolerable en su tiempo que Jesús pudiera pedirles que comieran su carne y bebieran su sangre. Hoy, sabemos cómo uno puede comer su carne y beber su sangre en el sacramento de la Eucaristía. Creemos que Jesús es el único Hijo del Padre, la Verdad y la Vida. En el sacramento de la Eucaristía, estamos espiritualmente nutridos por el sacramento de Su Cuerpo y Sangre. Sabemos, por medio de la fe, que Él está verdaderamente presente y sustancialmente en el Santísimo Sacramento que nos permite vivir con Su Vida. Comprender el inefable misterio: Dios Padre desde la eternidad, desde la Creación y la Encarnación redentora quiere reunirse en la Iglesia, que es el Cuerpo de Cristo, con todos sus hijos a los que tanto ama. Este Cuerpo de Cristo, sin embargo, aún no ha alcanzado su plenitud. Para alcanzarlo, la comunión eucarística es indispensable. Los Padres de la Iglesia dijeron: la Iglesia hace la Eucaristía, la Eucaristía hace la Iglesia.
En la lejanía de una iglesia a la que poder acudir, de mi familia con la que convivir, a miles de kilómetros de mi ciudad, quiero sin embargo santificar este domingo que, en el país en el que me encuentro, es día laborable. Vivir poniéndolo todo a la luz de Dios para comprender y cumplir Su Voluntad. Es verdad que la Voluntad de Dios perturba a aquellos que la rechazan. Pero no es posible reconstruir nuestro mundo sin anteponer a Dios. Por encima de las leyes que nuestros gobernantes tratan de imponernos, existe la ley natural de la cual Dios es el único fundamento. Oremos, suframos y ofrezcamos para que los corazones se abran a la verdadera sabiduría. Solo el apostolado del amor es irresistible. ¡Este apostolado se ejercita también alimentándose con el Cuerpo y la Sangre de Jesús, la Sabiduría encarnada y rezando a la Virgen María, Trono de Sabiduría! ¡Feliz domingo!

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¡Señor, gracias por tu amor y por tu bondad! ¡Hoy no puedo recibirte en la Comunión pero quiero aprovechar este tiempo para decirle lo mucho que te amo! ¡Quiero decirte que a tu lado, especialmente cuando te recibo en la Comunión, me siento muy bien! ¡Qué nada me separe nunca de ti, Señor! ¡Te entrego, Señor, mi corazón, mi alma, mi ser, mis proyectos, mis ilusiones, mis tristeza, mis esfuerzos, mi trabajo, mi familia, mis amigos, mis anhelos, mi futuro! ¡Quiero ser tu amigo, Señor, como tu eres mi amigo fiel! ¡Te pido perdón, Señor, porque tantas veces me alejo de Ti, porque me olvido de que existes porque prefiero hacer mi voluntad, porque impongo mi egoísmo y mis cosas, mi soberbia y mis intereses personales! ¡Pero tu me pides que te ame, que te reciba cada día en la Comunión! ¡Gracias, Señor, por acordarte cada día de mi! ¡Todo lo que tu quieras para mi, Señor, aunque no lo entienda lo acepto con amor! ¡Gracias, Señor, por morir por mi, por alimentarme con tu cuerpo y con tu sangre! ¡Toma mi corazón, es tuyo, Señor! ¡Une mi corazón a tu Sagrado Corazón y al Corazón Inmaculado de tu Madre! ¡Tu conoces mis debilidades y mis pasiones, tu sabes lo que anida en mi corazón, cámbialo! ¡Te pido también, Señor, por los que no te quieren, los que no conocen el valor de la Eucaristía, por los que no santifican el domingo, por los que están alejados de Ti! ¡Perdona, Señor, nuestras faltas y nuestros pecados, envía tu Espíritu para que renueve nuestros corazones y para que nuestros llanto se convierta en alegría con el fin de vivir alabando tu Santo Nombre!  

Hoy cantamos, Jesús amigo:

¿Examino mis decisiones a la luz de Dios?

¡Qué importante es en la vida aprender a discernir! Nos cuesta reconocer en lo cotidiano qué debemos hacer o cómo hacerlo porque se nos presentan gran cantidad de opciones que hemos de elegir, algunas de ellas con soluciones complejas y cuya visión no es clara ni sencilla de resolver. Nadie ha dicho que el camino de la santificación sea fácil de sobrellevar. Discernir. El qué hacer y cómo actuar en cada situación es una pregunta recurrente. Para quien no cree en Dios basta con basar la elección analizando las opciones en función de la razón. Para el creyente, sin embargo, el discernir debería fundamentarse en base la pregunta de cuál es la voluntad de Dios para esa circunstancia concreta. Y esto lo olvidamos con frecuencia porque gran parte de nuestras decisiones se toman según las emociones, las necesidades cortoplacistas, los caprichos o por ciertos presentimientos. ¿Examino habitualmente mis decisiones a la luz de Dios? ¿Comprendo que el discernimiento es un don del Espíritu que ayuda a tomar la mejor decisión en base a la voluntad de Dios? ¿Me importa tomar una decisión a sabiendas que esa opción me aleja de los planes del Señor?
Sí, el discernimiento de espíritu es un don que no procede la capacidad del hombre sino del Espíritu Santo, es un fruto unido a la caridad, que permite conocer íntimamente el obrar de Dios en el corazón. ¿Comprendo con frecuencia que es un medio que emplea Dios para tomar conciencia de lo que sucede en mi vida?
Exige un camino personal, de introspección interior, de profundidad espiritual. Es, a su vez, un camino comunitario. Ayuda a madurar la confianza en Dios, en la propia fe y en el vivir acorde con el Espíritu según los planes y la voluntad divinas.
El discernimiento facilita entender cosas de nuestra propia realidad, de nuestras conductas personales, de nuestras opciones vitales, de nuestras actitudes en el plano espiritual, de nuestros valores fundamentales, de la exigencia de nuestro compromiso con la verdad. El discernimiento implica dejarse guiar con docilidad por el mismo Dios. Por eso se adquiere con una vida de oración. Es en lo profundo de la oración que uno puede distinguir lo verdadero de lo que no lo es, lo cierto de lo erróneo, lo auténtico de lo falso, los conveniente de lo inconveniente, orientado así la vida en la fe y en la doctrina proclamada por Jesús. Es lo que le pido al Espíritu Santo hoy, una mayor perseverancia en mi oración y mayor docilidad para escuchar los susurros de Dios para aceptar siempre su voluntad. Y, sobre todo, el don de discernir para no errar con tanta frecuencia al imponer mi voluntad.

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¡Señor, hazme perseverante en la oración para vivir acorde con tu voluntad! ¡Envía, Señor, tu Espíritu sobre mi para que me otorgue el don del discernimiento, para seguir un camino recto, para tomar las decisiones más acertadas, para seguir los planes de Dios, para no confundirme en mis actitudes, para que todo lo que acontezca en mi vida sea dirigido y amparado por Él! ¡Señor, quiero que mi vida esté arraigada en la fe, sostenida por la confianza, llena siempre de Ti! ¡Ven, Espíritu de Dios, sobre mi, derrama tu gracia poderosa para que ser capaz de utilizar tus dones de forma adecuada, para vislumbrar siempre el bien en los momentos y las circunstancias complejas, para hacer siempre la voluntad de Dios, para abrirme siempre a Dios, para elegir acorde a sus planes y no a los míos, para trabajar siempre por Él, para alejar las tentaciones de mi vida, para buscar la madurez en mis decisiones y que estas no estén basadas en criterios caprichosos! ¡Ayúdame, Espíritu divino, a elegir siempre bien para no ofender a Dios! ¡Espíritu de Verdad te consagro todos mis pensamientos, mis acciones, mi espíritu, mi alma, mi cuerpo y mi corazón para que todo esté iluminado por Ti y me ayudes a entender que por medio tuyo me será más fácil tomar el camino recto y perfecto que me llevará a la salvación!

Enciende una luz, la luz de Jesús:

Como la luz del alba, que va en aumento hasta que es pleno día

Como cada mañana después de la oración aprovecho para salir a correr y hacer un poco de deporte. Al salir al exterior la luz del día me ha recordado esa frase tan hermosa del Libro de los Proverbios: «La senda de los justos es como la luz del alba, que va en aumento hasta que es pleno día».
Cuando conoces a Jesús y tratas de tener una relación personal con Él sientes que recibes la salvación, así la luz de Dios ilumina tus pasos para transitar impregnados de su manera de vivir y con su paz.
El principio sustancial del caminar en Cristo se asemeja mucho al amanecer, que da comienzo a una vida nueva, que acrecienta su luz en la medida que uno madura en la fe, en la esperanza, en la confianza y, sobre todo, en la comunión con Dios. De ahí, que la actitud que uno debe tener es la de hacer el bien y evitar el mal, de esperar la prosperidad, el avanzar, el mejorar, el dar atención a los demás en todas los aspectos de la vida.
Cuando centras tu atención en lo que va a suceder, cuando tratas de practicar la justicia divina, ser obediente y llevar a cabo buenas acciones, eres más consciente de que la mano de Dios siempre te acompaña. Hay una verdad incuestionable: cuando pides con el corazón abierto siempre recibes, cuando buscas siempre hallas y cuando llama siempre se te abre porque las promesas de Dios no son en vano sino que son luz de vida que Él ofrece en abundancia. «La senda de los justos es como la luz del alba, que va en aumento hasta que es pleno día». Esta frase me recuerda que mi actitud debe ser enfocada a esperar lo mejor de Diosa no dudar de sus milagros, a los cambios transformadores que habrá en mi vida y que, en todo, allí estará el Señor en cada momento de mi existencia. Y eso no solo es un gran alivio sino un motivo de gran esperanza.

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¡Señor, mi vida es un permanente caminar a veces desviado del auténtico camino por mis caídas y mis faltas! ¡Dame la sabiduría, Señor, para ir por el camino de la vida plena y recorrerlo sin desviarme de él y sin tropiezas que dañen mi corazón y te dañen a ti! ¡Instrúyeme, Señor, por el camino del bien por medio de tu Santo Espíritu, encamíname por las sendas de la rectitud cada instante de mi vida! ¡Hazme cumplir tus mandamientos que son el camino que lleva a la vida! ¡Ayúdame a saber siempre donde pongo los pies para evitar las caídas! ¡Señor, soy consciente de que la senda de los justos es como la luz del día y no quiero entrar en tinieblas! ¡Señor, tu eres la luz del mundo y yo quiero acercarme siempre a esta luz que da vida para no caer en las tinieblas! ¡Señor, tu me otorgas la libertad para elegir el camino, ayúdame a ser siempre responsable de mis actos y no me dejes nunca solo porque necesito de tu luz para caminar! ¡Señor, no solo eres la luz, eres también el camino; eres mi modelo y en todo te quiero imitar! ¡Envía tu Espíritu sobre mi para vivir como tu, para andar por el camino recto y para dirigir mis pasos hacia la plenitud de la vida!

Gloria, aleluya, cantamos hoy:

 

¿Qué miedo tengo a presentarme ante Dios con toda mi desnudez humana y espiritual?

Tercer fin de sábado de marzo con María en el corazón acompañando a María en el Calvario, en ese momento en que Jesús es despojado de sus vestiduras.
Fue en Belén la primera vez que la Virgen vio desnudo al Niño Jesús, creado a imagen y semejanza de Dios. Lo acurrucó con una sábana y se lo puso en el regazo. Aquella noche fría María protegió con sus brazos al mismo Dios.
Ahora, aquel cuerpo hermoso, bien formado, a semejanza del de su Padre, está desollado a consecuencia de una flagelación cruel. Los golpes le han magullado el cuerpo y el peso de la cruz le ha dejado heridas profundas. Viendo aquel despojo humano María siente gran dolor en el corazón aunque es consciente del valor redentor de la Pasión de Jesús.
Y a Jesús le despojan de las vestiduras. Su único ropaje es la sangre que cubre su cuerpo. Su túnica, tejida de una sola pieza como símbolo de la unidad de la Iglesia, es sorteada. Y queda tan desnudo como nuestros primeros padres, sin nada que le cubra. Queda marcado como un marginado, como un derrotado, como un ser despreciado a los ojos de la sociedad, expuesto al escarnio y a la deshonra.
María contempla la escena llena de tribulación consciente, sin embargo, de que Jesús, despojado de sus ropajes, asumiendo la condición de hombre, muestra como el ser humano puede llegar a perder la luz de Dios.
Observando esta escena junto a María, ¿por que tengo con tanta frecuencia miedo de permitirle a Dios que me despoje de lo que sea su voluntad sin que interfiera en mi fidelidad hacia Él? ¿Por que tengo tanto reparo en confiar en Dios como confiaron María y Jesús? ¿No será que me cuesta desnudarme de todos mis afectos y necesidades humanas y materiales y soy incapaz de ponerme en las manos amorosas del Padre? ¿Tengo miedo a presentarme ante Dios con toda mi desnudez humana y espiritual? ¿Qué miedo tengo en el caminar cotidiano a ser desnudado por las críticas, por los juicios ajenos, por los comentarios del prójimo, por las miradas de reprobración si Dios ya conoce mis miserias?
¡Señor, permíteme cubrir tu desnudez con todo mi amor!

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¡María, Madre del Amor Hermoso, te necesito para que me ayudes a desnudarme de todas mis afectos terrenales, de mis egoísmos, de mi soberbia, de mi falta de caridad, de mis rencores, de mis autocomplacencias… y una vez despojado de las vestiduras del pecado poder presentarme ante tu hijo con la desnudez de la verdad! ¡Te doy gracias, María, porque con tu sí permitiste a Jesús redimirnos del pecado! ¡Gracias, María, porque por medio de la encarnación Dios se hizo hombre en tu seno y por Él te has convertido en corredentora del género humano! ¡María, tu supiste lo que es la humillación y el descrédito cuando viste a Jesús caminar hacia el Calvario; tu me haces comprender que en el camino de la cruz se producen muchos humillaciones! ¡Ayúdame, María, a mantenerme firme cuando se me desnude con las críticas, con los juicios a mi persona, con los comentarios que hieren en el corazón; dame la gracia de mantenerme firme, íntegro y sereno como hiciste Tu e hizo Jesús! ¡Hazme entender María que para portar la cruz no son necesarios los oropeles! ¡Ayúdame a desprenderme de todo lo que me cubre y es innecesario para ser libre y desde esa libertad poder exclamar como hiciste Tu el hágase en mi según tu palabra!

Nos acompaña hoy una hermosa obra de Mendelssohn para Semana Santa: