Pronunciar con amor el Santísimo Nombre de la Virgen

Segundo sábado de septiembre con María, la Mujer del Santo Nombre, en lo más profundo de mi corazón. Hoy celebramos una fiesta hermosa: la del Santísimo Nombre de la Virgen. Este venerable Nombre lo honramos los cristianos desde hace muchos siglos. Es hermoso venerar el nombre de María pues el suyo es un nombre glorioso, acogedor, tierno, repleto de amabilidad. De origen hebreo Miriam significa Doncella, Señora, Princesa aunque para los cristianos el nombre de María tiene también otros importantes significados: “la elegida de Dios”, “la madre de Dios” o “la amada del Señor”.

Lo esencial de este nombre tan bendecido es que fue inspirado por el mismo Dios a los padres de la elegida por Él para ser Madre de su Hijo y que el día de la Anunciación fue pronunciado con reverencia y amor por el Arcángel Gabriel. Desde el día de su sí a Dios todas las generaciones cristianas lo repetimos con afecto y cariño a todas horas del día: “Ave María…” 

Exclamar María es encomendarse a su valiosa intercesión, a su omnipotente protección, a su gracia maternal, a sus indiscutibles beneficios, a su amor.  Ella vino al mundo para ser Madre de Dios y Madre nuestra.

¡María! Para mí decir el nombre de la Virgen es sentirme acogido en su regazo, es sentir su cercanía, su amor, su ternura, su protección, su confianza, sus gracias, sus dones, su misericordia, su cariño… Es sentir que estoy en la manos de la Madre del Dios vivo; es sentir la luz que me guía porque es Madre de la Luz Eterna; es sentirse acogido por la principal obra de Dios, moldeada para ser su Madre; es sentirse amado por la amada de Dios; es sentirse consolado por la Virgen Inmaculada; es sentir toda su belleza porque Ella es la más hermosa de entre todas las mujeres; es esperar siempre porque Ella elimina las tinieblas de la vida; es sentirse arropado en todo porque Ella es la casa de Dios; es hacerse presente en el sí de la Creación porque Ella es el altar de la Divinidad; es sentirse cubierta de su manto porque Ella es la que abraza siempre como abrazó al Niño Dios; es sentirse guiado porque Ella es la que reposa en la Sabiduría Eterna; es ver como endereza mi caminar porque Ella es la Estrella del Mar; es consolar mis tribulaciones porque Ella supo sufrir y comprende los sufrimientos pues fue traspasada por una espalda de dolor; es aceptar la cruz de cada día porque Ella mostró el valor de la cruz estando a los pies del madero santo; es sentir su consuelo porque Ella es la consoladora por excelencia; es sentirse hijo de la Iglesia, porque Ella Reina de la Iglesia Triunfante… Tantas cosas puedo decir de María, tantas glorias cantarle, tanto piropos decirle: María, Reina de la Misericordia, del Amor, de la Esperanza, hermosa como la luna, coronada con doce estrellas, brillante como el sol, mi esperanza, mi dulzura, mi alegría. María, Reina Santísima, ante la sola mención de este nombre solo puedo exclamar: ¡Todo tuyo, María!

Hoy mi oración es la hermosa plegaria de San Alfonso María de Ligorio dedicada al Santo Nombre de María: Oh María, llena de gracia, haced que vuestro nombre sea la respiración de mi alma! No me cansaré jamás de acudir a Vos, repitiendo constantemente: María! María! Qué inefable consuelo, qué dulcedumbre, qué ternura experimenta mi alma! Oh María!, amable María, cuando pronuncio vuestro nombre, doy gracias a Dios por haberos dado para mi felicidad nombre tan dulce y amable.

Nacida para ser Puerta por la que Dios entra la tierra

Honramos hoy con gran alegría y gozo el nacimiento de la Virgen María, la Madre de nuestro Dios y Señor Jesucristo. Y nuestra Madre. Hija escogida de Dios, la letanía de nombres a través de las generaciones nos retrotrae a la profundidad del misterio de la Encarnación. María es la puerta por la que pasa Dios para entrar en la tierra, en nuestro mundo.

Nacida para ser Madre del Salvador. .¡Qué bello! Nacida para ser corredentora del género humano. ¡Qué esperanzador! El desarrollo de la mariología a lo largo de los últimos siglos nos muestra hasta qué punto María sigue siendo la puerta por la que pasa Dios para alcanzarnos. María es la Puerta al Cielo cuando la invocamos en las letanías de los santos. Las múltiples apariciones de la Santísima Virgen en el mundo y la infinitud de milagros debidos a Ella ilustran bien esta verdad.

La acción de la Virgen María hacia nuestra humanidad florece y desarrolla su maternidad. Es porque María se convirtió en nuestra Madre durante nuestro bautismo que ella intercede de manera constante ante su Hijo por nosotros, pueblo de pertinaces pecadores. Así que al celebrar en este día el cumpleaños de María, le quiero mostrar todo mi afecto, todo mi amor, toda mi entrega, toda mi dedicación. Me pongo bajo su maternal protección: pongo en sus manos mi familia, mis hijos, mis amigos, mis compañeros de trabajo, mis grupos de oración, mi parroquia… Le confío a Ella el futuro de nuestras sociedades, que es motivo de gran preocupación. Le confío la conciencia de los políticos y los líderes sociales que atacan a la Vida y los derechos elementales de los seres humanos. Le pido para que abra la conciencia del ser humano para evitar sociedades que se pongan al servicio del egoísmo y del orgullo del hombre que rechaza a Dios! La vida, don de Dios, está siendo atacada. Hoy, celebrando la Natividad de la Santísima Virgen, valoramos especialmente la condición de los abortados, de los niños, de los abandonados, de los que no tienen nada: María fue un bebé, una niña. ¡Jesús mismo fue un bebé y un niño! ¡Dios se hizo hombre desde la fragilidad de un niño! 

Pero celebrar la Natividad de María es también celebrar un nuevo nacimiento que comienza en el corazón del ser humano. Es el comprometerse a rezar a Dios a través de su santa Madre, a través de la Puerta del Cielo, por las intenciones que salen del corazón abierto. No hay intercesión más eficaz y poderosa que la de la Virgen María. En estos tiempos en que se multiplican las leyes de la muerte, amenazas a la vida, leyes contra la naturaleza, contra la libertad humana, contra los derechos sociales… volvamos nuestro corazón y alma a la Virgen María. Que lleve bajo su manto a todos los que le encomendamos.

¡Virgen María, Madre de Dios y Madre mía, eres mi esperanza, el camino que me guía, la que me cubre con tu manto maternal, la que me enseñas a decir que sí a Dios, la que me muestra como meditar la Palabra del Padre, la que me acompaña en los vericuetos de mi existencia, la que fortalece mi fe tantas veces tibia! ¡Vuelve en cada momento, Madre, tu mirada sobre cada ser humano de este mundo, acoge sus sufrimientos, angustias y dificultades, protégelas con tu amor de Madre! ¡Cubre con tu mirada amorosa y misericordiosa las necesidades de cada persona, consuela con tus manos santas a los que viven en la incertidumbre, a los que están enfermos, a los que han perdido a algún ser querido, a los que están en la desesperación de la pobreza, a los que tienen el corazón o el alma herida por cualquier circunstancia! ¡Naciste, Madre, para ser Madre de la esperanza, del amor, de la fe, de la misericordia; cubre el mundo con estos valores que te definen para llenar de confianza a la humanidad entera! ¡Intercede, Madre, ante el Buen Dios para que estos momentos de prueba tan difíciles que estamos viviendo a todos los niveles alcancen ya el final y podamos vivir un camino de serenidad y paz interior y de mucha esperanza! ¡Ilumina, Madre, a los dirigentes del mundo para que nos guíen según el bien común y haz que las conciencias de los poderosos están dirigidas para hacer siempre el bien para la sociedad! ¡Y a todos, Madre, haznos niños, llenos de bondad y generosidad, humanidad y caridad, para ser constantes en la fe, firmes en la esperanza y constantes en la oración!

Hacer mío el «fiat» de la Anunciación

Hoy celebramos un día bellísimo: la fiesta de la Anunciación. Me situó en la escena: el ángel de pie junto a un zaguán y María arrodillada en actitud de oración, de escucha y de interioridad. En silencio humilde, en un acogimiento del corazón, María escucha del ángel que va concebir un hijo al que dará por nombre Jesús y al que se le conocerá como Hijo del Altísimo. Y María da su fiat. Se convierte así en la morada del Hijo de Dios. Para siempre, en un rol único y privilegiado. ¡Ser la Madre de Dios! ¡Qué privilegio!
Dios nos ofrece a Jesús al mundo a través de María, la sierva del Señor, y continuará permaneciendo espiritualmente en ella hasta el final de su vida e incluso hasta la gloria del cielo. María se define a sí misma como una doncella que se pone al servicio del proyecto de Dios. Al convertirse en la Madre del Salvador, la Madre de Dios, la Madre de la Iglesia, María, se presenta como una persona que sirve: responder a la voluntad de Dios es servir. Desde el pesebre en Belén al pie de la cruz, María se entrega por completo a su Hijo; este Hijo a quien ella seguirá hasta el final, en los momentos alegres de Caná, en los momentos dolorosos de la Pasión y en los momentos gloriosos de la mañana de Pascua. María, sierva del Señor, anuncia, de cierta manera, el camino que Cristo enseña de vivir no para ser servido sino para servir.
Y al pie de la cruz, la Madre de los dolores, se convertirá en nuestra Madre, ya que Jesús la entrega a toda la Iglesia diciéndole al apóstol Juan que nos representa a todos a los pies del madero santo: “He aquí a tu madre”.
El ‘sí’ de María, el día la Anunciación, definitivamente abrió la historia de la salvación a la venida de Dios a nuestra humanidad, a la Encarnación del Hijo de Dios en nuestra carne, a la presencia entre nosotros de la Palabra de Dios.
Hoy es un día hermoso. Y como María deseo aceptar plenamente la palabra de Dios en mi corazón, recibir con alegría las buenas noticias de Dios, aquellas promesas de que todo se hará realidad en mi vida. Aceptar la Palabra de Dios no es simplemente dejarla sonar en mis oídos y luego olvidarla, sino, seguir a María, dejar que se forme en nosotros y en nuestro corazón. Y como María quiero decir: ¡Hágase en mi según tu palabra! ¡Cuánta confianza en estas palabras de María! ¡Qué confianza en esta ilimitada acogida de todo lo que Dios le pide: convertirse en la madre de Aquel que reinará para siempre y cuyo reinado no tendrá fin! Si hay una actitud profunda que caracteriza a María, es su confianza en Dios, una confianza que quiero incrustar en mi corazón. Frente a las cosas que van más allá de Ella, que la preocupan o la cuestionan, María no pierde la confianza sino que medita y guarda en su corazón todos estos eventos. El corazón de María es un corazón creyente y confiado, incluso cuando es traspasado por el dolor. Ella siempre permanece fiel hasta el final, fuerte en su fe y en la misericordia de Dios. ¡Cuanto tengo que aprender de María!
En esta fiesta de la Anunciación, hago mío el “sí” de María y aprender a decir “sí” a la venida de Cristo en mi vida. Siguiendo a María, siempre me atreveré a decir “sí” al plan de Dios colocándome como ella el delantal del servicio, escuchando la Palabra de Dios y atreviéndome a seguir adelante, en caminos a menudo difíciles y desconocidos, en confianza, a donde el Señor me guíe porque nada es imposible si caminas de la mano de María y de la sombra invisible de Dios.

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Hoy mi oración es el canto pausado y sereno del Magnificat:

Proclama mi alma la grandeza del Señor,
se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;
porque ha mirado la humillación de su esclava.
Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,
porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí;
su nombre es santo,
y su misericordia llega a sus fieles
de generación en generación.
El hace proezas con su brazo:
dispersa a los soberbios de corazón,
derriba del trono a los poderosos
y enaltece a los humildes,
a los hambrientos los colma de bienes
y a los ricos los despide vacíos.
Auxilia a Israel, su siervo,
acordándose de la misericordia
-como lo había prometido a nuestros padres-
en favor de Abrahán y su descendencia para siempre.
Gloria al Padre y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
Por los siglos de los siglos. Amén.

¡Es una bendición tenerte como Madre, María!

Cuarto sábado de febrero con María, la Mujer bendita entre las mujeres, en lo más profundo de mi corazón. Es María, la que con su presencia y su mirada acaricia mi despertar en este día. Es Ella la que cada día va acompañando mis pasos ciertos e inciertos, firmes y vacilantes, de cada jornada. Es Ella la que me toma de la mano para que pueda seguir caminando para hacerme entender que debo hacer el bien cada día.
Es Ella la que me da el calor de la esperanza cuando decae mi ánimo, cuando me abraza y me acurruca en su pecho maternal en el momento que me sobrevienen las dificultades; es Ella la que me reconduce a Jesús cuando me desvío del camino que hacia Él me lleva.
Me siento seguro en las manos de María. Me siento alegre y confiado sintiendo su presencia. Me gustar rezarle y hablarle porque con Ella hay una relación de complicidad, de cariño, de amor, de protección. Es una gran bendición tener a María como Madre. Es un regalo tenerla como obsequio de Dios porque Ella te abre la puerta del corazón a Jesús, te adentra en la casa del Padre, te coloca en el atrio donde mora el Espíritu Santo que arroja luz sobre tu vida. ¡Que gran bendición la de María, porque su ejemplo te humaniza, de hace más pequeño y humilde, te hace entender que debes prescindir de tus soberbias y egoísmos y, sobre todo, te acerca más a Cristo, razón de nuestra existencia!

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¡Bendita tu eres entre todas las mujeres, Virgen María! ¡María, llena eres de gracia, llena de la vida de Dios, entrégame un poco de tu santidad y de tu gracia para crecer en virtudes, en santidad, en pureza, en humildad, en donación al prójimo, para tener una belleza en mi corazón que transmita a tu Hijo, para ser testigo de la alegría, esperanza para el prójimo, para ser tan sencillo como lo eres Tu, para llenarme del amor de Dios en mi vida! ¡María, tómame de tu mano, para que camine seguro por las imperfecciones de la vida, para no tener miedo y dar siempre un sí confiado a Dios, para aceptar su voluntad, para preparar mi corazón a los vaivenes y dificultades de la vida, para tener siempre mi alma pura para acoger a Cristo en la Eucaristía como tu lo llevaste en tu seno maternal cuando diste el sí al ángel, para que acompañarte en el camino de la cruz yendo junto a Jesús, para ponerme a los pies de la cruz y sentirme Iglesia contigo, para ir de tu mano hacia la santidad de la que tan alejado estoy cada día! ¡María, que ruegas por los pecadores, soy un hijo tuyo pecador, hijo pródigo que con frecuencia me desvío del camino, ruega a Dios para que no me desvíe de la senda del bien; dile a Jesús que me falta el vino, que a veces se me termina la alegría y la esperanza, que no soy capaz de dar amor, que necesito abrazar en mi interior la verdad y la vida, pídele que me conceda la gracia de vivir en santidad! ¡Bendita eres, María, que viviste siempre a imagen y perfección de Dios, que eres el modelo de mujer cristiana, que eres del ideal y modelo de ser humano, que eres el mejor apóstol de tu Hijo, que eres la llena de gracia, me uno en este día a Ti, María, y te entrego la pequeñez de mi vida para que la eleves al Padre y hagas de mi un ser cristiano auténtico, alegre y esperanzado! ¡Te amo, María, como Madre de Dios, como Madre mía, y te venero y me lleno de orgullo de llamarte Madre! ¡Enséñame a amar, a ser bueno, a no caer en la tentación, a no endurecer mi corazón, a escuchar siempre la voz del Espíritu Santo y, sobre todo, hazme instrumento útil de tu Hijo Jesús!

Puerta del Cielo

Primer sábado de noviembre con María, Puerta del Cielo, en el corazón. Los dos días precedentes hemos conmemorado la fiesta de todos los santos y los fieles difuntos. Hoy es el día adecuado para acudir a quien es reina y soberana de cielos y tierra para que alivie y libere a las almas que se hallan en el Purgatorio y les abra las puertas del paraíso, allí donde vive Dios y el hombre está destinado para vivir feliz durante toda la eternidad.
Hoy, especialmente, cuando rece las letanías pondré atención en el Puerta del Cielo dedicado a María porque la Madre de Jesús no solo es la puerta del paraíso para quienes peregrinamos por este valle de lágrimas sino que es, sobre todo y por encima de todo, la puerta de gracia y de la misericordia. Ella te lleva al cielo pero también te ayuda a entrar en la vida de Jesús, su Hijo.
Es lo que le pido hoy a la Puerta del Cielo, unirme a Ella para que abra la puerta de la eternidad a los seres queridos que nos han dejado pero, sobre todo, para que me abra a mi la puerta a la felicidad eterna. Sentir que caminar junto a Ella sea tocar un trozo de cielo, sentir el preludio de esa eternidad anhelada al que se llega haciendo el bien y amando. Y pedirle que cada acto de mi vida sea, como hizo Ella, un acto de amor, un trozo de cielo. Que me vida sea un canto de felicidad para gozar junto a Ella de su amado Jesús, el amigo que nunca abandona.

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¡María, Puerta del Cielo, me uno a ti para que me ayudes a avanzar por los caminos de la vida, para alcanzar el cielo que es la plenitud de Dios! ¡Ayúdame, María, a que cada paso de mi vida esté impregnado de amor, que sea una experiencia de del amor divino, que se convierta en un trozo de cielo que lo llene todo de alegría y de amor! ¡Me entrego a Ti, María, Puerta del Cielo, para aprender de ti a amar y a darme a los demás, a impregnar mi vida de la presencia de tu Hijo! ¡Dios vino a los hombre a través tuyo, María, y de tu mano, Señora, anhelo entrar en la eternidad traspasando la puerta del cielo! ¡Ilumina, María, cada uno de mis pasos y ayúdame a peregrinar por la senda del amor! 

Salve generosa, de Hildegarda von Bingen:

El Santo nombre de María

Hoy es la fiesta del santo nombre de María, establecida por el Papa Inocencio XI, el año 1683, en memoria de una victoria memorable ganada por los cristianos sobre los turcos, con la protección visible de la Reina del Cielo bajo las murallas de Viena después de que el rey de Polonia exclamará después de la Misa: “Caminemos con confianza bajo la protección del Cielo y con la asistencia de la Santísima Virgen María”.
El nombre de María es un nombre glorioso, amable, pacificador, que te remite al amor de la Virgen. ¡Que el nombre de María con el de Jesús y el José esté incesantemente en mis labios y en mi corazón!
Llamar a alguien por su nombre significa ponerse en contacto con él. Entre el nombre y el que lo sostiene existe una relación estrecha y sustancial, una afirmación sobre la esencia de quien lo usa, algo de su propia naturaleza, a veces un programa de vida completo, o una misión. El nombre expresa todas las cualidades y aptitudes de la persona nombrada. Designa su misión, su valor personal. En la Biblia, por ejemplo, Jacob, después de su lucha nocturna contra Dios, recibe de Él un nuevo nombre: “Israel”. Jesús le da a Simón un nuevo nombre: Kephas, Pedro. Dios le da a Adán el poder de nombrar animales. Para dar un nombre a un animal o un ser humano, hay entender o intentar comprender la naturaleza de la persona, su papel en este mundo. Dios mismo le reveló su nombre a Moisés: ¡Yahvé! ¡La Ley prohibía la representación de Dios como una imagen o estatua, pero Moisés podía llamarlo por su nombre! Invocar su nombre, llamarlo por su nombre, es entrar en una relación de conocimiento y amor con él. En la religión musulmana, no existe esta relación de intimidad con Dios. Tenemos esta gracia porque Dios se nos reveló y nos permitió llamarlo por su nombre. María Magdalena reconocerá a Jesús resucitado, cuando lo llama por su nombre: “María”.
María es un nombre de salvación porque el de la Madre es el de llave que abre las puertas del cielo, es la estrella que ilumina nuestro camino, que da brillantez a todo el universo, que penetra en las sombras tantas veces profundas del corazón, que alecciona a las almas para fortalecer sus virtudes y derrotar sus defectos.
Cuando pronuncias el nombre de María los vientos de la tentación escampan; las tribulaciones del corazón aminoran, los vientos del orgullo se disuelven, la tristeza desaparece, la desesperación se torna esperanza. En los momentos de desesperación, de congoja, de duda, de angustia… cuando pronuncias el nombre de María todo parecer que se reconforta.
Me ocurre con frecuencia. Cuando acudo a María mi corazón se transforma. Te ayuda a no desviarte, a no desesperarte, a no caer. Te sientes protegido, tus temores aminoran, tus miedos se apaciguan.
Hoy le pido al Señor que me de una devoción más amorosa y más confiada a la Virgen María. María, la Madre, la que responde de inmediato a los hijos que la llaman por su nombre.
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¡Oh dulce Virgen María, bendícenos siempre, guíanos, enséñanos a amar a Jesús y a caminar por el camino de la santidad! ¡Dios te salve, María…! ¡María, Madre, qué hermoso es tu nombre! ¡Qué hermoso el nombre de la Madre de Dios! ¡El nombre de una Reina, de una doncella sencilla, puerta del cielo! ¡Hoy quiero darte gracias por todo lo que eres para mi, la unión de los hombres con Dios, que se hace en tu seno de Madre! ¡Te doy gracias, María, porque eres el centro de la unión de Dios con nosotros! ¡María, Madre, tu nombre me evoca generosidad, esperanza, fe humildad, fortaleza, confianza, amistad, fidelidad, sencillez, pureza, sostén de la Iglesia, apertura de corazón, misericordia, compañera, valentía, decisión, esclava del Señor, dulzura, maternidad abierta a toda la humanidad, estrella de la evangelización…! ¡Quiero parecerme a Ti, María, en todo! ¡Transforma mi corazón, hazlo nuevo, unido a Jesús! ¡Hoy pronuncia con alegría tu nombre, María, imploro tu ayuda y me cobijo bajo tu maternal protección! ¡María, te amo con todo mi corazón y amo también tu santo nombre! ¡Que no deje nunca de invocarlo para que no dejes de salir a mi encuentro, para que en los momentos de dificultad no dejes de consolarme con tu dulce presencia, para que intercedas ante Jesús y me llenes de gracias y bendiciones divinas, para que seas mi abogada cuando caigo, para que me endereces cuando me aparte del camino, para que ablandes mi corazón! ¡Que no deje nunca de nombrarte, María, para llenar mi corazón de fe, de amor, de confianza y de esperanza porque quiero que todo mi ser ser impregne de la gracia de Dios que se derrama a través tuyo! ¡María, guíame siempre por los caminos de la vida porque quiero llegar al cielo en tu compañía!

Ave Maria, gratia plena Sancta Maria gratia Ave Maria, mater Dei Maria, ora pro nobis:

María, Madre de la Iglesia

Cuarto sábado de junio con María, Madre de la Iglesia, en el corazón. Al pie de la cruz la Iglesia vio la luz. Jesús, viendo a su madre arrodillada, rota de dolor, y junto a Ella a Juan, el discípulo a quien amaba, exclamó: «Mujer, ahí tienes a tu hijo». Y, a continuación, mirando al discípulo dijo: «Ahí tienes a tu madre».Desde momento el discípulo amado la acogió en su casa.
Y rememorando este episodio de la Pasión tomas conciencia de que eres parte viva de la Iglesia porque Juan nos representa a todos y porque María, que es nuestra Madre, es también Madre de la Iglesia, a la que hay que acoger en el corazón para poner en práctica el Evangelio de Jesús que es al mismo tiempo el Evangelio de María.
Por eso la Iglesia es mariana, porque tiene en María el espejo para imitar en perfección y santidad pues la Virgen prefigura a la perfección la imagen de la Iglesia.
Un Iglesia que desde dentro dice «sí» a Dios como hizo María; que sale al encuentro del prójimo y de la vida como hizo María con su prima santa Isabel; que ora e intercede por la transformación del mundo; que alaba y bendice la obra de la Creación y se extasía por las maravillas que provienen de Dios; que trasciende a lo profundo del alma humana y deja constancia de que Dios es amor.
Una Iglesia que levanta al caído, que perdona setenta veces siete, que se conmueve por los desheredados de la tierra, que ofrece sus manos al que se halla a la vera del camino, que no juzga el pasado de nadie y que sana las heridas del sufrimiento con humildad y dulzura.
Una Iglesia que recuerda que el Padre es amoroso y que abraza a todos los hijos pródigos que buscan su misericordia, que no prejuzga el pecado del hombre porque busca su redención, que ama la vida y defiende al no nacido, al desahuciado por la enfermedad y allí donde un corazón, por muy débil que esté, va palpitando.
Una Iglesia que abraza al desesperado, que espera con las puertas abiertas el regreso del hijo pródigo, que hace fiesta con cada alma que se acerca a Dios, que canta el gloria cada vez que se produce una conversión.
Una Iglesia que acepta las dudas de sus fieles, que ofrece certezas que vienen de la fe y de la gracia del Espíritu, que llena de vida al que confía, que trata de dar respuestas al que busca.
Una Iglesia que no vive de los oropeles con la que se le prejuzga sino que, en realidad, es como esa pequeña casa de Nazaret, humilde y sencilla, donde habita el Dios del amor y de la misericordia.
Una Iglesia que llora con el que sufre, con el que no tiene nada, con el oprimido, con el humilde.
Una Iglesia abierta al fuego abrasador del Espíritu Santo y al viento poderoso de su gracia.
Una Iglesia que es en si misma también la imagen del Magnificat porque la Iglesia es María, es alegría, es esperanza, que mira la humillación de los humildes, que esparce su misericordia sobre cada generación, que dispara a los soberbios y enalteces a los pequeños y que se alegra en Dios, el Salvador del mundo.
Y todo este mundo nació al pie de la Cruz, el día en que Jesús, mirando a su Madre, exclamó: «Mujer, ahí tienes a tu hijo». Fue aquella tarde una noche de muerte pero también de vida, motivo de fe y de alegría.

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¡Gracias, Señor, por la constitución de tu Santa Iglesia a los pies de la cruz! ¡Gracias, Señor, por darnos a María, tu Madre, como Madre de todos y de la Iglesia! ¡Gracias por este acto de misericordia y de amor que nos abre a vivir acorde con Tu Evangelio que es el Evangelio de tu Santa Madre! ¡Gracias, porque con Ella podemos ir al encuentro de tu persona y del prójimo, caminar a su vera para hacer el camino de la vida que nos lleva hacia el cielo prometido! ¡Gracias, Señor, por tu Iglesia Santa, don gratuito de Dios que María lleva con preciado regalo en sus entrañas de Madre! ¡Gracias, Señor, por la fuerza que infunde el Espíritu Santo sobre tu Iglesia, llevándola en el devenir de la historia para hacerla cada día más santa, más católica y mas apostólica! ¡Gracias, Señor, porque de la mano de María podemos ir cada día al banquete del cordero, donde Tu te inmolas por nuestra redención! ¡Hazme, Señor, acoger en mi corazón como miembro de tu Iglesia a los que sufren, a los que no tienen nada, a los despreciados, a los humillados, a los Zaqueos de este mundo, a los publicanos, a los que no te conocen, al abandonado a la vera del camino, al ciego, al paralítico de Betsaida, al leproso, a la samaritana, a rico de nacimiento que te abandona, a los de la pesca milagrosa o del monte de las Bienventuranzas, a la mujer adúltera… hay muchos que necesitan de nuestra amor y de nuestro encuentro para darte a conocer, Señor! ¡Envía tu Espíritu Señor para que dote a tu Iglesia de la gracia de la fortaleza, la sabiduría y la piedad para ser testigo de tu Evangelio! ¡Y a ti, Padre, gracias porque la Iglesia es tu mismo corazón que nos lo diste por medio de tu Hijo a los pies de una cruz!

Hermoso himno Mater Ecclesiae que dedicamos a Nuestra Madre, Madre de la Iglesia:

¿En qué doy gusto a Dios?

Primer sábado de junio con María, Reina de la alegría, en el corazón. Esa alegría de María le hizo apreciar las cosas de la vida con una delicadeza especial.
La permitió interiorizar la llamada del Ángel, disfrutar de los nueve meses de maternidad, gustar del educar al Hijo de Dios —¡menuda responsabilidad si uno lo analiza bien!—, amar a san José y a Jesús desde la entrega y la caridad, disfrutar de la vida familiar y de la amistad… Esa delicadeza también se manifestaba en sus estados de ánimo: gozo ante la visita de los pastores y los Magos que honraban a Jesús, dicha al saludar a santa Isabel, felicidad viendo crecer a Jesús, serenidad interior cuando conservaba todo en el corazón, temor al perder a Jesús en el templo de Jerusalén, confianza en Caná cuando indicó a los sirvientes el «haced lo que Él os diga», tristeza profunda en la mañana de Pascua, dolor ante la crucifixión, regocijo ante el sepulcro vacío, paz la noche de Pentecostés…
El mayor gusto de la Virgen, sin embargo, fue complacer en todo a Dios. Desde su corazón abierto al Padre, María deseó en todo momento hacer el bien con humildad, sin ruidos, con confianza, llena de certeza y esperanza, obediente siempre a la voluntad de Dios, consciente de la enorme responsabilidad que había asumido.
Contemplas a María, observas esas docilidad de hija de Dios y te preguntas con el corazón abierto: ¿En qué doy gusto a Dios? ¿Está mi vida impregnada de la misma fragancia que tenía María tratando de crecer y esperar siempre en el Padre? ¿Actúo como María buscando dar gusto a Dios con mis palabras, con mis gestos, con mis obras y mis pensamientos?

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¡María, Madre del amor hermoso, me entrego enteramente a Ti y te pido que me ayudes a gustar la presencia de Dios en mi vida como hiciste Tu a largo de tu existencia! ¡Concédeme la gracia de amar a todos los que me rodean como amaste Tu y amar a Dios con el corazón siempre abierto! ¡Dame el gusto por las cosas de Dios, ese gusto que te llevó a aceptar siempre Su voluntad! ¡Quiero, María, vivir un cristianismo nuevo, el de la alegría que tu representas, el de la oración y la piedad que te tienen a Ti como máximo exponente, el de la caridad y el servicio que te muestran como la primera discípula de Jesús, la del amor que impregna toda tu vida! ¡Permíteme caminar desde la verdad y no desde el miedo, desde la autenticidad y no desde la insubstancialidad de las cosas! ¡Ayúdame, María, a comprender que mi vida espiritual no es una conquista propia sino que es un don del Espíritu que hay que acoger en el alma como hiciste Tu! ¡Ayúdame a ver a Jesús, Tu Hijo, Dios y hombre, mediador entre el Padre y cada uno de nosostros, que es el camino, la verdad y la vida! ¡Concédeme la gracia de gustar de mi fe, con firmeza y alegría, con esperanza y confianza, y proclamar que ha sido resucitado gracias tu Hijo y que estoy en este mundo para darle gloria a Dios! ¡Concédeme, María, la gracia de amar siempre a Jesús, de quererle e identificarme con Él y proclamarle como Rey del Universo! ¡Hazme bueno María, hazme alegre, confiado, profundamente piadoso, generoso hasta el extremo, sumiso a la voluntad del Padre, entregado al servicio al prójimo, amoroso con un amor desprendido; hazme como Tu, María, para gustar de las cosas de Dios en el día a día de mi vida! ¡Quiero, María, llenar mi vida de Jesús, sentirme salvo por su gracia gratuita, experimentar su cercanía y comprender que en Él todo lo tengo! 

La alegría del primer sábado de mes me invita a celebrarlo con este hermoso Sancta Maria, mater Dei, KV 273, gradual para la fiesta de la Bienaventurada Virgen Maria obra de Mozart compuesta en 1777 para solistas, coro, cuerdas y órgano. ¡Una maravilla en honor de María!

En mi vida: ¿qué tienen más relevancia mis sentimientos o mi fe?

Segundo sábado de mayo con María en el corazón. Cada uno de nosotros tiene un plan que Dios, desde el momento mismo de nuestra concepción, ha dejado impreso en nuestro corazón para llevarlo con alegría a término.
Te imaginas a María en aquel día de Nazaret. Sentada junto al zaguán de la ventana se le aparece un ángel que le anuncia que será la Madre de Dios para que, por medio de Jesús, poder entrar en la historia humana. Por medio de la Anunciación a María, Dios se ha hecho hombre para que los hombres podamos participar de su naturaleza divina.
Por sus palabras y pese a su desconcierto inicial—el diálogo debió ser sereno y pausado, repleto de una intensa emoción— considerando que sin varón aquella maternidad era irrealizable creyó en Dios y le dio el fíat que inició la redención del hombre. 
En apariencia Dios había escogido a una sencilla campesina de Galilea alejada de la actualidad de Israel, una débil en la Torá, para convertirla en su Madre, que a los ojos del mundo no estaría preparada para tamaña empresa. Lo hizo porque atesoraba cualidades hermosas que hicieron que se fijara en Ella para llevar a término el gran misterio de la Encarnación de Jesús como su fe, su piedad, su humildad, su predisposición al servicio, su fidelidad y su capacidad para guardar secretos en lo íntimo del corazón.
Toda mujer que goza de la oportunidad de ser madre disfruta de un enorme privilegio. Ser madre implica abrigar a un ser vivo en tu interior, el gran privilegio y honor de dar la vida a otro ser humano como obsequio de Dios. Pero a María se le invita a creer en una maternidad virginal de la que no había precedentes y Ella, fiel en lo mucho y en lo poco, no se dejó llevar por sus sentimientos encontrados. Se fió de Dios pues Dios le pedía que aceptara una verdad nunca antes anunciada y Ella la acogió con audacia, sencillez y amor poniéndose a su disposición y creyendo, por encima de todo, en su Palabra.
Con su fe, libremente expresada, y con sentimientos de profunda gratitud y emoción María aceptó la voluntad de Dios a sabiendas que iba desempeñar un papel decisivo en la realización del misterio de la Encarnación, que da comienzo y sintetiza toda la misión redentora de Jesús.
Adentrado en el cuadro de la Anunciación, me pregunto si en mi vida tienen más relevancias los sentimientos que la fe; me cuestiono si como la Virgen me abandono sin cuestionarme a la gracia de Dios o si en mi vida son más decisivos los interrogantes que me acosan o la confianza que debería tener en el plan que Dios tiene pensado para mí.

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¡Ayúdame, María, a que la casa de mi corazón este siempre preparado como el tuyo para que Dios pueda entrar en él, relevarse y hablare en lo más íntimo! ¡Que los planes de Dios no me desconcierten, Madre, como no lo hicieron contigo pues tenías una vida de profundo oración! ¡Ayúdame como hacías Tu cada día, María, a pedirle a Dios que se cumpla su plan en mi! ¡Ayúdame, María, a estar abierto siempre a la visita de Dios, a lo novedoso de su voluntad! ¡Ayúdame, María, a ser dócil a la invitación del Espíritu Santo para se abran de par en par las puertas de mi casa interior y que nada frene la llamada de Dios! ¡Ayúdame a interiorizar el No temas del ángel para tener siempre confianza en los planes de Dios! ¡Ayúdame, María, a interiorizar en mi corazón la Palabra del Evangelio y adoptar siempre una actitud de predisposición interior para entregarme a la voluntad de Dios! ¡Que como tu, María, se cumpla en mí según la palabra de Dios, para que mis sies estén impregnados de fe, confianza e incondicionalidad, para amar su voluntad, para ser testimonio de mi ser cristiano! ¡Ayúdame, María, a aceptar con autenticidad el plan que Dios tiene pensado para mí con una entrega sencilla pero fiel!

Jaculatoria a María en el mes de mayo: ¡María! Te agradecemos el regalo que nos ha hecho Dios, ponernos en tus manos para hacernos santos. Amén.

Cantamos hoy un Regina Coeli, con un ritmo moderno:

Parte de ese proyecto de Amor querido por Dios desde la eternidad

Tercer sábado de Adviento con María en el corazón. El Adviento es tiempo de confiar y esperar como y con María. El Adviento es tener la alegre expectativa de recibir al Emmanuel, el Dios con nosotros, un Dios que hace su entrada en la historia de la humanidad a pesar por todas las barreras que el hombre le pone para compartir las ansiedades, las alegrías, las tristezas, las esperanzas y las preocupaciones de toda la humanidad. ¡Y esta es la gran novedad del cristianismo! ¡Dios que ama tanto a la humanidad se convierte en un miembro más de este mundo a veces tan irracional!
Esta hermosa experiencia de salvación no podría haberse realizado sin el generoso y libre “sí” de María, que se puso a disposición de Dios para ser la Madre de Jesús. Un día más para contemplar a María, una joven entre tantas de Nazaret, una criatura sencilla y humilde, desprovista de una gran cultura y de familia social muy modesta. Ella podría haber empleado su libertad para, legítimamente, decirle que no a la misteriosa por no decir sorprendente propuesta del ángel Gabriel, el Mensajero de Dios. Y Dios habría respetado esta libertad, porque Dios nos quiere y nos ha creado totalmente libres, hasta el punto de que podemos decir que no y cerrarle la puerta de nuestro corazón. Sin embargo, María respondió: “He aquí la sierva del Señor; hágase en mí según tu palabra”.
Esta respuesta de María es una adhesión libre a la voluntad de Dios, al proyecto del Amor de Dios. No se trata de un sí de conveniencia para liberarse los planes de Dios, como nos sucede tantas veces en la vida, para decir que sí para deshacernos de alguien que nos molesta, sin la libre adhesión de nuestra parte. La respuesta de María no está motivada por el temor o la aprehensión ante un posible castigo. María se acoge a la pedagogía de la comprensión. La pedagogía del amor de Dios.
El sí de María es un acuerdo libre, consciente e incondicional a un proyecto que proviene del Creador. Un Dios que no utiliza su fuerza y que no trata de imponerse a sí mismo, sino un Dios que quiere conducir a la humanidad simplemente a la salvación, humillándose y disminuyéndose a sí mismo, y utilizando nuestras libertades en la vida cotidiana.
María es consciente de que con su sí forma parte de ese proyecto de Amor querido por Dios desde la eternidad. María entendió que Ella formaba parte del pensamiento de Dios para integrar su plan de salvación. Pero María también sabe que la maternidad tendrá consecuencias difíciles de soportar en la sociedad y la cultura de su tiempo. Ella aceptó enfrentar ese peligro confiando en el Señor que nunca nos abandona cuando nos confía una misión.
En este sábado de Adviento, María surge de nuevo como el icono vivo que nos acompaña en nuestra espera de la fiesta de la Natividad. El icono de la esperanza, de la alegría y de la fe. Y hoy soy más consciente que nunca que debo obtener estas virtudes teologales provenientes de Dios para permitirle al Señor nacer todos los días, libre y confiadamente, en mi corazón.

orar con el corazon abierto

¡Me consagro en este día a Ti, Señora del Adviento, Madre de todas mis esperanzas! ¡Me confío a Ti, Señora que has sentido a Dios en tus entrañas y no lo traes al mundo para ser esperanza y salvación de Dios, apoyo espiritual y camino que ilumina la vida ¡Todo tuyo, Madre de todos mis anhelos, Tú que has recibido el poder del Espíritu para dar cuerpo a las promesas de Dios! ¡Concédeme la gracia, María, de encarnar con mis gestos, mis miradas, mis pensamientos y mis actos el Amor, signo del Reino de Dios, a todas las personas que me cruce en el camino! ¡A ti me confío, María, Señora del Adviento, Tú que has dado rostro a nuestro futuro! ¡María, Tú que contemplaste al Niño en Belén, ofréceme la ternura de Dios que tanto necesito! ¡Nuestra Señora del Adviento, Madre del Crucificado, llega a todos los que sufren y acompáñalos con su nuevo nacimiento en los brazos del Padre! ¡Nuestra Señora de Adviento, Tú que eres también el icono de Pascua, concédenos estar siempre vigilantes para acoger a Jesús con el corazón abierto! ¡María, que respondiste con un “Sí” al proyecto que el Señor tenía para la humanidad, que aprenda de ti a ser uno con el mundo de hoy y permíteme contigo clamar que”Sí” cuando Jesús se haga presente en el mundo en esta Navidad!

Ave Regina coelorum (Salve Reina de los Cielos), de Rupert Ignaz Mayr: