¡Gracias, María, por abrirnos las puertas del cielo!

Tercer sábado de agosto con María, Reina del Cielo, en lo más profundo de mi corazón. «Desde ahora me felicitarán todas las generaciones porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí». Esta frase no la pronuncia María en el momento de su Asunción al cielo, fiesta que hoy celebramos, sino el día de la Visitación. La Virgen se ha quedado encinta; su embarazo acaba de comenzar, Jesús aún no ha nacido. ¡Pero ella exclama confiada: «ahora»!. 

A lo largo de su vida, ¿experimentará María algo parecido al cumplimiento de esta profecía? ¿Experimentará la gloria terrena? ¡Nunca! ¿La felicidad terrena? Lo desconocemos.

Camino del Calvario, una mujer entre la multitud le espeta a Jesús: «¡Dichoso el vientre que te llevó y los pechos que te amamantaron!». Pero Jesús puso a aquella mujer en su lugar porque aún no era el momento de llevar a María a los altares. La gloria tardó mucho en llegar a María; las primeras generaciones cristianas le dieron poco espacio a la Madre de Dios, apenas se menciona en los Hechos de los Apóstoles y San Pablo nunca cita su nombre pues dice que Jesús «nació de mujer».

Sin embargo, cuanto más exploramos el misterio de Jesús, más estamos interesados ​​en María. ¿Por qué ? Porque es su Madre; una mujer enteramente humana que le dio a luz, acogió la Palabra de Dios, le acogió en su carne, ¡oh maravilla!, dando vida al mismo Dios.

Y este misterio de María que acoge la Palabra es simplemente el modelo de nuestra vida cristiana. María es la puerta, la puerta única para cada uno de nosotros: el umbral, el lugar y el momento de la recepción. En un doble movimiento Dios viene a nosotros y nosotros entramos en Dios. Hoy las puertas se abren en el cielo para recibir a la que recibió a Jesús.

La lección es transparente, es como si nos dijeran: dale la bienvenida a tu vida, él te dará la bienvenida a la suya. Esto es lo que sucede con María: Jesús acoge en su Resurrección a quien la había acogido en su Encarnación, en su carne, muy pequeño y aún invisible.

Nada sabemos sobre la Resurrección. Nada sabemos del cielo prometido. Nada del agujero negro de la muerte. ¡Nada! Pero creemos en este Jesús que nos lo contó someramente y que fue reconocido vivo después de su muerte, hecho que trastornó tanto a sus discípulos que de esta conmoción nació la Iglesia.

La fe nos hace ver que María es la puerta de entrada. Es así porque desde el principio María no se amilanó ante el anuncio del ángel y dijo que sí a Dios.

Recordemos que Jesús también lo dijo así: la vida eterna no es un mañana, es un ahora porque si guardamos su palabra nunca veremos la muerte. Pero somos como los escribas de su tiempo y, sin duda, como los discípulos mismos, y nos cuesta creerlo. Pero Jesús lo dijo una y otra vez, con insistencia: «Yo soy la Resurrección y la Vida, el que cree en mí, aunque muera, vivirá, y el que vive y cree en mí, no morirá jamás». Incluso si muere… ¡nunca morirá!

«¡El que cree en mí!». Creer es el acto fundacional de María e Isabel lo comprendió de inmediato por eso en su respuesta la Virgen afirmó que todas las generaciones me llamarán bienaventurada. 

Beatitud de la fe. Beatitud cristiana, bienaventuranza a imagen de los pobres que creen, de los corazones puros que se atreven a creer, de los afligidos que persisten en creer, de los perseguidos que se aferran a la fe, de los pacificadores que creen que la paz es posible a pesar de todas las adversidades.

La fe no evitará que caigamos al suelo, como Jesús, como el grano de trigo. Creer no es creerse invencible ni creerse eterno, no es creer en uno mismo sino creer siempre en el otro, en Jesús, en la Iglesia, en nuestros hermanos, cerca o lejos, en Dios.

En su solemnidad, quiero que María sea siempre mi modelo, que esa fe tan humilde que atesoró durante toda su vida se impregne en mi vida. «Bienaventurada la que ha creído» ¡Por eso es glorificada María! Por eso el canto del Magníficat es, también, un canto al Dios vivo, es un himno de fe y de amor, que surge del corazón puro y humilde de la Virgen. Como Ella quiero vivir con fidelidad ejemplar, quiero custodiar en lo más profundo de mi corazón la Palabra del Padre, quiero que mi vida sea una permanente alabanza a Dios, y contemplando a la Virgen, reforzar mi esperanza en la vida eterna para vivir como buen cristiano el tiempo que Dios me otorgue con nostalgia del cielo prometido que con gran gloria recibió a Nuestra Madre María y al que algún día aspiro a llegar.  

Hoy mi oración es recitar pausada y amorosamente el canto del Magnificat:

Proclama mi alma la grandeza del Señor, se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador; porque ha mirado la humillación de su esclava. Desde ahora me felicitarán todas las generaciones, porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí: su nombre es santo, y su misericordia llega a sus fieles de generación en generación. Él hace proezas con su brazo: dispersa a los soberbios de corazón, derriba del trono a los poderosos y enaltece a los humildes, a los hambrientos los colma de bienes y a los ricos los despide vacíos. Auxilia a Israel, su siervo, acordándose de la misericordia –como lo había prometido a nuestros padres– en favor de Abrahán y su descendencia por siempre. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo. Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Con María, Madre de la Misericordia

Este año como todos los años es un un año santo a los ojos de Dios. A los ojos de los cristianos es también un año santo de misericordia porque nuestras sociedades necesitan de la misericordia divina. Cuando proclamamos el Magnificat, repetimos el canto de Santa María a la misericordia, el amor alegre del Padre que devuelve la felicidad a una sociedad entristecida, apagada, individualista y hedonista. La Virgen es la primera Hija de la misericordia divina al tiempo que se convirtió en Madre de la misericordia porque de sus entrañas nació Dios mismo. Es lo que proclamamos en las letanías del Santo Rosario con gozo y alegría: Madre de la misericordia.
Este año es santo porque Dios se dirige hacia nosotros para salvarnos del pecado, de los egoísmos, de las soberbias, de la tibiezas, de las infidelidades que le procesamos. Es santo porque nos quiere santos. Por eso tenemos a María que vuelve hacia cada uno sus ojos misericordiosos y nos dignifica para que seamos capaces de contemplar el rostro de la misericordia de Cristo.
Desde la misericordia de María y a imitación suya te puedes hacer pequeño, humilde de corazón, bondadoso en gestos y palabras, servicial con el corazón abierto, dispuesto a que Jesús nazca en la propia vida.
Este año que comienza, santo a los ojos de Dios y santo para vivir la misericordia hacia el prójimo, acudo a María con confianza para que agrande mi corazón y me haga tener entrañas de misericordia en mi vida.

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¡Oh, María, eres la Madre de la Infinita Misericordia! ¡En este año que da sus primeros pasos, quiero poner a tus pies mi vida para que sea más misericordiosa! ¡Acudo a Ti para que me ayudes a ser libre en mis experiencias cotidianas y mis ataduras al pecado! ¡Te pido que fortalezcas mi fe para que pueda cumplir los designios del Padre y tener un corazón henchido de misericordia para llevarla al prójimo! ¡Haz, María, que las virtudes que te hicieron ser elegida por Dios se impregnen en mi pobre corazón y que los dones de tu misericordia se conviertan en un ideal para mi! ¡Que tu mirada, María, llena de misericordia y de amor sea la guía que me permita recorrer con esperanza mi camino interior! ¡Que sean tus manos puras, abiertas siempre a la misericordia, las que bendigan mi misión de cristiano! ¡Que tu corazón misericordioso abra mi corazón egoísta y soberbio para glorificar siempre al Padre, a Tu Hijo y sea capaz de llevar al prójimo los dones de la misericordia!

«El Señor ha hecho en mí maravillas».

Me estremece el corazón la humildad de la Virgen, su sencillez y su agradecimiento, su alabanza y su ternura. Hay una frase que me emociona: «El Señor ha hecho en mí maravillas».
Estas palabras que proceden del Magnificat representan la alegría de la Virgen María en ese encuentro dulce y tierno con su prima Isabel, en el canto más hermoso de servicio al prójimo. Es el canto repleto de alegría de quien lleva al Hijo de Dios en su vientre. Es la canción de alegría del encuentro con una persona a la que quieres. Es el canto alegre del encuentro de la humanidad con su Salvador. Este cántico de la Virgen, de la Iglesia misma y de cada creyente nos une a todos desde la oración de María para reconocer las maravillas que el Señor hizo por ella en su vida y hace también en nuestras propias vidas.
«El Señor ha hecho en mí maravillas». Para comprender esto hay que aprender a escuchar y prestar el oído del corazón.
En la Biblia, el corazón es nuestro ser más profundo, el lugar de compromiso y lucha. Es de él desde donde brotan las fuentes de la vida.
María es una mujer que busca porque es una mujer que escucha. En la Anunciación, María escucha desde el fondo de su corazón la palabra del ángel y entra en conversación con él para aceptar en su vida el plan de Dios: ser la madre del Salvador. Durante su visita a su prima, María escucha las palabras de Isabel y entra en conversación con ella e, incluso, va aún más lejos porque esta disponibilidad del corazón produce en los dos niños que llevan dentro un fuerte estremecimiento bajo la acción del Espíritu Santo En Caná, a través de su escucha, María intercede ante su Hijo por los novios para que sus invitados no carezcan del vino para la celebración. ¡Y cuántas veces leemos de los evangelistas que María guardaba todo en lo profundo de su corazón! ¡Se escucha a sí misma para que todo su ser esté predispuesta a la escucha de los demás y a la escucha de Dios! Al pie de la Cruz, María, a pesar del dolor, escucha y recuerda la Palabra de Dios, que le permite ponerse de pie y regocijarse de alegría el día de la resurrección. Así, María es la mujer del Magníficat y puede exclamar con gozo: «El Señor ha hecho en mí maravillas».
Esta actitud de escucha es también la de Cristo por su Encarnación. Jesús percibió la voz del Padre a través de las voces humanas: la de su madre, la de José, la de Pedro haciendo su profesión de fe, la de tantos que se acercaron a Él en su caminar por Galilea…
Hoy, como cada sábado, uno se siente invitado a cantar, imitando a la Virgen María: «El Señor ha hecho en mí maravillas». Esta frase es una invitación a dejarse guiar por la Virgen María en esta dinámica de escucha, de encuentro, de oración… Con María, dar un paso más en la fe, en esta mirada de fe en la persona que conozco. La fe ayuda a percibir la presencia de Dios en el otro y el amor nos devuelve, muy concretamente, a la persona del otro. Es en este intercambio de fe y amor donde puedo sentir y contemplar las grandes maravillas que Dios hace cada día por nosotros.

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¡Señor, haz de mi parte viva del Magnificat! ¡Ayúdame, María, a ser una persona que sea capaz de escuchar desde el fondo del corazón a Dios y a los demás, a tener una mirada de fe y de amor a imitación tuya! ¡Ayúdame, María, a llenar mi corazón de la Verdad, a acoger en lo más profundo de mi corazón la semilla de la fe, el susurro del Espíritu Santo que me presenta las maravillas que Dios hace por mí¡ ¡Y contigo, María, y con Tu Hijo Jesús, que aprenda a alabar a Dios por las gracias y los dones recibidos cada día!  ¡Que mi vida se convierta en una peregrinación que me lleve al encuentro auténtico con el prójimo, con una escucha abierta y generosa, con una mirada de fe y de amor a todos, a mi familia, a mis amigos, a mis compañeros de trabajo, a la  comunidad, a la parroquia, a nuestro mundo tan necesitado de fe y de amor, de esperanza y de caridad…! ¡Espíritu Santo, como hiciste con María, hazme receptivo a tus gracias y muéstrame cada día las maravillas de Dios hace por mi y ayúdame a dar testimonio de esta verdad! ¡Gracias, Padre, por tantas maravillas que haces cada día en mi vida: mi vida misma, mi familia, mis amigos, mis capacidades, mis decisiones, mi vida de oración, mi Eucaristía, mi encuentro con el prójimo, el disfrutar de las cosas sencillas, mi hogar, mi alimento, el amor de mis cercanos, mi encuentro con la belleza del entorno, mi capacidad para cargar la cruz… todas estas maravillas son producto de tu gran amor!

Con J. S. Bach cantamos hoy a María el Magnificat:

Desde la prudencia a la adhesión

Último sábado de enero con María en el corazón. Me gusta la prudencia de María, me invita también a buscar en mi vida esta virtud que durante tantos años he tenido aparcada. Cuando el el mensajero de Dios le anuncia a la Virgen que va a engendrar un hijo y que éste tendrá un destino excepcional, en lugar dejarse arrastrar por sueños de gloria, María pone en valor estas palabras: «¿Cómo será esto pues no conozco varón?» Ante la respuesta del ángel de que «nada es imposible para Dios» María responde serena y prudentemente: «Hágase en mí según tu Palabra». Es el consentimiento de una persona prudente que no se deja llevar por una adhesión entusiasta. Su respuesta le permite probar la credibilidad del mensaje del ángel san Gabriel. Y, entonces, sabedora de lo que le ocurre a su prima santa Isabel, corre rauda a vivir con ella su experiencia personal.
Lejos de ser excesivamente inocente, María ejerce la prudencia. Ser creyente no implica renunciar a la actividad de la razón. En la vida nos desafiamos constantemente tratando de probar lo que creemos o lo que se nos pide que creamos. La fe no debe confundirse nunca con la credulidad ni la confianza con la ingenuidad.
María necesitará del entusiasmo de su parienta también para creer.
Esta historia de María e Isabel es una invitación a compartir nuestra fe, nuestra experiencia, para conversar con otros sobre nuestras dudas como muy probablemente hizo la Virgen con santa Isabel. Es imposible avanzar en la fe cuando se está solo. No se puede creer en el pequeño rincón de la vida. Si no se comparten las propias creencias o las incertidumbres con los demás se corre el riesgo de seguir ciegamente cualquier cosa y la fe acaba por apagarse y desaparecer.
Con la ayuda de su pariente, María cree con firmeza lo que el ángel le revela y se adhiere a él con el canto del Magnificat que es una alabanza que repleta de citas de las Escrituras, de este tesoro que ella, profundamente creyente, conoce a la perfección: el Libro del Génesis, el de Samuel, el libro de los Salmos, de Job, de los Profetas… No hay una sola línea en este hermoso poema que que no surja de la verdad revelada.
¿Cuántas veces uno vive la experiencia de pensar que «esta palabra ha sido escrita o iba dirigida a mí»? Esto es lo que sucedió con la joven de Nazaret; la historia de la madre de Samuel, los cánticos de los Salmos, las promesas de los profetas… todo se unió a su propia historia personal.
Ante los acontecimientos extraordinarios de su vida, ante el sorprendente anuncio del ángel, María no permaneció pasiva. Trató de entender, desde la razón humana y desde la fe, el verdadero significado de aquellas palabras; lo hizo también a la luz de la experiencia de su pueblo, de todos los testigos que la precedieron en la fe.
María es un ejemplo maravilloso para mi propia experiencia vital, para mi viaje de peregrinación, para mi camino lento hacia la santidad de la que tan alejado estoy. Por eso camino, prudente, al lado de María. Ella ilumina mi vida con la luz de Dios.

orar con el corazon abierto

Hoy mi oración es el canto del Magnificat, el canto de la alegría del alma en el Señor:

Proclama mi alma la grandeza del Señor,
se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;
porque ha mirado la humillación de su esclava.
Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,
porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí,
su nombre es santo, y su misericordia llega a sus fieles
de generación en generación.
Él hace proezas con su brazo
dispersa a los soberbios de corazón,
derriba del trono a los poderosos
y enaltece a los humildes,
a los hambrientos los colma de bienes
y a los ricos los despide vacíos.
Auxilia a Israel, su siervo, acordándose de la misericordia
como lo había prometido a nuestros padres
en favor de Abrahán y su descendencia por siempre.
Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo.
Como era en un principio, ahora y siempre
y por los siglos de los siglos. Amén.

Cantamos alegres el Magnificat de Vivaldi:

Cantar con María el cántico de la misericordia

Cuarto sábado de diciembre, víspera de Nochebuena, con María en el corazón. Un día adecuado para deleitarse con el Magnificat que es el canto más bello a la misericordia. Es el canto que surge de un corazón orante. Es el canto de un alma contemplativa. Es el canto de la riqueza interior de María que no cesa de alabar a Dios en cada instante. Es el canto en el que María alegra su espíritu en Dios, su salvador. Es el canto de quien sabe que las promesas de Dios se cumplen siempre. Es el canto de quien tiene una fe firme. Es el canto de una mujer creyente que certifica la misericordia divina. Ella misma lo exclama cantándolo convencida: «Su misericordia llega a sus fieles de generación en generación». Es el canto de quien sabe que el Amor acaba venciendo siempre. El canto de una Madre que certifica que Dios anhela que el hombre viva y que no parezca con la muerte y el pecado. Es el canto de esa mujer humilde que aboga por fijar su rostro —como lo fija el mismo Dios— en los que son humildes, pobres de corazón y pequeños de espíritu. El canto de una mujer de vida interior que fija su mirada en los sufrientes, en los desvalidos, en los desesperados y los necesitados. A todos ellos María les enjuga sus lágrimas con su manto. Es el canto de quien sabe que Dios ofrece esperanza, que la vida tiene un sentido cierto porque Dios invita a la santidad y ofrece la vida eterna por la salvación que llega de Cristo, Hijo de María. Es el canto alegre de quien sabe lleva en su interior al Hijo de Dios, al que entregará mañana a la humanidad entera.
En la Nochebuena, en el humilde portal de Belén, dos padres santos, en la soledad del silencio de la noche, darán vida a un niño que viene al mundo a dar vida y derrotar a la muerte. Cualquiera que se sienta oprimido volverá a la vida y su corazón quedará completamente liberado.
En el Magnificat, María exclama exultante que «el poderoso ha hecho obras grandes en mí». Lo siento igual que María. Siento que Dios viene mañana de nuevo a mi vida para hacer obras grandes en mi. En mi y en todos los que me rodean. En la humanidad entera. Por eso hoy quiero prepararme bien junto a María, para que mañana, en el corazón de la noche, cuando el niño nazca, mi corazón esté abierto a su amor y a su infinita misericordia y pueda cantarle a ese Niño Dios el hermoso cántico de María.

orar con el corazon abierto

¡Gracias, María, por tu generoso sí que llevará al nacimiento del Niño Dios! ¡Que los cielos y la tierra se alegren y canten de gozo por el nacimiento del Niño Jesús, el verbo Eterno del Padre! ¡Gracias, María, porque de ti nace el Dios de la vida al que quiero adorar por siempre! ¡Gracias, Virgen de la Navidad, que nos traes al mundo la luz, la alegría, la esperanza, el gozo y la paz! ¡Gracias, María, porque nos traes al mundo el Amor para sembrarlo donde hay odio y rencor! ¡Quiero cantar contigo, María, a ese Dios que muestra toda su grandeza naciendo en un portal y triunfando sobre el mal que nos rodea! ¡Quiero ser contigo alegría del Evangelio! ¡Quiero, María, junto a ti ser signo de esperanza! ¡Quiero, María, mirar a los que me rodean con la misma ternura y el mismo cariño con que lo haces Tu! ¡Deseo, María, mirarte siempre para descubrir en Ti misma los atributos que te han hecho agradables a Dios! ¡Quiero alabar contigo al Dios de la vida, quiero que me ayudes a derribar de mi corazón el orgullo y la soberbia porque Dios solo mira a los humildes de corazón, quiero que destrones mis vanidades porque Dios despide vacío a los ricos, quiero que pongas calidez a mis gestos para llevarlos a mi casa y mis entorno porque Dios solo busca la justicia!

Para este día presento esta bellísima canción en inglés Mary, did you know? (María, ¿lo sabías?) del compositor Mark Lowry, una serie de preguntas dirigidas a la Virgen María. Detrás del video está la traducción al castellano.

¿María sabías? 

María, ¿sabías que tu bebé caminaría un día sobre el agua?
María, ¿sabías que tu bebé salvaría a nuestros hijos e hijas?
¿Sabías que tu bebé vino para hacerte nueva?
Que ese niño que tú diste a luz, pronto te traería a la Luz
María, ¿sabías que tu bebé dará la vista a un hombre ciego?
María, ¿sabías que tu bebé calmará una tormenta con su mano?
¿Sabías que tu bebé ha caminado por donde los ángeles pisaron?
Que cuando besabas a tu pequeño niño besabas el rostro de Dios.
¿María, sabías? ¿María, sabías?
Los ciegos verán, los sordos oirán
Los muertos volverán a vivir
Los paralíticos saltarán,
Los mudos hablarán las alabanzas del Cordero.
María, ¿sabías que tu bebé es el Señor de toda la creación?
María, ¿sabías que tu bebé gobernará un día las naciones?
¿Sabías que tu bebé es el Cordero Perfecto del cielo?
Que el Niño dormido que sostienes es el Gran YO SOY.

La piedad de María

Segundo sábado de agosto con María en el corazón. En este día me uno especialmente a la Virgen para aprender de Ella la profunda piedad que llevaba impresa en el corazón y que le permitía entender que todo en Ella era un don de Dios. María sentía en lo más profundo de su alma que su vida era una relación intensa de oración con el Padre. Todo se entiende ahondando en cada frase del Magnificat, el cántico poético que brotó de los labios de la Virgen.
Cuando la Virgen pronuncia el Magnificat no exalta la grandeza de ser la Madre del Mesías que redimirá al mundo, no se exalta a si misma como la más grande entre las mujeres, sino que da alabanza al Señor como parte integrante de su pueblo santo. Antepone a su yo una profunda espiritualidad. María enseña en esta profunda pieza que la oración es unirse al Padre, es hacerlo todo por amor a Dios y al prójimo, basarlo todo en la verdad sobre Dios y el hombre. María es consciente que en Ella todo fue un don de Dios que ha fijado su mirada en la humildad de una joven de Nazaret, en la profunda sencillez de su esclava
Solo así uno es capaz de comprender como es la piedad de María. Una piedad que es devoción por las cosas santas, unida al amor a Dios, que lo impregna todo de amor, misericordia y compasión en una entrega generosa y un hacer de la vida una ofrenda a Dios. Un alma la de María sencilla, humilde, serena y profunda. Un alma alejada de todo orgullo y soberbia. El alma de la Virgen es una alma piadosa que no necesita afirmarse ante Dios y que se manifiesta en hacer grandes incluso las cosas más pequeñas de la vida. Pero sobre todo, es la piedad que se une al misterio de Dios y que tiene su momento culminante a los pies de la Cruz. Allí, María ofrece sus sufrimientos de Madre para la salvación del mundo y Dios la premia con el honroso y venerable título de Corredentora de la humanidad.
Pero, sobre todo en María, su piedad indica su clara pertenencia a Dios en una intensa relación vivida desde lo más profundo del corazón; en una permanente amistad con Dios; en un continuo sentirse en presencia del Padre, en una autentica confianza filial con Él, con una enorme capacidad para dirigirse a Él con amor, humildad y sencillez. La piedad de María lleno su corazón de alegría, de entusiasmo, de amor, de generosidad, de paz… Es lo que le pido hoy a María: crecer en mi relación y comunión con Dios y volcar toda mi piedad en mi relación con Él y con los demás, para reconociéndolos como hermanos, llenar mi vida de la presencia viva del Señor convirtiendo mi vida en un cántico permanente de oración.

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¡Padre, gracias por darnos a María como Madre! ¡Gracias, Madre, por enseñarme el camino hacia el cielo! ¡Gracias por ser modelo de amor y de misericordia, de piedad y de oración, de humildad y sencillez! ¡Gracias, María, por ese amor que demuestras a Dios y tu Hijo que me enseña a ser también agradecido por todo lo que tengo y he recibido del Padre! ¡Gracias, María, porque a través de tu piedad y con la fuerza del Espíritu Santo me abres el corazón a la ternura de Dios! ¡Gracias, porque me haces ver la verdadera esencia de la oración, la experiencia de la pobreza personal, de lo importante que es vaciarse de sí para abrirse al Señor y a los demás, de la intranscendente de la vida si Dios no está en el centro! ¡Gracias, María por llena mi vida de tu experiencia de piedad! ¡Gracias, Maria, porque me haces comprender que poniéndolo todo en tus manos puedo también recurrir a Dios para obtener de Él su gracia, su ayuda, su misericordia y su perdón! ¡Gracias, porque tu delicada y amorosa piedad me ayuda a orientar mi vida de piedad y alimentar mi corazón con la dicha de la confianza y esperanza en Dios! ¡Espíritu Santo, te pido como hiciste con María, infundas en mi corazón el don de piedad para amar más y mejor, para convertir mi corazón en un corazón lleno de mansedumbre, caridad y amor como fueron los corazones de Cristo y María! ¡Ayúdame como lo fue María manso de corazón para llenar mi vida de bondad y benignidad y convertir cualquier acto de mi vida en un ejercicio de oración y de piedad!

Magnificat, el canto que dedicamos hoy a María:

Pensar en el cielo

Hoy celebramos unos de los grandes y hermosos misterios de la Virgen María: su Asunción a los cielos. ¿Qué hizo María para ser merecedora de un privilegio tan grande? ¿Cuál es su mérito para que el Señor le permitiera no ser cubierta por el polvo en la tierra? Algo tan simple como cumplir la voluntad de Dios con humilde entrega.
La Virgen asciende al cielo al son de las fanfarrias celestiales con cánticos similares a los que escucharan todos aquellos que habiendo servido a Dios con amor, prontitud, generosidad, alegría, humildad y sencillez lleguen al cielo.
María es la Señora del Sí y de la mano de Dios fue fiel hasta el último de sus días en su compromiso con el Padre. Encarnó a Cristo y acompañó a Jesús hasta el momento de su muerte en una disposición absoluta para que siempre triunfara el bien sobre la maldad. A María nunca le importó lo que pensaran o dijeran de ella, no le interesaron ni el reconocimiento ni los aplausos, no buscó nunca el beneplácito de la gente, lo único que le intereso a María es cumplir la voluntad de Dios y hacerlo siempre de manera obediente, predispuesta, con amor, con sencillez, con dulzura, con humildad, con esperanza… Soportó con entereza el sufrimiento, el dolor, la soledad, el desprecio, pero ella sabía en lo más profundo de su corazón que con Dios a su lado todo tenía un sentido y que servirle a Él era lo mejor que podía sucederle.
Por eso, su Asunción es su gran triunfo. Es el gran regalo, además de ser Madre de Jesús, que Dios le hizo. Es la fiesta que la engrandece en ese reencuentro con su Hijo amado, acompañada de la mirada de Dios y la gracia del Espíritu Santo.
Y desde el Cielo María, la gran intercesora —abogada, defensora, consuelo de afligidos, auxilio de cristianos, salud de los enfermos…— nos deja una hermosa enseñanza directa a nuestro corazón. Es su camino, su Sí, el seguir la voluntad de Dios el ejemplo que nosotros sus hijos hemos de seguir para alcanzar la gloria eterna. Entrar en el cielo es subirse al podio de la eternidad.
En este día pienso en el cielo, la meta de mi vida cristiana, cúlmen de mi peregrinaje espiritual y humano por la tierra donde podré contemplar en plenitud y paz a Dios. Le pido a la Virgen que me ayude a obtener lo mejor de mí cada día para que mi corazón aspire siempre a agradar a Dios, ser para Él un vaso puro y limpio, y que en el instante de presentarme ante Dios pueda responderle al Padre que siempre intenté hacer su voluntad.

Ascensión de María

En este día la Iglesia nos propone la lectura del Magníficat, el hermoso himno de la Santísima Virgen cuando salió al encuentro de su prima Santa Isabel. Y hoy lo proclamo con el corazón abierto:

Proclama mi alma la grandeza del Señor,
se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;
porque ha mirado la humillación de su esclava.
Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,
porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí:
su nombre es santo,
y su misericordia llega a sus fieles
de generación en generación.
Él hace proezas con su brazo:
dispersa a los soberbios de corazón,
derriba del trono a los poderosos
y enaltece a los humildes,
a los hambrientos los colma de bienes
y a los ricos los despide vacíos.
Auxilia a Israel, su siervo,
acordándose de la misericordia
-como lo había prometido a nuestros padres-
en favor de Abrahám y su descendencia por siempre.

Magníficat ánima mea Dóminum:
Et exsultávit spíritus meus in Deo, salutári meo.
Quia respéxit humilitátem ancíllae suae:
ecce enim ex hoc beátam me dicent omnes generatiónes.
Quia fecit mihi magna qui potens est:
et sanctum nomen ejus.
Et misericórdia ejus a progénie
in progénies timéntibus eum.
Fecit poténtiam in bráchio suo:
dispérsit supérbos mente cordis sui.
Depósuit poténtes de sede,
et exaltávit húmiles.
Esuriéntes implévit bonis:
et dívites dimísit inánes.
Suscépit Israël, púerum suum,
recordátus misericórdiae suae.
Sicut locútus est ad patres nostros,
Abraham, et sémini ejus in saécula.

Y como no podía ser de otra manera cantamos el Magnificat:

Creer como María

Tercer fin de semana de junio, mes del Sagrado Corazón, con María en nuestro corazón. Hoy el Señor me invita a profundizar en la fe de María, una fe que le fue revelada especialmente el día de la Anunciación y que tuvo sus momentos álgidos en el día de la Encarnación y de la Redención por esa íntima relación que la Virgen tuvo con el Verbo Encarnado. La fe de María fue una fe profunda, una fe viva, una fe marcada por la fuerza del Espíritu Santo, una fe impregnada en lo más profundo de su alma.
La Virgen creyó desde el momento mismo de la Anunciación. Lo hizo desde el instante que le fue revelada la Verdad divina.
Creyó en el momento que, abrazada a Santa Isabel, escuchó esas hermosas palabras del Magnificat: «Bienaventurada Tú entre las mujeres porque has creído».
Creyó ese día gélido de Navidad cuando dio a luz al Niño Dios en un pobre establo de Belén y supo desde ese momento que había dado vida humana al Creador del universo.
Creyó cuando tomó en sus brazos a aquel niño pequeño, frágil, y supo que desde sus primeros balbuceos en el interior de Dios estaba la misma sabiduría.
Creyó cuando san José la subió a un asno y la Sagrada Familia tuvo que huir de Egipto huyendo del despótico rey Herodes y supo que el único monarca, el único rey de reyes, era su Hijo, el Hijo de Dios.
Creyó aquel día en que, desesperada, fue en busca de su Hijo a Jerusalén y se lo encontró perdido en el Templo porque supo que desde ese mismo momento se hacía real el impresionante misterio de la Redención.
Creyó el día de las bodas de Caná cuando les dijo a los sirvientes que hicieran lo que Jesús les ordenara porque sabía que en su Hijo todos los milagros dan luz que superan a la oscuridad.
Creyó porque María era consciente en su corazón de la verdad de los misterios divinos que ensalzan las bienaventuranzas.
Creyó al pie de la Cruz y todos, incluso los propios apóstoles, habían abonando al Señor. Creyó allí, en el Calvario, que su Hijo era verdaderamente el Hijo de Dios que quita los pecados del mundo que vence a la muerte, al mal y al pecado.
Creyó el día de la Resurrección, el día que Dios vence a la vida. Creyó en los momentos de mayor oscuridad dejándonos claro que su fe era más consistente, más firme, más difícil pero en el corazón de María había el convencimiento de que Cristo, muerto en la Cruz, había dado vida a la victoria. Pero la fe de María es tan firme porque está iluminada por los dones del Espíritu Santo. Es la grandeza de la fe de María la que nos hace entender que a través de la inteligencia con la que nos dota el Espíritu Santo es posible introducirse en los misterios de revelados desde la intimidad del corazón, misterios en los que Ella había participado de manera directo. El Espíritu Santo también inspiró a María la sabiduría para juzgar las cosas de Dios con esa humildad y sencillez de la que lo guardaba todo en el corazón.
María gustaba de las cosas de Dios por su caridad, porque no hacía más que crecer en su vida en humildad y pureza. En María se hacía patente la gratuidad de Dios y la gracia divina y Ella es el ejemplo claro de quienes son bienaventurados los limpios de corazón porque ellos verán siempre a Dios.
Y finalmente, el Espíritu Santo dotó a la Virgen de don de la ciudad para ver las cosas creadas como símbolo de la fuerza de Dios en nuestra vida.
Este ejemplo tan grande me hace meditar hoy cuál es el grado de mi fe para vaciarme de mi yo y poner todo en manos de la Virgen y ser capaz de mejorar en mi vida personal para llegar a un auténtico encuentro con el Señor.

Virgen María amorosa

¡Ayúdame, María, a tener una fe viva como la tuya! ¡Ayúdame a creer, Señora! ¡Bendice mis pensamientos, mis palabras, mis acciones, mis actitudes, Señora! ¡Imprégname con tu amor, María! ¡Protégeme, Señora, de todas las cosas que me separan de Tu Hijo! ¡Llévame siempre de tus manos amorosas, María! ¡Dame un poco de tus virtudes, Señora, esas virtudes que están impregnadas de la fuerza de Dios! ¡Ayúdame a creer, María, para tener siempre confianza en la voluntad de Dios! ¡Ayúdame a creer, Señora, para dar siempre un sí confiado como el tuyo! ¡Ayúdame a creer como Tú, María! ¡Te entrego, María, lo poco que tengo pero esa pequeña posesión te pido la entregues Tú al Señor! ¡Te doy mi voluntad para que sea siempre la voluntad del Padre!

¡Sagrado Corazón de Jesús, en vos confío! ¡Corazón Inmaculado de María, ruega por nosotros!

En este sábado, cantamos a María:

¡Qué difícil es acordarse del que las cosas le van mal!

Último domingo de Adviento antes del nacimiento de Cristo. Resuena en mi corazón el canto del Magnificat. La glorificación de la humildad, la cercanía con la sencillez. La gran fiesta de los dóciles de corazón, de los que ensalzan el misterio de la simplicidad.
Vivimos en la era del tenerlo todo, del poseerlo todo. Viajamos por el mundo con facilidad, navegamos a través del ordenador para saber y conocer más; luchamos por ganar más, por tener más; nos resulta fácil comunicamos en inglés, en francés, en alemán…; anteponemos nuestra imagen personal a la profundidad de nuestro corazón…
La Virgen, ejemplo de sumisión a la voluntad del Padre, nos coloca en nuestro justo lugar. Nos alienta a entender el mensaje de la humildad. Los valores y los principios más sólidos se asientan en los corazones de los humildes; nos deja saber que los hechos más relevantes de la historia, como el nacimiento o la muerte de Cristo, se producen siempre entre la gente sencilla, nunca adornados con la grandilocuencia de lo poderoso.
La inclinación preferencial de Dios es por los pobres, los abandonados, los vacíos de poder económico, social, político…, los humildes de corazón, los desconsolados, los abatidos, los sufrientes, los afligidos, los desesperados, los que –por desgracia– no representan nada a los ojos de este mundo materialista y egoísta en el que vivimos. Por eso, tal vez, nació en la aldea más pequeña de Judá, Belén, en un pobre pesebre y rodeado de pastores. Es una lección de sencillez. Pero nosotros nos empecinamos en acercarnos siempre al triunfador, en prestar atención al que le van bien las cosas, al que tiene éxito. ¡Qué difícil es acordarse del que ha fracasado, del que las cosas le van mal, del que tiene necesidad!
Dentro de cuatro días celebraremos Nochebuena. Y de cinco, Navidad. Un tiempo en que Dios desciende de las estrellas para salvar nuestra vida. Y, comienza de nuevo nuestro peregrinar, después de adorar al Niño Dios.

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¡Niño Jesús, que en unos días te harás presente en el portal de Belén, quiero orientar siempre mi mirada hacia Ti, hacerme pequeño, sencillo, humilde, sumiso a tu voluntad! ¡Te pido, Niño Jesús, un corazón humilde como el tuyo! ¡Quiero acogerte en mi vida como lo hizo tu Madre, con fe, con confianza en Dios! ¡Quiero ser como un papel en blanco en el que Tu, Padre bueno, escribas todo aquello que esperas de mi! ¡Quiero adherirme al plan que Tu, Señor, tienes pensado para mi repitiendo constantemente el mismo Amén que salió de los labios de tu Madre!

Do They Know It’s Christmas? cantamos hoy:

¿Y cómo dar testimonio de la alegría?

Tercer sábado de febrero con María en el corazón. Circulo con el coche y me deleito escuchando el Magnificat de Vivaldi. Algunos conductores se giran pensando que lo hago con Miley Cirus. Pero no, es la alegría de la música celestial. ¡Omnes generationes, quia fecit mihi magna!. Me invade una profunda alegría. Es una alegría sincera, gozosa, la alegría que surge del corazón de un cristiano. Canto y me lleno de gozo. Pienso que el mundo necesita y trata de encontrar la alegría. Todos buscamos y queremos ser felices. Si todos deseamos la alegría es debido a que la hemos sentido alguna vez; si no la hubiésemos conocido no la buscaríamos con tanto ahínco.
¿Y cómo damos los cristianos testimonio de la alegría? Cuando somos capaces de dar sentido a nuestra vida; cuando, frente a las dificultades propias de nuestro caminar, sabemos irradiar confianza, imitando así a Dios.
Et exaltavit humiles, prosigue la música de Vivaldi. La persona feliz no tiene amargura en el corazón, no impone siempre su voluntad, no tiene esa soberbia de puntualizarlo todo y siempre; es capaz de relativizar todos los acontecimientos de su vida, se entrega a los demás sin esperar nada a cambio; y lo hace así porque conoce de algo que es aún más grande. Dejándose llenar del Espíritu Santo la felicidad es todavía más intensa.

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¡Dame, Espíritu Santo, una visión positiva sobre las personas y sobre las cosas! ¡Que sea capaz de irradiar alegría y felicidad en mi entorno! ¡Ayúdame a no quejarme por tonterías y a no ser puntilloso con banalidades sin importancia que me amargan a mi y a los que me rodean! ¡Que Tu alegría, Señor, sea realmente mi fuerza y la fuerza de Tu Iglesia! ¡Que mis sufrimientos y mis pesares, Señor, no cercenen mi alegría porque eso querrá decir que no vivo unido y entregado a Ti sino que pongo todo en manos de mi propia voluntad! ¡María, ayúdame en mi caminar, para que mi alegría no se vea angostada por el egoísmo, por la soberbia, por el olvido de amar a Dios, por mis faltas de caridad con el prójimo! ¡Que no me deje dominar, Señor, por lo banal, por el culto de la buena imagen, por el materialismo, por lo efímero del éxito, por la búsqueda del poder, por el qué dirán porque esto trae tristeza y no alegría! ¡Que mi alegría, Señor, este unida a una vida coherente que tenga como fundamento tenerte a Ti como el centro de todo!
¡Totus tuus, María!

Hoy, en este tercer sábado de febrero, como no podía ser de otra manera con el Magníficat de Vivaldi: