Dios no exige la perfección

En un colmado de mi barrio venden productos transgénicos. Cuando te acercas a las frutas y, en concreto a las manzanas, todas tienen una apariencia perfecta. Todas del mismo color, tamaño, textura, piel brillante y lisa. Pero no parecen manzanas cosechadas, parecen manzanas de laboratorio, como ideadas para colocarlas como elemento decorativo en alguna de las estancias de tu hogar.

Vivimos en un sociedad que invita al perfeccionismo, que no tolera los errores, que no acepta la debilidad, que se burla de la vulnerabilidad del ser humano. Los medios de comunicación ⎯ejemplo de nada⎯ nos dicen como debemos vivir, ser y actuar. Tratan de imponer las modas, los peinados, qué tabletas o móviles usar, que comida comer, cómo modelar el cuerpo para tenerlo perfecto… Tienden a la tentación de eliminar o negar lo que para cada uno es bello para componer nuestros estándares con un criterio universal.

La vida es como un campo de rosas en el que también crecen las malas hierbas. Pero, a veces, al tratar de quitar esa mala hierba destrozas también la rosas. En la vida se trata de desenfocar el mal y mirar el bien para que este crezca en el mundo, en el otro y en uno mismo.

El Señor no elimina las imperfecciones sino que las transforma. Así, Saulo se convierte en Pablo; Mateo, el avaro recaudador de impuestos se convierte en el apóstol Mateo; el fariseo José de Arimatea se convierte en el discípulo de Jesús que después de su muerte en la cruz lo enterrará en su propio sepulcro; María Magdalena, la mujer adúltera y pecadora, se convertirá en la privilegiada que anuncia la resurrección de Cristo a los apóstoles…

Dios no nos exige la perfección. No tenemos que ser como esas manzanas genéticamente modificadas, las manzanas perfectas e ideales. Lo que Dios busca en nosotros es que confiemos en él, en su sabiduría, en su benevolencia, en su misericordia, en su justicia, en su amor. Y si no nos rendimos por completo a él, sabemos que el Espíritu Santo viene en ayuda de nuestra debilidad, porque no sabemos cómo orar adecuadamente. El Espíritu mismo interviene para nosotros con gritos inexpresables. Y un día, en el día de la coger las rosas, estaremos permanentemente separados del mal y del sufrimiento. Esta es, al menos para mi, la gran esperanza.

¡Señor, abro mi corazón a ti para que me llenes del perfume de tu amor! ¡Te pido, Señor, que me ayudes a regar cada día el abono de la esperanza, de la caridad, de la generosidad, de la justicia, de la caridad… para hacer que el jardín de mi corazón rebose bondad y hermosura; también te pido que me ayudes a arrancar de él todas las malas hierbas que crecen constantemente! ¡Llena, Señor, tu Espíritu en mi corazón para llenarme de ti, para cubrirme de tu presencia, para estar preparado para la llamada! ¡No permitas, Señor, que lo mundano cubra mi vida sino que tenga siempre una mirada sobre lo trascedente, sobre lo que es importante y camine acorde con tus enseñanzas! ¡Renueva, Señor, mi corazón con la fuerza de tu Santo Espíritu! ¡Transforma, Señor, todo aquello que en mi interior tiene que ser transformado y cambiado! ¡Señor, quiero estar preparado, quiero cultivar en mi corazón la bondad y el amor y quiero cada día parecerme más a ti y desde tu Amor llevar a quienes me rodean toda tu bondad, misericordia y caridad!

Seguir el ejemplo de perseverancia de María Magdalena

Hoy la Iglesia celebra la festividad de Santa María Magdalena, fiel seguidora de Cristo a quien salvó del pecado. Me la imagino aquel día, triste y llorosa, a los pies de Jesús. Me la imagino también a los pies de la cruz, llorando al amigo muerto. Es el punto final a su historia de salvación. Me la imagino desconcertada porque Aquel que la había salvado había muerto como un gusano. 

Pero la historia de María de Magdala es una historia luminosa. Es la historia de un encuentro extraordinario. Es la historia de alguien que te busca para transformar tu vida. Es Jesús quien se acerca a ella. María lo encuentra con su mirada cuando sus ojos se cruzan. Nadie la quería por ser portadora del pecado y porque cargaba con siete demonios. Jesús la toma de la mano… y la redime del mal.

María Magdalena es el mejor ejemplo de perseverancia en la vida espiritual. Es el testimonio vivo de que, pese a nuestras faltas y pecados, hemos sido creados a imagen y semejanza de Dios, que nos busca a lo largo de la vida para tener un un encuentro personal con nosotros. A lo largo de su existencia, María Magdalena te muestra que es posible encontrarse con el Dios vivo. Aquella mujer había tratado de llenar su corazón de muchas maneras y el rumbo de su vida se había extraviado. Aquel día que se encontró con Jesús, un día transformador de su corazón y de su alma, Él le reveló el sentido auténtico del amor. María debió quedarse paralizada. Había buscado en vano la verdad a lo largo de la vida y con aquel encuentro su corazón descubrió lo que tanto tiempo había estado buscando y no había sido capaz de encontrar. Cuando San Pablo narra cómo es crucificado con Cristo y el mundo que crucificó a su Señor es crucificado por él también se puede aplicar a María Magdalena. Y a cada uno de nosotros.

Ella, la primera discípula de Jesús, tuvo además el privilegio de ser la primera en ver a Cristo resucitado. La primera en escuchar de sus labios su nombre, de vivir en primera persona el anuncio del gran misterio de la Resurrección y anunciarlo a los apóstoles.  

Y la gran pecadora nos lo anuncia a todos, como un guiño de Dios que vierte sobre el hombre una doble llamada: la de la fe y la la misión. Y María Magdalena no duda; ni de su perdón ni del amor absoluto que Cristo tuvo por ella ⎯y por todos⎯, del cual el perdón misericordioso es la gran promesa. Y eso ocurre porque reconoce en Jesús al Hijo de Dios que por el poder de la gracia la convirtió del pecado y porque creyó siempre en la soberanía de una presencia que no era la de un hombre, sino la del Hijo de Dios.  

De este diálogo entre María Magdalena y el Resucitado quiero hacer mío el camino de la vida. Como ocurrió con ella necesito renovar mi fe en la compasión y la misericordia del Señor. Conocer mis flaquezas y debilidades, mi falta de determinación y confianza. Soy conocedor de mis miserias y de mis pecados y el perdón que recibo de Cristo es un paso de gracia y de luz en mi pequeña vida.

María Magdalena no fue perdonada porque fuese santa. Ella es santa porque fue perdonada y acogió el perdón para una profunda transformación de su corazón, de su alma y de su ser.

¡Santa María Magdalena, fiel seguidora de Jesús, ayúdame a encontrar siguiendo tu ejemplo de humildad, compromiso, amor, arrepentimiento y conversión el amor de Jesús en este tiempo de purificación interior! ¡Muéstrame el camino del arrepentimiento y de la conversión para hacerme un verdadero discípulo suyo! ¡Ayúdame a abrir el corazón de par en par a Cristo para serle fiel en lo pequeño y en lo grande y tener un verdadero conocimiento de mi mismo y reconocer cuáles son mis miserias y mis culpas, mi pecado y mis faltas, y cambiar para seguir muy unido a Él como lo estuviste tu! ¡Ayúdame a ser un buen discípulo de Jesús como lo fuiste tu y enséñame el camino para avanzar por la vida cristiana, para acoger en mi corazón la Palabra de Jesús, para poner en sus manos la pobre arcilla del que estoy hecho, para ser testigo de su misericordia, para amar con el corazón abierto, para abrirme a la humildad, para tener mucha fe de que con Jesús todo lo puedo, para vivir una auténtica conversión del corazón, para testimoniar que con Jesús todo es posible, para ir al encuentro suyo sin ataduras ni miedos! ¡Enséñame a vivir una vida auténtica, entregada, fiel, generosa que muestre siempre gratitud y amor; una vida que muestre a Jesús su agradecimiento por todo lo que hace por mi; una vida que le demuestre que estoy muy lleno de Él, que agradezca todo el amor que siente por mi; que no dude en seguirle en los caminos de la vida, que me muestre como llevar la cruz de cada día! ¡Ayúdame, María Magdalena, a salir siempre a su encuentro, a enamorarme de Él como lo hiciste tu desde la gracia, el perdón y la fidelidad! ¡Ayúdame a convertir mi vida en una vida apostólica como discípulo de Jesús del que tu fuiste un auténtico ejemplo de fidelidad y de entrega! ¡Ayúdame a contemplar contigo al Cristo ensangrentado en la Cruz, para leer en las llagas de su cuerpo, para ver sus manos y sus pies clavados en el madero, para ver su rostro manchado de sangre por la corona de espinas, para ver su piel degollado… con el único fin de serle fiel siempre y comprender de donde viene la fuerza del amor, de donde procede la fuente de la gracia, de la esperanza, del perdón, de la sanación del corazón; para entender que no hay nada más bello que dar la vida por el otro; para comprender que sin vida fiel a Cristo no hay gracia!

Perfumar a Cristo como la Magdalena

Me acerco en esta mañana a la figura de una mujer importante de los Evangelios. Aparece varias veces en sus páginas. Una mujer que salta de hombre en hombre, que vive el vacío de la vida, los egoísmos del corazón, sometida al pecado, al desamor, embarrada en la lujuria, con un vida perdida por sus desafueros humanos… El día que encuentra a Jesús, su vida cambia. Vuelve a la vida. Renace interiormente. Jesús la acoge con lo que es, con su pasado y su presente. No le importan sus debilidades, ni lo que ha sido. Ella se postra a sus pies y le perfuma con un perfume de nardos y Él, sin miedo al que dirán por las faltas que ha cometido, abre sus manos a sus miserias, a su inmundicia, a sus suciedades humanas, a su impureza y… la levanta y la dignifica. Con su misericordia, Jesús la libera de sus esclavitudes; con su amor generoso, la cura de sus debilidades; con su gracia, la fortalece ante la vida.
El comportamiento de Jesús con esta mujer demuestra que el Señor actúa siempre con indulgencia, con compresión, con amor, con ternura y delicadeza. Jesús ama a los hijos pródigos. Cuando María Magdalena se postra a los pies de Cristo halla todo el perdón del Amor mismo, siente la mayor misericordia que un corazón puede recibir. Junto a la parábola del Hijo Pródigo, el gran milagro de amor, consuelo, esperanza y misericordia que se relatan en los Evangelios es la historia de la Magdalena. Me conmueve como resucita de la vida pecadora, como son transformadas sus miserias en belleza de vida, como las losas de su existencia se le hacen ligeras, como se regenera su corazón pecador y se vuelve un corazón comprometido y puro; como las lágrimas que brotan de ella, arrepentida, son un proceso de purificación humano. Y, sobre todo, como su esclavitud al pecado acaba deviniendo en seguimiento fiel, puro, apostólico, firme al Amor de los amores. Y como desde el momento en que se encuentra con Cristo su mirada solo está centrada en él porque no solo se sintió perdonada por Jesús, se sintió amada, comprendida, purificada, sanada… Y entonces aprendió a amar. A amar con un amor que lo transforma todo, que lo cambia todo por completo, que lo enriquece por doquier, que te permite irradiarlo a espuertas, que levanta el ánimo, que transforma interiormente, que fortalece la vida, que eleva el alma para irradiar a Cristo. Es tan fuerte el amor de sentirse amada y perdonada que no duda en dar un sí firme a Jesús hasta el punto de estar con Él, junto a la Madre y san Juan, el discípulo amado, a los pies del madero santo. Y no solo eso, Jesús la premia con ser anunciadora de su Resurrección gloriosa. Premio indiscutible a la fidelidad humana, al seguimiento por amor, a la firmeza de su fe y al cumplimiento de la promesa de que por muy hondo que sea el pecado una vez te has comprometido con Jesús tu camino está abierto a la esperanza y la gracia.
La historia de la Magdalena es un señuelo para mi vida porque me muestra una senda preciosa en este camino de Cuaresma: yo también puedo, con mi pecado y mis miserias, borrar la inmundicia de mi corazón y dar un sí cierto para cambiar mi vida y ser un fiel seguidor del Cristo que desborda Amor infinito y misericordioso porque es un Amor que todo lo transforma, todo lo perdona y todo lo sana.

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¡Santa María Magdalena, fiel seguidora de Jesús, ayúdame a encontrar siguiendo tu ejemplo de humildad, compromiso, amor, arrepentimiento y conversión el amor de Jesús en este tiempo de purificación interior! ¡Muéstrame el camino del arrepentimiento y de la conversión para hacerme un verdadero discípulo suyo! ¡Ayúdame a abrir el corazón de par en par a Cristo para serle fiel en lo pequeño y en lo grande y tener un verdadero conocimiento de mi mismo y reconocer cuáles son mis miserias y mis culpas, mi pecado y mis faltas, y cambiar para seguir muy unido a Él como lo estuviste tu! ¡Ayúdame a ser un buen discípulo de Jesús como lo fuiste tu y enséñame el camino para avanzar por la vida cristiana, para acoger en mi corazón la Palabra de Jesús, para poner en sus manos la pobre arcilla del que estoy hecho, para ser testigo de su misericordia, para amar con el corazón abierto, para abrirme a la humildad, para tener mucha fe de que con Jesús todo lo puedo, para vivir una auténtica conversión del corazón, para testimoniar que con Jesús todo es posible, para ir al encuentro suyo sin ataduras ni miedos! ¡Enséñame a vivir una vida auténtica, entregada, fiel, generosa que muestre siempre gratitud y amor; una vida que muestre a Jesús su agradecimiento por todo lo que hace por mi; una vida que le demuestre que estoy muy lleno de Él, que agradezca todo el amor que siente por mi; que no dude en seguirle en los caminos de la vida, que me muestre como llevar la cruz de cada día! ¡Ayúdame, María Magdalena, a salir siempre a su encuentro, a enamorarme de Él como lo hiciste tu desde la gracia, el perdón y la fidelidad! ¡Ayúdame a convertir mi vida en una vida apostólica como discípulo de Jesús del que tu fuiste un auténtico ejemplo de fidelidad y de entrega! ¡Ayúdame a contemplar contigo al Cristo ensangrentado en la Cruz, para leer en las llagas de su cuerpo, para ver sus manos y sus pies clavados en el madero, para ver su rostro manchado de sangre por la corona de espinas, para ver su piel degollado… con el único fin de serle fiel siempre y comprender de donde viene la fuerza del amor, de donde procede la fuente de la gracia, de la esperanza, del perdón, de la sanación del corazón; para entender que no hay nada más bello que dar la vida por el otro; para comprender que sin vida fiel a Cristo no hay gracia!

¿Qué me enseña hoy Santa María Magdalena?

Hoy celebramos la fiesta de Santa María Magdalena, figura muy rica humana y espiritualmente, gran modelo de fe. ¿Qué me enseña hoy la figura de Santa María Magdalena? A purificar mi relación con Dios. A descentrar todos mis afectos, mis anhelos de poseer a Jesús, a dejar que Dios mismo me ame primero. Me enseña a entrar en una vida de fe. A implementar en mi corazón lo que recibí el día de mi bautismo: el consentimiento del misterio de la muerte de Jesús para entrar en el misterio de su nueva vida.
María Magdalena entró en una nueva dinámica de vida y en una nueva relación con los demás convirtiéndose en la «apóstol de los apóstoles», ya que es ella la que se encarga de anunciar a los discípulos de Jesús la buena nueva de la resurrección del Señor. Ella se convirtió en misionera del amor de Cristo y lo que fue inicialmente causa de su tristeza se transformó en fuente de vida.
Pero también me enseña el gran misterio de la Misericordia que revela su vida, su conversión y el seguimiento convencido y firme de Jesús. Me impresiona su «sí» a Cristo acompañándole después de su conversión por los caminos de Galilea, su actitud de amor y de oración al ungirle los pies aquellos días previos a su dolorosa Pasión, su fidelidad a los pies de la cruz en el Calvario junto a la Virgen, su entereza en el momento de la sepultura del Señor y el gran privilegio de ser la primera en testimoniar la verdad de la Resurrección.
María Magdalena me enseña la importancia de la fidelidad a Cristo basada en el amor. Me conmueve ese «sí» convencido después de descubrir la ternura, la compasión y la acogida amorosa de Cristo. Su determinación para cambiar de vida, su conversión firme, su agradecimiento por el poder salvador de Jesús, su manera fiel de acoger la Palabra de Jesús, su determinación para no dejarse llevar por el qué dirán.
Pero hay algo muy hermoso en la Magdalena, es esa humildad para acoger en su corazón la gracia del perdón que procede del amor y la misericordia de Jesús y que cada uno puede experimentar en el sacramento de la Reconciliación.
En esta jornada festiva que nos regala la Iglesia me inclino ante el Señor como hizo la Magdalena y aunque consciente de que no soy digno de que entre en mi casa le entrego mi corazón para que acoja mis caídas y mis pecados, me tome de la mano y enderece mi camino hacia la santidad.

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¡Santa María Magdalena, amada por Cristo por tu fe y tu valiente conversión, que caminaste por caminos equivocados durante tanto tiempo, enséñame a ser decidido en la transformación de mi corazón! ¡Muéstrame el camino del arrepentimiento, la manera de acoger dócilmente la Palabra de Jesús, a escuchar la llamada a la conversión y los caminos que llevan a la santidad! ¡Enséñame, María Magdelana, a abrir el corazón y a reconocer mis faltas, mis pecados y mis culpas para ser capaz de recibir la misericordia de Dios! ¡Enséñame a caminar siempre por la senda de la verdad y el bien para liberarme de las ataduras del pecado! ¡Ayúdame a ser testigo como lo fuiste Tu de la misericordia de Cristo! ¡Ayúdame a mostrarle siempre a Jesús mi amor, mi cariño, mi gratitud y mi confianza! ¡Ayúdame a amar a Cristo! ¡Ayúdame a amar a María a la que tan unida estuviste! ¡Ayúdame a amar la Cruz que tan presente estuvo en tu vida! ¡Ayúdame a ser testigo de la Resurrección de Jesús y poder proclamar al mundo que «¡Jesucristo ha resucitado! ¡En verdad ha resucitado!»

Hermoso motete a seis voces dedicado a María Magdalena:

«Señor, ¡cuánto has hecho y haces por mí!»

Santa María Magdalena, una de las discípulas más fieles de Jesús, tuvo el privilegio de que el Señor la escogió para convertirse en testigo de su Resurrección. Ella la anunció a los apóstoles. Es, también, ejemplo de auténtica evangelizadora que anuncia, con decisión, el gran mensaje de la Pascua.
Con frecuencia me pregunto si mi fe fuese más firma y viva, si realmente conociera esa bondad infinita del Señor, si la conociera como lo hizo María Magdalena, seguramente mi confianza por Jesús sería ilimitada, infinita, valiente y viva. Lo cierto es que Cristo ha hecho por mí —en realidad por cualquier ser humano— lo mismo que hizo con la Magdalena. Lo mismo. Nació en un pobre pesebre de Belén, en el frío y el silencio de la noche; en el seno de una familia humilde obligada a huir a Egipto; viviendo durante años una vida anónima con las pesadas cargas del trabajo cotidiano; con años de predicación agotadores, llenos de sufrimiento y alimentado con el polvo del camino, enfrentado a muchos por las verdades que anunciaba; con una cruenta Pasión por la rabia y la envidia de sus enemigos y una dramática muerte en la Cruz, vergüenza y locura según el prisma desde el que se mire. Pero todo ello tenía un fin: abrirme el camino hacia la vida eterna.
El encuentro con la Magdalena al tercer día de su Resurrección, ese encuentro personal, lo puedo tener yo cada día con el Señor. En la oración y en la Eucaristía. Jesús se hace diariamente manjar para mi corazón. Es el gran milagro del amor de Cristo por el ser humano. Y ahora me pregunto: ¿No basta con este milagro cotidiano para creer en su amor y su misericordia infinitas? ¿Por qué este gesto trascendente no me es suficiente para dejarme conquistar por su confianza? ¿Por qué soy tan incrédulo como Tomás que necesito poner los dedos en las llagas de su costado y menos confiado que la Magdalena que corrió al sepulcro convencida del milagro de la Resurrección?
María Magdalena, mujer de corazón abierto, supo desde el primer encuentro con Jesús lo mucho que había hecho por ella. Yo también lo podría repetir cada día: «Señor, ¡cuánto has hecho y haces por mí!». Esto es, de por sí, un gran acto de confianza. Eso es lo que desea escuchar de mi corazón, como lo escuchó de la Magdalena. Por eso no debo temer nunca hablar al Señor de amor. ¡Jesús ha actuado así para conquistar plenamente mi corazón! ¡Desea inundarlo de Su amor para arrojar de su interior mi amor propio! Por eso hoy, en esta festividad de santa María Magdalena, quiero decirle al Señor que lo amo con locura aunque por mi frialdad, mi orgullo, mi soberbia y mi autosuficiencia mi amor por Él no sea perfecto. Que deseo besar sus pies, bañarlos con mis lágrimas y limpiarlos con mis cabellos. Es decir, abandonar mi vida en Jesús, con confianza plena.

Orar con el corazon abierto

¡Señor, concédeme la gracia de ser como María Magdalena, esperanza de los cristianos y auténtica valedora de la confianza del pecador! ¡En un día como hoy te pido Santa María Magdalena que escuches mis ruegos para que intercedas ante Dios para que me otorgue la gracia de la serenidad de espíritu, la humildad, la sencillas y el arrepentimiento sincero de mis pecados! ¡Como tu hiciste, María Magdalena, que mi vida esté llena del amor a Jesús y tome conciencia de que no debo nunca más pecar! ¡Señor, tócame con tu misericordia como tocaste a María Magdalena; hazme fiel a ti como lo fue ella, coherente con su vida después del arrepentimiento como lo fue ella y aceptador de su santa voluntad como lo hizo ella! ¡Espíritu Santo, ayúdame a ser contemplativa como María Magdalena, y ser capaz de reconocer siempre al Señor en mi vida para exclamar como ella aquello tan hermoso de «¡Maestro!»! ¡Concédeme, Espíritu Santo, la gracia de ser ejemplo para los demás como lo fue la Magdalena que no se amilanó por sus pecados pasados ni por las opiniones de los que le rodeaban! ¡Ayúdame a que crea siempre en las promesas de Jesús como lo hizo ella y ser testigo de la Resurrección de Cristo en esta sociedad que tanto necesita de su presencia! ¡Envíame, Señor, como hiciste con María Magdalena a anunciar tu Buena Nueva a mis hermanos! ¡Y, Señor, ante los tantos defectos de mi carácter, dame la audacia de ponerme a tus pies y pedirte que se realice en mi la nueva creación como hiciste con María Magdalena!

En esta festividad, escuchamos hoy un canto y motete dedicado a Santa María Magdalena:

¿Por qué lloras? ¿a quién buscas?

Jesús le dice a María: «Mujer, ¿por qué lloras? ¿a quién buscas?». Y a continuación pronuncia su nombre. En ese «María» escucho también el mío. Quiero como ella ser testigo vivo de su Resurrección. No me es suficiente con ver con mis ojos ni con escuchar con mis oídos, necesito que resuene en mi corazón mi nombre pronunciado por el mismo Cristo. ¡Experimentar emocionado, como la Magdalena, la presencia viva de Cristo en mi vida!
Como María quiero experimentar a un Cristo vivo, no un Jesús olvidado, un ser sin vida, un Dios caduco, un Cristo olvidado porque para mí Cristo es la presencia viva en la Eucaristía, es el acompañante en el camino de mi cruz cotidiana, el testigo de mi encuentro amoroso con el prójimo. Quiero que la certeza de su presencia llene mi vida, aleje de mi los miedos, las fragilidades, las tribulaciones, las comodidades que me embargan, los pesares… No quiero reemplazar a Cristo por ídolos mundanos. No quiero convertirme en un cristiano de fe tibia que se dirige al sepulcro en busca de un cuerpo inerte, un Cristo yaciente envuelto en un sudario. Quiero encontrar a ese Dios eterno e inmortal, tres veces Santo.
Quiero sentir a Cristo a la luz de la fe, la luz que brilla porque ¡Jesucristo ha resucitado!
«Mujer, ¿por qué lloras? ¿a quién buscas?» Quiero responderle al Señor que no lloro, que le busco solo a Él. Que las lágrimas de mis tristezas, de mis heridas y mis desconsuelos se han secado en la certeza de su Resurrección. Que no tengo nada de lo que angustiarme, que mis problemas son livianos con Él a mi lado, que cada día puedo tener un encuentro a corazón abierto con Él en la Eucaristía, en la adoración al Santísimo y en la oración. Que soy consciente de que Cristo puede obrar en mi y en quienes me rodean grandes milagros para que transformen de nuevo mi vida. Que el Señor anhela darme su consuelo pero para eso debo renunciar a mis apegos mundanos, a mi autosuficiencia, a mi autocompasión, a mi orgullo y mi soberbia…
Anhelo entrar en la presencia de la persona de Jesús, el Señor de la vida. Como la Magdalena quiero tomar la determinación de confiar en Jesús Resucitado. Él me está esperando. Aguarda mi llegada para liberarme de mis apegos, mis miedos, mis desconfianzas. Me espera para abrazarme y conducirme al Reino del Padre. Y ante su presencia exclamo: «Señor, es a Ti a quien quiero amar con todo mi corazón, con toda mi alma y con toda mi fuerza y a tu lado convertirme en un discípulo fiel y misionero».

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¡Concédeme la gracia, por la fuerza de tu Espíritu, de tener la valentía de la Magdalena! ¡La fe es un don tuyo, Señor, pero necesito el coraje que me otorga tu Espíritu para fortalecerla y ponerla en práctica! ¡Que viéndote a Ti resucitado, Señor, sea capaz también de ver al Padre! ¡Concédeme la gracia de ser un auténtico discípulo tuyo, que pueda anunciar a mi entorno que has resucitado, que estás vivo y presente en nuestro mundo! ¡Señor, tu me llamas por mi nombre y me animas a seguir el camino de la santidad y me das el valor para permanecer firme ante el mal y declarar al mundo que el Amor supera todo mal! ¡Ayúdame, Señor, a que mi amistad contigo sea tan auténtica, profunda, amorosa y firme como fue la de María Magdalena y sea capaz de reconocerte en todos los acontecimientos de mi vida! ¡Señor, a veces me cuesta darte tiempo para unirme a ti en la oración o en el servicio a los demás porque mis asuntos personales me llenan la jornada y tampoco se descubrirte en los demás, dame un corazón humilde para comprender que sin Tu compañía no soy nada! ¡Señor, Maestro, tu me llamas y me ofreces un proyecto maravilloso de vida; pones en mis manos el camino de la santidad, lejos de la mediocridad! ¡Me preguntas y me hablas a lo más profundo del corazón y me ofreces la noble causa de ser tu discípulo, tu amigo y tu compañero de camino! ¡Me brindas la ocasión de trabajar por tu Reino, de seguirte dándome sin medida! ¡Me preguntas por qué lloro pero sabes que me ofreces un camino que pasa por la dureza del mundo y a veces con la sequedad del corazón pero el tuyo es un proyecto que lleva consigo el amor, la alegría, la esperanza, la fe… la vida! ¡Tu me llamas, Señor, para que me entregue enteramente a Ti, viva tu vida y luego la lleve a los que me rodean para que gocen también de vida abundante! ¡Gracias, Señor, porque dejas en mi corazón una profunda huella: tomar parte en el camino de la cruz y en el destello fulgurante de tu Resurrección! ¡Jesús, Maestro, amigo, gracias, porque me enseñas a caminar a la luz de la fe!

Del compositor Antonio Lobo escuchamos hoy la hermosa Misa de María Magdalena:

Derramar mi propio perfume

Seis días antes de la Pascua, Jesús viaja Betania. Es un viaje para celebrar la vida. Un viaje para retormar la amistad nunca perdida. Un viaje para compartir mesa y mantel con los amigos que ama. La vida es encuentro y Cristo, que sabe que ha llegado su hora, llena la casa con su fragancia. Allí Lázaro, resucitado de entre los muertos, le abre de nuevo su amistad. Marta se abona al servicio, lo más preciado que posee. Y María vierte una libra de perfume de nardo, auténtico y costoso, con el que le unge los pies y se los enjuga con su larga cabellera. Cada uno entrega lo más preciado que atesora y lo mejor de si mismo. Y con estos tres elementos, la casa se llena de fragancia.
La actitud de este trío que compone el círculo de amigos íntimos de Jesús me invita a preguntarme: ¿Cómo puedo derramar en mi entorno y en mi vida mi propio perfume, aquello que soy y aquello que tengo a imitación de María, Marta y Lázaro? Probablemente tomando clara conciencia de que Jesús, el Ungido, me sigue impregnando de su fragancia y la impregna también al prójimo que me rodea. Es a mí al que le corresponde encontrarlo entre el ruido y el gentío del mundo por medio de mi entrega, mi servicio y el despojo de mi mismo. Se trata de ungir a todo y a todos con ese perfume único que es el amor con el exclusivo fin de que la fragancia de la vida compuesta por una mezcla de humildad, servicio, entrega, generosidad, amor y sencillez lo sientan todos aquellos que se acercan a mi persona.

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¡Señor, quisiera exhalar el aroma de vida que conduce al amor y no el olor del egoísmo, la soberbia, la tibieza, la falta de caridad, la búsqueda de mis propios intereres que matan lo bueno que hay en mí y me alejan de ti y de los demás! ¡Te pido, Señor, que me ayudes a romper el cuenco de alabastro y esparcir tu fragancia a cualquier lugar donde me dirijan tus pasos! ¡Que esa fragancia viva la sienta como propia! ¡Envíame tu Espíritu, Señor, para que penetre todo mi ser y mi vida sea capaz de irradir solo un poco de la tuya! ¡Conviérteme, Señor, en un pequeño instrumento de tu misericordia para iluminar la vida de los demás y dar mayor luz a la mía! ¡Señor, ayúdame a ofrecerte mi vida de la manera que tu quieras y como tu quieras con la vela de la alegría iluminando el camino, la candela de la esperanza guiando los pasos y la lámpara de la confianza en ti eliminando las sombras que se ciernen sobre mi vida! ¡Elimina, Señor, de mi vida aquello que no te gusta de mi y rocíame de tu fragancia porque quiero ser alguien agradable para Ti y para los demás! ¡Ayúdame a que por medio de mi testimonio de coherencia y verdad se queden prendando de tu perfume! ¡Que lo importante de mi, Señor, sea mi belleza interior y no lo que se ve exteriormente!

Perfume a tus pies, hermosa canción para acompañar esta meditación:

En comunión espiritual con Cristo

María Magdalena se encontraba sumida en la más profundas de las miserias morales. Hundida en el barro del pecado. Y un día, sorpresivamente, se le aparece Cristo. Seguro que había oído hablar de Él. Y se levanta, inundada por la luz cegadora de la hermosura espiritual del Señor. ¡Qué maravilla! Y, entonces, decide abandonar su vida pasada para vivir la alegría de la conversión. Las heridas de su corazón y las lágrimas silenciosas de su desgarradora vida dan paso a una gran paz interior. Junto al Señor de la vida transformó su corazón. Lo llenó de la dulzura de Dios.
Y hoy me pregunto: ¿Cuál es el valor de la Magdalena? Seguir siendo la misma criatura de antaño pero, recibido el perdón divino, tener la fuerza de resistir. Ser más fuerte ante las pruebas que tiende la debilidad y la tentación del mundo. Su corazón era el mismo pero ahora estaba lleno de amor. Del Amor. De un amor auténtico, misericordioso y puro. Antes había amado entre el deseo y la miseria moral, entre la desvergüenza y la desazón.
Con Cristo y en Cristo encontró el sosiego interior. Fue capaz de perseverar. Y tener fidelidad a la gracia. Siguió los valores e ideales de Cristo. Vivió por y para Cristo. Y lo dio todo. Esto es, sencillamente, la comunión espiritual.
¿Acaso no soy yo también una frágil criatura que lucha para rechazar la vida fácil y entrar en el gozo divino? ¿No estoy lleno de heridas, contradicciones y desgarradores fracasos personales? ¿No he tenido y tengo vergonzosas caídas? ¿No se me dirige a mi el Señor con frecuencia con sus «¿Por qué lloras, amigo?» o con un «Tus pecados te son perdonados»? ¿Entonces? ¡Entonces es que si no soy consciente de ello es que no vivo en una permanente comunión espiritual con el Señor!

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¡Señor, amigo, ¿qué me pasa?! ¡Acércate a mi, Señor, para crear en mi un corazón nuevo! ¡No permitas, Señor, que desfallezca nunca! ¡Hazme sentir, Señor, a mi alrededor Tu figura como un día te acercaste a la Magdalena y cambiaste su vida! ¡Hazte, Señor, aunque ya sé que los haces, presente en mis angustia y sufrimientos cotidianos!¡Quiero, Señor, como María Magdalena ser un hombre de corazón abierto que no permita que lo cierre el pecado, el egoísmo y la soberbia! ¡Quiero dejarme evangelizar por Ti, Señor, y hacerme pequeño para acoger Tu Palabra! ¡Quiero, Señor, besar tus pies, bañarlos con mis lágrimas de arrepentimiento y abandonarme enteramente a Ti! ¡Quiero que mis gestos hacia Ti, Señor, y hacia los demás en los que Tu estás presente, sean respuestas vivas a Tus mandatos y Tu Palabra! ¡Quiero, Señor, vivir en un clima de intensa intimidad espiritual, de comunión espiritual, de fe viva! ¡Ansío, Señor, como María Magdalena dejar atrás todo lo que me aparta de Ti y sentarme a los pies de la Cruz para estar atento a Tu mensaje! ¡Anhelo, Señor, sentir como María que el Evangelio eres Tu que nos salvas, nos transformas, nos renuevas y nos regeneras! ¡Que eres Tú, Señor, y solo Tu el que estás presente en la Eucaristía! ¡Solo necesito de Ti, Señor mío, los mismos sentimientos de amor, ternura y misericordia que tuviste con María Magdalena! ¡Ayúdame, Señor, a anunciar que estas vivo y resucitado y que te encuentras cada día entre nosotros! ¡Forja en mí, Señor, un corazón abierto, dulce y blando para acoger los más bellos sentimientos, ser sensible a tu ternura y llevarlo luego a los que me rodean!

Comienza hoy el mes de febrero y el Santo Padre nos pide orar aquellos que están agobiados, especialmente los pobres, los refugiados y los marginados, para que encuentren acogida y apoyoen nuestras comunidades. Nos unimos a su oración con el corazón abierto.

Y, hoy, esta canción de conversión de María Magdalena:

Hablar con Dios

Hace unos días tuve ocasión de impartir una charla sobre cómo el Espíritu Santo reina en nosotros a un nutrido auditorio. Al terminar el acto, en una conversación informal, uno de los asistentes se me acercó para comentarme que le resultaba muy difícil hablar con Dios en la oración. Que no le salían las palabras, que el silencio le invadía siempre. Se me ocurrió decirle que la mejor manera es abrir las páginas del Evangelio y convertirse en un personaje más. Intentar hablar a Jesús como pudieron hacer aquellas personas que se encontraron con Él en los polvorientos caminos que recorría el Señor. Utilizar sus mismas palabras, en una conversación sencilla. Por ejemplo, como hizo la misma Virgen María cuando encontró al Niño en el templo después de tres días de búsqueda desesperada. En ese encuentro la Virgen exclamó: «¿Por qué haces esto conmigo?». O hacer como aquel ciego que suplicó: «Haz que vea». O, como el leproso, al que todo el mundo rechazaba, y que se dirigió al Señor diciéndole: «Si quieres, Señor, tú puedes curarme». O como San Pedro, atemorizado con el fuerte oleaje del lago, en aquella barcucha de pescadores: «Aléjate de mí, Señor, porque soy un miserable pecador». O como aquel centurión, lleno de fe, al que Jesús le había sanado a su criado y que ante el milagro del Señor fue capaz de pronunciar aquellas impresionantes palabras del «no soy digno de que entres en mi casa pero una palabra tuya bastará para sanarle» y que hoy repetimos confiadamente poco antes de ir a comulgar. O, como aquel hijo, que lo había perdido todo, malgastando la herencia del padre, y que avergonzado regresó al hogar paterno donde apenas pudo balbucear: «no soy digno de llamarme hijo tuyo, he pecado contra el cielo y contra ti; puedes considerarme el último de tus servidores».
Y, si aún así no surgen las palabras, siempre podemos imitar las actitudes de tantos hombres y mujeres que se maravillaron en cada encuentro con Cristo. Embelesarse como hicieron los sencillos pastores en la gruta de Belén. O cantarle una canción y tomarlo en brazos como hizo Simeón en la presentación del Niño Jesús en el Templo. O escucharle en silencio, dejando que en el corazón penetren sus palabras, como hicieron aquellos doctores del Templo de Jerusalén, que se maravillaban con la sabiduría de aquel Niño. O ponerse de rodillas cubriendo a Cristo de besos y con el perfume del amor como hizo la Magdalena. O dejarse maravillar por su sonrisa como hicieron aquellos niños que se sentaron en sus rodillas. O dejarse llevar a hombros como la oveja perdida de la parábola del buen pastor. O extender la mano para que sane nuestras heridas con hicieron el ciego, el paralítico, el leproso, el moribundo… O posar la cabeza en su hombro como hiciera el discípulo amado el día de la institución de la Eucaristía.
Palabras o silencio contemplativo. Son dos maneras para acercarse al corazón de Cristo y hacer de nuestra vida oración sencilla y cercana a la suya descansando todas nuestras alegrías y nuestros pesares en su amistad. Si es de corazón, es en sí una oración que acoge emocionado nuestro Padre Dios.

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¡Padre Nuestro, gracias por ser mi Padre creador, eso te lo agradeceré siempre porque es el gran regalo que has hecho mi vida! ¡Eres el Padre de todos sin excepción pero más de los desheredados, de los pobres, de los que sufren, de los desesperados, de los hambrientos, de los que no tienen nada… y de todos ellos me has hecho su hermano aunque tantas veces me olvide y me cueste entregarme a ellos! ¡Padre que estás en el cielo: porque tú eres el cielo mismo, la esperanza que da vida a mi vida, el camino que me lleva a la alegría de la salvación, el que me marca la pauta para esperar ese cielo venidero que es estar junto a ti en la eternidad! ¡Padre, Santificado sea tu nombre, porque tu nombre es efectivamente santo quiero alabarlo, bendecirlo, glorificarlo, adorarlo… hacer que todos te conozcan y te glorifiquen y pronunciando tu nombre siempre te den gracias, con alegría y con esperanza; para que pronunciando tu santo nombre todos vivamos en paz y en armonía, dando amor y repartiendo misericordia, para que no haya discusiones entre tus hijos! ¡Padre,Venga a nosotros tu Reino, para que impere entre nosotros la paz, el amor, la justicia, la misericordia y la generosidad; para que siembres en nuestros corazones la semilla del amor y de la misericordia y que crezcan para repartirlas por el mundo y se haga siempre tu voluntad y no la nuestra; haz que través de nuestras manos crezca un mundo mejor a semejanza de lo que tú esperas! ¡Padre, Hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo: Y aunque es una tarea muy ardua ayúdame a ponerme en tu mano porque contigo todo es posible y hazme entender que hacer tu voluntad muchas veces requiere sacrificios y esfuerzos pero ayúdame a hacerlo con felicidad y alegría porque viene de ti! ¡Padre, Danos, hoy, nuestro pan de cada día: y hazlo a todas horas para que a nadie le falte de nada en ningún momento; aunque tú nos das el pan de la Eucaristía, y nos lo das en abundancia para que podamos alimentarlos cada día de ti; ayúdanos a partirnos y a multiplicarnos como hicisteis con los panes y los peces para que nadie se quede sin saborear tu alimento de vida y esperanza! ¡Padre, Perdona nuestras ofensas: especialmente las mías que soy un miserable pecador pero también la de mis hermanos para que haya en este mundo armonía, paz y mucho perdón! ¡Padre, Como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden: pero ayúdame hacerlo como lo haces tú siempre, olvidando las ofensas y llenando tu corazón de amor y de misericordia y sin rencores! ¡Padre, No nos dejes caer en la tentación: porque son muchas las trampas que nos pone el demonio cada día, dame la fortaleza para sostenerme siempre en ti, dame un Espíritu fuerte para no caer en esta tentación que no me separe del camino del bien porque tú conoces mi debilidad! ¡Padre, Líbranos del mal: pero sobre todo líbrame de hacer el mal a los demás!

Hoy se celebra la Solemnidad de la Virgen del Pilar, Patrona de la Hispanidad, a ella Pilar nos encomendamos con una de las oraciones más antiguas dedicadas a la “Pilarica”:
«Omnipotente y eterno Dios,
que te dignaste concedernos la gracia de que la santísima Virgen, madre tuya,
viniese a visitarnos mientras vivía en carne mortal, en medio de coros angélicos,
sobre una columna de mármol enviada por ti desde el cielo,
para que en su honor se erigiese la basílica del Pilar por Santiago,
protomártir de los apóstoles, y sus santos discípulos,
te rogamos nos otorgues por sus méritos
e intercesión todo cuanto con confianza te pedimos. Amén».

El canto del Padre Nuestro en Arameo que conmovió al Papa en Georgia:

Los milagros existen y yo doy fe

En un entorno profesional en el que la mayoría de la gente no cree en Dios se me ocurre decir que creo en los milagros. Y es así porque se ha solventado una situación a todas luces imposible de resolver. Pero la he orado. Y el Señor, en su infinita misericordia, ha querido atender a mí plegaria. Y lo digo. Alto y claro. Y lo razono. Si no hay una explicación lógica a que eso se haya solventado es porque algo sobrenatural lo ha solucionado. Pero todos tienen su opinión al respecto. La mía es muy clara. Aunque tengo que decir que mis primeros rezos eran en voz muy baja, casi en la desconfianza, porque la solución era casi una quimera.
Esta es una enseñanza muy valiosa para mí. Rezamos intensamente cuando las cosas no salen como tenemos previsto, cuando los planes de nuestra vida se tuercen. Pero Dios escribe con renglones torcidos.
Me he sentido como aquellos primeros discípulos, testigos de primera mano de la Resurrección de Cristo. Vivieron con él pero a las primeras de cambio tuvieron dudas y su fe se tambaleaba. Nos formamos un Cristo a la medida de nuestras necesidades, basándonos en nuestras propias limitaciones y en la voluntad de nuestros deseos, con un claro utilitarismo partidista. No permitimos que Cristo demuestre en nuestra vida la bondad de su misericordia y de su amor. En definitiva, no dejamos a Dios que sea Dios y se muestre como tal. Con sus manos, Dios puede hacer lo que le venga en gana. Y, para mí, que esta situación se haya solventado, es la constatación de su grandeza porque si ese proyecto caía muchas cosas se desmoronaban.
Pero también me siento como la Magdalena. He sentido que Cristo está ahí, se hace presente y me escucha. Ninguno de los seis que estaban en el proyecto me han creído. La mayoría, seguro, me han cuestionado en silencio. Pueden creer que soy un iluminado. Pero no es así. Funcionamos por lógicas humanas, con la racionalidad más exacerbada pero no valoramos que el poder de Dios es más poderoso y que Él todo lo puede. Tenemos el corazón tan endurecido, tan henchido de nosotros mismos, que nos somos capaces de comprender que la existencia de Dios se materializa cada día en nuestra vida.
Dudas como los primeros discípulos, sentimiento como el de la Magdalena. Una situación contrapuesta que me permite exclamar en este día al Señor: ¡Aumenta mi fe, Señor, para dar testimonio de tu existencia! ¡Aumenta mi fe, Señor, para darte siempre gracias por tus favores y tu misericordia! ¡Aumenta mi fe, Señor, para acrecentar en Ti mi confianza!

milagros de Jesús

¡Jesús, amigo, hermano, compañero! ¡Confío en Ti! ¡Confío en tu Providencia! ¡Quiero salir de mi pequeñez, de mi vulgaridad, de las cadenas que me agrietan y rompen mi fe, no quiero dejarme llevar por el hastío de los indecisos, de los que no creen, de los que no esperan! ¡Quiero dar, de tu mano, siempre un paso adelante y proclamar mí fe, mi esperanza en Ti, en confianza en tu amor y tu misericordia! ¡Quiero, Señor, ir de tu mano caminando contigo dondequiera que tu vayas! ¡No me importa que me critiquen, ni que me juzguen, mi que se rían de mí! ¡No me importan las tormentas ni las tempestades si Tú estás a mi lado! ¡Aumenta mi fe, Señor para comprender mejor lo que regalas cada día, lo que esperas de mí! ¡Aumenta mi fe para acrecentar mi confianza en Ti! ¡Aumenta mi fe, para mantenerme siempre firme! ¡Aumenta mi fe para no caer en la desgana que me debilita, para no caer en tentación, para mantener siempre los ojos abiertos y hacer la voluntad del Padre! ¡Aumenta mi fe para sentir como sientes Tú, para sufrir como sufres Tú, para vivir como vivías Tú, para alegrarse como lo hacías Tú! ¡Aumenta mi fe, Señor, para comprender que Tú siempre vives en mí aunque tantas veces no lo demuestre con mi comportamiento personal! ¡Aumenta mi fe para creer como creyó la Magdalena, para salir de mi mediocridad, para crecer en santidad, para alejar de mi la desesperanza y la tristeza, para fiarme siempre de Ti, para vivir con el convencimiento de que Tú siempre puedes sanarme! ¡Te lo pido, Señor, y te doy gracias porque me has regalado la fe, tu amor y tu misericordia!

Como Zaqueo, haz un milagro en mí, cantamos hoy para acompañar esta meditación: