A lo que te invita la vida

En la vida no tiene ninguna relevancia lo que has sido, lo importante es lo que puedes llegar a ser. No importa lo que los demás piensen de ti y de tu pasado, lo relevante es ser ante Dios.

Los condicionamientos y limitaciones de nuestro pasado no tienen porque cercenar nuestro presente. ¿Y cómo se logra esto? Si en tu vida actual logras ser capaz de entrar en la esencia de tu interior, en lo que es importante; si en el lugar del corazón dejas que fluya de una manera recurrente la fuente de agua viva para que te purifique; si eres capaz de encontrarte a ti mismo en tu realidad cotidiana; si eres capaz de encender la luz que te da la energía y la fuerza que es necesaria para ser sin máscaras ni condicionamientos lo que eres, lo que estás llamado a ser como persona, lo que anhelas y lo que puedes ser.

La vida te invita en todo momento a conseguirlo; te invita en el desierto del silencio interior donde sin ruidos puedes escuchar lo que anida en tu corazón. La vida te invita a encontrar momentos de recogimiento, un tiempo en el que merece la pena escuchar el silencio, permanecer unos instantes acariciando con ternura esa soledad que a uno tanto le espanta a veces y con la que teme enfrentarse. Y en ese silencio descubres, a la luz silenciosa del Espíritu, que no caminas en soledad porque ese silencio es tan revelador que se dirige hacia ti y te concede la gracia en el presente de la vida de entender y comprender lo que es necesario e imprescindible para vivir lo que eres y lo que deseas ser.  Ese silencio te ayuda a confiar en tus posibilidades, te permite dar un nuevo crecimiento espiritual a tu vida y convertir tu pobre humanidad en una obra apostólica de auténtica humanización. Se trata de llamar divino a la plenitud de lo humano, y cielo a una vida que, aunque sencilla, te permita vivir feliz en la unidad del amor. Yo, aunque lejos estoy, aspiro a este unión, a esta perfección, a ese anhelo porque desde lo íntimo puedo llegar más a la unión con Dios y desde Él, a los que me rodean.

¡Señor envía tu Santo Espíritu sobre mi para que me renueve, transforme, purifique, lave, vivifique! ¡Haz, Señor, que mi vida tienda hacia lo interior, que no tema el silencio para encontrarme contigo porque desde ese silencio alcanzaré mayor plenitud espiritual! ¡Haz, Señor, que mi vida esté impregnada de mucha oración, de mucha vida interior, de mucho recogimiento, de mucha soledad acompañada, de mucha gracia de tu Espíritu porque quiere caminar viviendo en tu presencia, sintiendo tu presencia, aprendiendo de tu presencia, amando como tu amas! ¡Señor, quiero darle plenitud a mi vida con tu presencia divina porque quiero impregnar mi humanidad de tu Espíritu, de tu fuerza, de tu amor, de tu presencia, de tu misericordia! ¡Anhelo, Señor, vivir feliz en la unidad contigo, unido siempre a ti! ¡Señor, haz que mi alma esté siempre atenta en los momentos de recogimiento, silencio y soledad para verte! ¡Señor, permíteme comprender que mi tesoro como cristiano está en el cielo y no en la tierra, que mis pensamientos, mi oración y mi vida tiene que ir encaminado siempre hacia la eternidad! ¡Haz, Señor, que mi vida sea un encuentro y una unión permanente contigo!

Vivir la verdad y sin máscaras

Si uno lo analiza bien el ser humano es de por sí bastante complicado. Y cuando las complicaciones abruman cubrimos la impotencia que nos inunda por medio de máscaras. Dejas de ser tu para perder tu originalidad y acomodarlo todo a un apaño de medias verdades y poco originales justificaciones.
¿No es mejor vivir la vocación de cristiano, de padre o madre de familia, de amigo, de creyente, de profesional, de ama de casa, de estudiante o de lo que sea desde la autenticidad, la sencillez o la descomplicación?
Estamos porque hemos sido creados por un Dios que es Amor. Sin ese amor no somos nada porque todo nos viene regalado. Hay que aprender a dejarse moldear por la acción del Espíritu para que Cristo se encarne en mi persona, me llene, me impregne, me invada y me posea. Para que Cristo entre por completo en mi vida y la transforme desde lo auténtico y veraz. Es su Espíritu el que moldea esa frágil vasija de barro que conforma la vida. Delicada, quebradiza y vulnerable por fuera pero con abundantes dones por dentro pero no por méritos propios sino porque Cristo, motor de la historia y por tanto de vida, vive en cada uno. Entonces, logro que mi mirada sea su mirada, mis pensamientos sean sus pensamientos, mis actos sean sus actos, sus sentimientos sean los míos… en un acompasamiento de acciones y de gestos. Es decir, vivir con Cristo, en Cristo, para Cristo, por Cristo y desde Cristo.
Cuando esto ocurre te puedes desprender de las máscaras que en apariencia te «protegen» exteriormente pero que carcomen y devoran por dentro y que conforman parte de nuestra identidad impostada para redescubrir y mostrar como somos en realidad.
La esencia del ser cristiano es vivir la verdad y la autenticidad con todas sus consecuencias. No querer aparentar, fingir o disfrazarse sino agradar a Dios y hacer lo que Dios ha pensado de mí y para mí; supone aceptarme a mí mismo como «pensamiento de Dios», tal como soy, con mis límites y con mi grandeza. Esconderse de uno mismo no lleva a ningún lugar. El cristiano auténtico es aquel que tiene trasparencia de alma, que no se esconde detrás de un personaje, que su autenticidad va acorde con lo que hace, dice y piensa. El cristiano auténtico no necesita disfraces porque su espejo es Cristo, el más auténtico de los hombres. Él llena nuestro corazón y nuestra vida para vivirla en libertad. ¡Qué tranquilidad vital no tener que colocarse la máscara diariamente para fingir lo que no se es!

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¡Señor, envía tu Espíritu sobre mí para que me haga crecer en autenticidad y verdad! ¡Líbrame, Señor, de todas aquellas máscaras que entorpecen mi crecimiento como cristiano, como discípulo y seguidor tuyo! ¡Hazme tener plena conciencia, Señor, de que mi identidad es ser uno contigo! ¡Señor, tu me invitas a seguirte para ser sal de la tierra, luz del mundo, parte de la vida verdadera, fermento que da fruto, semilla que crece; eso no lo puedo lograr sin no soy auténtico a semejanza tuya! ¡Señor, tu me invitas a ser tu amigo, me has elegido para llevar tus frutos abundantes y para ser siervo de la justicia; es no lo lograré sin autenticidad cristiana! ¡Tu, Señor, me has convertido en siervo de Dios, en hijo espiritual de Dios, en hijo verdadero de mi Padre, me has hecho coheredero tuyo para compartir la herencia del cielo; eso no lo lograré sin autenticidad cristiana! ¡Tu Espíritu mora en mi, Señor, porque me soy templo morada de Dios, por estoy unido a Él en espíritu y vida, por soy miembro de tu cuerpo producto de la nueva creación, hecho a la hechura de Dios, llamado a ser santo en una sociedad que se aleja de la autenticidad; no permitas que caiga yo también en este quebranto! ¡Señor, soy una de las piedras vivas de Dios, soy miembro de tu linaje escogido, miembro de su Iglesia santa, enemigo del diablo, promotor de la alegría cristiana; no seré creíble si me escondo detrás de una máscara que no deja traslucir mi autenticidad como ser humano! ¡Señor, aspiro a ser como eres Tu, por eso quiero vivir en Ti, para Ti, por Ti y desde Ti! 

Esclavos de nuestras máscaras

En el mundo actual las apariencias forman parte de nuestra vida. Estamos llenos de máscaras y nos volvemos esclavos de ellas. La mayor parte de las veces para ser aceptados socialmente o para complacer a los demás. También para evitar que nos hagan daño o para protegernos de los que nos provocan dolor. Y, así, nuestra vida comienza a ser artificial, poco auténtica, más pensada en los demás que en nosotros mismos. “Si quieres impresionar, ten siempre una buena apariencia”, decía el director de recursos humanos de una empresa en la que trabajaba hasta el punto que daba incluso sesiones de cómo comportarse, cómo vestirse y cómo hablar en los diversos ambientes con la única excusa de ofrecer una buena imagen no tanto personal sino de la empresa.
Las máscaras no reflejan nuestro yo; y el peso de llevar una máscara en todo sitio y lugar produce pesadumbre e insastifacción. Pese a que el mundo actual establece que la imagen lo es todo, la realidad no es la misma cuando se trata de nuestra relación con Dios. No existe nada que podamos esconder a Dios de nuestra imagen y apariencia. Dios todo lo sabe de nosotros y Dios todo lo ve de nosotros. Y es en la intimidad de la oración donde podemos desnudar nuestra alma, desprendernos de nuestras máscaras, donde no caben las apariencias porque entramos en un trato de familiaridad e intimidad con Él.
La esencia del ser cristiano es vivir la verdad y la autenticidad con todas sus consecuencias. No querer aparentar, fingir o disfrazarse sino agradar a Dios y hacer lo que Dios ha pensado de mí y para mí; supone aceptarme a mí mismo como «pensamiento de Dios», tal como soy, con mis límites y con mi grandeza. Esconderse de uno mismo no lleva a ningún lugar. El cristiano auténtico es aquel que tiene trasparencia de alma, que no se esconde detrás de un personaje, que su autenticidad va acorde con lo que hace, dice y piensa. El cristiano auténtico no necesita disfraces porque su espejo es Cristo, el más auténtico de los hombres. Él llena nuestro corazón y nuestra vida para vivirla en libertad. ¡Qué tranquilidad vital el no tener que colocarse la máscara cada día para fingir lo que no se es!

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¡Señor, cuánto te agradezco que aceptes mi debilidad aún sabiendo cuáles son mis carencias! ¡Señor, ayúdame a ser sincero y auténtico para tener cada día la posibilidad real de tener un encuentro de amor contigo. Tú sabes que trato de ser fiel a mi fe, que confío en tu providencia y misericordia, y que te amo con todo mi corazón. Envía tu Espíritu Santo para que ilumine y guíe siempre mi oración! ¡Espíritu Santo dame el don de la inteligencia y la sabiduría para saber interpretar todos los acontecimientos de mi vida, comprender cuál es la voluntad de Dios y no la mía! ¡Espíritu de Dios, ayúdame a ser siempre auténtico, a no esconderme detrás de un yo ficticio que me genera frustraciones y ayúdame también a ser como Dios quiere que sea! ¡Señor, Tu me conoces mejor que nadie, Tu me aceptas con mis fallos y mis virtudes, Tu que eres la infinita misericordia, ayúdame a ser siempre auténtico, a liberarme de esas máscaras que me alejan de Ti y de los demás y no permitas que mi ego, mi soberbia, mis vicios, mi materialismo, mi vanidad, mis rencores y mis penurias me alejen de Ti! ¡María, Señora de las grandes virtudes, ayúdame a vivir tu misma autenticidad Tu que viviste momentos de gran turbación y diste un fiat lleno de amor a Dios!

Impresionante canción del Grupo Ciento Ochenta pidiendo al Señor salvación:

Ofrezco lo que tengo y lo que soy

Luz Casal es una cantante de voz desgarrada. Sus canciones están llenas de sentimiento. Hace más de 20 años publicó el single titulado «Te ofrezco lo que tengo». Ayer, de casualidad, escuché esta canción en la radio. Y aunque no es un tema espiritual provocó en mi un profundo revuelco interior. Para entender esta meditación hay que leer la letra de la canción:

Perdido en el intento
inútil de buscar
en medio de la nada
malvives descontento,
te quiero ayudar,
me sobran sentimientos
y te los quiero dar.
Lo que tengo te lo ofrezco,
lo que tengo y lo que soy,
lo que tengo, todo te lo doy.
Primero la ilusión
que alegrará, lo se,
a ese helado y pobre corazón,
segundo mi vigor
para darte poder,
tercero grandes dosis
de valor y fé.
Ajena al desaliento,
tenaz en perseguir
la suerte y la fortuna
como un recien nacido
me empeño en existir,
son míos sol y luna,
los quiero compartir.

Vivimos en una sociedad y en un entorno en el que es muy frecuente que personas nos hagan promesas que nunca van a cumplir, que entreguen aquello que no es suyo, que digan sentir emociones que realidad no sienten simplemente por quedar bien, pronuncian palabras vacías que quieren llenar de contenido, te hacen creer que eres maravilloso (eres un crack, dicen) aunque en realidad piensen lo contrario… Yo mismo me he comportado así en muchas ocasiones, incluso hay momentos que intento enmascarar mi desazón con una sonrisa, fingir que me encuentro bien cuando por dentro estoy roto. Demostrar alegría cuando en realidad lo único que soy capaz es de llenar un río con mis lágrimas.
Pero Luz me ha iluminado. Ha puesto un foco incandescente en mi corazón. Me ha hecho ser consciente que la fragilidad con la que me muevo tantas veces y que busco camuflar con la máscara del «todo bien» no me permite ser la persona auténtica que quiero ser. Que la mayor autenticidad es ser quien soy realmente con mis defectos y mis virtudes. No se puede poseer lo que no se tiene. Pero si puedo hacer una fotografía de mi yo y enseñársela a Dios. Y es ante Él donde la verdad emerge con toda su realidad colocándote en su debido lugar.

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¡Señor, tú me enseñas aprender de las situaciones difíciles, de aquellos momentos en que la realidad me exige que afronte con valor, sin miedo, descubriendo mi fragilidad y retirando esas máscaras que esconden mis miedos y mi inestabilidad! ¡Señor, ayúdame con la fuerza de tu espíritu a ser auténticamente quién soy y darte todo lo que hay en mi interior! ¡Ayúdame, Señor, a no juzgar nunca los demás y mirarme siempre en el espejo del Padre que es el único lugar donde la verdad me sacude con una gran intensidad y me posiciona en el lugar que me corresponde! ¡Señor, ayúdame a dar siempre lo mejor de mí con palabras de ánimo que puedan entrar en un corazón desgarrado, ese abrazo amoroso y lleno de cariño para consolar al hombre o a la mujer que a mi lado esté abatido, compartir mis sentimientos amorosos y misericordiosos con aquellos que sufren, regalar mis oídos para escuchar con sencillez de corazón a quien necesita trasmitir una sentimiento, dolor, sufrimiento o frustración, secar con el pañuelo de mi alma tantas lágrimas que muchos derraman por su situación personal, Dar palabras de esperanza en la de aquel corazón que sufre! ¡Señor, simplemente quiero hacer lo que hacías tú! ¡Para ello, Jesús, ayúdame a no ir por la vida con dobleces y tratando de mascarar mi vida con un halo de bondad sino con mis defectos, mi fragilidad, mi corazón abierto, para que todo el mundo vea cómo soy y en mi debilidad poder descubrirme a los demás y demostrar que intento caminar siguiendo tus pasos, sin prisas, levantándome cada vez que caigo, con mis imperfecciones que tú vas modelando a través de la oración! ¡Señor, a ti nada tengo que esconderte porque lees hasta el último recóndito rincón de mi corazón! ¡Señor, hay algo que me da mucha esperanza y es que Dios escoge siempre a los débiles y a los pequeños para que avancen en la vida y es a ellos a los que les muestra las sendas de la vida que, aunque no sean fáciles y estén llenas de espinas, puedan al final estar coronada por la inmensidad de tu amor, gratificada por tus favores y llena, sobre todo, de tu misericordia! ¡Señor, tú sabes que tengo poco pero lo poco que tengo te lo doy y por eso quiero cada día esforzarme en tener más pero no de lo material sino de lo verdaderamente importante que es lo del corazón para dar más amor para darte más a ti y a los demás, para acercarme más a ti y a los demás y, sobre todo, para beber del agua viva y esa misma agua repartirla con mis pobres y frágiles manos a los demás!

Y como no podía ser de otra manera, la canción de Luz Casal que abre esta meditación:

Soy como la mujer adúltera

¡Qué fácil nos resulta juzgar a los demás! Ahora me pongo en situación. Observo como Jesús se acerca a la mujer adúltera juzgada y condenada por todos y le pregunta dónde están esos que la condenan. Cuando todos tiran la piedra de sus manos, Él la toma de la mano. Y la levanta. Y, ella, fijando su mirada en Jesús se siente nacer de nuevo, alegre, amada, respetada, dignificada. «Vete en paz. Yo tampoco te condeno». Me impresionan estas palabras del Señor porque ponen en pie al hombre, nos permite caminar con la cabeza bien alta. Nos permite entender que en lo profundo de nuestro corazón no nos llena el egoísmo, ni la soberbia, ni los intereses personales, ni la vanidad, ni los placeres. Que lo que más nos llena es encontrarse con Ese que es más grande y hermoso que el amor mismo.
Pecadora como yo. Pero la mirada tierna de Cristo transforma su corazón. Las palabras sanadoras de Cristo transforman su interior. Las manos amigas de Jesús serenan su vida. La ternura de Cristo suaviza su dolor. Y se marcha en paz. Y endereza su vida con el propósito de nunca más pecar. Y, probablemente, cuando Cristo la dejara sola, libre, dignificada, enaltecida y purificada, aquella mujer lloraría en silencio llena de paz y de consuelo porque en definitiva solo son los limpios de corazón los que verán a Dios. Ella lo había visto. Con sus propios ojos. Había visto a Jesús, lo había visto cercano. El Jesús que nos invita a irnos en paz, a no juzgar y no volver a pecar.
Y en este día me siento muy cercano a esta mujer pecadora. Porque yo también estoy agazapado, en el suelo, por mi pecado. Yo también soy la persona que se sorprende por el amor misericordioso de Cristo. Soy también alguien que tiene el corazón abierto a la escucha de Jesús a pesar de su orgullo y de su soberbia, de sus múltiples caídas y su pecado. Soy también el hombre pecador que Jesús le purifica por su infinita benevolencia. Soy alguien que llora en silencio cuando sabe que ha obrado mal y que no puede, ni por asomo, lanzar ninguna piedra contra el prójimo porque tiene mucho que cambiar. Soy alguien que tiene sus máscaras vitales para sobrevivir. Soy esa persona que tantas veces se olvida de amar porque sus intereses personales están por encima de todo lo demás. Soy tantas cosas que me obligan a tirar la piedra y esperar el perdón del Señor, que soy al mismo tiempo de los que abandonan el lugar avergonzado y de los que Cristo levanta para enderezarlo de nuevo. Soy alguien tan pequeño, tan poca cosa, que sólo me basta que Jesús me toque para sentirme amado por el Amor.

Quien esté libre de pecado

¡Gracias, Jesús, por tu perdón! ¡Gracias, Jesús, porque te has hecho hombre, te has humillado, te has hecho pequeño, te has hecho subordinado al Padre, te has acercado a nosotros para salvarnos no para condenar nuestras faltas y nuestros pecados! ¡Gracias, Señor, porque este es el ejemplo que debo seguir: el no juzgar, el no tirar la piedra contra nadie, el no criticar, el no humillar! ¡Gracias, Señor, porque tu ejemplo, tu palabras, tus acciones, tu mirada me hace sentirme perdonado! ¡Gracias, Señor, porque permaneciendo callado y en silencio junto a la mujer pecadora y en lo alto de la Cruz me enseñas el camino a seguir! ¡Gracias, Jesús, amigo, porque me demuestras que tu gesto es el gesto del amor, la demostración que no debo juzgar si no acoger, que no debo reprender sino abrazar, que no debo criticar sino perdonar! ¡Gracias, Señor, porque meditando esta escena tan impresionante del Evangelio cambias radicalmente mi corazón, cambias mi vida, cambias el concepto que pueda tener de la gente! ¡Señor, quiero hoy coger lo mejor de ti, tu gran capacidad para amar, para acoger, para dar ternura y afecto, para perdonar, para llevar a los demás esa actitud misericordiosa que tuviste con la mujer adúltera! ¡Quiero en definitiva, Señor, contar al mundo lo que hoy me has dicho al corazón: «Vete, y no peques nunca más»!

Jaculatoria a la Virgen en el mes de mayo: ¡Todo tuyo, María, en las alegrías y en las penas, en todos los momentos de mi vida me entrego a tu Corazón Inmaculado!

Widerstehe doch der Sünde, BWV 54 (Resiste al pecado) es este impresionante cantata de Bach tan apropiada para acompañar la meditación de hoy:

A Dios no le gusta mi hipocresía

En este tiempo de Adviento ¡qué importante es conocerse a uno mismo! Lo que los demás piensen de nosotros carece de importancia. Es intrascendente que crean que soy bondadoso, cumplidor, amigo de mis amigos, solícito cónyuge, buen padre o madre, intransigente ante la injusticia, servicial con los necesitados, trabajador, honesto…
En ocasiones, para lograrlo, recurrimos a la prestidigitación con el fin de evitar que nuestros defectos salgan a relucir. No nos interesa que nuestro buen nombre quede manchado ni que aquellos aspectos más tortuosos de nuestra vida salgan a relucir. Vivimos muchas veces con la máscara puesta, guardando las apariencias.
¿No conozco hombre o mujer que reconozca abiertamente que es mentiroso, o ladrón, o falso, o soberbio, o indecoroso, o envidioso, o que está enganchado al sexo, que tiene un amante, que es adicto al juego, a las drogas o al alcohol, que vive de juzgar a los demás, que tiene menos de lo que aparenta, que es débil de carácter, que está arruinado, que su trabajo es diferente a lo que hace creer…? La mayoría de las veces no es un problema de inseguridad. Es el temor a perder el afecto y el respeto de los demás. Pero cuando sale a la luz la verdad la relación con el amigo, con el familiar, con el compañero de trabajo puede quedar mermada. Sin embargo, ante la mirada de Dios las cosas son diferentes. Él, que nos ha creado, sabe lo que guardamos escondido en el corazón. Él sí que tiene razones para apartarnos de su vida, para retraernos nuestra miseria, para la desconfianza, para no esperar nada de nosotros. Pero su Amor es tan grande y su misericordia tan infinita que toma en sus manos compasivas nuestra pequeñez y nos endereza de nuevo.
A Dios, sin embargo, no le gusta la hipocresía. La hipocresía ante los ojos de Dios provoca gran rechazo. Y quedará siempre al descubierto. Ninguno de mis pecados, mis infidelidades, mis mentiras, mis engaños, mis faltas, mis abandonos… quedarán impunes porque llegará el día que Dios los pondrá al descubierto y quedaré avergonzado ante las multitudes que asistan al juicio eterno.
Y aunque sabe que el pecado me debilita Dios espera de mi un corazón abierto y sensible que se postre humilde y conscientemente ante Él para suplicarle perdón, contrición y propósito sincero de no volver a pecar. Y, en esta actitud orante, descubriré su amor infinito y escucharé susurrante esas palabras de consuelo, culmen de la misericordia de Jesús: «Tampoco yo te condeno. Vete, y en adelante no peques más».

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¡Señor, Tú me invitas a conocer la verdad de mi vida! ¡Sin ser auténtico difícilmente podré responder a mi vocación y a la plenitud y alcanzar la felicidad! ¡Señor, no me dejes saciar por las apariencias sino que envía Tu Espíritu para que edifique mi vida sobre la solidez de la verdad! ¡Señor, no permitas que las máscara aparenten lo que no soy y oculten lo que pueda ser malo para mí porque no sería más que un reflejo de mi mediocridad! ¡Espíritu Santo, ayúdame en el camino de la autenticidad; dame el valor para ahondar en mi verdad y enfrentarme a lo que es de verdad! ¡Señor Jesús, Tu me dejas a la Virgen como testamento de autenticidad! ¡Ayúdame a alcanzar mi verdadera libertad en el cumplimiento del Plan de Dios, en la fidelidad a los designios de Dios y a caminar por la senda de la verdad!

De Georg Philipp Telemann escuchamos hoy su breve cantata de 1717 Gott Der Hoffnung Erfülle Euch (El Dios de la esperanza os colme):

No me arrepiento de nada. ¿De nada?

Encontramos personas en nuestro camino que afirman sin rubor: “No me arrepiento de nada”. ¿De nada? ¿Puede alguien no arrepentirse de nada? Hay muchos elementos de nuestra vida que necesitan ser corregidos y cuando se tiene conciencia del mal causado, si se ha perjudicado a alguien, la conciencia no debe ser tan laxa. Es la arrogancia del que se siente impecable.
Pienso lo mucho que me arrepiento de tantas cosas en las que he obrado mal. De cómo he tratado tantas veces a mi padre –que ahora no está entre nosotros- y he sentido necesidad de pedirle perdón; de la falta de respeto a mi madre o mis hermanos; de la falta de delicadeza con la que a veces hablo a mi mujer; de lo exigente que soy en ocasiones con mis hijos; o del trato que doy a mis amigos no dedicándoles el tiempo que necesitan o preocupándome más por sus necesidades; o de los muchos fallos que he cometido en mi vida; de las numerosas frivolidades que han jalonado determinados momentos de mi existencia; de la infinidad de estupideces que he llegado a hacer para ser respetado; de las veces que he aparcado mi vida de oración por estar cansado o porque había cosas más interesantes que hacer; de la arrogancia con la que actúo tantas veces; de las ocasiones que mis máscaras cubrían mi rostro; de, de, de…

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¡Hay, Señor, cuanta fragilidad y que enorme disonancia entre lo que debo ser y lo que soy! ¡Señor, ayúdame a mejorar cada día, tu me enseñas que el fundamento de todo crecimiento humano no radica en recapitular una y otra vez sino en ser capaz de reconocer con humildad mis errores y mis caídas, levantarme y comenzar de nuevo! ¡Señor, abre mis ojos para que sea consciente del mal que he causado a los demás, toca mi corazón para que con sinceridad me convierta de verdad a Ti! ¡Restaura Tu amor en mi, Señor, para que en mi vida resplandezca tu propia imagen!

Hoy Robert Schumman y su Arabesque op. 18:

Máscaras que cubren nuestra verdad

En el mundo actual las apariencias forman parte de nuestra vida. Estamos llenos de máscaras y nos volvemos esclavos de ellas. La mayor parte de las veces para ser aceptados socialmente o para complacer a los demás. También para evitar que nos hagan daño o para protegernos de los que nos provocan dolor. Y, así, nuestra vida comienza a ser artificial, poco auténtica, más pensada en los demás que en nosotros mismos. “Si quieres impresionar, ten siempre una buena apariencia”, decía el director de recursos humanos de una empresa en la que trabajaba hasta el punto que daba incluso sesiones de cómo comportarse, cómo vestirse y cómo hablar en los diversos ambientes con la única excusa de ofrecer una buena imagen no tanto personal sino de la empresa.
Las máscaras no reflejan nuestro yo; y el peso de llevar una máscara en todo sitio y lugar produce pesadumbre e insastifacción. Pese a que el mundo actual establece que la imagen lo es todo, la realidad no es la misma cuando se trata de nuestra relación con Dios. No existe nada que podamos esconder a Dios de nuestra imagen y apariencia. Dios todo lo sabe de nosotros y Dios todo lo ve de nosotros. Y es en la intimidad de la oración donde podemos desnudar nuestra alma, desprendernos de nuestras máscaras, donde no caben las apariencias porque entramos en un trato de familiaridad e intimidad con Él.
La esencia del ser cristiano es vivir la verdad y la autenticidad con todas sus consecuencias. No querer aparentar, fingir o disfrazarse sino agradar a Dios y hacer lo que Dios ha pensado de mí y para mí; supone aceptarme a mí mismo como «pensamiento de Dios», tal como soy, con mis límites y con mi grandeza. Esconderse de uno mismo no lleva a ningún lugar. El cristiano auténtico es aquel que tiene trasparencia de alma, que no se esconde detrás de un personaje, que su autenticidad va acorde con lo que hace, dice y piensa. El cristiano auténtico no necesita disfraces porque su espejo es Cristo, el más auténtico de los hombres. Él llena nuestro corazón y nuestra vida para vivirla en libertad. ¡Qué tranquilidad vital el no tener que colocarse la máscara cada día para fingir lo que no se es!

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¡Señor, cuánto te agradezco que aceptes mi debilidad aún sabiendo cuáles son mis carencias! ¡Señor, ayúdame a ser sincero y auténtico para tener cada día la posibilidad real de tener un encuentro de amor contigo. Tú sabes que trato de ser fiel a mi fe, que confío en tu providencia y misericordia, y que te amo con todo mi corazón. Envía tu Espíritu Santo para que ilumine y guíe siempre mi oración! ¡Espíritu Santo dame el don de la inteligencia y la sabiduría para saber interpretar todos los acontecimientos de mi vida, comprender cuál es la voluntad de Dios y no la mía! ¡Espíritu de Dios, ayúdame a ser siempre auténtico, a no esconderme detrás de un yo ficticio que me genera frustraciones y ayúdame también a ser como Dios quiere que sea! ¡Señor, Tu me conoces mejor que nadie, Tu me aceptas con mis fallos y mis virtudes, Tu que eres la infinita misericordia, ayúdame a ser siempre auténtico, a liberarme de esas máscaras que me alejan de Ti y de los demás y no permitas que mi ego, mi soberbia, mis vicios, mi materialismo, mi vanidad, mis rencores y mis penurias me alejen de Ti! ¡María, Señora de las grandes virtudes, ayúdame a vivir tu misma autenticidad Tu que viviste momentos de gran turbación y diste un fiat lleno de amor a Dios!

Os regalo este Concierto para trompeta de Hummel para alegrar este día en el que intentaremos desenmascararnos de la falsedad de nuestra vida:

¿Cuál es mi talento más valioso?

A diferentes escalas, todos poseemos algún talento. Talento para el aprendizaje, para el razonamiento lógico-analítico, para el dominio de idiomas, para la escritura, para las artes o la música, para la organización, para el liderazgo, para la creación, para la paciencia, para escuchar a la gente… Unos son más fáciles de identificar, sabemos que los tenemos porque son habilidades que desarrollamos de manera natural; otros son talentos ocultos porque otros los ven, pero nosotros no; y otros son talentos potenciales, que nos gustaría poseer, pero están poco desarrollados… Lo fundamental de los talentos no es aprender a tocar o pintar, gestionar, cantar, dominar idiomas o enseñar. Por destacados que sean estos logros, no dejan de ser aptitudes secundarias.
En los Evangelios no se mencionan los talentos del Señor; Él permitió que pasaran desapercibidos. Sólo uno se convierte en esencial en su vida y constituye el auténtico talento al que todos debemos aspirar: el talento de permanecer en Dios.
«Permaneced en mí, como yo en vosotros». Creer en Jesús. Realizar en nuestra vida la obra de Dios. Este es el talento esencial. Aquí radica el fundamento de todo. Sin este talento, cualquier otro carece de valor. Es la gran lección, que el Señor ejercitó profundamente en sus años de vida oculta en la pequeña aldea de Nazaret y a lo largo de sus tres años de vida pública.
El gran talento: aceptar a Dios y comprender, desde lo más profundo del corazón, que Dios es lo único importante de mi vida. Centro de mi tiempo. Primacía de mis actos. Y para que haya una fecundidad real en mi vida es necesario dedicarle mis espacios, mi oración y mis actos. Despojarme de mi yo y de mis máscaras. Colocarme en el último lugar. Conocer mi miseria y ponerla ante el altar de Dios. Desdeñar esas acciones inútiles que tratan de evitar aquello que me cuesta. Liberarme del orgullo, que es la carga más pesada que soporta el hombre. Menospreciar la pereza, el disfraz que oculta la indolencia. Poner todo el empeño en el servicio a los demás con amor y silencio, que es como realmente tiene sentido el servir. Buscar la simplicidad para convertir en grandes los actos pequeños cotidianos. Llenar el tiempo de la Verdad. Aceptar el sufrimiento que me abruma o esa circunstancia desagradable que afronto para mi santificación. Pero para esto hay que retirarse de vez en cuando a nuestro pequeño Nazaret y encontrarnos directamente con Dios, para que desde Él desaparezcan las sombras de nuestro amor propio y que su presencia en nosotros ilumine cada uno de nuestros actos y facilite el resurgir de los demás talentos, obsequio continuo de su mano prominente.

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¡Señor, me pides que mire todas las situaciones de mi vida con fe, tu me das la oportunidad de ponerme en tus manos, confiar en Ti! ¡Aquí estoy, Señor, para colocarte en el centro de mi corazón y hacer Tu voluntad! ¡Señor, soy consciente de que los talentos son un don que recibo de Ti pero son tantas las veces que me desanimo y me cruzo de brazos porque soy incapaz de ver este regalo que haces en mi vida! ¡Señor, tantas veces actúo como un ciego, sin ver que mis fracasos son tesoros que tu pones en mi camino y que son una oportunidad para cambiar! ¡Espíritu Santo, convierte mi corazón, haz que mis preocupaciones, sufrimientos, planes frustrados, fracasos, dificultades interiores, tristezas las mire con los ojos de la fe para entender que mi vida es un entramado de oportunidades que me da Dios para cambiar mi interior! ¡Espíritu Santo, hazme entender que todas las dificultades que tantas veces rechazo y me cuesta aceptar son ricos talentos que me ofrece el Señor! ¡María, que como Tu sea capaz de comprender que el sufrimiento, a la luz de la fe, es transformación del corazón! ¡Que sea capaz de reconocer, Señora mía, la cruz en mis experiencias de dificultad para convertirlas en un don! ¡Dame tu alegría, María, para que en mi alegría cada talento recibido me sirva para mi propia santificación!

Cambiamos de registro e invocamos hoy al Espíritu Santo con una canción pop Holy Spirit interpretada por Francesca Battistelli:

Señor y dueño de mi vida

¡Qué difícil se me hace a veces colocar al Señor en el lugar que le corresponde, es decir, como verdadero soberano de mi vida! ¡Cuántas excusas pongo para no dedicarle tiempo por causa de mi trabajo, del tiempo, de las responsabilidades, de las ocupaciones, de la familia, de los placeres, de la comodidad, de la falta de interés o de las ganas para entregarme con más ahínco! Todos estos pretextos y estos subterfugios se convierten, diariamente y en cada momento, en reyezuelos tiranos que apartan al Señor del trono de mi alma. Y de manera cobarde callo ante mis elecciones, ante mis deliberaciones, ante ese dueño y señor de mi vida que es mi propio «yo» soberbio y ególatra. Así es mi vida, sin darme cuenta de verdad que donde uno reina de verdad es donde gobierna la sencillez, la generosidad, la entrega a los demás, la caridad, la misericordia, la pobreza interior y el desasimiento de uno mismo. Y es entonces cuando soy consciente de que el poderío de mi vida no radica en los aplausos, en el éxito o en el orgullo sino en el dolor y en el gozo de la Cruz. Y que la gloria de mi reinado se sustenta en la victoria de la Resurrección.
El problema de mi vida es que me empeño constantemente en construir mi propio reinado, según mis criterios y razonamientos, con mis máscaras y apariencias y con los oropeles y las falsas coronas que otros me endilgan. Pero en realidad soy una pequeñez, en manos de alguien más poderoso, que me ha modelado a su imagen y semajanza con sus propias manos, y que es dueño y Señor de la vida y del tiempo, de la historia y de las almas. Y su trono es la Cruz. Y de ese madero triunfal es de donde debo obtener la enseñanza del señorío espiritual y la grandeza de la vida.

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¡Gracias, Señor, porque me haces comprender que tu señorío, tu majestad y tu dignidad regia penden de un madero y que necesito la humildad y el desprendimiento para permanecer más cerca de Tí! ¡Que de nada me sirve la fama, ni los bienes, lo único que me debe importar es permanecer unido a tu gracia para poder realizar la misión que me has encomendado entre los míos, entre mis amigos, en mi lugar de trabajo y en la sociedad!

Gott ist mein König (Dios es mi rey) titula J. S. Bach la cantata 71 de su catálogo y hoy la comparto con vosotros por ser tan adecuada a esta meditación: